22 enero 2007

Kafka en la orilla



Haruki Murakami.

Kafka en la orilla.
Traducción de Lourdes Porta.
Tusquets. Barcelona, 2006.

Dos de los modelos estructurales más importantes de la literatura occidental, el de la tragedia griega y el de la novela itinerante de aprendizaje y maduración, se dan cita en este Kafka en la orilla, de Haruki Murakami, que publica Tusquets, en su colección Andanzas.

Como en las tragedias, el destino y la profecía edípica se convierten en el mecanismo que pone en marcha la acción:

Allí había una profecía semejante a las aguas negras. La profecía siempre está allí, como las aguas de un negro secreto. Por lo general, se ocultan silenciosas en profundidades desconocidas.

El mito de Edipo
–explica Murakami– es uno de los temas de la novela (...) Desde el principio planeé escribir sobre un quinceañero que huye de su siniestro padre y comienza un viaje en busca de su madre, lo que naturalmente tiene mucho que ver con el mito de Edipo.(...) Cuando escribimos un relato no podemos evitar que esté relacionado con toda clase de mitos, que son una suerte de depósito en el que están todas las historias.

Esa profecía acompaña siempre a Kafka Tamura, que el día que cumple quince años se va de casa e ingresa en el mundo de los adultos. Así empieza un viaje iniciático, una experiencia de maduración y conocimiento de sí mismo:

El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca. Claro que si contara las cosas por orden, tal como ocurrieron, el relato se extendería una semana más. Sin embargo, si tocamos sólo los puntos esenciales, eso fue lo que ocurrió: el día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca. Quizá parezca un cuento de hadas. Pero no lo es. En ningún sentido.

Con ese planteamiento inicial se van desarrollando dos historias alternantes y entrelazadas: la de Kafka Tamura, que huye de casa para escapar de su destino y se refugia en una biblioteca del sur, y la de Satoru Nakata, un anciano que salió con secuelas de un extraño episodio comatoso de la infancia. En 1944 se quedó vacío y desde entonces sólo habla con los gatos.

En el desarrollo de la acción, Murakami integra todo tipo de elementos: Sófocles y el cine de terror, Truffaut y el pop, el manga y Salinger, a quien traducía mientras escribía esta novela llena de perfección formal y ligereza en la que se dan cita la imaginación y el misterio, el cine, la música, la naturaleza, las emociones, el sexo y la comida.

Todos esos materiales aparentemente heterogéneos parecen someterse al destino porque, como dice un personaje, ni siquiera las cosas más triviales suceden por casualidad y todas cumplen un función en el conjunto y en el destino de las personas. También el mal y las fuerzas oscuras que los amenazan, porque Murakami sabe que en todo hombre habita un animal potencialmente peligroso. No hay excepciones a esa norma: lo confirma por ejemplo el joven llamado Cuervo, la conciencia, el doble, el otro que llevamos dentro, una de las claves arquitectónicas de la novela junto a la señora Saeki y su canción Kafka en la orilla o el bosque mágico, lleno de sombras y de pruebas, del que se sale siendo otro.

En algo parecido a esa experiencia consiste para Murakami la literatura: en atravesar el muro y entrar en otro universo, un descenso al fondo confuso de la conciencia, porque la función de la literatura no es responder preguntas, sino hacerlas:

Lo importante en esta novela no es descubrir si los personajes encuentran lo que buscan, o saber si Kafka encuentra a su madre. Lo importante es la búsqueda, el proceso mismo, en el que aparecen la solidaridad y la esperanza.

No hace falta decir que Kafka es uno de mis autores preferidos, pero no creo que mis novelas o personajes estén directamente influidos por él. Lo que quiero decir es que el universo narrativo de Kafka es tan completo que intentar seguir sus pasos no sólo resulta absurdo sino demasiado arriesgado. En realidad me veo a mí mismo escribiendo novelas en las que, a mi manera, desmantelo el universo narrativo de Kafka de la misma manera en que éste, por su parte, había desmantelado el sistema narrativo anterior. Supongo que eso puede entenderse como una especie de homenaje a Kafka. A decir verdad, no tengo una idea muy clara de lo que significa eso de “posmodernidad”, pero tengo la sensación de que lo que estoy intentando hacer es ligeramente distinto. En realidad lo que quiero ser es un escritor único, diferente a todos los demás. Quiero ser un escritor que narra sus historias como ningún otro.

Haruki Murakami debe de ser uno de los pocos japoneses que no se parece a nadie. Los otros son los dos protagonistas de Kafka en la orilla.

Él mismo ha reconocido que el protagonista de la novela, Kafka Tamura, se le parece: Yo fui hijo único y me inventé un mundo aparte, lleno de libros, de música y de conversaciones con mis gatos.
Y añade otro dato: En el joven Kafka Tamura se esconde el pequeño Antoine Doinel de Los cuatrocientos golpes. Sus edades, sus fugas, sus miedos, sus búsquedas son comparables. Sentí la soledad cuando, al salir de la universidad, me negué a seguir el camino establecido, y comenzar a trabajar en una gran empresa o como funcionario del Estado. Hace treinta años, la sociedad japonesa era mucho más estricta que hoy. Cuando se escogía ser un marginado, un outsider, no había vuelta atrás. Igual que para Doinel.

Nakata, el otro protagonista de la novela, tampoco se parece a nadie. Vuelve a hablar Murakami:

A mí siempre me ha interesado la gente que ha sido arrojada fuera de la sociedad, aquella que ha sido retirada o apartada. La mayoría de los personajes de Kafka en la orilla, están, en un sentido u otro, fuera de lo establecido como normal. Nakata es uno de ellos, quizá el más claramente marginado.

Es esta una obra para lectores capaces de emocionarse y divertirse, de asustarse y desconcertarse a lo largo de sus casi seiscientas páginas. No son pocas, pero se leen de un tirón y tardan mucho en olvidarse.

Santos Domínguez

21 enero 2007

¿Nos volvemos racistas?


Alfredo Ruiz.
¿Nos volvemos racistas?
Ático ediciones. Barcelona, 2006.


Hace diez años, nuestros vecinos eran mayoritariamente de nuestro país, hablaban nuestra lengua y tenían prácticamente nuestras mismas costumbres. Ahora, en muchos barrios de nuestras ciudades, nuestros vecinos proceden de 25 países distintos, no hablan nuestra lengua, y no tienen nuestras costumbres.

Comprendemos qué significa abandonar el país natal y llegar a otro país sin trabajo ni dinero. Nos solidarizamos con los millones de inmigrantes que llegan a nuestras ciudades. Les acogemos, les damos trabajo, ayuda social, escolaridad y asistencia sanitaria, los admitimos como vecinos y nos esforzamos por respetar sus prácticas religiosas y sus costumbres. Aparentemente, no somos racistas ni xenófobos. No obstante, esta situación genera problemas.

Alfredo Ruiz nos sorprendió hace dos años con Guapos y pobres, un libro que denunciaba la precariedad laboral y económica de los jóvenes en nuestro país. El libro despertó el interés del público y de los medios de comunicación españoles, franceses, italianos y suizos, que también se hicieron eco de su publicación.

En 2007 se estrenará la adaptación teatral de Guapos y pobres y está previsto el inicio de rodaje de su versión cinematográfica.

No hace mucho declaraba su autor:

La realidad es mucho más compleja y sorprendente que cualquier ficción. Como escritor prefiero indagar en el mundo que me rodea, descubrir cómo nos afecta la globalización, vivir en uno de los diez países más ricos del mundo, la política internacional de George Bush o el impacto masivo de la inmigración y el turismo en nuestras ciudades.

Ahora, con esta nueva obra que publica Ático ediciones, el autor se sumerge en la vida cotidiana (social, cultural y económica) de un barrio de Barcelona, para mostrar la problemática realidad del día a día y para responder a la pregunta que plantea este libro. ¿Somos racistas?

Este libro trata del impacto de la inmigración en un barrio concreto, un barrio que se sitúa en Barcelona pero que también podríamos encontrar en Madrid o Berlín. Y la historia de este libro comienza, como no podía ser de otra manera, con un inmigrante que lleva diez años viviendo en España.

Y esa es la cuestión: ¿Nos estamos convirtiendo en racistas? Los testimonios múltiples que se recogen en el libro les ayudarán a responderse a una pregunta tan incómoda como esa, pero al mismo tiempo tan inevitable, porque el fenómeno de la inmigración va a ir en aumento en los próximos años.

Mayra Vela Muzot

Locura filosofal




Nigel Rodgers y Mel Thompson.
Locura filosofal.
Melusina. Barcelona, 2006.


Es sabido que el trato anglosajón con la filosofía es mucho menos circunspecto, grave y atildado que el continental. Esta actitud desinhibida y poco reverencial es la que explica que sea en ese ámbito cultural donde se den las condiciones para que aparezcan libros exitosos como éste que edita Melusina de Nigel Rodgers y Mel Thompson: Locura filosofal (un título, el de la traducción, que no sirve bien de epítome aunque tenga gancho el oxímoron; el título inglés anuncia un juicio menos clínico y severo: Philosophers Behaving Badly). Matices semánticos aparte, lo cierto es que se trata de un buen libro que da más de lo que promete. Es novedoso aunque la propuesta no sea nueva. La estrategia de acercarse a los textos filosóficos desde el sujeto biográfico del texto es deudora del giro hermenéutico-narrativo de las ciencias sociales. El paradigma bajo el que está escrito este libro asume como principio metodológico que la forma narrativa biográfica es un modo de construir la realidad con su propio criterio de verificación, opuesto a la tradición positivista de argumentación lógica, cuya verdad es independiente del contexto, abstracta y formal. Derrida lo ha dicho certero: “está bien (y está bien hacerlo bien) volver a poner en escena la biografía de los filósofos”. Es el caso que nos ocupa.

La biografía de los filósofos no ha dejado nunca de interesar en la historiografía filosófica y ha sido también un entremés socorrido en el ámbito académico como banderín de enganche de discentes poco proclives al pensamiento puro. De ahí el recurrir, por ejemplo, a que Agustín de Hipona era un crápula en sus años mozos antes de ganarse su "San". Desde el canónico texto de Diógenes Laercio han sido muchos los escritores que han seguido esta senda ad hominem: Paul Strathern es uno de los más solicitados hoy por los estudiantes porque escribe con llaneza y con gracia y, además, despacha biografías filosóficas en 90 minutos. De manera más seria, Ben-Ami Scharfstein en Los filósofos y sus vidas (Cátedra) ensaya una historia psicológica de la filosofía que puede servir de excelente complemento, por su mayor calado, para quien se interese por esta Locura filosofal. Como observación crítica he de señalar que, siendo el de Scharfstein uno de los mejores trabajos sobre el tema, Rodgers y Thompson no lo citen en la bibliografía.

La vida de los filósofos ha interesado, pues, desde antiguo pero sólo como pórtico de entrada, no para detenerse en ella y convertirla en el verdadero fundamento in re de la quidditas filosófica. En la enseñanza secundaria (que es donde la mayoría de los lectores tiene su primer, único y último contacto con la filosofía) se despacha la biografía en cuatro pinceladas que andan a caballo entre los formulismos del registro civil y los chismes del ágora. Pero nada o muy poco se plantea la cuestión de la urdimbre entre los sistemas de ideas y las experiencias vitales. Hace unas décadas la historiografía y la pedagogía filosóficas han “descubierto” otra llave maestra de la hermenéutica del texto: no es otra que el contexto (histórico, social y filosófico). No ya la biografía, sino la sociología de las ideas es lo que interesa, más incluso que el propio enfrentamiento desarmado con el gélido filo de las nudas ideas, una metafísica de intuiciones puras ya en desuso. De la mirada ontológica la filosofía reciente se ha vuelto a la mirada sociológica, antropológica y psicoanalítica. Los sistemas filosóficos son vistos como un producto cultural más y ya no tienen, desde luego, el empaque del Espíritu Objetivo hegeliano.

Por su parte, los lectores españoles de filosofía tienen muy a mano referencias culturales patrias que han elegido también esta senda de la filosofía biográfica como la única legítima: Unamuno y Julián Marías.

En las más de las historias de la filosofía que conozco se nos presenta a los sistemas como originándose los unos de los otros, y sus autores, los filósofos, apenas aparecen sino como meros pretextos. La íntima biografía de los filósofos, de los hombres que filosofaron, ocupa un lugar secundario. Y es ella, sin embargo, esa íntima biografía la que más cosas nos explica (escribe Unamuno en El sentimiento trágico de la vida).

La filosofía ha perdido ese aire reverencial, sagrado, inviolable, cuando se ha hecho humana, demasiado humana. Cuando nos hemos asomado a los textos por el hombro del hombre y no por el dictum invisible del oráculo. La palabra filosófica ya no es digna per se del amén sin que medie un trato de primera mano con quien la pronuncia. La vida de un filósofo no es una vida especial. La condición de filósofo no exime de ninguna de las vulgaridades de la más común de las existencias terrestres. Pero resulta curioso que esa misma coherencia entre obra y vida no se les exija a los literatos; en su caso más bien se piensa que sólo en el estiércol florecen las rosas estupendas mientras que en el sobrio secarral a lo más el vulgar cardo borriquero. En los escritores el malditismo es un plus (para la mercadotecnia, no para los auténticos lectores, a quienes el hombre se la trae). ¿Será que en los literatos buscamos leer lo que no podemos vivir y en los filósofos lo que no alcanzamos a pensar?

Desde que Nietzsche pusiera a Sócrates en su sitio, ya no quedan adhesiones inquebrantables ni beaterías filosóficas. Este libro nos enseña que ser filósofo no implica necesariamente pureza de espíritu, ni vida virtuosa ni credencial de racionalidad impecable. Tampoco es nuevo del todo el descubrimiento. Ya desde antiguo ser filósofo no es ser sophos. Este libro hace esa reconstrucción de la filosofía husmeando en la vida de los filósofos y escogiendo los capítulos más escabrosos, insensatos, perversos o miserables, pero con un gran acierto: no es un simple anecdotario que busque la risa fácil de la caricatura, ni da pábulo al chismorreo. Los filósofos elegidos para este escrutinio público de su reputación son ocho (si hubieran sido siete podrían haber tenido fácil hilvanar los capítulos al hilo de los pecados capitales; queda abierta la propuesta editorial). Todos ellos son filósofos modernos sin que ello implique que la sinrazón es exclusiva de la Modernidad. No han ido más lejos porque había que acotar.

Las citas que abren la Introducción valen por sí solas tanto como justificación del propósito de los autores como de excusa de la conducta de los biografiados. “Toda gran filosofía es la confesión de su creador y una especie de memorias involuntarias” (Nietzsche), “Quien piensa en grande, en grande debe errar” (Heidegger).

Esperábamos de los filósofos que vivieran a la altura de sus ideales porque, pese a las invectivas de la Ilustración, todavía no nos hemos desembarazado del tufo moralizante que tiene la filosofía desde Sócrates. Este libro muestra que no todos los sabios son vidas ejemplares pero eso no menoscaba el atractivo y fuerza de sus ideas ni compromete su veracidad. Las miserias humanas que se exhuman en cada caso son muy dispares. Estos son algunos de los trapos sucios que se airean:

Rousseau es un victimista, pregonero del buen salvaje pero pesebrista de la plutocracia más civilizada, mendaz, paranoico… De Schopenhauer se denuncia su misantropía al tiempo que se atestigua su incontestable superioridad intelectual. En este caso, yo no sé si la misantropía habría de tomarse por una virtud en lugar de por un vicio, como una válvula de escape en la mesocracia reinante. También se alude a su pesimismo existencial y se busca la explicación en sus traumas de la infancia. A los autores les reconvendría que no siempre la falta de esperanza es síntoma de locura. A veces es el antídoto contra la enajenación. Con todo, no queda muy mal parado. Más bien sale reforzado del psicoanálisis, pues se portó “como una persona egocéntrica y lúgubre” pero “con sombría coherencia”. El de Nietzsche es el capítulo más previsible del libro porque el “caso Nietzsche” ya es un lugar común de la historia clínica de la filosofía. En favor de los autores hay que subrayar que no se regodean en la postrera locura nietzscheana para refutar el valor de sus ideas sino que las exponen sucintamente de manera más acertada que en muchos manuales al uso y las acompasan al retrato biográfico para ensalzar su genialidad. Bertrand Russell se nos presenta como el paradigma de la formalización del pensamiento y también como un adalid de la informalidad en la conducta: un marido y padre miserable, un donjuan que mariposeaba entre las mujeres tanto como entre las cuestiones públicas, un genio de la lógica y un necio de la inteligencia emocional, un seductor procaz, un liberal libertino, un vanidoso paranoico, un filósofo imprescindible y un ser humano prescindible, “una vida de inteligencia templada por la indiferencia” que dijo él de sí mismo. Uno de los que sale peor parados es Heidegger; mientras que la historiografía filosófica canónica, en una suerte de pacto de silencio, ningunea o minimiza su relación con el nacionalsocialismo como una cuestión epidérmica y extrafilosófica, este libro enfatiza su colaboracionismo y va más allá al buscar en su filosofía existencial una suerte de excrecencia propagandística del mismo. Campesino y nazi, así se nos presenta a quien pasa por ser una de las figuras máximas de la refundación de la metafísica en el siglo XX, pese a su formalismo y su logomaquia, o quizás gracias a ella. Wittgenstein representa el tipo humano más sobrecogedor y fascinante por despertar a la vez en quien se le acerca asombro temeroso y conmiseración. Un asceta cuya vida personal fue tan árida y estéril como fecundos sus fogonazos filosóficos. Se subraya su carácter arisco y su homosexualidad culposa. Un místico ególatra. Un poco forzando los términos, los autores ensayan un paralelismo entre los genios de Wittgenstein y Adolf Hitler, compañeros de colegio. No considero que todas las comparaciones sean odiosas pero ésta sí es una de ellas. Sartre y Foucault son los últimos filósofos encausados. La sensación que saco como lector es que en ambos lo que escondían en sus biografías pesará más en el juicio que lo que exhibieron en sus escritos. Son los dos casos en los que la disonancia resulta más escandalosa. La luminosidad de sus ideas no me parece lo suficientemente intensa como para compensar la miserabilidad de sus vidas. El comunista conscientemente necio y el alopécico gay sadomaso dejan un mal sabor de boca que no endulzan las golosinas existencialistas o estructuralistas. Ambos son franceses y a ambos los veo como prisioneros satisfechos del esteticismo imperante en la filosofía francesa donde hay en ocasiones más pose que peso, ya desde Rousseau y Voltaire, también en Lyotard, Derrida, Lipovetsky, Glucksmann… Son los posmodernos, los del “caso Sokal”. En Sartre y Foucault la biografía resulta más atrayente que el pensamiento y los autores así lo han entendido porque son los dos casos en los que la exposición de su pensamiento se hace de modo más raquítico.

Una constante del libro (quizá el marchamo psicoanalítico del mismo) es la obsesión por la vida sexual de los filósofos. Hay de todo: desde la castidad involuntaria hasta la depravación sadomasoquista, pasando por el donjuanismo. Lo cierto es que ninguno de los filósofos escrutados sale airoso en lo tocante al sexo, pues en todos ellos la libido presenta alguna atrofia por exceso o por defecto. Que el tema sea recurrente me parece que es por lo que tiene de socorrido, no por otra cosa.

La tesis fuerte del libro es que la demencia vital de los filósofos, lejos de ser anécdota, es categoría, pero ello no invalida sus teorías. Los autores han sabido precaverse de la injusta falacia ad hominen porque saben que ellos podrían ser objeto también de la falacia tu quoque o quizás porque saben que lo esencial no es la vida de los filósofos sino los argumentos con que defienden sus ideas. Pueden lícitamente convivir el pecado de obra con la palabra virtuosa. A diario lo experimentamos cada uno de nosotros.

Para concluir, lo que más me ha interesado de este libro y, en mi criterio, su mayor valor, no es lo que promete, un retrato moral de los filósofos, sino lo que verdaderamente da: una sucinta exposición de algunos de los filosofemas más influyentes de la Modernidad escrita con la frescura de quien se siente libre del corsé academicista y no tiene que reverenciar a los hombres por admirar sus ideas. Es éste un libro que humaniza la filosofía pues nos enseña que los filósofos no son máquinas de pensar y que hasta en una vida canalla hay lugar para ideas felices.

(A los que este libro les abra el apetito, el traductor ha tenido a bien regalarles en la bibliografía la traducción castellana de todas las fuentes, cuando la tienen. Es un detalle).

Manuel Carrapiso Araújo.

20 enero 2007

Aires de Ellicott City




Mario Campaña.
Aires de Ellicott City.
Prólogo de Carlos Germán Belli.
Ilustraciones de Martine Saurel.
Editorial Candaya. Barcelona, 2006.


Como una poesía fuerte y dolorosa definía Américo Ferrari la de Mario Campaña (Ecuador, 1959), poeta y crítico literario, autor de un ensayo sobre Quevedo y otro sobre Baudelaire. Ha traducido a Mallarmé, preparado antologías de poesía hispanoamericana actual, dirige en Barcelona la revista cultural El Guaraguao y tras haber obtenido múltiples reconocimientos con Cuadernos de Godric y Días largos acaba de publicar en la Editorial Candaya su quinto libro de poesía, Aires de Ellicott City.

Decía García Lorca en una conferencia sobre la imagen poética en Góngora que el poeta vuelve de la inspiración como se vuelve de un país extranjero. El poema es la narración del viaje. Un viaje nocturno y secreto como el de los místicos que precisa encontrar un lenguaje que lo articule y en el que encuentre su sentido. Algo así es Aires de Ellicott City, un viaje marítimo y nocturno, una aventura personal que tiene siempre, como en el caso de Ulises, la voluntad de volver de un país extranjero a la más noble de las patrias.

Este viaje a Ellicott City es un viaje a los límites del mundo y del conocimiento en un barco de palabras con unos instrumentos de navegación que le han prestado los simbolistas con los que Mario Campaña ha conversado tanto en los viejos puertos nocturnos de la literatura.

La potencia de la iluminación verbal que nos enseñaron los simbolistas es la brújula más exacta del poeta en esta travesía llena de paronomasias e imágenes visionarias que convocan las relaciones secretas que tienen las palabras, sus revelaciones.

Con el astrolabio de ese lenguaje que fluye libre y levanta su entidad a base de asociaciones y relámpagos, se emprende un viaje que es el de la palabra, el del conocimiento mediante la poesía, esa travesía nocturna con el lenguaje nocturno de la imagen irracional que ilumina el periplo, como la voz del nigromante que sonaba en los Cuadernos de Godric.

Es este un viaje a una frontera extremada de la que no se vuelve. Se habla del espacio para hablar del tiempo, que es el verdadero sentido del viaje, la experiencia central del libro. Cuando la voz del poeta, antes que el lector, conoce esa clave, comprende también que aunque haya camino de vuelta no hay posibilidad de volver. Al menos no sin una transformación esencial.

Como los muertos antiguos se ha iniciado el viaje con una moneda en la boca, y si se vuelve se vuelve siendo otro. O es otro el que vuelve después de haber estado al otro lado, como Ulises en el infierno:

He venido aquí a perfeccionar la muerte,

dice la voz del viajero, la voz del poeta, que lee estos textos en el CD que acompaña al libro, y dota de nuevos sentidos y variaciones al texto impreso, un texto en movimiento y en cambio continuo, como el mar.

Es también la voz del sacerdote y del visionario oracular que hablan más allá de la noche y la convocan con imágenes secretas y turbias. Con un tono de conjuro precolombino o con el ritmo de un recitativo barroco se invoca a las fuerzas telúricas que dan sentido al regreso en este libro intenso y deslumbrante, en esta ceremonia verbal en la que el poeta se convierte en oficiante y en el intermediario que comunica los dos lados de la frontera.

Santos Domínguez

19 enero 2007

Me acuerdo de Georges Perec



Georges Perec.
Me acuerdo.

Prólogo, traducción y notas de Yolanda Morató.
Berenice. Córdoba, 2006.


Tan imprescindible como inclasificable, Me acuerdo, de Georges Perec, ha permanecido inédito hasta ahora en España. Citado muchas veces, no se había traducido nunca, aunque sí había sido objeto de saqueos y fusilamientos.

Aprovechado, aludido, invocado como libro de culto desde su aparición en 1978, esta primera traducción de Yolanda Morató en Berenice se basa en la edición anotada de Roland Brasseur (Je me souviens de Je me souviens, 1998), un glosario de casi trescientas páginas que explican cada uno de los 480 recuerdos de Georges Perec (1936-1982), autor de La vida, instrucciones de uso y uno de los miembros más destacados del Seminario de literatura experimental del que formaban parte también Queneau, Calvino o Duchamp.

Emparentada en título, forma y espíritu con I remember, que publicó Joe Brainard en 1970, Me acuerdo es un viaje a la memoria colectiva de la Francia posterior a la segunda guerra mundial, la autobiografía personal, sentimental y social de Perec y de su generación.

Evocación de un mundo que ya no existe a través de los sueños, los miedos, los deseos y los recuerdos del autor entre los 10 y los 25 años, entre 1946 y 1961, la propuesta experimental de Perec en este libro es la de una literatura que convoca una memoria de recuerdos irrelevantes a través de frases sin especial altura estilística para este viaje temporal. Recuerdos banales y lenguaje trivial, pues, para reconstruir una memoria sentimental hecha a base de esas pequeñas cosas que diluye el tiempo con más facilidad que los recuerdos esenciales. Son los esqueletos de la memoria de los que hablaba Juan Bonilla, uno de los escritores españolas que más se han acordado de este Me acuerdo.

El farolillo rojo del Tour del 50 y Sartre, Bourvil y Michel Butor, Gide y Duke Ellington, Cousteau y Robespierre, el cine y la música, las calles de la infancia, la radio y la política se mezclan en ese magma que construye el edificio un poco caótico, un poco caprichoso, con habitaciones alegres y soleadas y otras sombrías, de la personalidad. Los 480 recuerdos que vertebran el libro son también el plano de ese edificio. De ese material decía su arquitecto:

no son exactamente recuerdos, y desde luego, de ninguna manera, recuerdos personales, sino pequeños fragmentos de diario, de cosas que tal o cual año, todo el mundo de una misma edad vio, vivió, compartió y, después, olvidó [...]. Sucede que, sin embargo, vuelven de nuevo, unos años más tarde, intactas y minúsculas, por casualidad o porque las hemos buscado, una noche, entre amigos.

La incorporación de este título a la colección Contemporáneos de la editorial Berenice llena un hueco editorial muy grande. No sé en qué estantería de las bibliotecas personales o en qué sección de las librerías, pero un hueco innegable.

Santos Domínguez

17 enero 2007

Poesía de Luis Alberto de Cuenca




Luis Alberto de Cuenca.
Poesía 1979-1996.
Edición de Juan José Lanz.
Cátedra. Madrid, 2006.


Seguir la evolución de la poesía de Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) es hacer un recorrido por la poesía española desde los años setenta para comprobar la influencia que su obra ha ejercido en muchos autores.

En efecto, el cambio de rumbo que se produce en los años ochenta en la poesía española tiene su mapa en La caja de plata (1985) y su hoja de ruta en El otro sueño (1987), El hacha y la rosa (1993) y Por fuertes y fronteras (1996).

Las versiones últimas de esos cuatro libros centrales en la trayectoria de su autor son las que se recogen en esta Poesía 1979-1996 que publica Cátedra Letras Hispánicas, en una edición muy rigurosa y muy trabajada por Juan José Lanz.

Las mañanas triunfantes es el título de una de las secciones de El otro sueño. Un título que orienta sobre el sentido del cambio estético que se había producido en La caja de plata, que se publicaba en 1985 y reunía poemas escritos entre 1979 y 1983. Con La caja de plata se abría el balcón a la brisa de la calle y se trazaba un camino por el que trancurre no sólo un itinerario personal, sino el rumbo de la mejor poesía que se escribiría en esos años.

Se pasaba así, como indica Lanz, de una estética nocturna a otra diurna, de lo oscuro a lo claro. O, como decía Felipe Benítez Reyes, se empezaba a hablar en plata, a hacer compatible cultura y claridad en esa línea clara que procede de la terminología del cómic y que se convirtió en una seña de identidad de la poesía de Luis Alberto de Cuenca hasta el punto de que ese, Linea chiara, es el título de la edición italiana de su poesía que se publicó en Bari en el año 95.

Entre La caja de plata y Por fuertes y fronteras transcurre esta etapa central en la que se funden cultura y vida, comunicación y conocimiento, lenguaje poético y lenguaje cotidiano para dar lugar a una poesía figurativa que tiene sus referencias temáticas en asuntos como el amor, la memoria o la amistad, su marco espacial en los ambientes urbanos y sus modelos formales en la narratividad y el hiperrealismo.

Realidad y deseo, memoria y presente, lenguaje coloquial y alusiones cultas, vida y arte, experiencia y literatura dan las claves de una poética de la fusión que se canaliza en un cambio de tono y de sujeto poético, en el paso del culturalismo a una desenvoltura mundana compatible con el clasicismo.

Fusiones que integran en una síntesis enriquecedora el cómic y la poesía helenística, a Euforión de Calcis y a Tintín, el jazz y la canción de gesta, y a Guillermo de Aquitania con Gerard de Nerval.

La distancia y la ironía son las claves de un cambio que Masoliver definió certeramente como un egocidio. Como consecuencia de esa actitud egocida, el personaje interpuesto sustituye al yo autobiográfico o confesional y el sujeto lírico del poema es una voz doliente a veces, otras canalla, casi siempre melancólica y elegiaca.

La gravedad del tono se intensifica en el libro que cierra el ciclo. Tras El hacha y la rosa, que es el exponente máximo de estas claves literarias, Por fuertes y fronteras es un libro cuya estructura narrativa, sometida a un hilo argumental y a un tiempo unitario, transcurre en una jornada, entre el canto del gallo y la puesta de sol y narra una experiencia de crisis. La angustia y el desengaño son los motores de una búsqueda interior, de un itinerario ascético de depuración espiritual y estilística, de anclajes vitales e integración fructífera de literatura y vida en un brindis vitalista en el que se funden pasado, presente y futuro, melancolía y optimismo, humor y seriedad.

Con la convicción de que la nostalgia es un burdo pasatiempo, el poeta levanta su copa en ese brindis final:

¡Larga vida al fantasma del recuerdo!


Santos Domínguez

15 enero 2007

Nabokov. Los años americanos



Brian Boyd.
Vladimir Nabokov. Los años americanos.
Traducción de Daniel Najmías.
Anagrama. Barcelona, 2006.


En una memorable entrevista que le hizo Bernard Pivot para Apostrophes, Vladimir Nabokov decía textualmente:“La historia de mi vida se parece menos a una biografía que a una bibliografía.”

Aquel programa, del que hay edición subtitulada en DVD, se hizo con motivo de la traducción al francés de Ada o el ardor, la obra maestra de aquel escritor ruso educado en Inglaterra, nacionalizado norteamericano y residente en un hotel de Montreux, a orillas del lago Leman, desde principios de los años 60.

Anagrama
acaba de publicar la segunda parte de la biografía de Nabokov que escribió Brian Boyd. Tras los años rusos, se ocupa este segundo tomo de los años americanos y la vuelta a Europa. De El profesor Nabokov a V.N., de América a Europa, entre Cornell y Montreux, Boyd explora esa zona en la que confluyen vida y literatura entre 1940 y 1977, los años más creativos del novelista, del poeta, del ensayista, en una biografía que se lee como una novela tan detallada como las del autor de El hechicero y que coincide en las librerías con el primer tomo de las Obras completas de Nabokov (las novelas escritas entre 1941 y 1957, en su periodo americano) que publica Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.

Mayo de 1940 es el punto de partida de este segundo volumen, el momento en el que Nabokov embarca en Francia con dirección a Nueva York pocas semanas antes de que los tanques alemanes arruinen el pavés de las calles de París.

Como Pnin, Humbert Humbert o Kimbote, tres de su protagonistas, que también llegan a América como emigrados, un Nabokov empobrecido y con un futuro opaco, está decidido a convertirse en ciudadano norteamericano y escritor norteamericano. Ese momento crucial era precisamente el elegido por Nabokov para cerrar su autobiografía parcial, Habla, memoria.

Con cuarenta años, dejaba de ser un escritor ruso para empezar desde cero en una lengua que no era la suya aunque la manejaba con soltura, en un país en el que no dejaba de ser, como todos los rusos de entonces, un emigrante sospechoso y un huésped molesto.

Estaba en la mitad de su vida y de su carrera literaria, con seis novelas y más de treinta cuentos, y llevaba en la cabeza desde 1939 la historia de un hombre maduro que se casa con una mujer sólo para ser el padrastro de una niña de doce años que le obsesiona. La había pensado en ruso y la acabaría publicando en inglés en 1955. No iba a ser su mejor novela, pero sí la que le daría una fama definitiva y le permitiría retirarse de la actividad docente.

Con ambición, pero sobre todo con una enorme capacidad de trabajo y una dosis excepcional de talento, Nabokov compaginó su actividad de escritor con la de profesor de ruso, científico, crítico literario, traductor y conferenciante.

Novelista, poeta y ensayista, entomólogo, cazador de mariposas y de instantes, Nabokov fue un escritor irrepetible, un personaje complejo y de una extraordinaria cultura. Se sentía forastero en cualquier sitio y, pese a eso o quizá por eso, tenía una notable capacidad de adaptación al medio. Tal vez aprendió de algunas mariposas esa virtud del mimetismo quien presumía del poco trabajo que le había costado dejar de cruzar los sietes.

Profesor de ruso, dio cursos de literatura rusa en Wellesley, y luego en Cambridge, Harvard o Cornell, cursos de literatura europea y otros sobre el Quijote. De cada uno de ellos salió un libro, entre otras cosas porque el terror de Nabokov para hablar en público lo combatía llevando escrito el texto de las lecciones y conferencias que daba en esos cursos. En uno de ellos, el Curso de literatura europea, puede encontrar el lector curioso análisis tan fascinantes y agudos como los de Casa desolada o Mansfield Park, que demuestran la perspicacia lectora de un Nabokov que enseñaba a leer libros a sus alumnos. Una rareza, entonces y ahora.

Y sin embargo quizá no haya peor lector del Quijote que Nabokov. No hay más que leer su Curso sobre el Quijote para sorprenderse con la incapacidad tan radical que hubo en él para entender aquella obra ni en conjunto ni en sus detalles.

Lo intentó y sacó conclusiones como esta: 6-3, 3-6, 6-4, 5-7. Parece -y lo es- el resultado de un partido de tenis interruptus. El quinto set no se jugó porque la muerte de Don Quijote obligó a suspenderlo.

Hay en esta magnífica biografía de Boyd un recorrido por la vida, la obra y la cocina del escritor, por los apuntes que tomaba en sus diarios, por aquella extraña vida triple (científico, profesor, escritor) que llevó en los primeros años cuarenta en los que publica La verdadera vida de Sebastian Knigth, escribe la ambiciosa Barra siniestra con su filosofía de la conciencia del hombre moderno o indaga en los enigmas temporales de Habla, memoria.

Aunque se le haya confundido alguna vez con Humbert Humbert, Nabokov no es ese hombre vanidoso y cruel que elige como narrador y protagonista de Lolita, su obra más conocida y peor entendida. No es Nabokov, pero sí algunas de sus fantasías cedidas en traspaso a Humbert, cuya imaginación perversa, cuya mirada es la que convierte a Lolita en una criatura mágica, en una nínfula. Lolita es el triunfo de la imaginación en el amor perdido y el deseo imposible.

Era (lo sabía Nabokov mejor que nadie, que para eso la había fabricado) una bomba de relojería que no tardó en estallar, en primer lugar contra la censura y luego como un éxito editorial que le permitió a su autor irse desvinculando de sus compromisos docentes.

Pnin, un profesor ruso en América con serios problemas para el inglés y para la integración social, es el protagonista grotesco que da título a la novela más sencilla y divertida de Nabokov. Probablemente también la más cruel y luego la más comprensiva, con una mezcla de lo grotesco y lo admirable en un personaje de apariencia y comportamiento quijotescos. Pnin es la más cervantina de sus novelas, no por la figura del protagonista, sino porque es la más abierta, la más ambigua en la presentación de la realidad.

Cuando Nabokov se traslada a Europa en un barco en septiembre de 1959 ha dejado de ser El profesor Nabokov para convertirse en V. N. Trae ya en la cabeza el plan de la que sería su obra maestra, Ada o el ardor, una ambiciosa novela en la que el incesto y la alegría conviven en una historia que pertenece a una infancia anterior al pecado y a la culpa, en un hechizo que dura más de ochenta años.

Antes publicaría Pálido fuego, que para Boyd es desde el punto de vista de la belleza formal la novela más perfecta que se haya escrito nunca. Una novela que incluye algunos de los mejores poemas del excelente poeta que fue también Nabokov.

Antes de morir en 1977, todavía tuvo tuvo tiempo de escribir Mira los arlequines, una novela autorreferencial, cierre y parodia de su obra y su imagen, el negativo de Habla, memoria.

A Nabokov siempre le deslumbraron los trucos de ilusionista, las celadas y trampas de jugador de ajedrez, los acechos de cazador paciente de mariposas. Y todo eso lo practica en su literatura, llena de trampas, acechos y sorpresas, elaborada con el detallismo minucioso del entomólogo que pasó muchas horas observando en el laboratorio los detalles minúsculos de la anatomía de una mariposa.

Quienes lo conocieron de cerca coinciden en señalar que su escritura se parece a su forma de hablar. Al parecer en su conversación también se comportaba así: cuando decía la verdad guiñaba un ojo para confundir al interlocutor.

Una última anécdota, de sabor local. Hay en Ada o el ardor un homenaje a Cántico de Jorge Guillén, con quien Nabokov jugaba al tenis en Wellesley, donde coincidieron como profesores.

Le cuesta a uno trabajo imaginar a Guillén jugando al tenis. Se lo imagina mejor aplicándose al bádminton o al cricket.

Pero eso va en gustos poéticos, ya se sabe.

Santos Domínguez