15 octubre 2011

Pitol. Una autobiografía soterrada

Sergio Pitol.
Una autobiografía soterrada.
Anagrama. Barcelona, 2011.

Con cinco textos que están a medio camino entre el diario, el ensayo y el relato, y una conversación con Carlos Monsiváis construye Sergio Pitol Una autobiografía soterrada, que acaba de publicar Anagrama. Subtitulado Ampliaciones, rectificaciones y desacralizaciones, es el último libro de Sergio Pitol, que cierra con él una prolongada trayectoria literaria que a lo largo de medio siglo ha dejado obras memorables como El arte de la fuga o El mago de Viena.

Y de memoria y literatura trata fundamentalmente esta autobiografía que es también una reflexión lúcida sobre la técnica del cuento, una evocación de sus lecturas formativas y sus experiencias personales, de sus viajes y sus recuerdos, de su evolución literaria de su admiración por Chejov (el mejor escritor de Rusia) o por Borges, que inventó una literatura propia. Una iluminación potente sobre su vida y su literatura y una serie de reflexiones a las que el lector asiste como un testigo privilegiado. Esta autobiografía soterrada es el testamento vital y literario de Pitol, que deja aquí cláusulas como esta: Escribir ha sido para mí (...) dejar un testimonio personal de la mutación constante del mundo.

Santos Domínguez


12 octubre 2011

Miss Zilphia Gant



William Faulkner.
Miss Zilphia Gant.
Traducción de Juan Sebastián Cárdenas.
Nórdica Libros. Madrid, 2011.


En su colección Minilecturas -"Grandes relatos de la literatura universal para leer en el tiempo que dura una película de cine y al precio de una entrada"- Nórdica Libros publica, con una impecable traducción de Juan Sebastián Cárdenas, Miss Zilphia Gant, un relato espléndido, una obra nada menor que Faulkner escribió en 1928 o 1929, en la misma época de dos de sus novelas mayores, El ruido y la furia y Mientras agonizo.

Faulkner había creado ya un mundo narrativo propio, había fundado el condado de Yoknapatawpha, el territorio literario en el que sitúa la mayor parte de su obra, y sobre todo estaba encontrando el tono personal y el fraseo característico de su escritura nocturna.

Y todos esos ingredientes están funcionando, con la intensidad de un concentrado, en Miss Zilphia Gant, la historia de dos mujeres en medio de la nada, en un paisaje de desolación, en una zona remota de un condado remoto.

Es el paisaje del Sur, que Faulkner amaba y odiaba a un tiempo, y el inhóspito paisaje moral del puritanismo estricto, de la austeridad sin concesiones en una historia doblemente opresiva de soledad y violencia, de represiones y claustrofobia, en un relato protagonizado por dos mujeres (la señora Gant y su hija Miss Zilphia Gant) abandonadas por sus maridos y atrapadas en el círculo vicioso de la virtud y en el eterno retorno de un tiempo circular que vuelve como una maldición bíblica.

Un relato imprescindible para entender el universo literario de Faulkner.

Santos Domínguez

11 octubre 2011

Escritores



Salvador Gutiérrez Solís.
Escritores.
Narrativas del olivo azul. Córdoba, 2011.

Con un pie en la realidad y otro en la ficción, con una sostenida complicidad con el lector, los diecisiete relatos que Salvador Gutiérrez Solís ha reunido en Escritores, que publica Narrativas del olivo azul, son un muestrario de diecisiete situaciones ambientadas en la literatura y en sus alrededores.

Diecisiete relatos irónicos que resumen formas diferentes de afrontar la vida y la literatura: un poeta que pasa de ser vigilante nocturno a detective vocacional, otro poeta en excedencia, cínico y venal, el autor de una única novela, que un día deja de fumar y se embarca en un viaje para escritores, la fauna de las agencias literarias, un torero -de salón- miope que fracasa con su primera becerra y triunfa como escritor, un cocinero de fama transformado en novelista, un poeta maldito que practica la poesía intransitiva del silencio, el periodista asombrado en la Sevilla del año 20, un poeta rapero, un crítico-antólogo famoso por haber descubierto el cráneo de Lorca y las herraduras de Platero, un escritor de carteles o el novelista caníbal mexicano que practica un amor devorador.

Con la soltura narrativa de Gutiérrez Solís, el humor y la crítica recorren las páginas de estos relatos, que completan un retablo entre divertido y patético de figurantes y figurones, de zumbados y vanidosos que deambulan por los suburbios menos presentables del mundillo literario.

Santos Domínguez

10 octubre 2011

Vian. Escritos de jazz


Boris Vian.
Escritos de jazz.
Traducción de Palmira Feixas.
BackList Contemporáneos. Barcelona, 2011.


Como los caminos del Señor, por decirlo de algún modo, son inescrutables, en general apenas se conocen los motivos que pueden llevar a un ser humano a convertir-se en crítico de jazz. Por esta razón, no trataré de ahon-dar en ellos aquí; dicho esto, intentaré hacer una esti-mación.

Así comenzaba Boris Vian su irónico artículo "El crítico de jazz", en el número 3 de Jazz News, en marzo de 1949. Y enumeraba a continuación estas razones para convertirse en crítico de jazz:

a) por azar;
b) para fastidiar a Delaunay;
c) para fastidiar a Panassié;
d) para ganar dinero (sólo en América);
e) porque no le gusta el jazz;
f) porque Eddie Barclay le ha pedido un artículo (que no le pagará, naturalmente, aunque dé prestigio);
g) porque toca en una orquesta de la que nadie habla nunca, y hace falta que alguien hable de ella;
h) para tener una tarjeta de visita y conseguir discos por la cara;
i) porque un amigo le ha pedido que escriba su bio-grafía porque no se atreve a escribirla él (así que se la dicta);
j) porque un loco ha tenido la idea de montar una re-vista de jazz, y le conoce de vista;
k) porque Mezzrow le ha dado una opinión que le pa-rece pertinente sobre un montón de discos;
1) porque acaba de salir del conservatorio (aunque no tiene nada que ver);
m) porque a todo el mundo le importa un c... el jazz, así que se puede escribir sobre jazz sin consecuencias;
n) porque se imagina que puede llegar a ser un buen crítico de jazz;
o) porque quiere tener las revistas de jazz a mano (vaya tontería; basta con sisarlas cuando no miran);
pj porque posee todos los discos de Charlie Kunz;
qj porque se llama FrankTénot o Sylvaine Pécheral;
r) porque es la vida, ya ves...
s) porque habla inglés y se dice: voy a entrevistar a Ellington;
t) porque se dice que así aprenderá inglés;
u) por tradición, de padre a hijo y de tal palo tal astilla;
v) porque no hay ninguna razón para que cualquiera sea crítico de jazz.

Con ese artículo se abre la edición que acaba de publicar BackList de los Escritos de jazz, de Boris Vian (1920- 1959), uno de los escritores más provocadores de la posguerra francesa. Escritor polifacético y cruel, cantante patafísico y dramaturgo procaz y antimilitarista, músico de jazz y periodista, autor de una obra amplia y polémica, un autor que vivió y escribió al límite y practicó la subversión como forma de vida y de escritura.

Vian, escritor y trompetista, tuvo una intensa relación con el jazz, una música que oyó e interpretó y en la que vio una raíz rebelde y un potencial de protesta (prohibid el jazz y habréis matado de cuajo todos los gérmenes de la rebelión social.)

El resultado de esa relación fueron los artículos que publicó -con su nombre y con diversos seudónimos- en la revista Jazz News, de la que fue redactor jefe desde noviembre de 1949: críticas de discos y conciertos de Miles Davis, Charlie Parker, Duke Ellington, Dizzie Gillespie, Louis Armstrong...

En ellos expresa una admiración sin límites por Miles Davis (es imposible tocar de modo más distendido), del que elogió su fraseo asombroso y un sentido de la estructura rítmica sensacional.

Esa impresión, que Vian había tenido oyendo las grabaciones, se confirmó en el directo de los conciertos: cada día de la semana tocó mejor que el anterior, aunque el lunes la cosa ya fue sensacional.

Y elogia a Charlie Bird Parker, que llegó al escenario con el ojo vidrioso como un zombi ..., y luego, el diluvio. Nos quedamos sin aliento, aturdidos, babeando.

O a Duke Ellington, que jamás ha tocado su instrumento tan bien. Su instrumento, es decir, su orquesta, una maravillosa maquinaria con la que Duke se adentra en el terreno del swing y de la perfección en la ejecución. Un señor que es capaz de pensar por veinte, el emperador del jazz de todos los tiempos.

O a Louis Armstrong, que hace exactamente lo que cabe esperar de un hombre al que agotan imponiéndole conciertos por toda Europa: toca bien, sólo se entrega a fondo muy de vez en cuando, aunque su ataque sigue siendo igual de nítido, su sonoridad igual de pura.

Pero Vian, a la vez que elogia a otros músicos como Lester Young (un grandísimo solista), escribe también de los que tienen un mal día o de los horrores de un festival de risa.

Y utiliza mucho humor, hace mucha parodia, proyecta mucha ironía en estos textos: Creo firmemente que Duke Ellington, Hines y los otros han plagiado a Chopin, ya que emplean más o menos las mismas notas del piano.

No manipularemos ninguna de las informaciones que nos hagan llegar. Si leemos en Paris –Match que Louis Armstrong lleva calzoncillos de flores y que le gustan los pañuelos de colres, lo reproduciremos tal y como lo hayamos leído, y si no es verdad, mucho mejor. Abajo el jazz, que es una música de degenerados, y arriba las marchas militares patrias: alta sociedad y todo lo demás, escribe en el sarcástico "¿Por qué detestamos el jazz?"

Y, quizá lo mejor del volumen, los textos canónicos que Vian escribió para La colección Phillips, la discográfica de la que fue director artístico. Entre ellos, los textos de los libro-discos Jazz pour tous y la imprescindible Historia abreviada del jazz. Un índice onomástico y sobre todo el Playlist que cierra el volumen y que contiene el canon jazzístico de Vian hacen de este libro un título de obligada consulta y de gozosa lectura.

¡Que pare la música!, gritaba la amiga de Vian que le acompañaba cuando sufrió un infarto en el cine donde proyectaban una adaptación de su Escupiré sobre vuestra tumba. Murió poco después, el 23 de junio de 1959, sin haber oído Kind of Blue, que Miles Davis y John Coltrane, entre otros genios, habían grabado pocos meses antes.


Santos Domínguez

07 octubre 2011

Deshielo a mediodía


Tomas Tranströmer.
Deshielo a mediodía.
Traducción de Roberto Mascaró.
Nórdica. Madrid, 2011.

Deshielo a mediodía se titula la antología de Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931) que publica Nórdica en edición bilingüe con traducción de Roberto Mascaró.

Deshielo a mediodía es un poema que forma parte de El cielo a medio hacer, que fue el título elegido para la selección que editó también Nórdica el año pasado.

Complementarias entre sí, se reúnen en estas dos antologías cincuenta años de escritura de uno de los referentes vivos de la poesía europea y reciente Premio Nobel de Literatura. Desde su primer libro, 17 poemas (1954), hasta los haikus de El gran enigma (2004), Tranströmer ha ido sometiendo a su obra a un riguroso proceso de depuración y de interiorización sobre un fondo crecientemente elegiaco.

Por encima de esa evolución, estos dos volúmenes permiten apreciar la coherencia del mundo poético de Tranströmer, construido sobre una serie de temas constantes y de potentes imágenes: la naturaleza animada y el silencio, el tiempo y las estaciones, la música y la mirada sobre el paisaje, los bosques y la ciudad, la memoria que une a los vivos y a los muertos.

La poesía de Tranströmer cimenta su unidad en una tensión permanente de tendencias contradictorias que completan un panorama de desgarramientos y contradicciones. Esa tensión estaba ya en uno de sus primeros libros (Secretos en el camino) y en el final visionario de uno de sus mejores textos, Izmir a las tres:

Cuando las tres de la tarde fueron pisoteadas bajo cascos
y la oscuridad palpitaba en la pared de la luz,
la ciudad se arrastraba a las puertas del mar

y relucía en el prismático del buitre.

Es una poesía intermedia entre la esperanza y la desolación, entre la voluntad de vuelo hacia la nube y el ímpetu minero de ahondar en lo subterráneo, entre las alas y las raíces:

El amanuense está a medio camino en su imagen,
y allí va él, a la vez topo y águila.

El humo, con su doble simbología terrestre y aérea, se convierte así en una de las metáforas persistentes en estos poemas, que presentan un mundo solitario entre la noche y el amanecer y expresan la contradicción del sol alto sobre el hielo, el contraste de los espacios abiertos y cerrados, de la luz y la sombra, la distancia entre quienes están fuera y quienes están dentro, desde un espacio intermedio que salva la mirada entre los túneles y los astros:

Miramos hacia arriba: el cielo estrellado a través de la reja de la alcantarilla.

Santos Domínguez

05 octubre 2011

Benet. Ensayos de incertidumbre


Juan Benet.
Ensayos de incertidumbre.
Edición de Ignacio Echevarría.
Lumen. Barcelona, 2011.

Yo creo que son la misma obra, decía Juan Benet cuando se le preguntaba por la relación entre sus ensayos y sus textos narrativos. Lo recuerda Ignacio Echevarría en el prólogo que ha escrito para presentar la cuidada antología de los ensayos literarios de Juan Benet posteriores a La inspiración y el estilo.

Ordenados cronológicamente, estos Ensayos de incertidumbre que acaba de publicar Lumen son una selección representativa de los temas y las preocupaciones teóricas de un novelista fundamental en la literatura española de los últimos cincuenta años.

Un novelista que desarrolló su obra narrativa a la vez que indagaba en la técnica literaria con inusual capacidad analítica, con voluntad polémica, con curiosidad intelectual e ironía, con una agudeza crítica y una lucidez que hunden sus raíces en el escepticismo y la incertidumbre, una actitud que caracteriza a Benet en sus ensayos y que justifica el título elegido para la selección.

Y es que, como señala Ignacio Echevarría, “la incertidumbre es el territorio en el que Benet se adentra sin pretensiones de alcanzar la verdad, pero sin renunciar por ello a tener razón.” Por eso uno de los lugares centrales de esta selección es el ensayo Incertidumbre, memoria, fatalidad y temor.

En estos ensayos y artículos está el mejor autorretrato personal de Benet y de su mundo literario: la épica y la lírica, la metáfora y la hipérbole de su Ética, noética, poética; un agudo análisis del Rey Lear en Cordelia Khan; un elogio de la nueva novela hispanoamericana (Carpentier, Rulfo, Vargas Llosa y García Márquez) en De Canudos a Macondo; la famosa carta abierta a Pedro Altares sobre su desinterés por la novela galdosiana; el divorcio de la narrativa de Joyce; la difícil relación con los editores; la crítica de la crítica; la pobreza novelística de la posguerra y el “bajorrealismo”; un espléndido análisis del punto de vista en ¿Se sentó la Duquesa a la derecha de Don Quijote?; una reflexión sobre el arte narrativo a partir de Thomas Mann; un examen diferenciado de la técnica del argumento y la estampa como "formas extremas de composición” en Onda y corpúsculo en el Qujote o un irónico repaso crítico de la novela española en Pan y chocolate, un artículo tan divertido como imprescindible.

Las páginas de estos Ensayos de incertidumbre contienen una sostenida reflexión sobre la teoría y la práctica de la literatura desde la doble perspectiva del escritor Benet, que reconoce en ellos su deuda como novelista con Cervantes, Conrad, Proust o Mann; y del Benet lector, que aparece con frecuencia en estas páginas y no evita la descalificación de Virginia Woolf - “su obra, aburrida y carente de interés, está bien para quien le guste mucho tomar el té a las cinco de la tarde, pero si alguien quiere regodearse en una obra literaria para sacar un buen pensamiento no le dejará más que hambre... Lo más meritorio de Virginia Woolf fue su muerte, una muerte heroica, eso sí.”-; su distancia de Joyce -“nadie ha leído su Finnegan’s Wake, que es intraducible y nada produce (como no sea quinientas tesis en las universidades norteamericanas); es una obra, como le dijo Wells, que sólo le había divertido y le divertiría a él.”- y su cercanía a Kafka: “al leerlo se me abrió el mundo.”

En esa declaración de afinidades, Faulkner aparece como una referencia constante, como un faro literario. A él le dedica uno de sus mejores ensayos, Una vida con Faulkner: “el escritor que más he admirado, el que más he leído, es una constante en mi vida, me ha influido como el cielo que me ha visto nacer o como el mismo lenguaje.”

En Una época troyana, otro texto imprescindible, escribe Benet estas líneas que son una declaración de principios y un programa intelectual, una forma de estar en el mundo y de mirarlo desde una óptica narrativa:

“La cualidad más decisiva para formar al creador, sobre todo en literatura (y que Shakespeare poseía en grado sumo), era una “capacidad negativa”, esto es, aquello que permite a un hombre sostenerse sobre la incertidumbre, las dudas y los misterios sin una irritable apoyatura en los hechos o en la razón.”

En el apéndice – Opiniones impertinentes- se recoge un buen número de pasajes de entrevistas en las que Benet practica la impertinencia o la provocación en sus ideas literarias sobre la novela y el compromiso, sobre la crítica y los lectores, sobre los editores o el estilo.

Se completa así una síntesis panorámica que en pocos párrafos insiste en las ideas que había ido perfilando entre Puerta de tierra (1970) y La construcción de la torre de Babel (1990) y que son el soporte teórico en el que se cimenta su renovadora obra narrativa.

Santos Domínguez

04 octubre 2011

Ilíada. Cantos I y II


Homero.
Ilíada.
Cantos I y II.

Edición y traducción de Luis Alberto de Cuenca.
Ilustraciones de John Flaxman.
Reino de Cordelia. Madrid, 2011.


En la colección Los versos de Cordelia, que llega ya a su octava entrega con este libro, aparece una cuidadísima edición de los dos primeros cantos de la Iliada con las traducciones que Luis Alberto de Cuenca publicó en los años ochenta y noventa en la revista Poesía.

Revisadas y presentadas por un prólogo espléndido escrito para esta nueva edición, las versiones de los memorables textos de Homero van acompañadas por las no menos memorables ilustraciones, de línea clara y refinado neoclasicismo, que John Flaxman dibujó en Roma a finales del XVIII.

Alguien tan alejado aparentemente de Homero como Raymond Queneau escribió que toda gran obra literaria era La Iliada o La Odisea, es decir, narraba la vida como batalla o como viaje.

La Iliada es el prototipo del primero de esos modelos narrativos. Situada en el décimo año de la guerra de Troya, en la que aqueos, argivos y dánaos formaban una alianza para rescatar a Helena, cuenta el episodio de la cólera de Aquiles, sus causas y sus consecuencias. Una sucesión de hechos bélicos y escaramuzas, de idas y venidas de dioses y hombres, de un efecto mariposa que llega hasta el Olimpo e implica a Zeus, a Hefestos, a Hermes, a Afrodita.

Los héroes aqueos que cercaban Troya o retrocedían hasta sus naves ante el contraataque de los asediados, los jactanciosos Paris y Héctor, o las viudas troyanas no sabían que eran piezas movidas por los dioses, que obedecían un plan trazado por Zeus, que ignoraba que él a su vez no era más que una de las piezas movidas por Homero:

Canta, diosa, la cólera de Aquiles el Pelida, la que, funesta, trajo dolor innumerable a los aqueos y sepultó en el Hades tantas fieras almas de héroes, a quienes hizo presa de perros y de todas las aves -la voluntad de Zeus se cumplía- a partir del instante en que por vez primera se enemistaron disputando el Atrida, rey de hombres, y Aquiles el divino.

Bajo las altas murallas de una de las nueve Troyas que descubrió Schliemann, la musa homérica sigue cantando la cólera de Aquiles, de pies ligeros, el poder de Agamenón, el rey micénico, señor de guerreros, la astucia de Odiseo, el de las muchas tretas, la armadura de bronce de Ayante, la muerte de Patroclo, los funerales de Héctor, domador de caballos, la belleza de Helena, las amenazantes naves aqueas, las piras funerarias, los caballos, los cinco círculos del escudo de Aquiles, que encierran la ambigua relación del hombre con la violencia, que -lo escribió también Wallace Stevens hace cincuenta años- habita en el corazón, muy cerca de donde habita el amor.

No todo está en estos dos primeros cantos, que son sin embargo una inmejorable forma de entrar en el fragor de la batalla, en la que Homero exaltó a los héroes y rebajó a los dioses para que unos y otros compartieran el campo y las heridas, los rencores y las venganzas. Lo resume así Luis Alberto de Cuenca en su introducción:

Homero nos introduce en un mundo muy especial reservado a los héroes, un mundo en el que los sentimientos básicos del ser humano —el amor, la amistad, el odio, el coraje, la venganza, el honor, el dolor, la fidelidad, la traición, etc.— se dirían recién creados, y ello en razón a la frescura y grandeza con que aparecen en cada personaje.

Quizá fue aquí donde se creó la inevitable y penosa tradición de que la guerra la cuentan los vencedores.

Santos Domínguez