4/2/07

Catulo, un contemporáneo



Catulo.
Poesías.
Edición bilingüe de José Carlos Fernández Corte.
Traducción de Juan Antonio González Iglesias.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2006.


Cuando se asume el reto de traducir a un poeta como Catulo (84-54 a.C), que vivió hace 2.100 años, se corre un doble riesgo: o mantener los textos en la sagrada frialdad filológica de los sarcófagos y los columbarios o excederse en la actualización y hacer de un clásico un transeúnte de expresión trivial y pasajera.

Uno de los méritos, no el único, de la traducción que Juan Antonio González Iglesias, filólogo y poeta reconocido, ha hecho de la poesía de Catulo para Cátedra Letras Universales es precisamente ese: el de acercarnos al poeta y mostrarlo, sin exceso ni mojigatería, como lo que fue, como un joven escritor, como un renovador de la poesía que murió con treinta años y escribía con el descaro propio de la edad.

Como todos los clásicos, Catulo está por encima de los estragos con que el tiempo pasa factura incluso a lo poetas vivos. Su poesía ha burlado también los repetidos intentos de censura o de oscurecimiento de la persecución religiosa o la razón moral.

El segundo mérito de esta edición es presentar, no un Catulo, sino la diversidad de voces poéticas que convivieron en su obra, variada en temas, en tonos y en registros estilísticos como corresponde a quien gustó de la variedad en sus tendencias sexuales y alimentó su poesía del rumor de la calle y la materia agridulce de la vida.

La poesía amorosa de Catulo, dedicada a mujeres como Lesbia o a muchachos como Juvencio, es una poesía de la experiencia que va de la calma a la exaltación, del placer a la separación, de la bronca a la reconciliación. Con ella se inaugura una línea fructífera en la poesía occidental: la de los amores extramatrimoniales en los que habrían de incurrir Tibulo y Ovidio y mucho después los poetas provenzales, algún poeta cortesano como Macías en la Castilla del XV, Garcilaso o el Salinas de La voz a ti debida.

Pero Catulo no es sólo un poeta del amor carnal o sentimental, homoerótico o heterosexual. Es también el poeta que llora el recuerdo de su hermano muerto, enterrado en Asia Menor, el que critica con agresividad a los malos poetas en las Saturnales...

Un poeta desgarrado entre la seriedad y la burla, entre la ternura y la obscenidad, un radical irreductible, un francotirador. Un poeta poliédrico, epigramático, lírico o épico, que tiene que ajustar su tono y su lenguaje a los diversos temas que abarca su poesía. Hay un Catulo refinado y un Catulo grosero, un hombre a veces cáustico y a veces reflexivo ante el paisaje, un poeta vitalista y un poeta que está al borde del desengaño, como en el dolorido texto que comienza Si encuentra el ser humano algún placer, que para muchos críticos es el mejor poema de la literatura latina.

Y es también el amante despechado que dice de su antigua novia:

Mi Lesbia, Celio, aquella Lesbia mía,
aquella Lesbia a la que amó Catulo
(únicamente a ella)
más que a sí mismo y que a los suyos todos,
ahora por las esquinas y callejas
se la pela a los nietos del gran Remo.

Leer a Catulo es visitar a los personajes del Satiricón en la versión de Fellini o la simpática desvergüenza de algunos rostros del Decamerón según Pasolini.

El equilibrio necesario entre la aconsejable modernización lingüística de quien fue un moderno en temas y actitudes y la indispensable fidelidad al original se han resuelto en esta magnífica edición bilingüe que lleva una extensa introducción de José Carlos Fernández Corte, uno de los más acreditados especialistas en Catulo.

Pensada para un uso académico, pero también para el lector de poesía, el sentido común ha dejado para el final las notas que comentan cada poema. Se propone así una lectura exenta del texto, sin la enfadosa perturbación de las llamadas a pie de página.

El trabajo del traductor, que habrá sido arduo y a ratos divertido también, se ve compensado en un resultado que reescribe en español esos registros y halla sus equivalencias en la lengua actual para proponernos una poesía viva y aún joven y la imagen cercana y fiel de un Catulo que seguramente es el más contemporáneo de los poetas antiguos. Quizá no el mejor, pero desde luego el que menos, casi nada, ha envejecido.

Me cruzo a veces por la calle a algunos mucho más viejos que Catulo.

Santos Domínguez