24 septiembre 2007

El hombre del salto


Don DeLillo.
El hombre del salto.
Traducción de Ramón Buenaventura.
Seix Barral. Barcelona, 2007.

La crítica anglosajona ha saludado El hombre del salto, que acaba de publicar en España Seix Barral con traducción de Ramón Buenaventura, como la mejor novela de Don DeLillo.

Las comparaciones, incluso dentro de la trayectoria de un mismo autor, son odiosas, pero también es esta la novela de DeLillo que más me ha interesado, por su tensión, por su fuerza visual, por su pericia narrativa.

Tomando como hilo conductor la historia de Keith Neudecker, un abogado de 39 años que sale del infierno del World Trade Center cubierto de cenizas, El hombre del salto tiene la estructura de un tríptico que culmina en la figura del hombre del salto, un misterioso artista callejero, David Janiak, que tras los atentados comenzó a aparecer en los puentes y edificios de la ciudad para lanzarse al vacío, sujeto sólo por un arnés, y vestido con traje y corbata, como la víctima del 11-S de la famosa foto:

Había un hombre colgando por encima de la calle, cabeza abajo. Llevaba un traje de ejecutivo, tenía una rodilla levantada y los brazos pegados al cuerpo. Apenas se veía el arnés de seguridad, que le asomaba por la pernera recta del pantalón y estaba anclado al riel decorativo del viaducto.
Le habían hablado de él, un artista callejero al que llamaban El Hombre del Salto. Había hecho varias apariciones la semana pasada, sin previo aviso, en varias partes de la ciudad, colgado de una u otra estructura, siempre cabeza abajo, con traje, corbata y zapatos de vestir. Traía a la mente, por supuesto, aquellos siniestros instantes dentro de las torres en llamas, con la gente cayendo u obligada a saltar. Lo habían visto colgando de una galería en el patio de un hotel y había salido escoltado por la policía de una sala de conciertos y de dos o tres edificios de pisos con terrazas o tejados accesibles.

DeLillo ha escrito una novela sobrecogedora y lo ha hecho con una tensión narrativa y emocional que atrapa al lector desde el comienzo:

Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo debajo de los coches.
El estrépito permanecía en el aire, el fragor del derrumbe. Esto era el mundo ahora. El humo y la ceniza venían rodando por las calles, doblando las esquinas, arremolinándose en las esquinas, sísmicas oleadas de humo, con destellos de papel de oficina, folios normales con el borde cortante, pasando en vuelo rasante, revoloteando, cosas no de este mundo en el fúnebre cobertor de la mañana.
Llevaba traje y maletín. Tenía cristal en el pelo y en el rostro, cápsulas veteadas de sangre y luz. Dejó atrás un rótulo de Desayuno Especial y pasaron corriendo junto a él, policías de la ciudad y guardias de seguridad, con la mano apoyada en la culata de la pistola, para mantener estable el arma.

Y el lector empieza a recorrer como un autómata, como el protagonista las calles, rodeado también por la destrucción y los escombros, las páginas de una novela que está a la altura del impacto que la origina.

Una lectura demoledora sobre un paisaje de demoliciones en el que se proyecta metafóricamente la ruina vital del protagonista y de su mundo, reducido también a cenizas:

Estamos preparados para hundirnos en nuestras pequeñas vidas, dice Keith Neudecker.

Con el prodigio envolvente de su estilo, Don DeLillo conduce al lector por un universo narrativo en el que desempeñan un papel determinante unos prismáticos, el maletín de otra persona, una separación, la metralla orgánica, el humo y las cenizas o la perspectiva europea de Martin.

Al final de cada una de las partes del tríptico, DeLillo, que quería estar en las Torres y en los aviones, hace un rápido y eficaz contrapunto sobre Hammad, uno de los suicidas, y su evolución al fanatismo y a la inmolación en uno de los aviones, el del vuelo 11 de American Airlines, en un final que cierra, con el impacto del avión en la torre, el círculo infernal de esta espléndida, de esta ( perdón por la previsible metáfora) impactante novela.

Santos Domínguez

21 septiembre 2007

La casa de Shakespeare


Benito Pérez Galdós.
La casa de Shakespeare.
Breviarios de Rey Lear.
Madrid, 2007.

En septiembre de 1889 Galdós peregrinó a Stratford on-Avon en busca del alma de Shakespeare. De ese viaje, que no era el primero que el novelista hacía a Inglaterra, surgió este texto que apareció en Memoranda (1906), hace ahora casi justamente un siglo, y ahora recupera la editorial Rey Lear.

Desde las primeras líneas del texto, el tono y la actitud de Galdós son los de un peregrino:

Pisé el suelo, que no vacilo en llamar sagrado, donde está la cuna y sepulcro del gran poeta. Desde luego afirmo que no hay en Europa sitio alguno de peregrinación que ofrezca mayor interés ni que despierte emociones tan hondas.

Galdós, que tiene la sensación de ser uno de los pocos españoles que han visitado aquella Jerusalén literaria, coge un tren en Birmingham y, tras parada y fonda en el Shakespeare's Hotel de Stratford-on-Avon, describe la casa del maestro y sus reliquias y alcanza la cumbre de su peregrinación en la Trinity Church, donde está la tumba del poeta, en la que el cantero confundió a Sófocles con Sócrates, que le sonaba más, aunque tenía menos (o sea, nada) que ver con el teatro.

Con buen criterio, a manera de prólogo se ha incorporado un capítulo de las Memorias de un desmemoriado, en las que Galdós alude a aquel viaje y a otros lugares de Inglaterra y Escocia.

Santos Domínguez

20 septiembre 2007

Manual del editor




Manuel Pimentel.
Manual del editor.
Cómo funciona la moderna industria editorial.
Manuales Berenice. Córdoba, 2007.

Decía Manuel Borrás, el ejemplar editor de Pre-Textos, que el mejor libro que puede escribir un editor es su catálogo.

Y aunque es una afirmación tan lúcida como irrebatible, no han sido pocos los editores como Mario Muchnik, Esther Tusquets o Jorge Herralde que además de completar estupendos catálogos han recogido en libro la memoria de su experiencia en el mundo de la edición de libros, sus relaciones con los autores o con el poder, su diagnóstico industrial y su pronóstico más o menos desalentado.

Lo que ha escrito Manuel Pimentel es algo muy distinto: un manual que explica cómo funciona una editorial, con qué herramientas cuenta el editor para sobrevivir en un mundo empresarial tan complejo como este de los libros, en el que no sólo cuentan (aunque también, y mucho) los números, sino un proyecto cultural coherente que se concreta en eso que habitualmente se llama línea editorial.

Este podría haber sido un relato de aventuras, pero se orienta en otra dirección: la del manual de gestión de una empresa tan peculiar como la industria del libro, tan dependiente de la matemática de la edición.

La fijación de una tirada rentable, los problemas de la distribución de los fondos, el precio del libro son algunos de las cuestiones que se abordan en este que también podríamos definir como un manual de supervivencia escrito, como todos los de su género, con una mezcla de realismo y optimismo, que conviven con desequilibrio feliz a favor de lo segundo, más que por el objeto por el sujeto, por el carácter emprendedor y el amor a los libros de Manuel Pimentel, un empresario inteligente que renuncia a la melancolía y afronta la de la edición como una aventura con final feliz.

Y es que el del editor es uno de los tres lados imprescindibles del triángulo que completan el autor y el lector, antes de que en un segundo nivel del proceso se sumen a ese mundo el distribuidor, el librero o el crítico literario.

La selección de títulos y autores, el diseño y la impresión, los problemas de la distribución, la tendencia a la concentración en grandes grupos, el incremento del libro de bolsillo, la sobreabundancia de novedades, el retroceso de la librería de fondo y el incremento del ritmo de las devoluciones definen las tendencias del panorama editorial actual.

Tiene este manual otra parte menos analítica y más de gestión, en la que se dan consejos para quien quiera crear una empresa editorial: sobre la fijación de una línea editorial, sobre la capacidad de producción y la viabilidad económica del proyecto, sobre la articulación orgánica de departamento y funciones, sobre marketing y gestión de equipos humanos, sobre gestión económica con un interesante cuadro de coeficientes para calcular el PVP o el porcentaje de tirada a partir del cual el libro es rentable. Completan esa parte unos protocolos de relación con los autores, los agentes literarios y la gestión de la propiedad intelectual.

Y hay, finalmente, una parte prospectiva, un análisis sobre el futuro del mundo editorial, en convivencia con internet y con los nuevos soportes de la edición digital, el equilibrio entre lo global y lo local y las posibilidades de la teleformación.

Vuelvo al principio para ir acabando. Duda uno mucho de que, como dice Manuel Pimentel en su amable y optimista dedicatoria, se pueda sobrevivir en esta jungla editorial con las armas exclusivas del amor a los libros.

Pero, en fin, alegrémonos de ese optimismo porque, como el miedo, también el valor es libre. Y léase este libro, si se quiere, como el manual de supervivencia de quien acaba de cumplir un trienio como editor de Almuzara y algo menos como coeditor de Berenice, el joven sello cordobés en el que lo publica.

Él sabe cuánto deseamos su éxito como editor, que será también el de los lectores y el de los autores presentes y venideros.

Santos Domínguez

19 septiembre 2007

La seducción de las palabras


Álex Grijelmo.
La seducción de las palabras.
Punto de Lectura. Madrid, 2007.

Un recorrido por las manipulaciones del pensamiento es el subtítulo con el que Álex Grijelmo orienta al lector de La seducción de las palabras, que ahora reedita en formato de bolsillo Punto de Lectura.

No hace falta presentar a alguien como Grijelmo, que coordinó el Libro de Estilo de El País e impulsó desde la agencia Efe la Fundación del español urgente. Sobre el poder de las palabras, sobre su carga cultural, su arraigo en la memoria y su contenido sentimental trata este libro que analiza con brillantez y ejemplos muy abundantes el poder de persuasión y sobre todo la capacidad de seducción de las palabras.

Porque las palabras no limitan su valor a la estrecha definición en los diccionarios de sus contenidos denotativos. Las palabras han ido adquiriendo a lo largo de los siglos una serie de valores connotativos añadidos, una carga emocional en la que las palabras convocan recuerdos y evocan vivencias e historias que son el testimonio de ese largo viaje de las palabras que hacen de la lengua el lugar de encuentro entre lo individual y lo colectivo, entre el pasado y el presente, entre la inteligencia y la emoción.

Lo expresaba con admirable tino poético Luis Rosales en estos versos que cita oportunamente Álex Grijelmo en su libro:

La palabra que decimos,
viene de lejos,
y no tiene definición,

tiene argumento.

Cuando dices: "nunca",
cuando dices: "bueno",
estás contando tu historia

sin saberlo.


Más allá de lo intelectual, las palabras, profundas, largas o grandes, buscan los caminos secretos de la emoción, esos que no vienen en los diccionarios. Su historia, su contorno sonoro, su cromatismo o las asociaciones inconscientes que suscitan son algunas de las manifestaciones del bosque de las palabras, hermoso, lleno de amenas sombras y también de trampas y peligros ante los que conviene estar alertas.

Porque en este libro no sólo se habla del poder de las palabras, sino de algo mucho más peligroso: de las palabras del poder.

Mayra Vela Muzot.

Guerrilleros


Rafael Abella. Javier Nart.
Guerrilleros.
El pueblo español en armas contra Napoleón
(1808-1814)

Temas de Hoy. Madrid, 2007.


A punto de cumplirse el segundo centenario de la guerra de la Independencia, han empezado a publicarse un buen número de obras que tratan algunos de los aspectos cruciales de aquel episodio determinante de nuestra historia.

En este contexto, Javier Nart y Rafael Abella abordan en Guerrilleros. El pueblo español en armas contra Napoleón (1808-1814) (Temas de Hoy) no sólo el papel y la importancia de la insurgencia guerrillera en la derrota de Napoleón, que ese es el eje central de este libro, sino otra serie de cuestiones fundamentales para entender el surgimiento de la guerrilla y la relevancia de su papel:

"La Historia que se ha ocupado de los episodios de la guerra contra el francés ha estado teñida, por lo general, de un claro y subjetivo partidismo. No es posible omitir la añeja pugna entablada entre los anglosajones, estudiosos de la guerra de la Independencia, empeñados en subestimar el papel de la guerrilla y en atribuir a Wellington y sus tropas todo el mérito de la derrota napoleónica, y los historiadores españoles, para quienes el papel de la guerrilla contribuyó decisivamente al mismo fin."

Tomando como punto de partida la situación de un país debilitado por una larga decadencia complicada con guerras constantes, se analiza desde un enfoque divulgativo el estallido popular del 2 de mayo de 1808, que marca el nacimiento de un fenómeno guerrillero que se dará por extinguido cuando en 1823 entren en España los Cien mil hijos de San Luis encabezados por el duque de Angulema.

Bandidos, terroristas o patriotas, según quien narre la historia, aquellas partidas de hombres armados no sólo eran la respuesta resistente al poderoso ejército invasor, sino también una reacción contra la traición del rey y la incapacidad de un ejército en descomposición.

Relato bélico y análisis político e histórico, a lo largo de sus bien estructuradas páginas, Abella y Nart abordan el transfondo de las Cortes constituyentes de Cádiz y una situación política muy inestable, la aparición de la guerrilla en paralelo al nacimiento de España como nación, las difíciles relaciones de la guerrilla con Wellington o el papel determinante del clero en la consolidación del fenómeno insurgente.

Uno de los aspectos más destacados del libro es que elabora una organizada geografía de la guerrilla, un paisaje con figuras como Mina el Mozo, Espoz y Mina, El Empecinado o Díaz Porlier, antes de pasar revista a la posguerra absolutista de Fernando VII, a los constantes pronunciamientos militares hasta el comienzo de la década ominosa que pone fin a esa ciudadanía armada que surgió en Madrid el 2 de mayo integrada por “talabarteros de la Cava Baja, zapateros del Arco de Cuchilleros, barberillos de Lavapiés, aguadores de la Fuente del Berro, cerrajeros de Caños del Peral y arrieros de las Ventas del Espíritu Santo.”

Luis E. Aldave

18 septiembre 2007

El príncipe negro


Iris Murdoch.
El príncipe negro.
Traducción de Camila Batlles.
Introducción de Álvaro Pombo.
Lumen. Barcelona, 2007.


Como una historia de amor por su forma y por su esencia define en su prólogo el ficticio editor P. A. Loxias El príncipe negro, una de las mejores novelas de Iris Murdoch (1919-1999) que edita Lumen con una buena traducción de Camila Batlles.

Es la del editor una voz desdoblada de la de la autora, que utiliza aquí una variante de la vieja y productiva técnica del manuscrito encontrado para contar una historia y reflexionar sobre el perspectivismo narrativo. Que el arte es una fatalidad, una gloria o una maldición son afirmaciones que hay que atribuir más a Iris Murdoch que a este personaje de ficción que presenta la novela y la despide.

No acaba ahí el ejercicio de ventriloquía. El príncipe negro, subtitulada Una celebración del amor, es una novela de forma autobiográfica que firma Bradley Pearson, como el prólogo en el que explica desde otra perspectiva el sentido de la novela, del arte y de la vida.

Se cuenta aquí la historia de una amistad íntima con el convencimiento de que todo artista es un amante desgraciado que necesita contar su historia. La idea de que lo que tiene valor es secreto o la afirmación de que todo arte trata de lo absurdo y aspira a lo simple están en la base de esta excelente novela narrada por un escritor minoritario en busca de la verdad y en crisis creativa y de existencia anodina hasta que se produce un drama.

La historia de Bradley Pearson contada por él mismo es, pues, el motor narrativo de El príncipe negro. Una historia que comienza en el momento en que Arnold Baffin me telefoneó y dijo: "Bradley, ¿podrías venir, por favor? Creo que acabo de matar a mi mujer.”

Desde ese primer párrafo hasta el final, sin tregua ni sosiego, la novela cumple ejemplarmente un rasgo que Álvaro Pombo destaca en el texto introductorio, Recordando a Iris: la virtud de interesar al lector, incapaz de dejar ya la lectura hasta el final.

La difícil coexistencia de dos escritores y la historia de las relaciones entre Arnold Baffin, autor famoso, comercial y prolífico frente a su protector, Bradley Pearson, minoritario y en crisis personal y creativa, forma la parte sustancial de la trama.

Los prólogos y apéndices, con cuatro epílogos de otros tantos personajes que matizan la acción y la presentan desde otro punto de vista, también interesado, crea una confluencia de perspectivas que le da profundidad a esta novela de ideas y de personajes.

Ese cruce de perspectivas se produce cuando los personajes interpretan la novela y dan su versión de los hechos tras haber leído el manuscrito que les ha facilitado el editor, que cierra la obra con un último epílogo y esta frase de cierre, en la que reaparece al fondo la voz de Iris Murdoch:

Y más allá del arte, se lo aseguro a ustedes, no hay nada.

Santos Domínguez

17 septiembre 2007

Hacia los confines del mundo


Harry Thompson.
Hacia los confines del mundo.
Traducción de Victoria Malet y Caspar Hodgkinson.
Salamandra. Barcelona, 2007.


Tras el suicidio del capitán Stokes, el mando del Beagle, una embarcación de las que en la época eran conocidas como bergantín-ataúd, recae en el capitán FitzRoy, un joven aristócrata de ideas conservadoras y fiel creyente. La misión de este barco es cartografiar la costa sudamericana. Junto a la tripulación embarca, en diciembre de 1831, un naturalista de veintiún años que se llama Charles Darwin y aspira a ser clérigo.

Este es el punto de partida de la novela de Harry Thompson Hacia los confines del mundo, que publica Salamandra con traducción de Victoria Malet y Caspar Hodgkinson.

El resto del relato completa no sólo un relato fiel del viaje que cambió la ciencia y las creencias religiosas de la época sino también una apasionante novela de aventuras marítimas. Pese a su juventud, el capitán FitzRoy tiene experiencia y conocimientos sobrados para llevar a cabo la misión que se le ha encomendado. Darwin tiene una vasta formación en Geología e Historia Natural y suple su desconocimiento del mar y sus continuos mareos con una sed insaciable de conocimientos y una inagotable capacidad de asombro. Los dos son, pues, jóvenes pero expertos y los dos tienen sólidas creencias religiosas

El viaje del Beagle durará cinco años en los que dan la vuelta al mundo y además de cartografiar la costa sudamericana recogen gran material de fósiles, muestras geológicas o animales con los que Darwin va conformando su teoría de la evolución. Eso provocará frecuentes enfrentamientos dialécticos con el capitán, que comienza a dar muestras de un trastorno mental que se irá agravando con el tiempo.

El contacto con una naturaleza fría y brutal, ajena a los intereses y sentimientos humanos, hace tambalearse las ideas y creeencias de Darwin. El hombre no es el rey de la creación que puso nombre a los animales. Es un ser natural que no goza de privilegio alguno y está sujeto al azar que parece regir la evolución natural. Darwin no puede conciliar la existencia de un Dios todopoderoso con una naturaleza que parece avanzar a ciegas y no siente nada ante el dolor o la muerte.

Dos suicidios enmarcan la novela. El primero, en medio de una naturaleza oscura, gélida y desierta. El segundo en Londres, en pleno mundo civilizado. El autor parece hablarnos en esa clave de la esencial soledad del hombre en cualquier situación. A fin de cuentas, naturaleza y sociedad se rigen por reglas parecidas y los dos protagonistas son un ejemplo de la teoría de Darwin aplicada a la sociedad humana: FitzRoy es un ejemplar inadaptado que acaba desapareciendo y Darwin, en cambio, no sólo se adapta a los nuevos tiempos sino que contribuye a generarlos. Es un triunfador, aunque no por eso está libre de padecer los rigores de la selección natural en su propia vida. Tanto él como el capitán deben enfrentarse a pérdidas muy cercanas, que para Darwin suponen la dolorosa constatación de que sobreviven los que mejor se adaptan y la certeza de la inexistencia de Dios.

Por la novela desfilan personajes y situaciones que, siendo históricos, tienen un aura irreal y casi surrealista. Por ejemplo, los fueguinos que el capitán traslada a Londres para que educarlos y demostrar así su creencia en la igualdad de todos los hombres. Resulta paradójico que FitzRoy defienda la igualdad de los hombres basándose en la Biblia y Darwin crea en la existencia de razas inferiores basándose en la ciencia.

En otras ocasiones, los personajes, a pesar de ser históricos, parecen creados para aludir a nuestro presente. Si Thompson alude a las similitudes entre los razonamientos del general Rosas en Argentina y los del trío de las Azores para justificar la invasión de Irak, ¿cómo no recordar a Pinochet en el exilio dorado y londinense de aquel general argentino? Algo parecido podríamos decir de la vida política y del poder de la prensa en la naciente sociedad capitalista.

Por más que sepamos que los hechos narrados son, en su mayoría, históricos y que los personajes no son creaciones del autor, como ocurre en la novela histórica, nos encontramos ante una clásica narración de aventuras. Aunque tengamos constancia de la existencia real de Darwin y del Beagle, del capitán FitzRoy y los fueguinos, de las tormentas del Cabo de Hornos y de las iguanas de las islas Galápagos; aunque comprobemos la fidelidad con la que el autor ha seguido los Diarios de un naturalista de Darwin, nos encontramos, por encima de todo, en el mundo épico del mar, del hombre a la búsqueda de sí mismo y de un tesoro, en este caso, el del conocimiento.

El del Beagle es un viaje real. Más que real, histórico. Pero también es el viaje simbólico de dos hombres aislados de la civilización, enfrentados a las fuerzas de los elementos y a su propia naturaleza, que no podrán ser los mismos a su regreso.

Rosalía Ruiz