16/4/21

César Vallejo. Poemas humanos

 

César Vallejo. 
Poemas humanos. 
Prólogo de Julieta Valero.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2021.

 Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse
de días;
que es lóbrego mamífero y se peina…

Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado;
que el diagrama del tiempo
es constante diorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,
desde lejanos tiempos,
su fórmula famélica de masa…

Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar,
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza, se abotona…

Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…
 
Examinando, en fin,
sus encontradas piezas, su retrete,
su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo…
 
Comprendiendo
que él sabe que le quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…

Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito…

le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué más da! Emocionado… Emocionado…

Es uno de los setenta y seis Poemas humanos de ese milagro de la lengua española, de ese poeta absoluto  que se llama César Vallejo que publica Galaxia Gutenberg en su colección de poesía de bolsillo, al cuidado de Jordi Doce y con un prólogo de Julieta Valero.

Quizá como ningún otro poeta, César Vallejo abrió caminos nuevos e insospechados para la poesía en español. Su voz auténtica y su poesía crecientemente prodigiosa, de una verdad radical y de enorme potencia verbal y humana, tienen como tema vertebral la tensión entre el dolor universal y la esperanza, entre la vida y la muerte, la experiencia y la poesía, la pobreza y la solidaridad, entre la emoción y la protesta, el paso del tiempo y la nostalgia de la infancia, el humor y la tristeza, la desolación ante el mundo y la confianza en el hombre.

Poemas humanos, que se publicó en París en 1939, un año después de su muerte en la indigencia, con una serie de poemas escritos entre 1931 y 1937, no sólo es un libro central en la trayectoria poética y vital de Vallejo, es también uno de los libros fundamentales de la poesía en lengua española de cualquier época.

Estas son algunas de sus estrofas más memorables:

¿Quién no tiene su vestido azul?
¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,
con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?
¡Yo que tan sólo he nacido!
¡Yo que tan sólo he nacido!

                                            (Altura y pelos)

 ***

 Fue domingo en las claras orejas de mi burro,
de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)
Mas hoy ya son las once en mi experiencia personal,
experiencia de un solo ojo, clavado en pleno pecho,
de una sola burrada, clavada en pleno pecho,
de una sola hecatombe, clavada en pleno pecho.
 

***

¡Amadas sean las orejas sánchez,
amadas las personas que se sientan,
amado el desconocido y su señora,
el prójimo con mangas, cuello y ojos!
                                                (Traspié entre dos estrellas)

***

Jamás, hombres humanos,
hubo tánto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tánto cariño doloroso,
jamás tan cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
Jamás, señor ministro de salud, fue la salud
más mortal
y la migraña extrajo tánta frente de la frente!
Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,
el corazón, en su cajón, dolor,
la lagartija, en su cajón, dolor.
                                             (Los nueve monstruos)

No hace falta decir más de la admirable aventura ética y estética de estos poemas, de los que escribe Julieta Valero en su prólogo: “Como el pan de cada día, los poemas de César Vallejo siempre parece que acaban de ser escritos y siempre nos requieren desde su ferocidad humana, tan capaz de conjugarnos como especie; en ellos, jamás tan cerca arremetió lo lejos.”

Piedra negra sobre una piedra blanca es seguramente el más famoso, el más feroz, el más desolado y definitivo de sus imprescindibles Poemas humanos:

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos 
los días jueves y los huesos húmeros, 
la soledad, la lluvia, los caminos… 
 
Santos Domínguez


14/4/21

Pablo d’Ors. Biografía de la luz


  Pablo d’Ors.
Biografía de la luz.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2021.

Una triple lectura del Evangelio guía la escritura de Pablo d’Ors en Biografía de la luz, su reciente ensayo, que acaba de aparecer en Galaxia Gutenberg.
 
Continuación natural de la muy celebrada Biografía del silencio, esta Biografía de la luz, subtitulada Una lectura mística del Evangelio, es un nuevo fruto de “la práctica de la meditación que ha ido colonizando mi vida”, escribe en el Prólogo, donde resume esa triple vía de acercamiento al texto evangélico en estos párrafos que anuncian como en una obertura las líneas maestras sobre las que se sostiene este ensayo, escrito con la prosa serena, exacta y profunda que caracteriza la obra de Pablo d’Ors:

Las perspectivas que han guiado mi escritura han sido tres: la existencial (los dilemas vitales que el texto plantea), la meditativa (el evangelio como mapa de la consciencia) y, por último, la artística (sus principales metáforas e imágenes arquetípicas).

Lectura existencial significa que la pregunta ¿quién soy yo?, está detrás de cada uno de mis comentarios. No se trata, evidentemente, de una pregunta que admita respuestas definitivas, acaso ningún tipo de respuesta: no es un dilema que haya que resolver, sino más bien un horizonte con el que hemos de convivir. Mantener esta pregunta viva es ya empezar a responderla. Como ningún otro texto del mundo (al menos que yo conozca), el evangelio presenta de mil y una maneras –‍con evocadoras imágenes, historias iniciáticas y sentencias inolvidables–‍ esta eterna e irresoluble pregunta. Nunca he leído un texto que, como el evangelio, me abra tanto a las paradojas de la vida, que son la puerta para maravillarnos de su grandeza. 
 
Sobre la lectura meditativa quiero advertir que esta Biografía de la luz no se plantea de forma meramente temática (parábolas, milagros, encuentros...) y hasta cierto punto cronológica (infancia, vida pública, pasión, pascua...), sino que pretende ser algo así como la semblanza íntima de todo meditador: una suerte de plantilla para entender la propia experiencia contemplativa. Porque una vez que se inicia la aventura del silencio interior, una vez que se vislumbra el horizonte y se disciplina uno para caminar hacia él, con lo que todo meditador se encuentra es con la oscuridad que tiene dentro. Sólo sorteando las trampas de su mente y acogiendo en su corazón esa palabra que nace del silencio, llegará ese meditador, tras mil y una peripecias, al descubrimiento del Yo soy. Confío que esta vertiginosa síntesis haga comprender, al menos a quienes ya están en el camino, que este libro ha sido pensado como un itinerario interior. Este planteamiento es seguramente singular, en la inabarcable bibliografía sobre Jesús. 
 
Ni que decir tiene que hay otros autores que han leído e interpretado el evangelio desde una clave similar o complementaria. Abundan hoy los manuales de cristología y, sobre todo, las aproximaciones al Jesús histórico, cada vez mejor documentadas. Su valor es indudable, pero mi punto de vista es otro: una aproximación al Jesús místico y, sobre todo, al Cristo interior, faro de luz para todos. Lejos de mi intención, sin embargo, querer quedarme sólo con el Cristo de la fe. Quien crea que pierdo o difumino la particularidad de la figura auténtica de Jesús de Nazaret, no habrá entendido en absoluto el propósito de esta obra.

Con lectura artística, apunto a mi deseo de que la Biografía de la luz sea también algo parecido a un manual poético de la interioridad. De ahí que presente algunas de las imágenes para mí más evocadoras del evangelio –‍de las miles que contiene. Al fin y al cabo, Jesús no fue sólo un profeta, sino un extraordinario poeta que captó como pocos las aspiraciones y oscuridades del corazón humano y que supo expresarlas con admirable belleza.

Biografía de la luz también el resultado de un arduo proceso desde la sombra hasta la luz, de un itinerario espiritual que abordan sus ciento cinco capítulos en torno a episodios evangélicos, ordenados en una secuencia de once secciones y encabezados por referencias aforísticas tan sugerentes como estas, que se explican porque -como afirma en una de ellas- la mística necesita de la poesía: Viajar para encontrar espejos; La oscuridad es sólo una luz que todavía no lo sabe; Descubrir en la propia herida la herida del mundo; Una poética del espacio; Encontrarse con lo oscuro; Estar en el mundo sin ser de él; La caída como principio del ascenso; En el nombre de la fuente, del campo y de la energía o La luz no es más que una sombra alumbrada.

Etapas de un camino hacia la luz desde una propuesta meditativa y existencial que parte de un proceso vital que resume así su autor en el Epílogo: 

Empecé a escribir sobre la luz en una época en que me ahogaba en mis propias tinieblas. Quizá deba ser así: la luz nace en medio de la oscuridad. No deja de sorprenderme, sin embargo, que el caldo de cultivo de lo luminoso sea precisamente lo sombrío [...] 
Los libros cuajan y sellan cambios personales, esa es la condición para que estén vivos. Esta biografía de la luz empezó a ver la luz en un momento para mí particularmente tenebroso.
El camino de la vida -como el de la escritura- hay que hacerlo de noche; es al final del camino cuando se comprende que era un camino de luz. Luz y noche son una misma cosa: las dos caras de la misma moneda. La luz es la sombra alumbrada. La sombra es la noche en espera de luz.

Santos Domínguez 

12/4/21

Whitehead. Proceso y realidad

 
Alfred North Whitehead.
Proceso y realidad.
Un ensayo de cosmología.
Introducción y traducción de Miguel Candel.
Atalanta. Gerona, 2021.
 
 
Un abrumador índice de treinta páginas avisa al lector de la ambición del monumental ensayo de cosmología que Alfred North Whitehead tituló Proceso y realidad y que acaba de publicar Atalanta con traducción de Miguel Candel, que en su Introducción señala que “pese a la importancia de la obra de Whitehead, al predicamento de que gozó como filósofo, en especial durante su etapa como docente en Harvard (1924-1937) y a la influencia que ejerció en la escuela de Teología de Chicago, su pensamiento acabó arrumbado por la incontenible avalancha de mecanicismo y neopositivismo que ha dominado la filosofía de gran parte del siglo XX, sobre todo en el ámbito anglosajón. A ello también contribuyó la dificultad que entrañan sus novedosas construcciones conceptuales. [...] Sin embargo, ello no impide que el camino que contribuyó a abrir siga siendo recorrido por pensadores que reconocen la pertinencia y trascendencia de concebir la realidad desde su vertiente procesual. 
Sea como fuere, esperamos que esta edición de Proceso y realidad reavive en nuestra lengua el rescoldo de aquella línea de pensamiento que ve la realidad como un todo dinámico y fluyente, vivo en un sentido amplio y coherente en su infinita diversidad, donde todo guarda relación con todo, pero no de manera caótica sino ordenada. Una corriente filosófica de la que Whitehead fue un esforzado defensor a la par que innovador.”

Alfred North Whitehead (1861-1947) sigue siendo para algunos expertos el más importante filósofo del siglo XX y en todo caso el autor de una de las obras fundamentales de la filosofía moderna.

De formación científica, físico y matemático, Withehead desarrolló en Harvard su pensamiento filosófico y acometió una revisión crítica del positivismo materialista y del mecanicismo científico con una ampliación del campo tanto del pensamiento científico como del filosófico mediante una construcción intelectual que vincula filosofía y ciencia.

Convencido de que la ciencia no debe sólo aspirar a descubrir, sino también a interpretar y explicar la realidad, se adentró en el terreno de la metafísica como fundamento y marco de la ciencia e integró ciencia y filosofía como Leibniz.

Construyó asi una concepcion filosófica de la realidad y la naturaleza  a través de libros como este Proceso y realidad, que recoge las conferencias que impartió en Harvard en el curso 1927-28. Defiende allí la idea de lo real entendido como un proceso constante y fluido que relaciona la totalidad de los componentes del universo en una realidad dinámica marcada por el devenir y la evolución, la continuidad y la permanencia.

Y por eso su estudio del ser, su ontología, es también una cosmología y la aproximación al ser se integra en una visión general de la naturaleza a través de esta monumental construcción intelectual que vincula filosofía y ciencia en un sistema que conecta las ideas estéticas y los principios éticos con las concepciones del mundo basadas en las ciencias experimentales.

Se trata de establecer vías de contacto entre la abstracción y la emoción, entre la razón y el sentimiento. Y frente al dominio de lo medible y de lo cuantitativo, se trata de buscar la verdad esencial de la realidad, a la que no llega la ciencia positiva.

No es un libro fácil. A veces le sobra oscuridad a su estilo alusivo. Pero ya en su Prefacio avisa Whithehead de “hasta qué punto son superficiales, insignificantes e imperfectos nuestros esfuerzos por sondear las profundidades de la naturaleza de las cosas. En el debate filosófico, el más leve atisbo de certeza dogmática o de sanción definitiva es una prueba manifiesta de insensatez.”
 
Santos Domínguez

9/4/21

Yeats. 89 poemas

 
 William Butler Yeats.
89 poemas.
(Antología poética 1883-1939)

Edición bilingüe
de José Francisco Ruiz Casanova.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2021.


Sé que hallaré mi destino
en algún lugar arriba, entre las nubes;
aquellos a quienes combato no odio,
aquellos a quienes protejo no amo;
mi país es Kiltartan Cross,
mis paisanos, los pobres Kiltartan,
ningún final ha de suponerles pérdidas,
o hacerles más felices de lo que eran.
Ni ley ni deber me impulsaron a luchar,
ni hombres públicos, ni vítores de multitudes,
un solitario y deleitoso impulso
me condujo a este tumulto entre las nubes;
todos lo sopesé, a mí vino todo;
los años venideros eran aliento vano,
aliento vano los años que quedaban atrás:
acorde con esta vida, esta muerte.


Esa es la versión de Un aviador irlandés prevé su muerte de William Butler Yeats, que publica José Francisco Ruiz Casanova en la Antología poética 1883-1939 que edita Cátedra Letras Universales con el título 89 poemas.

Y esta es la explicación de ese número de poemas seleccionados: “Como antólogo siempre he creído que la obra de algunos poetas "torrenciales" como W. B. Yeats [....] en ocasiones por inabarcable, en otras por desigual, gana (o sus versos invitan mejor a la lectura) cuando se presenta una muestra representativa de la totalidad. De modo que al componer esta antología ha querido seguir dicha creencia y rendir, por otra parte, secreto homenaje a Seamus Heaney. Encargado este poeta irlandés [...] de realizar una antología de la lírica de W. B. Yeats para Faber&Faber (2000) seleccionó 89 poemas desde Crossways (1889) hasta Last Poems (1938-1939); esa misma cantidad de composiciones, 89, es la que reúne este volumen, con la diferencia de incluirse aquí una última sección de poemas no recogidos en libro.”

Probablemente la poesía contemporánea sería distinta, y peor, si W.B. Yeats (1865-1939) no hubiera escrito algunos poemas esenciales del siglo XX que fundan una nueva manera de escribir, como Un aviador irlandés prevé su muerte o Bizancio, un poema sobre la existencia y la búsqueda, una “elegía del ser poético”, según sus propias palabras, que comienza así en la versión de Ruiz Casanova:

Las impuras imágenes del día se desvanecen;
la soldadesca ebria del Emperador duerme;
el eco de la noche se desvanece, canto de noctámbulos
después del gong de la gran catedral;
el domo, iluminado por las estrellas o la luna, desdeña
todo cuanto el hombre es,
las meras complejidades,
la furia y el cieno de las venas humanas.


Irlandés comprometido con los movimientos nacionalistas de finales del XIX, Yeats, como Pound y Eliot, afronta esa entrada radical en la contemporaneidad desde una mirada y un pensamiento en el que se combinan la tradición y la modernidad. Como señala Ruiz Casanova en su introducción “Yeats precisaba, para el que iba a ser su proyecto poético, hermanar el simbolismo, tal como se entendía en las modernas corrientes literarias europeas, con una particular forma de alzar como símbolo la leyenda y la historia de su tierra y de su cultura irlandesas.”

Esa conciencia reivindicativa de las raíces culturales y de la mitología céltica está en la base de sus primeros libros y a lo largo de una obra en la que se funden ejemplarmente vida y poesía, ideología y literatura para dar lugar a una producción en la que se concreta un peculiar diálogo entre el poeta y el mundo del que surge la expresión lírica.

O del poeta consigo mismo, como en los poemas maduros de La Torre, en los que la emoción y la política, el sueño y el paisaje, la memoria y el fervor patriótico vertebran unos textos marcados por la conciencia aguda de la temporalidad y la meditación, por la rosa esférica o Bizancio o las tumbas gaélicas bajo la lluvia.

Poesía de la expansión y la contención, a la vez localista y universal, en la que lo confesional cohabita con la voz del bardo o del oráculo. A lo largo de su obra se funden ejemplarmente vida y poesía, ideología y literatura para dar lugar a una producción en la que se concreta un peculiar diálogo entre el poeta y el mundo del que surge la expresión lírica.

El tiempo y la memoria, Irlanda y el amor, las torres y la llama forman parte del imaginario poético de uno de los poetas imprescindibles del siglo XX, creador de un mundo propio de imágenes que conjugan pensamiento y emoción en la conciencia aguda del paso del tiempo.

Esta antología se suma a una nutrida serie de traducciones de Yeats al español, de entre los que habría que destacar la edición de Rivero Taravillo de su Poesía reunida en Pre-Textos, la de Linares Familiar de La escalera de caracol y otros poemas en Linteo, la antología que editó Enrique Caracciolo en Alianza o la versión rimada de la selección de Seaney que publicó Daniel Aguirre en Lumen.

 Santos Domínguez

7/4/21

Quevedo. Defensa de la felicidad

Francisco de Quevedo.
Defensa de la felicidad.
Alegato a favor de Epicuro.

Edición de Arturo Echavarren.
Ilustraciones de Pieter Bruegel el Viejo.
Reino de Cordelia. Madrid, 2021.

“Resta la defensa de Epicuro. No la hago yo; refiero la que hicieron hombres grandes, ni en este caso es mi caridad la primera con este nombre. Arnaudo, en su libro que llama Juegos, la imprimió, mas dejando lugar a que yo no perdiese el tiempo en esta.
No es culpa de los modernos tener a Epicuro por glotón y hacerle proverbio de la embriaguez y deshonesta lascivia; lo mismo precedió en la común opinión a Séneca. Execrable maldad fue en los primeros, que le hicieron proverbio vil para los que les siguieron necesariamente después. La infamia ajena más fácilmente se cree que se dice, y peor, pues siempre se añade. Diógenes Laercio dice que Diotimo, estoico, de envidia fingió muchos escritos torpes y blasfemos, y le achacó otros a Epicuro y los publicó para disfamarle y desacreditar su escuela. Pocos oyen murmurar de otro que no les parezca poco lo que oyen y verdad lo que creen. Esto sucedió a Epicuro con los demás filósofos, con intervención de las ruindades de la envidia.
Epicuro puso la felicidad en el deleite y el deleite en la virtud, doctrina tan estoica que el carecer de este nombre no la desconoce. Desembarazó la atención de sus discípulos, como de trastos, del embarazo de la dialéctica sofística, de la cual habló sola, porque la lógica en lo escolástico es grande y valiente parte de la teología; y el condenar la dialéctica (entiéndese sofística), en que fundaban su mayor pompa los otros filósofos, fue ocasión de aborrecer y disfamar a Epicuro.”

Así comienza Quevedo su Defensa de la felicidad. Alegato a favor de Epicuro, que publica Reino de Cordelia con magníficas ilustraciones a doble página de Pieter Bruegel el Viejo y edición de Arturo Echavarren, que escribe en el prólogo:

“Una de las caras menos conocidas de Quevedo para el público general es la del filósofo, aunque nuestro autor nunca fue un pensador sistemático. No obstante, late en toda su obra cierta coherencia interna y notable unidad en su entusiasmo por la doctrina neoestoica, revalorización y remozamiento en época moderna de los ideales del antiguo estoicismo. [...] Quevedo, en fin, concibe el desengaño de raigambre estoica como un acto perpetuo de desilusión con respecto de los apetitos humanos y la apariencia engañosa de los objetos físicos. Con esta sólida adhesión al pensamiento neoestoico, nuestro autor se alineaba decididamente con el humanismo europeo de la época, cuyo afán era conciliar los ideales de las escuelas filosóficas de la antigüedad con los dogmas del cristianismo. La Defensa de Epicuro, que aquí editamos, es un fruto maduro de este sincretismo.
[...]
Si la vinculación del epicureísmo con el estoicismo es un recurso crítico fundamental en la revitalización y vindicación de Epicuro que nuestro autor lleva a cabo en la Defensa, no es de menor calado su pretensión por cristianizar en lo posible al filósofo griego.”

Cuando Quevedo publicó este opúsculo en 1635 contaba ya con precedentes en los humanistas (Lorenzo Valla, Erasmo y Montaigne, Fray Luis de León o López Pinciano entre nosotros) que ya en el siglo XVI buscaban puntos de contacto entre el epicureísmo y el estoicismo y reinterpretaban desde una óptica cristiana la doctrina de Epicuro. Sumándose a esa línea, escribe Quevedo:  
 
Errores tuvo Epicuro como gentil, no como bestia; aquéllos le condenan los católicos, éstos le achacaron los envidiosos

Su contacto con la obra de Epicuro tuvo lugar a partir de la lectura de Séneca, que  lo presentó como un estoico y lo convirtió en una referencia constante en sus obras.

Y si a primera vista puede sorprender que un neoestoico como Quevedo haga esta apología de Epicuro, lo cierto es que con esos antecedentes clásicos y renacentistas se entiende mejor su actitud integradora del epicureísmo en la construcción de una ética de la virtud que proyectó también en sus poemas morales y en su poesía metafísica, en los que defendió los sencillos placeres compatibles con el estoicismo de una vida modesta. Y es que la serenidad y la templanza son dos aspiraciones compartidas por ambas tendencias en el ejercicio de la virtud:

Y toma uno de los Ensayos de Montaigne, De la crueldad, no sólo como antecedente y apoyo, sino como argumento de autoridad:

 Severo el señor de Montaña, juzga que en lo verdadero, rígido y robusto no cede la doctrina de Epicuro a la estoica. No dice que la excede, no porque no es verdad, sino porque no era fácil de creerse, y después por hallarle ya común proverbio y único de los vicios, los doctos y los santos le advirtieron por escándalo.

Santos Domínguez

5/4/21

Walser. Berlín y el artista


Robert Walser.
Berlín y el artista.
Prólogo de Thomas Hirschhorn.
Traducción de Isabel García Adánez.
Siruela. Madrid, 2021.


“Cada texto, cada libro, cada uno de los libros de Robert Walser me parece necesario, hasta el texto más breve, el libro más delgado. Porque cada uno de sus libros, cada uno de sus textos cuenta. Todos los libros y todos los textos son igual de importantes. Importante quiere decir, para mí, significativo. No hay texto ni libro que no sea “significativo” o “relevante”, porque también los “libros malos” son significativos, eso es válido para todos los libros. No es una cuestión de relevancia, nunca es una cuestión de relevancia. Es cuestión de que los textos de Robert Walser que he seleccionado son imprescindibles. Son imprescindibles Vladimir, Mis afanes y también Berlín y el artista. Todos los textos que comprende esta antología son imprescindibles, y en todos ellos se hace valer un significado propio más allá de lo significativo”, escribe Thomas Hirschhorn, escultor y artista conceptual suizo, en 'Por qué me encanta Robert Walser', el prólogo de Berlín y el artista, que publica Siruela con una espléndida traducción de Isabel García Adánez.

Magníficamente editado en tapa dura, es una estupenda selección de textos, entre los que figura Walser sobre Walser, que se publicó por primera vez en un periódico de Zurich el domingo 19 de julio de 1925. Termina con este párrafo:

 Así pues, deseo que no se me preste atención. Si, a pesar de todo, insisten en hacerme caso, advierto de que pienso hacer yo caso omiso del caso que me hagan. Llevar al papel los libros que he escrito hasta ahora no fue ninguna obligación. Pienso que escribir mucho no es sinónimo de riqueza en la escritura. ¡Que no me vengan con los “libros más tempranos”! Que no los sobreestimen, y, al Walser vivo, a ver si intentan aceptarlo tal y como él se muestra.

Susan Sontag lo definió como un escritor fundamental, dotado de las virtudes del arte más maduro y civilizado. Había empezado a escribir en la adolescencia, a la vez que decidía retirarse del mundo. De hecho, Walser se planteó la escritura como una vía de escape de la realidad, como una forma de echarse a un lado. Ya en su primer texto imaginó su suicidio y se proyectó en la figura de un hijo pródigo que reclamaba atención.

A partir de ese momento se va delimitando el universo literario de Walser en torno al deseo de no ser nadie, de no llegar a ninguna parte, de perderse, como en sus paseos, entre los objetos sin propósito definido, de borrar el yo y destruir la propia identidad. Porque en Walser la realidad, como la escritura, está en un proceso de desintegración constante, de disolución en lo mínimo.

Robert Walser fue el más elusivo, el más solitario de los escritores solitarios, huyó de todo vínculo con el mundo, de toda posesión que lo atara a algún sitio de la vida o la literatura. Paseó mucho, compulsivamente, siempre en huida, pero se esforzó en no dejar más huellas que las de sus pisadas en la nieve poco antes de morir y las más persistentes, las de su literatura.

Extraño, inquietante, ausente del mundo, desvinculado de los hombres y de sí mismo, su biografía es tan opaca que -como señaló Sebald- forma parte más de la clandestinidad y de la leyenda que de la historia.

De la estirpe de Gogol, Kafka o Benjamin, todo en su literatura es rápido y fugaz como sus pasos, desde los personajes a los paisajes. Todo menos la admiración constante y creciente de muchos escritores por su obra.

Kafka, que tuvo en Walser a uno de sus precursores más evidentes, leyó sus textos con divertida admiración y aprendió en ellos una parte esencial de sus claves narrativas. Musil, Benjamin, Canetti, Bernhard, Calasso, Coetzee o Vila-Matas son otros nombres eminentes que han dejado constancia de su deuda impagable con esa extraña excepción silenciosa y llena de paradojas que es la literatura de Walser.

Porque el lector que entra en el perturbador universo creativo de Walser se convierte de inmediato en un cómplice cercano y asombrado por el matiz descriptivo y por la profundidad de una mirada interior que se expresa a través de monólogos fluidos y poderosos como el de El Greifensee, con el que se abre la selección:

Hace una mañana fresquita y me echo a caminar desde la gran ciudad, con su famoso gran lago, en dirección a ese otro lago pequeño y casi desconocido. Por el camino no me encuentro más que con lo poco que puede encontrarse una persona corriente por un camino corriente. Les doy los buenos días a unos cuantos segadores afanosos, y eso es todo; contemplo con atención las lindas flores y, de nuevo, eso es todo; empiezo a charlar conmigo mismo tranquilamente y, una vez más, eso es todo. No me fijo en ninguna particularidad paisajística, pues voy caminando y pienso que esto ya no tiene nada de particular para mí. Y ahí voy caminando y, según camino, ya he dejado atrás el primer pueblo, con sus grandes casas anchas, con sus jardines que invitan al descanso y al olvido, con sus fuentes que chapotean, con sus bellos árboles, granjas y tabernas y otras cosas de las que en este momento olvidadizo ya no me acuerdo. Sigo caminando y lo primero a lo que vuelvo a prestarle atención es a cómo resplandece el lago a través de un manto de hojas verdes y las silenciosas copas de los abetos; pienso: ese es mi lago, al que tengo que ir, hacia el que me siento atraído. De qué manera me atrae y por qué me atrae ya lo sabrá el propio lector amigo, si es que tiene interés en seguir con mi descripción, descripción que se permitirá ir saltando por caminos, prados, bosque, arroyo y campo hasta llegar al pequeño lago mismo, donde se detendrá conmigo y no alcanzará a maravillarse lo suficiente ante su belleza inesperada, tan solo sospechada en secreto.

El goce de la infelicidad, la filosofía del perdedor, la inquietud existencial, la perpleja contemplación del mundo, su nostalgia sin causa y sin objeto, el elogio de la derrota y los paseos interminables son parte nuclear de una literatura de la que dice Thomas Hirschhorn en su prólogo:

“Si me encantan los textos y los libros de Robert Walser no es por su contenido. Me encantan como muestras de resistencia, como muestras de exigencia absoluta, pues son exigentes hasta el punto de que exigen demasiado. [...]
Robert Walser ilumina lo pequeño, lo desatendido, lo que no parece serio ni aparente. Ilumina lo que está en la sombra, y, por ello, para mí es como si sostuviera una linterna en la oscuridad. He aprendido de él que hay que considerar importante todo, porque todo es importante. He aprendido que todo puede ser importante y que todo puede volverse importante, y he aprendido que no hay nada insignificante.”

Con sesenta y cuatro textos cruciales y significativos, como Berlín y el artista, que da título a la recopilación, Vida de poeta o El secretario, esta magnífica antología de relatos y artículos, entre los que se incorporan algunos inéditos, es una inmejorable puerta de entrada en el mundo literario de Walser. Y para los que ya eran sus lectores, una nueva oportunidad de visitarlo una vez más con admiración y desasosiego.

Santos Domínguez

2/4/21

Manuel Padorno. Obras completas III


Manuel Padorno.
Obras completas.
Tomo IIII: Inéditos 1957-2002.

Palabras preliminares de Juan Cruz.
Edición de Patricia Padorno Betancor
y Alejandro González Segura.
Pre-Textos. Valencia, 2020.


En la mañana llega el hombre de agua,
sus manos son la espuma, el oleaje
contra el cristal afuera, de la barra.
En la orilla comienza la llanura
azulmarina, blanca hilera enfrente
desde la misma playa en adelante
sembrados los objetos, llamaradas
de luz horizontal, blancas gaviotas
humeantes, posadas en el agua
esparcen las cenizas invisibles
mientras el hombre líquido parece.
El visionario va perdido, asoma
tras larga carretera de eucaliptos
las cimbreantes aguas vegetales.
El hombre vuelve encima del espejo;
él es también el mar cada mañana
donde adentrarse, donde se contempla
súbito, un misterioso rostro líquido:
su claro, transparente rostro de agua.


Ese poema, El hombre de agua, de La canción todavía, un libro de 1991, es uno de los centenares de textos inéditos de Manuel Padorno que recoge Pre-Textos en el tercer volumen de sus Obras completas (Inéditos 1957-2002), con edición de Patricia Padorno Betancor y Alejandro González Segura, que explica en la nota sobre esta edición que “nuestra pretensión ha sido siempre, a lo largo de estos tres tomos, ofrecer al lector la mejor versión de cada texto, la última, la más recientemente corregida la más depurada y la más pura. La labor de cotejo y rastreo se ha extendido a las posibles versiones de los poemas que pudieron aparecer en revistas u otras publicaciones.”

Con la recopilación de estos inéditos, escritos a lo largo de casi medio siglo, entre 1957 y 2002, culmina el magno proyecto de edición de la poesía atlántica y matinal, luminosa e insular de Manuel Padorno (1933-2002), uno de esos autores inclasificables -como Antonio Gamoneda, Luis Feria, Mª Victoria Atencia, Ángel Crespo, Félix Grande, Fernando Quiñones, Francisca Aguirre o César Simón- que fueron coetáneos de los más conocidos poetas del grupo de los 60.

A estos poetas, que afrontaron al margen de grupos su aventura poética a través de un mapa que les llevó a alcanzar su propio tono de voz, los manuales y las antologías los suelen confinar a los márgenes del canon, aunque su obra esté a la altura de los canónicos Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, Ángel González o José Ángel Valente, que era, por cierto, el que señalaba que donde acaba el grupo empieza el poeta.

Este volumen reúne catorce libros inéditos que se suman a los veintidós que Pre-Textos ha venido publicando en los dos tomos anteriores que contienen una de las aventuras poéticas más ambiciosas de la poesía española en la segunda mitad del siglo XX. Ordenados cronológicamente, son el resultado de una ardua tarea de recopilación, clasificación y edición de un vasto conjunto de materiales dispersos en distintos soportes y lugares.

Desde Salmos para que un hombre diga en la plaza hasta El caminante llega de vuelta, algunos de estos libros son sólo parcialmente inéditos, porque Padorno publicó una parte sustancial, mientras otros son rigurosamente inéditos. A estos libros se añaden más de un centenar de poemas sueltos organizados en tres secciones (Retratos, De asuntos varios y Sonetos) y casi veinte ensayos de distinto alcance y extensión en los que Padorno reflexionó sobre la creación suya o la ajena y trazó su propia poética. Son textos fundamentales para aproximarse a su poesía porque ofrecen las claves fundamentales de su concepción de la escritura, como el mecanoscrito de 1988 en el que habla de su trato con las palabras:

La palabra te asedia como si fuera un animal ronroneante. Merodea tu espacio vital, se sobrepone. Duermo con las palabras. Sueño con las palabras. Veo las palabras en el sueño. Me da la sensación que soy un pastor de palabras, que cuando me acuesto todo el rebaño se echa alrededor de mi cama. Algunas se acercan, te olfatean. Respiras la palabra dormido. Algunas se echan junto a ti, pacientemente, sobre la misma cama. Uno nunca conocerá a todos los animales de su rebaño de palabras. Muchas tienen rostro desconocido. No se sabe por qué, a veces, ese animal desconocido salta del rebaño y se te acerca imperiosamente llamando tu atención, exigiéndote que la mires, que la contemples inauguralmente. Algo en lo que estás trabajando demanda su presencia.
Es difícil dejarle paso. Sin embargo, es precisamente la poesía, el poema, el único trabajo que realmente da paso siempre. A la música le cuesta muchísimo. A la pintura. No se puede concebir un poema sino en absoluta libertad, en absoluta desobediencia.
No se sabe cómo es el territorio del poema que paso a escribir. No se sabe.

De esa aventura estética, de esa búsqueda de un mundo poético propio que se justifica en sí misma tanto como en sus hallazgos sigue dando cuenta este volumen que recoge medio siglo de una poesía que intenta “llegar hasta el desvío, desvelar la realidad”, como señalaba el poeta en las palabras preliminares de su antología personal La guía.


Manuel Padorno fue un poeta en el que la insularidad, que iba más allá del rasgo biográfico y de su hábitat, afectaba a la misma esencia de su razón poética. Porque la poesía de Padorno proyecta una mirada comprensiva a la realidad, es una constante búsqueda de lo invisible, de lo que está al otro lado, una indagación en lo infrecuente por parte de quien se veía a sí mismo como un nómada que convoca la epifanía de la luz o como un sacerdote revelador de lo oculto o lo etéreo.

El mar y la luz, el agua y las gaviotas, los barcos y la playa son algunas de las constantes temáticas que articulan una poesía en la que la palabra explora el lugar de encuentro del mundo interior y el mundo exterior. Un viaje hacia la revelación de otra realidad por medio de una palabra poética que se mueve en el filo de la oralidad y el hermetismo, entre el tono coloquial y la elaboración gongorina.

La luz y la palabra son una constante en la obra de quien era pintor además de poeta. 'Pintor-poeta y poeta-pintor' le llamaba Jaime Siles. Y sobre esa línea luminosa que une su poesía con su pintura escribía Manuel Padorno en Una lectura distinta del mundo a través de la pintura y la poesía, una conferencia de 1995 que recoge también la sección final de este volumen:
 
El motivo principal tanto de mi pintura como de mi poesía, desde siempre, es desvelar el mundo exterior, ir penetrando y fijando una nueva lectura del mundo, lo que yo llamo el “afuera”, fundamentado principalmente en el tema de la luz y del mar. Así surge el nomadeo de la luz, el “Árbol de luz”, la “Gaviota de luz”, “El vaso de luz”, la “Pirámide de luz”, “La luna del mediodía”, “La carretera del mar”, etc. Se trata de crear una mitología, una cosmología atlántica, canaria, basada en el mundo invisible, en lo que no se ve, en lo que se desconoce, en lo que se ignora.

Su poética atlántica conecta a Padorno con el tercer Juan Ramón, el de Lírica de una Atlántida, en un deseo común de descubrir otra realidad, de expresar lo inefable, de escribir desde el otro costado o desde el otro lado, desde lo que definió como “una poética del desvío”, desde la que escribió un magnífico libro inédito, Guía del desvío, al que pertenecen versos como estos:

Ya todo lo que veo es invisible.
La calle, el parque aroman exteriores,
carreteras del mar, árbol de luz,
mi habitación azul, casa del aire,  
el edificio donde vivo, al otro lado
de la ciudad que sólo yo conozco.
Así conozco ya los exteriores
del aire, el edificio de la luz,
el otro lado físico invisible.

Ese itinerario hacia el otro lado invisible es el eje de su trayectoria poética y del espléndido prólogo de Alejandro González Segura, El otro lado, del que dice que “es algo que se le presenta al poeta como cierto premio a una cierta manera de ver e interpretar la realidad. Y el premio ocurre en forma de plenitud de significación.”
 
Como una historia personal de la luz podría resumirse la aventura poética de Manuel Padorno, una epifanía luminosa que convoca su potente mundo poético y su palabra iluminada. La intensidad de su tono lírico, la ambición imaginativa y el impulso plástico unen en su escritura la poesía, la pintura y la palabra para crear un mundo literario inconfundible, un viaje al otro lado inefable, hacia esa otra realidad en la que la lógica y la lengua se muestran insuficientes para expresar el admirable universo poético de Manuel Padorno, la luminosa insularidad y la tonalidad propia del poeta de la luz, del aire y del agua, de la vegetación frutal y el pájaro de las revelaciones que sobrevuela sus versos. Ese pájaro solitario que

camina por el muro altísimo.
No tiene donde asirse, ni agua
que beber, nidal del fuego tibio,
posado en el vitral, el pájaro
que pía sobre la mansa casa solitaria,
en la enramada de la cal despacio
en pleno mediodía, se va a caer,
se va a caer mientras ve algo.


Como en los otros dos volúmenes, las notas iluminan la intrahistoria secreta de cada libro, aquí más necesaria por su condición de inéditos.

Santos Domínguez


31/3/21

Luis Landero. El huerto de Emerson

 

Luis Landero.
El huerto de Emerson.
Tusquets. Barcelona, 2021.

Tengo un cuaderno nuevo y no sé en qué gastarlo. Es invierno, ya ha oscurecido, hace mucho frío y afuera resuena el temporal. Yo me he arrimado a este cuaderno como el mendigo al calorcillo de la lumbre. Por el momento no sé qué escribir, es cierto, pero eso importa poco. Cuando uno no sabe qué escribir, cuando la imaginación flaquea, cuando el alma se apaga y se embrutecen los sentidos, y cuando aun así uno siente la necesidad de escribir, siempre queda la posibilidad de abandonarse a los recuerdos.

Con esas líneas comienza la vendimia de recuerdos, lecturas y ensoñaciones sobre las que se sustenta El huerto de Emerson, la última novela de Luis Landero que publica Tusquets.

Una vendimia de la que forman parte lo vivido, lo soñado y lo leído, porque “siempre he encontrado en mi pasado la chispa de la imaginación para idear personajes e historias que son ajenos ya a mi vida, que son pura invención, y que sin embargo han brotado de la tierra siempre fértil de la memoria.”

Desde ese tiempo inicial de vendimia a los finales días de invierno, sus quince capítulos recuperan el hilo narrativo iniciado con El balcón en invierno, en una nueva incursión en la memoria, la lectura y la imaginación fabuladora que dan coherencia y continuidad a esta autobiografía novelada con el contrapunto de la reflexión sobre la escritura, los recuerdos y el poder de los sueños frente a la vida:
 
Porque el viaje al pasado tiene mucho de mágico, y en sus remotos y azarosos parajes habitan sin duda las sirenas, la tierra de Jauja, El Dorado, la posibilidad cierta del unicornio, y todas las maravillas que existen en lo más hondo de nuestro corazón, pero que se quedaron sin vivir. No otra cosa hace Alonso Quijano sino ir en busca de un tiempo donde —según leyendas autorizadas por el corazón y legitimadas por la nostalgia de su pérdida— hubo prodigios a diario, aventuras sin cuento, sueños realizados, nobles valores que sucumbieron al azote de los malandrines y gigantes, que es tanto como decir de la vulgar e injusta y odiosa realidad. Contra las indigencias de la realidad va don Quijote, y a la busca del tiempo perdido.

Desde esas líneas iniciales el lector asiste desde dentro al proceso de la escritura, al libre fluir de las palabras, de los recuerdos de la infancia (“la edad de los hallazgos perdurables”) y de las invenciones, para comprobar de la mano del narrador que “la memoria, como la imaginación, es un pozo sin fondo” y que “la memoria de lo vivido no se acaba nunca”, aunque “a mí siempre me ha gustado más soñar la vida que vivirla.”

De esa manera, los materiales autobiográficos y la sabiduría narrativa de Landero combinan la memoria y la imaginación, los recuerdos y los sueños, la lectura y la escritura para embrujar al lector y compartir con él el placer de la narración y sus afluentes, del merodeo y la divagación en una narración asentada en la memoria y que se alimenta no sólo de recuerdos reales, sino que se construye con la imaginación y la fantasía, con el asombro y las lecturas: “porque yo soy de los que viven, archivan en la memoria, y luego, al recordar me lo reinvento casi todo.”

Entre el asombro y la ensoñación, la incertidumbre de la escritura y la confianza en la magia de las palabras “que nos sobrevivirán y hablarán por nosotros cuando hayamos muerto”, El huerto de Emerson es también un homenaje a las lecturas que han iluminado la vida de Landero: Kafka y Machado, Conrad y Ferlosio, Adorno y Shopenhauer, Cervantes y Shakespeare, Stendhal y Joyce…, autores que han mantenido encendida la lumbre de las palabras pero que también movilizan con el recuerdo de su lectura la memoria personal del narrador.

Así cuando evoca una de sus lecturas formativas, los Ensayos escogidos de Emerson en la colección Austral, “aquel libro providencial” del que surge el título del libro:
 
Dice Emerson que cada cual ha de aceptarse a sí mismo tal como es, y aceptarse además con orgullo y contento. Que a todos nos ha tocado en suerte un terrenito en el que laborar. Que es seguro que habrá alrededor terrenos más grandes y fértiles, donde crecen lechugas mejores que las nuestras, pero que nosotros tenemos que cultivar lo nuestro, el huerto que nos tocó en suerte, sin envidiar lo ajeno, conformes y alegres con nuestras lechugas, por pequeñas y pálidas que sean.

Y junto con las lecturas, los recuerdos de la infancia en Alburquerque y la adolescencia en Madrid: la figura de Pache, el campesino existencialista y visionario; los amores lánguidos y vigilados de Florentino y Cipriana; la evocación del secreto de su abuela Frasca; la memoria de los animales mortíferos y sagrados, envueltos en leyendas ancestrales; la pérdida del paraíso de la infancia; una plegaria al señor de la invención y la gramática para que obre el milagro de la escritura; el recuerdo de un gordo desmesurado y flotante o de siniestros personajes entrevistos, inmortales y casi invisibles; la oficina sombría en lo que trabajó en su juventud; la metáfora del viejo marino que regresa a su aldea cargado de noticias y regalos…

Una inolvidable sucesión de tiempos y lugares entrecruzados en la memoria y tamizados por el filtro del recuerdo y de la literatura, porque “yo sólo necesito un poquito de realidad para escribir; lo demás es añadido imaginario.”

Y porque, en definitiva, “es un gusto escribir. Uno se siente como niño con cuaderno nuevo. Un gusto y un vértigo”, afirma un Landero maduro y eficaz, directo y emocionante, que contó parte de estas historias de modo más o menos elíptico en sus novelas o en los textos de Entre líneas, donde el autor aún se escondía tras la figura de su alter ego Manuel Pérez Aguado.

Y al fondo del recuerdo, desde un Lejano Entonces, la nostalgia, la pérdida de un mundo que una vez parecía que era nuestro, Cuando éramos tan guapos:
 
Esto ocurrió en un tiempo y en un país en que muchos de nosotros estábamos enamorados de la vida. ¿Os acordáis?, ¿os lo han contado acaso? Estimábamos a nuestros políticos y confiábamos en ellos. Confiábamos también en los periódicos y en los periodistas, y los admirábamos, y había muchos jóvenes que de mayores querían ser periodistas. Era una época incierta, pero nosotros vivíamos confiados y alegres. Casi podíamos acariciar el futuro como el lomo de un tigre amigo y hasta cómplice. No temíamos por nuestros hijos. Los llevábamos al parque, al zoo, montábamos en el teleférico, en un camello, comíamos helados, vestíamos de cualquier forma, y al otro día madrugábamos y nos íbamos contentos al trabajo. Nos gustaba la vida, nos gustábamos a nosotros mismos, nos sabíamos muchas canciones de memoria y las cantábamos a coro en las sobremesas. Parecía que en el resto de Europa era lunes y que aquí era domingo. Éramos felices, pero no solo por ser jóvenes sino porque todo parecía entonces joven. Las promesas tenían casi tanto valor como las monedas de curso legal. Todo lo viejo había quedado atrás, y todo tenía un aire de novedad y livianía, y no solo nos gustaba disfrutar de la libertad sino que, exagerando su disfrute, representábamos cada día la alegre comedia de la libertad. Y luego, no sé en qué momento, en qué aciaga sucesión de momentos, todo aquel alarde de dicha y de vigor comenzó a convertirse en rutina, en decepción y en impostura. Y nosotros, todos, de pronto nos hicimos feos y empezamos a envejecer y a olvidar las alegres canciones de entonces.


Santos Domínguez

29/3/21

Borrow. La Biblia en España

 

 
 George Borrow.
La Biblia en España.
Introducción, notas y traducción
de Manuel Azaña.
Alianza Editorial. El libro de bolsillo.
Madrid, 2021.

“La obra que ahora ofrezco al público, titulada La Biblia en España, consiste en una narración de lo que me sucedió durante mi residencia en aquel país, adonde me envió la Sociedad Bíblica, como agente suyo, para imprimir y propagar las Escrituras”, escribía George Borrow en el prólogo de la primera edición de La Biblia en España, que se publicó en 1842.

Es sin duda uno de los mejores libros de viajes del siglo XIX y ofrece una vívida descripción de primera mano de aquella España en plena guerra carlista que recorrió durante cinco años. Pero hasta setenta años después no se traduciría al español:

“No es muy honroso para nuestra curiosidad que hayan transcurrido cerca de ochenta años desde que vio la luz, sin ponerlo hasta hoy, traducido, al alcance de todos. El libro fue compuesto, en su mayor parte, en los lugares mismos que describe. Borrow redactaba un diario de viaje”, escribía en 1921 Manuel Azaña en la Nota preliminar a su edición en tres tomos de La Biblia en España en la colección Granada del editor Jiménez Fraud.

La había traducido del inglés para aquella primera edición en España, hace ahora un siglo exacto. Poco podía sospechar el insigne traductor que el libro volvería a desaparecer de las librerías hasta que Alianza Editorial recuperó en 1971, medio siglo justo después, aquella traducción que ahora acaba de reeditarse.

Así describía Azaña a Borrow, don Jorgito el inglés, como se le conocía en los cafés y mentideros madrileños, en la Nota preliminar a su traducción: “Era alto, flaco, zanquilargo, de rostro oval y tez olivácea; tenía la nariz encorvada, pero no demasiado larga; la boca, bien dibujada, y ojos pardos, muy expresivos. Una canicie precoz le dejó la cabeza completamente blanca. Las cejas, prominentes y espesas, ponían en su rostro un violento trazo oscuro.”

Aquel misionero extravagante, protestante evangélico, ferviente y audaz, tenía treinta y dos años cuando entró en España a lomos de una mula por la frontera portuguesa de Elvas con Badajoz. El viaje de Borrow por España, que comenzó en enero de 1836, se prolongaría -con paréntesis de ida y vuelta a Inglaterra- hasta octubre de 1840. Dos años después, en 1842, publicaba el libro. 
 
Así recordaba Azaña el proceso de aquella primera edición: “Ford aconsejó a Borrow que publicase sus aventuras personales y se dejara de extractar libracos españoles. Al saber que tenía entre manos una Biblia en España, insistió en sus advertencias: nada de vagas descripciones, nada de erudición libresca; hechos, muchos hechos, observados directamente; arrojo para no caer en las vulgaridades ; no preocuparse del bien decir; evitar las gazmoñerías y la declamación. Borrow se aprovechó de esos consejos. En su retiro de Oulton ordenó y completó los materiales de que disponía: diarios de viajes, cartas a la Sociedad Bíblica, y en diciembre de 1842 se publicaba la obra que velozmente le llevó a la celebridad.
Su triunfo fue inmenso. En el primer año se agotaron seis ediciones de a mil ejemplares en tres volúmenes, y una edición de diez mil ejemplares en dos tomos. Dos veces reimpresa en Norteamérica aquel mismo año 43, fue traducida al alemán, al francés y al ruso; en 1911 iban publicadas de La Biblia en España más de veinte ediciones inglesas. Borrow saboreó la popularidad; sus escritos posteriores contribuyeron poco a sostenerla.”

Subtitulado Viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península, la agilidad narrativa del libro hace que sus abundantes páginas se lean como una narración novelesca pródiga en episodios y en incidentes, en  paisajes evocados con mirada plástica y en personajes descritos con innegable habilidad para la caracterización.

Entre campos y ciudades, entre clérigos facciosos y alguaciles, bandoleros y ventas peligrosas, viajó a Madrid, a Andalucía, a Galicia por Castilla, a Asturias, a Santander. Evocó con solvencia el ambiente de Cádiz y Sevilla, de Toledo y Segovia, de Aranjuez y Sanlúcar. Convivió con los gitanos, que llamaron su atención desde Badajoz, y tradujo a su lengua el Evangelio de San Lucas; trató con los gobernantes para que autorizaran la edición de la Biblia, atravesó lugares peligrosos y vadeó corrientes tempestuosas, fue encarcelado en varias ocasiones, reflejó las intrigas cortesanas, el ambiente de los cafés y la dureza de los caminos carreteros de la época.

Pese a esa dureza, fue la mejor época de la vida de Borrow, que recordaba en su prólogo la experiencia que quedaba reflejada en los cincuenta y siete capítulos del libro como la más feliz de su existencia:

“Es muy probable que si yo hubiese visitado España por mera curiosidad o con el propósito de pasar uno o dos años agradablemente, jamás hubiese intentado dar cuenta detallada de mis actos ni de lo que vi y oí. Yo no soy un turista ni un escritor de libros de viajes; pero la comisión que llevé allá era un poco extraña y me condujo necesariamente a situaciones y posiciones insólitas, me envolvió en dificultades y perplejidades, y me puso en contacto con gente de condición y categoría muy diversas; de suerte que, en conjunto, me lisonjeo pensando que el relato de mi peregrinación no carecerá enteramente de interés para el público, sobre todo, dada la novedad del asunto; pues aunque se han publicado varios libros acerca de España, éste es el único, creo yo, que trata de una obra de misiones en aquel país.
[...]
En España pasé cinco años, que, si no los más accidentados, fueron, no vacilo en decirlo, los más felices de mi existencia. Y ahora que la ilusión se ha desvanecido ¡ay! para no volver jamás, siento por España una admiración ardiente: es el país más espléndido del mundo, probablemente el más fértil y con toda seguridad el de clima más hermoso. Si sus hijos son o no dignos de tal madre, es una cuestión distinta que no pretendo resolver; me contento con observar que, entre muchas cosas lamentables y reprensibles, he encontrado también muchas nobles y admirables; muchas virtudes heroicas, austeras, y muchos crímenes de horrible salvajismo; pero muy poco vicio de vulgar bajeza, al menos entre la gran masa de la nación española, a la que concierne mi misión; porque bueno será notar aquí que no tengo la pretensión de conocer íntimamente a la aristocracia española, de la que me mantuve tan apartado como me lo permitieron las circunstancias; en revanche he tenido el honor de vivir familiarmente con los campesinos, pastores y arrieros de España, cuyo pan y bacallao he comido, que siempre me trataron con bondad y cortesía, y a quienes con frecuencia he debido amparo y protección.

Nada mejor para resumir la admirable empresa que había significado en su momento La Biblia en España que estas palabras elogiosas con las que destacaba Azaña la humanidad de Borrow:

The Bible in Spain es un libro autobiográfico. [...] No emplea en esta obra las confidencias, no se confiesa con el lector; su procedimiento consiste en dejar hablar a los que le tratan, para pintar el efecto que su persona y sus hechos causan en el ánimo del prójimo; asomándonos a ese espejo, vemos la imagen de un don Jorge muy aventajado: subyugaba y domaba a los animales fieros; los gitanos le adoraban; era la admiración de los «manolos»; temíanle los pícaros; confundía al posadero ruin y a los alcaldillos despóticos; encendía en sus servidores devoción sin límites; era afable y llano con los humildes; trataba a los potentados de igual a igual y hacía bajar los ojos al soberbio; nunca se apartaba de la razón, ni perdía la serenidad; un prestigio misterioso le envuelve; en suma: el héroe y el justo se funden en su persona; es un apóstol que propaga la palabra de Dios, pero sin el delirio de la Cruz, sin romper el decoro; es un caballero andante que se compadece de la miseria y a cada momento cree uno verle emprender la ruta de Don Quijote, pero sin burlas, sin yangüeses, en una España que creyese en él y le tomase en serio. Apóstol y caballero están bajo el amparo del pabellón británico.”

Santos Domínguez 

26/3/21

Francisco Brines. Desde Elca


 
 
Francisco Brines.
Desde Elca.
(Antología)
Selección e introducción de Francisco Brines.
Prólogo de Fernando Delgado.
Pre-Textos. Valencia, 2021.

“Aún con emoción y enorme gratitud recibo la noticia de haber sido reconocido recientemente con el Premio Cervantes 2020, aquí, en Elca, donde transcurrió lo mejor de mi infancia, desde el lugar donde me dispuse a contemplar con sosiego y temblor la vida, y que para mí ha llegado a simbolizar el espacio del mundo. El sentido que le he dado a la vida y a la función que la poesía ha ejercido sobre mí lo aprendí aquí, a través del amor que inundaba las estancias de esta casa”, escribe Francisco Brines en la introducción a Desde Elca, la antología que ha preparado de su obra para la colección La Cruz del Sur de la Editorial Pre-Textos.

Elca es en la poesía de Francisco Brines el nombre del paraíso, el lugar de la felicidad y de las pérdidas, la casa donde se cruzan, entre la contemplación y la evocación, el presente de la celebración y el pasado de la evocación, la realidad y el sueño:

Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde.

Es la Arcadia evocada por El niño perdido y hallado (en Elca), como titula uno de los poemas de esta selección que se cierra con La última costa, el poema que cerraba también su último libro:

Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco,
en el viaje aquel de todos a la niebla.

Y aunque el título aluda a ese espacio de la casa, es el tiempo el eje de referencia de estos poemas, muestras significativas de esa extensa elegía que es la obra poética de Brines, que reúne en Elca tiempos y personas que han marcado la biografía del poeta, sus esperanzas y sus decepciones, su amargura y su sosiego, como en El extraño habitual, que comienza con estos versos:

La casa, blanca y grande, vacía de su dueño,
permanece. Silban los pájaros; las tapias, un olor.
Quien regresa se duele del destierro de la casa.
Aquí descubrió el mundo; lugar para morir.

Porque -explica Brines en su introducción, “El poema como instrumento ético”- “un territorio se convierte en lugar en el momento en que le otorgamos unas posibilidades afectivas, y ese proceso siempre reclama a la mirada del otro. Desde Elca aprendí a reflexionar conmigo mismo, a leer sin prisas y escribir con tiempo. Elca, el lugar donde se han cruzado todas mis edades.”

Elca pasa así de ser un territorio a ser un lugar, el escenario de tardes y jardines que da coherencia a la poesía elegíaca de Brines y la integra en un común marco emocional o meditativo y en la línea continua de una temporalidad convocada y negada en el espacio del poema, como en este Reencuentro, el inédito que abre la selección:

He bajado del coche
y el olor de azahar, que tenía olvidado,
me invade suave, denso.
He regresado a Elca
y corro,
            no sé en qué año estoy
y han salido mis padres de la casa
con los brazos abiertos,
me besan,
les sonrío,
me miran
              –y están muertos–,
y de nuevo les beso.

Santos Domínguez


24/3/21

Tomás Nevinson

 
Javier Marías.
Tomás Nevinson.
Alfaguara. Madrid, 2021.

Pero ya se ve que matar no es tan extremo ni tan difícil ni injusto si se sabe a quién, qué crímenes ha cometido o anuncia que va a cometer, cuántos males se le ahorrarán a la gente con eso, cuántas vidas inocentes se preservarán a cambio de un solo disparo, un estrangulamiento o tres navajazos, eso apenas dura unos segundos y después ya está, se acabó, ya cesó y se sigue adelante -casi siempre se sigue adelante, largas son las existencias a veces y nada se para nunca del todo-, hay casos en los que la humanidad respira aliviada y además aplaude, y siente que se le ha quitado un gigantesco peso de encima, se siente agradecida y ligera y a salvo, risueña y libre por un asesinato, transitoriamente feliz.

En ese párrafo está resumido el núcleo moral del sentido de Tomás Nevinson, la última novela -quizá tambien la más ambiciosa y adictiva- de Javier Marías que publica Alfaguara.

Está ambientada en 1997 y 1998, dos años después del final de Berta Isla, “de la que Tomás Nevinson no llega a ser continuación, pero con la que forma ‘pareja”, como explica Marías en la nota final.

La protagoniza y la narra un viejo conocido, Tomás Nevinson, que a instancias de Bertram Tupra, el artista de la calumnia, el del engaño original y los diversos nombres (“mi mayor enemigo, la persona que más había hecho por mí y contra mí y más sabía en el mundo de mi trayectoria”), vuelve a su actividad en el servicio secreto británico para investigar unos atentados de ETA y el IRA y ejecutar el encargo de indagar -convertido en Miguel Centurión- en Ruán, imaginaria ciudad fluvial del noroeste, la existencia de tres colaboradoras de esas organizaciones (Inés Marzán, Celia Bayo y María Viana) e identificar entre ellas y eliminar, sin odio ni remordimiento, a Maddie Orúe O’Dea, una terrorista medio irlandesa, medio española, sospechosa de haber intervenido en los atentados de Hipercor en Barcelona y de las casas-cuartel de la Guardia civil en Zaragoza y Vic, entre 1987 y 1991.

La potencia de su voz narrativa está presente desde la primera línea de esta novela en la que Marías vuelve a explorar con un pesimismo lúcido que se mueve entre la ironía y la amargura la complejidad de los comportamientos humanos y sus límites éticos en la frágil frontera que separa el bien y el mal, el secreto y la memoria (“Somos lo que nunca olvidamos”), la realidad y la ficción:

Yo fui educado a la antigua, y nunca creí que me fueran a ordenar un día que matara a una mujer. A las mujeres no se las toca, no se les pega, no se les hace daño físico y el verbal se les evita al máximo, a esto último ellas no corresponden. Es más, se las protege y respeta y se les cede el paso, se las escuda y ayuda si llevan un niño en su vientre o en brazos o en un cochecito, les ofrece uno su asiento en el autobús y en el metro, incluso se las resguarda al andar por la calle alejándolas del tráfico o de lo que se arrojaba desde los balcones en otros tiempos, y si un barco zozobra y amenaza con irse a pique, los botes son para ellas y para sus vástagos pequeños (que les pertenecen más que a los hombres), al menos las primeras plazas. Cuando se va a fusilar en masa, a veces se les perdona la vida y se las aparta; se las deja sin maridos, sin padres, sin hermanos y aun sin hijos adolescentes ni por supuesto adultos, pero a ellas se les permite seguir viviendo enloquecidas de dolor como a espectros sufrientes, que sin embargo cumplen años y envejecen, encadenados al recuerdo de la pérdida de su mundo. Se convierten en depositarias de la memoria por fuerza, son las únicas que quedan cuando parece que no queda nadie, y las únicas que cuentan lo habido. Bueno, todo esto me enseñaron de niño y todo esto era antes, y no siempre ni a rajatabla. Era antes y en la teoría, no en la práctica. Al fin y al cabo, en 1793 se guillotinó a una Reina de Francia, y con anterioridad se quemó a incontables acusadas de brujería y a la soldado Juana de Arco, por no poner más que un par de ejemplos que todos conocen.

A partir de ese comienzo poderoso se suceden, indisolublemente ligados a una bien trabada intriga, los dilemas entre la razón moral y la razón de estado, se exploran los límites de lo justo y lo injusto, de las acciones y los remordimientos, el conflicto entre el deber y la culpa, entre la memoria y la mentira, la escisión entre el presente y el pasado, el rencor y la piedad, la justicia y la venganza, la realidad y la apariencia, las dudas y el odio, los escrúpulos y la revancha sobre el telón de fondo de la ambigüedad de lo real, la complejidad de las personas y los comportamientos, porque “los relatos jamás son fiables, ni siquiera los de testigos directos, que ven u oyen turbiamente y se equivocan o mienten.”

Es fácil execrar y condenar al que estranguló o apretó el gatillo o asestó los navajazos, y nadie se para a pensar a quién se eliminó ni cuántas vidas se salvaron con ello, o cuántas se había cobrado la persona asesinada o cuántas había causado con sus instigaciones o inflamaciones, con sus prédicas y sus plagas morales, viene a ser lo mismo o peor (el que sólo habla y azuza no se mancha de sangre, encomienda la suciedad a los persuadidos, les instila veneno y con eso basta para ponerlos en marcha y conseguir que se excedan salvajemente), aunque no se considere así siempre.

Medio siglo después de su inicial Los dominios del lobo, Javier Marías ha escrito su novela más extensa, una novela monumental, intensa y profunda a la que ha dotado de una tensión narrativa que es el resultado de la admirable fusión de acción y reflexión, de peripecias detectivescas, cargas de profundidad e introspección moral de un Nevinson que es heredero narrativo y ético del Jacobo Deza de las novelas del ciclo de Oxford:

Pienso que nuestras vidas no son sino el largo anhelo de volver a ser indetectables Sólo el primer paso cuesta. Quizá se podría decir eso de todo, o de la mayoría de los esfuerzos y de lo que se hace con desagrado o repugnancia o reservas, es muy poco lo que se acomete sin ninguna reserva, casi siempre hay algo que nos induce a no actuar y a no dar ese paso, a no salir de casa y no movernos, a no dirigirnos a nadie y a evitar que otros nos hablen, nos miren, nos digan. A veces pienso que nuestras enteras vidas —incluso las de las almas ambiciosas e inquietas y las impacientes y voraces, deseosas de intervenir en el mundo y aun de gobernarlo— no son sino el largo y aplazado anhelo de volver a ser indetectables como cuando no habíamos nacido, invisibles, sin desprender calor, inaudibles; de callar y estarnos quietos, de desandar lo recorrido y deshacer lo ya hecho que nunca puede deshacerse, a lo sumo olvidarse si hay suerte y si nadie lo cuenta; de borrar todas las huellas que atestigüen nuestra existencia pasada y por desgracia aún presente y futura durante un tiempo. Y sin embargo no somos capaces de intentar dar cumplimiento a ese anhelo que ni siquiera nos reconocemos, o lo son tan sólo los espíritus muy valientes y fuertes, casi inhumanos: los que se suicidan, los que se retiran y aguardan, los que desaparecen sin despedirse, los que se ocultan de veras, es decir, los que de veras procuran que jamás se los encuentre; los anacoretas y ermitaños remotos, los suplantadores que se sacuden su identidad (‘Ya no soy mi antiguo yo’) y adquieren otra a la que sin vacilaciones se atienen (‘Idiota, no creas que me conoces’). Los desertores, los desterrados, los usurpadores y los desmemoriados, los que en verdad no recuerdan quiénes fueron y se convencen de ser quienes no eran cuando eran niños o incluso jóvenes, ni aún menos en su nacimiento. Los que no regresan.

Santos Domínguez


22/3/21

Saint-John Perse. Obra poética

 

Saint-John Perse.
Obra poética.
Edición bilingüe.
Traducción del francés
de Alexandra Domínguez y Juan Carlos Mestre.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2021.

“El poeta se adentra en el orbe para ver el universo íntimo de la creación, y allí reconstruye el cosmos de un perenne fluir cuántico del lenguaje, un articulado sistema de semejanzas y correspondencias, de euritmias y regularidades, de azarosas leyes naturales que implican al astro y al insecto, al cuarzo y la pirámide, a la justicia y a la ética. Una ética que, desde su temprana conciencia de la otredad, impulsada por las hélices de la infancia, es la jocundidad luminosa de la mar, el océano siempre vivo de su memoria, y que calificará el decurso de su obra habitada por el avatar, aventura y tragedia, de toda la odisea humana.
La oscuridad que equívocamente se le reprende a Perse no es más que exploración de la zona velada de una realidad complementaria, el quehacer mistérico de la propia tarea poética, el destino que indaga y anticipa la poesía”, escriben Alexandra Domínguez y Juan Carlos Mestre en el prólogo de su magnífica traducción de la Obra poética de Saint-John Perse que publica Galaxia Gutenberg en una espléndida edición bilingüe que recoge por primera vez en español toda su producción lírica.

En ese prólogo, que titulan La memoria de la imaginación, se exploran las claves poéticas de Saint-John Perse, “geógrafo del alma humana”, para descifrar el sentido de su concepción de la poesía, sobre la que dijo en su discurso de recepción del Nobel de 1960: “Es acción, poder, innovación que desplaza los límites... La oscuridad que se le reprocha no le es consustancial. Lo propio de la poesía es iluminar.”

Nacido en las Antillas francesas en 1887 y traducido por Rilke, Eliot o Ungaretti, es uno de los grandes poetas del siglo XX. Poeta del asombro y del canto, tituló aquel discurso La ciencia poética y escribió allí párrafos tan memorables como estos acerca del valor de la poesía como forma de iluminación de la realidad: “Mucho más que forma de conocimiento, la poesía es, en primera instancia, un modo de vida, de vida total. El poeta existía en el hombre de las cavernas y también existirá en el hombre de las edades atómicas: pues es parte irreductible de lo humano. Las religiones han nacido de la exigencia poética, que coincide con el rigor espiritual, y por esa gracia poética la chispa de la divinidad vive para siempre en el sílex humano.
Cuando las mitologías se desvanecen, lo sagrado encuentra en la poesía su refugio; y quizá su relevo. Y tanto en lo social como en lo inmediato humano, cuando aquellas que conducen el pan en el cortejo legendario son reemplazadas por las portadoras de antorchas, dentro de la imaginación poética se ilumina la más alta pasión de los pueblos que persiguen la claridad.
Poeta es aquel que rompe, para nosotros, la costumbre.”

Su asombroso mundo poético, apoyado en una cosmovisión iluminada por imágenes visionarias, metáforas sorprendentes y versículos torrenciales, está ya presente en su primer libro, Elogios, de 1911. A una de sus secciones, Estampas para Crusoe, pertenece este poema:

El muro

El lienzo de la pared queda enfrente, para conjurar el círculo de tu ensueño.
Pero la visión profiere su plañido.
La cabeza apoyada en la orejera del pringoso sillón, repasas la dentadura con la lengua: el sabor de las mantecas y los aliños contagia tus encías.
Y rememoras la pureza de las nubes sobre tu isla, cuando el alba verde se esclarece en el regazo de las misteriosas aguas.
... Es la exudación de las savias en exilio, el amargo mucílago de las plantas de silicuas, la acre insinuación de los manglares carnosos y la aceda dicha de una oscura sustancia en las vainas.
Es la miel silvestre de las hormigas en las galerías del árbol muerto.
Es un sabor de fruta verde, que acidula el alba que sorbes; el aire lechoso enriquecido con la sal de los alisios...
¡Alborozo! ¡oh júbilo desatado en las alturas del cielo! Las te- las resplandecen limpias, en los atrios invisibles arraigan las hierbas y las agraces delicias de la tierra se coloran en el siglo de un largo día...
 
La celebración de la infancia y la nostalgia del paraíso ultramarino de las Antillas recorren ese primer libro, al que seguiría en 1924 Anábasis, un deslumbrante poema largo en prosa, el más significativo y celebrado de sus libros, compuesto en versículos que evocan desde su título la expedición de los diez mil que narró Jenofonte, un experimento verbal a la vez que una revisión de la escritura épica en una época de víctimas sin héroes:

¡Tierra cultivable del sueño! ¿Quién habla de edificar? -He visto la tierra distribuida en vastos espacios y mi pensamiento no se ha distraído del navegante.


Diplomático de oficio hasta la invasión de Francia por los nazis, huyó a Estados Unidos en 1940 y allí rompió el largo silencio poético que mantenía desde la publicación de Anábasis.

Empezó así, de 1941 a 1946, su época más fecunda, en la que escribió varios poemas largos: Exilio, Lluvias, Nieves, Poema a la extranjera, Vientos y Mares, “texto de madurez del poeta”, como señalan los editores, en el que “retoma la continuidad del relato iniciado en Anábasis: 
 
Me llamaron el Oscuro, y mi discurso era la mar.

Volvió a Francia en 1957 y en 1960 recibió el Premio Nobel. Ese mismo año publicó Crónica, poema de la vejez, un poema que resume su existencia poética y condensa su visión cosmológica con la fusión de lo terrenal y lo aéreo. Comienza con estas palabras:

Henos aquí, vejez. Frescor del atardecer en las alturas, brisa de altamar sobre todos los umbrales, y al desnudo nuestras frentes por más amplias cuencas…

Desde sus primeros libros hasta los finales Pájaros o Canto para un equinoccio, Perse es un poeta de la celebración del universo y el hombre, de selvas y montañas, mares y desiertos, vientos y lluvias contempladas con la mirada extranjera que se impone en su poesía desde Exilio.

Tradiciones orales y escritas, orientales y occidentales convergen en la formación del mundo poético de Saint-John Perse, en el que se funden la historia y el mito, la leyenda y la profecía, la naturaleza y la historia, los paisajes y las civilizaciones, lo terrestre y lo celeste, la luz y la oscuridad para proponer la reconstrucción de un relato que dé sentido al mundo con su prosa dilatada y sus versículos desbordantes, porque -señalaba en La ciencia poética- “cuando las mitologías se desvanecen, lo sagrado encuentra en la poesía su refugio; y quizá su relevo.”

Jorge Zalamea, uno de los mejores traductores de su poesía al castellano, afirmaba que “es difícil, si no imposible, descubrir las fuentes próximas o remotas de la poesía pérsica. No hay un estilo, ni siquiera un tono en la poesía europea posterior a la Edad Media, que pueda emparentarse al suyo. Es preciso llegar a los grandes textos antiguos: Píndaro, el Libro de los muertos de los egipcios, ciertas crónicas de corte babilónicas, el Antiguo Testamento, Tácito y acaso, más reciente la historia secreta del pueblo mongol, determinados anales chinos y algunas poesías africanas, para encontrar el mismo tono, el mismo ritmo externo e interno del versículo, determinadas y antiquísimas formas gramaticales, la copiosa enumeración censal y catastral y la floración inesperada de la metáfora irremplazable. No se crea, por esto, que la poesía de Saint-John Perse es arcaizante. Por el contrario: brota como un agua viva, transparente y tumultuosa pero que acarrea todos los sabores, olores y colores de los profundos senos de los cuales fluye y de las diversas comarcas que su corriente recorre.”

Entre el poema en prosa de Anábasis, en donde se exploran los límites de la épica y la lírica, y los largos versículos de Lluvias, Nieves, Vientos o Mares, la poesía irracionalista y telúrica de Saint-John Perse, deslumbrante y opaca, enigmática y torrencial, está poblada por imágenes visionarias y por una densidad deslumbrante de metáforas y asociaciones libres, por la constante celebración verbal que tiene como eje de referencia la integración del universo y la historia, del tiempo y el espacio, de la eternidad y la naturaleza en una elaborada cosmogonía polifónica donde el futuro se impone al pasado, lo abierto y lo dinámico a lo cerrado y lo quieto, la velocidad de la nueva civilización a la inmovilidad de lo antiguo:

...Impetuosos fueron los vientos sobre la tierra de los hombres -enormes vendavales en acción entre nosotros,
Que entonaban el horror de vivir, y nos cantaban el honor de seguir viviendo, ¡ah!, nos celebraban y nos cantaban en las más altas cúspides del peligro,
Y con las zampoñas de la desdicha nos conducían, hombres nuevos, hasta las más novedosas formas.


La obra de Perse se levanta sobre la afirmación de la realidad, sobre la celebración de la poesía y del hombre, sobre la búsqueda de revelaciones de sentido, porque “la verdadera poesía -añade- es en realidad palabra escuchada; no algo que decimos, sino algo que nos habla.”

Por eso, intentar reducir la poesía inspirada, oracular y visionaria de Saint-John Perse a una etiqueta o caracterizarlo como superrealista es reconocer la insuficiencia crítica en su abordaje, porque su obra funda un universo poético y lingüístico inclasificable, un mundo estético propio que constituye una de las aventuras espirituales y estéticas más admirables de la poesía del siglo XX.
 
Santos Domínguez