3/2/23

Rilke. Sonetos a Orfeo



Rainer Maria Rilke.
Sonetos a Orfeo.
Edición bilingüe.
Edición y traducción de Juan Andrés García Román.
Pre-Textos. Valencia, 2022.


 Se alzó un árbol. ¡Oh trascendencia pura! 
¡Orfeo canta! ¡Alto árbol en el oído! 
Y calló todo. Pero en tal callar 
pulsaba un nuevo inicio. Un cambio, una señal. 

Criaturas de silencio emergieron del claro 
y liberado bosque, de escondites y nidos.
Y ya no era por miedo o por astucia 
si andaban sigilosos o si eran precavidos, 

sino para escuchar. Gritar, rugir, bramar 
se habían vuelto pequeños para sus corazones. 
Donde no había morada que recogiera aquello, 

solamente un refugio del más oscuro anhelo, 
un cobertizo, sí, con postes que temblaban, 
tú les creaste un templo en el oído.

Ese es el primero de los cincuenta y cinco Sonetos a Orfeo de Rilke en la traducción de Juan Andrés García Román para la edición bilingüe que publica Pre-Textos en la colección La Cruz del Sur.

Organizados en dos partes casi simétricas, Rilke los compuso en tres semanas de febrero de 1922 como monumento funerario para su amiga muerta Vera Ouckama-Knoop. Así hablaba el poeta de su febril proceso de escritura: “Los Sonetos a Orfeo […] son, para mí personalmente, la más misteriosa de mis obras, por el modo en que surgieron y tomaron posesión de mí, al dictado, al más enigmático dictado que he padecido y cumplido.”

En su impulso hímnico, tienen estos Sonetos algo de canto de frontera, de travesía del tiempo, de viaje de ida y vuelta entre la vida y la muerte como expresión de unidad en un todo que está más allá de lo visible:

¿Es Orfeo de este mundo? No, su naturaleza 
creció de los dos reinos.

De ahí la elección de la figura de un Orfeo jubiloso y unificador como eje de estos textos que, aunque variados en sus temáticas, apuntan siempre al centro que vertebra el libro: el canto de alabanza a la transformación y a la movilidad de lo vivo, el tiempo y la muerte, la relación con la naturaleza, el amor y el destino, el dolor como error del cuerpo y la integración jubilosa en la unidad del mundo.

Porque, como resume en el principio y el final del soneto IX,

Sólo quien ya ha elevado 
su lira de las sombras 
vislumbra una alabanza 
que no se agota.
[…]
Sólo en el mundo doble 
se volverán las voces 
eternas, suaves.

Esto le decía Rilke en una carta a la madre de Vera:

“Todo lo que humanamente hubiera bastado para llenar una larga existencia terrenal (no sabemos cuál) tuvo la posibilidad de realizarse de repente por entero. Entonces una infinita luz brotó en el corazón de la joven y en él aparecieron, iluminados, los dos extremos de su pura intuición: por un lado, el pensamiento de que el dolor es un error, una burda equivocación surgida en nuestra parte corpórea, y que hunde su cuña de piedra en la unidad cielo-tierra; por el otro, el sentimiento de la unión profunda de su corazón abierto a todo, con la unidad del mundo que es y que dura, el consentimiento a la vida, la integración jubilosa, conmovida, total, del mundo terrestre —¿sólo terrestre? No (¿qué es lo que no sabría ella en esos primeros asaltos de la demolición y de la partida?), sino la integración con el todo, en un mundo muy superior al de aquí.”

En su introducción, ‘Rilke, el mago’, escribe el editor: “Los Sonetos, al contrario que las Elegías, no avanzan, se acendran, se adentran. Y esa estrategia tiene, claro está, una impronta en el asunto tratado, pues, aunque los temas sean próximos, su resultado es una transfiguración. Así en los Sonetos, el motivo de la desaparición y la metamorfosis deviene en una mística gozosa; la unión es viable, se realiza en el propio poema.”

Todo ese proceso se expresa de manera culminante en el espléndido soneto final:

Oh silencioso amigo de tan lejanos reinos, 
aún siente que tu aliento el espacio acrecienta.
Repica en la estructura del campanario oscuro.
Lo que en ti se alimenta 

toma su fuerza en esa colación.
Anda,ve, sal y entra de la transformación.
¿Qué herida duele más o qué experiencia? 
Si el beber te es amargo, tú hazte vino.

En la noche de exceso sé una mágica fuerza 
que cruza tus sentidos y el sentido 
de ese entrecruzamiento.

Y si lo de este mundo te olvidó, 
a la callada tierra di: yo fluyo.
Y al torrente de agua di: yo soy.

Nada mejor para terminar esta reseña que reproducir el temblor de las palabras con las que cierra García Román el prólogo a su espléndida traducción de los Sonetos a Orfeo:

“Rilke no es propiedad del erudito. Es esperanza. ¿De cuántos poetas puede decirse que nos han sanado? ¿Y por qué eso no tiene más eco? ¿Por qué no somos más conscientes de que sí hay ciertas respuestas que el espíritu humano ha desperdigado aquí y allá? Las necesitamos. Por eso es importante esta obra.
[…]
Quien tenga miedo a su propio declive, quien haya perdido a un padre o a un hijo, se haya distanciado de la persona a la que ama o, simplemente, ande corto de esperanza quizás encuentre aquí algún albergue. Ahora es el momento de los versos. Detén tus pasos. Aún es posible la poesía. Rilke existe.”

Santos Domínguez

 


1/2/23

Keats. Poesía completa


 John Keats. 
Poesía completa.
Edición bilingüe.
Traducción de José Luis Rey.
Berenice Poesía. Córdoba, 2022.

“Aquí yace uno cuyo nombre está escrito en el agua”, se lee en el epitafio de la tumba de Keats en el cementerio acatólico de Roma. Keats había agonizado en un cuarto junto a las escalinatas de la Trinità dei Monti, desde el que podía ver la Barcaccia, la fuente famosa de la Plaza de España.

“John Keats murió en Roma de tuberculosis a la edad de veinticuatro años, en 1821; y fue sepultado en el romántico y solitario cementerio de los protestantes de Roma, bajo la pirámide que es la tumba de Cestio y los fuertes muros y torres, ahora en ruinas y desolados, que conformaban el recinto de la antigua Roma. En medio de la ruinas está el espacio abierto del cementerio, cubierto en invierno de violetas y margaritas. Caería uno enamorado de la muerte solo de pensar en ser enterrado en un lugar tan dulce”, escribió su amigo Percy B. Shelley en el Prefacio que presentaba su Adonais, la elegía por la muerte de Keats.

Alejado por igual del sentimentalismo de Coleridge y Worsdworth, los poetas de los lagos, y del malditismo provocador de Byron y Shelley, John Keats (Londres, 1795-Roma, 1821), el romántico que murió más joven, fue el poeta-poeta, el más claramente tocado por el don de la poesía y la palabra, el que más prestigio poético conserva hoy, porque su obra ha pasado sin daño por encima del tiempo. 

Lo demuestra el amplio volumen con su poesía completa que publica Berenice con una portentosa traducción rítmica de José Luis Rey, de la que puede dar idea la traducción de la segunda estrofa de la Oda a una urna griega:

Son dulces las canciones que escuchamos, 
pero aquellas no oídas son más dulces aún:
por tanto, sonad, gaitas; mas no para el oído, 
tocad para el espíritu melodías sin tono: 
hermosa joven, tú, que bajo árboles 
jamás dejarás ya de cantar tu canción, 
ni  tampoco los árboles han de perder sus hojas; 
y tú, valiente amante, jamás has de besar, 
tan cerca de tu amada -pero no te lamentes; 
ella no se marchita -aunque tú no lo alcances, 
la moral para siempre y siempre será hermosa!

De todos sus contemporáneos, Keats fue el más consciente en la reflexión sobre la noción de lugar que cimenta su poesía meditativa. Un lugar que delimitó en sus cartas, en las que habló de la capacidad de vaciarse  de sí mismo, de enajenarse y perder la propia identidad para identificarse con el paisaje o con el pájaro que picoteaba en el alféizar de su ventana, para convertirse en urna griega o ser otoño o ruiseñor.

Lo resumía en la carta que dirigía el 27 de octubre de 1818 a su amigo Richard Woodhouse, la que Cortázar definió en su memorable Imagen de John Keats como la “carta del camaleón”, comparable a las Cartas del vidente de Rimbaud: “El poeta es un ser sin identidad, lo es todo y no es nada; no tiene carácter; disfruta la luz y la sombra (...) Lo que choca al virtuoso filósofo deleita al camaleónico poeta (...) Un poeta es el ser menos poético que haya, porque no tiene identidad: está continuamente sustituyendo y rellenando algún otro cuerpo (...) El sol, la luna, el mar, los hombres y las mujeres, que son criaturas impulsivas, son poéticos y tienen en sí algún atributo inmutable. El poeta no posee ninguno; ninguna identidad, y es, sin duda, el menos poético de todos los seres creados por Dios (...) Si, por lo tanto, el poeta no tiene ser en sí y yo soy poeta, ¿qué hay de asombroso en que diga que voy a dejar de escribir para siempre? (...) Tal vez ni siquiera ahora estoy hablando por mí mismo, sino desde alguna individualidad en cuya alma vivo en este instante.”

Visionaria y creativa, la poesía de Keats presagia a Rilke en su viaje hacia la trasmutación poética en busca de la esencia de la realidad, en su buceo hacia lo que se agita en las profundidades. Y lo hace con una suma de reflexión y creatividad, de meditación e imaginación, de lucidez y contemplación receptiva en la que el poeta se deja tomar por la realidad, que acaba poseyendo al poeta, el que ve como pudieron ver los dioses.

“Él describe lo que ve. Yo describo lo que imagino”, escribía Keats para diferenciar su poesía de la de Byron. Porque en Keats la imaginación no es sólo el motor de la escritura, sino el método para entender el mundo de una manera profunda.

Y esa imaginación, que viene de Milton y de Blake, se apoya en la subjetividad de los sentidos y se proyecta sobre una naturaleza que en Keats nunca se convierte en símbolo conceptual. Su obra, ubicada en el cruce de lo ideal y lo real, del mito y la naturaleza, de los sentidos y la reflexión, es una indagación imaginativa del poeta en sí mismo y en su lugar en el mundo, el reflejo literario de un proceso de aprendizaje y asimilación del dolor y la tristeza que se fue intensificando y dando lugar a sus mejores poemas desde 1819, desde que tuvo la certeza de que la muerte se le aproximaba. Ese es el año del extenso e inacabado poema narrativo Hiperión o de sus espléndidas Odas (A Psique, A un ruiseñor, Al otoño, A la melancolía).

“Lo que nos sigue llamando la atención y haciendo imperecederos estos poemas -afirma José Luis Rey en su prólogo ‘El constructor del castillo’- es su mezcla de amabilidad, alegría, soltura en el decir, el tono coloquial y a la vez encendido, el arranque cordial siempre, la capacidad de comunicar y comulgar con el lector, al compartir el intenso asombro por los detalles y las pequeñas cosas de la vida que el poeta eleva a su pleno ser.
[…]
Por su cálida voz se le podría definir como un poeta italiano nacido en Inglaterra. Lo cierto es que al final fue sin duda un poeta inglés muerto en Italia.”

El 23 de febrero de 1821 murió el hombre, pero su poesía espiritual y delicada, imaginativa y triste se hizo definitivamente inmortal en versos memorables como estos que cierran su Oda a una urna griega:

La belleza es verdad y la verdad, belleza, 
amigos, he aquí todo cuanto hay que saber.

“Después fue Adonais -escribe Cortázar-, el dolor solitario de unos cuantos que lo habían conocido en toda su belleza; y lentamente el olvido, también necesario, la noche de John Keats.
Él había murmurado un día: «Pienso que después de mi muerte estaré entre los poetas ingleses». Cincuenta años más tarde será Matthew Arnold quien confirme el alba: «Está. Está con Shakespeare».”

Santos Domínguez 


30/1/23

E. E. Cummings. ViVa



 E. E. Cummings.
ViVa.
Edición bilingüe inglés-español.
Traducción de Pedro Larrea.
Epílogo de Antonio M. Figueras.
El sastre de Apollinaire. Madrid, 2022.

En algún lugar al que nunca he viajado,con alegría más allá
de experiencia alguna,tus ojos tienen su silencio:
en tu más frágil gesto hay cosas que me encierran,
o que no puedo tocar porque están demasiado cerca

tu más leve mirada me abrirá sin duda
aunque yo me haya cerrado como unos dedos
tú me abres siempre pétalo a pétalo a mí mismo como la Primavera abre
(tocando hábil,misteriosamente)su primera rosa

o si tu deseo es cerrarme,yo y mi
vida se sellarán muy bellamente,de pronto,
como cuando el corazón de esta flor imagina
a la nieve con cuidado en todas partes descender;

nada que debamos percibir en este mundo se iguala
al poder de tu intensa fragilidad:cuya textura
me compele con el color de sus países,
retratando muerte y siempre con cada aliento

(yo no sé qué es lo que hay en ti que cierra
y abre;pero algo en mí comprende que
la voz de tus ojos es más honda que todas las rosas)
nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas

Ese es uno, seguramente el más famoso desde que lo recitara Michel Caine en Hanna y sus hermanas, de los setenta poemas de ViVa, de E. E. Cummings (1894-1962) que publica El sastre de Apollinaire en una cuidada edición bilingüe con traducción de Pedro Larrea que remata un epílogo (‘Mucho más que un primo de Apollinaire’) en el que Antonio M. Figueras explica que “el título alude a dos V superpuestas, pintada muy frecuente en esa época en los muros del sur de Europa con el significado de larga vida, como en «ViVa Napoli».

Publicado por primera vez en España en su integridad, este libro contiene al Cummings más reconocible y al más vanguardista, al más sentimental y al más hermético, al más innovador y al más lúdico en la meritoria y admirable traducción de Pedro Larrea, que sostiene en el prefacio:

“La poesía de E. E. Cummings no es «difícil» en su lengua original. 
Otra cosa fabulosamente distinta es la traducción de su poesía. Que traducir es entre arduo e imposible se sabe en Europa desde aquellos patricios romanos que viajaban a Grecia para aprender griego (la lengua culta para la elite latina del momento) y así leer a Homero en el original. Que no se debe (¡que no se puede!) traducir palabra por palabra, nos lo apuntó San Jerónimo. Con este aviso, a Cummings se le reescribe sin remedio casi tanto como se le traduce a duras penas; porque traducir a secas es (quien lo probó lo sabe) una quimera insoslayable.”

Están aquí sus juegos algo banales con las mayúsculas y las minúsculas, la  puntuación aparentemente caprichosa que responde a la transcripción fonética, las rupturas de estructuras sintácticas en el coloquio y los experimentos tipográficos, los ritmos marcados por el jazz y las efusiones afectivas y confesionales, como la de este poema:

Si existen los cielos mi madre tendrá (todo para ella) 
uno.      No será un cielo cursi ni 
un frágil cielo de lirios del valle sino 
que será un cielo de rosas rojinegras.

mi padre (profundo como una rosa 
alto como una rosa) 

de pie al lado de mi 

mecerme sobre ella 
(en silencio) 
con ojos que realmente son pétalos y verá 

nada con la cara de un poeta que realmente 
es una flor y no una cara con 
manos 
que susurran
Este es mi amor mi

                               (de repente en la luz del sol 
él se inclinará, 

y el jardín entero se inclinará)

Santos Domínguez 

27/1/23

Cuerpos a la hoguera

 

Luis P. Suárez.
Cuerpos a la hoguera.
Libros del aire, 2022.

 HIJOS DE EVA

Temimos las espinas de la rosa.
Por ser mansos, Señor, fuimos cobardes, 
tibios ante el dolor y la injusticia, 
y Tú nos vomitaste.

Marcados por el hierro de la muerte, 
desnudos ante el frío, desterrados, 
erramos el camino y elegimos 
salvar a Barrabás.

Envueltos en tu ausencia, danos fuerza 
para arrancar de ortigas las palabras, 
y danos el valor 

para empuñar la espada. Danos fuego 
en lenguas derramado, y danos sal 
con que arrasar la tierra.

Es uno de los poemas de Cuerpos a la hoguera, de Luis P. Suárez, que publica Libros del aire.

Con un admirable equilibrio entre el cuidado del verso y un tono conversacional que encauza la fluidez de sus endecasílabos, hay en sus poemas homenajes y guiños literarios; ironía y contención; brasas reavivadas del amor adolescente y ajustes de cuentas con el pasado de quien va tomando conciencia de su propia identidad y forjando un autorretrato moral en estos textos que sostienen un diálogo sin concesiones consigo mismo y con los demás, con la vida y con la tradición literaria, mirada entre la seriedad y el tono paródico de la ‘Canción a las ruinas del camping’, que termina con el estremecimiento elegíaco de esta estrofa: 

las dunas con sus lentas lenguas lamen 
de arena la reliquia, el sitio exacto, 
que guarda de la infancia las cenizas 
que juntos enterramos esa noche 
en que murió tu abuela y el verano.

Escritos desde la aguda conciencia del tiempo de uno de esos cuerpos a la hoguera, la mayoría de estos textos los escribe una voz cercana al lector y distante de sí misma. Una voz que repasa su biografía y habla desde la distancia póstuma de quien desde la otra orilla puede cerrar su libro con este espléndido, corrosivo, apocalíptico poema: 

VALLE DE JOSAFAT 

Y hasta qué punto, dime, he de tomarme 
la vida en serio. Quién puede juzgarnos 
por malgastar el tiempo persiguiéndola
-por qué sentir vergüenza- en otros cuerpos. 

Ninguno vuelve aquí, canta el arpista 
en la sellada tumba de su rey, 
que ahora es polvo, y las generaciones 
se van desvaneciendo, y su recuerdo. 

Marcados por la muerte, también tú 
estás borracho y hueles a sudor, 
y sabes que gritar no salva a nadie, 
y que el olvido es la única certeza. 

Cuando derramen fuego de sus copas 
los ángeles y arrojen en la herida 
la sal que cauteriza, rodarán 
las blancas calaveras que besamos.

Después, solo silencio, el viento helado, 
un páramo desierto, enmudecida 
la cítara, la lira, la siringa, 
la voz de los poetas, la voz de esos 
presuntuosos primates.


25/1/23

El fulgor del bronce

 


Francisco Giménez Gracia.
El fulgor del bronce.
Literatura antigua y progreso moral.
Reino de Cordelia. Madrid, 2022.

“Sabemos por Borges (en “El sueño de Coleridge”) que una de las tardes del verano de 1797 el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge tomó una buena dosis de opio y se retiró a dormir la siesta. Antes de coger el sueño, leyó unas páginas sobre Kublai Kan. El opio hizo germinar aquella lectura y, al cabo de un par de horas, el poeta despertó con la certidumbre de haber compuesto (o más bien, recibido) un poema de unos trescientos versos que describían un palacio perdido del gran Kan. Lo recordaba con toda claridad, palabra por palabra, y pudo transcribir de corrido unos cincuenta versos, antes de que una visita lo interrumpiera. Luego ya le fue imposible recuperar el resto, y nada ni nadie le pudo ayudar, pues Occidente no había oído hablar jamás de dicho palacio, cuya primera y única noticia, repito, le llegó a Coleridge a través del sueño. El fragmento rescatado se publicó en 1816 y muchos críticos entienden que se trata de lo mejor que escribió el poeta. Swinburne (nos dice Borges sin precisar la cita) sentenció que este poema roto es el más alto ejemplo de la música del inglés y que el hombre capaz de analizarlo podría destejer un arco iris. Pues bien, en 1836, es decir, veinte años después de la aparición pública del poema, en París se editaba una historia universal escrita por un persa, Rashid ed-Din, en una de cuyas páginas se lee lo siguiente: «Al este de Shang-Tu, Kublai Kan erigió un palacio, según un plano que había visto en un sueño y que guardaba en la memoria». Borges formula así el enigma:
“Un emperador mogol, en el siglo XIII, sueña un palacio y lo edifica conforme a la visión; en el siglo XVIII, un poeta inglés, que no pudo saber que esa fábrica se derivó de un sueño, sueña un poema sobre el palacio. Confrontados con esta simetría [...], ¿qué explicación preferiremos?”, escribe Francisco Giménez Gracia, profesor de Filosofía y traductor de Platón, en el Prefacio de El fulgor del bronce, el ensayo que publica Reino de Cordelia.

Subtitulado Literatura antigua y progreso moral, sus cinco capítulos exploran la zona que conecta la filosofía y la literatura, los lugares literarios donde convergen el pasado y el presente, la moral y la imaginación, la antigüedad y la modernidad para fijar los perfiles comunes de las distintas tradiciones, sus arquetipos de conductas y sus ideales éticos y la manera en que se incorporan al acervo común de la civilización, porque “la Ilíada, las historias de Heródoto, las viejas noticias de los samuráis, etc., contienen ideas morales emancipadoras que saltan por encima de su tiempo.”

Y así, desde los héroes homéricos a la historia de los cuarenta y siete samuráis de la casa de Asano, desde Kublai Kan a Coleridge, desde el Talmud a la leyenda de san Alejo y al epílogo vikingo es posible advertir “que existen algunos textos en la Historia de la Literatura Universal que han crecido en la consideración de la Historia del Espíritu”, afirma Francisco Giménez Gracia, que añade acerca del poema del romántico inglés:

“Aquí vemos cómo el surgimiento de un poema puede arrastrar tras de sí un enigma cuya comprensión cabal implicaría el entendimiento total del universo. Dicho de otro modo: no podemos saber cómo es posible la coincidencia entre el sueño de un emperador mogol del siglo XIII y el sueño de un poeta inglés del siglo XVIII sin saber antes los mecanismos más profundos que causan el ser del mundo. Pues bien, al menos de momento, quiero pensar que los fragmentos de modernidad ética que aparecen con una anticipación de siglos en las obras de las que se ocupa este ensayo son también una especie de Arquetipos que el Universo necesita no menos que el palacio de Kublai y que se han ido abriendo camino por sí solos, sin el concurso consciente de los escritores, a través de algunas de las obras más deslumbrantes de la Historia de la Literatura Universal, unos textos cuya cabal comprensión, en efecto, es tarea pareja a la de destejer la trama de un arco iris.”
 
Y a destejer esa trama se orientan las páginas de este ensayo que vincula los ideales la literatura antigua con el progreso moral de la Civilización en un fondo ético que conecta las culturas tradicionales con la modernidad ética, la Ilíada con los relatos de Bashevis Singer o con las tramas del cine de los hermanos Coen; relaciona la idea de verdad en Chuang-Tzu y Kant o defiende la superioridad ética y heroica de Patroclo sobre Aquiles en la Ilíada y la voluntad de verdad en la grandiosa Historia de Heródoto y su fulgor de bronce.

Páginas que establecen desde su perspectiva actual “un puente que traza la posibilidad teórica de que la humanidad pueda experimentar un progreso moral (y material) efectivo. Y es desde lo alto de este puente, desde donde nos atrevemos a desafiar a esos hombres de acción, como el explorador Mawson o el viejo Platón, que pretendían apartar a los suyos de la Literatura, por no querer admitir que hay poetas que se aproximan a la Verdad más de lo que lo hacen los historiadores (como ya señalara en su día Aristóteles) e, incluso, como señalaremos a lo largo de las páginas de este ensayo, más que los propios filósofos. La Poética que aquí sugerimos, pues, subraya la excelencia de unos relatos premodernos, al hilo de cuyas palabras se abren paso ideas que saltan por encima de la modernidad, ideas que no son las de sus autores, sino las nuestras; unas historias cuya energía intelectual es tal que en el pasado se las creyó de origen divino, y se las escuchó como se escucha el sagrado canto de una diosa; unos textos cuya potencia nos invita a pensar que la humanidad futura será capaz de reinventarse a partir de nociones que siguen ocultas entre sus líneas, como fecundas semillas dormidas que nosotros aún no somos capaces siquiera de concebir.”

Santos Domínguez 


23/1/23

Jovellanos. Diario



 Gaspar Melchor de Jovellanos.
Diario.
Tres volúmenes.
Obras completas. VI. VII. VIII.
Edición de José Miguel Caso González 
con la colaboración de Javier González Santos.
KRK Ediciones. Oviedo, 1994, 1999, 2011.

Nubes; frío; calma. 

Así comenzaba Jovellanos la anotación en su diario el domingo 14 de diciembre de 1794. Estaba en Gijón y seguía escribiendo:

Resuelvo ir a Oviedo para arreglar la impresión de la Noticia. Pagué a mi hermana doña Gertrudis una cuenta de 1.766 reales y 26 maravedises; tenía dados 200; entregué 1.566, 26 maravedises. Tomé dinero para el viaje, y quedaron en el cajón 880 reales en oro. Debo hoy a mi hermana doña Catalina el producto de sus acciones, que entregaré en Oviedo. Misa. Comí a las doce y monté a caballo. Tiempo bellísimo, pardo y calma. Cada día nuevos cierros y rompimientos de tierras en Porceyo, La Riera, Los Carbaínos y La Embelga.
En Oviedo a la oración. Chimenea. Velarde el mayor; don J[osé o Juan Argüelles] Peñerúes. Mi hermana [Benita] en cama, constipada; allí la oidora, la coronela; don J[¿oaquín?] Posada; Vista-Alegre; conversación; mucho de Junta General y regimiento de Nobles. La resolución del Ayuntamiento de Gijón se recibió con escándalo, y no merecía otra cosa. El voto de mi hermano pareció bien, menos en lo de hacer alternativos los dos servicios, como yo predije: era encarte de Estrada el haberlos entendido así. Lluvia a las once.

Junto con el Teatro Universal y las Cartas eruditas y curiosas del padre Feijoo, el Diario de Jovellanos es uno de los monumentos de la literatura ilustrada en España, una de las cimas de la limpia prosa dieciochesca en castellano y el reflejo deslumbrante de una época a través de las dos inteligencias más preclaras de la Ilustración en España.

Liberado del férreo esquema del informe académico y de la prudencia política, Jovellanos vuelca en su diarios no sólo su intimidad más intensa o más trivial, su carácter y sus emociones, sino su mentalidad racionalista y reformadora en la prosa más personal, viva y espontánea con una tonalidad cercana que es la vía de transmisión de su profundidad intelectual y su lucidez. 

Jovellanos comenzó los diarios -un total de catorce cuadernos- el 20 de agosto de 1790, cuando emprendió  viaje a Madrid desde Salamanca para interceder sin éxito por su amigo Cabarrús y volver pocos días después en un destierro encubierto a Gijón.

Empezaron siendo simples notas de viaje, con apuntes triviales de pagos y deudas, con anotaciones escuetas de menudencias cotidianas como esta del 15 de agosto de 1791:

Laredo; posada respectivamente mediana; comimos mal por haber llegado a las dos y no poderse disponer hasta las cuatro. Aparato de tempestad: truenos, lluvia; resolución de no partir hasta mañana. Siesta hasta las nueve de la noche. Siguen constantemente truenos, relámpagos, agua. Acompañónos aquí un artillero hijo del alférez mayor de Siero. Este día empecé a sentir una notable picazón en todo el cuerpo, que ha seguido constantemente, y algunos momentos me devora; no sé si será efecto del calor, del vino, de los alimentos salados y picantes, del camino o de algún contagio de las camas; ello dirá.

O como esta otra, del 16 de septiembre de 1794:

Martes, 16.- Nordeste. Extracto. Repaso de las Cartas asturianas. Lectura del correo inglés. Al convento. A paseo. Lectura en Gibbon; ya me fatiga la vista la luz artificial. Historia de Sahagún.

Pero, junto con la inmediatez de lo cotidiano (la comida, la salud, las cuentas, el tiempo meteorológico, el descanso, las conversaciones, los paseos), sus itinerarios y apuntes de viaje (excepcionales los referentes al Canal de Castilla en septiembre de 1791) contienen abundantes noticias de carácter artístico, económico, agrícola, geográfico o social, sobre sus expediciones para hacer informes de minas y sus  visitas a distintos monumentos, sobre las diversas peripecias del viajero (caminos, posadas y comidas de los lugares que visita), sobre creencias, costumbres populares y supersticiones. 

Y, con frecuencia, la alusión a los madrugones, a los malos caminos, a las aún peores posadas. Como en la cercanía de León:

Viernes, 25 de agosto de 1797.- En pie a las cuatro. Salida a las cuatro y media. […] Pésima posada, desproveída de todo, sin aseo ni comodidad; escribo a la luz del candil; su tufo es pestilente; el calor, sumo; la cama, mala; sin cena, sin esperanza de reposo; es preciso quemar vinagre para purificar el ambiente; mis sábanas, las mantas de los caballos y los capotes servirán de cama; pero si hay chinches… No lo quiera mi negra suerte. Voy a comer un par de huevos y a tentar si puedo dormir. De seguro no costará trabajo la madrugada.

Sábado, 26 de agosto.- Mala noche; pulgas y más que sospecha de chinches; sueño interrumpido; despierto a las dos y media y luego, en pie; hasta el agua es ruin y no hay azucarillo; pésimo olor de la paja, único combustible del hogar. ¡Fuera de aquí! A caballo antes de amanecer; calor; perdimos la senda.

En periodos más sedentarios, las notas de viaje dejan paso a textos más reflexivos, a anotaciones sobre lecturas, política y sociedad o sobre la correspondencia que va intercambiando desde Gijón. Esas circunstancias influyen también en el paso de un rápido estilo telegráfico a párrafos más reflexivos y a observaciones más elaboradas sobre el paisaje y la naturaleza, como esta del 27 septiembre de 1790 sobre las telas de araña “hermoseadas con el rocío”:

Cada gota un brillante, redondo, igual, de vista muy encantadora. Marañas entre las árgomas, no tejidas vertical, sino horizontalmente, muy enredadas, sin plan ni dibujo. ¡Cosa admirable! Hilos que atraviesan de un árbol a otro a gran distancia, que suben del suelo a las ramas sin tocar el tronco, que atraviesan un callejón. ¿Por dónde pasaron estas hilanderas y tejedoras, que sin trama ni urdimbre, sin lanzadera, peine ni enxullo tejen tan admirables obras? ¿Y cómo no las abate el rocío? El peso del agua que hay sobre ellas excede sin duda en un décuplo al de los hilos. Todo se trabaja en una noche; el sol del siguiente día deshace las obras y obliga a renovar la tarea.

Como es natural, el Diario permite seguir de cerca la peripecia vital y política de Jovellanos, que el 16 de octubre de 1797 recibe con desolación la noticia de que ha sido nombrado embajador en Rusia. Así lo cuenta en la nota de aquel día: 

Me había yo retirado a escribir en el informe del Sr. Lángara, cuando oí que acababan de llegar de Oviedo mi sobrino Baltasar y el oficial Linares. Iba a salir, cuando éste entró ofreciéndome sus brazos y dándome la enhorabuena. «¿Cómo?» «Está usted hecho embajador de Rusia». Lo tengo a burla; se afirma en ello. «Hombre, me da un pistoletazo. ¡Yo a Rusia! ¡Oh, mi Dios!» Se sorprende, cuida de sosegarme; entramos al cuarto de la señora. Baltasar confirma la triste noticia. Me da las cartas; abro temblando dos con sello, una de Lángara, otra de Cifuentes; ambas enhorabuena, con otras mil; nada de oficio; mil otras. Luego un propio, enviado por el administrador Faes. Varias cartas, entre ellas el nombramiento de oficio. Cuanto más lo pienso, más crece mi desolación. De un lado lo que dejo; de otro el destino a que voy; mi edad, mi pobreza, mi inexperiencia en negocios políticos, mis hábitos de vida dulce y tranquila.
La noche cruel.

Pocas semanas después, el 13 de noviembre, recibe otra mala noticia: el nombramiento como ministro de Gracia y Justicia:

Oyéronse cascabeles; el hortelano dijo que entraba una posta de Madrid; creímoslo chanza de algún amigo; el administrador de Correos, Faes, entrega un pliego con el nombramiento del ministerio de Gracia y Justicia. ¡Adiós felicidad, adiós quietud para siempre! Empieza la bulla, la venida de amigos y la de los que quieren parecerlo; gritos, abrazos, mientras yo, abatido, voy a entrar a una carrera difícil, turbulenta, peligrosa. Mi consuelo, la esperanza de comprar con ella la restauración del dulce retiro en que escribo esto; haré el bien, evitaré el mal que pueda. ¡Dichoso yo si vuelvo inocente, dichoso si conservo el amor y opinión del público, que pude ganar en la vida obscura y privada!

El 23 de noviembre de 1797, cuando toma posesión como ministro, anota escuetamente en El Escorial: “En pie a las siete.”

El día anterior, el miércoles 22 de noviembre, había escrito con abatimiento este párrafo amargo:

Mi gente arranca temprano; Cabarrús y yo a las 10. Sin vestir a la casa del ministerio; no se puede evitar el ver algunas gentes; me apura la indecencia del traje; entre otros Lángara, luego su mujer. Conversación con Cabarrús y Saavedra; todo amenaza una ruina próxima que nos envuelva a todos; crece mi confusión y aflicción de espíritu. El Príncipe nos llama a comer a su casa; vamos mal vestidos. A su lado derecho la Princesa; al izquierdo, en el costado, la Pepita Tudó... Este espectáculo acabó mi desconcierto; mi alma no puede sufrirlo; ni comí, ni hablé, ni pude sosegar mi espíritu; huí de allí; en casa toda la tarde, inquieto y abatido, queriendo hacer algo y perdiendo el tiempo y la cabeza. Carta a Paula. Por la noche a la Secretaría de Estado con Cabarrús; luego Saavedra; conversación acalorada sobre mi repugnancia; no hay remedio; el sacrificio es forzoso; más aún sobre la remoción del objeto de la ira y persecución... Nada basta... A casa en el colmo del abatimiento.

Sólo ejerció el cargo de ministro nueve meses, pero fue una experiencia traumática de la que salió enfermo de polineuritis tras haber sufrido síntomas de envenenamiento.

Durante su ejercicio ministerial (“Haré el bien, evitaré el mal que pueda; ¡dichoso yo si vuelvo inocente!”) interrumpió la escritura del Diario. La reanuda a finales de agosto de 1798 (“Escribo con anteojos, que tal se ha degradado mi vista en este intermedio ¡Qué de cosas no han pasado en él! Pero serán omitidas o dichas separadamente”) y lo mantiene con algunas interrupciones hasta el 20 de enero de 1801, en que escribe: 

Poco sueño; nubes; frío.
 
Completaba así nueve cuadernos a los que se sumaron luego los cinco cuadernos del destierro, que llegan hasta 1808, escritos durante su confinamiento y prisión en Mallorca, entre la cartuja de Valldemosa y el castillo de Bellver.

Tras su liberación el 5 de abril de 1808, seguirá haciendo anotaciones en su diario (“todo está ya perdido sin remedio”, escribe el 20 de mayo de 1808) hasta esta, del 6 de marzo de 1810, en que da cuenta de la llegada por mar desde la bahía de Cádiz hasta la de Muros: 

Para las nueve dimos fondo en la bahía de Muros, frente a dicho pueblo, amarrándonos NO [noroeste] y SE [sureste] según requiere dicha bahía. 

“La historia del Diario de Jovellanos es complicada y triste”, escribe José Miguel Caso González en el prólogo al primero de los tres tomos que abarca la magnífica edición del Diario en el conjunto de los quince tomos de las Obras completas de Jovellanos, editadas conjuntamente por el Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII (Universidad de Oviedo), el Ayuntamiento de Gijón y KRK Ediciones.

“La obra de Jovellanos más difícil de editar dignamente -explica Caso González- es, sin ninguna duda, su Diario. Aunque el texto preparado por Julio Somoza pudiera parecer definitivo, cuando se confrontan manuscritos y ediciones surgen multitud de problemas, cuya solución es difícil al haber desaparecido los originales.”

Por resumir “la lamentable y triste narración de los avatares de la importante obra de Jovellanos”: con el destierro en Mallorca, a Jovellanos se le confiscan todos sus papeles, entre ellos los nueve primeros cuadernos. En 1808 Jovellanos faculta a su protegido Ceán Bermúdez para que los recupere, pero no termina ahí la peripecia del Diario, porque los cuadernos, con toda la biblioteca de Ceán, pasan por venta a un bibliófilo asturiano. Hubo varios intentos fallidos de publicación hasta que en 1915 aparece una edición muy defectuosa, plagada de errores. No se puede hablar de una edición digna hasta mediados del XX.

Esta monumental edición en tres volúmenes magníficamente ilustrados fija definitivamente el texto del Diario y lo ilumina con un abundante aparato de notas. Por eso se ha convertido ya en la referencia canónica de estas páginas imprescindibles en la literatura ilustrada española. Las notas, apuntes y reflexiones del observador lúcido que fue Jovellanos acabaron por reflejar toda una época con el trazado del que quizá sea el panorama más completo de la España del XVIII.

Santos Domínguez 

20/1/23

Antonio Pereira. Todos los poemas


  

Antonio Pereira.
Todos los poemas.
Prólogo de Juan Carlos Mestre. 
Siruela. Madrid, 2022 


No hay nada más cansado que el rostro de un domingo 
si son las cinco de la tarde y llueve, 
no hay recuerdo más triste que el de los soportales 
y la humedad calando la suela del zapato. 
Pero a veces con sol y en día de diario, 
más veces cada vez, casi todas las veces, 
la fatiga del mundo hace eternas las horas.
Si supieras qué largos van los trenes, 
el regreso obstinado de las moscas, 
lo inútil de esperar al camarero, 
la lacerante tos de los dentistas, 
el avión que nunca llega a este aeropuerto de El Ecuador, 
Disculpen por favor señores pasajeros 
con destino a Guayaquil, 
y nunca llega. 
                      No creas que te engaño.
Reconozco también las horas tensas, 
ocasiones de amor, corazonadas 
que avisan de una súbita alegría. 
Pero tú ya no corres, 
los jaguares 
se suben a la acera a atropellar ancianos, 
tú piensa en el futuro que te perdonan 
y en tanto aburrimiento. 
Recuerda los dentistas.
Y aquello que enseñabas, El que no se consuela 
es porque no quiere.
Descansa, madre.
Duerme.

Ese espléndido poema de Antonio Pereira (1923-2009) cierra uno de sus mejores libros de poesía, Dibujo de figura, que junto con el resto de su escritura poética se recoge en el volumen Todos los poemas que publica Siruela cuando está a punto de celebrarse el centenario de su nacimiento.  

Lo abre un prólogo de Juan Carlos Mestre que comienza así: “Si la poesía es la conciencia de algo de lo que no podríamos tener conocimiento de ninguna otra manera, la obra poética de Antonio Pereira nos sitúa ante la invención de un universo en el que la dinámica de su existencia nos viene dada por la memoria significativa de las palabras que lo nominan: identidad y magnetismo de los lares, «préstamos» de la oralidad, cultura de lo simbólico y mentalidad de lo colectivo. El poeta descubre las otras razones de lo desconocido, su lenguaje desentraña las zonas de misterio donde la muerte y la vida, ambivalentes en su paradoja ante la duración del tiempo, dan cuenta del proyecto espiritual de lo humano. Acaso no otro fuese el persuasivo empeño del Pereira lírico: ver y trasformar, abrir las vainas de la noche para sementar de estrellas los predios sirvientes del olvido.”

Entre los iniciales El regreso, Del monte y los caminos y Cancionero de Sagres y los finales Una tarde a las ocho y Viva voz, Dibujo de figura, que surge de una profunda crisis personal, ocupa un lugar central en la muy estimable trayectoria poética de un autor más conocido como narrador. 

De la vinculación de sus cuentos y su poesía habla Pereira en el epílogo, “El poeta hace memoria”: “Al tiempo que componía y publicaba mis poemas, cultivé la narrativa breve. El cuento literario tiene mucha afinidad con el poema y, además, en mi poesía -soy del devoto del Romancero- no es difícil encontrar ingredientes narrativos. Por otra parte, la disciplina del verso me proporcionó recursos impagables para el relato: economía verbal, renuncia a los meandros y digresiones, poder de sugerencia de las palabras.”

Variada en registros, en tonalidades y en estructuras métricas que van del endecasílabo y el soneto clásico a la lírica popular octosilábica y asonantada y a la libertad del versolibrismo, en la obra poética de Antonio Pereira se funden ejemplarmente el lirismo y la narratividad en una voluntad conversacional que reúne en sus textos la mirada al exterior y el intimismo autobiográfico, la melancolía y la celebración de la vida, la conciencia del tiempo, la ironía civilizada y tolerante y la honda emoción, la cercanía humana y la verdad de la palabra viva, con su potencia salvadora. Por eso, en “El poeta hace memoria” confiesa Pereira que “la poesía, más que conocimiento o comunicación, es para mí una tregua de consolación.”

Por encima de su notable calidad literaria, hay una constante que recorre toda la poesía de Antonio Pereira: “la cálida temperatura humana de la emoción que el poeta transmite”, a la que se refería Melchor Fernández Almagro en una reseña de su primer libro.

De su penúltimo libro, Una tarde a las ocho son estos dos poemas que podrían trazar un completo dibujo de figura del autor y de su tono poético:

POÉTICA

Ahora sé que es un crimen de lesa poesía
exprimirle a la almendra del verbo su licor
y entregarlo a los indiferentes.
Oh, tú, poeta pródigo,
malgastador de lo que sólo es tuyo
durante un breve relajo de los dioses.
Retén el aire en el pulmón florido
hasta la hora en que tu canto sea
disculpado por la necesidad,
no vayas a jurar el verso en vano.


ORACIÓN

Señor ya sabes mis cuidados con el butano y los grifos
todo lo cierro bien pero es difícil desentenderse
inspecciono la antena
las macetas con tantas criaturas que por debajo pasan
sufro mucho Señor
y aunque te agradezco no haberme hecho cirujano
ni conductor del autobús escolar
te pido que un ratito te quedes responsable
que aguantes todo esto mientras voy a un recado
y cualquier día no vuelvo.

Santos Domínguez 



18/1/23

Vassili Grossman y el siglo soviético


 Alexandra Popoff.
Vasili Grossman y el siglo soviético.
Traducción de Gonzalo García.
Crítica. Barcelona, 2020.

“Vasili Grossman empezó Vida y destino, una potente novela antitotalitaria, cuando Stalin aún vivía. En esas fechas no había posibilidad de publicarla. Pero tras la muerte del dictador, cuando el régimen admitió algunas medias verdades sobre los crímenes de Stalin, hubo un atisbo de esperanza. Aunque sabía que el estado represivo no había cambiado en lo esencial y seguía controlado por los estalinistas, sin embargo Grossman tomó la valiente decisión de dar a la imprenta su testimonio sobre el siglo soviético y el estalinismo. Fue el primer gran intento de resucitar tanto la verdad histórica como los nombres de aquellas personas que el régimen había matado y eliminado de los archivos. En Vida y destino Grossman sometió a juicio al estalinismo, yuxtaponiendo los crímenes contra la humanidad que los soviéticos perpetraron con los cometidos por los nazis. En 1960, dos años antes de que el mundo conociera la experiencia de Solzhenitsyn en el Gulag, Grossman completó su denuncia de las dos dictaduras y los sistemas de esclavitud que fundaron. Decidirse a intentar publicarla en la URSS fue un desafío de extremada valentía.
[…]
Solo ahora, cuando ha pasado más de medio siglo desde la muerte de Grossman, acaecida en 1964, empezamos a comprender adecuadamente la vida y el legado del autor. Lo primero que se constata es que su prosa no ha envejecido: las ideas de Grossman son esenciales para entender no solo el pasado totalitario de Rusia, sino su presente autoritario. La genialidad artística de Grossman, la pericia de sus descripciones y la humanidad de su prosa explican que esta aún posea un atractivo perdurable y universal”, escribe Alexandra Popoff en la introducción de Vasili Grossman y el siglo soviético, la extraordinaria biografía del autor de Vida y destino que publica Crítica con traducción de Gonzalo García.

Un documentado recorrido, apoyado también en el material gráfico del cuadernillo central, por la vida y sobre todo por la obra de Grossman (1905-1964), por su formación científica y el abandono temprano de su carrera de químico para dedicarse al periodismo y la literatura, por su ejercicio de cronista y corresponsal de guerra en Stalingrado o Berlín, por su denuncia del Holocausto en los campos de exterminio de Treblinka, por su choque con la máquina autoritaria del estalinismo y el KGB soviético, que confiscó el manuscrito de Vida y destino, la monumental novela a la que Grossman había dedicado más de quince años, y que en los informes de la censura fue calificada como calumniosa contra la sociedad y el Estado soviético.

Un año después del secuestro de la obra, el 26 de febrero de 1962, Grossman escribe en una carta a Jruschov: “En primer lugar, tengo que decir lo siguiente: no he llegado a la conclusión de que mi libro contenga falsedades. En este libro he escrito lo que consideraba, y sigo considerando, que era la verdad. Solo he descrito las cosas que he pensado, sentido y sufrido. 
Mi libro no es político. He hablado en él, tan bien como he sabido, de las personas, sus pesares, alegrías, prejuicios, muerte. He escrito sobre el amor y sobre la compasión.
Mi libro contiene páginas amargas y difíciles. Aborda nuestro pasado reciente, los hechos de la guerra. Quizá no resulte fácil leer esas páginas. Creedme: escribirlas tampoco fue fácil. Pero tenía que escribirlas.
[…] 
Sé que mi libro es imperfecto, que en ningún modo se puede comparar a las obras de los grandes escritores del pasado. Pero aquí no se trata de las deficiencias de mi talento. Se trata del derecho a escribir la verdad que uno ha descubierto a través de los largos años de vida y sufrimiento. Así pues, ¿por qué se ha prohibido mi libro, que de alguna manera puede corresponderse con las necesidades espirituales del pueblo soviético, y que no contiene ni falsedades ni calumnias, sino verdad, dolor y amor por las personas? ¿Por qué me lo han quitado, mediante la violencia administrativa, y se ha ocultado tanto de mi vista como de la del pueblo, como si de un criminal o un asesino se tratara?
Transcurrido un año, no sé si mi libro está intacto. ¿Ha sido destruido o quemado?”

Aquella carta tendría como respuesta el mismo silencio represivo que envolvió todo lo que había escrito. Una actitud que se prolongó hasta muchos años después de su muerte en 1964:

“Grossman falleció -escribe Popoff- al atardecer del 14 de septiembre de 1964, un día antes del aniversario de la masacre que costó la vida a los judíos de Berdíchev, entre ellos, su madre. Contaba entonces cincuenta y ocho años. Como escribió en Que el bien os acompañe: «Cuando una persona muere, sucumbe con ella el mundo único e irrepetible que creó, un universo con sus océanos y montañas, con su propio cielo». Grossman creó un mundo perdurable en su ficción, que le sobrevivió y sigue vivo en nuestros días.”

Además de su calidad literaria, Alexandra Popoff -que con buen criterio hace de Vida y destino y de la peripecia de su manuscrito el eje de su biografía- destaca en Vassili Grossman y el siglo soviético su condición de testigo privilegiado y lúcido de una época y sus horrores, su valor moral y su integridad ética al denunciar las semejanzas entre el nazismo y el totalitarismo estalinista, entre el infierno de Treblinka y el del Gulag, porque “la investigación de Grossman para la primera parte de Vida y destino le inspiró las reflexiones sobre las semejanzas entre los regímenes totalitarios de Hitler y Stalin. Cuando los presos del Gulag empezaron a regresar de los campos, el escritor pudo reunir por fin pruebas para comparar cómo se había tratado a los enemigos políticos en la Alemania nazi y la Rusia soviética.”

Así cierra el Epílogo del libro, tras recordar la rehabilitación del estalinismo en la Rusia de Putin:

Murávnik y su padre leyeron las novelas de Grossman a finales de la década de 1980. «Si antes creía que Stalin había distorsionado las ideas de Lenin, Grossman me convenció de que Lenin ya había establecido el mecanismo de las represiones masivas.» Esta idea, que es importante, funciona como un catalizador. Ayuda a librarse de toda ilusión sobre el pasado soviético. Murávnik se encuentra entre el grupo de personas de Rusia que creen necesaria una expiación nacional. En el otoño de 2017 habló en público de su propia familia y expresó arrepentimiento en nombre de su abuelo. Pero solo unos pocos son capaces de actuar así. Afrontar la verdad requiere coraje.
Grossman sigue siendo impopular en Rusia por esta misma razón. Es más fácil creer en un pasado glorioso que admitir que estalinismo y nazismo fueron un espejo el uno del otro.

Santos Domínguez 



16/1/23

Barojiana




Pío Baroja.
Familia, infancia y juventud.
Edición de Pío Caro Baroja.
Cátedra. Madrid, 2022.

Canciones del suburbio.
Edición de Manuel García.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2022. 


El 28 de diciembre de 1872 nació Baroja. Así lo refiere él mismo en Familia, infancia y juventud:

He nacido en San Sebastián el 28 de diciembre de 1872, en la casa número 6 de la calle de Oquendo, casa que había construido mi abuela doña Concepción Zornoza.
No sé por qué me figuraba que había nacido en la calle de Poyuelo, calle donde viví después, del pueblo viejo, oscura y húmeda, y que luego han tenido el mal gusto de llamarla calle de Don Fermín Calbetón, que era un político mostrenco y vulgar.
Al decirle a mi madre que no era un lugar bonito donde yo había nacido, me contestó que no; que había nacido en una hermosa casa de lo que antes se llamaba el paseo de la Zurriola, que estaba enfrente del mar, y que ahora no lo está porque han hecho un teatro y unos hoteles delante.
El haber nacido junto al mar me gusta; me ha parecido siempre como un augurio de libertad y de cambio.
Yo era el tercer hijo de la casa. Esto parece que no tiene importancia; pero siempre tiene alguna, porque la tercera decisión para hacer cualquier cosa siempre es una repetición, a veces aburrida.

Para celebrar el 150 aniversario del nacimiento de Pío Baroja, Cátedra publica una muy cuidada edición conmemorativa de Familia, infancia y juventud, preparada por Pío Caro Baroja, y una edición crítica de sus Canciones del suburbio en Letras Hispánicas a cargo de Manuel García, que aborda en su amplio estudio introductorio cuestiones como la estructura, la intención, la temática o las circunstancias vitales de las que surgen estos versos y señala que “aunque el libro es un extenso romancero, por la variedad de estrofas que se utilizan, se nota que Baroja quiso experimentar o aprender. Hay mucho de Bildungsroman en este libro, lo cual sorprende, teniendo en cuenta las circunstancias en las que Baroja lo escribió y su edad.”

En Familia, infancia y juventud, el segundo y quizá el mejor tomo de sus memorias, Desde la última vuelta del camino, que se enriquece en esta edición con magníficas ilustraciones y un prólogo de Pío Caro Baroja, el novelista rememora unos años decisivos en la formación de su personalidad, en su educación literaria y sentimental y en el rumbo literario que le dio a su vida. Y todos esos episodios que modelaron su biografía y su carácter se evocan sobre el telón de fondo de la España convulsa, la sociedad invertebrada y el desastroso panorama cultural de las últimas décadas del siglo XIX. 

“Familia, infancia y juventud -escribe Pío Caro Baroja en su prólogoresulta una buena manera de adentrarse de lleno en Baroja y su mundo literario y también de rematar las lecturas de sus novelas y escritos de otro género. Un viaje de ida para unos y otro de regreso para sus lectores más fieles con el que ir perfilando más el retrato humano de don Pío y las circunstancias vitales que dieron en las ideas que alimentaron sus obras.”

Especialmente interesante a partir de la segunda de las siete partes del libro, el de Familia, infancia y juventud es un autorretrato retrospectivo que rememora su infancia y juventud en San Sebastián, Madrid y Pamplona, sus años de estudiante de Medicina en Madrid, su efímero ejercicio profesional de médico rural en Cestona y su experiencia como industrial panadero de Viena Capellanes. 

(Una anotación al margen: fue entonces cuando Rubén Darío comentó maliciosamente en una tertulia que las novelas de Baroja tenían mucha miga, que se notaba que era panadero. No sé si antes o después, en provocación o en respuesta, Baroja dejó caer que Rubén tenía buena pluma, que se veía en seguida que era indio.)

El autorretrato barojiano empieza fijando esta imagen del escritor: 

Yo soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los gallos lanzan al aire su cacareo estridente como un grito de guerra, y las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.

Es un Baroja de prosa ágil y vivaz por la que ha pasado bien el tiempo, un Baroja que escribe estas páginas (la “entrega más íntima y perfilada” de sus memorias, en palabras del prologuista) en los años cuarenta, cuando compone también los muy distintos textos rimados de Canciones del suburbio, un libro tan extravagante en su trayectoria, tan fuera de sus caminos literarios, que Baroja se sintió obligado a anteponerle cuando se publicó en 1944 una ‘Explicación’ que comienza así:

Casi todos los escritores, buenos y malos, han hecho algunos versos en su juventud. Yo no los he hecho en la juventud; pero, en cambio, los he escrito en la vejez.
¿Por qué se me ocurrió una idea tan lejana a mis gustos? Se me ocurrió por aburrimiento. Estaba en París en el verano y el otoño del 39 y en el invierno y la primavera del 40. El pueblo se iba poniendo cada vez más triste y sombrío. La gente conocida, en su mayor parte, se había ido marchando.
¿A qué podía uno dedicarse? ¿A un trabajo manual? Imposible. ¿A un trabajo de erudición? Era muy difícil.

Con un constante fondo autobiográfico, la nostalgia y el pesimismo, los recuerdos del Madrid de la juventud o del París de comienzos del XX, los viajes por la España negra, y las divagaciones melancólicas y nihilistas recorren estas Canciones del suburbio, una curiosidad que forma parte del mundo barojiano y que mantiene abundantes conexiones con sus memorias. Suenan a versos de cordel, a romances de ciego, y son, si se quiere con algún toque de esperpentismo añadido, un anacronismo literario más cercano a Espronceda o a Zorrilla que a la poesía del siglo XX.

De su escasa calidad literaria era consciente el propio Baroja, que los consideraba fruto del aburrimiento y “defectuosos, productos de vejez y de neurastenia”, según confiesa en su introducción explicativa:

Luego he comenzado a leer estos versos, y no he comprendido si vale la pena de publicarlos, aunque sea para un corto número de amigos. Me parecen todos ellos decadentes y, al mismo tiempo, defectuosos, productos de vejez y de neurastenia.
Si yo pudiera corregirlos —he intentado hacerlo sin éxito—, lo haría; pero no tengo norma clara para ello. Si intento mejorarlos, pierden su carácter y se vuelven afectados, y si los dejo tal como están, quedan toscos.
Este es el pequeño problema que no sé resolver.

Así comienza uno de esos textos, que lleva ya en el título un discutible uso del régimen verbal:

EL CHICO QUE VE PASAR UN CONDENADO A MUERTE

En el balcón de una calle
de una ciudad de provincias, 
al comenzar la mañana,
y al primer albor del día,
un chico pálido y rubio, 
dilatada la pupila, 
contempla lleno de espanto 
la terrible comitiva
que pasa delante de él
y le perturba la vida.

Con toda el alma en sus ojos 
y en lo que asombrado mira, 
cada detalle que observa
le hace en el alma una herida, 
que le quedará sangrando, 
como una llaga maligna, 
durante lustros y lustros
en su existencia mezquina.

Va al frente una procesión, 
en dos dilatadas filas,
de disciplinantes negros 
con sus velas encendidas. 
Después avanza un carrito 
con una mula cansina,
en el que van cuatro clérigos 
confortando a un homicida 
que degolló a tres personas 
por barbarie primitiva.
Viste el reo una amplia hopa 
entre parda y amarilla,
y lleva un rojo birrete
de acusada forma antigua.

Ese texto forma parte de una sección del libro titulada ‘Juventud’. En la que se titula ‘Adolescencia’ en Familia, infancia y juventud recuerda Baroja la impresión duradera que le dejó aquel episodio:

Una de las impresiones más grandes que recibí en Pamplona fue la de ver pasar por delante de mi casa, en la calle Nueva, a un reo de muerte, a quien llevaban a ejecutar a la Vuelta del Castillo, ante un baluarte de la muralla próxima a la Puerta de la Taconera. El reo se llamaba Toribio Eguía, y había matado a un cura y a su sobrina en Aoiz. Iba el reo en un carro, vestido con una ropa amarilla con manchas rojas y un gorro redondo en la cabeza. Marchaba abrazado por varios curas, uno de los cuales le presentaba la cruz; el carro iba entre varias filas de disciplinantes con sus cirios amarillos en la mano. Cantaban éstos responsos, mientras el verdugo caminaba a pie, detrás del carro, y tocaban a muerto las campanas de todas las iglesias de la ciudad.
Luego, por la tarde, lleno de curiosidad, sabiendo que el agarrotado estaba todavía en el patíbulo, fui solo a verle, y estuve de cerca contemplándole. Parecía un fantasma horroroso, vestido de negro y manchado de sangre. Tenía las alpargatas sin meter en los pies. Al volver a casa no pude dormir por la impresión, y el recuerdo me duró largo tiempo.

Santos Domínguez 



 

13/1/23

Guadalupe Grande. Jarrón y tempestad


Guadalupe Grande.
Jarrón y tempestad,
La uña rota. Segovia, 2022.

“Pienso que escribir poesía quizá sea una derrota necesaria. Pienso en la palabra derrota y me abrazo a ella como el náufrago se abraza a la última ola. Pienso en la palabra naufragio. Escribo la palabra naufragio y veo las calles de esta ciudad, los coches, los trenes, las farolas, los alimentos llegando de no se sabe dónde, la gente que viene y va, como las olas, el movimiento confuso las cosas y los seres: tal vez los restos de un viaje transoceánico que nunca supimos a dónde conducía y que ha llegado hasta aquí, hasta la palabra naufragio, hasta la palabra derrota. Escribo la palabra derrota y pienso en la palabra sentido: en el sentido de abrazarse a la última ola, de abrazarse al rescoldo, a la memoria que tartamudea en el centro de cada palabra, a la ceniza desde la que la memoria arde en los ojos, al hueco oceánico y ceniciento por el que se desploman las palabras y que siento como la única juntura posible. Ver, mirar, hablar. El horizonte, el tiempo, la historia. El corazón que trabaja, envejece y no comprende. El alma que comprende, o lo intenta, que se abisma, se aturde, se ilumina, y como nadie sabe si existe dice su palabra con la cautela y la precaución del fantasma. Las palabras, su rescoldo, su ceniza, su sonido, su música de sentido. Pienso en la poesía como en las palabras de un náufrago. Pienso en cada poema como en las últimas palabras de este naufragio, de esta derrota necesaria.”

Ese es el texto elegido como contraportada de Jarrón y tempestad, el libro póstumo de Guadalupe Grande que publica La uña rota con cinco de sus collages, el de la portada y los cuatro de las guardas de un volumen admirablemente editado.

Perturbador en sus indagaciones temáticas, poderoso en su exploración de la memoria personal, familiar y colectiva, exigente en la radicalidad y en la potencia verbal de sus propuestas expresivas, Jarrón y tempestad es una bajada a los infiernos de la historia y un viaje ascensional por la dignidad y la conciencia a través de la palabra de una poeta irrepetible que seguramente alcanza aquí su cima creativa y su hondura más extrema y visionaria.

Las piedras’ se titula uno de los textos centrales del libro. No es una casualidad que así se titulase también el primer libro de Félix Grande. Y es que, entre muchas otras cosas, Jarrón y tempestad es en algunos de sus poemas un Libro de familia, por seguir evocando otro título de Félix Grande, el que cerró su trayectoria poética. 

Escritos desde un lugar moral muy parecido, en versos como estos de Las piedras’ se proyectan, benéficas y tutelares, las sombras del padre y la de Francisca Aguirre:

son las doce y media de la mañana las sábanas que guían la órbita de los planetas acaban de llegar de la lavandería mi padre cumple 77 años
[…]
la hija del pintor pone el despertador es tarde pero sabe que siempre es tiempo de dormir recordar soñar saber que en cada monda de patata en cada monda de palabra en cada rodaja de luz está inscrita la verdad de lo que es y porque justo eso es lo que ama no le da más vueltas y enciende las velas 83

Y aún más claramente en estos magníficos versos de ‘leones y jirafas’:

él en el 40 tenía 3 
ella nació seis meses antes que la república 
en el 39 le dijeron a ella que era masona 
o judía o republicana 
en el treinta y siete en mérida hacía mucho frío 
en el 42 se estrena en los bajos de un rascacielos de nueva york 
la película casablanca cuando las tropas aliadas la tomaban en ese mismo instante 
la única hermana entre cinco hermanos moría 
y el padre de ella es condenado ejecutado y no desaparece 
deja tres hijas esposa algunos cuadros 
así eran las películas entonces 
en blanco y negro 
y las águilas 
y los caimanes 
este es el colegio donde ella aprendió a hablar francés en 1940 
y este el convento donde le raparon el pelo dos años después 
estas son las cabras que él cuidaba con su hermano 
y esta la guitarra que lo iba a sacar de la pobreza 
así era la raya del pelo arriba españa 
y estos los escarpines del mago de oz 
ella se hizo amiga de una cantante sefardita 
él se hizo amigo de un bibliotecario que escribió las primeras novelas policiacas de la patria 
así eran las máquinas de escribir 
así la policía secreta 
así la universidad a la que no fueron 
se conocieron en el 56 en una tertulia literaria donde se comían cacahuetes 
y se sabía que siempre había algún secreta camuflado de junfry en casablanca 
todos evitaban temas espinosos y comían muchos cacahuetes
este es el ciclostil y así eran las trastiendas de las librerías 
cuando se casaron en el 63 allen ginsberg ya había escrito aullido y él las piedras 
ella quiso tomarse un tiempo en ítaca 
sartre repartía panfletos y camus había muerto 
la raya del pelo con peinado arriba españa se cardaba un poco más alto 
y ese seguía siendo el bigote del hombre del año 
howl no se publicó hasta milnovecientosochentayuno 
a tan solo unas manzanas del 14 de abril

Es una muestra de un espléndido libro en el que la poesía se concibe como revelación de la conciencia y como construcción de la identidad, en una práctica que ejecuta la escritura como salvación frente a la incertidumbre y como exorcismo de sanación. 

Así en ‘Las estaciones y el pájaro afilador’:
 
hace extraño en las primeras lluvias        hace más verdad en la sabiduría de las tercerasnieves
 
es difícil seguir vivos       aún más triste abandonar la casa de las palomasciegas donde dejamos la caja fuerte de las pérdidas la marca del herrero la cuchara de palo que regalamos al afilador

llega el invierno       los que se aman acuden al frío como acudieron al vuelo
los cormoranes en tiempos de guerra

nada salpica nuestra inocencia nada salvo la casicerteza        regresará el verano a la hoguera del frío y habremos de ocuparnos de quienes más nos necesitan

Eso desde su vertiente más individual, porque esta escritura intensa y ambiciosa que aspira al conocimiento y asume la perplejidad cobra todo su sentido cuando proyecta su mirada implacable sobre las heridas abiertas y las cicatrices del pasado para reivindicar la justicia y la restitución (“nada tan evidente como la eternidad de las víctimas”, escribe en el poema que da título al libro).

Y lo hace desde una admirable conducta verbal y ética que está en el sustrato de su palabra en libertad:

ahora todo se venda y se vende 
se salda la plata vieja en la aventura desnuda 
el edificio traslúcido calcula su subasta nupcial 
los pulgares rozan la quilla del cuchillo 
anudan las piedras frías oscuras profundas 
y absolutamente claras de la tempestad


Santos Domínguez