28/2/24

Marco Aurelio. Pensamientos. Cartas




Marco Aurelio.
PensamientosCartas.
Edición de Jorge Cano Cuenca.
Trotta. Madrid, 2024.

“El 17 de marzo de 180 el emperador Marco Aurelio Antonino salió de escena, soltó los hilos de la marioneta, se volvió insensible a las impresiones, abandonó el servicio de la carne, cesó su peregrinaje por tierra extranjera, se disolvieron los elementos que le constituían como ser vivo y se reintegraron en aquello que había sido la causa de su composición. Ese mismo mes, antes de comenzar la temporada bélica, había enfermado gravemente, quizá de peste. Los fuentes le muestran consciente de la gravedad de su estado y elaboran de diversa manera sus últimos días: ayuno, sonrisas y palabras amables desde el lecho de muerte, aislamiento por miedo a contagiar a su hijo Cómodo, máximas diversas… Dion Casio alude a una conspiración entre los médicos y Cómodo. Difícilmente se sabrá de qué murió ni dónde: Vindobona, Sirmio o Bononia, tampoco es tan importante, al menos en lo que respecta a su libro.”

Con ese párrafo abre Jorge Cano Cuenca la introducción de su espléndida edición de los Pensamientos y Cartas de Marco Aurelio que publica Trotta.

Una introducción que aborda la trayectoria vital de Marco Aurelio y la compleja historia textual de unos textos escritos en griego helenístico en el siglo II y que -señala el editor- “nunca fueron concebidos como libro, tampoco son un diario, ni memorias, ni una autobiografía. No están organizados ni meditados para su publicación.”

Marco Aurelio (121-180) fue emperador durante veinte años, en un momento convulso, sacudido por epidemias, presiones de los bárbaros en las fronteras del Imperio, guerras y migraciones, cambios en la mentalidad religiosa y repetidas crisis sociales y económicas que evidenciaban el comienzo de la decadencia de Roma. Esos tiempos turbulentos son no sólo el contexto, sino el origen de este conjunto de reflexiones escritas en aquellas campañas bélicas fronterizas y dirigidas a sí mismo (tà eìs eautón en el título original griego; ad se ipsum en la traducción latina) que se levantan frente al mundo como una ciudadela interior, como un refugio existencial de autodisciplina intelectual frente al vértigo de la realidad. Es la misma concepción de la filosofía que Cicerón definía como medicina del alma en las Tusculanas.

Esas circunstancias históricas son inseparables del proyecto intelectual y existencial de Marco Aurelio. Son las circunstancias del emperador que sabe que en la raíz del buen gobierno están la serenidad y la contención, que el dominio de sí mismo es el primer paso para el gobierno del imperio.

Escritura de sí, sobre sí y para sí en un diálogo interior que construye una ética de la contención y el sosiego desde un difícil equilibrio entre la distancia y la solidaridad, entre el desprecio de la vanidad del mundo y el altruismo:

Qué poco queda para ser ceniza o esqueleto; o nombre, o ni siquiera esto: un nombre es un sonido y un eco. (V, 33)

Marco Aurelio se convirtió con estas notas sueltas en uno de los primeros eslabones de una cadena de filósofos morales de la que formarían parte también Séneca, Montaigne o Spinoza que, como él, hicieron de la ética el eje de su pensamiento y sus escritos.

La ecuanimidad, la independencia de juicio, la piedad y la liberalidad, la constancia y la continencia, la frugalidad y la vigilancia sobre sí mismo, la llaneza en el trato y la impasibilidad ante las adversidades, la autosuficiencia, la razón natural y la tolerancia son algunas de las claves de la vida y la obra de quien hizo de la contención su disciplina espiritual y existencial y dejó testimonio de ello en unas meditaciones que no contienen la propuesta de un sistema filosófico orgánico, pero constituyen la más alta producción ética del espíritu antiguo:

¿Qué es la maldad? Eso que tantas veces has visto. En todo lo que suceda, tenlo a mano: lo que tantas veces has visto. En todo, arriba y abajo, descubrirás las mismas cosas: de las que están repletas las historias antiguas, las menos antiguas, las recientes; de lo que están llenas la ciudades y casas. Nada nuevo. Todas habituales y efímeras. (VII,1)

Marco Aurelio, el filósofo estoico que escribió estos Pensamientos para sí mismo, estaba construyendo a la vez -aunque lejos de cualquier sistema cerrado y dogmático- una de las obras más imperecederas del pensamiento clásico. Y es que en sus páginas, como señaló Pierre Hadot en un estudio memorable, La ciudadela interior, se produce un milagro inusual: Marco Aurelio habla consigo mismo, pero tenemos la impresión de que se dirige a cada uno de nosotros, como cuando escribe:

Al amanecer, repítete: me voy a encontrar con un entrometido, un ingrato, un soberbio, un falso, un envidioso, un egoísta; todo eso les sucede por ignorancia de los bienes y los males. (II, 1)

Vano celo del boato, obras teatrales en escena, rebaños de ovejas, de vacas, peleas con lanza, un huesecito arrojado a los perrillos, un  panecillo a los estanques de los peces, fatigas y cargas de hormigas, carreras de ratones atemorizados, marionetas movidas por hilos. Entre todo esto es necesario mantenerse con buen ánimo y sin insolencia: entender que cada uno es valioso en la medida en que es valioso aquello en lo que pone su celo. (VII, 3)

Y esa es probablemente una de las claves que explican la vigencia de un clásico como este: su capacidad de estar por encima de las circunstancias individuales, espaciales o temporales para entablar un diálogo con cualquier hombre de cualquier lugar en cualquier tiempo con su lección de desengaño, porque

El que ve lo de ahora ha visto todo cuanto ha sido desde la eternidad y cuanto será en la infinidad del tiempo: todo tiene el mismo género y forma. (VI, 37)

Y de ahí surge otra de las claves de la vigencia de los clásicos: en su lectura encontramos, no un sistema orgánico de pensamiento, sino a un hombre; no el sermón de un predicador, sino las palabras de quien decide cómo vivir conscientemente en esa disciplina interior, en esos ejercicios espirituales que prescribe la tradición estoica y en los que desarrolla además una búsqueda estilística de la concisión y el ritmo que convierte sus meditaciones en un admirable ejercicio de estilo sereno y equilibrado. Y esos dos rasgos, la serenidad y el equilibrio, son también los que definen al clásico:

Contempla desde arriba los miles de rebaños y las miles de ceremonias, toda clase de barcos que navegan entre tempestades y calmas, la diversidad de los que nacen, conviven, dejan de ser. Piensa también en la vida que vivieron otros antaño, en la que vivirán los que vengan después de ti, en la que se vive ahora entre los pueblos bárbaros: cuántos no conocen tu nombre, cuántos lo olvidarán pronto, cuántos acaso te elogian ahora y enseguida te cubrirán de reproches: cómo la memoria no merece consideración, ni la gloria ni nada en absoluto. (IX, 30) 

Al final de cada uno de los doce libros que componen los Pensamientos, el editor propone un comentario esclarecedor de las alusiones, las referencias, el contenido y el pensamiento filosófico de cada uno de los capítulos en los que se articulan estas meditaciones, un soliloquio interior que se ha convertido en su lucidez intemporal en la obra más representativa y perenne de la filosofía práctica del estoicismo romano.

En la admirable traducción de Jorge Cano Cuenca, este es su texto final, la despedida serena del teatro del mundo:

Hombre, has sido ciudadano de esta gran ciudad: ¿qué importa si durante cinco años o cincuenta? [...] Es como si a un actor de comedia lo hiciera salir de la escena el mismo pretor que lo contrató. ‘Pero no he representado los cinco actos, sólo tres’. Tienes razón: en la vida tres actos son una obra entera. El final lo  determina aquel que entonces fue el causante de la composición y ahora de la disolución. Tú no eres causante de ninguna de ambas: márchate con ánimo propicio, pues él te suelta propicio. (XII 36)

Cierra el volumen una selección de la correspondencia intercambiada con su maestro de retórica Marco Cornelio Frontón, al que le dice en una carta :

Estoy aprendiendo de ti a decir la verdad. Esto -decir la verdad- es cosa del todo ardua para dioses y para seres humanos.

Santos Domínguez 

 

26/2/24

Alice Munro. Todo queda en casa



 Alice Munro.
 Todo queda en casa.
Cuentos escogidos.
Traducciones de Marcelo Cohen, Carmen Aguilar, 
Isabel Ferrer Marrades, Carlos Milla Soler, 
Flora Casas Vaca, Eugenia Vázquez Nacarino, 
Aurora Echevarría Pérez y Francisco J. Ramos.
Lumen. Barcelona, 2024.

Poco después de obtener el Nobel de Literatura en 2013, la canadiense Alice Munro (Ontario, 1931), maestra del relato breve, reunía una selección de sus mejores cuentos en Family Furnishings [Mobiliario familiar]: Selected Stories 1995-2014, que Lumen publica en un amplio volumen titulado Todo queda en casa.

Con versiones de distintos traductores, se ofrece en este libro la selección de los veinticuatro cuentos que Alice Munro consideraba los más representativos de su obra narrativa, heredera de Chéjov y atravesada en los catorce libros de relatos que ha escrito, por una mirada autobiográfica, femenina y sutil, apasionada y problemática a la hora de encontrar su lugar en el mundo.

Y, como en Chéjov, se suceden en estas más de mil páginas, entre la realidad y la ficción, entre la imaginación y la memoria personal, las vidas minúsculas y las existencias triviales que resumen las heridas y las obsesiones personales en un cruce narrativo donde se confunden la vida y la literatura, la realidad y la ficción para que la infelicidad brote como un atributo de la manera femenina y periférica de estar en el mundo y la rebeldía ante lo establecido sea la manifestación de la trágica tempestad que subyace en lo profundo de su insatisfacción y se agita bajo la superficie plana de la tranquila apariencia doméstica del hogar familiar o el matrimonio.

Supervivientes de experiencias intensas y de ocultas encrucijadas emocionales, sus complejos personajes femeninos, a menudo amargos y desorientados en la búsqueda de su camino, constituyen el eje narrativo, centran el punto de vista y articulan el mundo humano de los relatos de Alice Munro, anclados en la banalidad aparente de lo cotidiano, que oculta con frecuencia una realidad tortuosa y problemática, aunque suavizada por la distancia narrativa y emocional que impone el tiempo.

Más próximos a la novela corta que al cuento por su tratamiento lento del tiempo o por la construcción demorada de los personajes, los relatos seleccionados en Todo queda en casa son textos sutiles y oscuros en su reflejo de lo cotidiano, densos y hondos para bucear en lo escondido, agudos y precisos como un bisturí que disecciona y limpia las zonas heridas de la existencia y la memoria en el entorno rural de su Ontario natal, que cobra aquí una dimensión literaria muy definida espacial y humanamente y adquiere así una entidad casi mítica.

“Alice Munro en sus propias palabras”, la entrevista en la televisión sueca de 2013, que sirvió como discurso de recepción del Nobel, es el texto que funciona como prólogo del volumen. Allí explica la narradora el objetivo de su escritura: “Quiero que mis cuentos conmuevan a las personas, no me importa si son hombres, mujeres o niños. Quiero que mis cuentos cuenten algo sobre la vida que haga que la gente diga: «¡No, eso no es verdad!», pero sentir una especie de recompensa de la escritura, y eso no significa que tenga que haber un final feliz, sino simplemente que todo lo que cuenta la historia conmueva al lector de tal modo que cuando haya terminado sienta que es una persona distinta.”

La hondura observadora de su mirada incisiva atraviesa sus relatos, entre los que habría que destacar los magníficos Yakarta, Amundsen, Pasión, La vista desde Castle Rock  Vida querida, el relato que cierra la selección y que comienza con estos párrafos:

Vivía, de pequeña, al final de un camino largo, o que a mí me parecía largo. Al volver a casa de la escuela, y más tarde del instituto, dejaba atrás el pueblo de verdad, con su trajín y sus aceras y las farolas para cuando oscurecía. Marcaban el final del pueblo dos puentes sobre el río Maitland: uno estrecho de acero, donde a veces los coches no se ponían de acuerdo sobre quién debía ceder el paso, y una pasarela de madera en la que de vez en cuando faltaba un tablón, con lo que al fondo se veían las aguas brillantes, presurosas. A mí me gustaba mirarlas, pero con el tiempo siempre venía alguien a reponer el tablón.
A continuación había una pequeña hondonada, un par de casas destartaladas que se inundaban cada primavera, aunque siempre había gente, gente distinta, que  iba allí a vivir de todos modos. Y luego otro puente sobre el canal del aserradero, que no era muy ancho pero sí bastante profundo para ahogarse. Después el camino se bifurcaba: un ramal se iba hacia el sur, pasando una montaña antes de volver a atravesar el río y convertirse en una carretera; el otro bordeaba el recinto de la antigua feria para girar al oeste.
Ese camino hacia el oeste era el mío.
Había también un camino hacia el norte, con una acera corta pero acera al fin, donde se alineaban varias casas una al lado de la otra, como si estuvieran en el pueblo. En la ventana de una de ellas se conservaba un cartel de «Tés Salada», prueba de que alguna vez allí se habían vendido comestibles. Después había una escuela, a la que fui dos años de mi vida y que hubiera querido no ver nunca más. Al cabo de esos dos años, mi madre hizo que mi padre comprara un viejo cobertizo en el pueblo, para que pagáramos impuestos allí y yo pudiera ir a la escuela municipal. Al final no hubiera hecho falta, porque ese año, el mismo mes que empecé  a ir a la escuela del pueblo, se declaró la guerra contra Alemania y las cosas se calmaron como por arte de magia en la otra escuela, la escuela donde los matones de la clase me quitaban el almuerzo y amenazaban con pegarme y donde nadie parecía aprender nada en medio del alboroto. Pronto solo hubo un aula y un maestro, que probablemente ni siquiera tuviera que cerrar las puertas con llave durante el recreo. Los mismos chicos que siempre me preguntaban retóricamente si quería follar, aunque yo me asustaba de todos modos, por lo visto tenían tantas ganar de ponerse a trabajar como sus hermanos mayores de alistarse en el ejército.
No sé si para entonces los lavabos de aquella escuela habrían mejorado, porque eran lo peor de lo peor. No es que en mi casa no recurriéramos al retrete del patio, pero estaba limpio, y hasta tenía un suelo de linóleo. En aquella escuela, por desacato o por lo que fuera, nadie parecía molestarse en apuntar al agujero. Aunque en muchos sentidos tampoco lo tuve fácil en el pueblo, porque todos los niños de mi clase iban juntos desde primero, y además había muchas cosas que yo aún no había aprendido, fue un consuelo ver los asientos del inodoro limpios y oír el noble sonido urbano de las cisternas.

Santos Domínguez 



23/2/24

Alfredo Rodríguez. Dragón custodiando el misterio

  


Alfredo Rodríguez.
 Dragón custodiando el misterio.
Chamán Ediciones. Albacete, 2024.


No es empresa fácil reconocer 
La armonía secreta 
Una experiencia sónica 
Cuando tu piel flota en su superficie 
Haciendo aún vida común con ella 
Magnetismo animal como en un mantra 
Cuando te es tan cercano 
El mundo de los mitos 
Y toda la belleza de ese mundo 

Entonas con tu voz los versos que te muestran 
Toda la maestría del oficio 
Que lucen entre cantos y tambores 
Como antiguos rituales abolidos 

Los barcos incendiados en la ciudad de Venus 
O los hechos antiguos de la lejana Hesperia 
La rueda de los astros El espesor del tiempo 
Los enigmas y símbolos que emergen 
De la nada y que vuelven a la nada 
Fractales en el reino de las formas 
Por los laberintos de tu memoria 
Gotas de láudano en tu corazón 

Y aún anhelas vivir 
Todo lo que te quedase de vida 
Como un dragón custodiando el misterio
Su huella luminosa

Ese poema, ‘La huella luminosa’, cierra el último libro de Alfredo Rodríguez, Dragón custodiando el misterio, que, publicado por Chamán Ediciones, llega hoy a las librerías. 

En ese poema final están reunidas las claves de su mundo poético: las epifanías del misterio y las incursiones en lo sagrado, el bosque interior de la conciencia y el fuego de la palabra iluminadora. Esas son algunas de las claves sobre las que se sustenta este Dragón custodiando al misterio, expresión de una ambiciosa poesía del conocimiento, de un ascendente camino de perfección que refleja el “tránsito hacia la luz” del que hablaba Javier Asiáin en el prólogo de su anterior Hierofanías.

De una cita de Clara Janés (“Nada le importa la difusión a la poesía, está en la reserva, dragón custodiando el misterio”) toma su título este libro que culmina una trilogía poética iniciada hace diez años con Alquimia ha de ser y continuada en 2017 con Hierofanías.

Una trilogía que es la expresión doble de un viaje espiritual y una aventura poética. Viaje y aventura que adquieren su sentido profundo con este libro que es menos un cierre que una cima, la meta que justifica y explica un itinerario poético de conocimiento de la realidad y de indagación en la identidad propia. Porque con Alquimia ha de ser Alfredo Rodríguez iniciaba una peregrinación hacia Oriente, que se convertía en el eje de Hierofanías, del que escribíamos entonces que era “un vuelo hacia lo hondo, hacia la esencia del ser, que eleva la poesía de Alfredo Rodríguez hasta la levedad de lo profundo, hasta un espacio espiritual en el que la palabra poética se convierte en ejercicio  ascético, en forma de conocimiento de sí mismo y de su lugar en el mundo.”

Diez años después del comienzo de esa intensa peregrinación poética hacia las raíces hondas de la conciencia, Dragón custodiando el misterio es el resultado de la fusión entre tradiciones orientales y occidentales, que muestran aquí sus líneas secantes, sus puntos de intersección y sus confluencias profundas. Y así como Alejandro consultó al oráculo de Amón en el templo del desierto egipcio de Siwa para afirmar su genealogía divina, el poeta pone a dialogar a Brahma y a Orfeo, invoca el mantra yoga y los ritos mistéricos dionisíacos, evoca el corazón de Ulises y el ciclo del Abraxas, el loto fecundado y las gotas de láudano, el toro de Shiva y el sueño de Escipión, los ritos órficos y las Upanishads del hinduismo en la noche iniciática del poema.

Como los cantes de ida y vuelta, la voz poética de Alfredo Rodríguez regresa a su punto de partida, que ya no será el mismo que antes del inicio del viaje, como no lo es el viajero que regresa enriquecido de sabiduría y conocimiento a su Ítaca de origen y destino. Y lo hace después de la enriquecedora experiencia de ese viaje espiritual en busca del centro y del fondo de la identidad, del sentido de la escritura y de la vida, de la conciencia y la existencia, del amor y la muerte, desde la reivindicación del azar y el caos como formas de lo sagrado.

Pero ese viaje iniciático en busca de revelaciones lo hace el poeta incorporándose a una tradición cultural y poética que invoca desde la dedicatoria del libro: “A mis viejos maestros, sin ellos nada de todo esto habría tenido lugar.”

Porque la de Alfredo Rodríguez es “una voz cuyo último deseo -afirma Sonia Betancort en su lúcido epílogo- es dar cuenta de la enseñanza recibida”. Una voz que se sabe parte, por elección y por destino, de una tradición poética que reivindica la palabra como rito de conocimiento de la verdad y de celebración de la vida, la belleza y el despojamiento, como en este espléndido poema, ‘Las puertas Esceas’:

No ser dioses ni sombras proyectadas 
En la caverna Ni instrumentos del alma 
Solo el flujo dinámico 
Del vivir El placer de hacer las cosas 
Por sí mismas La muerte que entra por los espejos 
Por las fotografías El vacío esencial 
De tu mente desnuda de prejuicios 

Y abandonarse al desorden instantáneo 
El descenso a la carne La gracia de lo impuro 
La flecha del Tiempo La fiesta mística

Organizados en tres partes -El alma en trance, Las estancias de la memoria y Vida pura en vida- que representan las fases progresivas de su itinerario poético y gnoseológico, los poemas de Dragón custodiando el misterio ofician la liturgia de la palabra con la que se articula el rito de la poesía. 

Una poesía sostenida también en una mirada recreadora que aspira a ir más allá de la superficie de las cosas, más hacia el fondo de la realidad y la conciencia en su ambición de conocimiento, en su voluntad creadora y en su afirmación de la vida: 

Música palabra y danza Todo era 
Lo mismo Y aún te preguntabas ¿Vida 
después de la muerte? No, vida ahora


Santos Domínguez 


21/2/24

Flannery O’Connor. Cuentos completos

 


Flannery O’Connor.
Cuentos completos.
Traducciones de Marcelo Covián, 
Celia Filipetto y Vida Ozores.
Lumen. Barcelona, 2024. 

“Contra el lector cansado” titula Gustavo Martín Garzo el prólogo que abre la edición de los Cuentos completos de Flannery O’Connor que publica Lumen.

En ese prólogo Martín Garzo define estos relatos como “una de las obras más extrañas, perturbadoras e inclasificables de la literatura universal.”

Escritora del Sur profundo de los Estados Unidos, la vida y la obra de Flannery O’Connor (Georgia, 1925-1964) quedaron marcadas por dos circunstancias que resultaron decisivas en su narrativa: por un lado, su pertenencia a esa región, conocida como el cinturón bíblico, y por otro, una enfermedad degenerativa que apareció a la vez que su primera novela, Sangre sabia. 

Si esa dolencia deterioró sus huesos, mermó su movilidad y la confinó a la literatura y a la cría de pavos reales en una granja que se llamaba Andalusia, el ambiente asfixiante, el violento fanatismo religioso y los prejuicios racistas propios del profundo Sur son fundamentales para entender el sentido de su escritura y el contenido de su obra narrativa.

Una obra narrativa en la que destacan especialmente sus relatos. El negro artificial, Un hombre bueno es difícil de encontrar, El pavo  o La espalda de Parker son algunos de esos textos que sitúan a Flannery O’Connor en un lugar destacado de la narrativa norteamericana contemporánea.

En 1971 se habían reunido todos sus relatos en un volumen (The Complete Shorts Stories) que es la base de esta edición en español de los Cuentos completos con espléndidas traducciones de Marcelo Covián, Celia Filipetto y Vida Ozores.

El conjunto contiene treinta y un relatos, de los que diecinueve se habían traducido y editado por Lumen en dos tomos en los años setenta, a los que este volumen añade doce inéditos.

Se unen en estos textos el horror y el humor, la risa y el escalofrío en una mezcla desgarrada y grotesca de enorme intensidad  que en más de un sentido recuerda el esperpentismo. Es esta una literatura del exceso, porque en ese mundo sureño todo es excesivo y está enraizado en un desatado y extravagante fondo bíblico sobre el que crecen con la misma naturalidad el fanatismo y la maldad.

Y sobre ese fondo se levantan y se mueven personajes abominables, grotescos y terribles en los que conviven la depravación y las buenas intenciones: los piadosos y los violentos, los ignorantes y los pretenciosos. Profetas lunáticos y predicadores iluminados son los que habitan ese mundo narrativo de Flannery O’Connor, católica en aquella región de fundamentalismo protestante. 

Del esfuerzo por comprender un mundo ininteligible y unos comportamientos imprevisibles se nutren, como los de Faulkner y Tennesse Williams y antes los de Hawthorne, estos relatos, que forman -en palabras de Martín Garzo- “un libro divertido y terrible a la vez, ante el que no sabremos si reírnos o sentirnos horrorizados. Falsos profetas, niños perversos, criminales visionarios, idiotas, mentirosos inocentes, ancianos perversos, santos que deliran, se dan cita en sus páginas. Seres que caminan hacia la perdición sin saberlo, que parecen surgidos del Libro de Job y en los que la depravación y la inocencia conviven con perturbadora naturalidad.”

Perturbadores es quizá el calificativo que mejor resume la impresión que producen en el lector estos cuentos de estirpe gótica, realistas y simbólicos, sórdidos y violentos, macabros y desconcertantes, teñidos de un humor tan negro como el oscuro mundo del que surgieron, poblados por una galería de posesos y tarados, de vendedores de Biblias y asesinos en serie, de seres fanáticos e intelectuales arrogantes, de cínicos o dementes, que constituyen el muestrario morboso de unas mentalidades enfermizas.

Flannery O’Connor tuvo en vida el reconocimiento de la crítica, obtuvo premios y becas y las editoriales le dieron facilidades para publicar sus cuentos y sus novelas. Dio conferencias cuando la salud se lo permitía, y en ellas reflexionó sobre el oficio del escritor y su función social, sobre el cuento y su técnica, sobre el papel y el lugar del lector.

En esas charlas, reunidas en El arte del cuento, dejó ideas como estas:

Que un cuento sea breve no significa que deba ser superficial.
Salvo en muy contadas ocasiones, en la escritura de ficción el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas.
Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando el lector puede seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de nosotros.

Un hombre bueno es difícil de encontrar es seguramente la más conocida de sus historias. Desde luego, la más emblemática y la que mejor resume ese mundo inverosímil y terrible. Arranca de una situación esperpéntica que parece anticipar las películas de Tarantino: una familia viaja a Florida, tiene un accidente y quien acude en su ayuda es un criminal que ha huido de la prisión, el Desequilibrado.

“Jesús es el único (dice el personaje) qu’ha resucitao a los muertos y no tenía qu´haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to. Si Él hacía lo que decía, entonces sólo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo hacía, entonces sólo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole alguna otra maldad.”

Esa es la razón de la ensalada de tiros que viene después. Y después de acabar con la abuela, remata con estas palabras:

-Habría sido una buena mujer -dijo el Desequilibrado- si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.
-¡Menuda diversión! -dijo Bobby Lee.
-Cállate, Bobby Lee -dijo el Desequilibrado-. No hay verdadero placer en la vida.

Santos Domínguez 


19/2/24

Francisco Rico. Petrarca


 Francisco Rico.
 Petrarca.
Poeta, pensador, personaje.
Arpa Editores. Barcelona, 2024.

“De ningún otro hombre de su época o de las precedentes tenemos tantas noticias como en lo que a él respecta, si bien estas derivan en su mayor parte de testimonios directos del propio Francesco Petrarca, que a menudo ofrecen elementos divergentes entre sí y siempre han sido reelaborados con fines literarios o para construir, a través de la manipulación de los datos históricos y su reorganización, una autobiografía ideal y tendenciosamente mendaz”, escribe Francisco Rico al comienzo del ensayo “Poeta, pensador, personaje” con el que se abre el volumen Petrarca que publica Arpa Editores.

Inédito en español hasta ahora -había aparecido en italiano en I venerdi del Petrarca (Adelphi. Milán, 2016)- “Poeta, pensador, personaje” es el estudio esencial de los cuatro que se recogen en esta recopilación de capítulos petrarquescos que ocupan un lugar central en la bibliografía de Francisco Rico, que ha dedicado una parte esencial de su trayectoria crítica al estudio de la obra latina en prosa de Petrarca.

“El presente volumen -indica la nota editorial que abre el libro- reúne los cuatro trabajos que Francisco Rico considera -al margen de algunas publicaciones altamente especializadas- su mejor contribución al conocimiento de la vida, obra, significación y legado de Francesco Petrarca. Solo dos de ellos se han publicado antes en nuestra lengua, como parte de empeños más generales o en volúmenes de homenaje, uno ha sido traducido del italiano para la ocasión y el último se había difundido únicamente en ese idioma, a pesar de que su redacción original fue en castellano. Uno de los textos fue escrito hace medio siglo, mientras que los tres restantes son fruto de los últimos años, circunstancia que señala la constancia, incluso la tenacidad, con que Rico se ha dedicado al estudio y comprensión del humanista de Arezzo.”

Ese primer ensayo ofrece una espléndida aproximación a la biografía de Petrarca a través de sus escritos: desde su dudosa fecha de nacimiento el 20 de julio de 1304 hasta su muerte la noche del 18 al 19 de julio de 1374 en Arquà, hace seiscientos cincuenta años.

Rico propone un recorrido por la trayectoria pública y privada del padre de la cultura europea, por su labor como filólogo, estudioso de los clásicos y poeta decisivo en la constitución del Renacimiento y de la poesía occidental, sobre la que ejerce una influencia decisiva: su genealogía, su idealizada autobiografía epistolar en las Seniles, los estudios jurídicos en Montpellier y Bolonia, su educación literaria, su estancia en Aviñón y su encuentro con Laura, a la que dedica las 366 composiciones poéticas en lengua vulgar toscana que forman el Canzoniere, su vocación filológica y su papel fundamental como descubridor, restaurador y editor de textos antiguos perdidos, como el epistolario de Cicerón o Ab Urbe condita, de Tito Livio, sus años al servicio de familias nobles como los Colonna o los Visconti, su carrera diplomática y su actividad política o su reconocimiento, largo tiempo perseguido, como poeta laureado en 1341.

Y tras esa coronación poética, las prebendas eclesiásticas en Parma, la fecundidad literaria de su retiro provenzal, la experiencia de la peste negra, tan determinante en la construcción del Decamerón de su amigo Boccaccio, o los ocho años en Milán, los más fructíferos de su vida, con la escritura de las Epístolas Familiares y del De remediis utriusque fortunae.

Los otros capítulos abordan el complejo mundo de máscaras y espejos entre su existencia privada y su vida pública (“Petrarca en el escenario”) que el autor proyectó en sus Epístolas: movido por una vanidad extrema, por su búsqueda de fama y gloria, construyó un personaje y cultivó una imagen atractiva de sí mismo en los pasajes autobiográficos de las Familiares y las Seniles; su evolución intelectual desde el humanismo neopagano hasta la filosofía cristiana de base paulina y agustiniana (“De la filología a la filosofía”) y el apartado final (“Posteridad”), también inédito en español, se centra en la fama póstuma del Petrarca latino, de prosa enciclopédica e incansable labor divulgadora de la antigüedad clásica latina, que resume Francisco Rico con estas palabras:

El destino principal del Petrarca latino fue vaciarse de sus acentos más peculiares, perdiendo incluso el nombre y convirtiéndose en un moralista anónimo, y desintegrarse en los pedazos de las sentencias o ejemplos impersonales o con atribuciones engañosas. El Petrarca latino más característico de la posteridad es el Petrarca despedazado en adagios […] Cada uno le tomó en préstamo los elementos que respondían a su formación y talante propios, neutralizando su fermento de humanista, limitándolo a mero transmisor de datos y dichos susceptibles de empleo en cualquiera de las coordenadas más habituales. Que las contribuciones petrarquescas se difundieran largamente de ningún modo significa que fueran entendidas según su espíritu original: la suya no fue una muerte súbita, sino una lenta agonía a lo largo de los siglos. Desde fecha tempranísima fue así para toda Europa fuera de Italia y fue así, desde luego, en España.

Santos Domínguez 




 

16/2/24

Vittorio Sereni. Estrella variable



Vittorio Sereni. 
Estrella variable.
Edición bilingüe de José Muñoz Rivas.
Libros del Aire. Santander, 2023. 

Vistas desde la tierra, la mayoría de las estrellas no tienen brillo constante, sino que varían periódicamente su luminosidad, o por cambios en la luz que emiten o porque otro objeto interpuesto puede reducirla o eclipsarla: estas estrellas se denominan estrellas variables.

Esa luz cambiante es la que se evoca en el título del último libro de Vittorio Sereni, Estrella variable, que acaba de publicar Libros del Aire con una admirable edición bilingüe de José Muñoz Rivas, que culmina así, tras las ediciones de Frontera, Diario de Argelia y Los instrumentos humanos, su espléndido trabajo de traducción de los cuatro libros de poesía de Sereni (1913-1983), uno de los poetas fundamentales de la literatura italiana del siglo XX.

Estrella variable es seguramente su cumbre poética, la más alta decantación de su escritura y de la indagación en el fondo de sí mismo que recorre una trayectoria poética que, aunque reducida en número de libros, cuatro entre 1941 y 1981, fue muy intensa y muy dilatada en cuanto al número de poemas que incluye cada uno de sus títulos.

Al comienzo de su introducción escribe Muñoz Rivas que Estrella variable “pone un colofón impecable y al mismo tiempo necesario a los más de cuarenta años de reflexión sobre la literatura y particularmente sobre la poesía. Un colofón sin duda lleno de brillantez y de belleza, que sin embargo se planteaba en el fondo una valoración, si queremos una reflexión teórica, en torno a la actividad poética de prácticamente toda su vida de artista en un contexto social y político muy difíciles en toda Europa, y sin duda también en Italia. En este sentido, no habría que perder de vista que se trata de una obra poética realizada con gran esfuerzo durante unos años de mucha complejidad y crispación social y política a nivel internacional, y marcados gravemente por la tragedia colectiva y la guerra.”

Tras una primera versión restringida, no venal y reducida en 1980, en diciembre de 1981 se publicó la edición definitiva de Stella variabile, con una significativa cita de Montaigne en la solapa, alusiva al carácter fluctuante y mudable de la realidad y la vida del hombre. El texto de los Ensayos de Montaigne, citado a menudo y de forma peculiarmente infiel entre nosotros por Josep Pla, decía: “El hombre es sin duda un tema maravillosamente inútil, diverso y ondulante. Resulta complicado fundamentar juicio constante y uniforme en él.”

Con su inconsistencia incierta, la imagen de la estrella variable se convierte así en centro temático y en metáfora del debate interior del poeta, entre la duda y el vacío, entre el tiempo fugaz y la belleza esquiva. Y en torno a esa realidad fluctuante, de luces y sombras, de vida y muerte, de provisionalidad y regeneración, de descenso y ascenso, gira el debate interior del poeta en las cinco partes en que se articulan los poemas de Estrella variable, “una estructura mucho menos estudiada y obsesiva que la de los libros anteriores”, como señala Muñoz Rivas, que en el estudio introductorio hace un repaso a la historia textual del libro, a su recepción crítica y a su sentido en el conjunto de la trayectoria literaria de Sereni.

Estrella variable tiene su corazón en ‘Un posto di vacanza’ (‘Un lugar de vacaciones’), un largo poema en siete movimientos, escrito en un prolongado proceso de quince años de escritura, desde aquel 1965 al que se remontan los poemas recogidos en el libro. Es un poema-relato que se convierte en el eje central que organiza el conjunto e irradia su sentido al resto de las composiciones del libro, “ya que -afirma Muñoz Rivas- es tal la dialéctica metaliteraria que el extenso poema narrativo encierra, que prácticamente el resto de las composiciones están subordinadas a este con mayor o menor fuerza, con hilos a veces muy sutiles, casi imperceptibles.”

La indagación ética y poética en la oscuridad y el silencio se proyecta  en la disposición onírica y visionaria de los poemas de Sereni, porque su poesía -afirma Muñoz Rivas- “se introduce en el discurso del sueño y de la visión, de un modo cada vez más exclusivo, apuntando hacia una concepción cada vez más cerradamente alegórica y metafísica, donde la exploración de las sombras, o mejor, del reino de las sombras, se hace paulatinamente más inherente al estatuto de lo poético.”

Un estatuto en el que se suceden los cambios de temperatura moral y emocional, de tono poético y de temple anímico: desde la ira a la serenidad, desde la melancolía al hermetismo, desde el entusiasmo a la desolación o desde la expresión de la angustia a la distancia de la ironía, como en este memorable ‘Poetas en Vía Brera: Dos edades’:

Hace falta un siglo o casi
– se encendía Ungaretti en la puerta
de la Galería Apollinaire –
hace falta todo el trabajo, todo el mal 
toda la sangre podrida
toda la sangre límpida
de un siglo para hacer uno…

(Entre tanto 
en la acera de enfrente
de dos en dos por el brazo sujetándose 
de dos en dos odiándose con trinos
de recíproco amor
seis desfilaban. Seis)

Quiero terminar esta reseña destacando el mérito de José Muñoz Rivas como traductor de una obra poética tan imprescindible, pero también tan compleja, como la de Sereni. Especialmente en esta Estrella variable ha tenido que superar brillantemente el reto de reflejar toda su riqueza expresiva y de trasladar al español los cambios de registro verbal, de lo coloquial a lo culto, de lo directo a lo simbólico, de poemas tan caleidoscópicos como el ya mencionado ‘Un posto di vacanza’, cuya última sección comienza así:

Nunca tan denso, nunca 
tan densamente deliberante 
apenas fuera de la desembocadura 
en redondo el grupo de gaviotas. Una 
se separa en el vuelo, lanzándose 
pesca algo, vuelve al conciliábulo.

Eres ya mar de invierno: 
enajenado, como encerrado en sí.

Un libro magnífico que habla del fuego y las cenizas, del vacío de la sombra y del color del verano en las pérgolas de un bar de San Siro. O, por decirlo en términos proustianos, de las intermitencias del corazón.


Santos Domínguez 


14/2/24

Edward Rice. El capitán Richard F. Burton


 Edward Rice.
El capitán Richard F. Burton.
Traducción de Miguel Martínez-Lage. 
Siruela. Madrid, 2024.

“Si el novelista más romántico de la época victoriana se hubiese sacado del caletre al capitán sir Richard Francis Burton, el personaje habría sido rechazado tanto por el público como por la crítica de aquella época racionalista, ya que lo habrían considerado excesivo, extremo, inverosímil. Burton fue el paradigma del erudito aventurero, un hombre que descolló por encima de los demás tanto en lo físico como en lo intelectual; fue militar, científico, explorador y escritor, aunque durante buena parte de su vida estuvo además comprometido en la más romántica de las actividades, la del agente secreto.
Burton nació en 1821 y murió en 1890; dicho de otro modo, vivió un periodo crucial en la historia de su país”, afirma Edward Rice en la introducción de su monumental biografía El capitán Richard F. Burton, publicada por Siruela con traducción de Miguel Martínez-Lage.

Una biografía del “famosísimo explorador, escritor, lingüista y cónsul” Richard Burton que se lee como la novela deslumbrante de un personaje irrepetible: viajero incansable y cronista de viajes, erudito y aventurero, agente secreto al servicio de la política colonial británica y místico sufí, explorador legendario y audaz, heterodoxo, ocultista y etnólogo de costumbres de pueblos primitivos, opiómano y adicto al alcohol, Burton es una figura dotada de una desbordante fuerza humana y de una extraordinaria curiosidad intelectual. 

Por eso Borges lo definió como “el capitán inglés que tenía la pasión de la geografía y de las innumerables maneras de ser un nombre que conocen los hombres” y que “del solitario oficio de escribir había hecho algo valeroso y plural.”

La ambiciosa y bien documentada biografía de Rice no sólo rastrea meticulosamente la agitada y fascinante vida exterior del personaje, sino que explora su “intenso tumulto interior”, su incesante búsqueda espiritual y de conocimiento del mundo, “la interioridad del hombre, un hombre de una complejidad, sensibilidad e inteligencia extraordinarias.”

Burton fue un narrador notable que escribió libros de viajes y tradujo diecisiete volúmenes de Las mil y una noches, criticó los errores del colonialismo, dio a conocer en Occidente el Kama Sutra y el Ananga Ranga, buscó las fuentes del Nilo y la rosa mística del jardín sufí, descubrió el lago Tanganica, peregrinó durante tres años a La Meca y acabó sus días en Trieste, donde ejercía como cónsul de Inglaterra.

En Trieste, en sus últimos meses de vida, Burton se dedicó febrilmente a traducir el manuscrito de una obra divertida y rijosa atribuida a un erudito tunecino del siglo XVI, The Perfumed Garden del Cheikh Nefzaoui (El jardín perfumado del jeque Nefzaoui), que rebautizó como The Scented Garden (Los aromas del jardín), que en palabras de Edward Rice es “una curiosa pieza de un erotismo a veces descarado, a veces muy divertido, cuya traducción le había procurado tanto placer como relajamiento.”

Trabajó en la traducción con una premura que parecía intuir que aquella iba a ser no sólo su última misión, sino su obra más importante: “Aquel último manuscrito -escribe Rice- a Burton le parecía que había de ser la más grande de sus obras. Un buen día, mientras caminaba por el jardín en compañía de Baker, se detuvo en seco y dijo bruscamente: «He invertido mi vida entera, hasta la última gota de mi sangre, en The Scented Garden, y tengo la gran esperanza de que mi nombre perviva gracias a esa obra. Será el broche de oro de mi carrera».”

Poco después de su muerte, su viuda quemó el manuscrito a petición póstuma del propio Burton, que se le apareció tres veces para pedirle que lo destruyera: “Cuando se tuvo noticia de la quema de los papeles, los diarios, los manuscritos, de la mayor parte, en fin, de lo que había dejado Burton a su muerte, el escándalo sacudió los cimientos de Inglaterra, pero lo cierto es que el daño ya estaba hecho y era irreparable o, dicho de otro modo, el sacrificio ya se había celebrado y no había vuelta atrás: por mucha que fuese la cólera de las personas civilizadas, sería imposible reparar daño tan terrible”, escribe Edward Rice en el último capítulo de esta magnífica obra.

Y añade este párrafo sarcástico y demoledor sobre la biografía oficial de Burton que escribió su escandalizada y censora mujer: “Poco después Isabel se puso a escribir la biografía oficial, The Life, tarea que le ocupó solamente unos ocho meses, aun cuando la obra, una vez terminada, se publicase en dos volúmenes, con un total de mil trescientas páginas. «Que era una persona absolutamente inadecuada para semejante tarea es algo que debe de resultar evidente a todos aquellos que conocieran mínimamente a Burton», espetó Thomas Wright al llegar a un punto en el cual no pudo tolerar las vaguedades de lady Burton, sus prevaricaciones, sus confusiones y las «abundantes ofensas contra el buen gusto que contiene el libro». Ahora bien, tal y como Burton se había aparecido a su esposa en Trieste para ordenarle que procediese a la quema, se puso a su lado para ayudarla en la tarea de escribir su vida.”

Santos Domínguez 

12/2/24

Josep Pla. Lo infinitamente pequeño



Josep Pla. 
Lo infinitamente pequeño.
Austral. Barcelona, 2023.


Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Me gusta ir de tertulia a las tiendas y observar. Cuando en una tienda hay más de tres personas despachando detrás del mostrador -en los pueblos hay para esas cosas menos habilidad y vista que en Barcelona o en las grandes ciudades- se produce siempre la natural confusión y los peligros son constantes. Entre el pequeño comercio y el público, la situación es de una tirantez muy acusada.
Desde luego, hay personas absolutamente correctas y morales. Pero, además, hay dos clases de personas distintas.
Esa señora entra en la tienda en los tres momentos del día de máxima aglomeración y suele decir que ha olvidado las tarjetas. Paga una vez o dos, pero la otra vez es franca. Contra eso, no hay más remedio que te­ner una libreta de «descuidados», lo que aumenta el barullo notoriamente. Cuando llega el momento de abrir la libreta, la señora pone la cara y la sonrisa del «¡Ay, qué me dices!», como en el teatro.
Luego hay otro tipo de comprador -o de compra­dora- que aparece en las tiendas cuando no hay nadie, a la luz mortecina de las restricciones eléctricas. Cuando el comprador -o la compradora- señala su presencia en la tienda pidiendo algo, su bolso, cesto o capazo tiene un peso superior al que tenía al llegar. Es crudo, pero realísimo.

Esa es una de las escenas breves de Josep Pla que se recogen en el primer capítulo de los cuarenta y cuatro que componen el volumen Lo infinitamente pequeño que acaba de publicar Austral.

En 1954 apareció la primera edición de esta autoantología que realizó el propio Pla. Es una selección de los artículos que había publicado entre 1948 y 1952 en la revista Destino en la sección Calendario sin fechas y una magnífica muestra de su mundo literario y de su mejor prosa, de su ironía y su profundidad incisiva, de la amplitud temática y la capacidad para la observación y la descripción.

Lo subraya en su Introducción Jordi Cornudella cuando escribe que con esta antología “Pla ofrece un panorama generoso de su amplio espectro temático. La atención a la realidad más inmediata, el retrato incisivo de ciertas costumbres, la observación de la naturaleza, el análisis psicológico y el apunte sociológico, la reflexión gastronómica, la diagnosis del paso del tiempo, así como la sátira fina, el humor desternillante, la precisión descriptiva y la pincelada lírica, todos estos aspectos característicos de la riqueza literaria de Josep Pla quedan poderosamente representados en el libro.”

Con una mirada heredera de la de Montaigne y los moralistas franceses del XVII (La Rochefoucauld, La Fontaine, Pascal…), que fueron tan decisivos en su educación ética y estética, con una observación distante de la condición humana y un enfoque consiguientemente irónico de los comportamientos en los detalles minúsculos de la vida cotidiana, Pla aborda en esta significativa selección una enorme variedad de asuntos: desde la vida opaca del verano hasta la lucha contra el frío que fue una de sus constantes vitales, desde la materia culinaria hasta el cine o la ópera, desde la falda corta y “lo que los libertinos llaman las pantorrillas” a las tardes de los domingos en un casino de pueblo, pasando por sacamuelas itinerantes, dentistas finos y paellas valencianas; por el resfriado anual (“una cosa tan segura e ineluctable como el equinoccio de otoño o el solsticio de invierno”) y los bailes de agosto bajo la humedad del viento de lebeche; por la luna de enero (“la más clara del año”), los olores cuaresmales de la violetas y las mimosas; por la elegía del papel y la tristeza de los balnearios; por el peinado de los calvos, que no tienen actualidad en invierno, y el elogio del tabaco, “la principal muleta del estilo”. Lo defiende así ante el médico que le recomienda dejar de fumar en el artículo que cierra la selección, “Mi entrada en la felicidad”: 

Escribir no es una cosa mecánica y fría. Es un oficio cuya principal dificultad nace de la busca y captura de los adjetivos. Esta clase de endemoniados vocablos se buscan y capturan a través de unas pausas forzadas e intermitentes. Hay que elegir, pero hay que elegir con tranquilidad, pesando el pro y el contra de los elementos en presencia. Para ello, lo más indicado es realizar este trabajo fumando un cigarrillo.

La actitud crítica con la modernidad que recorre muchos de estos textos no evita una disposición indulgente y un talante comprensivo, un ceño suavizado a menudo por el humor, en fragmentos como este, tan agudos en su mirada, tan magistrales en su prosa:

Ya sabe usted -me dice un amigo de mi edad- que soy aficionado al ajedrez. Lo juego, un rato, antes de cenar, en el Casino. Juego mal, pero a veces me parece que hubiera podido jugarlo mejor. A pesar de mi temperamento nervioso, he podido resistir siempre que los mirones siguieran mis jugadas. El otro día se plantó un señor vertical detrás de mi silla. Era un forastero. Adoptó un aire meditabundo, bajó la cabeza, puso el brazo en ristre y se aguantó mucho rato, con el puño cerrado en la barbilla. Tuve constantemente la sensación de que aquel señor era realmente un entendido. Dio siempre la impresión de seguir profundamente toda la partida, y, además, de corregirla, in mente, con gran tino. Creo que la presencia de aquel excelente observador me ayudó y que aquella tarde tuve una cierta agilidad mental. Cuando, habiendo ganado, me levanté del tablero, pensé que aquel señor me diría algo relacionado con el juego. Me dijo: «¿Sabe usted que le clarea mucho el cabello?»

Y al fondo de todos estos textos, presentes muchos de ellos en otras recopilaciones de artículos como Calendario sin fechas, Las horas o La huida del tiempo, el escepticismo de un Pla convencido de que “la contemplación de la vida produce una constante sensación de sorpresa y de extrañeza. En el universo, cada día más científico, que nos rodea, hay un misterio constante: el hombre.”

Porque en la escritura de Pla y en el mundo literario representado en estos artículos, el humilde ámbito del hombre adquiere una dimensión superior y lo infinitamente pequeño acaba convirtiéndose en lo infinitamente grande.


Santos Domínguez 


9/2/24

Dos antologías esenciales de Francisco Ruiz Noguera

  


Francisco Ruiz Noguera.
Reincidencias.
Arroyo de la Manía Cuarenta y 8. Málaga, 2023


Francisco Ruiz Noguera.
la rueda 
(o simplemente los días)
Cuadernos Romero. Jákara Editores.
Málaga, 2022.


Con qué solemnidad y en qué silencio, 
ajeno a los elogios 
ante la maravilla de su industria, 
el único granado, 
hermético y redondo, regalaba, 
como cada verano, 
el cofre luminoso de su fruto.

Así también, ajena 
al poder lacerante de sus ojos, 
la juventud abierta, 
igual que una granada, a la hermosura, 
recortaba en el pecho 
la gracia de un perfil adolescente.

Ese magnífico poema, en el que resuena como un homenaje el ineludible eco magistral de Cernuda, abre la antología temática Reincidencias, de Francisco Ruiz Noguera, que aparece en una primorosa edición de “cincuenta ejemplares para amigos” en la admirable colección Arroyo de la Manía, dirigida por Rafael Inglada, heredero de la mejor tradición tipográfica española, la que tiene su centro en Málaga desde los años de Litoral.

En Reincidencias ha reunido Francisco Ruiz Noguera tres granados, dos manzanas de Tántalo y cuatro mediodías, dos buscas y tres límites con los que alimenta su ‘Ars vivendi’ en los cuatro principios que cierran esta entrega, la número cuarenta y ocho de Arroyo de la Manía:

Saquear las moradas de la vida. 

Soportar el rumor de la memoria.

Buscar la luz en medio de la niebla.

Mirar los ojos limpios de lo oscuro.

Cuatro propuestas vitales y cuatro ejes poéticos (vida, memoria, luz y mirada) que resumen un programa ético y estético sobre el que se sustenta la poesía de Ruiz Noguera, que en la nota a la edición explica que “hay veces en que, de forma recurrente, uno insiste -incluso con marcada distancia temporal- en ciertos asuntos que, por distintos motivos (¿emocionales, reflexivos, persistentes en el recuerdo?), resultan ser tan hondamente cercanos que parecen exigir su continuidad en el tiempo (aunque sea en apariciones discontinuas). En más de una ocasión he barajado la posibilidad/conveniencia de presentarlos reunidos. Este cuaderno recoge algunas de esas reincidencias esparcidas en libros publicados entre 1984 y 2014, treinta años”

la rueda (o simplemente los días) es el título de otro cuaderno, que forma parte de la colección Cuadernos Romero, que se publican en Málaga con la colaboración de Jákara Editores.

Es un conjunto antológico de diecisiete poemas que apareció en 2022 también en una tirada reducida de cien ejemplares. Un conjunto atravesado por la meditación sobre la vida y la escritura como búsqueda y evocación del pasado, por la celebración de la vida y la palabra en el cruce fugaz de la memoria y el deseo.

Lo cierra este espléndido ‘Donde arde la memoria’, que podría resumir el universo poético y emocional de Francisco Ruiz Noguera:

Hay veces que la luz con su potencia 
parece proyectar no ya sus rayos, 
sino volverse voz: voz de la vida 
que celebra los cuerpos, borra sombras, 
enciende primaveras y amortigua 
las imprevistas serias cuchilladas. 

Y es la luz la que, en días de silencio, 
de no celebración y de negrura, 
quisiera resurgir para alojarse 
en las gamas de todos los colores. 

Y buscar nuevamente manos, labios, 
miradas que nos lleven 
al lugar donde arde la memoria: 
llama encendida y viva, 
llama que en el recuerdo no es ceniza.

Dos recopilaciones breves y dos delicados cuadernos poéticos que resumen el itinerario poético de Ruiz Noguera y sus estaciones de paso: la memoria y el mar, el viaje de la sombra a la luz del mediodía, el tiempo y la belleza, la necesidad de aprehender el instante en la palabra y “el afán de decir” que es el centro de uno de sus poemas, ‘Límites/2’:

El afán de decir.

El mundo aprisionado en la garganta 
lima ya los barrotes 
y escapa hacia los labios.

El truco de ocultar 
la riqueza del mundo 
detrás de la palabra.

El afán de decir.

Colonizar la nada 
modelando con voces 
-en ejercicio vano- 
el caudal de la mente.

Es 
una gran tentación 
querer hacer explícito el espíritu.

Santos Domínguez 


7/2/24

El viaje infernal en la Antigüedad

  


Miguel Herrero de Jáuregui.
Catábasis. 
El viaje infernal en la Antigüedad.
Alianza Editorial. Madrid, 2023.



Nuestro tiempo, tan vitalista y futurista, mira con el mismo interés de los siglos pasados a los antiguos relatos del viaje al mundo de los muertos. Es un interés siempre renovado, que no se explica solo por la recurrente aparición de fenómenos como catástrofes naturales, guerras o pandemias, que hacen surgir diversas combinaciones de temor y esperanza propias de la reflexión intensa sobre el final de la vida, sino que revela una fijación permanente por la cuestión. Y aunque esta curiosidad desborda con mucho el ámbito académico, acude a él para encontrar respuestas. En la última década han visto la luz diversos estudios que abordan desde los descensos entre los antiguos sumerios a la Divina comedia, y más acá, el viaje al inframundo en la novela y el cine contemporáneos. Y es que hablamos de un fenómeno casi universal: de Gilgamesh a El corazón de las tinieblas, desde la mitología celta a los antiguos aztecas, en las culturas de todos los con­tinentes el tema del viaje al mundo de los muertos es un mito recurrente que sitúa al hombre en el cosmos, frente a la naturaleza, los difuntos y los dioses de acuerdo a las categorías de cada civilización.

Con ese párrafo se inicia el primer capítulo (‘Preparativos’) de Catábasis. El viaje infernal en la Antigüedad, de Miguel Herrero de Jáuregui, que publica Alianza Editorial en su colección de bolsillo.

Del mito de Orfeo y Eurídice a Tiempo de silencio, de la Divina Comedia al Quijote, de Eneas a Perséfone o de la Odisea al Ulysses, la bajada del héroe al Hades o a los infiernos es un mitema presente en todas las civilizaciones: un rito de reconocimiento del personaje que lo protagoniza, un proceso de encuentro consigo mismo y de evolución reorientadora de su conducta existencial. De ahí su transcendencia en la literatura y su presencia en las artes plásticas y en la música.

Un proceso que los griegos llamaron catábasis y que era el paso previo a la anábasis, el regreso desde ese mundo inferior que en el cristianismo y en otras religiones se asimila con la resurrección en figuras míticas como el egipcio Osiris o el fenicio Melkart.

De la literatura antigua generada por ese viaje de descenso trata Catábasis. El viaje infernal en la Antigüedad, el magnífico ensayo en el que Miguel Herrero de Jáuregui, catedrático de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid, hace un recorrido histórico por más de diez siglos de tradiciones textuales grecolatinas, desde la época arcaica hasta el siglo V d. C. 

“Entender mejor las ideas griegas y romanas sobre el viaje al Hades, tal como vienen reflejadas en los textos estudiados, es el único objetivo de este estudio -escribe Miguel Herrero-. La presencia de la catábasis en autores como Homero, Platón o Virgilio es interesante por sí misma, y también porque reflejan la importancia del tema en tradiciones anteriores y contemporáneas, e influyen en grado sobresaliente en otras obras posteriores.”

Ese recorrido en quince capítulos a través de textos y autores clásicos que abarcan más de un milenio se inicia con el culto a los muertos y los ritos que preparan su descanso eterno en ese reino del que Aquiles abominaba cuando le decía a Odiseo que prefería ser el último de los esclavos en el reino de los vivos que rey en el de los muertos.

Odiseo había bajado a los infiernos para que Tiresias le revelara el camino de vuelta a Ítaca. Y hasta mucho después de los textos homéricos no empezó a concebirse el Hades como un lugar en el que la gloria inmortal o la felicidad póstuma de ultratumba dependían de los méritos contraídos en vida, una idea que empieza a reflejarse en la literatura griega a partir del siglo VI a. C. 

Este es un libro que no pretende -explica Miguel Herrero- “ni por asomo, dar respuesta a las cuestiones eternas sobre la vida y la muerte, sino explicar las de los antiguos. Y ni siquiera para ellos el descenso al Hades era el modo de solucionar los problemas que suscita la realidad de la muerte, sino de plantearlos de modo narrativo, temporal y espacial, a través de una cosmografía existencial que sitúa a los hombres en el universo. Este no es un libro, por tan­to, sobre la salvación de la muerte en la Antigüedad (que será, por cierto, materia de otro estudio en un futuro próxi­mo): al contrario, el descenso al Hades era el modo más común, fecundo y lleno de posibilidades que griegos y romanos tuvieron para lidiar con la muerte. Su propósito, pues, es avanzar en la comprensión de los antiguos textos clásicos, y aportar orden y luz a un campo que, en demasiadas ocasiones, el entusiasmo excesivo y la ignorancia interesada oscurecen con las brumas de la confusión.”

En esa voluntad declarada de avanzar en la comprensión de los textos clásicos, Catábasis hace un recorrido por los poemas e himnos homéricos; por los fragmentos y las láminas órficas sobre el descenso del alma, el Olvido y la Memoria; por diálogos platónicos como el Fedón o La República; por tragedias de Eurípides como Alcestis o Heracles; por Las ranas, la comedia de Aristófanes; por las Geórgicas y la Eneida de Virgilio; por las Metamorfosis de Ovidio y de Apuleyo; por el De rerum natura de Lucrecio; la sátira de Luciano de Samósata, la escatología cristiana de la resurrección o las visiones apocalípticas del infierno en la poesía cristiana primitiva, porque, como destaca Miguel Herrero en un párrafo de su ensayo, “la catábasis florece de modo excepcional en los caminos entrecruzados de la literatura y la religión.”

Cierran el volumen dos índices, uno analítico y otro, muy útil y preciso, de pasajes citados a lo largo de este magnífico estudio sobre la catábasis como épica del alma.

Santos Domínguez 




5/2/24

Blancura y Melancolía de Jon Fosse

  


Jon Fosse.
Blancura.
Traducción de Cristina Gómez-Baggethun 
y Kirsti Baggethun.
Random House. Barcelona, 2023.



Jon Fosse.
Melancolía.
Traducción de Ana Sofía Pascual Pape.
Random House. Barcelona, 2023.


Melancolía y Blancura son las dos novelas con las que Jon Fosse se incorpora al catálogo de la editorial Random House en un proyecto que de momento abarca la traducción de cinco títulos, cuatro de ellos inéditos en español, y que se completará con la publicación del resto de su obra narrativa.

Estos dos primeros títulos, recién aparecidos, resumen el contraste de melancolía y de luminosidad que recorre la intensa obra narrativa de Fosse. Una obra poblada por personajes en busca del sentido de la existencia y atravesada por una honda indagación en la condición humana a través de las posibilidades expresivas del estilo. 

Blancura, que se publicó en la primavera de 2023, es su última obra: una brillante e intensa novela corta que explora el resplandor misterioso de la frontera entre la vida y la muerte. La leve trama de Blancura, organizada en un único párrafo y traducida por Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun, conforma una historia inquietante y perturbadora, llena de intensidad y belleza, sobre un hombre que viaja desorientado hacia ninguna parte y se queda atascado con su coche bajo la nieve y el barro antes de adentrarse a pie en un bosque oscuro, en una noche sin estrellas y en un espacio desconocido con voces y silencios:

No tenía ningún sentido meterse en el bosque oscuro para encontrar gente. Mucho peor que esto no recordaba haberme conducido nunca, primero atascaba el coche, luego me adentraba en el bosque para encontrar ayuda, ¿cómo podía haber pensado que iba a encontrar ayuda en el bosque? En el interior del bosque oscuro, menuda idea, bueno, no, una idea no podía decirse que fuera, era más bien una ocurrencia, o algo así, algo que simplemente se me había ocurrido. Una tontería, había sido. Una auténtica bobada. Una idiotez. Una idiotez pura y dura. ¿Y por qué haré yo estas cosas? Nunca lo he entendido. 

El encuentro con una luminosa silueta blanca reorienta ese viaje “hacia el interior de una nada vacía”. Monólogo y flujo libre de conciencia, fábula y sueño, alegoría y pesadilla de la entrada en las sombras de la noche, en la luz y en la nada, que esa es su evidente simbología, Blancura ofrece una síntesis destilada del mundo literario de Jon Fosse y de la tensión narrativa que había acreditado en toda su ya extensa trayectoria. 

Y es también una nueva muestra de la maestría de su prosa hipnótica y musical, tan característica de toda su admirable obra anterior:

y nos dice seguidme, y nosotros la seguimos, despacio, paso a paso, suspiro a suspiro, el hombre del traje negro, el que carece de rostro, mi madre, mi padre y yo, nos adentramos descalzos en la nada, suspiro a suspiro, y de pronto no quedan más suspiros, solo queda la criatura brillante y resplandeciente que ilumina una nada que respira, que es la qué hora respiramos, desde su blancura.

De esa admirable obra anterior forma parte uno de sus libros más significativos, Melancolía, cuyas dos entregas aparecieron en 1995 y 1996. Traducidas por Ana Sofía Pascual Pape, aparecen en Random House  en un solo volumen.

Organizada en dos partes rematadas por una coda que inserta la ficción en otra ficción del novelista Vidme a finales del otoño de 1991, Melancolía I tiene como centro la figura real del pintor noruego Lars Hertervig (1830-1902) y es una historia de amor imposible y de fragilidad de ánimo, de huida y obsesiones, de delirios febriles y ansiedad, de demencia y soledad, de inseguridad artística y frustración amorosa, sostenida en dos intensos y obsesivos monólogos interiores de un protagonista que se mueve entre la furia y la alucinación.

Así comienza el primero de esos monólogos, ambientado en Düsseldorf una tarde de otoño de 1853, cuando el pintor, entonces joven estudiante en la Academia de Bellas Artes, está paralizado por las dudas creativas y enamorado conflictivamente de Helene, la hija adolescente de la patrona de su pensión:

Düsseldorf, por la tarde, otoño de 1853: estoy echado en la cama, vestido con mi traje de terciopelo lila, mi fino y elegante traje y no quiero ver a Hans Gude. No quiero escuchar a Hans Gude decir que no le gusta el cuadro que estoy pintando. Solo quiero quedarme en la cama. Hoy no tengo fuerzas para ver a Hans Gude. Porque ¿y si a Hans Gude no le gusta el cuadro que estoy pintando y le parece que es penosamente malo? ¿Y si le parece que no sirvo para pintar y si Hans Gude se pasa su delgada mano por la barba y me mira duramente, con sus rasgados ojos, y me dice que no sé pintar, que no tengo nada que hacer en la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf, nada que hacer, ya puestos, en ninguna academia de bellas artes? ¿Y si Hans Gude me dice que nunca llegaré a ser pintor?

La búsqueda apasionada de lo sublime en el arte y en el amor le ponen al borde del colapso mental que provocará su ingreso en el sanatorio psiquiátrico de Gaustad, en un barrio de Oslo, de donde huye la mañana de Nochebuena de 1856. Esa huida es el eje del segundo monólogo de Lars, que se cierra así:

Tengo que caminar rápido. No puedo quedarme más tiempo en el sanatorio de Gaustad, tengo que volver a encontrar a mi amada Helene. ¿Y no es Helene la que veo allí abajo, al principio de la alameda? ¿Su vestido blanco? Sus ojos azules, ¿no son sus ojos azules los que colman el cielo, no son los ojos de Helene el cielo moteado de nubes? Bajo por la alameda. Atravieso la nieve blanca y ligera. Y los blancos copos de nieve se posan sobre mi ropa. […] Y sigo caminando por la alameda, porque ahora pueden arrojarme tantas bolas de nieve como quieran, dejo el sanatorio de Gaustad, voy a reencontrarme con mi amada Helene y oigo a Helge gritar que me cuelgue, grita Helge, yo sigo caminando por la alameda y pronto habré dejado el sanatorio y por fin seré pintor, y uno me grita que me cuelgue, yo sigo caminando por la alameda y pintaré tu retrato una y otra vez.

A manera de epílogo, cierra la novela una coda autobiográfica en la que Vidme, escritor fracasado, decide empezar una novela sobre Lars Hertervig, después de haber tenido “la mayor experiencia de su vida” ante un cuadro suyo una mañana en Oslo.

La segunda entrega de la bilogía, Melancolía II, mucho más breve que la primera, ambientada en Stavanger a principios del otoño de 1902, está construida desde la perspectiva femenina de Oline, la hermana mayor de Lars, que ha muerto en enero de ese mismo año. Es una meditación profunda y sutil sobre el tiempo y la decadencia física desde la mirada externa de la anciana Oline, que evoca el pasado compartido con su excéntrico y colérico hermano desde la infancia hasta la demencia.

Este fragmento de Melancolía II es una muestra de la escritura potente y musical, despojada y magnética de Fosse:

Y Lars vuelve a asentir con la cabeza. Y miro el cuadro del monte y de nuestro bote y veo que el cuadro se asemeja mucho a Lars cuando está así, es cierto que se parece al monte y a nuestro bote también, pero sobre todo se parece a Lars cuando está como está de vez en cuando. Me parece extraño ver hasta qué punto el cuadro me recuerda a Lars cuando está así. Es negro del mismo modo que Lars tiene de ser negro. La oscuridad es la misma. Es una oscuridad que no es apagada, sino que brilla, una especie de oscuridad luminosa. 
El cuadro se parece a ti, digo yo.

Santos Domínguez