04 septiembre 2026

José Emilio Pacheco. Antología poética



 José Emilio Pacheco.
Antología poética.
Selección e introducción de Andrés Catalán.
Alianza Editorial. Madrid, 2026.

Todos somos poetas
de transición.
La poesía jamás 
se queda inmóvil,

escribió José Emilio Pacheco (México, 1939-2014) en Manifiesto, un poema incluido en Irás y no volverás, uno de los catorce libros representados en la Antología poética que acaba de publicar Alianza Editorial con selección e introducción (‘Basta mirar lo que sucede’) de Andrés Catalán, que destaca en ella que los poemas de José Emilio Pacheco, «siguen resonando hoy en un mundo que, a pesar del paso del tiempo, no ha cambiado demasiado. incluso cuando su tono no pretende ser profético, o precisamente porque no lo pretende, parecen hablarnos de una realidad que es la nuestra, la de los habitantes de unos tiempos que parecen empeñados en repetir los errores de otras épocas.»

Una amplia y atinada antología que recoge el medio siglo de escritura de un poeta que fue creando con su obra un mundo propio en el que se equilibran ejemplarmente ética y estética. Un mundo en el que se concentra la melancolía elegíaca y las metáforas despliegan toda su potencia alegórica ("Todo ante mí se vuelve alegoría") para mostrar la realidad bajo la luz de "las palabras / que dicta en su fluir / el tiempo en vuelo" a través de una poesía que Pacheco definió una vez memorablemente como “la sombra de la memoria”.

Entre los poemas del primero de sus libros, Los elementos de la noche (1963), y los últimos de La edad de las tinieblas, que apareció en 2009, transcurrieron más de cincuenta años de labor constante y reescritura rigurosa del mexicano. Medio siglo largo de escritura constante, rigurosa y además muy coherente, porque ya desde los visionarios Los elementos de la noche y El reposo del fuego, atravesados por una profunda huella simbolista y superrealista, hay en la poesía de José Emilio Pacheco una presencia fundamental de temas y tonos que recorren la totalidad de su obra: el tiempo y la naturaleza, la ciudad y la fugacidad, el temple elegíaco y el impulso alegórico en unos poemas cercanos y nocturnos que huyen de la abstracción y combinan la conciencia y el lamento, la mirada solidaria y la reflexión sobre la historia. 

También en esos libros iniciales apuntaba ya un rasgo que persistiría en su poesía posterior: la tendencia a construir poemas circulares como el que cierra El reposo del fuego: 

Es hoguera el poema
                                       y no perdura 

Hoja al viento 
                           tal vez 
También tristísima 
                                    Inmóvil ya 
desierta 
               hasta que el fuego 
renazca en su interior    
                                         Cada poema 
epitafio del fuego 
                                 cárcel 
llama 
           hasta caer 
en el silencio en llamas

Hoja al viento
                           tristísima
                                              la hoguera.

Delimitado así su mundo poético, José Emilio Pacheco lo fue perfilando en cada uno de sus libros posteriores, que iban aportando nuevos matices, tonalidades variadas y enfoques estilísticos diversos: la ironía aguda de los aforismos críticos y desesperanzados en No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), un libro en el que aparecen algunos de sus textos más comprometidos y famosos (Un marine, Che o Alta traición) y donde la alegoría toma la forma de las fábulas de animales (Discurso sobre los cangrejos o Biología del halcón).

Con ese libro Pacheco iniciaba un ciclo poético que se prolongaría en Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976) y Desde entonces (1980), en unos poemas que tienden a la brevedad y a la exactitud, a la desnudez y a la claridad expresiva y a la doble contención del verso corto y el poema breve. 

En esa segunda etapa aparecen también poemas largos, de tono conversacional, en los que el poeta se proyecta en otro personaje (Fray Antonio de Guevara o el padre Las Casas) o fábulas alegóricas como la Fisiología de la babosa o Los ojos de los peces.

Habla común tituló Pacheco significativamente una de las secciones de Islas a la deriva. Y esa es otra de sus claves poéticas: la capacidad para construir con esa materia coloquial textos de alto voltaje literario, crítico y emocional, como esta Crónica:

La guerra terminó o tal vez no ha empezado. 
El fuego derribó nuestras murallas
y hacemos guardia entre las armas rotas. 
En el aire se palpa un rumor de lluvia. 
Aún no desciende pero está manchada 
por nuestra sangre. ¿Somos inocentes 
o somos los culpables de la matanza? 
¿Quién desertó o ha muerto como un héroe? 
No lo sabremos nunca. En esta noche 
toda nuestra ventura se reduce 
a esperar, a esperar aquella guerra 
que aún no comienza 
o se encendió hace siglos.

En la ininterrumpida evolución a que somete su obra, José Emilio Pacheco inicia con Los trabajos del mar (1982) un tercer ciclo que se prolonga hasta La arena errante (1999). En los libros que escribe en esa época, años ochenta y noventa, su poesía se convierte en crónica y testimonio moral, en reflejo del teatro lamentable y grotesco de la historia. La larga serie de espléndidos poemas que tituló Ley de extranjería y que formaban parte de El silencio de la luna son un inmejorable ejemplo de la mejor poesía de Pacheco. Son una constante lección de geometría, de equilibrio entre lo aforístico, lo alegórico y la narratividad, manifestaciones de una poesía cada vez más moral en la que Pacheco habla tras la máscara de los personajes y construye fábulas que explican el mundo a través de los animales, en una ejemplar conjunción de historia, naturaleza y poesía.

Siglo pasado (2000) llevaba como subtítulo Desenlace y era no sólo la despedida de un siglo. Hay en sus poemas una clara tendencia a la recapitulación literaria con unos poemas breves y tan agudamente irónicos como siempre en Pacheco, pero más introspectivos, más sombríos y resignados, aunque no hayan perdido su voluntad testimonial y su resistencia ética. Se cerraba con esta Despedida:

Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.
Pero en manera alguna perdón o indulgencia:
Eso me pasa por intentar lo imposible.

Pero esa despedida no fue definitiva. Posteriormente apareció Como la lluvia, con poemas escritos entre 2001 y 2008. Poemas que desde su título y a lo largo de sus cinco secciones (cinco libros en realidad) aluden a la fragilidad resistente de la poesía y a la persistencia de la palabra frente a la devastación del tiempo, esa “conversación con la fugacidad” a la que alude Andrés Catalán en su introducción.

Y finalmente, los cincuenta poemas en prosa de La edad de las tinieblas resumen los temas y las actitudes éticas de la poesía de José Emilio Pacheco a través de unos textos en los que confluyen la lírica y la narrativa, la elegía y a veces la celebración, la crítica y la piedad, para hacer un diagnóstico moral de la época contemporánea. Como en este Cuchillo de palo:

En casa del herrero hallé el cuchillo de palo. Quise abolir de un solo tajo las fortalezas y las prisiones del tirano, doblegar a sus huestes, arbolar los desiertos y remar contra la catarata que abismará mi frágil balsa.
Cuchillo de palo, arma que me desarma, escudo que no acierta a defenderme de lanzallamas y cañones, amuleto basado en creencias ya inexistentes. Desde hace mucho perdí la batalla y sin embargo no me rindo.

Santos Domínguez

 

02 septiembre 2026

Ángel Olgoso. Holobionte

 

Ángel Olgoso.
Holobionte
Prólogo de Raúl Brasca. 
Eolas Ediciones. León, 2026.

Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano.

Con ese sarcástico Cuento de horror cierra Ángel Olgoso su Holobionte, el cuarto de los seis volúmenes que reúnen en conjuntos temáticos sus relatos completos, publicados por Eolas Ediciones.

Tras los relatos sobre animales de Bestiario, la ciencia ficción de Sideral y los relatos sobre la muerte de Estigia, Holobionte tiene como eje la complejidad de las relaciones humanas y su problemática armonía. Lo abre este texto, el brutal Hispania I:

Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo, extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas, desmembrándome por completo. Resultaba extremadamente curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego, y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna. Parecía bastante probable que, de un momento a otro, habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha de cocina. Sin embargo, en modo alguno trato de sugerir descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad.

Si se reflexiona sobre el sentido del título Holobionte -simbiosis colaborativa y beneficiosa entre organismos o personas- que Olgoso ha elegido como resumen caracterizador de la temática de esta recopilación de textos sobre las relaciones humanas, el lector advertirá la ironía implícita en esa elección y en la mayoría de estos relatos en los que hay una mirada muy crítica hacia la condición humana y las relaciones sociales, entre la discordancia y el sometimiento, como anticipa el narrador argentino Raúl Brasca en su excelente prólogo, de título elocuente, “Una visión crítica de la sociedad humana”, donde escribe: “Entre la ironía y el escepticismo, el conjunto de los relatos compone una concepción sombría del hombre y del mundo, una mirada compleja pero nada maniquea, porque, aunque domina la ausencia de fe en la naturaleza humana, un sentimiento intenso de compasión sobrevuela las historias más atroces y, en las relaciones interpersonales, algunas veces el amor y la amistad enaltecen a los personajes. Pero la literatura se hace con palabras, y de nada valdrían las excelencias del contenido sin un uso sabio de ellas.”

Los lectores de Ángel Olgoso conocen bien ese uso sabio de las palabras y la alta calidad de página que caracteriza cada uno de los textos narrativos que componen su admirable trayectoria de cuatro décadas de escritura exigente y brillante. Y aquí tienen una nueva ocasión de comprobarlo, en cuentos como Flores atroces o Lengua de madera y en microrrelatos como Revolución o Doxografía, que son, como él mismo ha señalado, un “espejo incómodo” de la naturaleza humana y de las “molestias del trato humano” que adelantó en un exacto título el monje benedictino fray Juan Crisóstomo de Olóriz en el siglo XVIII.

Un espejo que refleja las relaciones conflictivas que generan diferentes maneras de desorden inarmónico y destructivo: violencias y rivalidades, envidias y dominaciones, opresiones y maltratos, vanidades y rencores, mezquindades, encontronazos y desencuentros en todas sus desoladoras variantes imaginables.

No faltan, con todo, en esta panorámica holobióntica de la narrativa olgosiana manifestaciones más optimistas y esperanzadas de los vínculos humanos que se manifiestan a través del amor y la amistad, la lealtad y la solidaridad, la cordialidad y el afecto, de la compasión y la generosidad.

Forma parte de esta reunión de sesenta y cuatro textos, variados en voces y enfoques, en técnicas y registros verbales, en guiños intertextuales y homenajes a los maestros y en una amplia presencia de personajes de lo más diverso, un extenso relato, El síndrome de Lugrís, casi una nouvelle o novela corta por su tempo, su temple y su hondura, que Olgoso define como “el mejor relato que he escrito nunca”, un magnífico, inquietante y angustioso cuento sobre la locura que comienza con este estupendo párrafo:

El riachuelo de su cordura acabó por secarse: ayer ingresó mi amigo Manuel Lugrís en el Hospital Psiquiátrico de Conxo. Severina, su hermana y único familiar desde que Manuel enviudó, tomó la decisión «para ahorrarle grimos y descalabros a él mismo o a los demás» y me pidió que los acompañara. Era una de esas tardes que se van cuajando de oro viejo. Frente a la entrada, mientras lo ayudaba a salir del vehículo, el aire nos rodeó con unas hilachas de ese olor, entre montaraz y eucarístico, a humedad tibia de las manzanas tabardillas que tantas veces recogí para costearme los estudios, y que tanto gustaron siempre a Manuel. Severina, nerviosa como un lobo cuando ventea a los trasgos, conversó con médicos, esgrimió informes y firmó papeles. Ya en la habitación, acariñó a su hermano mayor con aspereza y, sin ocultar su impaciencia, me dirigió un ademán explícito para que abandonáramos el lugar. De temperamento reservado, me envalentoné sin embargo como si un vino cacholán se me hubiera subido de pronto a la cabeza: preferí quedarme. Al menos por una vez, la lealtad prevalecería sobre la timidez. Cuando la lechuza alzó súbitamente el vuelo, arrimé una silla a la cama para acompañar un rato a mi amigo y lloré en silencio.

Santos Domínguez 


26 agosto 2026

Goethe. Elegía dé Marienbad

 

J. W. von Goethe.
Elegía de Marienbad.
Traducción e introducción 
de Helena Cortés.
Linteo Poesía. Orense, 2017.


Y ahora, ya lejos, ¿qué hacer con el minuto?

Ese espléndido verso forma parte de la Elegía de Marienbad en la edición bilingüe que publica Linteo Poesía con traducción e introducción de Helena Cortés.

Termina con esta estrofa:

Que yo a mí me perdí, y al universo,
yo que antes era el amado de los dioses:
me han puesto a prueba y a Pandora me dieron, 
más rica en peligros de lo que es en dones. 
Junto a sus pródigos labios me empujaron: 
pues me apartaron, al abismo me arrojaron.

Goethe, que tenía ya 74 años, se había enamorado de Ulrike von Levetzow, una adolescente de 19 años que como es natural rechazó su petición de matrimonio. Habían compartido veraneos en la ciudad balneario de Marienbad desde 1821, porque el poeta conocía a su madre y frecuentaba a la familia, pero fue en 1823 cuando, recuperado ya del infarto que había sufrido en febrero, aumenta la atracción que ejerce sobre él aquella joven que lo veía más como un padre o como un abuelo que como un posible amante. 

En julio y agosto de 1823 compartieron paseos para coleccionar piedras y nubes. Y al final del verano, tras la mediación fallida de su amigo, el duque de Weimar, llega la decepción y el viejo Goethe se refugia en el poder consolador de la escritura y escribe la Elegía en el viaje de vuelta a Weimar: 

“Escribí el poema inmediatamente después de partir de Marienbad –le comentaba a su secretario Eckermann-, cuando aún estaba sumido en la plenitud y frescura del sentimiento de lo que había vivido. A las ocho de la mañana, en la primera parada, escribí la estrofa inicial, y así seguí componiendo el poema en el coche, escribiendo a cada parada lo que había retenido en la memoria durante el trayecto, de manera que por la noche ya lo tenía listo sobre el papel. Por eso tiene cierto carácter de inmediatez y está hecho de una sola pieza, lo que probablemente favorezca al conjunto.”

Lo mantuvo secreto y aunque lo tenía por su poema más querido sólo se lo mostró a su círculo más cercano. Lo consideraba “producto de un estado de pasión extrema”, según le confesaba a su confidente Eckermann, que en sus Conversaciones con Goethe escribía: “los sentimientos expresados en él eran más intensos de lo que estamos acostumbrados a encontrar en otros poemas de Goethe.” 

La escritura del poema, en cuyas estancias de seis versos se conjugan la intensidad sentimental y la perfección formal, tuvo una función sanadora, le sirvió para aliviar el dolor, para sublimar en su tono elegíaco la pérdida del amor, la decepción por el rechazo:

“Goethe se salva -explicaba Zweig en Momentos estelares de la humanidad- por medio de ese poema”, que suponía “la despedida del amor, transformada en eternidad a través del conmovedor lamento. (...) La poesía alemana no ha conocido un momento más grandioso que aquel en el que el más primigenio sentimiento se vertió en este imponente poema.”

Un poema en el que el amor y la vejez se dan cita bajo la mirada elegiaca del poeta, como explica Helena Cortés en su introducción –Marienbad o la caducidad de la vida: 

“Para Goethe, la caducidad del amor y la caducidad de la vida son heridas existencialmente indistinguibles que causan la misma nostalgia y amargura, aunque también obligación de renuncia y de sabia, aunque no por eso menos dolorosa, aceptación de que, llegado a un punto, el hombre ya sólo puede aspirar a fundirse, calladamente en esa calma que recubre las cumbres más altas, en la quietud eterna de la naturaleza.”

Santos Domínguez


19 agosto 2026

El olor de la Edad Media

 




Javier Traité y Consuelo Sanz de Bremond.
El olor de la Edad Media.
Salud e higiene en la Europa medieval.
Ático Historia. Madrid, 2023.

Mercado y lavadero en Flandes se titula ese cuadro del Museo del Prado en el que Brueghel el Viejo pintó los grupos de figuras humanas y Joost de Momper, el paisaje.

Es una de las  abundantes ilustraciones que iluminan el monumental El olor de la Edad Media, de Javier Traité y Consuelo Sanz de Bremond, un recorrido ameno y riguroso a través del olfato por mil años de historia europea desde la caída del Imperio romano hasta el siglo XV, que publica Ático de los Libros en su colección de historia. 

Subtitulado ‘Salud e higiene en la historia medieval’ y espléndidamente editado en tapa dura y con varios cuadernillos de ilustraciones, El olor de la Edad Media aborda en sus más de mil páginas el estudio y la descripción de una realidad intrahistórica, la higiene europea pública y privada, que hasta ahora no se había desarrollado más que de pasada. 

Destaca en ese sentido un artículo que, aunque no está recogido en la bibliografía del volumen, apareció en 2020 en BBC History Magazine. Lo firmaba la historiadora británica Katherine Harvey, se titulaba “La no tan apestosa Edad Media”, y anticipaba unas conclusiones muy parecidas a las de este libro: que “la gente medieval era más limpia de lo que pensamos.” Se puede leer en este enlace y terminaba con este párrafo: “La mayoría de la gente medieval probablemente estaba sucia, y tal vez incluso olía mal, según nuestros estándares; por mucho que lo intentes, debe ser casi imposible hacer que un río frío y fangoso funcione tan bien como una ducha de alta presión y una lavadora. Pero sólo un pequeño número de personas medievales eran verdaderamente sucias. Incluso menos querían realmente estar sucios.”

En El olor de la Edad Media no se trata sólo de dilucidar documentalmente a qué olían sus diez siglos y de desmentir muchos tópicos heredados sobre la imagen de un periodo tan largo y tan complejo. En torno a ese eje se acometen muchos otros aspectos de la vida cotidiana medieval, de la evolución de la sociedad, la cultura y las creencias, pues es evidente que en ese milenio hay una serie de cambios que impiden reducir la imagen de la Edad Media a un modelo único.

Uno de los propósitos declarados de este libro es desmentir esa imagen reducida y simplificada del mundo medieval con un estudio documentado en fuentes directas que van desde Hipócrates y Galeno a Alfonso X o san Benito de Nursia. Un estudio de cuya magnitud y ambición pueden dar idea no solo sus casi mil páginas, sino también sus cien páginas de notas y bibliografía y su nutrido índice onomástico. 

Pero además, y dado su propósito divulgativo, El olor de la Edad Media es un ensayo de fluido tono narrativo que se lee como el relato vivo que retrata una época con abundantes toques de humor, a través de historias mínimas y cotidianas de las personas que vivieron esos siglos y de los textos que dejaron constancia de aquel mundo medieval europeo.

Por eso la principal de las conclusiones que extraen los autores de este viaje al pasado medieval a través de los usos higiénicos rastreados a lo largo de diez siglos es “que ya es hora de impugnar de una vez y para siempre la visión negativa sobre la Edad Media. Los innumerables trabajos que han desmentido el mito de un Medievo sucio se acumulan desde hace décadas, desde todos los frentes: el tecnológico, el filosófico, el arquitectónico… y desde la historia de la higiene.”

“La gente que vivió en el milenio medieval no era un hatajo de guarros que vivía chapoteando en el excremento mientras esquivaba orinales y cerdos en la más asquerosa de las ciudades. Eran personas que lidiaron con las mismas condiciones difíciles que sus predecesores o sus sucesores inmediatos (sin electricidad, sin conocimiento de las bacterias o microbios, en entornos llenos de animales, con pocos recursos materiales y con una dependencia enorme del estiércol, a menudo humano, que igual que les alimentaba les hacía enfermar), pero que, a pesar de esas dificultades, crearon un entorno higiénico en el que vivir y estar limpios.”

Porque junto con “gente realmente poco higiénica” -señalan Javier Traité y Consuelo Sanz de Bremond- “también hemos visto a gente lavándose la cabeza con regularidad, quitándose los piojos durante horas, fabricando jabón en casa o comerciando con él en gran cantidad, lavándose las manos antes y después de las comidas y convirtiendo ese gesto en un ritual caballeresco, frotando sus dientes para mantenerlos limpios, o haciendo del lavado de pies un ritual de hospitalidad. Los hemos visto cuidar su ropa y aplicar distintas soluciones prácticas que mantuvieran cuerpos y tejidos limpios y fragantes, e incluso crear un nuevo código de comportamiento basado en la pulcritud general. Los hemos visto depilándose con navajas y depilatorias abrasivos, y embadurnándose con hierbas aromáticas o con polvos desodorantes. Y, por supuesto, los hemos visto combinar el lavado por partes con el lavado en profundidad en los baños públicos, ocasión que aprovechaban para socializar.”

Esa es la conclusión fundamental del original recorrido sensorial a través del olfato que propone este libro, organizado en dos partes, una dedicada a la dimensión colectiva de la higiene medieval y otra centrada en su vertiente privada. Y así se propone un minucioso recorrido por los baños medievales de Europa. En la Sevilla recién conquistada por el rey Fernando III hay noticias de dos baños públicos:

El caso de Sevilla es muy interesante, porque existen testimonios de que al menos dos baños, los de San Ildefonso y los de San Juan de la Palma, erigidos en época islámica, habían continuado en uso tras la conquista del siglo XIII, y ese uso fue ininterrumpido hasta finales del siglo XVII. Para las damas cristianas de Sevilla de aquellos siglos, acudir a los baños durante el día y deleitarse con sus caños de agua fría y caliente era lo más normal, y luego, por las noches, era el turno de los hombres.

La relación entre la higiene y la salud; el sistema de saneamiento en el ocaso de Roma y en el Londres medieval; las normativas municipales sobre salubridad e higiene pública y el paisajismo sanitario; la difícil convivencia de gente sucia y gente limpia; las teorías de las ventanas rotas y las vecinas quisquillosas; las redes de alcantarillado y la limpieza de las calles; el crimen higiénico y el castigo municipal y el choque de las autoridades con los vecinos incívicos; la ruralización de la Alta Edad Media y el olor a estiércol (“el oro negro  medieval “) y a humo de leña en el campo; las granjas como centros de reciclaje y los cerdos por las calles como recicladores de basura; las letrinas de los castillos y los monasterios y los sistemas de evacuación de los residuos; los baños públicos y comunitarios y la higiene personal; la hegemonía del jabón desde el siglo V y la regla ascética de Cluny, que establecía entre dos y cinco baños anuales para los monjes; los baños romanos, árabes y germanos, que se mezclan en Italia; las cremas depilatorias, los desodorantes y los dentífricos medievales; el lavado de la ropa y los pavimentos medievales, como los de Córdoba y Málaga o el de Oviedo -donde “se ha encontrado una calle empedrada del siglo XII, bajo la cual hay otro enlosado más antiguo”-; los grifos de agua fría y caliente en el monasterio de Guadalupe en el siglo XV y las tuberías en las paredes de los lavatorios de Medina Zahara; los modelos de saneamiento urbano en la reurbanización de la Baja Edad Media; la creación de los hospitales y la vinculación entre la Medicina y la higiene; la presencia de los parásitos o el papel de la mujer como “eje central del lavado de cabeza medieval “son algunos de los asuntos de los que se ocupan las dos partes del libro.

Dos partes en las que lo público y lo privado se interrelacionan constantemente para trazar una ambiciosa enciclopedia intrahistórica que ofrece un panorama completo y animado de la vida cotidiana en los diez siglos de la Edad Media.

Para terminar, dejo aquí estas palabras del prólogo, que resumen la orientación y el sentido del libro y son una invitación a su lectura:
 
A griegos, romanos, egipcios, babilonios, chinos de la Antigüedad, nos los imaginamos tan sabios como limpios, y la falta de higiene no es un elemento central en la fotografía de las películas que les dedicamos [...] Vaya el lector pensando en su filmografía histórica preferida y comprobará que en general es así: la sociedad, como motivo en sí mismo, tiene su principal protagonismo en los obras ambientados en la Edad Media, o en esa mal llamada 'inspiración medieval'. Ese hincapié en la porquería de la humanidad solo tiene parangón con las películas y series con ambientaciones industriales, con una salvedad: las condiciones higiénicas de las ciudades industriales, mucho más cercanas en el tiempo, están bien documentadas. Son, digamos, más cercanas a lo que pudo haber sido vivir en esa época. Pero, ¿lo  son las medievales que representamos en la pantalla?
La respuesta corta es no.
La respuesta larga es este libro.


Santos Domínguez 



17 agosto 2026

La saga/fuga de J. B.

 


Gonzalo Torrente Ballester.
La saga/fuga de J.B.
Prólogo de Andrés Barba.
Alianza Literaturas. Madrid, 2019.

Casi medio siglo después de su aparición en 1972, La saga/fuga de J. B., una de las mejores novelas que se han escrito en español en el siglo XX, no ha perdido ninguna de las virtudes que la han convertido en un clásico imprescindible. Su portentosa capacidad narrativa, su poderosa imaginación, la fuerza de sus personajes, su humor desenfadado o su brillante estilo son los atributos perdurables de una obra que seguramente es la cima creativa de Gonzalo Torrente Ballester.

Este es su  inolvidable comienzo:

¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

En la mañana de niebla, casi al alba, las voces estremecen el aire como trompetas. Toca todavía la campana, a la primera misa; pero su sonido es tenue, precavido, como para entrar de puntillas en las alcobas oscuras, un sonido al que se da la espalda, que se esquiva o acalla metiendo la cabeza bajo las sábanas. “Pepiño, levántate, que ya son las seis y media.” Un sonido que sería impertinente si no fuera habitual; que sería íntimamente detestado si no actuara de despertador, a esa hora en que los que trabajan tienen que despertarse.
¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

Aquella señora enlutada, que se llama la Tía Benita dos Carallos por los muchos que mete en la conversación, quizá para garantizar la veracidad de sus afirmaciones, y tiene una tienda de abacería en la calle del Rostro Mugriento; aquella mujer arrugada que, además del luto, muestra las canas del cabello, pega voces allá en lo alto de la escalinata, voces tremendas, voces desgarradas, voces despepitadas, en el mismo momento en que la niebla se esclarece un poquito porque el sol acaba de salir y le presta algo de su luminosidad; en el momento en que la niebla, allá abajo, en la Ciudad Nueva, se hace más espesa y gris por la parte del Mendo, más ocre y húmeda por la parte del Baralla: lento el uno, rápido y alborotado el otro; de aguas densas el Mendo, de aguas opacas; transparentes, ligeras, las del Baralla, que se cuentan las guijas relucientes de su lecho. El Mendo es atractivo y siniestro: invita a mirarse en él como un espejo, y hay que apartarse de prisa, porque en los adentros del que se mira nace en seguida un deseo incoercible de aniquilamiento. El Baralla invita, en cambio, a la aventura, a la evasión, al viaje: no descanso, sino camino ofrece; no tumba, sino vehículo. Los cuatro J. B. de que se guarda memoria, por él marcharon hacia la mar, si bien algunos aseguren que se cayeron al Mendo y fueron devorados de las lampreas.

¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

Su centro es Castroforte de Baralla, una ciudad imaginaria -versión paródica de su modelo pontevedrés-, capital de la quinta provincia gallega, que no aparece en los mapas ni en los libros ni en los registros administrativos. Una ciudad que levita cuando sus habitantes se ensimisman, situada entre el Mendo y el Baralla, dos ríos antagónicos, como se señala en esas líneas iniciales.

Ese es solamente uno de los antagonismos de los muchos que articulan la novela: la Ciudad Vieja, con la Colegiata donde el Santo Cuerpo Iluminado de Santa Lilaila de Éfeso, y la Ciudad Nueva, que empieza más allá de la confluencia de los dos ríos; las rivalidades ancestrales entre Castroforte del Baralla y Villasanta de la Estrella; el conflicto entre los Barallobre y los Bendaña o las luchas de poder entre los J. B. y los clérigos son algunos de esos antagonismos que en gran medida son el motor de la novela.

Con un libérrimo uso del tiempo, la novela aborda la saga y la fuga de los personajes que responden a las iniciales J. B. y están marcados por un peculiar destino: además del presente narrativo de Jacinto Barallobre y Jesualdo Bendaña, el pasado del obispo hereje Jerónimo Bermúdez, del canónigo brujo Jacobo Balseyro, del almirante invasor John Ballantyne y del revolucionario vate Joaquín Barrantes.

En contraste con ellos, el narrador-protagonista es otro J.B., José Bastida, apocado antihéroe desvalido, feo, inteligente y desgraciado, maestro depurado que sobrevive dando clases particulares de gramática en una academia, poeta y compilador de una suma de narraciones en las que se cruzan la leyenda y la Historia, la fantasía y la realidad, el pasado y el presente, el sueño y la vigilia. 

Compleja y divertida a la vez, La saga/fuga de J. B. se estructura en tres amplios capítulos que desarrollan un juego narrativo que remite a Cervantes igual que el tono oral que predomina en la obra.

Ambiciosa y exigente, original y de enorme solidez narrativa, la novela está llena de referencias literarias y de guiños al lector, de humor y personajes extravagantes que componen un fresco de la existencia en la provincia de los años 50 y 60, una sátira política, social y cultural que tiene en la tertulia de La Tabla Redonda o en el periódico La Voz de Castroforte algunos de sus centros de referencia.

“Libertad, imaginación y humor, ésa es la tríada capitolina de La saga/fuga de J. B., no hay otra. Pero la dimensión monumental de este libro es muy importante”, porque es “algo más que una novela extraordinaria o, si me apuran y por repetir un giro academicista que casi nunca significa nada sustancioso, «una pieza clave en la narrativa española del siglo xx». Al margen de su calidad, su invención, el dinamismo de su estructura y el alarde de su destreza técnica -de los que ya hablaremos-, La saga/fuga de J. B. es un milagro: una encarnación del espíritu gallego y uno de los retratos espirituales más incuestionables de nuestro país (sea eso lo que sea: el espíritu y el país)”, escribe Andrés Barba en el prólogo a la edición de la novela en la colección Alianza Literaturas, que aspira a dar cuenta de un panorama amplio en contenidos, diverso en géneros y variado en formatos. 

Diseñada por Manuel Estrada, responsable de la renovación gráfica de la emblemática colección El libro de bolsillo de Alianza Editorial, Alianza Literaturas recoge, como señala la nota editorial, la obra de "Clásicos y contemporáneos, noveles y experimentados, en una propuesta que pretende explorar cuanto de bueno se está escribiendo en el mundo y en el ámbito de la lengua española. Autores que pasan a formar parte del catálogo más representativo de Alianza Editorial junto a los nombres que han contribuido a dar forma al canon de la literatura contemporánea."

Una inolvidable y exigente experiencia de lectura, una de esas novelas inagotables que en cada relectura revela nuevos sentidos al lector. 

Santos Domínguez 


12 agosto 2026

Kafka. Relatos y aforismos

 

Franz Kafka. 
 Relatos y aforismos.
 Traducciones de 
Carmen Gauger y Adan Kovacsis.
Alianza Editorial. Madrid, 2024.
 

“La naturaleza fragmentaria de las obras breves de Franz Kafka (1883-1924) y el destino editorial convulso que sufrieron sus textos, con el papel jugado por su amigo y albacea Max Brod -quien, como es sabido, desobedeció el deseo del autor de que se destruyera su obra inédita- y la prohibición a la que los sometió el régimen nazi a los pocos años de su muerte convierte en un reto la tarea de organizarlos”, se lee en la nota a la edición en la que Alianza Editorial reúne en un estuche los dos tomos de Relatos y aforismos de Franz Kafka. 
 
Una cuidada edición que quedará como una de las aportaciones editoriales de referencia con motivo del centenario de la muerte de Kafka, con traducciones de Carmen Gauger y Adan Kovacsis, que se atienen a las recientes ediciones críticas de la obra de Kafka.

El primer volumen recoge los relatos preparados por Kafka y publicados en vida en tres antologías revisadas por el autor: Contemplación, Un médico rural y Un artista del hambre, además de La condena, un texto imprescindible, y de la novela corta En la colonia penitenciaria. 
 
Se reúnen así todos los relatos que el propio Kafka preparó en vida y agrupó en distintos volúmenes entre 1913 y 1924, más otros cuatro textos que publicó en revistas y no incluyó en sus libros: ‘Conversación con el orante’, ‘Conversacion con el ebrio’, ‘Estruendo’ y ‘El jinete del cubo’.

Se añaden a esos textos las narraciones que Max Brod publicó después de la muerte de Kafka en dos volúmenes: Durante la construcción de la muralla china y Descripción de una lucha. Entre ellos figuran cuentos tan significativos como ‘El silencio de las sirenas’, ‘El escudo de la ciudad’, ‘La verdad sobre Sancho Panza’ o ‘El cazador Gracchus’.

En conjunto, rematados por una orientadora cronología de Kafka, ochenta textos que constituyen la narrativa breve del autor de La metamorfosis, que se incluye en el segundo tomo de esta edición.

Desde Contemplación, el primer libro que publicó, con textos memorables como ‘Para que reflexionen los jinetes’ o el excelente ‘Deseo de ser piel roja’, hasta Un artista del hambre, pasando por Un médico rural, que apareció en 1920, está en estos cuentos el Kafka canónico y maduro, el escritor nocturno que cuestiona angustiosamente el mundo, el oscuro oficinista que se desdibuja en máscaras irónicas o se atrinchera en el interior de sí mismo y anticipa en Ante la Ley una semilla de El proceso; el que deja en sus páginas varias parábolas inolvidables (‘Chacales y árabes’, ‘Un mensaje imperial’ o ‘Un informe para una academia’) sobre el sinsentido y los límites de la expresión, sobre la crisis de la identidad y la razón. Porque, como escribió Borges, “el destino de Kafka fue transmutar las circunstancias y las agonías en fábulas.”

La metamorfosis, que abre el segundo volumen, es una de esas pocas obras que pueden resumir el siglo XX. Kafka la escribió en un momento de intensa crisis personal que acabó desencadenando, en el otoño de 1912, la creación de textos tan esenciales en su obra como La condena, que compuso de un tirón durante la tarde y la noche del 22 al 23 de septiembre, o La metamorfosis, cuya escritura se prolongó del 17 de noviembre al 7 de diciembre de ese mismo año, con un parón por medio que Kafka lamentó luego, porque notaba que, tras esa interrupción, al retomar la escritura, la tercera parte se resentía de una suerte de recalentamiento que perjudicaba al funcionamiento narrativo del conjunto. 

Junto con El fogonero y La condena, Kafka proyectó una edición de La metamorfosis como parte de una trilogía que se iba a titular Los hijos, pues la relación problemática con el padre es el hilo conductor de los tres relatos. Frustrado ese proyecto inicial, La metamorfosis se publicó como libro exento en 1915 y se convirtió desde entonces en la obra fundamental de las que Kafka publicó en vida. 

Sabemos mucho de su historia textual, incluso de su proceso de construcción, sobre el que encontramos constantes referencias en los diarios y las cartas de Kafka a Felice. Pero sigue siendo una obra tan inaccesible como el castillo al que intentaría llegar el agrimensor K. muchos años después. 

Opaca y escrita para que la leamos como si estuviéramos despiertos en medio de un sueño, narrada con una llamativa frialdad por un narrador distante e imperturbable, es precisamente en esa distancia y en el "ligero fastidio" que provoca la situación en el propio Samsa en donde se encuentra uno de los rasgos más peculiares de La metamorfosis y de la manera kafkiana de narrar, con un punto de vista en el que el narrador se funde con el protagonista a través de la sutileza del estilo indirecto libre. 

Muchas sombras de los difuntos se dedican sólo a lamer las aguas del río de los muertos, porque este viene de donde estamos nosotros y aún tiene el sabor salado de nuestros mares. El río se resiste, de asco, fluye en sentido contrario y en sus ondas arrastra a los muertos a la vida. Ellos, por su parte, son felices, entonan cánticos de acción de gracias y acarician al río rebelde. 

Triste, nervioso, malestar físico, miedo a Praga, en cama. [25 de octubre de 1917]

Esos son dos de los textos que aparecen en los Cuadernos en octavo, un total de ocho cuadernos azules en los que, entre noviembre de 1916 y mayo de 1918, Kafka anotó pensamientos, esbozó fragmentos de relatos o tramas narrativas, elaboró diálogos o reconstruyó imágenes de sueños y visiones como esta, del Cuaderno G, que inició a mediados de octubre de 1917 y cerró a finales de enero de 1918:

Estamos -visto con los ojos impuros de este mundo- en la situación de unos viajeros de ferrocarril que han tenido un accidente en un largo túnel, y justamente en un punto en el que ya no se ve la luz del comienzo, y la del final sólo de modo tan escaso que la mirada la tiene que buscar de continuo, y la pierde de continuo, y además sin que ese comienzo y ese final sean siquiera seguros. Pero en torno a nosotros, en la confusión o en la hipersensibilidad de los sentidos, no tenemos sino monstruos y un juego de caleidoscopio, deleitable o fatigoso según el humor y las lesiones del individuo.

En ese conjunto se incorporan también ciento nueve aforismos escritos entre la primavera de 1918 y la segunda mitad de 1920. Entre ellos estos tres:

Hay una meta, pero no un camino; lo que llamamos camino es vacilación.

Dejar caer sobre el pecho la cabeza llena de asco y de odio.

Dos tareas al comenzar la vida: reducir cada vez más tu círculo y comprobar una y otra vez si no te ocultas en algún lugar fuera de tu círculo.

La última sección del segundo volumen incorpora la obra póstuma más fragmentaria de Kafka, una amplia muestra de fragmentos de cuadernos y hojas sueltas, escritos entre 1906 y 1924 y organizados en diez apartados según la secuencia cronológica fijada por la edición crítica de su obra completa.

Entre esos textos, Preparativos de boda en el campo, el largo fragmento de una novela inacabada que había escrito doce años años antes de la Carta al padre, un embrión malogrado en el que, varios años antes de La metamorfosis aparece la idea del personaje que en la cama se imagina transformado en un coleóptero. 

Como en el resto de los textos kafkianos, una línea borrosa separa lo ficticio de lo autobiográfico en estos fragmentos, de la misma manera en que en sus diarios alternan los apuntes de carácter muy personal con anotaciones de sueños y los sucesos triviales conviven con esbozos de relatos.

Está en todos ellos un Kafka en estado puro, desorientado en medio de un mundo opaco, y dueño de un lenguaje denso y frío y una literatura mágica y distante.

¿Es este un pequeño Kafka? No. No hay un Kafka pequeño. Con estos textos, breves pero no pequeños, estaba inaugurando una de las direcciones fundamentales del cuento contemporáneo.

Santos Domínguez 

05 agosto 2026

Historia de la Revolución francesa

 


 Jeremy D. Popkin.
El nacimiento de un mundo nuevo.
 Historia de la Revolución francesa.
 Traducción de Ana Bustelo Tortella.
 Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2021.


“Más de doscientos años después de los dramáticos eventos que comenzaron en 1789, la historia de la Revolución Francesa sigue siendo relevante para todos los que creen en la libertad y la democracia. Cada vez que se producen movimientos por la libertad en cualquier parte del mundo, sus partidarios afirman estar siguiendo el ejemplo de los parisinos que asaltaron la Bastilla el 14 de julio de 1789. Cualquiera que lea las palabras de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, publicada en agosto de 1789, reconocerá inmediatamente los principios básicos de libertad individual, igualdad jurídica y gobierno representativo que definen las democracias modernas. Sin embargo, cuando pensamos en la Revolución francesa, también recordamos los violentos conflictos que enfrentaron a los que participaron en ella y las ejecuciones en la guillotina. Asimismo, recordamos el ascenso al poder del carismático general cuya dictadura acabó con el movimiento”, escribe Jeremy D. Popkin en el prefacio de la magnífica Historia de la Revolución francesa que con el título El nacimiento de un mundo nuevo publica Galaxia Gutenberg con traducción de Ana Bustelo Tortella.

Con un epígrafe de apertura de Saint-Just -“La fuerza de las cosas quizás nos ha llevado a hacer cosas que no previmos”-, que resume cómo los acontecimientos se precipitaron, porque las acciones tienen consecuencias indeseables, como advirtió Tocqueville, esta nueva Historia de la Revolución francesa es un potente relato hecho desde dentro, para el presente y para un público amplio, de uno de los acontecimientos más trágicos y más decisivos de la historia de la humanidad y de su legado en el mundo moderno y en los desafíos del mundo contemporáneo. 

Desarrollada en torno a los ideales de igualdad y libertad, la Revolución Francesa fue el laboratorio en donde se pusieron las bases del mundo contemporáneo con toda su conflictiva mezcla de matices positivos y negativos. Un episodio central en el que muchos de los acontecimientos convergentes generaron su propia dinámica conflictiva, a veces incontrolable, en la que hunden sus raíces los populismos y los nacionalismos, el feminismo y el abolicionismo.

Un relato construido para un público amplio a base de hechos y de retratos que arrancan de una inolvidable comparación de las vidas paralelas de Luis XVI y el vidriero Jacques-Louis Ménétra, que son el punto de partida de un recuento cronológico y coral de la revolución, con sus luces y sus sombras, con sus conquistas y sus abusos, con la Declaración de los derechos humanos y la dictadura del Terror, con voces que no son sólo las de sus protagonistas -Luis XVI, Mirabeau, Marat, Danton o Robespierre-, sino también las de personas anónimas para la historia:

Es imposible describir en términos simples a casi ninguno de los cientos de personajes que los lectores encontrarán en estas páginas. Luis XVI y María Antonieta no podían comprender los principios revolucionarios de libertad e igualdad, pero estaban comprometidos de verdad con lo que creían que era su deber de defender las instituciones establecidas de la nación. Destacados líderes revolucionarios, desde Mirabeau a Robespierre, abogaron por principios admirables, pero también aprobaron medidas con un alto costo humano en nombre de la Revolución. Los hombres y mujeres comunes fueron capaces tanto de actos de valor, como el asalto a la Bastilla, como de actos de crueldad inhumana, incluyendo las matanzas de septiembre de 1792. Ciertamente, todos los participantes podrían haber estado de acuerdo al  menos en una cosa: la verdad de las palabras de un joven legislador revolucionario, Louis-Antoine de Saint-Just, cuando afirmó que «la fuerza de los acontecimientos nos ha llevado, quizá, a hacer cosas que no habíamos previsto».
 
Con una mezcla de historia política tradicional y de enfoque innovador que atiende también a lo intrahistórico, Popkin aborda el proceso que llevó del absolutismo a la revolución, del auge revolucionario que sentó los principios fundamentales de la democracia moderna a la crisis política, al choque entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, al autoritarismo y los excesos dictatoriales del Terror, a la reacción y al bonapartismo. 

Una sucesión vertiginosa de acontecimientos que se precipitaron en el paso de una monarquía a la deriva al levantamiento de la nación en armas, de los Estados Generales a la Asamblea Nacional, y de ahí a discrepancias internas e insurrecciones, a la dictadura y el viraje de Thermidor, a la muerte lenta de la República y la aparición de Napoleón.

Popkin construye así, con voluntad narrativa y rigor histórico, una panorámica de personajes y acontecimientos que da lugar a un relato absorbente, construido desde dentro, desde la perspectiva de los protagonistas, famosos o desconocidos. El resultado es una narración coral y cronológica de una época turbulenta y creativa, un brillante recuento que lleva al lector al centro de los hechos a través del contacto con el dia a dia público y privado de los personajes que protagonizaron o sufrieron uno de los episodios más dramáticos y decisivos de la historia de la humanidad. Así lo resume Popkin:

El hecho de que la Revolución francesa siga siendo relevante hoy día no significa que los eventos de 1789 sean simples o que puedan ofrecer respuestas claras a las preguntas de nuestros días. La nueva forma de ver algunas cuestiones, como el papel que tuvo la mujer en la Revolución, los debates de los revolucionarios sobre la raza y la esclavitud, y la forma en que la política revolucionaria prefiguró los dilemas actuales de la democracia, pueden darnos una visión diferente del movimiento, pero el mensaje de la Revolución y sus consecuencias siguen siendo ambiguos. La libertad y la igualdad significaban cosas muy distintas para diferentes personas en ese momento, como sigue ocurriendo desde entonces. Una de las lecciones más relevantes de la Revolución, primero impulsada por el crítico conservador Edmund Burke, y articulada con más fuerza por el gran teórico político del siglo XIX Alexis de Tocqueville, es que las acciones tienen, inevitablemente, consecuencias no deseadas. Sin embargo, una lección igual de importante es que a veces es necesario luchar por la libertad y la igualdad, a pesar de los riesgos que conlleve el conflicto. El respeto por los derechos individuales inherentes a los propios principios de la Revolución nos obliga a reconocer la humanidad de quienes se opusieron a ella, y también a tener en cuenta las opiniones de quienes pagaron un precio por quejarse de que el movimiento no siempre cumplía sus propias promesas. A pesar de sus defectos, la Revolución francesa sigue siendo una parte vital de la herencia de la democracia.

 
Santos Domíngue

29 julio 2026

Dickens. La casa lúgubre

 

Charles Dickens.
La Casa lúgubre.
Traducción de Alberto Reyes.
Debolsillo. Barcelona, 2012.

Habitualmente traducida al español como Casa desolada, Bleak House es para la crítica contemporánea la mejor novela de Dickens, su empresa más compleja y memorable, como indicó Harold Bloom cuando la destacó como una novela imprescindible en El canon occidental.

La espléndida traducción de Alberto Reyes que acaba de publicar Debolsillo se ha titulado –a última hora, con la portada ya diseñada-, seguramente por algún problema de derechos, La casa lúgubre, y va precedida de un agudo prólogo de Chesterton, que hace un profundo análisis de su trama, sus ambientes y sus personajes.

No es el único novelista que se ha acercado a esta obra de Dickens. Nabokov le dedicó un estupendo ensayo que forma parte de su Curso de Literatura Europea en el que exploró la red de relaciones que conecta los temas y los personajes de la novela.

Y sin embargo, La casa
 lúgubre, que Dickens publicó en veinte entregas de 1852 a 1853, no tuvo una buena acogida entre sus contemporáneos, seguramente porque utilizaba unos planteamientos técnicos avanzados para su época, porque –como señaló W. J. Harvey- su doble sistema de narradores proponía “un elaborado experimento de narración y de composición argumental, único en Dickens.”

Si fue la peor valorada en su momento quizá fuese también por su complejidad argumental y por un radical cambio de tono narrativo. Porque esta es su obra central, pero también la más sombría de sus novelas desde su arranque en un noviembre lluvioso en el que la niebla, el barro y el humo se adueñan del panorama de un Londres fantasmagórico.

Ese comienzo memorable y simbólico marca el mundo narrativo de la novela, centrada en el mundo de los tribunales de justicia. Marcada por una niebla que no levanta en toda la obra y que acaba por invadir los espacios interiores, La casa lúgubre es una sátira de la burocracia que contiene una trama policiaca.

Dickens es aquí un maestro del claroscuro que se mueve entre el humor y la denuncia y abandona la narración en sarta que había caracterizado sus anteriores entregas para utilizar una estructura cíclica.

No es la única novedad: además prescinde de personajes errantes o erráticos y asume Londres como eje ambiental de una concentrada unidad de lugar y un eje temático de referencia: el prolongado pleito en torno al que se organizan las tramas y los personajes.

Pero La casa lúgubre es mucho más que un mero recorrido por el mundo de los niños pobres, de la Cancillería y de la maraña detectivesca y judicial que la envuelve como la niebla. Un Dickens poderoso, en su plenitud estilística y en su obra más intensa, crea aquí uno de sus personajes más acabados: Esther Summerson, cuya rememoración del porvenir la conecta con Kierkegaard y la convierte en un personaje prekafkiano.

No es el único personaje consistente y perdurable de los muchos que recorren esta obra maestra: el abogado Tulkinhorn, Harold Skimpole, Mr. Bouythorn, el detective Bucket o John Jarndyce completan una obra en la que el lector encontrará una representación global del mundo y de la vida.

En sus páginas hay intriga y enredos, personajes despreciables y criaturas deslumbrantes, acciones ruines y admirables, altura literaria y ritmo narrativo. De todo menos tedio.

Santos Domínguez