11 febrero 2026

Tirano Banderas


Ramón del Valle-Inclán.
Tirano Banderas.
Prefacio de Juan Manuel de Prada.
Ilustraciones de Silja Goetz.
Espasa. Barcelona, 2026.

Cuando se cumple el centenario de la primera edición de Tirano Banderas, Espasa publica, con prefacio de Juan Manuel de Prada, una edición conmemorativa ilustrada por Silja Goetz, de esta cima de la literatura hispánica que funda en 1926 la modalidad narrativa de la novela de dictador, que tantas obras maestras ha dado en Hispanoamérica, desde El señor Presidente hasta La fiesta del Chivo, pasando por Muertes de perro y El fondo del vaso, El otoño del patriarca, Yo el Supremo o El recurso del método.

Valle Inclán había empezado a construirla en el otoño de 1923 y, aunque fue apareciendo por entregas desde junio de 1925 no tuvo su edición definitiva hasta mediados de diciembre del año siguiente, cuando se publica en forma de libro.

Ambientada en la imaginaria República de Santa Fe de Tierra Firme, su protagonista, Santos Banderas, es el resultado de la fusión de rasgos de dictadores sudamericanos desde la independencia hasta comienzos del siglo XX, como el paraguayo Doctor Francia (1766-1840), el argentino Juan Manuel de Rosas (1793-1877). el peruano Mariano Melgarejo (1820-1871), el también paraguayo Carlos Antonio López (1792-1862) y el mexicano Porfirio Díaz (1830-1915).

Subtitulada Novela de Tierra Caliente y ubicada en un territorio ficticio que es suma de los países de lengua española, Valle hablaba de ella en una carta a Alfonso Reyes en noviembre de 1923 y la definía como “una novela americana (....). La novela de un tirano con rasgos del Doctor Francia, de Rosas, de Melgarejo, de López, y de don Porfirio. Una síntesis el héroe, y el lenguaje una suma de modismos americanos de todos los países de lengua española, desde el modo lépero al modo gaucho.” Tres años después publicó la versión definitiva de esa renovadora novela que es una de las cimas de Valle y de la literatura española del siglo XX. Una obra que, como señala Juan Manuel de Prada en su prefacio, “un siglo después de su publicación se mantiene viva en la memoria literaria de la lengua española, acaso cada vez con mayor vigencia, como ocurre con las obras precursoras.”

Con precedentes en el Facundo de Sarmiento y en el Nostromo de Conrad, Tirano Banderas es a la vez compendio y profecía de una lacra que ha sembrado de muerte y miseria la historia latinoamericana. En el esperpéntico déspota Santos Banderas -“calavera humorística”, “verde máscara indiana”- se cifra ese destino de espadones y pronunciamientos que desde la independencia han sufrido esos países americanos:

Niño Santos se retiró de la ventana para recibir a una endomingada diputación de la Colonia Española: El abarrotero, el empeñista, el chulo del braguetazo, el patriota jactancioso, el doctor sin reválida, el periodista hampón, el rico mal afamado, se inclinaban en hilera ante la momia taciturna con la verde salivilla en el canto de los labios. Don Celestino Galindo, orondo, redondo, pedante, tomó la palabra, y con aduladoras hipérboles saludó al glorioso pacificador de Zamalpoa:
—La Colonia Española eleva sus homenajes al benemérito patricio, raro ejemplo de virtud y energía, que ha sabido restablecer el imperio del orden, imponiendo un castigo ejemplar a la demagogia revolucionaria.
¡La Colonia Española, siempre noble y generosa, tiene una oración y una lágrima para las víctimas de una ilusión funesta, de un virus perturbador! Pero la Colonia Española no puede menos de reconocer que en el inflexible cumplimiento de las leyes está la única salvaguardia del orden y el florecimiento de la República.
La fila de gachupines asintió con murmullos: Unos eran toscos, encendidos y fuertes. Otros tenían la expresión cavilosa y hepática de los tenderos viejos. Otros, enjoyados y panzudos, exudaban zurda pedancia. A todos ponía un acento de familia el embarazo de las manos con guantes.

Diseñada con una muy medida estructura  y desarrollada con el ritmo rapidísimo de sus fragmentos breves, secuencias de estampas impresionistas que obedecen a una técnica cinematográfica, Tirano Banderas es la mejor manifestación de la técnica del esperpentismo en la narrativa valleinclanesca: la realidad sometida a una matemática deformación de espejo cóncavo, la mirada impasible desde arriba, lo grotesco, las máscaras, la degradación de lo humano, la animalización y la muerte, rasgos propios del esperpento, se expresan aquí con con el sincretismo lingüístico de una koiné que representa la síntesis de las múltiples variedades lingüísticas hispanoamericanas, “desde el modo lépero al modo gaucho”, como explicaba Valle  en una carta a Alfonso Reyes, y con descripciones plásticas llenas de luz y cromatismo:  

Sobre el resplandor de las aceras, gritos de vendedores ambulantes: Zigzag de nubios limpiabotas: Bandejas tintineantes, que portan en alto los mozos de los bares americanos: Vistosa ondulación de niñas mulatas, con la vieja de rebocillo al flanco. Formas, sombras, luces se multiplican trenzándose, promoviendo la caliginosa y alucinante vibración oriental que resumen el opio y la marihuana.

En su voluntad de representar la totalidad de la realidad, Valle despliega la acción de Tirano Banderas en muy variados enclaves: desde el Fuerte de Santa Mónica, cuartel presidencial y cárcel de torturas al chozo del indio Zacarías o al rancho de Filomeno, desde el Casino Español y la redacción del periódico al Circo Harris, desde la Legación Española a la embajada inglesa, desde el claustro de San Martín de los Mostenses al Jardín de la Virreina.

Y sitúa en los espacios de ese universo esperpéntico, trágico y violento a un numeroso elenco de personajes de diversa importancia, de variada condición social y procedencia y de distinta envergadura literaria: desde el heroico ranchero Filomeno Cuevas, el resistente que se levanta en armas contra el tirano, hasta el lacayo Nacho Veguillas, el servil secretario del tirano, corrupto y bufonesco, pasando por la potente figura de Zacarías el Cruzado, el sobrecogedor indígena que busca vengar la muerte de su hijo, o por el Coronelito Domiciano de la Gándara, que acaba combatiendo contra el tirano tras haber sido su aliado.

Esta descripción del personaje es una muestra de la intensa celebración de la lengua que es esta novela excepcional, una cumbre de la literatura en español:

El Coronelito Domiciano de la Gándara templa el guitarrón: Camisa y calzones, por aberturas coincidentes, muestran el vientre rotundo y risueño de dios tibetano: En los pies desnudos arrastra chancletas, y se toca con un jaranillo mambís, que al revirón descubre el rojo de un pañuelo y la oreja con arete: El ojo guiñate, la mano en los trastes, platica leperón con las manflotas en cabellos y bata escotada: Era negrote, membrudo, rizoso, vestido con sudada guayabera y calzones mamelucos, sujetos por un cincho con gran broche de plata: Los torpes conceptos venustos, celebra con risa saturnal y vinaria. Niño Domiciano nunca estaba sin cuatro candiles, y como arrastraba su vida por bochinches y congales, era propenso a las tremolinas y escandaloso al final de las farras. Las niñas del pecado, desmadejadas y desdeñosas, recogían el bulle-bulle en el vaivén de las mecedoras: El rojo de los cigarros las señalaba en sus lugares. El Coronelito, dando el último tiento a los trastes, escupe y rasguea cantando por burlas el corrido que rueda estos tiempos, de Diego Pedernales. La sombra de la mano, con el reflejo de las tumbagas, pone rasgueo de luces en el rasgueo de la guitarra.

Valle -concluye De Prada- es el último virrey de Indias de la literatura española, con la vista y la pluma clavadas en un horizonte de eternidad, que nos brinda una obra que no es del pasado, ni tampoco de este presente, ni de ningún futuro en concreto; una literatura que es la metamorfosis final del esperpento, como poética del sentido trágico de la vida española, fundida en cónclave o aquelarre con la palpitación telúrica de América, con los ríos subterráneos de su alegría y su dolor desaforados.”


Santos Domínguez