15 noviembre 2008

Intermedio de Luis Cernuda


Luis Cernuda.
Intermedio.
Fragmentos para una poética.
Edición de Gabriel Insausti.
Pre-Textos. Poéticas. Valencia, 2004.


La reflexión crítica y teórica de Luis Cernuda sobre la poesía fue, seguramente, la más profunda y rigurosa del 27. Aunque no escribió nunca una poética canónica, meditó sobre su propia actividad poética en su abundante obra ensayística.

No le movía una voluntad programática ni prescriptiva, sino el propósito de entender la raíz de su propia escritura, muchas veces a través de la lectura de otros poetas. Esa voluntad reflexiva se intensifica en el exilio, a medida que su obra creciente va cambiando de sentido e integrando tradiciones ajenas a la poesía española.

Con el propósito de aclarar y resumir el pensamiento poético de Luis Cernuda, Gabriel Insausti ha reunido en un volumen que publica Pre-Textos una selección significativa de textos y fragmentos en los que Cernuda aborda los distintos aspectos de la creación poética, desde la postura moral del poeta o su función social a una filosofía de la composición que se plantea cuestiones técnicas, como la rima, la imagen o el lenguaje de la poesía.

Organizados en cinco apartados, se suceden cronológicamente las reflexiones del poeta sobre la naturaleza de la poesía, el poema, el poeta como lector o su canon de lecturas, lo que permite hacerse una idea cabal no sólo de las ideas de Cernuda, sino también de cómo se van matizando o evolucionando con el tiempo una poética de la creación y de la recepción, el sentido de la tradición en su formación poética o el papel del poeta en la sociedad.

Y ese es el mérito fundamental de esta recopilación, fruto de un rastreo preciso y de una meticulosa labor de filtro que permite integrar en un pequeño volumen el pensamiento poético de Cernuda. Una poética que Cernuda nunca sistematizó, pero que fue dejando cada vez más perfilada en muchas páginas de ensayos, artículos y conferencias. Esos textos, reunidos orgánicamente, ayudan a comprender la coherencia interna de su teoría poética y permiten una lectura guiada de gran parte de la obra de su autor o de algunas de sus constantes técnicas que gran parte de la crítica sigue pasando por alto. Por ejemplo, la iluminadora distinción entre imagen y metáfora que está en la base de muchos de sus poemas.


Santos Domínguez

14 noviembre 2008

Ensayos literarios de Juan Villoro


Juan Villoro.
De eso se trata. Ensayos literarios.
Anagrama. Barcelona, 2008.


De eso se trata, la nueva recopilación de ensayos y artículos literarios que Juan Villoro publica en Anagrama, toma su título de un hallazgo de Tomás Segovia en su traducción de Hamlet. En vez del clásico Esa es la cuestión, el poeta hispanomejicano encontró en la sencillez de esa frase una nueva propuesta, creíble por su naturalidad, para acercar el monólogo del príncipe danés al lector.

Narración y diarios son los ejes de estos textos. Dos ejes con una estrecha vinculación entre ellos, como recordaba Gide, que hablaba del diario como género narrativo cuando reivindicaba "una suerte de sinceridad inversa en el artista. No debe narrar su vida como la vivió sino vivirla como va a narrarla."

Los ensayos de Villoro se mueven en ese tono intermedio característico de la crítica angloamericana de Auden, Wilson o Connolly y son, más que análisis académicos o interpretaciones eruditas, "cambiantes corazonadas de quien lee por gusto."

El lector encontrará aquí unidos el talento narrativo y la lectura creativa en las propuestas interpretativas de Villoro acerca de muchos de sus referentes: La crónica del camino hacia el Hamlet de Tomás Segovia que pasa por su asistencia a un seminario de Bloom sobre Shakespeare y la originalidad. Bloom estaba ultimando por entonces (enero del 94) su libro Shakespeare, la invención de lo humano, que tradujo también Tomás Segovia.

Una lectura fronteriza, profunda y contemporánea, del Quijote; una semblanza de Casanova, en la que el conquistador comparte espacio con Ovidio y Bruce Springteen; Lichtenberg ante la Cruz del Sur y Goethe en sus afinidades electivas completan las dos primeras secciones del libro, que se centra luego en el equilibrio inestable entre escrituras secretas e identidades públicas.

Esa tercera parte se ocupa del diario como forma narrativa en Josep Pla, Thomas Mann o Kafka; de la imagen de Borges en los diarios de Bioy o de los itinerarios extraterritoriales en busca de la identidad mejicana.

Completan el libro una mirada a la habitación iluminada de Chéjov, el lugar del que salen sus relatos; tres prólogos para la Biblioteca Hemingway que proyectó Constantino Bértolo; el acercamiento a exaltados eminentes del tamaño de Lowry, D.H. Lawrence, Yeats o Klaus Mann.

Cierra el volumen el ensayo La fisonomía del desorden, que Villoro escribió como prólogo al primer tomo de las Obras completas de Onetti en Galaxia Gutenberg.

Como los otros, ese ensayo presupone la compañía, una forma de complicidad a la que se suma el lector de estos textos reunidos.

Porque también de eso se trata.

Santos Domínguez

12 noviembre 2008

El libro de los filósofos muertos


Simon Critchley.
El libro de los filósofos muertos.
Traducción de Alejandro Pradera.
Taurus. Madrid, 2008.


He de admitir que escribir un libro sobre cómo mueren los filósofos –advierte Simon Critchley en los capítulos iniciales de El libro de los filósofos muertos que publica Taurus- es una forma realmente extraña de pasar el tiempo. Puede que leer un libro así lo sea aún más.

Pero el lector no se arrepentirá de entrar en un libro como este, inteligente y –por paradójico que parezca- divertido.

Organizado en capítulos rápidos y precisos, Critchley ha elaborado un recorrido que es el lapidario de 190 filósofos muertos, un cementerio como el de la Antología de Spoon River, pero en esta ocasión llevado a la filosofía con personajes reales.

Aprender a morir ha sido la preocupación esencial de la filosofía de todas las épocas y civilizaciones. De hecho, Cicerón señalaba que “filosofar es aprender a morir.” La filosofía sería, por tanto, una educación para la muerte y ese sería su principal objetivo: preparar al hombre para la muerte.

Unos siglos antes Sócrates, en el Fedón, señalaba que el filósofo debía mostrarse alegre ante la muerte, porque “los verdaderos filósofos hacen del hecho de morir su profesión.”

Y Montaigne señalaba en los Ensayos inaugurales de la mentalida moderna: “Quien ha aprendido a morir ha desaprendido a ser un esclavo.”

Sobre esa misma idea insiste al final de la cadena temporal Simon Critchley, en una de las frases más concluyentes de su libro: “Filosofar es, pues, aprender a tener la muerte en la boca, en lo que uno dice, en lo que come y en la bebida que degusta.”

Pero una cosa es la teoría y otra la práctica, y de lo que trata este libro es de las muertes reales de los filósofos a lo largo de la historia. Y lejos de cualquier propósito lúgubre, su autor indaga en lo que nos puede enseñar la filosofía acerca de cuál sea la actitud idónea ante la muerte.

En ese sentido, es muy esclarecedora la cita inicial del libro, en la que se recurre a Montaigne: “Si yo fuera un hacedor de libros, haría un registro comentado de las distintas muertes; quien enseñara a los hombres a morir les enseñaría a vivir.”

Además de la muerte filosófica que toma su modelo en Sócrates –el primer filósofo que aprendió a morir- y se radicaliza siglos después en Séneca, el lector se encontrará aquí con excentricidades y muertes dolorosas, con suicidios y asesinatos, como el de Pitágoras, que se negó a cruzar un campo de habas; con un Heráclito que se ahogó en excrementos de vaca o un Platón que murió por una infección de piojos; con la sandalia de bronce de Empédocles en el Etna o con aquel Diógenes que murió conteniendo la respiración.

Y con la locura de Lucrecio, que se suicidó tras enloquecer con un filtro de amor; con un Avicena muerto de sobredosis opiácea tras dedicarse compulsivamente a la actividad sexual; con un Tomás de Aquino que falleció por un golpe en la cabeza contra la rama de un árbol; con un Bacon que murió en las calles de Londres por rellenar un pollo con nieve y así comprobar los efectos de la refrigeración; con un Descartes que contrajo una neumonía mortal por dar clases a la reina Cristina de Suecia a primera hora de la mañana, en el crudo invierno de Estocolmo; con un Montesquieu que murió en brazos de su amante y dejó sin terminar un tratado sobre el gusto o un Diderot que se atragantó con un albaricoque.

Hay también un muestrario de últimas palabras: el «Sufficit» (es suficiente) de Kant, la frase de Hegel:«Sólo un hombre me ha comprendido... Y aun él creo que no me comprendió» o la de Wittgenstein, que murió al día siguiente de su cumpleaños: «No habrá más», había predicho.

En el marco de una reflexión optimista sobre el sentido de la felicidad, aprender a morir, pues, debería enseñarnos a vivir. Para eso, siguiendo el consejo de Montaigne, Critchley ha elaborado, no un libro de los muertos, sino una colección de recordatorios, el plano de un cementerio con lápidas organizadas cronológicamente. Como en un cementerio real, el visitante puede ir siguiendo un orden o bien desplazarse al azar, mirando aquí y allá o buscando los nombres que le resulten familiares.

Presocráticos, fisiólogos, sabios y sofistas; platonistas, cirenaicos, aristotélicos y cínicos; escépticos, estoicos y epicúreos; filósofos chinos clásicos; romanos (serios y ridículos) y neoplatonistas; santos cristianos y filósofos medievales: cristianos, musulmanes y judíos; humanistas del Renacimiento; racionalistas (materialistas e inmateriales), empiristas y disidentes religiosos; philosophes, materialistas y sentimentales; alemanes del siglo de las luces; los maestros de la sospecha y algunos estadounidenses no sospechosos...

Y así hasta el largo siglo XX, con la filosofía en tiempo de guerra; analíticos, continentales, algunos moribundos y una experiencia cercana a la muerte, la del propio autor, que escribe en su lápida:

Simon Critchley
1960-¿?
Sale, perguido por un oso.

Santos Domínguez

10 noviembre 2008

Stendhal. Recuerdos de egotismo

Stendhal.
Recuerdos de egotismo.
Traducción, introducción y notas
de Juan Bravo Castillo.
Cabaret Voltaire. Barcelona, 2008.

Los años que pasaron entre 1821 y 1830 -lo recordaba Consuelo Berges en su indispensable Stendhal y su mundo- fueron los más intensos de su biografía y los más densos de su vida de escritor. En esos años que vivió en el París de la Restauración publica seis libros, algunos tan centrales en su obra como Del amor, Paseos por Roma o Rojo y Negro.

A evocar esos años parisinos dedica Stendhal estos Recuerdos de egotismo que acaba de publicar la editorial Cabaret Voltaire con traducción, introducción y notas de Juan Bravo Castillo. Stendhal escribió estos textos en Civitavecchia de forma compulsiva, entre el 20 de junio y el 4 de julio de 1832. Combatía así el hastío de una ciudad aburrida y sin tono social. Y como la Vida de Henry Brulard, otra obra autobiográfica que comenzaría poco después, no llegó a terminarla.

Stendhal tenía entonces 49 años y estaba aburrido, cansado y confuso, lleno de dudas y de interrogaciones:

¿He extraído todo el partido posible para mi felicidad de las situaciones que el azar me ha puesto durante los nueve años que acabo de pasar en París? ¿Soy un tipo sensato? ¿Poseo un auténtico sentido común?
¿Tengo una inteligencia notable? La verdad es que no lo sé. (...)
No me conozco a mí mismo, y esto, cuando algunas noches pienso en ello, me deja desolado. ¿Soy bueno, malo, inteligente, tonto?

El 13 de junio de 1821 Stendhal emprendía el viaje desde Milán a París. Eran tiempos apasionados de intensa vida social con amigos y amantes, con desengaños propios del mal du siècle romántico:

En 1821 me costaba mucho resistir a la tentación de pegarme un tiro. (...) Creo que fue la curiosidad política lo que me impidió poner fin a mis días de una vez; puede que acaso, sin darme cuenta, fuera también el miedo de hacerme daño.

El proyecto literario que arrancaba ese día de junio debía llegar hasta el día de noviembre de 1830 en que Stendhal abandonó París camino de Trieste, pero se interrumpe en el capítulo XII, cuando el recuerdo está en 1822, en los salones aristocráticos poblados por hombres y mujeres refinados, bondadosos o depravados.

Sin embargo, a esas alturas del relato inconcluso, cuenta mucho menos el tiempo que el espacio, que se ha convertido ya en el eje de la obra, y la escritura ha terminado por imponerse a los impulsos suicidas del personaje.

Como la Vida de Henry Brulard, los Recuerdos de egotismo están escritos no para exhibirse, sino para comprenderse a sí mismo en una indagación psicológica retrospectiva. De ahí su intensidad emocional y su fuerza literaria, que hacen de este libro inconcluso una referencia inevitable en la que está el mejor Stendhal y su mundo inconfundible.

Sobre su importancia escribe Juan Bravo Castillo al final de su introducción:

Los Recuerdos de egotismo constituyen, dentro de la obra de Stendhal, una pieza básica que nos da la clave del paso de la vida a la consagración del arte; una vida que proseguirá con altibajos y en la que aún continuará desempeñando, desde luego, su papel fundamental el amor, por más que, perdidas ya parte de sus ilusiones relativas a la esperanza de cimentar cierto grado de felicidad en la tierra, el grenoblés tienda a refugiarse definitivamente en una escritura que poco a poco ira trenzando su hilo de Ariadna en torno a una serie de personajes alimentados con la vasta gama de posibilidades vividas o soñadas. Se trataba, en resumen, de recluirse en la ficción liberadora; hacer de la escritura catarsis –como su héroe por antonomasia, Fabrizio del Dongo– en cualquier cartuja lejana, rememorando las horas de amor recreadas por el ensueño.

Santos Domínguez

09 noviembre 2008

Empédocles y la tradición pitagórica


Peter Kingsley.
Filosofía antigua, misterios y magia.
Empédocles y la tradición pitagórica.
Traducción de Alejandro Coroleu.
Atalanta. Gerona, 2008.


Peter Kingsley, doctor en Filosofía, ha centrado su labor investigadora en estudios clásicos, antropología, filosofía y antiguas civilizaciones. Una de sus obras, En los oscuros lugares del saber, la dio a conocer en español Atalanta en 2006.

Empédocles y su relación con el pitagorismo es el objeto de este nuevo libro de Kingsley que acaba de incorporar Atalanta a su catálogo con traducción de Alejandro Coroleu. Un libro que apareció originalmente en 1995 y que su autor organiza en tres partes, Filosofía, Misterios y Magia.

En la introducción Kingsley fija el punto de partida de su interés por la figura de Empédocles, el filósofo griego errante que nació en Sicilia en el siglo V a.C., uno de los pensadores más influyentes en la génesis de la cultura occidental:

Aunque abarque un ámbito espacial y temporal muy amplio, este libro toma como punto de partida a un hombre que vivió hace más de dos mil años. Un hombre llamado Empédocles.

Empédocles nació probablemente a principios del siglo V antes de Cristo. Aunque procedía de la colonia griega de Acragante -la moderna Agrigento-, en la costa sudoccidental de Sicilia, buena parte de su vida parece haber transcurrido de modo errante, tal como correspondía en el mundo del Mediterráneo y del Próximo Oriente antiguos a «videntes» como él. La fecha, el lugar y las circunstancias de la muerte de Empédocles nos son, en cambio, desconocidas. Pese a ello, ese mismo hombre, cuya vida constituye todavía un misterio para nosotros, estaba destinado a desempeñar un papel sin par a la hora de sembrar la semilla de la evolución posterior de la cultura occidental. Formulada de acuerdo con patrones intelectuales posteriores dados a definir y clasificar diferentes campos de interés y ramas de conocimiento, la influencia de Empédocles se dejó sentir en la filosofía, la retórica, la medicina, la química, la biología, la astronomía, la cosmología, la psicología, el misticismo y la religión. La teoría de los cuatro elementos, enormemente influyente y que Empédocles fue el primero en exponer en la literatura occidental, no es sino un ejemplo muy claro de dicha impronta.

Tomando como punto de partida los cuatro elementos raíces que aparecen en los textos de Empédocles y la sorprendente identificación de Hades con el fuego, Kingsley aborda la relación del filósofo presocrático con el pitagorismo y su influencia en los mitos platónicos. Es la primera parte (Filosofía) de un estudio que intenta superar los malentendidos e interpreta los fragmentos empedocleos a la luz de la filosofía de su época:

El libro que el lector tiene en sus manos quiere demostrar cómo el mayor obstáculo para una correcta comprensión de Empédocles no ha sido (como frecuentementese afirma) el carácter fragmentario de sus escritos, sino un acercamiento erróneo a dicho corpus textual.

El de Empédocles es un pensamiento que tiene poco que ver con la tradición canónica de la filosofía griega. Su mundo es el de la poesía, la leyenda y el esoterismo. Por eso, la triple relación filosofía-mito-magia es la clave desde la que Kingsley propone una reinterpretación de Empédocles, cuya obra ha sido tergiversada por el pensamiento racionalista aristotélico:

Aristóteles y la escuela aristotélica no sólo incurrieron en la malinterpretación de los postulados básicos del pensamiento presocrático, sino que también abusaron, de manera sistemática, del malentendido y la tergiversación para silenciar así las aportaciones de sus predecesores. En otras palabras, Aristóteles y Teofrasto no resultan ser en absoluto guías infalibles para nuestra interpretación de los presocráticos. De hecho, cuanto más nos remontamos a las corrientes de la «tradición antigua», con mayor nitidez advertimos su parcialidad, prejuicios y su más absoluta mala voluntad.

La segunda parte del libro, Misterios, que arranca de una introducción a Sicilia, tierra de volcanes, analiza la geografía, fuentes y estructura del Fedón platónico, la topografía de los infiernos y su relación con lo órfico, destaca que Empédocles y los pitagóricos hablaron del fuego en el centro de la tierra mucho antes que Aristóteles.

Magias, la tercera sección, aborda las relaciones entre magia, ciencia y religión en la antigüedad y fija la línea de pensamiento que arranca de Empédocles y la tradición pitagórica para llegar hasta el sur de Egipto y el Islam y rastrea la continuidad de la filosofía griega, las teorías alquímicas, el sufismo y la mística medieval.

Kingsley realiza en esta parte una espléndida aproximación a las tradiciones que hablan de Empédocles como un mago con poderes sobre el viento y la lluvia, de su capacidad nigromántica para conseguir que alguien regrese del mundo de los muertos en el ámbito de los cultos mistéricos y los rituales órficos.

Quizá las mejores páginas del libro sean las de esta tercera parte, en la que se hace un análisis de las tradiciones y leyendas sobre la muerte de Empédocles y su salto al fondo del Etna. La simbología mágica y ocultista de la sandalia de bronce - el metal de los muertos y los infiernos- vincula entre otros datos el episodio de la muerte de Empédocles con las tradiciones esotéricas de la Italia meridional y particularmente de Sicilia.

No es la única aportación de este documentado ensayo, que plantea la necesidad de revisar las interpretaciones del pensamiento de Empédocles, de hacer una relectura de los fragmentos a la luz de su contexto histórico, lo que permitiría una nueva interpretación de los presocráticos que a su vez servirá para mostrarnos cuánto podemos todavía aprender acerca no sólo de Empédocles, sino también de la tradición pitagórica y el trasfondo de los mitos platónicos.

Luis E. Aldave

08 noviembre 2008

Obra Completa en verso de Muñoz Rojas



José Antonio Muñoz Rojas
La alacena olvidada.
Obra Completa en verso.
Estudio y edición de Clara Martínez Mesa

Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales.
Pre-Textos. Valencia, 2008.



Como un puente tendido sobre el abismo definió Luis Rosales la poesía de José Antonio Muñoz Rojas (Antequera, 1909).

Para celebrar los 99 años de este magnífico poeta, un clásico contemporáneo y discreto, Pre-Textos y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales publican La alacena olvidada, un volumen que reúne su Obra Completa en verso, autorizada y revisada minuciosamente por el autor.

La edición y el estudio inicial son de Clara Martínez Mesa, que se ha ocupado por extenso de la organización y el estudio de la poesía de Muñoz Rojas en su reciente tesis doctoral, leída en la Universidad de Granada.

Como resultado de años de trabajo y revisión de los archivos de Muñoz Rojas, además de sus libros de poesía, entre Versos de retorno (1929) y La voz que me llama (2005), se incorporan en esta edición varios textos inéditos y otros poemas sueltos, aislados y olvidados que aparecieron en revistas o en publicaciones de difícil acceso.

A lo largo de ochenta años de actividad literaria, Muñoz Rojas ha ido construyendo una obra caracterizada por la variedad de temas y de registros estilísticos: la poesía religiosa, los sonetos de amor, la melancolía y la contemplación de la naturaleza, la reflexión metafísica y metapoética en una constante interrelación de vida y escritura, lo que le da a su obra un característico tono confesional.

Como Miguel Hernández, y más claramente que otros miembros del grupo del 36, Muñoz Rojas ocupa un lugar de transición entre el 27 y la poesía arraigada de la posguerra. Hay en sus primeros libros algo de epigonal: en el toque lorquiano de los Versos de retorno, en el juego de neopopularismo y ultraísmo de Ardiente jinete y Canciones, en la influencia de Aleixandre y Góngora.

Ya en la posguerra vino la colaboración con la revista Escorial, la poesía arraigada de Al dulce son de Dios y la sonetería inevitable y apócrifa de los Sonetos de amor por un autor indiferente.

A partir de Abril del alma y de Consolaciones, Muñoz Rojas, traductor -es decir, lector privilegiado- de los metafísicos ingleses, de Wordsworth, Eliot o Dylan Thomas, empieza a levantar una obra de voz personal, en la que se funden lo coloquial con lo metafísico, el lirismo y la meditación, lo tradicional y lo moderno, lo humorístico con lo religioso para expresarse desde una palabra sobria en su levedad estilística, en su aparente naturalidad.

El campo, el mes de abril, Rosa, la Alhajuela son algunos de los cimientos de su mundo poético y el objeto de una contemplación de la realidad exterior y del complejo mundo interior de los sentimientos o los recuerdos.

Con los Cantos a Rosa, una de sus obras más conocidas, culmina lo que Muñoz Rojas ha denominado su etapa optimista, que quizá tenga una continuidad en el excelente Lugares del corazón.

Luego, la perplejidad, el desengaño de Oscuridad adentro, Objetos perdidos o La voz que me llama, en los que el mundo es misterio y fascinación, una mezcla de luz y sombra y la poesía es salvación del presente que cristaliza en la revelación de la belleza, en unos textos que tras su aparente sencillez admiten varios niveles de lectura, en la búsqueda de la palabra verdadera y de la autenticidad poética:

Jugando con palabras siempre estoy
sin saber dónde terminan por llevarme,
sabiendo que son nada y en nada quedan
salvo que la verdad, que es suya, las pronuncie.

Como si Soto de Rojas hubiera leído a Keats, hay en Muñoz Rojas un sentimiento del paisaje que enlaza con la poesía barroca granadina y antequerana, como en esta Elegía de La Alhajuela, de La voz que me llama:

y el ruiseñor en la breña, y el culantro
que huele todavía en el agua corriendo.


Con la poesía de Muñoz Rojas se inició la espléndida colección de poesía Ciudad del Paraíso, que publica el Ayuntamiento de Málaga. Era la primera recopilación seria, editada y prologada por Cristóbal Cuevas, de la obra de un clásico contemporáneo entre 1929 y 1980, es decir, hasta Oscuridad adentro. Con ese libro empezó a rescatarse su obra, a sacar del olvido el abundante material inédito que Muñoz Rojas no había publicado.

Y ahora, con La alacena olvidada, el primer volumen de la nueva colección Clásicos contemporáneos, culmina el proceso de edición y recuperación de la obra de Muñoz Rojas por parte de Pre-Textos de la mano de Manuel Borrás y Manuel Ramírez. Es la primera parte de la edición de su obra completa, a la que seguirá un segundo tomo con libros de prosa tan destilada como la de Las cosas del campo, Las musarañas o Las sombras.

Santos Domínguez


07 noviembre 2008

Abadía Pesadilla


Thomas Love Peacock.
Abadía Pesadilla.
Prólogo de Carlos Pardo.
Traducción de María Cuenca Ramón.
El olivo azul. Córdoba, 2008.


Una noche en la sátira titula Carlos Pardo el prólogo que ha escrito para Abadía Pesadilla, el antimanual satírico del Romanticismo que publica El olivo azul con traducción de María Cuenca.

Abadía Pesadilla es una parodia en clave de los temas y los autores de aquel movimiento que inauguró la sensibilidad contemporánea. Se pasean por su páginas, no siempre bien tratados, Percy y Mary Shelley, Byron y Coleridge, Wordsworth y el mismo Peacock, apenas encubiertos bajo nombres grotescos, como Lugubrino o Ceñudo, Marionetta Languídez, Hilarántez o Terríblez.

Se reúnen en una mansión en ruinas para recitarse poemas, para practicar ensoñaciones evasivas y viajes imaginarios a Grecia, para protagonizar un enredo amoroso en torno a las jóvenes Celinda y Marionetta.

Lo pintoresco, las ruinas, las desgracias amorosas y la desilusión sentimental, el culto a los muertos, las abadías medievales, los fantasmas y las calaveras, los pájaros nocturnos, la exaltación libertaria, la nostalgia de los oscuros tiempos feudales idealizados, lo exótico y los impulsos suicidas que constituyeron el universo temático del imaginario romántico son el objeto de la ironía de Peacock, uno de esos raros escritores capaces de reírse de sí mismos.

Con la literatura epistolar y Las penas del joven Werther al fondo, entre la mística y la nigromancia, con citas integradas en el texto y diálogos teatrales de tono exaltado y retórica hueca, Abadía Pesadilla es una autocrítica ingeniosa, una incursión en el tópico y una ridiculización del exceso gesticulador, la fantasmagoría y las grandes palabras en las que acabó embarrándose aquel movimiento radical y renovador:

- ¿Qué son los pantanos comparados con el amor?, ¿qué son los diques y los molinos comparados con Marionetta?, dice Lugubrino/Shelley.
- ¿Y qué es el amor, hijo, comparado con un molino?, le contesta su padre, Don Cristóbal Ceñudo.

Santos Domínguez