Reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter (W.H. Auden)
Es uno de los poemas más significativos de Eugenio Montejo (Caracas, 1938-Valencia, Venezuela, 2008), uno de los poetas imprescindibles de la lengua española en los últimos años.
Con esa afirmación del aquí y el ahora que vertebra ese poema central en su obra, Terredad da título también a uno de sus libros más representativos, que apareció en 1978 y que, junto con el resto de su obra poética, forma parte de la magnífica edición en Pre-Textos de la totalidad de su poesía, primer volumen de su Obra Completa, preparada por Antonio López Ortega, Miguel Gomes y Graciela Yáñez Vicentini en la canónica Biblioteca de Clásicos Contemporáneos.
Abre el volumen, que reúne cuarenta años de escritura poética entre Élegos (1967) y Fábula del escriba (2006), un espléndido estudio introductorio de Antonio López Ortega y Miguel Gomes, que a propósito de ese libro subrayan “el tenor ‘cósmico’ de la voz de Montejo. Nada lo condensa mejor que el neologismo terredad: nos habla, por supuesto, de la condición del ser terrestre, habitante de un planeta; nos habla de los elementos que nos contienen: aire, agua, luz, fuego; nos habla también del campo anímico: sentimientos, nostalgia, flaquezas; y también de las vidas que nos acompañan o sobrepasan: la de los árboles centenarios que nos saludan sin saberlo, la de las ballenas con sus resoplidos incesantes, la de las hormigas con sus sobras del día. La condición de la existencia como una cornucopia en la que todo coincide, incluso lo que no podemos imaginar; la concentración máxima de sentido, armoniosa pero también incomprensible, pues en sí también lleva su dosis de autodestrucción. La vida, pues, como un verdadero milagro, pero también como el mayor de los enigmas.”
La memoria elegíaca de Élegos, la suma de impulso órfico y meditación moral de Muerte y memoria y la mirada abierta al mundo de Algunas palabras recorren los tres libros que forman la primera época de la poesía de Eugenio Montejo, que en esos tres títulos pone los cimientos de toda su obra posterior. Esa primera etapa -señalan los prologuistas y editores- “fija las primeras nociones, intuiciones o dimensiones de lo que finalmente será toda una poética.”
La meditación sutil sobre el misterio de la existencia, la concepción de la poesía como último reducto de lo sagrado, la afirmación de la luz, la fusión de naturaleza y emoción, de reflexión y paisaje, la contemplación serena de la vida, la indagación en el lenguaje como herramienta de desciframiento de la realidad interior y exterior, la utilización de la palabra como instrumento de revelación del mundo en su continuidad circular son algunas de las claves de libros como Terredad, Trópico absoluto o Alfabeto del mundo, libros que -explican Antonio López Ortega y Miguel Gomes- constituyen una “secuencia que sin duda constituye el arco más prominente de su obra poética.”
Tras la transición de Adiós al siglo XX, Montejo entra en una segunda madurez caracterizada por una mayor depuración estilística y por una agudización de su conciencia de la temporalidad proyectada en la suma de pasión amorosa y verbal de Papiros amorosos, en el equilibrio de lenguaje y experiencia de Partitura de la cigarra o en la transitividad de la escritura temporal y transparente de Fábula del escriba, su último libro, publicado dos años antes de su muerte.
En esas tres obras finales se funden ejemplarmente la reflexión y la emoción, cuando la incertidumbre se abre a la paradoja y se armonizan la mirada y el recuerdo. Y a la vez la naturaleza se compagina con la memoria de las ausencias para dar una lección de vida y muerte, como en esta Pavana para una dama egipcia:
“La poesía es la última religión que nos queda”, afirmaba Montejo, creador de una obra intensa y transparente en la que conviven la serenidad meditativa y la hondura emocional con la búsqueda de la palabra como medio de revelación del mundo. Poesía de la conciencia y la celebración que, en sus propias palabras, aspira a “nombrar la condición tan extraña del hombre en la tierra, de saberse aquí entre dos nadas, la que nos precede y la que nos sigue.”
Un ejemplo memorable, también de Terredad, un libro central en su trayectoria poética, es esta Duración, una serena meditación sobre la fugacidad que se ha convertido en uno de sus poemas más conocidos:
Santos Domínguez
La tercera parte del mundo, hermanos, se llama Europa. Sus pueblos difieren entre sí en el nombre, la lengua y las costumbres, distinguiéndose también por la religión y por el culto a dioses diferentes. Notorio es entre ellos el pueblo de Panonia, al que por lo común solemos llamar de los Hunos.
Este pueblo valiente, superior a los demás en coraje y destreza en el uso de las armas, extendió su dominio no solo por la regiones circundantes, sino también por la situadas a orillas del Océano, pactando con aquellos que se rendían y sometiendo por la fuerza a los rebeldes. Más de mil años dicen que duró su dominación.
Así comienza la magnífica edición del Cantar de Valtario que publica Reino de Cordelia con la traducción en prosa de Luis Alberto de Cuenca con la que obtuvo el Premio Nacional de Traducción en 1989 e ilustraciones de Miguel Ángel Martín.
Todo es tiniebla en torno a ese poema
latino del siglo X que une al anacronismo monacal de utilizar en sus
mil quinientos versos el hexámetro virgiliano mil años después de la Eneida,
el no menos asombroso anacronismo de oír, aunque deteriorado por los
usos de la clerecía, a un bárbaro hablando el latín matizado de Cicerón o
el refinado de Horacio.
En esa niebla medieval está también el
mejor efecto y la mayor virtud de un relato en el que la magia y la
irrealidad se imponen a la fidelidad histórica de la crónica. Lo que
importa en el Cantar de Valtario es lo que tiene de literatura en
estado puro, de invención y de aventura, de gusto de contar por contar
–como señala el traductor en el prólogo- que lo sostienen como uno de
los grandes poemas medievales.
A esas cualidades del texto se les
une la traducción de Luis Alberto de Cuenca, por lo que la palabra del
monje Ekkehard, aquel oscuro benedictino que caligrafió el pergamino en
la Abadía de San Gall, nos llega actualizada, casi como el texto de una
novela gráfica posmoderna o como el guión de una película de aventuras
medievales, de hijos de reyes y secuestros, de tesoros y tributos, de
decapitaciones y pócimas milagrosas.
Compuesto en hexámetros latinos a finales del siglo X por el monje Ekkehard de la abadía de San Gall (un monasterio situado en lo que hoy es Suiza), relata la peripecia guerrera de Valtario de Aquitania, héroe del reino de Tolosa, que dejó posiblemente alguna huella en la materia de Bretaña del romancero viejo castellano, hijo de un rey franco, entregado -igual que Haganón, un franco “vástago del ilustre tronco troyano” y la joven Hildegunda, hija única y heredera del rey de Burgundia- como rehén de los bárbaros hunos, las huestes de Atila, que los educa como si fueran sus hijos y los hace crecer en el arte de la guerra.
Los casi mil quinientos hexámetros que componen el Cantar de Valtario se publicaron a mediados del XIX, integrados en una novela histórica del escritor alemán Joseph Viktor von Scheffel, como recuerda Luis Alberto de Cuenca en el prólogo que abre la estupenda edición ilustrada y en tapa dura de esta obra que define como “una de las joyas más preciadas de las letras latinas medievales.”
Más cercano en sus planteamientos narrativos a lo que serían siglos después los libros de caballerías que a los cantares de gesta, el Cantar de Valtario tiene como hilo conductor el viaje de regreso a la patria, a su reino de origen, tras una fuga en la que lo acompaña su amada Hildegunda. Haganón se había fugado tiempo atrás.
Y en torno a ese elemento central que es el camino, como ocurre desde la Odisea, se van sucediendo los duelos y las aventuras bélicas que cumplen una doble función: por un lado esos combates fraguan su identidad con su condición heroica y por otra parte le permiten demostrar una y otra vez su capacidad guerrera en una sucesión de lances múltiples que culminan en el combate conjunto con el gigantesco Haganón y con el furibundo rey franco, Guntario.
Duelos y lances narrados con una agilidad admirable en la que seguramente ha sido decisiva la labor del traductor, que cierra su prólogo con este párrafo:
“Hasta ahora no se había vertido al castellano, que yo sepa, el Cantar de Valtario. He utilizado en mi traducción como texto base el fijado por Karl Strecker en una edición que es un auténtico monumento de la filología latina medieval. He consultado con provecho dos excelentes traducciones modernas. Pero, ante todo, lo he pasado muy bien trasladando a mi lengua las hazañas de un héroe bárbaro que, por obra y gracia de no importa qué monje, hablaba en latín. Ojalá disfrutes, lector, con las aventuras de Valtario. Y que Dios nos conceda a todos, si no la salvación, por lo menos una Hildegunda que vele nuestro sueño.”
Santos Domínguez
Con motivo del bicentenario del nacimiento de Baudelaire Nørdicalibros publica una espléndida edición ilustrada de Las flores del mal, un libro esencial en el nacimiento de la poesía contemporánea.
Baudelaire nació hace dos siglos, el 9 de abril de 1821, el mismo año que murió Napoleón, y vivió hasta 1867, el año en que Marx publicaba El capital.
Entre esas dos fechas capitales y simbólicas transcurrió la vida de uno de los fundadores de la literatura contemporánea, del autor que más ha influido en la poesía del último siglo y medio, no sólo por haber creado el género del poema en prosa, una de las formas características de la modernidad, sino por haber incorporado en su obra alguno de los temas fundamentales de esa misma modernidad, como el reflejo de una identidad borrosa y desvanecida, la obsesión por el paso del tiempo o los paisajes urbanos de una ciudad que no es sólo el fondo, sino el centro y el tema de su poesía.
Lleno de limitaciones verbales, esforzado y constante en su dedicación a la literatura, Baudelaire sintió como pocos el poder demoníaco de la palabra y la fuerza enajenante de la poesía. Afrontó el mismo desafío ante las letras de cambio y ante las palabras y todo lo resolvió con habilidad, talento y valor. Por eso fue un dandy empobrecido y con propensión crediticia, autor de una poesía marcada por su intenso sentido del presente.
Insurgente y transgresor en política y en literatura, cuando en 1851 la Segunda República Francesa confirma el fracaso de las utopías revolucionarias del 48, Baudelaire era ya una celebridad poética en los ambientes del París bohemio, pero no había publicado aún ningún libro.
Biógrafo y traductor de Poe, al que según Eliot mejoraba, publica en 1857 Las flores del mal, un libro con sólida base autobiográfica, con París y Jeanne Duval al fondo, que en sucesivas ediciones fue recogiendo la poesía que escribió a lo largo de veintiséis años. Un libro escandaloso por su violencia verbal contra el hipócrita lector, contra la instituciones y las normas, una radicalización de la rebelde subjetividad romántica llevada a sus últimas consecuencias.
Con Las flores del mal, desde ese hodiernismo y esa rebeldía que busca el aire libre, el espacio de las multitudes como paisaje humano y el vagabundeo urbano por las calles de París, Baudelaire convirtió la gran ciudad en ámbito y tema de una poesía hasta entonces asfixiantemente claustrofóbica.
Porque Las flores del mal supuso el desplazamiento del paisaje de la naturaleza al de la gran ciudad, al nuevo París de las muchedumbres y los bulevares que sustituía a mediados del XIX a la abigarrada ciudad de los barrios medievales. Era la ciudad en profunda transformación que sirvió de marco para una obra poética que supuso a su vez la transformación del panorama literario.
El caos movedizo de la gran ciudad se convierte en el paisaje literario y vital que sirve de fondo a la exaltación del presente y a la conciencia de sí mismo del artista, relegado al anonimato de las multitudes en la vida moderna, habitante de los márgenes sociales -como el mendigo, el loco o el viejo saltimbanqui que aparecen en estos textos y reaparecerán en Rilke por ejemplo- y con una capacidad crítica que más de siglo y medio después sigue mostrando una voz asombrosamente contemporánea, la que se expresa en poemas como El albatros, Correspondencias, Un fantasma, La invitación al viaje o las Letanías de Satán, que forman parte ya del canon fundamental de la poesía contemporánea.
Con ese libro explosivo se abría un abismo insalvable con la poesía anterior. Seguramente se inauguraba así en 1857 la poesía contemporánea, porque a partir de Las flores del mal, pese a la indiferencia de los críticos venales de la época, pese a su aura de malditismo satánico, pese a la condena del libro por inmoral y blasfemo en los tribunales, ya no se podrá seguir escribiendo poesía como hasta entonces.
Y el primero que lo confirma es el propio Baudelaire, que en los póstumos Poemas en prosa pasa de la subjetividad exacerbada de Las flores del mal a un objetivismo poético de influencia creciente en los poetas contemporáneos.
Porque cuando Baudelaire dio por terminadas esas flores malsanas que acercaban la vida a la literatura y suponían la desacralización del arte y el artista, empezó a escribir, con una discontinuidad que ocupó los diez últimos años de su vida, los poemas en prosa del Spleen de París, el contrapunto de Las flores del mal, su réplica en prosa.
Lúcido y moderno, Baudelaire inauguraba de esa forma una nueva literatura que transformó radicalmente la poesía como forma de representar la realidad, modificó la voz lírica, alteró el tono del poema y cambió el papel del lector.
Al margen de su importancia histórica y de su potencia germinal como obra fundadora del canon del que surge la poesía contemporánea, Las flores del mal tienen una virtud más alta: mantienen intacta su capacidad para conmover y para sorprender al lector actual, como en el Spleen que comienza con estos versos:
Santos Domínguez
“Este
libro debe su origen a la convicción, compartida por los editores y el
autor, de que ha llegado el momento de escribir una Mitología de los Griegos
para adultos. Es decir, una mitología no sólo para especialistas en
estudios clásicos, en historia de la religión o en etnología; menos aún
para niños, quienes en el pasado recibieron los mitos clásicos muy
alterados o, al menos, escogidos cuidadosamente según los criterios de
una educación tradicional; sino simplemente para aquellos adultos cuyo
interés primordial, si bien vinculable al interés por cualquiera de las
mencionadas ramas del saber, reside sin em bargo en el estudio de los
seres humanos. La forma actual que ese interés toma es, desde luego, la
de un interés por la psicología. Y tal como lo ha admitido un gran
exponente del pensamiento humanístico moderno, es precisamente la
psicología el saber que «contiene en su interior un interés por el mito,
tal como toda escritura creativa contiene en su interior un interés por
la psicología».”
Esas últimas
palabras que entrecomilla en su cita Karl Kerényi en la Introducción de
Los dioses de los griegos, que publica Atalanta con traducción de Jaime
López Sanz, son de una conferencia de Thomas Mann, que añadía: “mientras
lo mítico representa un estadio temprano y primitivo en la vida de la
humanidad, en la vida del individuo representa uno tardío y maduro.”
“La
palabra griega mythologia contiene el sentido no sólo de «cuentos»
(mythoi), sino también el de «contar» (legein): un tipo de narración que
originalmente también despertaba ecos, porque promovía el darse cuenta
de que la historia contada concernía personalmente al narrador y a la
audiencia. [...] Este libro es un intento experimental de reponer la
mitología de los griegos (al menos hasta cierto punto) en su medio
original: en el contar historias mitológico”, escribe el filólogo,
helenista y mitógrafo húngaro Károly Kerényi, que publicó Los dioses de los griegos en 1951. Es el primer volumen de La mitología de los griegos, que completó en 1958 con Los héroes de los griegos, editado en España hace doce años también en Atalanta.
El
conjunto es un estudio ya clásico sobre la profunda huella que han
dejado los dioses y los héroes de la mitología de la Grecia clásica no
sólo en la configuración de prototipos literarios o éticos, sino en la
formación del pensamiento occidental.
Se trata de una mitología
para adultos presentada como una narración continua que prescinde del
análisis erudito y se construye como un relato puesto en boca de un
narrador inventado por Kerényi: un griego isleño de nuestro tiempo que
cuenta esos mitos y leyendas heroicas desde dentro, como parte de su
propia realidad.
Porque -explica Kerényi en su introducción- “el
elenco presentado en este libro debe también incluir un personaje
ficticio que recuenta las historias de la mitología griega. Este
personaje dirá el prólogo de las acciones narrativas mayores y menores;
al modo clásico de la tragedia griega introducirá a los otros personajes
a medida que aparezcan y describirá sus indumentarias.”
Por
medio de esa voluntad narrativa se asume así un único punto de vista
omnisciente que recorre una parte fundamental de nuestro inconsciente
colectivo a través de esas historias.
La interpretación de
Kerényi de las figuras de la mitología griega como arquetipos de alma
humana se relaciona directamente con el enfoque de Freud y Jung, que
exploraron los vínculos entre la psicología y la mitología griega.
Lo
explica en su prólogo Luis Alberto de Cuenca cuando escribe que “la
psicología moderna, con Sigmund Freud a la cabeza, buceó en los
arquetipos que le ofrecía la mitología griega para dar nombre a procesos
de naturaleza psíquica como el complejo de Edipo, el de Electra, el de
Medea y tantas otras proyecciones de nuestro yo infantil en el mundo de
las emociones y los sentimientos consustanciales a nuestra especie.”
Con
esa perspectiva narrativa, a partir del estudio de una ingente cantidad
de fuentes y relatos desde los himnos homéricos hasta Aristófanes o
Plinio y desde Teócrito hasta Cicerón o Virgilio, Kerényi ofrece un
recorrido por los mitos griegos más significativos desde los mitos sobre
el origen y las divinidades primordiales (Tetys y Océano, Gea y Rea, la
Gran Madre de los dioses) a los cultos mistéricos de Dionisos o
Eleusis, a los que dedicó sendas monografías.
Hécate,
las Moiras y otras deidades preolímpicas como las Erinias o Euménides;
Afrodita y sus diversas advocaciones; Zeus y sus múltiples esposas; su
hija, Palas Atenea, virgen y madre; Apolo en Delfos con forma de delfín y
Ártemis, su hermana cazadora; las maternidades de Hera y el canto de
Hermes, inventor de la lira; Posidón, hermano de Zeus, y sus
matrimonios; el Sol, la Luna y su familia; Prometeo, rival de Zeus, y la
raza humana; Hades, “el hermano subterráneo de Zeus”, su hermana
Deméter y su sobrina Perséfone, divinidades del Inframundo, y otras
historias de rapto, consuelo y ascensión.
Forman
parte de un mosaico espectacular, porque -como avisa Kerényi a
propósito de Afrodita y sus sobrenombres- “la sustancia de los relatos
estaba contenida en la figura de la deidad misma, pero ningún relato
aislado podría presentar a la figura completa en todos sus aspectos. Los
dioses vivían en el alma de nuestros ancestros, por lo que sus figuras
no se agotaban al entrar en algunas de sus historias tomadas
aisladamente. Y sin embargo, cada relato contiene, ahora como entonces,
alguna parte viva de ellos, un fragmento que contribuye a sus
configuraciones totales.”
Las
páginas de este ensayo imprescindible son una contribución decisiva a
la reconstrucción de ese mosaico complejo y plural que representa la
complejidad del hombre y su relación consigo mismo y con los otros, con
la naturaleza y el universo, con la vida, el tiempo y la muerte.
Santos Domínguez
Nicos Cavadías.
La Cruz del Sur.
Poesía completa.
Introducción, traducción y notas
de David Hernández de la Fuente.
Alianza Editorial. Madrid, 2021.
“Nicos
Cavadías es uno de los grandes poetas que Grecia ha dado al siglo XX,
una figura única y atípica en la historia de la literatura de ese país.
Su obra ha gozado del favor de los griegos, tanto del público como de la
crítica, y se puede decir que ya forma parte de la memoria colectiva de
un pueblo que vive con el alma mirando al mar. Su voz poética, tan
personal como atemporal, manifiesta la esencia del ser humano a través
del mar, los sentimientos del exilio, voluntario o no, el extrañamiento,
el conocimiento de otras realidades a través de los viajes, la
fascinación cosmopolita por el ancho mundo y, a la vez, el profundo
desamparo que se experimenta en todas partes por igual ante los mismos
padecimientos: soledad, muerte, enfermedad, desamor”, explica David
Hernández de la Fuente en la introducción con la que presenta su
traducción de la poesía completa del poeta griego Nicos Cavadías
(1910-1975), que publica El libro de bolsillo de Alianza Editorial.
La de Cavadías fue una vida marcada por la profesión de comerciante naval de su padre, por los viajes marítimos y vinculada al puerto de El Pireo. Su poesía tiene como eje el mar y la vida marinera, porque -como recuerda Hernández de la Fuente en su prólogo- “se diría que algo le arrastraba irremediablemente a una existencia ligada al mar y a los largos viajes ya desde su primera infancia: el viaje de regreso desde el lejano oriente a la península helénica es un primer contacto con las travesías del océano, que tanta importancia han tenido para las letras griegas.”
Santos Domínguez
“Cien años después de que apareciera impreso el primer capítulo en una serie de entregas mensuales, ha llegado el momento de proceder a una lectura estrictamente literaria, no vicaria de la significación histórica de su autor, escribe Ángel Luis Prieto de Paula en el prólogo -‘Manuel Azaña y el sabor de la ceniza’- que ha escrito para la edición en Drácena de El jardín de los frailes.
Retrato del artista adolescente, novela de formación o memoria novelada, Azaña fue publicando desde septiembre de 1921 hasta junio de 1922 sus doce primeros capítulos en La Pluma y en 1927 editó la versión definitiva en un libro con siete capítulos más y un prólogo de diciembre de 1926 que terminaba así:
Unidas por un yo continuo pero desdoblado en el tiempo -el yo maduro del que recuerda y el adolescente recordado-, estas páginas ofrecen, con la viveza de su estilo fluido, su vigorosa galería de personajes y su prosa limpia, el espectáculo, a la vez hipnótico y desagradable, de la quema de rastrojos del pasado, de la purga interior y la demolición de un edificio en ruinas sobre las que se levanta el hombre formado y crítico que es Azaña veinte años después de aquella experiencia colegial y de su crisis religiosa en el marco de una educación anacrónica, escolástica y deplorable de la que fue a la vez testigo y víctima quien es sin duda uno de los intelectuales más lúcidos de su tiempo.