12/7/21

Un pájaro tan ligero

 

 
 Xosé Bolado.
Un pájaro tan ligero.
Antología.

Edición de Esther Muntañola.
Bartleby. Madrid, 2021.

El primer nombre de la patria vino del agua:
río
de las aguas abetunadas del Nalón
entre orillas de avellanos y escombreras
al sol inclinado de la tarde, oriente de pizarra
salpicada de flores sorprendidas de no ser dragones
amigos con la boca abierta a la corriente.

Riachuelos
fríos de monte en las medidas de una mano.

Mar
de los océanos del mundo a vista de muelle 
de los barcos dibujados desde pequeño
de los nombres cambiados, de las sirenas que escuchas
en las noches de los años que pasan, de la calma
envuelta en la melancolía absoluta del viaje
de la mar de fondo que llega hasta aquí
para recordarme la voz de una patria distante.

Lluvia, ahora, que embarra el silencio
por más que escuche de vez en cuando la sirena
de un barco que me lleva, o la de un pozo
que me arrima al fondo con la gente perdida.


Ese poema de Xosé Bolado (1945-2021) forma parte de Un pájaro tan ligero, una amplia antología poética que publica Bartleby con edición de Esther Muntañola, a la que precisamente está dedicado ese texto de un libro de 2006, La estación de los  relevos.

Está muy presente en ese poema “la música implacable del tiempo” que atraviesa su obra poética junto con la presencia del agua, una constante temática y simbólica que aparece ya en su inicial Línea imperceptible al temor (1989), como ese río y ese mar que forman parte de su paisaje vital y que son también una metáfora del paso del tiempo.

Poesía de tono bajo y línea clara en la que conviven lo narrativo y lo lírico, el registro oral y el escrito y las presencias conjuradas en una escritura que convoca el misterio y la memoria, la palabra y la mirada reunidas para articular el enfoque simbólico de la realidad que la caracteriza.

Junto con la búsqueda de la luz y de la identidad, de lo que persiste y sostiene sobre  su continuidad la conciencia del ser y del estar, son esos algunos de los rasgos fundamentales que vertebran esta poesía, como en este Amo el tiempo piadoso de la memoria:

En cualquier lugar siento las voces
del mundo que quedó -no sé si atrás-,
vienen también los colores a sobreponerse
a la tierra sembrada de invierno.
Sólo el tiempo sigue su ritmo sin caos.
Que agosto no esconda la línea corta
de su dominio. Que no vuelva el pulso
a esta mano para repetir la espiral que madre
dibujaba firme. Que esta tarde en un cuarto
en el corazón de la ciudad piense en el relieve
del mundo heredado, tan escaso de luz
en sus mares vacíos, en la frontera de tiniebla.
El tiempo conduce, pero da igual que tú, ayer padre
me enseñaras el valor de estimarlo
hay momentos en los que la memoria juega
a esconderlo, como hace contigo, yo siempre
como si todo fuera presente y nada río abajo
se despeñara, como si nada verdadero cayera
sino rutina de los días bajo los pies cansados.

Amo el tiempo piadoso de la memoria.
El valor del corazón para vivir sin él.


“Amasando con sombras, con el agua turbia, con la propia tierra oscura de la memoria, Xosé Bolado modela imágenes que emiten luz, como las brasas. Nos regala ese fuego sagrado que debemos llevar de templo en templo y cuidar para que nunca se apague”, escribe Esther Muntañola en el prólogo a esta edición edición revisada por él, que llegó a las librerías poco después de su muerte. 

Santos Domínguez

 

9/7/21

Ramírez Lozano. Motivos de sospecha

 

José Antonio Ramírez Lozano.
Motivos de sospecha.
Pre-Textos. Valencia, 2021.

Mato un pez cada vez
que ahora escribo un poema.

Fue en mitad del verano.
El estanque era el mundo y yo, aunque niño, 
la ambición más voraz.
No había pecio mayor que aquellos peces
de colores, ajenos
en su lumbre a ese turbio acecho de mis ojos.

Una piedra en la mano, como ahora el bolígrafo, 
era mi arma en la tarde.
Me quedaba aguardando a que algún pez cruzase 
justo bajo mi acierto. Así aprendí
la constancia que exige la belleza.

La codicia hace, a veces, que la muerte 
saque brillo a la escama,
lumbre a este rito de la posesión.

Por eso cada vez que ahora escribo un poema 
mato un pez y lo cobro
rendido en su fulgor, terriblemente mío.


Con ese poema se abre Motivos de sospecha, Premio Juan Gil-Albert, de José Antonio Ramírez Lozano, que publica Pre-Textos. 

Como en muchos de sus libros, aparece también en su pórtico un poema que resume la relación del poeta con el mundo y con la palabra, su vinculación con la creación poética y su percepción del tiempo.

Si Rilke decía que el poeta es un cazador de voces, el poeta es aquí el que acecha  el fulgor de la belleza, ese fulgor huidizo que el autor resume en la imagen del pez colorido que cruza esos versos para inaugurar un libro habitado por animales y personas sobre los que Ramírez Lozano proyecta su distancia irónica para asumir el vacío del sentido desde la comprensión de los límites como en este poema 

LA NADA PROMETIDA

Los objetos perdidos
sé que acaban en manos de los muertos.

Un candado allí puede
valerles el perdón de la avaricia.
Una férula importa
la libre absolución del rechinar de dientes. 
Una moneda, un salmo.

Que lo sepan mis deudos.
Yo no quiero que el cielo me tiente con chatarra. 
Quiero la nada sólo, la nada prometida.
Ni siquiera ese lápiz de cera de mi infancia
con que pintaba a Dios.


Hormigas y ángeles borrachos, un gato solo y un trompetista negro, una mosca en la sopa de letras o una escolopendra, un colibrí, un náufrago o un caballo ciego son los protagonistas de estos textos cuya narratividad se desarrolla con un entramado de metáforas que componen la propuesta alegórica sobre la que se sostiene la poesía de Ramírez Lozano, que tras su apariencia ligera contiene una interpretación muy personal de la existencia y una actitud ante el mundo que podrían resumir los versos finales de La trampa, el poema que cierra este Motivos de sospecha:

Mejor no exijas nada.
Nada impongas, mejor, a tus palabras. 
Deja que ellas te dicten
la vida, que ellas sean
también su muerte, apenas dichas.

Morir si pronunciar.
Matar así a la Muerte con nombrarla. 
Sin ira apenas,
sin apenas clemencia.


Santos Domínguez 

7/7/21

Un horizonte de significados


Custodio Tejada.
Un horizonte de significados.
Amazon, 2021.

“Cuando nombramos hacemos visible lo invisible, le damos luz a la vida y le damos vida a la luz. La vibración y la resonancia de los nombres envuelven nuestro ser con sus ondas, nos configuran a través del sonido y sintonizan nuestro corazón con la música de las esferas. [...] La realidad cambia y se expande como una galaxia de nombres que buscan acercarse a la Sabiduría. Lo que no existe en el lenguaje tampoco existe en la vida real, desaparece en el aire de lo no escrito. Cuerpo y alma unidas por su instinto, carne y palabra ensambladas en su polisemia, corporeidad viva del amor y encarnación cuántica del verbo, escritura salvífica que levita en busca del bien supremo. Así son las grietas del lenguaje mesías.”

En esas palabras epilogales se resume el núcleo de la concepción poética sobre la que Custodio Tejada sustenta Un horizonte de significados: la palabra como fuente de conocimiento de la realidad y el poema como resultado de esa indagación verbal en la que la creación es a la vez método y revelación y la palabra se concibe “como punto de apoyo que mueve el cosmos, una palanca de amor infinito que nos lleva de lo telúrico a lo transparente.”

Desde el primer texto del libro, 'Génesis', queda delimitado ese territorio sagrado y transcendente de la escritura, su potencial para devolvernos la realidad transfigurada a través del poder sanador de la palabra como generadora de conciencia y existencia:

El lenguaje, componente adánico del poema y de la vida transfigurada en alimento, nos convierte en parte indisoluble de Dios. Toda escritura es sagrada porque en ella aguardan verdades, sabidurías y creencias. La palabra se vuelve cofre, se hace maná en la tierra, cada vez que la nombramos con voluntad inequívoca de hijos. Divinidad y Lenguaje juntan sus presencias en la estética de la creación para explicar el don que vive en el alfabeto y en las hojas escritas de los árboles. Palabra y Dios son la misma cosa, prefacio y profecía en un mismo salto de letras, una mística de alabanza orientada a conservar el secreto epistemológico del Ser: la Vida.

La que suena aquí, apoyada en una tupida red de referencias intertextuales y alusiones metaliterarias, es la voz del chamán, la del sacerdote de la palabra, la de los ritos mistéricos, la voz del poeta oracular. 

Y sobre esa palabra epifánica y sanjuanista (“en el principio fue el Verbo”), que hunde sus raíces en lo mejor de la tradición occidental, se levanta el elevado horizonte metafísico de estos poemas que articulan una ambiciosa cosmovisión desde ese 'Génesis' inicial hasta el 'Epílogo de la epifanía' en torno a un eje central que el poeta titula 'Cosmopoética: un cuerpo místico'.

Lenguaje en busca de la luz de las revelaciones, de iluminaciones y profecías que brotan de esas palabras que “son los verdaderos animales de compañía / que con lealtad / nos acompañan durante la luz / y durante la sombra”; “pájaros de luz / que iluminan el cielo.”

Porque en ese viaje hacia dentro y hacia arriba, hacia ese horizonte de sucesos de los agujeros negros que se evoca al final del libro como metáfora del poder de la palabra, hay un intenso itinerario espiritual que queda delimitado en versos como estos:

Escribir el primer verso representa el punto 
de no retorno, entonces solo cabe 
caer hacia el interior de uno mismo.

Santos Domínguez 



5/7/21

Rubén Martín Díaz. Un tigre se aleja

 UN TIGRE SE ALEJA | RUBEN MARTIN DIAZ | Casa del Libro

 Rubén Martín Díaz.
Un tigre se aleja.
Renacimiento. Sevilla, 2021.

EL TIGRE

La juventud: ese animal salvaje.


 Me dicen que este cambio de estación 

es demasiado horrible, que envenena y ahoga. 

Desnudo ante el espejo, pienso: No eres ya un crío. 

No lo eres. Y a pesar de ello podrías 

hacer girar la Tierra devastándolo todo. 

Bajo un cuerpo entrenado crece el árbol que soy

-fuerte como un silencio, nervioso como el tigre 

que atraviesa el verano trasladando consigo 

la noche por los prados del poema-. 

Años y años de duro entrenamiento con hierros 

permiten modelar el código genético 

que la naturaleza nos tuvo reservado.

Desnudo -la conciencia adormecida, 

los latidos del corazón en vuelo raso-, 

cruzo la casa en soledad y hallo un rincón perfecto 

para sentarme. Reflexiono. Leo

las obras completas de mi existencia. Regreso 

hasta un tiempo remoto donde invierto mi imagen: 

No eres ya un hombre y sin embargo puedes 

hacer cambiar el curso de la historia. 

Por la ventana, lento, veo alejarse un tigre.


Ese texto final resume el tono y el contenido de Un tigre se aleja, el espléndido conjunto de poemas que publica Rubén Martín Díaz en Renacimiento


El tiempo y el recuerdo, la mirada hacia dentro y hacia atrás se reúnen en los treinta y tres poemas de este libro de madurez que confirma el ejercicio poético de línea clara compatible con la intensidad expresiva que estaba ya presente en su anterior Fracturas


La mirada elegíaca que recorría aquel libro, con el que este mantiene una evidente continuidad, es uno de los vínculos que dan coherencia a la sólida trayectoria poética de Rubén Martín Díaz, en la que la memoria tiene un papel central:


La memoria es un vaso 

lleno de agua con gas.


Los recuerdos ascienden 

hasta la superficie, 

y es ahí donde explotan.


Tan solo queda el líquido 

que es materia de olvido: 


vacuidad que se vierte 

por el viejo desagüe 

de los desamparados.


Esa mirada serena que rememora el trayecto vital y lo articula con la perspectiva de la experiencia, esa emoción contenida en el sosegado ritmo de sus versos miran el camino recorrido y se proyectan sobre el sentimiento del tiempo, sobre la conciencia de la fugacidad para insistir en la construcción de la propia identidad sobre la palabra y la mirada al mundo, sobre la serena música que emerge de estos versos.


Una música que surge del interior del poeta para expresar la limpia transparencia de su expresión poética  y la delicada levedad de su palabra, que conjura en estos poemas la memoria y el sueño, la imaginación y la mirada:


Y a veces, cuando sueño muy profundo 

y bajo al corazón de la memoria, 

recuerdo todavía 

las sombras que sin cuerpo deambulaban 

por las altas ventanas de la imaginación.


Desde ese “sentir brotar desde lo hondo” del que habló Gil-Albert en la cita que encabeza el libro, vibran en estos poemas la palabra y el silencio del hombre asomado en el espejo para ver la luz del otoño y las cicatrices de la memoria, para evocar la intimidad familiar de los padres y los hijos, de quienes le vieron llegar y los que ahora le ven alejarse.


Y desde ese lugar central entre el pasado y el futuro, esta afirmación del presente, de la presencia y el instante:


He pensado en la lluvia desde el agua.


He vertido el instante,

que antecede a un diluvio milagroso, 

en un cuenco apurado de recuerdos 

que nubla mi memoria. 


He sido el cielo desde mí, 

el aire desde el aire.


He crecido en la lluvia

-vertical, afianzado- 

desde esta noche quebradiza y tibia 

que subraya en azul nuestra presencia. 

 

Santos Domínguez



2/7/21

Julio Mas Alcaraz. Ritual del laberinto



Julio Mas Alcaraz.
Ritual del laberinto.
Epílogo de Jordi Doce.
Bartleby Editores. Madrid, 2021.

“Somos el humo de una guerra mal apagada”, escribe Julio Mas Alcaraz en uno de los poemas de su espléndido Ritual del laberinto, que publica Bartleby Editores. 

 Diez años después de El niño que bebió agua de brújula, Julio Mas funda en este libro un potente territorio literario y moral en el que dialogan dos voces femeninas -la de Lucía y la de su nieta Lorea- en un espacio que convoca el cruce del presente y el pasado para delimitar la identidad y conjurar el miedo, el nacimiento y la muerte, la imaginación y la memoria, en un despliegue de metáforas en las que se conjuntan la palabra y la mirada, la precisión verbal y la fuerza de la sugerencia en un hipnótico fraseo poético.

Conviven en estos poemas la elíptica secuencia narrativa y la admirable intensidad lírica de una potente voz poética dotada de la ambición expresiva y el ímpetu visionario de los verdaderos creadores como Julio Mas, que proyecta en ellos el tiempo y la derrota, la búsqueda y el miedo para levantar un testimonio del llanto y para 

entender la vida 
como un relato 
que se hereda y transmite 

con el mismo misterio 
que lleva a las tortugas 
a retornar, años después, 
a la playa donde nacieron. 

 Levantados sobre el barro espeso de la sangre, las sombras y las balas, la lluvia y la ceniza, el silencio y el miedo, estos poemas sustancian los imposibles adioses en sus versos cruzados, escritos con la médula ardiente y dolorida de lo esencial y lo primario, con la autenticidad hecha palabra en “la luz del atardecer / al caer sobre las fosas comunes.” 

 Si un libro de poemas consiste sobre todo en la creación de una atmósfera verbal, en el hallazgo de una tonalidad emocional y en la propuesta de un territorio ético, los versos de Ritual del laberinto se yerguen con la fuerza de sus imágenes poderosas como un imperativo moral contra el olvido, porque “intentar olvidar es dejar a una persona viva enterrada bajo la nieve”. 

 Por eso aquí se evoca el luto sobre el fondo de la nieve, la mirada infantil bajo los bombardeos, el desarraigo y la huida por el mar, un silencio sin pájaros y la muerte, cuando “el ser / es el tiempo en su final.” 

 Y, como siempre en la poesía que importa, hay preguntas al fondo. Como estas: 

 ¿Debemos esperar a que las aves 
 aniden en las coronas de espinas? 

 ¿Para esto dejaron sin días a los huérfanos y los cielos sin aves? 

 Y una afirmación, pese a todo, de la vida que se levanta sobre las ruinas, porque 

 Atrapada en la tela de araña, la luciérnaga 
 sigue brillando.

Santos Domínguez 

30/6/21

Óscar Martínez. Umbrales

 

  
 Óscar Martínez.
 Umbrales.
 Un viaje por la cultura occidental 
a través de sus puertas.
Siruela. Madrid, 2021.
 
Un viaje por la cultura occidental a través de sus puertas. Así se subtitula Umbrales, el libro de Óscar Martínez que publica Siruela.

Un libro que funde en su enfoque el ensayo, el libro de viajes y la narración para reunir historia y arquitectura, arte y simbología en veintidós capítulos que son las estaciones de un viaje por tiempos y espacios diversos en torno a las puertas y los umbrales, elementos habitualmente invisibles en las historias del arte.

Y sin embargo, señala Óscar Martínez en el prólogo de estos Umbrales, “hay pocos elementos que hayan marcado tanto la civilización. Si hay algo que nos diferencia de nuestros antepasados prehistóricos, además de la escritura, el comercio o la organización social en ciudades, son también las puertas. Y ello es así porque están íntimamente ligadas a uno de los grandes inventos de la humanidad: la arquitectura. No hay arquitectura sin puertas, y casi la práctica totalidad de las puertas en las que podamos pensar están unidas de forma indisoluble a la noción de construcción arquitectónica.”

Se emprende así un itinerario geográfico y cultural que permite descubrir las puertas de entrada, esos lugares de paso hacia el otro lado que marcan el tránsito y delimitan la frontera entre lo exterior y lo interior, entre lo público y lo privado, entre lo abierto y lo cerrado. Así lo explica el autor:

Toda puerta marca un tránsito. El umbral enmarcado por las jambas y los dinteles o por los arcos de la entrada es un espacio híbrido, un momento entre dos realidades, la frontera entre dos mundos y dos estados. Las puertas no son solo elementos arquitectónicos que nos permiten trasladarnos entre espacios interiores, o desde el exterior al interior de un edificio, y viceversa, sino que también poseen un potente significado simbólico. Como lugares de paso, están relacionadas con conceptos tan importantes como los de cambio y evolución, y ello hace que los simbolismos que poseen sean también de gran trascendencia y universalidad. Las puertas pueden ser consideradas, por tanto, como el vínculo entre el sueño y la vigilia o entre la luz y las tinieblas, pero también como el paso desde la ignorancia a la sabiduría y, sobre todo, de la vida a la muerte.

El viaje -porque Umbrales es también un libro de viajes- comienza en la puerta de la casa de los Vettii en Pompeya, una pareja masculina de libertos ricos en cuyo vestíbulo una pintura de Príapo cumplía una función protectora para quien entraba o salía.

Ese capítulo inicial es la puerta de entrada a una serie organizada en tres partes: los siete umbrales sagrados de la primera, entradas a recintos y templos desde la Prehistoria y la Antigüedad hasta la Edad Media, desde el dolmen de Menga hasta la iglesia de Santa María de los Reyes en Laguardia (“un arcoíris de piedra”), pasando por el panteón de Agripa y la transición del cuadrado al círculo que simboliza el paso al más allá, por el pórtico medieval de la abadía de Conques, la Basílica de San Marcos en Venecia, puerta por la que entra Oriente en Occidente, el templo funerario de Ramsés III en la antigua Tebas o el peristilo del Templo de la Concordia en Agrigento.

Cada uno de esos capítulos, además del análisis puramente artístico y arquitectónico, contiene evocaciones narrativas del momento histórico en que se construyeron esos monumentos, que en la segunda parte pertenecen a la arquitectura civil con palacios, fortalezas o murallas. Puertas que en estos casos dan paso no a lo sagrado, sino a lo privado, como la belleza geométrica de la fachada del palacio de Comares en la Alhambra, el simbolismo octogonal del tránsito de lo terrestre a lo celeste en el Castel del Monte en la Apulia o el napolitano Castel Nuovo con su “entrada repleta de símbolos medievales y renacentistas”.

Una tercera parte (‘Entrada a otros mundos’) aborda los umbrales que dan paso no solo a espacios físicos sino sobre todo a espacios simbólicos o imaginarios: las puertas fingidas y los umbrales pintados de la Villa Barbaro; la puerta de entrada en la modernidad de la Bauhaus, el Arco de Tito como testimonio de las celebraciones triunfales y como umbral de la inmortalidad; el acceso a los infiernos interiores del Parco dei Mostri en el Sacro Bosco de Bomarzo, cuajado de referencias literarias; el engaño a los ojos de la Perspectiva del Palacio Spada en Roma o el umbral vienés del nuevo arte en el Pabellón de la Secesión.

Porque, en definitiva, “Umbrales es un libro sobre puertas, sobre qué hace especiales a estos elementos arquitectónicos y sobre cómo el ser humano ha llenado de simbolismos y mensajes las entradas de sus edificios y construcciones. A su vez, no es un texto únicamente sobre arquitectura. Intenta ser también una suerte de libro de viajes que descubra puertas que quizá no se conozcan y abra ojos y oídos a nuevas historias sobre umbrales ya conocidos.”

Sólo una pega a esta edición. Aunque el desarrollo de las nuevas tecnologías permita una rápida consulta de las imágenes de las puertas, los pórticos y los arcos que se evocan en estos textos, se echa de menos en el libro un mínimo despliegue gráfico que apoye las descripciones y que facilite al lector atravesar cada uno de estos magníficos Umbrales.

Santos Domínguez

28/6/21

Jeremy Naydler. La lucha por el futuro humano


Jeremy Naydler. 
La lucha por el futuro humano.
Traducción de Antonio Rivas.
Atalanta. Gerona, 2021.


 Si bien el 5G promete alterar radicalmente la experiencia del mundo que habitamos, hay algo más que debemos entender para hacernos una idea del futuro que se está gestando. [...] Desde hace varias décadas, las máquinas dotadas de inteligencia operan cada vez más coordinadas a través de esta infraestructura electrónica de modo que no requieren supervisión humana. Los trabajos en curso para establecer un ecosistema electrónico 5G son el requisito para perfeccionar esta red autónoma global de inteligencia artificial que se nutre de veloces transferencias de grandes cantidades de información. Está cobrando existencia un «cerebro» electrónico global, inocentemente llamado «el internet de las cosas», que deviene el cimiento de gran parte de nuestra vida.
El internet de las cosas, mediante la conexión masiva a internet, permite que las cosas se vuelvan «inteligentes» y sean capaces de funcionar con independencia de los seres humanos. En una autopista inteligente, nuestro vehículo conducirá él solo mientras nosotros, provistos de un casco de realidad virtual y un traje háptico, nos entretenemos con juegos de ordenador interactivos en el asiento trasero; y en nuestro hogar inteligente, el frigorífico se encargará de pedir más huevos, leche y queso mediante una conexión inalámbrica. Cuando por fin despertemos a la nueva realidad creada para nosotros, descubriremos que el internet de las cosas es el precursor de lo que se ha dado en llamar el «internet del pensamiento». En el internet del pensamiento, los seres humanos deberán convivir con una inteligencia electrónica global que estará activa en cualquier lugar de nuestro entorno. Estaremos obligados a interactuar con ella para realizar las tareas más simples.
Pero ¿cuáles de nuestras acciones serán entonces verdaderamente libres?
[...]
Cualesquiera que sean las bondades prometidas por el 5G, éste irá mucho más allá de un simple sistema de telecomunicaciones mejorado: conllevará la infraestructura de un totalitarismo electrónico conocido como el «sistema de sistemas».

En esas líneas sobre ‘La formación del cerebro electrónico global’ se resume la idea vertebral de La lucha por el futuro humano, el libro de Jeremy Naydler que acaba de publicar Atalanta con traducción de Antonio Rivas.

Estos otros párrafos desarrollan esa advertencia sobre el peligro que suponen para la libertad y para la salud psíquica y física, para la naturaleza y para la integridad de la vida humana el abuso tecnológico y la polución del aire electrificado en un planeta cibernético controlado por el sistema de redes inalámbricas de quinta generación:

Nuestras tecnologías se basan en la automatización del análisis lógico, el cálculo y la resolución de problemas, son fundamentalmente discursivas y están orientadas al resultado, es decir, son hiperactivas y siempre tienen como objetivo producir ciertos resultados. En contraste, el acto de contemplar conduce a la mente a un punto inmóvil: no está orientado al resultado, no permite su automatización y sólo puede emprenderse como un fin en sí mismo. Nos capacita para ver el significado profundo de las cosas, algo sobre lo que el pensamiento mecánico no sabe nada. Estas visiones bien pueden surgir del mundo imaginal como poderosas imágenes arquetípicas, pues el pensamiento contemplativo linda con la visión imaginativa. Pero del mismo modo pueden adquirir la forma de ideas o intuiciones que, como rayos de luz, iluminen una cuestión o una situación vital de manera más completa. A menudo se describe la contemplación como la apertura del ojo interior del alma. A éste se lo denomina el «ojo de la mente» o el «ojo del corazón», y a través de él cobramos consciencia de lo que es invisible al ojo físico. Esta fuente interior de conocimiento, que no está condicionada por los hábitos de pensamiento ni por la opinión, también se puede traducir como la apertura del «oído interior» del alma a la voz de la consciencia. Nos puede guiar hacia un sentimiento de certidumbre moral sobre lo que deberíamos o no deberíamos hacer, así como hacia los ideales que pueden inspirar nuestros actos.

Los primeros ordenadores eran tan grandes que para manejarlos había que estar de pie o moverse a su alrededor. Con la invención de los ordenadores de sobremesa pudimos sentarnos y relacionarnos con ellos cara a cara, por decirlo así. Después fue posible guardárselos en el bolsillo y ahora, gracias a los relojes y a las gafas inteligentes, llevarlos acoplados al cuerpo. En cada una de estas etapas, la interfaz se ha vuelto cada vez más «amable para los humanos», al tiempo que nos hemos ajustado interiormente para relacionarnos con ellos día a día, hora a hora e incluso minuto a minuto. De este modo, el ordenador se ha ido adaptando a los contornos del cuerpo y el alma, mientras nuestra vida interior ha adquirido, lenta pero indudablemente, un mayor grado de compatibilidad con el ordenador; ello ha afectado a nuestro lenguaje, a nuestros procesos de pensamiento y a nuestros hábitos. En esta simbiosis evolutiva, en la que estamos cada vez más entrelazados con el ordenador, también nos hemos vuelto más dependientes de él. La integración biológica no está lejos. Es el siguiente paso lógico. Por tanto, reviste la mayor importancia que abramos bien los ojos al hecho de que, aun teniendo presente que los humanos son los inventores y fabricantes de las tecnologías digitales, así como sus ávidos consumidores, la fuerza impulsora que subyace a la revolución digital no es simplemente humana: lo «inhumano» también intenta realizarse dentro de lo humano. 
Pero ¿cómo caracterizar este espectro de lo inhumano?

Acerca de ese peligro de lo inhumano impuesto sobre lo humano, del poder adictivo de las nuevas tecnologías y de la desconexión con el mundo natural, suplantado por un mundo virtual, alerta este ensayo en el que Naydler reivindica la importancia de la conciencia moral y de la dimensión espiritual de la existencia:

¿Qué significa vivir humanamente? Si la totalidad de lo que somos incluye un núcleo espiritual del que en su mayor parte no somos conscientes, entonces vivir humanamente ha de ser vivir con una mayor consciencia de dicho núcleo. Debemos reforzar nuestro sentimiento de que este núcleo espiritual es nuestro más profundo y auténtico yo y, por tanto, la parte de nosotros con la que debemos aspirar a identificarnos. Lo cual exige que emprendamos la ardua tarea de transformarnos interiormente hasta que tales deseos, inclinaciones y arraigados hábitos de pensamiento, que nos arrastran alejándonos de ese recuerdo esencial, cambien poco a poco y se alineen interiormente con lo que las tradiciones de la sabiduría nos dicen que es el auténtico centro de nuestro ser. Este esfuerzo moral de volvernos hacia el núcleo espiritual de lo que somos y arraigarnos en él implica un viraje en la cualidad de nuestro pensamiento: pasar de la dependencia del pensamiento discursivo, orientado al resultado y que salta de un pensamiento a otro, a la revalorización de la quietud y la receptividad del acto de contemplar. Boecio ofrece la hermosa imagen de los buscadores de la verdad que han de curvar su errante consciencia en un círculo y enseñar a sus almas a «alojarse en la casa del tesoro» que se halla en el centro. Allí encontrarán una luz, más intensa incluso que la luz solar, que iluminará sus mentes desde el interior.

Porque la fragmentación psíquica y la dificultad de la introversión podrían acabar provocando el olvido del ser del que avisaba Heidegger y la huida de la realidad podría encontrar un refugio inseguro e indeseable en una existencia virtual cuando -como afirma Naydler- “el desafío sigue siendo el de ser capaces de vivir con plenitud en el mundo real.”

Santos Domínguez 


25/6/21

Francisco Brines. Como si nada hubiera sucedido


 Francisco Brines.
Como si nada hubiera sucedido.
Editorial Universidad de Alcalá.
Fondo de Cultura Económica.
Madrid, 2021.


Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,

sepultada.

Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,

en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,

un gentío enlutado.

Enfrente, aquella bruma

cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.

Y una barca esperando, y otras varadas.


Llegábamos exhaustos, con la carne tirante, algo seca.

Un aire inmóvil, con flecos de humedad,

flotaba en el lugar.

Todo estaba dispuesto.

La niebla, aún más cerrada,

exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.

Dispusimos los remos desgastados

y como esclavos, mudos,

empujamos aquellas aguas negras.


Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco,

en el viaje aquel de todos a la niebla.


Con ese poema cerraba en 1995 La última costa Francisco Brines (Oliva, 1932), una voz poética imprescindible que en el último medio siglo ha ido creando una sólida poesía contemplativa marcada por un constante tono elegíaco matizado a veces con algún acento hímnico. 

Con motivo de la concesión del Premio Cervantes, la Editorial Universidad de Alcalá y el Fondo de Cultura Económica reúnen en un volumen que se incorpora a la Biblioteca Premios Cervantes los dos últimos libros de Francisco Brines: El otoño de las rosas y La última costa, a los que se añaden seis poemas inéditos. 

Del último de ellos, ‘Mi resumen’, toma su título, Como si nada hubiera sucedido, este espléndido libro ilustrado con seis collages de Mariona Brines: 

 «Como si nada hubiera sucedido». 
Es ese mi resumen 
y está en él mi epitafio.

Habla mi nada al vivo 
y él se asoma a un espejo 
que no refleja a nadie.

Lo abre un prólogo -‘La conciencia del tiempo’- en el que Luis García Montero señala a propósito de estos dos libros que en ellos Brines “convierte el vitalismo en conciencia del tiempo para dejar testimonio de los pasos hacia la vejez, cuando el pasado ocupa ya más lugar que el futuro. Y lo que predomina es una serena evidencia de la fugacidad, una negociación entre la memoria y el vacío. No por ello se asume una perspectiva rencorosa, negadora o arrepentida, sino una revalorización del amor, de la existencia que debe convivir con la muerte. Y es que la muerte llega a ser una aliada, una condición de la vida, para que antes de la oscuridad, ya en la penumbra, podamos valorar la verdad fugitiva de la luz.” 

 Una fugacidad que sobrevuela poemas como este ‘Homenaje y reproche a la vida’, de El otoño de las rosas:

Cómo me gustaría verte sentado ahí,
apoyado en el tronco de ese pino, muchacho,
como en los viejos días ya perdidos,
sintiendo que los cantos de los pájaros altos
cubrían tu cabeza,
bajando del azul, de rama en rama,
y ver tus ojos negros llenos de pensamiento.
Y que me hablases de la vida
con la capacidad de tu entusiasmo.
Espiar la tristeza que ahora escondes,
querer hasta el delirio tu inocencia.
Y que así me mirases y me hablases.
Sentirte tan cercano, y a mí ajeno.
Y que nunca supieras quién soy yo,
que no me adivinaras,
porque no conocieras, al saberlo,
la extrañeza y misterio del vivir.
Tienes las manos llenas del oro de la luz de las mañanas. 
El nombre del lugar el mismo es hoy que ayer,
pero ni tú ni yo,
ni esta casa que amamos, son los mismos.
Mira, si no, mis manos, y dime qué se hizo
de tanta luz y de aquellas mañanas.

Mas no mires las sombras en mis manos. 
Aún tengo que venir,
o esto que más me apena: ya te has ido.

Entre Las brasas y La última costa, con libros intermedios tan fundamentales como Insistencias en Luzbel o El otoño de las rosas, la reflexión sobre el tiempo constituye el eje temático de la poesía de Brines, que agrupó en 1997 su poesía completa bajo el título Ensayo de una despedida.

La soledad, la fugacidad de la vida, el sentido de la existencia constituyen el centro espiritual de una poesía en la que hay un constante equilibrio entre lo físico y lo ético y que el poeta ha resumido así: “El conjunto de mi obra es una extensa elegía.”

Planteada como forma de conocimiento y como lamento de las pérdidas, la poesía de Brines se levanta como una expresión depurada de la materia existencial, como elaboración verbal de la sentimentalidad objetivada y de las sensaciones tamizadas por la inteligencia.

Así lo definió el propio autor: “La poesía surge del mundo personal y de las obsesiones del poeta, pero yo no puedo escribir desde la plenitud ni desde el dolor, necesito un distanciamiento con respecto a la experiencia. La poesía desvela una visión del mundo, una cosmovisión de la vida como pérdida, que me ha concedido la poesía, y así surgen los poemas: del amor y de la pérdida, de la luz y de la sombra. La poesía secretamente da a conocer aquello que está en uno y no se conoce y, además, es un retrato opaco del escritor.”

Esas dos líneas en las que se cruzan la vida y la muerte, la memoria del tiempo fugaz y el amor más fugaz aún, el deseo y el abandono, conviven en la poesía de Francisco Brines. Especialmente en El otoño de las rosas, un libro escrito “en la estación del tiempo rezagado” con poemas amorosos que se mueven entre el madrigal y la elegía, entre la exaltación la la pérdida, entre la muerte y la resurrección de la carne. Están en ese otoño los solitarios días indecisos del invierno en la soledad de la casa vacía evocados en ‘Lamento en Elca’, uno de los poemas imprescindibles del autor, y el sur de los veranos rojos y las noches luminosas y encendidas, la luz caediza de las despedidas y la llama del amanecer en la ventana abierta, antes de los dos versos finales del libro:

Y llega, sorda y fría, la ausente luz final, 
la hueca luz final de su negro aletazo.

Con un nuevo amanecer, ‘El regreso del mundo’, se abre La última costa, un libro rememorativo escrito desde la conciencia del aún. Desde el recuerdo de la infancia y la memoria de la existencia, el silencio y la soledad van viendo oscurecerse el mundo en estos poemas desolados, teñidos de una luz negra que presagia los finales. Es el ensayo para una despedida que dio título a su poesía completa:

Misericordia extraña 
esta de recordar cuanto he perdido, 
y amar aún su inexistencia.

Son las imágenes en un espejo roto que dan título a uno de los mejores poemas del libro, al que pertenece esta estrofa:

¿Y es lo que veo ahora todo cuanto viví?
Debo robar palabras, o inventarlas, y concederle al mundo aquel fulgor que tuvo, 
pues todo se me acaba, en esta habitación, 
al ver mi rostro roto 
en todos los pedazos de este espejo ahora roto.
¿Y en dónde se han perdido el amor y el dolor, 
esta verdad pequeña de haber sido?

Desde la perspectiva global que propone la edición conjunta de estas dos obras, estos dos libros finales perfilan definitivamente el contorno moral y biográfico de la poesía de Brines, su mezcla de reflexión y pasión sobre el fondo de luz y de sombra de la realidad. De esa lucidez y esa intensidad se alimenta su obra, porque -como él mismo ha explicado- “estimo particularmente, como poeta y lector, aquella poesía que se ejercita con afán de conocimiento, y aquella que hace revivir la pasión por la vida. La primera nos hace más lúcidos, la segunda, más intensos.”

 Santos Domínguez 

23/6/21

Sánchez Rosillo. La rama verde

 
  
Eloy Sánchez Rosillo.
La rama verde.
Tusquets Editores. Barcelona, 2020. 
 
DURACIÓN
Dentro de la leyenda del vivir,
que el minucioso olvido
desordena y desdice,
el sueño aquel primero
de la niñez no se ha desvanecido.
Inconsistente,
tan ligero y frágil
como vilano o pluma
de gorrión.
Y sin embargo ahí sigue.
Dónde, dónde.
¿Qué secretas cadencias
lo traen, cuando es preciso, a mi presente?
Hebra de luz apenas,
hilo de agua.
Nunca en la vida me ha desamparado.


Ese poema, de título significativo en el conjunto, abre el último libro de Eloy Sánchez Rosillo, La rama verde, que publica Tusquets Editores en su colección Nuevos Textos Sagrados.

Su tono y su tema -esa hebra de luz, ese hilo de agua- anuncian los del resto de un libro en el que se refleja la hondura reflexiva de la mirada del poeta que, pasados los setenta años de vida  (“Tengo setenta años / y ha pasado la vida”), contempla el mundo y evoca sus recuerdos sin el doloroso lastre de la nostalgia. Una actitud marcada por la aceptación de la temporalidad y por un esfuerzo sostenido por mantener viva la luz de la memoria desde la luz del presente, de un ahora continuo e inextinguible que persiste en la existencia cotidiana, como en Date prisa, la evocación de la madre en una escena repetida cada mañana de la infancia. Termina con estos versos:

Me dices date prisa y me sonríes.
Yo también te sonrío en el cristal.
Me pones el abrigo 
y nos vamos corriendo hacia el colegio.
El niño confiado 
que aparece contigo en estas líneas 
te mira en el espejo para siempre 
y no sabe que un día morirás.
Pero el que escribe ahora sí lo sabe.
Y conoció ese día.

Entre la serenidad de esa contemplación y el asombro celebrativo, los poemas de La rama verde son una indagación en la memoria, una búsqueda de lo que permanece, desde la contención expresiva del poeta, “el que respira y canta.”

Y justamente de eso, de respiración y canto, están hechos estos poemas que contienen versos luminosos como estos, que cierran En la mañana inmensa, el poema dedicado a su hijo, ante el mar luminoso del verano:

El amor no transcurre:
ocurre. Su obstinado latir insiste oculto,
a salvo para siempre en nuestro pecho.
Y ahí estamos tú y yo desde el principio,
en el mar del verano, bajo el sol,
dentro de este diamante que fulgura,
de esta mañana inmensa que es la vida.
 
Es esta una poesía que se levanta sobre una luz renovada y sanadora, sobre una luz respirada cuyo fulgor se sobrepone a la destrucción y al tiempo. Y en ella la naturaleza, abierta en el mar o doméstica en el jardín, se convierte no en un decorado, sino en el paisaje existencial donde se proyecta la intimidad, igual que el pasado y el presente se iluminan uno a otro en una abolición del tiempo, en un ahora continuo que le da el sentido de lo permanente, porque ser es haber sido y “lo importante es vivir, aunque el vivir nos duela, / estar vivos del todo mientras dure la vida.”
 
La de Eloy Sánchez Rosillo es una poesía partidaria de la celebración de la vida, de la claridad como tema y como método expresivo de la intensidad emocional y la revelación verbal que la recorre. Porque, como explicó hace tiempo en Garabatos de poética, “escribir poesía es para mí una manera de entender y de considerar la vida, de acercarme a ella y de confundirme con su sustancia; un ser y un estar. Y un destino hermoso como pocos, del que hay que hacerse digno asumiéndolo hasta sus últimas consecuencias. Percibo las cosas del mundo a través de la poesía, que no es en modo alguno el reino de lo subjetivo, de lo neblinoso e indeterminado, de lo arbitrario, sino la posibilidad de aprehensión de la realidad más rigurosa, lúcida y comprensiva que conozco. No escribo para explicarme el misterio del mundo -los misterios no tienen explicación-, sino para participar de él, para formar parte del corazón de ese misterio.”

Hay una serie de líneas de fuerza que recorren toda la obra poética de Sánchez Rosillo y que se manifiestan aquí también en toda su plenitud: la suma de emoción y meditación, de memoria y presente, el intimismo y la confesionalidad autobiográfica -que ha evolucionado de la preferencia por una segunda persona especular a una declaración explícita de la primera persona- o el diálogo constante del sujeto y el tiempo que tiende a ser en los últimos libros diálogo entre el sujeto y el mundo.

Así, en Luna de cuándo y dónde, que se cierra con estos versos:

La miro con el gozo
del que todo lo ignora de la muerte,
del que respira y canta.
Han pasado años, siglos, y allí fulgura,
en qué centro sereno de mi asombro.
 
Santos Domínguez

21/6/21

El hilo de oro

 


 David Hernández de la Fuente.
 El hilo de oro.
Ariel. Barcelona, 2021. 
 
  Hay un antiguo motivo mítico que sirve de título e inspiración a este libro: el del hilo de oro. Por una parte, un tema arquetípico de la narrativa mitológica es el del viejo hilo de Ariadna, sabia guía de los héroes. Todos necesitamos un mentor -concepto también clásico y odiseico- que nos sirva de orientación antes de emprender su misión. En el laberinto de Dédalo, Teseo aprovecha la ayuda mágica de una auxiliar femenina que tejerá su escapada tras cumplir su gran hazaña.
Pero además del mito, también la filosofía ha utilizado el símil del hilo, como se ve en las Leyes de Platón (654a), donde aparece la imagen del ser humano como una marioneta manejada al albur de diversos impulsos, simbolizados por hilos, muchos de ellos duros, inflexibles y perniciosos. Pero no así el de oro, que “siempre conviene seguir y no abandonar en absoluto”. Es este un motivo siempre presente en el mito, el cuento maravilloso y el folklore universal, el de la cuerda, el hilo o el tendón que enlaza al hombre con los dioses, con los mentores mágicos o con la providencia. Eso serán los clásicos en lo que sigue: el vínculo con la mejor parte de nosotros mismos, la esencia de nuestra cultura, que es lo único que puede guiarnos cabalmente en medio de la gran ordalía.
Y es que lo clásico tiene futuro, parafraseando el título de un conocido libro de Salvatore Settis, y lo sigue mostrando generación tras generación. Incluso hoy, pese al aparente descrédito y postergación que sufren las humanidades en nuestra sociedad y en nuestros planes de estudios, si tuviésemos que juzgar por las novedades que, año tras año, se siguen publicando sobre las antiguas Grecia y Roma, constataríamos el interés que sigue suscitando el mundo clásico, en el que reconocemos invariablemente el origen de nuestra cultura. Es un eterno retorno: desde la idea de ciudadanía a las artes o los géneros literarios, seguimos mirándonos en los modelos clásicos como en un espejo familiar. Su vigencia se constata cada día, incluso en nuestras actuales circunstancias excepcionales: son textos casi oraculares, de consulta siempre pertinente. Merece la pena detenerse a pensar en los clásicos como aquellos textos que nunca nos terminan de decir lo que tienen que decir, como escribía Italo Calvino en Por qué leer los clásicos.
 
Con esos párrafos sobre la actualidad de los clásicos justifica David Hernández de la Fuente la escritura de El hilo de oro, el ensayo publicado por Ariel.
 
A través de esa metáfora del hilo de oro sus páginas plantean una reflexión sobre las ideas y los motivos, las actitudes y los símbolos heredados de los clásicos que pueden constituir una guía para orientarse en el laberinto del mundo actual: para entender el presente y buscar el futuro en el pasado, para entender al otro desde la relación conflictiva entre el individuo y la colectividad, entre la unidad y la multiplicidad, entre la identidad y la diversidad; para comprender el carácter cíclico del final de la historia y enfocar la acción política mirando a los modelos clásicos frente a los populismos extremistas; para analizar el lado oscuro de la violencia y el terror, del odio y la discordia desde antecedentes como Heráclito que vio en el conflicto “el padre de todas las cosas”; para recordar cómo se gestionaron las epidemias y el control social en la antigüedad; para evocar los patrones de comportamiento del héroe entre el nacimiento y la muerte, respuestas ante los distintos ritos de paso que constituyen la materia que alimentan la literatura y se siguen percibiendo en el cine o las series, que reproducen esos mismos modelos mitológicos; para revelar la continuidad del mito y el rito en muchas de las manifestaciones sociales de la actualidad o la pervivencia de viejos esquemas astronómicos, agrícolas o religiosos en las fiestas de la modernidad.

 David Hernández de la Fuente, autor de dos libros memorables -Oráculos griegos y Vidas de Pitágoras- lo resume así:
 
 Es sabido que las dos grandes obras señeras de la cultura clásica, la homérica y la virgiliana, tuvieron desde antiguo -y en el caso de Virgilio hasta la Edad Moderna- fama de ser proféticas. Ahí reside otra redefinición moderna de lo clásico en momentos de incertidumbre como los actuales: “Los clásicos son libros que se pueden consultar para saber qué es lo que va a pasar y cómo se puede vivirlo sabiamente”. Sabemos que existieron oráculos de bibliomancia -se echaban dados para adivinar el futuro en los pasajes sorteados de la Ilíada o de la Eneida- y que, en cierto modo, este adivinación simboliza el largo recorrido de estas obras en la historia de nuestra cultura. Ahí está nuestro hilo áureo, la vía profética o el mentor.
Ariadna, Circe, la Sibila o la mano de Virgilio en el camino, como en el de Dante. Con la idea de que los clásicos encierran las claves del presente y las del futuro en sus líneas inspiradas emprendamos, pues, este viaje hacia el “futuro pasado”.

Desde “la interrogación acerca de lo que los textos y las actitudes de los antiguos griegos y romanos tienen que decirnos sobre nuestros problemas, expectativas, anhelos y perplejidades en el mundo actual”, El hilo de oro explora “la repercusión de las ideas de los antiguos autores para nuestra sociedad. Así se abordan problemas y fenómenos actuales que pueden encontrar puntos de comparación con la antigüedad.”

El aliento narrativo de Heródoto, padre de la historia total; la figura de Tucídides, fundador de la historiografía crítica y política; los antecedentes del conflicto entre Oriente y Occidente y el choque de civilizaciones; las raíces de las demagogias populistas y de su camino hacia la tiranía; el declive de las civilizaciones y los imperios; las caídas de Troya y Roma y la utopía de la Atlántida; el elogio de la moderación de Aristóteles y Platón y las lecciones de los filósofos a los políticos; la contestación a los modelos políticos nacionalistas y el paralelismo entre la conjuración de Catilina y el intento de golpe de estado en Cataluña; las metáforas de la política (teatro, orquesta, nave); los confinamientos ante pandemias como la misteriosa plaga de Atenas que retrató Tucídides, la peste antonina o la peste de Justiniano, la primera gran pandemia, con la que termina la antigüedad en el siglo VI; la necesidad del héroe o el santo; las mujeres heroicas y las primeras manifestaciones del feminismo en el mundo clásico; los ritos solares del fuego y la tauromaquia; el ocio y las fiestas; la mirada a la vejez y la muerte o la eutanasia son algunos de los asuntos sobre los que se organiza una búsqueda matizada de analogías entre lo antiguo y lo moderno.

Una reivindicación de la vigencia de los clásicos para salir del laberinto con su hilo de oro, su concepción de la vida y de la muerte, del cosmos y la armonía, su idea cíclica de un tiempo que enlaza pasado, presente y futuro, un tiempo circular y eternamente renovado en los ciclos naturales a los que tan atentos estaban los clásicos. 

Porque -concluye Hernández de la Fuente- “en momentos de crisis procede defender más que nunca un regreso a nuestros clásicos como guía en la zozobra cotidiana.”

Santos Domínguez 

18/6/21

Ángel García López. Nocturnas aves

 
 Ángel García López.
 Nocturnas aves.
[Poemas burlescos]
Ars Poetica. Oviedo, 2021
 
El animus iocandi con que subtitula su Dramatis personae marca el tono y avisa de la intención de los divertidos sonetos burlescos que Ángel García López reúne en Nocturnas aves, que publica Ars Poetica.

Antes de entrar de lleno en el interior de los poemas, un simple vistazo al índice anuncia ya la tonalidad jocosa que los recorre: Auroro Boreal es incluido en el Real Diccionario de Escritores; Arsénico Caifás, en su versión de otoño; Peluso Iscariote, juntaletras de plantilla; Adonis Canapé, poetambre épico-lírico, acude a la presentación de un libro en el Hotel Majestic; Euclides Adulón, poeta en horas libres, es designado Director General de Acupuntura; Necrófilo Sinfín, taxidermista; Celebración de la obra poética completa de Iván el Horrible, bobo egregio; El joven profesor comenta a sus alumnos lo prescindible de los clásicos; Verecundo, el Divino, alaba al inspirado autor de «El espejo retrovisor de los planetas» o Jeremías, el Llorica, es denunciado al tribunal de Apolo por las nueve musas:

El coplero más listo del montón,
un don nadie endiosado, otro tunante
que no pasó de fraile mendicante,
consigue, al fin, su canonización

porque, desde la cruz al colofón,
contradiós obsesivo del bergante,
ha fabricado un bodrio delirante
sobre la muerte y la resurrección.

Y, en lo que fue desierto, llueve a mares:
incienso, bulas, procesión, altares,
prebendas, canonjías, sinecura…

¡Justicia en tanta lluvia haga tu mano!
Impide que el Parnaso sea un pantano
y en él flote este corcho de criatura.


Arquetipos que, avisa el autor en nota previa, “pertenecen a la fantasía y el humor, por lo que cualquier similitud que pudiera establecerse con la realidad sería formulación exclusivamente personal de quien la hiciese.”

Bien sabe el autor que el lector avisado y malévolo inevitablemente pondrá cara a algunas de estas criaturas que habitan los arrabales de la poesía. Como el protagonista de esta Noticia de Florito Malayerba:

Gallea en el cotarro un elemento
del gremio de influyentes paniaguados
que en medio siempre está de los fregados
lo pida el cuerpo o sin venir a cuento.

Servilón del trampeo, su talento
lo emplea en mil concursos amañados
y en comprar voluntades y jurados
cómplices de lo sucio de su invento.

Prodigio del chanchullo, del cinismo
y el te doy si me das del amiguismo,
nunca marra el caballo ganador.

Que suele ser un quídam de su cuerda,
fullero ungido por la misma mierda,
del mismo estiércol y del mismo hedor.


Escritos entre 2005 y 2012, cuando una decisiva experiencia luctuosa se hizo incompatible con esta temática desenfadada, han permanecido inéditos hasta que ahora, cinco años después del cierre circular de su obra que fue Cuando todo es ya póstumo, se recuperan en esta edición que perfila definitivamente el conjunto de la obra de Ángel García López, que sin estos poemas no estaría completa.

En la mejor tradición de las sátiras literarias, entre la mueca y la risa, vienen a completarla estos divertimentos irónicos que van desde los consejos para ambiciosos principiantes letraheridos hasta las descripciones esperpénticas de la feria de vanidades y la “jaula llena de leones” que es el cerrado mundillo de la poesía o retratos quevedescos de vates endiosados como este Peluso Iscariote, juntaletras de plantilla:

Al conocer la espuria biografía,
de todas las virtudes un dechado,
el ingenuo lector, acojonado,
se santiguaba ante lo que leía.

Y es que este enfermo de palabrería,
globo de feria de mentira inflado,
presume de un currículo inventado
que cambia en oro la bisutería.

Pues la verdad que esconde el tal poeta,
sólo diestro en tocar la pandereta,
las palmas y el olé y el chalaneo,

es que, usando de chiste y chismorreo,
con esa mala leche que rezuma,
apesta cuanto sale de su pluma.

Arquetipos, sí, aunque con esos moldes se han fabricado los abundantes figurones que trepan por las laderas del Parnaso y la variada fauna de muermos y copleros, poetisas decadentes y botarates venales que lo sobrevuelan.

Pájaros, pajaritos, pajarracos. Nocturnas aves.

Santos Domínguez

16/6/21

Poe. Ensayos completos II



Edgar Allan Poe.
Ensayos completos II.
Traducción y prólogo de 
Antonio Jiménez Morato.
Páginas de Espuma. Madrid, 2021.


“Poe revolucionó la literatura de su tiempo gracias a sus relatos y sus poemas, eso es algo sabido, pero el único modo de calibrar el alcance de sus intenciones y los riesgos a los que se sometió es mediante el análisis de su labor crítica”, escribe Antonio Jiménez Morato en la introducción que abre la edición del segundo volumen de los Ensayos de Edgar Allan Poe que ha traducido para Páginas de Espuma

 Y a pesar de eso -añade- su obra crítica “ha sido despreciada, leída de modo apresurado o ignorada. Y eso pese a que, con los doscientos años de distancia como juez, podemos apreciar que Poe parece no equivocarse nunca. Elogia lo que ha atravesado mejor el tiempo, y denuesta lo que ha ido olvidándose con el paso de los años. Hay en la capacidad de prospección de Poe algo más que mera perspicacia, hay una auténtica voluntad de cimentar y encauzar una literatura. Más aún, no solo voluntad, sino la tenacidad necesaria para lograrlo. Poe no solo es el padre del cuento moderno, lo es también de la crítica moderna, hecha desde la prensa de modo militante y combatiente.” 

Organizado en dos secciones, la fundamental contiene veintidós reseñas sobre autores y literatura: desde un largo ensayo sobre el drama estadounidense hasta una evocación de Francis Lieber, editor de la Enciclopedia Americana, un conjunto de ensayos que se centran preferentemente en poetas y narradores contemporáneos de Poe entre los que destaca Nathaniel Hawthorne, a cuyos cuentos dedica una especial atención.

Publicados en revistas, incluyen críticas demoledoras de obras como El estudiante español, un drama de Longfellow (“en conjunto, solo podemos lamentar que el profesor Longfellow haya  escrito esta obra”), comentarios pormenorizados de textos de poetas sobrevalorados, como John Brainard, William Bryant (“en todos los méritos de menor importancia el señor Bryant se muestra sobresaliente”), el sr. Dawes (“ayudado para alcanzar su reputación poética por la amabilidad de su carácter”) o Drake y Halleck: “Que contamos entre nosotros con poetas del más elevado orden es algo de lo que estamos seguros, pero no creemos que esos poetas sean Drake y Halleck.”

Opiniones sobre Tennyson y Carlyle, reseñas de libros de Fennimore Cooper, de un manual de buena educación o de una historia eclesiástica de Virginia conviven en estas páginas con el pormenorizado y elogioso análisis de los dos libros de cuentos de Hawthorne, Cuentos contados dos veces y Musgos de una vieja casa parroquial.

Cierra el volumen una segunda sección (‘La escena literaria y social’) de textos entre los que destacan los agrupados bajo el rótulo ‘Miscelánea editorial’. Breves y ágiles, entre ellos está este irónico párrafo autorreferencial:

En una muy elogiosa nota, de la señorita Fuller, sobre los Relatos de Edgar Allan Poe, la crítica pone reparos a las frases “tenía muchos libros pero raramente los empleaba” y “sus resultados, obtenidos por la esencia y el alma misma del método, tenían, de hecho, todo el aire de la intuición”. Nos doblegamos ante las muy bien consideradas opiniones de la señorita Fuller, la cual, por supuesto, merece todo nuestro respeto, pero nos hemos esforzado en vano por entender, en ambos casos, los motivos de sus objeciones. Quizás ella pueda explicarlos.

No sólo brillan aquí la capacidad analítica de Poe, su ironía aguda, sus sarcasmos hirientes y su lucidez como crítico. En estos ensayos inevitablemente proyecta su teoría y su práctica de la escritura quien simultaneaba la crítica con la creación poética y con la narración. 

 Por eso -concluye Jiménez Morato en su introducción-  “estas páginas dejan claro hasta qué punto arriesgó y se permitió ser libre como lector, en qué medida se proyectó como autor, hasta qué punto se atrevió a construir otro mito de Poe, bastante desconocido a día de hoy pero que existió y acaso fue lo más llamativo de él mientras vivió, de su figura literaria, como vehemente crítico, modelado por sí mismo dentro de los círculos literarios. Y resulta fascinante adentrarse en ellas.”

Santos Domínguez