24 septiembre 2008

Pasar el invierno


Olivier Adam.
Pasar el invierno.
Traducción de Irene Antón.
Errata naturae. Madrid, 2008.


Olivier Adam (1974) es uno de los narradores franceses actuales más apreciados por la crítica y el público. Sus novelas, ambientadas en la periferia de París en la que nació y transcurrió parte de su vida, pobladas por personajes de una clase media sin más perspectiva que la mera supervivencia, están narradas en un estilo muy cercano, muy pegado a la realidad y a la verosimilitud de la narración.

Pasar el invierno, una colección de relatos que obtuvo el Premio Goncourt de Relato en 2004, es la primera obra de Olivier Adam que se publica en español. La edita Errata naturae con traducción de Irene Antón.

Los nueve relatos que componen Pasar el invierno están ambientados en nueve largas noches invernales que son también el símbolo del frío y la oscuridad en que viven sus personajes. Unos personajes, insomnes y cansados, construidos desde dentro, que se manifiestan desde una primera persona con la que perfilan su carácter, reconstruyen sus recuerdos o justifican sus comportamientos. Personajes que huelen a noches de alcohol y oscuridad, sus comportamientos definen unas vidas sombrías acosadas con frecuencia por el exterior nocturno, por el miedo al otro.

En los relatos de Pasar el invierno la eficacia de la primera frase, la economía de las descripciones o la rapidez eléctrica de la sintaxis dan prueba de la solvencia y el oficio de Olivier Adam. Son textos construidos con un estilo preciso y cortante, con un realismo minimalista que habla de lo cotidiano y se emparenta con la herencia de Richard Ford o Carver.

No les ha pasado desapercibida esa conexión narrativa a los cuidadosos editores, que tienen la buena costumbre de redactar unos colofones alusivos a alguna circunstancia que tenga que ver algo con la obra. En el colofón de Pasar al invierno, además del dato trivial de la fecha, además del detalle técnico de la tipografía utilizada, se recuerda que cuando se imprimió el libro se cumplían veintiocho años desde que Raymond Carver y Tess Gallagher decidieron instalarse en una cabaña en el condado de Clallam.

Pasar el invierno es una estupenda tarjeta de presentación de Olivier Adam en España. Con ese título inaugura Errata naturae su colección La oveja vegetal, que tiene como objetivo introducir en España la obra de autores contemporáneos inéditos o poco conocidos entre nosotros.

Santos Domínguez

22 septiembre 2008

Primavera de España


Francis Carco.
Primavera de España.
Traducción y epílogo de Yolanda Morató.
Almuzara. Córdoba, 2008.


Cuando de Sevilla a Cádiz se tardaban tres horas de tren, Francis Carco llegó a la ciudad atlántica para ver las pinturas de Murillo y de Zurbarán y para pasear por sus calles y su muelle, por sus ambientes marginales y sus tugurios.

Fue en la primavera de 1928 y lo contó en esta Primavera de España que recupera ochenta años después Almuzara en su serie Noche Española con traducción y epílogo de Yolanda Morató.

Volvió a Sevilla para vivir su Semana Santa, para visitar los Reales Alcázares, para dar testimonio de una bailaora codillera y hacer un recorrido por los ambientes de la prostitución sevillana en unos textos que dan el tono de una ciudad de contrastes donde conviven el olor a incienso y cera con el hedor a tabaco frío y a vinacho; una ciudad que permite en una esquina un prostíbulo y en la otra un convento.

Francis Carco había llegado a Madrid pensando en Velázquez, en Goya y Quevedo, y no encontró allí la ciudad pintoresca que esperaba: “Es evidente que llego demasiado tarde”, anota entre sus primeras impresiones.

Estuvo en Toledo en busca de la pintura de El Greco con la guía de Barrès y, decepcionado con la ciudad, emprendió viaje al Sur para ir desmontando los tópicos de la visión romántica y posromántica de Andalucía, para desmentir a Gautier en Córdoba o hacer unas inteligentes reflexiones sobre Goya en la vuelta a Madrid.

Pero hay otros cuadros: un Cádiz nocturno y miserable, una Alhambra decepcionante o unos toreros que viven en condiciones penosas completan un retrato de los bajos fondos de España a finales de los años veinte del siglo pasado, la crónica de un recorrido por los cabarés y los prostíbulos descritos por un Carco que vivió y escribió en los márgenes y se sintió atraído – en España o en París- lo mismo por los barrios bajos que por los ambientes artísticos.

La suya fue una vida en las afueras, como señala Yolanda Morató en su epílogo sobre quien antes de regresar a Francia deja una imagen devastadora de Barcelona, de sus edificios y sus costumbres, el reflejo turbio de aquella España penosa.

Santos Domínguez


20 septiembre 2008

Miguel Florián. Cuerpos


Miguel Florián.
Cuerpos.
Ediciones La Palma. Madrid, 2008.

Desde sus primeras entregas - Los mares, las memorias, Anteo- Miguel Florián ha ido construyendo una obra poética coherente en su crecimiento y exigente en su compromiso con el lenguaje, con el complejo de imaginería y ritmo del que surge el poema.

Cuerpos, su último libro, que acaba de publicar Ediciones La Palma como primer número de una nueva colección de poesía, se abre con una cita muy significativa de José Gorostiza, y es un intenso conjunto de poemas en prosa en los que el erotismo se aborda a través del encuentro del ojo y la palabra.

La muerte y la mirada y Carne y memoria son las dos secciones en que se organiza un texto donde se funden pensamiento e intuición, experiencia y poesía, memoria y presente. La musicalidad sostenida de sus poemas en prosa, la intensidad sensorial de las imágenes, la palabra contenida y el adjetivo certero sostienen un espléndido conjunto en el que la tierra, el aire, el fuego y el agua son los cuatro elementos vinculados por el deseo y la temporalidad se proyecta sobre la amada para encauzar la celebración de un amor constante más acá de la muerte.

Luz y sombra, tiempo y mirada, oda y elegía en la palabra madura y exacta de un poeta que se expresa en textos como este, el primero del libro:


(LA CARNE HABITADA)

La luz es mansa ahora, la luz febril de mayo.

La luz se deposita en el confín del cuerpo, y es ya música, ritornelo de pájaro o de agua.

La luz transmuta en llama cuanto toca, incendia los objetos; los obliga a nacer en cada alba, a persistir hasta la línea indecisa del ocaso.

La luz posee manos invisibles cuando apenas se agita ya sobre la tierra. Mueve su amor las ramas de los árboles, abrasa la carne inmóvil de los hombres. Y cuando llega la noche se vuelve torpe y amarilla: es el aliento, el labio, el corazón del tiempo, el hueco del deseo.


Santos Domínguez

19 septiembre 2008

En el gallo de hierro


Paul Theroux.
En el gallo de hierro. Viajes en tren por China.
Traducción de Margarita Cavándoli.
Punto de lectura. Madrid, 2008.


La inmensidad de China te maravilla. Más que un simple país, parece todo un mundo.

Paul Theroux (Massachussets, 1941) siente una predilección especial por los viajes en tren. A ellos dedicó El gran bazar del ferrocarril y El viejo expreso de la Patagonia. De la intensa experiencia viajera en los ferrocarriles chinos surge este espléndido En el gallo de hierro, un recorrido por la China posmaoísta que acaba de publicar en bolsillo Punto de lectura.

El libro de viajes es una autobiografía en tono menor, escribe Theroux, uno de los mejores escritores contemporáneos de narrativa de viajes. Y este, que cumple ahora veinte años, es para muchos su mejor libro.

Dos objetivos marcaban el comienzo del viaje que hizo por una China recién salida de la Revolución Cultural: llegar desde Londres sin quitar los pies de la tierra, en ocho trenes hasta la frontera china, y pasar una larga temporada con los pies en el suelo recorriendo el país.

No fue tan sencillo –recuerda el viajero-. Nunca lo es , de modo que se impone una explicación: este libro.

Como en las tragedias antiguas, el error suele ser también el desencadenante del relato de viajes. Aquí el error se produce en la forma de viaje organizado en un grupo heterogéneo de más de veinte personas.

París, Varsovia, Moscú, el Transiberiano, Mongolia, son las estaciones de paso antes de llegar a China, un país de gente creativa, civilizada y trabajadora que aún conservaba durante la visita de Theroux algunos de los peores lastres burocráticos del maoísmo.

Cuando viajo sueño mucho –afirma Theroux-. Tal vez es uno de los principales motivos por los que viajo. Tiene que ver con habitaciones nuevas y ruidos y olores extraños, con vibraciones, con los alimentos, con las angustias del viaje –sobre todo el miedo a la muerte- y con las temperaturas.

El gallo de hierro es el nombre con que se conoce el tren que cubre el trayecto ferroviario más largo de China: cuatro días y medio de viaje entre montañas y desiertos desde Pekín a Urumchi. En trenes lentos o en expresos, con calor asfixiante o muerto de frío, el viajero recorre en doce meses ciudades como Shanghái, Cantón, Lanzhou o Xian, hasta llegar al Tibet. Y en esos viajes acaba teniendo tanta importancia la vida en el tren como la radiografía de lo cotidiano en las ciudades que visita, la intrahistoria de las conversaciones o los paisajes que ve pasar por la ventanilla.


Santos Domínguez

17 septiembre 2008

El París de d'Ors


Eugenio d’Ors.
París.
Traducción de Carlos d’Ors e Isabel Lacruz Bassols.
Prefacio de Carlos d’Ors.
Funambulista. Madrid, 2008.


Pere Coll ha muerto. (...) Y hete aquí que, debido a que Pere Coll ha muerto, yo me voy a París. Parto, con toda la alegría. ¡Me voy a ver cosas! ¡A ver muchas cosas!
¡Ver cosas…! Ésta es la gran Universidad de los hombres nuevos; y el mal de no haber pasado por ella, se hace, a partir de cierta edad, irremediable…

Funambulista publica París, una obra inédita de Eugenio d’Ors, dividida en tres partes, Glosas al vivir de París; París. Escenas y secretos y Otras glosas sobre París.

D’Ors llegó a París en 1906 para ver cosas como corresponsal del diario barcelonés La Veu de Catalunya. Allí empezó su Glosari, que firmaba como Xènius, y allí inició el camino que le convertiría en una de las referencias intelectuales del Novecentismo, el primer movimiento que instaló la literatura española en el siglo XX y la puso en contacto con la realidad cultural europea.

París era entonces, y lo seguiría siendo en el periodo de entreguerras, la capital cultural del mundo, la cuna y la sepultura de las vanguardias artísticas y literarias. De ahí la importancia de estos textos en los que Eugenio d’Ors fue aportando inyecciones diarias y revitalizadoras de modernidad que serían decisivas en la literatura española de los años veinte.

Dos terceras partes de las setenta y dos Glosas al vivir de París las escribió d’Ors entre la primavera y el verano de 1906. En ese primer contacto, lo que predomina es su deslumbramiento ante los salones de pintura, las carreras de caballos, las nuevas tendencias artísticas del arte moderno o los conflictos entre nacionalismo y socialismo.

El resto de las glosas que integran la primera parte de este París muestra un análisis más pormenorizado de la realidad parisina: la descripción de la ciudad, de sus edificios y calles, la Sorbona o el Salón de Otoño de pintura son los ejes de un acercamiento menos deslumbrado y más analítico que refleja la importancia que tuvo París en la formación y en la evolución intelectual y estética de d’Ors. Son textos que dan ya la medida de la profundidad concisa que contiene el género dorsiano de la glosa.

Carlos d’Ors ha rescatado para la segunda parte del volumen un libro inédito, que Xènius escribió originalmente en francés en 1938. Se trata de París. Escenas y secretos, cuatro diálogos al modo socrático que permanecían en el archivo familiar y que estaban parcialmente traducidos al inglés. De su traducción al castellano se ha ocupado con resultados muy brillantes Isabel Lacruz Bassols.

La tercera sección del libro recoge otras glosas que d’Ors dedicó a París en diferentes épocas. En muchas de ellas el motivo recurrente es la Torre Eiffel, "una torre republicana – afirma d’Ors oportunamente en 1932-, un símbolo de la soberanía plural."

Santos Domínguez

15 septiembre 2008

Un hombre en la oscuridad


Paul Auster.
Un hombre en la oscuridad.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.
Anagrama. Barcelona, 2008.


La imaginación y la huida, la guerra y la pérdida, las relaciones familiares y la soledad, la realidad y la ficción son los ejes de la última novela de Paul Auster, que publica Anagrama con traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Un hombre en la oscuridad vuelve a alguno de los territorios más queridos y frecuentados por Auster: desde Vermont a la construcción de la novela como una estructura de cajas chinas o de muñecas rusas en la que unas historias contienen otras y la frontera entre la realidad y la ficción acaba desdibujándose.

Tres generaciones (un padre viudo, una hija divorciada, una nieta que ha perdido a su novio en Irak) comparten insomnios y soledades en Vermont mientras el protagonista/narrador, August Brill, se recupera de un accidente:

Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana. Arriba, mi hija y mi nieta están cada una en su habitación, también solas: mi hija única, Miriam, de cuarenta y siete años, que se acuesta sola desde hace cinco, y Katya, de veintitrés, única hija de Miriam, que antes dormía con un joven llamado Titus Small, pero ahora Titus ha muerto, y mi nieta duerme sola con el corazón destrozado.

En la noche americana, en esa vigilia de tinieblas reales y simbólicas en las que transcurre la novela, el narrador septuagenario, un crítico literario jubilado, inventa historias para evadirse o ve – más apagada y pasivamente - películas en DVD con su nieta Katya, para no tener que recordar el pasado, para olvidar una larga cadena de catástrofes de su historia personal y familiar.

Una de las historias con las que August Brill se defiende del recuerdo durante una noche es la de Owen Brick, un mago profesional, el Gran Zavello. Es el producto de la invención de un insomne, no el sueño de otro hombre. Es el hombre del hoyo, un personaje que aparece en el fondo de un pozo y en el cuarto año de la segunda guerra civil americana. Como en la otra guerra de secesión, los Estados Unidos combaten contra ellos mismos:

Me acuesto con mi mujer en Nueva York. Hacemos el amor, nos dormimos y al abrir los ojos me encuentro en el quinto pino, metido en un hoyo y vestido con un puñetero uniforme militar. ¿Qué coño está pasando?

Esa es la historia que se plantea August Brill como anestesia y como evasión, una historia que toma como referencia la idea de los mundos paralelos de Giordano Bruno.

Y a partir de ahí, crece una novela dentro de la otra, se superponen pesadillas y desolaciones hasta que, al modo de Unamuno y de otro Augusto, el de Niebla, se cruzan los destinos del creador y de la criatura.

Inventado- como la guerra- por Brill, Owen Brick debe matar a su creador para acabar con un conflicto que ha producido centenares de miles de víctimas. En torno a esas dos historias, la de Brill y la de Brick, que se van interpenetrando con personajes que pasan de una a otra, se construye el artificio de Un hombre en la oscuridad.

Un artificio clásico con el que –como en el Quijote, como en Hamlet- se consigue un efecto de profundidad y de realidad sobre el que reflexiona el propio narrador, que es – no se olvide- crítico literario:

La historia trata de un hombre que debe matar a la persona que lo ha creado, ¿y por qué fingir que no soy yo esa persona? Incluyéndome en la narración, la historia se hace real. O lo contrario, yo me vuelvo irreal: un producto más de mi propia imaginación. En cualquier caso, el efecto es más satisfactorio, está más en armonía con mi estado de ánimo: sombrío (...), tan oscuro como la noche de obsidiana que me rodea.

Santos Domínguez

13 septiembre 2008

Escribir como escupir


Leopoldo María Panero.
Escribir como escupir.
Calambur. Madrid, 2008.


Escribo como escupo. Contra el suelo /.../y contra el cielo, explicaba Blas de Otero en un texto de Ancia (1958), que ahora cumple medio siglo.

La expresión la retoma Leopoldo María Panero como punto de partida del poema que da título a su última entrega, publicada en Calambur.

No sé si se trata del recuerdo difuso de un verso que forma parte de la memoria literaria de Leopoldo Mª - tan proclive a fundir vida y literatura, a confundir fantasía y realidad - o de un aprovechamiento consciente, pero el hecho es que ese texto que da título al libro muestra una sorprendente relación entre dos poetas tan distintos a primera vista.

En Escribir como escupir la palabra alucinada de Panero, sorprendente en su irracionalidad salmódica, y la fuerza de sus imágenes se despliegan en series de versos que se suceden como en una letanía pensada para la recitación y acaban confluyendo en torno a una serie de ejes temáticos.

Algunos de ellos, a fuerza de frecuentarlos – se cumplen ahora cuarenta años de Por el camino de Swan, su primer libro-, son característicos de la literatura de Leopoldo Mª Panero, desde los sioux a Alicia, la reina de corazones o el conejo blanco. Otros, como la angustia, la fugacidad, la rebelión ante el padre o la divinidad, el tema de España, el vacío existencial o la imagen del ángel en caída por el abismo, lo acercan en este libro a la poesía de Blas de Otero.

Perplejidades y renuncias, certezas y desolaciones (Soy el emperador de la Nada) alimentan una poesía apocalíptica que es a la vez conjuro y maldición, trazan una poética de la caída, la ceniza y la destrucción, una descripción del pájaro en la sima.

A través del despliegue de sus imágenes visionarias Panero levanta un mundo poético tan coherente como perturbador en su delirio. Una poesía que es experiencia del límite, cruce de fronteras, anticipo de la muerte (Como si la mano de un muerto me acariciase/así es el poema), vivencia de la locura, ese látigo atroz que embiste al hombre como un toro en la sombra.

Imágenes sucesivas, tono salmódico y revelaciones oraculares coinciden ejemplarmente en uno de los mejores textos del libro, Visión, una letanía alucinada, implacable con el mundo y con la palabra, un excelente ejemplo de la poesía de Leopoldo Mª Panero, hecha sólo de aullido y de lamento, y escrita

Antes de que hiele
Antes de que la nieve caiga borrando las flores
Antes de que hiele

Santos Domínguez