14 junio 2013

Basho. Por sendas de montaña


Matsuo Basho.
Por sendas de montaña.
Edición de 
Fernando Rodríguez-Izquierdo.
Satori. Gijón, 2013.


Por sendas de montaña, de Basho, y Sueño de la libélula, de Soseki, dos autores fundamentales en la configuración y el desarrollo del haiku japonés, inauguran la bellísima colección Maestros del Haiku que ha empezado a publicar Satori, la editorial gijonesa especializada en la cultura del Japón. Esos dos volúmenes inaugurales –se anuncian otros títulos de Shiki o Akutagawa-, editados en un delicado y manejable formato en octavo menor, han sido preparados por Fernando Rodríguez-Izquierdo, que se ha ocupado de la selección, traducción, introducción  y notas de dos títulos que resumen el canon del haiku.


La intuición del instante, eternizado por encima del tiempo en unos versos intemporales, la mirada espiritual a la naturaleza, el paisaje como proyección de los estados de ánimo, la concentración expresiva, la sugerencia sutil, la leve melancolía hacen de estos haikus una de las manifestaciones más estilizadas de la poesía universal.


Poco importa ante estos textos saber que Basho vivió en el XVII, porque parece un contemporáneo en su ironía autocrítica o en la contemplación de la naturaleza, o que Soseki, más conocido como narrador, abandonara este tipo de literatura cuando se le diagnosticó una úlcera gástrica que acabaría deteriorando su organismo.

Más allá del artificio poético, lo importante, lo que queda para siempre de estos haikus es la hondura lírica de su expresión ligera, la soledad en la percepción aguda del mundo, que en ellos se sigue oyendo el ladrido de un perro en la noche lluviosa y el ruiseñor sigue cantando en un sauce dormido en una fiesta en la que se unen los sentimientos y las sensaciones para crear una poesía imperecedera.

Matsuo Bashō (1644-1694), fue víctima de sus vagabundeos y sus travesías de montañas escarpadas. Es el poeta japonés más traducido en español, por lo que el editor, Fernando Rodríguez-Izquierdo, ha obviado en la selección de estos setenta haikus los más conocidos por las traducciones de Octavio Paz o de Antonio Cabezas.

En esta antología, de todos modos, está su mundo vital y literario: la niebla del sueño y un jardín abandonado, la primera nieve sobre las hojas del narciso y el rocío sobre el trébol, la luna sobre las ramas con gotas de lluvia, la fragancia de un árbol desconocido en flor, los pájaros que vuelan hacia islas remotas sobre la bruma del otoño, la naturaleza agitada a veces por las tormentas o los tifones, el viento que se esconde entre los bambúes, el canto de cuclillo al amanecer o la luna brillando sobre los cerezos.

Y la mirada de Basho que establece una lógica poética sobre la naturaleza en el haiku del que toma título la selección:

Al olor del ciruelo,
sale de pronto el sol
por sendas de montaña.

O esta abarcadora sinestesia en la que el relámpago encadena la sombra y  el grito de una garza:

Brilla un relámpago
y entra en la sombra el grito
de la garza nocturna.

Santos Domínguez

13 junio 2013

Trotsky. Una vida revolucionaria


Joshua Rubenstein.
León Trotsky.
Una vida revolucionaria.
Ediciones Península. Barcelona, 2013.


Aunque no aparece ninguna referencia en su edición española, publicada por Península en su colección Atalaya, esta biografía de Trotsky se inicia por un encargo de una prestigiosa editorial norteamericana como parte de una colección de semblanzas sobre conocidos personajes de religión judía. Por eso, casi rozan lo cómico los diversos intentos del autor por cumplir su compromiso y acercarse al personaje desde un punto de vista judío: de manera implacable y casi desde su infancia, Trotsky, ateo confeso, se niega a que le identifiquen con ningún credo.

Resulta imposible escribir una biografía aburrida de Trotsky, un hombre de pensamiento y de acción que vivió en Odessa, Viena, París, Londres, San Petersburgo, Estambul, Nueva York y acabó asesinado en México; que participó en la Revolución de 1905, que pasó por las cárceles del Zar, estuvo al frente del aparato de propaganda comunista en la clandestinidad, dirigió la Revolución de Octubre, organizó el Ejército Rojo, sufrió la persecución de Stalin en forma de exilio en Siberia, y luego vagó por un mundo que no quería ofrecer asilo a alguien con su historial, mientras buena parte de su familia caía víctima del fuego amigo estalinista.

Esta biografía tiene como virtudes su concisión y que está concebida desde un punto de vista bastante neutral, lejos de otras escritas desde el anticomunismo visceral o desde el rencor estalinista, pero también a distancia de los relatos hagiográficos que proponen a Trotsky como un ser casi angelical que podría haber traído a la Tierra el paraíso comunista ahorrándonos las atrocidades estalinistas.

Esta última idea ha formado parte de las creencias de quienes se hicieron trotskistas, pensando que la democracia y el respeto por los derechos humanos y las libertades individuales eran compatibles con el comunismo, cuando el propio Trotsky, convertido ya en víctima, no dudó en justificar hasta el último de sus días cualquier medio que sirviese para extender el comunismo por el mundo.

Quizás quien mejor resolvió esta cuestión fue uno de los intelectuales más sagaces del siglo XX, George Orwell, del que Rubenstein recoge esta opinión sobre Trotsky escrita en 1939: “no hay certidumbre de que hubiera sido un dictador preferible a Stalin, aunque sin duda tiene un intelecto mucho más interesante. Lo esencial -concluía Orwell- es el desprecio a la democracia; es decir a los valores subyacentes a la democracia; una vez que se ha pronunciado uno en otra dirección, Stalin o, en todo caso, alguien igual que Stalin, está ya en ciernes.”

Jesús Tapia

García Márquez. Todos los cuentos


Gabriel García Márquez.
Todos los cuentos.
Debolsillo. Barcelona, 2013.

Desde La tercera resignación, un cuento de 1947, hasta El avión de la bella durmiente, de 1982, los relatos que Gabriel García Márquez fue escribiendo a lo largo de treinta y cinco años los agrupó en cuatro volúmenes: Ojos de perro azul, Los funerales de la Mamá Grande, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada y Doce cuentos peregrinos.

Esos cuentos no alcanzan probablemente la altura descomunal de novelas como Cien años de soledad, El otoño del patriarca o El amor en los tiempos del cólera, pero contienen una parte fundamental del legado literario del colombiano, que dedicó a la técnica del género una serie de artículos teóricos imprescindibles.

De hecho, con sus primeros cuentos García Márquez empieza a construir un universo muy personal que pone los cimientos de El coronel no tiene quien le escriba o de Cien años de soledad. La imaginación, el realismo mágico, el decorado del trópico caribeño y los personajes desolados o excesivos contienen la semilla de su obra mayor y ponen los fundamentos técnicos y temáticos sobre los que se construirían sus novelas.

Fue así como nació Macondo en el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo o en los funerales de quien fue soberana absoluta de aquel lugar, y, sobre todo, fue en esos primeros cuentos donde García Márquez encontró el tono de voz que le permitiría acometer empresas narrativas de más largo aliento: es la voz del demiurgo, del contador de historias que en cada relato parece estar fundando el mundo, nombrando las cosas por vez primera.

Esta teoría y práctica de vasos comunicantes entre sus novelas y sus cuentos explican La increíble y triste historia..., un relato posterior a Cien años de soledad que desarrolla un episodio esbozado en la novela.

Lo culto y lo popular, la tradición oral y la lectura de Faulkner, la realidad cotidiana y la irrupción natural de lo fantástico, la narrativa clásica y las aportaciones contemporáneas... Todo eso integra la argamasa con la que García Márquez crea el prodigioso edificio de su literatura, hecha de una difícil mezcla de arcilla y mármol que da lugar a un milagro creativo en cada uno de los cuarenta y un cuentos de este volumen.

Porque cada uno de estos cuentos es una pequeña obra de arte que tiene valor por sí misma y constituye una pieza fundamental e imprescindible en el pasmoso universo literario de García Márquez.

Un año después de que Mondadori reuniera por primera vez en un solo volumen en tapa dura la totalidad de la narrativa breve de García Márquez, que escribió estos textos a la vez que algunas de sus obras mayores o como preparación en cuanto a tono, ambientes, enfoques o personajes, aparecen ahora en un formato más asequible, pero con el mismo cuidado editorial, en Debolsillo.

Santos Domínguez

12 junio 2013

Chaves Nogales. A sangre y fuego


Manuel Chaves Nogales. 
A sangre y fuego. 
Edición de María Isabel Cintas. 
Prólogo de Andrés Trapiello.
Espuela de Plata. Sevilla, 2013.


En este libro Chaves Nogales no necesitó ni siquiera desplegar los discursos ideológicos. Ya no era momento de peroratas. Todo el mundo sabía lo que tenía que saber. Si el 19 de julio de 1936 el país dejó atrás la política, casi siempre a la fuerza, aprestándose a aniquilarse en la guerra, eso hizo Chaves como narrador: hechos escuetos, contados con brío en una prosa vibrante que tiene lo mejor del Baroja de las Memorias de un hombre de acción y lo mejor del Valle-Inclán del Ruedo Ibérico, con los ecos al fondo de La caballería roja de Babel. Al lector sólo le queda asistir atónito y consternado al triunfo de la barbarie. Y tras su prólogo, volvemos a encontrar a Chaves en todos estos relatos en un segundo plano, el que le gustaba: cerca, pero no encima.

Es uno de los párrafos de Historia de un infortunio, el prólogo con el que Andrés Trapiello presenta la nueva edición completa e ilustrada de A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales, un libro imprescindible en la narrativa sobre la guerra civil española que acaba de publicar en un cuidadísimo volumen Espuela de Plata.

Manuel Chaves Nogales, periodista y narrador sevillano muerto en Londres en los primeros años de exilio, es conocido sobre todo como autor de un libro esencial en la literatura taurina: su Juan Belmonte, matador de toros es para muchos la cima literaria de un tema que es casi una provincia de la literatura.

Intelectual comprometido y periodista brillante en el momento más brillante del periodismo español del siglo XX, se refugió en Francia y allí escribió las nueve  alucinantes novelas, según su propia definición, los nueve relatos que agrupa en A sangre y fuego, aparecido en 1937, del que Espuela de Plata acaba de publicar la que puede considerarse la definitiva y primera edición completa, pues se añaden aquí dos nuevos relatos centrados en los bombardeos sobre Vizcaya y Bilbao. 

Son dos textos inéditos en España – El refugio y Hospital de sangre- que han sido recuperados por María Isabel Cintas para esta edición definitiva, con abundantes ilustraciones que responden a la concepción de Chaves Nogales de estos relatos que se publicaron por entregas ilustradas con fotografías y dibujos que se reproducen en este volumen.

Héroes, bestias y mártires de España se subtitula esta serie narrativa que tiene como hilo conductor y como marco ambiental y temporal la guerra civil, con un enfoque imparcial. Chaves Nogales suele partir de situaciones reales sobre las que, sin caer en el partidismo ni en la simplificación maniquea, proyecta una mirada dolorida, una reflexión lúcida y piadosa sobre aquel desastre en el que se conjuraron los viejos fantasmas del odio cainita, los intereses económicos y el fanatismo.

Aquella carnicería brutal conmovió profundamente a Europa, hasta el punto de que ha generado una gran cantidad de literatura. La guerra civil española es casi un subgénero narrativo en la literatura contemporánea y en ese panorama A sangre y fuego es una de las referencias ineludibles, una de las más interesantes obras sobre la guerra civil, sus raíces y sus consecuencias, que el periodista y narrador sevillano sufrió en carne propia. Pese a eso, pese a que podía reivindicar para sí el papel de la víctima, Chaves Nogales fue fiel a su pensamiento liberal y tolerante para situarse en la equidistancia del extremismo de izquierdas y derechas, para mostrar el lado humano de un conflicto que se aborda desde la intrahistoria del sufrimiento y del desgarro antes que desde el enfoque político o desde la propaganda.

Escritos con la agilidad incisiva del periodista, estos nueve relatos tienen su punto de partida en situaciones reales aunque inverosímiles y su lugar de destino, su verdadera vocación, es la denuncia de una realidad desoladora: los bombardeos sobre un Madrid asediado, los señoritos caballistas que hacen batidas de obreros por los pueblos andaluces, la resistencia de los milicianos, los quintacolumnistas, la columna de hierro que dejó su huella de muerte en los pueblos de Valencia, los moros y la legión, los italianos y los anarquistas, la guardia civil y los falangistas en un aquelarre de destrucción y salvajismo que los iguala moralmente por abajo.

No hay en estos cuentos vencedores. Todos, estén en un bando o en otro, son del bando de los vencidos. Todos forman parte de dos ejércitos devorados por las raíces absurdas de la crueldad y el odio y su afloramiento más ominoso: el de una guerra civil.

Y en ella estos personajes, estos hombres y mujeres que comparten su doble condición de víctimas y verdugos, de seres dominados por el odio, aniquilados por la indignidad del miedo y la venganza sobre el fondo de una España sangrante y calcinada.

Santos Domínguez

11 junio 2013

Francisco Brines y su mundo poético

Huésped del tiempo esquivo. 
Francisco Brines y su mundo poético. 
Edición de Sergio Arlandis.
Renacimiento. Sevilla, 2013.

En su colección Iluminaciones, Renacimiento publica Huésped del tiempo esquivo. Francisco Brines y su mundo poético, un homenaje que reúne en este amplio volumen un conjunto de veinticinco ensayos que iluminan desde perspectivas muy variadas una de las obras poéticas más importantes e influyentes desde los años sesenta hasta hoy. 

Una parte considerable de la poesía que se escribe en España en las últimas décadas –Luis Antonio de Villena, Carlos Marzal, Vicente Gallego…- se alimenta de la lectura de los libros de Brines, y esos nombres figuran entre los veinticinco críticos y poetas que Sergio Arlandis ha convocado en torno a la obra de una de las voces poéticas imprescindibles que en el último medio siglo ha ido creando una sólida poesía contemplativa marcada por un constante tono elegiaco matizado a veces con algún acento hímnico o con impulsos epicúreos cuya huella rastrea Juan Carlos Abril. 

La soledad, la fugacidad de la vida, el sentido de la existencia constituyen ese centro espiritual, en el que hay un constante equilibrio entre lo físico y lo ético, lo que le ha hecho afirmar: El conjunto de mi obra es una extensa elegía.

Entre Las brasas y La última costa, con libros intermedios tan fundamentales como Insistencias en Luzbel o El otoño de las rosas, la reflexión sobre el tiempo constituye el eje temático de la poesía de Brines, que agrupó en 1997 su poesía completa bajo el título Ensayo de una despedida.

Planteada como forma de conocimiento y como lamento de las pérdidas, la poesía de Brines se levanta como una expresión depurada en el distanciamiento que supone la elaboración verbal de la materia existencial, en la sentimentalidad objetivada y en las sensaciones tamizadas por la inteligencia. Así lo explica el propio autor:

La poesía surge del mundo personal y de las obsesiones del poeta, pero yo no puedo escribir desde la plenitud ni desde el dolor, necesito un distanciamiento con respecto a la experiencia. La poesía desvela una visión del mundo, una cosmovisión de la vida como pérdida, que me ha concedido la poesía, y así surgen los poemas: del amor y de la pérdida, de la luz y de la sombra. La poesía, secretamente da a conocer aquello que está en uno y no se conoce y, además, es un retrato opaco del escritor.

Guillermo Carnero, Alejandro Duque Amusco, Gabriele Morelli, Antonio García Berrio, Ángel Luis Prieto de Paula, Ricardo Senabre, David Pujante, Fernando Ortiz, José Luis Gómez Toré o Ángel Luis Prieto de Paula son algunos de los autores que proponen los distintos acercamientos temáticos, el estudio de sus influencias o los análisis de textos que articulan este libro que se completa con un abundante material gráfico que recorre la vida de Francisco Brines y que refleja también lo que este volumen quiere ser: una reunión de amigos del poeta y un reconocimiento a su poesía, como señala Sergio Arlandis en su prólogo, Cuando yo aún soy la vida. Francisco Brines en su insistencia. 

Santos Domínguez

10 junio 2013

Mal Lara. La Philosophía vulgar

 
Juan de Mal Lara.
La Philosophía vulgar.
Edición de Inoria Pepe Sarno
y José-María Reyes Cano.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2013

Cuando se cumplen los cuarenta años de su imprescindible colección de clásicos hispánicos, Cátedra edita La Philosophía vulgar, que el sevillano Juan de Mal Lara publicó en 1568, tres años antes de su muerte prematura.

Es uno de los grandes monumentos del Renacimiento español, lo que en la segunda mitad del XVI es tanto como decir una obra esencial del humanismo europeo. En la línea de Erasmo y sus Adagia, Mal Lara reunió en él una colección de 1001 refranes glosados, a los que habría que sumar otros trescientos que cita en sus comentarios.

Ya en su título funde esta Philosophía vulgar lo culto y lo popular, la tradición escrita y la oral, la erudición y la sabiduría tradicional para construir un libro en el que, como en la Anatomía de la melancolía de Burton, cabe el mundo entero. Porque en las glosas de los refranes Mal Lara habla de la religión y de los cornudos, de la familia y la mujer, de la sociedad y la pobreza, de los ambientes estudiantiles y de la vida urbana en aquella Sevilla que era puerto de Indias y moderna Babilonia, ciudad del comercio, patio de Monipodio y capital del crimen.

Aquel maestro sevillano –Menandro bético lo llamó Juan de la Cueva- que tuvo cátedra en la Alameda, algún encontronazo con la Inquisición y murió a los 44 años, tres años después de imprimir su Philosophía vulgar en la calle de la Sierpe, escribía en la dedicatoria a Felipe II:

Materia me pareció conveniente para ofrecer a reyes la Filosofía y escogí la vulgar que los vasallos de S. M. usan con la libertad concedida en sus casas, huertos y heredamientos, según se les deja gozar con la pacífica vida y defensión inexpugnable, contra todos los que se atreven a pensar de enojar al menor de los que debajo de la bandera de V. M. viven. Esta Philosophía vulgar saqué yo de los refranes castellanos, los cuales no creo serán tan peregrinos a los oídos del rey que no lo haya alguna vez oído, y aun usado en su lugar y tiempo, para allanarse enre los suyos y hacerles merced hablando en su lenguaje, que se usa en las tierras propias y heredadas con tan merecido título.

Y un libro tan monumental como este solo admite una edición como la que acaba de publicar Cátedra Letras Hispánicas, que es el brillante resultado de cuatro años de trabajo exclusivo de Inoria Pepe Sarno y José-María Reyes Cano.

Con más de mil quinientas páginas y un aparato crítico de más de cuatro mil quinientas notas a pie de página, este es un libro imprescindible para quien quiera adentrarse en la literatura y la visión del mundo del Siglo de Oro español.

Porque como Fray Luis de León y el resto del humanismo renacentista, Mal Lara maneja en sus glosas fuentes bíblicas, literatura clásica grecolatina, tradiciones orales y autores modernos españoles e italianos. Fuentes que analizan los editores en su arduo y espléndido estudio introductorio a partir del escrutinio de la librería de Mal Lara, vendida en almoneda.

Y si importante es conocer las fuentes de la Philosophía vulgar, aún más lo es destacar la influencia que esta obra tuvo en la literatura posterior. No se detienen los autores de esta edición a valorar esa irradiación, pero es seguro que de Cervantes a Tirso de Molina, de Góngora a Calderón, de Lope a Quevedo, los autores del segundo Renacimiento y del Barroco tienen una deuda impagable con este libro de Mal Lara y con esa síntesis fructífera de lo culto y lo popular que daría sus mejores resultados en la novela cervantina, en la poesía conceptista y en la comedia nacional.

Entrar en un libro como este es también entrar en una selva, por lo cual Mal Lara elaboró seis índices, seis Tablas que son brújulas para orientarse en esa densidad exuberante. A esas seis Tablas originales se suman en esta edición otros cuatro índices utilísimos que han elaborado los editores para facilitar la consulta rápida, el cruce de perspectivas distintas o el puro merodeo por el millar y medio de páginas de este volumen impresionante.

Santos Domínguez

08 junio 2013

Desahuciados. Crónicas de la crisis



Desahuciados. 
Crónicas de la crisis.
Selección a cargo de Rafa Caumel y J. A. López.
Ediciones Traspiés. Granada, 2013.

En su colección Vagamundos, Ediciones Traspiés reúne una selección de microrrelatos ilustrados en los que casi un centenar de narradores e ilustradores reflejan su visión de la crisis en Desahuciados. Crónicas de la crisis, cuyos beneficios irán destinados a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

Nombres como los de Ángel Olgoso, Care Santos o José Antonio Masoliver, que respondieron a una convocatoria del Taller Paréntesis de Málaga que se ha concretado en este volumen en el que la palabra y la imagen en blanco y negro se conjuntan para ofrecer desde distintas perspectivas una misma mirada crítica que se mueve entre la desolación y la resistencia, entre la rebeldía y la denuncia.

Entre la ironía y la reflexión, desde la desesperación del suicida al nuevo pobre, vagabundean por estos relatos en fuga y a la deriva por calles hostiles bajo la lluvia en busca no de empleo, sino de los contenedores de basura en donde hurgar entre las esperanzas perdidas.


Santos Domínguez

07 junio 2013

Antonio Colinas. La tumba negra


Antonio Colinas.
La tumba negra.
Edición y estudio
de Francisco Aroca.
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2011

Como un poema de poemas define el profesor José Enrique Martínez La tumba negra en el prólogo de su imprescindible edición de En la luz respirada en Cátedra Letras Hispánicas, un volumen que reunía tres libros canónicos de Antonio Colinas: Sepulcro en Tarquinia, Noche más allá de la noche y Libro de la mansedumbre.

La tumba negra, tercera parte de esta obra central en la madurez de Colinas, tiene su génesis en la necesidad estructural de cerrar el Libro de la mansedumbre, pero también tiene un sentido autónomo, lo que justifica que La Isla de Siltolá le dedique una edición exenta como esta, en la que el texto va iluminado por un profundo estudio crítico de de Francisco Aroca.

Los casi quinientos versos de La tumba negra contienen la cifra del mundo poético de Antonio Colinas: el viaje, el arte, la música, el amor y la armonía construyen su esqueleto y sus articulaciones en una constante y creativa lucha de contrarios de la que surge la propuesta de una vida más alta.

La visita a la tumba de acero de Bach en la iglesia de Santo Tomás de Leipzig –Hay tumbas que en silencio hablan del mundo es un verso de Rilke que Colinas convierte en lema de La tumba negra- es el desencadenante del poema y de un primer contraste entre la tumba negra de Bach y su música blanca: Calla la tumba negra de la música blanca. Esa es la primera estación de un viaje por varias ciudades de la antigua Alemania del Este que acaba convirtiéndose en un viaje interior.

La vida y la muerte, la música y el silencio, la civilización y la barbarie, la armonía y la inarmonía se suceden en los versos de La tumba negra  en una dualidad de música y espinos que analiza Aroca como eje del poema.

Desde el verso inicial –Yo había abierto mi ser a la mansedumbre- hasta los versos finales, a través del revoltijo de huesos, de dolor y de ideas de la historia reciente, el poeta viaja por la duda, por la inarmonía y por el dolor al centro de sí mismo a través del orfismo y de la armonía de la música y el amor frente a los muros de la historia, los totalitarismos o las agresiones al medio ambiente:

¿Hasta cuándo tendrá que rodar la cabeza de Orfeo
sobre los pedregales de la Historia?

De ese triple impulso órfico –amor, música y poesía- que nutre gran parte de la poesía de Colinas se alimenta el entramado simbólico de un poema en el que la imagen se convierte, a la manera de María Zambrano y su razón poética, en el lenguaje con el que se expresa el misterio, en una sucesión que recuerda en su estructura el diseño musical de las fugas y las variaciones.

Desbrozados por Francisco Aroca y por José Enrique Martínez, esos símbolos desarrollan el sentido de ese viaje interior que resumen estos versos:

La tumba negra fue
(“¡oh, lámparas de fuego!”)
al fin como una hoguera musical.

Creí haber sentido agujas en las sienes,
algo muy parecido a un desesperado y espinoso
combate de contrarios,
cuando, en realidad, me hallaba en lo profundo
del centro de mí mismo.


Santos Domínguez

05 junio 2013

Charlatanes



Charlatanes.
Crónicas de remedios incurables.
Selección y prólogo de Irina Podgorny.
Eterna Cadencia Editora.
Buenos Aires, 2012.


¡Señores, pasen y vean en este libro al gran Doctor Meraulyock extrayendo una muela mientras, para distraer al paciente o tapar sus gritos, dispara con su pistola, el broche de la capa de Yocasta con que se sacó Edipo los ojos, una fotografía del alma humana tomada al microscopio!

Descendientes de la bruja de Michelet, de los chamanes homeópatas de América, pioneros del médico trucho contemporáneo y de la sociedad del espectáculo, los charlatanes que han arrastrado sus gabinetes y museos por nuestras tierras son y no son culpables. Por eso aquí no hay una denuncia, mucho menos una sentencia: se registra cuánto hay en el charlatán viajero del saber laico y del empirismo triunfantes (claro que fundados a menudo en un tendal de cobayos humanos estafados, exhibidos o finados). Y se invita a sospechar cuánto de charlatana tiene la ciencia de un José Ingenieros o un José María Ramos Mejía: ¿acaso la revista dirigida por el primero, Archivos de Psiquiatría y Criminología, no contiene un artículo titulado “Cómo blanquear a un negro” y otro “Infanticidio entre los pájaros”? Y al contrario, ¿no son los maestros charlatanes expertos en el uso de lo que los serios psicoanalistas contemporáneos llaman transferencia?

Con esas palabras en cuarta de cubierta invita a leer Charlatanes María Moreno, directora de la colección de crónica literaria Nuestra América que publica Eterna Cadencia Editora.

Subtitulado Crónicas de remedios incurables, con selección y prólogo de Irina Podgorny, es un recorrido por la charlatanería del siglo XIX y comienzos del XX que permite comprobar cómo su desarrollo es sensible a las modas y a las corrientes de opinión y adapta su oferta y su discurso a las cambiantes demandas de cada situación histórica y social.

Porque si su oferta viene a cubrir necesidades o a generarlas para inducir el consumo de un producto, su discurso –aunque superficialmente- siempre tiende a adaptarse a los avances técnicos, a la nueva mentalidad social y al tecnicismo superfluo.

El padre Feijoo denunció su actividad y su peligro para la salud en una de las Cartas eruditas y curiosas, la que abre esta selección. Allí, doscientos años antes que García Márquez en Blacamán, el bueno, hacedor de milagros, Feijoo describió las distintas tipologías de curanderos y charlatanes. Y ya en en ese texto se percibe lo que Irina Podgorny define brillantemente como “la dispersión ecuménica del charlatán”, su carácter itinerante:

Pocos fenómenos -escribe en el prólogo- pueden rivalizar con la dispersión ecuménica del charlatán, ese personaje donde el viaje de plaza en plaza, los remedios milagrosos, las promesas, los tónicos, los ungüentos y las tisanas se unen con el poder de la palabra y la credulidad de quien mira y escucha.

El charlatán desafía las fronteras entre lo culto y lo popular. Combatidos y aplaudidos por médicos, científicos y filósofos, por pobres y ricos, por mujeres y hombres, los charlatanes (...) circulan y hacen circular saberes y objetos entre las esferas culturales más diversas.

Una itinerancia que no es solo geográfica, sino una característica esencial del conocimiento, junto con la transitividad porque curanderos y tunantes, adivinos y magos, hacían de la charlatanería el instrumento persuasivo para un fin tan venal como el de cualquier otro negocio. Y así desfilan por las páginas de este libro atracciones de barraca de feria como los enanos aztecas que fueron exhibidos en Londres y Berlín a mediados del XIX, el hombre azul de Nueva York, embalsamadores y momias de mujer con plumas, museos patológicos de horrores y piltrafas, el alma vista en un microscopio, pócimas, ungüentos y fórmulas mágicas, bálsamos milagrosos y polvos de serpientes de dos cabezas, la piedra de la iguana o el último hueso de la cola del armadillo.

Y hay más: crecepelos, tónicos cardiacos o una mistura india de plantas para curar una nómina de enajenados cuyos síntomas describe minuciosamente el sanador Telmo Romero en una carta a la prensa de 1884.

García Márquez –lo decía más arriba- evocaba a los charlatanes en su cuento Blacamán, el bueno, hacedor de milagros. Y antes lo había hecho Juan Rulfo en su relato Anacleto Morones. ¿Cómo no recordar al final de esta reseña al gitano Melquiades, el verdadero autor de Cien años de soledad, sin duda el más alto charlatán de la historia de la literatura, con sus barras de hielo y sus imanes gigantescos?

Santos Domínguez



03 junio 2013

Medardo Fraile. Laberinto de fortuna


Medardo Fraile.
Laberinto de fortuna.
Menoscuarto. Palencia, 2012.


Laberinto de fortuna es la única novela de Medardo Fraile (1925-2013), el maestro del cuento recientemente desaparecido. Y tiene una extraña historia editorial, porque se publicó en los años ochenta en Madrid y se reeditó en 2008 en Venezuela con el título Autobiografía, por las razones que explica el autor en la nota preliminar a la edición que Menoscuarto publicó poco antes de su muerte, ya con su título original.

Es la única novela de Medardo Fraile, es cierto, pero muestra una enorme coherencia con su mundo literario: no solo con algunas zonas de sus memorias -El cuento de siempre acabar-, que es lo más obvio, sino con una parte esencial de su narrativa breve, con la que comparte una evocación parecida del mundo desde una ingenua mirada infantil incapaz de descifrar las claves del comportamiento adulto.

Pero Laberinto de fortuna no es una sucesión de cuentos engarzados. Su diseño temporal y espacial, el ritmo narrativo, el número de personajes o la proyección argumental de sus episodios responden a las normas genéricas de la novela.

A través de esa mirada, anterior a la conciencia del tiempo, sus páginas reconstruyen los espacios de la memoria a través de la importancia de las sensaciones y los detalles pequeños, o mediante la sucesión de situaciones aparentemente dispersas que cobran sentido en el conjunto, vivas en la agilidad de los diálogos o en la inusual capacidad descriptiva de su autor, en fragmentos como este:

El sol era un rescoldo lejano y se recostaba en tapias y fachadas con cara borrosa. Por encima de las casas, sobre los campos secos del sur, se veían relámpagos y rodaban ecos de truenos sobre los tejados. Las casas tenían las persianas echadas y apenas se oía en los patios alguna voz desganada y pastosa que maldecía el calor, o pedía que descargara de una vez la tormenta, o invocaba a Santa Bárbara. A media tarde cayeron unos goterones calientes y la calle comenzó a echar vaho, a oler a tierra, y pronto las gotas, secas, parecían cráteres de hormiguero.

Entre la autobiografía personal, la ficción novelística y la memoria de un tiempo y un espacio compartidos con los demás, en la reconstrucción del pasado por parte de Medardo Fraile se unen la capacidad narrativa en la evocación y la ironía comprensiva de raíz cervantina, para dar cuenta de diversos tiempos y lugares y de una abundante fauna urbana.

La escritura de Medardo Fraile suele situarse, también en esta novela, en interiores proustianos desde los que el narrador contempla el exterior, o lo oye o lo huele. Y con esa capacidad magistral para la evocación, Laberinto de fortuna pone en pie ante los sentidos del lector la época de los serenos y la Cafiaspirina en un Madrid sin timbres y con verbenas y kermeses en las Vistillas:

Desde el Hotel Acapulco a casa de Julián las viviendas se iban haciendo más bajas; los árboles, desenfilados y ralos, más frecuentes; los bares más sucios. Carros y, a veces, cabras y ovejas acompañaban la perezosa marcha de los tranvías y junto a las aceras no era extraño encontrar un gato muerto, tieso, el pelo brillante, la sonrisa roja y un ojo en desvarío. Los solares emanaban un vaho fétido al sol y se oía, de vez en cuando, enganchar vagones, o el resuello domado de un tren avanzando en vía muerta, o pitidos anémicos que parecían pregonar el hambre de los campos. Había puestos de sortijas y puestos de avellanas, de carteras y cintas, de llaves y altramuces y, en balcones y ventanucos oscuros, colgaban jaulas de canarios, colorines y grillos; el grillo preso plañía su carcelera sobre la lechuga y le contestaba el grillo libre del solar, acechado, entre las ortigas, por la boina ociosa de un viejo. Había plantas también, en latas de arenques y en tiestos: geranios, hortensias, claveles, albahaca, verbena. El sol salía para todos, caldeaba las panzas de los churumbeles desnudos y dejaba, al marcharse, una capa de polvo que parecía descansar por las noches del azacaneo transeúnte. El que usaba sombrero era un tratante en burros; el que llevaba bastón estaba enfermo o era mayoral, pastor o reñidor; el que lucía corbata, alfiler de corbata y, a veces, camisa a rayas, era carterista.

Como en sus cuentos, el estilo se vuelca en la capacidad de sugerir y lo impreciso, lo abierto, el fragmento se convierten en la sustancia narrativa de una novela cuyo eje es la enfermedad de la madre de Manuel, el niño protagonista.

Una novela que reúne rostros y lugares que pueblan las primeras evocaciones del entorno familiar del niño (su temprana orfandad, sus tías, sus primas,su padre) que poco a poco va bajando desde su balcón al mundo y descubriendo la ciudad, el color de sus tardes, sus ruidos y sus olores.

Como en El cuento de siempre acabar, Medardo Fraile aúna soltura narrativa y verdad, dos de las bases de sus relatos, que el autor reunió en un volumen titulado significativamente Escritura y verdad.


Santos Domínguez