07 febrero 2018

Cheever. Cuentos


John Cheever. 
Cuentos.
Traducción de  José Luis López Muñoz 
y Jaime Zulaika 
Epílogo de Rodrigo Fresán. 
Literatura Random House. Barcelona, 2018.

“Publicar una edición definitiva de cuentos cuando uno está al final de los sesenta años me parece, como escritor norteamericano, una ocasión tradicional y digna, de ninguna manera eclipsada por el hecho de que la mayoría de los cuentos de esta colección fueron escritos en ropa interior”, afirmaba John Cheever en un breve ensayo escrito poco después de preparar la selección de sus cuentos que publicó en octubre de 1978 con el título The Stories of John Cheever.

Cerraba esa amplia selección de sus cuentos, con la que al año siguiente obtendría el Pulitzer, Las joyas de los Cabot, que Cheever consideraba su relato más ambicioso. Comenzaba con estas líneas:

Los funerales por el hombre asesinado se celebraron en la Iglesia Unitaria del pueblecito de St. Botolphs. La arquitectura de la iglesia era de estilo Bullfinch, con columnas y una de aquellas agujas etéreas que seguramente predominaban en los paisajes de hace un siglo. La ceremonia constituyó una selección fortuita de citas bíblicas terminadas en verso. «Descansa en paz, Amos Cabot, han cesado tus sufrimientos mortales…». La iglesia estaba llena. Cabot había sido un destacado miembro de la comunidad. En una ocasión había sido candidato a gobernador del estado. En el curso de su campaña, que duró alrededor de un mes, su foto apareció en cobertizos, paredes, edificios y postes telefónicos. No creo que la sensación de pasar por delante de un espejo móvil —veía su imagen en cada esquina— le incomodara tanto como a mí. (Una vez, por ejemplo, yo me hallaba a bordo de un ascensor en París y reparé en una mujer que llevaba un libro mío. Había una foto en la sobrecubierta y un retrato mío sobresalía por encima de su brazo. Yo quería la fotografía, supongo que para destruirla. Me parecía que el hecho de alejarse de mi lado con mi rostro debajo del brazo suponía una amenaza para mi dignidad. La mujer salió del ascensor en el cuarto piso y la separación de aquellas dos imágenes me desconcertó. Quise seguirla, pero me pregunté cómo podría explicar mis sentimientos en francés o en cualquier otro idioma). Amos Cabot no era así ni mucho menos. Contemplarse le resultaba divertido, y al perder las elecciones y desvanecerse su retrato (excepto en unos cuantos cobertizos en medio del campo, donde tardaron alrededor de un mes en despegarse), no pareció inmutarse.

Junto con ese título, Literatura Random House edita los otros sesenta cuentos seleccionados por el autor con traducciones de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika y con un epílogo en el que Rodrigo Fresán hace un intenso recorrido por la narrativa breve de un autor imprescindible y define estos textos como "cuentos escritos por un dios. Un dios en calzoncillos, sí; pero convencido de que 'la literatura puede salvar al planeta.' Un dios que gozaba expulsando a sus criaturas del Edén."

Además de ese relato, otros como El marido rural, La geometría del amor, La muerte de Justina, Una visión del mundo, Reunión o El nadador forman parte ineludible del canon del cuento contemporáneo.

“Soberbio artista” llamó Harold Bloom a este creador meticuloso en cuyos relatos cada palabra está medida y puesta al servicio de una mirada ácida sobre las zonas de sombra del sueño americano de la clase media. 

“Estos relatos – escribía Cheever en el Prefacio con que presentaba su amplia antología- se remontan a mi honorable licenciamiento del ejército, al final de la segunda guerra mundial. Están en orden cronológico, si no me falla la memoria, y los textos más embarazosamente inmaduros han sido eliminados. A veces parecen historias de un mundo hace tiempo perdido, cuando la ciudad de Nueva York aún estaba impregnada de una luz ribereña, cuando se oían los cuartetos de Benny Goodman en la radio de la papelería de la esquina y cuando casi todos llevaban sombrero. Aquí está el último de aquella generación de fumadores empedernidos que por la mañana despertaban al mundo con sus accesos de tos, que se ponían ciegos en las fiestas e interpretaban obsoletos pasos de baile, como el Cleveland chicken, que viajaban a Europa en barco, que sentían auténtica nostalgia del amor y la felicidad, y cuyos dioses eran tan antiguos como los míos o los suyos, quienquiera que sea usted. Las constantes que busco en esta parafernalia a ratos anticuada son cierto amor a la luz y cierta determinación de trazar alguna cadena moral del ser. Calvino no desempeñó ningún papel en mi educación religiosa, pero su presencia parecía habitar en los graneros de mi juventud, y quizá me dejó cierta indebida amargura.” 

A medio camino entre la tragedia y la comedia, los relatos de Cheever son la expresión narrativa de una mirada crítica hacia el sueño americano y sus vacíos éticos, hacia la agridulce vida cotidiana de personajes que viven en urbanizaciones en las afueras de Nueva York. 

Bajo la apariencia engañosamente feliz de los barrios residenciales o los lugares de veraneo en los que viven, esos seres tienen la condición de expulsados del paraíso y arrastran existencias sórdidas que se mueven entre la hipocresía y la rutina, el alcohol y el secreto, el fracaso y la soledad.

Además de la innegable calidad de su prosa, los relatos de Cheever son técnicamente irreprochables. Tienen como columna vertebral al personaje más que el argumento o la trama y en ellos brilla la capacidad del autor para la creación de atmósferas, para la percepción del detalle significativo o su dominio de la elipsis narrativa. 

Son -escribe Rodrigo Fresán en el epílogo- “ficciones que podían parecer caricias pero que, en realidad, mordían la mano que le daba de comer. Y, es pertinente aclararlo, mordían y sigue mordiendo más con amor que con odio. Y la marca de sus dientes no busca la amarga condena sino, por lo contrario, contagiar la amable rabia de una agridulce redención.”

Cheever distinguía en sus cuentos entre los que estaban escritos desde dentro o desde fuera, una cuestión que afecta al punto de vista, pero que más allá de la técnica tiene consecuencias directas en la implicación del narrador en el relato, en su paso de la ironía distante a la comprensión piadosa, de la literatura como penitencia a la literatura como salvación, como esa “agridulce redención” de la que habla Rodrigo Fresán. 

La intensidad y la precisión son las señas de identidad de los relatos de este autor imprescindible que reunió casi treinta años de narrativa breve en esta selección. Una selección que resume el mundo narrativo de uno de los maestros estadounidenses del género, que fijaba su concepción de la escritura en estas líneas de sus Diarios:

Escribir bien, con pasión, con menos inhibiciones, ser más cálido, más autocrítico, reconocer el poder de la lujuria tanto como su fuerza, escribir, amar. (…) No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad, escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento –creo entreverlo en sueños–, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia, la renovación de nuestras fuerzas cuando aquéllos pasan; escribir sobre la penosa búsqueda del yo, amenazado por un extraño en la oficina de correo, un rostro apenas entrevisto en la ventanilla de un tren; escribir sobre los continentes y las poblaciones de nuestros sueños, sobre el amor y la muerte, el bien y el mal, el fin del mundo.

Santos Domínguez



05 febrero 2018

Henry James. Cuentos completos



Henry James.
Cuentos completos.
Volumen I
[1864-1878].
Edición de Eduardo Berti.
Editorial Páginas de Espuma. Madrid, 2017.

Terminada la edición de los Cuentos completos de Chéjov, Balzac o Marcel Schwob, Páginas de Espuma comienza otro ambicioso proyecto con la publicación de los Cuentos completos de Henry James, uno de los padres de la literatura contemporánea, un escritor que cumple el papel de bisagra entre la narrativa del siglo XIX y la del XX.

Se ha encargado de la edición Eduardo Berti, que señala en el prólogo que “era hora de ofrecer en castellano una versión cronológica y global de los numerosos relatos de James, que muchos consideran una de las cumbres de su producción personal e incluso una de las cumbres de la ficción escrita en Estados Unidos."

Acaba de aparecer el primero de los tres volúmenes que se ajustan a las tres etapas que se suelen distinguir en el desarrollo de su obra. Tres volúmenes que a lo largo de tres años reunirán en ediciones anotadas la totalidad de los relatos de James, casi cien cuentos -algunos inéditos en español- ordenados cronológicamente, lo que permite seguir la evolución de una narrativa en la que superficialmente no pasa nada, aunque bajo su superficie corre una caudalosa corriente subterránea.

En este primer tomo se reúnen los relatos de sus años de iniciación y formación, escritos entre 1864 y 1878 y publicados en revistas. Veintisiete cuentos que, entre “Una tragedia del error” y “El casamiento de Longstaff”, de alguna manera son una obertura en la que empiezan a perfilarse sus temas y la intensidad de su talento, que brilló especialmente en la distancia corta.

Está aquí en ciernes el mejor James, el escritor magistral que superó el realismo y se adentró en los abismos psicológicos de lo subjetivo con su capacidad analítica, proyectada en la asombrosa variedad de enfoques y matices que recorre su obra.

La relación entre vida y arte, entre ficción y realidad, la profundidad psicológica y la complejidad de los comportamientos humanos, la importancia del punto de vista frente a la ficción de la objetividad realista, la lentitud sin sorpresas ni efectismos, la incertidumbre, la importancia del matiz, la sutileza del análisis psicológico del personaje, la importancia del detalle, temas como el arte y el secreto, el fracaso o la pérdida de la inocencia, la ambigüedad, la frase larga, la hondura y el misterio, el flujo de conciencia y esa expresión ambigua a la que alude Eduardo Berti en un prólogo que contiene espléndidas introducciones a cada uno de los relatos, son algunas de las claves de estos cuentos que James escribió entre los 21 y los 35 años.

Aparecen en ellos comportamientos ilógicos y narradores engañosos o equivocados, diálogos intensos como los de 'Un día perfecto', pintores como el de 'La historia de una obra maestra' y espectros como los de 'La leyenda de ciertas ropas antiguas', su primer cuento de fantasmas, o 'El alquiler fantasmal', la inocencia perdida en 'Un hombre ligero', el conflicto entre lo europeo y lo americano en 'Benvolio', el uso magistral de la elipsis en 'Cuatro encuentros'.
Son los relatos de un Henry James cada vez más sutil y ambiguo, camino de convertirse en el autor refinado y magistral que controla todos los mecanismos del relato, juega con los narradores indirectos y bucea en lo más profundo de los personajes y en sus contradicciones, en la patología de la vida cotidiana; el escritor que ahonda en la soledad y en la tristeza, en las ilusiones y en la fatalidad, en la soledad de los vivos y los muertos, en la melancolía y en el espejismo imaginativo; el Henry James experto en elipsis y dueño de una calculada técnica narrativa. Un libro imprescindible.

Santos Domínguez

02 febrero 2018

Carmina Burana

Carmina Burana.
Cantos de goliardo y poemas de amor.
Edición al cuidado de Francisco Rico.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018.

Bibit hera, bibit herus,
bibit miles, bibit clerus, 
bibit ille, bibit illa, 
bibit servus cum ancilla,
bibit velox, bibit piger, 
bibit albus, bibit niger, 
bibit constans, bibit vagus, 
bibit rudis, bibit magus. 

Bibit pauper et egrotus,
bibit exul et ignotus, 
bibit puer, bibit canus,
bibit presul et decanus,
bibit soror, bibit frater, 
bibit anus, bibit mater,
bibit ista, bibit ille,
bibunt centum, bibunt mille.

Con estrofas latinas como estas, de versos pareados y ritmo cantable, se construye uno de los poemas más conocidos de los Carmina Burana, copiadas en el Codex Buranus de la primera mitad del siglo XIII que estaba en el monasterio bávaro de Benedictkbeuern.

Una selección de cuarenta de esos cantos de goliardo y poemas de amor la edita Galaxia Gutenberg en un volumen al cuidado de Francisco Rico, que la había publicado en 1978 bajo un doble seudónimo, “Carlos Yarza” para el prólogo y “Lluís Moles” para la traducción, de la que explica que “se da por supuesto que el lector interesado en este volumen no tendrá demasiada dificultad en seguir el texto latino. Y, por lo mismo, la traducción es ajena al menor valor artístico y únicamente busca, extremando a veces la literalidad hasta las mismas fronteras de la corrección, ayudar a la comprensión directa del original.”

Así en la traducción de esas dos estrofas:

Bebe el ama, bebe el amo,
bebe el caballero, bebe el clérigo,
bebe éste, bebe aquél,
bebe el siervo con la criada,
bebe el activo, bebe el perezoso,
bebe el blanco, bebe el negro,
bebe el constante, bebe el versátil,
bebe el rudo, bebe el mago.

Bebe el pobre y el enfermo,
bebe el desterrado y el desconocido,
bebe el chico, bebe el viejo,
bebe el prelado y el decano,
bebe la hermana, bebe el hermano,
bebe la vieja, bebe la madre.
Bebe ésta, bebe aquél,
beben cien, beben mil.

Ahora reaparecen esas versiones del profesor Rico en una cuidada edición bilingüe y anotada que reúne un amplia muestra de la poesía de los goliardos, aquellos clerici vagantes, marginales, disipados y creativos, trangresores clérigos ajuglarados que iban de ciudad en ciudad, de taberna en taberna cantando estos textos satíricos y vitalistas, disolutos y gamberros que Carl Orff adaptó como cantata escénica y sinfonía coral entre 1935 y 1937 con los textos que se reproducen en el Apéndice –"Los textos de Orff"- que ha elaborado Miguel Requena.

Esas canciones de los siglos XII y XIII, muchas de las cuales se han perdido, se han conservado en colecciones como los Carmina Burana o los Carmina Cantabrigensia y forman una parte muy valiosa de la literatura latina de la Baja Edad Media, las componían clérigos vagabundos que habían tomado órdenes menores sin integrarse en estructuras religiosas y escolares pobres que se desplazaban de unas universidades a otras. 

Están compuestas en el latín medieval que era la lengua universitaria en la época y se instalan en un territorio intermedio entre la tradición culta bajomedieval y la poesía popular, entre la actitud del clérigo y la actitud del juglar, entre la influencia bíblica y la de la literatura clásica, entre la burla y la seriedad, lo religioso y lo profano, el vitalismo y la intelectualidad.

Estrofas como estas, de la composición Estuans interius (Ardiendo por dentro), trazan el autorretrato del goliardo: 

Michi cordis gravitas 
res videtur gravis, 
iocus est amabilis 
dulciorque favis.
Quicquid Venus imperat, 
labor est suavis, 
que nunquam in cordibus 
habitat ignavis. 

(La gravedad de espíritu 
se me antoja demasiado rigurosa, 
la chacota me es grata 
y más dulce que la miel. 
Cuanto Venus manda 
es tarea suave, 
jamás asentada 
en los ánimos indolentes.)

Via lata gradior 
more iuventutis,
implico me vitiis 
immemor virtutis, 
voluptatis avidus 
magis quam salutis, 
mortuus in anima 
curam gero cutis.

(Ando por el camino ancho, 
como joven, 
me meto en los vicios 
sin atender a la virtud, 
ávido de placeres 
más que de mi salvación; 
muerto de alma 
me desvelo por el cuerpo.)

Los goliardos habitaron el mismo territorio marginal que luego ocuparían los pícaros, los bohemios o los hippies, como explica Francisco Rico en su prólogo, “Invitación a la lectura de los Carmina Burana”, en el que analiza los rasgos temáticos y formales de estos poemas y señala que el recopilador “fue sin duda hombre de gusto amplio. Los temas y las formas de las composiciones son variados en extremo. Los poemas rítmicos alternan (...) con los cuantitativos; los satíricos, amorosos y tabernarios no impiden la presencia de un puñado de canciones y dramas religiosos. (...) Pero, como insinuaba, es la lírica de tipo goliardesco la que da el tono del conjunto.”

El vino, las relaciones sexuales, el placer de la comida, el desprecio de la autoridad, la parodia de la liturgia y de las oraciones, el humor satírico, la crítica de la corrupción eclesiástica y del poder del dinero son algunos de los temas que se repiten en estos poemas satíricos y críticos o amatorios, en estas canciones de taberna compuestas con una retórica bien aprendida en la que se conjuntan la poesía y la música para construir unos textos de innegable calidad estilística y perfección formal. 

Cierra la selección una paródica proclamación de la orden de los clérigos errantes a la que pertenecen estos versos:

De vagorum ordine 
dico vobis iura, 
quorum vita nobilis,
dulcis est natura,
quos delectat amplius 
pinguis assatura, 
re vera, quam faciat
hordei mensura.

(De la orden de los vagantes 
os digo las leyes:
su vida es noble,
dulce su natural;
más los deleita 
un buen asado,
en verdad, que
una medida de cebada.)

Ordo noster prohibet 
matutinas plane;
sunt quedam phantasmata,
que vagantur mane,
per que nobis veniunt
visiones vane.
Si quis tunc surrexerit,
non est mentis sane.

(Nuestra orden prohíbe  
los maitines totalmente:
hay ciertos fantasmas
que vagan de mañana
y que nos provocan 
vanas visiones.
Quien a esa hora se levante
es que no tiene la cabeza sana.)



31 enero 2018

Juan Benet. El caballero de Sajonia


Juan Benet.
El caballero de Sajonia.
Edición y epílogo de Ignacio Echevarría.
Debolsillo. Barcelona, 2018. 

La tarde había declinado y las nubes en pocos instantes mudaron de color para mantener la amenaza que había sostenido todo el día. Tan solo en el horizonte, tras una cerrada formación de abetos, una franja de oxidado metal predicaba una hora prematura, muy anterior al crepúsculo, con la desgana de un anuncio anticuado, semiborrado y de sobra conocido, al que nadie ya prestara atención. Se había terminado el día demasiado pronto y el jinete no pudo evitar una sensación de malestar al pensar en otra noche más de viaje, antes de alcanzar la siguiente etapa, camino de su destino.

Así comienza El caballero de Sajonia, la última novela de Juan Benet. La publicó en 1991 y la reedita Debolsillo, junto con el resto de su obra narrativa y ensayística, en su imprescindible Biblioteca Juan Benet, con edición y epílogo de Javier Echevarría.

Ese jinete es Martín Lutero, que bajo la identidad falsa del caballero Jorge inicia un viaje de cuatro etapas sucesivas que corresponden a los cuatro capítulos del libro en un viaje imaginario que culmina con el encuentro y el diálogo con el Emperador Carlos. 

Esta novela histórica, centrada en la figura de Lutero, es la que ha recibido menos atención crítica, como señalan los editores en su Nota inicial. Aunque su peripecia, articulada en torno al camino y al viaje, es ficticia, El caballero de Sajonia tiene una importante base documental, porque a Benet se le había encargado una autobiografía ficticia de Lutero, que finalmente no llegó a escribir.

Esa documentación fue el impulso de la novela, su telón de fondo, porque Benet sabía que el objetivo del novelista no es el del historiador y por eso asumía en su escritura el reto de la invención y el estilo en tensión constante con el fondo histórico de la época, los ambientes o los personajes.

Además de destacar la “ejemplar sobriedad” del estilo de la novela, Ignacio Echevarría señala en su epílogo –El mundo, el demonio y la carne- que “a excepción de la peripecia misma del relato, todos los elementos de la novela responden a la realidad, denotan su hondo conocimiento del personaje y de la época, y son utilizados con habilidad psicológica.”

Una novela que va más allá de sus límites históricos para convertirse en una reflexión sobre el hombre de la mano de un Lutero que había roto sus vínculos con la autoridad papal después de la Dieta de Worms y que aún no se había convertido en el eje de referencia del reformismo religioso humanista del Renacimiento. 

Protegido por el Elector de Sajonia, Lutero emprende el viaje con la identidad falsa del caballero Jorge. Un viaje más interior que exterior a través de cuatro episodios imaginarios, de cuatro etapas, cuatro capítulos y cuatro lugares – una fonda, la celda de un monasterio, la celda de una prisión y la casa de un burgués- en los que se organiza “una novela bastante lineal y bastante ligera”, como señaló el propio Benet. 

En ese viaje de búsqueda, experiencia y conocimiento, los recuerdos que van surgiendo en el protagonista coexisten con sus reflexiones sobre política y religión, con el debate interior de su conciencia sobre lo espiritual y lo material,  con los diálogos con otros personajes -el diablo, el preso y el emperador- sobre lo social y lo moral.

Cuando Lutero levantó la cabeza, el emperador ya se había ido. Casi no le dio tiempo a tocar su mano. 
Tras cerrar la puerta, Lutero se arrimó a la ventana para observar la partida, el mismo ajetreo de la llegada, la misma inquietud de los caballos. Cuando el coche del emperador se perdió de vista, dijo Lutero, en la media voz de los eclesiásticos: 
-Que el Señor ayude al piadoso Carlos, una oveja entre los lobos. Amén.

Esos son los párrafos finales de El caballero de Sajonia, una extraordinaria novela que no merece ni la desatención ni la displicencia con que la despreció la mayor parte de la crítica española a principios de los noventa.

Santos Domínguez


29 enero 2018

Génova. Una historia de las maravillas



Paul Metcalf.
Génova. 
Una historia de las maravillas.
Traducción de José Luis Piquero.
Hermida Editores. Madrid, 2017.

Algo más de medio siglo después de su primera edición en 1965, Hermida Editores publica Génova, que seguramente es la mejor novela del norteamericano Paul Metcalf (1917-1999).

Original y renovadora, Génova es una novela inclasificable y sorprendente, narrada por Michael Mills, un médico que no ejerce y trabaja en Indianápolis en la General Motors. La relación con su hermano Carl, ejecutado en una cámara de gas en Missouri por el asesinato de un niño, es uno de los motores de la novela, escrita para atender, afrontar, examinar, quizá, algunas de las otras obligaciones, como

Nota: Post mortem: comprender a mi hermano Carl
y
Nota: para los vivos, yo mismo y otros, descubrir lo que hay que curar, y por qué, como médico, no lo haré.

Con el relato se mezclan citas de obras y cartas de Herman Melville –bisabuelo de Metcalf-  y de los diarios de Colón, fragmentos que convierten la novela en un collage de citas y referencias, en un palimpsesto de la memoria y en una indagación sobre la monstruosidad el viaje y el sentido de la vida.

Viajes y viajeros reales y ficticios articulan en contrapunto la estructura de una novela deslumbrante en la que se funden la imaginación y la realidad, el espacio y el tiempo, la narración y el documento, el relato clásico y la ficción posmoderna para trazar una geografía del tiempo desde la metaficción de un narrador-protagonista en busca de explicaciones.

Santos Domínguez

26 enero 2018

Izet Sarajlić. Después de mil balas



Izet Sarajlić.
Después de mil balas
Prólogo de Erri de Luca.
Traducción de Fernando Valverde y Branislava Vinaver.
Seix Barral. Barcelona, 2017.

El poeta es aquel /que siempre empieza de nuevo, escribía el poeta bosnio Izet Sarajlić (1930-2002) en un poema que forma parte de la antología Después de mil balas, que publica Seix Barral con prólogo de Erri de Luca y traducción de Fernando Valverde y Branislava Vinaver.

Izet Sarajlić fue la voz del Sarajevo asediado durante más de cuatro años, el poeta que se quedó durante la guerra de Bosnia-Herzegovina en la ciudad sitiada. Quería cubrir “el turno de noche para impedir el secuestro del corazón del mundo”, como recuerda Erri de Luca en su prólogo, en el que se pregunta: "¿Cuál es el cometido de un intelectual, de alguien que tiene un pequeño derecho de audiencia pública? Quedarse, compartir la avería que le sobreviene a su pueblo. Su presencia en la ciudad era el mejor consuelo para sus conciudadanos."

En ese largo asedio escribió La suerte a la manera de Sarajevo:

En Sarajevo,
en esta primavera de 1992,
cualquier cosa es posible.
Estás en una cola para comprar el pan
y despiertas en un hospital
con una pierna amputada.
Después, 
incluso reconoces que has tenido mucha suerte.

Muchos años antes, en 1965, había escrito en un poema: Cada vez que mi ciudad necesite una palabra tierna, /allí estaré.

Después de mil balas es una amplia selección de su poesía que recoge textos escritos entre 1947 y 1998 organizados en dos partes: Poemas en el tiempo y Poemas errantes.

Está en estas páginas no solo el poeta resistente, también el irónico o el poeta amoroso o familiar. Pero está sobre todo el poeta que sufrió dos guerras, la Mundial y la de Bosnia. Eso explica que la guerra se convierta en una referencia central en su poesía, en un tema que atraviesa incluso su poesía amorosa y que, junto con el amor, la nostalgia y la muerte, constituye el eje fundamental de su escritura, cuyo carácter testimonial y resistente lo ha convertido en uno de los poetas eslavos más importantes del siglo XX.

Santos Domínguez




24 enero 2018

Roa Bastos. Yo el Supremo



Augusto Roa Bastos.
Yo el Supremo.
Real Academia Española 
y Asociación de Academias de la Lengua Española.
Alfaguara. Madrid, 2017.

Para celebrar el centenario del nacimiento de Augusto Roa Bastos la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española patrocinan la publicación en Alfaguara de la edición conmemorativa de la que es sin duda la novela más importante del autor paraguayo, Yo el Supremo, una obra fundamental también de la novelística latinoamericana.

Casi simultánea, aunque un poco anterior a El recurso del método y a El otoño del patriarca, con Yo el Supremo la novela de dictador alcanza su valor literario más alto.

Inspirada en la figura de José Gaspar Rodríguez de Francia, autoproclamado Supremo dictador perpetuo de la República del Paraguay entre 1816 y 1840, Yo el Supremo es una reflexión sobre el poder absoluto, una novela que integra materiales narrativos y ensayísticos, históricos y mitológicos, porque aquí el tiempo mítico se superpone al tiempo histórico.

Imaginación y documentación conviven, como el castellano y el guaraní, en las páginas de esta novela brillante y exigente, en la que una enorme potencia verbal se pone al servicio de la disección del poder absoluto, cuyo objetivo es instaurar el discurso único del dictador y eliminar la disidencia.

Sobre ese proyecto y sobre su fracaso gira toda la novela: frente al pasquín subversivo  del comienzo, la circular perpetua; y frente a la monodia, la polifonía de narradores, el despliegue de voces que articulan el sentido de la novela y vertebran su estructura.

Además de una reflexión sobre el poder absoluto, Yo el Supremo es también una indagación sobre la escritura y sus límites,  sobre la libertad y la realidad a través de la búsqueda del autor del pasquín y de la escritura alucinada del propio dictador que dicta a su secretario-escriba, Policarpo Patiño.

Como en el resto de los títulos de la colección, enmarcan la edición del texto un conjunto de estudios monográficos y ensayos breves con distintas aproximaciones críticas a la narrativa de Roa Bastos y a Yo el Supremo: un análisis de sus aspectos formales, su trama y sus características genéricas, sus voces narrativas y su punto de vista, su concepto del tiempo o su complejo andamiaje novelístico. 

Completan el volumen, además de una breve cronología de hechos históricos citados en la obra, un útil glosario y un índice onomástico.

Santos Domínguez

22 enero 2018

Úslar Pietri. Oficio de difuntos



Arturo Úslar Pietri.
Oficio de difuntos.
Prólogo de Moisés Naím.
Drácena. Madrid, 2017.

Drácena recupera uno de los títulos esenciales de Arturo Úslar Pietri, Oficio de difuntos, una obra de madurez que publicó en 1976.

Úslar Pietri fue el primero que utilizó la expresión ‘realismo mágico’ para referirse a la narrativa hispanoamericana que estaban escribiendo Asturias, Carpentier y él mismo en los años treinta y cuarenta.

No fue esa la única relación entre los tres novelistas: los tres, aunque en fechas distintas, escribirían una novela de dictador: El señor presidente, El recurso del método y esta espléndida Oficio de difuntos, que es -en palabras de Moisés Naim en el prólogo de esta edición- “quizás la menos conocida de la serie de grandes novelas hispanoamericanas en este subgénero de dictadores (...) que han buscado explicar el mundo y la psicología de los caudillos y de sus víctimas, los pueblos que subyugan.”

Centrada en la figura de Juan Vicente Gómez, el sátrapa que gobernó Venezuela durante casi treinta años, entre 1908 y 1935, Oficio de difuntos es una sátira política, una meditación sobre el poder y la ambición y sobre el papel del intelectual.

La distancia irónica con que la escribió Úslar Pietri le evitó caer en la simplificación y en la caricatura para abordar la psicología del dictador y los mecanismos del poder a través de un personaje fundamental, el padre Solana, que puso su talento envilecido y temeroso al servicio del caudillo.

Es él quien abre y cierra la novela, el hilo conductor de un relato construido a partir del momento de la muerte del dictador -que aparece en la novela como el general Aparicio Peláez-, cuando Solana se ve obligado a redactar la oración fúnebre que tendrá que pronunciar en el oficio de difuntos ante el cuerpo muerto del general:

En la noche lo llamaron desde Tacarigua para darle la noticia. Demasiado breve, demasiado simple para comprenderla en toda su significación. “El general acaba de morir”. Fue una noche de callado pavor, de andar por la casa sin rumbo, de hablar solo, de rezar rosarios sin término, de despertar al fámulo para que lo acompañara, de pensar en los más diversos y disparatados medios de desaparecer y de huir. Disfrazarse, esconderse, refugiarse en una embajada, salir al extranjero. Temprano, en la mañana, después de aquella larga noche, vino la otra llamada. De parte del general encargado del poder ejecutivo, le participaban que había sido designado para decir la oración fúnebre en la misa de difuntos de cuerpo presente que se iba a celebrar al día siguiente, allá en Tacarigua, antes del entierro.

Y a partir de ahí se suceden los recuerdos, se superponen el presente y el pasado para reconstruir el proceso por el que llega al poder el dictador y las circunstancias que formaron su personalidad.

Ante el poder absoluto que representa el general Peláez, dos personajes, el padre Solana y el general rebelde Damián Dugarte, reaccionan de dos maneras distintas: con sumisión o con rebeldía y articulan la reflexión sobre la realidad política y social de la dictadura y sobre los mecanismos del poder.

Pero Oficio de difuntos, habitado por personajes que representan la cobardía y la corrupción, la crueldad y el valor, la astucia y la injusticia, funde lo personal y lo colectivo y va más allá del ámbito venezolano para trazar un poderoso mural de la realidad hispanoamericana.

Santos Domínguez

19 enero 2018

Aurelio González Ovies. Vengo del norte


 Aurelio González Ovies.
Vengo del norte.
Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2017.

Vengo del norte, 
y sé un poco del trayecto de la muerte 
porque allí desembarcan sus galeras. 
Escuchadme y seguidme, 
os traigo grana verde de la palabra 
que sangran los manzanos 
y dentro de unos años nuestra felicidad podrá estar 
muy madura, 

escribe Aurelio González Ovies en uno de los veinte poemas en los que se organiza Vengo del norte, el libro con el que obtuvo el accésit de Adonáis en 1992. Un libro en el que “la poesía es palabra cuidada y ritmo y canto y creación de un mundo propio que nos ayudará a sus lectores a entender el nuestro”, como explica Francisco Álvarez Velasco en el prólogo a la reedición que acaba de publicar el Fondo de Cultura Económica.

En Vengo del norte –un verso que recorre vertebralmente los poemas de este libro- la poesía se arraiga en el paisaje y se enraíza en el recuerdo, entre la melancolía y la esperanza, la elegía y la emoción celebrativa, la mirada a la naturaleza y el sentimiento del tiempo.

En sus versos la poesía defiende la memoria contra el olvido y a favor de la luz, celebra el instante desde la aceptación de la fugacidad y así el recuerdo se convierte en “la poética imperecedera del mundo”, en “memoria sonora del tiempo”, como señala Juan Carlos Mestre en su introducción. 

Entre la mirada y el ensueño, la evocación y la contemplación, la poesía se alza en Vengo del norte como lugar de resistencia frente a la destrucción y el futuro se reivindica como regreso al origen, como afirmación de la vida y de la identidad:

Quedaremos aquí definitivamente cerca del origen del agua. 

Un muro de palabras en las que el poeta convoca lo aéreo y lo mineral, lo ancestral y lo telúrico, el pájaro y el árbol en un descenso a las raíces que culmina en el espléndido epílogo en el que Aurelio González Ovies explica su concepción de la poesía:

“No entiendo la poesía sin emoción, en muchas ocasiones sinónima de verdad o de pensamiento. Vivo con la palabra tanto como con la vida misma. Porque la palabra es discernimiento y hondura, lenguaje nuevo, sacralización y asombro y pureza.” 

Palabra que es la expresión de una voz que canta -“antes de que anochezca”- en busca del sentido y en medio del vacío de un mundo sin dioses:

Hoy estarán los dioses maldiciendo su nombre.
Hemos aprovechado la media noche
para salir del mito a oscuras
como el pecado.
No tenemos nada. Nuestros cuerpos desnudos
y la palabra en fuga.

Palabra que canta el fragor poderoso del Cantábrico en las tardes de otoño, la espesura verde de los bosques, el olor de los membrillos, la niebla blanda, los helechos enterrados o el canto de los grillos, con 

Una voz, un alma, una palabra, 
que es lo mismo que hablar de un hombre entero.
Santos Domínguez



17 enero 2018

Valle-Inclán. Sonatas


Ramón del Valle-Inclán.
Sonatas.
Ilustraciones de Víctor López-Rúa.
Edición de Luis Alberto de Cuenca.
Reino de Cordelia. Madrid, 2017.


“Las Sonatas de Valle-Inclán son la mejor, y acaso la única, muestra de literatura plena y profundamente décadente de las letras hispanas. Atrevidas y audaces, nos hacen discurrir por un universo trazado a la medida de un personaje, el Marqués de Bradomín, escribe Luis Alberto de Cuenca en el prólogo de la espléndida edición ilustrada por Víctor López-Rúa de las Sonatas de Valle-Inclán.

Las publica Reino de Cordelia con el texto fijado por Luis Alberto de Cuenca a partir de  la última versión corregida por Valle, la edición de 1933 en Rivadeneyra, para ofrecer al lector –señala en el prólogo-  “un texto limpio, nítido, claro, listo para acoger tanto al entusiasta de las Sonatas como a quien todavía no las conozca. Un texto que dirige su flecha ecdótica del siglo XXI al corazón de uno de los libros más hermosos de la literatura universal, coincidiendo con el octogésimo primer aniversario de la muerte de su autor.”

Se reúnen así en un volumen muy cuidado las cuatro Sonatas –Primavera, Estío, Otoño e Invierno- que Valle publicó entre 1902 y 1905 y que contienen las memorias amorosas del Marques de Bradomín, un irrepetible don Juan “feo, católico y sentimental.”

Desde la doble distancia que le dan a Bradomín el exilio y la edad, la Nota que Valle colocó al frente de las Sonatas explica que estas páginas son un fragmento de las Memorias Amables que, ya muy viejo, empezó a escribir en la emigración el Marqués de Bradomín. Un Don Juan admirable. ¡El más admirable tal vez!
Era feo, católico y sentimental…

Los jardines italianos de la Sonata de Primavera, la caliente tierra mexicana de la Sonata de Estío, los brumosos pazos gallegos de la Sonata de Otoño y la Navarra de la guerra carlista en la Sonata de Invierno sirven de telón de fondo a las memorias amables y escandalosas de Bradomín, a sus recuerdos de la novicia María Rosario en los ambientes vaticanos, de la Niña Chole en las llanuras de Tierra Caliente, de una Concha a punto de morir en el palacio de Brandeso o de María Antonieta en la corte estellesa.

Cuatro estaciones, cuatro edades del marqués, cuatro paisajes, cuatro mujeres sobre un fondo estilizado de jardines y conventos, palacios y salones, obras de arte y armonías musicales que crecen en la prosa rítmica de las Sonatas, cima del Modernismo, y en la sensorialidad de su lengua exuberante y su erotismo refinado:


Anochecía, cuando la silla de posta traspuso la Puerta Salaria y comenzamos a cruzar la campiña llena de misterio y de rumores lejanos. Era la campiña clásica de las vides y de los olivos, con sus acueductos ruinosos, y sus colinas que tienen la graciosa ondulación de los senos femeninos. La silla de posta caminaba por una vieja calzada: las mulas del tiro sacudían pesadamente las colleras, y el golpe alegre y desigual de los cascabeles despertaba un eco en los floridos olivares. Antiguos sepulcros orillaban el camino y mustios cipreses dejaban caer sobre ellos su sombra venerable.
La silla de posta seguía siempre la vieja calzada, y mis ojos fatigados de mirar en la noche, se cerraban con sueño. Al fin, quedeme dormido y no desperté hasta cerca del amanecer, cuando la luna, ya muy pálida, se desvanecía en el cielo. Poco después, todavía entumecido por la quietud y el frío de la noche, comencé a oír el canto de madrugueros gallos, y el murmullo bullente de un arroyo que parecía despertarse con el sol. A lo lejos, almenados muros se destacaban negros y sombríos sobre celajes de frío azul. Era la vieja, la noble, la piadosa ciudad de Ligura.

Así empieza la Sonata de Primavera, la primera de cuatro obras  maestras. “No puede acumularse en ellas –escribe Luis Alberto de Cuenca- una brizna más de belleza, no cabe más encanto ni más capacidad de seducción auditiva en sus páginas, no puede soportarse tanta perfección (...) Y es que en la literatura española de los últimos ciento cincuenta años no hay nada comparable a las Sonatas de don Ramón del Valle-Inclán.”

Santos Domínguez