16 junio 2012

Confluencias


Desde Almería llega un brillante proyecto cultural, la editorial Confluencias, fundada por José Jesús Fornieles Alférez, Alfonso Fornieles Ten y Javier Fornieles Ten, que se ha convertido en una realidad deslumbrante y ha puesto en las librerías varias colecciones con el denominador común del cuidado diseño de los volúmenes y de la elección de títulos de calidad.

Conozco dos de las seis colecciones de esta editorial que se cuenta ya entre las más destacables del panorama del libro en español, aunque su vocación es europea y americana.

La Colección Faravelli está dedicada a los cuadernos de viaje del pintor turinés Stefano Faravelli y consta de diez entregas, a cuál más espectacular. La mirada del artista viajero y sus notas sobre El Cairo, Tokyo, Estambul, Delhi, Roma, Toledo, Jenné, Jerusalén, Pekín y Kashgar se recogen en estos volúmenes que reproducen en desplegables de 288 cms. los cuadernos de notas y los asombrosos dibujos, acuarelas y apuntes del natural con los textos originales del italiano y traducciones al español, francés e inglés.



La Colección Hispaniola nace – y de ahí el homenaje colombino que recuerda el nombre del primer fuerte español en las Indias- con la vocación de integrar en ella la literatura y el pensamiento de las dos orillas atlánticas. Y la inaugura un ensayo que se titula como la editorial, Confluencias. Un memorable texto que Lezama Lima escribió en julio de 1968 y publicó en La Habana en 1970. Se rescata exento, corregido y comentado, en edición bilingüe español-francés, con edición de Thomas Barège y prólogo de Enrique Juncosa. Precisamente al maestro cubano se le dedica otra colección que proyecta la publicación de los seis volúmenes de sus Ensayos Completos.

En esa misma Colección Hispaniola el número dos es la segunda edición revisada de los Escritos de VN, que Juan Pedro Quiñonero publicó en 1978 como los escritos literarios de un hermano suicida. Híbrido entre los híbridos, confluyen en sus páginas diversas modalidades genéricas: el diario y el ensayo, el relato de viajes y el artículo periodístico, el escrito filosófico y el texto narrativo o poético.

Es el oportuno rescate de un libro que alcanza su momento más alto en la tercera de las cuatro secciones en que se organiza: el espléndido y apocalíptico Anales del alba, un conjunto de textos inolvidables y proféticos, dotados de una intensidad que no ha mermado el tiempo.

14 junio 2012

Dos novedades de Bartleby

Recaredo Veredas.
Nadar en agua helada.
Bartleby. Madrid, 2012.

Si nadaran en el frio sus manos cansadas, hundidas en brazadas cortas, esquivando la deriva del hielo, las lágrimas volverían al pecho y los estibadores reirían bajo las largas cadenas de las grúas.

Igual que Quevedo sabía nadar el agua fría del olvido y perder el respeto a la ley severa de la muerte, los intensos poemas en prosa de Recaredo Veredas son una respuesta al silencio, una negación rebelde de la destrucción, una entrada en el abismo de las pérdidas y en el vacío de la culpa.

En Nadar en agua helada, que publica Bartleby, la emoción y la intensidad del lenguaje establecen un difícil y admirable equilibrio en unos fragmentos elípticos, sincopados y potentes que son la purga de un corazón desolado por la escarcha y acosado por la lluvia.

Juan Carlos Suñén.
La habitación amarilla.
Bartleby. Madrid, 2012.


Menos visible, piensa el extranjero, es lo real que el manso pasar del árbol, respirar de la piedra; pero no siendo duradero dura más que los hombres miedosos y que la fama visible: desenvuelve un discurso como un reloj, se torna vidrio entre moscas que deseaban ser pájaro, planta su tienda firme entre los doce vientos, descorcha un licor suave.

Juan Carlos Suñén proyecta su mirada meditativa desde La habitación amarilla y mantiene un diálogo constante entre lo interior y lo exterior, entre la memoria y la naturaleza, entre las iluminaciones en la oscuridad y la incertidumbre de las preguntas.

Desde esa habitación amarilla que es también una metáfora del poeta, un diálogo entre la prosa y el verso a lo largo de las cinco partes en las que se distribuyen los cincuenta poemas de este libro cuyo centro es esa habitación amarilla que les da título.


Santos Domínguez

13 junio 2012

Echeve. Plan B


Echeve.
Plan B.
25 actividades gratuitas para tiempos de crisis.
Peripecia editorial. Palencia, 2012.




Casi es de noche. Has tirado la tarde entera y muy pocas hojas. No importa, pues el viaje ha merecido la pena. Te bebes un vaso de agua asomado a la ventana. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que no has ordenado los papeles, pero sí un poquito tus entrañas.

Así se cierra Ordenar papeles viejos, uno de los veinticinco capítulos de Plan B, que Echeve (José María Echeverría Echepare) acaba de publicar en Peripecia editorial.

Esa es una de las 25 actividades gratuitas para tiempos de crisis. Las otras veinticuatro son estas: Jugar con los niños (o como los niños), Sentarse en un banco, Asustar (sólo un poquito) a otros viandantes, Echar de comer a los patos, Dar una vuelta a la manzana, Aprender a esperar, Contar estrellas, Mirar escaparates, Ir a la biblioteca, Pensar qué harías si te tocase la lotería, Sacar fotos sin máquina, Seguir a un desconocido, Confeccionar vestidos de papel, Inventar aniversarios, Arrancar carteles, Hacerse el dormido, Imaginar las películas de la cartelera, Buscar palabras bonitas, Bailar con o sin música, Dibujar raro, Juguetear con las cámaras de seguridad, Componer canciones, Merodear por los hospitales y Planear otras veinticinco cosas que no salgan en esta lista.

Plan B no es un libro de autoayuda, ni un puro divertimento, aunque también, afortunadamente, es esas dos cosas. Es un ejercicio de ironía y de sensibilidad, de imaginación y buen humor, de buena prosa y optimismo.

Un libro más serio de lo que pudiera parecer a primera vista, pero nada cejijunto. Un libro optimista a pesar de todo, en el que se dan la mano ética y estética y se reduce al mínimo la distancia entre el autor y el lector para establecer una complicidad en la que se le abren nuevos horizontes y se le invita a compartir una mirada nueva sobre el mundo.

En eso ha consistido siempre la literatura, en proponer otra manera inédita de ver la realidad, de vernos a nosotros mismos, y en levantar un dique de resistencia frente al asedio de las mareas.

Y eso es también este Plan B –con B de Belleza, con B de Barato-: veinticinco excursiones por un territorio que permite mirar el mundo desde otra perspectiva, porque, como sostiene Echeve en Sacar fotos sin máquina, uno de los mejores capítulos de este libro, todo comienza en la mirada. Para ser un buen fotógrafo debes cultivar un modo propio de contemplar el mundo. Mira. Mira más. Donde nunca has mirado y donde siempre lo has hecho. Aprende a mirar. Mira mejor. Lo pequeño y lo grande, lo próximo y lo lejano, lo sencillo y lo complejo, lo habitual y lo irrepetible, lo evidente y lo oculto, lo pasado y lo futuro, lo que vive, nace o muere, lo que ya no está. Mira. Vuelve a mirar.


Santos Domínguez

11 junio 2012

Gracián. El arte de la prudencia

Baltasar Gracián.
El arte de la prudencia
Edición de Emilio Blanco.
Ariel Quintaesencia. Barcelona, 2012.

Más valen quintaesencias que fárragos, escribió Baltasar Gracián en una síntesis que resume la concentración conceptista.

Y a esa cita se acoge la nueva colección Ariel Quintaesencia, una espléndida serie de compendios dirigidos a un público amplio, un repertorio muy cuidado en su diseño y en la selección de sus títulos, precedidos de prólogos breves y completados con útiles índices onomásticos o temáticos, con cronologías o mapas conceptuales como el que cierra El arte de la prudencia de Gracián en la edición de Emilio Blanco.

Porque la colección Quintaesencia se inaugura –no podía ser de otra manera- con el Oráculo manual o Arte de prudencia de Gracián, una de las cimas de la prosa barroca y del pensamiento aforístico español y universal que contiene agudezas como esta, del epígrafe 205, por la que no pasa el tiempo, a la que cada lector podría poner una cara y un nombre:

Astucia de indignos: oponerse a grandes hombres para ser celebrados por indirecta, cuando no lo merecían de derecho: que no conociéramos a muchos si no hubieran hecho caso de ellos los excelentes contrarios.

O este otro, cuya fuerza está en hablar no de la envidia en abstracto, sino del envidioso sufriente y concreto con el que todos nos hemos cruzado alguna vez. Estaba, hace más de tres siglos y medio, agazapado en estas líneas del aforismo 162:

No muere de una vez el envidioso, sino tantas cuantas vive a voces de aplausos el envidiado, compitiendo la perenidad de la fama del uno con la penalidad del otro. Es inmortal este para sus glorias y aquel para sus penas.

Ese carácter contemporáneo que caracteriza a todos los clásicos lo explica así Emilio Blanco en el prólogo:

Una famosa marca de automoción italiana publicita su monovolumen estrella con una cita del Oráculo manual de Gracián; un conocido banco europeo asentado en España basa sus campañas comerciales en animar a sus clientes a desaprender, como hiciera en su momento el jesuita; políticos y periodistas citan con frecuencia –casi a diario- los aforismos de este aragonés universal, y esmaltan sus escritos y discursos con fragmentos, casi todos, del librito citado, que se vende sin cesar en ediciones, traducciones y adaptaciones modernas.

Un clásico que no ha dejado de crecer desde su primera edición en 1647, un libro in fieri que se ha ido actualizando con cada lector y con cada época, como afirma el prologuista de esta obra del intelectual discreto y profundo que fue Gracián, uno de nuestros mejores prosistas, en trescientos aforismos que resumen su sabiduría prudente y desengañada.

Santos Domínguez

08 junio 2012

Juan Carlos Mestre. La bicicleta del panadero


Juan Carlos Mestre.
La bicicleta del panadero.
Calambur. Madrid, 2012.

Lo que deriva del pórtico es la tradición hebrea que pone en relación dos cosas, escribe Juan Carlos Mestre en Cábala, uno de los poemas que forman parte de La bicicleta del panadero, que acaba de publicar Calambur.

A esa tradición cabalística responde la misma esencia simbólica de la imagen y la metáfora, una clave fundamental de la poesía de Mestre, que también pone en relación dos cosas en este libro: por ejemplo, la bicicleta de su padre, el panadero de Villafranca del Bierzo que llevaba el pan diario a la gente, y la poesía entendida también como artículo de primera necesidad.

Este es un libro torrencial, con varios centenares de textos, una extensión inusual en un libro de poemas. Pero es también, y sobre todo, un libro de intensidad inusual en el que los poemas florecen como manzanos desde la conciencia poética y social de Juan Carlos Mestre, que levanta una muralla de dignidad frente a la injusticia, un muro de resistencia a la humillación, una torre desde la que se denuncian las mentiras del poder.

Monólogo reflexivo o diálogo emocional con el tú del lector, que se funde machadianamente con el yo en la cercanía de una voz oracular que recoge la ceniza de las palabras que caen desde un extraño mundo como copos de nieve, la poesía de Juan Carlos Mestre vuelve a instalarse en un territorio verbal de enorme potencia y de gran carga emocional.

Su ambición imaginativa, su desobediencia reivindicativa, su ruptura con la sintaxis previsible, su alternativa a la semántica convencional hacen de esta poesía una actividad fundacional desde la que se defiende la posibilidad de la utopía. Al alto voltaje poético, simbólico y verbal que contienen los libros del autor, se suma aquí un torrente circulatorio que se alimenta de lo más hondo de la experiencia y de la memoria, del conocimiento del dolor y de la reivindicación de la felicidad.


Yo es otro, escribió Rimbaud cuando colocaba una de las piedras maestras de la conciencia contemporánea. Y aquí también el poeta se proyecta en un sujeto múltiple (el dudoso o el carpintero, el sastre melancólico o el desconsolado en su equinoccio) para revelar lo invisible – como sus maestros Lautreamont, Pérez Estrada, Gamoneda o Lezama Lima- a través de la luz de la palabra, para hacer del lenguaje no sólo un fuego que ilumine la noche de la tribu, sino también una vía de conocimiento del mundo desde la oscuridad y la intemperie, desde las raíces últimas de la sangre.

Ética y verdad, poesía que es a la vez sublevación civil y estética, defensa de la desobediencia y la creatividad, de la insumisión verbal y la libertad imaginativa.

Frente al espanto del silencio cómplice o cobarde, he aquí un testigo: uno de los alucinados hijos de Orfeo que evoca en estas páginas el hijo del panadero de Villafranca del Bierzo, una de las voces verdaderas e imprescindibles de la poesía española actual.

Santos Domínguez

06 junio 2012

Mainer en Menoscuarto


José-Carlos Mainer.
La escritura desatada.
El mundo de las novelas.
Menoscuarto. Palencia 2012.

Menoscuarto publica la tercera edición, corregida y aumentada, de La escritura desatada, un ensayo bajo cuyo título cervantino se articulan siete aproximaciones a la teoría, la práctica y la historia del género narrativo a través de su forma fundamental –la novela- y de las relaciones con otros subgéneros y modalidades del relato.

Pensado para el lector asiduo y para el estudiante universitario, este ensayo del profesor Mainer constituye, como toda la crítica que de verdad importa, una invitación a la lectura. Lo explica así el autor:

Se trata de un ensayo de divulgación dirigido al lector asiduo de novelas y también al estudiante universitario de literatura. Se parece más a una historia literaria de la narración que a una teoría de la novela; y también tiene algo –sin haberlo buscado expresamente- de un elenco de novelas (y también de textos críticos) que me parecen memorables. Es una muestra más del entusiasmo por algo y, en todo caso, es una buena manera de hacerlo contagioso.

Por eso, este ensayo no es un mero análisis del género y de su evolución histórica y técnica: propone también un recorrido por un canon narrativo abierto en el que caben desde el Quijote a Todas las almas, desde Los tres mosqueteros a Faulkner, porque el género novelístico es esencialmente proteico, un cajón de sastre en el que cabe incluso un libro tan inclasificable como la Antología de Spoon River, un libro de poesía que puede ser leído también como un mosaico narrativo.

Además de una amplia bibliografía comentada de cada uno de los siete capítulos del libro, tres utilísimos índices analíticos - de autores, obras y conceptos- permiten la utilización de este espléndido ensayo como un manual de consulta rápida sobre la novela y su mundo.

Santos Domínguez
 

04 junio 2012

Edith Wharton. Criticar ficción

Edith Wharton.
Criticar ficción.
Traducción y prólogo de 
Amelia Pérez de Villar.
Páginas de Espuma. Madrid, 2012.

A medio camino entre el ensayo literario y el manual de escritura creativa, Criticar ficción reúne una significativa colección de textos de crítica literaria escritos por Edith Wharton en una época especialmente agitada para la literatura, cuando se fraguaban una serie de novedades que acabarían con la novela decimonónica y fundarían la narrativa contemporánea.

Es una crítica hecha desde dentro, desde la óptica doble de la creadora que conoce las claves de la escritura y es además una lectora perspicaz que declara su admiración por Tolstói o denuncia que el novelista deja de ser artista en el momento en que pliega a sus personajes a las exigencias de una tesis.

Alejada de las fórmulas académicas, de las erudiciones estériles y los prejuicios literarios, Edith Wharton hace en estos artículos una crítica mordaz de la crítica de su época para combinar lectura y escritura y prestar atención a la ebullición literaria que detectó a la vez que certificaba el final de un naturalismo puramente documental en el que el novelista cambió su facultad creativa por una Kodak.

El papel del lector, las cartas de Henry James, la narrativa de Proust o los escritos en los que reflexiona sobre sí misma y sobre su propia obra son algunos de los centros de interés en los que se fijó la inteligencia aguda de quien estaba convencida de que leer debe ser un acto tan creativo como escribir.

Estos artículos, traducidos y prologados por Amelia Pérez de Villar en Páginas de Espuma, son una demostración inapelable de esa convicción de Edith Wharton, una muestra de cómo su capacidad analítica fundió magistralmente esas dos actividades.


Santos Domínguez

01 junio 2012

Emily Dickinson. El viento comenzó a mecer la hierba



Emily Dickinson.
El viento comenzó a mecer la hierba.
Ilustraciones de Kike de la Rubia.
Traducción de Enrique Goicolea.
Nórdica Libros. Madrid, 2012.


Just before the whistles sounded for six. Justo antes de que dieran las seis del día 15 de mayo de 1886 moría Emily Dickinson de una forma tan secreta, tan callada como su vida y su obra.

Recluida en la casa del padre en Amherst, Massachusetts, Emily Dickinson (1830-1886), tan extraña y opaca como su poesía, se aisló del mundo en una clausura progresiva como la ceguera que sufrió en sus últimos años.

Desde 1861, se había parapetado detrás de lo que ella misma llamaba mi blanca elección. A partir de entonces llevó un luto particular de color blanco. Se recluyó tras los muros íntimos de la casa familiar, ajena a la atmósfera asfixiante de una ciudad pequeña.

Entre el entusiasmo creativo y las horas de plomo, Emily Dickinson quiso hacer de la poesía una casa embrujada semejante a la naturaleza. Y a la vez que ese aislamiento iba creciendo y la convertía en una isla en alta mar, escribía una poesía que se mueve entre la exaltación y el desánimo. Hasta que murió en esa mítica penumbra en 1886, casi nadie la vio y de ella sólo se conserva esa diáfana imagen de una blanca mariposa de la luz.

Su personalidad escindida entre el encierro físico y la huida espiritual proyectó en su obra las renuncias y los desengaños, las sublimaciones y las represiones de un ambiente puritano y calvinista como el de la Nueva Inglaterra de la que procedían los Dickinson.

Entre la distante frialdad y la emoción contenida y expresada con una inusual intensidad verbal, con una constante ambigüedad, con una enigmática retórica de la elipsis y el silencio y una radical concentración expresiva que satura de sentido las palabras, la poesía fue la vía de escape de su personalidad atormentada, la forma de expresión de su mundo ensimismado y ciclotímico en el que la muerte es a la vez liberación y aniquilación.

La de Emily Dickinson es una poesía del pensamiento que indaga en lo inconcebible, una exploración en los límites del conocimiento. Por eso uno de sus núcleos temáticos es el de la muerte. Además de un problema existencial, la muerte fue para ella un reto epistemológico y el tema central de su peculiar poesía, siempre fuera del tiempo y del espacio. La forma de afrontar ese tema es un tanteo en las sombras y en el vacío, una indagación a ciegas en el misterio, un viaje intelectual o emotivo hacia el enigma en el que entró aquel 15 de mayo de su muerte.

Dejaba sin revisar, sin ordenar ni fechar 1.775 poemas de una rara e inquietante belleza, de una insondable tristeza, con un agudo sentimiento de la naturaleza y un ensimismamiento que le permite expresarse con enorme independencia estilística. Solo cinco de esos poemas los había publicado en vida y el resto fue saliendo a la luz desde 1890.

Nórdica acaba de publicar una espléndida edición bilingüe de veintisiete poemas de Emily Dickinson, traducida por Enrique Goicolea e ilustrada por Kike de la Rubia. El viento comenzó a mecer la hierba es el título de esta antología potente y delicada a un tiempo, como la poesía de su autora. Pese a ese carácter secreto y privado de su poesía, pese al conocimiento tardío y al aún más tardío reconocimiento de su obra, su influencia es comparable a la de Baudelaire, Hölderlin, Withman o Rimbaud.

Los más sublimes y profundos poemas que se escribieron en un siglo tan aparatoso, tremendista y sobreactuado como el XIX fueron escritos en la pequeña ciudad norteamericana de Amherst por una de las más sigilosas y solitarias mujeres de las que haya quedado noticia, escribe Juan Marqués en el texto que presenta el volumen.

Poesía tan hermética como el mundo pequeño en el que se encerró su autora, retirada de la vida y confinada en los límites de su cuarto y un jardín que veía desde la ventana, con una discreta rebeldía ante la sociedad puritana de la que fue no sólo víctima, sino una de sus flores más pálidas y tristes.

Juan Ramón Jiménez, que desconociá el inglés y tradujo tres poemas de Emily Dickinson en los Recuerdos de América del Este del Diario de un poeta recién casado, no estuvo demasiado fino cuando la definió como una Santa Teresa laica presumida y coqueta de alma.

Luego matizó aquella simpleza y dijo algo mucho más cercano a la realidad: que era una mujer en gracia cuya influencia marca el desarrollo de la poesía americana más moderna, alguien capaz de condensar su universo poético y vital en estas dos estrofas:

Como si el mar se retirara
y mostrara un mar más lejano;
y ese, otro aún más lejano;
y el tercero no fuera sino la conjetura

de series de mares
no visitados por las costas;
y estos mismos, el borde de otros mares.
Esto es la Eternidad.

Santos Domínguez

30 mayo 2012

Baroja. Nueve novelas y un prólogo


Pío Baroja.
Nueve novelas y un prólogo.
Edición de Juan María Marín Martínez
y Francisco Muñoz Marquina.
Cátedra AVREA. Madrid, 2012.

Cátedra AVREA publica, en una cuidada edición preparada por Juan María Marín Martínez y Francisco Muñoz Marquina, nueve novelas esenciales de la producción barojiana: Silvestre Paradox, Camino de perfección, la trilogía La lucha por la vida, Zalacaín el aventurero, César o nada, Las inquietudes de Shanti Andía y El árbol de la ciencia, además del Prólogo casi doctrinal sobre la novela.

Nueve novelas escritas entre 1901 y 1911, los diez años más intensos de la escritura de Baroja, en los que el novelista hizo del pensamiento de Schopenhauer el cimiento ideológico de su escritura y el fondo sentimental pesimista que recorre su obra.

Desde los tanteos iniciales en busca de una voz propia, con la autobiografía generacional de Camino de perfección, Baroja logró el dominio de un mundo novelístico consolidado en La lucha por la vida y de ahí llegó a la plenitud de sus mejores novelas, las que escribió entre 1908 y 1912, dueño ya de un universo narrativo inconfundible sobre la voluntad y el dolor de la existencia, sobre la inacción y el mundo como realidad caótica, sobre la inadaptación y la marginalidad, con una voz personal que se mueve entre el tono humilde y el desabrimiento, entre la distancia del espectador o el juicio implacable del autor que irrumpe en la novela.

Y es que –como escribió Ortega- a nada se parece tanto un libro de Baroja como a un objeto arrojadizo.

Baroja escribió novelas egocéntricas, sin un diseño cerrado ni un plan que organice el relato –yo escribo mis libros sin plan; si hiciera un plan no llegaría al fin-, con frecuentes irrupciones de personajes secundarios o acciones marginales, con comentarios y reflexiones que interrumpen la narración, porque componía las novelas como el que va por el camino distraído, mirando este árbol, aquel arroyo y sin pensar demasiado a dónde va.

Sobre esa ausencia de plan triunfan la fuerza de los hechos, la agilidad narrativa, la capacidad descriptiva y la rapidez en la caracterización de los personajes secundarios o los protagonistas abúlicos, activos o contemplativos en los que Baroja proyectó su autobiografía o sus posiciones ideológicas.

Todas esas características seguramente hubieran sido incompatibles en su obra con un estilo más trabajado, porque la suya es una retórica del tono menor, alejada de la grandilocuencia y en busca de la precisión del párrafo corto y la viveza del diálogo.

Construido ya ese potente mundo literario barojiano, su autor entró en una lenta y sostenida decadencia a la sombra de Nietzsche y de Aviraneta. Desde 1913, Baroja fue aislándose de la sociedad civil y de su entorno literario y cultural. Probablemente empezó a darse cuenta de que llegaba una nueva época a la que ya no pertenecía ni por edad ni por lecturas ni por talante personal. Baroja se fue anquilosando literariamente y aunque siguió escribiendo novelas como las de la serie Memorias de un hombre de acción, agradables de leer, divertidas incluso, trepidantes en su acción, su desfase técnico es cada vez más evidente.

Desde ese momento, lo mejor que escribe Baroja ya no pertenece al territorio de la narrativa, sino al de las memorias con los siete tomos que agrupó en el ciclo autobiográfico Desde la última vuelta del camino.

De esa lenta y prolongada decadencia de quien fue el mejor novelista español de la primera mitad del siglo XX da muestras el Prólogo casi doctrinal sobre la novela con el que Baroja replicó a las Ideas sobre la novela de Ortega y Gasset, primero desde la Revista de Occidente y luego como prólogo de La nave de los locos en 1925.

Con  ese prólogo, tan crítico con la novela contemporánea, Baroja se convertía en el último novelista del XIX. Por eso, transcurrido más de un siglo, son estas novelas de su primera etapa las que han ido fijando la memoria y el gusto del lector como el canon de la novelística barojiana. 

Santos Domínguez

28 mayo 2012

Cristina Peri Rossi. Habitaciones privadas

Cristina Peri Rossi.
Habitaciones privadas.
Menoscuarto. Palencia, 2012.



Cristina Peri Rossi, la polifacética escritora uruguaya, ganó con este libro el Premio NH-Mario Vargas Llosa de Relato en 2010. Casi dos años después, la editorial Menoscuarto publica este breve volumen compuesto por diez relatos cortos de gran intensidad narrativa.

Desde la propia portada, una fotografía de una puerta entreabierta, se nos invita a entrar en las habitaciones privadas de cada protagonista y vislumbrar en su interior aun a riesgo de darnos de bruces con la cara más desoladora de nuestro tiempo.

Al recorrer los espacios cerrados que enmarcan cada cuento, estamos haciendo una ruta por sórdidos escenarios que representan diferentes parcelas del mundo actual: un club de carretera, una prisión, un plató de televisión, la habitación de un psiquiátrico, un apartamento en la playa... y todos emanan un aroma a cutrez y soledad que traspasa las paredes de cada estancia e impregna con su tufillo inmisericorde las almas de aquellos que los habitan.

El humor incisivo se mezcla con la crítica mordaz y envuelve a los personajes en un aura descolorida que los disfraza de pantomimas en esta tragicomedia global que es la existencia. Así ocurre, por ejemplo, con la protagonista de Se busca, una profesora enamorada de la empleada de una línea telefónica de la que solo conoce su voz y algunos datos de su vida personal; para encontrarla acude a un programa de televisión que la usa como un títere en manos del morbo y la indignidad para entretener a la audiencia. En Lección de zoología un respetado profesor universitario se deja llevar por sus más bajos instintos primarios hasta el punto de animalizarse, y en Como la chistera de un mago y En terapia psiquiatras y psicólogos se convierten en ridículos fantoches que tratan de esclarecer comportamientos mediante complicados ejercicios de tergiversación.

Con esta obra, Cristina Peri Rossi ha abierto una puerta a la reflexión y hace un llamamiento a los lectores para que reflexionemos sobre nuestra capacidad de empatía y compasión.

Pasen y vean.

Alba Pavón