27/5/22

Antonio Colinas. Tratados de armonía


 Antonio Colinas.
Tratados de armonía.
Siruela. Madrid, 2022.

Antonio Colinas reúne en un volumen que publica Siruela sus cuatro Tratados de armonía, una obra en crecimiento continuo desde aquel primer Tratado que apareció en 1991, al que se sumaron en 1999 el Nuevo tratado de armonía y en 2010 el Tercer tratado de armonía. 

“Estos Tratados de armonía -escribió Colinas cuando publicó en un volumen Tres tratados de armonía- se cuentan entre los libros míos que prefiero. Cuando a veces, en ese momento en el que el lector anónimo me pide que le recomiende uno sólo de mis libros, yo suelo sugerirle éstos. ¿Por qué? Acaso porque son una obra que revela muy bien al escritor que esencialmente he querido ser; o porque hay en ella esa modesta, aunque radical, «filosofía de la vida» a la que he aludido. Con esta obra también se han identificado algunos lectores fieles que me han acompañado a lo largo de estos últimos años. Me consta, pues, que el Tratado de armonía, luego el Nuevo tratado de armonía y espero que ahora esta entrega global —que incluye el inédito Tercer tratado—, han tenido y seguirán teniendo sus fervorosos seguidores.”

En el Preliminar que abría el volumen recordaba cómo empezó todo:

Comencé a trabajar en el Tratado de armonía en los primeros días de 1986 (...) No creo, sin embargo, que se pueda hablar de pensamientos al enjuiciar el género de este libro. ¿Aforismos, reflexiones, impresiones, contemplaciones? Acaso me decidiría por este último significado, pues casi todas las partes del libro nacen de una contemplación objetiva y serena, de una impresión vivida sin prisas en el medio de la naturaleza.

En aquellas palabras de presentación -como señalé entonces en una reseña que tiene tanta vigencia que se reproduce textualmente en la nota editorial de esta nueva edición- estaban algunas de las claves de este ciclo de la obra de Colinas: la contemplación, la serenidad, la vida, la naturaleza. Una contemplación reflexiva, una meditación en el marco natural que busca la armonía en la respiración de la naturaleza, en la luz, en la música pitagórica de los astros, en las aves y los árboles, en la exaltación del presente. en la respiración de la palabra hecha ritmo que reproduce la música del mundo, en una mirada que une armónicamente los sentidos y la inteligencia, el yo y el universo.

Esa mirada que se dirigía hacia la altura de los astros, los pájaros o los árboles en el Tratado de armonía descendía en el Nuevo tratado de armonía hacia la tierra o hacia el mar desde los acantilados, hacia la semilla y la raíz o hacia los frutos caídos del árbol. El mal irrumpía inarmónicamente en un libro que volvía a la experiencia sensorial de lo infinito en la mirada, la música, el silencio o los aromas y expresaba la clave de la armonía en la fusión de contrarios:

No se puede buscar la luz sin que las raíces estén lo suficientemente profundas. El ser -como el álamo- debe crecer en igual medida hacia arriba y hacia abajo, hacia la luz y hacia la sombra.

El Nuevo tratado de armonía se cerraba con esa integración de dualidades y con la salida de la isla de Ibiza, a la que regresan las primeras páginas del Tercer tratado de armonía, en el que se funden pasado y presente a través de dos paisajes: el ibicenco y el leonés. Dos tierras, dos valles, dos casas, dos jardines, dos espacios para la armonía y el silencio.

Pero sobre ambos valles temblaba y tiembla la misma Vía Láctea. Podrá apreciar, pues, el lector cómo a lo largo del Tercer tratado, la mente y la vida del que escribe va saltando de un valle a otro, de una casa a la otra. Estos dos valles no son, en el fondo, sino un mismo valle: el de la vida. En él es donde se da ese viaje decisivo —ineludible para el que desee vivir en la consciencia— a nosotros mismos: el viaje interior.

En este nuevo volumen se añade un Cuarto tratado de armonía organizado en cinco apartados que proponen un diálogo intercultural que a la conversación entre lo mediterráneo y la España del Noroeste añade el que se establece entre su lectura de Pasternak, el Extremo Oriente coreano de la Montaña Kumgang y el Oriente Próximo del Cuaderno de Jerusalén.

Y ese diálogo se enriquece con la mirada interior que se proyecta en los textos de Del otoño avanzado y Sobre el Respirar, al que pertenecen estos tres fragmentos:

Respirar: una forma de introducir el paraíso dentro de nosotros. El paraíso que buscamos y que nunca encontramos desasosegados, cuando respiramos incorrectamente.

La respiración el silencio nos permite también detener el tiempo, mantenernos entre los extremos, buscar con seguridad el camino correcto entre las sombras, hacia la luz.

Vuelve los ojos hacia dentro, pues allí encontrarás siempre lo que has buscado toda la vida fuera de ti. Allí dentro está todo, pero no es fácil dar con esa totalidad. Hallada, habrás dado con la bondad o energía de la luz que no se ve, pero que se inflama y entrega con dulzura. Y fluyendo con ella en tu respiración, se abrirán quizá todos los caminos que antes se cerraban.

Santos Domínguez

25/5/22

Janis Tomlinson. Goya. Retrato de un artista

 

 Janis Tomlinson.
Goya. Retrato de un artista.
Traducción de José Pablo Barragán.
Grandes Temas Cátedra. Madrid, 2022.

“Siempre hay algo más que saber de Goya”, escribe Janis Tomlinson para cerrar la introducción de su monumental Goya. Retrato de un artista, que publica Cátedra con traducción de José Pablo Barragán en una espectacular edición repleta de ilustraciones de enorme calidad.

Esa frase le sirve a la prestigiosa historiadora del arte para evocar el Aún aprendo con que Goya tituló un dibujo de 1826 de su Cuaderno de Burdeos. Esa actitud de constante evolución de la creatividad goyesca  es uno de los ejes que articulan este acercamiento riguroso a la vida y la obra de uno de los artistas fundamentales de la historia de la pintura. 

Un acercamiento que atiende a la vinculación de lo privado con lo público para componer una interpretación de la producción goyesca en relación con su tiempo y sus circunstancias, porque “la vida de Francisco de Goya (1746-1828) coincidió con una época de transformaciones en la historia de España que desató turbulencias en la política del país y en la corte de la que formó parte el artista, así como cambios sociales, la devastación de la península ibérica en la guerra contra Napoleón y un posterior periodo de inestabilidad.”

El entorno familiar, los amigos, los escritores y cortesanos de las cortes de Carlos III, Carlos IV y Fernando VII, las personas que lo frecuentaron en Burdeos constituyen el acompañamiento humano que delimita también las circunstancias de una biografía que este libro recorre minuciosamente desde su juventud hasta su muerte a través de experiencias decisivas como el viaje a Italia, su carrera como pintor de la corte, su evolución estilística, sus relaciones con la duquesa de Alba, su vivencia de la guerra o su retiro bordelés.

Sustentado sobre una abrumadora documentación, este ensayo, se enriquece con una comprensión matizada e iluminadora de la complejidad personal y artística de Goya. Así lo explica Janis Tomlinson, que ha utilizado como punto de partida de su obra el análisis de la extensa bibliografía sobre Goya desde 1830 hasta la actualidad:

A lo largo de los últimos dos siglos, los autores que han escrito sobre la vida y obra de Goya lo han transformado en todo tipo de personajes, desde el revolucionario en un país oscurantista y supersticioso hasta el hombre de familia católico y patriota, pasando por el íntimo amigo de los ilustrados de la época. La persistencia de algunas de estas caracterizaciones puede atribuirse al hecho de que permiten que el extremadamente multifacético y complejo artista que fue Goya sea accesible para miles de personas a través de museos y exposiciones, libros, películas y sitios de Internet.

Frente a la imagen tópica de un Goya aislado, Janis Tomlison muestra a un artista bien dotado para las relaciones sociales. Su simpatía, la franqueza de su trato y su ambición contribuyeron a su éxito en los ambientes cortesanos. Y es que “las habilidades sociales de Goya contribuyeron sin duda a sus éxitos con personajes influyentes, incluido el rey. La gente disfrutaba de su compañía. […] Contrariamente a la imagen romántica de Goya, sordo y aislado, era un hombre que disfrutó de la familia y de sus amistades durante toda su vida.
Como cortesano, Goya sirvió a reyes y se ganó el favor de ministros y aristócratas, incluso cuando su genio lo empujaba hacia el conflicto.”

Además de un enfoque que aporta nuevas perspectivas sobre su juventud, su rica vida familiar, sus frecuentes viajes o su círculo de amistades, esta espléndida monografía explora la compleja variedad del mundo que revela el universo plástico de Goya: desde las escenas costumbristas inspiradas en la vida madrileña hasta las visiones alucinadas de mundos irracionales, desde los retratos reales y nobiliarios hasta las atrocidades de la guerra y sus consecuencias en el pueblo.

Y a propósito de de los últimos años de Goya, Tomlison cuestiona también la interpretación convencional de esa última etapa vital y artística del pintor como un período de desilusión y los presenta como años de invención artística y de una libertad creativa que tiene su mejor reflejo en las pinturas negras de la Quinta del Sordo, de las que se ofrece alguna muestra en el magnífico cuadernillo central con treinta y cinco cuadros que ilustran el libro, además de las muchas imágenes que acompañan el cuerpo del texto. 

A lo largo de todas las páginas de este monumental retrato goyesco, Janis Tomlison mantiene un admirable equilibrio entre la atención a la vida y la obra, a lo biográfico y lo artístico, a lo individual y lo colectivo, para ahondar en “las complejidades y las transiciones de la época que dio forma al arte de Goya y definió su vida: su historia personaliza la transformación política y cultural de España desde mediados del siglo XVIII hasta principios del XIX. Sus mecenas y conocidos fueron víctimas con frecuencia de la siempre cambiante situación política, y sus historias, aquí narradas brevemente, contrastan con la de Goya, resaltándola.”

Santos Domínguez 


23/5/22

Jordi Amat. Vencer el miedo


 Jordi Amat.
Vencer el miedo. 
Vida de Gabriel Ferrater.
Tusquets. Barcelona, 2022.


El día que Carles Riba murió, Gabriel Ferrater tenía treinta y siete años y casi dos meses. Por la tarde, cuando se enteró de la noticia, se encaminó hacia el piso de República Argentina con vistas sobre el puente de Vallcarca donde Riba había vivido con Clementina Arderiu desde el retorno del exilio. Durante los últimos tiempos, Ferrater había pasado horas en la habitación donde se celebraba la tertulia. Había memorizado comentarios de Riba sobre poesía, anécdotas de medio siglo de cultura. No las olvidaría. Quizás ningún magisterio había sido como el de Riba. Informal, exigente, de altísimo nivel: un día Kavafis y otro March, y otro las relaciones entre la política y los intelectuales. Habían hablado de la poesía de Riba y de la suya, la que había empezado a escribir, pero no había publicado. «Si sigue esperando a publicar sus poemas, se le pasará el arroz», decía Ferrater que le había dicho Riba, «perderá el tiempo». La noche antes Ferrater había sabido que a Riba lo habían operado de un viejo problema hepático y le comentaron que el pronóstico era bueno. Murió al cabo de pocas horas.

Aquel domingo, 12 de julio de 1959, en que muere Carles Riba, es el momento elegido por Jordi Amat como punto de partida de Vencer el miedo. Vida de Gabriel Ferrater, que publica Tusquets en su imprescindible colección Tiempo de Memoria.

Heterodoxo y atípico, lúcido y provocador, una máquina mental perfecta, como lo definía Carlos Barral, Gabriel Ferrater (1922-1972)  aún no ha publicado el primero de los tres libros que lo consagrarían como uno de los poetas fundamentales de la literatura catalana contemporánea, pero -recuerda Jordi Amat- “prepara una ruptura literaria que será también una revolución moral: una manera más honesta de concebir la imaginación literaria para mirar la vida con plena lucidez. Después de él nada podrá volver a ser igual. Esta es la hipótesis de esta biografía.”

Además de intelectual sólido y brillante, además de escritor excepcional, Gabriel Ferrater fue un conocedor privilegiado de la cultura europea y ejerció una influencia decisiva sobre Gil de Biedma y Barral, a quienes descubrió la poesía anglosajona y la obra crítica de Eliot y Auden.

Antes de su silencio precoz, con el que puso fin a una actividad poética súbita y fugaz, escribió en seis años, entre 1958 y 1963, el centenar largo de poemas que configuran su poesía completa, que reunió en 1968 en el volumen Les dones i els dies, Las mujeres y los días, que Lumen publicó en español en 2002.

La soledad, el miedo, la muerte son algunos de los temas que convocan sus versos. Y esos son también algunos de los motivos que recorren los siete capítulos de Vencer el miedo, un hondo relato biográfico que coincide con el centenario de Gabriel Ferrater y que es una incursión en su deslumbrante presencia y su abrumadora brillantez, en su significación modernizadora y europeizante en la poesía catalana contemporánea, en su ética de la vida moral y poética, en la capacidad provocadora de su inteligencia corrosiva, en su trato constante con el miedo: “el miedo es mi especialidad”, le decía a su madre en una carta de 1963.

Pero Jordi Amat no rehúsa entrar también en las abundantes zonas de sombra que rodean su figura: en sus fantasmas personales, en su problemática relación con el alcohol y los tranquilizantes, en sus tendencias autodestructivas, en el sonrojante exhibicionismo del intelectual vanidoso que necesita ser escuchado sobre todo por las muchachas en ambientes ridículos como las tabernas nocturnas con un inseparable vaso largo de ginebra Giró, en el perfil del personaje despreciable que perseguía “tobillos jóvenes” (la lamentable expresión es suya), en las contradicciones de aquel indolente señorito de posguerra que acaba el Bachillerato con casi 25 años, aquel heterodoxo y “refinado burgués parisino”, como lo definían los círculos comunistas catalanes, que no asumían la denuncia de sus asesinatos durante la guerra civil, en el miedo y la angustia que intentó combatir con la bebida y con el sexo, en sus enfermedades y sus neurosis o en las tendencias suicidas que sustanció el jueves 27 de abril, cuando entró definitivamente en la sombra espesa:

Se hunde. Ha perdido el miedo a la sombra espesa. Ha leído que este método es rápido. Incluso lo ha comentado alguna vez. Quizás bebe. Quizás toma las pastillas para dormir. Se pone la bolsa en la cabeza, la ata con una cinta. Se asfixia.

Con este párrafo cierra Jordi Amat esta espléndida e intensa biografía de Gabriel Ferrater: “Este libro está dedicado a un poeta, pero no es un libro sobre poesía. Esta biografía la protagoniza un crítico excelente, pero no es un estudio de historia cultural ni tampoco de teoría de la literatura. Incorpora reflexiones sobre cultura y poesía, pero su centro es la vida de un hombre. Su propósito es tratar de responder a la pregunta de quién fue Ferrater modelando una identidad narrativa a partir de la máxima información cierta y disponible. La historia de un hombre de inteligencia privilegiada que fue feliz cuando, a pesar de saberse perseguido por sus demonios, consiguió vencer el miedo si al lado tenía una mujer joven que lo amara. Sabía, como sabía March, como sabía el Riba de plenitud, que aquello que somos, esencialmente, es un cuerpo, un tiempo de historia para que lata un corazón salvaje y así, en ese movimiento humano, hacerse consciente de uno mismo con la radicalidad que implica conocerse. Este, en todo caso, es mi Gabriel Ferrater.”

Santos Domínguez 

20/5/22

Vargas Llosa. La mirada quieta (de Pérez Galdós)


 Mario Vargas Llosa.
La mirada quieta 
(de Pérez Galdós).
Alfaguara. Barcelona, 2022.

“Tenía muchas ganas de leer a Pérez Galdós de principio a fin —cuando era estudiante había leído de él Fortunata y Jacinta, por supuesto, pero desconocía el conjunto de su obra—, y pensé que la pandemia del coronavirus me facilitaría la tarea. Dieciocho meses después estaba terminando las obras de teatro y había leído ya sus novelas y los Episodios nacionales, y estaba impresionado con el mundo quieto y dolido que inventó”, escribe Mario Vargas Llosa en La mirada quieta (de Pérez Galdós), que acaba de publicar Alfaguara. 

Es un recorrido por toda la obra novelística de Galdós, desde la delirante La sombra hasta los Episodios Nacionales, en los que -afirma Vargas Llosa- “hizo lo que Balzac, Dickens y Zola hicieron en sus respectivas naciones: contar la historia y la realidad social de su país. Con sus Episodios estuvo en la línea de aquéllos, convirtiendo en materia literaria el pasado vivido, poniendo al alcance del gran público una versión quieta pero amena, bien escrita, con personajes vivos y documentación solvente, de un siglo decisivo en la historia española.”

Desde el Galdós panfletario y titubeante de La Fontana de Oro al poderoso dueño de un mundo literario cada vez más rico y complejo que empieza a advertirse en La desheredada, continúa con la modernidad arquitectónica de Lo prohibido y culmina en la monumental Fortunata y Jacinta, su novela más ambiciosa y conseguida, Vargas Llosa repasa la obra del novelista español más importante del siglo XIX con la mirada aguda del lector atento que ha escrito algunos de los mejores ensayos literarios de los últimos cincuenta años, como Historia de un deicidio. 

Una mirada que se enriquece con la lente de aumento del novelista consciente de los recursos técnicos que emplea Galdós, como el enfoque narrativo, la recreación de los barrios madrileños o la construcción del personaje. Pero que también se detiene en la visión del mundo del novelista (“el mundo quieto y dolido que inventó”) y en una evolución con la que va perfilando la imparcialidad de su perspectiva crítica sobre la sociedad española y moldeando su mirada cada vez más comprensiva y cervantina hacia la realidad.

Así lo resume Vargas Llosa: “El mérito de Pérez Galdós no es sólo haber documentado con novelas todo este periodo, sino cómo lo hizo: con objetividad y un espíritu comprensivo y generoso […], poniendo la moral por encima de la política, tratando de distinguir entre lo tolerable y lo intolerable, el fanatismo y el idealismo, la generosidad y la mezquindad en el seno mismo de los adversarios. Eso es lo que más llama la atención al leer sus novelas, sus dramas y sus Episodios: un escritor que se esfuerza por ser imparcial. Su actitud da la impresión de congelar a la España de entonces en una mirada quieta y objetiva, que inmoviliza aquello que quiere narrar para dar una visión más fidedigna de lo narrado.”

No elude Vargas Llosa la alusión a defectos como la pérdida de pulso narrativo, el exceso retórico de una prosa recargada y los desequilibrios constructivos de novelas como La familia de León Roch, que “tiene páginas excelentes, pero también muchas que parecen de más.” O la persistente y desconcertante atribución de omnisciencia al narrador-personaje, que puede confundir a veces al lector.

Tras un análisis pormenorizado de la extensísima producción teatral de Galdós, desde Realidad hasta Antón Caballero, cierra el volumen un capítulo final recopilatorio, “Pérez Galdós en la literatura de España”, que comienza con estas dos frases terminantes: ¿Fue un gran escritor? Lo fue”, y contiene afirmaciones como estas: “algunos de los Episodios, muy logrados, merecen destacarse entre sus obras mejores. También de esta manera un escritor contribuye a crear una sociedad integrada, haciendo que gentes de distintas regiones y costumbres se sientan herederas de un pasado común. En esta manera de “hacer patria” Pérez Galdós fue el único escritor español de su tiempo que lo hizo.”

Esta es la conclusión que cierra el libro: “Benito Pérez Galdós estuvo a la altura del prestigio que ahora lo rodea. Sus libros son la mejor confirmación de su talento. Fue, sigue siendo y lo será por mucho tiempo un gran escritor.”

Santos Domínguez 


18/5/22

Santiago Muñoz Machado. Cervantes


Santiago Muñoz Machado. 
Cervantes.
Editorial Crítica. Barcelona, 2022.

“El inteligente escritor, sea por el gusto de dejar la traza de los episodios más memorables de su vida, sea porque barruntaba que nadie se encargaría de darla a la imprenta, plasmó en sus obras mucha información sobre sí mismo. No es completa, desde luego, y se centra, sobre todo, en su obra literaria, pero aparecen dispersos pasajes que han tenido en cuenta todos los investigadores. Que Cervantes trató de asegurar su propia inmortalidad, desconfiado como estaba de que se ocupara nadie de contar su vida después de muerto, dejando muchas pistas de su paso por la tierra, ya lo había observado Antonio de Capmany y de Montpalau a finales del siglo XVIII. En su Teatro histórico-crítico de la eloquencia española comenta lo siguiente:
“... sabemos que ningún medio omitió Cervantes de cuantos podían prometerle una inmortal celebridad: supo hacerse justicia a sí mismo, ya que el público se la negaba, para que sus admiradores en los tiempos venideros no titubeasen sobre el valor que debían dar a su trabaxo. A la verdad, que si no trabaxó mucho para sus adelantamientos y bienes de fortuna, no por eso se olvidó, a imitación de casi todos los escritores de su tiempo, de pasar a la memoria de los siglos futuros las noticias más halagüeñas a su amor propio, de sus méritos y servicios. En los prólogos, en las dedicatorias, en las introducciones de sus libros, en sus composiciones alegóricas, en prosa, en verso, no perdió coyuntura jamás de hablar de sus tareas, viages, servicios, destinos, desgracias, protectores, amigos y enemigos. Y aun Cervantes, a pesar de su modestia, parece pretendió exceder a todos, pues, como si temiera de quedar desconocido entre las gentes venideras, describe sus enfermedades, sus facciones, y hasta sus imperfecciones corporales, aun aquellas que no podía expresar la pintura, pues, a la manquedad de su mano izquierda de que se honraba dignamente, añadió el defecto de su habla tartamuda.”
Las biografías de Cervantes han incluido siempre esos imprescindibles datos autobiográficos que fueron, además, los únicos que durante más de un siglo permitieron conocer algunos pasajes de su vida. La selección de los mismos es delicada porque, claro está, toda la obra de Cervantes trasluce experiencias propias y muchas narraciones están inspiradas en sucesos en los que participó o le afectaron personalmente”, escribe Santiago Muñoz Machado en su espléndido Cervantes, que publica Editorial Crítica en una magnífica edición. 

Una biografía que toma como punto de partida las alusiones autobiográficas que el autor fue dejando en sus obras -“la autobiografía escrita por el propio Cervantes”- y que a partir de ese hilo conductor, tramado como un intenso recorrido por su literatura, organiza y revisa críticamente los materiales que la investigación cervantina ha ido recogiendo y aportando a lo largo de tres siglos, desde la fundacional biografía que redactó Gregorio Mayans en la primera mitad del siglo XVIII hasta la actualidad.

“El propio escritor -afirma Muñoz Machado- había dejado escrita en sus obras una fragmentaria autobiografía que sirvió de mucha ayuda a los biógrafos desde el principio. Se han despejado casi todos los mitos y relatos fabulosos mantenidos a lo largo de los siglos, pero los estupendos tratados biográficos existentes aún incurren con frecuencia en el serio defecto de no explicar las fuentes ordenadamente, para que pueda saberse la deuda que tenemos con cada investigador, o el de mezclar la biografía con sucesos novelados o dramatizados, recreando y deformando los hechos.”

Desde ese planteamiento inicial, esta no es una simple biografía de Cervantes, una reconstrucción exhaustiva y rigurosa de su “vida azarosa y novelesca” -desde su decisivo viaje a Italia a sus prisiones argelinas y sevillanas; desde su frustrada aspiración a obtener algún cargo vacante en las Indias a las mujeres de su entorno; de sus aliados y protectores a sus enemigos-, sino también una historia del cervantismo y de la creación del mito del Quijote y sus comentaristas, que reflejan la evolución interpretativa de esa novela inagotable. Es además un minucioso repaso de las claves más significativas de su obra y un rastreo meticuloso de sus fuentes orales y escritas, con especial atención a las tradiciones populares que emergen en su literatura.

Esta obra monumental, con su extenso aparato de notas y sus doscientas páginas de abrumadora bibliografía, está llamada a convertirse en un texto de referencia del cervantismo y, entre el ensayo histórico y la crítica literaria, explora los vínculos entre la literatura y la vida de Cervantes y reconstruye su contexto histórico, literario y vital para abordar la trayectoria vital del escritor y los ejes temáticos en torno a los que levantó el admirable edificio de su literatura, que se enfoca en este ensayo como espejo de su época y de la realidad social y humana sobre la que Cervantes proyectó su conciencia crítica, su mirada comprensiva o su ironía. 

Una conciencia y una mirada transmutadas en la literatura inagotable del mayor de los clásicos españoles, creador de un mundo propio en el que reunió ejemplarmente experiencia e invención, idealismo e ironía, ficción y realidad.

Santos Domínguez 



16/5/22

Partes de guerra


Partes de guerra.
Ignacio Martínez de Pisón (ed.)
Catedral. Barcelona, 2022.

Con la turbación con que se pronuncia un sortilegio, Juan Senra, profesor de chelo, dijo sí y, sin saberlo, salvó momentáneamente su vida.
—¿De verdad le conoció? —preguntó el coronel Eymar, sacudiendo su somnolencia e iniciando un gesto de aproximación al acusado, algo parecido al interés de un entomólogo que se fija en algo diminuto que se mueve.
—Sí.
—¡Sí, mi coronel! —tronó atiplado su coronel.
—Sí, mi coronel.
Juan Senra llevaba en pie desde el alba, vestido con un mono azul y un jersey raído que dejaba entrar el frío y manar el miedo. Su extremada delgadez, la nuez que saltaba asustada cada vez que tragaba saliva y un abatimiento que enarcaba sus espaldas hasta hacer de él algo convexo, le habían convertido en una cicatriz de hombre incapaz ya de fijar la mirada sin sentir náuseas.
—¿Dónde?
—En la cárcel de Porlier.

Así comienza 1941 o El idioma de los muertos, el tercero de los cuatro relatos de Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez.

Junto con Una historia de Ibiza, de Rafael Alberti, y El balcón vacío, de María Luisa Elío, es una de las   novedades que Ignacio Martínez de Pisón ha añadido en la reedición ampliada de Partes de guerra en el magnífico volumen que publica Catedral.

Ese relato de Alberto Méndez cierra un conjunto narrativo de treinta y nueve cuentos que se abre con La lengua de las mariposas, de Manuel Rivas, al que contribuyen nombres como Ramiro Pinilla, Bernardo Atxaga, Chaves Nogales, Sender, Fernández Santos, Juan Eduardo Zúñiga, Aldecoa, Ana María Matute, Delibes, Antonio Pereira, Max Aub, García Pavón, Barea, Ayala o el propio Martínez de Pisón, que incorpora a esta nueva edición su relato Hombres de paz.

Organizados cronológicamente, no por fecha de composición, sino con arreglo a la cronología histórica  en la que se sitúan los relatos, desde julio de 1936 hasta comienzos de la posguerra, el conjunto ofrece una secuencia narrativa coherente que propone una nueva mirada sobre la evolución de la guerra civil, desde sus inicios hasta sus consecuencias. 

Con diferentes enfoques temáticos -entre el frente y la retaguardia, entre el campo y la ciudad, entre el sur gaditano de Fernando Quiñones y el norte vascuence de Ramiro Pinilla- y diversas perspectivas ideológicas -de un bando a otro, de lo individual a lo colectivo, de la memoria a la invención-, la secuencia de los relatos recopilados en Partes de guerra  permite construir un mosaico narrativo en el que más de treinta escritores componen “una suerte de novela colectiva sobre la guerra civil”, como señala en su prólogo Martínez de Pisón cuando escribe: “Refiriéndose a la narrativa surgida de la guerra civil italiana (la guerra partisana de 1943 a 1945), Italo Calvino sugirió que podía toda ella ser leída como un macrotexto unitario: un libro de mil padres, capaz de hablar en nombre de todos los que habían participado en la lucha. Con la literatura que sobre la guerra civil española escribieron quienes intervinieron en ella podría hacerse algo similar. El material de partida es bueno y abundante, porque han sido muchos los escritores que han acertado a convertir sus experiencias de esos tres años en gran literatura. ¿Por qué, entonces, no probar a componer con los relatos escritos por unos y por otros una suerte de novela colectiva sobre la guerra civil? ¿Y por qué limitar el proyecto a las generaciones de escritores que vivieron el conflicto desde dentro y no ampliarlo también a aquellas que, por razones cronológicas, sólo han podido percibir sus ecos y consecuencias? Han pasado más de ochenta años desde el comienzo de la contienda, y lo que está claro es que sobre ella han escrito literatos de todas las generaciones: los que intervinieron en ella, los que la padecieron en la niñez o la adolescencia, los hijos de estos o de aquellos, los nietos… Tanto unos como otros podrían con idéntica legitimidad participar en esa hipotética novela coral, y esta no sólo ampliaría su perspectiva histórica sino también la diversidad de sus enfoques literarios, dado que la documentación y la inventio por fuerza habrían de servir de contrapunto a una narrativa del testimonio y la memoria.”

El conjunto completa un retablo narrativo compuesto con estos relatos que, afirma Martínez de Pisón, están “entre los mejores que se han escrito acerca de la guerra civil. […] Pero lo que este antólogo ha intentado no ha sido reunir un ramillete de buenos relatos sino contar la guerra civil, o al menos una gran parte de ella, a través de las historias escritas por algunos de nuestros mejores narradores.”

Santos Domínguez 




13/5/22

Juan Ramón Jiménez. Pureza

 



Juan Ramón Jiménez.
Pureza.
Edición de Rocío Fernández Berrocal.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2022.

“La pureza forma parte del ideario esencial de Juan Ramón Jiménez en toda su trayectoria poética y este libro lo representa. Al ideal de pureza consagró siempre su vida y su obra y al ideal de pureza sometió sus poemas hasta lograr que fueran como la rosa, «poesía pura»”, escribe Rocío Fernández Berrocal en el espléndido estudio introductorio con el que abre su edición de Pureza de Juan Ramón Jiménez en Cátedra Letras Hispánicas. 

Inédito como libro hasta ahora, aunque publicado parcialmente con los doce poemas que aparecían en la Segunda y Tercera antologías y en Leyenda, Juan Ramón lo escribió entre 1911 y 1912, al final de su etapa de Moguer, en un momento decisivo de su vida, poco antes de entrar en la madurez sentimental que encauzó literariamente en el Diario de un poeta recién casado.

En la incansable evolución de su obra en marcha estos poemas juanramonianos reflejan la transición suave que se produce entre su época sensitiva y su época intelectual. Son un total de cuarenta y seis poemas celebratorios, diecinueve de los cuales son inéditos, en los que se refleja el camino de intensa y progresiva depuración desde la poesía modernista a la poesía pura. 

Hay todavía en estos poemas una abundante presencia del adjetivo sensual y matizador, pero el verso se ha depurado y estilizado significativamente tanto en sus aspectos rítmicos como en el tratamiento de la rima. 

Juan Ramón lo dejó organizado como libro en varios sobres que se conservan en la sala Zenobia-Juan Ramón Jiménez de Puerto Rico con la portada, las portadillas y la estructura tripartita -Amaneceres, Desvelos, Tardes- que marca su diseño.

“Pureza -afirma Rocío Fernández Berrocal- es un libro con el que Juan Ramón Jiménez contó siempre. La obra estaba incluida en el listado de poemarios que deseaba publicar y dejó los manuscritos en la sala Zenobia -Juan Ramón Jiménez de Puerto Rico antes de morir.”

Aun así, la tarea de edición de este y otros libros juanramonianos tiene siempre mucho de arriesgada incursión en un laberinto en el que a menudo se cruzan o se superponen diversos proyectos tangentes entre sí. Por eso conviene destacar el admirable trabajo de reconstrucción textual que está en la base de la edición de este libro, a cuya parte final, ‘Tardes’, pertenece este texto, que revela una mirada transcendente al paisaje en la que se anticipa la plenitud del Juan Ramón Jiménez de etapas sucesivas:

PAZ

El sol del agua tiembla, rizándose, bajo las verdes hojas en las 
que cobijan la orilla con su suaves sombras; 
entre la trama plácida, pasa la mariposa, 
y es otra luz, y otro rizo y otra sombra; 
viene el gorrión, un punto, a la rama temblona, 
canta, y al irse, la hunde un momento en la onda… 

Todo -¡amor!- sombra, luz, canto, vuelo, agua, fronda 
es en la hora alma de una única cosa…

Son versos que corroboran esta afirmación de la editora en su introducción: “Todo nace en Pureza de una sensible y aguda observación atenta de lo que nos rodea y una conciencia exaltada del momento creador y vital que experimenta en un tiempo clave de su vida personal y literaria.”

Santos Domínguez 

11/5/22

Jeffrey J. Kripal. El vuelco

 



Jeffrey J. Kripal. 
El vuelco.
Epifanías de la mente y el futuro del conocimiento
Traducción de Pablo Hermida Lazcano.
Atalanta. Gerona, 2022.

“Los intelectuales dedicados a las humanidades han pagado un precio muy alto por su comportamiento menguante. Hoy en día somos más o menos ignorados por el público en general y por nuestros colegas de las ciencias sociales y naturales […] También me pregunto si no existirán buenos motivos para que quienes cultivamos las humanidades seamos ignorados. Después de todo, ¿por qué alguien habría de prestar atención a un conjunto de disciplinas cuyos argumentos centrales se reducen, con demasiada frecuencia, a la afirmación de que la única verdad es que no existe ninguna verdad, que todos los esfuerzos hacia la verdad no son más que ansias de poder y, por último, que toda conversación en profundidad a través de las fronteras culturales y temporales es esencialmente ilusoria, pues todos estamos atrapados por los juegos de nuestros lenguajes locales, condenados a ver en nuestras cabezas sombras que no van a ninguna parte ni significan absolutamente nada? Hemos perdido todo sentido de lo universal, todo sentido de lo humano en cuanto humano”, escribe Jeffrey J. Kripal en uno de los capítulos de El vuelco, que publica Atalanta con traducción de Pablo Hermida Lazcano.

Subtitulado Epifanías de la mente y el futuro del conocimiento, es, entre otras cosas, en palabras de su autor en el prólogo, ‘El cosmos humano’, “una queja pública y deliberadamente polémica por el peligroso menosprecio que sufren las humanidades en la cultura contemporánea, académica y de cualquier otra índole”, “un ensayo inapropiadamente esperanzado e incluso extremadamente optimista sobre un punto de inflexión, sobre el futuro -ya sea cercano o remoto- de una nueva cosmovisión o de una nueva realidad que se está forjando en torno a la epifanía de la mente” y la  reivindicación de “una recalibración de las humanidades y de las ciencias que apunte hacia alguna forma futura de conocimiento.” 

Ese vuelco del conocimiento que se evoca en el título se producirá, afirma Kripal, “cuando surja una filosofía de la mente que conciba la consciencia como previa y primordial, y por consiguiente irreductible a funciones cerebrales o a cualquier otra forma de mecanismo material, mientras la neurociencia contemporánea continúa con su aparatosamente fallido intento de explicar la consciencia mediante algún modelo materialista o mecanismo causal.

Esta irreductibilidad de la mente traerá consigo un nuevo ascenso de las humanidades, que a fin de cuentas siempre se han ocupado de relacionar e interpretar tanto las formas más banales como las más fantásticas en que la consciencia se refleja y se refracta a través de los códigos culturales de la civilización humana, esto es, a través de la historia, las prácticas sociales, el lenguaje, el arte, la religión, la literatura, las instituciones, el derecho, el pensamiento y, me atrevo a añadir, la ciencia.”

Cada uno de los cinco capítulos que componen el libro son otras tantas aproximaciones a la necesaria relación entre la materia y la mente, entre la conciencia y el cosmos. Cinco ensayos de aproximación y reflexiones que conducen al epílogo -‘Lo humano cósmico’-, en el que Jeffrey J. Kripal hace esta propuesta conclusiva sobre una nueva gnoseología, basada en un diálogo renovador entre las humanidades y la ciencia:

Creo que la forma futura de conocimiento será, como el cerebro humano, dual pero equitativa, es decir recíproca. Platón tendrá tanto que decir como Aristóteles.[…] En términos educativos, las humanidades no serán la prima pobre de las ciencias.

Nuestras preguntas más profundas acerca de nosotros mismos (como parte) y del cosmos (como el todo) jamás tendrán respuesta sin un compromiso entre ambas formas de conocimiento. Y estas preguntas últimas requerirán, probablemente, formas de conocimiento que ni siquiera hemos imaginado todavía.

Santos Domínguez 

9/5/22

Flaubert. Dos cuentos góticos

 




Gustave Flaubert.
Dos cuentos góticos.
Prólogo de Miquel Molina .
Traducción de Alberto Gómez y Carlos Primo.
Carpe Noctem mini.  Madrid, 2022.
 

En una calle angosta y sombría de Barcelona vivía, no hace mucho, uno de esos hombres de frente pálida y ojos apagados y hundidos, uno de esos seres satánicos y extraños como los que Hoffmann exhumaba en sus sueños.
Era Giacomo, el librero. Tenía treinta años y ya parecía viejo y agotado. Era alto, pero encorvado como un anciano; su cabello era largo, pero blanco; sus manos eran fuertes y vigorosas, pero marchitas y cubiertas de arrugas; su traje era miserable y andrajoso; su aspecto, torpe y timorato; su rostro, pálido, triste, feo e incluso insignificante.
Rara vez pisaba las calles, excepto cuando se subastaban libros raros y curiosos. En tales ocasiones dejaba de ser el hombre holgazán y ridículo de siempre. Sus ojos cobraban vida, corría, caminaba, pisoteaba; le costaba moderar su alegría, sus inquietudes, sus angustias y sus dolores; llegaba a casa con la lengua fuera, sin aliento, tomaba el preciado libro, lo acariciaba con los ojos y lo amaba con la pasión de un un avaro por su tesoro, de un padre por su hija, de un rey por su corona.

Así comienza Bibliomanía, uno de los dos relatos góticos de Flaubert que publica Carpe Noctem en su colección de bolsillo mini, con traducciones de Alberto Gómez y Carlos Primo y un prólogo (‘La iniciación de un escritor de fondo’) en el que Miquel Molina destaca que “Flaubert inicia con estos textos un laborioso proceso de construcción de su personalidad literaria que no alcanzará su máximo esplendor hasta que, con treinta y seis años, publique Madame Bovary. Más que de un novelista de maduración tardía, estaríamos hablando de un escritor de fondo que sienta en estos dos trabajos iniciáticos las bases de una larga y sólida producción novelesca.”

Bibliomanía, el primer relato que publicó, y La peste en Florencia son en efecto los primeros frutos de un Flaubert adolescente pero apasionado ya por la literatura, casi dos trabajos escolares de aprendizaje marcados por las orientaciones de sus profesores de Literatura y de Historia con los que aquel muchacho de quince años iniciaba la que habría de ser uno de las más portentosas aventuras literarias del siglo XIX.

Ambientados en el pasado y muy marcados aún por la herencia romántica del relato gótico de terror y misterio confesada en las primeras líneas de Bibliomanía con la alusión a Hoffmann, son dos relatos sobre crímenes y criminales: la truculenta historia del misterioso y satánico Giacomo, librero y bibliófilo asesino, y la de García de Médicis, personaje histórico cuyas envidias y ambiciones le llevan al asesinato encubierto en la mortandad de la peste de Florencia que le sirve de marco espaciotemporal:

Florencia estaba de luto, sus hijos morían a causa de la peste, que reinaba en la ciudad desde hacía un mes. Sin embargo, su furia se había encarnizado los dos últimos días. El pueblo moría maldiciendo a Dios y a sus ministros, blasfemaba en su delirio, y en su lecho de angustia y dolor, si quedaba algo por decir, era una maldición. Seguros de su final inminente, los vecinos se revolcaban, riendo estúpidamente, en el libertinaje y en el barro del vicio.

Así presenta Flaubert al personaje:

Tenía entonces veinte años. Es decir, durante veinte años había sido víctima de burlas, humillaciones e insultos por parte de su familia.
En efecto, García de Médici era un hombre malvado, traicionero y odioso, pero ¿quién dice que la maldad, los celos oscuros y ambiciosos que atormentaron sus días, no nacieron de los ataques que tuvo que soportar?
Era débil y enfermizo; Francisco era fuerte y robusto; García era feo, torpe, flácido, sin energía, sin ánimo; Francisco era un caballero apuesto y con buenos modales, un hombre galante, manejaba hábilmente un caballo y perseguía al ciervo con tanta facilidad como el mejor cazador de los Estados del Papa.
El mayor era, por tanto, el favorito de la familia: para él todos los honores, las glorias, los títulos y las dignidades. Para el pobre García, oscuridad y desprecio.


Santos Domínguez 

6/5/22

Carlos Peinado Elliot. ¿Sangra el abismo?

 


Carlos Peinado Elliot.
¿Sangra el abismo? 
Contracciones de una Noche de Pascua.
RIL editores. Barcelona, 2022.


 [Circumambulación tercera]
Abro al fin la ventana -¿no estaba fuera ya? Y allí te encuentro. Una vez más no te has cansado (¿quién me llamó a cruzar?) en estos años de esperarme. Y me pronuncias: cuerpo-palabra donde orbita todo. Y me recibo: ¿quién soy en ti? La voz entre el ramaje que me llama extiende el velo, en tanto se abre el mar en que perderse, bajo la luz de Venus que se eleva y se apodera (latiendo) de mis ojos.
Y escuchas: que el lucero matinal te encuentre ardiendo-quién pronunció esa voz: ¿arder si todo se ha quemado? ¿Arder en ti, nacer (cuando el cansancio de la vida ahoga)?
              
               En esta noche están todas las noches.
               Te han abierto y partido y te derramas.
               Vacío desbordante de este cielo, 
               henchido de una luz que me traspasa.
               Espacio mío y cuerpo mío tú:  
                                                                noche de Pascua.

Esa noche de Pascua a la que también se alude en el subtítulo es el punto de llegada de ¿Sangra el abismo?, el libro que Carlos Peinado Elliot publica en RIL editores.

Es la culminación del itinerario que se había iniciado una noche de agosto en la que se situaba este texto en el que, como en la noche oscura sanjuanista, el poeta había salido en busca de sí mismo:
 [girola] 
He dejado la casa atrás en esta noche en que el cansancio de vivir me arrastra y me golpea. Es agosto. Mientras lejos los sonidos de la fiesta borbotean y no duelen, he salido de nuevo al descampado, como antes con mi hijo que miraba los astros, madrugada -rendido por el sueño- de Perseidas. Ahora solo. Ninguna luz. Comienza a declinar la vida y me pregunto cuánta verdad me queda entre las manos.

Experto en poesía contemporánea y especialmente en la línea de poesía del conocimiento desarrollada por José Ángel Valente o por el último Antonio Colinas y asentada en la base estética de la razón poética de María Zambrano, Carlos Peinado Elliot sigue aquí esa escondida senda de la palabra creadora en libertad.

Una palabra que fluye caudalosa y perturbadora en un caleidoscopio de secuencias en prosa y verso organizadas en ocho apartados que son otras tantas estaciones de un proceso poético y personal de depuración y de exploración verbal en lo invisible, de búsqueda incansable de revelaciones:

[vitral]
Las aguas, oro blanco que se incendia en la fragua del sol de la bahía. Asciende la marea por los caños, penetra los terrones y entre costras de sal alcanza las roídas barcas varadas: matorral de sapina y salicornia. Intermitente azul que alhaja con sus luces brillante lomo de delfín: las olas, espejeando el cielo en las entrañas, se extienden tras las huellas del sol a la ceguera.

La poesía se convierte así en método de conocimiento, en ejercicio de demiurgo con la tensión verbal como instrumento de indagación y refundación de la realidad. Fragmento a fragmento, el poeta recompone una cosmogonía visionaria que se levanta desde las intuiciones y las potentes imágenes para abordar con voz oracular las claves de ese mundo: la incandescencia del amor y la muerte, el exorcismo del fuego y la celebración del agua, la liturgia de los cantos sibilinos de la Quimera y un turbador paisaje de atrios y laberintos, vitrales y rejerías, bóvedas y capiteles, pináculos y canecillos por los que ascienden o descienden el tiempo y el espacio, Sevilla y la bahía gaditana, la memoria y el presente, la violencia y el terror de la guerra, el mar y la tierra.

Y esa voz poética se hace mirada hacia lo hondo del pozo o de la fosa o hacia lo alto del vitral o la cúpula en  este libro que se alza como un templo de la palabra y la poesía en la celebración de la luz y los dones o en el lamento de lo oscuro ante la presencia desbordada de la sangre y la muerte. Esas miradas ascendentes y descendentes se suceden en este texto:
[Pináculos:estrellas]
La nube de vencejos. 
Su densa red que tensa en negra cúpula 
tirantes arquitrabes, cristalinos 
de vuelos en la bóveda 
celeste se levantan y descienden 
como si hundiéndose un marmóreo cielo 
                                                                 sus chillidos 
se desplomaran sobre mi cabeza.

Ambicioso en su expresión y riguroso en su arquitectura, ¿Sangra el abismo? erige sobre las ruinas una deslumbrante construcción verbal cimentada en la solidez de una voz que parece surgir desde fuera del tiempo, desde el misterio que sólo puede iluminar una palabra poética tan poderosa como la de Carlos Peinado Elliot.

Santos Domínguez 



4/5/22

Luis Mateo Díez. Celama (un recuento)


Luis Mateo Díez.
Celama (un recuento).
Edición de Ángeles Encinar.
Alfaguara. Barcelona, 2022.

“Este libro se compone de treinta y ocho cuentos y un preámbulo. Treinta y cinco historias autónomas que forman parte de las novelas de El reino de Celama […], a las que se añaden tres más. […] Todos los relatos han sido revisados (vueltos a contar) y modificados adecuadamente -estilo, contenido y titulación de capítulos, antes numerados- por Luis Mateo Díez para este nuevo volumen con entidad propia. Hablamos de un ciclo de cuentos.”

Con esas palabras resume Ángeles Encinar el contenido de Celama (un recuento) en el estudio que cierra la edición de los relatos del ciclo de Celama que publica Alfaguara.

Precedidas de un preámbulo, ‘Viaje a Celama’, escrito por Mateo Díez para esta edición, la gran mayoría de las historias proceden de El espíritu del páramo, La ruina del cielo -dos “novelas compuestas” construidas por historias autónomas- y de El oscurecer, que componen la trilogía El reino de Celama, un conjunto novelístico fundamental en la narrativa española de los últimos años, que tiene como eje el territorio a la vez real e imaginario de Celama, nombrado también como el Páramo, la Llanura, el Territorio, trasunto literario del verdadero páramo leonés, con capital en Santa Ula.

A esas treinta y cinco historias se suman dos cuentos que ya habían aparecido en otros lugares (‘Flores del fantasma’ y ‘El sol de la nieve o el día que desaparecieron los niños de Celama’) y el inédito ‘Hemina de Ovial’.

Los treinta y ocho relatos han sido revisados, recontados y reordenados en ocho secciones temáticas: el mundo de la niñez de “Corro de infancia”; el viaje de “Rumbo de los viajes”; la pasión amorosa de “Ronda de los amores”; los presagios funestos de “Señales de muerte y desgracia”; las relaciones familiares de “Hijos y destinos”; la vejez de “Las edades extremas”; los animales de “Fabulario doméstico” o las historias sagradas y míticas de “Deidades, santidades y vaticinios”. 

Esa reordenación articula en una nueva lógica narrativa interna el conjunto de este recuento polifónico, ambientado en un espacio mítico y oscuro: la llanura estéril y árida de Celama, una geografía física y humana, pero además una atmósfera espiritual y quizá también un estado de ánimo, un espacio cartografiado en el valle de los dos ríos, el Urgo y el Sela, que marcan su frontera y delimitan un territorio literario del que dice el narrador viajero de ‘Viaje a Celama’:

Lo que el viajero podría corroborar era una idea que tuvo muy tempranamente, la que consideraba que la irrealidad era la condición del arte, y que entre los auspicios de su viaje a Celama, en la percepción primera que alentaba un presagio en la frontera de dos ríos, más allá de la niebla y la envoltura del emboscamiento, lo irreal daría sentido a lo que viera y descubriese.
Todo lo cual formaba parte de las sensaciones con que el viajero había ideado su viaje a Celama y cuando ya, entre el acopio de las previsiones, la niebla y la indeterminación resultaban casi sustancias de la imaginación anotada en sus cuadernos sin especiales atisbos de fidelidad, como mera constatación de lo que en sus más íntimas expectativas significaba ya el Territorio que, al tiempo en los esquemas de la ficción, era conocido además como el Páramo o la Llanura, y también como el Reino de Celama en la perspectiva histórica que dotaba la compilación de su totalidad, en la geografía y el tiempo.
[…]
Celama pertenecía al patrimonio de lo imaginario, a la irrealidad que es la condición del arte.

Su potente mundo narrativo se levanta como una construcción coral por la que pasan decenas de personajes marcados por la presencia constante del vacío y la muerte que lo invaden todo y que son la metáfora del fin de un ancestral mundo agrario. Un mundo crepuscular que sólo sobrevive en la cultura oral que rescata la memoria individual y colectiva y la funde con la imaginación.

Porque imaginación, memoria y palabra son las tres fuentes de las que se alimentan estas historias. La habilidad en la construcción de los diálogos, las brillantes descripciones de ambientes, la agilidad de la narración, el simbolismo del deterioro, el cuidado estilístico, la desolada melancolía y el humor -cervantino en su tolerante suavidad o esperpéntico en su distanciamiento irónico- son algunos de los rasgos que caracterizan la técnica, la tonalidad o la perspectiva narrativa de estos cuentos.

“Mis necesidades narrativas -ha explicado Mateo Díez- se conforman contando, inventando, atadas a la fuente de la imaginación que, con frecuencia, es alimentada desde la fuente de la memoria. Supongo que esa necesidad, ese imperativo de la imaginación y la memoria, tiene que ver con cierta capacidad metafórica para entender el mundo donde uno habita, la vida que corre sin remedio, y mis ficciones darán medida de esa capacidad, que también ilustrará mis obsesiones y mis intereses de escritor.”

Fundado desde “la legitimidad de lo oral” y “el patrimonio de la imaginación”, el territorio de Celama -concluye en su epílogo Ángeles Encinar- “transciende sus límites y logra un carácter universal.” 

Santos Domínguez 

2/5/22

Miguel Dalmau. Pasolini. El último profeta

  


Miguel Dalmau.
Pasolini. El último profeta.
XXXIV Premio Comillas.
Tusquets. Barcelona, 2022.

¿Pasolini profeta? En efecto. Conviene recordar aquí que el profeta no adivina el futuro: no es aquel arúspice romano que consultaba las vísceras humeantes de las bestias para anunciar luego oscuros presagios o acontecimientos felices, desde el altar del sacrificio. El profeta no es un adivino: es una voz que viene del pasado, un personaje que se instala en el presente y lo observa desde la tradición, antes de elaborar un discurso de advertencia para la comunidad. El profeta nos descubre algo que no hemos visto, se pronuncia con valentía y nos advierte de los peligros de nuestra ceguera. No otra cosa hizo Pasolini en la segunda mitad de su vida, señalar todo el desastre que entonces se anunciaba en el horizonte: la corrupción política, la pérdida de valores, el abandono del mundo rural, la destrucción del paisaje, el abandono del mundo rural, la destrucción del paisaje, el genocidio cultural sobre las sociedades y pueblos primitivos, el poder omnímodo y manipulador de los medios de comunicación, la mansedumbre de los intelectuales, la vulgaridad de la subcultura de masas, la homogeneización de la sociedad, la pérdida de libertades del individuo... Esta crónica de un desastre anunciado hace medio siglo es el mundo en el que vivimos ahora.

Con ese párrafo explica Miguel Dalmau el título de su Pasolini. El último profeta, la espléndida biografía con la que obtuvo el XXXIV Premio Comillas que acaba de publicar Tusquets en una magnífica edición iluminada por las abundantes imágenes de un cuadernillo central que sirve de apoyo visual a este profundo recorrido por la vida y la obra del cineasta, poeta y ensayista italiano, de cuyo nacimiento en Bolonia en 1922 se cumple ahora el centenario.

Conocido sobre todo como cineasta y autor de películas como Accattone, El Evangelio según Mateo, la Trilogía de la vida (El Decamerón, Los Cuentos de Canterbury y Las mil y una noches), Edipo Rey o Medea, Pasolini fue un intelectual asombroso que además de filmar diecinueve películas dejó cinco libros de poesía y otros más de veinte en prosa, de carácter narrativo como Chicos del arroyo o el inacabado Petróleo, o de artículos y ensayos como Escritos corsarios o El fascismo de los antifascistas. “Un escritor de talla y el poeta italiano más original de la segunda mitad del siglo XX”, escribe Miguel Dalmau.

A analizar sus películas y sus libros en relación con su peripecia vital e ideológica se dedican las páginas de esta obra que aborda la traumática relación con un padre alcohólico y violento; la admiración por su madre, a la que reservó el papel de la Virgen en El Evangelio según Mateo; su conflictiva homosexualidad y las diversas causas judiciales (treinta y tres procesos) que se le abrieron; su expulsión del Partido Comunista; la profunda crisis personal de sus últimos meses de vida a raíz de la ruptura con Ninetto Davoli o la verosímil conjura de los servicios secretos que se esconde tras su aparente asesinato por un chapero de diecisiete años.

La de Pasolini fue una vida intensa y problemática, marcada por la lucidez y la tragedia, por la brillante inteligencia, las contradicciones y las turbias circunstancias que rodearon su peripecia existencial. Esas circunstancias modelaron la personalidad del artista plural e irrepetible y el intelectual agudo que murió oscura y violentamente en un descampado de Ostia la madrugada del 2 de noviembre de 1975, poco después de terminar de rodar su perturbadora Saló o los 120 días de Sodoma. “Un infierno llamado Saló” titula precisamente Miguel Dalmau uno de los capítulos de la última parte del libro. Y en otro momento se pregunta: ¿Alguien puede discutir una obra como Saló, sabiendo hoy que sus pérfidos protagonistas son los que de algún modo ordenaron su muerte en la vida real?” 

Organizada en tres bloques -Paraíso, Purgatorio, Infierno- que siguen significativamente el orden inverso al de la Divina Comedia, porque recorren la vida de Pasolini desde el paraíso de la infancia hasta el infierno que lo destruyó, esta es una biografía intensa además de rigurosa en la reconstrucción de su peligroso lado oscuro, de ese particular camino de perdición y excesos, esa “deriva insana” que siguió Pasolini esos últimos años hasta aquel sábado por la noche en que fue asesinado. 

La tarde anterior había concedido una entrevista al periodista Furio Colombo en la que advertía: “Quiero decirlo con todas las letras: desciendo al infierno y veo y conozco cosas que no alteran la paz de los demás. Pero tened cuidado. El infierno está saliendo de vosotros. Es cierto que llega con máscaras y banderas distintas; es cierto que sueña su propio uniforme y su propia justificación. Pero es verdad, también, que el deseo de ese infierno de dar palos y agredir, de matar, adquieren más fuerza y se extienden a todas partes.”

A su muerte aquella “noche que Italia murió” dejaba sin terminar Petróleo, un descomunal proyecto novelístico de dos mil páginas de las que había completado seiscientas. Un proyecto inacabado de cuyas páginas se puede deducir que la obra “supone una summa de toda la obra pasoliniana y una reflexión despiadada sobre el Poder”, como escribe Dalmau, que añade:

No es nada casual que esta reflexión coincida con la amarga experiencia de toda una vida. Al fin y al cabo Pasolini había sufrido en propia carne los abusos de toda una época: desde el fascismo que había hipnotizado a su padre y arruinado el país; el nazismo que había bombardeado e invadido la tierra de su madre; el comunismo que había matado a su hermano; o la Democracia Cristiana, que estaba prolongando la obra de Mussolini bajo una piel de cordero, contribuyendo de paso a la consolidación del Nuevo Poder. El profeta supo reconocerlo y denunciarlo antes que nadie. […] Si había una víctima del Poder en Europa, no se olvide nunca, se llamaba Pier Paolo Pasolini.

En uno de sus libros en prosa, La divina mímesis, se autorretrató sombríamente con estas frases amargas que reflejan su crisis personal: “Solo, derrotado por los enemigos, aburrido sobreviviente para los amigos, personaje extraño para mí mismo.”

Y en Pajaritos y pajarracos, la película que escribió y dirigió en 1965, diez años antes de morir, incluyó este diálogo con el que Miguel Dalmau cierra su magnífica incursión en la vida y la obra del intelectual completo y del hombre atormentado que exploró con lucidez visionaria las luces y las sombras del siglo XX:

NINETTO: ¿Eres un profeta?
EL CUERVO: Sí… Un profeta… ¡Ojalá! Han pasado de moda las ideologías, y aquí estoy, hablando de no sé qué a hombres que no saben a dónde van.

Santos Domínguez

 

29/4/22

Vittorio Sereni. Frontera. Diario de Argelia

 

Vittorio Sereni.
Frontera.
Diario de Argelia.
Edición bilingüe de José Muñoz Rivas.
Calambur. Barcelona, 2022.

TERRAZA

Imprevista nos coge la noche.
                                      Ya no sabes
dónde el lago termine;
un murmullo solamente 
roza nuestra vida
bajo una terraza colgante.

Estamos todos suspendidos
en un tácito evento esta noche
dentro de aquel destello de torpedera
que nos escruta, luego gira, se va.


EN MÍ TU RECUERDO

En mí tu recuerdo es un crujido 
solo de velocípedos que van 
quietamente allá donde la altura 
del mediodía desciende
al más flamante anochecer 
entre verjas y casas
y suspirosos declives
de ventanas abiertas sobre el verano.
Solo, de mí, distante
dura un lamento de trenes, 
de almas que se van.

Y allá ligera vas sobre el viento, 
te pierdes en la noche.

Con traducción de José Muñoz Rivas, son dos poemas de Frontera, el primer libro de Vittorio Sereni (1913-1983). Lo publicó en 1941, cuando formaba parte del ejército italiano que combatía en Grecia en la Segunda Guerra Mundial.

Junto con Diario de Argelia, Frontera forma parte de la espléndida edición bilingüe que publica en Calambur el profesor Muñoz Rivas de los dos primeros libros de uno de los mejores poetas italianos contemporáneos. 

“El paso del tiempo -escribe Muñoz Rivas en su Introducción- no ha oscurecido en la actualidad de la obra de Vittorio Sereni, y especialmente de su poesía, que continúa calando hondo entre las nuevas generaciones de lectores en los últimos años a través de sus textos publicados en vida y también de numerosas publicaciones recientes y poco conocidas.”

Frontera y Diario de Argelia son dos libros que “presentan una fuerte continuidad entre sí” y que inauguran una trayectoria de cuatro décadas, de 1941 a 1981, y de cuatro libros, de Frontiera a Stella variable, que confirman en su unidad y su continuidad la idea que el propio Sereni tenía de sí mismo como poeta de un único libro: “El autor también sabe que este es su único libro, el único que, si le sonríe la fortuna en el mejor de los casos, seguirá escribiendo.”

Ese mismo impulso de unidad orgánica de la escritura poética de Sereni explica los cambios que se van produciendo en las sucesivas ediciones de sus libros: Frontera, por ejemplo, no tiene su edición definitiva hasta 1966, veinticinco años después de la primera, y cuando con Gli strumenti umani, que publicará próximamente Libros del Aire con edición de Muñoz Rivas, había evolucionado hacia una nueva tonalidad verbal y otra dicción poética.

Sereni había nacido en Luino, cerca de la frontera suiza, y esa idea está en la base de su primer título, que además de al sentido geográfico alude también a otros valores simbólicos del límite: a la frontera entre la vida y la muerte, entre el pasado y el presente, entre lo visible y lo invisible. 

Y desde ese territorio mental y humano, Sereni escribe esos textos fronterizos en el espacio estético de un hermetismo atenuado y combinado con otras tendencias como el impresionismo que encauzan su poesía, en palabras de Muñoz Rivas, “hacia la experimentación llena de armonía, de seguridad y lúcida modestia, y que llega en buena medida de una concepción de la literatura basada podríamos decir perfectamente en la autoridad de la palabra y del verso.”

Casi coincidiendo con la primera edición de Frontera, Sereni se incorpora al ejército italiano que combate primero en Grecia y luego en Sicilia, donde su regimiento fue capturado por los norteamericanos el 24 de julio de 1943 e internado en distintos campos de concentración del norte de África.

De esa experiencia de la guerra y de la prisión surge el Diario de Argelia, que apareció en 1947 y agudiza la tendencia autobiográfica y diarística de su primer libro. 

La narratividad y el onirismo son otras líneas de continuidad que conectan los dos libros, aunque el carácter traumático de la guerra y la derrota otorgan a los poemas del Diario de Argelia una tonalidad más grave y un sentido más acusado de reflexión moral.

Estos dos poemas son buen ejemplo de ello:

No sabe ya nada, alto sobre las alas
el primer caído bocabajo en la playa normanda.
Por esto alguien esta noche
me tocaba el hombro murmurando
que rece por Europa
mientras la Nueva Armada
se presentaba en la costa de Francia.

He respondido en el sueño: -Es el viento,
el viento que hace músicas raras.
Pero si tú fueras de verdad
el primer caído bocabajo en la playa normanda
reza tú si puedes, yo estoy muerto
para la guerra y para la paz.
Esta es la música ahora:
tiendas que golpean en los palos.

No es música de ángeles, es mi 
única música y me basta -.

*****

Solo verdadero es el verano y esta 
luz suya que os nivela.
Y que cada uno encuentre el sempervirente 
árbol, el cono de sombra, 
la lustral agua dichosa
y la telaraña tejida de tedio 
en las charcas malvadas
sea un sudario de insectos. Allá abajo
está el seto lábil, un halo
de rojo polvo,
pero sepulcral el canto de una formación 
alemana a la fuerza perdida.

Ahora toda fronda está muda, 
compacta la cáscara de olvido, 

perfecto el círculo.

Santos Domínguez 

27/4/22

Manuel Moyano. La frontera interior

 



Manuel Moyano.
La frontera interior.
Un viaje por Sierra Morena.
Prólogo de Sergio del Molino.
RBA. Barcelona, 2021.

Llegué a Aldeaquemada en un frío amanecer de febrero, después de haber atravesado un solitario paisaje de encinares. El sol, que asomaba entre las montañas, iluminó débilmente la hondonada donde se enclavaba aquel pequeño pueblo andaluz. Dejé el coche junto a su plaza mayor y, envuelto en mi propio vaho, di un paseo por esas calles en los que no se veía un alma. El aire olía a leña y aceite.

Así comienza La frontera interior, el libro con el que Manuel Moyano obtuvo el Premio Eurostars Hotels de narrativa de viajes 2021, que publica RBA.

Entre la jienense Aldeaquemada y el portugués Barrancos, pasando por lugares de nombres tan evocadores como Andújar, Cerro Muriano, Guadalcanal, Cazalla de la Sierra, Calera de León, Fuenteheridos, Aracena o Rosal de la Frontera, Manuel Moyano traza en sus páginas la crónica de ocho días de andanzas, comidas y bebidas, de miradas al paisaje, de encuentros con interlocutores y sorpresas en una fría semana de comienzos de febrero de 2019, entre la escarcha, la niebla y el sol.

Y, como en sus anteriores Travesía americana y Cuadernos de tierra, lo hace con su acreditada capacidad  narrativa para relatar las peripecias y los azares que surgen en el camino, un componente fundamental del relato clásico, desde la Odisea hasta el Quijote, cuyo protagonista también fatigó su asendereada figura con saltos y zapatetas por este territorio de Sierra Morena. 

Un territorio de frontera y de fractura que Moyano define como “escalón longitudinal de casi quinientos  kilómetros de largo entre la altiplanicie central y el sur de la Península Ibérica. Históricamente, y en cuanto que tierra de nadie, ha desempeñado un secular papel de frontera, de paréntesis territorial.”

Y por ese paisaje, cuyas vías de comunicación están pensadas más para los itinerarios que van de sur a norte que para los itinerarios de este a oeste, como el que emprende Manuel Moyano, transcurre este viaje en forma de libro. 

Un viaje de cercanías como explica Sergio del Molino en su prólogo, en donde recuerda que, como el Cela del Viaje a la Alcarria o el Azorín de La ruta de Don Quijote, “Moyano cultiva una forma de viaje exótica, pero con mucha tradición ibérica: el viaje de cercanías. Si el explorador de largas distancias escribe con telescopio, el de cercanías tira de microscopio.”

Cercanías, añadimos, no sólo geográficas, sino también humanas. Porque esa proximidad marca el temple de su prosa, con la que no sólo describe con brillantez y economía de prosa eficiente los lugares por los que pasa. Hay también un tiempo para la evocación de la batalla de las Navas de Tolosa y el monasterio de La Peñuela o para anotar el heterogéneo factor humano en sus encuentros con los descendientes de los colonos alemanes de la repoblación ilustrada de estas tierras que luego fueron refugio de bandoleros, espacio habitado por leyendas, ermitas y santuarios, por curiosos poetas rurales, Virgilios de penillanura y sierra, minuciosos cronistas locales, intemporales venteros cervantinos o ferroviarios trastornados por la lectura del Quijote.

Porque ese precisamente, el paisaje humano, es -como en Cuadernos de tierra- el foco sobre el que proyecta su aguda mirada y su solvente escritura Manuel Moyano, que deja aquí la imagen cruda y compasiva a un tiempo de una España profunda tan heterogénea e inclasificable como la España superficial.

Y líneas tan inquietantes como estas: “ni los poetas ni los criminales difieren físicamente de sus conciudadanos, lo que los distingue fluye por dentro.”

O descripciones como esta, de la antigua mezquita de Almonaster la Real: 

Recorrimos el interior caminando sobre viejas baldosas de barro. Todo tenía un aire primitivo, misterioso. La escasa luz penetraba por unas troneras estrechas y a través del patio. El mihrab donde se custodiaba el Corán, al que los fieles debían dirigirse mientras rezaban, era un nicho profundo con arco de ladrillo. Del pozo de las abluciones -en él brillaban monedas arrojadas por los visitantes- brotaba un agua fresca y cristalina. Parecía una modesta versión en miniatura de la mezquita de Córdoba. Las golondrinas revoloteaban incesantemente alrededor de las columnas y de nosotros mismos, como si fueran empujadas por la suave y susurrante brisa que recorría la estancia.

Salimos al exterior. Un alminar de planta cuadrada se levantaba junto a aquel templo construido por “alarifes insomnes”. Los montes cubiertos de pinos y encinas que nos rodeaban dibujaban un paisaje hermosísimo. El cielo era de un azul puro y tan sólo se oía el viento. Había algo en aquel lugar que transmitía felicidad. Era imposible no experimentarlo.

Santos Domínguez 


25/4/22

Edward Gibbon. Ensayo sobre el estudio de la literatura

 



Edward Gibbon.
Ensayo sobre el estudio de la literatura
Edición y traducción de Antonio Lastra.
Ediciones del Subsuelo. Barcelona, 2022.

“Lo que ahora ve la luz es un verdadero ensayo. Me gustaría conocerme”, escribe Edward Gibbon (1737-1794) en el ‘Aviso al lector’ que precede a su Ensayo sobre el estudio de la literatura

Creo que es la primera vez que se edita en español este ensayo del autor de la imprescindible y  monumental Decadencia y caída del Imperio Romano. Lo publica Ediciones del Subsuelo con edición y traducción de Antonio Lastra, que señala en su introducción: “en coherencia con la escritura de ensayo que Gibbon empleó en su estudio sobre la literatura y su elección del francés como lengua de expresión (el Ensayo empieza con una alusión tácita a la escritura de ensayo de Montaigne) he procurado que la edición fuera, sobre todo, legible y elegante.”

Gibbon, que escribía entonces en francés “porque pensaba en francés”, la lengua europea de la cultura y la política de la Ilustración, lo escribió en Lausana y lo publicó en 1761. Estas son sus líneas iniciales:

La historia de los imperios es la de la miseria de los hombres. La historia de las ciencias es la de su grandeza y su felicidad.

La filosofía, la literatura y la historiografía de la antigüedad -de Homero a Virgilio, de Eurípides a Terencio, de Plauto a Horacio, de Plinio a Cicerón, de Aristóteles a Tucídides, de Tácito a Tito Livio-, la religión griega y el culto heroico aparecen en estas páginas que ensalzan el espíritu clásico y reivindican su herencia: “Pero nosotros -escribe Gibbon-, situados bajo otro cielo, nacidos en otro siglo, perderíamos necesariamente todas esas bellezas si no pudiéramos situarnos en el mismo punto de vista en el que se encuentran los griegos y los romanos. Un conocimiento detallado de su siglo es el único medio que puede llevarnos allí. […] El conocimiento de la antigüedad es nuestro verdadero comentario, pero lo que aún es más necesario es cierto espíritu como resultado; un espíritu que no solo nos hace conocer las cosas, sino que nos familiariza con ellos y nos da, al respecto, los ojos de los antiguos.”

Y estas son algunas líneas de la Conclusión que remata el Ensayo sobre el estudio de la literatura:

He aquí algunas reflexiones que me han parecido sólidas sobre los distintos usos de las bellas letras. ¡Feliz si he podido inspirar el gusto por ellas! […] Podrá decirse que estas reflexiones son verdaderas, pero gastadas, o que son nuevas, pero paradójicas. ¿A qué autor le gustan las críticas? Sin embargo, lo primero me disgustaría menos. La ventaja del arte me resulta más querida que la gloria del artista.

Hubo una traducción al inglés no autorizada por el autor, que la reprobaría en sus Memorias de mi vida, que aparecen también ahora en librerías en una edición de Cátedra Letras Universales preparada también por Antonio Lastra, que concluye su introducción con estas palabras: “Leer ahora el breve y delicado Ensayo puede preparar al lector para la lectura infinita de la Declinación y caída.”

Llega a las librerías en una magnífica iniciativa de Ediciones del Subsuelo, que sigue enriqueciendo así un catálogo ejemplar de creciente calidad.