24 junio 2026

Epicuro. El jardín de la felicidad

 


Epicuro.
El jardín de la felicidad.
Obras y fragmentos.
Edición y traducción de David Hernández de la Fuente.
Ariel. Barcelona, 2026.

“Invitación a la lectura: Epicuro y su llamada a la felicidad en nuestro tiempo”. Así titula David Hernández de la Fuente su estupendo prólogo a El jardín de la felicidad. Obras y fragmentos, la edición inédita de la escasa obra completa conservada de Epicuro que acaba de publicar Ariel.

Comienza con este párrafo incitante a la lectura:

«Cuando ya no estaban los dioses y Cristo aún no estaba, hubo, desde Cicerón a Marco Aurelio, un momento único en el que solo estuvo el hombre», escribió Gustave Flaubert en una carta que inspiraría, años después, las maravillosas Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. No se puede evitar pensar en el epicureísmo como uno de los movimientos clave de ese par de siglos escasos a los que se refería el autor francés, en pleno esplendor de la Antigüedad romana. Aunque su origen es anterior, helenístico por más señas como casi todo en el mundo romano, desde la literatura al pensamiento-, ¡cómo nos atrae aquel mundo, desde la era de Alejandro hasta la de Augusto, con sus permanentes crisis y huidas hacia delante, por sus semejanzas precursoras con nuestro tiempo actual!

Aunque fue uno de los más influyentes filósofos de la Antigüedad, se conserva muy poca obra de Epicuro de Samos (341-270 a. C), el ateniense que fundó una escuela y la llamó El Jardín. Una escuela hedonista para aprender a vivir con serenidad, al margen de los dioses, en defensa de la felicidad y el placer y en armonía con la naturaleza, con los hombres y consigo mismo.

Lo rechazaron paganos y cristianos, estoicos y platónicos, porque -explica Hernández de la Fuente-  “ninguna otra filosofía fue tan rompedora en el mundo antiguo.” Destruida y silenciada durante siglos, esa es la razón de que se conserve una parte mínima de su obra, unas cincuenta páginas, y además muy dispersa: fragmentos, cartas, citas y colecciones de máximas. Una realidad que contrasta paradójicamente con la influencia persistente que han ejercido sus postulados en la poesía y en la filosofía, especialmente en la construcción ideológica y la concepción vitalista del Humanismo renacentista o en la ética del individualismo sin dioses de la modernidad. 

Ese breve corpus textual transmitido a través de fuentes primarias y secundarias, lo articula esta edición en tres partes: Vida, obra y textos esenciales de Epicuro según Diógenes Laercio, su principal biógrafo en el Libro X de las Vidas y opiniones de los filósofos ilustres; el manuscrito epicúreo perdido y reencontrado que se conoce como Sentencias Vaticanas porque se conserva en esa Biblioteca en un códice griego del XVII, y finalmente los Fragmentos epicúreos conservados en la inscripción de Diógenes de Enoanda.

En su estudio introductorio, que inserta el pensamiento de Epicuro en el contexto cultural de la época helenística y repasa los datos fundamentales de su biografía, David Hernández de la Fuente resume las claves del pensamiento epicúreo y de su ética radical de la felicidad y abre al lector las puertas del Jardín de Atenas en el que florecieron los textos que hoy se conservan, aunque fragmentariamente, gracias al curioso erudito Diógenes Laercio, epicúreo tardío del siglo III que relató su vida y resumió sus ideas principales en textos tan fundamentales como la Carta a Meneceo, donde se leen párrafos como estos:

Así pues no hay nada terrible en el vivir para quien ha comprendido auténticamente que no hay nada temible en el no vivir. De modo que es un necio el que dice que teme a la muerte no porque se aflija cuando está presente sino porque se aflige porque ha de venir. [...] Conque el más terrorífico de los males, la muerte, no es nada para nosotros, puesto que cuando nosotros existimos, la muerte no está presente y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no existimos. Así que no es nada para los vivos ni para los muertos, puesto que para estos no existe y los otros no existen ya.
[...]
Precisamente por eso decimos que el placer es principio y fin del vivir dichosamente. 
[...]
Así, cuando decimos que el placer supone el fin, no hablamos de los placeres de los libertinos ni de los que consisten en el mero disfrute, como creen algunos ignorantes o que no están de acuerdo o nos malinterpretan, sino más bien de no sufrir dolor en el cuerpo ni quedar turbados en el ánimo.

Y gracias también a Diógenes de Enoanda, un anciano rico que en el siglo II y en la isla de Rodas ordenó grabar una enorme inscripción que resumía la doctrina de Epicuro en un muro de noventa metros de largo por tres de alto con textos sobre Física y Ética y máximas como esta: 

Así como no se puede morir dos veces, tampoco lo es vivir dos veces. Hay que tener buen ánimo al morir, pues no solo quedamos privados de los bienes, sino también de los males. ¡Que tengáis salud!

Precedidos de sendos estudios introductorios, en estos textos de los dos evangelistas del epicureísmo se conservan fragmentos y dichos que constituyen las dos zonas fundamentales de El jardín de la felicidad. Y entre ambas, en la parte central del libro, se traducen las 81 Sentencias Vaticanas de Epicuro.

Como esta, que lleva el número 51, con su mirada comprensiva y tolerante sobre la actividad sexual y su inesperada conclusión paradójica sobre la necesidad del autocontrol: 

He llegado a saber sobre ti que una agitación muy impetuosa en cuanto a la carne te incita a los encuentros sexuales. Pues bien, tú, siempre y cuando no infrinjas las leyes, ni alteres las costumbres correctamente establecidas, ni aflijas en algo al prójimo, ni consumas tu carne, ni dilapides los bienes necesarios, haz uso como quieras de tus inclinaciones. No obstante, es imposible no lamentar al menos una de estas cosas: pues los placeres del sexo nunca son beneficiosos, sino que habrá que contentarse si no nos han perjudicado.

 O esta otra, la número 58:

Se debe uno liberar a sí mismo de la cárcel de las rutinas y de los temas políticos.

“Fue la suya -concluye Hernández de la Fuente- una manera de pensar que rompió moldes en su era, así como hicieron otros ‘maestros de verdad’ -por utilizar la afortunada expresión de Marcel Detienne- que no escribieron nada o cuya obra se perdió, y que perduró pese a todo, acaso porque contiene claves inextinguibles que nos ayudan a vivir de forma más acorde con la naturaleza del ser humano y más cerca de la plenitud.”

Santos Domínguez