02 noviembre 2009

Las tertulias del Imperial


José Cardona, El Persa.
El mar en una botella.
Las tertulias del Imperial.
Breviarios de Rey Lear. Madrid, 2009.


Con El mar en una botella, una colección de cinco relatos que publica Rey Lear en su colección Breviarios, inicia su trayectoria literaria José Cardona, El Persa (Valencia, 1943).

Dibujante de historietas y autor de recortables, en estos textos se superponen la mirada del artista gráfico y la del contador de historias que mezcla ficción y realidad, imaginación y sarcasmo, horror y humor.

Las cinco narraciones van precedidas de un texto inicial que le da unidad al libro. En el Parque Mayor, que ese es el título del primer relato, actualiza la técnica del manuscrito hallado para justificar el conjunto y dar paso a unas narraciones que surgieron en las tertulias del Café Imperial en 1974 y que un camarero – el señor Torres- fue recogiendo en unos cuadernos.

Y de esa manera, cinco narradores distintos hablan del exitoso Licor de hongo de las Destilerías Suárez o de los más extravagantes Jugo de calaveras o Besos de monja; de las barajas carcelarias de Onofre Salvador; de la historia de amor de Magraño y Algalia y la tentativa de embotellar el mar; o transcriben el diario de un jubilado que muere atrapado en la Casa de la Torrecica.

Escritas con la soltura de los relatos orales y con un humor desgarrado y expresionista, la fuerza de estas narraciones está presente no sólo en el material literario, sino en las ilustraciones que ha realizado el propio autor para la edición de este libro de relatos.

Mayra Vela


30 octubre 2009

El trueno más allá del Popocatépetl


Malcolm Lowry.
El trueno más allá del Popocatépetl.
Selección y traducción de Juan Luis Panero.
Marginales Tusquets. Barcelona, 2009.

Con motivo del centenario del nacimiento de Malcolm Lowry (Cheshire, 1909-Sussex 1957), Tusquets publica por primera vez en español una parte significativa de su poesía en edición bilingüe traducida y seleccionada por Juan Luis Panero.

Los poemas de El trueno más allá del Popocatépetl están relacionados estrechamente con la biografía de Lowry y son también un complemento de su obra narrativa, sobre todo de Bajo el volcán, una referencia constante en versos como estos, con los que comienza el que se titula explícitamente Para Bajo el volcán:

Un limón seco como una vieja acurrucada en el frío.
Un blanco montón de sal y las moscas

revoloteando sobre una mesa color naranja,
lluvia, lluvia, un miserable peón
y una miserable pluma arañando palabras.

Es el mismo volcán -el Popo- que Lowry evocó y convirtió en símbolo y proyección autobiográfica en su novela memorable, y están aquí también el Cónsul, la cárcel de Oaxaca, el tequila y el mezcal, un delirio en Veracruz, los zopilotes y los hombres a medio enterrar, los cactus y los perros salvajes, los espectros y las cantinas, esos templos en los que se pronuncia la oración de los borrachos:

Señor, da de beber a todos estos que ahora se levantan,
destrozados, farfullando palabras desde el centro del infierno.

Abundantes en imágenes y en visiones, dotados de la misma fuerza alucinada de su novela, del mismo impulso autodestructivo y alcohólico sobre el fondo del desierto mexicano, estos poemas son una destilación que contiene concentrada la esencia del atormentado mundo de Lowry y además de su propio valor intrínseco aportan algunas claves para entender mejor su obra narrativa.

Malcolm Lowry, que se veía a sí mismo sobre todo como poeta, no publicó su poesía, aunque tampoco dejó de escribirla y de frecuentarla en sus lecturas. La primera vez que se editaron sus versos fue en 1962, cinco años después de muerto, cuando aparecieron sus Selects Poems. Sobre esa selección, Panero ha hecho otra que lleva como título el del poema que abre el libro y como subtítulo Poemas escogidos.

La espléndida traducción de Juan Luis Panero, que asumió el reto de recrear en español la voz poética de Lowry, es el resultado de “un ejercicio tan difícil como estimulante”, explica el traductor, que reconoció en estos textos “la presencia de un poeta verdadero.”

He aquí una muestra :

BRASAS EN EL VIENTO

Nuestras vidas —no lo lamentemos—
son como cigarrillos encendidos

en un día de tormenta,

una brasa protegida del viento

por una mano cuidadosa.
Entonces arden hasta el final,

como ardieran aquellas deudas que nunca pagamos,
y se queman tan deprisa como la vida.

Uno querría encender otro, encender otra vida

que fuera menos dura que la anterior,
pero no es posible y el cigarrillo ya no tiene sabor
y lo único que podemos hacer es tirarlo.



Santos Domínguez

28 octubre 2009

El cuento de nunca acabar


Carmen Martín Gaite.
El cuento de nunca acabar.

Prólogo de José María Guelbenzu.
Siruela. Madrid, 2009.

Si bien se mira, todo es narración. Desde la infancia nos vamos configurando al mismo tiempo como emisores y como receptores de historias, y ambas funciones son estrechamente interdependientes, hasta tal punto que nunca un buen narrador creo que deje de tener sus cimientos en un niño curioso, ávido de recoger y de interpretar las historias escuchadas y entrevistas, de completar lo que en ellas hubiera podido quedar confuso, abonándolo con la cosecha de su personal participación.

La Biblioteca Carmen Martín Gaite que viene publicando Siruela reedita El cuento de nunca acabar, un conjunto de reflexiones, relatos y anotaciones que se publicaron por primera vez en 1983.

Subtitulado Apuntes sobre la narración, el amor y la mentira, El cuento de nunca acabar se organiza en cuatro secciones, de las que la fundamental es Río revuelto, un viaje al taller de la narradora, con inteligentes reflexiones sobre la práctica del relato que deberían ser el punto de partida de cualquier incursión en la obra narrativa de Carmen Martín Gaite.

Teoría y práctica de la narración, mezcla de ensayo y relato, propuesta para activar la imaginación creadora y la participación del lector en un cuento abierto... Todo eso está en este proyecto que surge de las anotaciones de varios años en los cuadernos de la autora, semejantes a aquellos otros Cuadernos de todo que se publicarían años después.

En Río revuelto y en los apartados que lo preceden, Carmen Martín Gaite hace literatura con la meditación desde la espontaneidad casi oral de las anotaciones y aporta las claves de su técnica narrativa, sobre el papel del lector y la esencia y las motivaciones del decir, el contar y el inventar.

Con un estilo que busca la complicidad del interlocutor más que el asentimiento del lector, se impone la voz de la narradora sobre la de la ensayista a la hora de exponer -desde la condición fragmentaria de estas anotaciones- una técnica en la que vida y narración se manifiestan como dos realidades inseparables. Por eso el último fragmento de Río revuelto, la sección final de El cuento de nunca acabar, concluye con esta declaración:

Mientras dure la vida, sigamos con el cuento.


Santos Domínguez

26 octubre 2009

El ruido eterno


Alex Ross.
El ruido eterno.
Escuchar al siglo XX
a través de su música.

Traducción de Luis Gago.
Seix Barral. Barcelon, 2009.

Es uno de los libros de los que más se ha hablado en los últimos tres años. Su título original, The Rest is Noise (Lo demás es ruido), es una parodia del hamletiano The rest is silence y es el resultado del trabajo de una década de Alex Ross, crítico musical del New Yorker desde 1996, que recuerda en el texto estas palabras de John Cage: Dondequiera que estemos lo que oímos es fundamentalmente ruido. Es el mismo ruido, por cierto, que oyen muchos cuando suena la música clásica del siglo XX.

Entre la crítica periodística y el análisis académico, sus reseñas, ensayos y perfiles de compositores han convertido a Alex Ross en una referencia para muchos lectores. Y el espíritu lúcido de Hamlet recorre este libro en el que se cuenta la historia del siglo XX a través de la música. Clásica o ligera, académica o popular -porque la música para Alex Ross no debe llevar adjetivos-, la historia de la música contemporánea es un reflejo de la complejidad del siglo XX. Su relación con el poder va más allá de que Hitler y Stalin practicaran la crítica musical y la experimentación con las disonancias la llevaran más allá de lo extraño que caracteriza a las tendencias artísticas del mundo contemporáneo.

Frente al estereotipo de la música clásica como un arte de los muertos, con un canon que inaugura Bach y clausura Mahler, Alex Ross aborda la música contemporánea y sus características - la disonancia, la música atonal o el minimalismo- a través de los compositores que la escribieron, a través de los políticos, dictadores, patronos y empresarios que intentaron controlarla en provecho propio, de los intelectuales que quisieron ser árbitros del estilo, de los escritores y pintores de vanguardia que compitieron en exploraciones con los músicos o del público que los rechazó o los aplaudió. Y todo eso sobre el fondo histórico y social de un siglo problemático.

Pero Ross no trata sólo de la música clásica. Su libro dirige la mirada también la otro lado de la frontera que separa la clásica de otras músicas tan características del XX como la de Duke Ellington, Miles Davis o los Beatles. Y esa mirada se hace siempre desde múltiples ángulos: la biografía, la descripción técnica, la historia política, social y cultural, el relato de los protagonistas o las evocaciones de lugares.

A través de sus tres partes (1900-1933; 1933-1945; 1945-2000) y desde la crítica a quienes quieren convertir la música clásica en un elitista parque temático del pasado, Alex Ross hace convivir en este libro a Shostakovich, Ravel o Prokofiev con Pere Ubu, Sonic Youth o Radiohead como en sus gustos conviven con naturalidad Pink Floyd y Alban Berg, Stockhausen y Charlie Parker, la dodecafonía y el jazz, la Quinta sinfonía de Sibelius y Sad-Eyed Lady of the Lowlands de Bob Dylan, la Filarmónica de Berlín y los Rolling Stones, o el Sgt. Pepper de los Beatles y el Concierto para piano en Re menor de Brahms.

¿Sólo eso? No. Hay también una memorable evocación de Mahler y la Viena del novecientos, una incursión en las relaciones entre el folk, el jazz y la música clásica, la reivindicación de los espirituales negros en Dvorak, la fusión de la Rapsody in Blue de Gershwin, que reconocía: con frecuencia oigo música en medio del ruido.

La música dodecafónica de Schoenberg y la república de Weimar, Prokofiev y la Rusia de Stalin, Copland y la música radiofónica de Estados Unidos, las bandas sonoras de Hollywood, el bebop y el rock son otras estaciones de paso, antes de concluir en el epílogo:

En los comienzos del siglo XXI, el afán de enfrentar la música clásica a la cultura pop ha dejado ya de tener sentido intelectual o emocional. Los compositores jóvenes han crecido con la música pop resonando en sus oídos, y se valen de ella o la ignoran según lo exija la ocasión.

Y es que la música contiene – escribe Ross- lo elevado y lo bajo, lo imperial y lo subterráneo, la danza, la oración, el silencio y el ruido.

Nada nuevo, añade Ross, porque la Sinfonía Heroica de Beethoven ya unía Romanticismo e Ilustración, civilización y revuelta, cerebro y cuerpo, orden y caos.

Apareció en 2007 y lo publica Seix Barral con el título El ruido eterno y traducción de Luis Gago. El lector interesado tiene en la página The reste is noise una completa guía sonora de este libro en el que se oye el siglo XX, con su música, su ruido y su furia, un libro fundamental para entender una música menos incomprensible que el siglo que la produjo.

Santos Domínguez

23 octubre 2009

Esa luz que nos quema


José María Millares.
Esa luz que nos quema.
Selección y prólogo de Selena Millares.
Barataria. Barcelona, 2009.


Una nota de la editorial advierte al frente de este volumen:

José María Millares Sall, autor de este poemario, murió el 8 de septiembre de 2009 a los ochenta y ocho años en su Canarias natal, cuando ya había revisado las últimas pruebas de esta edición. Queremos expresar aquí nuestro reconocimiento y admiración por el poeta y el hombre.

Esa luz que nos quema es una antología plural de su poesía inédita entre 2002 y 2009. Acaba de publicarla Barataria en una esmerada edición de Selena Millares, que ha escrito un espléndido prólogo -Entre la piedra y la luz- sobre el autor y su trayectoria literaria, sobre la aventura de sus Planas de poesía, la revista que publicó entre 1949 y 1951, y sus avatares con la censura, sobre esta poesía última y alta, en la que vuelan pájaros, viven la luz y la memoria y la palabra del poeta se eleva más libre y ambiciosa que nunca:

No
tenía cancelas
aquella casa del jardín
ni aquella cuerda que de la luz colgaba
ni aquella sombra que le unía
a la memoria cuando aquel niño dormía
y soñando era la palabra
que jugaba en un rincón con la maleza
y con las hojas secas
y con las hormigas que corrían y apresuradas
arrastraban sus mercancías que iban
y venían y entre ellas
conversaban y entre las ramas secas
por un agujero se perdían
y así aquel niño con las palabras
que se le ocurrían
unas tras de las otras convertía
en guijarros y levantaba torres y paredes
y páginas que los sueños
sin él quererlo construía y eran palotes
y eran letras que por la noche
mientras dormía
sonaban y con los años seguían y con los años
cantaban y con los años eran libros
que los ojos de otras sombras a escondidas
leían y no tenía cancelas
ni muros aquella casa y sólo una cuerda
donde la luz
se colgaba.

Articulada en torno a nueve núcleos temáticos cuya sola enumeración permite un primer acercamiento al mundo literario de José María Millares -Marina, Música, Memoria, Playa, Aguaviva, Tinta, Luciérnaga, Celan y Umbría-, Esa luz que nos quema indaga en la memoria y cultiva la sugerencia en una continua aspiración de luz, una presencia o una búsqueda constante en estos poemas. Es la luz que arde en la palabra y la escritura, la que persiste en la memoria del mar de la infancia y las azoteas, la que conjura la serena tristeza de Haendel o del violonchelo de Pablo Casals, pero también la que ilumina, como la luminaria del Guernica de Picasso, los crímenes de la guerra civil y el franquismo, aquel tiempo de horror que cegaba a la palabra, con sotanas siniestras y censuras.

La palabra depurada y contenida de José María Millares, su verso recortado y la emoción encauzada en los límites métricos expresan con admirable transparencia de estilo una experiencia abisal llena de lucidez y ambición imaginativa. Es la palabra que construye un universo literario autónomo y poblado de símbolos.

Muchos de esos símbolos que recorren la obra de José María Millares están expresados en algunos de los títulos que ha ido publicando o dejando inéditos en estos treinta años: Hago mía la luz, En las manos del aire, Los espacios soñados, Azotea marina o Regreso de la luz contienen las claves de un mundo poético en el que la memoria se proyecta más en el espacio que en el tiempo y la palabra es búsqueda incansable de la luz:

arriba más arriba donde
nunca te encuentres
allí
estará la luz.

Santos Domínguez


21 octubre 2009

La Casa de la Infancia


Marie Luise Kaschnitz.
La Casa de la Infancia.
Traducción de Rosa Pilar Blanco.
Posfacio de Cecilia Dreymüller.
Minúscula. Barcelona, 2009.

Todo empezó cuando un desconocido se detuvo en la calle para preguntarme si conocía bien la ciudad y podía decirle dónde estaba la Casa de la Infancia. ¿Qué es eso, un museo?, pregunté sorprendida. Seguramente no, contestó el hombre. ¿Una escuela quizá, añadí, o un jardín de infancia? El desconocido se encogió de hombros. No lo sé, repuso. Tenía el pelo gris y pinta de provinciano. Me puse las gafas y para ayudarle leí algunos letreros colocados en los edificios cercanos. Conservatorio, Cine, Allianz Seguros, decían. No se veía ni rastro de nada parecido a una Casa de la Infancia, y yo tampoco había oído nunca una palabra al respecto. ¿Por qué busca usted esa Casa?, inquirí intentando obtener alguna pista. Tengo cosas que hacer allí, respondió el desconocido. Me estoy haciendo viejo. Y, alzando el sombrero en un gesto de cortesía, se alejó. Yo proseguí mi andadura mientras meditaba sobre sus últimas palabras, un tanto enigmáticas, y por pura distracción me metí en una calle equivocada. Había dado unos centenares de pasos cuando vi la Casa.

Así comienza Marie Luise Kaschnitz (Karlsruhe 1901-Roma 1974) La Casa de la Infancia, que publica la editorial Minúscula con traducción de Rosa Pilar Blanco y posfacio de Cecilia Dreymüller.

A partir de ese primer párrafo, una sucesión de secuencias breves, como anotaciones de un diario, van transformando el tiempo en espacio, convierten esa Casa de la Infancia en una casa misteriosa, en un extraño museo de la memoria, en un juego de espejos.

Como el recuerdo de un sueño, como una alucinación, lo que anota la narradora - una escritora dedicada a la redacción de artículos periodísticos- es siempre posterior a la experiencia. Convencida de que lo importante es el presente y no el pasado, la infancia es para ella un agujero negro al que preferiría no asomarse desde la edad crítica en la que escribe.

En esa Casa de la Infancia, a través de una serie de proyecciones cinematográficas y en una atmósfera onírica, la narradora regresa a las aguas prenatales, revive el parto, regresa a las pesadillas infantiles, al miedo y a la furia en el patio escolar, al laberinto y a la gallina ciega, vuelve a ver -como Scrooge- las Nochebuenas de la niñez.

En la sucesión de experiencias agradables y desagradables, de sueño y realidad, de pasado y presente, en el juego de interiores y exteriores, la narradora se debate entre la alegría y el desasosiego y desmiente la idea de la niñez como un paraíso:

Acabo de ver confirmada nuevamente una sospecha que albergaba desde hace tiempo: la llamada edad de oro de mi infancia fue una patraña.

Y en último extremo, lo que podría parecer a primera vista una conclusión desalentadora se convierte en consuelo para esa narradora que vuelve de la Casa de la Infancia para asumir el presente de sus más de cincuenta años sin mirar atrás, sin volver la cabeza para intentar ver en la noche un edificio ya invisible.

Es una de esas agradables sorpresas a las que nos ha acostumbrado Valeria Bergalli desde Minúscula. La Casa de la Infancia apareció en 1956 y es una narración sorprendente por su potencia imaginativa, emparentada con el ímpetu simbólico del superrealismo, y por la magnífica prosa de una autora conocida por la fuerza estilística de sus obras.

Santos Domínguez


19 octubre 2009

Cocteau. La gran separación


Jean Cocteau.
La gran separación.
Traducción e introducción de
Montserrat Morales Peco.
Cabaret Voltaire. Barcelona, 2009.

Poeta, dramaturgo, novelista, pintor, cineasta, coreógrafo, Jean Cocteau escribió La gran separación en 1923, inmediatamente después de Thomas el impostor, cuya traducción publicó también Cabaret Voltaire con edición de Monserrat Morales.

Editada con las ilustraciones originales de Cocteau, La gran separación es una de las obras más genuinas de un artista poliédrico que defendía lo radicalmente singular frente a lo plural y practicaba la transgresión y la insubordinación, lo que le llevaba a huir también de las capillas vanguardistas y de las sociedades literarias y artísticas.

Cocteau pertenecía a una casta de solitarios como Orfeo o Antígona y asumió la individualidad hasta sus últimas consecuencias. Y esa soledad que es a la vez elección y destino, ejercicio de libertad y marginaciones, se proyecta con mucha claridad en Jacques Forestier, el protagonista adolescente de La gran separación.

Como Cocteau, Forestier se enfrenta a los dogmas y las normas, desprecia lo común y elige los márgenes como territorio propicio para ejercer su singularidad. Pero ese no es más que el planteamiento inicial, porque en la novela hay un choque más dramático que el conflicto entre el individuo y la sociedad: es la escisión entre el yo profundo y el superficial, entre la esencia y la apariencia, en un juego de máscaras y disfraces que acaba haciendo invisible al protagonista.

La ambigüedad sexual del adolescente sobre el fondo ambiguo de una Venecia que es a la vez ciudad y decorado, refleja la doble naturaleza del personaje, pero el triunfo de los instintos sobre la represión moral desemboca en la fatalidad y condena a Forestier al malestar y a la derrota, al desencanto y a la resignación.

Y es entonces cuando cobran sentido la cita que abre el libro (Todo era fatal regocijo) o esta afirmación de la fatalidad que sirve para introducir una versión del cuento del jardinero persa y el príncipe: Creemos que elegimos, pero no tenemos elección.

Santos Domínguez