15/3/07

La biblioteca de noche




Alberto Manguel.
La biblioteca de noche.
Traducción de Carmen Criado.
Alianza Literaria. Madrid, 2007.


Si en Una historia de la lectura Alberto Manguel hacía un homenaje al libro y proponía un recorrido por el laberinto de la palabra escrita, La biblioteca de noche, que publica Alianza Editorial, es un homenaje a otro laberinto: al continente, al edificio y al mobiliario que lo contiene, a las bibliotecas como lugares para la memoria y como otra de las formas del laberinto y del universo:

El punto de partida es una pregunta. Aparte de los teólogos y los que cultivan la literatura fantástica, pocos pueden dudar de que los rasgos principales de nuestro universo son su carencia de significado y su falta de propósito discernible. Y sin embargo, con un optimismo desconcertante, continuamos reuniendo en un estante tras otro de las bibliotecas, ya sean materiales, virtuales o de cualquier otro tipo, todo fragmento de información que podemos encontrar en forma de rollos, libros y chips, patéticamente empeñados en conferir al mundo una apariencia de sentido y de orden, sabiendo perfectamente, al mismo tiempo, que, por mucho que queramos creer lo contrario, nuestros esfuerzos están lamentablemente condenados al fracaso. ¿Por qué lo hacemos entonces? Aunque desde el principio sabía que muy probablemente la pregunta no encontraría respuesta, me pareció que la búsqueda en sí merecía la pena. Este libro es la historia de esa búsqueda.

A partir de ese momento, en quince capítulos, Manguel habla, con la amenidad que le caracteriza, de la biblioteca como una serie de interrogaciones. Reflexiona sobre la biblioteca como mito, sobre la ambición vertical de la torre de Babel o sobre la codicia horizontal en la biblioteca de Alejandría, sobre la biblioteca de noche, en la que nunca estaba Montaigne, lector diurno.

O sobre los criterios de organización con los que el lector ejerce de dios caprichoso en su biblioteca privada, porque el orden de los libros en los estantes traza una metáfora de la ordenación de la realidad, una alegoría incompleta del mundo en la que la biblioteca es un espejo del universo. Se intenta entonces darle a ese espacio una apariencia de sentido que quiere poner orden en el caos, en su lógica laberíntica que reproduce el desorden del universo. Por ejemplo con la clasificación decimal creada por Dewey, una organización en la que el universo infinito es susceptible de contenerse en una combinación teóricamente infinita de diez dígitos.

Y eso es sólo el principio. Se habla aquí de muchas cosas más. De la biblioteca como espacio, de su horror al vacío y su crecimiento insostenible, que ha aconsejado en muchas instituciones el almacenamiento en soportes electrónicos, aunque

el argumento que exige la reproducción electrónica aduciendo que la vida del papel peligra es falso. Cualquiera que haya utilizado un ordenador sabe lo fácil que es perder un texto en la pantalla, o toparse con un disquete o un CD defectuoso, o que el disco duro se bloquee sin remedio. Las herramientas de la electrónica no son inmortales. La vida de un disquete no supera los siete años, y un CD-Rom dura unos diez. En 1986, la BBC gastó dos millones y medio de libras en crear una versión informatizada, multimedia, del Domesday Book, el censo inglés del siglo XI compilado por monjes normandos. Más ambicioso que su predecesor, el Domesday Book electrónico incluía doscientos cincuenta mil topónimos, veinticinco mil mapas, cincuenta mil imágenes, tres mil conjuntos de datos y sesenta minutos de imágenes animadas, además de numerosos textos sobre la vida en Inglaterra durante ese año. Más de un millón de personas colaboraron en ese proyecto que finalmente quedó almacenado en discos de doce pulgadas que sólo podía descifrar un microordenador especial de la BBC. Dieciséis años después, en marzo de 2002, se llevó a cabo un intento de leer la información en uno de los ordenadores de ese tipo que todavía existían. La tentativa fracasó. Se estudiaron diferentes soluciones para recuperar los datos, pero ninguna dio un resultado satisfactorio. «Por el momento no se puede demostrar que exista una solución técnica viable para este problema», dijo Jeff Rothenberg, de la Rand Corporation, especialista de fama mundial en la conservación de datos. «Si no la encontramos, corremos el grave peligro de perder nuestro creciente patrimonio digital.» Por el contrario, el Domesday original, de casi mil años de antigüedad, escrito con tinta sobre papel y conservado en el Registro de Kew, se mantiene en buenas condiciones y es todavía perfectamente legible.

La biblioteca, el arma que le otorga al sabio más poder ante el demonio que el de mil devotos, como afirmaba la tradición islámica, es también el lugar de la sombra, porque cada biblioteca crea su propia sombra, sus huecos y es el resultado de sus presencias tanto como de sus exclusiones.

Otros enfoques se van sucediendo en estas páginas: la importancia práctica y el significado simbólico de su diseño, la biblioteca como el lugar del orden y del caos y del azar, como un espacio que contiene la estructura de la mente de su dueño.

Y es que toda biblioteca es inevitablemente autobiográfica y refleja al lector que la ha ido construyendo y traza la imagen no sólo de quienes somos sino de quienes hemos sido.

La biblioteca adopta en el texto de Manguel la forma de isla y es también la historia de una supervivencia hecha de recuerdos y de olvidos: Los que me visitan me preguntan con frecuencia si he leído todos mis libros; generalmente contesto que, sin duda, los he abierto todos. Lo cierto es que, para ser útil, una biblioteca no necesita ser leída en su totalidad: a todo lector conviene un equilibrio razonable entre el conocimiento y la ignorancia, entre el recuerdo y el olvido. En 1930, Robert Musil imaginó a un bibliotecario abnegado que trabaja en la Biblioteca Imperial de Viena y que conoce uno por uno todos los títulos de sus gigantescos fondos. «¿Quiere saber cómo he podido familiarizarme con cada uno de estos libros?» —pregunta a un atónito visitante—. «Nada me impide decírselo: no he leído ninguno.» Y añade: «El secreto de todo buen bibliotecario consiste en no leer los libros que tiene a su cargo, exceptuando el título y el índice. El que mete las narices en un libro está perdido.

Quizá el capítulo más brillante de un libro tan borgiano como este sea el que Manguel dedica a la biblioteca como el lugar de la imaginación y a los libros imaginarios de la biblioteca de Rabelais, de Borges o de Eco.

En un libro sobre el que incide tanto la imagen y la palabra de Borges, era previsible el diseño circular, como el de las ruinas, las bibliotecas y el universo (que otros llaman la biblioteca).

Por eso, tras cuatrocientas páginas repletas de ilustraciones gráficas y de ejemplos textuales que iluminan esta biblioteca de noche, Manguel se reformula la pregunta inicial:

¿Qué es lo que busco, pues, al final de la historia de mi biblioteca? Consolación quizá. Quizá consolación.

Santos Domínguez