05 noviembre 2008

Autobiografía de un novelista


Philip Roth.
Los hechos.
Autobiografía de un novelista.

Traducción de Ramón Buenaventura.
Seix Barral. Barcelona, 2008.


Los hechos nunca se limitan a sucederle a uno, sino que los va incorporando la imaginación, fruto de las experiencias previas. Los recuerdos del pasado no son recuerdos de los hechos, sino recuerdos de tu imaginación de los hechos.

En 1988, cuando salía de una depresión que le puso al borde de la disolución física y mental, Philip Roth publicaba The Facts: A Novelist’s Autobiography, que acaba de editar Seix Barral en su Biblioteca Philip Roth con traducción de Ramón Buenaventura.

Enmarcada entre el preámbulo de una carta dirigida a Zuckerman, su alter ego novelístico, y otra carta de Zuckerman que es una respuesta demoledora a la versión de los hechos, la autobiografía de Roth es menos una reflexión que la purga rigurosa de su corazón y un ajuste de cuentas con su pasado:

La persona a quien he pretendido hacerme visible aquí es, sobre todo, yo mismo.


Y esa revisión pasa por una serie de relaciones y hechos decisivos: la infancia en los años cuarenta, marcada por la figura del padre, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, la adolescencia en el instituto y el barrio de Newark; los años cincuenta y su paso por la universidad de Bucknell, su formación lectora y su admiración por Salinger, Capote o Saul Bellow, sus clandestinidades sexuales, su relación tormentosa con aquella Josie divorciada e irascible, delirante por dentro y rubia por fuera, la realidad conflictiva de un judío estadounidense acosado por otros judíos que lo consideraban un traidor...

No hace falta seguir. Más que del relato de esos hechos de lo que se trata en esta autobiografía es de fijar las claves vitales de la literatura de Roth, de explicar la génesis de muchos episodios novelados en El mal de Portnoy, La contravida o en Mi vida como hombre.

Los adictos a Philip Roth y a su literatura, que son muchos, celebrarán este juego de espejos en el que el autor se confunde con Zuckerman en la autocrítica feroz de la carta final del personaje a su autor:

No lo publiques; te sale mucho mejor escribir sobre mí que informar “escrupulosamente” sobre tu propia vida.


Santos Domínguez

03 noviembre 2008

Vacío perfecto


Stanislaw Lem.
Vacío perfecto.
Biblioteca del siglo XXI.
Traducción de Jadwiga Maurizio.
Introducción de Andrés Ibáñez.
Impedimenta. Madrid, 2008.

Es casi un tópico decir que se escriben aquellos libros que a uno le gustaría leer. Creo que era Juan Rulfo quien declaraba que escribió Pedro Páramo porque la tarde que lo quiso leer no lo encontró en las estanterías de su biblioteca.

Lo que hace Stanislaw Lem en Vacío perfecto es algo parecido, aunque de alcance más limitado: escribir una colección de quince reseñas de libros imaginarios que adquieren consistencia en este volumen que publica Impedimenta con traducción de Jadwiga Maurizio e introducción de Andrés Ibáñez.

Se trata de un espléndido experimento literario en el que el autor polaco, gemelo aquí de Borges, pasa revista a quince obras que no se han escrito, pero que toman carta de naturaleza cuando se reseñan y se analizan hasta en los más intrincados detalles.

Como un espejo dentro del espejo, la colección se abre con una reseña de Vacío perfecto en la que Lem se mira a sí mismo con distancia crítica:

"La crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem. Encontramos intentos parecidos no sólo en un escritor contemporáneo como J. L. Borges (por ejemplo, Examen de la obra de Herbert Quain, en el tomo Ficciones), sino en otros mucho más antiguos, y ni siquiera Rabelais fue el primero en poner en práctica esa idea. Sin embargo, Vacío perfecto constituye una especie de curiosum, por cuanto la intención del autor es presentarnos toda una antología de esta clase de críticas. ¿Cuál fue su propósito? ¿El de sistematizar la pedantería o la broma?"

En esa reseña inicial que funciona como prólogo y como declaración de intenciones, el imaginario crítico que la escribe, con un criterio que lo pone en desacuerdo con el propio Lem, divide los textos en tres grupos:

-Parodias, pastiches y burlas, como Les Robinsenades, sobre la vida social de Robinson en una isla atestada de gente; Gigamesh, una parodia de Joyce y de la epopeya de Gilgamesh, o Sexplosion,
sobre los efectos del Nosex.

-Apuntes y borradores de novelas embrionarias, como Gruppenführer Louis XVI o Idiota.

-Los libros imaginarios cercanos a la ciencia ficción o a la argumentación científica, como La Nueva Cosmogonía o La cultura como error.

Vacío perfecto
es un libro que contiene muchos libros y muchos puntos de vista. Es una parodia, pero también una celebración de la imaginación creadora. Tiene mucho de burla metaliteraria, pero también es una proyección -irónica y distante en ocasiones, melancólica y seria en otras- de las preocupaciones ideológicas y vitales de Lem. Y con ese peso de la nostalgia, es también un libro sobre los sueños inalcanzables y sobre la imposibilidad del deseo.

Un libro en el que hay explosiones de humor como esta:

"Joachim Fersengeld es un alemán que ha escrito su Perycalypsis en holandés (lengua que conoce muy poco, como él mismo confiesa en el prólogo) y la ha publicado en Francia, país conocido por lo descuidado de las correcciones. El que escribe estas líneas tampoco está muy ducho en holandés; pero, orientado por el título del libro, la introducción inglesa y lo poco que pudo deducir del texto, se considera apto para llevar a cabo su crítica."

Es la primera entrega de la Biblioteca del Siglo XXI de Lem. A Vacío perfecto le seguirán Magnitud imaginaria, otra colección de reseñas sobre libros imaginarios, y Golem XIV, un trasgresor tratado sobre la inteligencia artificial que se editará por primera vez en castellano.

Santos Domínguez

01 noviembre 2008

La roca


Wallace Stevens.
La roca.
Traducción de Daniel Aguirre.
Lumen. Barcelona, 2008.



En edición bilingüe y con traducción de Daniel Aguirre, Lumen publica La roca, la última entrega poética de Wallace Stevens (1879-1955), en la misma colección en que aparecieron hace seis años sus Aforismos completos.

Poeta de estirpe lucreciana, como Shelley y Whitman, Wallace Stevens se ha ido consolidando entre la crítica y los lectores como el más importante de los poetas norteamericanos del siglo XX, por encima incluso de Pound o Eliot.

Maestro del matiz, irracionalista y visionario, su vida transcurrió en Hartford, en el nordeste industrial, donde ejerció de agente de seguros para el ganado. Entroncado con el Romanticismo inglés, con el Simbolismo francés y con la pintura impresionista y cubista, fue un poeta que fundió lo universal y lo local, la palabra y la mirada, lo concreto y lo abstracto, lo sensorial y lo intelectual para hacer visible lo oculto y ocultar lo visible, para descubrir que el mundo es más amplio en verano o que sin duda vivimos más allá de nosotros mismos en el aire.

Su poesía abstracta (lo que él llamaba el poema de la mente), influida por sus lecturas filosóficas y por sus intereses plásticos, es la expresión de las relaciones entre el hombre y el mundo, de un acuerdo con la realidad del que surge la visión del paisaje, la verdad poética. Lo explicó Wallace Stevens en los ensayos que dedicó a reflexionar sobre la poesía.

Insiste en ello en uno de los poemas más intensos del libro, Largos y tardos versos:

Qué poco importa, pasados con mucho
los setenta, dónde uno mire, uno ya ha estado allá.

(...)

Vagabundo, esta es la prehistoria de febrero.
La vida del poema en la mente aún no ha comenzado.

Aún no habías nacido cuando los árboles eran cristal
ni has nacido ahora, en esta vigilia dentro de un sueño.

En La roca, que se publica por primera vez íntegro en castellano, reunió sus últimos poemas, intensos y otoñales, unos poemas casi póstumos, escritos con una mirada que se sitúa más en la otra orilla (vigilia dentro de un sueño) que en esta para transmitir una imagen del mundo como meditación y como realidad imaginada, como descubrimiento de la realidad revelada en el poema:

cuando los establecimientos
de viento y luz y nube
esperan que alguien llegue,

algún lector del texto,
algún lector sin cuerpo
que lea silenciosamente

Santos Domínguez

31 octubre 2008

Maneras de no leer



Pierre Bayard.
Cómo hablar de los libros que no se han leído.
Traducción Albert Galvany.
Anagrama. Barcelona, 2008.


Jamás leo los libros que debo criticar, para no sufrir su influencia.

Con un título tan provocador como esa cita de Wilde que lo encabeza, Cómo hablar de los libros que no se han leído, el libro de Pierre Bayard que publica Anagrama, es una parodia de manual de autoayuda, un elogio irónico de la impostura y sobre todo una aguda aproximación a la actividad lectora.

Wilde recomendaba seis minutos como tiempo máximo para leer un libro antes de comentarlo y la práctica de la reseña como la forma más adecuada para hablar de uno mismo. No es el único ejemplo. El bibliotecario de El hombre sin atributos de Robert Musil explicaba su estrategia para controlar los miles de volúmenes de la biblioteca: ¿Desea saber cómo me las arreglo para conocer todos los libros? Se lo puedo comunicar ahora mismo: ¡no leyendo ninguno!

Porque la cultura, añade el bibliotecario, es una cuestión de orientación que depende de la mirada sobre el conjunto, no se trataría de leer libros sino de entender el lugar que ocupan en el panorama de la cultura.

Dado que imparto clases de literatura en la universidad, me es imposible escapar a la obligación de comentar libros que la mayoría de las veces ni siquiera he abierto.

Para orientarse en esa terra incognita, el mapa que diseña Bayard plantea diversas maneras de no leer. Y a cada una de ellas se alude con un conjunto nuevo de abreviaturas eruditas que acompañan a op. cit. e ibid.: LD: libros desconocidos, como los del bibliotecario de Musil; LH: libros hojeados, con Valéry como modelo; LE: libros evocados, de los que se ha oído hablar, como el códice aristotélico que descubre Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa; LO: libros olvidados, como los que lamenta Montaigne. Eso no debería evitar sin embargo un juicio no fundamentado que se movería entre la opinión positiva o muy positiva (+/++), negativa o muy negativa (-/--).

En función de las distintas situaciones de discurso (en la vida mundana, frente a un profesor, ante el escritor o con el ser amado) se proponen las estrategias adecuadas para acabar aconsejando las conductas que conviene adoptar: no tener vergüenza, imponer las ideas propias, inventar los libros como el gato de la novela de Sosêki o hablar de uno mismo como lo hacía Wilde.

Alguien que no es Bayard, profesor de literatura francesa en la Universidad de París VIII y psicoanalista, explica en el prólogo que nació en un ambiente en que se leía poco, que él mismo no tiene ningún aprecio por la lectura y que, de todos modos, tampoco tiene tiempo para ello.
Aprender a hablar de libros no leídos - explica en el epílogo- es ya una primera forma de encuentro con las exigencias de la creación.

Evitaré la broma fácil de decir que no he leído el libro. No es verdad. Y es que como libro de autoayuda, el tomo es un timo. Para poder hablar de él he tenido que leerlo. No me arrepiento. La diversión ha sido constante.

Está ocasionando ya reacciones escandalizadas entre quienes, además de carecer de sentido del humor, hablan del libro sin haberlo leído, claro está.

Ellos se lo pierden.
Santos Domínguez

29 octubre 2008

La palabra quebrada


Martín Cerda.
La palabra quebrada. Ensayo sobre el ensayo .
Introducción de Andrés Fisher
In/mediaciones. Editorial Veintisiete Letras. Madrid, 2008.


Prácticamente a la vez que en Chile aparece un tercer volumen recopilatorio de sus artículos- su papelería dispersa- la Editorial Veintisiete Letras publica por primera vez en España un libro del ensayista chileno Martín Cerda (1930-1991).

La palabra quebrada es un ensayo sobre el ensayo, una poética de ese género fragmentario y un recorrido por su evolución histórica desde Montaigne hasta la contemporaneidad. Se publicó en 1982 y es una lúcida reflexión sobre ese género interrogativo, el mejor cauce para la indagación de la realidad desde la libertad del pensamiento.

Y es que, como señala Martín Cerda, “desde Montaigne, en verdad, el ensayista no ha hecho otra cosa que (re)comenzar un libro imposible, donde lo esencial es siempre la pregunta, el gesto interrogante, la búsqueda, la brazada del náufrago.”

Teoría y práctica, deberíamos añadir, porque se ensaya sobre el ensayo con los instrumentos propios del género, con la capacidad interrogativa y el fragmentarismo característicos del ensayo que Martín Cerda cultivó durante toda su vida:

Escribir sobre el ensayo exige siempre escribir ensayísticamente, es decir, de manera fragmentada, discontinua y exploratoria.

A su muerte dejó escritos sólo dos libros. La Casa de Huéspedes del Instituto de la Patagonia, en Punta Arenas, donde residía y trabajaba, sufrió un incendio que destruyó su biblioteca personal y el material preparatorio de tres libros que tenía casi ultimados. La pérdida de varios años de trabajo le ocasionó una desolación insuperable y una enfermedad cardiaca que lo llevó a la tumba.

Entre los ensayos que destruyó el fuego uno estaba dedicado a Montaigne y otro a Barthes, dos referentes, junto con Ortega, Sartre, Lukacs, Benjamin o Adorno, de la sólida formación intelectual de Martín Cerda. Unos referentes que recorren las páginas de La palabra quebrada, que alude en su título a la discontinuidad de lo fragmentario y se organiza en cuatro partes. La teoría del ensayo, la historia de su evolución, la casa como espacio de la escritura y la lectura y las variantes del discurso autobiográfico son los ejes de cada una de ellas.

Sus páginas son una reivindicación del pensamiento disidente hecha por quien fue antes que nada un lector atento y constante del pensamiento contemporáneo, un difusor del ensayo europeo en Chile y finalmente, como escribe el propio Martín Cerda en el epílogo de La palabra quebrada, “un hombre a la intemperie, perdido entre los escombros de un mundo histórico y los restos de una visión arrogante de sí mismo.”


Santos Domínguez

28 octubre 2008

Reyes Mate. La herencia del olvido



Reyes Mate.
La herencia del olvido.
Ensayos en torno a la razón compasiva.
Prefacio de Catherine Charlier.
Errata naturae. Madrid 2008.



Adentrarse en la lectura de los diez ensayos recogidos en La herencia del olvido, que publica Errata naturae, no es una tarea exenta de riesgos. Uno de ellos no es, desde luego, el que pueda provenir de la dificultad de su lectura sino todo lo contrario. Aunque la escritura del autor es siempre densa, y más en estos ensayos en los que está contenido, para quien lo conoce, gran parte del pensamiento de Reyes Mate, el placer de la lectura está asegurado. Su estilo tiene la claridad que, como cortesía del filósofo, preconizaba Ortega y Gasset. La brillantez del autor y su capacidad para transmitir su convicción y su implicación personal en las ideas que defiende pueden ser fascinantes.

El riesgo no proviene por tanto de la dificultad de la lectura sino de todo lo contrario. Llevados por una argumentación tan convincente, y fascinados por un autor cuya trayectoria vital es absolutamente coherente con su obra, podemos tardar en darnos cuenta de que se nos va a terminar llevando a plantearnos cuestiones, como el papel de Dios o la religión, que sólo parecen estar de moda en nuestros días entre los cultivadores del pensamiento fundamentalista. Un posible lector, no advertido, que esté instalado cómodamente en su laicidad, y no digamos si forma parte del denostado laicismo excluyente, experimentará según progrese en la lectura de La herencia del olvido sucesivos sobresaltos. El autor, pese a ser persona tolerante, e incluso experto en tolerancia, no está dispuesto a tolerar una lectura curiosa o indiferente. Sólo permite una lectura comprometida. El riesgo en el que incurrimos, por tanto, es el de tener que pensar.

De los diez ensayos que integran la obra, son los siete postreros los que recogen el pensamiento fuerte del autor dado que los tres primeros están dedicados a relatar su experiencia iberoamericana, una experiencia que dada la profesión del autor es una experiencia filosófica. Su lectura bien merece la pena no sólo por lo que tienen de entrañables recuerdos personales sino porque al aparecer la memoria de la América precolombina y de la conquista con su carga de atrocidades y olvido ofrecen los primeros atisbos de cómo en el pensamiento de Reyes Mate están siempre presentes "los olvidados" de antes, y los de ahora como los que dan título a la película de Buñuel, pensamiento que se desarrolla en profundidad en los siete ensayos siguientes.

En estos tiempos en que se trata de recobrar la memoria de unos muertos en un tiempo y en un espacio tan delimitados como el de la guerra y la posguerra civil española, se nos propone un programa tan ambicioso que puede llegar a ser estremecedor. La memoria que hay que recobrar es la de todos los vencidos de la historia. El sufrimiento infinito de tanto inocente debe pesar sobre nuestras espaldas y obligarnos a preguntarnos por su razón.

El sufrimiento de los vencidos no pertenece sólo a una historia lejana. El sufrimiento de tanto inocente queda bien escenificado en el siglo XX, y adquiere con el exterminio del pueblo judío un carácter tan atroz que obliga a preguntarse por la razón de tanto sufrimiento, y sobre todo qué hacer con él salvo que se opte por encogerse de hombros y pasar página.

Y es en este punto del relato cuando el posible lector, que hasta aquí no había cuestionado los valores de la ilustración, la razón y el progreso en los que probablemente se ha educado, y que se declara laico y por tanto partidario de que la religión se desenvuelva en el ámbito privado, experimentará el primer sobresalto.

Reyes Mate, y con él un grupo, nada desdeñable en cantidad y calidad, de filósofos y escritores que ha reflexionado sobre el totalitarismo nazi, el antisemitismo y los campos de exterminio, muchas veces desde su experiencia personal, coinciden no sólo en la crítica a la ilustración sino que la hacen responsable directa o indirectamente del fracaso que para la humanidad representa el genocidio. Y al hilo de la argumentación que sustenta esas afirmaciones el lector es invitado “a repensar a la laicidad”, dado que “en Auschwitz se hace visible la laicidad”, para a continuación enfrentarle con temas que ponen en relación " fascismo y ajusticiamiento de Dios", "Auschwitz y la fragilidad de Dios", o tratan "del lugar de la religión hoy" o en los que se habla de "redención" o "mesianismo"

Decir que los planteamientos citados son sugerentes sería casi una frivolidad. Son planteamientos que exigen una respuesta comprometida en el acuerdo o en el desacuerdo. Negarse a dialogar con Reyes Mate al compás de la lectura de sus ensayos es negarse a hablar de los condenados de la tierra. En cualquier caso un punto de acuerdo es siempre posible. La razón compasiva en torno a la que giran estos ensayos puede muy bien tener raíces cristianas pero ha podido ser asumida comprometidamente por lo mejor de una izquierda que no ha renunciado a ser laica y progresista.

José Torreblanca

27 octubre 2008

El país del miedo


Isaac Rosa.
El país del miedo.
Seix Barral. Barcelona, 2008.



En un artículo que publicó en la prensa en 2005, denunciaba Isaac Rosa el alejamiento de la sociedad por parte de una narrativa evasiva que había renegado del realismo:

Predomina una narrativa acomodaticia, miope, desentendida de los problemas (que existen, aunque no sean nombrados), y donde las pocas muestras de realismo derivan en un flojo costumbrismo, inofensivo. La responsabilidad del autor se considera algo obsoleto, y el compromiso suele ser una etiqueta comercial antes que una actitud. Al parecer los lectores son mayoritariamente de clase media o clase alta, y los autores les ahorran saber no sólo acerca de los problemas de las clases inferiores, sino también los de su propio grupo social.
Si alguna vez se consideró que la literatura tenía un valor de representación de su tiempo, eso quedó atrás. Dentro de varios siglos, un historiador, un arqueólogo, podrá hacerse una idea aproximada de los conflictos, intereses y actitudes del siglo XIX a través de un buen número de novelas de su tiempo. Sin embargo, poco podrá saberse sobre la realidad de nuestro tiempo a través de unas obras que presentan una visión dulcificada, aproblemática de nuestra convivencia.

Bien lejos de esa posición estética e ideológica, Isaac Rosa ha dado muestras de su compromiso con la realidad en La malamemoria, El vano ayer y Otra maldita novela sobre la guerra civil.

Como en las pesadillas infantiles, como en los cuentos, Carlos, el protagonista de El país del miedo, que publica Seix Barral, tiene miedo. ¿A qué, a quién? A las noches, ya hemos visto.

A las noches, como los niños, y a muchas más cosas. La novela es un catálogo de los miedos y sus lugares, un mapa de terrores y peligros. El miedo al otro y a lo otro, al inmigrante y al pobre, al que es distinto, al joven, a las armas, al mundo exterior, a sus fantasmas.

Es un miedo contagioso, una enfermedad que se transmite, una sensación que se aprende. El miedo del triángulo familiar Carlos-Sara-Pablo (los padres y el adolescente acosado en el instituto) los paraliza y los hace ciudadanos dóciles e infantiles.

El miedo, en su dimensión individual y colectiva, en sus formas domésticas y en sus manifestaciones sociales, el miedo ante el peligro real o imaginario, es una patología de la sociedad actual, el resultado del diseño perverso de una construcción política, de una ingeniería del poder que provoca efectos de dependencia y necesidad de protección y un retraimiento enfermizo:

En cuanto a la calle, apenas la pisan, y se excusan en el frío para moverse en automóvil, del garaje de casa al garaje del centro comercial.

Como en sus novelas anteriores, Isaac Rosa combina un doble enfoque en El país del miedo: la narración y la reflexión se van alternando en secuencias que abordan lo sicológico y lo social, lo individual y lo colectivo, la acción externa y la introspección para hacer un análisis de los miedos contemporáneos, generados o amplificados por los medios de comunicación, interiorizados por los personajes en una espiral de miedos asumidos que se alimentan de su misma materia, de más miedos, de otros miedos.

El país del miedo es además de una buena novela (de terror y sobre el terror) una alegoría, una denuncia moral y el diagnóstico lúcido de una sociedad enferma, de una dictadura global. La terapia no es tarea de la literatura, sino del ejercicio de la ciudadanía: un hombre asustado es un hombre inseguro, un ciudadano controlado que ha renunciado a ejercer como tal.

Pocos autores – escribía Isaac Rosa en el discurso de aceptación del Premio Rómulo Gallegos- tienen el coraje de acercarse lo suficiente a la realidad como para iniciar una colaboración con ella.

Él, evidentemente, es uno de esos pocos autores comprometidos con la función ética y política de la novela.

Santos Domínguez