25/6/09

Equipaje de vacaciones. Viajes


Henri de Régnier.
Venecia.
Traducción de
Juan José Delgado Gelabert.
Cabaret Voltaire. Barcelona, 2009.


Cabaret Voltaire publica Venecia, una colección de prosas de Henri de Régnier (1864-1936), con traducción de Juan José Delgado Gelabert y con treinta y cuatro espléndidas fotografías. Elogiado por Remy de Gourmont y admirado por Proust, tan cercano a su sensibilidad decadentista, Régnier vivió y escribió venecianamente. Venezianamente visse e scrisse, dice la lápida que honra su memoria en el Palazzo Ca’Dario, su lugar preferido, el sitio donde pasó algunas temporadas y escribió la mayor parte de estos textos en los que está no sólo el espíritu de quien los escribió, sino el alma de la ciudad misteriosa que recorrió como un flâneur.





Cees Nooteboom.
Tumbas de poetas y pensadores.
Fotografías de Simone Sassen.
Traducción de María Condor.
Debolsillo. Barcelona, 2009.

Visitamos a unos muertos a los que conocemos mejor que a la mayoría de los vivos. Porque en gran medida la literatura es una conversación con los muertos, Cees Nooteboom visitó durante años decenas de tumbas de poetas y pensadores. De esa experiencia surgió este libro que ahora aparece en formato de bolsillo, ilustrado con las espléndidas fotografías en blanco y negro que hizo Simone Sassen. Un viaje inducido por la lectura y que invita a la relectura, porque el que visita la tumba de un poeta emprende una peregrinación a sus obras completas.





Guillaume Apollinaire.
El paseante de las dos orillas.
Traducción de Elena Fons
y Jèrôme Gauchet.
Epílogo de J. Ignacio Velázquez.
El olivo azul. Córdoba, 2009.

El olivo azul inaugura la colección Errantes, dedicada a los viajes y a los viajeros que los narran. La primera entrega es El paseante de las dos orillas, de Guillaume Apollinaire, un libro con el que su autor se incorporaba a la tradición del flâneur, que implica antes que el viaje físico una actitud, una forma de mirar y de estar en el mundo. En él, Apollinaire propone un recorrido por las dos orillas del Sena, un collage con abundantes fotografías de la época, con caricaturas de escritores y caligramas. Librerías, escenarios de crímenes, personajes extravagantes y escritores de comienzos del XX salen a nuestros encuentro en este paseo por los muelles del Sena, esa deliciosa biblioteca pública, en palabras de Apollinaire, que no llegó a verlo publicado.





Julio Camba.
Un año en el otro mundo.
Prólogo de Ignacio Carrión.
Rey Lear. Madrid, 2009.

Nueva York no es una ciudad. Es un sistema, una teoría, escribe Julio Camba en La ciudad teoría, uno de los artículos que forman parte de la recopilación de las crónicas que escribió como corresponsal de ABC en 1916. Un año en el otro mundo fue el libro que consagró a Camba como escritor cuando Azorín comparó su humor con el del Viaje sentimental de Sterne. La campaña electoral de las presidenciales, la entrada en la Primera Guerra Mundial y, sobre todo, las postales descriptivas del espíritu americano vistos con el humor ácido y la distancia crítica de quien sabía que lo fundamental en un escritor y en un periodista es saber mirar y comprender –como señala Ignacio Carrión en su inteligente prólogo- que es la mirada la que escribe.





Alberto Vigevani.
Verano en el lago.
Traducción de Francesc Miravitlles.
Minúscula. Barcelona, 2009.

Algo más de medio siglo tiene este espléndido texto de Alberto Vigevani que acaba de publicar Minúscula. Ambientado en los años treinta, Un verano en el lago recupera la memoria melancólica de un adolescente milanés de vacaciones en el lago de Como. Una refinadísima novela de formación que contiene dos viajes: el espacial y el temporal. La entrada en la madurez a través de la experiencia de la belleza en una narración en la que se combinan la elegancia descriptiva, la delicadeza en la percepción de los estados de ánimo y la melancolía en la evocación del pasado. La traducción de Francesc Miravitlles, inmejorable.


Alineación al centro


Alfred Kazin.
Un paseante en Nueva York.
Traducción de Juan Castilla Plaza.
Barataria. Barcelona, 2009.

Cada vez que regreso a Brownsville es como si jamás me hubiera marchado. Así comienza el primer capítulo de Un paseante en Nueva York, la memoria que escribe en 1951 Alfred Kazin de un paisaje -el de su barrio neoyorkino- y de un tiempo – el de su niñez y su adolescencia en un barrio judío y pobre de Brooklyn. Del metro a la sinagoga es el primero de los cuatro capítulos de un paseo que es más interior que exterior y que culmina en El verano: de camino a Highland Park.

Santos Domínguez