06 abril 2009

La Pícara ventera y venturera

Torres y González.
La Pícara ventera y venturera.
Minotauro Digital.
Madrid, 2008.

Segundo tomo del Libro de la Pícara llamada Justina. Espejo de decidores y Flor de la picardía es el amplio y descriptivo subtítulo, parodia de aquellos que eran tan frecuentes en el siglo de Oro, de esta continuación apócrifa de La pícara Justina, con la que López de Úbeda inició la picaresca femenina a principios del XVII.

Editada por Minotauro Digital, La pícara ventera y venturera es una divertida secuela de aquellas novelas que en gran medida impulsaron la narrativa moderna, un divertido y deliberado anacronismo, un curioso ejercicio de estilo hecho con pulso narrativo, con conocimiento y buen manejo de las claves estructurales, ideológicas y tonales de la novela picaresca.

Para justificar la aparición del apócrifo, los autores recurren al mecanismo clásico del manuscrito hallado. Por partida doble, además, porque dos son los manuscritos encontrado en Ciudad Rodrigo que recogen este Segundo Tomo de la pícara Justina: un anónimo español de 1615 (el mismo año del segundo tomo del Quijote) y un códice en francés fechado el 18 de enero de 1812 y escrito por un convaleciente soldado de las tropas napoleónicas que tomaron la plaza mirobrigense.

La España en decadencia del XVII, Flandes, las Indias son el decorado en el que transcurren sus abundantes enredos, sus trampas, sus bellaquerías, sus peregrinajes, sus brujerías en Brujas, sus celestineos, sus mudanzas a un ritmo trepidante. Con su marido Lozano, que parte en los primeros capítulos, o con Santolaja, Justina pasea su peripecia desde Mansilla a Nueva España, desde Amberes a Toledo, desde Bilbao a la raya de Portugal o Sevilla.

Como también era habitual en el género, el libro se cierra con la promesa de una continuación, una tercera parte sevillana, en la que Justina, casada ya con Guzmán de Alfarache, relata los dos últimos años de su vida.


Mayra Vela

05 abril 2009

Dios y otros artículos de Camilo de Ory


Camilo de Ory.
Dios y otros artículos.
Hipálage. Sevilla, 2009.

En verano nuestra geografía se llena de alegres fiestas durante las cuales la gente bebe y se pelea y le arranca la cabeza a un pollo vivo o le tira bengalas a un toro manso: en España sí que sabemos divertirnos. Todavía no hemos abandonado la ancestral costumbre de ir armados a los guateques, y cuando uno tiene un arma termina usándola, sobre todo si se ha metido entre pecho y espalda tres litros de vino dulce y un mozo del pueblo de al lado intenta quitarle la novia, que también ha bebido y se ha convertido en el centro de atención y oscuro objeto de deseo de toda la verbena y de toda la comarca. En todas las peleas en que he intervenido, la cosa ha seguido el mismo patrón: en algunos casos me ha tocado hacer de novio celoso, en otros de mozo del pueblo de al lado y en los menos de novia que ha bebido, pero eso era cuando todavía tomaba alucinógenos.
Por lo que pueda pasar, nunca le dirijo la palabra a las amigas de los tíos que tienen patillas de bandolero, ya que éstos tienden a tirar de navaja con bastante facilidad. Yo mismo me he dejado patillas para intimidar a los posibles rivales amorosos, y estoy intentando convencer a mi novia para que se las deje ella también, más que nada para despistar un poco.

Este fragmento, extraído de Fiestas, uno de los textos de Camilo de Ory que se recogen en el volumen Dios y otros artículos editado por Hipálage, permite hacerse una idea del tono, la temática y la prosa de su autor, que los fue publicando entre 2006 y 2008 en revistas, diarios y en su blog personal.

Además de articulista, Camilo de Ory es narrador y poeta y estos textos -en los que conviven Tarzán y la baba de caracol de la televenta, el fútbol y las hamburguesas vegetales, el petróleo y el burka- son una buena manera de entrar en su mundo personal, anárquico y excéntrico, creativo y resistente, irónico y, pese a todo, vitalista, de compartir su mirada distante y crítica sobre lo cotidiano.

Son textos que tienen abundantes componentes narrativos y la voz que se expresa en ellos no es sólo la autobiográfica de Camilo de Ory. En sus artículos provocadores, divertidos y armados de cargas de profundidad se perfila también la voz imaginaria del personaje que les da continuidad.

Luis E. Aldave

04 abril 2009

Payaso de agosto

Günter Grass.
Payaso de agosto.
Edición Bilingüe. Traducción de Miguel Sáenz
(con la colaboración de Grita Loebsack)
Bartleby Poesía. Madrid, 2009.



Como durante la infancia el payaso
del Circo Sarrasani
el nombre del mes es parecido.

Hacer payasadas,
gesticular
como antes, a los catorce.

Enseguida me encuentro cómico,
sometido al juicio sumario
de los justos.

E incluso el gorro puntiagudo, hecho
con el periódico de ayer,
queda bien, porque vale siempre.

Tras las reacciones que provocó Pelando la cebolla, Günter Grass se hundió en una depresión que combatió con una terapia triple: la vida en el campo, la pintura y el dibujo.

El resultado es Payaso de agosto, un libro que acaba de publicar Bartleby con traducción de Miguel Sáenz y en un formato algo mayor del habitual en su colección de poesía.

Grass lo escribió entre el verano y el otoño de 2006, en el momento de mayor polémica sobre sus memorias, y es el autorretrato literario y plástico de un hombre atormentado que proyecta su desgarro expresivo en la vegetación y en las verduras, en los animales domésticos y en los pescados, en la mirada de un perro o en los árboles del bosque, en las lecturas y en la memoria melancólica.

Los dibujos y los versos manuscritos trazan el mapa de un laberinto interior en cuyos habitantes se refleja Grass. La poesía y el dibujo son los instrumentos de una comunicación con el exterior en busca de sí mismo, de una mirada que cuando se dirige al exterior expresa el interior, de una palabra reflexiva en la que el autor hace la purga de su corazón y de su culpa.

Por eso, como advierte el traductor Miguel Sáenz, en el autorretrato que da título al libro Grass parece, más que un payaso de agosto, un reo de la inquisición con capirote. Lo expresa en el poema que titula En la picota:


Sucedió después de que
una piel tras otra
la cebolla me resultara útil.


Mirad, ahí está despellejado,
gritan muchos ahora
que no quisieron tocar la cebolla
porque temían encontrar, no,
peor, no encontrar nada
que pudiera identificarlos.


Santos Domínguez

03 abril 2009

Breve guía de la Semana Santa de Sevilla


Celia Díaz.
Breve guía de la Semana Santa de Sevilla.
Almuzara. Córdoba, 2009.


La Semana Santa de Sevilla es una de las celebraciones más populares de España. Anclada en tradiciones remotas, muy anteriores al Barroco que le da su impronta más conocida, contradictoria en su celebración de la vida y la muerte, concita la atención de miles de personas que se concentran en las calles de la ciudad en una fiesta primaveral, en una explosión ofrecida a todos los sentidos.

Para saber dónde, cómo y cuándo verla, oírla, saborearla, olerla y entenderla, Almuzara ha editado una Breve guía de la Semana Santa de Sevilla, en la que Celia Díaz proporciona las claves necesarias para vivir esa fiesta de los sentidos que es la Semana Grande sevillana.

Síntesis de ritos paganos y cristianos, suma de seriedad y alegría, mezcla de lo interior y lo exterior, del templo y la plaza, para disfrutar de la Semana Santa sevillana hay que saber cómo comportarse sin pánico ante una bulla, qué comer, cómo visten los nazarenos de las 59 hermandades que procesionan, cuánto tarda en pasar el cortejo, qué pasos lleva y qué música los acompaña, los detalles, las curiosidades y los lugares más recomendables para ver cada una de las cofradías.

Entre la Borriquita y la Canina, los Negritos y los Javieres, desde San Salvador el Domingo de Ramos a San Luis el de Resurrección, esta guía invita a un recorrido por lugares emblemáticos de la ciudad: el parque de María Luisa, la calle Trajano, el puente de Triana, la calle Laraña, la plaza de la Gavidia, Campana, Alfalfa, Feria o los jardines de Murillo. Lugares para ver la Quinta Angustia, la Macarena, el Cachorro, el Gran Poder o la Esperanza de Triana.

Y además, un vocabulario para iniciarse en el léxico cofrade, el de la carrera oficial, las chicotás, las potencias o las maniguetas.


Mayra Vela

02 abril 2009

Biblioteca Juan Benet en Debolsillo



Juan Benet.
I. Volverás a Región.
II. Una meditación.
III. Un viaje de invierno.
IV. La otra casa de Mazón.
Debolsillo. Barcelona, 2009.


Debolsillo inicia la publicación de la Biblioteca Juan Benet, un ambicioso proyecto coordinado por Ignacio Echeverría que se concretará en diez volúmenes y se completará en dos años.

Las cuatro primeras entregas están ya en las librerías y son cuatro novelas ambientadas en Región, el territorio imaginario y metafórico fundado por Benet: Volverás a Región, Una meditación, Un viaje de invierno y La otra casa de Mazón.

Aspira a ser la edición definitiva del corpus benetiano con una fijación textual que Ignacio Echeverría ha realizado desde los manuscritos originales para establecer el texto de uno de los mundos narrativos más interesantes de la literatura española del siglo XX.

Además de eso, cada volumen va presentado por una nota de los editores y lleva siempre, a modo de epílogo, un conjunto de reseñas o estudios que iluminan esas obras.

Volverás a Región, que inaugura la serie, fue la primera novela de Benet. La primera novela regionata, que su autor escribió y reescribió durante quince años, hasta su publicación en 1968. Esta es la primera edición que se publica con el texto original del autor y sin las numerosas supresiones que impuso la censura franquista y que se habían mantenido hasta ahora en las sucesivas reediciones en español y en las traducciones. Esta edición recupera también el prólogo que Benet escribió para la segunda edición de 1974, que por litigios editoriales quedó fuera de la circulación. En el epílogo se añaden la reseña de Rafael Conte y tres artículos distintos y sucesivos de Pere Gimferrer sobre la novela que inauguraba un ciclo narrativo y una nueva época para la narrativa española.

Sólo un año después, en 1969, Una meditación ganaba el Premio Biblioteca Breve. Es una serie de monólogos que tienen como eje la guerra civil en Región. En ellos otro narrador opaco y anónimo vuelve a ese territorio mítico para evocar personajes en ruinas, tiempos de guerra y espacios cerrados en una novela torrencial de un solo párrafo. Benet la escribió en papel continuo en un artefacto (el andarivel de literatura continua) que el novelista diseñó para la ocasión. Para algo era ingeniero. El volumen se cierra con un espléndido epílogo de Ricardo Gullón (Sombras de Juan Benet).

Región es también el lugar de Un viaje de invierno (1972), que tiene como fondo argumental un episodio mitológico, la historia de Deméter y Coré. Otra vez Región, el tiempo y el viaje en una novela radical y exigente en la que mito y espacio son la base de una reflexión sobre el destino, la destrucción y la muerte, que analiza en su epílogo (El texto invisible) Félix de Azúa.

La otra casa de Mazón (1973) es una casa en ruinas, una metáfora en la que conviven la tragedia y la comedia con la narrativa. Con el Libro de Jonás como referente, una novela-drama con un proemio y cinco escenas de resonancias bíblicas y faulknerianas sobre la decadencia de una familia marcada por el fratricidio, el incesto, el secreto y el rencor. Darío Villanueva firma el epílogo con un artículo que resume la trayectoria de Benet hasta aquel momento.

Exigentes y oscuras, fascinantes y turbias, cuatro obras fundamentales en la configuración del mundo novelesco de Juan Benet, dominado por la presencia obsesiva y latente del Numa, el anciano guardián que proyecta su sombra sobre los habitantes de Región.

Santos Domínguez

01 abril 2009

Los cuentos más breves del mundo


Los cuentos más breves del mundo.
De Esopo a Kafka.

Edición de Eduardo Berti.
Páginas de Espuma. Madrid, 2008.

Se anuncia como la primera parte de una obra más amplia que antologa los cuentos más breves del mundo. Esta primera entrega, de Esopo a Kafka, se ciñe a los precursores del microrrelato contemporáneo con una muestra de más de doscientos textos seleccionados con tres criterios que explica Eduardo Berti, el responsable de esta antología que publica Páginas de Espuma.

Entre un texto de Esopo (El avaro y el oro) y una Fabulilla de Kafka, la brevedad de los cuentos (entre 300 y 350 palabras), que caben en una página, la limitación temporal, pues no van más allá de los primeros años del siglo XX, y su composición en lenguas extranjeras – lo que llena el hueco provocado por las numerosas antologías de relatos hiperbreves en español- son los tres criterios explícitos por los que se rige esta edición.

El lector añadirá sin duda otro rasgo común a estas minificciones: la calidad, el interés, la variedad y la intensidad de los textos, que son el antecedente próximo o remoto de un género con reglas propias como el microrrelato, el más moderno y a la vez el más antiguo de las modalidades literarias, el más ligado a las tradiciones narrativas orales y el mejor exponente de la posmodernidad y la disolución de fronteras entre los géneros clásicos.

A medio camino entre lo narrativo y lo lírico, el microrrelato se arraiga en distintas tradiciones orientales y occidentales que exploraron con talento y tacto Borges y Bioy en aquel volumen de Cuentos breves y extraordinarios que publicó Losada a principios de los cincuenta.

Son cuentos brevísimos que caben en la palma de la mano, lecciones de astucia narrativa o de astucia humana, cuentos chinos o cuentos sufíes, relatos en los que se borran las fronteras del sueño y la realidad para generar la fantasía. Textos orientales, clásicos, del Renacimiento o de la Ilustración en los que el ingenio, el efecto de suspensión, la paradoja o la sorpresa son claves de la concentración y la unidad de efecto.

Cuentos para leer y releer poco a poco, porque su potencia verbal impone un ritmo lento de lectura, como ocurre con la poesía, e invita al descubrimiento de tramas secretas, de itinerarios alternativos al orden cronológico que propone el volumen. Itinerarios temáticos que permiten ir de un cuento de Esopo a otro de G. Lessing protagonizado por el fabulista (Esopo y el burro), de este a El burro, de Hierocles y Filagrios, y de ahí a Dante y el asnero, de Sacchetti. O viajes por otros vínculos ocultos que van desde la Antigua China a Praga con escalas en Bagdad, Tesalónica o Trieste y conectan a Chamfort con Chuang Tzu o a Claudio Eliano con Ambrose Bierce.

Cuentos memorables en el sentido más estricto de la palabra, porque han vivido en la memoria oral y secular de los pueblos, las épocas y las culturas, los viajeros los han llevado con sus mercancías o sus rebaños y han cruzado los mares y los desiertos de boca en boca, alimentando una tradición que está en el origen del microrrelato actual.

Santos Domínguez

31 marzo 2009

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero


Oliver Sacks.
El hombre que confundió
a su mujer con un sombrero.

Traducción de José Manuel Álvarez Flórez.
Compactos Anagrama. Barcelona, 2009.


Anagrama publica en Compactos, su colección de bolsillo, uno de los libros más inteligentes, curiosos y perturbadores de su catálogo. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero apareció en 1985, lo publicó en español Muchnik en 1987 y hace unos años lo incorporó Anagrama a su fondo editorial, con la misma traducción de José Manuel Álvarez, revisada por el Dr. Sabanés, especialista en psiquiatría.

Sus veinticuatro capítulos, organizados en cuatro secciones -Pérdidas, Excesos, Arrebatos y El mundo de los simples-, abordan distintos desarreglos neurológicos y deficiencias funcionales que constituyen síndromes del hemisferio derecho, el que controla el reconocimiento de la realidad, y provocan disfunciones que afectan a la percepción y a la memoria del sujeto paciente y de su entorno familiar y ambiental. En muchos casos, quienes sufren esas enfermedades tienen una destacada capacidad para las artes o las ciencias.

Oliver Sacks acreditó con este libro ya clásico una inusual soltura narrativa para contar diversas historias clínicas. Soltura que se superpone a su asombrosa capacidad para comprender antes cada cuadro patológico y para describirlo. Se trata de extraños relatos que el autor extrajo de casos reales tratados en su ejercicio profesional como neurólogo, casos de pacientes conocidos en su práctica clínica.

La anogsia visual del doctor P., que no distingue a su mujer de un sombrero; la amnesia retroactiva de un marinero perdido, con una memoria fósil que se quedó anclada en un momento del pasado; el hombre que se caía de la cama porque había perdido la conciencia de la extremidad como consecuencia de una hemiplejía; los casos contrarios, la patología del miembro ausente que sufren los amputados a los que le duele un pie fantasma o un brazo que ya no tienen; los olvidos unilaterales...

Lejos de la frialdad científica de la neurología, Sacks enhebra una intensa serie de relatos clínicos de alto contenido humano. Los arquetipos de la mitología o el folklore (héroes, víctimas, mártires, guerreros...) se manifiestan en estos casos clínicos, cuya descripción narrada enlaza con la tradición humanística de la psiquiatría del XIX, con la medicina antigua de Hipócrates y con el tiempo inmemorial en el que el enfermo narraba su historia a los médicos.

Esos pacientes y los lectores tenemos la suerte de que al otro lado del canal estuviese oyendo este médico que con talento admirable escribe un libro que se lee como una novela asombrosa más que como un tratado de literatura clínica. Una novela sobre vidas que tienen abundantes componentes fabulosos, de ahí que en el libro se hable de relatos más que de casos. De ahí también que el autor se sitúe en el lugar donde se cruzan el hecho y la fábula.

Y por eso es tan pertinente y tan significativa la cita de William Osler que abre el volumen: Hablar de enfermedades es una especie de entretenimiento de Las mil y una noches.


Luis E. Aldave

30 marzo 2009

Cuadernos de notas de Tomás Segovia


Tomás Segovia.
El tiempo en los brazos.
Cuadernos de notas (1950-1983).
Pre-Textos. Valencia, 2009.


Con un título que homenajea al capitán Fernández de Andrada en su Epístola moral a Fabio ("Antes que el tiempo muera en nuestros brazos"), Tomás Segovia ha ido escribiendo una serie de cuadernos de notas (no un diario) que he ido llenando desde mi primera juventud, hasta ahora inéditos salvo por tres volúmenes impresos y encuadernados en casa para mis amigos entre 1995 y 1998.

Esas tiradas caseras de dos decenas de ejemplares editados artesanalmente por el propio autor en El taller del poeta tenían una circulación muy restringida y ahora empieza a publicarlas Pre-Textos en su colección Narrativa contemporánea.

Hay en estas notas observaciones sobre la lectura y la creación poética, meditaciones de ética y estética, traducciones de Verlaine, Mallarmé y Ungaretti, poemas en prosa, divertimentos o reflexiones sobre la esperanza, la culpa o la angustia.

Notas que son un reflejo de las preocupaciones intelectuales del autor y de su mundo personal, de apuntes domésticos y borradores de poemas que no son imprescindibles para entrar en su universo literario, pero lo iluminan y lo sitúan en el contexto vital, moral e intelectual en el que surgieron.

Lo explica el propio Segovia en la Advertencia:

Siempre he estado al margen de los centros de decisión y de los hechos notorios, nunca me he codeado con las grandes figuras y me es imposible imaginar que mi testimonio tenga algún valor objetivo. Pero tampoco me siento muy afín a esos espíritus que fijan en el papel los acontecimientos nimios de sus vidas privadas, sin duda para ulteriores evocaciones íntimas, o que exploran interminablemente los matices, las sutilezas y las irisaciones de su ánimo, supongo que por deseo de conocimiento y no sólo por autocomplacencia. Son cosas a las que unos cuadernos como éstos, proseguidos a lo largo de muchos años, pueden acercarse a veces, pero que en todo caso están lejos de caracterizarlos. Advierto pues al lector que si espera encontrar aquí alguna información útil, biográfica o histórica, o alguna visión instructiva de la actualidad de tal o cual época, o las sabrosas anécdotas que tanto satisfacen a los espíritus ágiles, no podrá sino quedar gravemente defraudado.


Y sin embargo puede decirse que hay un poco de todo eso en estos cuadernos.

Entre México y Madrid, de Murcia a Wisconsin, con lagunas en la década de los sesenta y los setenta, pasan por sus páginas amigos como Arreola, Xirau o Gaya, personajes de café, la música y la pintura (la poesía es convertirse en mirada), en un constante examen de conciencia del escritor en su taller de lectura y escritura.

Y de vez en cuando emerge la desolación resuelta con intemperancia en una frase como la que anota el 19 de octubre de 1957:

¿Qué coño hago yo aquí?

Santos Domínguez


28 marzo 2009

Poesía completa de José Agustín Goytisolo

José Agustín Goytisolo.
Poesía completa.
Edición de Carme Riera
y Ramón García Mateos.
Lumen Barcelona, 2009.

Durante más de cuarenta años, los que van de El retorno (1955) a Las horas quemadas (1996), José Agustín Goytisolo (Barcelona, 1928-1999) construyó una de las obras más consistentes de la poesía española contemporánea, clasificada a veces - con el simplismo superficial de todas las clasificaciones- como poesía social, que Goytisolo prefiere llamar poesía política.

Una obra que tiene mucho, como en Jaime Gil de Biedma- uno de sus más entrañables amigos-, de poesía moral, y que en todo caso es la respuesta del poeta a la realidad, su forma de estar en el mundo. Lo resume en estos cuatro versos:

SUCIA Y RADIANTE

Hay quien gusta escribir textos muy celestiales

con gualdrapas y efebos y con flores exóticas;

y me parece bien que existan tales poetas.

Mas yo canto a esta vida que es sucia y es radiante.

El poema pertenece a Cuadernos de El Escorial, un libro de epigramas que publicó en 1995. Sólo aparentemente menor, ese volumen es un mosaico de los temas, preocupaciones y actitudes de José A. Goytisolo, con la peculiar mezcla de acidez y ternura, de sarcasmo y afecto que recorre toda su producción.

A esa esencia de jazmín y veneno que es su obra responde la convivencia de melancolía y crítica social, de protesta e ironía a través de un lenguaje poético personal en el que coexisten también la emoción con el coloquialismo y la ima­ginación con el humor.

Palabra, experiencia y memoria, elegía y sátira, poesía amorosa y vocación testimonial recorren la obra de José Agustín Goytisolo, poliédrica y multitonal, como la califican Carme Riera y Ramón García Mateos en el prólogo de la edición crítica de la Poesía completa, que acaba de publicar Lumen.

Entre El retorno, la elegía por su madre, y Las horas quemadas, una elegía por sí mismo, se reúnen en un volumen todos los libros de José Agustín Goytisolo en una edición monumental que hará de esta publicación la edición de referencia de la poesía de uno de los grandes poetas del medio siglo.

La continuidad temática, la insistencia en la elegía, la mitificación nostálgica de la infancia, definen la mayor parte de una obra marcada por la muerte de la madre, Julia Gay, en un bombardeo de la aviación italiana sobre Barcelona.

Esa pérdida marcaba el primer libro, El retorno:


La mitad de los días se me fue
pensando en tu retorno.
Tenías que volver.


Nosotros, en secreto, negábamos tu muerte

como se niega un dios.

Es la evocación que perdura frente a la muerte en los poemas de Final de un adiós (1984), uno de los mejores libros de José Agustín Goytisolo:


Yo amaba aquella casa
sin vientos de desgracia.

Era como mi alegre
posesión transparente.

Como la flor blanquísima
que en los jarales brilla.

Tal vez yo por entonces
desdeñara a los dioses.

Pues ni ellos habitaban
en regiones tan claras.

Y así como un castigo
perdí lo que era mío.

Un fuego despiadado
prendió en aquellos campos.

Después no quedó nada.
Ni la flor de la jara.


Y así hasta la elegía por sí mismo que acaba siendo El rostro que conjura, el último poema de su último libro, Las horas quemadas (1996):


Cuando llegue la hora de partir
que a su lado esté ella: que le mire
y que apriete su mano. No le asusta
regresar a la nada. Mas quisiera
llevar al otro lado su figura.
La eternidad no existe. Cuando supe
amar a esta mujer y cuando mira
a quien le mira sabe que el infierno
estuvo aquí; también su paraíso.
Al fin y al cabo nadie le invitó
a entrar en este mundo que sabía
no iba a durar por siempre para él.
Pero ha tenido el rostro que conjura
ver al final. El viaje no le importa.

Santos Domínguez


27 marzo 2009

Cortázar en Punto de Lectura


Julio Cortázar.
Final del juego.
Queremos tanto a Glenda.
Punto de lectura. Madrid, 2009.


Punto de lectura se suma a la conmemoración de la muerte de Julio Cortázar añadiendo a sus abundantes ediciones de obras del argentino dos nuevos títulos.

Son dos colecciones de cuentos -Final del juego (1956) y Queremos tanto a Glenda (1980)- separadas por un cuarto de siglo. Es el Cortázar anterior y posterior a Rayuela, el más sorprendente, variado o provocador y el narrador maduro dueño de un mundo y una voz que no se confunde con otros mundos ni otras voces.

Entre el relato inicial -Continuidad de los parques- y el que cierra el volumen -Final del juego- y le da título, la primera de esas colecciones está marcada por una peculiar indagación en lo fantástico y contiene además de los citados algunos cuentos imprescindibles en la obra de Cortázar y en la historia del género: No se culpe a nadie o La noche boca arriba son ejemplos canónicos del cuento contemporáneo heredero de Poe. La línea imprecisa que separa la realidad de la ficción, el sueño de la vigilia, el misterio que surge de lo trivial, la incursión de lo fantástico en lo cotidiano son algunas de sus claves.

Queremos tanto a Glenda es una muestra del Cortázar maduro, menos visitado por lo fantástico, menos proclive a la sorpresa, pero dueño de un virtuosismo que aborda todos los registros y tonos. En su escritura, tan similar al swing jazzístico, la exigencia se proyecta en cuentos como Orientación de los gatos, ambiguo e inquietante, o Anillo de Moebius, un relato que funciona como un mecanismo perfecto. Maquinaria asombrosa para el lector y maquinaciones de un narrador que encuentra en el relato corto su mejor distancia. La nostalgia, el tiempo, las relaciones humanas pesan más ya que lo fantástico en un conjunto que con su difícil facilidad estilística parece demostrar que el medio es el mensaje.

Y entre los dos libros, una línea secreta que los une en la creación de mundos posibles; en el descubrimiento de que estaban ahí, ocultos e inexplorados, invisibles e inquietantes; en la función del narrador y la distancia variable de su voz; en el planeamiento de finales que son la raíz del relato; en la configuración de los personajes y en el diseño del espacio y el tiempo.

En definitiva, en la escritura de unos cuentos que no se pueden contar con palabras distintas de las que usa Cortázar para construir esos textos en los que materia y forma se explican mutuamente y mutuamente se sostienen.


Santos Domínguez

25 marzo 2009

Cuentos afrancesados


Luisgé Martín. Luis Martínez de Merlo.
Marta Sanz. Luisa Cuerda.
Ricardo Rodríguez. Isaac Rosa.
Cuentos afrancesados.
Bartleby Editores/ Fundación Domingo Malagón.
Madrid, 2009.

Bartleby coedita con la Fundación Domingo Malagón los Cuentos afrancesados, con los que seis narradores españoles de ahora mismo (Isaac Rosa, Marta Sanz, Luisa Cuerda, Luisgé Martín, Ricardo Rodríguez y Luis Martínez de Merlo) hacen su aportación narrativa e irónica al bicentenario del levantamiento del 2 de mayo de 1808 desde la distancia de dos siglos.


Sobre la oportunidad de un libro como este escribe Juan Ramón Sanz en el Epílogo estas palabras:


El 2 de mayo de 1808, las escritoras y escritores que han hecho posible estos Cuentos afrancesados seguramente hubieran corrido despavoridos, primero, a esconderse bajo sus mesas de trabajo y, después, al exilio. Nada indica, por el momento, que, en breve, tengan que hacer lo mismo. Ahora que ya no parece que corramos el riesgo de ser invadidos nos ha parecido oportuna esta aportación literaria a las necesarias revisiones de unos y contra la manipulación neoconservadora de otros.

Luisgé Martín firma el Auto sacramental de la puta y el filósofo, en el que la madre del narrador hace la calle con un traje de luces que fue de Manolete. Luis Martínez de Merlo, propone un ardiente y glorioso Auto de fe. Marta Sanz escribe sobre El antojo de Catalina y su floración anal. Luisa Cuerda, un relato irónico sobre La perfidia francesa y la competencia entre Villalinces y Villapardillos, que tiene un alcalde algo bobo que se llama Mariano y es un perdedor. Ricardo Rodríguez es el autor de El sueño de la razón, un relato sorprendente que tiene como base el grabado de Goya que abre la serie de los Caprichos. El último texto, Nuestro desembarco en Normandía, es un relato sarcástico de Isaac Rosa sobre la manipulación neoconservadora de la historia, sobre el énfasis de las letras mayúsculas con que expresan su patriotismo barato algunos que merecen un epíteto descalificador con versales.


Cada cual con su voz, su técnica y su enfoque, los seis relatos de estos Cuentos afrancesados son la contribución literaria de seis narradores actuales a aquel dos de mayo que fue poco más-las palabras son otra vez de Juan Ramón Sanz- que un monumental cabreo azuzado por los de siempre.


Santos Domínguez



23 marzo 2009

Vidas y muertes de Luis Martín Santos


José Lázaro.
Vidas y muertes de Luis Martín-Santos.
Tiempo de Memoria.
Tusquets. Barcelona, 2009.

Murió en 1964 antes de cumplir los 40 años, cuando Tiempo de silencio empezaba a ser reconocida como la obra excepcional que cambiaría el signo de la novela española contemporánea.

La trayectoria vital y las circunstancias familiares de Luis Martín-Santos (1924-1964), hombre polifacético, psiquiatra prestigioso, militante socialista en la clandestinidad, escritor reconocido, lector voraz, intelectual inquieto y brillante, son el objeto de Vidas y muertes de Luis Martín-Santos. Con este acercamiento a su vida y su obra obtuvo su autor el XXI Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias en 2008. Lo publica Tusquets en una edición acompañada por abundante material gráfico. Por una curiosa y significativa coincidencia, la colección en la que aparece se titula Tiempo de Memoria, frente al Tiempo de silencio y el Tiempo de destrucción de las dos novelas de Luis Martín-Santos.

Alguna vez se ha descrito la vida de Luis Martín-Santos como una biografía plana. Y nada más alejado de la realidad, pues aunque quizá sea excesivo hablar – en el otro extremo- de una vida novelesca, la personalidad poliédrica del novelista, la peripecia del ciudadano comprometido o la desolación del viudo exigían que se afrontase su biografía con una mirada profunda y múltiple, con un enfoque plural que permita abarcarla en toda su complejidad y explique a la vez la relación entre la personalidad del autor y el sentido de su escritura:

A medida que se profundiza en los escritos de Luís Martín-Santos - se dijo el inquiridor - y se van recorriendo los recuerdos de quienes le conocieron, se dibuja la imagen de un hombre que era a la vez varios hombres (...) Y cuando se habla con distintas personas que se relacionaron en diferentes contextos con Martín-Santos, lo que resulta más claro es que era un hombre multidimensional.

La originalidad del enfoque de esta biografía construida narrativamente a base de secuencias y fragmentos como un reportaje coral, como un collage que reúne testimonios de entrevistas, documentos gráficos, fragmentos de textos de Martín-Santos o materiales epistolares, es el fruto de una exigencia metodológica: la de reunir múltiples voces de testigos y amigos, compañeros de trabajo o de estudios, familiares o el propio novelista, para dar una imagen compleja de una realidad multidimensional.

Con un perspectivismo fenomenológico que recuerda al de Ortega y sugiere la influencia de algunas técnicas de Tiempo de silencio, la indagación de José Lázaro consigue su objetivo fundamental: el asedio a una vida compleja y a las circunstancias que la rodearon y que –convertidas en literatura- se integraron en sus dos novelas, que tienen muchas de sus claves en la recreación literaria de episodios, recuerdos y experiencias del propio novelista.

Para llegar a ese resultado, José Lázaro -el inquiridor que se convierte en una de las voces del coro que dirige- tuvo que realizar un rastreo intenso de materiales literarios y críticos como los que incorpora en el apéndice, una larga serie de entrevistas que están en la base de este caleidoscopio biográfico en el que conviven distintas versiones- algunas contradictorias- de la vida y la muerte de Luis Martín-Santos. Vidas y muertes, como propone esa declaración de intenciones que es el título de la obra.

Desde el primero de los capítulos, centrado en el accidente de coche que sufrió un lunes de enero de 1964 cerca de Vitoria, queda fijado el enfoque técnico y el tono narrativo y coral de la biografía:

Al recibir la noticia de su muerte –se dijo el inquiridor–, un miembro del partido político clandestino al que pertenecía le escribió a la comisión ejecutiva: «Dada la actividad del infortunado compañero Martín-Santos, no podemos dejar de pensar en la eventualidad de que el accidente haya podido ser provocado por la intervención de acciones ajenas, de enemigos nuestros». Pocos, sin embargo, creyeron en la fantástica hipótesis del atentado.


«El psiquiatra vasco Luis Martín-Santos», afirma, aún en 2006, el periodista Martín Prieto, «escribió su novela Tiempo de silencio en los años más oxidados del franquismo, antes de suicidarse con su automóvil afligido por la muerte de su esposa. Tiempo de silencio es un retrato al carbón del obtuso caldo de cerebro que se extendía entonces y no se salva de crueles descripciones ni Ortega y Gasset y sus conferencias de cretona para señoras aleladas. Si Martín-Santos hubiera dirigido el Partido Socialista, el clan vasco hubiera desplazado al sevillano, y González no hubiera existido.»


«¡Oye! Ese amigo tuyo, se suicidó, ¿verdad?» Durante años me lo han preguntado muchas veces –dijo el cineasta–. Era un rumor que estaba en el ambiente. «¡Que no, hombre, que no! Se dio un leñazo en coche con su padre y con un amigo.» ¿Quién se suicida con su padre y un amigo de la familia? Porque, para eso, mejor se mata conmigo y con Rafa, que eso sí que habría sido complicidad, un auténtico final lírico-existencialista, pero no con su padre. Rafa y yo habíamos quedado con él aquel día para ir juntos en coche a San Sebastián, nunca supimos por qué nos dejó plantados. ¡Joder! ¡Ni suicidio ni hostias! Desde entonces siempre lo he repetido. Pero me lo han preguntado muchas veces, a lo largo de los años. Ahora ya no.


Yo cenaba con Luis y con una cuadrilla todos los martes en Cañones, que era una sociedad de la Parte Vieja de San Sebastián –recordó el compañero de accidente–. Y un día, después del éxito que había tenido con Tiempo de silencio, comentó que quería publicar otro libro, una segunda novela, hablando de sus vivencias en la Universidad de Salamanca. Y como había un fin de semana largo, nos fuimos a visitar la ciudad. Yo podía esos días, otros de la cuadrilla no, así que yo le acompañé. Su padre no vino a Salamanca. Él estaba en Madrid, lo recogimos allí a la vuelta. Y fue viniendo los tres hacia Donostia cuando tuvimos el accidente.


Fue la última vez que lo vi, en el hospital en que trabajábamos –dijo el neurólogo–. Recuerdo la despedida:
–Javier, este fin de semana no estaré, me voy a ver las piedras doradas de Salamanca.

Y era cierto que iba a Salamanca, pero no a ver piedras doradas. ¿Sabes a lo que iba? A vender las tierras que le quedaban a su padre y emplear el dinero para construir viviendas en la finca donde tenían la clínica privada. En aquel momento él se apegaba a la vida. Tras la muerte de su mujer se había vuelto a enamorar de una amiga de toda la vida, Pepa Rezola. Y se fue a Salamanca a buscar dinero para hacer un negocio inmobiliario. Pero la despedida era muy propia de él, no iba a decir «voy a vender unos terrenos» sino «voy a ver las piedras doradas de Salamanca».

Ese esquema narrativo se mantiene a lo largo de seis de los siete capítulos del libro. En el último, La confidente, la voz de su amiga Josefa Rezola retoma los temas de los seis anteriores (El hombre, El psiquiatra, El socialista, El escritor, La familia y La muerte) y los unifica en la perspectiva de quien lo sabe todo de Luis Martín-Santos, aunque sólo cuente una parte.

Santos Domínguez

22 marzo 2009

Hablar bien


Pancracio Celdrán.
Hablar bien no cuesta tanto.
Temas de Hoy. Madrid, 2009



¿Hay faltas de ortografía orales? ¿Son afines talento y talante? ¿Se da el gatillazo o se da gatillazo? ¿Duodeno equivale a duodécimo? ¿Es correcto decir la primer vuelta? Un árbitro, ¿señala o señaliza? ¿Existió alguna vez la intemerata?¿Qué tiene quien tiene pluma?

Contestar dudas y corregir errores como los que acabamos de enumerar es el propósito explícito de la primera parte de este nuevo libro de Pancracio Celdrán que edita Temas de Hoy.

Alarmado porque a su parecer la Real Academia no siempre está a la altura de lo que se espera de ella y preocupado por la poca atención que se le presta al lenguaje, Pancracio Celdrán, que mantiene una sección fija los fines de semana en Radio Nacional de España, recoge el material de su espacio radiofónico en Hablar bien no cuesta tanto.

Con propósito más divulgativo que científico, en función del público al que quiere llegar, el autor hace un recorrido por los errores y dudas frecuentes en el uso y la norma de la lengua española.

La segunda parte del volumen enumera una serie de frases y dichos populares, aclara o aventura su origen y aclara el sentido de expresiones como gramática parda, pacotilla, pagar el pato, meter la pata o dar el coñazo.

Finalmente en una tercera sección, Celdrán aborda la historia de las palabras, su evolución, la etimología curiosa de cementerio, alirón, mus o perejil.

Y en el fondo ese es el sentido de un libro como este: el de hacer una floresta más curiosa que sistemática, más divertida que rigurosa, de las dudas, etimologías y curiosidades de la lengua española.

Como al propósito divulgador se superpone a veces la voluntad normativa, el comentarista evoca a aquel Probo que quería imponer a toda costa la necesidad de preservar el latín clásico (calida, no calda; vetulus, no veclus; auris no oricla) frente a la imparable realidad viva del latín vulgar.

No era la anarquía lo que triunfaba, era la lengua viva frente a los gramáticos que querían disecarla. Era tapar el sol con un dedo, claro, y nadie –por fortuna- les hizo caso.

Mayra Vela

21 marzo 2009

Spender. Poemas de España



Stephen Spender.
Poemas de España.
Edición y traducción
de Gabriel Insausti.
Pre-Textos. Valencia, 2009.


Como algunos otros de sus compatriotas y amigos, Stephen Spender (1909–1995) estuvo en España durante la guerra civil.

De aquella experiencia, que empezó el 5 de enero de 1937 con la primera de varias visitas, surgieron los poemas que Spender incluyó en The Still Centre. En la edición de 1985 de sus Collected Poems reservó una sección para los Poemas de España, que son los que Pre-Textos acaba de publicar con prólogo y traducción de Gabriel Insausti, que fija en su estudio introductorio la historia textual y recuerda las circunstancias en las que surgieron estos poemas, reelaborados durante casi medio siglo.

Como ocurrió con otros poetas españoles y extranjeros, en Stephen Spender se superponen en aquellos años varios conflictos: a la cuestión estrictamente bélica o política de la guerra de España se unen un desengaño sentimental y una crisis de conciencia, de mala conciencia, que compartió con otros compañeros de generación como Auden.

Llegó a España dispuesto a hacerse matar en combate, para convertirse en un nuevo Byron, pero en Port Bou tiene ya una experiencia real, no literaria, de la guerra y del miedo:

Me digo que esos tiros son sólo un ejercicio
pero no siento más que miedo. Y la ametralladora
da una puntada tras otra en mi intestino
mientras el espasmódico ruido de los fusiles
enhebra un miedo blanco por mi cuerpo.

A aquellos dos ejércitos enfrentados les dedicó Spender su Two Armies:

Hondos como el invierno en su llanura, dos ejércitos
afianzan sus máquinas, prestos a destruirse.

Como le ocurrió a Auden, la experiencia directa de la guerra civil española, aquella guerra de los poetas, se resolvió en un doloroso desengaño político y literario. A partir de entonces, Spender se retrae hacia sí mismo y escribe su autobiografía temprana, Un mundo dentro del mundo; un ensayo crítico, La escritura de un poema, o El centro en calma, un título revelador de ese retraimiento, aunque mantuvo intacta su capacidad de asombro ante el mundo y una práctica de la poesía vinculada a la piedad con el derrotado, con el débil, el pobre o el marginado, como en el espléndido Ultima ratio regum, que termina con estos versos memorables a propósito de un joven acribillado bajo los olivos:

Considera su vida sin valor
en términos de empleos, registros y noticias.
Considera. Una bala entre mil mata a un hombre.
Pregúntate: ¿es sensato ese dispendio
por la muerte de alguien tan joven y tan tonto
que yace -oh, mundo, oh, muerte- debajo del olivo?

Porque, pese a su aparente narratividad, el eje de estos poemas es autobiográfico y su verdadero centro, el propio poeta, que mira hacia fuera confuso y se ve a sí mismo en tierra de nadie:

Mi único par de ojos
contiene el universo que contemplan.
Su reflejada multiplicidad
la contiene un cuerpo vacío
en el que yo reflejo a muchos, en mi uno.

Uno de los poemas más intensos del libro es A un poeta español, dedicado a su amigo Manuel Altolaguirre, una reflexión sobre la ética y la estética de la poesía que comienza con dos versos ambiguos, aplicables al poeta español y a sí mismo:

Tras la ventana contemplabas el vacío
de un mundo en explosión.



Santos Domínguez

20 marzo 2009

Ventanilla de cuentos corrientes


Enrique Jardiel Poncela.
Ventanilla de cuentos corrientes.
Rey Lear. Madrid, 2008.


Ahora que la ventanilla de cuentas corrientes está menos concurrida, Rey Lear recupera la Ventanilla de cuentos corrientes de Jardiel Poncela, una colección de dieciséis relatos breves que habían ido apareciendo en la prensa de la época y recopiló en 1930 en este volumen.

Humor y absurdo, ingenio y dominio de la lengua se dan cita en textos que prescinden de la E o de la A, en cuentos que están entre los más celebrados de Jardiel, como Un marido sin vocación, ¡Mátese usted y vivirá feliz! o El amor que no podía ocultarse, un cuento tan moderno –escribe Jesús Egido, el editor- que bien podría ser escrito mañana.

Heredero de la vanguardia y de su visión del mundo, Jardiel buscaba renovar la risa. Arrumbar y desterrar de los escenarios de España la vieja risa tonta de ayer, sustituyéndola por una risa de hoy en que la vejez fuera adolescencia y la tontería sagacidad. Y a esa risa joven y sagaz, cuyo esqueleto estaba hecho de inverosimilitud y de imaginación, inyectarle en las venas lo fantástico y llenarle el corazón de ansia poética.

Estos textos, que son antecedentes directos del microrrelato, formaron parte del Libro del convaleciente. Inyecciones de alegria para hospitales y sanatorios, que cumple ahora setenta años.

En el prólogo de la segunda edición definía Jardiel su sentido con estas palabras:

En plena guerra civil española y durante una corta estancia en Buenos Aires —otoño de 1937— se me ocurrió componer un tomo dedicado a los convalecientes de la lucha, que poblaban Hospitales y Sanatorios, con la recopilación de un centenar de antiguos trabajos cortos, publicados, al comienzo de mis actividades literarias, en diversas revistas semanales, hoy desaparecidas, tales como "Nuevo Mundo", "Buen Humor", "Gutiérrez", "Ondas" y "Blanco y Negro" y en las secciones de cuentos —también desaparecidas hoy— de diarios como "La Voz", "El Sol" e "Informaciones".

Mi propósito era, nada más y nada menos, que el de procurar a los convalecientes de las trincheras una lectura divertida, ligera y un poco pueril, como debe ser la lectura de todo convaleciente, de ilación sencillísima para no precisar de ellos excesiva atención, y a un tiempo extensa y breve para que les durase el mayor tiempo posible y pudieran abandonarla a la primer fatiga: lectura que les hiciera olvidar por momentos, ya que no aquellos padecimientos que no se olvidan nunca, sí las tediosas horas de encierro en el Hospital o en el Sanatorio, que son secuela inevitable e insoportable de la herida recibida o de la enfermedad contraída en el campo.


No es comparable aquella convalecencia con la situación actual pero, como Rey Lear sabe, el humor es el mejor antídoto contra la crisis y por eso la recuperación no puede ser más oportuna.

Santos Domínguez


18 marzo 2009

Los cosacos

Lev Tolstói. Los cosacos.
Traducción de Fernando Otero.
Atalanta. Gerona, 2009.

Señalaba Harold Bloom que todo lo que escribió Tolstói es inconcebiblemente legible, porque el lector tiene la impresión de que es la naturaleza la que se encarga de la escritura.

Esa legibilidad es especialmente intensa en la narrativa breve del ruso, que dio una de sus primeras y más acabadas muestras de talento en Los cosacos, una novela corta de base autobiográfica. El origen del texto hay que situarlo en 1851, cuando un Tolstói joven y refinado se alista como teniente en el ejército ruso y va con su hermano Nikolai al Cáucaso. El contacto con los cosacos, la fusión de naturaleza y libertad y el descubrimiento del espíritu de aquel paisaje provocaron una primera sacudida importante en la mentalidad de aquel militar que aún no había cumplido los 23 años y estaba empezando su carrera literaria. Ese mismo año se rindió a los rusos en el Cáucaso Hadji Murat, que protagonizaría más de medio siglo después una de las cimas novelísticas de Tolstói.

La experiencia militar de Tolstói terminó en 1856, pero su impresión permanecería para marcar la literatura y la forma de ver la vida que reflejaría en sus obras. De hecho tuvieron que pasar varios años antes de que aquella experiencia iniciática de entrada en la madurez tomara carta de naturaleza narrativa en Los cosacos, una novela corta que apareció en 1863 y que acaba de editar Atalanta con traducción de Fernando Otero.

No es todavía el Tolstói de Guerra y paz, el libro portentoso que empezó a escribir ese mismo año, pero en este relato espléndido y potente están en germen algunas de las constantes de su literatura. Aunque aún lastrada, como sus primeros relatos, de un romanticismo residual y de un exceso de elementos autobiográficos, la narración plantea ya una épica del paisaje, una mezcla de acción y reflexión moral, un equilibrio entre el individuo y la colectividad que habrían de alcanzar su cima narrativa en Guerra y paz.

El relato absorbe la atención del lector desde su espléndido comienzo con tres señoritos trasnochadores que despiden en una madrugada moscovita a uno de ellos. Su vida trivial ha sido un error hasta entonces. Es el protagonista, Dmitri Olenin, un joven ocioso y desorientado que marcha como cadete al Cáucaso. Tiene 24 años y es una indisimulada contrafigura de Tolstói, que tuvo la misma experiencia a la misma edad.

Ese es el punto de partida de un texto que opone el refinamiento decadente de los salones moscovitas a la naturaleza y la libertad, la superficialidad abúlica de los jóvenes aristócratas a la vida elemental y feliz de los cosacos, encarnación del ideal nieztscheano de la felicidad y la plenitud de la vida de acción.

Como Tolstói, consciente de que a partir de entonces le espera otra vida, Olenin es un joven en busca de sí mismo y de la libertad, que encuentra entre los cosacos:

Cuanto más toscos eran aquellos individuos, cuantos menos signos de civilización exhibían, más libre se sentía Olenin.

Libertad, mística y épica de la estepa y de un paisaje montañoso que tiene mucho de revelación y de epifanía:

"¡Aquí es donde empieza todo!", se decía Olenin, esperando impaciente la visión de las montañas nevadas de las que todo el mundo le había hablado.

La fuerza descriptiva para transmitir el impresionante paisaje de las montañas del Cáucaso, la mezcla de reflexión moral, autobiografía y análisis antropológico, la presencia de personajes inolvidables (Marianka, Lukasha, el tío Yeroshka), la búsqueda del sentido de la existencia son algunas de las notas más destacables de Los cosacos, una de las novelas más intensas del más legible Tolstói.


Santos Domínguez


16 marzo 2009

Els colors del blanc


Lluís Ribas. Santiago Montobbio.
Els colors del blanc.
Barcelona, 2008.


Con motivo de la exposición de Lluís Ribas Els colors del blanc, que se inauguró a principios de febrero en Sant Cugat del Vallès y viajará luego a Los Ángeles y Nueva York, el pintor y el poeta Santiago Montobbio han preparado un espléndido libro en el que se unen ejemplarmente la palabra y la imagen, la poesía y la pintura, la voz y la mirada en una convocatoria común a la inteligencia, a las emociones y a los sentidos.

La poesía es convertirse en mirada, anotaba memorablemente en uno de sus cuadernos de notas Tomás Segovia. Quizá la causa sea que la vista privilegia por igual pintura y poesía, porque es el más literario de los sentidos y de él se alimentan la imagen y la imaginación. Visuales, poéticas, pictóricas y mentales ambas, como los ojos mentales que reclamaba Guillén para su Tablero de la mesa.

Es la pintura que canta en Venecia, que vuela en Velázquez y declara con Leonardo su pupilaje de espejos y su lenguaje de espejismos, porque –lo decía Goethe- lo que está dentro también está fuera.

Y es que la pintura depurada y esencial de Lluís Ribas, en la que se funden pasión, intensidad y verdad –lo destacaba Montobbio en su presentación- resulta ahora más mental y también más espiritual, ya que proviene de las profundidades del ser: ahora nos encontramos siempre en interiores, y sus cuadros son paisajes mentales, paisajes del alma.

Cuadros luminosos, blancos y morenos, con cuerpos sin rostro, anónimos y universales, en los que Ribas pinta el espíritu y en los que Santiago Montobbio proyecta un texto brillante y apasionado que surge del encuentro entre el objeto y la mirada, de una emoción inefable. Una emoción ante la explosión del blanco, ante la luz y el aire transparente y nuestro que difícilmente expresan las palabras, pese a la brillante potencia de su asedio a las formas, a los colores, a los volúmenes, las líneas, los símbolos y las sensaciones, porque como escribe Santiago Montobbio

Los colores del blanco son los impredecibles y misteriosos caminos del arte, su pálpito, su latido, su aventura.

Palabra, imagen y mirada forman de esa manera una trinidad luminosa y enigmática, iguales en su deslumbramiento, en sus revelaciones, en su belleza. Y los textos de Montobbio no son meros comentarios que intentan acotar su objeto de referencia, definir la claridad del vuelo de estos cuadros. Son un despliegue continuo de calidad verbal y refinamiento del gusto, de hondura conceptual, sugerencias de lectura y talento poético.

Textos que constituyen una honda reflexión sobre la esencia profunda y misteriosa de la creación artística, una indagación en la hermandad analógica de la poesía y la pintura, una exploración del camino creativo que va de la sombra a la luz, del misterio a la revelación.

Una reflexión sinestésica que convoca a todos los sentidos para desvelar el sentido de los cuadros de Lluís Ribas en la luz morena y mediterránea de sus cuerpos femeninos y en los pliegues de las sábanas que los envuelven. Textura plástica del lienzo y la palabra en la explosión de luz y aire en los cuerpos y en los textos. Alas e ideas, cuerpos en soledad y expuestos al tiempo como las flores fugaces que los subrayan o los metaforizan. Gozos de la vista y la palabra, la inteligencia y la sensibilidad, la imagen y la literatura en un magnífico libro.

Santos Domínguez

14 marzo 2009

Locus amoenus



Locus amoenus.
Antología de la lírica medieval de la Península Ibérica.
Edición bilingüe de Carlos Alvar y Jenaro Talens.
Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores. Barcelona, 2009.


Probablemente se trata de la antología más completa y ambiciosa de la lírica medieval peninsular. Se titula Locus amoenus, la han preparado Jenaro Talens y Carlos Alvar, la publica Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores y ofrece en edición bilingüe una generosa muestra de la poesía lírica que se compuso y se cantó en las ocho lenguas que convivieron a lo largo de casi siete siglos en la Edad Media en la Península Ibérica, un espacio fragmentado desde el punto de vista político, cultural, religioso y lingüístico: latín, árabe, hebreo, mozárabe, provenzal, galaico-portugués, castellano y catalán.

Como en el resto de Europa, en la lírica medieval peninsular coexisten tres tendencias: la lírica tradicional que cantaba el pueblo en lengua vernácula, la lírica culta, escrita en latín, y la lírica cortés, culta también, pero escrita en lengua romance.

Y puesto que -como escriben los editores en su introducción acerca de la poesía y la interculturalidad- toda aproximación a la poesía hispánica medieval debe asumir que las varias e irreductibles líneas de fuerza que la atraviesan no pueden ser integradas en un universo unitario, este amplio volumen refleja esa convivencia de lenguas y tradiciones, de escrituras y canciones en la Península.

Están aquí ampliamente representados los poemas goliardescos en latín recogidos en el Cancionero de Ripoll del siglo XII, con sus sueños eróticos, su invocación a la primavera y su evocación de la amiga; la delicadeza nocturna y lunar de la poesía arábigo-andaluza; el desengaño amoroso y los jardines con fuentes de la poesía en hebreo; la poesía femenina de las jarchas mozárabes, tan semejantes a las frauenlieder, las chanson de toile o las cantigas de amigo; el refinamiento de los grandes trovadores catalanes como Guillem de Berguedà o de Guillem de Cervera; la poesía galaico-portuguesa de Pero Meogo o el rey Don Denis de Portugal, siempre entre la corte y las romerías; la lírica castellana de los cancioneros cortesanos prerrenacentistas, desde los anónimos castellanos a la poesía que firman Jorge Manrique y Juan del Encina; la que escribieron los catalanes Ramon Llull y Ausias March, que independizó la lírica catalana del provenzal.

Síntesis de tradiciones populares y cultas, de la lírica masculina de los goliardos o el amor cortés y el complejo metafórico que expresa su ritual amoroso, y de la lírica femenina de las jarchas, las cantigas de amigo y los villancicos, los poemas recogidos en Locus amoenus completan un mosaico de tradiciones poéticas y de individualidades líricas que destacan sobre el fondo de una realidad lingüística y cultural compleja y plural.

Una realidad compleja en la que no siempre se corresponde un territorio con una lengua, pues el prestigio poético del provenzal hizo que los trovadores catalanes compusieran en la lengua d'oc, de la misma manera que entre los poetas líricos de Castilla fue frecuente el uso del gallego, una moda que aún refleja en el siglo XV el Cancionero de Baena.

Santos Domínguez


13 marzo 2009

Mario Benedetti. Un mito discretísimo



Hortensia Campanella.
Mario Benedetti.
Un mito discretísimo.

Alfaguara. Madrid, 2009.

Yo en cambio la recuerdo aunque me ignore
a través de la bruma la distingo
y a pesar de acechanzas y recelos
la recupero cálida y soleada
única como un mito discretísimo.


De esos versos, que pertenecen a Ciudad en que no existo, un largo poema sobre Montevideo que escribió Mario Benedetti durante los años setenta en uno de sus exilios y que apareció en La casa y el ladrillo, toma su título la biografía que sobre el escritor uruguayo ha escrito Hortensia Campanella.

Desde el paraíso perdido de la infancia hasta la vitalidad creativa de su vejez, la vida de Mario Benedetti es una muestra constante de conciencia ética, generosidad y discreción. Y esas características que definen al escritor uruguayo son algunos de los rasgos que más destaca la autora en la biografía de Mario Benedetti que acaba de publicar Alfaguara.

Subrayada por abundante material gráfico, esta indagación en el mito discretísimo no se limita a la mera descripción biográfica o al seguimiento de su agitada peripecia vital. Es, además de eso, un acercamiento completo a su obra, a sus claves estéticas, personales e ideológicas, un mapa de que explica sus relaciones personales y sus miedos, su coraje y su constancia, su evolución y su coherencia.

Porque en pocos escritores se comunican tan naturalmente en su pluralidad vida y literatura, contexto político y trayectoria vital, experiencia y escritura como en Benedetti. Lo explica Hortensia Campanella en el prólogo:

Después de tantos años de leer y oír los textos de este escritor peculiar, lo que queda es la convicción de que vida y obra de Mario Benedetti conservan una armonía especial que recae, como un influjo, como una fuerza, como un regalo, sobre los lectores. Y, más allá de los vaivenes de esa obra, tan amplia, tan variada, tan arriesgada, por encima de los desniveles inevitables, de los gustos y disgustos que depara, la coherencia y la honestidad son de agradecer.

Por ese motivo cada uno de los capítulos se remata con un texto alusivo extraído de su obra, con lo que se va proponiendo también un recorrido temático que acaba constituyendo una antología coherente y significativa de la amplísima producción como poeta y narrador de Benedetti, recorrida siempre por la mirada compasiva que entiende al otro:

Ese sentido de fraternidad - explica Hortensia Campanella-, de preocupación por el igual, por el ser humano cercano, aparecerá prácticamente a lo largo de toda su obra y en especial es visible en sus poemas.

El estudio de Hortensia Campanella, exhaustivo e intenso, se nutre de la lectura admirativa de sus más de ochenta libros, pero también de abundantes materiales procedentes de muchas entrevistas personales de la autora con Benedetti. A eso hay que añadir las cartas, artículos y recuerdos de amigos cuyo testimonio contribuye también decisivamente a dejar constancia de una vida creativa y homenajear su actitud resistente, a la vez entusiasta y pesimista, entre el exilio y la rebeldía, entre ausencias y persecuciones, entre Montevideo y Buenos Aires, entre Madrid y La Habana, entre la prosa y el verso.

Santos Domínguez