09 febrero 2007

Obras completas de Nabokov




Vladimir Nabokov.
Obras completas, III.
Novelas (1941-1957 ).
Edición al cuidado de Antoni Munné.
Notas de Brian Boyd.
Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores. Barcelona, 2006

Llevaba ya unos años incubándose y por fin empieza a hacerse realidad un ambicioso proyecto de Galaxia Gutenberg que pretende ofrecer la totalidad de la obra de Nabokov. Serán nueve tomos, cuatro de novelas, otro de memorias y cartas, uno más de cuentos, otro de ensayos y cursos, otro con la poesía, el teatro y sus problemas de ajedrez y un último tomo que recogerá entrevistas y una miscelánea.

La primera entrega es el tercer volumen, que incluye las novelas escritas en Estados Unidos -La verdadera vida de Sebastian Knight, Barra siniestra, Lolita y Pnin- entre 1941 y 1957. Dos fechas cruciales que marcan la etapa de los años americanos de los que hablaba Brian Boyd en la segunda parte de la biografía que acaba de publicar Anagrama casi a la vez que este tomo monumental de novelas memorables que contienen muchos mundos, muchas técnicas narrativas, trucos de ilusionista y celadas y trampas de jugador de ajedrez, de cazador paciente de mariposas, de estrategias novelísticas y sorpresas continuas

La verdadera vida de Sebastian Knigth, la primera novela que Nabokov escribió en inglés, es la biografía de un escritor reconstruida por su hermanastro, una caja de sorpresas, prestidigitaciones y espejos engañosos.

Barra siniestra es quizá la menos satisfactoria de sus novelas, anegada por un exceso de retórica que mata su nervio narrativo y por lo ambicioso de un proyecto sobre la conciencia del hombre moderno.

Aunque se le haya confundido alguna vez con Humbert Humbert, Nabokov no es ese hombre vanidoso y cruel que elige como narrador, víctima y criminal a la vez, de Lolita, su obra más conocida y peor entendida. No es Nabokov, pero sí algunas de sus fantasías. Y desde luego es el triunfo de la imaginación sobre el amor perdido y el deseo imposible. Una novela de la imaginación perversa, con la que la mirada de Humbert transforma a Lolita en una criatura mágica, en una nínfula.

En el excelente prólogo que ha escrito para este volumen, Juan Bonilla señala con agudeza que esta es un novela que Nabokov escribió con los ojos cerrados de la evocación, con los que se mira al pasado con un lirismo que es más una virtud de la mirada que un género literario.

Era, lo sabía Nabokov mejor que nadie, que por algo la había fabricado, una bomba de relojería que no tardó en estallar, en primer lugar contra la censura y luego como un éxito editorial que le permitió abandonar sus compromisos docentes y trasladarse a Suiza. El volumen incluye en apéndice y el guión de Lolita que preparó por encargo de Kubrick, que lo elogió en público y lo despreció en definitiva.

Pnin, un profesor ruso en América con serios problemas para el inglés y para la integración social, es el protagonista grotesco y admirable que da título a la novela más sencilla y divertida de Nabokov. Probablemente sea también la más cruel en su planteamiento y luego la más comprensiva hacia un personaje que va creciendo en altura y en hondura a medida que avanza la novela. Otra vez lo resume con precisión Juan Bonilla, que dice del protagonista: “Todos nos hemos reído mucho, sin duda, para terminar descubriendo cuán superior a nosotros era.”

Esta es la más cervantina de las novelas de Nabokov, y no sólo por la figura del protagonista, sino porque es la más abierta, la más ambigua en la presentación de una realidad polisémica.

La edición, coordinada por Antoni Munné, incorpora las traducciones de Enrique Pezzoni, Vicente Campos, Francesc Roca y Enrique Murillo y las notas reproducen las que Brian Boyd escribió para su edición de los tres tomos de novelas de Nabokov en la Library of America.

A esas notas se suman a veces las añadidas por los traductores de cada una de esas novelas llenas de fuerza imaginativa, de matices y de una profundidad de la mirada y del estilo en la que seguramente resida uno de sus secretos, uno de sus peculiaridades menos imitables.

Santos Domínguez


07 febrero 2007

Mi testamento


María Antonieta.
Mi testamento.
Traducción del francés y edición de Juan Max Lacruz.
Funambulista. Madrid, 2007.



Extraño.

Esa es la última palabra que escribió en su vida María Antonieta de Austria, reina de Francia, y esposa de Luis XVI, guillotinada durante el Terror posterior a la Revolución Francesa.

El 16 de octubre de 1793, a las cuatro y media de una madrugada verosímilmente destemplada y agria, empezaba a escribir una carta a su cuñada, Elisabeth Capeto, hermana del rey. Sólo media hora antes había salido del la sala del tribunal revolucionario que la acababa de condenar a muerte. Aquella carta, que era una forma de desahogo, una manera de tranquilizarse y un mensaje que no llegaría a su destinataria, forma parte de la colección de textos que publica Funambulista en Mi testamento, un libro que explora los últimos días de quien aquella misma mañana del 16 de octubre sería guillotinada.

Con traducción, comentarios introductorios y notas de Juan Max Lacruz, se recogen tres textos, algunos inéditos hasta ahora en español, de desigual valor literario y humano. O para decirlo con más claridad: de valor literario inversamente proporcional a su calidad humana.

El primero de esos textos, la requisitoria del acusador público Fouquier, que se leyó el primer día de la vista oral y fue la base de la acusación, es una descalificación de la conducta pública y privada de María Antonieta, que aparece en ese texto demagógico como un ser intrigante y libidinoso, como una madre incestuosa y una conspiradora libercitida.

El documento de más altura literaria es, curiosamente, el más despreciable desde el punto de vista de la inteligencia y la humanidad: es un supuesto testamento-confesión de la Reina, redactado horas antes de ser guillotinada y recogido por un sans-culotte. Se trata de una falsificación tosca, de un apócrifo autoinculpatorio e inverosímil que no tiene más objeto que justificar la condena de la reina. Quien lo escribió no carecía de habilidad literaria, pero desconocía o despreciaba las limitaciones que la verosimilitud impone al buen falsificador. Esa parte central del volumen preparado por el editor tiene tres textos: una ridícula epístola de Mª Antonieta al diablo, su padrino, para pedirle en la otra vida empleo de cuarta Furia del infierno. Con incoherencias increíbles incluso en un condenado a muerte, no es la menor de ellas la calidad del texto y las rebuscadas alusiones mitológicas. Se trata, evidentemente, de un documento fabricado, como sus disparatadas y también falsas Disposiciones últimas, de las que prefiero no dar detalles. Esa parte central apócrifa se cierra con la transcripción de otra supuesta confesión sacramental de la reina ante un eclesiástico que ignoraba el secreto de confesión.

El auténtico testamento de María Antonieta no es un testamento más que en la tercera acepción que le otorga a esa palabra el Diccionario de la Academia. No es un documento legal, sino la carta que le escribió a su cuñada Elisabeth. Aquella carta, lo decíamos arriba, nunca llegó a su destino. Es más, la hermana del rey se enteró de la muerte de Mª Antonieta cuando la indiscreción de una aristócrata le comunicó lo que hasta entonces le habían ocultado piadosamente.

Fue unos meses después y ella subía también en ese momento las escaleras del cadalso en aquellos días del Terror y las venganzas.

Santos Domínguez

06 febrero 2007

Elogio de la mentira


Ignacio Mendiola.
Elogio de la mentira.
En torno a una sociología de la mendacidad.
Lengua de Trapo. Madrid, 2006.

En su colección Desórdenes, Lengua de Trapo publica Elogio de la mentira. En torno a una sociología de la mendacidad, de Ignacio Mendiola.

En el prólogo Gonzalo Abril ya anuncia que este ensayo es un recorrido por una "rica galería de saberes sociológicos, de lecturas literarias y fílmicas, de experiencias intelectuales de todas clases." El motivo de ese viaje es la necesidad de replantearse el sentido de la mentira en nuestra sociedad y una reivindicación tan brillante como discutible de nuestro derecho a la mentira.

El recorrido por la literatura, el ensayo y el cine suministra ejemplos constantes y contundentes de mentiras, simulaciones y medias verdades propias de un mundo ambivalente y poliédrico que es el que explora este ensayo.

Un ensayo que empieza cuando su autor sale sonriendo, como Gulliver, del insoportable país de los houyhnhnms, en el que aquellos équidos que tenían la facultad de pensar y de hablar desconocían la incertidumbre, la duda o la mentira.

Este Elogio de la mentira, un ensayo muy bien escrito y con una excelente base documental, encuentra apoyo en Yago y su declarada seña de identidad “yo no soy el que soy”, en el mentiroso que fue Ulises o en El traje nuevo del emperador.

Wilde escribió un primer elogio, cínico e ingenioso, de la mentira en La decadencia de la mentira. Y Kafka en El proceso le hacía decir a K: “La mentira se eleva a fundamento del orden mundial.”

Fuera de la literatura también abundan los ejemplos: en la definición de Eco de la semiótica como teoría de la mentira o en las mentiras de la ciencia, en sus métodos, sus causas y sus objetivos.

Un procedimiento indispensable, este de la mentira, para Monmonier, el cartógrafo que escribe un libro titulado Cómo mentir con mapas, en el que afirma que el mapa es un dispositivo que para ser útil precisa de la mentira.

El libro encuentra un importante material de apoyo en el cine: en la importancia de la simulación futurista e inteligente de Matrix, o en ejemplos más triviales como los de El show de Truman o Zelig.

Y un antecedente analítico en el ensayo de Simmel, el primero que proponía, en El secreto y la sociedad secreta, un acercamiento sociológico a la mentira.

Lo que era un vicio deplorable para Montaigne es para Ignacio Mendiola una necesidad de la convivencia, un requisito de la vida social, en la que el hombre, el animal social de Aristóteles, es el animal que miente. Y la mentira, una actividad creadora, como señalaba Steiner en la cita que abre este libro, o un juego de lenguaje como quería Wittgenstein.

El mentir, mucho más que el reír, es lo propio del hombre, escribía Koyré, en sus Reflexiones sobre la mentira. Desde luego, era lo propio del protagonista de El mentiroso de Henry James, un mendaz platónico, compulsivo y fútil.

Luis E. Aldave

05 febrero 2007

Estado y cultura



Jordi Gracia
Estado y cultura.
El despertar de una conciencia crítica bajo el franquismo.

Anagrama. Barcelona, 2006.


El despertar de una conciencia crítica bajo el franquismo entre 1940 y 1962 es el esclarecedor subtítulo de Estado y cultura, la segunda edición revisada de un libro que tiene como punto de partida la tesis doctoral de Jordi Gracia que editó la Universidad de Toulouse en 1996.

Fruto de una revisión actualizada con las nuevas aportaciones bibliográficas y de nuevas lecturas de su autor, Estado y cultura es un estudio complementario de su premiado La resistencia silenciosa, un reciente ensayo que se ocupaba de la actividad cultural en la España de los años 30 y 40.

Lo publica, como el anterior, Anagrama, y es un recorrido por la cultura española del medio siglo y por los nombres jóvenes con los que empezó a entreverse la posibilidad de un cambio político y cultural.

"Las raíces del presente" titulaba Javier Cercas el artículo que reseñaba la primera edición de este libro. Y eso es exactamente lo que se defiende en este ensayo: el origen de la España actual y la ascendencia cultural que sobre ella ejercen un grupo de escritores, intelectuales y artistas que habían nacido en torno a 1925 y vieron la guerra con ojos infantiles.

Novelistas, poetas, ensayistas, pintores o músicos que se expresaron en sus creaciones individuales, pero también de forma colectiva en una serie de revistas como Laye, Índice, Primer Acto, Ínsula, Papeles de Son Armadans o la Revista Española, que fueron la vía de expresión de un espectro ideológico amplio entre la Falange radical y el PCE, con posiciones intermedias, reformistas y moderadas, de monárquicos y democristianos.

Hacia 1950, cuando eran evidentes los signos de agotamiento político de la autarquía, desde el interior del régimen se diseña una nueva política cultural. La evolución intelectual del falangismo hacia posiciones católicas, como en el caso de Ruiz Giménez o hacia el radicalismo que desemboca en el teatro social eran las respuestas al agotamiento político y la rentabilidad cultural que se obtenía de la crisis de un modelo de Estado y de un sistema cultural.

Serían esos los años cruciales en los que se desarrolló la literatura social y el neorrealismo cinematográfico. Años de directrices oficiales y de direcciones culturales que van de la política a la literatura, la arquitectura y la música, la filosofía y la pintura, la vida universitaria y la escultura o el teatro y el cine y que facilitaron la coexistencia de dos grupos generacionales, los vencedores del grupo del 36 y los jóvenes rebeldes del medio siglo, los hijos de los vencedores.

No sólo se trataba de una reacción en el interior, sino de una reacción desde el interior orgánico del régimen. Desde dentro, a través de revistas más o menos oficiales, pero desde luego no sólo permitidas sino sostenidas por las instituciones de aquel momento. La crítica que se hace desde esas publicaciones es la de la cultura dominante en un modelo de Estado que entraba en crisis con la derrota del Eje.

A partir de ahora será difícil referirse a la cultura de posguerra y los años del desarrollismo sin tener presentes estos dos ensayos de Jordi Gracia, que realiza un minucioso análisis de materiales para completar un conjunto panorámico en el que la descripción del dato se integra en una propuesta de interpretación de la actividad cultural, artística y periodística de aquellas décadas ominosas.


Santos Domínguez

04 febrero 2007

Catulo, un contemporáneo


Catulo.
Poesías.
Edición bilingüe de José Carlos Fernández Corte.
Traducción de Juan Antonio González Iglesias.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2006.


Cuando se asume el reto de traducir a un poeta como Catulo (84-54 a.C), que vivió hace 2.100 años, se corre un doble riesgo: o mantener los textos en la sagrada frialdad filológica de los sarcófagos y los columbarios o excederse en la actualización y hacer de un clásico un transeúnte de expresión trivial y pasajera.

Uno de los méritos, no el único, de la traducción que Juan Antonio González Iglesias, filólogo y poeta, ha hecho de la poesía de Catulo para Cátedra Letras Universales es precisamente ese: el de acercarnos al poeta y mostrarlo, sin exceso ni mojigatería, como lo que fue, como un joven escritor, como un renovador de la poesía que murió con treinta años y escribía con el descaro propio de la edad.

Como todos los clásicos, Catulo está por encima de los estragos con que el tiempo pasa factura incluso a los poetas vivos. Su poesía ha burlado también los repetidos intentos de censura o de oscurecimiento de la persecución religiosa o la razón moral.

El segundo mérito de esta edición es presentar, no un Catulo, sino la diversidad de voces poéticas que convivieron en su obra, variada en temas, en tonos y en registros estilísticos como corresponde a quien gustó de la variedad en sus tendencias sexuales y alimentó su poesía del rumor de la calle y la materia agridulce de la vida.

La poesía amorosa de Catulo, dedicada a mujeres como Lesbia o a muchachos como Juvencio, es una poesía de la experiencia que va de la calma a la exaltación, del placer a la separación, de la bronca a la reconciliación. Con ella se inaugura una línea fructífera en la poesía occidental: la de los amores extramatrimoniales en los que habrían de incurrir Tibulo y Ovidio y mucho después los poetas provenzales, algún poeta cortesano como Macías en la Castilla del XV, Garcilaso o el Salinas de La voz a ti debida.

Pero Catulo no es sólo un poeta del amor carnal o sentimental, homoerótico o heterosexual. Es también el poeta que llora el recuerdo de su hermano muerto, enterrado en Asia Menor, el que critica con agresividad a los malos poetas en las Saturnales...

Un poeta desgarrado entre la seriedad y la burla, entre la ternura y la obscenidad, un radical irreductible, un francotirador. Un poeta poliédrico, epigramático, lírico o épico, que tiene que ajustar su tono y su lenguaje a los diversos temas que abarca su poesía. Hay un Catulo refinado y un Catulo grosero, un hombre a veces cáustico y a veces reflexivo ante el paisaje, un poeta vitalista y un poeta que está al borde del desengaño, como en el dolorido texto que comienza Si encuentra el ser humano algún placer, que para muchos críticos es el mejor poema de la literatura latina.

Y es también el amante despechado que dice de su antigua novia:

Mi Lesbia, Celio, aquella Lesbia mía,
aquella Lesbia a la que amó Catulo
(únicamente a ella)
más que a sí mismo y que a los suyos todos,
ahora por las esquinas y callejas
se la pela a los nietos del gran Remo.

Leer a Catulo es visitar a los personajes del Satiricón en la versión de Fellini o la simpática desvergüenza de algunos rostros del Decamerón según Pasolini.

El equilibrio necesario entre la aconsejable modernización lingüística de quien fue un moderno en temas y actitudes y la indispensable fidelidad al original se han resuelto en esta magnífica edición bilingüe que lleva una extensa introducción de José Carlos Fernández Corte, uno de los más acreditados especialistas en Catulo.

Pensada para un uso académico, pero también para el lector de poesía, el sentido común ha dejado para el final las notas que comentan cada poema. Se propone así una lectura exenta del texto, sin la enfadosa perturbación de las llamadas a pie de página.

El trabajo del traductor, que habrá sido arduo y a ratos divertido también, se ve compensado en un resultado que reescribe en español esos registros y halla sus equivalencias en la lengua actual para proponernos una poesía viva y aún joven y la imagen cercana y fiel de un Catulo que seguramente es el más contemporáneo de los poetas antiguos. Quizá no el mejor, pero desde luego el que menos, casi nada, ha envejecido.

Me cruzo a veces por la calle a algunos mucho más viejos que Catulo.

Santos Domínguez

03 febrero 2007

Los campos Elíseos


Pablo García Baena.
Los campos Elíseos.
Pre-Textos. Valencia, 2006.

Seis años después de que agrupara su poesía en el espléndido Recogimiento, editado en la bellísima colección malagueña Ciudad del paraíso, Pablo García Baena publicaba en Pre-Textos, hace ahora un año justo, un libro asombroso, Los campos Elíseos.

Doblemente asombroso: por la vitalidad del poeta en la gloria de sus 83 años y por la poderosa creatividad que reflejaba.

El título es, como el conjunto del libro, un homenaje a Bernabé Fernández Canivell, el editor de la revista Caracola, el amigo de Pablo García Baena que vivía en una calle de Málaga, Los campos Elíseos, que lleva ese nombre de resonancias mitológicas y parisinas.

La amistad es una constante poética y vital de Pablo García Baena, uno de los temas que recorren su obra. Sus mejores amigos, los poetas de Cántico, Ricardo Molina, Julio Aumente, Juan Bernier, Mario López, han ido desapareciendo, pero siguen estando presentes, vivos en el recuerdo de un libro como este, el menos elegíaco, el más celebrativo de los suyos.

La amistad o el amor pasado, que no se lamenta, que sigue estando presente en la vida y en la poesía de Pablo García Baena, en esta celebración del recuerdo que se revitaliza en la palabra, en la memoria y en una evocación que evita la melancolía.

Aunque posiblemente sea este el más depurado de sus libros, el de dicción más comedida y menos barroca, hay en él una evidente unidad con el resto de su obra.

Unidad no sólo temática, sino de método poético: la conjunción de palabra, mirada y música sobre la que se levanta el conjunto de su obra. Pablo García Baena es, también en este libro, un poeta de la mirada a la manera en que lo era Cernuda. Lo es a lo largo de todo el libro, pero particularmente en una sección del libro que se titula Cuadros de una exposición, dedicada a la pintura.

Pero el lector avisado, el que gusta de una poesía como la de García Baena, sabe que en ese título hay también una referencia explícita a una suite de Mussorgsky. Y esa es la clave constructiva del libro. Los campos Elíseos, que se iba a titular como el poema que lo abre, El concierto, es un libro de estructura deliberadamente musical: Obertura, Cuadros de una exposición, Impromptu hispalense, Contrapunto y Oratorio son sus cinco movimientos.

En Oratorio, la última parte, aparece otro de los rasgos más característicos de su poesía: la religiosidad recogida, ensimismada y barroca, discreta y tan de primavera andaluza. Cuerpo y espíritu, ascetismo y sensualidad, paganismo y religiosidad se funden con naturalidad, como en el resto de su obra, a lo largo de las páginas de este libro que contiene poemas memorables, como, Edad, Retrato y patria o El concierto, el texto inicial que termina en una estrofa en la que se dan cita todas las claves del libro y seguramente de toda la poesía de Pablo García Baena:

El joven violinista del cabello revuelto,
la mano del arco en el regazo amado

dice: tal vez sea la música,
igual a esa palabra almenada,
sólo misterio y precisión.



Santos Domínguez

02 febrero 2007

El libro de mi padre



Urs Widmer.
El libro de mi padre.
Traducción de María José Díez y Diego Friera.
Salamandra. Barcelona, 2006


Porque hay una edad para matar al padre (freudianamente, claro) y otra para resucitarlo, existen novelas como El libro de mi padre, que publica Salamandra.

La ha escrito Urs Widmer (Basilea, 1938), uno de los autores suizos más destacados, del que Siruela publicó en 2001 El amante de mi madre, que tuvo una notable aceptación.

El tratamiento en la literatura de la figura del padre podría dar lugar a un voluminoso ensayo. Ese estudio revelaría que el enfoque de la imagen paterna suele ser negativo y está más cerca del ajuste de cuentas de la Carta al padre de Kafka que del afecto que se desprende de un libro como este.

El libro de mi padre es una evocación de la figura del padre con inusual afecto. Imperfecto y limitado, cercano y lleno de virtudes y de defectos, Karl, el padre del narrador, rompe todos los arquetipos y todas las barreras que marcan las distancias en las relaciones con el hijo. Hay en su ingenuidad y en su actitud ante la vida algo de perpetuo adolescente. Profesor de Francés en un Instituto, fumador compulsivo de cuatro cajetillas de Gitanes azules, vive entre libros y discos, traduce al alemán a Gide y a Stendhal y el Lazarillo de Tormes, "un clásico olvidado [sic] del siglo XVI."

Con una técnica narrativa que mezcla autobiografía y fabulación, con una soltura que se apoya en un tono directo y afectuoso, Widmer escribe una novela que es más que un homenaje al padre: la evocación de la Europa de entreguerras y de sus desengaños.

El libro al que alude el título forma parte de un rito iniciático: el día que cumple los doce años, Karl tiene que ir solo a su pueblo y participar en una ceremonia en la que se le adjudica un féretro y se le entrega un voluminoso libro blanco cuyas páginas tendrá que ir escribiendo a diario con letra apretada para que quepan todos sus días en el volumen. Durante cincuenta años escribe cada noche en ese libro de hojas blancas encuadernadas en piel negra. El día de su muerte, el 18 de junio de 1965, deja la última frase sin terminar y diez o quince páginas vacías. Como había hecho su padre, el hijo de Karl se acerca al pueblo para recoger el féretro que le tenían reservado y empieza a leer el libro de su padre.

Ha muerto antes de tiempo, pero ha dejado escrita en esas páginas la intensidad de la pasión, sus contradicciones, la emoción de sus sentimientos y sus temores ante el telón de fondo de su época y un amplio conjunto de personajes que completan el fresco de una de esas narraciones que persisten en la memoria del lector.

Por ella van pasando, con la fuerza actualizada de lo inmediato, de lo que ha ocurrido ese mismo día, los episodios pequeños que construyen el libro de la vida: los años de estudiante, su temporada parisina, su pasión por los libros, el despertar de la sexualidad, el crack del 29, la guerra civil española y la guerra mundial, los años de militancia comunista.

La agilidad narrativa, el humor y la inteligente ironía afectuosa de Widmer le emparentan con la profundidad humana del mejor Auster y hacen que esta novela sea una lectura más que recomendable.

Santos Domínguez