04 abril 2008

Crónicas, invenciones, paseatas de García Hortelano


Juan García Hortelano
Crónicas, invenciones, paseatas.
Prólogo de Lluís Izquierdo.
Edición de Lluís Izquierdo y Manolo Martín Soriano.
Lumen. Barcelona, 2008.


La Biblioteca Juan García Hortelano que está publicando Lumen recoge en un tomo la práctica totalidad de sus artículos de prensa. Crónicas, invenciones, paseatas se titula esta recopilación de textos dispersos en periódicos o revistas, prólogos o contraportadas como la que escribió en 1975 para la primera edición de Apólogos y milesios:

En 1928 el autor de estas narraciones vio su luz primera y la supuestamente velazqueña de Madrid, fea ciudad en la que a partir de aquel año habita con una tenacidad cerril. (...) Medianamente dotado para semejante invento [la literatura] y aquejado de una imaginación crónica, ha restringido su grafomanía a la publicación de tres novelas, de las que gustó con moderación el público en general y de un libro de relatos que no le gustó ni a la propia madre del autor. Reincide ahora, sin embargo, por ser muy dado al cultivo de sus obsesiones y perplejidades, a los niños y al tabaco de pipa, a que le presenten actrices y a contar cuentos.

En su prólogo, Lluís Izquierdo destaca cuatro rasgos que hacen de estos artículos, crónicas o comentarios una obra original: la amenidad, la intensidad, el rigor y el humor.

Habría que añadir otros rasgos que los caracterizan y les dan homogeneidad: la soltura de su prosa directa y fluida, casi oral, propia del excelente conversador que fue García Hortelano y de su buen oído; el asedio a unos temas que apuntan a los mismos centros de interés de sus novelas y sus relatos cortos: el reflejo crítico de la realidad social, los amigos, la literatura, la ciudad. Y, además, un tono inconfundible, una voz propia.

El tono conversacional que tienen casi todos estos textos admite una gran cantidad de matices que van de lo testimonial a lo afectivo, de la provocación al enfado, de la broma a la evocación o a la compasión.

Escritos entre los primeros sesenta y los primeros noventa (García Hortelano murió en abril del 92) a menudo emerge en estos textos, como un rasgo frecuente de estilo, pero sobre todo como una forma de mirar, la ironía con la que García Hortelano habla de la realidad. Una ironía que es más defensiva que hiriente y que por eso es compatible casi siempre con la solidaridad o el compromiso.

Paralelos a su tarea novelística entre Nuevas amistades o Tormenta de verano y Gramática parda o Mucho cuento, el que se expresa en estos artículos es el escritor que se compromete desde lo ético, lo civil y lo literario con su tiempo, consigo mismo y con su obra. Y el resultado es el análisis crítico de la realidad y el compromiso riguroso del ciudadano con su oficio de escritor, con un arte que, como señala en uno de ellos, puede ser ineficaz, pero no puede dejar de ser subversivo.

La actividad de García Hortelano como articulista abarca algo más de treinta años en los que recuerda su infancia de niño de la guerra, publica crónicas estupendas de Barcelona, Madrid y Roma, reflexiona sobre el realismo en la novela y en el cine, reseña a Beckett, a Onetti o a Boris Vian, escribe sobre libros de Guelbenzu, Mendoza, Carpentier o Walser y se revela como un excelente lector de los poetas de su generación, de Carlos Barral a Ángel González, de Claudio Rodríguez a Gil de Biedma, con alguna incursión en Gabriel Celaya.

Uno de los momentos más memorables de estas Crónicas, invenciones, paseatas es la transcripción de una conversación entre Hortelano y Benet. Se titula El valor del singular (una tarde), apareció en El Urogallo en marzo de 1989 y es una de las mejores aproximaciones a la narrativa benetiana y al mundo de Región.

Otros artículos, como Ante todo, imparcialidad, Las lechugas de Diocleciano o Lapidario, podrían figurar en cualquier antología del género. A este último artículo, que se publicó en El País el 12 de enero de 1989, pertenecen estos párrafos, los dos que lo abren y el final:

Si la vanidad del escritor es inconmensurable, también es variada, como indica el espectrograma que va desde la megalomanía retumbante al silencio estruendoso de la modestia. Quizá lo da el oficio, que poco más da. En el repertorio de los honores, aunque no tan bobo como el nombramiento de hijo adoptivo de la localidad, uno de los más simplones consiste en la colocación de una lápida en la fachada de la casa donde el literato nació, vivió o murió. Peor son las lápidas horizontales, aunque la lápida vertical y callejera sólo supla al honor municipalmente excelso del bautizo de una calle con el nombre del literato. Por su utilidad y uso cotidianos, ningún otro es parangonable, ninguno tan permanentemente propagador.
Entre entrar en la Academia o entrar en el callejero, la mayoría elegiría el rótulo en detrimento del sillón, ya que en ambos trabajos no hay que desriñonarse, pero el de calle proporciona más inmortalidad.

(...)

Por todo lo cual, y como ya se habrá adivinado, confieso que me haría una ilusión enorme que por lo menos colocaran una lápida conmemorativa en mi casa natal del barrio de Lavapiés. Con independencia de que mi celebridad traspasaría por fin las fronteras del barrio de Argüelles, resultaría, hasta sin maceros ni banda municipal, un acto emotivo, muy humano y propincuo a la capitalidad cultural que nos acecha. Tampoco somos tantos los vecinos, aun contando con los del cine, en comparación con las fachadas que todavía siguen desnudas de gloria. Me conozco y sé que iría todas las tardes, que me quedaría mirando durante horas la lápida, hasta que me lapidificase, hasta que se me pusiese cara de fachada. Un siglo después ya me importaría menos, estoy seguro, que unos listos derribaran el edificio y, con él, mi fama, para remodelar la zona y mejorar la calidad de vida y de literatura.

Y eso, justamente eso, es lo que ofrecen en grandes cantidades estos artículos: vida, literatura y calidad.


Santos Domínguez

03 abril 2008

Te echo de menos


Inês Pedrosa.
Te echo de menos.
Traducción de Roser Vilagrassa.
Elipsis ediciones. Barcelona, 2008.


Una mujer y un hombre. Ella, joven, creyente y activista social y política. Él, mayor, ateo y desengañado.

Entre ellos, una relación puramente intelectual y sentimental de discrepancias y desencuentros. Entre los dos la muerte, que dará lugar a la complicidad y al desahogo emocional, al intercambio de ideas y visiones a través, no del diálogo ya imposible, sino de los sucesivos monólogos entre quien muere y quien sobrevive. Más allá de la muerte, la conversación que sustentan las voces alternantes de los dos personajes es la más intensa, la más sincera:

1. No basta morir para conocer la sonrisa de Dios aunque, como en mi caso, una haya vivido abismada en él toda una vida.

1. Estoy solo. Solo, con el corazón roto en pedazos esparcidos sobre tus imágenes.

Con esa sucesión de monólogos alternos, de gran intensidad emocional y gran altura literaria, con esas cincuenta secuencias dedicadas a cada interlocutor, Inés Pedrosa (1962) ha escrito en Te echo de menos (Elipsis Ediciones) una novela espléndida que la confirma como una de las escritoras portuguesas más interesantes de la actualidad.

Esa conversación profunda y emocionada, libre y pausada, esos cien monólogos alternos, vivos o póstumos en su vaivén, que forman la novela, son el sueño de un muerto o la alucinación del vivo, pero sobre todo un nuevo ejemplo de que la literatura es en muchas ocasiones un diálogo entre las dos orillas, la de la vida y la de la muerte con el bálsamo de la palabra y el recuerdo:

Lo que entre nosotros existía, existe, es una ciencia de la desaparición. Empecé a desaparecer el día que mis ojos se ahondaron en los tuyos. Ahora que tus ojos se han cerrado, sé que no regresarás para devolverme los míos.

Esa suma de ausencias que es la vida se evoca desde un espacio sin espacio en donde confluyen pasado, presente y futuro. Se traza así la autobiografía vital y sentimental de dos personajes unidos por acuerdos y discrepancias, por diversas referencias como los Rolling y Amalia Rodrigues, Win Wenders y Annie Hall, Chejov y Vergílio Ferreira.

En la sucesión de monólogos quedan construidas las vidas de dos personajes discordantes en casi todo y unidos por una separación dolorosa que permite que a los dos se les pueda atribuir la frase que da título al libro, ese Te echo de menos que los vincula en un diálogo imposible lleno de evocaciones y preguntas que no tendrán respuesta.

En esa época me entregaba a la gente; me entregaba lo mejor que podía, por eso reaccionaba tan mal a los signos de desconfianza, malevolencia y suspicacia. Me entregué a otras personas por ti, para deslumbrarte, sí. Cuando admirabas a un hombre, yo tenía que seducirlo. Cuando buscabas la soledad, tenía que estar contigo. Inventé un grupo de amigos a tu medida, fui dejando atrás a todos aquellos con los que, según creía, no simpatizarías. Me entregué a todo lo que te gustaba y fingí que era inocente o, por lo menos, perversa, para no perderte. Después me entregué al resentimiento de no tenerte, a difamarte por no saber ser indiferente. Ahora también te entrego mi muerte, para que al fin permanezcas a mi lado.


Escrita con inteligencia y emoción, con sensibilidad verbal y depurado estilo, y muy bien traducida por Roser Vilagrassa, Te echo de menos acredita la perspicacia y el buen gusto de Elipsis Ediciones, que con esta obra suma un nuevo acierto a su catálogo.

Santos Domínguez

02 abril 2008

La fórmula preferida del profesor


Yoko Ogawa.
La fórmula preferida del profesor.
Traducción de
Yoshiko Sugiyama y Héctor Jiménez Ferrer.
Postfacio de León González Sotos.
Funambulista. Madrid, 2008.



Mi hijo y yo le llamábamos profesor. Y el profesor llamaba a mi hijo «Root», porque su coronilla era tan plana como el signo de la raíz cuadrada. —Vaya, vaya. Parece que aquí debajo hay un corazón bastante inteligente —había dicho el profesor mientras le acariciaba la cabeza sin preocuparse de que se le despeinara. Mi hijo, que llevaba siempre una gorra para que sus amigos no se burlasen de él, metió la cabeza entre los hombros, a la defensiva. —Utilizándolo, se puede dar una verdadera identidad a los números infinitos, así como a los imaginarios. Y dibujó el signo de la raíz cuadrada con el dedo índice en el borde de su escritorio, sobre el polvo acumulado.

Yoko Ogawa (1962) es la escritora más famosa y de más éxito en el Japón actual. Funambulista, la misma editorial que publicó recientemente la traducción de El embarazo de mi hermana, edita en la misma colección, Literadura, La fórmula preferida del profesor, que se ha convertido en un fenómeno social en Japón con sus dos millones de ejemplares vendidos.

Además del éxito que refleja la pura estadística editorial y de la obtención del Premio Librerías Japonesas o el de la Sociedad Nacional de Matemáticas “por haber mostrado la belleza de esta disciplina”, de esta obra se han realizado adaptaciones al cine, al cómic y al formato digital del CD.

Yoko Ogawa ha desplegado altas dosis de talento literario, inteligencia y sensibilidad para escribir la hostoria de una humilde madre soltera, la narradora anónima de la novela, que trabaja como asistenta de un viejo profesor de matemáticas que pierde la autonomía de su memoria en un accidente de coche, de tal manera que sólo le dura 80 minutos.

Entre el profesor, la asistenta y su hijo de 10 años se establece una honda relación humana en la que, como señala en el postfacio el profesor León González Sotos, asistimos al emocionado ajetreo, de venerable filiación platónica, entre la anónima doméstica, el también —¿innombrable?— Profesor y el pupilo Root. Entre idas y venidas, tareas caseras y cuidados piadosos a su muy especial cliente, éste va desvelando las arcanas relaciones numéricas que los datos cotidianos más anodinos pueden encerrar.

Una novela de formación, una celebración de la amistad, la inteligencia y la sensibilidad que tiene uno de sus mejores momentos en este pasaje que reúne a los tres personajes para demostrar, entre otras cosas, que la sabiduría deductiva y la inteligencia especulativa es patrimonio de todas las personas:

—Ejem, los deberes que nos puso eran: cuál es la suma de todos los números naturales del 1 al 10...
Root se puso más serio que nunca. Carraspeó una vez y escribió en el bloc de dibujo que yo sujetaba, en un renglón horizontal, los números del 1 al 9, antes de escribir el 10 un poco apartado, tal y como habíamos ensayado la noche anterior.

—Sabemos cuál es la solución. Es 55. La conseguí sumando todas las cifras, pero no te ha convencido la respuesta.
Con los brazos cruzados, el profesor prestaba oídos muy atentamente, para no perder ni una sola palabra.

—En primer lugar sólo tendremos en cuenta hasta el 9. De momento nos olvidaremos del 10. La mitad, entre el 1 y el 9 está en el 5. Es decir, el 5 es el... eh...

—El promedio —le soplé.
—Ah, sí. Es el promedio. Como en el colegio todavía no me han enseñado a encontrar el promedio, mamá me lo ha explicado. Si sumamos los números del 1 al 9 y dividimos entre 9, tenemos 5, y ... 5 × 9 = 45, y ésta es la suma de las cifras de 1 a 9. Y ahora recordemos el 10, que habíamos dejado de lado.

Root volvió a agarrar el rotulador y escribió la fórmula.

5 × 9 + 10 = 55
El profesor se quedó inmóvil durante un rato. Contemplaba la fórmula con los brazos cruzados, sin pronunciar palabra.

Mayra Vela

01 abril 2008

India, vagón 14-24


Ignacio Carrión.
India, vagón 14-24.
Ilustraciones de Alfredo.
Rey Lear. Madrid, 2008.


Yo tenía muchas ganas de recorrer la India en tren. Había leído a los grandes viajeros ingleses. Había visto documentales sobre aquélla ex colonia británica. Había estudiado la personalidad de Gandhi. Y antes incluso de hacer el viaje en un vagón de ferrocarril tal como relato en este libro, había visitado en otras ocasiones algunas ciudades indias para familiarizarme, hasta donde fuera posible, con un pueblo que no se parece a ningún otro.

Se publicó originalmente en 1977, aunque una serie de problemas editoriales y de distribución impidieron que este India, vagón 14-24 de Ignacio Carrión circulara entonces adecuadamente. Ahora lo recupera Rey Lear en una cuidada edición ilustrada por Alfredo.

Su calidad narrativa se sobrepone, como en los mejores libros de viaje, a la mera reseña de un itinerario para transmitir una imagen de la realidad y del viajero. Porque no sólo lo mirado, sino quien mira, se convierte en eje del libro.

Y es que, como señala el propio Ignacio Carrión en el prólogo que ha escrito para esta reedición, lo más placentero de un viaje es contarlo /.../ Pero un libro de viajes es siempre parcial y subjetivo, pues tal como yo lo entiendo es ante todo un libro del viaje interior que escribes al recorrer el mundo exterior.

Nueva Delhi, el Ganges, Benarés, Madrás, Bombay o Calcuta son algunas de las etapas por una India inmutable llena de mendigos, vacas y excrementos, con ciudades ruidosas de tráfico caótico, con el calor y la humedad como compañeros de viaje.

Y ahora recuerdo cómo ha surgido este viaje. De casualidad. Por un anuncio muy pequeño que vi en un periódico de Londres. Decía, vuelta a la India en tren por ochenta libras. Menos de diez mil pesetas. Una risa. Mes y medio. Y entonces llamé al teléfono y una señorita me dijo que no había error. Hay un tipo que se llama Jim Glossop, un tipo de Yorkshire, que ha alquilado un vagón de ferrocarril y lo tiene en la estación de Delhi. Espera reunir doce o catorce viajeros. Y en seguida engancharán el vagón a los trenes ordinarios indios para dar la vuelta al país. Despacio, como hay que hacerlo todo en la India. Locomotoras a vapor. En contacto siempre con el pueblo. Nada de autocares refrigerados con guía intérprete que hace chistes. De lujos nada. A dormir en el suelo. Y a comer lo que se encuentre. El vagón lleva retrete y cocina.Y barrotes en las ventanillas. Lo indispensable.

Pero no hay aquí sólo nombres de ciudades. De ese paisaje también forman parte nombres de personas como Indira Gandhi o Teresa de Calcuta, el organizador del viaje Glossop, los viajeros ingleses que le acompañan (Bill, Eroll, Katty) o un jesuita que vive en Bombay enloquecido, apocalíptico y milagrero.

Con ese material aportado por un país en el que todo es excesivo, desde la población a la pobreza pasando por los dos mil templos de Benarés, Ignacio Carrión hace de India, vagón 14-24 mucho más que un libro de viajes: una reunión de historias y de vidas en un espacio mágico por el que no parece pasar el tiempo.

Santos Domínguez

30 marzo 2008

La flor de las cenizas


Santos Domínguez Ramos.
La flor de las cenizas.
Fundación Kutxa. San Sebastián, 2007.



En Las provincias del frío (Sevilla, Algaida, 2006, VIII Premio Eladio Cabañero), Santos Domínguez Ramos (Cáceres, 1955) abría el poemario con este par de versos:

El lector se levanta para ver la fatiga vegetal del paisaje,
triste como los lunes en los parques zoológicos.

Para titular el presente libro ha elegido un verso de Jaime Sabines que responde a la pregunta ¿Para qué sirve la poesía? Para sacar –afirma el poeta- la flor de las cenizas. (Borges, a la gallega, contestó: ¿Y para qué sirven los amaneceres?).

Son, si se quiere, dos datos menores, pero que vienen a ejemplificar, a nuestro juicio, la estrechísima relación que en la poesía de Santos Domínguez hay siempre entre lector y creador. Su obra, ajena a la angustia de las influencias, avanza reconociendo la aportación de la tradición literaria, clásica y contemporánea, como si se hubiera sentido interpelado por ella, instado a dialogar con ella.

En varios de sus libros (Pórtico de la memoria, el citado Las provincias del frío...), el poeta ha dejado muestras expresas de su homenaje a creadores dilectos, y no solo literatos, pero sus sucesivas entregas son, aunque dominadas por una voz propia, rigurosamente novedosas. Y es que todo escritor crea un poema porque "nota su ausencia", porque siente que falta en el universo siempre inacabado que está construyendo.

Afirma Ramón Nieto que el poeta "trabaja y crea más allá de sus límites, quizá porque la creación -como el universo- se encuentra entre su límite y unos centímetros más allá, donde no sabe qué hay, o a lo sumo sospecha que hay una irradiación". Esta circunstancia entraña una dificultad para el crítico que, por deformación profesional, se obsesiona en ubicar el nuevo libro en su entorno, una tarea tal vez inútil, dificultosa, por cuanto, de un lado, se trata de un nuevo producto, y de otro, suele enfrentarse a textos poéticos no transparentes que aspiran a perdurar (de hecho el poema suele ser menos fungible que la narración), a admitir la relectura.

Puesto que un texto interpretado por completo es un texto consumido, el poema "moderno" presenta una resistencia inicial, pide relecturas que vayan iluminando zonas de sombra. De este modo, la lectura se convierte en un diálogo. Preferimos ahora un poema más transparente, nos atraerá en otro momento un texto hermoso pero enigmático, en otra ocasión nos subyugará un poema irracional que se resiste a su asedio, que no aspira a ser entendido sino tan solo a crear una cierta afinidad emocional. De este modo, entre lo figurativo y la abstracción, la poesía, liberada de las condicionantes comerciales, se convierte en la vanguardia de la creación literaria.

Todas estas peculiaridades definen el libro que comentamos, que contiene en su título dos nociones fuertemente contrastadas: "flor", que puede simbolizar la creación artística y lleva inseminada una promesa de vida (fruto), y "cenizas", que remite a la idea de muerte como anonadamiento. Ambas nociones reaparecerán en el libro formuladas de diversos modos, pero resulta sintomático que la primera de ellas abra el libro (el poema es en primer lugar un pensamiento rumiado, luego un verso), y la segunda lo cierre (con la imagen del tiempo destructor en su danza siniestra:

el péndulo recobra su vértigo redondo,
sus ritmos tutelares, sus estragos antiguos.

En medio de estos dos motivos antitéticos (en definitiva, la creación y la muerte), se suceden unas composiciones marcadas por un tono meditativo que tiende a ver en su entorno "avisos de la muerte". No es infrecuente que la naturaleza muestre, como en los poetas románticos, su rostro más dañino y destructivo, como sucede en Cáliz de fuego en que se evoca un paisaje "bajo el aire quemado del verano", o en Flor de almendro, en que un viento "ciego y negro", "como la muerte mínima, como la muerte anónima", hiela la temprana flor de los almendros, una amenaza que el poeta percibe como próxima a él también, desde el momento en que reflexiona diciendo:

no miras el paisaje: eres tú ese paisaje.

Frente a imágenes de naturalezas desoladas, de ocasos y momentos nocturnos con similares significados connotativos, sobresale por su reiteración el motivo del pájaro solitario que gorjea en unas zarzas, del mirlo que entona su canto "sobre el borde sonoro de la tarde", que podemos interpretar en la misma dirección, y reconocer, finalmente, en ellos una personalidad desconsolada que halla consuelo en la literatura (esto es, en la lectura y en la creación literaria).

La poesía de Santos Domínguez ha alcanzado hace ya tiempo un alto grado de excelencia formal, reconocida en numerosos galardones. Su registro es nítidamente culto y su ritmo, con predilección por versos de andadura amplia (endecasílabos y alejandrinos), muy cuidado.

En La flor de las cenizas nos parece que ha alcanzado un logrado equilibrio entre la expresión lógica de la reflexión y la expresión irracional de las intuiciones, como en el siguiente ejemplo en que contrasta el empleo de una sintaxis ordenada que, sin embargo, rompe la ilación semántica de la frase (obsérvese cómo ninguna palabra hace predecible la siguiente):

Desde un fondo de estrellas sin abril
entonan los heraldos la melodía curva
del frío.

Simón Viola

29 marzo 2008

El Canto de C. K. Williams


C. K. Williams.
El Canto.
Traducción y prólogo de Jaime Priede.
Bartleby, Madrid, 2008.


Bartleby publica en edición bilingüe El Canto (The Singing), con el que C. K. Williams (Nueva Jersey, 1936) obtuvo el Premio Nacional de poesía en EE. UU. en el año 2003. Es el segundo libro de Williams editado en España. Como en el anterior, Reparación, Jaime Priede ha sido el encargado de la traducción y el prólogo.

Además de poeta, C. K. Williams es traductor al inglés de Zagajewski o Francis Ponge. La mirada a lo cotidiano de uno y el interés en el objeto del otro, junto con una evidente influencia del Auden más narrativo, han dejado su huella en la labor poética de Williams.

La iluminación de la realidad desde la crónica de lo trivial o la búsqueda de sentido en los objetos se combina en estos poemas con la reflexión, con una progresiva tendencia a la abstracción. Desde el plano concreto de la anécdota narrativa o la emoción lírica el poema se eleva al nivel meditativo o moral, en un viaje que va habitualmente de lo particular a lo general, de lo individual a lo social, de la intuición al pensamiento.

Dicho de otra manera, los poemas de El Canto se levantan desde el nivel de la observación o la memoria al de la conciencia o la denuncia. La textura del poema va más allá de la mera propuesta estética y se convierte en una respuesta moral a la realidad, que

se ha colocado por sí misma con tal solidez ante mí que hay poca necesidad de misterio... excepto en nosotros, en cómo tomamos el mundo
y lo ensanchamos, más de lo que somos, más incluso de lo que es.


Memoria, experiencia y deseo unen el pasado, el presente y el futuro en unos poemas en los que se cruza el yo con el mundo en ese cauce lírico, narrativo o reflexivo que arranca de la contemplación o del recuerdo:

Pero saberlo no
ayuda: la mayor parte
de lo que somos es memoria,
y la anticipación
de recuerdos por llegar.

La disección de sucesos urbanos o íntimos de la primera parte, la rememoración de la oscuridad de una infancia acosada por el miedo:

Cada ausencia de luz será el miedo,
cada respiración no perceptible más miedo.

dan paso a la honda elegía emocionada al amigo pintor, de tono intenso y grave:

En gran parte conocerte
fue entender esto, entender
que nuestra redención,
si existe algo así,
reside en la certeza
de que siempre en algún lugar
un pintor mezcla
sus colores, un poeta recita
y un simple oboe
repite disciplinadamente
su lección, una y
otra vez, escalando
y descendiendo con calma
la escalera que él mismo
despliega.

Y así hasta llegar a las consecuencias del 11-S: la guerra, el miedo, el caos, la noche del futuro:

desazón y violencia, hacha, átomo, desesperanza.

Y pese a todo, pese a la muerte del amigo, pese a la injusticia de la guerra, C. K. Williams deja abierta la puerta de la esperanza:

Demasiada basura pero, con todo,
ahora, por la mañana, el resplandor celeste
de ese primer zafiro,
¡el resplandor! Los primeros sonidos
al despertar, ¡los sonidos!-
el susurro del viento, incluso
los camiones que resuenan al pasar,
incluso las tontas palomas.


Santos Domínguez

28 marzo 2008

Beaumarchais en Sevilla


Hugh Thomas.
Beaumarchais en Sevilla.
Traducción de Eva Rodríguez Halffter.
Planeta. Barcelona, 2008.


Además de una ciudad, Sevilla es una idea, y sobre todo un escenario. Quizá eso explique por qué alguien que no estuvo nunca en Sevilla, como Beaumarchais, escribiera El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro, que sirvieron de base a los libretos operísticos de Rossini y de Mozart.

Quizá eso explica también que Hugh Thomas haya titulado este libro de manera paradójica Beaumarchais en Sevilla.

¡Pero si Beaumarchais no estuvo jamás en Sevilla! No; ni Mozart, ni Rossini. Ni tampoco, para el caso, fueron allí Bizet, Verdi o Beethoven, aunque todos situaron obras famosas en esta ciudad o en sus alrededores. Pero, pese a ello, estos hombres hicieron de Sevilla lo que es, o al menos lo que creen que es fuera de España, y sus personajes, como (en el caso de Beaumarchais) Fígaro y el conde de Almaviva, Rosina y Susana, son los sevillanos de mayor fama mundial.

¿De dónde extrajo información aquel exrelojero brillante y ambicioso para escribir esos dos textos sin ver el Guadalquivir? Tal vez de los ambientes sociales que frecuentó y de los sainetes de don Ramón de la Cruz, sugiere Thomas. Y el mismo Beaumarchais escribió en la introducción de El barbero de Sevilla:

Los argumentos extravagantes son más creíbles si se presentan en un escenario artificioso o fantástico.

Y es que Beaumarchais no estuvo en aquella ciudad, que era la capital económica del Imperio, pero sí en Madrid, entre mayo de 1764 y marzo de 1765. Sobre la actividad del francés en la capital, rastreada en su correspondencia y notas, Hugh Thomas ha elaborado un ameno ensayo, una vivísima reconstrucción de los ambientes que frecuentó en aquel Madrid de la plenitud ilustrada de Carlos III en el contexto de una edad dorada en España y en Europa.

Como en Versalles, Beaumarchais deslumbró a las mujeres de la nobleza española, fascinó a los aristócratas y siguió empeñado en ascender en aquella sociedad ilustrada y anterior a la revolución francesa.

Había llegado a Madrid en plenas fiestas de San Isidro para resolver un asunto de honor familiar que afectaba a su hermana Lisette, deshonrada por Clavijo Fajardo, un enciclopedista ilustrado que acabó cayendo en desgracia ante el rey como consecuencia de este asunto.

Durante los diez meses que duró su estancia se sintió en Madrid como en su casa y aprovechó sus contactos para intentar obtener un contrato de tráfico con esclavos en el imperio español o una licencia para comerciar con la Luisiana. Dos ambiciones frustradas, como alguno de los cobros fallidos de algunas deudas aristocráticas.

En esos meses frecuentó a la marquesa de Croix, un proyecto de amante que quería compartir con el rey para intervenir de manera influyente en la corte. La tendencia a la castidad de Carlos III también frustró el plan, el más ambicioso de los que tramó aquel refinado muñidor.

Cuando se fue de España en marzo de 1765 ya llevaba en la cabeza las situaciones y los personajes que emplearía en la trilogía de la que forman parte esas dos piezas sevillanas.

No hace falta decir que esa Sevilla no es real, aunque fijó en Europa una imagen superficial de la ciudad, un tópico que luego fomentaron los viajeros de finales del XVIII y principios del XIX y algo más tarde la peor literatura folclórica y saineteril que transmitió la imagen de la Andalucía romántica y pintoresca.

Luis E. Aldave