17 noviembre 2016

Ignacio Gracia Noriega. Las burbujas de la tierra




 Ignacio Gracia Noriega.
Las burbujas de la tierra.
Cátedra Crítica y Estudios Literarios. Madrid, 2016.

En torno a William Shakespeare, el más grande y el más extraño de los poetas, se organiza el volumen Las burbujas de la tierra, en el que Ignacio Gracia Noriega agrupa un amplio conjunto de artículos que abordan la figura y la obra de Shakespeare.

A explorar las claves de su grandeza, de su vigencia y de esa condición extraña se dedica esta recopilación de artículos que abordan la biografía y la personalidad de Shakespeare, su concepción de la poesía y su dominio de la técnica teatral, el doble oficio de dramaturgo y poeta -“ocupaciones complementarias pero no idénticas”- de un autor inabarcable.

Tan inabarcable que Goethe decía que no se puede hablar de él, porque todo lo que se diga resulta insuficiente. Pero aunque su monumentalidad nos desborde, este tipo de acercamientos son irrenunciables y sirven para iluminar su obra y su grandeza, su poética teatral, los argumentos y los personajes que aparecen en su obra, las teorías sobre la autoría de sus obras, su visión de la naturaleza y de la historia, su imagen del poder, las adaptaciones al cine de sus obras por Orson Welles, Mankiewicz o Kurosawa,  la presencia de lo español en su teatro o su relación con la literatura española de su tiempo.

Complejo como la vida, enorme como el mundo, en torno a Shakespeare nos podemos seguir formulando la pregunta que da título al epílogo: ¿Qué sería el mundo sin Shakespeare?

Santos Domínguez

16 noviembre 2016

Novalis. La nostalgia de lo invisible


Antonio Pau. 
Novalis. 
La nostalgia de lo invisible.
Trotta. Madrid, 2010. 

“La fascinación que ha ejercido Novalis procede de su vida —una estrella fugaz—y de su obra —varios miles de fragmentos, dos novelas inacabadas y unos cuantos poemas—. Todo lo que se refiere a Novalis tiene la delicadeza de esas miniaturas que tanto gustaban en su época: mínimos pero nítidos perfiles con un bosque al fondo o unas ruinas, que cabían en un broche o una sortija. Todo es breve en la vida de Novalis: apenas veintiocho años sobre la tierra, una geografía minúscula —Novalis sólo conoció unos pocos pueblos de Sajonia—, unos cuantos amigos, unas cuantas páginas. Novalis, propiamente, lo fue sólo dos años, los dos últimos de su vida. Hasta entonces había sido Friedrich von Hardenberg, o Georg Philipp Friedrich von Hardenberg, barón von Hardenberg, como dice la partida de bautismo que se extendió en la iglesia parroquial de Wiederstedt el 3 de mayo de 1772, un día después de su nacimiento”, escribe Antonio Pau en su biografía Novalis. La nostalgia de lo invisible, que publica Trotta en la colección La dicha de enmudecer.

Al igual que en las anteriores biografías de Rilke y Hölderlin, Antonio Pau reconstruye la obra y la vida de Novalis (1772-1801) con una visión transcendida en la creación literaria y en esa nostalgia de lo invisible que es el subtítulo de esta obra y el motor del pensamiento y la escritura de Novalis, un poeta prerromántico en cuya obra se dan cita la poesía y la filosofía, la ciencia y la religión para articular la búsqueda de lo absoluto que impulsa su actividad creativa:

“Su vida fue una búsqueda constante de lo absoluto. Ese absoluto que el hombre intuye entre lo efímero que le rodea. «Buscamos por todas partes lo absoluto —escribió Novalis—, y encontramos siempre y sólo cosas». Pero que sólo encontrara cosas no le desanimó. Lo que hizo fue ahondar en ellas, y lo hizo por dos caminos: el estudio de las cosas a través de la ciencia, y la búsqueda de su misterio a través de la poesía. Por eso, para Ntovalis, ciencia y poesía tienen una misma meta y al final confluyen. Al confluir levantan el velo que cubre la realidad, y las cosas aparecen como un receptáculo de lo absoluto. (...) Novalis era riguroso y preciso. Por eso escribió: «La exactitud científica es lo absolutamente poético».”

En Jena se relacionó con lo mejor del panorama cultural de su época: con Schiller, que sería su referente, más como modelo humano que como poeta; con el idealismo de Fichte, a cuyo pensamiento le añadió poesía; con Schlegel, que marcó decisivamente su concepción del mundo, la naturaleza y la historia.

Su obra mayor, los seis Himnos a la noche, que empezó a escribir a finales de 1799 y terminó a principios de 1800, están marcados por la muerte de Sophie, el amor de su vida, y “son –como explica Antonio Pau- a la vez, el relato de una experiencia íntima y una cosmología.”

Seis poemas visionarios de intensa musicalidad que consituyen una obra unitaria en la que la luz y la noche acaban confluyendo en una armónica exaltación de lo visible y lo invisible.

Como en las otras biografías de Antonio Pau, vida y literatura se van entrelazando y permiten leer este ensayo también como una antología esencial de la obra breve de Novalis, atravesada por la enfermedad e interrumpida por una muerte prematura, a los veintiocho años.

Así lo resume el biógrafo: “La vida y la obra, truncadas ambas, de Novalis, han quedado como esos torsos griegos a los que el tiempo ha mutilado con tanta belleza. Goethe vivió ochenta y  dos años de perfecta salud y dejó una obra impecable. Novalis vivió veintiocho, una gran parte enfermo, y sólo ha dejado fragmentos inconexos, novelas sin terminar y un puñado de poemas. Sin embargo, su vida y su obra tienen la misma perfección que las del viejo poeta ilustrado. La vida y la obra de Novalis parece que tenían que ser así, dolientes y mutiladas, para alcanzar la perfección que les correspondía.”

Dejó inacabada una novela, Heinrich von Ofterdingen, y los Fragmentos de Teplitz, donde cifró las claves de su idealismo mágico y de una concepción visionaria de la poesía como celebración del misterio, que resumió en afirmaciones como esta: Cada palabra es la palabra de un conjuro.


Santos Domínguez

15 noviembre 2016

Lichtenberg. Cuadernos II


Georg Christoph Lichtenberg.
Cuadernos.
Volumen II.
Traducción de Carlos Fortea.
Hermida Editores. Madrid, 2016.

‘Cristianos de mandil.’ Así define corrosivamente Lichtenberg a los francmasones en uno de los fragmentos que forman parte de los cuadernos D y E, que contienen las notas que escribió de 1773 a 1776.

Físico experimental, astrónomo y escritor, Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799) es el prototipo del intelectual ilustrado, del científico humanista y uno de los nombres más relevantes de la cultura alemana. Durante treinta y cinco años fue registrando en sus libretas cientos de apuntes y borradores con observaciones, microensayos y exabruptos, ocurrencias y reflexiones.

Asistemático y fragmentario, el pensamiento disperso de Lichtenberg es el resultado de su talante intelectual más que de una doctrina cerrada. Neurótico e hipocondríaco, su escepticismo radical no mermó su infatigable curiosidad ni su deslumbramiento por Londres, Shakespeare y la cultura inglesa.

Y por eso cada una de sus páginas es una invitación a la reflexión crítica ante la naturaleza, las palabras o los comportamientos humanos. Porque nada escapó a su mirada inteligente, contradictoria e incisiva: la literatura y la historia, la religión y la filosofía, la ciencia y el arte, el cuerpo y el alma, el amor y la muerte, la sociedad o el lenguaje son algunos de los temas universales que suscitaron la atención siempre lúcida y a menudo irónica de Lichtenberg, de quien dijo Goethe que en donde él gastaba una broma había siempre un problema escondido.

Notas de lecturas y pecios, borradores y aproximaciones, estas páginas son un catálogo de perplejidades que hacen compatibles la ironía y la profundidad, la anécdota y el análisis, un catálogo de insultos o la reflexión sobre los límites del lenguaje y del conocimiento, la observación de las leyes naturales y la lucha contra las supersticiones.

No faltan los dardos contra el ignorante: ‘Un maestro de escuela escribe a otro: a esto se le llama nitimur in foetidum.’

Ni su mirada, entre irónica y compasiva ante un inofensivo aspirante a escritor: ‘Suponiendo que un joven que siente el impulso de convertirse en una cabeza original nos escribe un romance o una balada o algo por el estilo, ante lo que cualquier persona razonable se tapa los ojos de compasión por ese joven genio desdichado, ¿da eso pie a extenderse sobre el asunto y darse codazos, intercambiar cuchicheos y risitas, y armar tanto jaleo como si el Papa hubiera tenido gemelos? Si alguien escribe mal, está bien, dejadle escribir. Transformarse en buey está lejos de ser un suicidio.’

Ni el humor: ‘Las cosas más importantes se hacen mediante tubos. ¿Acaso los miembros viriles, las plumas de escribir y nuestras armas no demuestran que el ser humano no es sino un confuso haz de tubos?

Ni las críticas al crítico: "'Me ha dicho que, cuando termina una reseña, es cuando tiene las mayores erecciones."

“Murió convencido de que sería olvidado –escribió de él Juan Villoro-; pero la literatura, como él mismo anotó en sus cuadernos, suele ser más inteligente que su autor.” Por eso lo leyó Kant, y Thomas Mann subrayó estos cuadernos que también frecuentaron Freud, Nietzsche o Canetti.

Con la edición de este segundo volumen, Hermida Editores sigue completando uno de los proyectos más ambiciosos de su espléndido catálogo: la publicación, íntegra por primera vez en castellano, de cinco tomos con los Cuadernos de Lichtenberg.

Santos Domínguez

14 noviembre 2016

Robert Aickman. Las casas de los rusos



Robert Aickman.
Las casas de los rusos.
Traducción de Arturo Peral Santamaría
e Irene Maseda Martín.
Atalanta Ars brevis. Gerona, 2016.

Atalanta reúne en Las casas de los rusos seis relatos de Robert Aickman, uno de los maestros del género fantástico, que se suman a otros seis que publicó esta misma editorial hace cinco años en el volumen Cuentos de lo extraño, con el mismo eficiente traductor, Arturo Peral Santamaría, al que acompaña ahora Irene Maseda Martín.

Como aquellos, los relatos de esta nueva entrega son una incursión en el lado oscuro de la realidad en busca de la inexplicable complejidad de lo cotidiano. Porque, como explicó Todorov, el mejor teórico del género, la literatura fantástica parte de lo cotidiano para llegar a lo inexplicable.

Un buceo narrativo por los abismos del horror que está al fondo de la conciencia,  porque –ya lo demostró Poe en sus relatos- el horror contemporáneo no surge, como en la literatura gótica, de la escenografía exterior sino del fondo secreto de los personajes.

Los relatos de Aickman son una mirada al otro lado del espejo, una travesía por la línea de sombra que separa la razón de lo subconsciente, el sueño de la vigilia, la visión imaginada de la percepción real.

Con tonos diversos y perspectivas diferentes, con algún dato oculto que emerge en los párrafos finales de cada relato para producir un efecto de sorpresa, con una envidiable capacidad para crear atmósferas inquietantes y opresivas, estos seis relatos –alguno cercano a la novela corta- tienden puentes entre lo interior y lo exterior, entre lo real y lo imaginario, entre lo usual y lo extraño.

Con sorprendentes giros finales y diálogos caracterizadores, son relatos que transcurren bajo una nube de polvo o bajo la niebla nocturna de Finlandia, con la tonalidad del relato onírico, entre ambientes decadentes y casas aparentemente deshabitadas y proyectan una extraña mirada sobre lo femenino y sobre mujeres fatales de belleza insufrible.

Concentrados en el tiempo y en el espacio para producir una intensa unidad de efecto, con la presencia latente de una sexualidad oscura, deambulan por ellos un artista y una viuda, una joven en un páramo, dos gemelos terribles o dos hermanas con fantasma en un rincón fuera del tiempo de una mansión campestre.

Santos Domínguez

11 noviembre 2016

Felipe Benítez Reyes. Las formas de la luna


Felipe Benítez Reyes.
Las formas de la luna.
Prólogo de José Andújar Almansa. 
Renacimiento. Sevilla, 2016.

“Me imagino que no peco de sentimentalismo si considero que la poesía es un ejercicio de fijación de la memoria, una autobiografía moral y estética misteriosamente paralela a nuestra biografía, un testimonio más o menos razonado de fantasmagorías y de certidumbres. Al cabo del tiempo, en un poema resuenan las pisadas de ese tiempo, los pasos que dimos hacia nosotros en busca de nosotros. Y, a la vuelta de los años, a la vuelta de los libros, relee uno lo escrito y al margen de su grado de valor encuentra un sentido inesperado a todo ese afán, a todas esas palabras ordenadas: la poesía como la nostalgia inconcreta de uno mismo. La poesía propia como el mensaje embotellado de un náufrago que el capricho de la marea devuelve a la misma orilla en que lo arrojó. La poesía como una relectura, en fin, de la propia vida, transformada ya en una leve ficción y ajena al tiempo, acogida a un melancólico simulacro de eternidad, mientras la vida pasa.”

Con ese párrafo cerraba Felipe Benítez Reyes en abril de 2006 ‘Algunas conjeturas inestables’, el texto en el que reflexionaba sobre su poesía en el ciclo Poética y poesía de la Fundación Juan March.

Y ese mismo texto sirve como presentación de Las formas de la luna, la antología poética de Benítez Reyes que publica Renacimiento con prólogo de José Andújar Almansa. 

Ha sido el propio autor quien se ha ocupado de la selección de los textos, en la que hay una representación mucho más abundante, como es lógico, de su último libro, Las identidades (2012). 

En su segundo libro, titulado significativamente Los mundos vanos (1985), figuraba un poema, 'Panteón familiar', que terminaba con estos versos:

                                        Toda rosa es de sombra 
y es fugaz, y se esparce, y es un mundo imperfecto 
destinado a morir. ¿Pero queda su aroma 
testimonial de vida y hermosura pasadas? 
En ese mundo vuestro, ¿se reordena la forma 
de la rosa deshecha? ¿Y yo oleré esa rosa?

Ese poema da el tono hondamente elegíaco que recorre gran parte de la poesía de Benítez Reyes. Se renueva en él un viejo tópico, el de la fugacidad de la vida simbolizada en una rosa. Esa rosa de sombra es la rosa de Ausonio, claro, pero también la de Francisco de Rioja, y la rosa vespertina del Otoño de las rosas de Brines. Y la de los Cuatro cuartetos de Eliot, aquella que dejaba cuando ardía ceniza en la manga de un viejo.

Esa línea elegiaca vertebra una poesía reflexiva dotada de un hondo tono moral, en el sentido que tenía ese adjetivo en la Epístola moral a Fabio del capitán Fernández de Andrada, como expresión de una nostalgia inconcreta que se proyecta más hacia el futiuro que hacia el pasado, como ocurre en 'El dibujo en el agua', un poema que termina con estos versos:

Un dibujo en el agua es la memoria,
y en sus ondas se expresa el cadáver del tiempo.

Tú harás ese dibujo.

Y de repente
tendrás la sombra muerta
del tiempo junto a ti.

La constante meditación sobre el paso del tiempo modula y unifica esta poesía entendida como una forma de interpretación de la realidad, una manera de pensar el mundo y de transitarlo con palabras en poemas que habitualmente combinan la narratividad y la reflexión.

De Sombras particulares a Escaparate de venenos, de El equipaje abierto a La misma luna, la de Benítez Reyes es una poesía figurativa, dotada de potencia verbal y de fluidez rítmica, de imaginería elaborada y de ironía. Una poesía articulada en torno a dos claves: la imaginación y la memoria, aunque refractaria a un fácil patetismo, que eluden estos textos con el distanciamiento irónico que suaviza sus aristas. 

Es la palabra en el tiempo, como diría Machado, pero también la palabra contra el tiempo, la poesía que se levanta como respuesta al paso del tiempo, el muro de palabras contra el río de Heráclito, para saber qué queda de la vida en la memoria, / qué queda en la memoria de nosotros.

Y un constante carácter interrogativo, que sigue presente en esta ‘Formulación del mecanismo del tiempo’, uno de los cinco inéditos del libro:

Lo que se va. Esta fuga. Cuanto mueve
el viento que va huyendo hacia su ayer.
Lo que deja de ser nada más ser.
Los días que se funden con la nieve.

Lo veloz, lo no visto, lo olvidado.
Lo que fue a su acabarse. Cuanto vino
y suplantó el anhelo de un destino.
Lo rápido en huir, el delicado

morirse de tan poco tanta vida...

Hay algo en la verdad que no es verdad:
si el tiempo es siempre un punto de partida,
¿qué hora marca tu tiempo, eternidad

mía, que ya no
eres eternidad?

Santos Domínguez

10 noviembre 2016

Cirlot. El peor de los dragones


 Juan Eduardo Cirlot.
El peor de los dragones.
Antología poética 1943-1973.
Edición y prólogo de Elena Medel.
Siruela. Madrid, 2016.

Si para Rilke todo ángel es terrible, para Cirlot “el ángel es el peor de los dragones.” 

De ese verso, que forma parte de su poema “Momento”, fechado el 29 de mayo de 1971, toma su título la Antología poética 1943-1973 que publica Siruela con edición de Elena Medel, que explica en su prólogo –'Magia y papel vivo'- que, frente al prejuicio de Cirlot como poeta maldito y difícil, “esta antología se plantea una doble meta: la del reencuentro para aquellos lectores que ya hubieran descubierto la poesía de Juan Eduardo Cirlot, y -de manera esencial- la de la revelación para quienes desconocieran su obra.” 

Y con ese doble propósito se edita esta amplia selección de una obra exigente que, como señala Elena Medel, “permite la revelación y permite el deslumbramiento” de “un discurso independiente al margen de las estéticas imperantes; y un proyecto sin igual en la poesía española del siglo XX.”

El núcleo central de la obra de Cirlot es el ciclo Bronwyn, que comienza a mediados de los sesenta y que publicó esta misma editorial en 2001, pero antes, durante más de dos décadas, hubo un Cirlot emparentado con el irracionalismo poético y con la poesía visionaria, un Cirlot simbolista y un Cirlot superrealista que lleva a su extremo radical la práctica de la escritura automática, experto en imágenes y símbolos y empeñado en trasladar al lenguaje poético las aportaciones de la música de Strawinsky o Schönberg y del dodecafonismo. 

Ya entonces era un poeta deslumbrante por su irracionalidad y por su vinculación con lo mejor de la vanguardia de los años veinte y treinta, en una dirección poética al margen de los circuitos oficiales de Escorial y Garcilaso y de la contestación espadañista. Una insularidad estética solo comparable a la de su amigo, el postista Carlos Edmundo De Ory.

Quizá sea La dama de Vallcarca (1957) el conjunto de poemas que podría sintetizar esta etapa fundamental en la poesía de Cirlot: la convivencia de la geografía real con la simbólica, la combinación de músicas, ritos y colores, símbolos y sueños e irrealismos diversos. 

Cirlot ve en 1966 la película El señor de la guerra, una rareza repleta de símbolos y rituales, de Franklin Schaffner. En la figura femenina de Bronwyn –‘Princesa del horror de ser princesa’- está el origen del ciclo fundamental de la poesía de Cirlot, que lo explicaba con estas palabras: “Lo que llamo Bronwyn es el centro del lugar que dentro de la muerte se prepara para resucitar ... es lo que renace eternamente.”

Ese sería el centro de su mundo literario, el resultado de una búsqueda obsesiva que se concreta en dieciséis cuadernos y pliegos de poesía en torno a la figura de una doncella celta –'la que renace de las aguas'- en la que confluyen muy distintas tradiciones míticas para crear el corazón de la obra de Cirlot, seguramente también su mayor legado poético.

Iniciado hace medio siglo y articulado en torno a la figura de esa doncella, Cirlot recreó en ese ciclo un viejo mito e integró diversos temas e influencias para exponer una teoría del amor y la muerte, de la resurrección y el retorno, de la búsqueda de la inmortalidad.

Cirlot fundaba así un territorio levantado desde el sueño y la iluminación visionaria de la realidad, con la palabra como fuerza de articulación del mundo en un ejercicio de alumbramiento de un universo poético personal levantado desde la conciencia del transcurso sobre la paradoja del ser y el no ser, como en este fragmento de La quête de Bronwyn (1971):

En la bruma del tiempo, tengo Bronwyn
el brillo de tu frente, de tus brazos, 
tu blanco amanecer entre lo blanco. 

Mi feudo está en el fuego de mi fe, 
dulce niebla que das desde la nieve 
los días, las diademas que perdías,
diademas de diamantes y de días. 

Coronas y corolas son las olas 
del mar de tu mirada murmurante.
Bronwyn, tu corazón es el Graal, 
piedra de lo absoluto, piedra pura. 

Pálida plata blanca como luz 
celeste por los cielos de tu frente, 
cisne de la locura de los cielos, 
cisne de inmensidad en los anhelos. 

Cisne de tu color de sólo cisne, 
lis de tu claridad de sólo lis, 
dulce alejas de mí la lejanía, 
me dejas con mi voz que desvaría.

Ese despliegue metafórico es la base constructiva de una poesía febril y visionaria que establece un diálogo estremecido, doloroso o exaltado, con el mundo, en un experimento con la noción de límite, siempre entre lo órfico y lo apocalíptico, entre la realidad y la irrealidad, un conflicto que está en la raíz de esta poesía poderosa e irrepetible.

“¿Qué circunstancias han orillado la recepción de la obra de Cirlot? –se pregunta Elena Medel-. Rechazo la sensación de que se trate de un poeta inaccesible: no hablamos de un poeta fácil, desde luego, o al menos de un poeta transparente en una primera lectura, directo en su mensaje; pero los poemas de Juan Eduardo Cirlot sí transmiten un sentido en ese contacto inicial. No en vano, él insistió en la cercanía de sus temas: el amor y la muerte, la vida y la realidad. Su escritura pide un gesto al lector, el de la imaginación, y regala otro a cambio: el de la fascinación.”

Santos Domínguez

09 noviembre 2016

Juan Arnau. El efecto Berkeley



Juan Arnau.
El efecto Berkeley.
Pre-Textos. Valencia, 2015.

En la línea de ficción filosófica inaugurada con El cristal Spinoza, Juan Arnau publica en Pre-Textos El efecto Berkeley, en torno a la figura del filósofo irlandés que defendió la idea de que ser es percibir y la vida por tanto está hecha de impresiones, sobre todo visuales, porque “los recuerdos, los sueños y las fantasías son todos ellos restos de impresiones visuales.”

De Dublín a Londres, de París a Nápoles, entre el relato y la biografía, el dietario y el ensayo, la filosofía y los diálogos teatrales, este es un libro en el que las sensaciones tienen también un papel decisivo en la sucesión de escenas construidas con una actitud híbrida que recuerda las evocaciones intrahistóricas de Azorín en sus reconstrucciones de los clásicos redivivos.

El paisaje del condado independentista de Kilkenny donde nació Berkeley, Grub Street, un suburbio de las letras londinenses, la prisión de Newgate o el gesto más trivial del personaje los envuelve Juan Arnau en la calidad de su prosa fluida que se gana la complicidad admirada del lector desde el primer párrafo hasta el final, con la tonalidad elegante de su prosa equilibrada y con la cercanía conversacional que marca muchas de sus páginas, a medio camino entre la filosofía y el teatro, a través de diálogos teatrales con Prior o Swift, Voltaire o Pope, Malebranche o Voltaire.

Y porque ser es percibir y ser percibido, nada mejor que este libro que huye de las abstracciones metafísicas para introducirnos con asombrosa maestría en la individualización de las sensaciones que sugieren sus páginas con la importancia crucial de los adjetivos.

Un ejemplo: “Lumbre de sarmientos. Sardinas ensartadas sobre las brasas. Escamas quebradas, azuladas y amarillas. Berkeley sopla un rescoldo, el fuego enrojece sus mejillas. Un mendrugo de pan, patatas cocidas y cuatro nueces. Junto a las viandas, un cuaderno. La mano se mueve con calma litúrgica, dejando a su paso una caligrafía franca, marcial.”

La evocación de la época y el ambiente, los viajes y la literatura, la historia y la física, las matemáticas y la relatividad del tiempo y el espacio en este teatro de ideas que muestra que las cosas del mundo son sensaciones, que todo es percepción y que por eso mismo “la piel es lo más profundo del hombre.”

Santos Domínguez

08 noviembre 2016

Juan Carlos Mestre. La tumba de Keats




Juan Carlos Mestre.
La tumba de Keats.
Calambur. Barcelona, 2016.

En un volumen ilustrado por el propio poeta, Calambur recupera La tumba de Keats, el libro con el que Juan Carlos Mestre ganó el Premio Jaén de poesía en 1999. Llevaba algún tiempo descatalogado y esta reedición es una inmejorable oportunidad para acercarse a él por primera vez o para releer sus versos desborados y poderosos.

Desde su arranque (Esto sucede ante la hora izquierda en que mi vida, / violenta juventud contra el poder de un príncipe, / llama jauría a la verdad y belleza a los puentes derrumbados) hasta el último verso, que reproduce el epitafio de la tumba de Keats en el cementerio protestante de Roma (Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua), una explosiva sucesión de imágenes ordenadas en el ritmo envolvente y poderoso de sus versos.

Escrito en Roma entre octubre de 1997 y febrero de 1998, acompañado de las ilustraciones del libro de artista Ghetto que el autor realizó a la vez que el poema, en su espacio emerge la sombra de Keats como símbolo de la conciencia irrenunciable del poeta a través de la voz de Juan Carlos Mestre.

El tiempo y la compasión, el amor y la historia, la noche y la palabra arrebatada articulan un intenso y largo monólogo en el que el poeta da voz a las sombras frente al olvido y esgrime la resistencia y la utopía como ética de las derrotas, como épica de la dignidad. Frente a las ruinas de la historia la fuerza resistente de la palabra cuando no importa ya vivir sino la vida, no importa ya morir sino lo humano.


Santos Domínguez


07 noviembre 2016

Frank Kermode. El tiempo de Shakespeare


Frank Kermode.
El tiempo de Shakespeare.
Traducción de Juan Manuel Ibeas.
Debate. Barcelona, 2016.

Debate recupera un espléndido ensayo sobre Shakespeare y su tiempo que publicó en 2005 y que el centenario de la muerte del poeta de Stratford ha vuelto a poner de actualidad.

Pero El tiempo de Shakespeare, de Frank Kermode, es mucho más de lo que anuncia su título. Además de un acercamiento a la época y al contexto histórico, político, social y cultural en el que surge y se desarrolla el teatro isabelino, a la expansión comercial que convirtió a Londres en un centro financiero internacional, es una excelente introducción al teatro de Shakespeare.

En aquel hervidero urbano al que llegó el aspirante a escritor desde Stratford, una de las diversiones favoritas eran las representaciones teatrales, cuya dimensión social y económica es uno de los ejes de este libro. Hay un dato concluyente: en vida de Shakespeare se construyeron nueve teatros en aquella ciudad turbulenta que era ya una de las capitales del mundo.

Con un grado cada vez mayor de complejidad de los espacios teatrales y de profesionalización de las diversas compañías, se fue produciendo una progresiva separación entre la actuación profesional y la mera representación. 

Sólo si se entiende esa profesionalización puede explicarse que Shakespeare escribiera obras tan exigentes como Hamlet Macbeth, tan llenas de matices y monólogos y con un lenguaje dramático tan estilizado.

Pero lo mejor de este estudio, ya lo avisábamos, es el recorrido por la evolución del teatro de Shakespeare, desde su primera época –anterior a la construcción del Globe: desde Tito Andrónico hasta Mucho ruido y pocas nueces. 

Un análisis global y profundo de los textos que atiende al papel del público, al estilo y a los temas o a su intención política y que se centra en la época de plenitud del autor, en su década prodigiosa desde el traslado de la compañía al teatro del Globe, a cuya creación, diseño y estructura se presta también una notable atención.

Ese fue un momento crucial en la obra de Shakespeare, que desarrolla su década más creativa desde Como gustéis hasta La tempestad, pasando por Julio César, Hamlet, Otelo o Macbeth. Cada uno de esos títulos bastaría para considerarlo el clásico de los clásicos, el inventor de lo humano, como decía Harold Bloom.

Santos Domínguez

05 noviembre 2016

Iacyr Anderson Freitas. Estação das clínicas


Iacyr Anderson Freitas.
Estação das clínicas.
Escrituras Editora. Sao Paulo, 2016.

“Iacyr Anderson Freitas es hoy, sin duda alguna, el mayor nombre de su generación y uno de los mayores poetas vivos de la lengua portuguesa”, escribe Luiz Ruffato en 'A via crucis da alma', el prólogo que ha escrito para Estação das clínicas, que es el último libro de este poeta nacido en Minas Gerais, Brasil, en 1963.

Tras Ar de arestas y una larga y reconocida trayectoria poética marcada por la conciencia de la temporalidad, este libro vuelve a transitar un territorio poético que, como señala el prologuista, se levanta con “ritmo esmerado, rimas sutiles, imágenes primorosas, sentimientos sublimes.” 

Organizado en tres partes – pré, in, pós- por las que van apareciendo la madre en su 99 cumpleaños, la enfermedad, la estancia en un hospital, la cirugía de alto riesgo, el suero gota a gota, los drenajes y las desilusiones ópticas, su eje de referencia es la fragilidad de la existencia, la condición precaria de la vida expresada con la precisión lingüística de un poema como este, de la parte central del libro. La traducción es mía:


No leito do quarto 536-A

quando o sono estende sobre ti
o lençol da morte e seu deserto

algo em teu corpo persiste
desperto

desde o mais vasto
ao mais informe



-a vida
meu filho
nunca dorme



En la cama de la habitación 536-A

cuando el sueño extiende sobre ti
el lienzo de la muerte y su desierto

algo en tu cuerpo persiste
despierto

desde lo más amplio
a lo más informe



-la vida 
hijo mío 
nunca duerme


Santos Domínguez