12 agosto 2026

Kafka. Relatos y aforismos

 

Franz Kafka. 
 Relatos y aforismos.
 Traducciones de 
Carmen Gauger y Adan Kovacsis.
Alianza Editorial. Madrid, 2024.
 

“La naturaleza fragmentaria de las obras breves de Franz Kafka (1883-1924) y el destino editorial convulso que sufrieron sus textos, con el papel jugado por su amigo y albacea Max Brod -quien, como es sabido, desobedeció el deseo del autor de que se destruyera su obra inédita- y la prohibición a la que los sometió el régimen nazi a los pocos años de su muerte convierte en un reto la tarea de organizarlos”, se lee en la nota a la edición en la que Alianza Editorial reúne en un estuche los dos tomos de Relatos y aforismos de Franz Kafka. 
 
Una cuidada edición que quedará como una de las aportaciones editoriales de referencia con motivo del centenario de la muerte de Kafka, con traducciones de Carmen Gauger y Adan Kovacsis, que se atienen a las recientes ediciones críticas de la obra de Kafka.

El primer volumen recoge los relatos preparados por Kafka y publicados en vida en tres antologías revisadas por el autor: Contemplación, Un médico rural y Un artista del hambre, además de La condena, un texto imprescindible, y de la novela corta En la colonia penitenciaria. 
 
Se reúnen así todos los relatos que el propio Kafka preparó en vida y agrupó en distintos volúmenes entre 1913 y 1924, más otros cuatro textos que publicó en revistas y no incluyó en sus libros: ‘Conversación con el orante’, ‘Conversacion con el ebrio’, ‘Estruendo’ y ‘El jinete del cubo’.

Se añaden a esos textos las narraciones que Max Brod publicó después de la muerte de Kafka en dos volúmenes: Durante la construcción de la muralla china y Descripción de una lucha. Entre ellos figuran cuentos tan significativos como ‘El silencio de las sirenas’, ‘El escudo de la ciudad’, ‘La verdad sobre Sancho Panza’ o ‘El cazador Gracchus’.

En conjunto, rematados por una orientadora cronología de Kafka, ochenta textos que constituyen la narrativa breve del autor de La metamorfosis, que se incluye en el segundo tomo de esta edición.

Desde Contemplación, el primer libro que publicó, con textos memorables como ‘Para que reflexionen los jinetes’ o el excelente ‘Deseo de ser piel roja’, hasta Un artista del hambre, pasando por Un médico rural, que apareció en 1920, está en estos cuentos el Kafka canónico y maduro, el escritor nocturno que cuestiona angustiosamente el mundo, el oscuro oficinista que se desdibuja en máscaras irónicas o se atrinchera en el interior de sí mismo y anticipa en Ante la Ley una semilla de El proceso; el que deja en sus páginas varias parábolas inolvidables (‘Chacales y árabes’, ‘Un mensaje imperial’ o ‘Un informe para una academia’) sobre el sinsentido y los límites de la expresión, sobre la crisis de la identidad y la razón. Porque, como escribió Borges, “el destino de Kafka fue transmutar las circunstancias y las agonías en fábulas.”

La metamorfosis, que abre el segundo volumen, es una de esas pocas obras que pueden resumir el siglo XX. Kafka la escribió en un momento de intensa crisis personal que acabó desencadenando, en el otoño de 1912, la creación de textos tan esenciales en su obra como La condena, que compuso de un tirón durante la tarde y la noche del 22 al 23 de septiembre, o La metamorfosis, cuya escritura se prolongó del 17 de noviembre al 7 de diciembre de ese mismo año, con un parón por medio que Kafka lamentó luego, porque notaba que, tras esa interrupción, al retomar la escritura, la tercera parte se resentía de una suerte de recalentamiento que perjudicaba al funcionamiento narrativo del conjunto. 

Junto con El fogonero y La condena, Kafka proyectó una edición de La metamorfosis como parte de una trilogía que se iba a titular Los hijos, pues la relación problemática con el padre es el hilo conductor de los tres relatos. Frustrado ese proyecto inicial, La metamorfosis se publicó como libro exento en 1915 y se convirtió desde entonces en la obra fundamental de las que Kafka publicó en vida. 

Sabemos mucho de su historia textual, incluso de su proceso de construcción, sobre el que encontramos constantes referencias en los diarios y las cartas de Kafka a Felice. Pero sigue siendo una obra tan inaccesible como el castillo al que intentaría llegar el agrimensor K. muchos años después. 

Opaca y escrita para que la leamos como si estuviéramos despiertos en medio de un sueño, narrada con una llamativa frialdad por un narrador distante e imperturbable, es precisamente en esa distancia y en el "ligero fastidio" que provoca la situación en el propio Samsa en donde se encuentra uno de los rasgos más peculiares de La metamorfosis y de la manera kafkiana de narrar, con un punto de vista en el que el narrador se funde con el protagonista a través de la sutileza del estilo indirecto libre. 

Muchas sombras de los difuntos se dedican sólo a lamer las aguas del río de los muertos, porque este viene de donde estamos nosotros y aún tiene el sabor salado de nuestros mares. El río se resiste, de asco, fluye en sentido contrario y en sus ondas arrastra a los muertos a la vida. Ellos, por su parte, son felices, entonan cánticos de acción de gracias y acarician al río rebelde. 

Triste, nervioso, malestar físico, miedo a Praga, en cama. [25 de octubre de 1917]

Esos son dos de los textos que aparecen en los Cuadernos en octavo, un total de ocho cuadernos azules en los que, entre noviembre de 1916 y mayo de 1918, Kafka anotó pensamientos, esbozó fragmentos de relatos o tramas narrativas, elaboró diálogos o reconstruyó imágenes de sueños y visiones como esta, del Cuaderno G, que inició a mediados de octubre de 1917 y cerró a finales de enero de 1918:

Estamos -visto con los ojos impuros de este mundo- en la situación de unos viajeros de ferrocarril que han tenido un accidente en un largo túnel, y justamente en un punto en el que ya no se ve la luz del comienzo, y la del final sólo de modo tan escaso que la mirada la tiene que buscar de continuo, y la pierde de continuo, y además sin que ese comienzo y ese final sean siquiera seguros. Pero en torno a nosotros, en la confusión o en la hipersensibilidad de los sentidos, no tenemos sino monstruos y un juego de caleidoscopio, deleitable o fatigoso según el humor y las lesiones del individuo.

En ese conjunto se incorporan también ciento nueve aforismos escritos entre la primavera de 1918 y la segunda mitad de 1920. Entre ellos estos tres:

Hay una meta, pero no un camino; lo que llamamos camino es vacilación.

Dejar caer sobre el pecho la cabeza llena de asco y de odio.

Dos tareas al comenzar la vida: reducir cada vez más tu círculo y comprobar una y otra vez si no te ocultas en algún lugar fuera de tu círculo.

La última sección del segundo volumen incorpora la obra póstuma más fragmentaria de Kafka, una amplia muestra de fragmentos de cuadernos y hojas sueltas, escritos entre 1906 y 1924 y organizados en diez apartados según la secuencia cronológica fijada por la edición crítica de su obra completa.

Entre esos textos, Preparativos de boda en el campo, el largo fragmento de una novela inacabada que había escrito doce años años antes de la Carta al padre, un embrión malogrado en el que, varios años antes de La metamorfosis aparece la idea del personaje que en la cama se imagina transformado en un coleóptero. 

Como en el resto de los textos kafkianos, una línea borrosa separa lo ficticio de lo autobiográfico en estos fragmentos, de la misma manera en que en sus diarios alternan los apuntes de carácter muy personal con anotaciones de sueños y los sucesos triviales conviven con esbozos de relatos.

Está en todos ellos un Kafka en estado puro, desorientado en medio de un mundo opaco, y dueño de un lenguaje denso y frío y una literatura mágica y distante.

¿Es este un pequeño Kafka? No. No hay un Kafka pequeño. Con estos textos, breves pero no pequeños, estaba inaugurando una de las direcciones fundamentales del cuento contemporáneo.

Santos Domínguez 

05 agosto 2026

Historia de la Revolución francesa

 


 Jeremy D. Popkin.
El nacimiento de un mundo nuevo.
 Historia de la Revolución francesa.
 Traducción de Ana Bustelo Tortella.
 Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2021.


“Más de doscientos años después de los dramáticos eventos que comenzaron en 1789, la historia de la Revolución Francesa sigue siendo relevante para todos los que creen en la libertad y la democracia. Cada vez que se producen movimientos por la libertad en cualquier parte del mundo, sus partidarios afirman estar siguiendo el ejemplo de los parisinos que asaltaron la Bastilla el 14 de julio de 1789. Cualquiera que lea las palabras de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, publicada en agosto de 1789, reconocerá inmediatamente los principios básicos de libertad individual, igualdad jurídica y gobierno representativo que definen las democracias modernas. Sin embargo, cuando pensamos en la Revolución francesa, también recordamos los violentos conflictos que enfrentaron a los que participaron en ella y las ejecuciones en la guillotina. Asimismo, recordamos el ascenso al poder del carismático general cuya dictadura acabó con el movimiento”, escribe Jeremy D. Popkin en el prefacio de la magnífica Historia de la Revolución francesa que con el título El nacimiento de un mundo nuevo publica Galaxia Gutenberg con traducción de Ana Bustelo Tortella.

Con un epígrafe de apertura de Saint-Just -“La fuerza de las cosas quizás nos ha llevado a hacer cosas que no previmos”-, que resume cómo los acontecimientos se precipitaron, porque las acciones tienen consecuencias indeseables, como advirtió Tocqueville, esta nueva Historia de la Revolución francesa es un potente relato hecho desde dentro, para el presente y para un público amplio, de uno de los acontecimientos más trágicos y más decisivos de la historia de la humanidad y de su legado en el mundo moderno y en los desafíos del mundo contemporáneo. 

Desarrollada en torno a los ideales de igualdad y libertad, la Revolución Francesa fue el laboratorio en donde se pusieron las bases del mundo contemporáneo con toda su conflictiva mezcla de matices positivos y negativos. Un episodio central en el que muchos de los acontecimientos convergentes generaron su propia dinámica conflictiva, a veces incontrolable, en la que hunden sus raíces los populismos y los nacionalismos, el feminismo y el abolicionismo.

Un relato construido para un público amplio a base de hechos y de retratos que arrancan de una inolvidable comparación de las vidas paralelas de Luis XVI y el vidriero Jacques-Louis Ménétra, que son el punto de partida de un recuento cronológico y coral de la revolución, con sus luces y sus sombras, con sus conquistas y sus abusos, con la Declaración de los derechos humanos y la dictadura del Terror, con voces que no son sólo las de sus protagonistas -Luis XVI, Mirabeau, Marat, Danton o Robespierre-, sino también las de personas anónimas para la historia:

Es imposible describir en términos simples a casi ninguno de los cientos de personajes que los lectores encontrarán en estas páginas. Luis XVI y María Antonieta no podían comprender los principios revolucionarios de libertad e igualdad, pero estaban comprometidos de verdad con lo que creían que era su deber de defender las instituciones establecidas de la nación. Destacados líderes revolucionarios, desde Mirabeau a Robespierre, abogaron por principios admirables, pero también aprobaron medidas con un alto costo humano en nombre de la Revolución. Los hombres y mujeres comunes fueron capaces tanto de actos de valor, como el asalto a la Bastilla, como de actos de crueldad inhumana, incluyendo las matanzas de septiembre de 1792. Ciertamente, todos los participantes podrían haber estado de acuerdo al  menos en una cosa: la verdad de las palabras de un joven legislador revolucionario, Louis-Antoine de Saint-Just, cuando afirmó que «la fuerza de los acontecimientos nos ha llevado, quizá, a hacer cosas que no habíamos previsto».
 
Con una mezcla de historia política tradicional y de enfoque innovador que atiende también a lo intrahistórico, Popkin aborda el proceso que llevó del absolutismo a la revolución, del auge revolucionario que sentó los principios fundamentales de la democracia moderna a la crisis política, al choque entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, al autoritarismo y los excesos dictatoriales del Terror, a la reacción y al bonapartismo. 

Una sucesión vertiginosa de acontecimientos que se precipitaron en el paso de una monarquía a la deriva al levantamiento de la nación en armas, de los Estados Generales a la Asamblea Nacional, y de ahí a discrepancias internas e insurrecciones, a la dictadura y el viraje de Thermidor, a la muerte lenta de la República y la aparición de Napoleón.

Popkin construye así, con voluntad narrativa y rigor histórico, una panorámica de personajes y acontecimientos que da lugar a un relato absorbente, construido desde dentro, desde la perspectiva de los protagonistas, famosos o desconocidos. El resultado es una narración coral y cronológica de una época turbulenta y creativa, un brillante recuento que lleva al lector al centro de los hechos a través del contacto con el dia a dia público y privado de los personajes que protagonizaron o sufrieron uno de los episodios más dramáticos y decisivos de la historia de la humanidad. Así lo resume Popkin:

El hecho de que la Revolución francesa siga siendo relevante hoy día no significa que los eventos de 1789 sean simples o que puedan ofrecer respuestas claras a las preguntas de nuestros días. La nueva forma de ver algunas cuestiones, como el papel que tuvo la mujer en la Revolución, los debates de los revolucionarios sobre la raza y la esclavitud, y la forma en que la política revolucionaria prefiguró los dilemas actuales de la democracia, pueden darnos una visión diferente del movimiento, pero el mensaje de la Revolución y sus consecuencias siguen siendo ambiguos. La libertad y la igualdad significaban cosas muy distintas para diferentes personas en ese momento, como sigue ocurriendo desde entonces. Una de las lecciones más relevantes de la Revolución, primero impulsada por el crítico conservador Edmund Burke, y articulada con más fuerza por el gran teórico político del siglo XIX Alexis de Tocqueville, es que las acciones tienen, inevitablemente, consecuencias no deseadas. Sin embargo, una lección igual de importante es que a veces es necesario luchar por la libertad y la igualdad, a pesar de los riesgos que conlleve el conflicto. El respeto por los derechos individuales inherentes a los propios principios de la Revolución nos obliga a reconocer la humanidad de quienes se opusieron a ella, y también a tener en cuenta las opiniones de quienes pagaron un precio por quejarse de que el movimiento no siempre cumplía sus propias promesas. A pesar de sus defectos, la Revolución francesa sigue siendo una parte vital de la herencia de la democracia.

 
Santos Domíngue

29 julio 2026

Dickens. La casa lúgubre

 

Charles Dickens.
La Casa lúgubre.
Traducción de Alberto Reyes.
Debolsillo. Barcelona, 2012.

Habitualmente traducida al español como Casa desolada, Bleak House es para la crítica contemporánea la mejor novela de Dickens, su empresa más compleja y memorable, como indicó Harold Bloom cuando la destacó como una novela imprescindible en El canon occidental.

La espléndida traducción de Alberto Reyes que acaba de publicar Debolsillo se ha titulado –a última hora, con la portada ya diseñada-, seguramente por algún problema de derechos, La casa lúgubre, y va precedida de un agudo prólogo de Chesterton, que hace un profundo análisis de su trama, sus ambientes y sus personajes.

No es el único novelista que se ha acercado a esta obra de Dickens. Nabokov le dedicó un estupendo ensayo que forma parte de su Curso de Literatura Europea en el que exploró la red de relaciones que conecta los temas y los personajes de la novela.

Y sin embargo, La casa
 lúgubre, que Dickens publicó en veinte entregas de 1852 a 1853, no tuvo una buena acogida entre sus contemporáneos, seguramente porque utilizaba unos planteamientos técnicos avanzados para su época, porque –como señaló W. J. Harvey- su doble sistema de narradores proponía “un elaborado experimento de narración y de composición argumental, único en Dickens.”

Si fue la peor valorada en su momento quizá fuese también por su complejidad argumental y por un radical cambio de tono narrativo. Porque esta es su obra central, pero también la más sombría de sus novelas desde su arranque en un noviembre lluvioso en el que la niebla, el barro y el humo se adueñan del panorama de un Londres fantasmagórico.

Ese comienzo memorable y simbólico marca el mundo narrativo de la novela, centrada en el mundo de los tribunales de justicia. Marcada por una niebla que no levanta en toda la obra y que acaba por invadir los espacios interiores, La casa lúgubre es una sátira de la burocracia que contiene una trama policiaca.

Dickens es aquí un maestro del claroscuro que se mueve entre el humor y la denuncia y abandona la narración en sarta que había caracterizado sus anteriores entregas para utilizar una estructura cíclica.

No es la única novedad: además prescinde de personajes errantes o erráticos y asume Londres como eje ambiental de una concentrada unidad de lugar y un eje temático de referencia: el prolongado pleito en torno al que se organizan las tramas y los personajes.

Pero La casa lúgubre es mucho más que un mero recorrido por el mundo de los niños pobres, de la Cancillería y de la maraña detectivesca y judicial que la envuelve como la niebla. Un Dickens poderoso, en su plenitud estilística y en su obra más intensa, crea aquí uno de sus personajes más acabados: Esther Summerson, cuya rememoración del porvenir la conecta con Kierkegaard y la convierte en un personaje prekafkiano.

No es el único personaje consistente y perdurable de los muchos que recorren esta obra maestra: el abogado Tulkinhorn, Harold Skimpole, Mr. Bouythorn, el detective Bucket o John Jarndyce completan una obra en la que el lector encontrará una representación global del mundo y de la vida.

En sus páginas hay intriga y enredos, personajes despreciables y criaturas deslumbrantes, acciones ruines y admirables, altura literaria y ritmo narrativo. De todo menos tedio.

Santos Domínguez

22 julio 2026

Esquilo. Sófocles. Eurípides. Obras completas

 

Esquilo. 
Sófocles. 
Eurípides.
Obras completas.
Edición coordinada por Emilio Crespo.
Cátedra. Bibliotheca AVREA. Madrid, 2012.


En su Bibliotheca AVREA, Cátedra reúne el teatro completo de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Son las treinta y dos tragedias -más un drama satírico- que se conservan de esos tres clásicos griegos que estrenaron esas obras a lo largo de setenta años del siglo V a.C.

Han pasado desde entonces dos mil quinientos años y sin embargo la mayor parte de esos textos mantienen una vitalidad asombrosa que se actualiza en cada lectura, en cada representación, en cada adaptación para el teatro o para el cine.

Porque estas obras no solo han alimentado la filosofía y la literatura hasta ayer mismo, hasta Faulkner, María Zambrano o García Márquez, o el cine de Passolini; siguen planteando al hombre contemporáneo preguntas sobre la libertad y la conducta, sobre el error y la esperanza a través de personajes que representan paradigmas ejemplares o son referentes de la crueldad, pero que sobre todo son seres vivos que van más allá de su condición de arquetipos y desde su tiempo primordial forman parte del inconsciente colectivo occidental: Electra o la venganza, Medea entre el instinto maternal y el deseo amoroso, Prometeo el rebelde o la libertad del hombre frente a los dioses, la complejidad de Edipo y su búsqueda de la verdad y de la propia identidad, Antígona o la resistencia contra el poder injusto...

La organización del libro no responde al orden cronológico de los textos o a la edad de sus autores, sino a la cronología interna de los mitos a los que se refieren estas tragedias. Y así, entre Prometeo encadenado, la primera, y Los persas -la última porque es la única que no tiene un  fondo mitológico, y sin embargo la más antigua por fecha de composición- se ordenan estas obras en la que se cruzan los ecos y las sombras, el dolor y el conflicto, la soberbia y la cólera, la ceguera y la locura, la compasión y la venganza.

Esas dos obras de aquel  viejo soldado de Salamina que fue Esquilo, testigo de la derrota de Jerjes, son la apertura y el cierre de este volumen y resumen muchas de las claves de la tragedia griega: el cruce de vida y muerte, de frustración y esperanza, de libertad y destino que están en el fondo de obras imprescindibles como Edipo rey Antígona, de Sófocles, el más equilibrado de los tres, tan cercano que parece uno de los nuestros o como Las bacantes y Medea, de Eurípides, el más antipático y joven de ellos, el solitario escéptico que según la tradición fue devorado por los perros del rey de Macedonia.

Esta edición, coordinada por Emilio Crespo, reúne las traducciones de los tres trágicos en la colección Letras Universales de esta misma editorial: la que hizo José Alsina de Esquilo, la de Sófocles que firmó Vara Donado y la traducción que hicieron López Férez y Juan Miguel Labiano de las obras de Eurípides.

Se añade un nuevo y amplio estudio introductorio firmado por Luz Conti, Rosario López, Luis M. Macía y Mª Eugenia Rodríguez, y además se enriquece la edición con un abundante repertorio de ilustraciones de vasos de cerámica y grabados de los delicados dibujos de línea clara del neoclásico Flaxmann.

Santos Domínguez

17 julio 2026

El temperamento revolucionario

 


Robert Darnton.
El temperamento revolucionario.
Cómo se forjó la Revolución francesa.
París, 1748-1789.
Traducción de Jordi Ainaud i Escudero.
Taurus. Barcelona, 2025.


“Los acontecimientos no vienen desnudos al mundo. Vienen revestidos de actitudes, suposiciones, valores, recuerdos del pasado, pronósticos de futuro, esperanzas y temores, entre otras muchas emociones. Para comprender los acontecimientos es necesario describir las percepciones que los acompañan, pues ambos son inseparables. Este libro narra cómo vivieron los parisinos la secuencia de acontecimientos que se extendió desde el final de la guerra de sucesión austriaca (1740-1748) hasta la toma de la Bastilla en 1789. 
La «historia de los acontecimientos» fue despreciada durante décadas por los historiadores profesionales —las principales figuras de la escuela de los Annales en Francia se referían con desdén a los acontecimientos como una fina capa que cubría las estructuras profundas del pasado—, pero está experimentando un renacimiento y puede reformularse, creo, no como una mera lista de sucesos, sino como una forma de entender cómo la gente interpretaba dichos sucesos. Sus reacciones proporcionan indicios sobre la opinión pública, que los historiadores estudian a menudo, y también sobre algo más profundo: la conciencia colectiva”, escribe Robert Darnton en la introducción de El temperamento  revolucionario, que acaba de publicar Taurus con traducción de Jordi Ainaud i Escudero.

Antes de este monumental ensayo que culmina tres décadas de investigación, ya debíamos a Robert Darnton (Nueva York, 1939) cuatro libros impagables de historia cultural: El coloquio de los lectores; Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen;:Censores trabajando y La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa.

Cuatro libros portentosos en los que Darnton aborda la historia de las mentalidades en la Francia dieciochesca con un rigor documental intachable, con una admirable agudeza interpretativa y una enorme capacidad narrativa para iluminar aquellos procesos culturales y su relación con la historia política y social. 

Una historia cultural de las mentalidades, una “historia con espíritu etnográfico”, como señaló el propio Robert Darnton en La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa. Y una forma de historia cultural que, con antecedentes memorables como El otoño de la Edad Media de Huizinga, pertenece al campo de las ciencias interpretativas para plantearse cómo cambia el sistema de valores de una época a otra, qué peso tiene la formación de la opinión pública en el desarrollo de los acontecimientos históricos o cuál es el motor que genera una revolución. Y así, tal vez sabiendo lo que leían los franceses de los años previos a la Revolución se pueda aventurar una respuesta a esas preguntas. 

A partir de los libros de Darnton hay otra manera de ver y de narrar aquella realidad que se convirtió en caldo de cultivo de la revolución: desde la perspectiva contemporánea a los hechos y la reconstrucción del universo mental de sus protagonistas a partir del estudio de las ediciones y autores del Siglo de las Luces, de la letra impresa que circuló antes, durante y después de la Revolución Francesa en libros, folletos y gacetas que propagaron el pensamiento ilustrado y revolucionario.

Porque los primeros fuegos revolucionarios se prendieron en los bajos fondos de la literatura francesa, con la circulación clandestina de obras que escapaban a la ortodoxia y a la censura. Y por eso la mirada intrahistórica de Darnton se centra en la trastienda ideológica y social que está en la raíz de la Revolución y atiende fundamentalmente a la creación, la difusión y la lectura de la literatura prohibida antes de la Revolución. 

Limitado en su ámbito geográfico a París, de cuyo complejo ambiente social, su agitada vida diaria y sus intrigas políticas hace una memorable reconstrucción, El temperamento revolucionario es una exploración en el sistema de información por el que circulaban noticias y rumores que crearon el caldo de cultivo del estallido revolucionario: los diarios y la correspondencia, las gacetas y los boletines clandestinos de noticias circularon por todos los niveles sociales: desde los salones a los mercados, dede la corte versallesca a los cafés y las calles y no sólo crearon ese ambiente propicio a la insurrección. Ahora, casi doscientos cincuenta después, permiten al investigador ponerse en la piel de aquellos parisinos de los años previos a la revolución, reconstruir documentalmente aquellos estados de opinión y rastrear su origen, su desarrollo y sus consecuencias. 

Darnton utiliza la expresión “temperamento revolucionario” con la que titula este volumen “para caracterizar la forma en que los parisinos reaccionaron a los acontecimientos que sacudieron su existencia de 1748 a 1789. Por «temperamento» entiendo un estado de ánimo fijado por la experiencia de forma análoga al «temple» del acero mediante un proceso de calentamiento y enfriamiento. […] Gracias a la labor de una nueva generación de historiadores sociales y económicos, hoy podemos rastrear las transformaciones concomitantes en el entorno cotidiano de los parisinos, incluidos su dieta, vestimenta, mobiliario, hábitos de compra, diversiones y lecturas. Aunque sus condiciones de vida influyesen en su visión general de la existencia, su percepción del rumbo de los asuntos públicos no derivaba directamente de su entorno ni de sus libros, sino que respondía a las noticias que les llegaban. Espero haber tenido suficientemente en cuenta la influencia de las condiciones socioeconómicas y de la literatura, pero mi objetivo es centrarme en la información que circulaba al nivel de la calle: en las crónicas de los acontecimientos y de las reacciones a los mismos tal como las reflejaban los medios de comunicación de la época.
Durante las cuatro décadas anteriores a la Revolución acontecieron tantas cosas que, para no ahogar al lector en detalles, he tenido que ser selectivo. En lugar de narrar una secuencia ininterrumpida, he elegido cuatro periodos especialmente densos (1748-1754, 1762-1764, 1770-1775, 1781-1786) y luego me he concentrado en los sucesos que van desde 1787 hasta la toma de la Bastilla. Mi relato pretende mostrar cómo los parisinos siguieron el curso de los acontecimientos de un modo que les preparó para dar el gran salto hacia la revolución de 1789.”

Reconstruye así los procesos de formación de la opinión pública que generaron el clima social que llevó a los parisinos a levantarse contra Luis XVI y a terminar con las estructuras del Antiguo Régimen. Fue un lento proceso de formación de una conciencia colectiva, en cuyo análisis Darnton arranca de 1748 y de la Guerra de Sucesión austriaca para adentrarse en la percepción social de aquel conflicto a partir de su incidencia en la vida diaria, en los impuestos o en el precio del pan. Incidencia que se refleja a través de múltiples fuentes de información:

Porque “las fuentes sobre el flujo de información en el París del siglo XVIII son extraordinariamente ricas. Podemos reconstruir las conversaciones en los cafés, recoger las noticias en las gacetas clandestinas, escuchar los comentarios de las canciones callejeras y visualizar el poder tal y como se exhibía en procesiones y fiestas. A menudo decimos que vivimos en la era de la información, como si fuera algo nuevo. Sin embargo, cada época de la historia es una era de la información, cada una a su manera, y en el siglo XVIII, París estaba saturada de información transmitida por un sistema multimedia propio de su tiempo y lugar”, escribe Darnton en su introducción “La primera sociedad de la información y la conciencia colectiva”.

Y ese complejo entramado de percepciones, en el que se cruzan la constante circulación e influencia en las conversaciones de noticias de viva voz, manuscritas o impresas, de panfletos políticos, de canciones (“clásicos populares” los llama Darnton) y de obras de teatro (Beaumarchais y Las bodas de Fígaro) irá construyendo un estado de ánimo y de opinión, un temperamento que desembocará en la revolución de 1789 y en la configuración del pueblo como sujeto político activo.

Subtitulado Cómo se forjó la Revolución francesa. París, 1748-1789, El temperamento revolucionario evoca ante los ojos de lector las canciones que tumbaron gobiernos y la persecución del mundo del conocimiento, la derrota de los jesuitas y las lágrimas de Rousseau, la figura de Voltaire como autoridad moral y el reciclaje de las amantes del rey, los oscuros secretos del despotismo y la marcha de los pobres sobre Versalles, las batallas en la Bolsa y la imagen de un ministro que pone pies en polvorosa, las provincias que arden y las bayonetas en las calles, los panfletos y las voces hasta la explosión de París y la toma de la Bastilla con la que se cierra el recorrido histórico del libro.

Un magnífico álbum central de ilustraciones y una orientadora nota bibliográfica, un amplio aparato de notas y un útil índice alfabético (onomástico y temático) enriquecen El temperamento revolucionario, el concepto central de este volumen, elaborado con los siguientes elementos que se enumeran y analizan en la conclusión: el odio al despotismo, el amor a la libertad, el compromiso con la nación, la indignación por la depravación de la élite aristocrática, la dedicación a la virtud, la moralidad, el desencanto con la monarquía, la fe en el poder de la razón, el alejamiento de la Iglesia y la atracción por la Ilustración, el compromiso político y la resistencia a los impuestos y la familiaridad con la violencia.

“Aunque todos estos elementos contribuyeron a la formación del temperamento revolucionario, el resultado fue mayor que la suma de sus partes”, concluye Darnton, que añade: 

Así pues, me parece válido situar mi argumentación a la altura del flujo de la información. En lugar de intentar derivar la conciencia colectiva del funcionamiento de la economía o de la estructura del sistema social, me parece factible ver cómo se desarrolló un estado de ánimo en respuesta al runrún y al resto de informaciones sobre los acontecimientos. Estudiando París como una sociedad de la información primitiva se puede construir un relato de los hechos tal y como los vivieron los parisinos y mostrar cómo esa experiencia, acumulada lo largo de cuatro décadas, constituyó la forja de un temperamento revolucionario.

Santos Domínguez 


14 julio 2026

Luis Goytisolo. Antagonía



Luis Goytisolo.
Antagonía.
Edición, prólogo y notas de Carlos Javier García.
Epílogo de Gonzalo Sobejano.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2016.

En un libro de  formato amplio, mayor de lo habitual en esta colección en tamaño y en volumen, Cátedra Letras Hispánicas publica una edición crítica monumental de un monumento literario: Antagonía, de Luis Goytisolo, con edición, prólogo y notas de Carlos Javier García y epílogo de Gonzalo Sobejano –“Antagonía, gran teatro del mundo.” 

Recuento (1973), Los verdes de mayo hasta el mar (1976), La cólera de Aquiles (1979) y Teoría del conocimiento (1981), son los títulos de las cuatro partes relativamente autónomas en que se articula una novela única, Antagonía, que se reunió por primera vez en un voluminoso tomo en 2012.

Reconocida como una de las cumbres de la narrativa española contemporánea, Antagonía es un irrepetible edificio novelístico con el que Luis Goytisolo construye la trama del conocimiento a la que se refiere Carlos Javier García en su prólogo: una autobiografía intelectual, un retrato generacional y un monumento literario que desmitifica la historia reciente y reflexiona sobre la escritura, la lectura y el pensamiento a partir de un eje de referencia: el protagonista, Raúl Ferrer Garminde, un novelista en el que no es difícil reconocer al propio Luis Goytisolo.

En esa articulación Recuento es, con Barcelona como espacio narrativo, el cimiento y el referente del resto del ciclo, la memoria crítica del franquismo y los antifranquistas trazada desde la ironía del desencanto, un retrato sarcástico de la burguesía barcelonesa y una novela generacional.

Luis Goytisolo ha explicado que si Recuento es la biografía de un hombre, Los verdes de mayo hasta el mar reflejan la vida cotidiana y la experiencia literaria de ese hombre convertido ya en escritor, mientras que la tercera parte, La cólera de Aquiles, lo muestra desde la perspectiva externa de una antigua amante que era también su prima lejana. Y  finalmente Teoría del conocimiento es no sólo el cierre de la tetralogía, sino una integración que reúne en la novela de ese título, escrita por el protagonista Raúl Ferrer, las experiencias personales de Recuento, la experiencia literaria de Los verdes… y los elementos aportados por la perspectiva exterior de La cólera de Aquiles.

Así lo resumía años después el propio Goytisolo, cuando explicaba que Antagonía "funciona como una unidad que se estructura en cuatro partes. La primera de ellas, Recuento, corresponde a la vida del autor desde sus primeros balbuceos hasta el momento mismo en el que decide escribir, mientras que la segunda, Los verdes de mayo hasta el mar, lo retrata en pleno trabajo, de forma que se entremezcla lo que escribe con lo que le acontece. El punto de vista de La cólera de Aquiles, la tercera parte, es distinto: el autor es visto desde fuera, como la tierra desde la luna, transformado en el personaje de la novela de una prima suya. Y la cuarta, Teoría del conocimiento, es la obra escrita por aquel niño que balbuceaba en las primeras páginas."

Y además de todo eso, Antagonía, resultado de veinte años de escritura, es una reflexión sobre la literatura, un juego de espejos que se proyectan en la alternancia de narradores y en los cambios estilísticos, en lo vivido y lo escrito, en lo pensado y lo imaginado. 

Un juego de espejos que tiene su referente pictórico en Las Meninas, como destaca Carlos Javier García en el espléndido estudio introductorio sobre las claves argumentales y estructurales del libro. Y, como Velázquez en el cuadro, Luis Goytisolo participa en ese juego de espejos analizando su propio estilo, con personaje interpuesto, en estas líneas de Teoría del conocimiento:

en lo que se refiere al estilo, no es difícil descubrir la huella de Luis Goytisolo: esas largas series de períodos, por ejemplo, esas comparaciones que comienzan con un homérico así como, para acabar empalmando con un así, de modo semejante, no sin antes intercalar nuevas metáforas encabalgadas, metáforas secundarias que más que centrar y precisar la comparación inicial, la expanden y hasta la invierten en sus términos, no sin antes sentar las bases de nuevas asociaciones subordinadas, no sin antes establecer nuevas relaciones de concepto no más afines entre sí, y nuevas asociaciones de apariencia no menos coloidal, que el mercurio y el azufre que mezclan los alquimistas.

Como un “ciclo catedralicio” define Gonzalo Sobejano en su epílogo esta ambiciosa empresa narrativa, una obra fundamental de la novelística española contemporánea por su renovación de forma y contenido, de técnica y enfoque sobre el telón de fondo de la España del último medio siglo. 

Construcción, lenguaje y estructura que son las vigas de carga de un edificio verbal levantado sobre la conciencia de la escritura y la lectura como forma de descubrimiento de la realidad y como método de conocimiento de sí mismo por parte del escritor y del lector.

Un clásico que ocupa ya con esta magnífica edición su lugar entre los clásicos.

Santos Domínguez

08 julio 2026

Galdós. El doctor Centeno

 


Benito Pérez Galdós.
El Doctor Centeno.
Edición de Isabel Román Román.
Servicio de publicaciones de la UEX. Cáceres, 2008.



Es una de las novelas más extrañas de Galdós. También una de las más inolvidables para los lectores. Se publicó en 1883 y es la tercera de las Novelas españolas contemporáneas. Parte de la crítica se entretiene desde entonces en discutir si se trata de una novela o de dos o de tres: la centrada en Celipín Centeno, la del canónigo Polo y la del poeta Alejandro Miquis.

Conectadas entre sí por la peripecia de Felipe Centeno, en quien Galdós delega la mirada para darnos una lección de perspectiva, las acciones de esta novela tejen un entramado que ofrece un vivísimo reflejo de la vida. Van trazando así un relato abierto en el que los personajes tienen un antes y un después en la obra del novelista: Centeno viene de Marianela y Pedro Polo, aún difuminado aquí, adquiere su dimensión definitiva en Tormento, mientras Ido del Sagrario espera su momento estelar en Fortunata y Jacinta.

Cervantinamente, los personajes de El doctor Centeno, van haciéndose en sus páginas y creciendo o degenerando en diálogo problemático con la realidad y la experiencia entre dos mundos dispares: el de Polo y el de Miquis. Los paralelismos de Miquis y Centeno con don Quijote y Sancho o el recuerdo paródico del Licenciado Vidriera son el homenaje - menor y superficial, pero significativo- de un discípulo aventajado.

Con el telón de fondo de la pedagogía, el espléndido tratamiento espacial, digno ya del mejor Galdós, se va ampliando a medida que el protagonista amplía su horizonte vital en un todo coherente que se completa en Tormento y La de Bringas, las dos novelas galdosianas con las que El doctor Centeno forma una peculiar trilogía.

La edición de Isabel Román en la colección TextosUex de la Universidad de Extremadura, que se abre con un completo estudio preliminar de casi un centenar de páginas, es una muestra de rigor filológico en el establecimiento del texto y tiene el valor añadido de sus abundantes e iluminadoras notas a pie de página.

Santos Domíngue

03 julio 2026

Cuentos de Ray Bradbury

 


Ray Bradbury.
Cuentos.
Edición de Paul Viejo.
Traducción de Ce Santiago.
Prólogo de Laura Fernández.
Ilustraciones de Arturo Garrido.
Páginas de Espuma. Madrid, 2025.

Adentrarse en el silencio que era la ciudad a las ocho de una tarde de niebla en noviembre, poner un pie en la acera de cemento abollado, pisar las grietas herbosas y avanzar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios; al señor Leonard nada le gustaba más. Se detenía en la esquina de un cruce a observar las largas aceras de las avenidas que se extendían en cuatro direcciones iluminadas por la luna, para decidir hacia dónde ir, aunque en realidad daba lo mismo; estaba solo en el mundo del año 2053, ο prácticamente solo, y una vez tomada la decisión, elegido el camino, echaba a andar a zancadas, exhalando formas de aire helado como humo de puro.
A veces caminaba durante horas y kilómetros y regresaba a su casa a medianoche. Y de camino veía casas de campo y unifamiliares con las ventanas oscuras, y no era distinto a pasear por un cementerio en el que tan solo los débiles destellos de las luciérnagas parpadeaban al otro lado de los cristales. Fugaces fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes de dentro, en habitaciones en las que las cortinas seguían descorridas por las noches, o se oían susurros y murmullos en la ventana todavía abierta de un edificio sepulcral.
El señor Leonard hacía una pausa, ladeaba la cabeza, escuchaba, miraba y seguía su camino, sin hacer ruido al pisar la acera bacheada. Hacía mucho que había tomado la sabia decisión de ponerse zapatillas para pasear de noche, porque jaurías esporádicas de perros lo acompañaban con ladridos si llevaba suelas duras, ya veces se encendían algunas luces y aparecían caras y la calle entera se sobresaltaba con el paso de una figura solitaria, él, al caer la tarde de noviembre.

Con esos tres párrafos comienza El peatón, un relato breve de Ray Bradbury (1920-2012) que algunos críticos tienen como “uno de los mejores cuentos jamás escritos.”

Es uno del largo centenar de cuentos que reúne en un amplio volumen Páginas de Espuma en su imprescindible colección Voces/Literatura con traducción de Ce Santiago, prólogo de Laura Fernández e ilustraciones de Arturo Garrido en el estilo de Ray Bradbury.

Ha preparado la monumental edición Paul Viejo, que señala en la nota previa que “reunir en un solo volumen una antología representativa de la narrativa breve de Ray Bradbury implica asumir un reto doble: por un lado, la amplitud y riqueza de una obra que abarca más de siete décadas; por el otro, la naturaleza cambiante de los propios textos, reescritos, trasladados, reciclados y renombrados a lo largo de los años por un autor que nunca dejó de trabajar sobre su propio pasado. Bradbury fue, en este sentido, no solo un narrador infatigable sino también un editor de sí mismo. Esta antología -la más extensa publicada hasta ahora en lengua española- propone una retrospectiva amplia y generosa de su trayectoria, sin pretender agotar todas sus facetas, pero sí permitiendo que el lector acceda a la diversidad de tonos, temas y enfoques que lo convirtieron en uno de los cuentistas fundamentales del siglo XX.”

Organizada cronológicamente, esta amplísima selección es una muestra representativa que recoge ciento dieciséis cuentos. Es más de una cuarta parte de la abundante narrativa breve de Ray Bradbury, prolífico autor -además de la famosa distopía futurista Farenheit 451- de más de cuatrocientos cuentos, entre ellos los muy conocidos que aparecieron en Crónicas marcianas y en El hombre ilustrado. Además de esos relatos ya clásicos se incorporan a esta antología otros cuentos menos conocidos, escritos en una trayectoria de siete décadas que comenzó el verano de 1942,  y algunos que se traducen por primera vez al español. Esa disposición cronológica de los relatos permite no sólo seguir la evolución literaria de su autor, sino comprobar las conexiones temáticas que se establecen entre unos cuentos y otros.

Así presenta a Bradbury Laura Fernández en su prólogo, que titula “Conjuren sus palabras, alerten a su personalidad secreta, saboreen la oscuridad, están a punto de (DESAPARECER) en la mente (COLMENA), oh, esa creadora de (MUNDOS), (SUEÑOS) y (PESADILLAS), capaz de batirse a muerte o cazar (TIGRES), del inigualablemente (FABULOSO) Ray Bradbury”:

“Bien, el hombre que ha anotado ese puñado de palabras, que ha hecho esa (LISTA), fue siempre un hombre (LIBRE), en el sentido más amplio y sentimental de la palabra. Su nombre es Ray Douglas Bradbury, y desciende de la temible, y en realidad, sobre todo, también, (LIBRE), Mary Bradbury, la bruja que se dio a la fuga y nunca pudo ser quemada después de someterse a los Juicios de Salem –murió por causas naturales en 1700–. Una vez posó para un fotógrafo. Oh, no Mary sino Ray, Ray Bradbury. Lo hizo en Waukegan, Illinois. Corría el año 1923. Tenía tres años. En la fotografía, el pequeño, el valiente, oh, su pose es pura acción encantada, Ray, corte de pelo a tazón, viste peto oscuro, está descalzo, ha enterrado sus diminutas manos de niño de tres años en los bolsillos, parece triste, pero es una tristeza de nube pasajera porque no es más que un niño y todo en él aún es pasajero. Está frunciendo el ceño ligeramente y (TOMÉNME EN SERIO), dice ese ceño, (PORQUE ESTOY LISTO), dice.
¿Listo para qué? Oh, para hacer del mundo, ese que compartimos ustedes y yo, un lugar aún más grande y (APASIONANTE). Porque ese niño que se convirtió en un hombre que hacía listas de palabras, vivió dentro de sí mismo, a la vez, en todos los tiempos posibles, disfrutando de un inagotable (ASOMBRO) ante el (MILAGRO) absurdo del (MUNDO), el planeta, lo que sea que somos. Y supo hacer de ese (ASOMBRO) pequeños mundos dentro del mundo, en los que, prepárense, la (REALIDAD), eso en lo que creemos estar existiendo, se abre, de par en par, para descubrir en su interior otra realidad que tal vez siempre estuvo ahí, o que, qué demonios, como ocurre en el primer cuento de esta colección («EL VIENTO»), acaba de aparecer, o aparece cada vez, solo para ti.”

Por encima de su pertenencia al género fantástico o de ciencia ficción, Ray Bradbury, que hizo una potente celebración de la escritura en los ensayos de Zen en el arte de escribir, es uno de los grandes narradores de la segunda mitad del XX, un autor cuya transcendencia ha sobrepasado el territorio estricto de la literatura para inundar el campo del cine, la televisión o el cómic e incorporarse por todas esas vías al imaginario colectivo de lo contemporáneo. 

Bradbury escribió sobre Marte como si escribiera de la Tierra, imaginó el futuro imperfecto para explorarlo con nostalgia y fabuló sobre máquinas con capacidad para las emociones o los sueños. Pero además muchos de estos relatos son una alegoría que entre lo fantástico y la fábula moral, entre el sueño y el peligro, plantea una ética futurista, una reflexión sobre el sentido de la existencia, la guerra y las pulsiones autodestructivas de la humanidad, el racismo y el colonialismo, el conformismo y la censura, la deshumanización, la muerte, la soledad y el miedo. O un aviso profético de las peligrosas consecuencias que acechan a una civilización automatizada, y a una tecnología que acaba aniquilando al individuo, como en las casas robóticas de dos de sus mejores relatos: Vendrán lluvias suaves y La sabana.

“¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica”, escribió Borges en el prólogo a los relatos de los Cuentos marcianos.

Y es que, entre El viento (1943), el primer relato recogido en esta antología, y el que lo cierra, Un encuentro literario (2009), en la mirada lírica de Bradbury, en el viaje en el tiempo de El sonido del trueno, en el Marte en ruinas de El picnic milenario, en la nostalgia de la infancia de En una noche de verano o en el efecto mariposa de Se oyó un trueno, en sus fantasías futuristas o macabras y en sus historias llenas de suspense y de terror, o en el final intenso y abierto de El hombre incandescente hay muchas veces un elemento perturbador que inquieta al lector en lo más profundo de su conciencia.

Vuelvo otra vez a Borges, que veía a Bradbury como “heredero de la vasta imaginación” de Poe y explicaba memorablemente que “Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado —el dark backward and abysm of time del verso de Shakespeare—. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.”

“Desde su primera publicación importante hasta sus últimos cuentos inéditos recopilados póstumamente -escribe Paul Viejo en la Nota a la edición-, Bradbury construyó una obra que desafía los géneros, que atraviesa décadas sin envejecer, que conmueve tanto como perturba. Fue un autor popular -sus libros vendieron millones de ejemplares-, pero también fue un escritor rotundamente personal, casi visionario. Supo anticipar muchas de las ansiedades contemporáneas: la sobreexposición tecnológica, la soledad urbana, la banalización del horror. Pero lo hizo sin renunciar jamás a la emoción, a la imaginación, a la esperanza incluso en medio de la ruina. Su literatura no es la de los futuros posibles, sino la de las memorias imposibles.”

 
 Santos Domínguez 


29 junio 2026

Prosa literaria completa de García Lorca

 


Federico García Lorca.
Prosa literaria completa.
Edición dirigida por Víctor Fernández.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2026.

Ayer soñé, y te vi toda de transparencias y sonrisas dulces… Estabas sentada en una piedra negra y tenías por fondo yedras y madreselvas. Ayer soñé... y mi corazón, que era de conformidad, se agitó inquieto y después comenzó a llorar tan fuerte que parecía un timbal de ultratumba... Hay veces, hay horas en que el recuerdo, que es nuestra vida y nuestra muerte al mismo tiempo, se adormece y el pensamiento vive un rato feliz, pero cuando por cualquier circunstancia nos llega perfume de lo que amaba, se despierta el corazón y la vida es visión trágica y angustiosa... La noche es callada y tiene alma de estrellas y en esa alma está escondido el genio que convierte los ojos en vaguedad y el corazón en clavel rojo. En las estrellas se oculta la genial mariposa de la melancolía y el agua de las acequias y albercas guarda el aire que despierta al corazón... ¿Qué olores tiene el alma y los pensamientos del que sueña en lo que pasó y no ha de volver? ¡Qué tranquilidad la de la noche y qué hipar angustioso del que piensa envuelto en nube de pasión...! Los momentos del sueño son vida de vidas, son poseer lo imposible, son amar más intensamente que se puede amar... No turbad el sueño del que sueña con amores y cópulas cerebrales. No tocadlo, que se va a despertar y su corazón va a nacer a la vida corriente y espantosa. Pero acercaos y aspirad su aliento, porque es olor de amor y santidad que al caer en vuestros corazones será bálsamo de consuelo y añoranzas... y miradlo, porque vuestras miradas se santificarán y de vuestros ojos saldrá la luz que quizá os salve. 

Así comienza la Mística que trata del dolor de pensar, de Federico García Lorca, una de las prosas de juventud que recoge su Prosa literaria completa, en la edición dirigida por Víctor Fernández que publica Galaxia Gutenberg.

Como toda la serie juvenil de Místicas, Estados sentimentales y otras meditaciones, Baladas y otros diálogos o Impresiones y paisajes, esas prosas de juventud reflejan el aprendizaje imitativo de un Lorca aún adolescente, anclado aún en la sentimentalidad decadentista tardorromántica y en el preciosismo modernista. Y hay también en esos textos juveniles una característica, su confesionalidad autobiográfica, que Miguel García Posada destacó en el prólogo de los Primeros escritos de Lorca, que rescató hace ahora treinta años: “Al lector se le brinda -escribía allí el editor- el espectáculo único de asistir al nacimiento literario de ese adolescente abrumado de sí mismo. Lorca, que en su madurez sería un escritor escasamente autobiográfico, al menos en un sentido inmediato, testimonial, se transparenta, se refleja, se proyecta con nitidez en versos y prosas juveniles. Un irrepetible confesionalismo se desborda en muchas de estas páginas.”

Pero además de esos abundantísimos escritos juveniles este volumen de la Prosa literaria completa de García Lorca reúne textos imprescindibles del escritor adulto, como sus Conferencias, Alocuciones y Homenajes.

Desde la conferencia Importancia histórica y artística del primitivo canto andaluz llamado «cante jondo» (1922) hasta las últimas alocuciones, Semana Santa en Granada y Homenaje a Luis Cernuda (1936), está en estos textos la prosa de un poeta, una prosa que en muchas ocasiones iguala en calidad estética a su poesía.

Están aquí reunidas las conferencias vinculadas algunos de sus libros de poesía como el Poema del cante jondo o el Diván de Tamarit, sobre el que explican tanto implícitamente las charlas Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre o Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos. Están también los textos imprescindibles que el poeta utilizó como apoyo explicativo en sus recitales del Romancero gitano o de Poeta en Nueva York. O los que resumen explícitamente su poética, como Imaginación, inspiración, evasión, Juego y teoría del duende o la memorable La imagen poética de don Luis de Góngora, donde decía cosas como estas:

El poeta que va a hacer un poema dentro de su campo imaginativo tiene la sensación vaga de que va a una cacería nocturna en un bosque lejanísimo. Un miedo inexplicable abre fuentes y niños muertos en su corazón. Va el poeta a una cacería. Delicados aires enfrían el cristal de sus ojos. La luna, redonda como una cuerna de blando metal, suena en el silencio de las ramas últimas. Ciervos blancos aparecen en los claros de los troncos. La noche entera se recoge bajo una pantalla de rumor. Aguas profundas y quietas cabrillean entre los juncos... Hay que salir. Y éste es el momento peligroso para el poeta. El poeta debe llevar un plano de los sitios que va a recorrer y debe estar sereno frente a las mil bellezas, criaturas de yeso y representaciones de locura que han de pasar ante sus ojos. Debe tapar sus oídos como Ulises frente a las sirenas y debe lanzar sus flechas sobre las metáforas vivas y no figuradas o falsas que le van acompañando.  El poeta debe ir a su cacería limpio y sereno, hasta disfrazado. 

[...]

El estado de inspiración es un estado de recogimiento. pero no de dinamismo creador. Hay que reposar la visión y el concepto para que se clarifiquen. No creo que ningún gran artista trabaje en estado de fiebre. Aun los místicos trabajan cuando ya la inefable paloma del Espíritu Santo abandona sus celdas y se va perdiendo por las nubes. Se vuelve de la inspiración como se vuelve de un país extranjero. El poema es la narración del viaje.

Como aquí, en todos estas prosas habla siempre el poeta con el fulgor verbal y la clarividencia iluminadora que brillan también en sus alocuciones y homenajes, en su Charla sobre teatro, en las Alocuciones argentinas o en Semana Santa en Granada, fechada el 5 de abril de 1936, que comienza con este párrafo:

El viajero sin problemas, lleno de sonrisas y gritos de locomotoras, va a las fallas de Valencia. El báquico, a la Semana Santa de Sevilla. El quemado por un ansia de desnudos, a Málaga. El melancólico y el contemplativo, a Granada, a estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra. A estar solo. En la contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.

Páginas como esa y como otras ochocientas de este libro, como afirma Victor Fernández en su prólogo (“Palabras para un poeta en prosa”), «constituyen una pieza fundamental para seguir la escena de un poeta que, afortunadamente continúa plenamente vigente.»

Santos Domínguez