01 junio 2026

Somerset Maugham. Diez grandes novelas y sus autores


 William Somerset Maugham.
Diez grandes novelas y sus autores.
Los secretos del arte narrativo.
Traducción de Fabián Chueca.
Tusquets. Condición Humana. Barcelona, 2026.


“Las novelas de las que me he ocupado en estas páginas son muy distintas entre sí, pero tienen un rasgo en común: cuentan buenas historias, y sus autores las relatan de una manera muy sencilla. Narran acontecimientos y ahondan en motivaciones sin recurrir a ninguno de los fastidiosos recursos literarios como el monólogo interior o el salto atrás, que vuelven tediosas tantas novelas modernas. Cuentan al lector lo que desean que sepa, y no, como está de moda en la actualidad, le dejan que adivine quiénes son los personajes, cuál es su ocupación y cuáles sus circunstancias: en una palabra, hacen todo lo posible para facilitarle las cosas. No parece que hayan intentado impresionar con su sutileza ni sobresaltar con su originalidad. Como personas, son bastante complicados; como escritores, son increíblemente sencillos”, escribe William Somerset Maugham en el texto que cierra su espléndido Diez grandes novelas y sus autores, que Tusquets incorpora a su sólida colección de ensayo Condición Humana, con traducción de Fabián Chueca.

A finales de los años cuarenta, el director de la revista literaria estadounidense Redbook pidió al escritor británico William Somerset Maugham, un novelista con prestigio y popularidad, que elaborase una lista de las diez mejores novelas de la literatura universal. La lista fue, como todas las de este tipo, arbitraria y discutible, pero estaba llena de sugerencias y posibilidades:

“Como es natural, mi lista era arbitraria -reconoce Somerset Maugham-. Podría haber confeccionado otra con diez novelas distintas, tan buenas cada una en su estilo como las que escogí,  aduciendo razones igualmente válidas para justificar su selección. Si pedimos a cien personas, de amplias lecturas  y cultura adecuada, que hagan una lista de esta índole, es muy probable que aparezcan citadas al menos doscientas o trescientas novelas, pero creo que en todas las relaciones tendrían cabida la mayoría de las que yo elegí. ”

Aquella propuesta provocó poco después una nueva invitación de la que en 1954 surgió este libro, cuando “un editor estadounidense me sugirió reeditar en forma abreviada las diez novelas que había enumerado, acompañadas de sendos prefacios cuya redacción correría de mi  cuenta.”

Y así surgieron estos doce ensayos memorables sobre el arte de la ficción, sobre diez novelistas de siglo XIX, evocados en estupendas semblanzas narrativas, y sobre sus obras más representativas. Doce ensayos recopilados en un volumen subtitulado Los secretos del arte narrativo que se encomienda a dos significativas citas iniciales que orientan el enfoque de los artículos:

Siempre me han gustado las correspondencias, las conversaciones, los pensamientos, todos los pormenores del carácter, de las costumbres, en una palabra, de la biografía de los grandes escritores.  (Saint-Beuve)

La primera condición de una novela es que interese. Ahora bien, para que así sea, hay que ilusionar al lector hasta tal punto que pueda creer que lo que se le cuenta ha sucedido de verdad. (Balzac)

Es, en resumen, la biografía de los grandes escritores como literatura y la novela como testimonio y documento fiable de su tiempo. Y es muy interesante que un novelista como Somerset Maugham cuente las vidas de otros novelistas (Fielding, Jane Austen, Stendhal, Balzac, Dickens, Flaubert, Melville, Emily Brönte, Dostoievski y Tolstoi) como si fuesen novelas y que cuente las novelas (Tom Jones, Orgullo y prejuicio, Rojo y negro, David Copperfield, Madame Bovary, Moby Dick, Cumbres borrascosas, Los hermanos Karamazov, Guerra y paz) como si él mismo hubiese sido testigo de los hechos narrados:

“En los capítulos que siguen -explica el narrador convertido aquí en ensayista- he dedicado, en cada caso, unas páginas a la vida y al carácter del autor en cuestión. Y lo he hecho así, en parte, para mi disfrute personal, pero también por el lector, pues creo que saber qué tipo de persona era el autor permite comprender y valorar mejor su obra. Saber algo acerca de Flaubert explica muchas cosas que de otro modo resultarían inquietantes en Madame Bovary, y saber lo poco que hay que saber de Emily Brontë infunde un mayor patetismo a su extraña y maravillosa obra. Como soy novelista, he escrito estos ensayos desde mi propio punto de vista. El peligro que eso entraña es que el novelista es muy propenso a que lo que más le guste sea aquello  que se asemeja a las novelas que él hace, y que juzgue la obra de los demás por su proximidad a su práctica personal. ”

Cuando Flaubert declaraba que Mme. Bovary era él, le estaba dando a Somerset Maugham una pista que aprovecha con brillantez en este libro, que es lo que suele ser la crítica anglosajona: una invitación a la lectura y una reivindicación del placer de leer novelas, porque -escribe Somerset Maugham- “las personas sensatas no leen una novela como si fuera una obligación. Las leen para divertirse.”

Ese enfoque lúdico y el valor añadido de la sutil inteligencia del autor de El filo de la navaja hacen de este libro una lectura muy recomendable y una nueva excusa para visitar otra vez la novela clásica del siglo XIX.

El análisis cercano y rememorativo de las diez novelas (que podrían haber sido otras, claro) y de la personalidad de sus autores va enmarcado entre dos capítulos, uno inicial y otro final, sobre el arte de la ficción y su práctica.

El primero, El arte de la ficción, es un intenso tratado sobre el oficio de narrar y su técnica en el que Somerset Maugham, con la pericia de quien es un solvente narrador, aborda cuestiones como el punto de vista, entre el narrador en primera persona y el narrador omnisciente, los métodos de construcción del personaje o los diálogos para concluir que “no hay por qué leer una novela sin disfrute. Si al lector no se lo proporciona, para él la obra en sí carece de valor. En este sentido todo lector es su mejor crítico, pues solo él sabe con qué disfruta y con qué no. Creo, sin embargo, que el novelista puede decir que no se le hace justicia si no se reconoce que tiene derecho a exigir algo a sus lectores. Tiene derecho a exigir que el lector posea la pequeña dosis de aplicación necesaria para leer un libro de trescientas o cuatrocientas páginas. Tiene derecho a exigir que el lector posea suficiente imaginación para ser capaz de interesarse por la vida, las alegrías y las penas, las tribulaciones, los peligros y las aventuras de los personajes de su invención. Si el lector no es capaz de dar algo de sí mismo, no obtendrá de una novela lo mejor que esta puede ofrecerle. Y si no es capaz de darlo, sería mejor que no la leyera. No existe obligación alguna de leer una obra de ficción.”

El último texto, En conclusión, es un puro ejercicio de imaginación narrativa, lleno de inteligencia e ironía. En él, el ensayista-narrador convoca a los diez novelistas a una fiesta en su casa y les deja moverse con la discreción elegante de un buen anfitrión.

Es la fiesta de la lectura que se celebra como culminación de este libro, una fiesta a la que está invitado todo lector de novelas. Una reunión de escritores y de conversaciones que vale más que muchos tratados soporíferos sobre el oficio de escribir y el de leer.

Santos Domínguez



29 mayo 2026

Mario Lourtau. Para menos morir

  



Mario Lourtau.
Para menos morir
(Poesía 2008-2021)
 Editora Regional de Extremadura. Mérida, 2026.


Por el cauce encendido de sus aguas 
la memoria es un libro navegable.
Escritas van en él, orilla adentro, 
flotando, las palabras.
Ellas se entregan hondas, firmes, azarosas, 
a corazón abierto, 
sin condición o pacto. 

Mucho antes ya fueron 
el gélido vacío de días desapacibles, 
el gozne donde apoya su codo la tristeza, 
la balanza que sentencia con su peso 
la sombra del error 
o el oro jubiloso del acierto.

Pero hoy están aquí -desnudas, generosas-, 
sobre un arca de espuma que recoge 
las sílabas del tiempo, sus grietas, sus enigmas, 
ese lenguaje anfibio donde reptan 
las líneas de la vida con su elixir de asombros, 
esa voz que redime y nos consuela, 
esa azul celebración de lo nombrado.

Ese magnífico poema de Mario Lourtau, que abría El lugar de los dignos, es el que figura también como pórtico de Para menos morir, la antología poética que ofrece una significativa selección de su poesía entre 2008 y 2021, publicada por la Editora Regional de Extremadura con prólogo de Verónica Aranda.

Una elección acertada, porque ese espléndido poema inicial resume un programa literario que orienta su trayectoria creciente en el dominio de la palabra y en la creación de un mundo poético propio.  Un camino hacia la madurez poética y la configuración de una voz personal del que da cuenta esta antología, que recoge muestras de sus libros publicados hasta ahora, desde los iniciales Donde gravita el hombre y Catálogo de deudores hasta los inéditos de Agua por beber, pasando por Quince días de fuego, La mirada del cóndor o El lugar de los dignos, con el que obtuvo el premio Espronceda en 2020.

Se cerraba ese libro con el poema homónimo, El lugar de los dignos, que delimitaba su espacio vital y ético y concluía con estos versos, con ecos del If de Kipling que evoca la cita que lo encabeza:

Si supiste interpretar en las palabras 
el signo que nos nombra erróneos e imperfectos 
y llegaste a descifrar que en el enigma late 
la dimensión exacta de la vida, 
su azul celebración, su esencia pura, 
entonces, de algún modo, 
tendrás la sensación de haber logrado algo, 
de ser alguien, 
de alcanzar en la mesura de tus actos 
el lugar de los dignos.

Porque el itinerario poético de Mario Lourtau es el reflejo de una constante búsqueda y la expresión de una noción de lugar que además de su componente espacial y su proyección en el paisaje tiene un sentido moral: el que delimita el ámbito -existencial y literario, confesional y poético- en que se reúnen la persona y la obra, la ética y estética, la escritura y la vida.

Y por eso, la emoción y la reflexión, el tiempo y el recuerdo, la contemplación y la meditación, la palabra cuidada y la sentimentalidad contenida se dan cita en los poemas de esta antología, convocados por la consciente exigencia estilística de un poeta como Mario Lourtau, que busca en la escritura una fuente de conocimiento y una indagación en el crisol verbal donde se funden la experiencia y la memoria, lo escrito y lo vivido, la conciencia y la poesía, la luz y la sombra, el himno y la elegía, el presente y el pasado, la ceniza y la llama.

“Hacia una poética de la contemplación” titula certeramente Verónica Aranda el prólogo que introduce esta antología provisional de la obra en marcha de un poeta que sabe distinguir, más allá de la mera cuestión tipográfica, la lengua de la poesía del habla de la prosa y que por tanto elige como ruta y como meta en su camino hacia la luz la ambición expresiva y una suma de intensidad verbal y sutileza elusiva frente al decir trivial, más inane que humilde, de los poetas menores, tan abundantes, tan sobrevalorados, tan venales, tan banales.

De su talante humano y de su dimensión poética dan fe poemas como esta Coda, que cerraba su plaquette Quema la nieve y que cumple también ese papel conclusivo en este Para menos morir:

CODA
Siento que la vida exige emociones, 
no reflexiones. 
Robert Walser

Poco más que palabras para tejer los días:
el telar de la nieve en los bancales 
para decir invierno, hoguera, petirrojo, 
para explicar el tacto del ojo en la belleza 
y abrigarnos bajo el frío de las contemplaciones

los libros que el azar puso en tus manos 
cuando eras juventud y apenas si sabías 
que la altura de un verso celebrado 
equivale a respirar, a ser labio en la herida, 
a heredar de la grandeza de otros bardos 
el don de la verdad,
la hondura en la virtud de los asombros

el miedo de abordar en el fracaso 
la página vacía, los cuerpos apagados 
no escritos en la noche,
 ese junco que tiembla entre los dedos
y no encuentra su orilla si no busca,
si no encuentra un regato
de tinta derramada hacia el deseo,
si no insiste en la idea de ser en las palabras 
reencuentro y emoción,
                                      luz y consuelo.

Acabo con una nota personal, entre la complicidad y el agradecimiento: Mario Lourtau fue uno de los mejores alumnos que tuve en los talleres de poesía que impartí durante unos años. Conozco de primera mano su sólido bagaje literario, su amplio equipaje de lecturas y su calidad humana. Y he seguido con interés y admiración su crecimiento como poeta en estas dos décadas.

Por eso quiero terminar esta reseña agradeciéndole el delicado homenaje poético que en forma de guiños intertextuales me dedicaba en su admirable Necesidad del ángel, un poema de Catálogo de deudores que forma parte de esta estupenda antología:

NECESIDAD DEL ÁNGEL
Para Santos Domínguez 
Igual que el vuelo blanco de un ángel necesario 
tu verso ha contagiado de dulce ceremonia mis pupilas,
ha trepado los muros con que la noche envuelve 
el cuarto de silencios, de sombras, de efímeros relojes.

Ha detenido el tiempo que anega los paisajes 
sorteando los puñales con que la niebla avanza.
Ha caminado a ciegas por un bosque extranjero 
donde el espino extiende su circular dominio.

Y ahora me encuentro solo, en desigual batalla, 
lidiando con los sueños que inundan cada cosa: 
el frío de los caballos, la lluvia del trapecio, 
el hombre que gravita dormido en las palabras.

Y escucho en mi inconsciente un viento de clarines, 
una campana blanda que augura mansedumbre. 
Y se sucede entonces la imagen de un recuerdo, 
un destello que irrumpe quebrando los cristales:

Es el ángel que baja flotando entre las sombras, 
su vertical firmeza, su látigo de espumas.

Es el ángel que abarca el mundo y sus confines: 
un dios hecho palabra, un ángel necesario.

Santos Domínguez


27 mayo 2026

Jan Potocki. Manuscrito encontrado en Zaragoza



 Jan Potocki.
Manuscrito encontrado en Zaragoza.
Prólogo de Julio Caro Baroja.
Traducción y nota biográfica de José Luis Cano.
Alianza editorial. Madrid, 2026.


Como oficial del ejército francés, me tocó asistir al sitio de Zaragoza. Pocos días después de la toma de la ciudad, habiendo avanzado hasta un lugar algo apartado, descubrí una casita de muy buen aspecto, que en un principio pensé no habría sido visitada aún por ningún francés.
Tuve la curiosidad de entrar, y llamé a la puerta, pero al ver que no estaba cerrada, la empujé y entré. Aunque llamé y busqué por toda la casa, no encontré a nadie. Sin duda se habían llevado todo lo que poseía algún valor, y ya no quedaban sobre las mesas y en los muebles más que objetos sin importancia. En un rincón advertí, sin embargo, esparcidos en el suelo varios cuadernos escritos, y al echarles una ojeada comprobé que contenían un manuscrito en español. Aunque mi conocimiento de esa lengua es escaso, sabía de ella lo necesario para darme cuenta de que era un texto entretenido, en el que se hablaba de bandidos, de almas en pena y de adictos a la cábala: pensé que nada mejor que distraerme de las fatigas de la campaña que la lectura de una novela extrafia, Y convencido de que el curioso manuscrito no volvería ya a su legítimo dueño, no vacilé en apropiármelo.

Con esa Advertencia previa se abre la primera parte del Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki, una de las cimas de la literatura fantástica del siglo XIX, que recupera el libro de bolsillo de Alianza editorial en la traducción abreviada de José Luis Cano, que firma también la Nota biográfica del autor, aquel noble polaco que nació en 1761, tuvo una juventud de progresista ilustrado, una madurez de jacobino exaltado e intrigante y una muerte suicida y prerromántica en su biblioteca en 1815. 

En esa Nota biográfica evoca José Luis Cano los viajes de Potocki a España, “país que iba a atraerle quizás como ningún otro, y en el que aún reinaba un rey ilustrado, Carlos III. La España que visitó Potocki era una España vivaz y pintoresca, rica en bandidos y contrabandistas, gitanos y mendigos, que vagabundeaban por los caminos y las ventas, pero rica también en artistas y en escritores. Le atrajo sobre todo Andalucía, ese paraíso del Sur que ya a fines del XVIII sedujo a los primeros turistas nórdicos, y que no iba a tardar en convertirse en una de las metas obligadas de los viajeros románticos. Visitó Sevilla, Granada, Córdoba, recorrió los caminos y montañas de Sierra Morena, y estudió de cerca las costumbres de los gitanos y algo de su lengua. De esta frecuentación de los gitanos andaluces hay huellas en el Manuscrito, como podrá ver el lector.”

Abre esta edición un “Prólogo para uso del lector de la traducción española”, en el que Julio Caro Baroja dice del conde Potocki, contemporáneo de Mrs. Radcliffe y de Hoffmann, autores como él de relatos “de ambientes italianos y de asuntos terroríficos y fantásticos”: “Fue este un contemporáneo riguroso de Moratín y de Goya: más viejo que el primero, más joven que el segundo. Parece que estuvo en España por los años de 1791 y que combinó su estancia aquí con un viaje a Marruecos. Finge que el manuscrito en cuestión lo encontró un oficial francés en el sitio de Zaragoza, en plena guerra de la Independencia (1808-1809), y que el relato se centra en tiempos de Felipe V, o sea en la primera mitad del siglo XVIII. Estos datos cronológicos sucintos hacen que nos planteemos la cuestión de hasta qué punto el conde Potocki se basó en una realidad, observable en su época, y hasta dónde su imaginación corrió veloz en un mundo de ensueños prerrománticos.”

Escrita en francés, se publicó en dos partes: Diez jornadas de la vida de Alfonso Van Worden (1804-1805) y Avadoro, historia española (1813), que aparecieron respectivamente en San Petersburgo y en París en un intrincado proceso de publicación. 

El proyecto global se desarrollaba en un conjunto de relatos, levemente vinculados con el método del relato enmarcado (el viaje iniciático por Sierra Morena de Alfonso Van Worden, capitán de la guardia valona) y encajados entre sí según un esquema de muñecas rusas. Un conjunto de relatos que se sucedían a lo largo de sesenta y seis jornadas (seis Decamerones), de las que en vida de Potocki se publicaron cincuenta y seis en las dos partes mencionadas.

Y algo más de una cuarta parte -catorce jornadas de la vida de Alfonso Van Worden más tres relatos de Avadoro, historia española- son los que se seleccionan en este volumen. Son, como precisa Cano, “la parte de la novela que mejor se inscribe en el género del relato fantástico y cabalístico, mientras que la segunda parte, Avadoro, corresponde más a la novela picaresca, cuyas historias son más familiares al lector español.”

Relatos en los que conviven lo maravilloso, lo sorprendente y lo terrorífico, convocados en la imaginación prerromántica de Potocki y habitados por embrujados y bandidos, inquisidores y cabalistas, apariciones y duquesas, astrólogos y alquimistas, los secretos y los enredos amorosos, judíos errantes, árabes y gitanos, fantasmas y endemoniados como Pacheco, que protagoniza uno de los mejores relatos del conjunto. 

Se desarrolla en la Jornada segunda y comienza con estos párrafos:

Finalmente, desperté de verdad. El sol quemaba mis párpados, que apenas si podía abrir. Entreví el cielo y me di cuenta de que me hallaba al aire libre. Pero el sueño pesaba aún sobre mis ojos, y aunque ya no dormía, todavía no estaba despierto del todo. Veía desfilar ante mí imágenes de suplicios, sucediéndose unas tras otras. Me sentí horrorizado, y me incorporé rápidamente. 
¿Cómo expresar con palabras el horror que sentí en ese momento? Me encontraba bajo la horca de Los Hermanos. Pero los cadáveres de los dos hermanos de Zoto no colgaban al aire, sino que yacían junto a mí. Lo que quiere decir que había pasado la noche con ellos. Me hallaba sentado sobre trozos de cuerdas, restos de ruedas y de esqueletos humanos, y sobre horrorosos harapos que la podredumbre había separado de ellos.
Pensé un momento que quizá no estaría aún bien despierto y que aquello era un horrible sueño. Cerré los ojos y busqué en mi memoria dónde había estado la víspera. En ese instante sentí como si las garras de un animal se hundiesen en mi costado, y vi a un buitre que se había arrojado sobre mí y que devoraba a uno de mis compañeros de lecho. El dolor que me causaban sus garras era tan intenso que logró despertarme del todo. Junto a mí se encontraban mis ropas, y me apresuré a vestirme. Ya vestido, quise salir de la tapia que rodeaba la horca, pero vi que la puerta se hallaba cerrada, y a pesar de mi esfuerzo no logré romperla. Tuve, pues, que trepar por la triste muralla y, apoyándome en una de las columnas de la horca, me puse a contemplar la comarca que desde allí se divisaba. Fácilmente pude orientarme. Me hallaba a la entrada del valle de Los Hermanos, no lejos de las orillas del Guadalquivir.


Santos Domínguez 


25 mayo 2026

Rosa Lentini. Leer hacia dentro

  


Rosa Lentini.
Leer hacia dentro. 
Mujeres y poesía.
Editorial Cántico. Córdoba, 2026.


Rosa Leveroni y Elizabeth Bishop, H. D. y Wislawa Szymborska, Sharon Olds y Djuna Barnes, Amelia Roselli y Alessandra Merlo, Blanca Varela y Linda Pastan…

Son algunos de los nombres de mujeres poetas que figuran en el catálogo de Ediciones Igitur. Junto con muchos otros, los evoca Rosa Lentini en su doble condición de traductora y editora como reflejo del compromiso que tuvo con la poesía escrita por mujeres la editorial que fundó y codirigió con Ricardo Cano Gaviria entre 1997 y 2024.

Ese artículo -'Algunas anotaciones sobre el catálogo de poesía femenina en Ediciones Igitur'- abre la primera parte de Leer hacia dentro. Mujeres y poesía, que publica la editorial Cántico.

Organizado en dos partes, la primera, De lo que vuelve, tiene como eje temático la traducción y la poesía escrita por mujeres y reúne varios artículos sobre la influencia de la traducción en la modificación de la tradición poética, sobre la eclosión de la poesía femenina norteamericana desde Emily Dickinson hasta Louise Glück, sobre la imaginación visionaria de Linda Pastan, la capacidad transgresora de la obra de Sharon Olds o el arte del palimpsesto en la Poesía con mayúsculas de Alejandra Pizarnik.

La segunda parte, De lo que viene (Poéticas) recoge siete textos que tienen como hilo conductor la reflexión sobre la poesía de una autora que añade a su labor de editora, traductora y crítica su actividad como poeta consciente que reflexiona sobre su propia creación y hace una lectura desde dentro de su propia escritura y de la intrahistoria personal de su memoria vital, lectora y creativa, de su espacio y su tiempo.

Del más largo de estos artículos, el inédito 'Desde el hueco de la escalera', es este significativo párrafo, que ilumina el mundo poético de Rosa Lentini:

El tiempo de la poesía, el tiempo en la poesía sigue siendo un interrogante. Desde dónde escribimos, qué país, qué género, qué lugar, pero también desde qué tiempo posible. Poética del reconocimiento que permite las cuentas con lo que ha habido, pero también con lo perdido. La primera acepción se abre a un futuro incierto que cuenta con lo que hubo, el segundo se abre a la elegía. Si uno ha sido expulsado de aquello que en principio nos debe construir, la sensación de expulsión solo se conjura reconstruyendo lo que podríamos llamar un hogar a través del lenguaje. Y todo impele a valorar, no solo a revalorar, la condición de supervivencia, y, menos dramático, la condición misma de la vivencia. Ese continuum en el que aún estamos.

Santos Domínguez 


22 mayo 2026

Rafael Cadenas. Este vivir en vilo

  


Rafael Cadenas.
Este vivir en vilo.
Antología poética.
Edición de Ángel Esteban y Yannelys Aparicio.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2026.

“Reconocer el trabajo literario de Rafael Cadenas no es solo un acto de justicia con la calidad de una obra, sino también un recado para todos aquellos que buscan en la palabra un compromiso, una lucidez, una reflexión, una constatación y un cotejo de la realidad que les acomode solidariamente en una actitud ante el mundo y ante sí mismos, como personas y como artistas, poetas, pensadores, intelectuales o simplemente interesados en las relaciones entre el lenguaje, la vida y el placer estético. Nada de lo que cuenta el venezolano nos deja indiferentes, porque el poeta emprende con cada pieza un repliegue sobre su propia subjetividad, una meditación sobre el lenguaje, las palabras y los actos que ellas vaticinan, poniendo al lector contra las cuerdas, obligándolo a enfrentarse con el mundo con los cinco sentidos. Sus poemas breves, mínimos, son dardos, y sus poemas dilatados son materiales para la contemplación, el estudio, una lluvia que cala y empapa hasta los tuétanos”, escriben Ángel Esteban y Yannelys Aparicio en la Introducción de Este vivir en vilo, la antología poética de Rafael Cadenas que publica Cátedra Letras Hispánicas. 

Una amplia antología que reúne una muestra generosa y significativa de la poesía del autor venezolano. Una poesía de la indagación con la que ha explorado verbalmente el misterio del mundo y del hombre durante más de seis décadas con textos como este:

Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor. Pero mi raza era de distinto linaje. Escrito está y lo saben —o lo suponen— quienes se ocupan en leer signos no expresamente manifestados, que su austeridad tenía carácter proverbial.

Era el comienzo de Los cuadernos del destierro (1960), un  subyugante poema narrativo dotado de una magia que no está sólo en las palabras, sino en una tonalidad en la que lo mágico y lo sobrehumano se expresan en un tono de exorcismo aterrador por medio de una voz que no es sólo la voz personal del poeta, sino la de un mundo que se expresa a través de él.

Entre el inicial Poemas de Trinidad (1954) y las glosas a otros autores de Contestaciones (2018), esta antología ofrece un pormenorizado recorrido por la creación poética de Cadenas, que, desde Falsas maniobras (1966), experimentó una modificación sustancial de su tono, que pasó de la incursión en lo telúrico, lo mágico y lo desconocido a una tonalidad verbal más cercana y a la preocupación por la desnudez del lenguaje, a la claridad aérea de la dicción y a la transparencia de su estilo -“Ya el delirio no me solicita”, escribió en Intemperie (1977)-, al verso más que corto escueto, al tono menor y a un cambio aún más transcendente en el sujeto lírico: desde el hechicero al hombre corriente y a la memoria, como en estos versos de Gestiones, uno de los libros que mejor resumen esa nueva poética del autor:

Ocurre que después del laborioso forcejear 
el poema
está donde menos se esperaba, 
donde nadie lo buscó, 
donde no se ve, 
en el rincón más apagado.

Vino a dar ahí
burlando al que escribía, al lector, a la página. 
Se deslizó hasta ese lugar
donde de pronto
es descubierto. 
Aquí, 
dice una voz queda.
Oculto 
como un niño 
en un cuarto 
donde se guardan viejos muebles,

Esa nueva deriva hacia un tono bajo y cercano se había sustanciado ya en 1963 en Derrota, un poema algo anterior a Falsas maniobras. Un poema central en su obra, del que los editores destacan “la relevancia que ha tenido en el contexto de su obra literaria completa” y que seguramente es el más conocido y antologado de su autor. Comienza con estos versos:

Yo que no he tenido nunca un oficio 
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida 
que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución) 
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos 
que me arrimo a las paredes para no caer del todo 
que soy objeto de risa para mí mismo 
que creí que mi padre era eterno 
que he sido humillado por profesores de literatura 
que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada 
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida 
que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo 
que tengo vergüenza por actos que no he cometido 
que poco me ha faltado para echar a correr por la calle 
que he perdido un centro que nunca tuve 
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo 
que no encontraré nunca quien me soporte
que fui preterido en aras de personas más miserables que yo

Años después, con Intemperie, se radicalizaba la evolución de Rafael Cadenas hacia la eliminación del yo, hacia una disolución que se convierte en desistimiento en estos versos:

Vida,
arrásame, 
barre todo, 
que sólo quede 
la cáscara vacía, para no llenarla más, 
limpia, limpia sin escrúpulo 
y cuanto sostuviste deja caer 
sin guardar nada.

Precedido de un magnífico estudio introductorio que recorre la vida y la obra de Rafael Cadenas y las conecta entre sí,  Este vivir en vilo ofrece una panorámica significativa de su itinerario poético.

Un itinerario poético que se concreta en evolución creativa para reflejar la actitud humana y verbal, ética y estética, de Rafael Cadenas ante el mundo, ante el lenguaje y ante sí mismo. Una actitud  de “asceta en busca de una centralidad esencial”, como señalan los antólogos, que queda resumida en este poema:

 ARS POETICA

Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa 
ni añadir brillos a lo que es.        
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad. 
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras. 
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso 
mis palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.

Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame la impostura, restrégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio. Enloquezco por corresponderme.
Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.


Santos Domínguez 



20 mayo 2026

Pepo Paz Saz. Comenzar el olvido

  


Pepo Paz Saz.
 Comenzar el olvido.
 Reino de Cordelia. Madrid, 2026.


Pedro se detuvo en el vano de la puerta. Afuera, en la negrura del descampado, un ejército de grillos entorpecía la calma vespertina. A lo lejos se adivinaba el balanceo de un farol en el bar de Juvi. Aguzó el oído por si todavía llegara el rescoldo de la música. Buscó, en el bolsillo de la camisa, el tabaco y los fósforos. Chasqueó una cerilla en el revestimiento de hojalata de la chabola. Le pareció escuchar voces, en la distancia. Después el viento le trajo un ladrido. El fulgor del mixto iluminó su rostro un momento. Visto desde otro ángulo, Pedro era ahora solo la brasa del pitillo que rasgaba, con cada calada, el sopor del tardío crepúsculo estival.

Con ese párrafo, que tiene ecos en su mirada cinematográfica, en su ritmo sintáctico y en su lenguaje impresionista de las mejores obras de Jesús Fernández Santos y de Ignacio Aldecoa, inicia Pepo Paz Saz su primera novela, Comenzar el olvido, que publica Reino de Cordelia.

Construida en tres partes (Muñecas de cera, La obediencia y Comenzar el olvido), subdivididas en breves capítulos y unificadas narrativamente en torno a la figura autobiográfica de Manu, que se mezcla con otras voces presentes en el texto, Comenzar el olvido proyecta una mirada crítica a la Transición a partir de dos muertes femeninas violentas: la de Natividad Romero, cuyo cadáver estrangulado aparece en una tinaja en el poblado chabolista de Las Cárcavas de Hortaleza en agosto de 1969, y la de Mariluz Nájera, muerta en Madrid, en la calle Libreros, esquina a Gran Vía, por el impacto de un bote de humo en febrero de 1977, en una manifestación por la amnistía.

 La cierra un Epílogo, La vida rota, que concluye con estas líneas:

De repente un grupo de chavales de unos trece años atravesó la escena entonando el Cara al sol. Levantaban el brazo emulando el saludo romano, los rostros desencajados. Anabel y Manu se miraron sobresaltados y la fatiga de cincuenta años se reflejó de golpe en la desazón de sus ojos.

Como en los relatos de Las demás muertesla colección de cuentos que publicó en 2018, memoria y autobiografía son los ejes de esta novela que confirma la solvencia narrativa de Pepo Paz y su eficaz manejo del punto de vista y el tempo del relato, su capacidad para expresar el peso determinante del pasado en el presente y para involucrar al lector en la materia argumental de la novela y en el trepidante ritmo de los acontecimientos evocados, reconstruidos y narrados.

Con la guerra de Vietnam y los estertores del franquismo al fondo, entre los suburbios de Hortaleza, Fuenlabrada y Cuatro Caminos, de la Ciudad Universitaria y las cargas de la policía a la redacción de un periódico y el terrorismo, una crónica doble que tiene menos de testimonio del pasado que de reivindicación de la memoria de la infancia y la adolescencia. 

Una crónica que adquiere la forma de una reconstrucción novelística dictada por el recuerdo personal y matizada por la perspectiva vital e ideológica del presente, porque -como reconoce la Nota del autor que remata el volumen- “casi todo lo que se cuenta en esta novela es una ficción…¿Acaso la memoria no es eso, ficción?”


Santos Domínguez 

18 mayo 2026

Dardo Scavino. Curso de filosofía

  


Dardo Scavino.
Curso de filosofía.
 Anagrama. Barcelona, 2026.


En abril de 2001, una productora de televisión me propuso rodar catorce episodios de una serie basada en esta pregunta: ¿Qué es la filosofía? Yo tenía que encargarme del guion, y ellos buscarían a un director para llevarlo a la pantalla. Se trataría de un documental, evidentemente. Aunque habría también teatralizaciones de hitos de la historia de esta disciplina interpretadas por actores. La idea me encantó y propuse una sola modificación, menor, del proyecto: en lugar de preguntarnos qué es, ¿qué tal preguntarnos qué hace la filosofía? Ningún problema, me dijeron. Al principio no llegaba a imaginarme por dónde podría empezar, pero me fui entusiasmando y me pasé unos cuantos meses escribiendo hasta reunir una centena de páginas de borradores. Antes de que pudiera enviarles los primeros esbozos del libreto, una crisis financiera arrasó la economía argentina y sucedió lo que sospechaba: todo quedó en agua de borrajas. Así que deposité el texto en un cajón de mi escritorio y me olvidé del asunto. O no tanto, porque la carpeta naranja permaneció ahí durante años sin que me atreviera a tocarla para no revivir mi decepción. Ignoro por qué dos décadas más tarde me vinieron ganas de echarle de vuelta una ojeada. Los borradores estaban plagados de nombres propios, frases sueltas, citas de filósofos, indicaciones someras. Pero a pesar de los años, volvieron a mi memoria algunos de los episodios que hubiese querido filmar.

Así evoca Dardo Scavino (Buenos Aires, 1964), profesor universitario en Pau, la génesis de su Curso de filosofía que acaba de publicar Anagrama en su colección Argumentos.

Aquel guion arrancaba con una escena en la que un hombre peregrinaba en el siglo V a.C. desde Atenas hasta Delfos para consultar a la joven pitonisa que revelaba los oráculos délficos en aquel santuario. La pregunta era esta: «Dime, ¿hay en el mundo alguien más sabio que Sócrates?» La hacía el peregrino Querefonte, amigo personal de Sócrates. Y la respuesta de la muchacha en trance fue que no había nadie más sabio que Socrates. 

Si había alguien consciente de su propia ignorancia, ese era Sócrates, precisamente. A tal punto que, durante años, había recorrido las calles de la ciudad interrogando a otros acerca de los asuntos que supuestamente conocían. Al militar le preguntaba qué era el coraje. Al magistrado, la justicia. Al político, el gobierno. Y así sucesivamente. Esperaba que estos especialistas lo instruyeran acerca de esas cuestiones. Pero cuando empezaba a pedirles aclaraciones acerca de sus respuestas, saltaba a la vista que tampoco conocían muy bien el tema. Sócrates comprendió entonces por qué la pitonisa había respondido que era el más sabio de los hombres. No porque supiera más que los demás sino porque, a diferencia de ellos, conocía su ignorancia. El famoso «Solo sé que no sé nada» proviene de esta misma historia: los hombres se la pasan diciendo que tal acto de gobierno es justo o no; tal general, astuto o incompetente; tal persona, bella o fea. Discuten, se pelean, recurren incluso a la violencia si alguien ofende sus creencias. Y resulta que son perfectamente incapaces de definir cosas como la justicia, la astucia o la belleza. No hay ningún otro animal que posea esa capacidad de expresarse en un lenguaje articulado. Aunque, por regla general, no sepa muy bien qué dice. Ni qué ideas defiende. Así y todo, se muestra a veces dispuesto a matar y morir por ellas.

Esa escena, inspirada en la platónica Apología de Sócrates, sirve también de punto narrativo de arranque de este apretado e intenso Curso de filosofía, que en los catorce capítulos, que reproducen y evocan el plan de la serie documental frustrada, recorre los asuntos centrales de la historia del pensamiento filosófico con una perspectiva actual y una mirada cercana.

Una mirada que conecta el mundo socrático con la actualidad y los sofistas con porque en una democracia que, como se había platón, estaba siempre en un equilibrio inestable entre la tiranía y la demagogia, “los sofistas habían encontrado otra solución al problema: había que elaborar discursos persuasivos para las masas que gobernaban la polis. Una arenga convincente no tiene por qué basarse en un argumento irrebatible, y un discurso seductor no debe ser necesariamente racional. Así, en lugar de enseñarles a los políticos cómo demostrar lógicamente una tesis, los sofistas les enseñaban cómo cautivar a las masas. Y los políticos los remuneraban muy bien por este valioso servicio, como lo harían más tarde con los especialistas del marketing y la comunicación. Imagínense ustedes una ciudad en la que las mayorías deciden cuáles son las leyes justas y las medidas benéficas: ese poder de persuasión es un poder enorme. Y a Platón esto le molestaba, porque los sofistas no sabían qué era la justicia, la valentía o la belleza. Sabían solamente proferir discursos sugestivos, y en vez de apoyar a las personas idóneas para gobernar la polis, los ciudadanos apoyaban a quienes los hechizaban con palabras. Y al arte de estos hechizos Platón lo llamaba psychagogia: la conducción de las almas.”

Desde el método socrático de la mayéutica y el arte de las parteras de Spinoza a Kant y la relación entre la esencia y la existencia, del “Sólo sé que no sé nada” al heraclitiano “Conócete a ti mismo”, con Platón y Sócrates como hilos conductores, “filosofar -explica Scavino- no consiste en elaborar grandes teorías acerca de lo divino y lo humano. Consiste en extraer los saberes tácitos de algún discurso, poco importa si se trata de una opinión sin sustento o de una ciencia muy fundamentada. Los filósofos, por supuesto, siempre teorizaron, y todavía hoy siguen haciéndolo, como lo hacían también los presocráticos, a quienes la tradición incluye en el conjunto de los «filósofos», aunque todavía no hicieran lo que haría, justamente, Sócrates. En vez de dedicarse a observar los fenómenos naturales, él escuchaba a sus compatriotas.”

Y así estas páginas son un recorrido desde la Política de Aristóteles a la “sapienza volgare” de Vico, de Al-Kwarismi a Hegel, de la mayéutica a la fenomenología, del razonar al contar, de los ríos a los sueños, de Platón a Heidegger, del realismo al nominalismo, del círculo hermenéutico a la voluntad nietzscheana, de Hume a Bachelard, de la razón cartesiana a la lógica de los límites de Wittgenstein, del pensamiento político de Hobbes a la teoría crítica de Walter Benjamin.

Un recorrido que explora la relaciones entre el lenguaje y la filosofía, lo mismo y lo otro, la multiplicidad del ser, el conocimiento y la paradoja y que culmina en un último episodio, que compara a Sócrates con Cristo a propósito de un diálogo entre Jesús y Nicodemo en el que recurre a la idea socrática del parto del espíritu, porque “aunque uno apostara por la razón y el otro por el amor, Sócrates y Jesús tenían un objetivo común: la redención de sus congéneres” y ambos “pagaron con sus vidas esa pretensión de cambiar las otras y de introducir una ruptura entre lo viejo y lo nuevo. Al ateniense se lo acusó de haber tratado con impiedad y perversión a los jóvenes. Y las acusaciones contra el nazareno no fueron muy diferentes.”

Este es el último párrafo del libro, que vuelve a su punto de partida y a su escenario inicial en el templo oracular de Delfos con la visión de una joven que inevitablemente evoca a la sibila. Una muchacha a la que -inevitablemente también- le dirige una pregunta socrática:

Mientras me paseo por el antiguo templo de Delfos, diviso entonces a una joven con una gran capelina y un vestido claro y largo, que también camina entre las ruinas, indiferente a los turistas, los arqueólogos y el suplicio del calor. Sospecho que se trata de una estudiante de Historia Antigua o Lenguas Clásicas que habría venido a visitar los restos de este santuario después de haber escuchado una adaptación moderna de los Himnos délficos a Apolo. Me sorprende, en todo caso, que pase entre los vestigios con una elegante soltura a pesar de ir tecleando a toda prisa un mensaje en su smartphone. Y también que ande descalza sin temor a los restos de latas y botellas encasquilladas entre las rocas. Cuando paso junto a ella, me atrevo a dirigirle la palabra: «Buen día, disculpa que te moleste, ¿te parece que hay una ciencia más importante que la filosofía?». Se sobresalta, me mira como si yo fuera un extraterrestre y empieza a reírse a carcajadas. Y yo con ella.


Santos Domínguez 

15 mayo 2026

Rilke. Poesía. Obra temprana

 


Rainer María Rilke.
Poesía. 
Obra Temprana.
Traducción de José Luis Reina Palazón.
Introducción de Antonio Colinas y Manuel Ramos.
Linteo Poesía. Orense, 2026.
 
Poesías tempranas es el título bajo el que Rainer María Rilke (Praga 1875-Montreux, 1926) reunió en 1909 la versión muy revisada de su Celebración de mí mismo y La princesa blanca, dos obras que había publicado diez  años antes, en 1899. Y ese adjetivo es el que ha elegido Ediciones Linteo como título del volumen que, cuando se cumple el centenario de la muerte del poeta, agrupa en una monumental edición bilingüe los ocho primeros libros de Rilke con traducción de José Luis Reina Palazón y sendas introducciones de Antonio Colinas y Manuel Ramos.

Ofrenda a los lares, Coronado de sueños, Adviento, Celebración de mí mismo, La princesa blanca, La tonada de amor y muerte del corneta Christoph Rilke, El Libro de horas y El Libro de las imágenes son las obras reunidas del primer Rilke en este volumen de la imprescindible colección Linteo Poesía.

La etapa praguense de la obra de Rilke abarca cuatro años, de 1894 a 1897: desde los insinceros y convencionales textos sobre la Praga de su infancia de Ofrenda a los lares a la poesía intimista, la reflexión existencial y artística de Coronado de sueños y al seminal Adviento, que explora ya algunos temas como el  silencio, la espiritualidad, el paisaje invernal y navideño como espejo del estado de ánimo del poeta o la soledad y que convierte el primer poema de Ofrendas, la primera sección del libro, en un programa vital y poético que irá cumpliendo en libros posteriores:

Ésta es mi osadía:
al anhelo delicado
ir divagando por todos los días.
Después, fuerte, ampliado,
con miles de raíces extendidas
en lo profundo agarrar la vida —
¡y por el sufrimiento madurar 
de la vida madurar la partida,
amplia desde el tiempo!

Cuando Rilke se instala en agosto de 1898 en la periferia de Berlín, en Villa Waldfrieden, muy cerca de donde vivía Lou Andreas-Salomé, se inicia una etapa de dos años fecundos e inspirados en los que escribe los noventa y cinco poemas de la Celebración de mí mismo, que anticipan el tono, la mirada impresionista y simbolista a la naturaleza y la vaga religiosidad de fondo de El Libro de horas, además de los poemas de la primera parte de ese libro -la titulada El libro de la vida monástica-, a la que pertenece este conocido texto:

¿Qué vas a hacer, Dios, cuando yo muera? 
Yo soy tu cántaro (¿cuando me rompa?)
Yo soy tu bebida (¿cuando me corrompa?)
Soy tu vestidura y tu cometido,
conmigo pierdes tu sentido.

Ya no tendrás casa, si me voy, 
en la que palabras te hayan saludado 
cálidas, cercanas. Cae de tus pies cansados 
la sandalia de terciopelo que yo soy.

Tu manto inmenso te deja descubierto. 
Acoge como una almohada 
mi cálida mejilla a tu mirada 
que vendrá, me buscará, largo por cierto, 
y reposará al ocaso
de unas piedras extrañas en el regazo.

¿Qué vas a hacer, Dios? Estoy incierto.

A la tercera parte -Libro de la pobreza y de la muerte- de ese Libro de horas, el tríptico poético que culmina su primera época literaria y es su obra más extensa con diferencia, pertenecen estas estrofas:

Tú eres el pobre, el de recursos falto, 
eres la piedra que no tiene oquedad, 
tú eres el leproso alejado del asfalto, 
con su carraca en redor de la ciudad.

Pues nada es tuyo, como no lo es del viento, 
y apenas cubre tu desnudez la celebridad; 
el trajecito de un huérfano sin lucimiento 
es más espléndido y como una propiedad.

Tú eres tan pobre como la fuerza de un embrión 
en una muchacha que ocultarlo quisiera 
y en su embarazo aprieta las caderas 
para ahogar su primera respiración.

Y tú eres pobre: como lluvia en primavera, 
que feliz en los tejados cae de la ciudad, 
como el deseo que unos presos tuvieran 
en una celda sin mundo en la eternidad. 
Y como enfermos, que cambian de postura 
y son felices; como las flores entre las vías 
tan tristes de los viajes en el viento de locura; 
y como la mano, tan pobre, en que se lloraría...

Aquellos veinticinco meses que marcaron la transición de un siglo a otro fueron tiempos de escritura febril en los que Rilke compuso además el poema escénico y lírico sobre la vida y la muerte que tituló La princesa blanca, La tonada de amor y muerte del corneta Christoph Rilke, un poema nostálgico ambientado a mediados del siglo XVII, que escribió de un tirón en una “tormentosa noche de otoño”, y una treintena de los textos que formarían parte de El libro de las imágenes, el último de los que recoge este volumen. Lo cierran, muy significativamente, el Réquiem a Clara Westhoff y este sombrío Fragmento final:

La muerte es grande.
Somos sus bocas rientes.
Cuando en medio de la vida creemos estar,
ella se atreve a llorar
en medio de las gentes.

“Entre el idealismo de El Libro de horas y el realismo de El libro de las imágenes -escribió Antonio Pau en su admirable biografía Vida de Rilke. La belleza y el espanto- se podría pensar que ha transcurrido una década en la vida de su autor, y son, sin embargo, dos obras rigurosamente contemporáneas.”

Porque con El libro de las imágenes y su mirada a temas como el amor y la muerte, el tiempo, la naturaleza o la belleza, Rilke pasó del panteísmo místico y la subjetividad primordial del Libro de horas a una transición hacia la poesía objetiva que caracterizaría años después su segunda etapa, la de los poemas-cosa que recogió en sus Nuevos poemas en 1907.

En los lieder de Las voces, situados al final del Libro de las imágenes (la canción del mendigo, la del ciego, la del suicida, la de la huérfana o el leproso), Rilke es todavía un poeta tardorromántico que va construyendo una voz propia, algo insegura aún y todavía en crecimiento, que culminaría en la poesía visionaria de su tercera etapa. 

Una voz en construcción que se nutre de un poderoso universo simbólico al que dedica Antonio Colinas el texto introductorio “Los símbolos del origen”, en donde alude a esos símbolos “que pasarán con el transcurso del tiempo a ser cardinales en el resto de sus obras. Así el del ángel, la casa, la noche, la infancia o las estaciones del año.” 

Y a reconstruir todo ese proceso evolutivo de la creación rilkeana dedica Manuel Ramos el segundo texto introductorio, “Rilke. Vida y obra poética”. Dedicado a la memoria del traductor, José Luis Reina Palazón, fallecido en septiembre de 2025, es una visión panorámica de la vida y la obra de Rilke, desde los años praguenses de infancia y formación hasta la escritura portentosa de los Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, sus últimos años de vida y la rosa de su epitafio, una rosa que tiene existencia plena y una voz propia, como el poeta. [...] Nos quedará siempre -concluye Ramos- su Obra y el legado que esta encierra.”

La de esta Obra temprana es una voz admirable que aún no alcanza las cimas sobrehumanas de las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, pero ya estaba en el camino. Era el comienzo imprescindible de su ascensión sostenida, de la que este volumen es una espléndida muestra.


Santos Domínguez 


13 mayo 2026

Manuel Rivero Rodríguez. Felipe II

  

Manuel Rivero Rodríguez.
Felipe II.
 El libro de bolsillo.
Alianza Editorial. Madrid, 2026. 


“La pregunta que hoy nos hacemos es si es necesario escribir otra biografía del «gran hombre», señalando sus aciertos, sus fracasos, y emitiendo un juicio sobre él y su legado. Creo que no, porque para eso tenemos las excelentes biografías que ya hemos mencionado.
Planteamos esta biografía desde una perspectiva distinta. Invitamos al lector a viajar a ese país extranjero que es el pasado, donde encontrará elementos que, aunque parezcan familiares, resultan profundamente ajenos. Para empezar, deberá situarse en un mundo sin Estado, sin identidad nacional, sin democracia ni dictadura, sin libertad de opinión ni de credo. Un tiempo regido por estructuras que hoy consideraríamos arbitrarias o inaceptables, dominado por la intransigencia, la jerarquía, el patriarcado y la servidumbre. Ninguno de los valores contemporáneos -independientemente de nuestras ideologías o creencias- tenía cabida en aquella Europa del siglo XVI. Por eso, aunque hablemos de nuestros antepasados, son más «ellos» que «nosotros»”, escribe Manuel Rivero Rodríguez, catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Madrid, en la Introducción con la que presenta su Felipe II, que acaba de publicar Alianza Editorial en su colección de bolsillo.

Apoyada en un amplio repertorio de fuentes y bibliografía, esta nueva biografía del rey prudente, concebida con una óptica renovadora, se aleja por igual de la hagiografía y del juicio condenatorio para abordar en profundidad su personalidad y la dimensión pública de su figura histórica, porque, como señala su autor en el Balance de un rey y de un reinado que remata el libro, “la gran mayoría de biógrafos de Felipe II se han inclinado por concluir con una valoración o un juicio sobre el soberano, como si se hubiera ido revelando su personalidad en el curso de la vida y, una vez despejada, se pudiera entender a la persona. Como ya he señalado en páginas anteriores, esto es imposible y no me parece que este sea el trabajo de un historiador.”

Persona y personaje histórico, pues, se estudian en profundidad en estas páginas desde una perspectiva que contempla la complejidad de su psicología y de su comportamiento y la extraordinaria dificultad del mundo político y cultural al que tuvo que hacer frente durante su reinado. Y por eso en su ya citado Balance final, Rivero reconoce que concuerda parcialmente “con el que nos ofrecen las biografías de Felipe II actualmente accesibles al público, que coinciden en ofrecer una imagen compleja de un monarca que fue tanto un defensor incansable del catolicismo como un administrador meticuloso, pero también un gobernante cuyas decisiones a menudo estuvieron marcadas por la inflexibilidad y la imprevisión.”

Y con esa perspectiva discurren los siete capítulos que presentan cronológicamente a Felipe II en su marco vital e histórico: desde la juventud del príncipe, heredero del imperio creciente de su padre, en una sociedad vertical y dinástica de príncipes, hasta su vejez y muerte en El Escorial, con un itinerario sinuoso por tiempos agitados de paz y de guerras, por la configuración imperial de la monarquía universal que convirtió al segundo de los Austrias en soberano del mayor imperio del mundo, aunque “como hombre del siglo XVI, la nación y lo nacional no tenían para él valor alguno.” Y es que “vivió en un tiempo en el que el Estado era propiedad del soberano, y si resucitase ahora se encontraría en un mundo en el que esa relación se había invertido: los pocos soberanos que hoy quedan en Europa son servidores del Estado. Soberanos que deben lealtad a una nación y no a su linaje, así que no le sorprendería tanto la pérdida del imperio como el que los soberanos actuales no se cuidasen de engrandecer su patrimonio contrayendo matrimonios con otros príncipes para acrecentar su poderío.” Porque en los comienzos de la Edad Moderna el sistema político “se organizaba según los intereses patrimoniales y familiares” de cada dinastía, normalmente de carácter internacional y sin mucho arraigo nacional. 

La contención emocional de su temperamento flemático e inaccesible, la imperturbable frialdad de su carácter enigmático y hermético, su capacidad analítica -no siempre acertada- y el ejercicio obsesivo del poder, la tendencia a la desconfianza y al aislamiento personal, la confianza en la actividad diplomática, la defensa del catolicismo, no sólo por razones espirituales sino por estrategias políticas, dinásticas y sucesorias, como las que guiaron sus cuatro matrimonios; la contradicción entre su imagen pública de hombre austero y su agitada vida amorosa, las relaciones con sus hijos, entre la severidad y el afecto, y la figura problemática del príncipe don Carlos; su papel histórico en el apogeo del Imperio español, que se extendía por los cuatro continentes conocidos entonces; los conflictos interiores con los moriscos y en Aragón, la conexión política con Mateo Vázquez y Antonio Pérez, su estoicismo ante el sufrimiento, la crisis de los Países Bajos o el triunfo de Lepanto y el fracaso de la Armada Invencible como acontecimientos simbólicos que resumen las ambiciones y las limitaciones de Felipe II son algunos de los aspectos que aborda esta magnífica biografía, cuya dificultad resume Manuel Rivero en estos términos: 

Desentrañar la esencia de Felipe II no solo como gobernante, sino como hombre atrapado en las tensiones de su tiempo, es una tarea compleja y casi inabarcable. Lejos de ser un monarca unidimensional, fue un hombre atrapado entre las exigencias de un imperio mundial, las ambiciones dinásticas, las complejidades de la corte y sus propias emociones. Su personalidad se forjó en un entorno de expectativas dinásticas y ausencias familiares.

Y concluye así el ensayo biográfico: 

Su muerte en El Escorial, soportando un sufrimiento físico atroz con un estoicismo admirable que él atribuía a una prueba divina, sintetiza la paradoja de su vida: un rey poderoso, prisionero de sus convicciones y limitaciones.

Santos Domínguez 


11 mayo 2026

Virginia Woolf. Violet

  


Virginia Woolf.
Violet.
Edición, prólogo y notas de Patricia Díaz Pereda.
Ilustraciones de Andrea Reyes.
  Páginas de Espuma. Madrid, 2026.
 
Cuando estaba buscando las memorias de Violet Dickinson acerca de la infancia de Virginia Woolf y la familia Stephen, la profesora de la Universidad de Tennesee Urmila Seshagiri encontró en 2022 en el archivo de Longleat House tres cuentos inéditos que la autora de Miss Dalloway había escrito en 1907 y revisado meticulosamente en 1908, cuando los mecanografió en tinta violeta. 

Son tres cuentos “de tono lúdico y divertido”, como resalta Patricia Díaz Pereda en el prólogo -“Hallazgos felices”- que ha puesto al frente de la espléndida traducción anotada de Violet, que publica Páginas de Espuma en una memorable edición ilustrada por Andrea Reyes que llega hoy a las librerías.

Galería de amistades, El jardín mágico y Una historia para hacerte dormir son los títulos de estos tres cuentos que se publican por primera vez en español, después de aparecer en inglés en octubre de 2025. 

Virginia Woolf, que tenía 25 años cuando los escribió casi como una broma privada, había empezado a colaborar en la prensa con reseñas y artículos unos años antes y se había integrado ya en el círculo artístico de Bloomsbury, pero todavía pasarían casi diez años hasta que publicó su primera novela, Fin de viaje, en 1915.

Era todavía una escritora en ciernes la que compuso estos cuentos primerizos de carácter fantástico y humorístico, protagonizados por la desafiante giganta Violet Dickinson, lectora de Shakespeare, Keats y Wordsworth y dueña de un jardín mágico, que derrota a unos simbólicos monstruos marinos que representan las tradiciones y las convenciones sociales. 

Los escribió como una celebración de la amistad y en homenaje a su poco convencional amiga Mary Violet Dickinson, diecisiete años mayor que ella y con quien la unió una “amitié amoureuse", en palabras de la traductora. 



Así relataba esa relación Quentin Bell en su biografía de Virginia Woolf: “Las numerosas cartas de Virginia a Violet se han conservado y en ellas resulta claro para el lector moderno, aunque no fuera en absoluto claro para Virginia, que estaba enamorada y que su amor era correspondido. Son cartas apasionadas, encantadoras, divertidas, embarazosas cartas llenas de bromas privadas y de “palabras cariñosas, cartas en las que Virginia inventa motes para sí misma, se imagina como un animalillo tímido y medio salvaje, un cachorro que hay que mimar y acariciar, son cartas en las que intenta hacer surgir una imagen del destinatario. 
Era ciertamente una mujer muy buena, dotada de humor, inteligencia y paciencia. «Me recuerdas a Mrs. Carlyle», le dijo Virginia, y pasó a aconsejarle que no se arriesgara a tener el destino de aquella mujer, lanzándose con un corazón demasiado ardiente a cuidar de sus cachorros. Atraía a Virginia, presumo, porque era muy distinta a ella, puesto que tenía una seguridad airosa y masculina, un animado equilibrio imperturbable: era una altísima, poderosa y tranquilizadora torre. Pero debió de tener algo más que fuerza, cierta real grandeza de mente y de carácter.” 
 
Aquella incipiente Virginia Woolf que agrupó estos cuentos de hadas como una biografía en clave fantástica y en un mundo mágico bajo el título The Life of Violet era todavía una narradora en formación, pero ya asoman en este tríptico narrativo las semillas de algunos de los que serían rasgos característicos de su literatura: la mirada femenina y autobiográfica, el ingenio, la reivindicación emancipadora para las mujeres de una habitación propia (“la mujer debe tener dinero y un cottage propio”, dice aquí), la voluntad experimental, la conexión entre el género novelístico y el de la biografía o entre realidad y fantasía y la imaginación fabuladora, que anticipan la magistral madurez de Orlando. Una biografía, la novela que aparecería veinte años después, en 1928, y con la que estos cuentos guardan una evidente conexión, como subraya Patricia Díaz Pereda en su entusiasta prólogo.

Esta excepcional edición ha tomado como referente las ediciones británicas de principios del siglo XX con una encuadernación en tapa dura al cromo, con la portada estampada en negro sobre un papel símil tela azul en el que se ha colocado un cromo, una lámina adhesiva con la ilustración Observación para entender el mundo, de Andrea Reyes, autora también de las siete láminas interiores en color.

“El interior -como explica la editorial-, fiel a la época e inspirado en la colección Little Britain de A&C Black, se ha impreso sobre dos tipos de papel diferente que contrastan al tacto y a la vista: un papel couché para las láminas a todo color (las “plates” de la época) se imprime por una sola cara, como se hacía entonces, para destacar el valor artístico de cada una de las obras; el texto del libro se imprime sobre un grueso papel volumen, ligero y de alta calidad al mismo tiempo. En él se cuidan, a su vez, las proporciones de márgenes y espacios que se acostumbraba (que en decir de los impresores, respetaba la proporción áurea y el descanso de los pulgares), y la tipografía continúa la tradición, al usarse la fuente Caslon Antiqua y sus florituras, en una fiel reproducción (hasta envejecida) de los tipos de plomo que los propios Woolf usaron en sus talleres.”


Santos Domínguez 

08 mayo 2026

Un estallido. Antología de la poesía española 2000-2025

 

Un estallido.
Antología de la poesía española
2000-2025.
Edición de Raúl Molina Gil 
y Álvaro López Fernández. 
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2026.

En cuatro cartografías temporales, en tres derivas estéticas y en cinco tensiones temáticas articulan Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández la introducción de su Antología de la poesía española 2000-2025 que publican bajo el significativo título Un estallido en Cátedra Letras Hispánicas.

Entusiasta y profusa, así comienza esa introducción: “La poesía española contemporánea ha sido sacudida por un estallido. Durante los últimos años no han dejado de publicarse poemarios, estética y temáticamente muy plurales, que han renovado las expectativas de lectura y los registros expresivos del hecho poético. Este estruendo no ha sido demasiado ruidoso, pues bien sabemos que la poesía no suele estar en la primera línea del debate público, que ahora esté recibiendo más atención de lo que se hubiera podido concebir hace no tanto tiempo.”

Pluralidad, ruptura, fracaso del modelo generacional en una generación sin centro y en campo abierto, hibridez… Esos son los rasgos característicos -nada excepcionales por cierto si se comparan con los de cualquier otro momento- que los antólogos perciben en la poesía de este primer cuarto de siglo, en el que a menudo la confusión crítica es síntoma y consecuencia de la falta de perspectiva y distancia suficientes para analizar el panorama de conjunto.

Un panorama que, como ha ocurrido siempre, se mueve entre la continuidad y la ruptura, entre la renovación y la persistencia, entre la experimentación neovanguardista y la línea figurativa, entre “la vanguardización de lo figurativo y la figurativización de la vanguardia” para abordar la usual variedad temática que refleja la poesía desde sus orígenes. 

Variedad de temas que Molina y López organizan en torno a cinco tensiones temáticas en la obra de “la mayoría de los y las [sic] poetas”: la cuestión del género y las retóricas de la corporalidad, los discursos críticos y sociales, los nuevos diálogos culturales de la posmodernidad, la espacialidad y la (auto)reflexión sobre el lenguaje. 

Veinticinco años y veinticinco autores (María Salgado, Ben Clark, Lola Nieto, Elena Medel, Javier Vicedo, Bibiana Collado, Martha Asunción Alonso, Unai Velasco, Ángelo Néstore, Ángela Segovia, Berta García Faet, Luna Miguel, Ruth Llana, Álvaro Guijarro, Cristian Piné, Gema Palacios, Xaime Martínez, Mayte Gómez Molina, Pablo Baleriola, Rodrigo García Marina, Andrea Abello, Juan Gallego Benot, Rosa Berbel, Laura Rodríguez Díaz y María de la Cruz) nacidos entre 1984 y el año 2000, representados por un máximo de ocho poemas o trescientos versos por autor. 

“Para la selección -explican los antólogos- se ha atendido a criterios combinados de representatividad, versatilidad, interés estético y formal, trayectoria y reconocimiento, siempre supeditados al empeño de ofrecer a través de las composiciones una muestra de la pluralidad de derivas estéticas y tensiones temáticas que atraviesan el campo poético de los últimos años.”

Una antología, tan discutible como cualquier otra propuesta, a la que en esta ocasión no pondrán muchas objeciones las reivindicativas partidarias de la igualdad, aunque esta vez la nómina ofrezca un notable desequilibrio en favor de los nombres femeninos (15/10). 

Aunque, ahora que lo pienso, tal vez sea por eso mismo. 
    
                                                                                                                 Santos Domínguez