22 enero 2008

Las sombras errantes


Pascal Quignard.
Las sombras errantes.
Traducción de Manuel Arranz.
Elipsis Ediciones. Barcelona, 2006.


Pascal Quignard (1948) es uno de los grandes escritores franceses actuales. Una de sus novelas más conocidas, La lección de música, fue la base de una memorable película de Alain Corneau, Todas las mañanas del mundo, que con música de Jordi Savall recordaba un episodio de la vida del violista Marin Marais.

Quignard es un intelectual polifacético e inquieto que antes de dedicarse a la literatura fue pintor y violoncelista, dio clases en la Universidad Libre de Saint Denis, tuvo importantes responsabilidades en la editorial Gallimard, donde trabajó durante un cuarto de siglo, y fue el impulsor del Festival de Ópera Barroca de Versalles.

Todo eso lo fue abandonando un Quignard insatisfecho que renunció a una posición acomodada para dedicarse por entero a la literatura, a una aventura intelectual y estilística arriesgada y de gran calado, que tiene en su caso mucho de salto en el vacío.

Las sombras errantes, el primer volumen de la serie El último reino, que fue premio Goncourt en 2002, lo ha publicado la editorial Elipsis, con traducción de Manuel Arranz, que ha afrontado con brillantez la nada fácil tarea de traducir la tensión de la prosa de Quignard y su ambicioso intento de integración y transmisión de múltiples herencias culturales para aprovechar sus posibilidades expresivas.

El resultado es una obra de prosa torrencial, un libro inclasificable, compuesto de capítulos breves, de relámpagos y argumentaciones que son las teselas de un mosaico. Como los hilos de un tapiz, las redes que tiende Quignard en cada texto atrapan al lector desde el primer párrafo:

El canto del gallo, el amanecer, los perros que ladran, la claridad que se extiende, el hombre que se levanta, la naturaleza, el tiempo, el sueño, la lucidez, todo es cruel.

Con el ritmo envolvente de su prosa creativa, la palabra y el silencio se compenetran como en la mejor poesía para construir unos textos que se mueven con enorme libertad en las posibilidades expresivas de los distintos géneros. Y así, desde la narrativa al ensayo o la prosa poética, los viejos moldes genéricos se ponen al servicio de su estilo poderoso, para contar o inventar, para encauzar un pensamiento tan incisivo, provocador y contundente como el de Quignard, que reflexiona o se desahoga, como en este fragmento del capítulo XXXVII:

El grito que pide socorro, una vez convertido en canto, ya no se dirige a nadie. Las artes no tienen por destino, como hace la Historia, organizar el olvido. Ni dar un sentido a lo Otro del sentido. Ni manchar y engullir el tiempo pasado de la tierra. Ni aniquilar in situ la otra parte del tiempo. Ni proscribir los lenguajes anteriores a todas las lenguas naturales. Ni emparedar lo Abierto. Hay que ser nazi para pensar que el arte es una mentira decorativa. Hay que ser comunista para pensar que el arte divierte. Hay que ser burgués liberal para pensar que alegra. Sólo en los regímenes totalitarios el arte es concebido como una estetización del sometimiento, una mitificación del pasado, una falsificación constante de la hora que llega y pasa. El artista no puede tomar parte en el funcionamiento de la comunidad humana desde el momento en que se esfuerza por desprenderse de ella. Ni siquiera tiene derecho a recibir un sueldo como contrapartida de su obra. Está más cerca del duelo que del sueldo. Menos olvidadizo que la memoria voluntaria. Menos interesado que el dinero en el intercambio. El arte no tiene como función negar lo Otro en lo social.
El individuo es como la ola que se levanta en la superficie del agua. No puede separarse de ella completamente. Y vuelve a caer rápidamente en la masa solidaria, que se la traga. Vuelve a caer una y otra vez continuamente con el movimiento irresistible de la marea que la arrastra. Pero ¿por qué no levantarse una vez, y otra vez, y otra vez?

Sólo en los grandes escritores la correlación entre sustancia y expresión se convierte en un mecanismo preciso de funcionamiento implacable en el fondo y en la forma. Sólo busco pensamientos que estremezcan, escribe Quignard en uno de los capítulos del libro. La tensión estilística de la poesía, la fuerza narrativa del relato corto o el cuento tradicional, la profundidad del ensayo o el rigor del razonamiento construyen este edificio literario en el que el estilo tiene un papel determinante como motor de búsqueda, de exploración de la memoria, el miedo, el tiempo o las sombras:

El escritor, lo mismo que el pensador, saben quién es en ellos el verdadero narrador: la expresión. Yo hago lo siguiente: dejo que sea el lenguaje mismo el que pese, piense, penda, dependa.

La fragmentación es el alma del arte, escribe Quignard. Y eso son en gran medida estas Sombras errantes: literatura del fragmento que renuncia a las imágenes totalizadoras de la realidad, se levanta sobre el fracaso de las ideologías y participa de la narrativa, el poema en prosa, el cuaderno de notas.

Cuentos y anécdotas, ficción y realidad, vidas falsas, citas reales y apócrifas recorren una literatura que se nutre más del sueño y la alucinación que de la realidad. Quignard narra el recuerdo y evoca a las sombras errantes en un libro de género omnívoro que sin embargo no pretende engañar al lector, sino hacerle partícipe de una aventura intelectual y estética sin parangón en la literatura de las últimas décadas.

Soy un apasionado -declaraba Quignard no hace mucho- de tres cosas que quedarán del siglo XX: la etnología, el psicoanálisis y la lingüística. Esas tres disciplinas están muy próximas al arte de contar cuentos. En el fondo, estoy más cerca del cuento que de la novela. Muy próximo al arte de contar anécdotas, cuentos, sueños, como los que nos asaltan cada noche y cada mañana nos dejan más perplejos.

Santos Domínguez

21 enero 2008

Retraducir


Juan Jesús Zaro y Francisco Ruiz Noguera (eds.)
Retraducir. Una nueva mirada.
Miguel Gómez Ediciones. Málaga, 2007.


La retraducción de textos literarios y audiovisuales y la nueva mirada que los reinterpreta es el objeto de este Retraducir, el volumen colectivo que han coordinado Juan Jesús Zaro y Francisco Ruiz Noguera y que publica en Málaga Miguel Gómez Ediciones.

Organizado en tres partes, la primera de ellas es una introducción teórica que fija el concepto de retraducción como la nueva versión de un texto ya traducido y aborda su importancia en la literatura contemporánea y su repercusión en las producciones audiovisuales.

Son múltiples las razones que explican por qué se retraducen los textos de una lengua extranjera: el envejecimiento –no sólo estilístico- de las traducciones, la relectura, la revalorización de una obra, su actualización o la proyección de la poética del traductor sobre lo traducido.

Las dos secciones restantes plantean en sus distintos capítulos ejemplos concretos e ilustrativos de traducciones literarias y audiovisuales.

La parte central, la más amplia como es lógico, tiene como eje de referencia la retraducción de textos literarios, desde el Nuevo Testamento a El cementerio marino, desde Safo a Emily Dickinson o Rimbaud, sin que falten capítulos que abordan otros ejemplos de textos narrativos o teatrales.

Y finalmente una tercera parte no menos interesante en la que se analiza la retraducción visual de algunos textos literarios llevados al cine: la proyección de King Lear sobre la sociedad feudal japonesa que hizo Kurosawa en Ran, las adaptaciones de El corazón de las tinieblas en películas como El corazón del bosque o Apocalipse Now, las múltiples retraducciones de Mansfield Park de Jane Austen.

Y entre esos artículos, tres que merecen un subrayado especial: el excelente estudio de Aurora Luque sobre las traducciones de Safo; el análisis que hace Mercedes Enríquez sobre la fijación de un canon poético del Romanticismo inglés a través de las retraducciones en antologías, y el texto de Francisco Ruiz Noguera sobre la poética propia como impulso de la retraducción con el ejemplo del Cementerio marino de Valèry y sus traductores al español, desde Jorge Guillén, el primero, hasta Agustín García Calvo, el más reciente.

Resultado de un proceso de relectura y de una actualización, las reflexiones sobre la traducción y la retraducción que contienen estos artículos son muchas veces el punto de partida para la iluminación de los textos o para plantearse las siempre problemáticas y fecundas relaciones entre cine y literatura, entre lenguaje literario y lenguaje audiovisual.

Santos Domínguez

19 enero 2008

El arte de leer


Francisco García Jurado.
El arte de leer.
Antología de la literatura latina
en los autores del siglo xx.

Liceus. Madrid, 2007.


No es fácil encontrarse con lectores como Francisco García Jurado, lector y profesor de la Universidad Complutense, que ejercen la pasión y el arte de la lectura por encima de la rutina profesoral o el distanciamiento académico. No es fácil encontrar – y menos en ese ámbito universitario, tan dado al acomodaticio pancismo burocrático- lectores así, pero cuando el azar nos los pone delante, la admiración y la complicidad es inmediata.

La edición que hizo Francisco García Jurado de las Noches áticas de Aulo Gelio en Alianza fue la carta de presentación de alguien que –se notaba desde el prólogo- entendía la literatura como una actividad vital, como pasión intensa y forma de vida.

Lo confirma ahora en la presentación de El arte de leer :

Conviene recordar que las literaturas fueron escritas para ser leídas y vividas, y no para que queden recluidas en el coto de los especialistas. Las literaturas clásicas han disfrutado de lecturas tan intensas y variadas por parte de los autores modernos que éstas podrían entenderse en términos de una historia no académica. Se trata de una historia que está, fundamentalmente, ligada al amor a los libros, en nada reñido con la vida. Como dice Bioy Casares cuando habla de Aulo Gelio: "Pocos objetos materiales han de estar tan entrañablemente vinculados a nuestra vida como algunos libros. Los queremos por sus enseñanzas, porque nos dieron placer, porque estimularon nuestra inteligencia, o nuestra imaginación, o nuestras ganas de vivir."

García Jurado lleva más de diez años reconstruyendo esa historia no académica de la literatura clásica y El arte de leer es el resultado de esa larga convivencia y una invitación a compartir la complicidad feliz de la lectura. No es una casualidad ni un lapsus que el autor utilice el término amigo como sinónimo de lector, o que la lectura sea una actividad celebratoria que recorre todo el libro en un diálogo vivo y constante de civilizaciones y culturas.

En esa conversación, los átomos de Lucrecio conocen el amor en un capítulo de Schwob; un narrador fascista reivindica a Catilina frente a Cicerón; Catulo se convierte en un contemporáneo retratado por José Agustín Goytisolo; un verso de Virgilio se convierte en el epitafio de un soldado romano que muere en el Bierzo; un ratón como el de Horacio vuelve a nacer del parto de los montes en un cuento de Arreola; Ovidio, el clásico cotidiano, se metamorfosea en mariposa en un relato de Tabucchi; Fedro se reencarna en Monterroso y Séneca es un adulador despreciable en una novela de Graves. Marcial y Juvenal son la memoria satírica del mundo y Francisco Ayala evoca a un Plinio el joven indiferente a las pasiones pueriles del deporte y obsesionado con la fama.

¿Hay más? Sí. Por ejemplo, un Suetonio tranquilo y erudito en el Paradiso de Lezama Lima; un Aulo Gelio misceláneo al que admiró Bioy, imitó Borges y parafraseó Cortázar.

Y, ya para terminar, Plinio el viejo en Borges el memorioso y en un Calvino viajero por ciudades invisibles en busca de tesoros; el elogio de la decadencia de Huysmans y Wilde o la visita a San Isidoro del peruchiano caballero Kosmas.

No sé si será cuestión de unos pocos felices, aquellos happy fews de Stendhal y Shakespeare, pero la verdadera literatura, la enfermedad incurable y pegadiza de la que hablaba Cervantes, la que vive en nosotros y en la que vivimos, o sirve para la vida y la felicidad o no sirve para nada. Y un libro como este, tan contagioso de lecturas y pasiones, lo demuestra.

Santos Domínguez

16 enero 2008

Antonio B. el Ruso

Ramiro Pinilla,
Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera.
Tusquets. Barcelona, 2007.


Volver, al cabo de tantos años, sobre Antonio Bayo, es recuperar el calvario de su vida y la oscura noticia de su muerte. Esta vez, su infantilismo ya no se hinchará contemplando el segundo nacimiento de su libro en los escaparates y sintiendo el acoso de los medios. Y es que estamos hablando de un hombre que, desde su nacimiento, fue perseguido por la forma más lacerante de nuestra injusticia social hasta hacer de él un despojo humano.

Así comienza el prólogo que Ramiro Pinilla ha escrito para la reedición en Tusquets de Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera. Treinta años después de la primera edición de la obra, el prólogo da cumplida noticia de la génesis, la técnica y el propósito de esta espléndida novela-biografía contada por su propio protagonista:

¿Por qué se me ocurrió escribir este libro? Literariamente, me atrajo el disponer de un personaje de carne y hueso como alternativa a los habituales míos de ficción. Podría constituir un descanso. Pero, no: el gran motivo que me movió fue la denuncia. ¿Pertenecía a España aquella Cabrera Baja, aquel mísero y desheredado pueblo de La Baña?, ¿y eran españolas aquellas gentes dejadas de la mano de todos los dioses?

Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera es una narración escrita en primera persona con la fuerza perturbadora y testimonial de quien fue a la vez una víctima y un resistente. La vida de ese hombre entre los años treinta y el comienzo de la transición posfranquista es uno de los mejores relatos sobre la durísima España de la posguerra que le rebajó a la condición de animal hambriento.

Sus más de seiscientas páginas son una demostración sobrecogedora y sostenida de cómo la realidad supera en dureza y humillaciones la capacidad imaginativa de cualquier lector. Elaborada con información de primera mano, extraída de un mes intenso de conversaciones grabadas, el trabajo literario de Ramiro Pinilla consistía en encontrar un tono adecuado para que el personaje-narrador se expresara en la novela:

Pasé un tiempo buscando el tono, como para un instrumento musical. A veces, se encuentra a la primera. No fue así en este caso. No se trata de pulsar teclas o cuerdas sino de escribir las primeras líneas. Realicé muchos ensayos para el primer párrafo. Y al leer un día bajo el bolígrafo…

“Me llamo Antonio Bayo, pero cuando madre me echó al mundo, una mujer que estaba allí dijo: ¡Leches, si es rubio como un ruso!... Así que no vaya usted por las Cabreras preguntando por Antonio, porque desde entonces todo el mundo me conoce por el Ruso. Ahora tengo seis años y madre me dice: –Súbeme una berza.”

…supe que ya lo tenía.

Lo que tenía Pinilla era la voz adecuada para el relato: un estilo invisible y transparente que canalizara la denuncia de aquella realidad y narrara la vida de aquella criatura en un agujero sin salida, como un animal salvaje y montaraz.

Prisiones, penales y manicomios, guardias civiles, curas y jueces son los escenarios y los actores de barbaridades escalofriantes, una sucesión de vejaciones y humillaciones de aquel espíritu indomable, asilvestrado e inocente, producto de una España rural, de esas otras Hurdes que se llaman las Cabreras de León.

Santos Domínguez

14 enero 2008

Obras completas de Pedro Salinas



Pedro Salinas.
Obras completas.
I Poesía. Narrativa. Teatro. II Ensayos completos. III Epistolario.
Edición de Enric Bou, Monserrat Escartín y Andrés Soria Olmedo.
Cátedra. Biblioteca Avrea. Madrid, 2007.


En una espléndida edición en tres tomos coordinados por Enric Bou, Cátedra Avrea publica un ambicioso proyecto diseñado hace dos décadas por Jaime Salinas y que diversas circunstancias frustraron en su momento: la obra completa de Pedro Salinas, una de las voces más significativas y fértiles de la literatura española contemporánea.

Además del mérito y el trabajo de una edición monumental como esta, que permite captar la profunda unidad de la obra de Salinas y la transversalidad que la recorre por encima de los géneros, conviene resaltar tres novedades importantes: en la poesía – de la que se ha ocupado Monserrat Escartín- se han depurado algunas erratas repetidas en ediciones anteriores y se han incorporado casi ochenta textos inéditos; los ensayos hacen una propuesta más amplia de las que habían aparecido hasta ahora y en cuanto al epistolario, se ha realizado una selección generosa del ingente volumen de cartas del autor.

A la poesía completa de Pedro Salinas, tanto la publicada como la inédita o los poemas no recogidos en volumen; a toda su narrativa, desde el vanguardismo de Víspera del gozo a los relatos de El desnudo impecable y al teatro se dedica el primer volumen de estas Obras Completas.

Entre Presagios y el póstumo Confianza, Salinas elaboró su obra poética como una aventura hacia lo absoluto y el conocimiento. Buscó una voz propia en sus primeros libros por los caminos de la vanguardia y la encontró en un ciclo de poesía amorosa inspirada por Katherine Whitmore, entre la plenitud y el lamento. El exilio abrió un paréntesis de silencio hasta que en Puerto Rico se reencontró con la lengua y la poesía con el mar de El contemplado, que se prolongó luego en la voz civil y angustiada de Todo más claro.

Menos conocida es su prosa narrativa, que sin embargo manifiesta esa transversalidad de temas e intereses a que aludía más arriba. La integran dos volúmenes de relatos, el vanguardista Víspera del gozo y El desnudo impecable del exilio, y una novela, La bomba increíble, antimilitarista y emparentada con su poema Cero.

La reunión de géneros de este primer tomo permite una lectura global en la que Víspera del gozo puede ser interpretado como el prólogo de su poesía amorosa, de la que el epílogo sería su teatro.

Un teatro no representado, sólo editado póstumamente; teatro de minorías doblemente exiliado, porque fue escrito en el alejamiento del exilio y por su alejamiento de las corrientes teatrales de la época.

El segundo tomo se ocupa de sus ensayos completos, desde el imprescindible estudio sobre la tradición y la originalidad en Jorge Manrique a sus asedios a la poesía modernista, a la obra de Rubén Darío y a la literatura del 98 y del 27, pasando por la defensa del idioma o de las minorías en El Defensor.

El magisterio de Salinas en ese campo del ensayo literario es indiscutible. Varias generaciones de filólogos nos hemos formado con su espléndido Jorge Manrique o tradición y originalidad, con su libro hondo y definitivo sobre la poesía de Rubén Darío o con los artículos que reunió en su Literatura española siglo XX.

Está en ellos el profesor y el crítico literario, el lector apasionado y riguroso que fue Salinas, pero también el poeta que lo complementa o lo contradice. La crítica literaria de Pedro Salinas es la de un creador, la de quien es a la vez actor y espectador, escritor y lector, la de quien hace no sólo crítica de la poesía, sino también una poética de la crítica, en una línea similar a la del mundo universitario norteamericano, ámbito en que se escribieron muchos de estos ensayos.

Tanto en este segundo tomo como en el tercero, dedicado a su epistolario, Enric Bou ha compartido la responsabilidad de la edición con Andrés Soria Olmedo. El volumen con la obra epistolar de Salinas reúne un millar largo de cartas, una selección generosa de las más de dos mil que constituyen su epistolario completo.

En este ingente material epistolar, que incorpora unas quinientas inéditas hasta esta edición, está –como es lógico- el universo literario y vital de Pedro Salinas: su mundo personal, familiar, amoroso, profesional, literario o civil. Este es el lugar en que se cruzan lo público y lo privado, lo literario y lo doméstico, el escritor y el hombre.

Por eso estas cartas no son un componente marginal de su obra, sino una parte fundamental que ilumina el resto de su producción: cuando hace cinco años se publicaron las enviadas a Katherine Whitmore, se pudieron entender adecuadamente La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento.

Y, más allá de ese mundo personal o poético de Salinas, en estas cartas está también la literatura de toda una época, la España del 27 y la República, la de la guerra civil y la España errante del exilio.

Como un archipiélago definen los editores el epistolario de Salinas. Un archipiélago –añaden- con tres islas mayores (Margarita Bonmatí, Katherine Whitmore y Jorge Guillén), de variada vegetación y diverso interés. Cartas de amor o de amigo, llamativamente frías las dirigidas a la novia, a la esposa o a la amante, más sinceras y variadas las dirigidas al amigo poeta y cómplice literario y vital que fue Guillén.

Hay en ese archipiélago epistolar otras islas menores, pero espléndidas, como las cartas dirigidas a su hija Solita o a otros amigos como Dámaso Alonso, Guillermo de Torre, Américo Castro o Ferrater Mora.

Entre lo íntimo y lo público, estas cartas trazan un panorama general desde una perspectiva privada y a la vez enmarcan lo privado en una mirada más amplia. Son cartas escritas con el afecto o el impulso de la amistad o el amor, pero en ellas Salinas no deja de ejercer de escritor y parece pensar en la posteridad y en la publicación. Al redactarlas parece estar escribiendo para un público lector que va más allá de la persona y el tiempo de sus destinatarios.

La selección que se ha hecho se ha basado en su interés literario, biográfico o estilístico, porque este conjunto epistolar es una muestra variada de un cruce de géneros que se van – como el resto de su obra- del ensayo y la poesía al retrato y la crónica o al diario íntimo.

Testigo y protagonista, lector y escritor, crítico y poeta, profesor y comentarista epistolar, para Salinas la literatura fue –como explicaba en una carta de 1947- una experiencia total de la vida, en la que se suman lo estético, lo histórico, lo moral, lo filológico, para dar un resultado último puramente humano.


Santos Domínguez

12 enero 2008

Alada claridad



Yosa Buson.
Alada claridad.
Traducción y prólogo de Alberto Silva.
Pre-Textos. Valencia, 2007.

En su bellísima colección El pájaro solitario, ligada en su título y en la viñeta que la identifica a Ramón Gaya, Pre-Textos publica Alada claridad, una colección de cincuenta haikus sobre vuelos diversos. Los escribió en el siglo XVIII el japonés Yosa Buson, poeta y pintor de Osaka, perito en pájaros y hombre de haikus.

Sus conocimientos ornitológicos, su ciencia pajarera son el resultado de una mirada experta y un oído afinado en sus vagabundeos por los paisajes costeros o boscosos de la isla de Honshu. Un cazador de vuelos, cantos y momentos fugaces llenos de revelaciones. Para ese tipo de acechos, ningún género mejor que el haiku.


Un arte de pájaros traducido por Alberto Silva, que explica en el prólogo que el asunto del arte es volar. Y a eso aspira Yosa Buson, cazador de fugas y dibujante de pájaros y flores. Antes que su palabra, su mirada, educada en la observación de la naturaleza y en la reflexión, está en el origen de estos textos que tejen una red momentánea para apresar el vuelo y para expresar la fuga de un pájaro que es símbolo del tiempo y de la transcendencia, para explicar la condición fugaz del canto y del vuelo, del pájaro y del hombre.

La mirada de Buson que se proyecta simultánea hacia fuera y hacia dentro, humaniza a las aves para ver en ellas un símbolo de una común condición aérea. Golondrinas y cigüeñas, cormoranes y chorlitos, faisanes y pichones, vuelan o cantan en estos haikus en los que la vista y el oído convocan al gallo y a la grulla, a las garzas y al pájaro carpintero, con agua y con árboles:

El primer trino
del ruiseñor parece
caerse de una rama.

Al final del libro, un catálogo descriptivo de los seres alados de Yosa Buson, elaborado por Alberto Silva, establece un repertorio de formas y sustancias, de costumbres y señales aladas.

Santos Domínguez

11 enero 2008

Esto no es música



José Luis Pardo.
Esto no es música.
Introducción al malestar de la cultura de masas.

Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores.
Barcelona, 2007


Con La regla del juego, una original iniciación a la filosofía con la que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo en 2005, José Luis Pardo (Madrid, 1954) se convirtió en uno de los ensayistas más prestigiosos de este país.

La densidad lúcida de su pensamiento y su capacidad para establecer relaciones entre los distintos campos de la realidad y la cultura contemporánea vuelven a ponerse de manifiesto en su nueva obra, Esto no es música (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), quizá más ambiciosa y profunda, desde luego no menos aguda que la anterior, a la que complementa en muchos aspectos.

El punto de partida de esta introducción al malestar de la cultura de masas es una vieja foto de familia: la de la carátula de Sgt. Pepper’s y el club de los corazones solitarios que agrupaba en el posado de la foto a Poe y a Marilyn, a Laurel y Hardy y a Jung, a Marx y a Wilde, a la Dietrich y a Einstein.

Músicos, actores, escritores y filósofos y algún boxeador habían sido convocados por el grupo de Liverpool que aparece duplicado en la fotografía con su imagen real y las reproducciones del museo de cera de Madame Tussaud.

¿Qué significaba la reunión de toda esa gente? Aquel abigarramiento de la portada decía en verdad lo que parecía decir: que Sonny Liston y Stockhausen están exactamente al mismo nivel, que los logros de Oscar Wilde no pulsan una fibra del espíritu jerárquicamente superior a la que tocan los de Marilyn Monroe y que Karl Marx no es por ningún concepto más venerable que Lenny Bruce. ¿Era esto demasiado decir? ¿Una sobredosis o un exceso de igualdad?

Aquella foto, de la que parecía desprenderse el desprecio por las jerarquías y una crítica social y cultural que iguala – como en el tango de Santos Discépolo- al colchonero con el rey de bastos y al burro con el profesor, más que una carátula es una declaración de principios.

Para desentrañar esos principios y los finales que proponen, José Luis Pardo ha escrito uno de los libros de los que más se va a hablar este año. Esto no es música es, como señala el subtítulo, una introducción al malestar en la cultura de masas y una indagación sobre los orígenes, el desarrollo y la influencia de la cultura pop en el pensamiento contemporáneo.

Tomando como hilo narrativo los distintos cortes de Abbey Road, el último album de los Beatles, se acomete aquí -con divertido rigor- un análisis de la cultura urbana de la modernidad que une a Dylan con Hegel, a Edipo con Correcaminos o a Simon Rodia con Sonny Liston.

La voluntad de llegar a ser alguien, el mito fundacional que surge de otra caverna mítica, la nada platónica The Cavern, o el platonismo invertido que propugnaba Nietzsche, se mezclan con propuestas gnoseológicas y de filosofía de la historia para integrar una interpretación compleja y abarcadora de la cultura de masas en la que caben los Rolling y un análisis de la profundidad trágica de Edipo, el nihilismo o la búsqueda de identidad y Kant o Platón comparten páginas con el anarquista Lucheni, el tonto del siglo XIX que asesinó a Sissi emperatriz.

Cada uno de sus diecisiete capítulos va introducido por un resumen argumental orientativo e incentivador. Este es el que encabeza el último apartado del libro:

En donde el autor, falto sin duda de más argumentos, revela sin querer la impotencia de su desgastado corazón para latir al ritmo de los cambiantes tiempos,en los cuales sus héroes de risa se han convertido en ídolos de pena, y deja al lector incómodamente situado en pleno malestar.

Y en ese capítulo, a propósito de Smalville (2001), la serie de la Warner Brothers para la televisión en la que un Superman joven vive en una pequeña aldea, estas líneas que podrían tomarse como conclusión del ensayo:

El paso de Metrópoli a Smallville da cuenta del fenómeno -tan a menudo invocado por Paul Virilio- de la compresión del mundo, que el propio personaje de Superman experimenta doblemente: con su paso de la pantalla grande a la pequeña y de la edad adulta a la adolescencia. Contra la tan acreditada impresión de que nuestra época está envejeciendo a marchas forzadas, lo que más bien parece suceder en este nuevo orden es que todos -incluidos los superhéroes- nos hacemos pequeños, vulnerables, frágiles e indefensos.

Santos Domínguez