31 octubre 2011

Carmen Martín Gaite. El proceso de Macanaz


Carmen Martín Gaite.
El proceso de Macanaz.
Historia de un empapelamiento.

Prólogo de Pedro Álvarez de Miranda.
Siruela. Madrid, 2011.

Leyendo, un día de otoño de 1962, el libro de Ferrer del Río Historia del reinado de Carlos III, me asomé, en su prólogo, a la desgraciada historia de don Melchor Rafael de Macanaz, cuyo nombre, denigrado y unido al de «regalismo», apenas si me sonaba de mi lectura de la Historia de los heterodoxos, de Menéndez Pelayo.
Desde aquel momento, mi curiosidad por completar tan confusa y arrinconada historia fue
creciendo tan ardientemente que el deseo de ahondar en el inexplicable proceso que llevó a Macanaz a la fama, al destierro, a la cárcel y a la muerte, llegó a sustituir en mí a todo otro proyecto intelectual.
Algunas personas, que conocían mi anterior dedicación a la literatura, se extrañaron de este inesperado derrotero y aun hubo quien llegó a indignarse seriamente al comprobar lo absorbente y terco de este nuevo afán por seguirle el rastro a un muerto que, según ellos, se cruzaba en el camino de mi auténtica vocación. Esto, aparte de que es muy discutible, nos llevaría a pensar en la relación que pueden tener las historias falsas con las verdaderas, y a otras muchas cuestiones que no son del caso, como, por ejemplo, la de poner en duda el que uno tenga que atenerse implacablemente a una dedicación fija.

Así explicaba su autora la génesis de este El proceso de Macanaz que Siruela acaba de incorporar a su Biblioteca Carmen Martín Gaite. Como sus Usos amorosos del dieciocho en España, esta monografía se ha convertido no sólo en una referencia imprescindible, sino también en un clásico de los estudios sobre el siglo de las luces.

Cuando alguien con el talento literario, la fluidez de la prosa y la capacidad narrativa de Carmen Martín Gaite aborda el género ensayístico, el lector tiene la garantía de que va a leer un relato atractivo que se superpone a la investigación sin que eso implique abandonar la lucidez del análisis y el rigor del estudio.

Y eso es lo que ocurre con este libro, que desde el subtítulo -Historia de un empapelamiento- hace al lector cómplice de la narración de la peripecia biográfica de aquel Melchor de Macanaz que nació en 1670, en el reinado catastrófico de Carlos II, desarrolló su actividad política reformista con Felipe V, padeció treinta y tres años de destierro en Francia y diez de prisión con Fernando VI, y murió a los 90 años, en 1760, cuando empezaba a reinar en España Carlos III, que le había otorgado poco antes su real perdón.

Esta es una biografía que recorre la historia del personaje: sus tentativas de ascenso, el apogeo político que se concretó en los proyectos de desamortización y de abolición de privilegios forales y en su intento de acabar con la inmunidad eclesiástica, y la prolongada caída en desgracia de aquel reformista que chocó con la resistencia inmovilista de la Iglesia, con el poder disuasorio de la Inquisición, con la España oscurantista que apestaba aún a la cadaverina de los últimos Austrias.

Pero este libro va más allá de los límites de la biografía individual de Macanaz y de la peripecia jurídica del proceso y empapelamiento que sufrió aquel adelantado a su tiempo, aquel político en desgracia que acabó convertido en un grafómano infatigable y mediocre que producía una ingente cantidad de escritos que desde el exilio salían en busca de un interlocutor que no encontraron en las pocas luces de aquella España lamentable, sombría y atrasada.

Lo destaca Pedro Álvarez de Miranda en su prólogo, que titula elocuentemente Macanaz encuentra, por fin, interlocutora: tuvieron que pasar más de doscientos años desde su muerte para que Macanaz encontrara por fin su interlocutora en Carmen Martín Gaite, que dedicó seis años de estudio, de documentación y de escritura a ese diálogo con su personaje y con las circunstancias que condicionaron su existencia y su actividad política, “una desgraciada historia”, en palabras de la autora.

Una historia individual rodeada hasta entonces de niebla, de contradicciones, de falsificaciones y silencios. Y una vida novelesca perfilada contra el telón de fondo de aquella España conflictiva y escindida de los primeros Borbones, porque –como afirma Carmen Martín Gaite- la vida de Macanaz, ni siquiera examinada en todo su conjunto, sería tal vida sin una continua referencia a las oscilaciones y progresivo desenvolvimiento de la España de principios del XVIII.

Santos Domínguez

28 octubre 2011

Ricardo Defarges. Antología poética


Ricardo Defarges.
Este don a la muerte.
Antología poética, 1960-2011.

Renacimiento. Sevilla, 2011.

La vena clara de tu vida sola, escribe Ricardo Defarges (Barcelona, 1933) en uno de los poemas de Este don a la muerte. (Antología poética, 1960-2011), que publica Renacimiento en su colección Calle del Aire.

La soledad como tema y como actitud, la literatura y el paisaje, la música y el paso destructivo del tiempo son algunos de los temas que recorren la obra de Defarges, que reúne en este volumen una antología, final y definitiva, de más de medio siglo de escritura poética.

Organizada en tres partes que responden a las tres fases de su evolución literaria, Este don a la muerte recoge la evolución de una trayectoria que, desde la sencillez de la poesía de arte menor, desde su línea clara cercana a la canción, progresa en un segundo momento a una línea de mayor complejidad y a un incremento de alusiones culturalistas explícitas.

Ese proceso evolutivo se refuerza con el paso de una escritura autorreferencial, marcada por la primera persona y por el patetismo y abiertamente confesional, a otras formas de expresión, dominadas por la técnica de la transposición y del correlato objetivo mediante el que el yo del poeta se proyecta en lo externo:

Arrecian tiempo y lluvia. El corazón nada oye.

Defarges evoluciona así desde la leve suavidad de la asonancia a una mayor solidez conceptual del texto, a una mayor carga meditativa y al molde expresivo del poema en prosa.

En sus poemas, con frecuencia lluviosos y nocturnos o instalados en el desamparo del frío, la mirada al paisaje convive con las alusiones a la música o los homenajes literarios a escritores, a amigos y a personajes como Ivan Karamazov, Aliosha, Lear, Hamlet o Macbeth:

La vida es un bufón que se agita en escena,
la historia que un idiota nos cuenta, y su silencio.

La decrepitud física, la proximidad de la muerte -la vida, un resto amargo, más breve cada día-, la religiosidad y la memoria son las referencias de su poesía última, de los poemas de una tercera etapa en la que mezcla el lamento y la esperanza ( Y guardas solamente /residencia en la casa, /no en la tierra) y asume, tras la incomunicación, tras la soledad y el silencio, la llegada de la muerte:

Y la vida es ahora silencio, en espera de ser noche cerrada.

Santos Domínguez

26 octubre 2011

Cutter


Yves Ravey.
Cutter.
Traducción de Santiago Martín Bermúdez .
Pasos perdidos. Barataria. Barcelona, 2011.

Una mirada que narra y no entiende ni enjuicia ni va más allá de su propia inocencia y de las conversaciones que escucha o mantiene es el eficaz punto de vista narrativo que emplea Yves Ravey (Besançon, 1953) en Cutter, una novela que apareció en 2009 y que ahora publica en español Barataria con traducción de Santiago Martín Bermúdez.
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Con una sintaxis rápida y cortante como la del cutter del título, Lucky, un adolescente huérfano que vive en un centro de menores y trabaja un día a la semana en el jardín del matrimonio Kaltenmuller, es el narrador-testigo, el observador inocente y neutral de un crimen burdamente maquillado de suicidio.

Gestos, acciones, movimientos, diálogos son las referencias de una narración conductista que nunca aborda el interior de los personajes. Es lo coherente en una novela que crece sobre el secreto y el encubrimiento, sobre unas vidas turbias que el narrador presenta con distancia porque no atisba el fondo del asunto y asiste perplejo a la explosión de violencia que cae sobre los demás y sobre él mismo.

Desarrollada con el ritmo vertiginoso que impone la frase corta, Cutter es una novela absorbente, una narración tan eficaz y tan implacable como la investigación y los interrogatorios del inspector Saul, que acaba desentrañando las claves del asesinato.

Más allá de la mera superficie de la investigación policial de un crimen, esta novela traza una metáfora de la violencia en las relaciones sociales, de una violencia que crece por momentos, invade el relato y contrasta con la perspectiva inocente del narrador.

Un relato enérgico e incisivo como el cutter que recorre la obra desde el episodio inicial de castración animal hasta la explosión de violencia final.

Santos Domínguez

24 octubre 2011

Cuentos norteamericanos del siglo XIX


Pioneros.
Cuentos norteamericanos del siglo XIX.

Edición de Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan.
Traducción de Ignacio Ibáñez Fernández.
Menoscuarto. Reloj de arena. Palencia, 2011.


A la vez que políticos norteamericanos como Jefferson o Lincoln ponían los bases del nacimiento de aquella nación, narradores como Nathaniel Hawthorne, Edgar Allan Poe o Ambrose Bierce fundaban una tradición en la que integraban la herencia del romanticismo europeo con otros ambientes y con una nueva mirada.

Y de la misma manera que en la personalidad en formación de los Estados Unidos se renovaban las tradiciones europeas con un nuevo sistema político, sus narradores convertían el relato breve en la punta de lanza de la narrativa moderna y en la tendencia más renovadora de la literatura de aquel país en el siglo XIX.

Es bien conocida la aportación decisiva de Poe, no solo por su forma consciente de planear y desarrollar sus narraciones, sino porque esos textos fundan géneros como la ciencia ficción o el relato policial.

Pero no solo Poe, sino la mayor parte de los narradores incluidos en esta antología del cuento norteamericano del siglo XIX, fueron precursores del relato moderno, pioneros que abrieron caminos decisivos para la literatura contemporánea y colonizaron e hicieron habitable un nuevo territorio narrativo, caracterizado por su intensidad y por la concentración de la acción, el tiempo y la reducción de personajes y ambientes. Se probaba así la eficacia del método orientado a conseguir lo que Poe definió como efecto único.

Los dieciséis relatos que recoge Pioneros, la antología preparada por Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan y editada en Menoscuarto, recorren más de un siglo. Van desde clásicos de comienzos del XIX -Washington Irving (Rip van Winkle), Nathaniel Hawthorne (El experimento del doctor Heidegger) o Poe (El hombre de la multitud)- hasta casi contemporáneos como Jack London o Edith Wharton, de quien se recoge aquí uno de sus mejores cuentos: Fiebre romana, de 1934.

Y entre esos límites, narradores conocidos, como Herman Melville, Mark Twain, Henry James o Stephen Crane, y otros poco traducidos o inéditos en España, como Charles W. Chesnutt, Kate Chopin, Rebecca Harding Davis, Mary E. Wilkins Freeman, Charlotte Perkins Gilman y Sarah Orne Jewett.

Esos nombres y los relatos que forman parte de esta antología permiten apreciar la evolución decisiva del género desde lo local a lo universal, desde el Romanticismo a las tres variedades de realismo (urbano, psicológico y rural-costumbrista) que explica Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan en su prólogo Los pasos inciertos del cuento literario norteamericano del siglo XIX.

Pero además en la nómina de Pioneros, y esta es una de las aportaciones de esta espléndida panorámica, llama mucho la atención la abundante presencia de narradoras que hicieron del relato un método de conocimiento y de representación de la realidad desde un nuevo punto de vista, con una mirada femenina intimista o reivindicativa.

Escritos por hombres o por mujeres, estos dieciséis relatos, que empezaron siendo textos de frontera de tiempos y espacios y que abandonaron el color local con Henry James, el más europeo de los narradores norteamericanos, comparten un llamativo rasgo común: un aire asombroso de contemporaneidad.

Además de su calidad, la causa de esa proximidad la resumía así Richard Ford en el prólogo de otra antología memorable del cuento norteamericano que publicó Galaxia Gutenberg hace diez años:

De hecho, si hay algo típico en los escritores y la literatura norteamericana contemporánea, es que cuando intentamos imaginar nuestros antepasados literarios y encontrar la conexión crucial con Irving y Hawthorne, Herman Melville o Mark Twain, Sarah Orne Jewett en el frío Maine rural, no lo hacemos para crear a imitación de ellos, sino para encontrar aliento en individuos como nosotros mismos: mujeres y hombres cercanos a la vida, con pocas ideas preconcebidas, que experimentaron lo cotidiano más como un conjunto de sensaciones impredecibles que como una suma de certezas demostrables. Al igual que ellos, pensamos que nuestra literatura y cultura no son categorías absolutas destinadas a mantenerse y a estabilizarse, sino nociones para inventar de nuevo a través de un proceso de cesión y de revalorización. Un escritor norteamericano (sin duda al igual que uno letón o uno noruego) ofrece el aspecto de un hombre o una mujer bastante perplejo ante el maremágnum de acontecimientos más que el de una criatura escudada detrás de una barricada de obras y certezas. Por supuesto, una de las concepciones erróneas de la historia es creer que las grandes figuras del pasado eran esencialmente diferentes de nosotros. Y una de las convicciones principales de la democracia es el hecho de que no lo eran.

Santos Domínguez

21 octubre 2011

Sesenta y cuatro caballos


Antonio Pereira.
Sesenta y cuatro caballos.
Selección de Úrsula Rodríguez Hesles.
Prólogo de Juan Carlos Mestre.
Calambur 20 años. Madrid, 2011.


Una vez estaba en la taberna el poeta inspirado haciendo su papel de poeta inspirado. Todos lo respetamos mucho en sus esperas de la voz misteriosa, aunque nunca se le haya visto una página terminada. Vino un parroquiano de la taberna con la alegría lúcida de los primeros vasos, y fisgó el renglón que campeaba en la hoja:

Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos.

El verso hermoso, todavía único, con que iba a arrancar el poema.
El parroquiano suspiró:
—Es un buen empiece, poeta. Pero ahora qué.

Este es uno de los textos que forman parte de Sesenta y cuatro caballos, la generosa y representativa antología de la obra poética y narrativa de Antonio Pereira (Villafranca del Bierzo, 1923 - León, 2009) que ha preparado Úrsula Rodríguez Hesles y que publica Calambur en la colección conmemorativa de sus 20 años.

Una antología en la que conviven en armonía los poemas de Meteoros con los relatos de Recuento de invenciones, porque, como señala Juan Carlos Mestre en su prólogo El hilo de la cometa, “lo poético en Pereira es su narratividad.”

Pereira compaginó con naturalidad la poesía y el relato, porque sabía que eran géneros afines. Por eso en su poesía hay una clara voluntad de contar y en sus relatos brilla con frecuencia el fulgor de la poesía, la imagen y la palabra, porque hay una serie de vasos comunicantes entre sus cuentos y su poesía: el humor, la sugerencia de la palabra que va más allá de sus límites, la potencia imaginativa o la complicidad con los lectores:

No es tu mejor amigo quien regresa en la noche
y te trae pensamientos oscuros,
el perseguido por papeles de oficio,
el maniático insomne que comprueba las contras
y ve desde tu cama el crespón de la duda.
Apártalo aunque lleve el grosor de tus gafas
y por mucho que tosa aire de tus pulmones.
Lleva tus mismos trajes. Usa tu propio nombre.
Ése no te conviene.

Aunque vinculado a la generación del medio siglo por motivos cronológicos y al grupo leonés por afinidades personales o relaciones de amistad, Antonio Pereira construyó, como poeta y como narrador, una obra profundamente personal, al margen de modas y movimientos episódicos.

Sus primeras publicaciones fueron poemas que vieron la luz en las revistas Espadaña y Alba, y por el camino de la poesía continuaría transitando en sus primeros libros, reunidos más tarde en el volumen titulado Contar y seguir (1972), de título tan machadiano como significativo, porque enuncia la relación profunda que hay entre su obra poética y su narrativa.

Y de ahí la convivencia natural de la poesía y la narrativa en estos Sesenta y cuatro caballos. El propio Pereira lo explicaba así:

“Siempre me he considerado poeta, lo mismo cuando escribo en renglones cortos y medidos que llaman versos que cuando escribo todo seguido.”

“En mis libros de cuentos hay textos tan próximos a la poesía que no tendría inconveniente en incluirlos en un Adonais.”

Esta cuidada antología da un perfil completo del escritor que nos dejó textos memorables como esta Oración que cierra el libro:

Señor ya sabes mis cuidados con el butano y los grifos
todo lo cierro bien pero es difícil desentenderse
inspecciono la antena
las macetas con tantas criaturas que por debajo pasan
sufro mucho Señor
y aunque te agradezco no haberme hecho cirujano
ni conductor del autobús escolar
te pido que un ratito te quedes responsable
que aguantes todo esto mientras voy a un recado
y cualquier día no vuelvo.

Santos Domínguez

19 octubre 2011

Schiller o La invención del idealismo alemán


Rüdiger Safranski.
Schiller
o La invención del idealismo alemán.

Traducción de Raúl Gabás.
Fábula. Tusquets. Barcelona, 2011.

Es muy posible que nadie conozca el Romanticismo alemán como Rüdiger Safranski. De ello dejó una muestra definitiva en su irreprochable Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán, cuya traducción apareció en Tusquets hace poco más de dos años.

Y desde luego nadie lo ha explicado como él, con una excepcional mezcla de profundidad analítica y capacidad narrativa para evocar aquella época decisiva en la construcción de la modernidad y para resaltar la actualidad de su legado.

A la vez que se edita en España la traducción de un nuevo ensayo, Goethe y Schiller. Historia de una amistad, se recupera en Tusquets en formato de bolsillo Schiller o La invención del idealismo alemán, que en varios de sus capítulos contenía el germen del último libro de Safranski.

Al lector avisado casi no hace falta advertírselo, pero lo primero que hay que destacar de esta extensa incursión en la figura de Schiller es que supera los límites de una biografía para reconstruir, sumando su vida privada y su vida pública, un completo panorama del ambiente histórico y cultural en el que surgió el idealismo y se generó el temprano movimiento romántico del círculo de Jena.

Es el decorado de fondo contra el que se perfila la figura decisiva de Schiller, presentado casi como un contemporáneo por sensibilidad y por pensamiento, su ambivalencia entre lo clásico y lo romántico, su poderoso mundo intelectual y su obra influyente y polifacética de poeta, dramaturgo, narrador, historiador y filósofo, su influencia en poetas y filósofos como Hegel, Schelling, Hölderlin, su complicada vida sentimental y social o la fecunda colaboración -tras años de rivalidad- con Goethe, que creyó tener el cráneo de Schiller en su biblioteca y le dedicó una meditación poética en 1827, como si de la muerte una fuente de vida brotara.

La versión alemana de este estudio apareció en 2004, para celebrar el segundo centenario de la muerte de Schiller, y desde entonces se ha convertido no sólo en una referencia ineludible en la bibliografía especializada sobre el Romanticismo europeo, sino en una impagable obra maestra del género biográfico.

Nadie que haya tenido la suerte de abrir este libro memorable, que comienza el 9 de mayo de 1805 con la muerte de Schiller, lo olvidará fácilmente:

Schiller expiró el 9 de mayo de 1805; seguidamente a su cuerpo se le practicó la autopsia. El pulmón estaba «gangrenoso, pastoso y completamente deshecho»; el corazón «carecía de sustancia muscular»; la vesícula biliar y el bazo eran desmesuradamente grandes, los riñones «estaban disueltos en su tejido específico y se presentaban completamente tupidos». El doctor Huschke, médico de cabecera del duque de Weimar, añadió al resultado de la autopsia la frase lapidaria: «En estas circunstancias es admirable que el pobre hombre pudiera seguir viviendo». ¿No afirmó Schiller que el espíritu se construye el cuerpo? Sin duda él lo había logrado. Su entusiasmo creador lo mantuvo con vida más allá de la fecha de degeneración del cuerpo. Heinrich Voss, acompañante de Schiller en su lecho de muerte, anotaba: «Sólo por su espíritu infinito puede explicarse que pudiera vivir tanto tiempo».
Con el resultado de la autopsia podemos formular una primera definición del idealismo de Schiller: el idealismo actúa cuando alguien, animado por la fuerza del entusiasmo, sigue viviendo a pesar de que el cuerpo ya no lo permite. El idealismo es el triunfo de una voluntad iluminada y clara.
En Schiller la voluntad era el órgano de la libertad.


Esas primeras líneas del prólogo de Safranski, por encima de todo interés morboso, centran el foco de análisis en la figura de Schiller. El desgaste, la casi disolución orgánica del cuerpo agotado de aquel hombre de cuarenta y cinco años contrastaba con la fuerza de voluntad de quien lo había sufrido con una constante resistencia a la enfermedad, con una fortaleza mental que mantuvo en pie aquel cuerpo débil mucho más allá de lo explicable por la medicina de la época.

Y es que la vida y el pensamiento de Schiller se instalan en la tensión sostenida de un cruce de contrarios entre el cuerpo y el alma, la materia y el espíritu, la tristeza y la exaltación, el entusiasmo y la desesperación, el realismo y la imaginación, entre la sublimación y la enfermedad.

De esa tensión desgarrada surgieron la ética y la estética de Schiller, su concepción del amor y su problemática vida sentimental, su filosofía optimista de la historia, su defensa de la libertad o su desencanto existencial.

Como todos los clásicos, Schiller está por encima de sus circunstancias, igual que su idealismo estuvo por encima de sus limitaciones corporales. Como todos los clásicos, sigue vivo más allá de su tiempo, pero lo representa y lo resume de forma significativa. Sus contradicciones son las propias de la dialéctica creadora de una época crítica de la que surgirían la sensibilidad y la mentalidad contemporáneas.

Santos Domínguez

17 octubre 2011

José Ángel Valente. Diario anónimo


José Ángel Valente.
Diario anónimo.
Edición de Andrés Sánchez Robayna.
Galaxia Gutenberg/Círcilo de Lectores. Barcelona, 2011.

Diario anónimo: Papeles inéditos de personajes que probablemente no existen, pero que de algún modo debieran haber existido, anotaba José Ángel Valente el 3 de diciembre de 1986 en el diario que mantuvo durante cuarenta años, entre el 18 de octubre de 1959 y la anotación sin fecha del 2000, el mismo año de su muerte.


Once años después de la desaparición del poeta, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores publica con edición, prólogo y notas de Andrés Sánchez Robayna, este Diario anónimo que contiene múltiples materiales y anotaciones. Es un diario literario, que acabó siendo un diario vital, un diario intelectual hecho a base de notas de lectura, citas, fichas bibliográficas, poemas en verso y prosa, reflexiones y tanteos sobre la técnica poética, sobre ética y estética, sobre ideología, literatura y filosofía del lenguaje, sobre la relación conflictiva entre la palabra y el conocimiento.

Baudelaire y Sartre, T. S. Eliot y Lorca, la tragedia griega y un viaje a Cuba, la mística (San Juan de la Cruz, Molinos, Eckhart), los románticos visionarios (Novalis, Hölderlin), la música y la pintura, el Oráculo manual de Gracián y la sabiduría zen del Tao, el flamenco, Edmond Jabès y la poesía como canto de frontera, el arte como revelación, lo órfico y lo prometeico, el carácter sagrado del ritmo, la lengua de los pájaros...

Esos son algunos de los nombres y los temas que recorren estas páginas en las que una y otra vez se asedia al poema como exploración verbal tanteante, como iluminación que aspira a la visibilidad de lo invisible, a ir más allá de las limitaciones del lenguaje y los sentidos:

La escritura no es un acto, es un estado. La poesía es una práctica o una experiencia no agotada en su sola naturaleza verbal (o en su solo residuo o resultado verbal), anotaba el 10 de septiembre de 1971.

La brevedad, el silencio, la explosión hacia dentro -la implosión-, el exilio y la disidencia son componentes esenciales de la reflexión de Valente, de su concepción del poema y de la progresiva depuración de su escritura, en la que es crucial la diferencia entre el poema corto y el poema breve, porque lo importante en poesía no es la extensión, sino la duración. Lo explicaba en nota del 21 de junio de 1983:

Poema corto y poema breve: no hay que confundir la duración con la extensión. Un haiku es un poema breve de larga, a veces enorme, duración. Hay poemas extensos cuya duración es manifiestamente escasa. Ver Bécquer, en los umbrales de la modernidad. “El arte puede ser muy rápido, a condición de que sea muy lento” (Juan Ramón Jiménez, La colina de los chopos, p. 71.)

Los materiales integrados en este Diario anónimo forman un conjunto polifónico que empezó siendo un diario literario y acabó siendo un diario autobiográfico, especialmente a partir de la muerte del hijo del poeta en junio de 1989, que provoca anotaciones tan intensas en emoción y en calidad como esta, del 28 de junio de 1991, segundo aniversario de la muerte de Antonio Valente:

Llorar por lo perdido. Qué más da. No deja huella el pie en la arena que no cubra la lenta subida de las aguas.

Desde entonces, el desaliento, la enfermedad, la conciencia de la disolución, la oscuridad amarga de notas como esta, fechada en Almería el 29 de septiembre de 1991:

Otoño
Llegó, súbito, el frío, corroído a su vez por la lenta progresión terminal de las arenas. Quedaba atrás el cielo anegado del sur, ciudad perdida, rota, que ya nunca jamás será soñada.


O este otro fragmento, escrito en Túnez en diciembre de 1992:

Tú ya no eres ni siquiera tú. Yo, tu vacío. Memoria yo de ti, tenue, lejano, que no podrás ya nunca recordarme.

Santos Domínguez