09 marzo 2026

Luis Landero. Coloquio de invierno

  


Luis Landero.
Coloquio de invierno.
 Tusquets. Barcelona, 2026.

8 de enero de 2021. Ya anocheció, pero aún es pronto para recogerse. Los siete comensales —fatigados por el aburrimiento, perdida la vista tras las ventanas, en el resplandor pálido de los remolinos de nieve— rodean una mesa con los remanentes de la cena: platos rebañados con manchas de yema, regojos, pellejos de embutido, cortezas de queso, mondas de mandarina, restos de helado y vino. Al fondo, sentados a una mesa, un hombre y una mujer juegan a las cartas.
Ya se han presentado, ya han hablado todo cuanto suele hablarse entre desconocidos en casos así, según lo pide la buena educación y la mera costumbre, y ahora, acabada la cena, sin saber qué hacer ni qué decir, se quedan como alelados, viendo nevar, sintiendo el lento, el anodino, el fastidioso y desesperante transcurrir del tiempo.

Así comienza Coloquio de invierno, la espléndida colección de historias narradas por los personajes de esta novela que acaba de publicar Luis Landero en Tusquets.

Una novela que tiene como punto de partida una situación imprevista y sobrevenida: el temporal de nieve ocasionado por la famosa borrasca Filomena, que deja aislados en un hotel rural a siete personajes de diversa condición social y cultural: Adela, librera; Ginés, ferroviario jubilado; Martín, profesor de diversas materias; Nuria, profesora de Filosofía y compañera de Adela; Santos, médico; Tomás, periodista, y  Víctor, comandante de Caballería. 

Siete personajes -a los que se unirán los hosteleros Jimena y Eladio- de distintas edades y mentalidades que empiezan a conversar y a contar sucesivamente, durante cuatro días de aislamiento, un mosaico de historias que hacen de la fuerza creadora y evocadora de la palabra el motor de sus relatos y convierten este Coloquio de invierno en un canto a la oralidad, como ha señalado el propio Landero. Una oralidad hoy en crisis como consecuencia de los móviles y de internet. Los personajes lo reconocen cuando se ven sometidos a ese confinamiento forzoso y compartido:

Se evocan tiempos antiguos —siglos y siglos—, cuando no había internet, ni radio, ni televisión, y quizá ni periódicos, ni apenas libros en las casas, y eso sin contar que eran muy pocos los que sabían leer, tiempos aquellos en que la gente se entretenía hablando, qué iban a hacer si no.

De ese modo los siete personajes acuerdan convertirse en narradores, porque -como explica Tomás, periodista y escritor- “yo creo que todos tenemos algo que contar, y que en el fondo todos tenemos alma de narradores. A todos nos gusta contar y que nos cuenten. ¿Por qué ponemos la radio o la televisión, o leemos o vamos al cine? Para que nos cuenten cosas, reales o inventadas, qué más da. Y si nos pasa algo, estamos deseando contarlo, y si juramos guardar un secreto, a menudo no podemos dejar de contárselo a alguien.”

Y añade que “cuando se habla de contar una historia no entran solo las elaboradas, con los ingredientes al uso de personajes, suspense, conflicto, trama..., sino también las impresiones y vivencias, las pequeñas cosas que nos pasan a todos en la vida, que no son propiamente historias ni tienen en apariencia gracia ni suspense, y como que no merece la pena contarlas, pero que sin embargo están ahí, en la memoria y en el corazón, de un modo obsesivo, esperando a ser contadas, a pesar de que parecen no dejarse contar, de incorpóreas que son, o de anodinas que aparentan ser.
—Pero claro que se pueden contar —concluye Tomás, y pone un deje enfático en su voz—. Y yo diría incluso que se deben contar. O al menos intentarlo. Hay que confiar en las palabras: ellas saben contar mejor que nadie.
—De eso se trataría aquí —resume Nuria—, de contar por contar, cada cual lo que sepa, o lo que le parezca. Y no solo historias (disculpad que barra para casa, porque yo soy profesora de Filosofía), también ideas y comentarios, lo que cada uno piense en su momento, porque del mismo modo que todos somos un poco narradores, también somos un poco filósofos.”

Se genera a partir de ese consenso lo que técnicamente se llama un relato enmarcado, que provoca un rosario de cuentos narrados por los personajes, una sucesión de historias según el conocido esquema de Las mil y una noches, el Conde Lucanor, los Cuentos de Canterbury, el Decamerón o, ya en la literatura contemporánea, Las ciudades invisibles, en donde Italo Calvino utilizó ejemplarmente ese modelo estructural.

Por eso Coloquio de invierno se abre con una introducción que fija el marco en el que se irá desarrollando la secuencia sucesiva de los relatos y que termina con este párrafo:

Cada cual se reacomoda en su asiento, hay corrimientos de sillas y tintines de loza y de vidrio, toses, expectación ante el silencio escénico que ya llega. Eladio ha apagado las luces del techo y encendido unas lámparas bajas que sumen al corro en un íntimo cerco de penumbra. Todos miran a Santos, que rinde la barbilla en el pecho antes de empezar a contar.

Esa técnica constructiva de la narración marco que engloba otras historias dentro de un argumento principal está también en las novelas intercaladas en el Quijote de 1605, un modelo seguramente más próximo al mundo literario de Landero, cuyos lectores saben de sobra lo bien que se mueve su técnica narrativa en el dominio de la narración oral, que es también la tonalidad en la que está escrito el Quijote.

Dominio de la narración oral y también -sus lectores lo saben- del diálogo, porque en el relato de cada personaje en las sobremesas sin cobertura del hotel rural desde el viernes 8 de enero al lunes 11 importan el qué y el cómo, no solo las historias sino la forma de contarlas.

Y cada una de esas historias se va enriqueciendo con las intervenciones del resto de interlocutores/narradores, que interfieren y comentan como oyentes las historias de los otros narradores. 

Y así los siete relatos (Historia de un instante, Licor de menta, Glosas, Time’s Up, El hombre que perdió un mechero y encontró un perro, Verano del 69 e Impunidad) no se van desarrollando ordenados secuencialmente de manera lineal, sino que se van intercalando y cruzándose entre sí , engarzados unos con otros hasta construir un entramado de historias y de voces con las que se articula este Coloquio de invierno, porque -como afirma Nuria, otro de los personajes-, “de un modo o de otro, solos o en compañía, no sabemos vivir sin contar lo vivido.”

Historias que tienen siempre un fondo de verdad confesional o de reflexión moral sobre la fragilidad y el sentido de la existencia, sus caminos inciertos y sombríos o el detalle aparentemente trivial que puede alterar el rumbo de una vida, como en el caso de Eloy, el electricista que vive en la calle; sobre la capacidad creadora de la palabra, el poder imaginativo del amor y el odio, el idealismo y la lujuria, la libertad y la memoria, la imaginación y la fantasía, la seducción y el deseo, la incierta frontera entre el sueño y la realidad.

O sobre la experiencia autobiográfica del propio Landero como guitarrista flamenco y lector de Platón en el Sitges de 1969, transmutado en su transparente anagrama Leandro, de inevitables resonancias cervantinas, como las que hay en la quijotesca pareja artística que forman Fausto Monroy y don Claudio Bermúdez en una historia de triángulo amoroso y celos en torno a Valeria.

Humor benevolente, ironía distante y mirada compasiva hacia los personajes son también rasgos de estirpe cervantina que recorren toda la obra de Landero y que están presentes en el desarrollo de estas siete historias y en el marco general de la novela, que se cierra con este párrafo, algo melancólico, como muchas de las páginas de Coloquio de invierno:

Puestos en pie, mezclándose entre ellos, hablando todos con todos, recogen el equipaje y se dirigen a la puerta, sin prisas, prolongando las despedidas, dejando tras de sí un rumor de palabras cada vez más borroso.

Santos Domínguez 


06 marzo 2026

Ignacio Martínez de Pisón. Dos tardes con Galdós

  



Ignacio Martínez de Pisón.
 Dos tardes con Benito Pérez Galdós.
 Alianza editorial. Madrid, 2026.


“Los Episodios nacionales, escritos a lo largo de cuatro décadas, constituyen el más ambicioso y logrado intento literario de dotar de sentido a la historia colectiva de los españoles. La acción del primer Episodio está ambientada en 1805; la del último, en 1880. En el primero, Trafalgar, escribe Galdós sobre acontecimientos ocurridos cuarenta años antes de su nacimiento; en el último, Cánovas, sobre hechos acaecidos cuando ya Galdós había sobrepasado la treintena y empezaba a triunfar como escritor.
Solo la vejez y la mala salud impidieron a Galdós concluir la quinta serie de los Episodios, que quedaron detenidos para siempre en la España de 1880, la de inicio de la Restauración, con un Borbón ocupando de nuevo el trono y Cánovas y Sagasta organizándose para la alternancia en el gobierno”, explica Ignacio Martínez de Pisón en Dos tardes con Benito Pérez Galdós, que publica Alianza editorial en su colección El libro de bolsillo.

Es una nueva entrega de la serie Dos tardes, que dirige como editor invitado Sergio del Molino, que en el prólogo a la colección escribe: “Dos tardes no bastan para conocer a una persona. Dos tardes no bastan para leer a un escritor. Pero dos tardes sobran para enamorarse. Dos tardes sobran para que las amistades echen a andar. Esta nueva colección de Alianza reivindica la profundidad que se esconde en la ligereza de dos tardes. Ese es el tiempo medio que los lectores pasarán con estos libros. La esperanza de sus autores —y la mía, padrino del invento— es que estas dos tardes sean solo las primeras que los lectores pasen en compañía del escritor objeto de cada título.”

Con ese planteamiento de la colección, Ignacio Martínez de Pisón propone un recorrido por la obra galdosiana en diez capítulos que recorren el núcleo narrativo galdosiano de los Episodios nacionales y las Novelas españolas contemporáneas. 

Diez capítulos que, además de hacer hincapié en el propósito sociohistórico de la obra de Galdós, abordan la dimensión satírica del autor que denuncia la corrupción del régimen tiránico de Fernando VII y el arribismo de políticos sin principios como Pipaón; el Galdós que revela las raíces de una España escindida en dos mitades irreconciliables y el que crea el personaje de Tito Liviano, su heterónimo, escritor y periodista que narra los últimos Episodios (Amadeo I, La I República, De Cartago a Sagunto y Cánovas); el creador que nos ha dejado personajes inolvidables: de Plácido Estupiñá a Benina, de Pedro Polo a Rosalía de Bringas, de Torquemada a Ido del Sagrario, del doctor Centeno a Alejandro Miquis, de Luisito Cadalso a Máximo Manso, de León Roch a Fortunata, de Ángel Guerra a doña Lupe la de los pavos.

Porque de las Memorias de un cortesano de 1815 a Fortunata y Jacinta, Dos tardes con Benito Pérez Galdós es una invitación a entrar en la pluralidad del mundo galdosiano para concluir afirmando que “si Galdós hubiera desaparecido antes de escribir los Episodios nacionales, nadie los habría escrito por él, y la sociedad española habría quedado algo huérfana de su propio pasado. Si Galdós no hubiera dado vida a los personajes de Fortunata y Jacinta, o la  tetralogía de Torquemada, nadie los habría creado en su lugar, y en nuestro imaginario de lectores habría ahora un enorme vacío que ningún otro escritor habría sido capaz de colmar. Si Galdós no hubiera asumido la misión de edificar una sólida tradición realista en lengua española, el tronco principal de nuestra genealogía literaria habría quedado reducido a unas pocas novelas aisladas de Clarín, Pardo Bazán y alguno más. 
La cima que otros novelistas alcanzaron con una o quizá dos novelas Galdós la escalaba cada año con dos o tres: su bibliografía, incluyendo novelas y obras de teatro, supera el centenar de títulos. La de Galdós es una presencia poderosa, hercúlea, abrumadora. Cómo habría sido la literatura española posterior sin un precedente como el suyo es algo difícil de saber. Lo que es indudable es que habría sido muy distinta de la que ha acabado siendo y, a mi juicio, mucho peor.”

Se suma este Dos tardes con Benito Pérez Galdós, que acaba de llegar a las librerías, a los tres primeros volúmenes: Dos tardes con Kafka, de Manuel Vilas; Dos tardes con Jane Austen, de Espido Freire y Dos tardes con Joseph Roth, de Sergio del Molino, que añade en el prólogo: 

El propósito es que se contagien del entusiasmo de quienes los recomiendan y se sumerjan en su obra.
Hemos invitado a algunos de los mejores escritores contemporáneos en español a que compartan su pasión por un autor clásico incluido en la Biblioteca de autor de El libro de bolsillo de Alianza Editorial. No hay aquí lecciones magistrales ni monografías de especialista, sino entusiasmo genuino de escritor a escritor. Grandes maestros de ayer contemplados con los ojos de los maestros de hoy.
La literatura, placer solitario e íntimo tanto para quien escribe como para quien lee, no ofrece muchas ocasiones para socializar los entusiasmos. Con esta colección queremos llevar las grandes conversaciones literarias a las manos de todos los lectores. Y pasar juntos dos tardes que no olvidarán.

Santos Domínguez 


04 marzo 2026

Zohar. Libro del esplendor

 


Zohar. 
Libro del esplendor.
Ensayo introductorio y edición de Lola Josa.
Atalanta. Gerona, 2026.

Como una “metáfora del pensamiento” definió Borges, la Cábala, que tiene en su exégesis más importante en el Zohar. Libro del esplendor, del que acaba de publicar Atalanta una magnífica antología que ha preparado Lola Josa, catedrática de Literatura Española de los Siglos de Oro en la Universidad de Barcelona, filóloga y especialista en la mística de san Juan de la Cruz, de cuyo Cántico espiritual hizo una edición interpretativa a la luz de la mística hebrea en Lumen.

“El propósito de este volumen no es otro que el de traer destellos de su fulgor a lectores que, por primera vez, se sientan atraídos por el libro más importante de la historia de la Cábala. En ellos se ha pensado a la hora de seleccionar los fragmentos del ingente corpus que, pese a no caracterizarse por su homogeneidad, nos enseña a pensar la Creación, su misterio y evidencias en el tiempo. El Zohar nos induce a elevar la memoria hacia la sabiduría, a sacralizarla y librarla a manos de la eternidad que intuimos. La misma que nos impele a trabajar la consciencia a modo de ofrenda. Ese sería el genuino esplendor del libro, es decir, de nuestra existencia”, escribe en las “Palabras preliminares” Lola Josa, que añade: “El lector descubrirá con gozo una espiritualidad singularizada por el entendimiento del lenguaje (este que nos une y laborea cada instante de nuestra vida) a modo de travesía en cuyo curso la palabra y lo que nombra son uno.”

Casi un centenar de páginas abarca el amplio e iluminador ensayo introductorio que presenta esta antología. Un ensayo que aborda el Zohar, un libro de carácter esotérico, impenetrable y misterioso, una guía para iniciados escrita desde la concepción mística del lenguaje como impulso creativo y como clave interpretativa de la revelación divina en la escritura sagrada de la Torá, los cinco primeros libros de la Biblia (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) que forman el Pentateuco.

Lo abren estas palabras:

La Biblia hebrea palpita a la espera de una caricia, de la exégesis mística de sus palabras, que anhelan encarnarse en nosotros conforme se revelan. En el reposo de su escritura toma asiento lo invisible. Manifiesta y ofrecida, su pura textualidad nada oculta.

Con dos milenios de antigüedad según las teorías que defienden que lo compuso en arameo Shimon Bar-Yojay en el siglo II y no Moisés ben Sem Tob de León, que sería un mero recopilador medieval a finales del XIII, de transmisión secreta y clandestina durante siglos, el Zohar es la Biblia de los cabalistas, un hermenéutico libro de libros, una suma de comentarios y glosas que iluminan el sentido oculto de los símbolos que genera la palabra sagrada, una indagación en el sentido místico de la imagen metafórica y en la potencia reveladora de un lenguaje que es el verdadero creador del mundo.  

El nacimiento de la Cábala en el siglo XII en el ambiente del judaísmo ibérico y provenzal, el desarrollo de la exégesis cabalística de la mística hebrea con Rabí Nehuniah, Isaac el Ciego, Azriel de Gerona o Ezra ben Salomón o los esotéricos disidentes de Barcelona, Najmánides y Abulafia, cuyas obras configuraron una tradición mística propia de Sefarad y conocida como la Cábala de la Luz, la recopilación de Moisés de León, los postulados esenciales que rigen la escritura simbólica y cabalística del Zohar, el valor performativo de su lenguaje metafórico o los veintidós caminos del Árbol de la Vida en las veintidós letras de su alefato son algunos de los aspectos que trata el Ensayo introductorio de esta antología fundamental del Libro del esplendor.


Santos Domínguez 

02 marzo 2026

John Berger. El sentido de la vista

  


John Berger.
El sentido de la vista.
Traducción de Pilar Vázquez.
Alianza Editorial. Madrid, 2026.

En el año del centenario de John Berger (Londres, 1926-Antony, Francia, 2017), Alianza recupera en edición ilustrada en su colección de ensayo El sentido de la vista, una recopilación antológica de cuarenta y tres textos, (poemas, artículos y ensayos breves, de carácter autobiográfico o de crítica de arte) que, con traducción de Pilar Vázquez, resumen el mundo literario de Berger a través de sus temas esenciales, como subraya en la introducción del volumen Lloyd Spencer, responsable de la selección de textos y de la edición:  “Este es su quinto volumen de la colección de ensayos y es el que abarca el período más extenso, el de mayor variedad en los tipos de escritura y en los asuntos que trata. Inscrito en las preocupaciones de su obra más reciente, permite que uno tenga una percepción de la evolución de sus escritos. Representativo del John Berger ensayista, arroja luz sobre los impulsos que subyacen a gran parte de su obra en otros medios expresivos y en otros géneros. El amor y la pasión, la muerte, el poder, el trabajo, la experiencia del tiempo y la naturaleza de nuestra historia actual: no solo los numerosos temas que se encuentran en este libro son importantes como focos que iluminan la obra de John Berger, sino que también constituyen urgentes preocupaciones contemporáneas. Seleccionar y ordenar el material fue relativamente sencillo. Presentarlo no lo es tanto.”

“Con John Berger -añade Spencer- ver es realmente lo primero. Y a pesar de la carrera literaria que ha desarrollado, y de los niveles de complejidad y abstracción presentes en su obra escrita, hay un sentido en el que ver, percibir e imaginar han conservado su primacía como forma de comprender el mundo.” Porque “explorar las relaciones entre el significado visual y el verbal, entre las palabras y las imágenes, ha sido una preocupación recurrente en la obra de John Berger”, que compaginó la práctica literaria con el ejercicio de la pintura y el dibujo y escribió a menudo y de manera profesional como crítico de arte, con lo cual -como señala Spencer- “la escritura se convirtió en su principal vehículo, su propio medio de comunicación, pero en cierto sentido su realidad fundamental y sus intereses más constantes eran visuales.”

Esa relación entre la literatura y la pintura, entre la imagen y la palabra, que es el eje central de la escritura de Berger -no sólo de su obra ensayística, también de su narrativa-, tuvo su mejor exponente en Modos de ver, resultado de un guion para una serie televisiva que se emitió en la BBC en 1972 e influyó mucho en los cambios sobre la teoría de la recepción del arte, pero dejó también otras muestras admirables de su reflexión sobre la pintura en ensayos como Fama y soledad de Picasso, El último retrato de Goya o Sobre el dibujo.

En cuanto a los escritos seleccionados en esta antología, articulados en ocho partes, “se organizaron ellos solos -explica Spencer- de forma bastante clara en un sencillo orden bajo un puñado de encabezamientos: el viaje y la emigración, los sueños, el amor y la pasión, la muerte, el arte como actividad y artefacto, y la relación entre el trabajo con el lenguaje y la labor física que produce y reproduce el mundo.”

Con esa secuencia temática, los cuarenta y tres textos de El sentido de la vista exploran la red de relaciones entre el arte y la memoria, la palabra y el tiempo, la cultura y la política. La mirada del pintor y la voz del poeta, el narrador y el ensayista se funden en estos textos de variada temática, unificados por una misma mirada que intenta descifrar el sentido último de la existencia y aspira a hacer comprensibles las claves de nuestro mundo a partir de temas como el viaje, el exilio y la emigración, la literatura, las obras de arte o la muerte.

Son textos breves e intensos en los que Berger escribe esencialmente sobre el lugar y el tiempo de la pintura y los pintores: sobre El jinete polaco o la Betsabé de Rembrandt y las mujeres en la pintura de Bonnard, sobre la densidad de la mirada de Vermeer y las majas de Goya, sobre “el infinito anhelo de realidad” de Van Gogh y los dos autorretratos de Durero, sobre el alfabeto del amor y lo infinito en Modigliani y el misterio de un desnudo de Franz Hals, sobre la bailarina de Degas y los ojos de Monet o sobre la revolución artística del cubismo, el movimiento que “cambió la naturaleza de la relación entre la imagen pintada y la realidad” y al que dedica el ensayo más largo y minucioso del libro.

Es el arte de la mirada el que se ve concernido en todos esos ensayos: la mirada que se fija en la pintura y la mirada que se proyecta sobre el mundo y elige una perspectiva crítica y creativa para elaborar la interpretación de su sentido.

Porque igual que para el artista dibujar es descubrir, como escribió en Dibujo del natural, también la escritura es un método de conocimiento para Berger, un escritor excepcional que pinta con palabras el mundo y dibuja con el sentido de la vista el sentido de la vida.

Como en estos dos párrafos que cierran su ensayo de 1983 sobre Leopardi:

Quiero volver ahora a la paradoja: ¿por qué siguen dando ánimos las negras páginas de Leopardi? Cuando decía que la vida de Leopardi era la de un espectador pasivo, dejaba deliberadamente de lado un hecho notable: la producción solitaria y heroica de sus escritos. Si estos escritos inspiran pese a toda su desolación es porque, a su manera, participan en la producción del mundo. Y a estas alturas debería estar claro que este término ha de abarcar no solo el sentido clásico de la producción que le asigna la economía, sino también el estado de la existencia, nunca finalizada y siempre en vías de producción: la producción del mundo como realidad. Es de lo más significativo que en las Operette Morali Leopardi especule continuamente sobre la creación del universo y las fuerzas, nunca del todo omnipotentes, que lo sustentan.
¿Que lo sustentan o que lo socavan? Sus preocupaciones no eran retrospectivas, sino reales. La producción de la realidad nunca ha quedado finalizada, su resultado nunca ha sido decisivo. Siempre hay algo en juego. La realidad siempre está necesitada. Incluso de nosotros, por malditos y marginados que seamos. Por eso, lo que Leopardi llamaba «Intensidad» y lo que Schopenhauer denominaba «La Voluntad» -tal como el hombre las experimenta- forman parte del continuo acto de creación, de la producción interminable de significado frente a la «nulidad de las cosas». Y por eso también el pesimismo de Leopardi se trasciende a sí mismo.


Santos Domínguez 

27 febrero 2026

Asamblea. Poesía reunida de Juan Carlos Mestre



Juan Carlos Mestre.
Asamblea.
Poesía reunida (1975-2025).
Presentación de Antonio Gamoneda.
Introducción de Jordi Doce.
Edición de Emilio Torné.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2026.

Se dice pronto: medio siglo de escritura, desde 1975 hasta 2025. Se dice pronto, porque no son una escritura cualquiera ni medio siglo cualquiera los que se conjuran en las mil quinientas páginas de esta Asamblea que reúne la imprescindible poesía de Juan Carlos Mestre en un volumen que publica Galaxia Gutenberg con edición de Emilio Torné, que ha redactado unas esclarecedoras ‘Notas a la edición’, y con Introducción de Jordi Doce, “El testimonio de la imaginación”. Testimonio e imaginación, dos motores éticos y estéticos que resumen la obra poética de Mestre.

Lo abre una presentación de Antonio Gamoneda (‘Recados de hoy y de mañana para Juan Carlos, hijo mío y maestro, quién me lo diera’) que comienza con estos versos:

Mestre,
tus palabras han entrado en mis venas y yo he sujetado mi corazón para que permanezca en quietud reconociendo las sílabas. Mestre,
quiero cerrar mis párpados sobre tus ojos.

Heredero del salmista bíblico y del visionario superrealista, de los bardos ancestrales del noroeste peninsular y de Rimbaud, Lautrèamont y Mallarmé, continuador de la tradición cabalística que explora la esencia simbólica de la realidad y nieto del Romanticismo expresionista de Hölderlin y los poetas de los Lagos, del Lorca neoyorquino y cubano y de Lezama Lima, discípulo cercano de Rafael Pérez Estrada y Antonio Gamoneda, Juan Carlos Mestre ha ido desarrollando en estas cinco décadas una obra poética extensa y sobre todo intensa, afianzada en una voz potente e inconfundible y en unas peculiaridades expresivas que instalan su escritura torrencial en el territorio sagrado de la poesía más alta que se ha escrito en español en las últimas décadas.

Desde la Antífona del otoño en el Valle del Bierzo (1985) -que inaugura en este volumen su canon y desplaza al Apéndice final su Poesía primera (Siete poemas escritos junto a la lluvia y La visita de Safo)- hasta los veintiún poemas del inédito El ciprés descapotable, se recogen aquí libros como La poesía ha caído en desgracia, La tumba de Keats, La casa roja, La bicicleta del panadero, Museo de la clase obrera y el bilingüe 200 gramos de patacas tristes / 200 gramos de patatas tristes, en la primera traducción al castellano de su memorioso libro, escrito en el gallego de su infancia berciana, el relato de su “primera conciencia del mundo” y de su identidad primera a través de espléndidos retratos y poemas en prosa traducidos por Mario Obrero.

Títulos de un itinerario poético jalonado por las estaciones de la perseverancia, en la búsqueda del conocimiento, levantado sobre los cimientos de la memoria y amasado con la conciencia poética y social del poeta que eleva con su palabra una muralla de dignidad frente a la injusticia y una torre de resistencia frente a la humillación, “entre la ira y la misericordia”, como ha escrito el poeta en alguna ocasión. 

Y ahí aparece a finales de los noventa la sombra de Keats como símbolo de la conciencia irrenunciable del poeta en La tumba de Keats, una de las claves de bóveda de su obra, donde el tiempo y la compasión, el amor y la historia, la noche y la palabra arrebatada articulan un intenso y largo monólogo en el que el poeta da voz a las sombras frente al olvido y esgrime la resistencia y la utopía como ética de las derrotas, como épica de la dignidad. Frente a las ruinas de la historia,  la fuerza resistente de la palabra cuando no importa ya vivir sino la vida, no importa ya morir sino lo humano.

Desde el monólogo autorreflexivo o el diálogo emocional con el  del lector, que se funde machadianamente con el yo en la cercanía de una voz oracular que recoge la ceniza de las palabras que caen desde un extraño mundo como copos de nieve, la poesía de Juan Carlos Mestre habita un territorio verbal de enorme potencia y de gran carga emocional, como en este Eclipse con Rimbaud, un texto de La casa roja:

He pasado la mitad de mi vida en la oscuridad.
He descargado camiones de oscuridad.
He bebido toda la oscuridad.
He dormido con la oscuridad.
He amado la oscuridad y me he acostado con ella.
He tocado las piedras de la oscuridad hasta herirme las manos.
He repetido tu nombre en la oscuridad.

Los pescadores cantan en la niebla de la oscuridad.
Los jóvenes sin vida están despiertos en la oscuridad.
Los músicos y las rameras guardan su corazón en la oscuridad.

He soñado con la oscuridad la mitad de mi vida.
He hospedado mi juventud en el cáñamo de la oscuridad.
He desnudado a la oscuridad y gozado con ella.
He acariciado con dedos de pastor el sexo de la oscuridad.

La oscuridad es la oración de los acordeones nublados.
La oscuridad vive en las palabras que descifran la muerte.
La oscuridad habita los suburbios de la belleza.

Dad de ladrar al perro de la oscuridad.
Oíd la lepra sagrada de la oscuridad.

Su indesmayable ambición imaginativa, su ruptura con la sintaxis previsible, su insobornable desobediencia reivindicativa, su alternativa a la semántica convencional hacen de esta poesía -especialmente en La casa roja y La bicicleta del panadero, dos libros centrales en la trayectoria poética de Mestre- una actividad fundacional, una reinauguración de la realidad desde la que se defiende la posibilidad de la utopía. 

Al alto voltaje poético, simbólico y verbal que contienen esos libros de Mestre se suma a menudo un torrente circulatorio que se alimenta de lo más hondo de la experiencia y de la memoria, del conocimiento del dolor y de la reivindicación de la felicidad. No es casual que una de las antologías más completas de su obra, la que publicó el Fondo de Cultura Económica en 2014, se titulara precisamente Historia natural de la felicidad.

Como la misma dicción poética que lo articula, Asamblea es en su conjunto un libro torrencial, un bosque milenario en el que centenares de poemas “florecen como manzanos” y ofrecen su fruto en sazón en monólogos reflexivos o en diálogos emocionales con el lector, que se funde machadianamente con el poeta en la cercanía de una voz oracular que recoge “la ceniza de las palabras que caen desde un extraño mundo como copos de nieve.”

Ética y verdad se funden en esta poesía que es a la vez sublevación civil y estética, defensa de la desobediencia como vía de la creatividad, reivindicación de la insumisión verbal y la libertad imaginativa y fundación y refundación de un territorio de enorme potencia verbal y de gran carga emocional. 

Poesía como forma de conocimiento, palabra en libertad y compromiso ético son tres ángulos fundamentales de la poesía de Juan Carlos Mestre, que junto con la crucial misión reveladora de lo invisible, asume un importante componente ético y crítico, cumple una función testimonial que la convierte en conciencia moral del hombre a través de la luz de la palabra, para hacer del lenguaje no sólo un fuego que ilumine la noche de la tribu, sino también una vía de conocimiento del mundo desde la oscuridad y la intemperie, desde las raíces últimas de la sangre.

Imaginación y resistencia, conciencia y palabra son claves fundamentales en la obra de Mestre, en una creación que transcurre en el espacio de lo imprevisible y conjura tradiciones heterogéneas, invoca  la diversidad y refunde lo primitivo con la vanguardia, lo simbólico con lo visionario para proponernos no una imagen coherente del mundo, sino una lectura abierta de la realidad que hace del poema un lugar de encuentro, como en las prosas intensas, irónicas y terminales de Museo de la clase obrera:

si esperabas chatarra de rana y chucrut para las gallinas si esperabas una bella idea perdida una luna envasada al vacío el honesto episodio en que dante abandona la oreja de centeno de la campanera si esperabas hocicos de piedra pómez un guardaespaldas en el termostato de los periódicos al hombre bala que atraviesa sin mirar el cerebro la partícula del poeta dientes de pan para las truchas si esperabas la inteligencia biológica de las hadas de fátima poemas convulsos poemas verdaderos extenuados por el cinismo si esperabas la anatomía de la superstición a los carniceros del santo oficio al adolescente que se enfría en la morgue si esperabas bajo la carpa del circo al hombre simultáneo a los interferidos por el fulgor de dios a los bromurados por el silencio a la puerta de los cementerios de monos no aceptes el ofrecimiento no dejes de aceptar ya estas lejanas palabras aunque sea a regañadientes

El fraseo intenso y alucinatorio con que discurre el verso radical y salmódico de Mestre, generoso en imágenes, va construyendo en cada poema su propia realidad, reivindicando otra forma de ver y de mirar un mundo que parece recién descubierto o recién inaugurado, como en el modelo withmaniano al que se encomendaba el poeta en La casa roja, la casa de la poesía, la casa de la palabra, la casa de las preguntas:

Mi corazón es una casa roja con escamas de vidrio, mi corazón es la caseta de los bañistas cuya eternidad es breve como columna de lágrimas. El minotauro hace rodar sus ojos por el acantilado de las estrellas, la herida del anochecer hace su nido en la arena. Yo hablo con alas, yo hablo con lava de lo ardido y humo de diamante.

“La frecuentación de estas páginas -señala Jordi Doce en la Introducción- no tarda en contagiar a sus lectores el entusiasmo casi febril con que fueron escritas, el asombro radical de su enunciación, pues asombro es lo que sentimos al abrir la puerta de esta asamblea de palabras y figuras vertiginosas, esta fiesta de la metamorfosis y la analogía.”

Cierra esta reseña una breve muestra de los inéditos de El ciprés descapotable. Así termina el último fragmento recogido en Asamblea:

son los tanques frente a lo único verdadero, la vida, el valor del absoluto, es la ruina moral de los actos de fuerza, la disimetría del conflicto, la violencia irrestricta contra la modesta condición de las víctimas. llámalo como quieras, pero entiéndelo de una vez para siempre, no hay escuela en los cementerios, escrito está, escrito estuvo y escrito sigue en las tablas: no matarás, no matarás, no matarás

Santos Domínguez 


25 febrero 2026

Stephen Greenblatt. El giro

 


Stephen Greenblatt.
El giro.
Traducción de Juan Rabasseda-Gascón 
y Teófilo de Lozoya.
Crítica. Barcelona, 2025.

“De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno” es el subtítulo de El giro, el espléndido ensayo que elaboró Stephen Greenblatt sobre el único manuscrito en el que se conservaba De rerum natura, el poema filosófico en hexámetros que Lucrecio había compuesto en el siglo I a.C.

Lo localizó en enero de 1417 en la abadía benedictina alemana de Fulda el humanista y bibliófilo italiano Poggio Bracciolini, que lo mandó copiar y regresó a Italia con aquella copia que pondría en circulación. Así empezaría a difundirse el contenido de un libro que estuvo a punto de perderse y que con sus planteamientos materialistas de filosofía natural constituyó uno de los fundamentos esenciales del humanismo y acabaría propiciando el giro ideológico y cultural que dio lugar al Renacimiento. 

Como explica Greenblatt, desde un siglo antes había entre los humanistas, desde que Petrarca recuperó Ab urbe condita, la descomunal obra de Tito Livio sobre la Historia de Roma, un furor creciente por descubrir manuscritos olvidados de la Antigüedad: 

 “Los italianos llevaban casi un siglo obsesionados con la caza de libros, desde que el poeta y erudito Francesco Petrarca ganara para sí la gloria en la década de 1330 reconstruyendo la monumental Historia de Roma desde su fundación de Tito Livio y encontrando varias obras maestras de Cicerón, Propercio y otros autores. Los logros de Petrarca habían inducido a otros a dedicarse a la búsqueda de obras perdidas de autores clásicos que con frecuencia habían permanecido sin ser leídas durante varios siglos. Los textos recuperados eran copiados, editados, comentados y celosamente comprados y vendidos, cubriendo de gloria a los que los hallaban y sentando las bases de lo que vendría a denominarse el «estudio de las humanidades».
Los «humanistas», como fueron llamados los que se dedicaban a ese estudio, sabían por el minucioso “análisis de los textos de la Roma clásica que habían sobrevivido, que seguían faltando muchos libros otrora famosos o cuando menos partes de ellos.”

Con su admirable capacidad narrativa, acreditada en El espejo de un hombre, su ensayo biográfico sobre Shakespeare, o en el que dedicó recientemente a Marlowe en El Renacimiento oscuro, Greenblatt no sólo reconstruye en El giro la historia de aquel descubrimiento transcendental. Sus páginas ofrecen además una evocación muy plástica del mundo antiguo en el que Lucrecio escribió De rerum natura, de los monasterios medievales en los que se conservaron los manuscritos o de la corte florentina de los Medici desde donde se impulsó el Humanismo:

“El descubrimiento de Poggio hizo así las veces de canal fundamental a través del cual el viejo poema de Lucrecio, que llevaba más de mil años durmiendo el sueño de los justos, volvió a ponerse en circulación. En la fría Biblioteca Laurentiana, diseñada en gris y blanco por Miguel Ángel para los Medici, se conserva la transcripción realizada por Niccoli a partir de la copia hecha por el escriba alemán del manuscrito del siglo IX que contenía el poema de Lucrecio, el Codex Laurentianus 35.30. Siendo como es una de las fuentes esenciales del mundo moderno, se trata de un libro de dimensiones modestas, encuadernado en un cuero rojo muy gastado con incrustaciones de metal, y una cadena atada a la parte inferior de la cubierta posterior. Apenas se distingue físicamente de muchos otros manuscritos de la colección, aparte de ir provisto de unos guantes de látex cada vez que se lo llevan a un lector.”

Con una mezcla de rigor histórico, capacidad evocadora y pulso narrativo que le permite recrear a lo largo del libro la historia de la recuperación y la recepción posterior de la obra de Lucrecio, así evoca Greenblatt el comienzo de aquella peripecia que acabó con aquel rescate decisivo para la fundación del mundo moderno de una obra que se daba por perdida en el siglo XV:

En el invierno de 1417, Poggio Bracciolini cruzó a lomos de su caballo los boscosos montes y valles del sur de Alemania rumbo a su remoto destino, un monasterio del que se decía que ocultaba antiguos manuscritos tras sus muros. Como seguramente comprobaron los aldeanos que lo veían pasar desde las puertas de sus cabañas, era un extraño en tierras lejanas. 

Así comienza el relato de la historia bibliográfica que cuenta El giro, un ensayo sostenido en una apabullante erudición, compuesto sobre una rigurosa base documental y desarrollado con una voluntad narrativa que por momentos lo acerca al tono y al ritmo de una novela de aventuras:
 
Uno de los manuscritos era un texto bastante largo escrito en torno al año 50 a. e. v. por un poeta y filósofo llamado Tito Lucrecio Caro. El título del texto, De rerum natura —«Sobre la naturaleza de las cosas»— era curiosamente parecido al título de la celebrada enciclopedia de Rabano Mauro, De rerum naturis. Pero mientras que la obra del monje era aburrida y convencional, la obra de Lucrecio era peligrosamente radical.”

Con la obra recuperada y difundida rápidamente en Italia, el poema de Lucrecio inspiró a artistas como Botticelli en un cuadro como La primavera (“Viene la Primavera acompañada de Venus y por delante marcha el alado heraldo de Venus; mientras, siguiendo los pasos de Céfiro, la madre Flora alfombra todo el camino con sus maravillosos colores y perfumes”, había escrito Lucrecio), influyó en pensadores como Giordano Bruno (“hay numerosos indicios de que el De rerum natura trastornó y transformó todo el universo de Bruno”), modeló el pensamiento de Galileo, Hobbes, Freud, Darwin y Einstein y ejerció una influencia fácilmente reconocible en los Ensayos de Montaigne y -a través de él- en el teatro de Shakespeare.

Porque -explica Greenblatt en el prólogo- “la cultura surgida de la Antigüedad que mejor resume la aceptación lucreciana de la belleza y el placer y que la impulsó como una búsqueda humana legítima y valiosa fue la del Renacimiento. Y esa búsqueda no se limitó a las artes. Determinó el atuendo y la etiqueta de los cortesanos, la lengua de la liturgia, y el diseño y la decoración de los objetos de la vida cotidiana. Impregnó los estudios científicos y tecnológicos de Leonardo da Vinci, los animados diálogos de Galileo sobre astronomía, los ambiciosos proyectos de investigación de Francis Bacon y la teología de Richard Hooker. Fue, de hecho, un movimiento reflejo, de modo que muchas obras aparentemente alejadas de cualquier ambición de orden estético —los análisis de estrategia política de Maquiavelo, la descripción de la Guyana por Walter Raleigh o el estudio enciclopédico de la enfermedad mental por Robert Burton— fueron pergeñadas de modo que produjeran el placer más intenso. Pero las artes del Renacimiento —la pintura, la escultura, la música, la arquitectura y la literatura— fueron las manifestaciones supremas de esa búsqueda de la belleza.”

En el origen de la escritura de El giro, que acaba de reeditar Crítica con traducción de Juan Rabasseda-Gascón y Teófilo de Lozoya, está el interés de Greenblatt por el poema didáctico de Lucrecio. Hay en esa atracción intelectual una cuestión personal que resumen estas líneas, en las que Greenblatt recuerda su descubrimiento de esa obra. Un descubrimiento tan intenso y tan revelador para él como el del propio Poggio Bracciolini en la abadía alemana donde lo rescató:

Puedo atestiguar que, aunque fuera en una traducción en prosa, Sobre la naturaleza de las cosas supo tocar en mí una fibra muy honda. Su influencia se debía hasta cierto punto a las circunstancias personales: el arte penetra siempre en la persona a través de las fisuras existentes en su vida psíquica. El núcleo del poema de Lucrecio es una profunda meditación terapéutica acerca del miedo a la muerte, y ese miedo es algo que dominó por completo mi infancia.

Santos Domínguez

 

23 febrero 2026

Esquilo, poeta de la guerra

  


Marta González González.
Esquilo, poeta de la guerra.
Alianza Editorial. Madrid, 2026.

En las tragedias de Esquilo (ca. 525-456 a. C.), en las poquísimas conservadas, nos encontramos con imágenes que hablan del lado más oscuro de la guerra, de sus víctimas mortales, pero también de las que sobreviven a la contienda para encontrarse con un destino peor que la muerte. Por eso aparecen el ruiseñor, la golondrina, los halcones y las palomas: el lamento, el trauma y el exilio. Esquilo fue a la vez poeta y soldado, y, por tanto, tuvo un conocimiento directo de la guerra. Una evidencia que él mismo dejó en el epitafio que supuestamente compuso para sí mismo, donde no mencionaba su vida de dramaturgo, sino su valor en la lucha contra los persas.
A Esquilo, hijo de Euforión, ateniense, lo cubre esta tumba,
a él que murió en Gela fértil en trigo.
El bosque de Maratón podría hablar de su celebrada fuerza,
y el medo de larga cabellera, que bien la conoce.
Y, sin embargo, pese a ser este un dato bien conocido, no ha sido tenido en cuenta en toda su complejidad y extensión a la hora de analizar la obra del poeta. Abundan, en cambio, los estudios de Esquilo como un filósofo o teólogo preocupado esencialmente por la Justicia (Díkē) de Zeus, además de, como es lógico, aquellos centrados en su figura como «creador» de la tragedia. No obstante, el Esquilo combatiente, superviviente de grandes batallas, es el mismo Esquilo autor trágico que tanto admiramos, y su condición de soldado tuvo que afectar necesariamente a su producción dramática, como trataré de demostrar.

En esos párrafos resume Marta González González el planteamiento de su magnífico Esquilo, poeta de la guerra, que publica El libro de bolsillo de Alianza Editorial.

‘Miedo y compasión de un combatiente en Salamina’ es el abarcador subtítulo de este ensayo que, apoyado en la amplia y actualizada bibliografía que se detalla en las páginas finales, propone una lectura de la tragedia de Esquilo como reflejo de la voz de los vencidos, especialmente de las mujeres  que fueron víctimas de la violencia sexual, el exilio o el duelo. 

Un estudio profundo y riguroso que analiza la configuración genérica del la tragedia y coloca la guerra en su centro. Así lo justifica la autora: “La tragedia griega ha sido estudiada desde muchos puntos de vista, que no deberían ser, en principio, excluyentes. Incluso dejando de lado los enfoques estrictamente literarios y lingüísticos, encontramos líneas de investigación muy productivas como las que analizan la tragedia en su relación con la política, el mito, la religión, o los problemas sociales de exclusión, inclusión y construcción de la identidad. Se trata de aproximaciones siempre complejas, y el hecho de citarlas a modo de lista no quiere decir que ninguno de estos análisis pueda hacerse, en ningún caso, descuidando los demás. En cuanto a la perspectiva de género y a los estudios sobre la mujer en la Antigüedad clásica en general, y en la tragedia ática en particular, los estudios se han multiplicado en los últimos años, aunque creo que en muchos casos es necesario matizar las conclusiones a las que se ha llegado, especialmente en los estudios de corte estructuralista.
El análisis que aquí propongo, que trata de pensar a Esquilo como un poeta de la guerra, incorpora en mayor o menor medida muchas de estas perspectivas, pero parte sobre todo de una serie de estudios en los que la guerra se ha situado en el centro de la atención.”

Entre Los Persas -la única que no tiene un  fondo mitológico, sino histórico, la Batalla de Salamina, y es la más antigua por fecha de composición- y Prometeo encadenado, se conservan siete de las más de ochenta tragedias que compuso Esquilo, el primero de los tres grandes trágicos griegos. Representadas por primera vez en la primera mitad del siglo V a. C., son siete tragedias atravesadas por las consecuencias de la guerra: el dolor y el conflicto, la culpa, la soberbia y la cólera, la ceguera y la locura, la compasión y la venganza.

Las obras de aquel viejo soldado de Maratón y Salamina que fue Esquilo, testigo de la derrota de Jerjes y los persas, anticipan y resumen muchas de las claves de la tragedia griega: el cruce de vida y muerte, de frustración y esperanza, de libertad y destino, contrastes analizados desde la perspectiva de los vencidos. Porque Esquilo -explica Marta Gonzalez- “optó por contar el mal, por presentar ante los ojos del público lo que conocía de primera mano, la inhumanidad de la guerra, ofreciendo también la perspectiva de los vencidos y, en concreto, de las mujeres.”

Mujeres como Casandra, la princesa troyana violada por Ayax y ofrecida como botín de guerra a Agamenón en la tragedia homónima; las jóvenes tebanas aterrorizadas por los vencedores en Los Siete contra Tebas o las cincuenta hijas de Dánao que huyen del acoso de los príncipes egipcios en Las Suplicantes reflejan que “las mujeres como botín de guerra son personajes recurrentes de la tragedia griega. Desplazadas de sus lugares de origen, de sus familias, que han sido aniquiladas en las guerras, y separadas también las unas de las otras, como lamentan las troyanas al saber que irán todas a la Hélade, pero no juntas, sino asignadas cada una a diferentes dueños entre los jefes aqueos. Todos estos temas son parte central de las tragedias de Esquilo y, sin embargo, la historia de la literatura calla a este respecto.”

Porque las mujeres, reducidas a la condición de botín de guerra son personajes repetidos una y otra vez en la tragedia griega. Cazadas como animales y reducidas a la condición de esclavas, separadas de sus familias exterminadas, arrancadas de sus lugares de arraigo, rebajadas a la condición de cuerpos a disposición de los vencedores, son las peores víctimas de la guerra.

Pero además de ese asunto central del papel de las mujeres como víctimas de las guerras, este ensayo ofrece un espléndido panorama de la tragedia griega y un profundo análisis de la obra conservada de Esquilo. 

Un análisis que aborda temas centrales como el conflicto entre la identidad y el orientalismo, la solidaridad con el sufrimiento del vencido, el miedo y la violencia dramatizados, el lamento por la juventud persa que cayó en Salamina, la identidad y la alteridad en la guerra fratricida entre Eteocles y Polinices, hijos de Edipo, en Los Siete contra Tebas; la confrontación entre Oriente y Occidente, entre el salvaje despotismo oriental y la protectora democracia ateniense para las Danaides que huyen en Las Suplicantes; el papel de Casandra, esclava de Agamenón, a la que el coro presenta como una fiera recién capturada; el lamento del ruiseñor y el mito de Procne como paradigma de las mujeres víctimas de las guerras humanas y divinas y sus estrategias de violencia, persuasión y astucia en La Orestíada -la única trilogía de Esquilo que nos ha llegado íntegra: Agamenón, Las Coéforas y Las Euménides, que se representaron en el 458 a. C., cuando Esquilo rondaba los setenta años- y en Prometeo encadenado.

Ejes temáticos que refuerzan el enfoque de Esquilo, poeta de la guerra, en el que “aunque partamos del análisis filológico y literario de las tragedias de Esquilo, el objetivo será no perder de vista que fueron obra de un poeta que conoció de cerca las guerras y, por eso mismo, dejó en ellas reflejo abundante de su experiencia militar y de su mirada compasiva hacia las víctimas.”

Y aunque, como en todos los clásicos ninguna lectura, ningún enfoque agota por completo la obra de Esquilo, “mi intención -concluye la autora- ha sido leer a Esquilo teniendo en mente que se trataba de un enorme poeta que fue, al mismo tiempo, un soldado combatiente en batallas como la de Salamina.”


Santos Domínguez

20 febrero 2026

Itziar López Guil. Un refugio en la espesura


Itziar López Guil.
 Un refugio en la espesura.
Bartleby Editores. Madrid, 2026.


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Yo busco una palabra que acune a los ahogados del Estrecho, que haga un nido de amor y que se enrosque, y pida más cariño en la conciencia. 

Y donde no hay comida, traiga pan. Y donde caen las bombas sea escudo. Y donde solo hay grito haga silencio.

Es uno de los poemas con los que Itziar López Guil ha compuesto Un refugio en la espesura, que publica Bartleby Editores en su colección de poesía.

Sus dos citas iniciales, una de Pepe Mújica y otra de Noam Chomsky, parecían anunciar que los referentes temáticos y tonales de este libro están menos en la creación poética que en el activismo político.  Y sin embargo, el lector que se adentra en sus páginas comprueba cómo se van imponiendo en estos textos, de medida prosa rítmica y fluido verso libre, la potencia verbal y la ambición expresiva, la intensidad emocional y el ímpetu visionario, compatibles -aquí sí- con la voluntad testimonial y la combatividad política. Cualidades que toman forma para expresar la resistencia frente a la injusticia o el crimen de una voz alzada contra la iniquidad, como en este Aprendiendo silencio: 

Una ciudad arracimada contra el mar, muerto sobre muerto y aún más bombas. Debajo se han deshecho los besos, las manos que jugaron, los ojos que el escombro ha vuelto grava. 

Ninguna voz recita el alfabeto. 

La escuela es hoy alfombra de hormigón 
y un fulgor de misiles va borrando 

cada letra.


Enmarcados por un poema prologal y otro epilogal y organizados alfabéticamente según sus títulos, estos poemas avanzan hacia un refugio en el ámbito de la intimidad personal y familiar, entran en el territorio de la memoria personal para hablar de la muerte del padre -cuya presencia inunda también el libro con las veinte imágenes que lo ilustran-, del amor y el deseo, de manera que el equilibrio entre exigencia estilística y mirada reivindicativa se extiende también al terreno de una mirada que va del exterior a la introspección y a la memoria, de lo público a lo íntimo sin renunciar a la denuncia o a la protesta:

   CANCIÓN DE VERANO

Espalda de un tiempo que no vuelve, melodías que nunca escuché en serio. 

Porque la vida no podía ser tan fácil. 

Así de fácil era.

Y así también, entre el asombro y la incertidumbre, entre la luz y la penumbra, la tristeza y la esperanza, estos poemas hablan del maltrato y de los sueños, del despertar y los lunes, de la playa y el bosque y trazan un itinerario personal que la autora dedica a sus tres compañeros de trinchera. “Y también a mí misma. Por resistir.”

Como en Edad madura: 

Pasa mi cuerpo los escaparates con luz de agosto, nariz en guerra, labio, untuoso y combativo. 

Hordas de palomas rezuma la estación desde su calle, circulan los tranvías con un rugido de salitre, huyendo el celo del rail que los doblega en su deseo. 

Un hedor de odio y fe hiere el azogue del mundo. 

No pienso hacer del tiempo otra batalla.


Santos Domínguez 



18 febrero 2026

Manuel Longares. Cortesanos

 


 Manuel Longares.
Cortesanos.
 Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2026.


En los siglos dorados del Imperio hispano, la corte madrileña de los Austrias desarrolla una voz propia y no simulada, que reza por la prosperidad de la monarquía en capillas y conventos de la capital del reino y alborota en los soportales de su Plaza Mayor los días de pompa y espectáculo, cuando los monarcas absolutos presiden, desde la privilegiada perspectiva de un balcón, el auto de fe contra el hereje y la lidia del jinete con el toro. 

Así comienza Cortesanos, la novela corta de Manuel Longares que acaba de publicar Galaxia Gutenberg.

Una novela libérrima y brillante, construida sobre un cruce de tiempos y de voces, de espacios y perspectivas, de tragedia y comedia, de ópera bufa desarrollada con el telón de fondo de un Madrid que es, además de un microcosmos representativo de una realidad más amplia, también el territorio de encrucijada del juego y el fuego, de la acrobacia verbal, la mueca carnavalesca y la risotada barroca, escatológica y desinhibida, de Quevedo. 

Y más al fondo, el humor socarrón y benevolente de Cervantes y el desgarrón expresivo del esperpento de Valle, en una espléndida novela cuya intensidad lingüística exige una lectura lenta y gustosa, el paladeo del lector gourmet de la prosa magistral de Longares:

Y mientras el rey andaba de picos pardos por chozas y bosques de la periferia, donde zagales y pastoras asaban castañas al amor de la lumbre o retozaban con sus rebaños de lanar y porcino bajo la mirada pesarosa de la vaca lechera por tanta eyaculación baldía. quedaba el dormitorio de la primera dama en soledad propicia al escarceo y, porque los dos moradores sabían a qué jugaban, al punto se privaba de ropa el bufón y halagaba con obcecada constancia las partes comprometidas de su pareja hasta suscitar con sus salvas el despiporre. 
-Culmina, pesada. 
Así que mientras el bufón ensartaba a su soberana por derecho haciéndole desbarrar pupila y lengua, abanicar párpados, retorcer el esqueleto y exhalar gorgoritos premonitorios del hondo calderón final, el rey, en la soledad de los héroes y más empalmado que otro poco, reiteraba por llanos y serranías de su propiedad su oferta de acoplamiento -rebajada de tasas municipales, que todo hay que decirlo-.

De los Austrias a los Borbones, del cielo velazqueño a la corrala verbenera del género chico, de la asonada de los espadones decimonónicos a las tertulias de rebotica, pululan por estas páginas chisperos y menegildas de zarzuela y chotis entre el valleinclanesco callejón del Gato y la gruta de Gómez de la Serna, los arrabales barojianos y las Vistillas o la perruna circunstancia orteguiana a lo largo de siglos de historia y de intrahistoria del foro. Esencia de España evocada en párrafos como estos:

Es para la estirpe costumbrista la voz castiza por antonomasia que, ensimismada en su ombligo, canta las penas y alegrías de sus gentes a las puertas de palacio, tras las rejas del Saladero o de camino a la horca de la plaza de la Cebada. Envuelta en la banderita sangre y oro, guía a las figuras de la tauromaquia al cornalón de los ruedos y llora con la Bejarana por los reclutas inmolados en las guerras coloniales. Por ella suspira el pasodoble de España, con ella desfilan ejércitos y procesiones y a ella confían su apoteosis en la pasarela las revistas ligeras de cascos después de que Jerónimo Jiménez y Francisco Alonso la vistan de largo en las academias de idiomas y talentos para que nutra el repertorio de las bandas modestas.
A mediodía de los domingos de primavera y verano comparece en concierto y el aficionado que acude a la cita salvando el barrizal de Eslava, el vértigo del Viaducto o los corrillos de la Puerta del Sol, coincide en las anchuras de Alcalá con los que salen del Casino y el Círculo con el mismo propósito -algunos condecorados en la solapa por las vendedoras de nardos de las Calatravas- y se encaminan a Cibeles por la acera del Banco de España al compás de la marcha que ensaya la tropa en el Palacio de Buenavista. 

Y la línea continua, también vertebradora de tiempos y espacios, de un Manzanares que “más salpica que moja” y “da más pena que sed”. Un río metafórico de un mundo a la deriva que oscila entre el remanso y la furia, entre la sequía y el desbordamiento.

En secuencias milagreras y viñetas de mentidero recorren este Cortesanos la ciencia y la fe, el ilustrado Próspero y el ortodoxo fray Natalio, el cura Arimatea y su penosa muerte, el pintor Ansúrez, Társila, la cocinera ciega y licenciosa, o el bufón Anchuelo y sus florituras amatorias con la soberana empitonada y un real marido coronado, entre oscuras líneas sucesorias, con castrati en su carroza y dádivas pringosas en zona de arrabal, la leche de las Arrepentidas y la sangre licuada de san Pantaleón, la España agria de las luces y las sombras, camino del motín de Esquilache:

Como representantes de la Ciencia y de la Fe, Próspero y fray Natalio disertaban de cuestiones imperecederas o de pasatiempos sin miga a esa hora de la tarde en que, al declinar del sol, repicaban campanarios, susurraba el encinar, dormitaban los ciervos, avisaba el afilador, callaba el yunque, se vaciaba la diligencia, desbordaba la fonda, desenganchaba el cochero, se acicalaban los bravos, contendían los jaques, se reventaban farolas, perseguían los alguaciles, inquietaban los sombreros, intimidaban las capas, atronaba el río como si contuviese agua y en la fachada del tugurio, la viveza del candil anunciaba el baile del petimetre y las majas con los brazos abiertos y las manos cerradas por las castañuelas sobre el palenque alzado en el interior del establecimiento.
-Entre fandango y bolero -confesaban los patriotas-, me quedo con el primero.

Y salpicando el relato con el agua milagrosa del ingenio malicioso y el pleonasmo sentencioso, la vivacidad de los rápidos diálogos eléctricos, verbales o corporales, las coplas populares de pareado fácil y aviesa intención, los episodios sicalípticos, entre los tabernáculos y el metisaca, de un vecindario lúbrico de isidros y palomas. Y la letanía aliterativa:

Chorrada de chisgarabís, chovinismos de chamán. Cháchara sobre supercherías, chiripa chachi y chipén. Chiribitas de champán, empachos de pachulí, chucherías chapuceras, chupitos, pinchos de pochas, chuletillas de lechal y chocolate con churros para la chusma achispada en la pachanga del pichi.
Al chispún de la charanga, un sochantre chamulla chirigotas: «Chaparrones y churrascos, / chubascos y salchichones, / chorizos para el chusquero / y al charnego chipirones». En el chamizo manchego del charcutero chévere, los chalanes fachendosos chismorrean chascarrillos a chamacos y chavalas: «A chirona el charlatán, / el chinorris chasca chicle, / al chivato ducha y chirlo / y chollos para el chambelán».
Chicolea el bachiller, chochea la chispera chata, enchufan al chorlito en la chancillería, un chusco se cachondea de las chaladuras de un chiflado y el machote machaca con el machete al chucho que chapotea en la charca.
-¡A machamartillo!

Un libro risueño y explosivo. Una fiesta de la aliteración y la rima de aleluyas, del juego de palabras, el humor, el esperpento y la intensidad descriptiva. Una celebración de la literatura, del ingenio verbal y el placer de contar de Manuel Longares, virtuoso del idioma y maestro imprescindible de la narrativa española contemporánea.

Santos Domínguez 

16 febrero 2026

Rosa Navarro Durán. El festín de la palabra

 


Rosa Navarro Durán.
El festín de la palabra.
Lecciones de los clásicos españoles.
Ariel. Barcelona, 2026

Entre un fragmento de la Disciplina clericalis, de Pedro Alfonso (siglo XII), y otro de El prevenido engañado, de María de Zayas (siglo XVII), Rosa Navarro Durán ha reunido en El festín de la palabra veinte lecciones de clásicos españoles sobre la vida, veinte “fragmentos con sentido, con gusto dulce o amargo, picante o ácido; pero servidos con la esperanza de que resulten sabrosos”, como señala en su introducción, ‘Invitación a la lectura’.

Veinte pasajes comentados, “aliñados, aderezados, con glosas y comentarios”, que acaba de publicar Ariel en una cuidada edición cuyo propósito -señala la autora- “es que alguno de esos fragmentos, de esas porciones, despierte la curiosidad de los lectores y sea una invitación a ver qué otros manjares ofrece la obra o les lleve a entrar de nuevo en sus páginas para situar ese bocado en su lugar y paladearlo mejor.”

No creer todo lo que se oye, la dignidad frente a la violencia cobarde, el halago interesado y la ingratitud, la fugacidad de la vida y la igualdad ante la muerte, el poder destructivo de la palabra, la compasión y la dignidad del desposeído, la astucia sin moral y el castigo, el conflicto entre la apariencia y la verdad, la responsabilidad de la palabra, la mentira como trampa moral o la conciencia de la fragilidad de la vida son algunas de las enseñanzas centrales de estos veinte capítulos, de estas veinte lecciones construidas a partir de textos procedentes del Cantar de Mio Cid, Calila e Dimna, El conde Lucanor, Tirante el Blanco, las Coplas de Jorge Manrique, La Celestina, El Lazarillo, El Quijote, El Buscón, El perro del hortelano, El burlador de Sevilla o La vida es sueño, entre otros.

Textos de clásicos inmortales que, desde el fondo de los siglos y la tradición literaria, siguen hablando al lector actual para avisarle contra la manipulación de la palabra y la confusión entre la verdad y la mentira, para acompañarle a la lucidez y la prudencia y advertirle sobre los peligros de la vanidad y el halago, para defender la autonomía afectiva y la independencia de pensamiento y prevenir sobre el poder destructivo de las mentiras y el engaño interesado de las falsas promesas, para reivindicar en definitiva la prudencia y la responsabilidad, la dignidad moral y la conciencia ética. Para hablar, en definitiva, con las palabras de los clásicos españoles, de virtudes y vicios que atraviesan la historia de los hombres por encima del tiempo. 

Porque -concluye Rosa Navarro al final del libro- las palabras, que pueden ennoblecer o envilecer la realidad, “han sido y son muy poderosas, dañan o ayudan, condenan o salvan, ¡ojalá las de esta degustación abran deseos y tiempos para seguir leyendo a los clásicos!”

Santos Domínguez 


13 febrero 2026

Isidore Ducasse. Poesías

 

Isidore Ducasse.
Poesías I y II.
Edición bilingüe de Jordi Xifra.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2026.

No acepto el mal. El hombre es perfecto. El alma no cae. El progreso existe. El bien es irreductible. Los anticristos, los ángeles acusadores, las penas eternas, las religiones son el producto de la duda.

Ese fragmento forma parte de la edición crítica de las Poesías I y II de Isidore Ducasse (Montevideo, 1846-París, 1870), que acaba de publicar Cátedra Letras Universales con edición bilingüe de Jordi Xifra, minuciosamente anotada y precedida de una Introducción que aborda como eje central de su estudio la dialéctica conflictiva entre las dos obras de Ducasse, Los Cantos de Maldoror y estas Poesías.

Aunque las escribió a la vez que los Cantos o muy poco después, nada tienen que ver ni en tema ni en tono ni en lenguaje las Poesías con los Cantos, ni siquiera la firma. Si en estos últimos, que aparecieron en 1869, Ducasse incorporó el seudónimo de Conde de Lautréamont, las Poesías las editó con su verdadero nombre en dos delgados tomos en abril y junio de 1870, pocos meses antes de morir.

Frente al frenesí demoníaco y visionario del ángel de las tinieblas que concibe Los Cantos de Maldoror, las Poesías son una propuesta burguesa, moralista, epigonal y reaccionaria; frente al ímpetu creador de la locura y el arrebato, todo es control y freno en estas Poesías, fragmentos en prosa que Ducasse publicó solo un año después de Los Cantos de Maldoror y sus letales frutos amargos.

Aquellos dos opúsculos no se distribuyeron y hasta medio siglo después no aparece, con una nota previa de André Breton, la edición completa de estas Poesías que trazan una imagen muy distinta de la del autor de los Cantos. Poesías que revelan un radical cambio de rumbo, un arrepentimiento opaco o una enigmática contradicción que Ducasse reconoce ya en la declaración de intenciones preliminar, que resume su nuevo programa poético:

Reemplazo la melancolía  por el coraje, la duda por la certitud, la desesperanza por la esperanza, la maldad por el bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma y el orgullo por la modestia.  

Un programa poético que podría resumirse en esta reflexión sobre las relaciones entre poesía y filosofía, que forma parte del segundo fascículo de sus Poesías:

Los juicios sobre la poesía tienen más valor que la poesía. Son la filosofía de la poesía. La filosofía, así comprendida, engloba la poesía. La poesía no podrá pasar de la filosofía. La filosofía podrá pasar de la poesía.

Con serios desequilibrios en su estructura lógica y temática, estas Poesías se mueven entre el manual de lectura crítico con el Romanticismo, la teoría del programa poético o la relectura y reescritura plagiaria de las máximas de la tradición de los grandes moralistas franceses del XVII y el XVIII, de Pascal a Vauvernagues o La Rochefoucauld. 

Pero si Maldoror era una bajada visionaria a los infiernos de la locura y del mal, estos “prosaicos fragmentos” -así los llama el propio poeta-, esta escritura/reescritura, aforística y sentenciosa, supone un retroceso poético innegable, una caída en la intensidad expresiva respecto de aquellos Cantos de expresión desatada que hicieron de Lautréamont un profeta del superrealismo.

Nada que ver aquella potente expresión heredera del Romanticismo y precursora de las vanguardias con este Ducasse antimoderno e ingenioso que escribe en las Poesías no poemas ni textos líricos, como anuncia su título, sino máximas y reflexiones como estas:

La melancolía y la tristeza son ya el comienzo de la duda; la duda es el comienzo de la desesperanza; la desesperanza es el comienzo cruel de los diferentes grados de la maldad.

La poesía no es la tempestad, como tampoco el ciclón. Es un río majestuoso y fértil.

Algunos caracteres, excesivamente inteligentes […} se han arrojado, descabelladamente, a los brazos del mal.
  
La poesía debe tener por meta la verdad práctica. [….] Un poeta debe ser más útil que ningún otro ciudadano de su tribu. Su obra es el código, de los diplomáticos, de los legisladores, de los instructores de la juventud. 

Poned una pluma de oca en la mano de un moralista que sea un escritor de primer orden. Será superior a los poetas.

Santos Domínguez