16/9/19

Palinuro de México


Fernando del Paso. 
Palinuro de México.
Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2015.

Palinuro de México es una obra maestra. Por eso su vigencia es cada vez más evidente. Hoy, cuando la medicina engloba la vida entera, este libro de imaginación desbordante, de figuración grotesca y extravagante, nos hace reflexionar sobre nuestra corporeidad y el papel de la medicina. Imposible resumir en este breve espacio el torrente de ideas, imágenes y tropos que bullen en esta mirífica obra. Pero quien emprenda su lectura se sorprenderá al encontrar, cuando menos lo espere, en medio de larguísimos párrafos barrocos que parecerían bufonería pura, la súbita revelación de un aspecto de la realidad que se reconoce por verdadero y que incita a la reflexión. Es decir, encontrará, entre el destello de agudeza y la facecia centelleante, la observación profunda, marca inconfundible del genio”, escribe Francisco González Crussí en el prólogo -“Palinuro de México, o La desmesura”- que abre la edición en el Fondo de Cultura Económica de la mejor novela de Fernando del Paso.

Eso es Palinuro de México, una obra maestra descomunal y desbordante que apareció en 1977 y no ha dejado de crecer desde entonces, fruto de una escritura torrencial que se renueva en cada lectura, una novela imprescindible, a la altura de Rayuela o de Paradiso, para quien quiera conocer la potencia del idioma.

El nombre del protagonista evoca el del piloto de la nave que conducía a Eneas por el Mediterráneo después de la destrucción de Troya. No es una casualidad: esta novela es también la narración de un viaje metafórico de Palinuro, estudiante de Medicina y de Estefanía, su prima enfermera con la que mantiene una intensa relación de amor incestuoso.

Hay en la figura de Palinuro un fondo autobiográfico reconocido por el propio Fernando del Paso, que también estudió Medicina y que ha explicado que su protagonista refleja “el personaje que fui y quise ser y el que los demás creían que era y también el que nunca pude ser aunque quise serlo.” 

Y hay también un trasfondo histórico real: la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de México en 1968 en la que morirá el protagonista. 

Pero la leve trama apenas importa en esta novela. Lo que importa aquí es la escritura desatada en libertad, una escritura capaz de crear su universo propio y autónomo con la ambición artística de su prosa potente.

En la polifonía de esta obra sorprendente se conjugan la exploración corporal y la lingüística, la fisiología y el lenguaje, las artes plásticas y la medicina. Y con la densidad morosa de sus páginas el lector se interna en los laberintos de la imaginación, disfruta de su exuberancia verbal y participa como invitado en la gozosa celebración del lenguaje que hay en cada párrafo.

En la libertad transgresora de Palinuro de México conviven  la parodia y la denuncia, la anatomía y la historia, la fiesta y el recuento enciclopédico, el erotismo desatado, el amor y la muerte.

Lúdica y filosófica, rebelde y perturbadora, la novela levanta su propio mundo desde la exploración de las posibilidades del lenguaje y propone un viaje gozoso por la literatura y la inteligencia, por el exceso de la vida y el arte, por la fantasía, la historia y la política, la literatura y el cine, la experimentación verbal y la indagación en la dimensión artística del lenguaje médico.

De la fuerza de su prosa, abrumadora y presente en todas sus páginas, deja constancia este ejemplo, el comienzo del capítulo XI, Viaje de Palinuro por las Agencias de Publicidad y otras Islas Imaginarias:

Serían aproximadamente las tres en punto de una tarde gris y desalmada, cuando Palinuro, cansado de una juventud perdida en barrios de dulcerías rancias que colorean los cafés con petulancias geográficas; harto de las cagarrutas de todos los pájaros del Jardín de San Fernando que se olvidaban de largarse al Sur; triste, además, porque ya había pasado el tiempo en que por cada surco de la vida corre un rastro de savia que se armoniza con los buenos y los malos pensamientos; crecido, por otra parte, lo suficiente como para saber que no es fácil cambiar el color de una avenida o las insignias gramaticales de su propia historia. O en otras palabras: cansado, harto, triste y crecido, pensó en despedirse por segunda y última vez de su primera infancia, y por la primera y también la última vez de su segunda adolescencia, y largarse a viajar por la vida, sin pinceles que chupar, ni huesos femorales que memorizar, sin diademas de axiomas y cartílagos humeantes que destazar. 
Y ASÍ COMO LEMUEL GULLIVER 
se lanzó a la aventura para conocer las islas fabulosas de Liliput y Laputa, los Struldbruggs inmortales y los nobles houyhnhnms. Y así como el príncipe Astolfo de Inglaterra voló a la luna en el carro de fuego del profeta Elías en busca de la medicina para la razón perdida de Orlando el Furioso. Y así como Maeldúin visitó la isla de la muralla de fuego giratoria y el país bajo las olas, y así, por último, como Snedgus visitó la isla de los guerreros con cabeza de gato y la isla donde llueve sangre de pájaros, así también Palinuro, que por toda fortuna tenía sus veinte años ambulantes y un clavel en la solapa del saco, se decidió por fin a decirle adiós a sus recuerdos: adiós a las flores asmáticas que desprendían deseos y solsticios para la tía Luisa; adiós al papel crepé de la tumba de los ratones blancos; adiós a las patas de los anteojos del abuelo Francisco, que quedaron zambas de tanto cabalgar en su nariz. 
¡Adiós! 
y a visitar las Agencias de Publicidad y otras Islas Imaginarias.

Santos Domínguez

13/9/19

Interferencias de María Ángeles Pérez López


María Ángeles Pérez López.
Interferencias.
La Bella Varsovia. Madrid, 2019.



Si tú supieras que ayer es viejo como América,
que ayer es tan escaso que no tiene un sol en cada tarde,
que ayer no es como un árbol, sino más bien como un hotel,
que sus horas
 no se juntan,
no se pueden juntar,
para poder vivirlas económicamente
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tomando el sol en el pinar de Agosto.
Si tú supieras que ayer tal vez resulta caro
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y que ha vendido en pública subasta
su balneario de sal para las olas,


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sus crepúsculos vespertinos
y su anestesia cívica;
o si se quiere,
su cerrada y mohosa seguridad de editorial político;
y, finalmente,
si tú supieras que un poema
no puede ya volver a ser como un escaparate de joyería,


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si tú supieras que ahora es preciso que escribamos
desde el solar de la palabra misma,
desde el solar de la palabra misma

               sola

               sol

               sss

               ssssssssssss$s$s$s$s$s$s         

Ese texto, Metales del corazón, que toma como base fragmentos de un poema de Luis Rosales, es una de las veinticinco intervenciones con las que María Ángeles Pérez López construye su Interferencias, que publica La Bella Varsovia.

Un arriesgado ejercicio de intertextualidad, una intensa relectura de la tradición poética incardinada en la realidad próxima y en la actualidad inmediata que reflejan los medios de comunicación: Dante y los parados mayores de 45 años, Vallejo y la valla de Melilla, Quevedo y la burbuja inmobiliaria, García Lorca y el pogrom de Viena, Neruda y la violencia de género...

Son algunos ejemplos de los veinticinco textos en los que María Ángeles Pérez López actualiza la tradición poética con una reinterpretación crítica a la luz de la realidad actual, en un libro en el que -explica la autora en la nota epilogal- "se oyen voces, aunque lo hacen algo rotas, friccionadas e interferidas constantemente entre sí."

Insertados con la técnica del collage o, mejor, del contrapunto, esos textos de la actualidad subrayan el contraste con el poema de partida, establecen una fusión iluminadora o dialogan como en un escolio con el texto poético original. Y así se abren vías de comunicación que subrayan los vínculos entre la tradición poética y el presente, en una actualización crítica que justifica también el sentido nuevo de la lectura.

Y como resultado de cada una de estas intervenciones surge un nuevo texto, con un título nuevo en el que la autora proyecta la creatividad insurgente de su lectura.

De esa manera, la lectura se resuelve en reescritura, lo interior se funde con lo exterior, y se confunden en su ensamblaje de líneas y versos unas voces con otras, mientras las palabras interfieren entre sí, se completan o se desmienten en un libro insumiso y perturbador, escrito para "entrar y salir de todos los territorios en el extremo deseo de la escucha."

Santos Domínguez

11/9/19

Carmen Martín Gaite. Todos los cuentos


Carmen Martín Gaite.
Todos los cuentos.
Edición y prólogo de José Teruel.
Siruela. Madrid, 2019.

Pasamos media vida mirando hacia allá, imaginando. Tanto que nos parece que ya nos hemos ido.
Y un día, al alzar los ojos, estamos aún en el mismo sitio. Acostumbradamente se cruzan nuestros trenes y cada instante es una despedida.

Con esos dos párrafos comienza Desde el umbral, el primer cuento que publicó Carmen Martín Gaite. Ese breve relato de ambiente universitario, fechado en Salamanca el 15 de marzo de 1948, apareció en el número de abril-mayo de la salmantina Trabajos y días. Revista universitaria. 

Con él se abre el volumen que publica Siruela con Todos los cuentos de la autora con edición y prólogo de José Teruel. Es uno de los dos relatos de primera juventud que se recogen en la sección inicial del libro que ofrece en su parte central los diecisiete relatos de Las ataduras y El balneario, el único volumen de cuentos que publicó la autora antes de reunir su narrativa breve en los Cuentos completos que editó en 1978 y a la que no se incorporaron los cuentos que escribió en los ochenta y en los noventa, dispersos hasta ahora y reunidos en este libro que contiene cerca de treinta textos.

Completan la edición dos cuentos maravillosos -El castillo de las tres murallas y El pastel del diablo-, dos cuentos de Navidad -Un envío anómalo y En un pueblo perdido- Cuatro cuentos últimos -El llanto del ermitaño, Sibyl Vane, [Donde acaba el amor] y Flores malva- y un cuento autobiográfico -El otoño de Poughkeepsie- del que dice José Teruel en su prólogo que “constituye una obra maestra del pulso narrativo de nuestra autora ante la elaboración literaria de la intimidad: de cómo transformar el tiempo inerte «en tiempo de escritura»”.

Publicado póstumamente en 2002, dos años después de su muerte, en Cuadernos de todo, ese cuento final se convierte -en palabras de José Teruel- en una muestra de “esa persistente convergencia en todos sus cuentos entre tratamiento ficticio y momentos autobiográficos /.../ que encuentra en El otoño de Poughkeepsie su pieza maestra.”

La producción cuentística anterior, la que Martín Gaite agrupó en Las ataduras y luego en El balneario, surgió al calor de la Revista Española, en torno a la que se agruparon jóvenes universitarios de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid -Aldecoa, Fernández Santos, Ferlosio, Medardo Fraile y ella misma-, que revitalizarían en los años 50, bajo la influencia del neorrealismo cinematográfico. De ese ambiente surgen los cuentos de Las ataduras y la mayor parte de los de El balneario, en los que predominan los apuntes impresionistas con finales abiertos, la voluntad de hacer un reportaje narrativo del presente con una mirada cinematográfica.

Y desde entonces el cuento -explica Teruel- “fue un género decisivo en la formación de Carmen Martín Gaite como escritora y lo cultivó, con mayor o menor intermitencia, a lo largo de toda su singladura literaria.”

Una singladura de medio siglo, porque los cuentos que Martín Gaite publicó en vida aparecieron entre 1948 y 1997, cuando aparece el último, En un pueblo perdido. 

José Teruel fija en su prólogo -‘La extrañeza ante lo cotidiano’- la evolución de Carmen Martín Gaite desde el neorrealismo de Las ataduras y El balneario a los cuentos maravillosos y al eclecticismo y la experimentación de los últimos relatos. 

En esa evolución los cuentos de Martín Gaite se mueven entre el reflejo y la invención de la realidad, pasan de lo testimonial a lo introspectivo, del reflejo de lo cotidiano a la imaginación y a lo maravilloso, hasta culminar en las claves autobiográficas de los últimos cuentos, donde la narración aspira a la reconstrucción de la propia identidad en una integración de lo personal y lo ficticio que alcanza su momento cenital en El otoño de Poughkeepsie.

En 1983 había completado en El cuento de nunca acabar una profunda reflexión sobre el relato en la que defendía la imaginación creadora y la participación cómplice del lector en un modelo de cuento abierto. Con esta declaración se cerraba esa meditación sobre la teoría y la práctica del cuento:  

Mientras dure la vida, sigamos con el cuento.

Santos Domínguez




9/9/19

Antonio Soler. Sur

Antonio Soler.
Sur.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018.

La leche tibia del cielo se derrama en silencio sobre todas las cosas. Los tejados, los árboles dormidos, el brillo de los automóviles. Es una luminosidad blancuzca que brota con un golpe rápido, espesa, turbia. Mancha las nubes y cuelga de ellas. Se oye el jaleo con el que viene el día, una respiración profunda que por un momento se suspende, como si la tierra estuviera a punto de detenerse y girar hacia atrás antes de retomar su órbita y traer un nuevo día.
La noche no ha podido enfriar el asfalto, que sigue ahí, adormilado y caliente, serpeando con su costra de fiebre. El sol asciende, obstinado. Bulle la vida. Se acaban las horas menguadas, la patarata de la muerte. El día comienza. Los insectos escarban la tierra.

Así comienza Sur, la novela con la que Antonio Soler obtuvo el Premio de la Crítica por partida doble, el andaluz y el nacional. Una novela arriesgada y brillante, compleja y exigente, sólidamente construida y escrita con un enorme rigor estilístico, con una riqueza formal asombrosa y una variedad de registros tan poderosa que atrapa al lector desde esas opresivas primeras líneas y lo envuelve en su trama absorbente y en la tupida red de sus más de doscientos personajes que se mueven en esta colmena malagueña en un asfixiante día de agosto de 2016 aplanado por el terral.

Es una Málaga reconocible por su toponimia urbana, por su callejero y su topografía, aunque como representación microcósmica de la realidad podría ser cualquier otra ciudad y por eso nunca se la nombra explícitamente. Es la ciudad planteada narrativamente como “realidad inmensa y diaria que se resume en dos palabras: los otros”, tal como anuncia la cita de Octavio Paz que figura en el pórtico de la novela.

Sur comienza con el descubrimiento de un agonizante cubierto de hormigas argentinas que lo devoran en un descampado al amanecer. Y a partir de ahí, lo que podría haberse reducido a una trama policiaca, se convierte en mucho más que eso: en un recorrido por los diversos ambientes sociales y por los distintos espacios urbanos de los barrios en los que se mueven sus personajes a través de distintas tramas narrativas aparentemente dispersas pero confluyentes en gran medida.

Porque las que al principio parecen ser pinceladas sueltas e inconexas se van ordenando en el conjunto de un mosaico novelístico en el que alcanzan su pleno sentido: la representación sombría de la totalidad de la realidad a través de un microcosmos dinámico y caleidoscópico que refleja la complejidad del mundo por medio de procedimientos narrativos que van desde el monólogo interior a una magistral elaboración de diálogos verosímiles, desde el narrador omnisciente al perspectivismo o a unas descripciones pormenorizadas y plásticas.

Para que el lector no se desoriente en ese complejo universo de personajes, el protagonismo colectivo se compensa con la reducción espacial y con una intensa concentración temporal en dieciséis horas. Y además de los hilos conductores -la aparición del hombre casi muerto cubierto de polvo y hormigas y el motivo de la ciudad que arde no sólo por el terral, una metáfora de la atmósfera existencial de la novela- un sostenido ritmo narrativo, hay en Sur un diseño circular que se cierra con el monólogo de Ana, la mujer de Dioni, el agonizante que abre la novela.

Aunque centrada en una docena de personajes más destacados y en dos historias vertebrales -la de Dioni y Ana por un lado, la de Céspedes y Carole por otro-, Sur es una novela coral que justifica las treinta páginas finales con un censo de personajes sobre los que se sustenta una superposición de historias en las que conviven lo cotidiano y lo inusual, la imaginación y la realidad, la tragedia y el humor para construir tramas entrelazadas en una compleja red de relaciones y en diversos planos narrativos y cambios de registros lingüísticos que reflejan los contrastes de una realidad presentada de manera nada complaciente.

La novela se plantea así como un espejo que refleja con crudeza la dura realidad a partir de las trivialidades pequeñas sobre las que discurren unas existencias sombrías marcadas por las adversidades, los abusos y las agresiones, la convivencia problemática, el  sufrimiento y la desolación, la derrota, el desamparo y la degradación personal.

Sur supone un salto decisivo en la trayectoria narrativa de Antonio Soler, que si bien había dado sobradas muestras de un oficio innegable, no había alcanzado las altas cimas en las que se instala esta ambiciosa y conseguida novela que consolida un territorio literario propio. Porque Sur no es sólo su mejor novela. Probablemente es una de las mejores de lo que llevamos de siglo.

Santos Domínguez 



6/9/19

José Carlos Cataño. Obra poética


José Carlos Cataño.
Obra poética (1975-2007). 
Prólogo de Ana Arzoumanian.
Pre-Textos. Valencia, 2019.


CONCÉDENOS, oh señor, la medida de nuestro infierno
O, si no, una lucidez para vivir tranquilos.
No esta desazón de la barca sin mar
Ni puerto que la ampare-
Que el amor también ha muerto.
Haz de nosotros
Tu pasto de sabiduría. Sángranos hasta amasar
La alegría de la sangre con lo que del dolor nos queda.
Configura nuestro cuerpo único
A la medida de nuestra muerte única.

Con esos versos en los que resuena el eco de la voz de Rilke comienza la quinta sección de Disparos en el paraíso, el primer libro de José Carlos Cataño y uno de los seis que recoge el espléndido volumen que reúne su Obra poética (1975-2007) en Pre-Textos.

Lo abre un prólogo en el que Ana Arzoumanian caracteriza la poesía de Cataño con estas líneas iniciales:

“El estallido de la palabra, el vértigo del tiempo, la voz épica reanudando la trama del mundo, no a través de un proyecto que legitime una filiación, un derecho, sino en la diáspora de una tierra naufragando toda apropiación.
La fuerza poética de José Carlos Cataño (La Laguna, Islas Canarias, 1954) se imprime mediante una natividad que es un frotamiento de la lengua en el agua. De modo que escribir no será plegarse a la ley de un territorio, sino turbarse en el estallido del volcán.”

Desde Disparos en el paraíso hasta Lugares que fueron tu rostro, la poesía de José Carlos Cataño ha ido creciendo a través del proceso de elaboración de una obra en marcha sometida a una constante revisión que busca lo nuclear, la almendra de la emoción o lo medular del pensamiento.

Y en esa búsqueda es fundamental la intensidad verbal, la concentración expresiva y la desnudez como fruto de la decantación de la palabra poética, a la que se somete a una tensión de la que se extrae su mayor potencial significante.

Ese proceso de abstracción, de elusión de la anécdota y de renuncia a la narratividad fructifica en una poesía de lectura exigente en la que se proyecta la exigencia del autor con su propia obra.

De esa actitud habla Cataño en este texto, uno de los poemas en prosa de El cónsul del mar del Norte

Pude haber optado por un tipo de experiencia más presentable, donde la audacia hubiese sido también más inteligible.
Cuna y madera, talento y principios no me faltaron. Pero prescindí, ay, de maestros, y a nadie tomé para dedicatoria, paráfrasis u homenaje, pues los pocos que despertaron mis simpatías, o estaban muertos o andaban escondidos. Y otro tanto sucedió con los temas en que me las vi. Siempre pertenecían a la otra mirada, la que despierta la sospecha de un desliz en la ciega, armoniosa enormidad del mundo que amenaza con vaciarse en el temblor de una respuesta aplazada.
La otra mirada es la mirada de los perdedores —fieles vasallos del sinsentido—, cuyo empeño queda rebasado por la ley que unos llaman dios y otros motivo de literatura, de la misma manera que la senda en el valle o la casa en el desierto son finalmente recobrados por la broza y la desolación.
Y la gente no está para lo difícil. Aplauden el estilo limpio, la intachable conducta, y eso que llaman rigor y lucidez. Aplauden la vida, el método, el triunfo.

La reflexividad, la hondura lírica, el despojamiento o la búsqueda de la transparencia esencial del ser y la palabra recorren esta poesía, atravesada por temas centrales como el tiempo frágil de la existencia, la memoria, el amor y la muerte, la insularidad y las pérdidas.

Búsqueda del centro que vertebra una poesía que asume riesgos y se plantea como forma de conocimiento, como aventura ontológica que encuentra su sentido como reflexión sobre el ser y el tiempo al elevarse sobre el desarraigo y el vacío, al explorar lo contingente y los límites del lenguaje.

En ese camino de desolación es fundamental la noción de éxodo, la imagen del poeta como un extranjero y la preocupación por el lenguaje como lugar habitable, por la escritura como refugio ante la fugacidad.

Palabra y fugacidad unidas ejemplarmente en versos como estos, de Para enterrar a los muertos en las palabras:

Al margen de la duda y bajo el sol
Muere lo que dejo por nombrar
Que no pensado,
Pues lento como el río
Que aspira a mediodía
Se me muere la vida no en la carne,
Se me muere la vida en las palabras.

Ese libro lo cierra esta reflexión sobre la escritura que reúne los temas esenciales de la poesía de José Carlos Cataño:

Escribir es volver, volver
A la escritura donde
Quien vuelve muere
Y pasa inadvertido
Al mirar de otro
Que no mira, escribir
Es una espera que dibuja
Y borra por la noche la labor,
Deshaciendo la noche la labor
De bordar con letras pintadas
La noche, la escritura
Enhebra estrellas en el paño
Oscuro de un vestido que pasea
Encima de un puente o en la mirada
Que sigue la ida y vuelta de una cara
Indiferente,
Así somos el que regresa
Y el que espera esa vuelta,
El ser saqueado que a la orilla vuelve
Y la orilla ignota y saqueante,
Lo uno y lo otro,
Separados por el clavo de la conjunción,
Esto y aquello, el rostro que se apaga
Y lo que al fin nos dice y nos desliza
En el olvido,
Quebrando las costillas de la barca,
Las costillas del cielo y de la mente,
Definitivamente la ilusión
En el estallido final de la claridad.

Santos Domínguez






4/9/19

Drácula, luz de mi vida


Alfredo Baranda.
Drácula, luz de mi vida.
Menoscuarto. Palencia, 2019.

Drácula, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Dra-cu-la: la punta de la lengua emprende un viaje...

Con esa parodia del comienzo de Lolita se abre Drácula, luz de mi vida, la novela de Alfredo Baranda que obtuvo el XI Premio Tristana de novela fantástica que publica Menoscuarto.

Alejada del tópico fácil, Drácula, luz de mi vida proyecta una nueva mirada sobre la criatura que inventó Bram Stoker, contra el que se revuelve el propio Drácula en una original variante de la pulsión de matar al padre. 

Un Drácula cáustico y complejo en el que coexisten la perversión y el refinamiento, la ternura y la crueldad, la reflexión y el delirio, la arrogancia y el desenfado que critica la creación de Stoker, “ese infumable bodrio victoriano que Bram Stoker y yo pergeñamos en apenas unos meses, y en el que por primera vez aparecía el nombre que me habría de acompañar durante el resto de mi vida: Drácula.” 

Es el vampiro quien cuenta su propia historia desde el regreso de la muerte, porque “el que muere se transforma de inmediato en un personaje de ficción en la novela del recuerdo. Pasa a ser un fantasma de la imaginación, un espejismo. Aquel que recuerda a un muerto lo que en realidad está haciendo es imaginar a un vivo que nunca existió. Todo recuerdo es un ejercicio de la fantasía, no de la memoria.”

Y es que aunque Bram Stocker había redactado la novela por indicación del propio Drácula, el resultado fue decepcionante, como explica en estas líneas demoledoras: “es una obra banal, aburrida, ramplona, lleno de inconsistencias y muy mal articulada. Lo único terrorífico que hay en ella es el estilo.”

El ágrafo Drácula, que conoció la sangre viscosa de Bram Stoker y la de su mujer, ligera y poco nutritiva, asume el papel de narrar su vida y las circunstancias que rodean el nacimiento del mito vampírico: las conversaciones de Arminius Vámbéry con Stoker; algunas celebridades como Oscar Wilde o Baudelaire, que fueron otros posibles narradores de su historia; amantes como la reina Victoria y personajes con los que tuvo relaciones vampíricas, como Aubrey Beardsley, Schubert, Nietzsche o Emily Brontë.

El Nosferatu de Murnau y el actor Max Schreck, el que mejor ha encarnado al personaje “inquietante y repulsivo” en el cine; la metamorfosis desde la tumba de Isaac Zuckerman, un recorrido por la historia del vampiro, la simpatía por el nazismo y la aparición de Hitler y Eva Braun, Himmler y Goebbels, la relación con Freud, con Belial, uno de los ángeles caídos, y con Ofelia, concubina del demonio y amante de Drácula, completan el relato de un personaje cada vez más solitario, selectivo con sus víctimas y de compleja disposición psicológica.

Un ejercicio literario y una revisión irónica del mito desde dentro, una reinterpretación irreverente y una relectura original escrita con ambición expresiva y con la soltura narrativa de una prosa que fluye con naturalidad.

Santos Domínguez

2/9/19

Sylvain Tesson. Un verano con Homero


Sylvain Tesson.
Un verano con Homero.
Traducción de Robert Juan Cantavella.
Taurus. Madrid, 2019.

¿De dónde vienen estos cantos, surgidos de las profundidades, que estallan en la eternidad? ¿Por qué nos siguen sonando tan inconfundiblemente familiares? ¿Cómo explicar que un relato de dos mil quinientos años resuene hoy con un brillo nuevo, con el centelleo de las aguas de una pequeña cala? ¿Por qué estos versos de inmortal juventud siguen iluminando el enigma de nuestro futuro?
¿Por qué esos dioses y esos héroes parecen tan amistosos?
Los héroes de estos cantos siguen viviendo en nosotros. Su arrojo nos fascina. Sus pasiones nos resultan familiares. Sus aventuras han forjado expresiones que usamos a diario. Son nuestros hermanos y hermanas evaporados: ¡Atenea, Aquiles, Áyax, Héctor, Ulises y Helena! Sus epopeyas han engendrado lo que somos, nosotros, los europeos: lo que sentimos, lo que pensamos. "Los griegos civilizaron el mundo", escribió Chateaubriand. Homero sigue ayudándonos a vivir.

La actualidad y la cercanía de clásicos como Homero, autor de dos obras eternas que están en la raíz de la literatura occidental, son los ejes que articulan Un verano con Homero, de Sylvain Tesson, que publica Taurus con traducción de Robert Juan Cantavella.

Dos obras que trazan dos imágenes de la vida, dos concepciones de la existencia: la vida como guerra o la vida como aventura. Así lo explica Tesson:

La Ilíada es el relato de la guerra de Troya. La Odisea narra el regreso de Ulises a su reino de Ítaca. Uno describe la guerra, el otro la restauración del orden. Ambos trazan el perfil de la condición humana. En Troya: la avalancha de las masas rabiosas manipuladas por los dioses. En la Odisea: Ulises circulando entre islas y buscando una escapatoria. Entre los dos poemas, una violentísima oscilación: maldición de la guerra aquí, posibilidad de una isla allá. Por un lado, el tiempo de los héroes, por otro, una aventura interior. 

Estas espléndidas páginas son un recorrido apasionado por la geografía homérica, que habita la luz, azota el viento y ama las islas; por la Ilíada como poema del destino en el que los dioses juegan a los dados y la paz es sólo un interludio, mientras Aquiles se mueve entre el talento y la cólera.

Y por la Odisea como canto del regreso del rey y como incursión en los reinos del misterio; por el trazado de las líneas de la vida de los héroes y los hombres, por la fuerza y la belleza, la memoria y el olvido, la astucia y la oratoria, la curiosidad ante el mundo o la renuncia.

En esos poemas, que “inauguran la edad de la literatura y clausuran el ciclo de la modernidad”, conviven los dioses, belicistas o débiles, y los hombres que son marionetas de los dioses o dueños de sus decisiones, entre el destino y la libertad, la imaginación y la gloria, la furia y la grandeza, la fragilidad de la existencia y la hibris del héroe, los dioses salvajes y el castigo. 

Y como culminación del libro, un capítulo dedicado a Homero, “viejo compañero del presente”, y a la belleza pura de la poesía en la explosión de las palabras y en la elección del epíteto que nombra el mundo para siempre, porque -escribe Sylvain Tesson- “Homero es antes que nada el nombre de un milagro: ese momento en que la humanidad halló el modo de fijar en la memoria una reflexión sobre su condición. Homero es una voz. Da a los hombres la oportunidad de comprender cómo llegaron a ser lo que son.”

Por eso “en la Odisea avanzamos ante el espejo de nuestra propia alma. En ello reside el genio de Homero: en haber trazado los contornos del hombre en unos cuantos cantos. Nada después ha vuelto a ser lo mismo. A lo largo de estos renglones resplandece la luz, la adhesión al mundo, la ternura por las bestias, por los bosques; en una palabra, la dulzura de la vida. ¿No oyes, al abrir estos dos libros, la música de las olas? Cierto, a veces el entrechocar de las armas parece ocultarla, pero esa canción de amor dedicada a nuestra parte de vida sobre la Tierra siempre vuelve. Homero es el músico. Nosotros vivimos en el eco de su sinfonía.”

Santos Domínguez

12/7/19

Joan Payeras. La noche que espera


Joan Payeras.
La noche que espera.
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2019.

Conoces el dolor y la belleza, 
tienes amor y miedo. 
Cada tarde se pone el sol 
tras la misma montaña.
Tú celebras el don 
y temes la condena. 

Con esos espléndidos versos se cierra la primera de las dos partes -El don y la condena y La noche que espera- del libro que Joan Payeras publica en la colección Tierra de La Isla de Siltolá.

Entre el don y la condena, la conciencia del tiempo fugaz y la celebración del amor y el tiempo presente, entre el dolor y la belleza, el final y la promesa, entre “el dolor secreto y la alegría callada”, entre la certeza de estar vivo y la seguridad de la noche fría que espera se mueven los poemas en verso y prosa de La noche que espera, que parten de la idea de que “en la hoguera del tiempo / arderá esta belleza.”

En ellos la palabra que contiene el mundo lo convoca, porque esa palabra es “luz convertida en canto / milagro breve, lapso de tu tiempo.” Y lo evoca con la memoria que une tardes y miradas en busca de la armonía con el mundo y en “la íntima celebración /  de saberse vivo.”

Y al fondo, callada y esperando, “la noche ensayando siempre la última noche”, aunque quien lo sabe tiene la palabra y los versos “como escudos / que detuvieran lo que teme.”

Y así en la extensión de la noche, en el silencio y la nieve, en el fuego y la ceniza los poemas de La noche que espera concretan la búsqueda de “una única palabra en la que se resuma el último sentido de esta vida, la última razón de nuestra muerte.”

Con una admirable contención expresiva y una inusual tensión poética y emocional, estos textos aspiran a realizar el milagro de parar el tiempo en el poema con la voz de quien “Recuerda. / Y comprende al fin / que en la plenitud / de todos los días / escondida / la muerte calla.”



Santos Domínguez

10/7/19

Stendhal. Napoleón. Vida y memorias


Stendhal.
Napoleón.
Vida y memorias.
Traducción y cronología de Consuelo Berges.
Introducción de Ignacio Echevarría.
Penguin Clásicos. Barcelona, 2019.

“¡Napoleón y Stendhal! La sola mención de estos dos nombres juntos emite una vibración especial para todos aquellos que conservan vivo el impacto que les produjo la lectura de Rojo y negro o de La cartuja de Parma. Puede que, desde la Ilustración, no se haya dado un caso equivalente de sintonía entre un gran escritor –Stendhal- y uno de los grandes poderosos de la Tierra: Napoleón. No se trata, ni mucho menos, del tipo de alianza o de complicidad que llegó a establecerse entre, por ejemplo, Gorki y Lenin, en el marco de la Revolución rusa, o entre Malraux y De Gaulle, en la Francia posterior a la Segunda Guerra Mundial. Se trata de algo más impreciso y a la vez más amplio, que señala a Stendhal como el más fiel cronista del impacto y de las transformaciones espirituales que, en la Europa posterior a la Revolución francesa, supuso la emergencia, el imperio y la caída de Napoleón. Nadie como Stendhal captó de manera tan certera el modo n que la figura, las conquistas y el destierro de Napoleón encendieron la imaginación de al menos dos generaciones de europeos, transformando en no pocos casos la relación con su propio destino”, escribe Ignacio Echevarría en la magnífica Introducción que ha escrito para la edición de Napoleón. Vida y memorias, de Stendhal en Penguin Clásicos con traducción y cronología de Consuelo Berges.

En dos ocasiones intentó Stendhal abordar la biografía de Napoleón, un proyecto largamente elaborado que no llegó a culminar. La primera en 1817, con un Napoleón desterrado en Santa Elena y con un Stendhal que mantenía pese a todo sus convicciones bonapartistas exiliado en Milán. 

Tras aquella Vida de Napoleón, primer esbozo de una biografía inconclusa que tuvo como eje la vertiente militar de Napoleón, veinte años después, muerto ya el emperador, un Stendhal muy distinto empezó sus Memorias de Napoleón, centradas en la campaña en Italia, escindido entre la admiración al personaje y lo que representó y el desprecio al tirano, al que consideraba “el hombre más grande aparecido desde César.”

Stendhal había formado parte de los ejércitos napoleónicos en la campaña de Rusia y en la victoria de Batzen en 1813. De su conocimiento de los campos de batalla cuando era todavía Henry Beyle dejó un testimonio ejemplar en La Cartuja de Parma y en su inolvidable descripción desorientada y perpleja de la batalla de Waterloo.

“Caí con Napoleón en abril de 1814”,  escribió en su autobiográfica Vida de Henry Brulard, donde dejó reflejado su bonapartismo, aunque en menor medida que en los protagonistas de sus dos novelas fundamentales: Julien Sorel en Rojo y negro y Fabricio del Dongo en La Cartuja de Parma, dos personajes en los que proyectó el entusiasmo y la exaltación romántica ante la figura de Napoleón un Stendhal que consideraba que “la vida de este hombre es un himno a la grandeza de alma.”

Stendhal no escribía estas páginas sobre el hombre, sino sobre el personaje histórico, sobre la estatua y el pedestal. El que acometía las memorias de Napoleón era un Stendhal que había publicado ya su Rojo y negro, una novela napoleónica en gran medida, y que declaraba en el Prefacio:

El amor a Napoleón es lo único que ha perdurado en mí, lo que no me impide ver los defectos de su espíritu y las mezquinas flaquezas que pueden reprochársele.

Y con esa mirada admirativa y crítica aborda Stendhal lo que Ignacio Echeverría define en su Introducción como “la sustancia histórica y personal de un mito que dio impulso y vuelo al primer novelista contemporáneo.”

Santos Domínguez