21 enero 2026

Biblioteca Clásica Básica de la RAE

  






Miguel de Cervantes.
Don Quijote de la Mancha.
Edición de Francisco Rico.
Prólogo de Santiago Muñoz Machado.
Biblioteca Clásica Básica de la RAE.
Espasa. Barcelona, 2025.


Hace ahora quince años, en 2011, aparecieron los primeros títulos de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española (BCRAE), un proyecto que, preparado por Francisco Rico, que fue su director, reunirá en ciento once volúmenes la parte nuclear de la tradición literaria española e hispanoamericana hasta finales del siglo XIX. Una colección representativa de obras esenciales en ediciones que ofrecen -en palabras de sus responsables- “un texto crítico depurado, con los estudios y notas filológicamente más seguros y que mejor reflejan el estado actual de la investigación sobre los distintos temas.”
 
A ese catálogo imprescindible de clásicos entre el Cantar de Mio Cid y Los Pazos de Ulloa, todavía en curso de publicación pues se han publicado hasta ahora algo más de la mitad de las obras previstas, acaba de añadirse una nueva línea editorial, la Biblioteca Clásica Básica de la RAE, “la serie popular, que contempla la edición en rústica, a un precio más asequible, de los principales títulos de la BCRAE, desprovista de aquellos elementos que distraigan al lector o puedan interrumpir la lectura del texto sin más.”

Con el mismo rigor en la edición de los textos, este nuevo formato de bolsillo, será más asequible económicamente y prescindirá de algunas de las secciones de su hermana mayor, la Biblioteca Clásica: se eliminan los estudios preliminares, los epilogales y los anexos dedicados a cada obra, la bibliografía exhaustiva en torno a ella y las notas complementarias. En definitiva, se prescinde del amplio aparato crítico para ofrecer el texto precedido, de una breve introducción sobre el autor y la obra, con las ilustrativas notas a pie de página de la edición original en la Biblioteca Clásica.

Publicada por Espasa, como su colección mayor  de referencia, esta Biblioteca Clásica Básica se inaugura, como es natural, con el Quijote, en la edición canónica de Francisco Rico y en un formato muy legible y manejable.   

Abre el volumen una introducción en la que Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia, señala que “el Quijote ha mantenido, durante más de cuatro siglos, una presencia constante en el panorama editorial mundial, situándose entre las obras más leídas y traducidas de la historia. No ha transcurrido un solo año sin que se publicara una edición en español o en otras lenguas, lo que da cuenta de su vigencia universal. Esta posición privilegiada fue confirmada en mayo de 2002, cuando una encuesta organizada por el New York Times, en la que participaron cien escritores de más de cincuenta países, lo eligió como la mejor obra de ficción de todos los tiempos —«the world’s best work of fiction»—, situándolo muy por delante de autores como Proust, Shakespeare, Homero o Tolstói.”

Otros cinco volúmenes cervantinos (La Galatea, los Entremeses, las Novelas ejemplares, las Comedias y tragedias y el Viaje del Parnaso y poesías sueltas) completan la primera remesa de esta estupenda colección de clásicos de la lengua española.


Santos Domínguez 


19 enero 2026

Álvaro Cunqueiro. Sueño y leyenda


Antonio Rivero Taravillo.
Álvaro Cunqueiro.
Sueño y leyenda.
Renacimiento. Sevilla, 2025.

También Cunqueiro se arrima a sus historias, se adentra en ellas. Y en el viejo tapiz del mundo llegó a un desgarrón y, deshilachado, murió. Murió el hombre, no el soñar. Como él dijo en la conferencia que en 1976 pronunció en la UNED: «Muchas vidas llegan al final besando el polvo de la derrota, fracasadas, sólo se salva el sueño». Así la suya. Su obra, para cuya lectura este libro que acaba querría ser una modesta invitación, cada día que pasa está más viva. Es más: como se hacía eco Borges de lo que se decía de Gardel, mutatis mutandis, Cunqueiro «cada día escribe mejor».

Con ese párrafo cierra Antonio Rivero Taravillo Álvaro Cunqueiro, sueño y leyenda, su monumental biografía del autor gallego que publica Renacimiento.

Organizada en diecisiete capítulos cronológicos y rematada con un Epílogo recopilador y conclusivo, esta estupenda biografía -lamentablemente póstuma- es una meticulosa indagación en la vida y la obra de Cunqueiro, indisolublemente ligadas entre sí desde la juventud del autor, tal como se subraya desde el mismo título de sus capítulos, que suelen proponer guiños a los títulos de las obras cunqueirianas: Las mocedades de Álvaro, Fugas y cárceles, Como Fanto Fantini o de Merlín al Sochantre.

Porque, como explica Rivero Taravillo en su Introducción, “esa vida no tiene interés desligada de su obra literaria, que ilumina a aquella. Aquí se intenta vincular ambas, vida y obra” para destacar la importancia que en ella tiene “desde fecha muy temprana, lo fantástico, ese cristal con el que ilumina y tornasola la historia, la literatura, saberes ambos que pone al servicio de su imaginación.”

Y aunque Cela lo despreciaba como un “narrador a escala diocesana”, que “solo pudo tener una mínima prevalencia apoyado en su tiempo por la Secretaría General del Movimiento”, Rivero Taravillo reivindica su obra en estos términos:

Siendo Álvaro Cunqueiro un escritor tan grande (probablemente el mayor de su tierra galaica del siglo XX, ya se dijo, y acaso uno de los diez más importantes del conjunto de las Españas de ese periodo –ya se va viendo–), lo que corresponde a su personalidad, a sus vicisitudes, a la trastienda (o en su caso, rebotica) de su creación, es algo que incumbe a todo aquel que quiera conocer mejor, en España o fuera de ella, nuestras letras.

Y es que “aunque su nombre suele pasar desapercibido para la mayoría de lectores en español, es aquí donde su obra destaca aún más sobresalientemente si cabe, porque a los temas que aborda se suma un donaire que es potenciado por un idioma con timbres galaicos, rasgos perfectamente analizables desde el rigor de la filología y apreciables y apreciados simplemente por el gusto de los lectores. A él no le gustaba que se alabara su estilo, que veía como resultado natural y no búsqueda, pero lo cierto es que el español de Cunqueiro, con independencia del asunto que trate, tiene siempre algo superior, sabroso, digno de ser paladeado, y esto seguramente venga de la influencia del gallego en su español, lo mismo en el léxico que en la sintaxis y hasta la gramática: esas formas como «paréceme» que en otros se leerían como decimonónicas, añosas y de fruncido ceño, académicas de frac como de mantenedor de juegos florales (cosa que él fue a menudo), por magia de la literatura en él no sucede esto ni por asomo.”

Apoyada en una sólida investigación, en un riguroso trabajo de rastreo en hemerotecas de sus centenares de artículos, de variadas fuentes bibliográficas y documentales, en testimonios orales y escritos y en la lectura de la obra del biografiado, esta detallada biografía es una invitación indeclinable para volver a visitar el mundo deslumbrante de Álvaro Cunqueiro a través de la selección de textos que ilustran sus capítulos, a través de sus escenarios galaicos y mindonienses, sus temas, sus claroscuros, sus imposturas y falsedades autobiográficas y su fondo conflictivo. Porque -señala Rivero Taravillo, que nunca somete su mirada crítica a la admiración por Cunqueiro- “a la postre, se verá que Cunqueiro, como todo gran creador, como todo genio, fue una persona llena de conflictos. Sacrificó a la comodidad burguesa, al bienestar de unos hijos a los que dio carreras, a un estatus como persona respetada e invitada a todas partes, la obra, que es decir la fantasía, el sueño, el meollo de su existencia. Es duro decirlo así, pero Cunqueiro traicionó al gran escritor que llevaba dentro por las treinta monedas de plata de las cuantiosas colaboraciones, no siempre en prensa; por los oropeles que su figura otorgaba a otros, cuando él mismo era el oro que más relucía en la literatura de aquellos años. ¿Le habría convenido escribir menos artículos y ponerse a una obra más exigente y cuidada, aun a riesgo de pasar hambre? Seguramente, pero tenía obligaciones familiares. Con todo, mucho de lo mejor que escribió está precisamente en esos artículos, muchos de ellos próximos al cuento.”

Como sus admirables biografías de Cernuda y Cirlot, este ambicioso, esforzado y cumplido Álvaro Cunqueiro, sueño y leyenda quedará como un texto de referencia, no sólo en la bibliografía de Cunqueiro, sino como modelo ejemplar del género biográfico en español.  Así lo ve el propio autor:

Este libro se reconoce por intención, y ojalá que por los resultados obtenidos, en la familia de las llamadas «biografías anglosajonas». Sea esto lo que signifique para otros, aquí se emplea en el sentido de rigurosa, exhaustiva, apoyada en una gran documentación, atenta a los hechos y sin rehuir interpretaciones cuando es pertinente ni que ello empezca para cierta ligereza «latina», más atenta al elemento humano y, por qué no, a la amenidad.

Y, como dice la lápida de su tumba en Mondoñedo, de esta biografía, que es además una antología significativa de textos de Cunqueiro, también se podría decir que “Aquí yace alguien que, con su obra, hizo que Galicia durase mil primaveras más.”

Santos Domínguez 



16 enero 2026

El arte de correr


 Andrea Marcolongo.
El arte de correr.
De Maratón a Atenas, con alas en los pies.
Traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya.
Taurus. Barcelona, 2025.

“A lo largo de mis treinta y cuatro años ha habido dos cosas que me han traído al mundo, aparte de mi madre. Dos cosas que no solo me han cambiado la vida, como se suele decir, sino que más bien me han hecho entender la vida y, por lo tanto, en definitiva, vivirla. 
La primera ha sido el griego antiguo, conocido en los pupitres del liceo clásico cuando tenía catorce años. La segunda ha sido correr, actividad con la que me crucé a orillas del Sena en las postrimerías de un verano, hace ya tres años. 
De ese segundo descubrimiento -o, mejor dicho, de esa segunda epifanía- es de lo que pretendo hablar en este libro”, escribe Andrea Marcolongo en El arte de correr, que publica Taurus con traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya.

Subtitulado De Maratón a Atenas, con alas en los pies, El arte de correr es una reflexión sobre el esfuerzo, a veces doloroso, de la carrera continua, sobre la extraña necesidad de correr y sudar y sobre los antecedentes de esa actividad física en la Grecia clásica.

Apoyada en su experiencia reciente de corredora aficionada que no había hecho nunca deporte, en su determinación de correr los casi 42 kilómetros de la primera maratón que inauguró hace más de dos mil quinientos años, el 12 de septiembre del 490 a. C., el soldado Filípides cuando fue corriendo desde Maratón a Atenas para anunciar la victoria sobre los persas -«Νενικήκαμεν» (¡Hemos vencido!)- antes de caer muerto por el esfuerzo, y en De arte gymnastica, el primer tratado deportivo de la historia, escrito por el filósofo Filóstrato de Atenas en el siglo III d. C., Andrea Marcolongo explora y asume las lecciones de los clásicos en relación con la actividad física y su relación con el pensamiento y con la belleza. De hecho, Σοφία -«sabiduría»- es la primera palabra del tratado de Filóstrato, que defiende en sus primeras líneas que “la gimnástica es un saber no inferior a los otros.”

Cuando siete siglos después de la batalla de Maratón, Filóstrato buscaba una explicación a la decadencia de los griegos, como señala Andrea Marcolongo, “no abrigaba duda alguna: el principio del fin había que localizarlo en la flojera de los músculos de los griegos que eran contemporáneos suyos, espejo perfecto de sus pensamientos fútiles y fofos. Los grandes resultados deportivos de los atletas helénicos en las Olimpiadas eran ya un lejano recuerdo que había que contemplar en las estatuas de mármol deterioradas que reproducían a los vencedores y en los poemas olvidados que cantaban sus gestas. Si bien, como dice el filósofo, «los leones de hoy no son en nada inferiores a los de antes, y lo mismo podría decirse de los perros, los caballos y los toros; en el reino vegetal, las viñas de hoy crecen igual que las de antaño, como también los frutos de la higuera; nada ha cambiado con respecto al oro, la plata y las piedras preciosas; sino que, al contrario, siguiendo los dictámenes de la naturaleza, todas estas cosas son iguales ahora que antaño», es evidente que el carácter de los hombres, que biológicamente siguen siendo idénticos a los de antaño, de repente se ha vuelto muelle debido a la pereza y a la falta de ejercicio: «Aquellas cualidades que brinda la naturaleza han sido deformadas […] a causa de entrenamientos inadecuados y de prácticas poco apropiadas».”

El núcleo de sentido del tratado de Filóstrato “era comprender ante todo qué es el deporte y, por lo tanto, de qué hablamos cuando nos referimos a la actividad física”, explica Marcolongo, que resume así su propio proyecto vital e intelectual en torno al arte de correr entendido no sólo como ejercicio físico sino también como ejercicio intelectual, porque “el entrenamiento no se describe como un camino hacia el éxito, sino como una práctica de resistencia, de repetición, de formación interior. La armonía entre cuerpo y pensamiento no es una metáfora: es una necesidad vital.”

Desde que intuí que detrás de la carrera a pie había mucho más que una cara enrojecida y unas agujetas generalizadas, entender qué es verdaderamente la actividad deportiva me resultó más necesario que nunca. De hecho, enseguida comprendí que el bienestar que sentía después de entrenarme -y algunas pocas veces mientras me entrenaba, si encontraba el valor necesario para guardar las distancias entre la cama y yo- no podía circunscribirse solo a los músculos y su movimiento mecánico. Lo que estaba en movimiento era todo mi ser, físico, mental, emotivo, espiritual, que imploraba que me moviera para estar bien más allá del simple aspecto saludable del asunto. 
Ha sido para arrojar luz sobre todo esto por lo que he hecho del Gimnástico de Filóstrato la principal referencia teórica del presente libro. Las piernas, en cambio, las he puesto yo sola.

Y así se preparó la intrépida autora para correr en solitario, como en 1983 había hecho Murakami (De qué hablo cuando hablo de correr), los 41,8 kms. de distancia entre Maratón y la Acrópolis, porque “los años que he pasado peleándome con la lengua griega para intentar «pensar como pensaban los griegos» me han empujado a cambiar de estrategia; tras estar años sentada ante mi mesa de trabajo rodeada de libros y manuales de gramática, tengo la sensación de que ha llegado para mí el momento de levantarme e intentar «correr como corrían los griegos».”

“En pocas palabras, después de pasarme toda una vida atormentándome para entender qué es el tiempo, correr me ha liberado de esa obsesión, trágicamente proustiana y acto seguido, sin escapatoria posible, me ha impuesto otra: comprender qué hay dentro del tiempo.”

Dejo para terminar esta reflexión en la que nos reconoceremos muchos de quienes, como Murakami en Hawái, como  Marcolongo en París, salimos a correr cada mañana, bajo el sol o la lluvia, con frío o con calor:

A veces me pregunto si todo este andar corriendo de aquí para allá no es más que un intento desesperado de ir más deprisa que el dolor. De una cosa estoy bien segura: todos los corredores que por las mañanas nos obstinamos perversamente en atarnos los cordones de las zapatillas de deporte somos unos grandes masoquistas.





  Santos Domínguez 





14 enero 2026

El mundo según Camba

 

Julio Camba.
El mundo según Camba.
Diccionario literario y sentimental.
Prólogo de Andrés Amorós.
Edición de Javier Jiménez.
Fórcola. Madrid, 2025.

“El espíritu de la civilización es esto, este espíritu de sociabilización, de colectividad, del que no tenemos nada en España. Si los franceses no tienen personalidad, es porque la civilización la ha suprimido. Lo más personal del mundo es el salvaje y, después, el español. La civilización no hace individuos, sino pueblos. Pero yo no he averiguado todavía qué cosa es mejor: si ser un estúpido y vivir en una gran ciudad como París, o tener mucha personalidad en Madrid”, escribió Julio Camba en “La insignificancia personal y la significación colectiva”, un artículo incluido en el volumen París.

Esas líneas las recoge (s.v. CIVILIZACIÓN) Javier Jiménez en su edición de El mundo según Camba, un espléndido Diccionario literario y sentimental que resume el universo de Camba.

Lo publica Fórcola con un prólogo en el que Andrés Amorós señala que “el diccionario, puede servir de excelente introducción, para que el lector descubra a ese escritor; o, si ya lo conoce, puede ser un buen recordatorio, para que se deleite, volviendo a recorrer su itinerario espiritual.”

Dos virtualidades que cumple con brillantez esta recopilación de fragmentos extraídos de los artículos de Camba, un autor que, como destaca el editor en la dedicatoria, “siempre procuró atenerse a un solo principio: no aburrir nunca a sus lectores.”

Y en efecto, los lectores que ingresen por primera vez en el mundo cambiano para descubrirlo o quienes hayan frecuentado sus textos y vuelvan a visitarlos en esta recopilación entrarán en el ámbito diverso y divertido, lúcido y agudo de uno de los mejores articulistas del siglo XX español.

No se trata de una nueva recopilación de textos de Camba como la reciente Se prohíbe hablar con el conductor, que apareció en esta misma editorial, sino de un diccionario de autor elaborado a partir de una lectura selectiva que propone “una ordenación de-construida de la personal visión del mundo que Camba reflejó en sus artículos.”

Como en FEMINISMO:

Acaso el verdadero feminismo consista en esto: no en la relación de la mujer con el hombre, sino en la relación de unas mujeres con otras. Para las mujeres será siempre fácil convencernos de su bondad, de su inteligencia, de su discreción, etc.; pero y a ellas, ¿quién las convencerá? ¿Quién convencerá nunca a una mujer de que las demás valen algo? (“Sobre el feminismo”) 

Un diccionario ilustrado de autor que es otra manera de hacer una antología representativa del mundo de Camba, de su enorme variedad temática y de su mirada irónica, distante y humorística. Con esa mirada personalísima, con una prosa que une la agilidad y la precisión del periodismo a una alta calidad estilística, está plenamente representado en estos fragmentos el que quizá sea el mejor Camba, un Camba dueño de un mundo propio en el que caben la seriedad y el humor, el campo y la ciudad, el pasado y el presente.

Un Camba que escribe sobre asuntos como el aburrimiento y el amor, los barberos y las bibliotecas, la gastronomía y la religión, la política y las modas, el clima y la muerte, la ciudades y las costumbres, el dinero y la enfermedad, la literatura y los vegetarianos, los países y los paisajes, el humor y la historia, la nieve y los madrileños, el ocio y la pereza, Inglaterra y Galicia, el turismo o Baroja, del que escribió en Caricaturas y retratos

Yo no le he admirado nunca por sus cualidades, sino por sus defectos. No le he admirado, a pesar de sus incongruencias, sino por sus incongruencias, ni a pesar de sus faltas gramaticales, sino por sus faltas gramaticales, ni a pesar de sus ideas absurdas, sino por sus ideas absurdas. Y el día en que Baroja escriba un libro razonable, con ideas sensatas, con buena gramática y con un plan lógico, no seré yo quien se gaste tres cincuenta en adquirirlo.

 “Es el propio Camba quien habla en cada vocablo -explica el editor Javier Jiménez en la Nota inicial-. Salvo en una sola ocasión, no reproducimos artículos completos. El editor, con paciencia y tesón, ha coleccionado aquellos vocablos -expurgados de sus artículos- que, en su opinión, reflejan mejor la singular personalidad del periodista y dan cuenta de su peculiar visión de las cosas del mundo.”

Dejo para terminar dos muestras, de diferente tonalidad y enfoque, extraídas de entre las decenas de entradas de este peculiar Diccionario literario y sentimental que contiene en casi cuatrocientas páginas el ancho mundo de Julio Camba:

 CAFÉ: No creo que se haya hecho en el mundo ninguna invención más contradictoria que la del café sin cafeína […] No hay que confeccionar el café, que es una bebida excitante, eliminando de él todos los elementos que puedan excitarnos. No hay que preparar el vicio con los elementos de la virtud. Antes la honestidad estaba muchas veces corrompida. Ahora está corrompido hasta el vicio. No hay pureza, no hay honestidad ni en el vicio siquiera. También el vicio tiene sus hipócritas y sus simuladores. ¿A dónde iremos a parar? (“El café sin cafeína”).

FILISTEOS: Tienen todas las ideas y no poseen una sola; defienden todas las teorías y no admiten ninguna; escriben hoy con la tinta roja de los revolucionarios y emborronan mañana sus cuartillas con la tinta negra de los neos. El cerebro entorpece sus planes y lo ocultan como un trasto inútil; detrás del estómago. Para ellos no hay más que un ideal supremo y una suprema verdad: el cocido. Son los fariseos de la pluma; los mercaderes del pensamiento; los Judas de la inteligencia. Son menos todavía. Son los eunucos del serrallo de las ideas, castrados cerebralmente por el amo implacable. Aunque pretendieran pensar por cuenta propia, no podrían hacerlo; carecen de potencia generatriz sus ganglios entumecidos, y en sus corazones ni palpita el amor ni se estremece el odio. A veces triunfan. Con sus bajezas, con sus rastrerías, con sus servilismos, consiguen levantar el nombre del montón anónimo, y el público les sonríe. Pero su triunfo es pasajero, como todos los triunfos que se obtienen siguiendo corriente abajo el gusto vulgar y las pasiones reinantes. Mueren sin haber creado una sola idea, sin haber matizado siquiera un solo pensamiento. Mueren, y de su vida no queda nada absolutamente en el mundo. Un suelto de dos renglones forma todo su epitafio y constituye toda su memoria. (“¡Filisteos!”)

Una inmejorable manera de ingresar o de regresar al territorio literario de Julio Camba.

Santos Domínguez 


12 enero 2026

Postguerra. Una Historia de Europa desde 1945




 Tony Judt.
Postguerra. 
Una Historia de Europa desde 1945.
Traducción de Jesús Cuéllar, Victoria E. Gordo del Rey y Álvaro Marcos. 
Taurus. Barcelona, 2025.

“Todo lo que se ha escrito, tan solo en lengua inglesa, acerca del breve periodo de sesenta años de la historia de Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial (especialmente sobre este periodo más que ningún otro) resulta inabarcable.
  Nadie puede por tanto aspirar a escribir una historia del todo exhaustiva o definitiva de la Europa contemporánea. En mi caso, mi propia inadecuación para la tarea se ve agravada por la proximidad: nací poco después del final de la guerra y soy contemporáneo a la mayoría de los hechos descritos en este libro, por lo que recuerdo haber conocido, observado o incluso participado en gran parte de esta historia según se ha ido desarrollando. Si este hecho facilita o dificulta mi comprensión de la historia de la Europa de la postguerra es algo que desconozco. Lo que sí sé es que a veces puede complicar bastante la tarea de encontrar el desapasionado distanciamiento del historiador.
  Este libro no ambiciona tamaño objetivo de imparcialidad. Sin renunciar, espero, a la objetividad y la justicia, Postguerra presenta una interpretación claramente personal del pasado reciente europeo. Utilizando un término que inmerecidamente ha adquirido connotaciones negativas, se trata de un libro apasionado. Algunas de sus opiniones pueden resultar quizá controvertidas, otras sin duda equivocadas. Todas son falibles. Para bien y para mal, son mías, como también lo son los posibles errores que inevitablemente han de surgir en un trabajo de esta extensión y alcance. Pero si su número no es excesivo y al menos algunos de los juicios y conclusiones de este libro son perdurables, se debe en gran medida a los muchos expertos y amigos en quienes he confiado durante el proceso de su investigación y redacción”, escribe Tony Judt en el prólogo de Postguerra, que acaba de publicar Taurus en un monumental volumen de más de mil doscientas páginas, con traducción de Jesús Cuéllar, Victoria E. Gordo del Rey y Álvaro Marcos y con una sobrecubierta que resume en sus cuatro imágenes la pluralidad de temas y enfoques de un periodo histórico tan complejo como el de la postguerra en Europa.

Veinte años después de su edición original, Taurus recupera la obra maestra del historiador británico Tony Judt (Londres, 1948- Nueva York, 2010). Un libro que desde su aparición en 2005 ha ido creciendo en influencia y consolidándose como un referente de los estudios de Historia Contemporánea.

Con una admirable capacidad narrativa, unida al rigor documental sobre la que se cimenta, Postguerra es una reconstrucción de la reconstrucción europea tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial y la sombra alargada de los conflictos que han marcado su historia reciente: desde la Guerra Fría hasta los conflictos en los Balcanes, desde las dictaduras fascistas y comunistas en la Europa de postguerra al 1968 del Mayo francés y de la Primavera de Praga, desde el auge y caída del comunismo hasta las tensiones de los nacionalismos separatistas, desde la Revolución de los Claveles hasta la Perestroika.

Articulada en cuatro partes (Postguerra: 1945-1953, El malestar en la prosperidad: 1953-1971, Himno final: 1971-1989 y Después de la caída: 1989-2005) subdivididas en veinticuatro capítulos, Postguerra es un análisis riguroso de las consecuencias políticas, sociales y culturales de la Segunda Guerra Mundial en la configuración de la Europa contemporánea, desde el castigo a los perdedores hasta la matanza de Srebrenica, pasando por el Plan Marshall, los años de prosperidad económica y descontento social o la voluntad de construir un proyecto común europeo.

Un ejercicio difícil y arriesgado, porque el campo de trabajo y análisis, delimitado entre 1945 y 2005, llega hasta hechos muy próximos para los que quizá haya poca perspectiva y mucho material que desbrozar. Y Jundt aborda ese reto combinando la postura del historiador distante que maneja las estadísticas de muertos, refugiados o desaparecidos con la mirada del analista de la actualidad y con una admirable voluntad de abarcar todas las aristas de la realidad en los sesenta años que son objeto de su estudio.

Un abundante despliegue fotográfico ilustra los hechos más significativos de este período histórico delimitado gráficamente entre una primera imagen de 1945, en la que un niño camina junto a los cadáveres de cientos de antiguos internos del campo de concentración de Bergen-Belsen, tendidos al borde de una carretera comarcal, y otra de 2005 en la que el canciller alemán Gerhard Schröder pronuncia un discurso en el sesenta aniversario de la liberación de Auschwitz.

Y en medio, decenas de imágenes que resumen la amplia temática que afronta esta magnífica Postguerra: de la construcción del muro de Berlín en 1961 al desmantelamiento de los últimos restos del colonialismo o a la ocupación estudiantil de la Sorbona; de la socialdemocracia y el estado de bienestar a Sartre o a iconos cinematográficos como Brigitte Bardot o a los Beatles: del terrorismo de las Brigadas Rojas, la Baader-Meinhof o la ETA al desastre nuclear de Chernóbil o a la creciente inmigración de población islámica en Europa.

Porque -escribía Jundt en 2005- “desde la década de 1980, y especialmente desde la caída de la Unión Soviética y la ampliación de la UE, Europa se enfrenta a un futuro multicultural. Los refugiados, los trabajadores extranjeros, los habitantes de las antiguas colonias de Europa atraídos hacia la metrópoli por la perspectiva de los puestos de trabajo y la libertad y los emigrantes voluntarios e involuntarios procedentes de los Estados fracasados o represivos de las ampliadas márgenes de Europa, han convertido Londres, París, Amberes, Ámsterdam, Berlín, Milán y otra docena de lugares más en ciudades cosmopolitas, les guste o no.
Esta nueva presencia de los «otros» habitantes de Europa (por ejemplo, solo en la Unión Europea hoy constituida, el número de musulmanes probablemente alcanza hoy los quince millones, más otros ochenta millones que esperan su admisión en Bulgaria y Turquía) ha puesto de relieve no solo el presente malestar de Europa ante la perspectiva de una variedad aún mayor, sino también la facilidad con la que los «otros» muertos del pasado de Europa fueron borrados de su pensamiento. A raíz de 1989 ha resultado más claro que nunca hasta qué punto la estabilidad de la Europa de la postguerra descansaba en los logros de Yósef Stalin y Adolf Hitler. Ambos dictadores, con la ayuda de sus colaboradores durante la guerra, consiguieron arrasar por completo el mapa demográfico sobre el que entonces se cimentarían las bases de un continente nuevo y menos complicado.”

Abre el volumen un prólogo de 2023 a esta nueva edición. Un prólogo en el que  Timothy Garton Ash explica que “este libro ha pasado a formar parte de la propia historia que describe. Transcurridos casi veinte años desde su publicación original, Postguerra de Tony Judt sigue siendo la obra más leída, citada y admirada de cuantas abordan el periodo histórico que enmarca su título. Libro y época son ya inseparables.
Capaz de combinar el detalle minucioso con la audacia argumentativa, Postguerra constituye además una hazaña de síntesis e interpretación. No se limita, como hacen tantos manuales, a exponer en paralelo los aspectos políticos, económicos, sociales e intelectuales: los integra. Judt muestra un profundo respeto, propio de la tradición empírica británica, por la precisión fáctica y los matices, pero también otorga una atención rigurosa al poder de las ideas y a «la vida del espíritu». A ello hay que sumar su característica pasión moral, sazonada a su vez con los juicios agudos y punzantes que tan familiares resultarán a los lectores de sus artículos para The New York Review of Books, cabecera en la que, bajo la dirección del legendario Robert Silvers, Judt forjó su conversión de historiador académico especializado en intelectual público.”


Santos Domínguez 



09 enero 2026

Quevedo. Lo fugitivo permanece

 


Francisco de Quevedo.
Lo fugitivo permanece.
Antología poética.
Selección, introducción y notas 
de Rodrigo Cacho Casal.
Alianza Editorial. El libro de bolsillo. Madrid, 2025.


Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son las que ostentó murallas,
y tumba de sí propio el Aventino.

Yace, donde reinaba el Palatino;
y limadas del tiempo las medallas,
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades, que blasón latino.

Solo el Tíber quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya sepultura
la llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.

Del último verso de ese espléndido soneto de Quevedo, A Roma sepultada en sus ruinas, procede el título de la amplia antología de la poesía quevedesca que publica El libro de bolsillo de Alianza Editorial con selección, introducción y notas de Rodrigo Cacho Casal.

En ese oxímoron entre lo fugitivo y lo permanente vive siempre la poesía de Quevedo, un poeta mayor que se mueve siempre, como todo lo barroco, en el territorio del desgarramiento afectivo: entre lo ideal y lo material, entre lo escatológico y lo sublime, porque -como escribe Rodrigo Cacho en su Introducción- “la desbordante abundancia de la obra quevediana se mueve en un espacio fluido y ambiguo, y pese a la cantidad de estudios que se le han dedicado desde el siglo XIX, la crítica todavía no se ha puesto de acuerdo sobre aspectos centrales de su estética e ideología. Sus escritos y sus palabras parecen contradecirse a menudo, tejiendo paradojas.”

Seguramente es inútil buscar centro o margen en una obra tan compleja, tan contradictoria como todo el ejercicio estético del Barroco, que fue en literatura y en las artes plásticas el arte del contraste y del claroscuro (vida/muerte; belleza/monstruosidad; luz/sombra; fuego/hielo). Un arte dinámico que permuta constantemente el centro y el margen, la realidad y la fantasía, la vigilia y el sueño. 

Y precisamente esa condición dinámica y poliédrica de la escritura de Quevedo se refleja en la pluralidad temática y en la variedad de tonos y formas métricas que ofrece su extensa obra poética, que por cierto no reunió nunca en una edición en forma de libro. 

Paradójicamente, Quevedo, que había sido el primer editor de la poesía de Fray Luis de León o de Francisco de la Torre, murió sin publicar en un volumen la suya propia, pese a que al parecer la tenía no solo prevista, sino también reunida y organizada, al menos en parte, en El Parnaso español, que se publicó póstumo en 1648, tres años después de su muerte, al cuidado de José González de Salas.

Hasta entonces su obra poética había circulado en copias manuscritas y a veces en impresos no autorizados, lo que explica el complicado laberinto de variantes textuales en el que se tienen que internar quienes pretenden editar la poesía quevedesca.

Esta antología ofrece un extenso repertorio poético quevedesco, extraído del Parnaso español o de Las tres Musas últimas castellanas. Segunda cumbre del Parnaso, que editó en 1670 su sobrino Pedro de Aldrete, y clasificado, como en ese volumen que recopiló su poesía por primera vez, en función de la temática tratada y de la estrofa utilizada (Poemas encomiásticos, Poemas morales, Poemas fúnebres, Poemas amorosos, Letrillas, jácaras y bailes, Poemas burlescos, Sonetos pastoriles, Silvas y Poemas religiosos). 

“Este es, desde luego, mi Quevedo; tan personal y arbitrario como el de los otros editores que me han precedido en esta labor -afirma Rodrigo Cacho en la introducción de su estupenda antología-. Espero, no obstante, que pueda ser también el Quevedo de todos, y que estos versos despierten en los lectores las incontables emociones, iluminaciones y carcajadas que siempre me han regalado a lo largo de los años.”

Encabezada cada una de las secciones por una breve y esclarecedora introducción que resume los rasgos temáticos y estilísticos de cada modalidad poética, se respeta así la misma distribución temática que el propio Quevedo había previsto en El Parnaso español: con seis musas (Clío, Polimnia, Melpómene, Erato, Terpsícore y Talía) que se corresponden respectivamente con los seis primeros bloques temáticos. A esas seis musas se agregaron  otras tres (Euterpe, Calíope y Urania) en la edición de Aldrete.

A esos textos se les añade en esta antología, minuciosa y sabiamente anotada, un apéndice que recoge un conjunto de sonetos satíricos y burlescos no incluidos en El Parnaso español. Textos que completan una selección muy representativa de la pluralidad de temas y registros de la poesía de Quevedo, que como decía Borges “es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura.” 

Está aquí el poeta que, aunque desconoció el amor, llevó el petrarquismo a una de sus cimas y escribió alguno de los mejores sonetos amorosos de la poesía española, como Amor constante más allá de la muerte, pero a la vez ridiculizó mitos como el de Apolo y Dafne en otro memorable soneto (A Apolo siguiendo a Dafne) que comienza con este cuarteto, tan explosivo que hace prescindible y olvidable el resto del soneto:

Bermejazo platero de las cumbres
a cuya luz se espulga la canalla, 
la ninfa Dafne, que se afufa y calla,
si la quieres gozar, paga y no alumbres.

Ese mismo poeta burlón, ácido e inmisericorde que escribió alguna de las sátiras más crueles de la lírica en castellano es el grave poeta moral que avisa del paso del tiempo, el agudo ingenioso que dominó el idioma como pocos, el político crítico contra Olivares, el poeta en el que emergen las lecturas de la literatura clásica, de Séneca y el estoicismo cristiano de Justo Lipsio o de la tradición bíblica. 

El poeta capaz de escribir estos dos sonetos tan magistrales y tan diferentes en su tono y su mirada:

 ARREPENTIMIENTO Y LÁGRIMAS 
DEBIDAS AL ENGAÑO DE LA VIDA

Huye sin percibirse, lento, el día,
y la hora secreta y recatada
con silencio se acerca, y, despreciada, 
lleva tras sí la edad lozana mía.

La vida nueva, que en niñez ardía,
la juventud robusta y engañada, 
en el postrer invierno sepultada, 
yace entre negra sombra y nieve fría.

No sentí resbalar mudos los años
hoy los lloro pasados, y los veo
riendo de mis lágrimas y daños.

Mi penitencia deba a mi deseo, 
pues me deben la vida mis engaños,
Y espero el mal que paso, y no le creo.

TÚMULO 

Por no comer la carne sodomita
de estos malditos miembros luteranos,
se morirán de hambre los gusanos,
que aborrecen vianda tan maldita.

No hay que tratar de cruz y agua bendita:
eso se gaste en almas de cristianos.
Pasen sobre ella, brujos, los gitanos;
vengan coroza y trochos, risa y grita.

Estos los güesos son de aquella vieja
que dio a los hombres en la bolsa guerra,
y paz a los cabrones en el rabo.

Llámase, con perdón de toda oreja,
la madre Muñatones de la Sierra,
pintada a penca, combatida a nabo.

Y sobre todo, el poeta inimitable que llevó a la lengua española a una de sus alturas expresivas más portentosas en los ágiles octosílabos de sus letrillas y sus romances o en los solemnes endecasílabos de sus sonetos. 
 
“Poeta sobre todo -afirma Rodrigo Cacho-, así lo entienden también los escritores hispanos de los siglos XX y XXI. No hay un gran poeta en castellano que no haya leído a Quevedo y que no se haya visto influido por él de alguna manera.”


Santos Domínguez 


07 enero 2026

Benjamin Moser. El mundo del revés



 Benjamin Moser.
El mundo del revés.
Encuentros con los maestros neerlandeses.
Traducción de Albert Fuentes.
Anagrama. Barcelona, 2025.

Creado en 1654, en su último año de vida, El jilguero de Fabritius ha dado pie a un sinfín de obsesiones. Fue uno de los dos cuadros que Théophile Thoré-Bürger, redescubridor de Fabritius y también de Vermeer, siempre quiso tener a su lado. Thoré-Bürger murió en 1869 y cuando su colección se vendió en 1892, el catálogo de la subasta decía: «Esta preciosa ave cantó para él, pero todos conocemos la triste senda de la vida, todos sabemos que todo debe terminar». 



 El jilguero transmite una sensación fatídica, algo que lo asemeja a una ofrenda votiva y que tal vez guarde relación con la temprana muerte de su creador. En 2013, Donna Tartt publicó una novela, El jilguero, sobre un chico que roba el cuadro después de que su madre muera en un atentado terrorista cometido en un museo. Es posible que cualquier otro cuadro famoso hubiera servido para los propósitos narrativos de Tartt, pero lo cierto es que el que eligió para aludir a la mecánica del destino era siniestramente pertinente.
Es inevitable que cualquier descripción de este óleo se quede corta. Es un cuadro de pequeñas dimensiones y pincelada rápida. Muestra un pájaro pardo y amarillo, a tamaño natural más o menos, posado encima de su comedero. Nada en él debería convertirlo en una obra inolvidable, pero eso es precisamente lo que es. Y cuando ves El jilguero percibes de forma inmediata que te hallas en presencia de ese algo inefable que los griegos llamaban charisma, de cuya raíz proviene también la palabra «gracia». 
Es un atributo distinto de la belleza. Todos hemos conocido a personas bellas –un cabello precioso, rostros simétricos, cuerpos trabajados– que carecen de carisma. Quizá sean personas mezquinas, o estúpidas, quizá sean aburridas. Sea cual fuere el motivo, basta una breve conversación para hacer que todo interés decaiga. También hemos conocido a personas cuyo atractivo jamás se manifestará en una fotografía, pero que en la vida real son irresistibles.

Esos párrafos de Benjamin Moser forman parte de El mundo del revés, el espléndido acercamiento a la pintura holandesa que publica Anagrama con traducción de Albert Fuentes y con una magnífica portada inspirada en Los oficiales de la guardia de San Adrián, un cuadro de Frans Hals, que lo pintó en 1633.

Subtitulado Encuentros con los maestros neerlandeses y generosamente ilustrado con decenas de imágenes de alta calidad, El mundo del revés es una invitación a entrar con la mirada en la experiencia estética y en la percepción espiritual de la pintura holandesa a partir de sus cuadros más significativos: un mundo plástico inconfundible, de sutileza inquietante y oscuras simbologías misteriosas.

Todo había empezado cuando Benjamin Moser, recién instalado a sus veinticinco años en Holanda, se sintió como un extranjero que ingresaba en otro mundo estético y en otra dimensión moral. El estudio de los maestros pintores holandeses fue lo que le permitió recomponer ese mundo puesto del revés a través de las visitas de los grandes museos que acogían la pintura del Siglo de Oro holandés:

El descubrimiento de esas salas fue una de las revelaciones de mi vida. Tuvo un extraño efecto en mí. Descubrí que podía recorrerlas como quien visita una catedral o pasea por un bosque, y que saldría de ellas con la misma sensación que tenía después de una noche de sueño reparador o una larga carrera: más tranquilo, más feliz, más concentrado. También intuí que había algo en ellas que necesitaba saber. 
Desconocía de qué se trataba. En cambio, sí sabía que hay lugares que te alegra haber visitado, aunque nunca sientas la necesidad de volver a verlos. Sí sabía que hay personas a las que es agradable conocer, con las que puedes disfrutar de una noche agradable, y a las que luego, sin hacerse mala sangre, no sientes la necesidad de volver a ver. Y sabía que hay sitios y personas que te dejan marcado a fuego. Quieres saberlo todo de ellos. Hacen que te enamores. 
 Así me hacía sentir el arte neerlandés. Al principio, percibí el placer, la belleza, de ese arte. Sentí el efecto que tenía en mí. Me tranquilizaba, me emocionaba; por extraño que parezca, conseguía tranquilizarme y emocionarme, las dos cosas al mismo tiempo. Pero no sabía nada de lo que estaba viendo. Empecé a tomar apuntes porque quería conservar todas esas impresiones. Sabes que te hallas ante un gran tema de estudio cuando te plantea más preguntas que respuestas: cuando te das cuenta de que el tema se vuelve cada vez más amplio cuanto más aprendes sobre él; cuando, a medida que vas aprendiendo, empiezas a sentirte cada vez más ignorante. 
Al principio me avergonzaba de mi ignorancia. Me tenía por una persona con una formación intelectual razonablemente buena. Pero no tenía la menor idea de lo que estaba viendo. Mi trato con Rembrandt y Vermeer había sido superficial y periférico, y tal vez no habría profundizado mucho más en el tema si hubieran sido los únicos grandes artistas que había dado Holanda. Pero lo sorprendente del arte neerlandés es su abundancia. Cada vez que entraba en un museo, estaba seguro de que descubriría algo espectacular, creado por alguien de quien jamás había oído hablar.
Quise saber más. Me puse a leer. Fui a todas las exposiciones que pude. Poco a poco empecé a conocer esos artistas, y fue entonces cuando ocurrió algo. El proceso me recordaba a los dibujos de Scooby-Doo que veía de niño. En una casa encantada repleta de pasadizos secretos, el malhechor había recortado los ojos de una serie de retratos antiguos. La pandilla se internaba por esos pasadizos espeluznantes y los ojos de los cuadros empezaban a moverse. 
Leí más, vi más y, al hacerlo, los cuadros empezaron a cobrar vida.

Una vida que había sido fijada hace siglos en aquellos cuadros y que se revela en la mirada apasionada e inteligente de Moser en las páginas de este libro que resume una intensa experiencia estética a través de diecisiete pintores.

De la asombrosa oscuridad del tempestuoso Rembrandt, maestro de las sombras y las tinieblas espectrales, a la luz misteriosa de Vermeer y su perfección sobrenatural que deslumbró a Proust; de la potencia plástica del prodigioso Jan Lievens, que murió pobre y olvidado, al trueno dramático que mató al magistral y enigmático Fabritius en pleno centro de Delft; de la infinitud de la luz en las iglesias transparentes de Utrecht que pintó Pieter Saenredam a los corrales embarrados de Paulus Potter y su mundo del revés; desde los acogedores interiores en paz de los hogares burgueses de Pieter de Hooch hasta los árboles trágicos y las llanuras de Jacob van Ruisdael; desde la musa muda de Hendrick Avercamp y sus cuadros de diversiones invernales a la vitalidad de un Frans Hals en la encrucijada de su miseria extrema en el Haarlem fascinante que retrató (y autorretrató) con colores brillantes en los grupos heroicos de sus ciudadanos; desde los magníficos bodegones florales de Rachel Ruysch, que transformó la ciencia en arte, al redescubrimiento del oscuro Adriaen Coorte y la emoción mística de sus naturalezas muertas con granadas y mariposas, Benjamin Moser recorre las obras más significativas de los pintores holandeses del siglo XVII.

Resume así una experiencia artística transformadora, de la que participará el lector a lo largo de los estupendos capítulos en los que se proyecta su mirada sobre los maestros neerlandeses que protagonizaron uno de los momentos más altos de la historia de la pintura.

“Al escribir sobre arte -afirma Moser- estaba intentando acceder, por la vía del texto escrito, a una nueva cultura. Al final terminaría dedicando mucho más tiempo a Fabritius o Metsu que casi cualquier otra persona en los Países Bajos, donde esos pintores por lo general no eran más que un nombre en una calle.”

La mirada profunda, aguda y persistente de Moser indaga en la pintura holandesa más allá de la superficie para encontrar significados más transcendentes acerca de la esencia humana y vital del arte, el sentido existencial de la creatividad artística, el éxito y el fracaso, la relación entre el artista y la sociedad de su tiempo o la función transformadora que ejerce el arte sobre las personas. Quien entre en las páginas de este libro entrará también en ese otro mundo del revés y tendrá ocasión de comprobar la potencia transformadora de la pintura en su propia experiencia de lector y de espectador privilegiado de una pintura asombrosa.

El mundo del revés es, además y por si fuera poco lo dicho, uno de los libros mejor editados del año que acaba de terminar.


Santos Domínguez

 


05 enero 2026

Manuel López Azorín. Ni ya tengo otro oficio

  


Manuel López Azorín.
Ni ya tengo otro oficio.
Mahalta Ediciones. Madrid, 2025.


Aún sin conocerte 
te adiviné tan pura y delicada 
que te amé, de tal suerte 
que ya no espero nada 
que no sea la luz de tu mirada.

Con esa lira abre Manuel López Azorín Ni ya tengo otro oficio, su última entrega poética, que publica Mahalta Ediciones.

En sus liras sanjuanistas o luisistas, en sus silvas becquerianas o garcilasistas y en sus sonetos quevedescos fluye un mismo pulso emocional: el del poeta enamorado que encauza su sentimiento en la secuencia intemporal del verso clásico y en la armónica combinación de heptasílabos y endecasílabos que da a estos poemas una tonalidad contenida y cercana que remite siempre a sus referentes mejores:

Con palabras de ahora, 
partiendo de los clásicos, escribo. 
De su perfecta métrica cautivo 
soy, de sus aguas bebo.

Me acojo a su estructura tan precisa. 
a su ritmo, que es brisa, 
semejante a la música y al viento.

Al escribirla pienso, 
aun hablando en presente, 
que aquel lejano ayer no queda ausente.

*

Puedo dejar la rima, 
escribir versos blancos, no medidos,
hablar del tiempo en el que estoy y vivo,
y emplear sus palabras. 
Mas no quiero olvidar a Garcilaso, 
ni dejar apartados 
a San Juan de la Cruz, Fray Luis, Quevedo...
Olvidarlos no quiero. 
Quiero saber sus formas 
y, luego, hacer en mí mi propia norma.

*

Como lo hicieron tantos: 
Rubén, Gustavo, Juan Ramón, Machado…
 No matar a Salinas ni a Unamuno, 
no matar a ninguno,
porque beber el agua de las fuentes 
es caminar por siempre
-con toda la memoria- hacia adelante.

Y con esa guía poética, Manuel López Azorín expresa con intensidad, a lo largo de las seis partes en las que se estructura el libro, el temblor emocionado de la palabra enamorada (poco importa que de mujer real o inventada o de la misma poesía, a la metafórica manera juanramoniana: “Vino, primero, pura…” o “Yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y el mío, a la Poesía. Y nuestra relación es la de los apasionados.”)

Y con el latido verbal de lo verdadero, con el apasionado y primario hálito hernandiano siempre al fondo, como en este texto:

Deshójame en tu cuerpo  
con tus besos de viento en este otoño. 
Déjame rodearte con mis brazos 
de sauce ya desnudos, 
que todo mi ramaje es siempre tuyo
y ansío yo la savia 
para nutrirnos juntos de la vida.

Yo, que soy barro, quiero 
que tú, que eres la espuma, 
te confundas conmigo y me renazcas.

O en este otro, donde se funden las huellas de Miguel Hernández y del Antonio Machado que nos enseñó que todo amor es fantasía *:

De nada me sirvió 
pensar que te perdí, fuera o no cierto. 
Sí, me aferré a inventarte cada día 
y tanto te inventé 
que ya no sé si eres como eras 
o si mi afán de ti 
ha recreado un ser inexistente.

Entre el sueño y la niebla 
sigue abierta la herida 
y este dolor que hiere mi memoria.

——-
*
Todo amor es fantasía; 
él inventa el año, el día, 
la hora y su melodía; 
inventa el amante y, más, 
la amada. No prueba nada, 
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás.

(Antonio Machado. Otras canciones a Guiomar)


Santos Domínguez 


02 enero 2026

María Sanz. Y todo será mudo y amarillo



María Sanz.
Y todo será mudo y amarillo.
Detorres Editores. Córdoba, 2025.



 ORFANDAD

La vida se detuvo aquel día de mayo, 
mientras las jacarandas
eran gélida alfombra para tus pasos ciegos,
para tanta orfandad sobrevenida.

La vida se sostuvo en alas de la muerte

Entonces comprendiste que ella estaba alejándose,
que no regresaría sino a tu desventura,
paloma siempre frágil e inocente. 
Quién pudiera mirarla con los ojos cerrados.

Hoy contemplas la vida fervorosa, 
su retrato dormido, su sombra deshojada,
sintiendo la frescura del alba que se erige
a pesar de la muerte, a través de tu cielo.

De esa traumática experiencia de la muerte de la madre surgen los poemas de Y todo será mudo y amarillo, el libro de poemas con el que María Sanz ha obtenido recientemente el premio Artemisa de Poesía 2025.

Entre el bálsamo del verso y el consuelo de la lágrima, los textos de este libro estremecido trazan el perfil emocional de quien refleja en ellos las ausencias de la palabra y las presencias del silencio mientras todo enmudece, mientras se imponen las pérdidas y el vacío en la soledad oscura y en el recuerdo doloroso, mientras la nieve y la noche caen sobre las calles solitarias y las huellas se hunden en la ceniza:

Entonces, como ahora, vas buscando una huella 
de aquel gozo gastado, de un eco vagabundo, 
algo que reconcilie tus tardes y la suyas 
al pisar las cenizas del tiempo consumido.

Porque estos poemas son una decantación del dolor, una delicada manera de encauzar la desolación y reordenar con palabras lo que ha descompuesto la muerte, una forma de aquietar la vorágine torrencial de sentimientos provocados por la desaparición de la madre:

Pero no queda nada, ni el oasis 
que veías al límite del mundo, 
ni siquiera la humilde celosía 
por donde tantas veces contemplabas. 

Cruzar este desierto significa vivirse 
con otra soledad que provoca a la muerte, 
sin la luz de los ojos ajenos, hasta donde 
se terminan las huellas, los últimos latidos.

Con la levedad transparente de sus endecasílabos y la solemnidad elegíaca de sus alejandrinos, los versos de María Sanz viven en los jardines de la memoria y en el desierto del presente, donde se cruzan dos muertes unidas en la misma nada: la evocada y la presagiada, la pasada y la próxima, fundidas en los interiores del tiempo de la memoria y del espacio íntimo y abolido de la casa, en la dolorosa ensoñación del texto que cierra el libro y le da título, en una evocación de las juanramonianas Arias tristes:

Y TODO SERÁ MUDO Y AMARILLO

J. R. Jiménez
Y llegarás a casa, y te estará esperando 
sentada en el sillón, con su eterna sonrisa 
y sus alas abiertas al más hondo vacío. 
Pero nunca verás el fruto de esa espera.

Tu vida ya no tiene más misterio que el suyo, 
entre la transparencia y la luz nacarada,  
ternura aún radiante donde posas tus manos 
como otro despertar inerte todavía.

Quién sabe si estos versos regresarán contigo 
o los habrás dejado caer donde está ella, 
rosal interminable como una sola herida. 
Tu dolor ya no tiene más aliento que el suyo.

Llegarás a tu casa
y todo será mudo y amarillo.



Santos Domínguez 


31 diciembre 2025

A la sombra de las muchachas en flor

 

Marcel Proust.
En busca del tiempo perdido.
II. A la sombra de las muchachas en flor.
Traducción de Mercedes López-Ballesteros.
Alfaguara. Barcelona, 2025.

Mi madre, cuando se habló de invitar por primera vez a cenar a M. de Norpois, dijo lamentar que el profesor Cottard estuviera de viaje y que ella, por su parte, hubiera interrumpido todo trato con Swann, pues uno y otro le habrían sin duda interesado al antiguo embajador, a lo que mi padre contestó que un convidado eminente, un sabio ilustre como Cottard, nunca haría un mal papel en una cena, pero que Swann, con su ostentación, con esa forma suya de airear hasta la última de sus relaciones, era un vulgar fanfarrón que al marqués de Norpois seguro que le habría parecido, por usar una de sus expresiones, «hediondo». Ahora bien, aquella respuesta de mi padre merece una explicación, pues habrá quienes tal vez recuerden a un Cottard muy mediocre y a un Swann que llevaba al extremo de la delicadeza, en cuestiones mundanas, la modestia y la discreción. Pero en lo que atañe a este último, se dio la circunstancia de que al «Swann hijo» y también al Swann del Jockey, el antiguo amigo de mis padres había sumado una personalidad nueva (y que no sería la última): la de marido de Odette. Adaptando a las humildes ambiciones de esa mujer el instinto, el deseo, la maña que siempre había tenido, se las ingenió para labrarse, muy por debajo de la antigua, una posición nueva y acorde con la compañera que la ocuparía junto a él. Y en ella mostraba ser otro hombre. 

Así comienza A la sombra de las muchachas en flor, la segunda de las siete entregas de En busca del tiempo perdido, en la nueva traducción de Mercedes López-Ballesteros, que empezó a publicar hace un año Alfaguara, que asume así el proyecto frustrado de Javier Marías de editar en Reino de Redonda esta espléndida versión del ciclo proustiano.

Tras la evocación de la infancia en los diversos ámbitos familiares de Por el camino de Swann, en A la sombra de las muchachas en flor, con la que Proust obtuvo el Goncourt en 1919, avanza en el tiempo evocado hacia la adolescencia.

Organizada en dos partes (En torno a Mme. Swann y Nombres de lugares: el lugar), irrumpen en ella, a través del hilo conductor de los Swann, el descubrimiento del deseo amoroso con Gilberte Swann, la desorientación y la ruptura, el dolor y el despertar de la sexualidad, el mundo del arte, la literatura y la creación artística, el Gran Hotel de Balbec y la playa de las muchachas en flor, los paseos por el malecón y las cenas en el Rivebelle y el taller de pintura de Elstir, las meriendas en el acantilado y los juegos amorosos. 

Irrumpen aquí también algunas figuras que serán ejes esenciales del ciclo: la contradictoria de Bergotte, el gran escritor con sus virtudes y sus vicios; la del barón de Charlus, inteligente y sensible, altivo y seductor, equívoco, esteta y viudo; la de Bloch, el amigo diletante y judío del narrador; la de Saint-Loup, brillante y nietzscheano, y la de quien acabará siendo un personaje central de En busca del tiempo perdido: Albertine Simonet, la atractiva muchacha ciclista de polo negro, inteligente y refinada, cambiante y deseable, siempre en fuga.

Y a medida que el lector avanza en la lectura y se adentra en el universo proustiano, con el amor y el tiempo al fondo, el mundo se queda al otro lado de la habitación forrada de corcho en la que escribía Proust, con su insuperable capacidad estilística para crear atmósferas y monólogos interiores de lentísima elegancia que reflejan la languidez espiritual que inunda su estilo, un reto constante para el traductor:

Pero en gran parte nuestro asombro se explica ante todo porque la persona también nos presenta una misma faz. Tendríamos que hacer tal esfuerzo para recrear todo cuanto nos ha brindado lo que no somos nosotros -aunque sea tan solo el sabor de una fruta- que, nada más recibir la impresión, empezamos a bajar insensiblemente por la pendiente del recuerdo y sin darnos cuenta, en muy poco tiempo, estamos ya lejísimos de cuanto hemos sentido. De modo que cada nuevo encuentro es una especie de rectificación que nos retrotrae a lo que de hecho vimos en un principio. Ya no nos acordábamos, por lo mucho que recordar a una persona es en realidad olvidarla. Pero mientras sepamos seguir viendo, cuando el rasgo olvidado se nos aparezca, lo reconoceremos, no podremos por menos de corregir la línea desviada, de ahí que la perpetua y fecunda sorpresa que me volvía tan saludables y bienhechoras aquellas citas diarias con las hermosas muchachas a orillas del mar estuviera hecha, tanto como de descubrimientos, de reminiscencia. Si a esto le sumamos la agitación que despertaba lo que esas muchachas representaban para mí, que nunca era exactamente lo que yo me había pensado, siendo así que la esperanza de la siguiente reunión ya no se parecía a la anterior esperanza, sino al recuerdo aún vibrante del último encuentro, se entenderá que cada paseo diera un violento golpe de timón a mis pensamientos, y en modo alguno en la dirección que en la soledad de mi cuarto yo había podido trazar sosegadamente. Aquel rumbo quedaba olvidado, abolido, cuando volvía al hotel vibrando como una colmena por las palabras que me habían turbado y que aún habrían de seguir resonando dentro de mí durante mucho tiempo. Todo ser queda destruido cuando dejamos de verlo; luego, su siguiente aparición resulta una creación nueva, distinta de la inmediatamente anterior, cuando no de todas ellas.

Un largo poema en prosa y una novela río que vuelve milagrosamente sobre sus propias aguas. Es el libro de las palabras y del tiempo, la novela del yo del voyeur absoluto, el vértigo del amor y las intermitencias del corazón.

Entrar en el mundo proustiano es acceder a otra dimensión de la vida y la literatura. Es comprender definitivamente que la verdadera vida, la única vida vivida con intensidad es la de la literatura, la de la escritura que da sentido a la existencia frente al olvido, la decadencia y la muerte, como concluirá Proust en la novela final, que cierra un perfecto círculo temporal para regresar al punto de partida de la serie, al momento narrativo en que confluyen el tiempo del narrador y el tiempo narrado. Un jardín de senderos que se bifurcan.

Esta admirable y exigente traducción que firma Mercedes López-Ballesteros es una nueva vía de entrada al mundo complejo y prodigioso que creó irrepetiblemente Proust como uno de los monumentos literarios más memorables de la historia de la literatura.

Santos Domínguez
 


29 diciembre 2025

Franco Cardini. Las rutas del conocimiento


 Franco Cardini.
Las rutas del conocimiento.
Un recorrido intelectual por la Europa medieval. 
Traducción de Lucía Alba Martínez.
Alianza Editorial. Madrid, 2025.

Un recorrido intelectual por la Europa medieval es el subtítulo con el que el medievalista florentino Franco Cardini (1940) resume el contenido de Las rutas del conocimiento, que publica Alianza Editorial con traducción de Lucía Alba Martínez.

Organizado cronológicamente, Las rutas del conocimiento es un recorrido en quince capítulos que reconstruyen los espacios y los tiempos del itinerario medieval de la cultura occidental. Así lo resume Franco Cardini en la introducción:

¿Dónde comenzó su andadura esta Europa que aún no ha logrado convertirse en patria común de los pueblos que la habitan, pero que ya lo es desde hace siglos para muchos, que la aman y sueñan con su unidad plural? Para los antiguos griegos era —desde las Columnas de Hércules hasta el Tanais, desde las gélidas tierras de los hiperbóreos hasta las soleadas islas de olivos y viñedos diseminadas por el Mediterráneo— un «continente», una de las tres partes del mundo. Pero hacia principios del siglo XVI se transformó en un concepto, una idea fuerza, un mito; y de su seno surgió la dimensión de «Occidente», unida pero dinámicamente diferenciada de él.
La idea general de este libro es proponer un itinerario que, serpenteando entre lugares significativos, deteniéndose brevemente en ellos, nos permita tomar conciencia de hasta qué punto aquel era un mundo abierto y altamente conectado. Una especie de viaje, quizá más bien imaginario, entre destinos que, aunque ahora nos parezcan lejanos, en realidad estuvieron muy cerca. Un viaje necesariamente rápido, más para trazar líneas de continuidad que para satisfacer deseos profundos de conocimiento.
Al fin y al cabo, la metáfora del viaje es fuerte, intensa, omnipresente: en nuestra cultura occidental, desde el Éxodo de los hebreos de Moisés hasta el relato de la Odisea, pasando por la tradición folclórica del Ver sacrum, la vida es un viaje; toda aventura intelectual se presenta como un viaje.

Un viaje de la sabiduría que permitía el diálogo de un filósofo andalusí y un monje germano, porque -explica Cardini- “para aproximarnos al conocimiento medieval, debemos en primer lugar dirigir la mirada al nacimiento de la religión cristiana, que nos lleva fuera de los confines de Europa pero que al mismo tiempo nos recuerda esa misión de encrucijada entre Oriente y Occidente que nuestras tierras han asumido desde la Antigüedad. A la composición de esa nueva síntesis cultural contribuirán más tarde los monasterios, las cortes, las universidades y las comunas; más adelante, el arranque «revolucionario» del Humanismo y el Renacimiento nos ayudará a comprender el desarrollo posterior de otra época constitutiva de Occidente, rica en intercambios y contaminaciones.”

Porque, frente al tópico de la edad oscura, la Europa medieval era un mundo abierto en el que cientos de personas ponían en movimiento manuscritos e ideas que aproximaron espacios, tiempos y mentalidades: los viajes de los monjes de unas abadías a otras, los itinerarios de los peregrinos que atravesaban el mundo para venerar reliquias, los cruzados que pretendían recuperar la Tierra Santa de manos infieles o los mercaderes que junto con sus materiales venales transportaban ideas e imágenes, relatos y formas artísticas, miradas e invenciones eran los instrumentos o los protagonistas de unas rutas culturales del conocimiento que de Rávena a Cluny, de Alejandría a Sicilia, de Samarcanda a Córdoba, de Toledo a Bolonia, de Roma a Hipona, de Jerusalén a Aviñon o de Constantinopla a Aquisgrán conservaban y difundían un legado secular en el que confluían en lugares de traducción e intercambio las tradiciones orientales y las del mundo helenístico y romano. Sin ese trasiego no hubiera sido posible el primer brote de humanismo que redescubrió la Antigüedad clásica ni el Renacimiento que fue su consecuencia.

Pero además de trazar un mapa que refleja las rutas del conocimiento en los itinerarios culturales de la Edad Media, el libro de Cardini ofrece un recorrido panorámico por las claves construcción y la difusión de la cultura medieval: desde la difusión de los textos evangélicos hasta la renovación cultural del humanismo cívico, desde la ordenación de la vida monástica a la creación de las universidades laicas, desde el Grial y el amor cortés trovadoresco a la creciente cultura urbana de la Baja Edad Media.

Un recorrido por el que transitan figuras imprescindibles en aquella circulación de saberes que mantuvo viva la llama de la cultura: Benito de Nursia y Avicena, Agustín de Hipona y Alfonso X, Carlomagno y Petrarca, Hildegarda de Bingen y Federico II.

Con todas esas piezas, Franco Cardini construye un completo panorama de la cultura medieval. Un panorama trazado con voluntad abarcadora, porque  “quien acepte aventurarse a describir las múltiples vías del conocimiento medieval no puede desde luego limitarse a los horizontes de la cultura entendida como ámbito literario, filosófico, filológico o artístico, sino que debe reflexionar al menos sobre ciertas cuestiones relacionadas con el conocimiento como saber científico y tecnológico.”


Santos Domínguez 


 

26 diciembre 2025

La llama ebria. Antología de mujeres poetas del surrealismo

  


La llama ebria.
(Antología de mujeres poetas del surrealismo).
Edición bilingüe.
Coordinación y prólogo de Lurdes Martínez.
Traducciones de Eugenio Castro y Jesús García Rodríguez.
Bartleby Editores / La Torre Magnética.
Madrid, 2025.


Descendiendo a los abismos 
por escaleras lluvias doradas cúspides y rutilos
las verticales del sueño 
las más altas sembradas en todas las lenguas del mundo 
las demás en todas las simientes del mundo 
con sus horticulturas dentro 

mis propias lápidas en cada uno de mis restos 
                                                                       voy 
                               polen del polo negro

Ese poema, perteneciente a Hierba en la luna (1935), abre La llama ebria, la antología de mujeres poetas del surrealismo que publican en coedición Bartleby Editores y La Torre Magnética con edición bilingüe, coordinación y prólogo de Lurdes Martínez y traducciones de Eugenio Castro y Jesús García Rodríguez.

La autora de ese poema y de ese libro, publicado en uno de los años cenitales del surrealismo, es Valentine Penrose (Mont de Marsan, 1898- Chiddingly, 1978), una de las voces más potentes de las que se recogen en esta antología.

Una amplia muestra que reúne textos de diecinueve voces femeninas de distintas generaciones, diversas lenguas y diferentes tradiciones culturales unidas por un rasgo común: su pertenencia a la estética surrealista, interpretada con los matices temáticos y estilísticos propios de cada una de las poetas presentes en esta selección.

Diecinueve voces individuales que ofrecen un panorama estético plural, una cordillera de alturas dispares, de diferentes grupos generacionales (la mayor, Claude Cahun (1894), la más joven, Aase Berg, 1967), de diferentes procedencias: de Estambul a Buenos Aires, de Chicago a Estocolmo, de Nantes a Londres o de Berlín a Santiago de Chile.

Afortunadamente, como reconoce en su prólogo Lurdes Martínez, esta no es una antología adscrita a la  perspectiva de género,  porque “la perspectiva de género se acerca a las mujeres surrealistas sin comprenderlas. […] El esfuerzo del feminismo académico en la revalorización de las mujeres surrealistas es encomiable, pero, al dar preeminencia a su victimización, al enfrentamiento con sus camaradas, a la segregación del propio movimiento y confinamiento de su obra en el llamado ‘arte de mujeres’, ha confundido su objetivo y enemistado a las surrealistas con el surrealismo. Tanto es así que algunas como Annie Le Brun, Meret Oppenheim, Anne Éthuin o Dorothea Tanning se han opuesto a participar en exposiciones o antologías dirigidas por la batuta de la crítica de género.”

Porque el criterio selectivo (mujeres poetas del surrealismo) es tan aceptable o tan discutible como cualquier otro que se hubiera podido elegir: procedencia geográfica, tradición lingüística, criterio generacional o temático…

Y porque al final lo verdaderamente interesante son las voces que suenan en un volumen como este, del que los problemas con los derechos de autor han dejado fuera a dos poetas tan interesantes como Meret Oppenheim y Nicole Espagnol.

“Una antología de poesía es siempre una invitación al descubrimiento, aunque los parajes que se ofrecen hayan sido antes desbrozados, dispuestas ciertas coordenadas y fijados ciertos puntos de anclaje. De este modo, al presentar ahora esta compilación poética de mujeres surrealistas, acompañamos al lector por caminos que pretenden allanar los escollos que toda travesía conlleva y despejar las incertidumbres que puedan suscitarse. Cada cual, no obstante, habrá de tomar aquí su propio rumbo de lectura”, escribe Lurdes Martínez, que en su prólogo fija las características que le dan un aire de familia a la estética del grupo seleccionado (escritura automática, onirismo, ímpetu experimental, insurgencia expresiva…), “una constelación de poetas atravesadas e inspiradas por el surrealismo, pasión y eje moral de sus vidas”, como reflejan las páginas que dedica a explorar la trayectoria individual de cada una de las poetas antologadas.

La llama ebria traza con la muestra de estas diecinueve surrealistas “un paisaje inconcluso, un horizonte que avanza” con textos como este de la francesa Laurence Iché (Saint Etienne, 1921- Galapagar, 2007), que se instaló -después de perder a su hija y a su marido en la Segunda Guerra Mundial- en España, donde se casó con el pintor Manuel Viola. 

Para arrancarle al sol sus uñas de luz 
y a las estrellas las agujas de su fijeza 
habría gritos de horca envenenada 
aunque yo solo oigo los galopes 
que dejan los bordes de las carreteras en las cunetas 
Y hete aquí sosteniendo dobladillos sin coserlos 
y que de las ofrendas que fluyen muy dentro de mí 
solo queda una pared que come piedras 
las páginas de un libro que han sorprendido a la cubierta 
o la impresión humeante de una película

                                                                 (Al hilo del viento, 1942)

Santos Domínguez