22/1/21

Ítaca y otros poemas

 
Constantino Cavafis.
Ítaca y otros poemas.
Versión española y prólogo
de Luis Alberto de Cuenca.
Reino de Cordelia. Madrid, 2020.

Cuando de madrugada escuches voces
y música y cortejos invisibles
que celebran la vida entre las sombras,
no vayas a quejarte por tu suerte,
ni te refugies en tu desengaño,
ni llores por la suerte que te espera.
Lo ha dispuesto el destino: como un bravo,
saluda a Alejandría que se aleja.
No sueñas, ni te engañan los oídos:
a tan vana ilusión no te rebajes.
Lo ha dispuesto el destino: como un bravo,
como quien digno es de tal ciudad,
asómate, valiente, a la ventana,
y escucha emocionado, sin quejarte
con lamentos cobardes, y por última
vez goza con la música y las voces
que escuchas, y despide a Alejandría.
Despídete de ella para siempre.

Esa es la versión de El dios abandona a Antonio que Luis Alberto de Cuenca publica en Ítaca y otros poemas de Constantino Cavafis, que edita Reino de Cordelia en un volumen que reúne veinte de sus poemas más representativos ilustrados por diferentes artistas plásticos como Durero, Flaxman, Turner o Alma-Taderna.

Escrito con el tono de voz inconfundible de Cavafis, un tono del que Auden decía que no puede ser descrito, sólo imitado o parodiado, con una voz que no envejece, ese texto memorable podría ser la cifra de una poesía que intenta retener por un momento el brillo de lo efímero desde la memoria de las pérdidas.

El dios abandona a Antonio es un poema que ha deslumbrado a generaciones de lectores, a Cernuda (“me parece una de las cosas más definitivamente hermosas de que tenga noticia en la poesía de este tiempo”), a Gil de Biedma o a Leonard Cohen, que se inspiró en este poema memorable para escribir una de sus canciones más prodigiosas, Alexandra Leaving.

Lo contaba Plutarco en sus Vidas paralelas: Antonio supo una noche en Alejandría que el dios familiar le había abandonado a su suerte ante Octavio. Sobre ese momento, que va más allá de la anécdota histórica y se convierte en metáfora del hombre que asume con valentía conmovida su destino mortal, Cavafis escribió en 1911 uno de los grandes poemas del siglo XX.

Fue el primer poema de Cavafis que se tradujo al inglés, y E. M. Forster, que evocó al poeta por las calles de Alejandría, utilizó sus versos en 1922 como centro de un magnífico libro sobre la ciudad: Alexandria: A History and Guide.

En esos versos se pueden resumir las claves fundamentales de la poesía de Cavafis: Alejandría, la ciudad helenística, "la capital del recuerdo" -como la definió Forster-, portuaria, decadente y cosmopolita en la que nació y murió el poeta el mismo día del mismo mes, el 29 de abril (1863-1933).

Y en torno a ese eje espacial, a esa ciudad en la que se cruzan el pasado y el presente y la historia antigua con el destino personal, crece una poesía elegiaca en la que la historia es una metáfora del presente, un ingrediente fundamental de una escritura iluminada muchas veces por la tenue luz melancólica de una vela temblorosa.

Con estas traducciones, de poeta a poeta, Luis Alberto de Cuenca salda “la deuda que contraje hace más de cincuenta años con la formidable poesía de Cavafis, el poeta neohelénico que más influencia ha ejercido en las letras universales (y en mí, enésima parte de ese amplísimo epígrafe)”. Se recupera en esta antología breve “la ya publicada traducción de Esperando a los bárbaros, repescada para la ocasión”, para rendir “el tributo debido a la memoria de uno de los grandes, de los mayores, de los máximos poetas contemporáneos.”

-¿A qué esperamos todos, reunidos en el foro?

Es que hoy llegan los bárbaros.

-¿Por qué nadie trabaja en el Senado? ¿Qué hacen
sin legislar, sentados, los senadores?

Es que hoy llegan los bárbaros
y no vale la pena dictar leyes:
que las dicten los bárbaros.


Cavafis decía: “soy un historiador-poeta” y con frecuencia un personaje de la antigüedad -Juliano el Apóstata, Nerón, Antíoco, Herodes Ático, César- o el recuerdo de un episodio histórico le sirven para hablar sin patetismo del viaje, la soledad, la destrucción del tiempo o de su homosexualidad, para asumir con dignidad su destino en unos poemas crepusculares que dejaron una honda huella en el último Cernuda y en Gil de Biedma y, a través de ellos, en la poesía española contemporánea. 

En aquella Alejandría en la que convivían tres culturas: la griega, la egipcia y la británica, Cavafis escribió casi toda su obra en griego, pero marcó de forma decisiva la literatura anglosajona, de Durrell a Eliot, de Forster a Auden, que escribió sobre él estas palabras:

“¿Qué es entonces lo que, en los poemas de Cavafis, sobrevive a la traducción y es capaz de emocionar? Algo que sólo puedo llamar, aunque de forma insuficiente, un tono de voz, una forma personal de hablar. He leído numerosas traducciones de Cavafis, muy distintas entre sí, y puedo asegurar que todas ellas son inmediatamente reconocibles como un poema de Cavafis; nadie más podría haber escrito poemas como esos.”

Pocos poetas tendrán tantos textos recordables y tan intensos como Ítaca (“Que Ítaca esté siempre en tu memoria./ Llegar allí es tu meta. Pero no / te des prisa en tu viaje.”), otro poema de 1911, como Idus de marzo (“Guárdate de la gloria, alma mía.”) o La ciudad, de 1910, el que Cavafis prefería de entre los suyos, que se cerraba con unos versos desolados, que suenan así en la versión de Luis Alberto de Cuenca:

No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad viajará contigo siempre.
Volverás a sus calles, y en los mismos
lugares que habitaste llegará
tu vejez. En la casa en que viviste
se teñirán de nieve tus cabellos.
Solo hay una ciudad, siempre la misma.
No busques otra fuera: no la hay.
Ni caminos, ni barcos que te lleven
a ella, pues la vida que perdiste
aquí la has arruinado en todas partes.
 
Santos Domínguez

 

20/1/21

Angelina Gatell. Poema del soldado

 
 Angelina Gatell.
Poema del soldado.
Lectura de Sandra Santana.
Bartleby Editores. Madrid, 2020.

Como ha venido haciendo con otras obras de la autora, Bartleby recupera Poema del soldado, con el que Angelina Gatell (Barcelona, 1926- Madrid, 2017) obtuvo el Premio Valencia de Poesía en 1954.
 
Era el primer libro de una autora desconocida, cuya “voz, modesta e inmadura brilló un momento en el aire turbio y enrarecido de su mundo provinciano”, como señala ella misma en la introducción -Mi vida ha cambiado, mi poesía ha cambiado - que escribió en 2010 para la reedición de esta obra.

Los trece poemas del libro, escritos a finales de los 40 y principios de los 50, reflejan la experiencia traumática reciente de la guerra civil y expresan la memoria del horror vivido de cerca. Entre la Dedicatoria que abre el conjunto y el Epitafio que lo remata, los once poemas vertebrales que constituyen propiamente el Poema del soldado están puestos en boca de una voz poética que es la del sencillo campesino Miguel, que pregunta a Dios ante la muerte y la guerra en el vacío del silencio:

Es la guerra, dijeron
y entonaron sus himnos.

Los vi perderse lejos, ajenos ya, remotos.
Sus manos en mis hombros
como garfios terribles
dejaron la consigna de la sangre.
Y me dieron, Señor, este hierro que empuño.


Planteados como una contenida imprecación a la divinidad callada y ausente ante la tragedia de la guerra, estos poemas exploran desde su desasosiego religioso la relación entre la angustia de la poesía existencial y la protesta de la futura poesía social.

Una conexión que fue característica de la poesía desarraigada y que se fue perfilando en poetas como Blas de Otero y su ángel cada vez más fieramente humano. Versos como estos lo anticipan:

Que ya basta, Señor. Caiga tu mano,
sus terribles azufres,
la implacable columna de tu fuego,
destruye la injusticia del hombre contra el hombre
y edifica piadoso
-dicen, Señor, que Tú puedes hacerlo-,
aquella paz hermosa que perdimos.


Así lo resume Angelina Gatell en la introducción, escrita sesenta años después que el libro: “Mi poema quiso ser una contestación, y una petición de cuentas, digamos, desde la voz más humilde de una de las criaturas más humildes, al Dios que, inexplicablemente permisivo, había consentido el horror.”

Editado en la serie Lecturas21, lo cierra un epílogo en el que Sandra Santana afirma que “Poema del soldado emerge hoy como un libro testigo del silencio, de ese silencio que, como se ha repetido muchas veces, es también exilio sin necesidad de abandonar el lugar que uno aprendió a considerar como su origen. La poesía se muestra como el antídoto capaz de devolver al lenguaje el sentido perdido porque las antiguas palabras, pronunciadas entonces, durante los años de la dictadura, entre tanto silencio, entre tantas cosas que no podían expresarse con claridad, ya no podían significar lo mismo. Poema del soldado no es un poema político, no es un poema social, es sencillamente el poema proyectado por una mirada que se ha enfrentado a la estúpida muerte de la guerra y se ha prometido no olvidar.”

Así lo reflejan versos como estos:

Yo no entiendo sus cantos.
Yo no sé por qué luchan.
Yo no siento en mis venas la inclemente llamada
del horror circulando.

Pero sé que nos queda muy abierta la herida,
muy cansada la tierra;
que el silencio reemplaza la canción de otros días;
que los campos se cubren de ceniza y salitre,
que ni el trigo ni el hombre,
ni la rosa ni el árbol volverá a ser lo mismo.

 
 Santos Domínguez


18/1/21

Augurios de inocencia de William Blake

 


William Blake.
Augurios de inocencia.
Edición bilingüe de Fernando Castanedo.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2020.


Es una de las veintidós páginas autógrafas de William Blake del conocido como Manuscrito Pickering, once hojas de apretada caligrafía en las que se suceden sin solución de continuidad diez textos.

Esta página en concreto recoge el final de El monje cano y el comienzo del texto titulado Augurios de Inocencia, que reproducimos en la traducción de Fernando Castanedo:

El ver un mundo en un grano de arena
y un cielo en la florecilla del campo
sostener lo infinito en la palma de la mano
y poseer lo eterno en una hora apenas
El petirrojo enjaulado
pone al cielo enrabietado.
El palomar lleno de palomas y pichones
estremece el infierno por todas sus regiones
El perro hambriento en el umbral de su amo
predice la destrucción del Estado.

Y ese texto de ciento treinta y dos líneas de aforismos en pareados es el que da título al volumen en el que Cátedra Letras Universales edita el Manuscrito Pickering, donde William Blake (1757-1827) reunió en 1803 o 1805 diez de sus más conocidos poemas, que no se publicaron hasta 1866, casi cuarenta años después de su muerte, cuando lo adquirió BM Pickering.

Conviven en él lo infinito y lo finito, lo efímero y lo eterno, la inocencia y la crueldad bajo la mirada de un poeta visionario y profético que transfigura la realidad en este y en los otros textos del volumen, cercanos en tono, ritmo, temática y temperatura emocional a las Canciones de inocencia y experiencia.

William Blake es uno de los poetas más enigmáticos y asombrosos de la tradición occidental. Inclasificable e irrepetible, su intensa poesía fue una isla deslumbrante en el racionalismo del siglo XVIII, una profecía del irracionalismo romántico y de la actitud visionaria del superrealismo.

Grabador y poeta, místico y pintor, visionario y filósofo, excéntrico y astuto, Blake fue un artista total que fundió la palabra y la imagen en una doble actividad que nunca concibió por separado y que dio lugar a libros tan desasosegantes como El matrimonio del cielo y del infierno o los Cantos de experiencia y de inocencia.

Aquel poeta iconoclasta y profético, en cuyos versos conviven en raro equilibrio las luces y las sombras, fundó una cosmogonía prometeica propia sobre el hombre anterior a la caída en los Cantos de inocencia y sobre el conocimiento del dolor en los Cantos de experiencia, creó una obra de enorme potencia imaginativa, murió cantando y dejó una huella importante en Yeats o en el Graves de La diosa blanca, en Cirlot, en Borges o en el Neruda más visionario de Residencia en la tierra.

Un artista complejo y total en cuya obra poética y gráfica conviven lo oscuro y lo deslumbrante, la inspiración y el caos, lo disparatado y lo convencional, en el raro equilibrio de lucidez y locura que recorre sus textos. La potencia visionaria, el irracionalismo sensorial y la ambición verbal de la obra de William Blake son los eslabones que conectan la actitud pasional del Romanticismo con la intelectualización simbolista.

La estupenda edición anotada y bilingüe que ha preparado y traducido Fernando Castanedo incluye una reproducción facsímil del manuscrito autógrafo y se abre con un amplio estudio introductorio en el que el responsable de la edición señala que “los poemas que William Blake reunió en el manuscrito que se publica en este volumen constituyen sin duda el mejor resumen posible de su producción literaria.”

Santos Domínguez


15/1/21

Sylvia Plath. Ariel


Sylvia Plath.
Ariel.
Ilustraciones de Sara Morante.
Traducción de Jordi Doce.
Nórdicalibros. Madrid, 2020.
 

Conozco el fondo, dice. Lo conozco con mi gran raíz primaria: 

es lo que temes. 

No lo temo: he estado ahí. 


¿Es el mar lo que oyes en mí, 

sus insatisfacciones?

¿O la voz de nada, que era tu locura?


El amor es una sombra. 

Cómo mientes y lloras a su paso… 

Escucha, estos son sus cascos: se ha marchado, como un caballo. 


Toda la noche la pasaré así, galopando impetuosamente 

hasta que tu cabeza se vuelva piedra, tu almohada un pequeño césped, 

sonando, resonando...


Así comienza Olmo, uno de los poemas imprescindibles de Ariel, de Sylvia Plath, que publica Nórdica con una nueva traducción de Jordi Doce, que se suma a las anteriores de Ramón Buenaventura y de Xoán Abeleira, e ilustraciones de Sara Morante.

Fue su segundo y último libro, un póstumo con cuarenta poemas publicados en 1965 con un enorme éxito por Ted Hughes, de quien se había separado y que se ocupó de editar su poesía tras el suicidio de su exmujer en febrero de 1963.

Hughes tuvo una más que discutible intervención en el libro, porque eliminó quince poemas y añadió otros doce que no estaban en el manuscrito que dejó Sylvia Plath, lo que explica la publicación de una versión restaurada de la obra en 2004 a cargo de su hija.

Muchos de los textos que Hughes incorporó al libro los había escrito Sylvia Plath durante las últimas semanas de su vida y son probablemente su cumbre poética. Desde la Albada inicial, que arranca significativamente con "El amor" hasta el que cierra el conjunto, Palabras, que termina con la palabra "vida", los poemas de Ariel resumen un itinerario personal hacia el renacimiento vital, un viaje hacia la primavera que se inicia antes de la ruptura del matrimonio hasta una nueva vida, con todas las luchas y las furias de ese trayecto emocional.

Esa realidad conflictiva está en la raíz de muchos de sus poemas, resueltos con una mezcla de alucinación y realidad, de sueño y de vigilia, de angustias y obsesiones, de odios y afectos, de fragilidad y dureza, de venganza y desolación, de impulsos liberadores y tendencias autodestructivas, como en Ariel, el poema que da título al libro.

A esas contradicciones de la nueva vida y la muerte se refería Sylvia Plath en Edge (Filo), el último poema que escribió. Lo dejó fechado el 5 de febrero de 1963, seis días antes de meter -en el límite definitivo- la cabeza en el horno y abrir la llave del gas antes de que amaneciera aquel 11 de febrero.

A ese poema pertenecen estos versos. Son su principio y su final:

La mujer ha alcanzado la perfección.
Su cuerpo

muerto muestra la sonrisa de la realización;
la imagen de una necesidad griega

fluye por los pies de su toga,
sus pies

desnudos parecen estar diciendo:
hasta aquí hemos llegado, se acabó.

 
[...]
 
La luna no tiene de qué entristecerse,
mirando fijamente desde su capucha de hueso.

Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crujen y se arrastran.


Marcada por la fractura de la infancia que supuso la muerte de su padre y por la separación de Ted Hughes, murió con treinta años y con una madurez creativa sorprendente para su edad. Y aunque había llegado al límite de su resistencia, estaba lejos de llegar al límite de sus posibilidades poéticas.

La poesía de Sylvia Plath, que alcanza en Ariel su cima expresiva y su mayor intensidad emocional con poemas deslumbrantes,  es una conversación entre las ruinas que está atravesada por el tema de la muerte y por la afirmación de la propia identidad. Confesional y visionaria a la vez, transciende su propia experiencia biográfica para ir más allá de la anécdota personal y dar carácter universal a lo que escribe, a su poesía interrogativa y desolada frente a un paisaje sombrío y amenazador, como el del magnífico e inquietante La luna y el tejo, que termina así:

Nada de esto ve la luna. Es calva y salvaje.
Y el mensaje del tejo es negrura: negror y silencio.

Más allá de su mero valor confesional, estos textos adquieren una transcendencia que está por encima de las limitaciones temporales, geográficas o individuales para conectar con el lector en un lugar del sentimiento, de la inteligencia o de la vida. En un lugar hondo y secreto, como estos poemas en los que se desnudó una persona que de alguna oscura manera revive en carne propia la figura dramática y atormentada de Medea, como advirtió Robert Lowell en el prefacio a la primera edición de este Ariel, el libro en el que Sylvia Plath “se vuelve ella misma, se convierte en algo creado con imaginación, novedad, desenfado y sutileza –ya no una persona, o una mujer, ciertamente no una ‘poetisa’, sino una de esas grandes heroínas clásicas, súper real e hipnótica.”

Santos Domínguez


13/1/21

Michael Cunningham. Las horas


Michel Cunningham.
Las horas.
Traducción del inglés de Jaime Zulaika.
Tusquets. Barcelona, 2020.

La señora Dalloway

Todavía hay que comprar las flores. Clarissa finge exasperación (aunque adora hacer recados así), deja a Sally limpiando el cuarto de baño y sale corriendo, prome tiendo que volverá dentro de media hora.
Estamos en la ciudad de Nueva York. Estamos a finales del siglo XX.
La puerta del vestíbulo se abre a una mañana de junio tan hermosa y limpia que Clarissa hace un alto en el umbral como lo haría en el borde de una piscina, y contempla el agua turquesa que lame los azulejos, las líquidas redecillas de sol que oscilan en las profundidades azules. Como si estuviera al borde de una piscina, posterga un momento la zambullida, la rápida membrana del escalofrío, el puro sobresalto de la inmersión. Nueva York, con su bullicio y su decrepitud severa y parda, su declive insondable, produce siempre unas pocas mañanas de verano como esta; mañanas invadidas en todas partes por una afirmación de vida tan resuelta que casi parece cómica, como un personaje de dibujos animados que sufre atroces castigos sin fin y siempre sale ileso, intacto, dispuesto a sufrir más. Este junio, de nuevo, han brotado unas hojitas perfectas de los árboles que flanquean la calle Diez Oeste y que crecen en los cuadrados de tierra de la acera llenos de caca de perro y de desechos. De nuevo, en el tiesto del alféizar de la anciana que vive en la casa de al lado, lleno como siempre de mustios geranios rojos de plástico insertados en la tierra, ha brotado un pícaro diente de león.
Qué emoción, qué conmoción estar viva una mañana de junio, próspero, casi un escandaloso privilegio, y con un solo recado que hacer. Ella, Clarissa Vaughan, una persona corriente (a su edad, ¿para qué molestarse en negarlo?), tiene que comprar flores y dar una fiesta.


Así comienza el primer capítulo de Las horas, la novela en la que Michel Cunningham visita el universo literario de Virginia Woolf, de cuyo diario es la nota del 30 de agosto de 1923 que figura al frente del libro. Alude allí a Las horas -se refiere a lo que acabará siendo La señora Dalloway- como título de la obra que está escribiendo.

Y ese es el título elegido por Michel Cunningham para su novela, que Tusquets recupera ahora en español con la traducción del inglés de Jaime Zulaika.

Las horas, que se inicia con un prólogo-obertura que evoca el día de 1941 en que Virginia Woolf decide suicidarse en el río Ouse, se sostiene sobre el relato de un día en la vida de sus tres protagonistas femeninos, la señora Dalloway, la señora Woolf, la señora Brown:

Clarissa Vaughan, editora de 51 años, a la que se identifica en el libro con su homónima Clarissa Dalloway, que compra flores una mañana de junio -como la señora Dalloway al principio de la novela de Virginia Woolf- en el Nueva York de los noventa para la fiesta que ha organizado en honor de su antiguo amante Richard Brown, poeta enfermo de sida, que vive solo y aislado y la llama Señora Dalloway.

Virginia Woolf en Londres, una mañana de 1923 en la que empieza a elaborar la que sería una de sus mejores novelas, La señora Dalloway. Esa mañana escribe la primera línea: “La Señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores.” También para una fiesta.

Esa primera línea la lee al inicio del capítulo siguiente Laura Brown, una joven ama de casa que veinticinco años después, en 1949, en Los Ángeles, prepara una tarta mientras piensa en la novela de Virginia Woolf y en la literatura y la imaginación como instrumentos para huir de una realidad mediocre. Es la madre de Richard Brown, con lo que se conecta su historia con la de la señora Dalloway y con la de Virginia Woolf, las otras dos protagonistas femeninas de Las horas.

En torno a esas tres mujeres se suceden en una elaborada estructura alternante los capítulos de Las horas, una demostración de inteligencia narrativa y delicadeza que se publicó en 1998 y ganó el Pulitzer a la mejor novela unos años antes de su espléndida adaptación al cine en una película protagonizada por Meryl Streep, Nicole Kidman y Julianne Moore.

El lector que conozca la obra de Virginia Woolf reconocerá con facilidad abundantes paralelismos y guiños, homenajes a situaciones y personajes que evocan a los de La señora Dalloway: aparte del nombre compartido por Clarissa Vaughan y Clarissa Dalloway, la mañana del mes de junio como referencia temporal común, el transcurso de un día que resume las vidas de los tres personajes, como ocurría en la novela de Virginia Woolf, el uso de la técnica narrativa de la corriente de conciencia, en la que se mezclan las perspectivas de los personajes, el pasado y el presente, la conciencia y la memoria para definir el perfil existencial de las tres mujeres que protagonizan la novela.

Y además una serie de temas que recorren la novela y remiten a su modelo: la libertad y la muerte, el amor y la enfermedad, el suicidio y la literatura, la lucha contra la insatisfacción, los miedos y la locura, la familia y la  extrañeza ante el otro: Leonard Woolf, Dan y Richard Brown. O elementos más circunstanciales, como las flores, los espejos o los besos de mujer a mujer -entre Virginia y su hermana Vanessa, entre Laura y su vecina Kitty, o entre Clarissa y su amante Sally. Como en la novela de Virginia Woolf.

Santos Domínguez

11/1/21

Francisco Ayala. Recuerdos y olvidos

 
 Francisco Ayala.
Recuerdos y olvidos.
El libro de bolsillo.
Alianza Editorial. Madrid, 2020
 
 
El 30 de enero de 2005 está fechado el texto que cierra el último capítulo de Recuerdos y olvidos, las memorias que Francisco Ayala (1906-2009) revisó y aumentó al borde de su centenario. Ese texto reproduce la conferencia que dictó en la Biblioteca Nacional a finales del año anterior con el mismo título -De vuelta en casa- que el de la cuarta parte de la edición definitiva del libro, que se abría con un Prólogo a la edición de 2006 en el que Ayala escribía estas líneas:

Nunca pensé que, al borde de cumplir los cien años de mi vida, iba a tener la oportunidad, ni tampoco los ánimos, para redactar un prólogo a una nueva edición de este libro que reúne los Recuerdos y olvidos de quien ha consagrado todos sus esfuerzos a la tarea literaria, poniendo en ella las capacidades, mayores o menores, con que la naturaleza pudo dotarle. Como todos mis escritos, este libro ha respondido a los impulsos que durante las etapas de tan larga existencia fueron inspirándole las circunstancias del momento, siempre diversas, azarosas y algunas veces angustiosamente comprometidas. [...] La presente obra respondió desde el comienzo, y de un modo espontáneo, al deseo de expresar, casi sin tener en cuenta ninguna otra cosa, mi relación con el mundo en torno.

Estos Recuerdos y olvidos (1906-2006), cuya versión definitiva acaba de reeditar Alianza Editorial en El libro de bolsillo, van mucho más allá de la simple autobiografía y contienen la conciencia lúcida y crítica de un siglo conflictivo a través de la mirada del narrador protagonista que integra en su perspectiva realidad y ficción, imaginación y memoria.

Una mirada aguda al siglo XX, a las vanguardias y el 27, a la República y la guerra civil, al exilio y al regreso. De la Granada de Lorca al Madrid de la Universidad y la Residencia de Estudiantes, de Berlín a tertulias como la de Ortega, de revistas como la de Occidente a los desastres de la guerra, al Buenos Aires efervescente de los intelectuales exiliados, a Puerto Rico y a Nueva York.

Organizadas en cuatro apartados (Del paraíso al destierro, El exilio, Retornos y De vuelta en casa), las páginas de estas memorias reflejan un siglo que vio pasar a Ayala del paraíso granadino de la infancia a la experiencia del destierro a través del brillante Madrid republicano; el duradero exilio bonaerense que dejó huellas imborrables en su vida y su acento porteño; los retornos profesorales desde Estados Unidos y los recuerdos que se intensifican a su regreso a España.

Conviven en estas páginas, escritas a lo largo de tres décadas, todas las facetas de Ayala: el escritor y el profesor, el novelista y el sociólogo, el crítico lúcido y el memorialista poco o nada autocomplaciente consigo mismo.

Coexisten también aquí la memoria y la reflexión, la realidad y la ficción a lo largo de cientos de páginas en las que un Ayala cercano conversa con el lector sobre el 27, el Berlín del nazismo, la España de la República, el exilio en Buenos Aires o la ciudad de Nueva York, sobre la creación artística, su relación con la realidad y su exigencia ética.

Y junto con las rememoraciones de hechos, decenas de retratos de personas que hacen imprescindible el índice onomástico que cierra el volumen y resumen una constelación que delimita el mundo personal, literario y ético de Francisco Ayala. Una constelación con astros mayores como Borges y Cervantes, Ortega y Unamuno, Valle-Inclán y Victoria Ocampo, Juan Ramón Jiménez y Pérez de Ayala, Azaña y García Lorca, Max Aub y Eduardo Mallea, Gonzalo Losada y Enrique Díez-Canedo.

Está en estas memorias inevitablemente el mejor talante literario de Ayala, a la altura de sus mejores novelas y sus relatos más imprescindibles, de Muertes de perro a El fondo del vaso, de La cabeza del cordero a Historia de macacos o El jardín de las delicias, que se están reeditando ahora también en la Biblioteca Francisco Ayala de El libro de bolsillo de Alianza Editorial, con motivo del décimo aniversario de su muerte.

Un Ayala directo y completo, que con intenso pulso narrativo hace un riguroso examen de conciencia en estos Recuerdos y olvidos que resumen su memoria, su vida y su literatura, en una peculiar encrucijada de la que era muy consciente en la Introducción a su primer capítulo, Del paraíso al destierro:
 
La biografía de un escritor son sus escritos mismos. En ellos se encierra el sentido de su existencia; y si la noticia de tales o cuales pormenores anecdóticos sirve para algo, será acaso para ayudar a interpretarlos.
Claro que el problema de toda biografía radica precisamente en esto: en la conexión entre los hechos externos, objetivamente comprobables, y el sentido íntimo de la vida individual, que aun para el propio sujeto que la vive está muy lejos de ser transparente (antes al contrario, suele aparecérsele envuelto en angustiosas ambigüedades y dar lugar a perplejidades muy turbadoras). Recuerdo que Moreno Villa tituló la suya Vida en claro, y como título, no hay duda acerca de su acierto; pero, ¿puede estar en claro la vida de nadie, ni siquiera ante los ojos del poeta que, apelando a la memoria, se pone a evocar su pasado? Por lo pronto, la memoria configura siempre ese pasado en modo selectivo, descartando (es decir, olvidando) muchas cosas que pueden ser significativas y que, por serlo –justamente porque lo son, aunque tal vez de una manera dolorosa–, quedan arrumbadas en sus últimos desvanes, mientras que con tenacidad se aferra a otras, significativas también, por supuesto, a las que, en cambio, confiere un valor positivo, y las ilumina, y las destaca con énfasis. Esto, sin embargo, quizá no sea tan malo, ni deba lamentarse como mera falsificación. Puede valer como un esfuerzo cumplido desde instancias subconscientes por conferir a las experiencias pretéritas una estructura acorde con el sentido profundo de la vida personal; y si la operación se cumple en las oficinas más recónditas de la conciencia, habrá que concederle el beneficio de un presunto esencial acierto.


La memoria de un siglo agitado y complejo en un apretado volumen que remata el epílogo -La Biblioteca Francisco Ayala de Alianza Editorial: Un universo literario-, donde Carolyn Richmond destaca que “las sucesivas ediciones de Recuerdos y olvidos publicadas por Alianza Editorial [ofrecen] por una parte un reflejo, ya no ficticio sino autobiográfico, del proceso creador tantas veces recreado por el Ayala narrador en sus obras de invención; y por otra, una expresión poética-real del acto de escribir como reflejo de la vida humana.”
 
Santos Domínguez


8/1/21

Antonio Machado. Yo voy soñando caminos


Antonio Machado.
Yo voy soñando caminos.
Ilustraciones de Leticia Ruifernández. 
Selección, introducción y notas de
Antonio Rodríguez Almodóvar.
Epílogo de Julio Llamazares.
Nørdicalibros. Madrid, 2020.
 

Esta luz de Sevilla... Es el palacio
donde nací, con su rumor de fuente.
Mi padre, en su despacho.—La alta frente,
la breve mosca, y el bigote lacio—.

Mi padre, aun joven. Lee, escribe, hojea
sus libros y medita. Se levanta;
va hacia la puerta del jardín. Pasea.
A veces habla solo, a veces canta.

Sus grandes ojos de mirar inquieto
ahora vagar parecen, sin objeto
donde puedan posar, en el vacío.

Ya escapan de su ayer a su mañana;
ya miran en el tiempo, ¡padre mío!,
piadosamente mi cabeza cana.


Con ese magnífico soneto de Nuevas Canciones se cierra Yo voy soñando caminos, la antología de Antonio Machado que publica Nørdicalibros ilustrada con cuarenta acuarelas de Leticia Ruifernández.
 
La ha  preparado Antonio Rodríguez Almodóvar, que  termina su introducción con estas palabras:
 
“¿Por qué Yo voy soñando caminos?
El título elegido para esta antología ilustrada, que sigue la ruta vital del poeta (Sevilla, Madrid, Soria, Baeza, Segovia, otra vez Madrid, Valencia, Collioure) se debe precisamente a esta última reflexión. Esa doble luz de sus versos está indicando que el camino es una forma doble del pensamiento, como algo que se descubre al andar y otro algo que se sueña. Solo así podría abordarse qué quiere decir este otro fundamental aforismo machadiano:

Entre el vivir y el soñar
hay una tercera cosa:
adivínala.”


Quizá en ningún poeta español del siglo XX se fundan de manera tan inseparable vida y poesía, biografía y literatura como en Antonio Machado. Hay siempre en sus versos una reunión ejemplar de vida y obra, un equilibrio entre ética y estética que justifica el calificativo de maestro reconocido por las generaciones posteriores.

El proceso evolutivo que hay en Machado desde una nostalgia ensimismada y solitaria hasta el encuentro con los demás y consigo mismo a través del otro se concreta en “una poética del tú y del diálogo en urgente necesidad del otro, frente a la poética solipsista de la tradición española”, en palabras de Rodríguez Almodóvar.

Ese viaje desde la melancolía al compromiso, desde el límite de la propia identidad en la contemplación de las opacas galerías del alma a la alternativa de los complementarios Juan de Mairena y Abel Martín, desde el interior de sí mismo hasta el reconocimiento en el paisaje orienta la evolución machadiana desde el modernismo intimista, depurado por la influencia de Bécquer, de Soledades, al Juan de Mairena y Los complementarios, con la decisiva estación intermedia de las dos ediciones de Campos de Castilla.

Las espléndidas acuarelas de Leticia Ruifernández son un admirable complemento plástico a esta antología por la que transitan los recuerdos autobiográficos y familiares, el sentimiento del tiempo -“palabra en el tiempo” era la poesía para Machado-, el sueño y el camino -dos elementos fundamentales en su poesía, de Soledades a Nuevas Canciones- y los paisajes que evocan estas imágenes: Soria y Baeza, Segovia y Collioure, el Duero y el Guadarrama, las serrezuelas calvas, las llanuras bélicas y los páramos de asceta, los álamos castellanos junto al río y los olivares andaluces

Cierra el libro un epílogo en el que Julio Llamazares escribe: “Por mi devoción por Antonio Machado y su obra he visitado todos los sitios en que vivió y en todos he sentido la misma emoción, que es la que trasmiten sus versos, lo que habla de su capacidad poética. Volver a sentirla viendo las acuarelas de Leticia Ruifernández indica hasta qué punto la ilustradora ha captado la esencia de Machado en sus territorios y su capacidad para trasmitirla al lector del libro, más que lector contemplador como Machado lo fue del mundo en el que le tocó vivir. En la introducción de Antonio Rodríguez Almodóvar y en el apunte biográfico final se relacionan todos o casi todos: Sevilla, Madrid, Soria, Baeza, Segovia, Valencia, Barcelona y Rocafort (estos tres en mitad de la guerra civil) y Colliure, en Francia, donde murió. Un itinerario que es ya un peregrinaje poético para sus admiradores.”

Santos Domínguez

 

6/1/21

Camino a Macondo

 
 Gabriel García Márquez.
Camino a Macondo. 
Ficciones 1950-1966.
Literatura Random House. Barcelona, 2020.

García Márquez lo contó muchas veces. Tuvo la historia de Cien años de soledad en la cabeza muchos años antes de encontrar el tono adecuado para contarla.

Camino a Macondo, el magnífico volumen ilustrado por Pep Carrió que publica Literatura Random House permite al lector recorrer ese itinerario de maduración con una espléndida antología subtitulada Ficciones 1950-1966, que reúne los relatos y novelas cortas de García Márquez ambientados en Macondo y anteriores a Cien años de soledad.

En el prólogo escribe Alma Guillermoprieto: “Los fantasmas se exorcizan escribiendo, y los textos que siguen son precisamente eso: la ofrenda al pasado de un talentoso joven que, como tantos otros aspirantes a escritor, se la había pasado buscando temas extravagantes para relatos únicos y geniales que en realidad resultaron incoherentes o frívolos. A partir del viaje al origen, no necesita seguir buscando. Muchos años después, se habría de acordar del momento en que, ante la pérdida, lo rescató la mirada distanciadora que lo transformó en escritor. «Nada había cambiado, pero sentí que en realidad no estaba mirando el pueblo, sino sintiéndolo como si fuera una lectura… y lo único que tenía que hacer era sentarme y transcribir lo que ya estaba ahí». Casi recién bajado del tren, corre a su escritorio de las oficinas de El Heraldo, periódico de Barranquilla del que ya era periodista estrella, y borronea las primeras páginas de La hojarasca. A la mañana siguiente, un colega y amigo encuentra a García Márquez tecleando furiosamente todavía; «Estoy escribiendo la novela de mi vida», le anuncia al amigo. En el camino a terminarla va publicando trechos del texto aquí y allá; textos que fueron recuperados para esta colección. Aparece en ellos un cura anciano y buena gente que ve fantasmas; otro, más joven y también buena gente, que hace de mediador en pleitos que son el rescoldo de la violencia partidaria que llenó el pueblo de muertos. En un relato una mujer presencia, alucinada, una lluvia torrencial que dura tres días. De un cuento a otro van apareciendo distintos personajes con nombres que nos hacen saltar como si nos encontráramos de improviso con algún viejo amigo en la estación del tren; hay Nicanores, Rebecas, Remedios, Cotes, Moscotes, Buendías. Se trata, en realidad, de diferentes historias sueltas sobre un mismo poblado, en el que en la peluquería siempre colgará un letrero que dice «Prohibido hablar de política» y al alcalde siempre le dolerá una muela. Es un pueblo que todavía carece de nombre, pero en algunos relatos se hace referencia a otro, que está sobre la misma vía del tren: Macondo.”

Desde los primeros textos -entre los que destacan La casa de los Buendía y otros cuatro tempranos relatos breves que subtituló, como ese, Apuntes para una novela, el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo o Un día después del sábado- hasta La mala hora, se recogen en este volumen sobre la creación del ciclo de Macondo tres novelas cortas -La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba y la ya citada La mala hora- y un libro de cuentos, Los funerales de la Mamá Grande, con relatos tan imprescindibles como La siesta del martes, La viuda de Montiel o el que cerraba el conjunto y le daba título.

Todas esas ficciones son eslabones fundamentales en la construcción del universo mítico que culminará en 1967 en Cien años de soledad. Fue un largo proceso que duró casi dos décadas y del que estos magníficos relatos dan un imborrable testimonio.

En junio de 1950 había publicado García Márquez en la revista Crónica La casa de los Buendía, con el subtítulo Apuntes para una novela, el mismo que llevan La hija del coronel, El hijo del coronel y El regreso de Meme, que publicaría poco después en la misma revista en ese mismo año. Ya en ese primer texto aparece la figura del coronel Aureliano Buendía, derrotado en una de las muchas guerras civiles que perdió. Parte de estos incipientes materiales narrativos se integrarían en La hojarasca, su primera novela corta, que apareció en 1955.

Faltaban aún más de diez años  para la publicación de Cien años de soledad, pero poco a poco García Márquez estaba perfilando un mundo narrativo inconfundible que asoma con fuerza en el Monólogo Isabel viendo llover en Macondo y En un día después del sábado, un relato de 1954 que aparecería años después en Los funerales de la Mamá Grande. Están ya en ese cuento Aureliano Buendía y su hermano José Arcadio, el ametrallamiento de los trabajadores del banano y una atmósfera que anticipa la de Cien años de soledad.

En La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba García Márquez fue delimitando los contornos de ese universo literario y fijando las líneas maestras que sostienen el edificio narrativo de su novela mayor.

Finalmente, en los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande, “soberana absoluta del reino de Macondo” y en la novela corta La mala hora -la inquietante novela de los pasquines, la soledad y el Padre Ángel- están las semillas de diversos episodios y personajes que tendrían un desarrollo mayor en Cien años de soledad.

A propósito de ese camino hacia Macondo que van abriendo estos relatos escribe Conrado Zuluaga en la Nota Editorial: “García Márquez sostuvo en diversas oportunidades que para escribir cada libro primero había que aprender a escribirlo, y solo entonces enfrentarse a la máquina de escribir. A él le tomó casi veinte años «vivir» en Macondo para aprender a escribir su novela Cien años de soledad. [...] Esta antología solo tiene el propósito de mostrar la progresión, la búsqueda -a través de varios textos anteriores a Cien años de soledad- de ese mundo alucinado de ficción que tiene la ambición de ser real.”

Estos relatos reflejan el proceso de conquista, más que de un territorio narrativo, de la expresión. Resumen el largo camino de García Márquez hasta encontrar el tono adecuado que se le impuso como una revelación, semejante al conocimiento del hielo, mientras conducía su coche hacia unas vacaciones familiares:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces...

Santos Domínguez


4/1/21

Mentir es un instante

 

 Xavier Franquesa.
 Mentir es un instante.
 Ediciones del subsuelo. Barcelona, 2020.
 
Mentir es un instante reúne una selección de cuentos aparentemente diversos, pero todos ellos con un núcleo común: el imposible acceso a una verdad que no mienta. Porque toda verdad, y en estos cuentos hay mucha, deja de serlo en el momento en que se dice, en el momento en que una palabra le da soporte. Sin embargo, estos cuentos no nos abandonan a esa impotencia sino que nos enfrentan a una imposibilidad con la que hay que arreglárselas”, escribe Rosa Roca Romalde en el posfacio de Mentir es un instante, el volumen que reúne catorce relatos de Xavier Franquesa en Ediciones del subsuelo en torno a este punto de partida resumido en su pórtico: “Mentir es un instante; supone el valor de la decisión, la voluntad de ocultar esa verdad que siempre se nos escapa.”

Entre La vida de los espejos y El cine de Jonas Winnicott, catorce cuentos que exploran los límites de la expresión verbal y la fantasmagoría de la realidad con una admirable agilidad narrativa y con una prosa trabajada y eficiente que lleva al lector a un potente territorio de ficción que invade el mundo real.

Con narradores que entran y salen de los relatos como en un trampantojo para mostrar distintas perspectivas de los hechos, incluso contradictorias, propias de un mundo equívoco, para reflexionar sobre la materia narrada y para apelar a la complicidad del lector, hay en estos cuentos reflexiones constantes sobre la escritura, como estas:

Escribir lleva tiempo y eso sume a menudo al autor de una historia en la incertidumbre de mantenerse en sus trece, o en sus convicciones, al verse obligado a dar con una explicación sobre determinados hechos y acontecimientos que distan mucho de ser como los cuenta. Pero por algo había que empezar, dado que las evidencias cambian de aspecto y de nombre con suma facilidad. En eso estarán ustedes de acuerdo conmigo.

La literatura debería ser no un espejo sino una mentira que aparece en el espejo; un espejo sobre el que la mano nada encuentra, nada toca sino la fría y desnuda superficie de lo inexistente, de algo que se niega a corresponder, a doblegarse a nuestro deseo de otredad. Somos los mismos al otro lado del espejo, es decir, nada. Allí no hay vida. No la busque porque no la encontrará.

El humor negro y cómplice con el lector, las sorpresas en la revelación final de las voces del relato más que en los desenlaces y la soltura narrativa recorren estos relatos en los que hay una entrevista en directo con Dios en una iglesia de Soria o un terremoto que interrumpe la venganza de un ex recluso sobre un desenfrenado juez cuesta abajo en una calle de San Francisco, un asesinato de pianista en pleno concierto mientras interpreta una sonata de Schumann, un músico ambulante polaco que toca el acordeón en el metro de Brooklyn, la investigación de un posible asesinato en la estación de Penitents de la línea 3 del metro de Barcelona o un narrador testigo de la discusión de una pareja en el interior de un coche.

Dejo aquí como muestra y como invitación al libro este párrafo del cuento inicial, sobre el dudoso accidente de un autobús que cae a un pantano. Con él puede el lector hacerse una idea del alto nivel literario de estas espléndidas narraciones:

¡Qué incómodos debieron de ser para Cipriano los momentos previos al accidente! Como decía al comienzo, se acercaba por detrás un Chevrolet Fleetmaster Woody, familiar, tipo rubia, y el conductor del turismo, anticipándose a un tramo sinuoso repleto de curvas, quiso adelantar —a Cipriano le pareció una temeridad—, aproximarse al autocar para que este le cediera el paso arrimándose a su derecha. No queda claro cómo se comunican dos vehículos en marcha, pero ante la imposibilidad de dialogar, de que el conductor del Chevrolet pudiera informar amablemente a Cipriano de que también él tenía prisa, que lo esperaban urgentemente en Espot antes de las nueve, sólo cabían las intermitentes exclamaciones previstas en el claxon, interjecciones a lo sumo que sin el amable concurso de una traducción prevista, en ausencia de convenio, admiten como solución provisional un mensaje cualquiera; definitiva también, porque en casos semejantes la interpretación es bien recibida y si no ayuda a comprender lo que se dice, al menos siempre llama la atención. Sin que pueda decirse que fuera una casualidad —de no ser el Chevrolet pudo ser un automóvil cualquiera—, los dos conductores llegaban al mismo tiempo al recodo donde cabe situar el puente del siniestro, el del atolladero —así lo llaman los vecinos de la comarca que en trayecto ascendente circulan desde Sort al Port de la Bonaigua—. La recta anterior no era muy larga y, siendo así, para dejar pasar al turismo, Cipriano tenía que echar pie al freno y apear el autocar en la cuneta. En un día como aquel —como he dicho el retraso era excesivo y los usuarios del transporte llegaban tarde a su destino—, aquello era pedir la luna, de modo que, convencido de que lo mejor era no darse por aludido, hacer oídos sordos a lo que en su opinión no era sino una impertinencia, el buen hombre se enzarzó con el volante y lo apretó con las manos como si quisiera atornillarlo al chasis del vetusto y voluminoso vehículo, sin darse cuenta de que esa acción de autoafirmación, a falta de otras explicaciones, restaba agilidad, o entorpecía por completo su voluntad de encarar con eficacia la estrecha carretera entre los dos pretiles.

Entre la revelación y la alucinación, los relatos de Mentir es un instante exploran los límites difusos de lo creíble y lo inverosímil hasta el punto de que el lector de estos cuentos llega al posfacio y duda si no será otra fabulación la psicoanalista lacaniana que lo escribe con tan buena prosa. 

Ya sabe el avisado lector que esa no es otra alucinación, que Rosa Roca Romalde es una persona real, pero hasta ese punto le ha enredado Xavier Franquesa con la tela de araña que ha ido tejiendo en el libro, hasta ese punto le ha abducido el poder seductor de estas páginas.

Porque, como se lee en Una sonata, “¿qué es la verdad sino la amiga, la escandalosa pareja sentimental de todo aquello que no es cierto?”

Santos Domínguez



 

1/1/21

Habitar maravillosamente el mundo


 Dominique de Courcelles.
Habitar maravillosamente el mundo.
Jardines, palacios y moradas espirituales 
en la España de los siglos XV al XVII.
Prefacio de Tom Conley.
Traducción del francés de Susana Prieto Mori.
Siruela. Madrid, 2020.


“No se habita únicamente el lugar donde uno se encuentra, sino también todos los lugares que se ofrecen a la mirada, que llevan la mirada a otro lugar. Estas realidades, que son las de la percepción visual, están al servicio del movimiento del cuerpo y del ojo a través de una diversidad de situaciones y un entramado de recorridos posibles que asocian a la experiencia de habitar el deseo de infinito y eternidad, ese porvenir presentido, y la memoria del pasado recorrido.
Existe, pues, creación, es decir, poiética de un mundo que es otro distinto del mundo en el cual vivimos, donde se reunirían los tres campos fundamentales de la axiología humana: la verdad, el bien y la belleza. El arte de construir jardines, o palacios, o galeras reales, de escribir un viaje experimental o una búsqueda mística, de pintar paisajes y glorias celestiales da fe de una renovación de la mirada: filosófica, alquímica, teológica, política. Se trata al mismo tiempo, a riesgo de caer en la paradoja, de experimentar y de hechizar duraderamente el mundo, la estancia en el mundo en armonía con la tierra, el agua, el aire y el fuego, de establecer sólidamente la estrecha conexión entre el príncipe, sus países o territorios y sus pueblos. El arte de los príncipes se acerca a la preocupación mística: habitar maravillosamente el mundo es habitar el mundo tal cual es, es decir, experimentar la presencia divina en el mundo, ver el mundo en Dios, estar vinculado al mundo compartiendo la apertura al infinito”, escribe Dominique de Courcelles, historiadora de las ideas y especialista en la mística española del Siglo de Oro, en Habitar maravillosamente el mundo, un volumen espléndidamente editado por Siruela en su colección El Árbol del Paraíso.

Jardines, palacios y moradas espirituales en la España de los siglos XV al XVII es el subtítulo de este ensayo que, organizado en cuatro partes -Palacios y jardines de España, Las maravillas del universo: de Sevilla a México, Paisajes, mística, magia natural y Miradas al infinito, deseo de eternidad- y rematado con treinta ilustraciones, aborda en sus ocho capítulos la renovación de la mirada renacentista al mundo y al paisaje, a la filosofía y la religión.

Frente al mundo cerrado de la Edad Media, el Renacimiento trajo una apertura de perspectivas mentales y una renovación de la mirada que se proyecta en el arte de construir jardines como forma de ver y reflejar la naturaleza, en la dimensión filosófica y teológica de los palacios y jardines del alma con los que los místicos abordaron los secretos naturales, en la mística del paisaje como invocación y búsqueda poética en fray Luis o san Juan de la Cruz, en el centelleo de plumas durante una misa celebrada por san Gregorio en lo alto de una pirámide azteca, en la mirada hacia la eternidad desde El Escorial y la sierra de Guadarrama o en la visión del infinito a través de la profundidad de la nube ascendente en El entierro del conde de Orgaz.

Todos los elementos de esa enumeración están conectados por un vínculo común: la representación plástica o verbal de las conexiones entre lo material y lo espiritual, entre lo terreno y lo celeste, entre el microcosmos y el macrocosmos. Así en los jardines granadinos de la Alhambra: “su diseño geométrico, sus terrazas, sus fuentes y estanques y sus plantas suscitan una impresión de paradisiaca serenidad para el mayor placer de los sentidos. En todos los casos, el jardín anuncia la belleza de un mundo nuevo. [...] La visión de los jardines y, tras ellos, del mundo se percibe como una apertura al universo.”

Porque, como señala Tom Conley en el Prefacio, “los secretos del mundo disfrutan de una luz paradójicamente invisible y esclarecedora, que a nosotros, habitantes del bajo mundo, nos atañe ver.”

“¿Consiste habitar maravillosamente el mundo en habitar una utopía? -se pregunta en el prólogo Dominique de Courcelles- La utopía ignora el tiempo. Pero ni los príncipes ni los jardineros ni los místicos ignoran el tiempo, el de los nacimientos y las muertes y las estaciones, el de las batallas en tierra y en mar o en lo más íntimo de sí, el de la grandeza y la derrota de los reinos, el de la edificación de palacios y ciudades, el de la agricultura y la jardinería, el de las grandes ceremonias religiosas, el de la transformación y la conversión interior. En el tiempo de la historia pasada o presente pueden discernirse acontecimientos sorprendentes, admirables, maravillosos, indispensables, que se inscriben en las representaciones literarias o pictóricas y son absolutamente diferentes, nuevos. ¿Acaso no es diferencia pura el jardín de la Casa de Campo, o la ciudad de Sevilla entre el Viejo Mundo y el Nuevo, o el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, o el palacio-monasterio de El Escorial? Con el mismo punto de vista se han seleccionado las Moradas de Teresa de Ávila, un cuadro mexicano de plumas regalado al papa Pablo III, la obra Félix o Libro de maravillas de Ramon Llull, el eje del mundo del retablo de Lluís Borrassà para las clarisas de Vic y El entierro del conde de Orgaz del Greco en Toledo, por citar solo algunos ejemplos.”

Y así, entre reyes y poetas, pintores y místicos, jardineros y arquitectos, sabios y alquimistas, aparece en estas páginas la mirada al jardín como utopía, como galería artística y como esperanza de la vida eterna, el paraíso cerrado para muchos y los jardines abiertos para pocos, del granadino Soto de Rojas, el itinerario alegórico y místico que guía al castillo interior de Santa Teresa, el espacio poético por el que transcurre la travesía espiritual del Cántico de San Juan de la Cruz. 

Jardines donde se experimenta un nuevo arte de vivir, como la propuesta filosófica y teológica de los de la Casa de Campo, encargados por Felipe II para verlos desde el Alcázar de Madrid, o los de la Alameda de Hércules y los de la Casa de Pilatos en la Sevilla del XVI, Nueva Roma y proa hacia el Nuevo Mundo, en el México del XVII, la Nueva España, donde en el siglo XVII “más que en Sevilla, se sabe habitar maravillosamente el mundo, se sabe proseguir el sueño heroico o utópico.”

Aquella nueva mirada hacia la eternidad se concretó monumentalmente en la concepción, diseño y construcción en la sierra del Guadarrama de El Escorial -“centro geométrico y místico de España”-, donde se buscó la integración armónica del macrocosmos y el microcosmos:
 
A través de este arte de habitar maravillosamente el mundo en su centro, según los principios de Pitágoras y Vitruvio, que retoman la perfección arquitectónica del templo de Salomón, en la perspectiva de la ciudad celestial de san Agustín, las miradas del rey, de su corte y sus Estados se encuentran orientadas hacia el infinito de la Trinidad divina. El proyecto cosmológico y teológico de Ramon Llull en su Gran Arte encuentra aquí una inesperada actualización.

Cierra el conjunto un análisis de El entierro del conde de Orgaz, en el que El Greco reflejó en las nubes “el paso de los ángeles y las almas entre dos realidades del habitar, habitar la tierra y habitar el cielo, como otras tantas órbitas en perspectiva siempre renovada, pero siempre alejada del centro infinito, cósmico y divino.”

Por eso -señala la autora en el párrafo final- “contemplar El entierro del conde de Orgaz es aprender a habitar maravillosamente el mundo a la espera de una transmutación anunciada, de un renacimiento celestial y espiritual, del fin del mundo.”

Santos Domínguez

30/12/20

Roberto Calasso. El Cazador Celeste



 Roberto Calasso.
El Cazador Celeste.
Traducción de Edgardo Dobry.
Anagrama. Barcelona, 2020.
 
 “El cielo era el lugar del pasado. De espaldas, mientras miraban en la noche aquellas temblorosas puntas de alfiler, encontraban lo que había sucedido: una tela oscura e indiferente, rayada por minúsculas manchas de luz. Solo eso permanecía, entre multitud de acontecimientos, de gestos, de seres. Solo lo que había sido elegido para mantener un significado, una forma que cada noche se volvía a encender. Cualquiera sea el lugar desde donde observasen el cielo, siempre encontraban al Cazador. La caza fue la ordalía de la memoria. El cielo, el primer orden mnemotécnico. La bóveda se convirtió en la casa del pasado, museo intacto. Las historias indispensables centelleaban cada noche -o permanecían provisoriamente ocultas detrás de un toldo de nubes. Otro cielo fue la superficie de la cueva, así como el cielo mismo era la cara interna de la enorme cueva cósmica. Para poder cazar es necesario dibujar”, escribe Roberto Calasso en El Cazador Celeste, que publica Anagrama con una espléndida traducción de Edgardo Dobry.

Tomando como referencia ese lugar del firmamento entre la constelación de Orión, el cazador celeste, y su perro Sirio, un lugar donde se cruzan lo visible y lo invisible, lo humano y lo divino, Calasso propone un viaje por siglos, culturas y transformaciones, por la relación del hombre con la divinidad, el misterio y el animal.

Porque -explica Calasso- “si la constelación es un lugar arbitrario del que se cuelgan las historias, de modo no muy distinto a como los significados se cuelgan de los sueños, no será fácil explicar por qué en el mismo gajo del cielo, no solo en Grecia sino también en Persia, en Mesopotamia, en la India, en China, en Australia y hasta en Surinam, durante milenios se han visto siempre las huellas de un Cazador Celeste que no se cansaba de observar.”

Desde los orígenes paleolíticos, desde el día de veinticinco mil años en que el hombre empezó a pintar en las piedras de las cuevas a la actualidad, pasando por su relación con el mito, fundador de civilizaciones, por los misterios de Eleusis y el bosque de Artemisa, la diosa cazadora, por el culto a los animales en el antiguo Egipto, las Enéadas de Plotino, el contemplador que inventó la interioridad,  o la persistencia de los mitos en el mundo contemporáneo, conviven conflictivamente en estas páginas el animal y el hombre, los dioses y los demonios.

Entre el ensayo y la narración, entre la erudición y la poesía, entre revelaciones y destellos, entre la cultura clásica y el misticismo védico, Calasso combina filología y mitología, antropología y filosofía para recrear en los catorce capítulos de El Cazador Celeste el proceso de transformación del hombre en un ser civilizado, su evolución desde lo animal a lo humano, desde la condición de la presa a la de depredador:
 
Matar sin tocar: nadie más era capaz de eso. Ese era el secreto. Después de haber huido durante milenios, se apostaron a la espera, inmóviles.
No existe ningún animal en cuya historia se haya producido un cambio de modo de vida tan brusco como el del hombre: de primate recolector de frutas y raíces, perseguido por depredadores, a animal omnívoro y por tanto también carnívoro, un bípedo que caza en grupo a cuadrúpedos que, en muchas ocasiones son más grandes que él. El hombre se distancia del animal adquiriendo sus poderes.


La caza transforma a los hombres en “animales metafísicos”, pero no acababa allí el camino. La caza cambió decisivamente la relación del hombre con el mundo y con la muerte: desde el animal que caza y es cazado al animal que se niega a sí mismo y se deshace de sus orígenes; desde la caza para sobrevivir al sacrificio; desde la cierva que huye a la flecha de Artemisa, la diosa de lo intacto; desde el arco y la flecha a la agricultura, la vida sedentaria y la técnica; desde el depredador al sabio; desde los mitos griegos a la máquina Enigma; desde Odiseo a los Argonautas, desde Lucrecio a Proust, desde Plutarco a Henry James, desde Ovidio a Simone Weil, pasando por Nietzsche y Heródoto, por Homero y Frazer, por Platón y Valéry.

El Cazador Celeste plantea así una peregrinación portentosa desde lo cercano a lo cósmico, desde lo onírico a lo académico a través de un recorrido iluminador por las distintas tradiciones orientales y occidentales y por las metamorfosis humanas.

Calasso teje de esa manera una historia de historias a partir del cruce de relatos y tiempos que confluyen en un centro con luces y sombras donde se reúnen la literatura y el arte, la filosofía y la ciencia, la caza y el conocimiento, el mito y la historia, lo extenso y lo intenso. Un viaje de ida y vuelta desde lo visible a lo invisible, el espacio de confluencia que comparten los muertos y los dioses:
 
Lo invisible es el lugar de los dioses, de los muertos, de los antepasados, del pasado entero. No exige necesariamente un culto, pero penetra en todos los intersticios de la mente. [...] Lo invisible no debe ir a buscarse muy lejos. Incluso puede no ser hallado precisamente porque está demasiado cerca. Lo invisible termina en la cabeza de cada uno.

Porque “se puede, claro, vivir sin dioses. [...] Más difícil es vivir sin lo divino. [...] Lo divino es perenne, en cuanto está entrelazado con todo lo que irrumpe. En el interior de lo que irrumpe está lo que permite el acceso a lo que no se ve. Es decir, al mundo sin límites de lo invisible.”

A esa idea, uno de los hilos conductores del libro, se vuelve en el espléndido capítulo final, El regreso a Eleusis, donde se leen estas frases:
 
No se puede vivir sin lo invisible, aunque lo invisible encierre en sí a la muerte. Este pensamiento, esta obsesión fueron el origen de los Misterios. [...] Los Misterios no son algo que se pueda poseer, como un pensamiento: no son algo que se aplica, como una fórmula. Son un lugar que ofrece algo distinto cada vez que se vuelve. Para volver, sin embargo, es necesario alejarse, regresar a la vida común -para abandonarla de nuevo.
 
Con 
esta octava entrega de su obra en marcha sobre las fuerzas de la civilización, tras títulos como La ruina de Kasch, Las bodas de Cadmo y Harmonía, Ka, K., El rosa Tiepolo, La Folie Baudelaire y El ardor, Calasso sigue completando una monumental construcción intelectual, una de las empresas literarias más ambiciosas, profundas y brillantes que se han levantado en lo que llevamos de siglo. 

Del primer libro de la serie, La ruina de Kasch, dijo Italo Calvino que su trama abarcaba todas las cosas que han sucedido en la historia de la humanidad. Algo parecido ocurre en estas páginas luminosas de El Cazador Celeste. Un libro asombroso en el que cabe el mundo, porque -escribe Calasso- “en el mito acontece todo lo que, después, se repite en la historia.”

Santos Domínguez

28/12/20

Adonis. Este es mi nombre

 
Adonis.
Este es mi nombre.
Edición bilingüe.
Traducción, notas y prólogo
de Federico Arbós.
El libro de bolsillo de Alianza Editorial. Madrid, 2020.

Sirio de nacimiento y libanés de elección, Alí Ahmad Said Esber (Qassabin, 1930) explicaba con estas palabras el sentido del seudónimo que utiliza: “Al cambiar un nombre muy musulmán –Ali– por otro sin relación con el Islam –Adonis–, asumía y reivindicaba una trayectoria hacia lo universal. Al firmar así, salía de una tradición petrificada y accedía a una libertad más amplia.”

Este es mi nombre (1988) es la versión definitiva de Un tiempo entre la rosa y la ceniza, que Adonis publicó en Beirut en 1971. Lo publica El libro de bolsillo de Alianza Editorial, en edición bilingüe con traducción de Federico Arbós, que escribe en el prólogo estas palabras:

“En sus páginas se abre paso una escritura histórica, abiertamente ideológica y crítica, marcada por referencias temporales al presente inmediato, a las cosas que «me» pasan, que «te» ocurren, que se «nos» vienen encima. Una escritura que, sin embargo, no renuncia a enmarcar los poemas –como en los años sesenta– en un vasto lienzo de tiempos, espacios, culturas que confluyen, se oponen, se contradicen, se funden. Tanto el primer poema del libro (Prólogo a la historia de los Reyes de Taifas) como el segundo (Éste es mi nombre) son textos torrenciales que combinan los versos con una prosa escandida y atropellada, sin apenas puntuación –hasta este momento, Adonis había cuidado de modo exquisito, por lo general, la puntuación de influencia occidental–, forzando al lector a percibir como un todo el material lingüístico, sonoro, y las imágenes, metáforas, ideas que se desprenden de las meras palabras.”

El libro recoge tres poemas largos: Prólogo a la historia de los Reyes de Taifas, Este es mi nombre y Epitafio para Nueva York. Tres poemas que, en su redacción inicial, están escritos entre 1969 y 1971, unos años cruciales para el mundo árabe y para su literatura.

La guerra de los seis días, en la que Israel se anexionó los territorios palestinos y parte de Egipto, Líbano y Siria, marca un antes y un después en esa cultura. Era junio del 67 y desde entonces en los países árabes se habla de la literatura posterior a Huzairán, a Junio. La poesía posterior a Junio denuncia no sólo el expansionismo militar de Israel y su utilización del terrorismo de estado en asesinatos selectivos o indiscriminados, sino también la debilidad de los países árabes. Es la poesía de la resistencia que tiene uno de sus representantes más caracterizados en el poeta palestino Mahmud Darwish.

De esa encrucijada histórica, de esa humillación, surge este libro de Adonis, esta poesía crítica e ideológica que tiene uno de sus momentos más intensos en el Prólogo a la historia de los Reyes de Taifas, que se abre con este verso:

Un niño es el rostro de Jaffa       ¿Florecerá el árbol seco?
 
 La frase se repite como una salmodia en otros lugares del poema y se completa con versos como estos:

Toda agua es el rostro de Jaffa,
toda herida es el rostro de Jaffa,
los millones de hombres que gritan ¡no!
son el rostro de Jaffa.
Los amantes en el balcón, los amantes encadenados,
los amantes que yacen en la tumba
son Jaffa.
La sangre que mana del costado del mundo
es Jaffa.
 
No siempre tiene el poema esa contención y esa serenidad que permite el paralelismo. Muchas veces la escritura se desborda en un torrente inarticulado, en unos versos que se combinan con una prosa rápida, sin puntuación, atropellada, en un río de metáforas e imágenes que evocan el mapa atormentado de Palestina o la cartografía del abuso y el atropello en Hanoi o en los barrios marginales de Nueva York.

En el centro de los dos primeros poemas Alí es el expoliado, el desterrado por los invasores de un territorio que le han robado. Pero es también el que regresa, el resistente, el que combate la recaída en la desgracia con esta acción escrita que es la poesía.

Epitafio para Nueva York es una ampliación del campo de la infamia, una relectura creativa de Poeta en Nueva York para rescatar algunas de las imágenes más potentes del espléndido poema lorquiano, para releer en los años setenta el dominio violento del hombre rubio y su máquina de matar en Palestina o en Vietnam. Imágenes, motivos y visiones que estaban en los poemas más atormentados del ciclo neoyorquino se revitalizan al proyectarse sobre una nueva época:

Salí de Nueva York como de un lecho:
la mujer es una estrella apagada
y la yacija se rompe como árboles sin espacio,
aire renqueante,
cruz que no recuerda las espinas.

Reaparece en este Epitafio la potente voz marginada de los negros de Harlem:

Habitemos el clamor negro
para llenar nuestros pulmones con el aire de la historia. 
Alcémonos en los ojos negros, cercados como tumbas, 
para vencer al eclipse.
Viajemos en la cabeza negra
para escoltar al sol que llega.

Sobre esta reedición, que es la versión revisada de la que apareció en 2006 en Alianza Literaria, escribe Arbós: “Han pasado ya catorce años desde la publicación en la colección Alianza Literaria de Éste es mi nombre, sexto poemario y jalón fundamental en la obra del poeta, ensayista y crítico sirio-libanés Adonis. Y ahora, la editorial ha decidido sacar a la calle una segunda edición en la popular y emblemática colección El libro de bolsillo, quizá con la intención de que los lectores recalcitrantes de poesía, minoritarios pero fieles, puedan encontrarse, o reencontrarse, con la traducción española de este libro publicado por primera vez en Beirut en el año de 1971. [...]
Para esta segunda edición se han realizado ligeros ajustes y trasvases de los textos árabe y castellano, con el fin de reducir espacios en blanco innecesarios y conseguir, en la medida de lo posible, una más completa correspondencia de ambos textos en las páginas pares e impares enfrentadas; se han revisado en la traducción unos pocos versos o frases de formulación confusa o equívoca. El resultado de estas modificaciones tal vez se refleje en unas páginas más limpias, cuyas líneas el lector pueda recorrer sin mayores sobresaltos tipográficos.”

Adonis es uno de los renovadores de la poesía árabe contemporánea, a la que ha puesto en contacto con la poesía occidental. Poesía de la encrucijada, del mestizaje cultural de dos tradiciones: la grecolatina y mediterránea y la árabe pagana y clásica en una fusión que se expresa en la asimilación de los lenguajes poéticos más renovadores del siglo XX, del expresionismo al superrealismo, que se integran con esquemas métricos y rítmicos de la poesía oral árabe:

“Reivindico toda la herencia mediterránea, pero además formo parte integrante de la cultura universal, de Oriente hasta Occidente. La única especificidad que me reconozco es mi lengua y mi subjetividad. Pero, por medio de ellas, trato de abrirme a lo universal.”

Santos Domínguez