12 noviembre 2007

El arte de conversar



Oscar Wilde.
El arte de conversar.
Traducción y edición de Roberto Frías.
Atalanta. Gerona, 2007.


Óscar Wilde nació en Dublín en 1854. Murió en el Hôtel d’Alsace, en París, en el año 1900. Su obra no ha envejecido; pudo haber sido escrita esta mañana.

Las palabras, escuetas y definitivas, son de Borges, que le profesó fidelidad literaria durante toda su obra y secreta envidia durante toda su vida. Las traigo aquí a propósito de la admirable edición que ha publicado Atalanta del Wilde más brillante, el Wilde conversacional, agudo y ocurrente. Yeats o Gide fueron algunos de los oyentes que apuntaron aquellos relatos orales, aquellas frases epigramáticas y fulgurantes, a menudo superficiales, que fueron la particular demostración de la agudeza y arte de ingenio de Wilde.

Se ha ocupado de esta edición, que incorpora 28 relatos inéditos y abundante material gráfico, Roberto Frías, que ha traducido los relatos y los aforismos de El arte de conversar, ha escrito la introducción y un estupendo epílogo (Casi una autobiografía), que hace un recorrido por la biografía de quien (con)fundió como pocos literatura y biografía y entendió su vida como la mejor obra de arte que dejaría a la posteridad.

En torno a esos relatos inéditos y a los aforismos se organizan las dos partes de este libro, cuidado hasta el menor detalle, como es norma de esta editorial que ha hecho de la elegancia y el buen gusto uno de sus signos de identidad.

Wilde, que fue un conversador ingenioso, deslumbrante y provocador, como su literatura, no limitó su fulgor al ámbito privado y efímero de la conversación. Muchos de sus epigramas ocurrentes y brillantes los fue esparciendo en sus obras de teatro, en su narrativa, en sus ensayos. Y de esos textos proceden la mayor parte de sus aforismos, organizados en el libro alrededor de unos cincuenta ejes temáticos relevantes, que son los que configuran su amplio universo literario.

Los cazadores de perlas tienen aquí el botín asegurado. Entre la literatura y la vida, la política y el genio, la sociedad y sus dos juicios, todo un repertorio de citas sobre los más variados asuntos. Y, sobre todos, al final, el que es el tema vertebral de la obra de Oscar Wilde: Oscar Wilde.

Vuelvo a Borges, que aludía a la eterna juventud literaria de aquel seductor (otra vez vida y literatura) que escribió El retrato de Dorian Gray:

Observa Stevenson que hay una virtud sin la cual todas las demás son inútiles; esa virtud es el encanto. Los largos siglos de la literatura nos ofrecen autores harto más complejos e imaginativos que Wilde; ninguno más encantador. Lo fue en el diálogo casual, lo fue en la amistad, lo fue en los años de la dicha y en los años adversos. Sigue siéndolo en cada línea que ha trazado su pluma.

Santos Domínguez


11 noviembre 2007

Un enemigo del pueblo


Henrik Ibsen.
Un enemigo del pueblo.
Traducción de Max Lacruz.
Postfacio de Laura López Sánchez.
Funambulista. Madrid, 2007.

Funambulista publica, con traducción de Max Lacruz, una de las obras fundamentales de la literatura del siglo XIX: Un enemigo del pueblo.

Es la más obra más controvertida del noruego Henrik Ibsen, un clásico que sigue planteando problemas al lector o al espectador de la historia protagonizada por el doctor Stockmann, que empieza denunciando la corrupción de las aguas en un balneario y acaba comprobando que esa corrupción es una metáfora de la sociedad.

El 21 de junio Ibsen le contaba en una carta a su editor, Frederik Hegel:

Ayer concluí mi nuevo trabajo teatral. Se titula Un enemigo del pueblo y tiene cinco actos. No sé todavía si llamarla comedia o drama, puesto que tiene muchos elementos propios de una comedia, pero a la vez una base muy seria.

La ambigüedad genérica de Un enemigo del pueblo es tal vez la menor dentro de una obra conflictiva, en la que se unen realismo y simbolismo y chocan los principios morales del individuo con los intereses de una sociedad degenerada por la corrupción del poder, la mentira y la manipulación de la realidad en los medios de comunicación.

Las virtudes intemporales y universales que caracterizan a los clásicos se manifiestan en la vitalidad de un texto como este, que sigue planteando, igual que el teatro griego, los grandes temas conflictivos que siempre están de actualidad: el poder y la libertad, la verdad y la manipulación, la conciencia y los intereses, el individuo y la sociedad.

Un enemigo del pueblo
es, entre otras cosas, un texto de teatro político y moral lo suficientemente complejo como para permitir lecturas encontradas o interesadas, la coartada ideólogica de las dictaduras a través de la justificación del despotismo de los mejores y una descalificación explícita del sufragio universal.

Reflejo de la complejidad psicológica de su autor, la integridad del texto ibseniano en esta edición permite ahondar en los conflictos entre el hombre y su entorno, en las contradicciones entre la teoría política y la práctica ética.


Santos Domínguez

09 noviembre 2007

Jaikus de Kerouac



Jack Kerouac.
Libro de jaikus.
Traducción y prólogo de Marcos Canteli.
Bartleby Editores. Madrid, 2007.



Lo que está sucediendo en este lugar, en este momento.


Eso es el jaiku para Basho (1644-1694), padre y maestro de un género que va más allá de los límites de la poesía para convertirse en una forma de conocimiento inspirada en la filosofía zen.

Como Kennet Rexroth y otros poetas de la generación beat, Jack Kerouac se acercó a la sabiduría oriental a través del pensamiento y la poesía zen y escribió cerca de mil jaikus. Bartleby publica, en edición bilingüe con traducción y prólogo de Marcos Canteli, una selección de algo más de quinientos jaikus procedentes de su Libro de jaikus y del material desperdigado en cuadernos de notas, novelas y cartas. Ese material, que editó en 2003 Regina Weinrich en Book of Haikus, ha sido el punto de partida de esta traducción.

Kerouac publicó, que yo sepa, tres libros de jaikus: American Haiku (1959), The Northport Haikus (1964) y Book of Haikus (1968), pero gran parte de estos textos estaban inéditos en español.

Allen Ginsberg, otro beatnik, decía de Kerouac que era el único que sabía escribir jaikus en Estados Unidos, porque esa era su forma natural de hablar y de pensar: la sencillez expresiva, la sobriedad estilística, la síntesis de un pequeño cuadro que contiene una historia grande y extensa comprimida en tres versos breves, con una imagen de intensidad visual o emocional.

Kerouac no respetó, en su propuesta y en la práctica de un jaiku americano y occidental, las diecisiete sílabas que tiene el género en su modelo japonés, aunque sí el esquema de los tres versos y el espíritu zen de esos textos, en los que practicó el minimalismo y la concentración de un destilado poético que toma como punto de partida la intuición y la contemplación:

Cuanto más te acercas –escribió una vez- a la auténtica materia, a la piedra y al aire y al fuego y a la madera, el mundo resulta más espiritual.

De esa manera se salta del instante y el detalle a la revelación del mundo mediante una poesía que es una liberación de los límites simbólicos del lenguaje. Porque lo más importante en el jaiku, su mayor carga comunicativa reside más en lo que calla que en lo que dice, más en la intuición de lo invisible que en la percepción de lo visible. Como en la mejor poesía, en definitiva, de lo que se trata es de comunicar lo incomunicable, de expresar lo inefable.

Ese es el alto propósito, no siempre conseguido, de estos textos, que muchas veces tienen intuiciones hechas desde la melancolía:

Luna de primavera-

¡Qué lejos ya

Aquellos pétalos de naranjo!

Y otras no van más allá de una ocurrencia trivial:

LA BOMBILLA
DE REPENTE SE APAGÓ-

DEJÉ DE LEER


O una mera simpleza:

Falló la patada
a la puerta de la nevera

Igualmente se cerró.

Y gatos, ardillas, flores, árboles, lluvias y lunas en un paisaje habitado por el poeta y su mirada y recorrido por Mao y por el delicado espíritu oriental, pero también por Cochise, Custer o Jerónimo.

No hace falta ser muy avispado para saber que será uno de los libros de poesía que más se van a vender en los próximos meses.

Santos Domínguez

08 noviembre 2007

La glorieta de los fugitivos

José María Merino.
La glorieta de los fugitivos.
Minificción completa
Páginas de Espuma. Madrid, 2007.


José María Merino acaba de reunir en La glorieta de los fugitivos, que publica Páginas de Espuma, su minificción completa: los relatos que ya aparecieron en Días imaginarios (2002) y en Cuentos del libro de la noche (2005), más algunos inéditos y dispersos que se recogen en la primera parte, Ciento once fugitivos. A ellos se añaden en una segunda parte los veinticinco textos de La Glorieta miniatura, que fueron su aportación – teórica y práctica a la vez- al IV Congreso Internacional de Minificción que se celebró en Neuchátel hace ahora casi un año.

No es José María Merino un recién llegado al género de la minificción, que por otro lado es tan antiguo como el impulso narrativo del ser humano y empieza por manifestarse en las historias cortas, en las leyendas o en las fábulas orales:

La ficción –escribe Merino en uno de los textos reflexivos del libro- fue la primera sabiduría de la humanidad, el jardín literario en donde está la verdadera historia de la humanidad.

Y allí, en uno de los extremos de ese jardín literario, lindando con los alcorques de la leyenda, los macizos de la fábula, los parterres y pabellones de la poesía y las praderas del cuento, se halla la Glorieta Miniatura. Hay muchos que al llegar allí quedan desorientados, porque los relatos diminutos no les permiten ver el inmenso bosque de la ficción pequeñísima.

Las leyendas medievales, el Patrañuelo, la Sobremesa y alivio de caminantes de Timoneda o algunos pasajes cervantinos dan razón del antiguo origen de una modalidad que para muchos escritores es un género de llegada, una meta que alcanzan algunos narradores privilegiados como Merino cuando descubren la capacidad expresiva del minicuento, en el que se condensa la quintaesencia de la narratividad con la intensidad de unas pocas líneas.

Un género que desde el chispazo de la intuición inicial, desde la inspiración y la subjetividad que relaciona el microrrelato con el poema, requiere la elección de un título atractivo pero que no dé pistas sobre un desenlace a menudo inesperado, en el que caben el humor y la ironía de la última frase, el ritmo del relato y la imprescindible tensión narrativa que distingue el minicuento de la mera ocurrencia chistosa.

Por eso al microrrelato le exige Merino que sea pequeño pero que sea volátil, que desaparezca enseguida de nuestro campo de visión, pero que nos deje una intensa imagen de ese mundo paralelo, certero, hecho sólo con palabras que tiene que suscitar la narrativa verdadera.

José María Merino viene reivindicando a través de toda su obra narrativa, larga o corta, la tradición de la literatura fantástica que tiene uno de sus referentes en Hoffmann y en sus narraciones inquietantes, pero también en una tradición española que está ya en Don Juan Manuel y en los libros de caballerías y que fue arrasada por la labor inquisitorial de la iglesia tridentina y por una crítica posterior no menos inquisitorial, encabezada por Menéndez y Pelayo con las perniciosas secuelas que aún hoy pueden leerse en los suplementos periódicos de los diarios nacionales.

Tal vez sea en esta recopilación, al ver reunidos estos textos, en donde se puede rastrear con más nitidez la intensa reivindicación de lo fantástico que conecta a Merino también con un larga tradición de relatos hispanoamericanos, de Borges a Cortázar.

Cuentos nocturnos en los que la fragilidad de límites entre el sueño y la vigilia, la metamorfosis y la identidad, lo fantástico y el misterio del tiempo, los espejos y las simetrías, la muerte o el terror apenas sugerido en el acecho invisible de lo cotidiano, que son algunos temas fundamentales de su universo narrativo, aquí se abordan con el rigor y la depuración que exige el género.

El fulgor breve pero intenso de estas narraciones, la elipsis de los datos o la inquietante e invisible fauna doméstica que las habita, producen en los lectores un vértigo pendular que les lleva de la ficción a la realidad, de la orilla de la vida a la de la muerte y de un tiempo a otro, con la conciencia de vivir un sueño o una pesadilla como parientes próximos de Kafka, uno de los padres del microrrelato contemporáneo.

Acabamos con un ejemplo modélico, porque resume los temas, la tonalidad y la concentración estilística de estos textos:

A las doce, hora de límites, el tiempo separa cada jornada con su peligrosa cuchillada. Es la hora en que, a veces, se reúnen. Hablan en voz muy baja, con murmullos tenues, pero desde la cama, forzando mi atención, puedo advertir esos cuchicheos, sus risas, el tintineo de los vasos. Varias noches me he levantado con sigilo para intentar sorprenderlos. Camino a tientas por el pasillo, abro despacio las puertas, enciendo de repente la luz del salón. Ya no están, nunca están cuando llego. ¿Que si dejan rastros? Una vez, mi gato tenía en el cuello un lazo verde. Otra, había un clavel sobre la mesa. Ayer, una postal de un templo hindú cuyo destinatario no soy yo, con una letra poco inteligible que, al parecer, habla de calor y recomienda no olvidarse de los peces.

Santos Domínguez


06 noviembre 2007

El paseante solitario


W. G. Sebald.
El paseante solitario.
Traducción de Miguel Sáenz.
Siruela. Madrid, 2007.


W. G. Sebald publicó en 1988 este homenaje en recuerdo de Robert Walser, una auténtica joya que acaba de editar Siruela con traducción de Miguel Sáenz.

Robert Walser fue el más solitario de los escritores solitarios, huyó de todo vínculo con el mundo, de toda posesión que lo atara a algún sitio de la vida o la literatura. Paseó mucho, compulsivamente, siempre en huida, pero se esforzó en no dejar más huellas que las de sus pisadas en la nieve poco antes de morir y las más persistentes, las de su literatura.

Y estas últimas no se borraron porque Carl Seeling, que lo acogió en su casa y preparó su biografía, recopiló sus textos, los mostró en antologías y conservó parte de su legado. Sin él el recuerdo de Walser se hubiera deshecho como la nieve de aquel 25 de diciembre de 1956 en que unos niños encontraron su cadáver semienterrado.

De la estirpe de Gogol, Kafka o Benjamin, todo en su literatura es rápido y fugaz como sus pasos, desde los personajes a los paisajes. Todo menos la admiración constante y creciente de muchos escritores por su obra.

A la lista de autores que lo admiraron se suma la figura de Sebald, que hace un recorrido comprensivo por la literatura de Walser, por su vida y por algunas de las fotografías que resumen su personalidad y su evolución.

Extraño, inquietante, ausente del mundo, de los hombres y de sí mismo, su biografía es tan opaca que -como señala Sebald- forma parte más de la clandestinidad y de la leyenda que de la historia.

Este excelente ensayo da una imagen certera y global de aquel ser misterioso y es una buena ocasión de visitar a Walser en el único territorio que acogió a aquel escritor "helvéticamente retraído", como lo definió Sebald: el de la literatura.

Santos Domínguez


05 noviembre 2007

Historia de Cardenio


William Shakespeare y John Fletcher.
Historia de Cardenio.
Traducción e introducción de Charles David Ley.
Edición de José Esteban.
Breviarios Rey Lear. Madrid, 2007.



Ni Homero conoció a Virgilio ni Virgilio acompañó a Dante a otro lugar que no fuese el de la literatura inolvidable. La coartada en ambos casos era el tiempo, un argumento que no puede utilizarse para descartar el encuentro de Shakespeare y Cervantes, antes de una muerte que el capricho y el azar de los diversos calendarios sitúan el 23 de abril de 1616.

Astrana Marín y Anthony Burgess fantasearon sobre un encuentro de Cervantes y Shakespeare mucho antes de ese reciente disparate cinematográfico sin ritmo ni sentido que se tituló Miguel y William.

Lo que sí parece que hubo fue un texto teatral escrito por Shakespeare y John Fletcher sobre la Historia de Cardenio, un episodio de la primera parte del Quijote, que tradujo al inglés John Shelton en 1612 y que al parecer leyó con interés Shakespeare.

La obra fue representada en un par de ocasiones por los Hombres del Rey, la compañía de Shakespeare, en 1613. Poco después, un incendio en el teatro del Globo hizo que se la diese por desaparecida. A partir de ese momento la historia de texto es incierta. Hay una noticia del texto en 1656, cuando un editor pide permiso para publicar la Historia de Cardenio, por Fletcher y Shakespeare; y otra en el siglo XVIII, cuando Lewis Theobald dice que ha escrito su Doble falsedad como una refundición parcial del texto original de Shakespeare y Fletcher, que había adquirido con mucho esfuerzo y adaptado con no menor trabajo.

La inconsistencia de esos datos relegaron la Historia de Cardenio a las estanterías imaginarias de las obras perdidas o a la leyenda de los textos que nunca existieron.

Hace sólo unos meses, la Royal Shakespeare Company ha autentificado una de las versiones y con ese motivo Rey Lear reedita la traducción y el prólogo de Charles David Ley que publicó en 1987 José Esteban, que la editó entonces y se ha ocupado de esta nueva edición. Para ella ha escrito una introducción que expone la ajetreada historia textual de esta obra (la historia de uno de los descubrimientos bibliográficos más apasionantes de los últimos años), y rinde un homenaje de amistad al desaparecido Charles David Ley, que escribía estas palabras en 1951, antes de encontrar la Historia de Cardenio:

Lástima el que se haya perdido esta obra; pero es casi seguro que la intervención de Fletcher sería mucho mayor que la de Shakespeare, como efectivamente pasa en Los dos nobles parientes y Enrique VIII. Es más, su participación en Los dos nobles parientes y Cardenio no mereció que los editores, muy cuidadosos, los incluyeran en el primer Folio, lo cual nos hace sospechar que estimaban en poco su contribución en estas obras. (Yo he leído en alguna parte la insinuación de que Cardenio no existió jamás, y que fue mencionado en una lista de obras varias de la época puramente por un error de copia).

Por lo demás, y a pesar del meritorio trabajo del traductor y el encomiable empeño de los editores, la obra parece menos de Shakespeare que de Fletcher. Nada que recuerde ni remotamente al autor maduro y final del Cuento de invierno o al escritor que acababa de estrenar por entonces ese testamento luminoso que es La tempestad.

Santos Domínguez

04 noviembre 2007

Teoría King Kong


Virginie Despentes.
Teoría King Kong.
Traducción de Beatriz Preciado.
Melusina UHF. Barcelona, 2007.

“La diva destroy punk de las letras francesas, escritora de novelas en las que las protagonistas ocupan posiciones tradicionalmente reservadas a los hombres (sangre, sexo y rock-and-roll) y de la controvertida y censurada película Fóllame (2000), nos ofrece un ensayo en primera persona en el que se ataca a los tabúes del feminismo liberal: la violación, la prostitución y la pornografía. La transformación de los viejos modelos del género y de la sexualidad está en marcha. Imprescindible y terapéutico.”

Con esas palabras define Beatriz Preciado, su traductora al español, a Virginie Despentes, que en Teoría King Kong ha unido la experiencia autobiográfica y la voluntad ensayística para acercarse a una serie de temas polémicos con una mirada provocadora que pone en cuestión las bases del feminismo conservador:

El feminismo es una revolución, no un reordenamiento de consignas de marketing, ni una ola de promoción de la felación o del intercambio de parejas, ni tampoco una cuestión de aumentar el segundo sueldo. El feminismo es una aventura colectiva, para las mujeres pero también para los hombres y para todos los demás. Una revolución que ya ha comenzado. Una visión del mundo, una opción. No se trata de oponer las pequeñas ventajas de las mujeres a los pequeños derechos adquiridos de los hombres, sino de dinamitarlo todo. Y dicho esto, buena suerte chicas y mejor viaje...

Despentes fue prostituta y desde su provocador Fóllame, que fue llevado al cine y editó en España Mondadori, se ha convertido en una referencia del postfeminismo:

Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro. Me parece formidable que haya también mujeres a las que les guste seducir, que sepan seducir, y otras que sepan casarse, que haya mujeres que huelan a sexo y otras a la merienda de los niños que salen del colegio. Formidable que las haya muy dulces, otras contentas en su feminidad, que las haya jóvenes, muy guapas, otras coquetas y radiantes. Francamente, me alegro por todas a las que les convienen las cosas tal y como son. Lo digo sin la menor ironía.
Teoría King Kong se publicó el año pasado en Francia y vendió más de 50.000 ejemplares con un libro escrito con la fuerza de la primera persona y un estilo muy directo. Un libro que empieza hablando de las tenientas corruptas y se plantea una revisión radical del feminismo y el papel de la mujer en la sociedad occidental a propósito de cuestiones como la violación, las mujeres objeto, el matrimonio y la prostitución o el modelo de las chicas King Kong:

Siento lo mismo como mujer: no siento ninguna vergüenza de no ser una tía buena. Sin embargo, como chica por la que los hombres se interesan poco, estoy rabiosa, mientras todos me explican que ni siquiera debería estar ahí. Pero siempre hemos existido. Aunque nunca se habla de nosotras en las novelas de hombres, que sólo imaginan mujeres con las que querrían acostarse. Siempre hemos existido, pero nunca hemos hablado. Incluso hoy que las mujeres publican muchas novelas, raramente encontramos personajes femeninos cuyo aspecto físico sea desagradable o mediocre, incapaces de amar a los hombres o de ser amadas. Por el contrario, a las heroínas de la literatura contemporánea les gustan los hombres, los encuentran fácilmente, se acuestan con ellos en dos capítulos, se corren en cuatro líneas y a todas les gusta el sexo. La figura de la pringada de la feminidad me resulta más que simpática: es esencial. Del mismo modo que la figura del perdedor social, económico o político. Prefiero los que no consiguen lo que quieren, por la buena y simple razón de que yo misma tampoco lo logro. Y porque, en general, el humor y la invención están de nuestro lado. Cuando no se tiene lo que hay que tener para chulearse, se es a menudo más creativo. Yo, como chica, soy más bien King Kong que Kate Moss. Yo soy ese tipo de mujer con la que no se casan, con la que no tienen hijos, hablo de mi lugar como mujer siempre excesiva, demasiado agresiva, demasiado ruidosa, demasiado gorda, demasiado brutal, demasiado hirsuta, demasiado viril, me dicen.
Cuestiones problemáticas que son enfocadas por Virginie Despentes ( que ha incorporado una cita de referentes feministas como Virginia Woolf, Simone de Beauvoir o Angela Davis al frente de cada capítulo) con crudeza combativa y con una claridad expresiva y una determinación ideológica que romperá muchos esquemas, incluso entre las lectoras femeninas y será un revulsivo para todos.

Con este título, la editorial Melusina inaugura su sello UHF (Ultra High Frequency), una serie que acogerá los títulos más radicales e iconoclastas en su análisis de la realidad actual.


Luis E. Aldave