24/10/06

Las provincias del frío



Santos Domínguez Ramos
Las provincias del frío.
Algaida. Sevilla, 2006.



Desde que vieran la luz sus primeras composiciones en Jóvenes poetas en el Aula (Cáceres, 1983), Santos Domínguez Ramos ha ido entregando de modo pausado y constante sus poemas a numerosas revistas, ha sido seleccionado en prestigiosas antologías (entre otras, Abierto al aire, 1984; Quién es quién en poesía, Madrid, 1988; Diez años de poesía, Cáceres, 1995; Antología de poesía española, Sevilla, 1995, etc.), y ha sido premiado repetidamente: fue segundo Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Educación por su libro Cavernas de la piedra (1983), X Premio Gerardo Diego en 2004 por Tres retratos del frío, Premio Internacional Jaime Gil de Biedma y Alba de 2005 por Díptico del infierno, accésit del Premio Ciudad de Zaragoza de 2006 con La luz del palimsesto, Premi Tardor ese mismo año por En un bosque extranjero y LII Premio de Poesía Alcaraván por Cementerio alemán (Yuste).

Las provincias del frío (VIII premio de poesía Eladio Cabañero) cierra, según confiesa el propio poeta, un ciclo literario, al que pertenecen los tres poemarios anteriores a éste: Pórtico de la memoria (Badajoz, Col. Alcazaba, 1994), La orilla del invierno (Cáceres, Col. Almenara, 1996) y Cuaderno de Abul Qasim (Badajoz, Col. Alcazaba, 2001). Nos encontramos, pues, ante una tetralogía, diversa y plural en la medida en que el autor se ha aproximado a tradiciones culturales diferentes, pero a la vez homogénea, unida por un parentesco formal que tiene que ver con la presencia dominante de determinados temas, con la expresión formal (dicción culta, predilección por los metros más musicales del castellano, alejandrinos y endecasílabos) y con ciertos procedimientos de composición preferenciales.

El mundo clásico y la cultura árabe, con todas sus formas de mestizaje cultural, habían sido objeto de sus libros anteriores, en los que el poeta opera desde una intuición originaria: el mármol de Delfos, un zéjel andalusí, un lienzo del Barroco castellano, una melodía lisboeta o habanera..., son distintos nombres para denominar el arte que nos forma, la cultura del Mediterráneo, la antigua tradición grecolatina que perfila los contornos de nuestro ser más valioso, un ámbito que marca tanto la frontera de nuestras limitaciones como el territorio de nuestra más profunda personalidad cultural. Como es común en este tipo de evocaciones, un tono levemente nostálgico, próximo a la elegía, tiñe estos textos que, al recordar el pasado, lamentan en alguna medida su desaparición.

Si como recuerda Luis Antonio de Villena la tradición es "la vida misma de la literatura o del arte" (el escritor recuerda una formulación de Pedro Salinas: "La tradición es la habitación natural del poeta"), la poesía de Domínguez Ramos nace estimulada por una tradición, cultural y literaria, que el poeta revitaliza al asumirla de un modo selectivo, y al fin, se presenta al lector arropada por ella (las referencias cómplices a otros poetas, las apoyaturas culturales, las citas... son numerosísimas).

En Las provincias del frío, Santos Domínguez ha dirigido su atención hacia la tradición literaria europea y norteamericana (y ese puede ser uno de los sentidos del título), en una sucesión de evocaciones que traen hasta la superficie del poema la figura de escritores como Hölderlin, Wordsworth, Robert Walser, Virginia Woolf, Kafka, E. Lee Master..., pero también de personajes ficticios como la Ada de Nabokov, Hamlet o el rey Lear.

Recordaba Ortega que todo buen poeta nos plagia, pues en sus textos encontramos expresadas ideas y emociones que "nos pertenecen", que reconocemos como propias. Las composiciones del poemario que comentamos parecen haber surgido de esta desconcertante impresión, de modo que, de un lado, trazan el contorno de las preferencias lectoras de su autor (y como lector se nos presenta en la apertura del poemario, un lugar "marcado" en cualquier obra: "El lector se levanta para ver la fatiga vegetal del paisaje, / triste como los lunes en los parques zoológicos"), pero además expresan una personalidad poética singular, profundamente original, pues en la configuración de un talante literario operan, con igual rendimiento, las experiencias personales que la formación lectora. Los poemas nacen, pues, de una fuerte atracción por distintas voces poéticas, de una afinidad emocional con ellas y de una correlación anímica intuida que potencia la expresión personal: el poeta siente así que "escribe a ciegas" pues ignora si los mensajes que elabora hallarán un receptor digno (como en Ada sin ardor una mujer escribe a una dirección clausurada), que se empecina en una tarea sin reconocimiento (como Luis Cernuda contemplando el crepúsculo en su exilio mejicano), que se aísla en un ámbito no visitado ("Oficio de tinieblas"), etc.

En su composición, los poemas pueden presentarse como "homenajes", esto es, como una aproximación reflexiva y externa ("Es su última hora. La llaman desde un lago"), pero también pueden adoptar la forma de monólogos dramáticos (y en este caso la proximidad emotiva parece mayor) en que oímos la voz del poeta evocado, como si se tratara de un texto inédito encontrado entre sus viejos papeles, un artificio que permite escuchar en un único discurso a dos poetas que en él convergen, como si el poema pudiera instalarse de modo natural en dos trayectorias líricas ("Sentado en una piedra / he aprendido a mirar la tarde con los años,").

No es infrecuente que estos escritores sean recordados en un momento "crepuscular" de sus vidas o en el instante de la partida (circunstancia que se daba ya en libros anteriores: en Pórtico de la memoria se recuerda a Góngora de regreso a Córdoba en 1626 un año antes de su muerte, sin haber conseguido publicar sus poemas mayores; a San Juan de la Cruz contemplando sus manos vacías...). Así, Paul Celan, poeta judío asquenazi, es evocado en el momento anterior a su suicidio (se arrojó al Sena: "Crece el escalofrío. / Ya ha decidido irse. Ha elegido el momento"), Hölderlin aparece recluido en una torre (a la que fue trasladado desde el manicomio de Tubinga y en donde, bajo la tutela del ebanista Zimmer, escribió extraños textos con el nombre de Scardanelli), Robert Walser, cuyo cadáver apareció bajo la nieve (internado en una clínica siquiátrica, murió el día de Navidad de 1956), Lope de Vega vive su ancianidad marcado por el abandono de los poderosos y el recuerdo de su hijo, Lope Félix, que se ahogó mientras pescaba perlas en la isla Margarita...

La muerte adquiere en estas trayectorias la condición de una derrota (en la mayor parte de los casos, apenas si les llegó reconocimiento en vida), pero también de una culminación, pues sus obras les sobrevivirán, se sumarán a una tradición nutricia (como confirma el poemario que comentamos): son esas provincias del título, en el sentido etimológico de "territorios conquistados" (la provincia Kafka, la provincia Cernuda...), de espacios estéticos de los que se adueñaron cuando hallaron una voz personal.

Sin duda, es la muerte el motivo más repetido en el poemario, de ahí su tono elegíaco. La impresión de acabamiento, de "fin de viaje" (como se titula uno de los poemas), de asistir a vidas "crepusculares" abocadas a una pronta desaparición, se acentúa con la reiteración del otoño y el invierno, la lluvia, la niebla, los parajes nevados, el bosque desnudo..., motivos aparentemente externos que, sin embargo, contribuyen a formular la reflexión emocionada de cada poema.


Simón Viola