30 septiembre 2026

Richard Tarnas. Cosmos y Psique

  


Richard Tarnas.
Cosmos y Psique.
Indicios para una nueva visión del mundo
Traducción de Marco Aurelio Galmarini.
Atalanta. Gerona, 2026.

Si pasamos ahora a la historia de la literatura, el período de 1720-1721 de la conjunción de Júpiter y Urano que produjo los Conciertos de Brandeburgo también coincidió con el comienzo de la gran sátira de Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver. Los alineamientos del ciclo de Júpiter-Urano coinciden regularmente con obras creativas que destacan por su magnitud impactante o por una sorprendente expansión de los límites convencionales, lo que puede entenderse como expresión de la dirección dinámica Urano-Júpiter, con la súbita liberación del impulso a la grandeza y la expansión y su encarnación creadora por vías sorprendentes. La Heroica de Beethoven es, por supuesto, un ejemplo clásico en el campo musical, que por la expansión sin precedentes de la magnitud de la orquesta, la longitud de cada movimiento y de la sinfonía entera -por no hablar de la magnitud del sonido mismo-, trascendía con mucho los límites establecidos por Mozart y Haydn. Una modalidad distinta de este mismo tema de las magnitudes creadoras asombrosas la encontramos en Los viajes de Gulliver, tanto en la experiencia del repentino encuentro de los liliputienses con el portentoso gigantismo de Gulliver como, a la inversa, en la sobrecogedora experiencia de Gulliver en Brobdingnag, la tierra de los gigantes.
En la historia de la literatura, que tiene tantos autores y obras importantes y constituye una amplísima base de datos, el modelo sincrónico y el diacrónico son particularmente ricos y ramificados. Cada alineamiento axial de Júpiter y Urano coincidió sistemáticamente con una insólita multiplicidad de hitos creativos en la literatura, y los alineamientos posteriores de esos mismos planetas coinciden con olas similares de creatividad literaria cuya estrecha conexión arquetípica e histórica sugiere con gran fuerza la existencia de patrones cíclicos.
Por ejemplo, cuando investigué una época literaria bien conocida por su carácter revolucionario, las dos primeras décadas del siglo XX, examiné las posibles correlaciones con el ciclo de Júpiter-Urano de diversos escritores que, en conjunto, habían producido la transformación radical de la literatura moderna en ese momento: Joyce, Proust, Kafka, Pound, Eliot, Stein, Lawrence y Woolf. La conjunción de Júpiter y Urano que corresponde a ese período general se hallaba a menos de 15° de la posición exacta en los catorce meses en torno a 1914: de diciembre de 1913 a enero de 1915. Cuando revisé las biografías correspondientes a este breve período, muy pronto tuve claro que estos catorce meses específicos fueron cruciales prácticamente para todos esos escritores y que vieron nacer un extraordinario número de obras fundamentales de la literatura del siglo XX. Tras años de escritura y desarrollo artístico en solitario, Joyce publicó durante esos meses sus dos primeras obras, Dublineses y Retrato del artista adolescente; durante esta misma época empezó su obra maestra, Ulises (que terminó siete años después, bajo la oposición siguiente de Júpiter y Urano). En ese momento, en un giro radical en su carrera, T. S. Eliot se trasladó de Estados Unidos a Inglaterra y empezó su fértil asociación con Ezra Pound. Éste, que descubrió e inició ese año la publicación por entregas de Retrato del artista adolescente y descubrió también el primer poema importante de Eliot, «Canción de amor de J. Alfred Prufrock», publicó ese mismo año de 1914 la primera antología de poesía imaginista, Des Imagistes, y, con Wyndham Lewis, dio comienzo a la revista vorticista Blast. En el mismo año, William Butler Yeats publicó su Responsabilidades y otros poemas, que reflejaba análogamente la nueva estética modernista, mientras que Gertrude Stein publicaba su volumen de poemas más explícitamente «cubistas», Brotes tiernos. Wallace Stevens publicó ese año sus primeros poemas, mientras que Robert Frost publicó Al norte de Boston, que contenía muchos de sus poemas más conocidos, como «Mending Wall» y «The death of the Hired Man». D. H. Lawrence publicó su primer volumen de cuentos, El oficial prusiano y otros relatos, mientras escribía también en esos meses la primera de sus mayores novelas, El arco iris. Y en esos mismos meses, Franz Kafka escribía El proceso, su primera novela importante. En el mes inmediatamente anterior a la entrada de la conjunción en el orbe de 15°, en noviembre de 1913, Marcel Proust había publicado a sus expensas el primer volumen de En busca del tiempo perdido. 
[...]
La historia de la novela modernista sugiere, pues, un patrón diacrónico de desarrollo en estrecha correlación con las tres primeras conjunciones de Júpiter y Urano del siglo XX, que, con perspectiva histórica, pueden considerarse en coincidencia con el inicio o la publicación de los libros más significativos y decisivos de la revolución literaria: Los embajadores, de James, como la gran precursora; En busca del tiempo perdido, de Proust, Ulises, de Joyce (y, en una línea distinta del modernismo, El proceso, de Kafka), como las obras plenamente logradas en la primera generación, y Al faro, de Woolf, y El ruido y la furia, de Faulkner, en la generación siguiente.
En cualquier época literaria estudiada se encuentran patrones comparables. Por ejemplo, los hitos más importantes de la literatura inglesa de Spenser a Milton tuvieron lugar en precisa coincidencia con los principales hitos de la Revolución Científica ya mencionados, que implican a Kepler, Galileo, Descartes y Newton. Durante la conjunción de 1595-1596 Edmund Spenser publicó su obra maestra, La reina de las hadas; en la conjunción siguiente, la de 1609-1610, se produjo la primera edición de los Sonetos de William Shakespeare; en la conjunción de 1623-1624 tuvo lugar la primera edición, conocida como First Folio, de las piezas teatrales de Shakespeare; durante la conjunción siguiente, la de 1637-1638, se publicó Lycidas, de John Milton, uno de los poemas más importantes de la lengua inglesa; y durante la conjunción de 1665-1666, Milton terminó su obra maestra, El paraíso perdido. Para seguir la secuencia, en la oposición siguiente, la de 1671-1672, se publicó El paraíso recuperado y su última gran obra, Sansón Agonista.

En esos llamativos párrafos expresa Richard Tarnas, profesor de filosofía y psicología en California, la relación entre las conjunciones astrales y la creatividad artística en uno de los capítulos centrales de su monumental Cosmos y Psique, que alcanza ahora su quinta edición en Atalanta con traducción de Marco Aurelio Galmarini.

Subtitulado Indicios para una nueva visión del mundo, de su ambición de totalidad y de la amplitud de sus enfoques son un buen resumen el amplio índice onomástico y las guardas de la primera edición, renovadas y aumentadas en esta quinta:








Y así, de Agustín de Hipona a Ingmar Bergman, de los Beatles a Petrarca, de Platón a Schubert, de Safo a Robespierre o dé Tolstói a Orson Welles, Tarmas decanta en Cosmos y Psique treinta años de investigación y elaboración de un trabajo que se concreta en este imponente volumen cuyas ochocientas páginas contienen una visión panorámica del mundo, el conocimiento, la ciencia y el arte. 

Visión que es complemento y cima de ese otro ensayo de referencia que es La pasión de la mente occidental, publicado también en Atalanta, del que escribió Campbell que era "la más lúcida y concisa introducción que he leído sobre las grandes líneas del pensamiento occidental."

Una visión que, desde la reivindicación de la cosmología, cuestiona las limitaciones del modelo racionalista que origina el positivismo científico y materialista característico de la modernidad para reivindicar la conexión entre el cosmos y la psique y su respiración acompasada misteriosamente, los vínculos entre los arquetipos planetarios del universo y las construcciones culturales que levantan el pequeño mundo del hombre.

Una propuesta sostenida en una documentación abrumadora, aunque de discutible interpretación, que defiende la vinculación entre la astrología y la crítica cultural o entre los arquetipos junguianos de la psicología y la literatura.  

Y en definitiva un ejercicio de indagación en las correspondencias entre los acontecimientos históricos y las cambiantes posiciones planetarias para “descubrir las profundidades y la rica complejidad del cosmos” y para proponer nuevas “vías de conocimiento que integren plenamente la imaginación, la sensibilidad estética, la intuición moral y espiritual, la experiencia de revelación, la percepción simbólica, las modalidades somática y sensorial del entendimiento y el conocimiento empático. Pero por encima de todo debemos reaccionar a -y superar- la gran proyección antropomórfica oculta que ha sido prácticamente la definición de la mente moderna, a saber, la proyección de ausencia de alma en el cosmos, debida a la voluntad de poder del yo moderno.”


Santos Domínguez 



28 septiembre 2026

Richard Tarnas. La pasión de la mente occidental

 


Richard Tarnas.
La pasión de la mente occidental.
Para la comprensión de las ideas que modelaron nuestra cosmovisión.
Traducción de Marco Aurelio Galmarini.
Atalanta. Gerona, 2026.

“Este libro presenta una historia concisa de la cosmovisión occidental desde los griegos antiguos hasta los autores posmodernos. Con ello he querido proporcionar, en un solo volumen, una exposición coherente de la evolución de la mente occidental y de su cambiante concepción de la realidad. Los últimos progresos en diversos frentes (el filosófico, el de la psicología profunda, el de los estudios de la religión y el de la historia de la ciencia) han arrojado nueva luz sobre esta notable evolución. Esos progresos han influido y enriquecido enormemente la exposición histórica que aquí se presenta, razón por la cual los he expuesto en un epílogo, con el fin de explicitar una nueva perspectiva en la comprensión de la historia intelectual y espiritual de nuestra cultura.
Hoy se habla mucho de la quiebra de la tradición occidental, del declive de la educación liberal, de la peligrosa ausencia de fundamento cultural para abordar los problemas contemporáneos. Estas preocupaciones reflejan, en parte, inseguridad y nostalgia ante un mundo que está sufriendo cambios radicales. Pero también reflejan una necesidad auténtica. Es a los hombres y mujeres que, cada vez en mayor número, reconocen esa necesidad, a quienes se dirige precisamente este libro”, escribe Richard Tarnas en el Prefacio a La pasión de la mente occidental, que ha alcanzado ya, como su posterior y complementario Cosmos y Psique, la quinta edición, publicada por Atalanta con traducción de Marco Aurelio Galmarini.

A través de un recorrido por las ideas que han marcado la evolución del pensamiento occidental y combinando  la claridad expositiva y el propósito divulgador con el rigor analítico que justifica su condición de lectura obligatoria como manual en varias universidades norteamericanas, Richard Tarnas explora la cosmovisión occidental, desde la antigüedad clásica hasta los autores de la posmodernidad. Filosofía, religión, psicología y ciencia, se exponen así ordenadas en un conjunto coherente para explicar el desarrollo de la mente occidental, que es el resultado de un pensamiento y unos valores que se replantean crítica y constantemente, frente al dogmatismo inmovilista y acrítico.

Organizada en seis grandes apartados que responden a otros tantos momentos evolutivos en la configuración y el desarrollo del pensamiento occidental, “la historia que sigue -explica Tarnas en su Introducción- está cronológicamente organizada con una mirada evolutiva de acuerdo con las tres cosmovisiones asociadas a las tres grandes épocas que tradicionalmente se han distinguido en la historia cultural de Occidente: la clásica, la medieval y la moderna.”

Y tanto en el conjunto de la obra como en cada una de sus seis partes hay, además de un análisis panorámico, una voluntad de mostrar la formación y la transformación del pensamiento occidental como resultado de procesos evolutivos dinámicos que vinculan unas épocas a otras en una red de relaciones que permiten apreciar el sentido global y la coherencia de la evolución cultural desde la visión griega del mundo hasta la transformación de la era moderna en la posmodernidad contemporánea de Foucault o Derrida.

Entre esos dos límites, Tarnas recorre la evolución del pensamiento griego desde la cosmovisión mítica de Homero al nacimiento de la filosofía y la aparición del héroe platónico, la transformación de la era clásica desde la evolución de la matriz helenística y el neoplatonismo hasta la visión cristiana del mundo y su herencia platónica, o el paso de la escolástica medieval de Tomás de Aquino y el escolasticismo crítico de Ockham al humanismo clásico de Petrarca, los fundamentos astronómicos, cosmologicos y filosóficos de la visión moderna del mundo que trajo el Renacimiento con Copérnico, Kepler, Galileo y Newton, Bacon o Descartes.

Transformación dinámica y continuidad de los grandes temas, esas son las dos ideas conectoras que vertebran este monumental ensayo, subtitulado Para la comprensión de las ideas que modelaron nuestra cosmovisión, que revela la imagen cambiante de lo humano desde Copérnico a Freud, la creciente autocrítica de la mente moderna en la Ilustración, de Locke a Hume, del exigente desafío intelectual de Kant al declive de la metafísica; el cisma cada vez más radical entre el pensamiento científico y el humanístico y los intentos de tender puentes entre ambos por parte de Goethe, Hegel y Jung.

Y además de esa visión panorámica, Tarnas aporta excelentes visiones de conjunto sobre el significado en el pensamiento occidental de autores fundamentales como Aristóteles y el equilibrio griego (“Podría decirse que con Aristóteles, Platón bajó a la tierra. Y si, desde un punto de vista platónico, la luminosidad del universo basado en las Ideas trascendentes quedó devaluada en el proceso, otros señalan que con Aristóteles el mundo se hizo mucho más inteligible y consideran que su enfoque fue una modificación necesaria del idealismo de Platón”); el dualismo materia/espíritu y Atenas/Jerusalén en el cristianismo y Agustín de Hipona (“un individuo cuya influencia en el cristianismo occidental sería de una amplitud, profundidad y duración sin parangón. Pues en Agustín todos estos factores (el judaísmo, la teología paulina, el misticismo de Juan, el primer ascetismo cristiano, el dualismo gnóstico, el neoplatonismo y el estado crítico de finales de la civilización clásica) se combinaron con las peculiaridades de su carácter e historia personales para definir una actitud respecto de la naturaleza y de este mundo, de la historia humana y de la redención del hombre, que durante mucho tiempo habrían de modelar el carácter del cristianismo occidental medieval”); la figura paradójica de Ockham (“hombre completamente medieval a la vez que extrañamente moderno [...], nacido poco después de la muerte de Tomás de Aquino, empleó la misma pasión que éste por la precisión racional, pero llegó a conclusiones absolutamente distintas”]; Locke, que “estableció el tono de la Ilustración con su afirmación del principio fundamental del empirismo: no hay nada en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos”; Kant, cima del pensamiento filosófico y fundador de la modernidad (“el desafío intelectual al que hizo frente Immanuel Kant en la segunda mitad del siglo XVIII era aparentemente imposible de resolver: por un lado, reconciliar las aspiraciones de la ciencia al conocimiento cierto y auténtico del mundo con la afirmación filosófica de que la experiencia nunca podría dar origen a ese conocimiento; por otro, reconciliar la aserción de la libertad moral del hombre, tal como la postulaba la religión, con la afirmación científica según la cual la naturaleza está absolutamente determinada por leyes necesarias”) y su contemporáneo Goethe, que “si bien, al igual que Kant, reconocía el papel constitutivo de la mente humana en el conocimiento, percibía la verdadera relación del hombre con la naturaleza como la superación del dualismo kantiano. A juicio de Goethe, la naturaleza lo impregna todo, incluso la mente y la imaginación humanas. De ahí que la verdad de la naturaleza no exista como algo independiente y objetivo, sino que se revela en el acto mismo de conocimiento humano”; “el extraordinario logro filosófico” de Hegel (“inspirándose en la filosofía griega clásica, el misticismo cristiano y el romanticismo alemán para construir su sistema, que lo abarcaba absolutamente todo, Hegel enunció una concepción de la realidad que trataba de relacionar y unificar hombre y naturaleza, espíritu y materia, humano y divino, tiempo y eternidad”) o de Jung, que “encontró pruebas de un inconsciente colectivo común a todos los seres humanos, estructurado de acuerdo con poderosos principios arquetípicos. Aunque no había duda de que la experiencia humana estaba condicionada localmente por una multitud de factores concretos de orden biográfico, cultural e histórico, todos ellos se integraban, en un nivel más profundo, en determinados modelos o modos de experiencia universales, formas arquetípicas que constantemente ordenaban los elementos de la experiencia humana en configuraciones típicas y daban continuidad dinámica a la psicología humana colectiva.”

Además de la filosofía, la religión, la ciencia y la psicología, en la construcción del pensamiento occidental, no sólo en su expresión formal, tiene un papel muy importante la literatura, que ha ido configurando una serie de arquetipos y modelos que perfilan ese pensamiento y lo consolidan culturalmente. Por eso Tarnas no pierde de vista esos referentes literarios (de Homero a Dante, de Montaigne a Shakespeare, de Virgilio a Petrarca, de Cervantes a Milton, de la literatura clásica al Romanticismo) y analiza con su admirable claridad expositiva algunas de las líneas fundamentales de la literatura del siglo XX, entre el existencialismo y el nihilismo, una de las zonas de confluencia de la filosofía y la literatura: 

La impotencia subyacente al individuo en la vida moderna presionó a muchos artistas e intelectuales a retirarse del mundo, a abandonar la liza pública. Cada vez eran menos los que se sentían capaces de abordar problemas que fueran más allá de la situación inmediata del yo y de su lucha privada por la sustancia, por no hablar del compromiso con las visiones morales universales que ya no parecían creíbles. La actividad humana —artística, intelectual, moral— se vio forzada a buscar fundamento en un vacío sin modelos. El significado no parecía ser otra cosa que un constructo arbitrario; la verdad, tan sólo convención; la realidad, imposible de desvelar. El hombre, se empezaba a decir, era una pasión inútil.
[..,]
En los cuatro siglos de existencia del hombre moderno, Bacon y Descartes se habían convertido en Kafka y Beckett.

Era el preludio del pensamiento crítico de la posmodernidad, que -concluye Tarnas- “estimuló un vigoroso rechazo de todo el «canon» intelectual de Occidente, que durante tanto tiempo había sido definido y privilegiado por una elite más o menos exclusivamente masculina, blanca y europea. Las verdades heredadas con relación al «hombre», la «razón»,“la «civilización» y el «progreso» han sido denunciadas como intelectual y moralmente en bancarrota. Bajo el manto de los valores occidentales se han cometido demasiados pecados. Hoy se lanzan miradas desencantadas hacia la larga historia occidental de expansionismo y explotación despiadados: rapacidad de las elites desde la Antigüedad hasta los tiempos modernos, sistemático medrar a expensas de los demás, colonialismo e imperialismo, esclavitud y genocidio, antisemitismo, opresión de las mujeres, la gente de color, las minorías, los homosexuales, las clases trabajadoras y los pobres, destrucción de sociedades indígenas en todo el mundo, arrogante insensibilidad para con otras tradiciones y valores culturales, cruel abuso de otras formas de vida, devastación ciega de prácticamente todo el planeta.
  En este contexto cultural radicalmente transformado, el mundo académico contemporáneo se ha preocupado cada vez más por la deconstrucción crítica de los supuestos tradicionales a través de diversas modalidades de análisis que en parte se superponían unas a otras: sociológicas y políticas, históricas y psicológicas, lingüísticas y literarias. ”

“La más lúcida y concisa introducción que he leído sobre las grandes líneas del pensamiento occidental que cualquier estudiante debería saber. Su estilo es elegante y transporta al lector con el ímpetu de una novela”, dijo Joseph Campbell de La pasión de la mente occidental.

Un libro que se cierra con un iluminador Epílogo que recopila e integra en una visión de conjunto la evolución del pensamiento occidental a través de cuatro ejes de referencia: El doble vínculo poscopernicano, Conocimiento e inconsciente, La evolución de las cosmovisiones e Integrar los opuestos.

En el primero de esos cuatro apartados habla Tarnas del doble vínculo del hombre con el mundo en la condición existencial de la modernidad y de la insignificancia del hombre en el vasto universo indiferente:

En la evolución posterior del pensamiento moderno, cada uno de estos cambios fundamentales, que aquí asocio simbólicamente a las figuras de Copérnico, Descartes y Kant, han sido sostenidos, extendidos y apurados hasta sus últimas consecuencias. Fue así como el radical desplazamiento copernicano del centro cósmico que sufrió el ser humano se vio enfáticamente reforzado e intensificado por la relativización darwiniana del ser humano en el flujo de la evolución, ya no ordenado divinamente, ya no absoluto ni seguro, ya no la culminación de la creación, el hijo preferido del universo, sino tan sólo una más de sus especies efímeras. Inserto en el cosmos inmensamente expandido de la astronomía moderna, el ser humano, otrora noble centro del cosmos, revolotea sin rumbo, convertido ahora en un habitante insignificante de un pequeño planeta que gira alrededor de una estrella como cualquier otra en el borde de una galaxia entre miles de millones, en un universo indiferente y, en última instancia, hostil.

Y remata la última sección del Epílogo (Integrar los opuestos) con estos párrafos sobre “la omnipresente masculinidad de la tradición intelectual y espiritual de Occidente” que cierran esta obra portentosa:

Podrían hacerse muchas generalizaciones acerca de la historia del pensamiento occidental pero, hoy por hoy, tal vez lo que se presenta con evidencia más inmediata sea que, desde el principio hasta el final, se ha tratado de un fenómeno abrumadoramente masculino: Sócrates, Platón, Aristóteles, Pablo, Agustín, Tomás de Aquino, Lutero, Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton, Locke, Hume, Kant, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud… La tradición intelectual de Occidente ha sido producida y canonizada casi íntegramente por hombres y se ha inspirado predominantemente en perspectivas masculinas. Está claro que este predominio masculino en la historia intelectual de Occidente no se debe a que las mujeres sean menos inteligentes que los hombres, pero ¿se puede atribuir exclusivamente a las restricciones sociales? Yo pienso que no. Creo que hay en ello algo más profundo: algo arquetípico. La masculinidad de la mentalidad occidental lo ha invadido todo, ha sido fundamental, tanto en hombres como en mujeres, ha afectado todos los aspectos del pensamiento occidental y ha determinado su concepción básica del ser humano y el papel humano en el mundo. Las principales lenguas en que se desarrolló la tradición occidental, desde el griego y el latín, tendieron sin excepción a personificar la especie humana con palabras de género masculino: anthropos, homo, l’homme, man, l’uomo, chelovek, der Mensch, el hombre. Como ha quedado fielmente reflejado en el relato histórico de este libro, siempre ha sido «el hombre» esto y «el hombre» lo otro: «el ascenso del hombre», «la dignidad del hombre», «la relación del hombre con Dios», «el lugar del hombre en el cosmos», «la lucha del hombre con la naturaleza», «la gran conquista del hombre moderno», y así sucesivamente. El «hombre» de la tradición occidental fue un héroe masculino inquisitivo, un rebelde prometeico biológico y metafísico que ha buscado sin cesar la libertad y el progreso, y que se ha esforzado permanentemente por diferenciarse de la matriz de la cual emergió y controlarla.
[...]
¿Por qué la omnipresente masculinidad de la tradición intelectual y espiritual de Occidente se nos ha hecho de pronto evidente, tras haber permanecido invisible para casi todas las generaciones anteriores? Creo que eso sólo ocurre hoy porque, como sugirió Hegel, una civilización no puede tomar conciencia de sí misma, no puede reconocer su propio significado, hasta que no ha madurado lo suficiente como para aproximarse a su muerte.
Hoy en día estamos viviendo algo que se asemeja mucho a la muerte del hombre moderno, que se asemeja mucho, en verdad, a la muerte del hombre occidental. Tal vez el final del «hombre» esté al alcance de la mano. Pero el hombre no es una meta. El hombre es algo que debe ser superado… y completado, en el abrazo con lo femenino.


Santos Domínguez 



25 septiembre 2026

Stephen Fry. Odisea

 

Stephen Fry.
Odisea.
Traducción de Rubén Martín Giráldez.
Anagrama. Barcelona, 2026.

Junto con la Ilíada, la Odisea es una de las dos obras inmortales que están en la raíz de la literatura occidental. Dos obras que trazan dos imágenes de la vida, dos concepciones de la existencia y dos miradas a la condición humana: la vida como guerra o la vida como aventura. La guerra y el regreso del guerrero a casa, el desorden de la violencia y la restauración del orden. De Troya y la rabia del combate en masa a Ítaca como destino entre islas peligrosas. Del tiempo de la muerte de los héroes a la celebración de la vida y la aventura interior, del talento y la cólera de Aquiles a la incursión de Odiseo en su viaje por los reinos del misterio.

Stephen Fry, que ya dedicó en su Troya una estupenda relectura a la Ilíada, proyecta ahora su mirada sobre la Odisea en un volumen que publica Anagrama con traducción de Rubén Martín Giráldez.

Tras las obras dedicadas a la edad de los dioses y a la edad de los héroes semidioses, Odisea es su cuarta aproximación interpretativa a los mitos griegos, tras Mythos, Héroes y la ya citada Troya, que servía de transición del ciclo heroico a la edad del hombre que representa Odisea:

“Bienvenidos a Odisea -escribe Fry en el Prólogo-. Este es el cuarto libro de esta serie mía de reinterpretaciones de los mitos griegos. Os aseguro que para entenderlo y disfrutarlo no hace falta haber leído los tres anteriores: Mythos, Héroes y Troya. Naturalmente, espero que os apetezca acudir a ellos o que ya lo hayáis hecho, aunque la historia de la Odisea se sostiene por sí sola, en todos los sentidos.”
[...]
Es una historia profundamente humana, pero todavía quedan dioses y monstruos por encontrar. Después de Zeus, las diosas Hera, Afrodita y Atenea son las tres que más protagonismo tienen en esta historia, junto con el dios mensajero Hermes. Hay un motivo para su estrecha implicación, un motivo que se remonta al episodio que desencadenó toda la guerra de Troya y sus consecuencias. (Re)familiaricémonos con esa historia…”
 
En Odisea Fry recuerda, recuenta y reinterpreta la intrincada peripecia de Odiseo, rey de Ítaca, el “más astuto e ingenioso de los veteranos guerreros griegos”, que cambió el signo de una guerra enquistada durante diez años con la argucia de la ofrenda engañosa del Caballo de Troya, el artefacto del que salieron los soldados griegos que exterminaron a los habitantes de la ciudad y convirtieron la resistencia heroica en cenizas: “La guerra había terminado. En lo que respecta a los troyanos, su hogar había sido destruido. Los griegos, por su parte, sintieron entonces la llamada del hogar.”

Y así tras la victoria, vino el regreso (el nostos en griego) de los guerreros (Áyax, Agamenón, Menelao, Odiseo) a su patria, al territorio doméstico que devuelve a los héroes a su dimensión humana.

De esos regresos (nostoi) de los vencedores y de la peregrinación mediterránea del superviviente troyano Eneas, hijo de Afrodita, tratan los capítulos iniciales, que reconstruyen con entusiasmo a veces divertido y siempre contagioso el posible argumento de los muy probables poemas orales perdidos que se dedicaron al regreso de los héroes, a esa transición de la condición heroica a la dimensión humana.

Entusiasmo contagioso, decía, en la narración del regreso a Micenas del rey de los griegos, Agamenón, que será asesinado por su mujer Clitemnestra con ayuda de su amante Egisto para vengar el sacrificio de su hija Ifigenia; del brutal Áyax, que violó a la profetisa Casandra, hija del rey Príamo y hermana de Héctor y Paris, a la que se llevaría Agamenón como esclava sexual; aunque “nadie ansiaba más el regreso a casa que Odiseo de Ítaca. Atenea lo observó embarcar en su buque insignia. La flota que comandaba constaba de doce naves, cada una con más de cuarenta itacenses. En aguas tranquilas podían recurrir al remo si era necesario, aunque confiaban en que vientos favorables los llevaran de vuelta al hogar. Una vez ofrecidas las oraciones y sacrificios pertinentes, ellos también abandonarían aquella costa maldita en la que llevaban varados diez largos años.”

Y a partir de ahí se suceden, a petición de Hera y Atenea, las violentas tormentas provocadas por Zeus y Poseidón contra las flotas de los vencedores que regresan a los reinos del sur y del oeste, las advertencias proféticas de Casandra a Agamenón, el desembarco de Eneas en el Cartago donde reina Dido, la certeza que tenía Odiseo de que sería el último en volver a casa (y ciertamente pasarían otros diez años hasta conseguirlo), el tenso silencio entre Helena y Menelao en el viaje de regreso, la mirada de Penélope al mar vacío y al palacio lleno de pretendientes, la desesperanza de Telémaco y el viaje en busca de su padre, Odiseo contemplando el horizonte desde la isla de Calipso, la venganza de Orestes y el juicio en el Areópago, un episodio central que resume el sentido de la edad del hombre en estas palabras de la joven Erígone, huérfana de los ejecutados Clitemnestra y Egisto, que renuncia a la venganza para reivindicar la autonomía de los hombres frente a los dioses:

Desde la guerra de Troya y su feliz resultado, esos reyes, príncipes, señores, jefes, esposos, hijos y hermanos que sobrevivieron a la violencia han regresado a sus hogares. Tras un derramamiento de sangre tan catastrófico, exigimos un nuevo orden, una nueva forma de vivir que nunca más permita que los dioses nos arrastren a un conflicto tan terrible.
Este tribunal es un símbolo de dicho nuevo orden. Es símbolo de que las maldiciones, las rencillas y las disputas sanguinarias de nuestro pasado salvaje ya no contaminarán nuestro modo de vida. Los mismos dioses saben que la Justicia, el Destino y la Ley son fuerzas más antiguas, profundas y poderosas en el cosmos que ellos mismos. Nosotros, los hombres y las mujeres, los mortales, podemos lograr la justicia y acatar la ley a nuestra manera, sin la intervención caprichosa y brutal de los dioses. La crueldad primitiva de las proclamaciones oraculares y las revelaciones divinas no nos ocasiona más que tristeza, terror y ríos de sangre como el que nos ha traído hasta aquí. Hablamos bajo la égida de vuestra patrona, Atenea, cuyas cualidades de comprensión, juicio, sabiduría, aprendizaje e intuición son las que más necesitamos ahora si hemos de reconstituir el mundo según la razón y el sentido, en lugar de por impulso y sed de sangre. Ella es la única diosa que necesitamos.

Ese es el núcleo de sentido del libro y de lo que representa Odiseo como símbolo del nuevo orden en el que el hombre encuentra su propio camino al margen de la tutela caprichosa de los dioses y bajo el único amparo de la razón y la sabiduría que representa Atenea, “la única diosa que necesitamos.”

Y Odiseo representa esa capacidad del hombre para convertirse en dueño de su propio destino con las armas de la inteligencia y el valor, la astucia y la determinación frente a las adversidades y los peligros de los naufragios, de Escila y Caribdis y la roca de las sirenas, de las islas de los cíclopes, los lestrigones y los lotófagos o las tentaciones y embrujos que se llaman Calipso, Nausícaa o Circe. Porque Odiseo, el viajero perdido lejos de su casa, es “un hombre que ha sufrido muchas tribulaciones” hasta regresar a Ítaca a reencontrarse con Penélope, Telémaco y Laertes.

Dos cuadernillos, con treinta y ocho ilustraciones, y un buen número de jugosas notas a pie de página ilustran brillantemente un relato que combina amenidad y hondura, refinamiento sutil y sólida erudición en una cercana narración de narraciones, en un ágil cuento de cuentos, en un relato nada solemne y más proclive al humor que a la tragedia, en un texto admirable que, aunque tiene como fuente principal los poemas homéricos maneja también muchos materiales procedentes de obras como la posthomérica Telegonía, la Orestiada de Esquilo o la Eneida de Virgilio, porque -concluye Fry- “a través de Virgilio, Roma tuvo su mito fundacional; y, a través de Homero, Grecia tuvo otro tipo de mito fundacional. El regreso del guerrero, la mudanza definitiva de un mundo de dioses, monstruos y héroes a un mundo de familia y parcela.”


Santos Domínguez 




23 septiembre 2026

Luis Martín Santos. Poesía


 Luis Martín-Santos.
Poesía.
Obras completas V.
Edición dirigida por Domingo Ródenas de Moya.
Edición, introducción y notas de Juan José Lanz.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2026.

Una asombrosa cantidad de textos poéticos. Eso es lo primero que sorprende al lector que se acerca al voluminoso tomo que recoge la poesía de Luis Martín Santos en el quinto tomo de la edición de sus Obras completas que dirige Domingo Ródenas de Moya en Galaxia Gutenberg.

Entre un pequeño grupo de tres poemas iniciales y la amplísima y heterogénea sección titulada Poesía varia, este volumen, de cuya edición anotada se ha ocupado Juan José Lanz, reúne miles de versos y centenares de poemas agrupados orgánicamente en tres libros: Grana gris -el único que publicó-, que apareció en 1945 y donde reunió su poesía juvenil, y los inéditos Las voces y Amor. Verano 1948. Tres libros que contienen la parte más articulada de la muy desconocida obra poética del que es uno de los narradores fundamentales de la segunda mitad del siglo XX.

A pesar de que nunca alcanza la altura descomunal de su prosa, donde acabaría encontrando su voz propia, “la escritura poética de Luis Martín-Santos se extiende a lo largo de toda su vida y, aunque no la hiciera pública, más bien no la publicara, salvo en algunas colaboraciones juveniles en entrevistas y en el tomo Grana gris (1945), diversos testimonios permiten deducir que fue una actividad constante”, como señala Juan José Lanz en su magnífica introducción a la poesía de Luis Martín-Santos  que abre esta edición.

La tensión entre norma y volcán, entre razón y sentimiento recorre la poesía de Luis Martín Santos y “se resuelve -señala Lanz- como reflexión en una poesía con un fuerte componente filosófico en muchas ocasiones, que transforma la idea, mediante la palabra, en «Canto». Precisamente, «norma exacta» y “purificación» serán los elementos que aúnen la propuesta estética y la existencial en que se fundamenta su poesía.”

No es muy diversa esa tensión ni muy distinta la solución que adopta el autor en el resto de su obra, especialmente en la zona mayor de su creación, su narrativa, en la que se integran ética y estética, creación y pensamiento, existencialismo y escritura, contemplación y reflexión, descripción y análisis.

Los ochenta y seis poemas de Grana gris forman una selva poética intrincada y adolescente, barroquizante y simbolista, neomodernista y a veces genialoide. Un conjunto en el que predominan las formas estróficas clásicas a lo largo de poemas que tienen mucho de búsqueda, de escritura de aluvión y de tanteo.

Este es el soneto que cierra el libro y refleja más de un conflicto sonoro en la falta de fluidez del verso y en el problemático manejo del ritmo endecasilábico:

Explicación
Qué extraño ritmo es el mío, alegas; 
que la idea no hallas, y prefieres 
un metro más igual con lo que eres 
y no sílabas contar, sino fanegas.

Que la verdad sea nunca obscura, niegas; 
poesía ha de ser música y mujeres, 
con que templen su ocio mercaderes 
tras el agrio sudor de las trasiegas.

Si tú lo ves así, cual tú lo miras, 
no intentes intuir las nimiedades 
de un sutil poetastro sin soltura.

Escoge el gran poeta que tú admiras 
y, bañadas en lindas vaciedades, 
desciendan sus estrofas a tu altura.

Como “un interminable y farragoso poema épico” calificaba Juan Benet Las voces, que compuso entre 1945 y 1948 un Martín Santos que veía en esos poemas un signo de madurez intelectual: “Me asusta -anotaba en su diario el 24 de septiembre de 1946- el haber llegado a esta etapa clásica de madurez a mis 21 años. [...] A veces pienso como si hubiera superado en madurez a mí mismo siglo.” 

Escritos en el molde inusual y artificioso del serventesio eneasilábico, sus poemas tienen más de configuración dramática que de narrativa épica: proponen un diálogo de voces diversas en torno a cuestiones conceptuales de ética y estética, de vida y literatura. Son voces que proyectan reflexiones existenciales e indagaciones metafísicas en sus poemas abstractos que, organizados en seis secciones temáticas, intentan integrar lírica y filosofía, poesía y conocimiento y que culminan significativamente en La fiesta del cerebro, su texto final:

¡Presencia! ¡Presencia! ¡Presencia! 
¡Qué derrumbarse adentro, adentro, 
adentro! Toda la impaciencia 
del mundo, aquí, en mi centro.

¡Qué dolor contiguo en la cosa! 
Proximidad hecha entrañable 
y sangradora. Avariciosa 
substancia en mí comunicable.

Y ¡qué placer de cópula! Ondas 
externas me penetran. Caras 
flüencias fecundas. Frondas. 
Amplitudes. Trémulas áreas.

Ya todo se ha hundido en mí. 
Apaciguo incontable alud 
dentro de mi límite. Así: 
mi «uno» sobre la infinitud.

Muy distinto en tono es el otro libro inédito, Amor. Verano 1948, un largo poema unitario, articulado en dieciocho secciones que combinan distintos metros para reflexionar en torno a un proceso amoroso fracasado y a la búsqueda de la belleza y el conocimiento a través de la experiencia y la conciencia del amor y la muerte:

La muerte se extendía 
pausadamente sobre tu tez, muy cautamente 
con un miedo recóndito a tu grito 
a tu dolor, 
al movimiento de tu pecho inmortal 
cuando mi mano 
rozaba sus cúpulas doradas, 
bajo la luna, torres misteriosas.

Con textos fechados entre 1945 y 1953, aunque no hay que descartar que otros sin datar sean de fecha posterior y lleguen hasta la década de los sesenta, el amplio apartado de Poesía varia que completa el corpus poético de Martín Santos recopila más de un centenar de poemas inéditos, manuscritos y mecanoscritos, que permiten rastrear una cierta evidencia hacia un tipo de poesía desarraigada o hacia el realismo social que se impondría en la literatura española entre finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta o hacia el peculiar bajorrealismo que desarrolló durante algún tiempo con Juan Benet. 

Pero no faltan tampoco imitaciones tan claras y tan intranscendentes como el de este romance lorquiano:

Ángeles barrocos cantan 
gritos de piedra en el aire. 
Lloran las yedras sus lágrimas 
por las paredes de hojaldre. 
Besos de palmas se enredan 
en el reposo del aire.

Benamecí tunecino 
corre de algarbe en algarbe. 
Sus escuderadas túnicas 
muestran a trozos la carne. 
¿Por qué tus gritos perforan 
como taladros el aire?

¡Deja en reposo a las nubes 
y cubre de perros el valle! [sic]
Los ladridos te golpean 
como trallazos de alambre. 
Tu rostro se ha endurecido 
y has maldecido a tu padre.

Pero tus negras arrugas 
suben muy alto en el aire. 
Paracaídas con música 
descienden de Buenos Aires. 
Nenas con cara de fiesta 
cantan canción de esponsales 
y los litúrgicos cirios 
en la Iglesia se deshacen.

Tierra de montes altísimos 
y de cálices y valles.
Los muertos lloran perdidos 
en tus senos venerables. 
Arrojas nuevas jaurías 
de combatientes y sangre. 
Tus más secretos venenos 
entre todos se deshacen. 
¿Por qué tu plomo sagrado 
no se fatiga, no late 
su último latido y cesa 
de henchir de carne los valles?

Voluptuosas cadenas 
rodean tus brazos, madre. 
Coronas de rosas trenzan 
con el pico pavosreales.

Nadie conoce la historia 
y todos cantan el cante. 
Las Navidades se esconden 
y se sonrojan de encajes.

Con su cambiante métrica heterogénea, del octosílabo al alejandrino, del versolibrismo al endecasílabo, del romance al soneto, y con su desorientada variedad de tonos, el conjunto de la obra poética de Luis Martín Santos refleja la pesada digestión de sus abundantes lecturas y el lento proceso de construcción de una voz personal aún sin definir. Una voz que por temperamento y por formación acabaría encontrando el autor en la portentosa narrativa que desarrolló en las dos décadas siguientes, con sus memorables Apólogos, su magistral Tiempo de silencio y su inacabado Tiempo de destrucción. 

Santos Domínguez 


21 septiembre 2026

Luis Ramos de la Torre. Ningún instante es más

 



Luis Ramos de la Torre.
 Ningún instante es más.
 Baile del Sol. Tenerife, 2026.




 Lo perdido,
         la extraña brujería de lo frágil,
el rigor mineral de la materia,
la piel, el aire candeal.
                          Arder adentro.
Ignorarse, olvidar,
hacer de lo vivido incertidumbre.

Todo en ascuas al abrigo de un verbo,
de una razón sin trabas
que habla otra vez de la melancolía.
Y en el catastro de la amanecida,
las dudas de otro claro nuevo al darse.
 
Aún hay tiempo.
(melancolía)


Ese es el primero de los sesenta y cinco poemas breves que Luis Ramos de la Torre reúne en Ningún instante es más, que publica Baile del Sol en su colección Poesía.

Están presentes ya en ese poema inicial las claves temáticas, tonales y estilísticas de un admirable conjunto de sesenta y cinco teselas que componen un mosaico luminoso en el que Luis Ramos de la Torre reivindica la poesía como revelación epifánica de la realidad, como experiencia vital y como celebración de la vida.

Un mosaico de poemas meditativos que a través de la contención verbal, la expresión recortada y el verso bruñido buscan retener el instante fugaz en sus palabras medidas y anular el tiempo con el uso vertebral del infinitivo y del presente que están por encima del tiempo accidental, de las circunstancias personales y temporales o de los plurales y fijan la abstracción del concepto que al final de cada poema resume su contenido en el sustantivo abstracto que lo cierra entre paréntesis y en minúsculas:

Las cifras de la edad.
La indolencia, el temblor. 
El reguero del tiempo en los espejos, 
augur y ley, 
             tensión sin tasa.
Pertenecer. Sentir su ahínco.

Alguna palabra vendrá después 
liberadora, incitante, 
                         sin desentendimiento.

O canto, o lágrima.

(cifras)

Los poemas de Ningún instante es más van construyendo así, desde la observación a la meditación, una visión del mundo, una propuesta existencial en la que la palabra es instrumento salvífico de indagación y raíz que nutre el canto celebratorio del conjunto:

Sigue el canto.
                          Y al aire boga libre
yendo y viniendo,
                             dándose
como el agua y el alba,
como una ceremonia natural,
porque todo en él es celebración.
 
Cunde el canto,
inaugural, exento,
materia en ascuas y a distancia,
que se renueva y arde en la mirada.
(celebración)

Poesía de la celebración y la búsqueda de la esencia, de serenidad en la mirada y hondura reflexiva en torno a lo frágil y lo humilde, lo sencillo y lo cotidiano. Una experiencia poética y vital en la que la memoria se impone al olvido, la esperanza a la zozobra, la certeza a las dudas y la renovación a las pérdidas:

No hay pérdida inútil, ni esfuerzo vano, 
es tiempo necesario, cicatriz, 
intriga o grieta. 
Leer en el estigma de los huecos, 
junto a lo austero imprime norma. 

Habrá que abrir la puerta a lo sencillo. 
Renovarse. 
                Constituir lo anónimo.
Abrir esa babel tanta que aturulla y traba. 
Precisa rabia es. 
(pérdida)


Santos Domínguez 

18 septiembre 2026

Borges. Conferencias reunidas

  


Jorge Luis Borges.
Conferencias reunidas 
1960-1985.
Compilación y edición de Sara Luisa del Carril.
Alfaguara. Barcelona, 2026.


Tras la monumental edición de los tres tomos que reúnen los Cuentos completos, los Ensayos completos y la Poesía completa de Borges, Alfaguara publica sus Conferencias reunidas 1960-1985, con edición y compilación de Sara Luisa del Carril, experta en reunir la obra borgiana dispersa.

Una recopilación de los textos dispersos que sirvieron de base a las conferencias que dictó Borges durante un cuarto de siglo, entre la dedicada a la poesía gauchesca el 17 de mayo de 1960 y la última, la que dio el 5 de septiembre de 1985, en el Colegio Ward, un colegio inglés de Ramos Mejía, en la provincia de Buenos Aires.

Hay una parte de la labor del Borges conferenciante que se compiló en volúmenes como Siete noches, recogido con acierto en sus Ensayos completos. Pero hay además unos treinta textos que estaban dispersos hasta ahora y que se reúnen por primera vez en este cuidado volumen que aparece cuando se cumplen cuarenta años de su muerte en Ginebra, donde escribió alguno de sus más admirables poemas, que reunió en su último libro, Los conjurados.

“De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad” escribió en Atlas. Y añadía: “A diferencia de otras ciudades, Ginebra no es enfática. París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres, Ginebra casi no sabe que es Ginebra. Las grandes sombras de Calvino, de Rousseau, de Amiel y de Ferdinand Hodler están aquí, pero nadie las recuerda al viajero. Ginebra, un poco a semejanza del Japón, se ha renovado sin perder sus ayeres. Perduran las callejas montañosas de la Vieille Ville, perduran las campanas y las fuentes, pero también hay otra gran ciudad de librerías y comercios occidentales y orientales.
Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo.”

Además de la familiar y reiterada Buenos Aires, Nuevo México, California, Washington, Nueva York, Connnecticut, Massachusetts; las universidades de Yale, Columbia o Harvard y la Biblioteca del Congreso; el British Council de Londres, las universidades de Bristol y Amsterdam, la de Antioquía en la colombiana Medellín, el Instituto de Cultura Hispánica en 1973 o el Centro Cultural Colón en Madrid en 1980 fueron los diversos lugares que convocaron la actividad del Borges conferenciante para hablar de sí mismo y del otro: de Shakespeare y de Spinoza, de su obra en verso y su prosa, de Platón y Cervantes, de Evaristo Carriego y el Libro de Job, de Homero y de la literatura fantástica, del tiempo y el destino del escritor, de Lugones y la metáfora, de la historia del libro o la forma de escribir sus cuentos y de concebir la poesía.

No son estos, obviamente, textos centrales en la obra completa de Borges, pero en su condición de complementarios muestran a un Borges cercano que habla de literatura y filosofía, de poesía y pensamiento, de lectura y tradición y de los temas vertebrales de su escritura: la identidad y el tiempo, el sueño y los laberintos, los libros y la memoria.

Dos de estas conferencias -Mi poesía. Mi prosa- las dictó Borges en España el 24 y el 25 de abril de 1973 en el Instituto de Cultura Hispánica durante el ciclo ‘La literatura hispanoamericana americana comentada por sus creadores', que organizó Luis Rosales. 

Casi veinte años después, en 1992, se transcribieron en Cuadernos Hispanoamericanos.  Así comenzaba la primera de ellas, centrada en su obra poética:

Parece presuntuoso que yo hable de mi poesía, pero al cabo de los años he llegado a comprender que la belleza no es un hecho extraordinario, que la belleza es común, y que todo hombre puede alcanzarla o, como decía Plinio el Joven, en una frase transcrita por Cervantes, «no hay libro tan malo que no tenga algo bueno⟫, y que a todos nos está permitido alguna vez, por una favorable conjunción de los astros, lograr la belleza, aun a mí, viejo aprendiz de setenta y tres años, que he aprendido a fuerza de errores.

Esas dos conferencias, quizá las fundamentales de un conjunto de altísimo intereses, contienen las claves de su mundo poético y explican desde dentro las cimas de su producción narrativa, como Hombre de la esquina rosada, Funes el memorioso o El Aleph, del que dice en la conferencia Mi prosa: 

Puedo recordar otro cuento mío, "El Aleph". Yo había leído en los teólogos que la eternidad no es la suma del ayer, del hoy y del mañana, sino un instante, un instante infinito, en el cual se congregan todos nuestros ayeres como dice Shakespeare en Macbeth, todo el presente y todo el incalculable porvenir o los porvenires. Yo me dije: si alguien ha imaginado prodigiosamente ese instante que abarca y cifra la suma del tiempo, ¿por qué no hacer lo mismo con esa modesta categoría que es el espacio? Y entonces imaginé una casa en la calle Garay, una calle bastante mediocre; imaginé que en esa casa había un sótano, y en ese sótano un pequeño objeto luminoso, mínimo, circular; tenía que ser circular para ser todo. El anillo es la forma de la eternidad, que abarca todo el espacio, y al abarcar todo el espacio abarca también el pequeño espacio que ocupa, y así en "El Aleph" hay un "Aleph" —porque esa palabra hebrea quiere decir círculo—, y en ese Aleph otro Aleph, y así infinitamente pequeño, esa infinitud de lo pequeño que asustaba tanto a Pascal. Bueno, yo simplemente apliqué esa idea de la eternidad al espacio. Inventé la historia del Aleph, le agregué detalles personales, por ejemplo, una mujer que yo quise mucho, y que no me quiso nunca y que murió. Le di un hermoso nombre, la llamé Beatriz Viterbo. Cambié un poco las circunstancias, y aquí hay un pequeño hecho sobre el que yo querría llamar la atención de ustedes, y es que si uno no cambia ligeramente las cosas uno se siente insatisfecho. Por ejemplo, si algo ocurre en algún barrio y uno lo escribe, es mejor cambiarlo a otro barrio que no sea demasiado distinto, los nombres de los personajes ya se saben, las circunstancias también. Uno está obligado a esas pequeñas invenciones para no ser un mero historiador, un mero registrador de hechos ocurridos, salvo que los grandes historiadores son grandes novelistas. Dijo Stevenson que los problemas, las dificultades de Tácito o de Tito Livio al escribir su historia, fueron del mismo género que las dificultades de un novelista o cuentista. Contar hechos reales ofrece las mismas dificultades que contar hechos imaginarios, a la larga no podemos distinguir entre ellos.

El libro ofrece mucho más, pero sólo la recopilación en un libro de esas dos conferencias esenciales ya justifica una edición como esta de las conferencias dispersas de Borges.


Santos Domínguez 

16 septiembre 2026

Mary Beard. Clásicos sin filtros

    


Mary Beard.
Clásicos sin filtros.
  Traducción de Silvia Furió.
Crítica. Barcelona, 2026.


En 1960, cuando Mary Beard tenía cinco años, su madre la llevó desde su pueblo a conocer Londres. Y cuando visitaron el British Museum tuvo una experiencia que marcaría su vida y su dedicación al estudio del mundo antiguo: el descubrimiento en una vitrina de las salas egipcias de un trozo de pan que tenía cuatro mil años.

Así evoca Mary Beard esa epifanía de un trozo de pan egipcio en el capítulo inicial de su Clásicos sin filtros que acaba de publicar Crítica con traducción de Silvia Furió:

El pan en cuestión tiene casi cuatro mil años. Fue descubierto a comienzos del siglo XX en unas excavaciones cerca de la moderna ciudad de Luxor y fue entregado al Museo Británico, donde todavía se exhibe (y hay piezas similares en museos de Egipto, de los Estados Unidos y de otros lugares). Es muy probable que originalmente fuera elaborado para ser depositado en una tumba como alimento para el difunto no para consumo humano, o como ofrenda a los dioses, y que se conservase, tal como lo vemos ahora, en las perfectas condiciones que proporcionan las arenas calientes y secas del desierto egipcio.
[...]
A comienzos de la década de 1960, los museos no eran tan agradables para los niños como lo son ahora, y la mayoría de las vitrinas eran demasiado altas para contemplar su contenido siendo pequeña. De modo que cuando mi madre descubrió este pan egipcio antiguo, le pedí que me aupase para verlo más de cerca, pero estaba al fondo de la vitrina. 
[…] 
En aquel instante pasó un hombre, se percató de nuestro apuro y preguntó qué era exactamente lo que trataba de ver. «Aquel trozo de pan», chillé, ya un poco desesperada. Debía de ser un conservador, porque hurgó en su bolsillo, extrajo un manojo de llaves, abrió la vitrina, sacó el pan y lo sostuvo frente a mí, a unos cinco centímetros de mi nariz. Nunca subestiméis lo poderoso que puede ser el simple acto de abrir la vitrina de un museo.

Aquel asombro infantil de Mary Beard ante la revelación de la maravilla de lo cotidiano provocó la curiosidad y la emoción por el pasado remoto que marcaría su destino personal como estudiosa,  su dedicación a la enseñanza y a la divulgación del mundo antiguo y su afán por destacar la actualidad de los clásicos en volúmenes como este, que lleva como subtítulo El impacto del mundo antiguo.

Las cuatro conferencias que impartió en la Universidad de Chicago en 2023 son la base de este libro que establece un diálogo iluminador con los clásicos y explora los vínculos de Grecia y Roma con la realidad actual, un mundo -subraya la autora- “que ha dejado huella a lo largo de todos y cada uno de los siglos hasta el siglo XXI. Durante dos milenios, los clásicos han sido constantemente reinterpretados, a menudo de manera contradictoria, pero nunca olvidados ni desterrados.”

Así resume el sentido de esta obra la propia Mary Beard en la Introducción:

«Una gran pregunta ha inspirado este libro: ¿para qué sirven los clásicos antiguos? O, dicho de otro modo, ¿por qué debería preocuparnos lo que hacía la gente hace dos mil años o más: ¿qué crearon, qué escribieron y qué pensaron? ¿Qué sentido tiene todo esto para nosotros ahora? Quiero reflejar lo que todavía resulta tan emocionante, gratificante y a veces inquietante del mundo clásico, o por lo menos lo que me ha emocionado, gratificado e inquietado a mí. El mensaje subyacente es que puede obtenerse más de los clásicos si uno los venera menos. Asombro, sorpresa, placer, perplejidad e incluso repulsión, sí. Veneración y gratitud, no.

Porque, matiza Mary Beard, «hay también muchas cosas del mundo clásico que condeno. Para empezar, no hay gafas pintadas de color de rosa que puedan ocultar la esclavitud ni la misoginia ni la casi inimaginable violencia, desde los campos de batalla hasta los criminales juegos en el anfiteatro.»

Y con esa mirada actual que combina el asombro y la perspectiva crítica, la sorpresa y la repulsión, Mary Beard se adentra en estas luminosas páginas en la vida, la literatura y el arte de Grecia y Roma para rastrear lo cotidiano y contarlo, para que el lector sepa cómo era estar allí y entonces. 

Por ejemplo cuando entra en la Taberna de Salvio en Pompeya:

Lo que tiene de tan especial la Taberna de Salvio es que todavía podemos atisbar, a través de nuestra mirada contemporánea, lo que sucedía allí hace dos mil años, y casi escuchar furtivamente las bromas del personal y de los clientes, porque frente al mostrador de la sala principal había una memorable pintura de la vida en la taberna, similar a una viñeta de tamaño gigante, con bocadillos que contenían las palabras de los personajes.
[...]
Es una imagen de la colorida vida en una taberna romana pintada en la pared y completada con una banda sonora en latín callejero y escritura callejera, que sería difícil de reconocer a partir del latín «correcto» que actualmente se enseña a los estudiantes. Quizás pretendía ser una advertencia, o un chiste, o probablemente un poco de ambascosas, pero sin duda era un espejo para que los clientes de la taberna se contemplasen a sí mismos. Gracias a la tragedia de la erupción, podemos husmear y ponernos en su lugar. Casi nos estamos viendo a nosotros mismos en el espejo sin que los años que nos separan cuenten para nada. Es como si pudiéramos excluir el aquí y el ahora y, milagrosamente, sentir cómo era estar allí en aquel momento.

Para descifrar también desde nuestra mirada actual cómo era estar allí para lo bueno y para lo malo, para lo admirable y para lo incomprensible, para lo inesperado y para lo violento. Cómo era, por ejemplo, estar ante la provocadora Afrodita desnuda y profanada de Praxíteles en el siglo IV a.C., ante el grafiti grosero de una letrina de Herculano, ante la peligrosa risa incontenible del senador Lucio Casio Dion frente al emperador Cómodo en el Coliseo, ante la Eneida o las Meditaciones de Marco Aurelio y su estatua ecuestre en la colina Capitolina o para reinterpretar a la luz actual la moralidad de la guerra en la Ilíada, la poco heroica conducta de Odiseo o el significado del conflicto trágico entre Antígona y Creonte.

Porque, con sus aciertos y sus errores, los  griegos y los romanos “nunca han dejado de mirarnos a la cara”, “nunca se han marchado del todo, ya que siempre los hemos estado reutilizando, reconvirtiendo y reinterpretando.”

A propósito de la inevitable vinculación del pasado y el presente y de la mirada actual sobre los clásicos, Mary Beard reconoce que  “este libro es en parte una respuesta a las muchas personas que me dicen: «Has pasado tanto tiempo de tu vida con ellos que sin duda debes  de querer mucho a los griegos y a los romanos». La respuesta es rotundamente «no». No estudio a los griegos y romanos porque los quiera (del mismo modo que los virólogos tampoco quieren a los virus o los astrónomos a los agujeros negros). Los estudio porque a veces son un placer, a menudo desestabilizadores y con frecuencia sorprendentes, pero sobre todo invariablemente reveladores e interesantes (incluidos los acueductos). Los estudios clásicos cambian tu forma de ver el pasado remoto. No solo eso: te instan a replantearte el presente.”

El último capítulo aborda el estado de los estudios clásicos dentro del currículo de los institutos y las universidades y defiende dos argumentos para su presencia y su importancia: en primer lugar, su potencial para iluminar cuestiones polémicas de la actualidad y en segundo lugar, la necesidad de “leer cosas difíciles” que están escritas en latín y en griego.

Cierra el volumen un curioso Epílogo, con otra historia ambientada en el British Museum. En ese texto, Mary Beard vuelve a aquel trozo de pan egipcio de Tebas que orientó su vida, a aquella “apertura de la vitrina que para mí supuso el inicio del asombro y curiosidad por el mundo antiguo que ha durado toda una vida y que se ha visto recompensado de una manera que nunca hubiera podido imaginar. He pasado más de cincuenta años con los antiguos griegos y romanos, admirables y repelentes en igual medida, pero indefectiblemente interesantes y enriquecedores. Tengo mucho que agradecer a aquel conservador anónimo. Se dio cuenta de que una niña pequeña quería ver algo, se molestó en averiguar qué era, abrió la vitrina y le mostró el trozo de pan. Para mí fue un ejemplo de cómo compartir el tiempo y el conocimiento; espero haber estado a la altura. Es decir, espero haber contribuido a hacer que algunos de los excluidos del mundo antiguo, como el «muchacho que con su aliento empañó el cristal», se sientan parte del «nosotros» que puede disfrutarlo, ya sea en el aula, a través de la radio y la televisión, o de la escritura. Espero haber conseguido que los clásicos le hablen a más gente, de todos los orígenes, dondequiera que se encuentren.”


Santos Domínguez 


14 septiembre 2026

Bryce Echenique. Un mundo para Julius

  


Alfredo Bryce Echenique.
Un mundo para Julius.
Anagrama. Barcelona, 2026.


Julius nació en un palacio de la avenida Salaverry, frente al antiguo hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello, hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente de la República, ¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él, de espaldas a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta. La carroza y la sección servidumbre ejercieron siempre una extraña fascinación sobre Julius, la fascinación de «no lo toques, amor; por ahí no se va, darling». Ya entonces, su padre había muerto.
Su padre murió cuando él tenía año y medio. Hacía algunos meses que Julius iba de un lado a otro del palacio, caminando y solito cada vez que podía. Se escapaba hacia la sección servidumbre del palacio que era, ya lo hemos dicho, como un lunar de carne en el rostro más bello, una lástima, pero aún no se atrevía a entrar por ahí. Lo cierto es que cuando su padre empezó a morirse de cáncer, todo en Versalles giraba en torno al cuarto del enfermo, menos sus hijos que no debían verlo, con excepción de Julius que aún era muy pequeño para darse cuenta del espanto y que andaba lo suficientemente libre como para aparecer cuando menos lo pensaban, envuelto en pijamas de seda, de espaldas a la enfermera que dormitaba, observando cómo se moría su padre, cómo moría un hombre elegante, rico y buenmozo. Y Julius nunca ha olvidado esa madrugada, tres de la mañana, una velita a Santa Rosa, la enfermera tejiendo para no dormirse, cuando su padre abrió un ojo y le dijo pobrecito, y la enfermera salió corriendo a llamar a su mamá que era linda y lloraba todas las noches en un dormitorio aparte, para descansar algo siquiera, ya todo se había acabado.

Con esos dos párrafos memorables, que funcionan como obertura de los temas que desarrolla después la obra, arranca Un mundo para Julius, la primera novela de Alfredo Bryce Echenique.

Junto con El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, había sido finalista en 1970 del Premio Biblioteca Breve, que quedó desierto en esa edición por extraños azares y manejos del jurado.  Barral la publicó aquel mismo año en una lamentable edición llena de erratas que la hacían casi ilegible y que la editorial tuvo que retirar a petición del autor.

Una encuesta entre ochenta escritores y críticos peruanos consultados por la revista Debate la proclamó en 1995 la mejor novela peruana de todas las épocas, por delante de La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La guerra del fin del mundo, de un Vargas Llosa que acababa de ser candidato a la presidencia de Perú y de publicar El pez en el agua, sus molestas memorias.

En todo caso, Un mundo para Julius, publicada en el momento cenital del boom de la novela latinoamericana, es seguramente la mejor novela de Bryce Echenique, junto con La vida exagerada de Martín Romaña, y uno de los títulos fundamentales de la narrativa en español del último tercio del siglo XX.

Novela de formación que transcurre entre la pérdida de la inocencia de la infancia de Julius, un niño de la oligarquía limeña, y la búsqueda de nuevas certidumbres y del mundo propio que evoca el título, Un mundo para Julius es una obra compleja y potente, escrita con distancia irónica y humor lúcido, con agudeza crítica y proustiana mirada nostálgica sobre el tiempo perdido.

Una novela de fondo autobiográfico y autorreflexivo, llena de sutileza y de preguntas y respuestas en su reflejo de la realidad social desde una inocente  y solitaria perspectiva infantil y desde dentro de la clase alta, una crítica de su superficialidad frívola y de su relación con la servidumbre, de los privilegios, las desigualdades y las injusticias, con el telón de fondo de los cambios sociales operados en Perú en la década de los 50 en la que se sitúa la novela, con el palacio y el colegio como metáforas del país.

Organizada según una estructura muy medida en cinco capítulos simétricos que vinculan sus ámbitos en efectos de espejo, contraste y correspondencia la parte primera con la quinta -el palacio original (Versalles) del padre de Julius y el nuevo del padrastro Juan Lucas- y la segunda con la cuarta -los dos colegios a los que asiste- para dejar como intermedio de transición el espacio de una suite del Country Club de Lima, donde Julius pasa el verano más largo y más triste de su vida.

Distinto a los de su clase social, transgresor, sensible  y curioso, con tendencia al desplazamiento físico, moral e ideológico, a la soledad y al desarraigo afectivo y simbólico, la historia de Julius es la de la diferencia, el desclasamiento y las mutaciones, la del cambio de padre, de palacio y de mundo.

La oralidad de su estilo, la cercanía de su tono conversacional, su torrencial fluidez narrativa, la convivencia de un narrador omnisciente con la técnica contrastiva del perspectivismo, las diferentes voces de la narración y los cambios en la mirada y el enfoque de realidades, acciones y personajes avanzan ya en esta que seguramente es la obra maestra de Bryce Echenique algunos de los rasgos más característicos de toda su producción narrativa, con títulos como La vida exagerada de Martín Romaña o El hombre que hablaba de Octavia de  Cádiz, y de sus Antimemorias Permiso para vivir, Permiso para sentir, Permiso para retirarme. 

“Un mundo para Julius [...] dentro de la narrativa hispanoamericana es una novela irrepetible, única, cuya elocuencia y amenidad se traman en su agudeza crítica y denuncia moral. En esta novela hay tanto una simpatía generosa, una discursividad humanizadora, como un impecable desmontaje de la construcción ideológica de la sociedad”, escribió Julio Ortega en el memorable prólogo con el que presentó la edición de Un mundo para Julius en Cátedra Letras Hispánicas.

Un clásico imprescindible que reedita Anagrama en la edición intachable que llega hoy a las librerías.

Santos Domínguez 

11 septiembre 2026

Rimbaud. Obra reunida


 Arthur Rimbaud.
Obra reunida. 
Edición bilingüe de Miguel Casado.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2026.


Saldo

Se vende lo que los judíos no han vendido, lo que no han probado ni nobleza ni crimen, lo que desconocen el amor maldito y la infernal probidad de las masas: lo que ni el tiempo ni la ciencia han de reconocer:
Las Voces restauradas; el despertar fraterno de todas las energías corales y orquestales y sus aplicaciones instantáneas; la ocasión única de liberar nuestros sentidos.
Se venden los Cuerpos que no tienen precio, sin atender a la raza, el mundo, el sexo, la descendencia. Las riquezas que brotan a cada paso. Saldo de diamantes sin control.
Se vende anarquía para las masas; satisfacción irreprimible para los mejores coleccionistas; muerte atroz para los fieles y para los amantes.
Se venden las viviendas y las migraciones, deportes, poderes mágicos y comodidades perfectos, y el ruido, el movimiento y el porvenir que generan.
Se venden las aplicaciones de cálculo y los saltos inauditos de armonía. Los hallazgos y los términos insospechados, posesión inmediata.
Impulso insensato e infinito hacia esplendores invisibles, hacia delicias no sensibles, – y sus secretos perturbadores para cada vicio - y su alegría pavorosa para la multitud -.
Se venden los Cuerpos, las voces, la inmensa opulencia incuestionable, lo que no se venderá nunca. Aún los vendedores no agotado los saldos. Los viajantes no tienen que devolver su comisión tan pronto.

Ese poema en prosa de Arthur Rimbaud (1854-1891) cierra Iluminaciones (1875), su segundo y último libro, que dejó inédito, en la traducción de Miguel Casado para la edición bilingüe de su Obra reunida que publica Galaxia Gutenberg. 

Obra reunida, y no completa, porque no se han recogido los trabajos escolares con poemas latinos y redacciones en prosa en francés en esta edición que abre un magnífico prólogo -"Arthur Rimbaud, poeta"- que se inicia con estos dos párrafos:

“Es difícil leer la poesía de un mito. Así, suele ocurrir que a la poesía de Hölderlin, de Rimbaud, de Dickinson, de Pessoa, de Lorca, de Celan, se llega con admiración previa, como a rendirle culto. Esto seguramente degrada, de manera involuntaria, la obra de los poetas, la posterga y neutraliza, en vez de valorarla y potenciarla. El valor primero de toda poesía no puede ser otro que ella misma, y la lectura verdadera solo se da si hay un encuentro entre el lector y los textos más allá de todos los juicios previos.
El mito de Rimbaud cuenta entre los más poderosos por los variados componentes que reúne: la genialidad del adolescente (escribió toda su obra entre sus catorce y sus veinte años de edad); la transgresión social y moral del poeta maldito, lo que tuvo de vagabundo y aventurero, el morbo de su pasional y turbulenta relación con Paul Verlaine; su vida fuera del sistema y su postura del lado de los oprimidos de cualquier orden; el abandono radical de la escritura en plena juventud, como aparentemente ya habían previsto sus poemas, sus quince años en Abisinia y su muerte temprana a los 37 años de edad.”

Arthur Rimbaud no sólo fue el poeta más experimental de su época, alguien que en los cuatro breves años de su carrera literaria cambió el sentido de la poesía occidental. Es también quien mejor encarna la modernidad y el espíritu de la creación poética, no ya presente, sino futura.

Dejó de escribir a la edad en la que muchos empiezan a tantear sus primeros escarceos literarios y con poco más de veinte años renunció a la literatura. Pero antes, convertido ya en un poeta decisivo cuya vida osciló entre el arrebato ascético y el exceso alcohólico, entre la actitud del gamberro indeseable y la inspiración del genio, había roto con las últimas persistencias románticas del parnasianismo para sentar las bases de la poesía contemporánea.

Baudelaire había puesto la primera piedra, pero fueron Lautréamont, Mallarmé y sobre todo Rimbaud quienes establecieron una nueva tonalidad para la poesía, una relación nueva entre la palabra y su referente, entre la forma y la sustancia del poema, porque también era nueva la relación entre el sujeto y el objeto, la forma de articular el encuentro -no siempre armónico- entre el yo lírico y el mundo. 

A partir de esos poetas, que convirtieron a Poe y a Blake en profetas de lo contemporáneo, la poesía deja de ser literatura y se convierte en forma de conocimiento, en iluminación de una realidad irreproducible que en el caso de Rimbaud tiene la potencia fugaz e inolvidable del meteorito que atravesó el firmamento brillando en la noche de hace un siglo y medio con un fulgor que sigue iluminando sin desintegrarse.

Ese meteorito tiene un título, el de su único libro publicado, Una temporada en el infierno.  Porque después de sus Iluminaciones, cuyo manuscrito entregó a Verlaine en 1875, se hundió en un silencio inexplicable. 

Propenso a las máscaras, Rimbaud escribió en una ocasión «Yo es otro», para aludir a su propio desdoblamiento en ángel de luz y de tinieblas, a la convivencia en él de la inocencia y la depravación en una siempre problemática identidad. Y es que la vida y la obra de Rimbaud están instaladas en una zona de sombra, en una opacidad misteriosa y llena de contradicciones, en el enigma de aquel muchacho, más salvaje que tímido, que provocaba por igual espanto y fascinación, admiración y escándalo en los cambiantes escenarios de su biografía siempre en huida: Charleville, París, Londres, Bruselas, Yemen, Sumatra, Abisinia, Somalia. 

Aquel joven en constante insumisión vital y poética pasó de asombrar a los círculos parnasianos, a los dieciséis años, con la lectura de El barco ebrio, a escandalizarlos y despreciarlos por su aburguesamiento. Aquel adolescente estaba en otra dimensión: Hugo le parecía retórico y a Baudelaire, que le influyó en su época de formación, acabó criticándolo por  blando y efusivo. Había aprendido de él la importancia de la intuición visionaria en busca de correspondencias imprevisibles, pero Rimbaud dio un paso más hacia el desarreglo de los sentidos en busca de una nueva forma de conocimiento. 

En una carta fundamental, fechada el 15 de mayo de 1871 y dirigida al poeta Paul Demeny -en la misma larga carta donde decía «Yo es otro» y donde afirmaba que «el poeta es verdaderamente ladrón de fuego»-Rimbaud proponía como objetivo de la poesía llegar a una iluminación de lo desconocido: «El Poeta se hace vidente -escribía- mediante un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. »

En esa carta, que se reproduce en el Apéndice de esta edición, aquel Rimbaud de 16 años verbalizaba su ruptura con toda la poesía anterior para convertirse en un visionario en busca de la poesia objetiva: «Me acostumbré a la alucinación simple -escribirá en el segundo de sus Delirios, Alquimia del verbo (de Una temporada en el infierno)-: veía muy nítidamente una mezquita en el sitio de una fábrica, una escuela de tambores compuesta de ángeles, calesas por los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago; monstruos, misterios; un título de vodevil me llenaba los ojos de espanto.»

Buscó el escándalo desde sus primeros poemas en francés, como Las despiojadoras, que escribió a la vez que se declaraba en rebeldía con el mundo, se escapaba de casa y comenzaba una interminable peripecia de vagabundeos que expresaban su aversión al sedentarismo. 

Escribió poemas heterosexuales antes de irse a los dieciséis  años con Verlaine, que le siguió en sus idas y venidas tortuosas y violentas, en las que Rimbaud dominaba al poeta de más edad. Rimbaud era el principal, el "esposo infernal", y Verlaine, diez años mayor y casado, era la pasiva “virgen necia.” Con Verlaine practicó el exceso del libertinaje, de la absenta y el hachís, y mostró la parte más brillante de su poesía, su incapacidad para las relaciones sociales y su tendencia provocativa y egotista. 

Empezó a escribir Una temporada en el infierno en un paréntesis de su tormentosa relación londinense con Verlaine en 1873, y la terminó después de la despedida a mano armada en Bruselas. Ese mismo año, Verlaine recibió en la cárcel un ejemplar de aquel libro en el que pudo reconocerse en la virgen necia del primero de sus dos Delirios -el otro es el ya citado Alquimia del verbo. Es la virgen necia que habla del Esposo infernal en el más memorable de los poemas de un libro atravesado por la potencia visionaria de sus sinestesias y sus imágenes:

«Soy esclava del Esposo infernal, el que perdió a las vírgenes necias. Ese mismo demonio. No es un espectro, no es un fantasma. Pero a mí, que he perdido la cordura, que estoy condenada y muerta para el mundo, - no me matarán. - ¡Cómo describirlo! Ya ni siquiera sé hablar. Estoy de luto, lloro, tengo miedo. Un poco de aire fresco, Señor, si Vos queréis, si lo tenéis a bien. 
Estoy viuda... - Estaba viuda... - sí, era muy seria entonces, y no he nacido para convertirme en esqueleto... - Él era casi un niño... Sus misteriosas delicadezas me habían seducido. Olvidé todos mis deberes humanos para seguirle. Qué vida. La verdadera vida está ausente. No estamos en el mundo. Yo voy donde él va, así son las cosas. Y a menudo él se enfurece contra mí, yo, la pobre alma. El demonio. -Es un Demonio, ya sabéis, no es un hombre.
[...]
Si me explicara sus tristezas, ¿las comprendería mejor que sus burlas? Me ataca, pasa horas haciendo que me avergüenza  de todo lo que ha conseguido conmoverme en el mundo, y se indigna si lloro.
[....]
Si fuera menos salvaje, estaríamos salvados. Pero también su dulzura es mortal. Le estoy sometida. -Qué necia soy. 
Quizá un día desaparecerá de alguna forma extraordinaria, pero necesito saber si debe regresar a algún cielo, y entrever al menos la asunción de mi amiguito.»
Qué extraña pareja.

Ese mundo poético, destructivo y renovador, llegaría poco después a la plenitud literaria en las Iluminaciones, su libro más radical y hermético, pero también el que abría nuevas vías expresivas y miraba de una manera inédita la realidad para inaugurar una tonalidad lírica desconocida hasta entonces, como en este fragmento de Infancia, el segundo texto del libro: 

En el bosque hay un pájaro, su canto detiene y ruboriza.
Hay un reloj que no suena.
Hay una hondonada con un nido de animales blancos.
Hay una catedral que desciende y un lago que sube.
Hay un carricoche abandonado en la arboleda, o que baja el sendero a toda prisa, adornado con cintas.
Hay una compañía de cómicos vestidos para la escena, que se entrevén en el camino más allá  del  lindero del bosque.
Hay por fin, cuando tienes hambre y sed, alguien que te expulsa.

A esas alturas, trazada ya su autobiografía moral, Rimbaud había disuelto en sus Iluminaciones las fronteras de la prosa y el verso, del bien y del mal, había expresado el desorden de los sentidos y había borrado los límites de la propia identidad: Yo es otro. 

Rimbaud vagabundeó a partir de entonces por las calles y los tugurios de Europa, llegó a Alejandría, El Cairo y Java, y acabó traficando con esclavos y armas en Somalia y Etiopía. Una década en el Norte de África y Arabia, el actual Yemen. Allí empezó a sufrir el cáncer de huesos que acabaría con su vida en Marsella en 1891. 

Nadie baja impunemente a los abismos de la poesía de Rimbaud. El lector que traspasa esa frontera y va más allá de la superficie de sus libros sabe que no hay posibilidad de marcha atrás en la poesía posterior a Una temporada en el infierno o a Iluminaciones. 

Siempre en huida –de su madre opresiva y abandonada, de su infancia ejemplar de niño “alarmantemente bueno”, de la influencia de Baudelaire, de la sumisión de Verlaine, de sí mismo-, aquel ángel infernal del exceso que cambió la poesía europea en cuatro años de escritura todavía corre inalcanzable, con las suelas al aire, a años luz de nosotros. 

Un poeta que no es de ayer, ni de hoy, sino de pasado mañana. 


Santos Domínguez