20/10/21

De Quincey. Los últimos días de Immanuel Kant


 Thomas de Quincey.
 Los últimos días de Immanuel Kant.
Prefacio de Marcel Schwob.
Traducción de Julia García Olmedo.
Firmamento. Cádiz, 2021.
 
 “De entre todos los héroes de Thomas de Quincey, Kant fue sin duda el primero. He ahí pues el sentido del relato que sigue. De Quincey considera que la inteligencia humana nunca se elevó hasta el punto que alcanzó en Immanuel Kant. Y, sin embargo, ni aun en tales cotas la inteligencia se revela divina. No sólo es mortal, sino que, cosa horrible, puede declinar, envejecer y deslucirse. Y puede que De Quincey sintiese aún más afecto por este fulgor supremo al verlo vacilar. No en vano, sigue sus palpitaciones. Anota la hora en que Kant deja de poder crear ideas generales y ordena falsamente los hechos de la naturaleza. Consigna el minuto en que su memoria empieza a desvanecerse. Inscribe el segundo en que su capacidad de reconocer a los demás se extingue sin remedio. Y paralelamente ilustra las escenas sucesivas de su decadencia física, hasta la agonía, hasta los sobresaltos de sus estertores, hasta la última chispa de conciencia, hasta la exhalación final”, escribía Marcel Schwob en 1899 en el texto que servía de pórtico a su traducción al francés de The Last Days of Kant, de Thomas de Quincey, un libro memorable que apareció en 1827 y que acaba de recuperar Firmamento con traducción de Julia García Olmedo y con ese texto de Schwob como prefacio.

Basada en las memorias que E. Wasianski, su discípulo, amigo y administrador, publicó en 1804, el mismo año de la muerte de Kant, Los últimos días de Immanuel Kant es una incursión en la personalidad y la intimidad del filósofo de Königsberg en sus años finales, un “breve bosquejo de la vida y las costumbres domésticas de Kant, extraído de los testimonios auténticos de sus amigos y discípulos”, como señala De Quincey en las primeras líneas de esta obra, que se sitúa más cerca del relato que del ensayo -como un “breve relato” lo definió el propio De Quincey, que añadió al texto veintinueve espléndidas notas como esta, en la que comenta las últimas palabras que pronunció Kant antes de morir:

«Es suficiente»: el cáliz de la vida, el cáliz del sufrimiento se ha secado. Para quienes observan, como hicieron los griegos y los romanos, los profundos significados que a veces se esconden (sin intención ni conciencia) bajo los enunciados más triviales, esa frase final no estará exenta de una intensa carga simbólica.

Pero si en estas notas la voz inconfundible es la de Thomas de Quincey, en el cuerpo del relato su voz se superpone y confunde con la del testigo Wasianski, la fuente principal del texto, aunque no la única.

Con un difícil equilibrio entre el afecto y la ironía, entre la sátira y la admiración, la obra es una inolvidable reflexión sobre los estragos del tiempo, una mirada melancólica a la decadencia física y mental que refleja la pequeñez de lo humano, pero también un acercamiento a la figura de Kant a través de sus rutinas y sus preferencias culinarias, de su brillantez como conversador, de su práctica del ejercicio físico diario y su disciplina de trabajo, de su gusto por la conversación y por la observación de la naturaleza, de sus obsesiones y manías, de su carácter afable, su vida retirada y su intensa dedicación a la vida intelectual.

En estas páginas, como anuncia De Quincey, “lo vemos pugnar con la miseria de su decadencia y de sus menguantes facultades físicas y mentales, así como con el dolor, la depresión y la agitación causadas por sendas enfermedades, una concerniente al estómago y otra a la cabeza; sobre todo ello se elevaría como extendiendo las alas gracias a la bondad y la nobleza de su temperamento, invicto hasta el final.”

“De Quincey. A nadie debo tantas horas de felicidad personal.”, escribió Borges, que añadía: “en los catorce volúmenes de su obra no hay una página que no haya templado el autor como si fuera un instrumento. […] El goce intelectual y el goce estético se aúnan en su obra.”

Santos Domínguez

18/10/21

Ali Smith. Verano

 


Ali Smith.  
Verano
Cuarteto estacional IV.  
Traducción de Magdalena Palmer.
Nórdica. Madrid, 2021.



Todo el mundo dijo: ¿y?
Como en ¿y qué? Como en encogerse de hombros, o ¿y qué esperas que haga al respecto?, o me importa una mierda, o lo apruebo, me parece bien.
Vale, no lo dijo todo el mundo. Hablo coloquialmente, en plan frase hecha, como en todo el mundo hace esto o aquello. Lo que quiero decir es que entonces, en aquella época en concreto, ese tono despectivo fue un claro indicador, una especie de tintura de tornasol. En aquel entonces se puso de moda actuar como si nada importara.
También se puso de moda insistir en que aquellos a quienes les importaba, o que decían que les importaba, eran unos pringados, o que solo pretendían quedar bien.
Es como si hubiese pasado hace una eternidad.
Pero no; solo hace unos meses que empezaron a arrestar o a amenazar con la deportación a personas que habían vivido toda su vida o gran parte de su vida en este país: ¿y?
Que un Gobierno cerró su propio Parlamento porque no podía conseguir el resultado que quería: ¿y?
Que muchas personas votaron a políticos que les mentían descaradamente: ¿y?
Que un continente ardía y otro se derretía: ¿y?
Que los poderosos de todo el mundo empezaron a excluir a personas por su religión, su etnia, su sexualidad o su oposición intelectual o política: ¿y?
Pero no. Es verdad. No todo el mundo lo dijo.
Ni por asomo.
Millones de personas no lo dijeron.
Millones y millones, en todo el país y en todo el mundo, vieron las mentiras, vieron cómo se maltrataba a las personas y al planeta, y lo expresaron en manifestaciones, en protestas, escribiendo, votando, hablando, mediante el activismo, en la radio, en la televisión, en las redes sociales, tuit tras tuit, página tras página.
Y las personas que conocían el poder de ese ¿y? respondieron en la radio, en la televisión, en las redes sociales, tuit tras tuit, página tras página: ¿y?
A lo que voy es que podría pasarme la vida entera enumerando, y hablando, y demostrando con citas y gráficos y ejemplos y estadísticas lo que la historia prueba claramente que ocurre si nos mostramos indiferentes y cuáles son las consecuencias del fomento político de la indiferencia, algo que quienquiera que desee refutarlo rechazará al momento con un contundente e incisivo
¿y?
Y.


Es el fragmento inicial de Verano, la novela con la que Ali Smith culmina su portentosa tetralogía Cuarteto estacional, que publica Nórdica con espléndidas traducciones de Magdalena Palmer.

Cuarteto estacional es un monumental edificio narrativo, una ambiciosa construcción literaria sostenida sobre el equilibrio entre lo individual y lo global, entre la realidad y la ficción, entre el presente y la historia, entre la narración y la reflexión, entre el diagnóstico y el pronóstico.

Encabezado, como el resto de la serie, por citas de Shakespeare y Dickens, entre otros, y vinculado al Cuento de invierno shakespeareano, este último volumen, que fue proclamado mejor libro de 2020 por diversos medios, es, como el resto de la serie, un asombroso caleidoscopio de diversas épocas e historias individuales sobre las que se proyecta la reflexión acerca de algunas de las cuestiones más candentes y conflictivas de la sociedad y la política de estas dos primeras décadas del siglo XXI: desde el Brexit al calentamiento global, desde la inmigración a Trump, desde los incendios forestales que arrasaron Australia al confinamiento por el coronavirus.

Sobre el problemático telón de fondo de un mundo occidental al borde del abismo y en torno a la presencia central de Sacha y Robert, dos peculiares hermanos adolescentes de Brighton, el diseño coral de Verano, que comienza en febrero de 2019 y termina con una carta fechada el 1 de julio de 2020, traza un entramado de vidas y situaciones que son una meditación sobre el tiempo y sobre estos tiempos. Una meditación plural y en perspectivas diferentes que recurre a la mediación de la mirada de los personajes que, frente al sombrío invierno del desánimo ante las pérdidas y los desastres, levantan su esperanza en el verano de la dignidad y la cultura, de la libertad y la solidaridad, con esta mirada final a lo alto:

Bajo el cielo nocturno de un aparcamiento, donde quizá el propio Einstein hubiera estado alguna vez, contemplaron los puntos iluminados en la oscuridad que eran estrellas originales y ancestrales ya muertas, hasta que la hermana de Robert despertó y, al ver que le hacían señas, se puso el abrigo sobre los hombros, bajó del coche y se acercó en la fría intemperie, y todos alzaron la vista para señalar las constelaciones que conocían y para adivinar los nombres de las que no conocían.

Además de su innegable valor literario y su potencia narrativa, el reflejo de la realidad actual y la hondura de la reflexión sobre este tiempo de devastaciones hará de Cuarteto estacional una obra de referencia para entender esta época en tiempos futuros.
 
Santos Domínguez

15/10/21

Hilario Barrero. Poesía 1971-2021

 


Hilario Barrero.
Tiempo y deseo. 
Poesía 1971-2021.
Libros del Aire. Santander, 2021.

En el prólogo de Educación nocturna, la anterior antología poética de Hilario Barrero, señalaba José Luis García Martín que el tiempo y el deseo eran los dos protagonistas de la poesía del autor que ahora reúne bajo esos dos conceptos su propuesta de obra completa en un amplio volumen espléndidamente editado por Libros del Aire.

Tiempo y deseo. Poesía 1971-2021 recoge en un volumen el corpus poético de Hilario Barrero a lo largo de cincuenta años de escritura y de tres libros -In tempore belli, Libro de familia y Educación nocturna- que por su largo proceso de composición (1971-1999; 2001-2011 y 1971-2020) constituyen en realidad tres ciclos evolutivos y temáticos en los que se resume la poesía de Hilario Barrero, recorrida desde su inicio por las luces del pasado y las sombras del futuro y por una intensa percepción de la fugacidad:

De niño
la luz se colgaba
en mi ventana día y noche.
Ayer la sombra
estaba medio llena de luz
y hoy la luz
está medio llena de sombras.
Ya queda poco
para que se confundan
y amanezca la noche para siempre
cerrando la ventana.


A esos tres libros centrales se añaden ahora Blending, los inéditos de Oporto del 71 y los muy recientes de Primer invierno en Brooklyn, escritos entre 2019 y 2021.

“En Tiempo y deseo -advierte José Luis García Martín en su prólogo 'Con el tiempo, contra el tiempo'- no están, por supuesto, todos los poemas escritos en medio siglo; solo los suficientes para dejar constancia de una trayectoria poética y vital. Pero eso no impide que se trate de una completa autobiografía poética.”

Un difícil equilibrio de intensidad emocional y contención expresiva, una homogeneidad de tono unifican esta poesía elegíaca y meditativa, atravesada desde muy pronto por la conciencia del tiempo y por la proyección de la nostalgia sobre el sentimiento amoroso, por la evocación del pasado y la celebración del presente, por la construcción de la identidad sobre la afirmación de la memoria frente a las pérdidas, por una geografía del deseo que tiene sus referentes espaciales de luces y heridas en Toledo, Barcelona, Oporto, Lisboa o Nueva York, como en este poema de Libro de familia:

SEVENTH AVENUE CORNER BERKELEY STREET

La verde sombra que en la boca tiembla.
Ricardo Molina
En la gloriosa mañana de domingo
(la avenida con rojos tulipanes
y en las fachadas una luz de Hopper),
un muchacho, apoyado en la esquina
de la casa con un cerezo en flor,
está esperando a alguien
con un ramo de flores amarillas.
Un nuevo amor que nace tan temprano
y en domingo debería gozar
de una luz avanzada y larga vida
y no morir al mismo tiempo que las flores.


El claroscuro del tiempo, la persistencia ardiente del rescoldo y el temblor de la luz en la memoria, “en esta travesía hacia el silencio”, la noche y el naufragio, el amor y el deterioro, la nieve y las hogueras son proyecciones simbólicas de la mirada existencial con la que el poeta se reconoce en medio del mundo y de un paisaje con el que se identifica: “y yo me secaré con el invierno”.

Realidad y deseo, memoria y emoción recorren estos poemas para reunir un inventario de la experiencia sobre el fondo de ciudades por las que “va tu cuerpo delante de tu sombra”, entre presagios funestos, evocaciones atravesadas por el sentimiento de la pérdida y la conciencia de la fugacidad y del frío, por esa “vida que todo lo erosiona.”

Cierra la edición un epílogo en el que Carlos Alcorta destaca que, aunque hay medio siglo de distancia entre los poemas más antiguos y los más recientes, “el lector, si no presta demasiada atención a las fechas y se deja llevar tan solo por el tono y por el ritmo, percibirá una emoción y una intensidad similares en cada uno de los poemas, pertenezcan estos a sus primeros libros o a los últimos.”

Así en este poema de Educación nocturna:

SALVACIÓN

Pronto ya no estaremos juntos,
no oleremos las flores
ni los cuerpos de abril,
otra cometa entregará su infancia
al azul infinito,
vendrá otra tarde que no tendrá tus labios
y un nuevo cuerpo calentará otro lecho.
Contigo morirá lo que en mí vive
y en ti se salvará por lo que vivo.
 
Santos Domínguez

13/10/21

Mark Twain. La vida en el Misisipi

Mark Twain.
La vida en el Misisipi.
 Traducción de Susana Carral.
 Ilustraciones de Edmund H. Garrett, 
John Harley y A. Burnham Shute.
Reino de Cordelia. Madrid, 2021. 

“Cuando era pequeño, solo existía una ambición permanente entre mis compañeros de Hannibal, Misuri -nuestro pueblo-, situado en la orilla oeste del Misisipi: ser tripulante de un barco a vapor. Teníamos ambiciones temporales de otro tipo, pero solo eran pasajeras. La llegada y partida de un circo siempre dejaba en nosotros el ansia de ser payasos. El primer espectáculo de variedades que llegó a nuestra zona nos hizo sufrir de deseo por probar esa clase de vida. De vez en cuando teníamos la esperanza de que, si vivíamos y éramos buenos, Dios nos permitiría ser piratas. Esas ambiciones se esfumaban una a una, pero la de ser tripulante de un barco a vapor siempre permanecía en nosotros”, escribe Mark Twain (seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, Florida, Misuri, 1835-Redding, Connecticut, 1910) en el cuarto capítulo de los sesenta en los que organizó La vida en el Misisipi, que publicó en 1883, entre Las aventuras de Tom Sawyer (1876-1878) y Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), que tendrían también el río como elemento vertebrador de las andanzas de Huck Finn y Jim en la novela.

Organizada en dos partes, la obra se plantea en sus primeros veintiún capítulos como las memorias de su juventud como aprendiz de piloto de un buque fluvial de vapor en el Misisipi antes de la Guerra de Secesión, memorias que había publicado en 1876 en el volumen Viejos tiempos en el Misisipi.

Hay en esos capítulos varios viajes del protagonista río abajo y río arriba, primero a bordo del viejo vapor Paul Jones en un recorrido inicial de Cincinnati a Nueva Orleans con la ambición pronto descartada de completar la exploración del Amazonas y en un itinerario de regreso cauce arriba hasta San Luis, ya como viaje de aprendizaje de la navegación por el Misisipi, por sus formas cambiantes con las crecidas y las bajadas y su corriente de una milla de anchura, para aprenderse el río de memoria con un excepcional maestro, el experto y audaz piloto Bixby, a quien acompañará también en otras navegaciones con vapores más grandes y modernos.

En el capítulo veintiuno, titulado 'Una parte de mi biografía', que marca la transición de una parte a otra, escribe Mark Twain, un narrador portentoso que interesa al lector desde la primera página:

En su momento, conseguí la licencia. Ya era piloto titulado. Empecé con empleos eventuales y, como no sufrí desgracia alguna, el trabajo intermitente dio paso a compromisos estables y prolongados. Transcurrió el tiempo, sin dificultades y con prosperidad, y yo me imaginé -tenía esa esperanza- que seguiría el curso del río durante el resto de mis días y moriría ante la rueda de un timón cuando mi misión en este mundo estuviese completada. Pero al final llegó la guerra, se suspendió el comercio y me quedé sin trabajo.
Tuve que encontrar otra forma de ganarme la vida. Así que busqué plata en las minas de Nevada; fui reportero en un periódico; busqué oro en las minas de California; fui reportero en San Francisco; fui corresponsal en las Islas Sandwich; fui corresponsal ambulante en Europa y Oriente; fui abanderado de la instrucción en las tarimas de las aulas; y por fin me convertí en escritor de poca monta y en elemento fijo e invariable entre las demás sólidas rocas de Nueva Inglaterra.
He dispuesto en pocas palabras de los veintiún años lentamente transcurridos desde la última vez que miré desde las ventanas de un cuarto de derrota.
Ahora, sigamos adelante.

A partir del capítulo veintidós el libro se transforma en la narración del regreso al río veintiún años después, en un libro de viaje sobre la travesía del Misisipi -“el cuerpo de la nación “, como lo definía un artículo del Harper’s Magazine en febrero de 1863- desde San Luis a Nueva Orleans.

La autobiografía y las descripciones de paisajes y de personajes pintorescos, la información histórica y geográfica sobre el Misisipi y las múltiples historias y peripecias, muchas de ellas humorísticas, las barcazas y las gabarras, los balseros y los viejos marineros, los pueblos y las madereras de las orillas, las plantaciones de azúcar, las islas y los cabos, las barras, los salientes y los recodos se suceden en el agilísimo y absorbente relato de la navegación a través de un río difícil y peligroso por sus remolinos y sus fuertes corrientes, sus escollos y sus bancos de arena y en el vívido reflejo de la realidad social sureña que predomina en la segunda parte del libro.

Parece que fue el primer libro que un escritor entregó mecanografiado a un editor y ahora acaba de recuperarlo Reino de Cordelia con una nueva traducción de Susana Carral en un volumen espectacular, ilustrado con las más de trescientas ilustraciones de la primera edición norteamericana, publicada en Boston con los estupendos grabados de Edmund H. Garrett, John Harley y A. Burnham Shute.

“El Misisipi nunca dejó de ser el aliento literario de Twain, lo que es lo mismo que decir de la literatura norteamericana. Sin el autor de La vida en el Misisipi tal vez no hubieran existido William Faulkner, Erskine Caldwell, Tennessee Williams, Carson McCullers, ni posiblemente J. D. Salinger, Thomas Pynchon o Cormac McCarthy.”, afirman la traductora, Susana Carral, y el editor, Jesús Egido, en su Presentación de esta magnífica edición del libro, cuyo primer capítulo, 'El río y su historia', comienza con estas líneas:

Merece la pena leer sobre el Misisipi. No se trata de un río común y corriente, sino todo lo contrario: resulta excepcional se mire como se mire. Si tenemos en cuenta que el Misuri es su afluente principal, se trata del río más largo del mundo porque mide cuatro mil trescientas millas. También podríamos decir, sin equivocarnos demasiado, que es el río más tortuoso del planeta, ya que en una parte de su recorrido utiliza mil trescientas millas para cubrir un tramo que en línea recta solo supondría seiscientas setenta y cinco. Vierte el triple de agua que el San Lorenzo, veinticinco veces más agua que el Rin y trescientas treinta y ocho veces más que el Támesis. Ningún otro río tiene una cuenca de desagüe tan inmensa; extrae su suministro de agua de veintiocho estados y territorios, desde Delaware en la costa atlántica y de todo el país entre ese estado e Idaho, en la vertiente del Pacífico, lo que implica una extensión de cuarenta y cinco grados de longitud. El Misisipi recibe y lleva hasta el Golfo agua procedente de cincuenta y cuatro ríos inferiores a él, navegables para los barcos a vapor, y de varios cientos de ríos por los que pueden navegar chalanas y barcazas. La zona de su cuenca de desagüe es tan grande como la extensión combinada de Inglaterra, Gales, Escocia, Irlanda, Francia, España, Portugal, Alemania, Austria, Italia y Turquía; y casi toda esa amplia región es fértil. El valle del Misisipi propiamente dicho resulta excepcionalmente fértil.
 
Santos Domínguez

11/10/21

Pierre Grimal. Los placeres de la literatura latina


Pierre Grimal.
 Los placeres de la literatura latina.
Traducción de Susana Prieto Mori.
Siruela. Madrid, 2021.
 
 “Vemos así que esta literatura es en realidad fruto de una convergencia: entre un estado social y político y un estado lingüístico, entre la ciudad romana y la lengua latina. Lo que queremos captar y definir aquí es una literatura de lengua latina y de inspiración romana. Y es fácil comprender por qué solo pudo nacer cuando se cumplieron simultáneamente esas dos condiciones indispensables, y también por qué no pudo sobrevivir a la desaparición de una de las dos. Para nacer, necesitaba que Roma se afirmase como centro político con la fuerza suficiente y que la lengua latina adquiriese una flexibilidad y una riqueza idóneas. Para decaer, necesitó que el crepúsculo del Imperio y la pérdida de los valores tradicionales comprometiesen definitivamente su vigor”, escribe Pierre Grimal en la Introducción de Los placeres de la literatura latina, que publica Siruela con traducción de Susana Prieto Mori.

Publicado en 1965 en la emblemática colección Que sais-je? como una breve aproximación a la literatura latina, es una de las obras de referencia más conocidas y reeditadas de Pierre Grimal (1912-1996), uno de los más insignes latinistas, que tras delimitar así el concepto de literatura latina como objeto de su ensayo, traza un recorrido global por géneros y épocas que se inicia con la poesía épica de Livio Andrónico y Nevio en el siglo III a. C. y concluye el siglo II d. C. con Frontón y Apuleyo en un proceso que tiene su raíz en la literatura griega y adquiere pronto entidad propia, porque “sería vano tratar de oponer una Grecia creadora a una Roma limitada a imitarla servilmente: la creación prosigue, de un dominio al otro, y solo la anterioridad de la literatura griega puede explicar que la de Roma se desarrollase tan deprisa, como si hubiera tomado un atajo hacia su perfección.”

Un recorrido rápido pero certero que cumple su cometido de diseñar un mapa cuyos detalles son objeto de estudios monográficos y no de una obra panorámica como esta, que se abre con un resumen de los orígenes de los distintos géneros de la poesía latina: el teatro de Plauto, que romaniza la herencia griega y le añade a la comicidad una lección de moral ciudadana, y el de Terencio, más reflexivo y de fondo filosófico; las sátiras de Ennio y Lucilio; la prosa historiográfica desde Fabio Pictor y Catón el Censor o la oratoria de Tiberio y Cayo Graco.

Se suceden después varios capítulos dedicados a Cicerón, su obra y su época, a su elocuencia oratoria unida a la acción política, a Salustio y la voluntad regeneracionista de su “conservadurismo inteligente”, a Catulo y sus epigramas eróticos, a Lucrecio y su admirable y asombrosa De rerum natura, que “tiene un propósito: eliminar el temor a los dioses, que sabe que es un veneno mortal para la mente humana. Es lo que nos hace temer a la muerte, lo que echa a perder las alegrías más naturales y legítimas.”

Ese poema fundamental, en palabras de Grimal, “prepara para Virgilio”. Porque si en la época de Cicerón la prosa es el medio fundamental de la expresión literaria, en la época de Augusto, con Horacio y Virgilio, Tibulo, Propercio y Ovidio, es la poesía la que alcanza su apogeo.

Están en ese momento los mejores escritores de la literatura latina: Virgilio, “el más grande de todos los poetas romanos “, que evoluciona desde el epicureísmo inicial a un neoplatonismo místico y neopitagórico, cuya amistad con Horacio, otro de los grandes en sus Épodos y sus Odas, “se ha convertido en leyenda”; Ovidio, en cuyas manos “todo se convierte en historia de amor.”

Pero también de época augústea, pese a la decadencia general de la prosa, es una obra tan excelente como la de Tito Livio, un patriótico filósofo de la historia más que un simple historiador, cuyas Historias en diecisiete libros se perdieron desafortunadamente.

Séneca, filósofo y dramaturgo, entre la virtud y la sabiduría; Petronio y su costumbrista Satiricón; Plinio el Viejo y su enciclopédica Historia natural en treinta y siete libros; los Anales de Tácito, “el más grande de los historiadores-rétores que conocemos”; Lucano y su Farsalia, “una epopeya estoica” o Persio, que pese a su muerte temprana, nos dejó un compendio de admirables sátiras en las que expresó su estoicismo riguroso e intransigente “que aspiraba a una absoluta pureza”; Marcial, el epigramático satírico; Juvenal, retórico y violento, o Suetonio, con su impagable labor de recopilación de obras anteriores en las Vidas de los doce Césares, son otros nombres imborrables de un catálogo de autores que culmina en el siglo II d.C. con Frontón, un hombre de letras consagrado a la pura expresión literaria, y el más profundo, inquieto y complejo Apuleyo:

Una provincia del Imperio parece haber  opuesto a la lenta descomposición de la literatura latina una resistencia más larga que las demás. En el siglo I d. C. España había demostrado ser una cantera de talentos. En el siglo II, esa función pertenece a África. Y de allí son originarios dos de los escritores paganos más grandes: el rétor Marco Cornelio Frontón y el filósofo «Apuleyo».

El conjunto resumido por Grimal completa un paisaje que “esconde el secreto de esta literatura: su capacidad para establecer y mantener un diálogo entre el escritor y el lector, su voluntad de persuasión, que seduce y somete a los refinamientos más sutiles del arte. En Roma, todos los diletantismos griegos se disciplinan al servicio de un humanismo ampliado.”

Santos Domínguez

8/10/21

Sonetos de Shakespeare traducidos por José María Álvarez

 

 
William Shakespeare.
 Sonetos.
Edición y traducción de José María Álvarez.
Pre-Textos. Valencia, 2021. 

Más de veinte años después de su primera edición en La Cruz del Sur, Pre-Textos reedita la memorable versión de José María Álvarez de los Sonetos de William Shakespeare, un modelo de referencia entre la docena larga de traducciones que se han publicado en España en los últimos años de esta cima de la poesía occidental.

Una cima de Shakespeare proyectada en las variaciones psíquicas y morales del amor, en la belleza del lenguaje, la intensidad del sentimiento y una sutileza estilística y rítmica que está a la altura de los momentos más potentes de su teatro.

Los Sonetos, que se publicaron en 1609 y que entonces pasaron casi desapercibidos, son hoy, tras más de cuatro siglos de controversias y enigmas, la parte más viva y conocida de la poesía de Shakespeare. Ciento cincuenta y cuatro textos de una belleza turbulenta que siguen, después de tanto tiempo, tan desafiantes y tan resistentes al asedio crítico como el primer día.

Amor y temporalidad, espiritualidad y grosería, y una variedad de tonos que van de lo retórico a lo coloquial conviven en estos textos que provocan constantes perplejidades en torno a un triángulo amoroso rodeado de emoción y de misterio.

La desconcertante convivencia que hay en ellos de sutileza y grosería y la rareza de sus personajes -el amigo joven, el poeta rival, la dama oscura-, su opaca secuencia argumental siguen planteando interrogantes al lector actual, que no puede dejar de asombrarse ante la modernidad de unos textos de enorme calidad que en cada traducción parecen adquirir nuevos matices y nuevos brillos.

Porque, como ocurre con todos los clásicos verdaderos, los Sonetos son el mapa de un terreno minado, propicio a la conjetura. Todo es aquí indicio e incertidumbre: desde la dedicatoria de la primera edición a un misterioso Mr. W. H. a la ambigüedad sexual a la que alude la voz lírica que habla en ellos, alusiva y elusiva, de secretas complicidades y connotaciones.

Los ciento veintiséis primeros sonetos se dirigen a un desconocido y opaco Fair Youth, un amor platónico del que no sabemos nada, salvo que ese muchacho responde al ideal de belleza femenina inaccesible del petrarquismo, al que compara en el delicado soneto XVIII con un día de verano:

Shall I compare thee to a summer's day?
Thou art more lovely and more temperate:
Rough winds do shake the darling buds of May,
And summer's lease hath all too short a date.

¿Deberé compararte a uno de esos días cuando ya muere la Primavera?
Tú eres más apacible y deleitoso.
El fiero viento arrastra de Mayo los capullos
Y pronto se desvanece la promesa de la estación vehemente.

Como ignoramos todo acerca de la Black Lady, la dama oscura que inspira los textos numerados entre el CXXVII y el CLII -los que describen una sexualidad explícita- o los que aluden al Rival Poet (¿Marlowe, Chapman o ninguno de los dos?).

No es raro, pues, que estos sonetos hayan provocado una diversidad de enfoques que van desde el estructuralismo a la crítica biográfica o psicoanalítica, pasando por la social o la feminista, sin que ninguna de esas direcciones los explique en todos sus matices inabarcables y elípticos.

“Es probable que no exista ninguna obra de la literatura mundial sobre la que se hayan dicho y escrito tantas tonterías y en la que se haya invertido en vano tanta energía intelectual y emotiva como los Sonetos de Shakespeare”, escribió W. H. Auden.

Rodeados de misterio desde su misma composición, los Sonetos son probablemente, como nos recordaba Wordsworth, la llave con la que Shakespeare nos abre su corazón. Pero la enigmática dedicatoria, la ambigüedad sexual o el pansexualismo declarado de muchos de los dedicados a un hermoso joven, la dama oscura y secreta a la que se dirigen otros, su tono a veces intimista y a menudo escabroso, han contribuido a aumentar el misterio que rodea la vida de Shakespeare y sus relaciones amorosas.

O han sido la base de las lecturas más mojigatas que defienden la impersonalidad de estos textos, la ausencia de alusiones biográficas, la idea en definitiva del personaje poético, del Speaker Poet.

“¿Dónde encontrar a Shakespeare en Shakespeare?” se preguntaba Bloom antes de descartar en los Sonetos el material autobiográfico, antes de decirnos que habría que ser el mismísimo diablo para encontrarlo ahí.

Se enfoquen de una manera o de otra, los sonetos son la narración de dos fracasos tras dos historias amorosas (el amigo y la mujer morena) que se abordan en su proceso y en su desarrollo. Hay más cosas en los sonetos, claro: las rivalidades amorosas se confunden con las poéticas y hay un refinamiento amoroso que va más allá del petrarquismo, además de un envidiable equilibrio, tan inglés, entre sentimiento y pensamiento, como en el soneto LXXIII, una intensa variación sobre el tópico del Collige, virgo, rosas:

Si me miras verás esa estación del año
Cuando el helado viento lleva
Consigo ya las secas hojas últimas
Y el paisaje es como un coro de ruinas donde alguna vez dulces pájaros cantaron.

Verás el poniente de mis días
Lentamente fundiéndose con las primeras sombras
Hasta extinguirse luego en la cerrada noche,
Espejo de la muerte que ha de sellarlo todo.


Verás las brasas de aquel fuego
Que cubre la juventud con sus cenizas,
Recostarse a morir en los recuerdos de ella,
Sudario su alegría de esta hora amarga.

Si miras y ves eso, fortalece tu amor
Y entrégalo dulcísimo a lo que puedes perder pronto.

“Nunca acabaremos de descifrar estos textos”, escribió Borges. Los sonetos de Shakespeare siguen habitando el territorio secreto de la conjetura: desde el significado de las siglas W. H. de la dedicatoria hasta la identidad del hermoso joven (el ambiguo master-mistress), de la dama oscura o el poeta rival que aparecen en ellos, pasando por los dobles sentidos y los juegos de palabras, por la mezcla de platonismo y sexualidad, de refinamiento y crudeza que los recorre.

Y es que, como señala José María Álvarez al final de su prólogo, “importa que en 1609, los versos del más grande poetas que han visto los siglos, tres lustros después de ser concebidos, tomaron luz del libro en Londres, y desde aquella hora esa Luna majestad espiritual incomparable, imperecedera, no ha dejado de emocionarnos, como el latido en el silencio de nuestro propio corazón.” 

Santos Domínguez

 

6/10/21

Antesalas del olvido. Conversaciones con José María Álvarez en Venecia

 

  


 José María Álvarez.
 Antesalas del olvido.
 Conversaciones en Venecia con Alfredo Rodríguez. 
Ediciones Ulises. Madrid, 2021
 
“Uno tiene a veces la impresión de que estas conversaciones con José María Álvarez llenan o recubren los espacios vacíos entre poema y poema”, escribe Alfredo Rodríguez en el prólogo de Antesalas del olvido, el libro publicado por Ediciones Ulises que recoge sus conversaciones con José María Álvarez en Venecia a finales de 2019.

En ese prólogo, titulado 'La conciencia lúcida de José María Álvarez', Alfredo Rodríguez -a quien José María Álvarez le reconoce en la nota inicial “la habilidad y la inteligencia para hacerme recordar y reflexionar sobre mi propia obra, y sobre mi vida, de forma muy cordial y el tiempo, profunda”- afirma:

Este libro que tienes entre tus manos, amigo lector, refleja una vez más mi continuo asombro ante la obra alvareziana, esa aventura que sigue siendo para mí adentrarme en ella. Abras la página que abras en sus libros es la vida trepidante la que asoma. Porque en este poeta no es posible de ningún modo separar la obra poética de su línea vital. Un hombre como José María Álvarez tenía un destino reservado: la poesía. Su obra era su verdadera vida. [...] En estas conversaciones podemos ver de nuevo cómo su entusiasmo por la literatura es genuino, absorbente, total: el poeta se nos presenta una vez más como un acabado ejemplo del hombre que parece reunir en él toda la historia de la literatura.

Tras la trilogía que recogió las conversaciones en París entre José María Álvarez y Alfredo Rodríguez, los cinco capítulos de este nuevo volumen abordan la trayectoria vital y literaria del poeta de Museo de cera, exploran el espíritu de Venecia a través de sus lugares emblemáticos, reflexionan sobre su concepción de la escritura y la creación poética, homenajean a los autores y libros más queridos por Álvarez y finalmente enfrentan los temas de la actualidad social y política como en este juicio sobre Pablo Iglesias: “Iglesias no deja de ser un pobre diablo, inculto y jactancioso; uno de esos arribistas a quienes las actuales circunstancias le han permitido por un breve espacio de tiempo chulear creyéndose que son alguien o algo. Yo creo que ya es un cadáver.”

O sobre Pedro Sánchez: “Le cuadra aquello que dice Tácito de Tito Vinius: deterrimus mortalium [el más miserable de los mortales]. Basura de individuo.”

Y todo ello sobre el telón de fondo de Venecia, cuya importancia en la obra de Álvarez explica así Alfredo Rodríguez: “El poeta es consciente de que tal vez el mejor remedio para esa «desgracia de ser español» -a la que a veces suele referirse con sorna- sea un periodo de exilio en una ciudad como Venecia, que constantemente le habla del tiempo por encima del tiempo, que cada vez que vuelve a verla es una nueva sorpresa para él. Aquí es donde mejor encaja la fidelidad del poeta con un concepto misterioso y profundo del Arte como una realidad superior. Esa es la vocación, la grandeza, la calma que solo le proporciona esta ciudad de los poetas, por donde antes pasaron Dante, Petrarca o Byron. Porque en José María Álvarez se da el exilio como esencial condición de la palabra poética.”

La Fenice, Santa Maria Formosa, el puente de Rialto, la tumba de Pound, Burano, el Campo della Carità, la Piazzetta, San Zaccaria, el Ghetto, la Laguna son algunos de los lugares en los que transcurren las once jornadas de conversaciones en las que se suceden y entremezclan los clásicos y los contemporáneos, la poesía y la música, la pintura y la escultura: Shakespeare y Borges, Virgilio y Montaigne, Dante y Kavafis, Conrad y Kafka, Nabokov y Onetti, Musil y Goethe, Pound y Durrell, Gibbon y Homero, Turner y Rubens, Giorgione y Van Eyck, Picasso y Monet, Bacon y Giovanni Bellini, Canova y el Apolo del Belvedere o Mozart.

Complementarias de los tres anteriores volúmenes de conversaciones entre ambos interlocutores,  vuelve a brillar en estas páginas la inteligencia polémica de José María Álvarez y la capacidad de Alfredo Rodríguez para indagar en lo más hondo de la vida y la obra de su maestro reconocido con un conocimiento de su poesía que hace de este volumen un complemento muy recomendable para acercarse a un mundo literario tan peculiar como imprescindible.

Como en la trilogía de conversaciones parisinas, en estas conversaciones venecianas la complicidad entre los dos interlocutores hace que esta obra vaya más allá de la mera reunión de conversaciones para convertirse en un análisis riguroso de los motivos y las claves literarias sobre las que se levantan los libros y los poemas de José María Álvarez, que deja en las páginas de Antesalas del olvido afirmaciones como esta, ante la pregunta de si “un poeta debe comprometerse de manera pública, debe rebajarse a las querellas de este mundo, o si tiene un mensaje que dar ha de hacerlo sólo por medio de su escritura”:

Él sí, si no hay más remedio. Pero su visión debe estar por encima de esas querellas. Ir al hueso. Y eso de los mensajes…se hubiera hecho cartero.

Santos Domínguez

4/10/21

Josep Pla. Viaje en autobús

 

 

 Josep Pla.

Viaje en autobús.

Edición de Xavier Pla.

Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2021

 

En el momento de tomar el autobús se nos quiere dar la impresión de que viajaremos como si estuviéramos en casa -o, mejor dicho, en una casa bonita y rutilante como una peluquería: papeles pintados, iluminación indirecta, muebles tubulares. Todo tan aerodinámico. La intención es de apreciar; pero, francamente, no me siento capaz de agradecérsela a nadie. Todo el material, por otra parte, está un poco ajado. Veo dos cristales rotos: otro se ha encasquillado y no sube ni baja. Las Revoluciones ajan las cosas. En España, hoy, hasta los arboles parecen sobados y manoseados.

Después del asalto de rigor, logramos tomar un asiento. El derecho de poner las asentaderas en estos tremendos, ruidosos vehículos, está sometido al azar más rigurosamente pascaliano. Digo pascaliano, porque Pascal inventó el cálculo de probabilidades y la ruleta. Este azar le proporciona a uno las contradicciones más extraordinarias.

—Qué flaco está usted, señor Pla -le dice a uno, a veces, el vecino de al lado-. ¿Sabe que está usted muy flaco? Allá por el año 1935 estaba usted mucho mejor, más gordo, más lleno. ¿Qué le pasa?

Otras veces le dice a uno el compañero de viaje:

—Pero, señor Pla, ¡qué gordo está usted! Está usted bien de kilos. ¿Qué le sucede? La última vez que le vi, allá por 1935, estaba usted muy flaco, estaba usted en los huesos. Va usted a perder la línea.

Esta es la primera lección de los autobuses: la relatividad de todo. Para unos, el infrascrito está flaco. Para otros, está gordo. Estas variaciones se producen a veces en una diferencia de horas. Hay razón para quedar perplejo. Uno piensa en las palabras del viejo Heráclito: la Naturaleza tiende a ocultarse a los ojos de los hombres. En este mundo, todo se suele ver a través del pie forzado de lo que a uno le falta. El que es gordo y quisiera ser flaco busca cómplices de su propia gordura. El que es flaco y quisiera estar gordo tiende a ver a sus semejantes en un proceso de acentuada delgadez. Y uno, en definitiva, no está ni flaco ni gordo, ni delgado ni repleto, sino que es simplemente un individuo que va paseando por el mundo, mejor o peor, sus prejuicios y envejecimiento en medio de pequeñas y grandes catástrofes.


Es un pasaje del primer capítulo del espléndido Viaje en autobús de Josep Pla que, casi ochenta años después de su aparición en 1942, publica Cátedra Letras Hispánicas con edición de Xavier Pla, que recuerda en su introducción -‘Lo que queda latente’- la muy favorable acogida de la obra, compuesta a partir de los artículos que Pla había ido publicando en la revista Destino en 1941 y los primeros meses de 1942, aunque en la construcción del libro en su forma definitiva en 1948 hay un proceso de reelaboración de esos textos y de incorporación de inéditos hasta 1947. No se trata, pues, de una mera recopilación, sino de “una operación de gran calado literario”, como destaca Xavier Pla, que inserta el libro en una peculiar poética del viaje, porque -afirma- “el viaje de Pla, los libros de viaje de Pla, tienen su propia poética”, que se levanta como “una construcción mental y literaria.”


La mirada hacia el paisaje y el oído hacia las conversaciones se conjugan en estas páginas que evocan unos recorridos espacialmente menores, casi domésticos, un itinerario comarcal de cien kilómetros de viajes en autobús por la costa catalana entre viajeros y viajantes a lo largo de las cuatro estaciones del año, desde el invierno hasta el otoño.


Un viaje nada exótico que supone una afirmación de ese provincianismo voluntario, conscientemente cultivado por Pla, aquel payés del Ampurdán que escribía en el prólogo, que tituló Cuatro palabras:


Lo esencial para aprovechar un viaje es tomarlo como finalidad misma. Andar por el mundo un poco al azar es muy agradable.Viajar sin tener un objeto concreto es una auténtica maravilla. 

[...]

En mis libros no hay mosquitos, ni leones, ni chacales, ni objeto alguno sorprendente o raro. Confieso sentir, por otra parte, poca afición por el exotismo. Mi heroísmo y bravura son escasos. Me gustan los países civilizados. Desde el punto de vista de la sensibilidad, me daría por satisfecho plenamente si pudiera llegar a ser un hombre europeo. He sido siempre aficionado a la matelote de anguilas, a la becada en canapé y a la perdiz mediterránea.

[...]

Aquí está el fruto de mis recientes, insignificantes vagabundajes. Viajando en autobús, el vuelo es gallináceo.


En el Viaje en autobús está el mejor Pla, el que observa y escucha y con la agilidad de su prosa transparente y fluida escribe del paisaje y los paisanos, de los cafés y las estaciones, de las fondas y los mercados, de la lectura o el amor, de la educación y el estraperlo, del clima y la comida, en el tono menor adecuado a la expresión de lo cotidiano y traza una desoladora crónica intrahistórica de la primera posguerra en Cataluña, como él mismo señalaba en el prólogo a la tercera edición ampliada de 1948, en la que naturalmente se basa esta edición: “algunos críticos afirmaron, a modo de exégesis, que su autor pretendía escribir un documental de la época, dar una imagen de los años que estamos pasando. Esa, en efecto, fue la pretensión y la justificación -quizá hipotética- de su tiraje. En la presente edición, esa característica está todavía, creo yo, más acusada.”


Un libro que significaba la madurez de su autor y una confirmación de sus acreditadas virtudes literarias: el límpido castellano casi oral de su “estilo a media voz”, como lo  definió Dionisio Ridruejo, la naturalidad y la ironía, la mirada al paisaje o la capacidad para la sugerencia y el matiz descriptivo, la suma de observación y reflexión, de lirismo y sarcasmo, de impresiones y digresiones, de humor y una melancolía casi proustiana, o un sentimiento de desengaño como el que remata el último texto del libro: Epílogo, perplejidad:


Hay razones, me parece, para quedar perplejo. El mundo de hoy es un mundo dominado por la perplejidad. Sin embargo, algo se ha ganado. Las ilusiones se han desvanecido. En muchos aspectos de la vida, la eliminación de las ilusiones es saludable y positiva. Las ilusiones hay que reservarlas para aliñar las pasiones del amor y humanizar la ironía, para hablar con los amigos, para simplificar la vida.


Con estas palabras concluye Xavier Pla su estudio introductorio sobre este “artefacto literario mucho más complejo y sofisticado de lo que pueda parecer en una primera lectura”: “Es quizás  en este mundo detenido, el del tiempo sin duelo, también el de la perplejidad moral provocada por la desconfianza ante el progreso, donde mejor se hace evidente la capacidad literaria de Josep Pla  para producir efectos de presencia. Y es quizás en Viaje en autobús, uno de sus mejores libros, donde el lector de hoy puede encontrar el retrato moral más completo de los estragos que tres años de guerra y otras tantas décadas de implacable dictadura infligieron en las vidas de la gente corriente en pleno corazón del siglo veinte.”


Cierran la edición, además de un índice onomástico que resume el amplio universo intelectual de Pla, tres apéndices que reproducen los dos primeros artículos de Destino, dos textos suprimidos de la primera edición y una curiosa autoentrevista de Josep Pla, que firmó en la misma revista el 29 de agosto de 1942 con el seudónimo J. Méndez-Bohigas: “Una interviú frustrada con el autor de Viaje en autobús”, donde dice:


-Pero, ¿qué quiere usted que le diga? Hubiera podido hablarle del libro cuando lo escribía, sudando toda clase de cosas, este invierno, en esta misma mesa. Pero, ahora, los que deben hablar son los lectores. El otro día oí decir a un señor, en el tren, que el libro le había hecho pasar un buen rato y que se había reído mucho. A esto contestó otro caballero, con un aire que me pareció disgustado y displicente, que el libro se vendía muy bien. A mí, esto me basta, porque lo que más me sorprende es que se vendan libros. El empeño que tiene la gente en que yo vaya escribiendo me parece un fenómeno extrañísimo. Esto durará lo que dure. Ya lo veremos. Mis ilusiones, en este punto son templos de antes e inciertas.

[...]

-Si algo desearía ser en el mundo, sería eso: el ciudadano más cosmopolita del Condado de Ampurias. Nada más, pero tampoco nada menos. Ilusiones que uno se hace, ¿comprende?

 Santos Domínguez

1/10/21

Martínez Mesanza. Jinetes de luz en la hora oscura


Julio Martínez Mesanza.
Jinetes de luz en la hora oscura.
Antología.
Edición de Alfredo Rodríguez.
Ars Poetica. Oviedo, 2021.
 
 
SAN LUIS
                                                           A Violeta

Hay algo noble en todas las espadas.
Hay algo noble en todos los jinetes.
Y espadas nobles hay en manos regias,
y audaces horas y monarcas santos
que cabalgan enfermos, poseídos
por una gracia que el temor destruye.
Ellos nunca quisieron ser los dioses
pues Dios era su sueño y su vigilia.
Hay espadas que empuña el entusiasmo
y jinetes de luz en la hora oscura.


De ese poema, de Europa en su edición de 1986, toma su título la amplia antología de la poesía de Julio Martínez Mesanza que publica Ars Poetica.

La ha preparado Alfredo Rodríguez, que en su estupendo prólogo ‘El mito del alma’ destaca que “el fundamento último que sostiene la poesía de Mesanza es moral. Moral, no moralista. El poeta defiende la naturaleza de la poesía como realidad moral. Estaríamos hablando de esa experiencia que nos obliga a distinguir entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, y cuya elección deja un poso profundo en el alma. Esa dimensión moral de su obra se aprecia, además, en la celebración de virtudes como el heroísmo, el coraje, la lealtad, la nobleza, que hacen su aparición entre jinetes, duelos, caballos y campos de batalla. Como lectores, sentimos que de alguna manera pertenecemos a ese lugar. Nunca hemos podido escapar del todo de los mitos y ritos del alma, de los sueños de la Cultura, de las construcciones mentales anteriores a nuestra modernidad actual.”

Ese mundo moral estaba ya bien delimitado en 1983, cuando publica la primera edición de Europa, punto de partida de un ciclo poético creciente que tendría sucesivas ediciones ampliadas en 1986, 1988 y 1990. A aquella primera entrega pertenece este poema, uno de los más conocidos de Martínez Mesanza:

También mueren caballos en combate
y lo hacen lentamente, pues reciben
flechazos imprecisos. Se desangran
con un noble y callado sufrimiento.
De sus ojos inmóviles se adueña
una distante y superior mirada,
y sus oídos sufren la agonía
furiosa y desmedida de los hombres.


Esa música rotunda del endecasílabo blanco encauza el mundo moral y la tonalidad poética de un libro que en su tercera edición, de 1988, añadía poemas como este:

VÍCTIMA Y VERDUGO

Soy el que cae en el primer asalto
entre el agua y la arena en Normandía.
Soy el que elige un hombre y le dispara.
Mi caballo ha pisado en el saqueo
el rostro inexpresivo de un anciano.
Soy quien mantiene en alto el crucifijo
frente a la carga de los invasores.
Soy el perro y la mano que lo lleva.
Soy Egisto y Orestes y las Furias.
Soy el que se echa al suelo y me suplica.


Jinetes de luz en la hora oscura resume cuarenta años de escritura poética que, entre Europa y el reciente Gloria, han ido matizando la voz inconfundible de un poeta dueño de un mundo personal potente que ha ido creciendo con libros como Las trincheras o Entre el muro y el foso.

Entre los poemas paganos de Europa y los cristianos de Las trincheras, de los poemas amorosos de Entre el muro y el foso al cántico de los dones de Gloria, Martínez Mesanza ha construido un mundo poético que con la música solemne de sus endecasílabos blancos cincela bajorrelieves en los que evoca ciudades y desiertos, pérdidas y esperanzas, torres caídas y caballos muertos en medio del humo de las batallas.

Con un tono oscilante entre lo lírico y lo épico, lo epigramático y lo narrativo, conviven en esta poesía la reflexión moral y la emoción de un yo que se ha ido erigiendo para meditar sobre el hombre y la historia. Ese era el centro, el núcleo de sentido del poema que cerraba Las trincheras, un libro en el que la esperanza se proyecta sobre un mundo sombrío que toma la forma de una lluvia oscura sobre los laberintos que van hacia la nada del desierto:

Han caído las torres, y el desierto
es ahora tan grande como el alma:
esas torres que alcé y ese desierto
que quise mantener lejos del alma.
Los enemigos que inventé murieron
y si hay otros no quiero imaginarlos:
así que no vendrán los enemigos.
Y los amigos no vendrán tampoco,
igual que yo no iré a ninguna parte:
han quedado atrapados en sus reinos,
perplejos como yo, sin esperanza,
y miran las desmoronadas torres
que fueron su pasión y su defensa,
y el desierto es el dueño de sus almas.


Entre el muro y el foso, su tercer libro de poemas, se encomendaba a una cita del trovador Gui de Cavaillon, en la que aludía a una guardia nocturna y solitaria en ese espacio estrecho que hay entre un muro y un foso. Y así comenzaba también uno de los textos más representativos del libro:

Entre el muro y el foso, largas noches.
Negras noches de guardia junto a nadie.
El muro, la ansiedad y el negro foso
que no puedo mirar y el cielo negro
igual que un infinito precipicio.
Entre el muro y el foso, dentro o fuera
de la ciudad cercana y pavorosa;
así paso la noche de mi vida,
mientras consume la inacción los dones.


Un libro serio, seco y grave, ocupado por las torres caídas y los laberintos, el desierto y los puentes derribados, las noches y las rosas mortales, con una oscura tonalidad reflexiva en la que se conjuran lo moral y lo épico para construir una poesía sin preguntas, como toda la de su autor, una poesía elegiaca y un lamento del tiempo, como en el escueto La rosa en la urna:

La rosa en la urna, ajena a ruido y furia,
es la rosa feliz, la rosa muerta.


Un tono bien distinto del que aparece en San Esteban, uno de los poemas de Gloria, un libro intimista y religioso de 2016 que mereció el Nacional de Poesía el año siguiente por aportar, según el jurado, “un aire nuevo a la tradición clásica, avanzando en profundidad en esta nueva entrega poética, plena de belleza formal y sentido de la rebeldía ante el pensamiento único vigente”:

Para decirte que la gloria existe
y es ausencia de orgullo en la hermosura
y más ausencia siempre que presencia,
porque siempre conduce a la extrañeza,
se alza la torre frente al mundo frío.


“Alguien dijo -escribe acertadamente Alfredo Rodríguez- que en la historia de la mayoría de los lectores de poesía hay un número limitado de poetas que realmente han contado. Como si cada lector tuviera asignado un cupo de poetas que las circunstancias de la vida irán llenando con un poeta u otro. Y estos son los poetas a los que uno vuelve, los poetas en los que uno va profundizando con los años, los que le acompañan durante toda la vida. Mesanza es uno de ellos para mí. Además es un poeta que nunca tiene prisa por publicar, que casi publica un libro cada década. Sabe que el arte es incompatible con la prisa, y que la belleza es lentitud, como quería Ezra Pound. Si la poesía es exprimir todas sus posibilidades al lenguaje para que surja una verdad, Mesanza tiene muy claro cuál es su verdad: que la poesía es uno de los pocos dones del espíritu que le quedan al hombre contemporáneo. Y lo más parecido a la plenitud del bien lo hallamos en el acto de crearla. Es un don de Dios, como el estado de gracia. Pues bien, esa verdad suya, la que está en sus mejores poemas, es una verdad que duele -el poeta es consciente de ello-, que te «toca» o no y, si lo hace, es para siempre. Y no sabes explicar bien por qué. Y es que los grandes poetas, los más grandes, se nos imponen más allá de la razón.”

Santos Domínguez

29/9/21

Oscar Wilde. Las leyes de la belleza

 

 Oscar Wilde.

Las leyes de la belleza. 

Tres conferencias sobre moda y arte.

Prólogo de Carlos Primo.

Traducción de Alberto Gómez y Carlos Primo.

Carpe Noctem. Madrid, 2021.

 

“Los textos que integran este volumen son una buena muestra de la forma en que Wilde entendía la estética: como una religión y también como una forma de ganarse la vida. Son tres artículos nacidos como conferencias que Wilde escribió al regreso de su fastuosa aventura norteamericana, un tour organizado para mostrar a los estadounidenses, como si de una atracción circense se tratase, el más logrado ejemplo de Homo Aestheticus que había generado la lejana, sofisticada e historiadamente perversa madre patria”, afirma Carlos Primo en el prólogo de Las leyes de la belleza. Tres conferencias sobre moda y arte de Oscar Wilde con las que Carpe Noctem le da un nuevo impulso a su colección de bolsillo mini.

Traducidos por Alberto Gómez y Carlos Primo, el breve volumen recoge tres textos: la Conferencia a unos estudiantes de arte de la Royal Academy el 30 de junio de 1883, en la que Wilde resumió su noción de belleza y sus postulados estéticos:

El arte no debe tener ningún sentimiento por encima de sí mismo, salvo el de su belleza; ninguna técnica, excepto la que no se puede contemplar. Uno no debería poder decir de un cuadro que está “bien pintado”, sino que “no está pintado”.

Expuso allí su defensa de la intemporalidad y la universalidad de lo clásico:

En cuanto a la fecha de nacimiento del artista, toda buena obra parece perfectamente moderna: una pieza de escultura griega, un retrato de Velázquez siempre son modernos, siempre son de nuestro tiempo. Y, en cuanto a la nacionalidad del artista, el arte no es nacional, sino universal.

Y dejó muestras de su gusto por la paradoja:

Ningún objeto es tan feo que, bajo ciertas condiciones de luz y sombra, o de proximidad a otras cosas, no resulte bello. Ningún objeto es tan bello que, bajo ciertas condiciones, no resulte feo. Creo que al menos una vez cada veinticuatro horas lo bello resulta feo y lo feo resulta hermoso.

La filosofía del vestido, un artículo que se dio por perdido y que ha sido rescatado hace poco tiempo, apareció en un periódico neoyorquino el 19 de abril de 1885. Es el texto de una conferencia sobre la vestimenta de hombres y mujeres en relación con el gusto artístico.

Arranca, otra vez, de una paradoja (“El vestido en sí mismo es algo absolutamente sin importancia para mí”) y de una concepción meramente instrumental de la indumentaria (“Yo sostengo que el vestido está hecho para servir a la humanidad”) para hacer esta declaración previa a una serie de consideraciones sobre las líneas, los colores, los cortes o los motivos decorativos de los tejidos:

Y sostengo que el primer canon del arte es que la Belleza es siempre orgánica, y procede del interior, y no del exterior, que la Belleza procede de la perfección de su propio ser y no de ninguna belleza añadida. Y que, en consecuencia, la belleza de un vestido depende total y absolutamente de la hermosura que protege y de la libertad y el movimiento que no obstaculiza.

Con ese punto de partida, Wilde hace en este texto una reivindicación de la elegancia opuesta a la moda pasajera, porque “la moda se basa en la locura. El arte se basa en la ley. La moda es efímera. El arte es eterno.”

Impresiones de América, la transcripción de una conferencia que leyó en distintos lugares de Inglaterra a su vuelta de Norteamérica en 1883, es una muestra de la agudeza irónica con la que Wilde resumió su mirada sobre los estadounidenses en frases como estas:

Lo primero que me sorprendió al aterrizar en América fue que si los estadounidenses no son la gente que mejor viste en el mundo, sí son los que visten más cómodamente
 
América es el país más ruidoso que haya existido jamás. Uno se despierta por la mañana, no por el canto del ruiseñor, sino por el silbido del vapor.

Cuando los estadounidenses han intentado producir belleza, han fracasado.

La mortalidad entre los pianistas de la zona es formidable. Cuando me invitaron a cenar acepté y tuve que descender a una mina subido a un vagón en el que era imposible tener estilo. Ya en el corazón de la montaña cené con ellos. El primer plato fue whisky, el segundo whisky y el tercero whisky.

Los españoles y los franceses han dejado sus huellas en la belleza de los nombres.

En América uno aprende que la pobreza no es inseparable de la civilización.


Brilla en las tres conferencias la inteligencia aguda de Wilde, la capacidad para el ingenio y la ironía de quien defiende en ellas una concepción artística clásica, alejada de las modas efímeras y del artificio.

Tres conferencias que, como señala Carlos Primo, son una muestra de aquella “inopinada apoteosis norteamericana en la que el genio quiso evangelizar en los contemplativos a la menos contemplativa de las naciones. Por fortuna, hay fracasos más bellos que muchos triunfos.” 
 
Santos Domínguez

 

27/9/21

Flaubert. El hilo del collar: Correspondencia

  

 

Gustave Flaubert.

El hilo del collar: Correspondencia.

Selección y edición de 

Antonio Álvarez de la Rosa. 

Alianza Editorial. Madrid, 2021.

 

“Hablas de perlas, pero las perlas no forman el collar, es el hilo”, escribía Gustave Flaubert en una carta del 31 de enero de 1852 a su amante Louise Colet cuando iba a empezar a escribir Madame Bovary

 

De esa afirmación del plan de trabajo y de la importancia del diseño de la novela toma su título El hilo del collar: Correspondencia, la magnífica antología de la correspondencia de Flaubert que publica Alianza Editorial con selección y edición de Antonio Álvarez de la Rosa. 

 

Una amplia recopilación de casi setecientas páginas que reúne unas trescientas cincuenta cartas -menos de la décima parte de las cuatro mil quinientas que se conservan del novelista-, que constituyen la antología más extensa y significativa que se ha publicado en español de la correspondencia de Flaubert, cuando se cumple el bicentenario de su nacimiento en 1821.

 

“Nació hace doscientos años -señala Álvarez de la Rosa en su texto introductorio -y su vida y obra participaron de la tarea titánica que consiste en condensar la historia del siglo XIX en el recipiente de la literatura. Escuchó desde la atalaya -en su caso, desde una torre de marfil- el estrépito ideológico que produjo, durante todo un siglo, el choque social y político enmarcado, como afirma Michel Winock, «en el gran siglo de la transición democrática en Francia», desde la batalla de Waterloo hasta la Primera Guerra Mundial, etapa en que la historia cambió la velocidad del caballo por la de la aviación.”

 

Organizadas en nueve apartados cronológicos entre 1833 y 1880, el año de la muerte de Flaubert, cada una de las secciones va precedida de una introducción que permite situar las cartas en el contexto biográfico y creativo de uno de los novelistas fundamentales del siglo XIX, en un espléndido esbozo de biografía en nueve capítulos.

 

Y además, una breve presentación permite vincular cada una de las cartas con las circunstancias personales y literarias en las que Flaubert las redacta, con el destinatario al que se dirigen y con otras personas aludidas en ellas, un conjunto amplio que se resume en el útil índice onomástico que remata el volumen.

 

Louise Colet, Marie-Sophie Leroyer de Chantepie, Maupassant, George Sand o Turguénev son los principales corresponsales de estas cartas en las que Flaubert expuso, entre la lucidez y la autocrítica, su teoría de la novela y su práctica literaria o su desánimo con la sociedad, como en esta carta del 28 de octubre de 1872 donde le dice a George Sand:

 

No, no creo en “la felicidad posible”, sino en la tranquilidad. Por eso me aparto de lo que me irrita. Soy insociable. De ahí que huya de la sociedad. Así me encuentro bien. [...] No obstante, no me tengo por un monstruo de egoísmo. Mi yo se disemina de tal manera en los libros que durante días enteros no lo siento.

 

En La orgía perpetua. Flaubert y «Madame Bovary», Vargas Llosa afirmaba que estas cartas “muestran mejor que nada la humanidad de su genio, cómo su talento fue una lenta conquista, cómo, en la tarea de la creación, el hombre está enteramente librado a sí mismo, para mal (nadie vendrá a dictarle al oído el adjetivo adecuado, el adverbio feliz), pero asimismo para bien, porque, si es capaz de emular la paciencia y el empeño que revelan esas cartas, si es capaz de «disecarse en vivo» como Flaubert, conseguirá también, como aquel provinciano vociferante y solterón, escribir algo durable.”

 

Flaubert habló incansablemente en ellas de su vocación y su dedicación a la literatura y, junto con sus reflexiones técnicas, sus ideas sobre la vida o sus juicios sobre las personas, resumió su método de trabajo y sus dudas, el diario de escritura de Madame Bovary y los problemas judiciales que le ocasionó su publicación.

 

Una edición admirable y muy elaborada que acerca al lector al mundo de Flaubert, porque -explica Antonio Álvarez de la Rosa en el prefacio- “El hilo del collar trata de ser una invitación a reconocer entre sus páginas el conjunto de reflexiones que, incluso sin saberlo, llevamos en la mochila de nuestro tiempo, un repertorio de pensamientos y de observaciones que pueden servir para conocer(nos) mejor.”

 

Santos Domínguez