24/1/22

Mario Martín Gijón. La Pasión de Rafael Alconétar


Mario Martín Gijón.
La Pasión de Rafael Alconétar.
 Novelaberinto.
KRK Ediciones. Oviedo, 2021.


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El alboroto externo, tan molesto, se fue convirtiendo en alborozo interno y regocijo irónico ante la barahúnda de vanidades que iba compareciendo en el auditorio donde esperábamos al célebre literato. Isabel Cardeñosa llegó acompañada de su marido, hasta entonces desconocido para nosotros, y que la seguía con aire de pájaro aturdido y cabeza de chorlito. Raimundo Perojo repartía apretones de manos y palmadotas campechanas sobre hombros de hombres tan apagados como pagados de sí mismos. José María Cambrón, erguido como un gallo, oteaba el panorama juzgando dónde su dignidad le exigía sentar sus posaderas. La llegada del profesor Miguel Ángel Lomas, irremplazable en su papel de maestro de ceremonias y rollista oficial para este género de eventos, señaló el inicio del festejo, tan viejo. 
Lomas comenzó recordando a un escritor fallecido días antes, ignorado en vida y ensalzado en muerte, suscitando el asentimiento de las cabezas, como si una ráfaga de aire hubiera hecho oscilar a unos cuantos girasoles pochos. La presentación de Lomas, pasablemente ingeniosa, hizo brotar risitas apagadas y rumores impostados.
Un silencio hecho de veneración se hizo cuando llegó el turno al escritor de éxito. Su voz nasal y su tono engolado se adaptaban, a todas luces, a las expectativas de la concurrencia. Hubo un momento en que el conferenciante sintió calor y se despojó de su chaqueta, con tan mala ventura que se le cayó al suelo. El profesor Lomas se incorporó veloz y, perdiendo arrobas de dignidad por el camino, se apresuró a recogerla. La dobló con mimo, la abrazó durante un instante y la depositó en una silla trasera.

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 Y no te olvides del Bardo Verde, ese Dichtator (como lo llamaba Rafael con germanismo ideado junto a su hermano Jeremías, cuando aún lo era), un hombre atormentado por su fama y propenso a desencadenar tormentas cuando se veía humillado. Un Catón con tacones, zonzo con zancos, puesto de puntillas y alzando la voz, desgañitándose de ganas de ser escuchado más allá de su provincia y vecindario. Todas sus bobadas blogueadas en la garganta, Gargantua grosero aunque se creyera Claudio Rodríguez o Garcilacio. Suspicaz frente a los capaces que le revelaban su impotencia. Con el odio agrio y mezquino del mediocre que ha logrado encaramarse a fuerza de caramelos a unos y otros, de favores y suplicatorios, y que no soporta el talento indomable, el destino de excepción del artista solitario que, por su puesto, no merece alcanzar por su valía los frutos que a él le han costado sudor y rogativas.

Esos retratos de dos significativos personajes, dignos de figurar en lo que Balzac llamaba Escenas de la vida de provincias, forman parte de La pasión de Rafael Alconétar, la asombrosa Novelaberinto que Mario Martín Gijón publica en KRK Ediciones.
                    
En boca de dos de las voces de la novela, Pedro Muñoz y Josué Pérez Williams, son dos de los setecientos fragmentos de un ambicioso despliegue narrativo que convoca en su amplia y bien ajustada polifonía el genio protector de Cabrera Infante y de Miguel Espinosa en uno de los empeños novelísticos más admirables de los últimos años. 

Sus más de setecientas páginas, que se leen a un ritmo trepidante, reflejan el sostenido empeño del autor por ajustar cuentas con las miserias de la vida literaria en la pequeñez de la vida provinciana, pero son también el brillante resultado de un admirable reto consigo mismo en un empeño narrativo de largo aliento que está al alcance de muy pocos escritores.
         
A partir de la evocación del protagonista, Rafael Alconétar, muerto a los 33 años, cuya trayectoria vital, Pasión y muerte reconstruyen a los diez años de su desaparición sus Sangradas Escriaturas y las voces de sus cuatro discípulos y evangelistas -Susana Cordero, Pedro Muñoz, Dolors Cavalls y Jaime Becerril- y de otros muchos personajes que lo conocieron, se articula esta novela que es una sátira de la vida provinciana, de los ambientes universitarios y literarios, una reconstrucción poliédrica de la compleja  peripecia sentimental del héroe en medio de un panorama gris marcado por la mezquindad cainita y la pequeñez de miserables mediocres frente a un héroe contradictorio, rebelde y lúcido empujado a los márgenes y a la crucifixión:

Dicen -afirma en el fragmento inicial la antigua alumna de su taller literario, Susana Cordero- que Rafael Alconétar murió, treinta y tres años después de su nacimiento, bajo un sol de injusticia y las pedradas del grupo de conjurados y el calor de la vergüenza rencorosa que habían ido suscitando sus insolencias. Dicen que allí quedó tendido, es una pendiente apuñalada de pizarras y decorada de cagajones, quizás amarrado al áspero tallo de una retama, puesto que nadie le tomó la mano en su hora final. Por mi parte, su recuerdo quedará siempre unido a una época increíble, en que aquella ciudad, adormecida desde  hace  siglos a la sombra de sus torreones y al sabor de lo acostumbrado, se vio sacudida por la furia indomable de vivir, la alegría del placer desatado, el hambre de la belleza y la rebeldía de un puñado de conciencias enardecidas por su palabra.

Una novela que reúne en la creatividad torrencial e integradora de sus materiales aluvionales distintos registros, diversos enfoques de la realidad y la ficción para proponer una reflexión amarga y ácida sobre la condición humana, sobre la vida y la literatura.

Intensa y desbordante, monumental y sorprendente, La pasión de Rafael Alconétar es una novela excepcional en el árido panorama literario actual, tan pedestre como conformista y previsible, tan propenso al retruécano gratuito y al calambur de ingeniosos ex seminaristas hipermaduros. 

Me parece que Mario Martín Gijón es uno de esos pocos autores que están a la altura literaria de su ambición, para goce de sus lectores, que nunca serán muchos, pero pertenecerán a esa banda de happy few que Shakespeare invocó memorablemente por boca de Enrique V.

Santos Domínguez 


21/1/22

Antonio Colinas. Los caminos de la Isla

 


 

 Antonio Colinas.
  Los caminos de la Isla.
Edición de Alfredo Rodríguez.
Olé Libros. Valencia, 2021.

Oh madre coronada de olivo, todavía
discurre por mi sangre el ardoroso estío
de las verdes cigarras, el caudal misterioso,
plácido y aromado, de una noche de labios.
Aún están brotando de mi boca las flores
y no cesa tu mar de acrecentar en mí
las ansias de vivir, la sed de libertad.
¿Qué idioma es el que graban en las piedras gastadas
las ya muertas lunas de los siglos ya muertos?
¿Y ese extravío ebrio de las horas que pasan
como el vuelo de un ave por un cielo sin nubes?
¿De qué tiempo nos llegan todos esos latidos
luminosos y oscuros de tus sienes sombreadas
por lanzas, por cipreses? ¿Por qué esta sed de ti
cuando aún están cayendo, en el reseco pozo
de mis manos, limones que enamoran estrellas,
la carne de los dioses en el bronce oxidado,
las enlutadas rosas de sonámbulos huertos?
Raíz, alma del mármol, donde sepulta el sol
su más inmensa hoguera, pesadumbre que llega
muy adentro, a los huesos tenebrosos del hombre.
La brisa mueve rizos, sonoras caracolas
en tu cuerpo, y los sueños son renuevos muy tiernos
en el funesto ramo de una vida finita.
Tus azulados ojos contra un muro de cal,
esa húmeda mirada de virgen fugitiva,
perduren por los siglos de los siglos, nos digan:
mi luz es vuestra carne, vuestra sangre es la luz.

 

Ese poema de Noche más allá de la noche, de Antonio Colinas, es uno de los que forman parte de Los caminos de la Isla, la estupenda antología temática que ha preparado Alfredo Rodríguez de la poesía ibicenca del poeta leonés.

La publica Olé Libros en una cuidada edición que se abre con un prefacio, ‘Sintonizar con el espíritu mediterráneo’, en el que Antonio Colinas explica que estos poemas son el resultado de “una serie de vivencias que se prolongaron de manera continuada a lo largo de veintiún años y de manera esporádica a lo largo de más de cuarenta. Por tanto, estos poemas no son una muestra de «descubrir Mediterráneo alguno» sino de mostrar la fusión entre poesía y vida, entre la experiencia de vivir y la experiencia de crear, que ha sido otra de las ideas claves de mi escritura.”

Porque tras una primera etapa marcada por un culturalismo vivido y una intensa sentimentalidad neorromántica, por un lirismo telúrico y una pureza formal que tienen su eje en Sepulcro en Tarquinia, la escritura de Antonio Colinas crece en su impulso órfico en la etapa ibicenca que se desarrolla entre Astrolabio y Jardín de Orfeo. Una fase que tiene su centro en Noche más allá de la noche, donde el equilibrio entre el sentir y el pensar, entre la emoción y la reflexión da lugar a ese largo poema en el que la poesía de Colinas alcanza una de sus cimas de profundidad y de transcendencia de la palabra inspirada.
 
 La culminación de ese largo viaje hacia la armonía y la luz, hacia la desnudez expresiva y la depuración de un lenguaje esencial, hacia el conocimiento a través de la razón poética se produce en una tercera etapa a la que pertenecen obras esenciales como el Libro de la mansedumbre, Desiertos de la luz o Canciones para una música silente, en los que se resuelve en síntesis poética la armonía de sentimiento y pensamiento, de tradición oriental y humanismo, de clasicismo y romanticismo, de ética y estética, de filosofía y mística a través de un diálogo cada vez más resuelto con lo sagrado y con ese alto voltaje emocional que Pound le exigía a la palabra poética.

“Colinas va modulando a su alrededor, en numerosos poemas dispersos por su obra, y que en este libro quedan recogidos, todo un mundo lírico propio geográficamente muy concreto y en unas coordenadas muy precisas: la isla de Ibiza. Este fino hilo de oro de unión de los poemas ibicencos de Antonio Colinas va hilvanando sus libros, atravesando diferentes épocas de su vida y portando en su sangre los ritmos y la sabiduría de la mejor poesía mediterránea”, escribe Alfredo Rodríguez en ‘La Ibiza esencial de Antonio Colinas’, el prólogo con el que presenta la antología.

La armonía y la plenitud, la libertad y el silencio, el misterio y la soledad, la comunión con la naturaleza, la purificación en la luz y la experiencia interior de profundización en la conciencia son algunos de esos caminos por los que transcurre la poesía ibicenca de Colinas.

Es “una Ibiza interior muy profunda, secreta”, como señala Alfredo Rodríguez, “una realidad maravillosa y paradisíaca” reflejada en esta magnífica antología en más de un centenar de poemas procedentes de libros como Astrolabio, Noche más allá de la noche, Jardín de Orfeo, Desiertos de la luz, Canciones para una música silente y En los prados sembrados de ojos.

Escritura y vida, emoción y conocimiento, música y mirada, misterio y armonía, se armonizan en una poesía que explora el tiempo y su símbolos, ahonda en la dimensión moral de la estética y aspira a la revelación de una realidad superior a través de la palabra poética inspirada.

Todo ese proceso se recoge también en esta selección que resume más de cuatro décadas de escritura inspirada en la isla, que Colinas ha venido reflejando desde Astrolabio, un libro de 1979, hasta el reciente En los prados sembrados de ojos, al que pertenece el 'Poema de la eterna dualidad' con el que se cierra esta antología. Estas son sus últimas estrofas:

Por eso, esta noche
me asomaré de nuevo
al pozo de allá arriba
y volveré a hacerme las preguntas
que Virgilio, o Leopardi o Rike
(o cualquier hombre) se hicieron;
regresaré a ver qué me transmite
el astillado espejo de la noche,
el símbolo marcado en nuestras almas
sedientas.

Y cerrando los ojos en lo oscuro,
olvidaré los prados de la muerte,
retornaré a ese punto entre mis cejas
a esa estrella de fuego invisible
que es como una muerte
muy dulce (pasajera,
pues no mata).
Gozosa sensación de infinitud
que alguien le concede
a quien nace y se sabe
luz finita.

Por ello, no pases, tiempo.
¡Detente, instante
de oro!

Santos Domínguez


19/1/22

Emerge, memoria (Conversaciones con Sebald)

 


Lynne Sharon Schwartz (ed.)

Emerge, memoria.

(Conversaciones con W.G. Sebald). 

Traducción de Cristian Crusat. 

KRK Ediciones. Oviedo, 2021.

“Encuentro algo terriblemente fascinante en el pasado. Apenas me interesa el futuro. No creo que vaya a deparar muchas cosas buenas. Pero al menos sobre el pasado puedes hacerte algunas ilusiones”, afirmaba W. G. Sebald en una conversación (‘Un perseguidor de fantasmas’) con Eleanor Wachtel grabada el 16 de octubre de 1997. 

Es una de las cinco conversaciones que, junto con cuatro ensayos, forman parte de Emerge, memoria, la espléndida recopilación de entrevistas y ensayos que preparó Lynne Sharon Schwartz en 2007 y que publica KRK en una cuidada edición en su colección Tras 3 letras.

 

Como “la idónea y más emotiva puerta de entrada a la obra de W. G. Sebald, uno de los escritores contemporáneos más misteriosamente excelsos” definen los editores este conjunto que se presenta con una limpísima traducción de Cristian Crusat, que ha puesto al frente del volumen una útil y orientadora bibliografía esencial de Sebald en español.

 

Desde que publicó Los anillos de Saturno, a mediados de los noventa, y hasta que  un accidente de tráfico el 14 de diciembre de 2001 truncó su vida y su obra, Sebald se convirtió en un escritor imprescindible para entender la literatura europea en la compleja transición del XX al siglo actual. Lo confirmarían títulos como Sobre la  historia natural de la destrucción y Austerlitz, su obra más ambiciosa y la que más se aproxima a las convenciones del género narrativo.

 

La mezcla de narración y digresión meditativa, de delirios y experiencias, de recuerdos y ensoñaciones, de vivos y muertos, de tiempos y rostros, lecturas y lugares caracterizan una escritura tan inclasificable como la de Sebald, dueño de una prosa potente e hipnótica que sumerge al lector en una experiencia irrepetible. 

 

Una experiencia de lectura que de párrafo en párrafo le pasea por la vida y por la historia bajo la especie de una biblioteca, le traslada a un mundo de recuerdos reales o inventados que sólo existe en la literatura, un ámbito que vence al tiempo, funde el presente y el pasado y anula las distancias entre espacios distantes como Viena, Venecia, París, Londres, Milán, Verona, Innsbruck o Baviera.

 

En el viaje continuo que propone toda su obra, la prosa de Sebald, delicada y potente, lenta unas veces, vertiginosa otras, llena de meandros y rincones apacibles, va más allá de lo narrativo, lo lírico o lo reflexivo para apelar a lo más hondo y lo más humano, a lo más próximo al lector fascinado por estas páginas, la vez densas y fluidas por las que se suceden viajes y vidas de escritores viajeros y atormentados por el recuerdo, el tiempo y la desorientación.

 

“Los muertos siempre me han interesado más que los vivos”, escribió el ‘perseguidor de fantasmas’ Sebald una vez. Quizá por eso el pasado, la destrucción, el luto y el recuerdo son los temas que unen su labor narrativa con su producción ensayística y dan lugar a un híbrido de narración, ensayo y dietario, característico de la obra de Sebald, autor de una literatura estremecedora y mestiza.

 

Pero no es sólo una cuestión de temas. Hay en toda su obra una voluntad expresa de borrar las fronteras genéricas clásicas para proponer formas nuevas que son el resultado de ese mestizaje expresivo:

 

“Puesto que Sebald -afirma Lynne Sharon Schwartz en la Introducción de este volumen- inventó una nueva forma de ficción narrativa que materializa el desdibujamiento contemporáneo de las fronteras entre la ficción y la no ficción, los críticos han debatido sobre la categorización de su obra, en la que se combinan la autobiografía ficticia, el diario de viaje, los inventarios de curiosidades naturales y de aquellas creadas por el hombre, la reflexiones impresionistas sobre pintura, la entomología, la arquitectura, las fortificaciones militares y otros elementos. El propio Sebald utilizó el término ‘ficción narrativa’.

 

En esa introducción, Lynne Sharon Schwartz hace un recorrido por la obra de Sebald, de la que dice entre otras cosas que “como muchos escritores geniales, gravita siempre alrededor de los mismos grandes temas. Su favorito es el raudo despliegue de cada empeño humano y su larga y despaciosa muerte, causada por un desastre natural o por un desastre que provoca el hombre, y que se salda con un sinnúmero de vestigios que merecen una atenta lectura, por no hablar del inmenso sufrimiento humano. Sus ideas sobre el tiempo hacen posible esta visión panorámica.”

 

“Mi medio es la prosa, no la novela”, declaraba Sebald en 1993. Y con esa afirmación daba la clave de una literatura como la suya en la que la fusión de géneros determina la tonalidad estilística y la temática de su obra, en la que la mirada al pasado es decisiva en la construcción de una identidad que emerge de la memoria. Esa es la raíz de toda su escritura:

 

“Crecí -explica en una de las conversaciones- en la Alemania de la posguerra, donde había -lo digo a menudo- algo parecido a un pacto de silencio; por ejemplo tus padres nunca te contaban nada sobre sus experiencias porque había, como poco, muchísima vergüenza vinculada a esas experiencias. De modo que se mantenían guardadas a cal y canto. Y por mi parte, dudo que mi madre y mi padre abordaran alguna vez, siquiera entre ellos, estos asuntos. No se trataba de un acuerdo escrito o verbal. Era un acuerdo tácito. Era algo de lo que nunca se hablaba. De modo que yo siempre… Crecí con la sensación de que en algún lugar hay una especie de vacío que debe ser ocupado con relatos de testigos en los que uno puede confiar. Y una vez que empecé…”

 

La conflictiva realidad familiar y nacional, las consecuencias de la guerra en Alemania, la abolición del pasado, el paso por la universidad, la importancia de la memoria, la dificultad de la escritura, la identidad y el desengaño, la melancolía o la destrucción de la naturaleza son ejes que articulan la obra de Sebald y vertebran también estos textos que son aproximaciones certeras al mundo literario y vital de  Sebald, uno de los grandes del fin de milenio, con una posición privilegiada para hacer de puente entre los escritores europeos del siglo XX y los del XXI.

 

Varias entrevistas, cuatro ensayos, entre ellos uno de Charles Simic, y otro muy crítico con Sebald -y por eso también muy iluminador- de Michael Hoffman (‘Una fría suntuosidad’) componen esta selección de la que dice su autora: “Elegí los textos que siguen de entre una ingente cantidad de entrevistas, reseñas y ensayos. […] Las entrevistas ofrecen […] sus obsesiones, sus precursores, sus gustos literarios, su formación y las fuentes de su solemne talante, ese empeño en rastrear ‘los indicios del declive’.”

 

Cierra el volumen una emotiva evocación de Sebald (‘Cruzar fronteras’) a cargo de Arthur Lubow. A medio camino entre el ensayo y la conversación, es una magnífica semblanza del mundo personal de Sebald y una certera iluminación de su universo literario. 

 

Un estupendo remate de un libro imprescindible para los lectores de Sebald, que aparece aquí cercano y profundo a la vez. Y para los que aún no lo sean, una invitación a serlo.


Santos Domínguez 

17/1/22

Gozzano y la poesía italiana contemporánea


 Guido Gozzano.
Poemas dispersos.
Edición bilingüe de José Muñoz Rivas.
Calambur. Valencia, 2021.



José Muñoz Rivas.
Poesía italiana contemporánea.
Del Crepuscularismo 
al Neoexperimentalismo 
y la Neovanguardia.
Peter Lang. Berlín, 2021.



La isla existe. Aparece a veces a lo lejos
entre Tenerife y Palma, cubierta de misterio:

«... ¡la Isla No-Encontrada!» El buen Canario
desde el Pico alto del Teide la indica al forastero.

La señalan las cartas antiguas de los corsarios.
... ¿Hifola da-trovarfi?... ¿Hifola peregrina?...

Es la isla hechizada que resbala por los mares;
a veces los navegantes la ven cercana…

Rasuran con las proas esa dichosa orilla:
entre flores nunca vistas sobresalen palmeras sumas,

huele la divina foresta espesa y viva,
llora el cardamomo, sudan las gomas…

Se anuncia con el perfume, como una cortesana,
la Isla No-Encontrada... Pero, si el piloto avanza,

rápida se disipa como apariencia vana,
se tiñe del azul color de lejanía…


Con la traducción de José Muñoz Rivas, estos versos forman la segunda parte del díptico 'La más bella', un poema que Guido Gozzano (Turín, 1883-1916) publicó en julio de 1913 en La Lettura.

Es uno de los Poemas dispersos de Guido Gozzano que publica Calambur en una edición bilingüe y anotada que se suma a las ediciones que José Muñoz Rivas ha preparado de los dos únicos libros que el poeta crepuscular italiano publicó antes de su prematura muerte: La vía del refugio (1907), en esta misma editorial, y Los coloquios (1911), su libro fundamental, en Renacimiento.

Esta es la primera edición completa en castellano de los Poemas dispersos, un amplio conjunto de textos poéticos del poeta piamontés que aparecieron entre 1903 y 1916 en efímeras publicaciones periódicas y en revistas hasta que se recopilaron en 1948. La edición que se ha tomado como base de esta es la que fijó Edoardo Sanguineti en 1973, de la que hay edición revisada en Einaudi en 1990. Y sus comentarios son la base del espléndido aparato de notas que ilumina estos poemas, de los que ha escrito en otro lugar el profesor Muñoz Rivas estas palabras:

“Se trata de textos de alta importancia para el significado completo de su cancionero, ya que muestran muy claramente las fases del pensamiento poético del autor piamontés, desde sus inicios dannunzianos y esteticistas, hasta el final de su poesía y de su vida en 1916. […] Los ‘poemas dispersos’ son composiciones de alto valor estético, que en buena medida han estado muy poco valoradas por la crítica […] y que arrojan luz novedosa al conocimiento de su poesía, y también del decadentismo Italiano, del que Gozzano es un maestro todavía poco conocido.”

Y a Gozzano dedica Muñoz Rivas la primera de las dos partes de su Poesía italiana contemporánea, el volumen que publica en la editorial berlinesa Peter Lang y a cuyo prólogo pertenecen las líneas anteriores.

Uno de los textos de esa primera parte, titulada La experimentación de Guido Gozzano, es el que sirve también de introducción a los Poemas dispersos, que reflejan la evolución del poeta desde la grandilocuencia temática y formal propia del esteticismo de D’Annunzio, cuya influencia fue determinante en su fase de aprendizaje, hasta la formación de una mirada antirromántica y decadentista hacia la insignificancia de la realidad y la existencia que Gozzano aborda expresivamente desde el despojamiento antirretórico, el prosaísmo y la  sencillez estilística, desde la estructura de la canción popular o el coloquio directo.

Esta poesía de raíz parnasiana, de tono menor y voluntad narrativa influyó en el hermetismo novecentista y en poetas como Eugenio Montale, que definió el verso de Gozzano como “funcional y narrativo”.

“Muchos de los poemas dispersos -escribe Muñoz Rivas en su introducción- son auténticas joyas de la literatura italiana, textos de altísima calidad artística que no encontraron una publicación en forma de libro, muy posiblemente por la falta de tiempo y sosiego que facilitara nuevos planteamientos en el autor. O más simplemente, por la falta de tranquilidad que propiciaba la enfermedad incurable que lo atormentaba a partir del diagnóstico oficial de tisis aguda que recibió en 1907.”

Del Crepuscularismo al Neoexperimentalismo y la Neovanguardia es el subtítulo del ya citado volumen Poesía italiana contemporánea, cuya segunda parte -Cinco propuestas de poética novecentista- toma a Ungaretti, Pavese, Sereni, Pasolini y Giuliani como sendos referentes de los cinco artículos, cuyos contenidos resume así Muñoz Rivas:

La teorización de Ungaretti, “que traduce a Góngora al italiano y utiliza materiales petrarquistas que encuentra en Luis de Góngora y William Shakespeare, para incorporar la memoria de Francesco Petrarca a su poesía en evolución, de algún modo necesitada de encontrarse con la tradición italiana.”

La poesía de Cesare Pavese y “las dos ediciones de Lavorare stanca, un cancionero que acaparó la atención de Pavese durante más de trece años, y que contiene muchas de sus ilusiones juveniles, y propuestas literarias.”

Las obras iniciales de Vittorio Sereni, “representantes de la nueva literatura que se escribe en Italia después de la Segunda Guerra Mundial. […] Si bien su poesía proceda del mejor hermetismo de Eugenio Montale, Salvatore Quasimodo y Giuseppe Ungaretti, Sereni sabe encontrar una posición muy personal en la poesía italiana de la segunda mitad del siglo XX.”

“La figura inconfundible y conflictiva, polémica y a menudo brillante de Pier Paolo Pasolini ocupa el capítulo octavo, en el que tiene un puesto de primera fila como representante del ‘neoexperimentalismo’ italiano. […] Y por lo demás, aquí se quiere dar cuenta de la concepción tan amplia que tenía Pasolini de la poesía, donde había espacio para la narrativa, el cine y el teatro en los últimos tiempos, que para él fueron también tiempos de deconstrucción de su propia poesía.”

“El capítulo noveno está dedicado a la poesía de Alfredo Giuliani, teórico de la neovanguardia italiana de los años sesenta.[…] Y pese a muchas de las afirmaciones contrarias en esta dirección, me parece importante constatar aquí la fuerte interrelación que hay en la obra de Giuliani entre poética y poesía, entre teorización y composición, entre las ideas sobre la poesía y la escritura de la misma poesía. Una relación que no es muy común entre los autores del Novecientos, donde predominan más las ideas sobre la poesía que las mismas obras de poesía.”

“El trabajo de la traducción, que realicé con la ayuda del poeta italiano, dio lugar a un denso epistolario entre traductor y autor, que me he decidido finalmente a publicar parcialmente en apéndice, al menos en la parte del autor. […] Es la parte más creativa e interesante, y útil de todo el libro, si pensamos en los estudios de traducción poética que podrían beneficiarse de estas reflexiones sobre la traducción del texto poético, o en los críticos de la poesía de vanguardia italiana, ya que la crítica literaria está bien presente en estas páginas.”

Unas páginas que, junto con la edición de la poesía dispersa de Gozzano debería contribuir “al conocimiento de la literatura italiana en España […] Un avance a todas luces que está favoreciendo cada vez más el estudio y el intercambio científico y personal entre investigadores de literatura italiana, entre los que el diálogo, también por lo que se refiere a España, es cada vez más rico y esperanzador”, como dice Muñoz Rivas al final de su prólogo.

Santos Domínguez



14/1/22

Neruda. Poesía completa 1948-1954

 

Pablo Neruda.
Poesía completa. 
Tomo II. 1948-1954.
Seix Barral. Barcelona, 2021.


Toda la noche he dormido contigo
junto al mar, en la isla.
Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño,
entre el fuego y el agua.

 Tal vez muy tarde
nuestros sueños se unieron
en lo alto o en el fondo,
arriba como ramas que un mismo viento mueve,
abajo como rojas raíces que se tocan.


Con esas dos estrofas comienza 'La noche en la isla', uno de los poemas de Los versos del Capitán, que forma parte de la edición en Seix Barral de la Poesía Completa de Pablo Neruda entre 1948 y 1954.  

Es el segundo de los cinco tomos de una edición preparada por Darío Oses y Mario Verdugo, que han fijado los textos según las primeras ediciones y las que el propio autor consideró definitivas, junto con el cotejo de manuscritos y mecanoscritos corregidos de puño y letra por el poeta, para “entregar al lector del siglo XXI una edición cuidada de la obra de uno de los más grandes poetas del siglo XX”.

Este segundo volumen recoge los tres libros que Neruda escribió entre 1950 y 1954 -Canto general, Los versos del capitán y Las uvas y el viento-, un momento central en su poesía.

Terminado en la clandestinidad fugitiva de 1950, el Canto general es, con todas sus irregularidades y altibajos, una de las cimas indiscutibles de la poesía del siglo XX en español. Un clásico monumental que convoca el pasado y el presente de América en un recorrido por quinientos años de historia y cultura desde la modernidad militante de un Neruda en el que se confunden poesía y política para completar con su tono épico un segundo descubrimiento de América que comienza con este 'Amor América (1400)', primer poema de la sección inicial, La lámpara en la tierra:

Antes de la peluca y la casaca
fueron los ríos, ríos arteriales:
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el cóndor o la nieve parecían inmóviles:
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias.

El hombre tierra fue, vasija, párpado
del barro trémulo, forma de la arcilla,
fue cántaro caribe, piedra chibcha,
copa imperial o sílice araucana.
Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
de su arma de cristal humedecido,
las iniciales de la tierra estaban
escritas.
             Nadie pudo
recordarlas después: el viento
las olvidó, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.

No se perdió la vida, hermanos pastorales.
Pero como una rosa salvaje
cayó una gota roja en la espesura
y se apagó una lámpara de tierra.

Yo estoy aquí para contar la historia.


Quizá ese último verso sea la clave lírica de la entonación épica y la mirada testimonial del Canto general, en el que la vegetación, las bestias y los pájaros, los ríos y los minerales son las escalas para ascender las Alturas de Macchu Picchu, en las que resuenan versos tan memorables como estos:

Sube a nacer conmigo, hermano.

Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterráneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados.
Mírame desde el fondo de la tierra,
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados.


Conquistadores y libertadores, verdugos y traidores protagonizan la trágica historia americana que se resume y se asume en la invocación de este poema:

América, no invoco tu nombre en vano.
Cuando sujeto al corazón la espada,
cuando aguanto en el alma la gotera,
cuando por las ventanas
un nuevo día tuyo me penetra,
soy y estoy en la luz que me produce,
vivo en la sombra que me determina,
duermo y despierto en tu esencial aurora:
dulce como las uvas, y terrible,
conductor del azúcar y el castigo,
empapado en esperma de tu especie,
amamantado en sangre de tu herencia.

La clandestinidad, aunque de signo bien distinto, es también la clave de Los versos del Capitán, un raro y potente libro de amor, inspirado en la relación secreta con Matilde Urrutia durante el destierro europeo de Neruda.  Desde que se conocieron en un concierto al aire libre en 1946 hasta la muerte del poeta en 1973, la relación intensa entre el poeta y Matilde Urrutia dio lugar a algunos de sus poemas más memorables y a dos libros completos, Los versos del Capitán y Cien sonetos de amor.

Fue aquella una relación furtiva durante los años en que Neruda sumó dos clandestinidades -la del exilio en Europa y la del amor- y las fundió en unos poemas en los que la expresión amorosa se conjunta a veces con la temática americana del libro anterior como en esta 'Pequeña América':

 Cuando miro la forma 
de América en el mapa,
amor, a ti te veo:
las alturas del cobre en tu cabeza,
tus pechos, trigo y nieve,
tu cintura delgada,
veloces ríos que palpitan, dulces
colinas y praderas
y en el frío del sur tus pies terminan
su geografía de oro duplicado.

Amor, cuando te toco
no sólo han recorrido
mis manos tu delicia,
sino ramas y tierra, frutas y agua,
la primavera que amo,
la luna del desierto, el pecho
de la paloma salvaje,
la suavidad de las piedras gastadas
por las aguas del mar o de los ríos 
y la espesura roja
del matorral en donde
la sed y el hambre acechan.
Y así mi patria extensa me recibe,
pequeña América, en tu cuerpo.


Ese amor secreto de un Neruda casado explica el misterio con el que se publicó aquel volumen anónimo en Nápoles en 1952, poco antes de que Neruda fuese detenido y trasladado a Roma. Desde aquella edición muy restringida de cuarenta y cuatro ejemplares hasta su incorporación al canon poético de Neruda pasaron diez años ajetreados en los que escribió Las uvas y el viento, en el que de nuevo se funden la política y el amor, el amor individual y el colectivo, el sentimiento y la combatividad.

Compuesto entre Capri y Pekín, entre Ischia, Praga o París, Las uvas y el viento apareció en 1954. De uno de sus poemas iniciales, agrupados en la sección Las uvas de Europa, son estos versos que prefiguran en su diseño rítmico y en su tonalidad las inminentes Odas elementales, que publicaría ese mismo año:

No venían los árboles,
no iba conmigo el agua
vertiginosa que quiso matarme,
ni la tierra espinosa.
Sólo el hombre,
sólo el hombre estaba conmigo.
No las manos del árbol,
hermosas como rostros, ni las graves
raíces que conocen la tierra
me ayudaron.
Sólo el hombre.
No sé cómo se llama.
Era tan pobre como yo, tenía
ojos como los míos, y con ellos
descubría el camino
para que otro hombre pasara.
Y aquí estoy.
Por eso existo.


Se añade a la edición de estos tres libros una sección con poesía dispersa que incorpora los poemas escritos con el tono de la poesía popular, atribuidos a los heterónimos que Neruda inventó para la Antología popular de la resistencia que apareció en 1948.

García Lorca presentó a Neruda en la Universidad de Madrid con unas palabras memorables que definían lo que había sido y lo que iba a ser la obra de aquel poeta “más cerca de la muerte que de la filosofía, más cerca del dolor que de la inteligencia, más cerca de la sangre que de la tinta.”

La poesía torrencial de Neruda está llena de inevitables altibajos que coexisten con una constante ambición expresiva. A esa indisimulable irregularidad se refería Juan Ramón Jiménez cuando lo llamó, con más lucidez crítica que ímpetu descalificador ‘gran mal poeta’.

Gran mal poeta, autor de una obra larga y honda, de una poesía caudalosa que celebra la palabra, la naturaleza y el amor o denuncia a los repetidos chacales de la historia de América y de España.

Santos Domínguez


12/1/22

Charles Baudelaire. Un comedor de opio

 

 
Charles Baudelaire.
Un comedor de opio.
Presentación de Cristian Crusat.
Traducción de Carmen Artal.
Firmamento Editores. Cádiz, 2021.
 

“Mientras escribimos estas líneas, llega a París la noticia de la muerte de Thomas de Quincey. Con ella expresamos el deseo de la continuación de este glorioso destino, ahora bruscamente interrumpido. Digno emulador y amigo de Wordsworth, Coleridge, Southey, Charles Lamb, Hazlitt y Wilson, deja numerosas obras […] No sólo se creó la fama de uno de los espíritus más originales, más auténticamente humorísticos de la vieja Inglaterra, sino también de uno de los caracteres más afables, más caritativos que han honrado la historia de las letras, tal como ingenuamente lo ha escrito en los Suspiria de profundis, que vamos a analizar a continuación y cuyo título cobra, en esta dolorosa circunstancia, un acento doblemente melancólico. De Quincey ha muerto en Edimburgo, a la edad de setenta y cinco años”, escribía Charles Baudelaire en el texto preliminar de los Hechizos y torturas de un comedor de opio, que publicó en París la Revue contemporaine en dos entregas, el 15 y el 30 de enero de 1860 y que se integraría en mayo como segunda parte de Los paraísos artificiales. Opio y hachís, con su título definitivo, Un comedor de opio.

Lo recupera ahora Firmamento Editores en un volumen que llega hoy a las librerías con una brillante traducción de Carmen Artal y un prólogo ('La traducción como patología') en el que Cristian Crusat señala que “si las Confesiones de un opiófago inglés (1821) de Thomas de Quincey marcan el comienzo de la tradición de la literatura drogada, Un comedor de opio (1860) de Charles Baudelaire marca el comienzo del sentimiento del horror de la vida” y “puede definirse como uno de los planetas interiores que orbitan alrededor de la estrella mayor del universo drogado: las Confesiones de un opiófago inglés.

Además de una traducción parcial comentada de las Confesiones de un opiófago inglés y de los cuadros poéticos y ensueños de su complementario Suspiria de profundis, su segunda parte, de 1845, Un comedor de opio es una peculiar biografía de Thomas de Quincey y una vía de entrada en el mundo baudeleriano de Los paraísos artificiales, que proyecta aquí con magnífica prosa su propia imagen de oscuro intérprete en una labor de reescritura creativa para elaborar lo que Crusat define en su prólogo como “una teoría del placer”.

Reescritura creativa y selectiva que reduce el original traducido -que se reproduce en cursivas- a la mitad y lo dota de una nueva intensidad con su enfoque analítico, con su conexión con la biografía de De Quincey y con su crítica de la repercusión moral, psíquica y estética del consumo de alucinógenos: “Debo recordar -escribe en el capítulo de conclusiones- que el objetivo de este trabajo era el demostrar, con un ejemplo, los efectos del opio sobre un espíritu meditativo e inclinado al ensueño.”

Así evoca Baudelaire la primera relación de De Quincey con el opio en sus 'Confesiones preliminares': “No, no fue buscando una voluptuosidad culpable y perezosa por lo que empezó a servirse del opio, fue simplemente para suavizar las torturas del estómago nacidas del cruel hábito del hambre. Estas angustias de hambriento datan de su primera juventud, y es a los veintiocho años cuando el mal y el remedio aparecen por primera vez en su vida, tras un periodo bastante largo de felicidad, de seguridad y bienestar.”

Y añade en el apartado 'Voluptuosidades del opio' “Tal como dije al principio, la necesidad de aligerar los dolores de una organización debilitada por aquellas deplorables aventuras de juventud fue la que engendró en el autor de estas memorias el uso, primero frecuente, y después diario, del opio.”

La exaltación intelectual que provoca el opio, sus efectos crónicos y sostenidos frente a los del alcohol son manifestaciones de esas voluptuosidades, que De Quincey experimentó cada sábado entre 1804 y 1812 y a diario desde 1813 para calmar sus insoportables dolores de estómago, lo que desembocó en el exceso de dosis y en un estado de melancolía, horror y alucinaciones que resumen las torturas del opio, su lado oscuro, el castigo de la impotencia intelectual, la confusión del sueño y la realidad, la angustia del abismo y de las sombras. Un descenso a los infiernos y una “Ilíada de males” en palabras de De Quincey.

“Mientras recorría tantas y tantas veces estas extraordinarias páginas -escribe Baudelaire en un espléndido pasaje- no podía impedirme divagar sobre las diferentes metáforas de las que se sirven los poetas para describir al hombre que ha regresado de las batallas de la vida; es el viejo marinero con la espalda encorvada, con la cara trabajada por una red inextricable de arrugas, que acerca al calor del hogar una heroica armadura escapada de mil aventuras; es el viajero que al anochecer vuelve la cabeza hacia los campos que ha cruzado por la mañana y que recuerda, con enternecimiento y tristeza, las mil fantasías de las que estaba poseído su cerebro mientras atravesaba aquellas regiones, ahora vaporizadas en horizontes.”

Al final de estas páginas de creciente intensidad expresiva y anímica, esta es la memorable frase que cierra el libro:

Pero la muerte a la que no consultamos sobre nuestros proyectos y de quien no podemos solicitar su aquiescencia, la Muerte, que nos permite soñar con la felicidad y con la fama y que no dice ni sí ni no, sale bruscamente de su emboscada y barre de un aletazo nuestros planes, nuestros sueños y las arquitecturas ideales donde abrigamos con el pensamiento la gloria de nuestros últimos días.
 
Santos Domínguez
 
 

10/1/22

Musil. El hombre sin atributos



Robert Musil.
El hombre sin atributos.
Traducción de José María Sáenz.
Seix Barral. Barcelona, 2021.

Sobre el Atlántico avanzaba un mínimo barométrico en dirección este, frente a un máximo estacionado sobre Rusia; de momento no mostraba tendencia a esquivarlo desplazándose hacia el norte. Las isotermas y las isóteras cumplían su deber. La temperatura del aire estaba en relación con la temperatura media anual, tanto con la del mes más caluroso como con la del mes más frío y con la oscilación mensual aperiódica. La salida y puesta del sol y de la luna, las fases de la luna, de Venus, del anillo de Saturno y muchos otros fenómenos importantes se sucedían conforme a los pronósticos de los anuarios astronómicos. El vapor de agua alcanzaba su mayor tensión y la humedad atmosférica era escasa. En pocas palabras, que describen fielmente la realidad, aunque estén algo pasadas de moda: era un hermoso día de agosto del año 1913.

Con ese parte meteorológico comienza el primer capítulo, 'Accidente sin trascendencia', de El hombre sin atributos, en la edición definitiva en dos tomos que Seix Barral recoge en un estuche con las espléndidas traducciones de José María Sáenz del primer tomo y de Feliu Formosa y Pedro Madrigal del Libro segundo [De las páginas póstumas]. Es la versión completa de la monumental novela, revisada por Pedro Madrigal según la edición establecida por Adolf Frisé en 1978. 

El hombre sin atributos es un título fundamental de la literatura del siglo XX, un clásico contemporáneo sobre la insoportable inconsistencia del individuo. Literatura sólida y en estado puro, su densidad de bosque poblado y sombrío está en las antípodas de tanta narrativa líquida y posmoderna.
 
Crónica y sátira del vacío existencial del hombre moderno simbolizado en Ulrich, trasunto del propio Musil, también matemático y bibliotecario, un antihéroe anodino sin horizonte vital ni proyecto ni experiencias. La renuncia, la pasividad y la despersonalización son los únicos atributos de un hombre sin atributos en medio de la nada.

Una obra monumental e inacabada que va más allá del mero carácter de ficción para convertirse con la disolución de su trama en una alegoría de la disolución de un mundo, en una interpretación moral, filosófica, histórica y cultural de la crisis de la razón científica positivista, de la pérdida de identidad del hombre contemporáneo, de la decadencia y caída del Imperio Austrohúngaro -la Kakania de la ficción- y del papel del intelectual en la problemática modernidad de la Europa de entreguerras.

Pese al fondo interpretativo e intelectual de su obra, Musil, que es, también él, toda una literatura, quiso evitar que El hombre sin atributos se convirtiera en un ensayo sobre las raíces últimas del desastre, para lo que utilizó dos recursos: el distanciamiento irónico y la creación de escenas narrativas y de descripciones que evocan la realidad viva que conoció de cerca y de la que fue víctima y cronista lúcido. Y así la fragmentación del discurso narrativo es el reflejo de un mundo fantasmagórico y absurdo, caótico y sin sentido en el fin de una época que se había derrumbado antes de la escritura de la novela.

Cuando le sorprendió la muerte, en 1942, Robert Musil tenía sesenta y un años, llevaba más de dos décadas enfrascado en la escritura de El hombre sin atributos y su obra estaba prohibida en la Alemania nazi por nociva. Había publicado dos volúmenes de la novela y dejaba inédita una parte que aparecería al año siguiente, aunque eso no alteraba su condición de obra truncada.

Aun así, una parte de la crítica actual considera El hombre sin atributos como la más importante novela del siglo XX escrita en alemán, por delante de títulos como La montaña mágica, La muerte de Virgilio o las obras de Kafka.

Con esta gigantesca construcción novelística Musil trazó, desde su radical escepticismo y su voluntad paródica, además de un diagnóstico de su tiempo, una desolada profecía del futuro.

Santos Domínguez





7/1/22

María Victoria Atencia. Una luz imprevista



María Victoria Atencia.
Una luz imprevista. 
Poesía completa.
Edición de Rocío Badía Fumaz.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2021.



LAGUNA DE FUENTEPIEDRA

Llegué cuando una luz muriente declinaba. 
Emprendieron el vuelo los flamencos dejando 
el lugar en su roja belleza insostenible. 
Luego expuse mi cuerpo al aire. Descendía 
hasta la orilla un suelo de dragones dormidos 
entre plantas que crecen por mi recuerdo sólo. 

Levanté con los dedos el cristal de las aguas, 
contemplé su silencio y me adentré en mí misma.

                         
Ese espléndido poema, perteneciente a Compás binario, un libro central de María Victoria Atencia  (Málaga, 1931) forma parte de la magnífica edición de su poesía completa que ha preparado Rocío Badía Fumaz en Cátedra Letras Hispánicas. Se ha elegido como viñeta de portada el dibujo que hizo la autora para la cubierta de Primavera en la frente, un libro de su marido, el poeta e impresor Rafael León, que se publicó en 1956.

María Victoria Atencia es autora de una de las obras poéticas más altas y delicadas de los últimos cincuenta años. Próxima en sus orígenes a la revista Caracola y perteneciente por edad al grupo del cincuenta, la segunda generación de posguerra, su obra no fue, sin embargo, suficientemente conocida hasta bien entrados los años ochenta, cuando su sensibilidad y su escritura la convierten en un descubrimiento para la generación novísima.

Cañada de los ingleses, Marta & María, Compás binario, De la llama en que arde, La pared contigua o Las contemplaciones son títulos que jalonan una obra poética marcada por la elegancia, la armonía y la serenidad (“María Victoria serenísima” la llamó Jorge Guillén) y por un ejercicio constante de contemplación estética, de interiorización de la realidad y de búsqueda de transcendencia. 

Una obra de intensa vibración emocional y de palabra depurada y contenida, de la que escribió María Zambrano: “La perfección, sin historia, sin angustia, sin sombra de duda, es el ámbito -no ya el signo, sino el ámbito- de toda la poesía que yo conozco de María Victoria Atencia.”

Sus poemas, la mayoría breves, como instantes detenidos en la levedad de la expresión, son una forma de indagación autobiográfica, de exploración de la identidad, de conocimiento de la esencialidad del ser. Forman parte de un itinerario poético singular dentro de la poesía española contemporánea, de una trayectoria marcada por su exigencia, por un continuo proceso de depuración formal y espiritual y por su voluntario distanciamiento de los usos y los gustos más comunes de su contexto literario.

“Todo tiene el misterio de una luz imprevista”, escribió en un poema de Marta&María. Y de ese verso procede el título elegido para reunir toda su poesía desde 1961 en que apareció su primer libro, Arte y parte, hasta El umbral, de 2011. En su amplio estudio introductorio, Rocío Badía hace un luminoso recorrido por la trayectoria de María Victoria Atencia, desde el surgimiento de su peculiar mirada poética hasta las etapas de su obra presencia de algunas constantes poéticas como “su perfección formal, con tendencia a la brevedad, al uso del verso blanco alejandrino, sobre todo, y a la preferencia por la rima asomante, cuando la hay. La perfección métrica y rítmica ha sido especialmente elogiada por Antonio Carvajal, pero toda la crítica ha destacado su tersura, su concisión, su equilibrio, su serenidad.”

Poesía reflexiva y sensorial que comparte con el pájaro y el árbol su doble vocación de luz y altura, encauza sus imágenes en el ritmo sereno de sus versos y en una honda conciencia de la temporalidad y la belleza del mundo: “El pájaro, su vuelo -ha precisado- soy yo misma desde mi propia infancia. Mi infancia, mi adolescencia, mi madurez, mi edad actual, y no sólo su recuerdo, me acompañan de continuo.”

La elegancia, la sutil levedad y la armonía de su palabra son el resultado de un ejercicio constante de hondura meditativa, de delicadeza en la contemplación estética y de fusión con una realidad más alta a través de la mirada sutil a la naturaleza o de la experiencia amorosa. Una mirada que aúna serenidad y densidad, claridad y misterio como en Las palomas, de El umbral: 

Descansaba yo en paz, alta la tarde, 
y estaba el cielo en paz y tú venías, 
Y estaba recogiéndose el arrullo 
de unas palomas frente a mi baranda, 
quietas de otro quehacer que un suave compartirse, 
y era todo un sosiego ya atenuada a la luz, 
mientras yo me iba haciendo a la caricia 
con que sueles venirme, alta la tarde.

En palabras de Rocío Badía, “esta edición de la poesía completa de María Victoria Atencia reúne seis décadas de actividad poética ininterrumpida.[…] Se trata de la edición definitiva de su obra, supervisada por ella misma, con la que se da por cerrado su corpus poético.”

Un corpus poético del que dan cuenta estos dos significativos poemas. El primero es de La pared contigua:

LA MARCHA

Éramos gentes hechas al don de mansedumbre 
y a la vaga memoria de un camino a algún sitio. 
Y nadie dio la orden. -Quién sabría su instante.- 
Pero todos, a un tiempo y en silencio, dejamos 
el cobijo usual, el encendido fuego que al fin se extinguiría, 
las herramientas dóciles al uso por las manos, 
el cereal crecido, las palabras a medio, el agua derramándose. 
No hubo señal alguna. Nos pusimos en pie. 
No volvimos el rostro. Emprendimos la marcha.

Este otro, Razón del vuelo, es uno de los inéditos que incorporó a su antología Las iluminaciones:

 Y estabas y no estabas y seguías
siendo tú mi carencia o yo tu olvido
en aquel hueco azul interminable por el que una bandada
de herrerillos rayaba su alborozo
tan ajeno a que fueses su causa y el motivo
de un ruidoso traslado sin más razón que el vuelo,
que el propio vuelo que los sostenía
—casi al alcance de mis manos—
en el azul aquel interminable.                                 

Con buen criterio, se ha prescindido de las perturbadoras notas a pie de página  y se han colocado al final de esta magnífica edición, que se cierra con dos útiles índices de poemas, uno general, que los reúne en torno a cada libro, y otro alfabético.


Santos Domínguez 


5/1/22

Rubén Darío. La vida errante

 

 
Rocío Oviedo Pérez de Tudela 
y Julio Vélez-Sainz.
  Rubén Darío. La vida errante.
Cátedra Biografías. Madrid, 2021

“Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará. Quienes alguna vez lo combatimos comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar libertador”, escribió Jorge Luis Borges en 1967, en el Mensaje en honor de Rubén Darío.

Y ese párrafo lo recuerdan Rocío Oviedo Pérez de Tudela y Julio Vélez-Sainz en el pórtico de Rubén Darío. La vida errante, una magnífica biografía del poeta nicaragüense que han escrito con la colaboración de Cristina Bravo y que aparece en la ya imprescindible colección Biografías de Ediciones Cátedra.

Una biografía rigurosamente documentada que desde su familia e infancia hasta su muerte en 1916, a los 49 años (“soy un tronco viejo, arruinado, un hombre en cenizas”, confesaba en una carta) recorre la iniciación modernista con Azul (“Yo levanté con este libro una cordillera de poesía en todo el continente”); sus viajes por Centroamérica y su primera visita a España; su estancia en Nueva York y París; su incorporación a la bohemia, su destino como cónsul en Buenos Aires; su actividad de cronista en Los raros y la escritura de Prosas profanas; su vuelta a Europa y su experiencia en la España del 98, de la que surgirían España contemporánea. Crónicas y retratos literarios en 1901 y Cantos de vida y esperanza en 1905; su relación con Unamuno y Juan Ramón Jiménez o la importancia en su vida de mujeres como Francisca Sánchez, “la princesa Paca”, o Rosario Murillo, con la que se casó a punta de pistola y a la que abandonó muy pronto.

Se ofrece así un recorrido por las circunstancias biográficas y el contexto vital, histórico y cultural en el que surgen los libros de Rubén Darío, resultado de su vida agitada y trágica y de los muy diversos intereses que están en la raíz de su poesía: desde lo místico a lo erótico, desde lo existencial a lo social.

“La construcción de su trayectoria vital -escriben los autores- será una de las constantes de su literatura. Vemos […] un claro correlato entre lo que escribe en sus documentos privados (el «archivo» Rubén Darío) y lo que dicta en sus monumentos literarios (su obra, su canon). Una biografía como la presente pretende hermanar ambos discursos.”

Por eso, junto con la reconstrucción del itinerario vital de Rubén Darío y de ese esfuerzo por construirse una imagen pública, se ofrece -lo que es más importante- un recorrido por su obra y un análisis de sus textos más significativos: “Hemos utilizado profusamente -añaden los biógrafos- la producción literaria dariana en poemas y crónicas.”

Rubén es seguramente, si no el mejor poeta, el más decisivo en la poesía hispánica del siglo XX, que concibió la literatura como una gran conversación e impulsó la modernidad desde el diálogo con otras culturas, con otras literaturas, con otras épocas. Y de ese diálogo surge la síntesis entre lo antiguo y lo moderno, entre lo francés y lo hispánico, entre lo europeo y lo americano que está en la base del Modernismo.

El alcance de la renovación va más allá de la mera métrica o de cuestiones rítmicas. Con autores como ellos es fácil comprender que la poesía es sobre todo cuestión de voz, es decir, de tono y de timbre. Desde Garcilaso no hay una renovación poética comparable en importancia y transcendencia a la del modernismo. Y es que si el toledano puso al español a dialogar con la poesía italiana y con Petrarca, Rubén la pone en contacto con la francesa a través de Hugo y de Verlaine, como Cernuda o Gil de Biedma harían luego con la poesía inglesa.

“Necesariamente un trabajo biográfico presenta una revalorización de toda la obra dariana -explican Rocío Oviedo y Julio Vélez-Sainz en el prólogo-. Frente a la consideración que durante gran parte de los siglos XX y XXI ha reinado de Rubén Darío y, por extensión, del modernismo, como un fenómeno puramente poético, el nicaragüense probó fortuna en todos los géneros literarios del momento. La poesía modernista fue, sin duda, esplendorosa, pero el modernismo también tuvo impacto en la prosa breve, la novela, el ensayo y la crónica periodística.”

Y es que Rubén fue también un notable prosista, autor de artículos y crónicas cosmopolitas. Es el Rubén cronista de un tiempo y de un espacio: el París que simboliza la unión de arte y vida, de poesía y realidad, y ante el que pasa del entusiasmo a la desilusión, como pasó frente a la España del desastre y la bohemia desde la crítica del atraso a la nostalgia.

Entre la urgencia del cronista y la intemporalidad del poeta, Rubén tuvo un sostenido aprecio por estos artículos, que recopiló parcialmente en libros como Los raros o España contemporánea. Coinciden en ellos literatura y periodismo, vida y cultura, lirismo y actualidad. Rubén se convierte en espectador de su tiempo a través de crónicas filosóficas que arrancan de un suceso para llegar a una conclusión general que lo transcienda; con crónicas impresionistas, de tono conversacional, efímeras y con sabor de época; con semblanzas de autores como Poe, Verlaine o Marinetti. Y en agudo observador de lugares y espacios en las crónicas que recogen sus impresiones de viajero por el Rhin, París, Mallorca, Londres o Tánger.

Sin el influjo determinante de Rubén, autor de una obra que con Azul y Prosas profanas cambió el rumbo de la poesía española e hispanoamericana, no hubiera sido posible nada de lo que vino después. La importancia de la renovación métrica y rítmica, su revitalización de la lengua poética lo sitúan en un nivel de influencia comparable sólo con Garcilaso. Ambos son los límites que marcan un antes y un después en la poesía en español.

Lo subrayaba Borges en el texto que se evocaba al principio: “Variar la entonación de un idioma, afinar su música, es quizá la obra capital del poeta.”

Así resumen los autores de esta biografía, que es también un espléndido acercamiento a su obra, su orientación y su propósito: “Intentamos, pues, dibujar una figura compleja, contradictoria, inabarcable e inmarcesible. Nuestra lectura de Darío es solo una más, pero creemos que muy bien documentada. En breve, en esta biografía destacamos el aspecto archivístico de la biografía, que la separa de las muchas existentes, que proceden de la urdimbre de relaciones personales que establece a lo largo de sus muchos viajes y de su labor como cronista. Esperamos dar así nota cabal de un autor que marcó el devenir de la literatura hispánica en su momento como adalid de una de las grandes revoluciones de la lengua española. Asimismo, en su obra se encapsula gran parte de los grandes movimientos literarios del siglo XX que, como veremos, previó y prologó. Como indicara Borges poéticamente, Darío fue el libertador de la palabra.”

Santos Domínguez