21/4/23

Céline. Guerra


 Louis Ferdinand Céline.
Guerra.
Traducción de Emilio Manzano.
Anagrama. Barcelona, 2023.

En junio de 1944, cuando estaba próxima ya la victoria aliada, el colaboracionista Louis Ferdinand Céline (Courbevoie, 1894-Meudon, 1961), escritor maldito pero imprescindible, huyó de Francia a Alemania y a Dinamarca. Con las prisas de la huida, dejó en París dos maletas llenas de manuscritos que estuvieron desaparecidos durante casi ocho décadas hasta que se recuperaron en 2020. 

Uno de esos textos es Guerra, la novela corta que Céline escribió entre sus dos obras maestras, Viaje al fin de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936). Permaneció inédita hasta 2022, cuando se publicó en Francia con edición de Pascal Fouché y un prólogo de François Gibault que se reproduce también en la edición española, que publica Anagrama con traducción de Emilio Manzano.

Recibida por la crítica francesa con una evidente división de opiniones entre quienes la proclamaron obra maestra y los que veían en el manuscrito de primera redacción sólo un esbozo sin revisar, Guerra vuelve al protagonista de Viaje al fin de la noche, el autobiográfico Ferdinand Bardamu, y a su experiencia traumática como soldado en la Primera Guerra Mundial que se relataban en su primera parte. Las heridas sufridas en su primer combate le dejaron secuelas irreversibles de carácter físico y psíquico que arrastró toda su vida y que fueron determinantes en la configuración de su literatura y de su desgarrada visión del mundo.

Porque Céline “regresó del frente mutilado de cuerpo y de espíritu”, como afirma en el prólogo François Gibault, que añade que “este libro es a la vez una crónica y una novela. Una crónica que, a medida que pasan las páginas, resulta cada vez más novelada.” 

 Comienza con este potente párrafo, que rememora las heridas que sufrió en el brazo derecho y en la cabeza cerca de Ypres, en Bélgica: 

Parte de la noche siguiente aún debí de pasarla allí tirado. Tenía la oreja izquierda pegada al suelo con sangre, la boca también. Y entre las dos, un ruido inmenso. Me dormí en el ruido y luego llovió, una lluvia muy densa. Kersuzon, a mi lado, estaba tendido pesadamente bajo el agua. Moví un brazo hacia su cuerpo. Lo alcancé. El otro no podía moverlo. No sabía dónde estaba el otro brazo. Había volado muy alto, se arremolinaba en el espacio y luego bajaba a tirarme del hombro y arrancarme la carne. Cada vez me hacía dar un grito, y entonces era peor. Luego, sin dejar de gritar, conseguí hacer menos ruido que el horrible barullo que me reventaba la cabeza, como si tuviese un tren metido dentro. Rebelarse era inútil. Fue la primera vez que dormí, en medio de aquella tormenta de obuses que pasaban silbando, en medio de todo el ruido posible, pero sin perder de toda la consciencia; dormí en el horror, en definitiva. Excepto cuando me operaron, nunca volví a perder del todo la consciencia. Desde entonces siempre he dormido así, en un ruido atroz, desde diciembre de 1914. Atrapé la guerra en la cabeza. La tengo encerrada en la cabeza.

Así resumía Céline en un escrito privado las secuelas que padecía desde entonces: 

“CABEZA: dolor de cabeza permanente (o casi) (cefalea) contra el cual cualquier medicación resulta más o menos ineficaz. Tomo ocho comprimidos de Garde­nal diarios, más dos comprimidos de aspirina, y me masajean la cabeza a diario, unos masajes que me re­sultan muy dolorosos. Padezco de espasmos cardio­vasculares y cefálicos que me hacen imposible cual­quier esfuerzo físico (así como la defecación).

OÍDO: completamente sordo del oído izquierdo, con agudos zumbidos y silbidos ininterrumpidos. Ese es mi estado desde 1914, cuando fui herido por primera vez y fui arrojado contra un árbol por el estallido de un obús.”

“Y entonces me dolieron tres cosas a la vez: el brazo, la cabeza llena de ese ruido horrible y, aún más profundo, la conciencia”, confiesa el narrador autobiográfico de Guerra en una frase que podría ser el resumen de la obra.

Con la usual mezcla de realidad y ficción que hay en todas sus obras, Céline escribe esta novela en primera persona sobre el horror, la guerra y la muerte desde la misma perspectiva autobiográfica y radical del Viaje al fin de la noche, con parecida suma de memoria y ficción, con el mismo estilo descarnado que provocó el escándalo entre sus lectores, con el mismo pesimismo desesperado del Viaje… y de Muerte a crédito, con la misma explosividad de su prosa y con la brutalidad expresiva que originó la implosión irreversible de la novela francesa.

Porque hay un antes y un después de la radicalidad temática y la explosividad verbal de la narrativa de Céline en la literatura europea. El sexo y la muerte, la pasión y el dolor, la violencia y el erotismo, la sensualidad destructiva recorren toda su obra y están presentes en toda su intensidad también en la furia expresiva y en la crudeza lingüística de Guerra, una novela que no quiso o no pudo publicar cuando la escribió, aunque en julio de 1934, en una carta a su editor, Céline le anunciaba su propósito de publicarla al año siguiente.

El dolor y los ruidos, las pesadillas y los cuerpos mutilados, los muertos y la anestesia, el campo de batalla y los ataúdes, el hospital, el médico Méconille y la enfermera L’Espinasse, el sexo y la relación conflictiva con los padres, su compañero Bébert/Cascade y su mujer Angèle se suceden en las páginas de Guerra, de la que afirma Pascal Fouché en el apéndice (‘Guerra en la vida y la obra de Louis Ferdinand Céline’) que “es imposible saber qué habría hecho Céline con el presente manuscrito de no haber desaparecido, muy a pesar suyo, en 1944. Pero todos estos elementos nos permiten inscribirlo de manera coherente en su obra y en la cronología que da forma a la trama narrativa. Guerra llena un vacío sobre un episodio capital de la vida y la obra del escritor, con un relato que, si bien es un primer borrador, es cabalmente representativo de su escritura.”



Santos Domínguez