4/11/06

Una educación sentimental

































Murasaki Shikibu.

La historia de Genji. Tomos I y II.
Edición Royall Tyler.
Traducción de Jordi Fibla.
Atalanta. Gerona, 2006.


En uno de sus ensayos más conocidos, Tres momentos de la literatura japonesa, incluido luego en Las peras del olmo, Octavio Paz habla con llamativo entusiasmo de La historia de Genji, un libro escrito en Japón a principios del siglo XI por una mujer que firmaba con el apodo Murasaki Shikibu.

La primera traducción de ese clásico japonés a una lengua occidental apareció en Inglaterra en 1925 y desde entonces su fama no ha dejado de crecer hasta el punto de fundar una creciente legión de incondicionales y de convertirse en un fenómeno cultural que va más allá de los límites del libro. Incluso en España, donde hasta hace un año no se disponía de ninguna traducción, conozco a algunos de esos entusiastas que habían llegado a plantearse realizar una versión en castellano de La historia de Genji.

En otoño de 2005 coincidieron en las librerías las dos primeras traducciones al español. Hubo que esperar mil años, reales, no hiperbólicos, para que al final se produjera esa coincidencia de dos ediciones: la de Destino, con los 33 capítulos de la primera parte, y la de Atalanta con los 41 de la primera y la segunda. Esa edición de Atalanta acaba de completarse con la publicación de los trece capítulos restantes en un segundo tomo que viene avalado por el éxito editorial del primer volumen, que alcanza ya la tercera edición.

Ninguna de esas dos ediciones en español es traducción directa del original japonés. La versión de Destino traduce la adaptación inglesa de Arthur Waley, que tiene un cierto regusto de época, suena un poco, incluso después de traducida, a James y a Proust.

La de Jordi Fibla para Atalanta se ha basado en la edición más reciente en inglés, la que Royall Tyler hizo en 2001 para Penguin, que hoy está aceptada como la más completa y seria, como la más fiel al original. De esa edición anotada y profusamente ilustrada se han traducido el prólogo, el glosario y las abundantes e imprescindibles notas de Tyler que la acompañaban.

Organizada en dos tomos, el primero contenía los 41 capítulos que narran la historia del príncipe Genji. Son dos de las tres partes en las que se estructura la obra. El segundo, con los trece capítulos restantes, acaba de aparecer en las librerías y se centra, ocho años después de la muerte de Genji, en su hijo y su segundo nieto. Son los relatos de Uji, un título que hace referencia al río y a la ciudad en que transcurren.

Ambos tomos completan la historia de una familia que abarca más de setenta y cinco años narrados desde puntos de vista distintos en una obra que se suele considerar la primera novela moderna y uno de los grandes clásicos de la literatura universal.

De su autora no se sabe casi nada. Ni siquiera su nombre real, aunque ocupa en la literatura japonesa el papel relevante que la cultura occidental reserva a Homero, a Shakespeare o a Cervantes.

En el ensayo que citábamos al comienzo, Octavio Paz hablaba del nivel de esta novela, equiparable a los grandes clásicos occidentales: a Cervantes, a Shakespeare, a Balzac, a Proust. Y en esa misma línea se desarrolla toda una vertiente crítica que relaciona a su autora, Murasaki Shikibu, con Proust: por su refinamiento, por los ambientes sociales, por su demorada profundidad en el análisis psicológico de los personajes, por su meditación sobre el tiempo.

Hay en este libro monumental un despliegue de argumentos paralelos que parecen anticipar las técnicas caleidoscópicas de la novela contemporánea, los relatos se superponen integrados según el modelo de las cajas chinas y son frecuentes las variaciones de perspectiva y punto de vista.

Como todos los clásicos, esta novela tiene la virtud de ser inmune al tiempo. Parecerá un tópico, pero los personajes que la pueblan podrían ser nuestros contemporáneos, no gente de hace mil años, y podrían vivir cerca de nosotros, no en montañas lejanas ni en países remotos si se me permite la ya inmortal frase.

Se podrá pensar que la lectura que se propone en esta reseña es anacrónica porque trae a la contemporaneidad una narración tan lejana en el espacio y con tantos siglos a cuestas. Puede que eso sea verdad, pero más innegable es que esa es la única manera de leer un libro, actualizándolo en el acto de la lectura y haciendo una lectura contemporánea de los clásicos, que interesan no por la superstición del rótulo o la costumbre, sino en la medida en que su voz sigue siendo actual y nos sigue hablando del presente.

Esa es la prueba del nueve de la literatura y los autores clásicos: que permitan esa lectura o que la repelan. Y esta Historia de Genji no sólo la admite, sino que la exige, la reclama del lector antes de provocar en él un sostenido entusiasmo que muy pocas obras suscitan.

"Nada se ha escrito mejor que esto en ninguna literatura”, decía Marguerite Yourcenar, una de las más brillantes portavoces del entusiasmo lector que suscita esta historia.

A esa fascinación del texto se refería no hace mucho Clara Janés cuando decía que este libro, aunque los merezca, no necesita elogios previos. El lector sólo tiene que empezar a leerlo y algo inasible le empujará a seguir mirando ese mundo espacioso por una ventana desde la que contempla la ambición y el secreto, el amor, el resentimiento y el orgullo.

Al fondo de la historia personal y de la educación sentimental del príncipe, que tiene como eje una serie de decisivos personajes femeninos, está siempre la naturaleza. Una naturaleza animada que en su exuberancia vegetal sirve de contrapunto melancólico y titula muchos capítulos del libro con sus hojas tiernas y sus brotes de primavera, sus campánulas, sus ríos de bambú, sus nudos de trébol y sus helechos, hasta el último capítulo, El puente flotante de los sueños, que deja flotando también la historia en la ambigüedad abierta de un final desconcertante y enigmático como la doncella del puente que se evoca en este tanka:

¡Qué gotas mojan estas mangas, cuando el remo del barquero, al rozar los bajíos,
sondea el misterioso corazón de la Doncella del Puente!

Llena de belleza serena y melancólica, de un sutil sentimiento del tiempo, de inteligencia y de sensibilidad, la obra cuenta no sólo la historia de una educación sentimental. La historia de Genji es también y sobre todo una historia del deseo, que ocupa aquí el mismo papel capital que tiene en otras novelas modernas que plantean ese asunto como un concepto vertebral de la narración. Una historia trazada con sutileza de calígrafo por otra de esas mujeres contadoras de historias, como la hija de Homero, como Sherezade, casi contemporánea de Murasaki, en quien la delicadeza no es sólo una forma de actuar o de escribir, sino una postura sentimental ante el mundo y un método para lograr la matización psicológica y emocional de los personajes.

Es este un libro para lectores con tiempo libre, porque no se trata solamente de una obra larga, sino de una obra tranquila que hay que saborear con la lentitud del degustador de la poesía.

La delicadeza estilística del texto y de su universo sentimental hace que la poesía encaje de modo natural en el cuerpo de la obra, muchas veces como resumen, anticipo o clave de la acción narrada, como en este tanka sobre el árbol de la retama, que tenía la reputación poética de ser visible desde lejos y desaparecer cuando uno se aproximaba:

Yo, que jamás supe lo que significaba el árbol de retama, ahora me asombro al descubrir
que el camino a Sonohara me ha alejado mucho de mi ruta.

Los casi ochocientos tankas que aparecen en La historia de Genji hacen que este sea también un corpus de referencia para la poesía clásica de Japón.

Las ilustraciones, realizadas por un artista contemporáneo que se ha basado en modelos medievales ya que las originales se perdieron, son un valor añadido a un texto que, como en toda la literatura oriental, funde la palabra, la caligrafía y el dibujo en una voluntad artística unitaria.

Lo sorprendente es que el lector entra en este libro sin extrañeza y siente que ni los paisajes naturales exteriores ni los otros paisajes interiores de la emoción le son ajenos. Quizá todo esto tenga que ver mucho con la modernidad de una concepción de la escritura como desafío al tiempo y al olvido. Una modernidad que procede de esa conciencia del tiempo que destacaba Octavio Paz como el valor más característico de esta obra, como el verdadero tema de esta historia inolvidable.

Santos Domínguez