29/9/14

Luis Landero. El balcón en invierno


Luis Landero.
El balcón en invierno.
Colección Andanzas. Tusquets. Barcelona, 2014.  


En una obra tan atravesada por la autobiografía como la de Luis Landero, El balcón en invierno, que acaba de publicar Tusquets en su colección Andanzas, es la más abiertamente confesional, la que más explícitamente se nutre de la memoria personal, la más intensa y seguramente también la más sincera y emocionada de cuantas ha escrito el autor de Juegos de la edad tardía y El guitarrista, novelas que de manera más indirecta integraban memoria personal y ficción narrativa.

Un Landero maduro y eficaz,  directo y emocionante, porque parte de estas historias las contó de modo más o menos elíptico en sus novelas o en Entre líneas, donde el autor aún se escondía tras la figura de su alter ego Manuel Pérez Aguado. Pero El balcón en invierno no es una novela: es la memoria de la infancia campesina y la juventud confusa de quien no era aún un artista adolescente en una familia de emigrantes que habían pasado del campo extremeño a la vida periférica en el barrio de Prosperidad, donde acababa Madrid en los años sesenta.

Sobre ese carácter indisimuladamente autobiográfico del libro aporta una pista pretextual la imagen que se ha elegido para la portada, con un Landero adolescente junto a su abuela Francisca, una de las presencias fundamentales de estas memorias que arrancan de una crisis creativa desde la que el novelista se asoma al balcón de los recuerdos:

Llevo escribiendo desde la adolescencia y ahora soy casi viejo, ya pueden verse las primeras sombras del crepúsculo al fondo del camino. Pronto empezarás a oler a viejo, pensé. Estás en una edad en la que las balas pasan cerca y, con suerte, podrás escribir aún dos, tres, cuatro libros quizá. Y siempre aquí, junto al balcón, junto a la acacia, y al fondo la estampa inalterable del inmueble vecino. Por si fuese poco, a veces caigo en la tentación de pensar que a mí en realidad no me gusta escribir, que a mí lo que me hubiese gustado es una vida de acción, y que todo esto de la escritura es el fruto de un espejismo, de un malentendido vocacional que se originó allá en la adolescencia, y que por tanto he equivocado mi vida y, a fin de cuentas, la he desperdiciado. La literatura me ha llevado además a estudiar filología y a ser profesor de literatura, a casarme con una filóloga, también profesora de literatura, a tener amigos filólogos abarrotar la casa de libros literarios, a rodearme de un modo casi enfermizo de plumas, de lápices, de sacapuntas, de cuadernos de todos los estilos y tamaños, de ingentes cantidades de papel. De adolescente soñaba con haber sido pistolero en el Lejano Oeste. Ahora cambio los cartuchos de tinta de la estilográfica con la misma rapidez y destreza que si recargara el revólver en una refriega contra los comancheros. Esto es lo que pienso en algunos momentos, mientras me quedo con los ojos suspensos en el aire.

Con esa alternancia natural de la primera y la segunda persona autorreferencial, El balcón en invierno es un texto atravesado por una dulce melancolía, porque este balcón se asoma más al tiempo que al espacio y se sitúa en un terreno de nadie, en un espacio intermedio que comunica el interior con el exterior, sí, pero sobre todo el pasado con el presente. 

Hay mucho en este libro de mirada elegiaca sobre el fracaso de los sueños, sobre los años perdidos y las historias olvidadas que ya no tendrán un narrador que las ponga por escrito para perpetuarlas; pero El balcón en invierno es también un canto emocionado a la existencia y una celebración de la literatura de un yo discreto y tímido que se asoma al balcón de la memoria un día de desengaño literario para ver pasar la vida, porque no sabes vivir sin escribir. No sabes. ¿Algo de tu vida, quizá de cómo la fantasía y el lenguaje fueron arraigando en tu alma hasta que, casi sin darte cuenta, te convertiste en poeta allá en la adolescencia? Pero eso, ¿será más fuerte y auténtico que la pura ficción? Vamos, vamos, ¿desde cuándo lo vivido, en literatura, es garantía de la verdad? ¿Y hasta qué punto el carácter imaginario de la memoria, y tu afición a la inventiva y al embuste, no te llevarán fatalmente hacia el derrotero de las patrañas novelescas? Con razón, ya de pequeño, todos decían de ti: Pero ¡qué mentiroso es este niño!

Y el recuerdo se remonta a un anochecer de septiembre de 1964, hace justo medio siglo: Salí al balcón, a ese espacio intermedio entre la calle y el hogar, la escritura y la vida, lo público y lo privado, lo que no está fuera ni dentro, ni a la intemperie ni a resguardo, y entonces me acordé de un anochecer de finales de verano de 1964.

Porque a veces el pasado no acaba nunca de pasar, el centro del libro es la muerte del padre, el episodio central de mi vida y el manantial de donde brota ciego e incontenible mi destino, /.../ porque ya no me dirigía a la calle sino hacia el futuro, era allí donde comenzaba mi verdadero futuro, el que con el correr de los años me traería hasta esta mañana en que escribo estas líneas, deudoras, como casi todo lo que he escrito en mi vida, de aquella tarde incesante de mayo.

Entre una infancia en el centro del mundo y una juventud de mentiroso casi profesional, entre el pasado y el presente, la figura del padre muerto –demasiado padre para mí- es el eje de este texto por el que también transitan la madre, las hermanas o el primo Paco, guitarrista y torero en ciernes, los oficios y los afanes del protagonista o el desdén de la rubia máxima del barrio y las consabidas catástrofes espirituales de los amores nuevos que te invitaban al suicidio o al arte.

Vidas oscuras y siluetas que se recortan en la memoria sobre el telón de fondo de unos tiempos sombríos, tiempos brutos, de infamia y de ignorancia, pero tiempos irrepetibles y mágicos para quienes no tuvieron otros que vivir.

Porque, pese a su título, este es un libro que mira más hacia dentro que hacia fuera, que habla de la niñez sin libros, del paso de la cultura oral a la literatura, de la emigración a la ciudad, de una infancia campesina y un barrio de casas bajas y pobres en el extrarradio, de los cambiantes oficios –repartidor, mecánico, oficinista, guitarrista- de aquel joven desorientado que fue canonizado en 1969 por un profesor decisivo que lo llevó del caos de sus lecturas al canon literario y que cincuenta años después se asoma desde el balcón al tiempo pasado más que al espacio exterior.

Un pasado que el recuerdo asocia a los coloquios familiares y a la magia de un mundo misterioso, a los miedos ancestrales y a las narraciones fantásticas de la abuela Francisca. Heredero de esa estirpe de narradores orales y del gusto por contar y fabular, Landero ha construido una vez más un texto que se desenvuelve con admirable fluidez narrativa, una virtud que tiene mucho que ver con la tonalidad oral de este texto escrito entre la nostalgia del pasado y la alegría del presente de quien explica: nunca tuve claro si yo pertenecía al colegio o al taller, a la ciudad o al pueblo, al mundo moderno o al mundo antiguo, a la clase media o a las clases humildes, o si era una mezcla, un híbrido de dos modos de vida inconciliables, y destinado por tanto a la extinción o la impostura.

Ese balcón que no está ni dentro ni fuera acaba convirtiéndose en un símbolo de la existencia del autor: ese ha sido siempre el signo de mi vida, la ambigüedad, el desarraigo, el merodeo, la vaguedad de los contornos, la indefinición de las tareas.

Y a ese balcón se asoma también el lector para comprobar con asombro y gozo que lo que en principio se planteaba como una crisis creativa se resuelve finalmente en uno de los mejores libros de Luis Landero, que vuelve a dar muestra de una prodigiosa capacidad narrativa para evocar un mundo que se mueve entre lo trivial y lo misterioso, entre un grano de alegría y un mar de olvido.

Santos Domínguez