27 marzo 2009

Cortázar en Punto de Lectura


Julio Cortázar.
Final del juego.
Queremos tanto a Glenda.
Punto de lectura. Madrid, 2009.


Punto de lectura se suma a la conmemoración de la muerte de Julio Cortázar añadiendo a sus abundantes ediciones de obras del argentino dos nuevos títulos.

Son dos colecciones de cuentos -Final del juego (1956) y Queremos tanto a Glenda (1980)- separadas por un cuarto de siglo. Es el Cortázar anterior y posterior a Rayuela, el más sorprendente, variado o provocador y el narrador maduro dueño de un mundo y una voz que no se confunde con otros mundos ni otras voces.

Entre el relato inicial -Continuidad de los parques- y el que cierra el volumen -Final del juego- y le da título, la primera de esas colecciones está marcada por una peculiar indagación en lo fantástico y contiene además de los citados algunos cuentos imprescindibles en la obra de Cortázar y en la historia del género: No se culpe a nadie o La noche boca arriba son ejemplos canónicos del cuento contemporáneo heredero de Poe. La línea imprecisa que separa la realidad de la ficción, el sueño de la vigilia, el misterio que surge de lo trivial, la incursión de lo fantástico en lo cotidiano son algunas de sus claves.

Queremos tanto a Glenda es una muestra del Cortázar maduro, menos visitado por lo fantástico, menos proclive a la sorpresa, pero dueño de un virtuosismo que aborda todos los registros y tonos. En su escritura, tan similar al swing jazzístico, la exigencia se proyecta en cuentos como Orientación de los gatos, ambiguo e inquietante, o Anillo de Moebius, un relato que funciona como un mecanismo perfecto. Maquinaria asombrosa para el lector y maquinaciones de un narrador que encuentra en el relato corto su mejor distancia. La nostalgia, el tiempo, las relaciones humanas pesan más ya que lo fantástico en un conjunto que con su difícil facilidad estilística parece demostrar que el medio es el mensaje.

Y entre los dos libros, una línea secreta que los une en la creación de mundos posibles; en el descubrimiento de que estaban ahí, ocultos e inexplorados, invisibles e inquietantes; en la función del narrador y la distancia variable de su voz; en el planeamiento de finales que son la raíz del relato; en la configuración de los personajes y en el diseño del espacio y el tiempo.

En definitiva, en la escritura de unos cuentos que no se pueden contar con palabras distintas de las que usa Cortázar para construir esos textos en los que materia y forma se explican mutuamente y mutuamente se sostienen.


Santos Domínguez

25 marzo 2009

Cuentos afrancesados


Luisgé Martín. Luis Martínez de Merlo.
Marta Sanz. Luisa Cuerda.
Ricardo Rodríguez. Isaac Rosa.
Cuentos afrancesados.
Bartleby Editores/ Fundación Domingo Malagón.
Madrid, 2009.

Bartleby coedita con la Fundación Domingo Malagón los Cuentos afrancesados, con los que seis narradores españoles de ahora mismo (Isaac Rosa, Marta Sanz, Luisa Cuerda, Luisgé Martín, Ricardo Rodríguez y Luis Martínez de Merlo) hacen su aportación narrativa e irónica al bicentenario del levantamiento del 2 de mayo de 1808 desde la distancia de dos siglos.


Sobre la oportunidad de un libro como este escribe Juan Ramón Sanz en el Epílogo estas palabras:


El 2 de mayo de 1808, las escritoras y escritores que han hecho posible estos Cuentos afrancesados seguramente hubieran corrido despavoridos, primero, a esconderse bajo sus mesas de trabajo y, después, al exilio. Nada indica, por el momento, que, en breve, tengan que hacer lo mismo. Ahora que ya no parece que corramos el riesgo de ser invadidos nos ha parecido oportuna esta aportación literaria a las necesarias revisiones de unos y contra la manipulación neoconservadora de otros.

Luisgé Martín firma el Auto sacramental de la puta y el filósofo, en el que la madre del narrador hace la calle con un traje de luces que fue de Manolete. Luis Martínez de Merlo, propone un ardiente y glorioso Auto de fe. Marta Sanz escribe sobre El antojo de Catalina y su floración anal. Luisa Cuerda, un relato irónico sobre La perfidia francesa y la competencia entre Villalinces y Villapardillos, que tiene un alcalde algo bobo que se llama Mariano y es un perdedor. Ricardo Rodríguez es el autor de El sueño de la razón, un relato sorprendente que tiene como base el grabado de Goya que abre la serie de los Caprichos. El último texto, Nuestro desembarco en Normandía, es un relato sarcástico de Isaac Rosa sobre la manipulación neoconservadora de la historia, sobre el énfasis de las letras mayúsculas con que expresan su patriotismo barato algunos que merecen un epíteto descalificador con versales.


Cada cual con su voz, su técnica y su enfoque, los seis relatos de estos Cuentos afrancesados son la contribución literaria de seis narradores actuales a aquel dos de mayo que fue poco más-las palabras son otra vez de Juan Ramón Sanz- que un monumental cabreo azuzado por los de siempre.


Santos Domínguez



23 marzo 2009

Vidas y muertes de Luis Martín Santos


José Lázaro.
Vidas y muertes de Luis Martín-Santos.
Tiempo de Memoria.
Tusquets. Barcelona, 2009.

Murió en 1964 antes de cumplir los 40 años, cuando Tiempo de silencio empezaba a ser reconocida como la obra excepcional que cambiaría el signo de la novela española contemporánea.

La trayectoria vital y las circunstancias familiares de Luis Martín-Santos (1924-1964), hombre polifacético, psiquiatra prestigioso, militante socialista en la clandestinidad, escritor reconocido, lector voraz, intelectual inquieto y brillante, son el objeto de Vidas y muertes de Luis Martín-Santos. Con este acercamiento a su vida y su obra obtuvo su autor el XXI Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias en 2008. Lo publica Tusquets en una edición acompañada por abundante material gráfico. Por una curiosa y significativa coincidencia, la colección en la que aparece se titula Tiempo de Memoria, frente al Tiempo de silencio y el Tiempo de destrucción de las dos novelas de Luis Martín-Santos.

Alguna vez se ha descrito la vida de Luis Martín-Santos como una biografía plana. Y nada más alejado de la realidad, pues aunque quizá sea excesivo hablar – en el otro extremo- de una vida novelesca, la personalidad poliédrica del novelista, la peripecia del ciudadano comprometido o la desolación del viudo exigían que se afrontase su biografía con una mirada profunda y múltiple, con un enfoque plural que permita abarcarla en toda su complejidad y explique a la vez la relación entre la personalidad del autor y el sentido de su escritura:

A medida que se profundiza en los escritos de Luís Martín-Santos - se dijo el inquiridor - y se van recorriendo los recuerdos de quienes le conocieron, se dibuja la imagen de un hombre que era a la vez varios hombres (...) Y cuando se habla con distintas personas que se relacionaron en diferentes contextos con Martín-Santos, lo que resulta más claro es que era un hombre multidimensional.

La originalidad del enfoque de esta biografía construida narrativamente a base de secuencias y fragmentos como un reportaje coral, como un collage que reúne testimonios de entrevistas, documentos gráficos, fragmentos de textos de Martín-Santos o materiales epistolares, es el fruto de una exigencia metodológica: la de reunir múltiples voces de testigos y amigos, compañeros de trabajo o de estudios, familiares o el propio novelista, para dar una imagen compleja de una realidad multidimensional.

Con un perspectivismo fenomenológico que recuerda al de Ortega y sugiere la influencia de algunas técnicas de Tiempo de silencio, la indagación de José Lázaro consigue su objetivo fundamental: el asedio a una vida compleja y a las circunstancias que la rodearon y que –convertidas en literatura- se integraron en sus dos novelas, que tienen muchas de sus claves en la recreación literaria de episodios, recuerdos y experiencias del propio novelista.

Para llegar a ese resultado, José Lázaro -el inquiridor que se convierte en una de las voces del coro que dirige- tuvo que realizar un rastreo intenso de materiales literarios y críticos como los que incorpora en el apéndice, una larga serie de entrevistas que están en la base de este caleidoscopio biográfico en el que conviven distintas versiones- algunas contradictorias- de la vida y la muerte de Luis Martín-Santos. Vidas y muertes, como propone esa declaración de intenciones que es el título de la obra.

Desde el primero de los capítulos, centrado en el accidente de coche que sufrió un lunes de enero de 1964 cerca de Vitoria, queda fijado el enfoque técnico y el tono narrativo y coral de la biografía:

Al recibir la noticia de su muerte –se dijo el inquiridor–, un miembro del partido político clandestino al que pertenecía le escribió a la comisión ejecutiva: «Dada la actividad del infortunado compañero Martín-Santos, no podemos dejar de pensar en la eventualidad de que el accidente haya podido ser provocado por la intervención de acciones ajenas, de enemigos nuestros». Pocos, sin embargo, creyeron en la fantástica hipótesis del atentado.


«El psiquiatra vasco Luis Martín-Santos», afirma, aún en 2006, el periodista Martín Prieto, «escribió su novela Tiempo de silencio en los años más oxidados del franquismo, antes de suicidarse con su automóvil afligido por la muerte de su esposa. Tiempo de silencio es un retrato al carbón del obtuso caldo de cerebro que se extendía entonces y no se salva de crueles descripciones ni Ortega y Gasset y sus conferencias de cretona para señoras aleladas. Si Martín-Santos hubiera dirigido el Partido Socialista, el clan vasco hubiera desplazado al sevillano, y González no hubiera existido.»


«¡Oye! Ese amigo tuyo, se suicidó, ¿verdad?» Durante años me lo han preguntado muchas veces –dijo el cineasta–. Era un rumor que estaba en el ambiente. «¡Que no, hombre, que no! Se dio un leñazo en coche con su padre y con un amigo.» ¿Quién se suicida con su padre y un amigo de la familia? Porque, para eso, mejor se mata conmigo y con Rafa, que eso sí que habría sido complicidad, un auténtico final lírico-existencialista, pero no con su padre. Rafa y yo habíamos quedado con él aquel día para ir juntos en coche a San Sebastián, nunca supimos por qué nos dejó plantados. ¡Joder! ¡Ni suicidio ni hostias! Desde entonces siempre lo he repetido. Pero me lo han preguntado muchas veces, a lo largo de los años. Ahora ya no.


Yo cenaba con Luis y con una cuadrilla todos los martes en Cañones, que era una sociedad de la Parte Vieja de San Sebastián –recordó el compañero de accidente–. Y un día, después del éxito que había tenido con Tiempo de silencio, comentó que quería publicar otro libro, una segunda novela, hablando de sus vivencias en la Universidad de Salamanca. Y como había un fin de semana largo, nos fuimos a visitar la ciudad. Yo podía esos días, otros de la cuadrilla no, así que yo le acompañé. Su padre no vino a Salamanca. Él estaba en Madrid, lo recogimos allí a la vuelta. Y fue viniendo los tres hacia Donostia cuando tuvimos el accidente.


Fue la última vez que lo vi, en el hospital en que trabajábamos –dijo el neurólogo–. Recuerdo la despedida:
–Javier, este fin de semana no estaré, me voy a ver las piedras doradas de Salamanca.

Y era cierto que iba a Salamanca, pero no a ver piedras doradas. ¿Sabes a lo que iba? A vender las tierras que le quedaban a su padre y emplear el dinero para construir viviendas en la finca donde tenían la clínica privada. En aquel momento él se apegaba a la vida. Tras la muerte de su mujer se había vuelto a enamorar de una amiga de toda la vida, Pepa Rezola. Y se fue a Salamanca a buscar dinero para hacer un negocio inmobiliario. Pero la despedida era muy propia de él, no iba a decir «voy a vender unos terrenos» sino «voy a ver las piedras doradas de Salamanca».

Ese esquema narrativo se mantiene a lo largo de seis de los siete capítulos del libro. En el último, La confidente, la voz de su amiga Josefa Rezola retoma los temas de los seis anteriores (El hombre, El psiquiatra, El socialista, El escritor, La familia y La muerte) y los unifica en la perspectiva de quien lo sabe todo de Luis Martín-Santos, aunque sólo cuente una parte.

Santos Domínguez

22 marzo 2009

Hablar bien


Pancracio Celdrán.
Hablar bien no cuesta tanto.
Temas de Hoy. Madrid, 2009



¿Hay faltas de ortografía orales? ¿Son afines talento y talante? ¿Se da el gatillazo o se da gatillazo? ¿Duodeno equivale a duodécimo? ¿Es correcto decir la primer vuelta? Un árbitro, ¿señala o señaliza? ¿Existió alguna vez la intemerata?¿Qué tiene quien tiene pluma?

Contestar dudas y corregir errores como los que acabamos de enumerar es el propósito explícito de la primera parte de este nuevo libro de Pancracio Celdrán que edita Temas de Hoy.

Alarmado porque a su parecer la Real Academia no siempre está a la altura de lo que se espera de ella y preocupado por la poca atención que se le presta al lenguaje, Pancracio Celdrán, que mantiene una sección fija los fines de semana en Radio Nacional de España, recoge el material de su espacio radiofónico en Hablar bien no cuesta tanto.

Con propósito más divulgativo que científico, en función del público al que quiere llegar, el autor hace un recorrido por los errores y dudas frecuentes en el uso y la norma de la lengua española.

La segunda parte del volumen enumera una serie de frases y dichos populares, aclara o aventura su origen y aclara el sentido de expresiones como gramática parda, pacotilla, pagar el pato, meter la pata o dar el coñazo.

Finalmente en una tercera sección, Celdrán aborda la historia de las palabras, su evolución, la etimología curiosa de cementerio, alirón, mus o perejil.

Y en el fondo ese es el sentido de un libro como este: el de hacer una floresta más curiosa que sistemática, más divertida que rigurosa, de las dudas, etimologías y curiosidades de la lengua española.

Como al propósito divulgador se superpone a veces la voluntad normativa, el comentarista evoca a aquel Probo que quería imponer a toda costa la necesidad de preservar el latín clásico (calida, no calda; vetulus, no veclus; auris no oricla) frente a la imparable realidad viva del latín vulgar.

No era la anarquía lo que triunfaba, era la lengua viva frente a los gramáticos que querían disecarla. Era tapar el sol con un dedo, claro, y nadie –por fortuna- les hizo caso.

Mayra Vela

21 marzo 2009

Spender. Poemas de España



Stephen Spender.
Poemas de España.
Edición y traducción
de Gabriel Insausti.
Pre-Textos. Valencia, 2009.


Como algunos otros de sus compatriotas y amigos, Stephen Spender (1909–1995) estuvo en España durante la guerra civil.

De aquella experiencia, que empezó el 5 de enero de 1937 con la primera de varias visitas, surgieron los poemas que Spender incluyó en The Still Centre. En la edición de 1985 de sus Collected Poems reservó una sección para los Poemas de España, que son los que Pre-Textos acaba de publicar con prólogo y traducción de Gabriel Insausti, que fija en su estudio introductorio la historia textual y recuerda las circunstancias en las que surgieron estos poemas, reelaborados durante casi medio siglo.

Como ocurrió con otros poetas españoles y extranjeros, en Stephen Spender se superponen en aquellos años varios conflictos: a la cuestión estrictamente bélica o política de la guerra de España se unen un desengaño sentimental y una crisis de conciencia, de mala conciencia, que compartió con otros compañeros de generación como Auden.

Llegó a España dispuesto a hacerse matar en combate, para convertirse en un nuevo Byron, pero en Port Bou tiene ya una experiencia real, no literaria, de la guerra y del miedo:

Me digo que esos tiros son sólo un ejercicio
pero no siento más que miedo. Y la ametralladora
da una puntada tras otra en mi intestino
mientras el espasmódico ruido de los fusiles
enhebra un miedo blanco por mi cuerpo.

A aquellos dos ejércitos enfrentados les dedicó Spender su Two Armies:

Hondos como el invierno en su llanura, dos ejércitos
afianzan sus máquinas, prestos a destruirse.

Como le ocurrió a Auden, la experiencia directa de la guerra civil española, aquella guerra de los poetas, se resolvió en un doloroso desengaño político y literario. A partir de entonces, Spender se retrae hacia sí mismo y escribe su autobiografía temprana, Un mundo dentro del mundo; un ensayo crítico, La escritura de un poema, o El centro en calma, un título revelador de ese retraimiento, aunque mantuvo intacta su capacidad de asombro ante el mundo y una práctica de la poesía vinculada a la piedad con el derrotado, con el débil, el pobre o el marginado, como en el espléndido Ultima ratio regum, que termina con estos versos memorables a propósito de un joven acribillado bajo los olivos:

Considera su vida sin valor
en términos de empleos, registros y noticias.
Considera. Una bala entre mil mata a un hombre.
Pregúntate: ¿es sensato ese dispendio
por la muerte de alguien tan joven y tan tonto
que yace -oh, mundo, oh, muerte- debajo del olivo?

Porque, pese a su aparente narratividad, el eje de estos poemas es autobiográfico y su verdadero centro, el propio poeta, que mira hacia fuera confuso y se ve a sí mismo en tierra de nadie:

Mi único par de ojos
contiene el universo que contemplan.
Su reflejada multiplicidad
la contiene un cuerpo vacío
en el que yo reflejo a muchos, en mi uno.

Uno de los poemas más intensos del libro es A un poeta español, dedicado a su amigo Manuel Altolaguirre, una reflexión sobre la ética y la estética de la poesía que comienza con dos versos ambiguos, aplicables al poeta español y a sí mismo:

Tras la ventana contemplabas el vacío
de un mundo en explosión.



Santos Domínguez

20 marzo 2009

Ventanilla de cuentos corrientes


Enrique Jardiel Poncela.
Ventanilla de cuentos corrientes.
Rey Lear. Madrid, 2008.


Ahora que la ventanilla de cuentas corrientes está menos concurrida, Rey Lear recupera la Ventanilla de cuentos corrientes de Jardiel Poncela, una colección de dieciséis relatos breves que habían ido apareciendo en la prensa de la época y recopiló en 1930 en este volumen.

Humor y absurdo, ingenio y dominio de la lengua se dan cita en textos que prescinden de la E o de la A, en cuentos que están entre los más celebrados de Jardiel, como Un marido sin vocación, ¡Mátese usted y vivirá feliz! o El amor que no podía ocultarse, un cuento tan moderno –escribe Jesús Egido, el editor- que bien podría ser escrito mañana.

Heredero de la vanguardia y de su visión del mundo, Jardiel buscaba renovar la risa. Arrumbar y desterrar de los escenarios de España la vieja risa tonta de ayer, sustituyéndola por una risa de hoy en que la vejez fuera adolescencia y la tontería sagacidad. Y a esa risa joven y sagaz, cuyo esqueleto estaba hecho de inverosimilitud y de imaginación, inyectarle en las venas lo fantástico y llenarle el corazón de ansia poética.

Estos textos, que son antecedentes directos del microrrelato, formaron parte del Libro del convaleciente. Inyecciones de alegria para hospitales y sanatorios, que cumple ahora setenta años.

En el prólogo de la segunda edición definía Jardiel su sentido con estas palabras:

En plena guerra civil española y durante una corta estancia en Buenos Aires —otoño de 1937— se me ocurrió componer un tomo dedicado a los convalecientes de la lucha, que poblaban Hospitales y Sanatorios, con la recopilación de un centenar de antiguos trabajos cortos, publicados, al comienzo de mis actividades literarias, en diversas revistas semanales, hoy desaparecidas, tales como "Nuevo Mundo", "Buen Humor", "Gutiérrez", "Ondas" y "Blanco y Negro" y en las secciones de cuentos —también desaparecidas hoy— de diarios como "La Voz", "El Sol" e "Informaciones".

Mi propósito era, nada más y nada menos, que el de procurar a los convalecientes de las trincheras una lectura divertida, ligera y un poco pueril, como debe ser la lectura de todo convaleciente, de ilación sencillísima para no precisar de ellos excesiva atención, y a un tiempo extensa y breve para que les durase el mayor tiempo posible y pudieran abandonarla a la primer fatiga: lectura que les hiciera olvidar por momentos, ya que no aquellos padecimientos que no se olvidan nunca, sí las tediosas horas de encierro en el Hospital o en el Sanatorio, que son secuela inevitable e insoportable de la herida recibida o de la enfermedad contraída en el campo.


No es comparable aquella convalecencia con la situación actual pero, como Rey Lear sabe, el humor es el mejor antídoto contra la crisis y por eso la recuperación no puede ser más oportuna.

Santos Domínguez


18 marzo 2009

Los cosacos

Lev Tolstói. Los cosacos.
Traducción de Fernando Otero.
Atalanta. Gerona, 2009.

Señalaba Harold Bloom que todo lo que escribió Tolstói es inconcebiblemente legible, porque el lector tiene la impresión de que es la naturaleza la que se encarga de la escritura.

Esa legibilidad es especialmente intensa en la narrativa breve del ruso, que dio una de sus primeras y más acabadas muestras de talento en Los cosacos, una novela corta de base autobiográfica. El origen del texto hay que situarlo en 1851, cuando un Tolstói joven y refinado se alista como teniente en el ejército ruso y va con su hermano Nikolai al Cáucaso. El contacto con los cosacos, la fusión de naturaleza y libertad y el descubrimiento del espíritu de aquel paisaje provocaron una primera sacudida importante en la mentalidad de aquel militar que aún no había cumplido los 23 años y estaba empezando su carrera literaria. Ese mismo año se rindió a los rusos en el Cáucaso Hadji Murat, que protagonizaría más de medio siglo después una de las cimas novelísticas de Tolstói.

La experiencia militar de Tolstói terminó en 1856, pero su impresión permanecería para marcar la literatura y la forma de ver la vida que reflejaría en sus obras. De hecho tuvieron que pasar varios años antes de que aquella experiencia iniciática de entrada en la madurez tomara carta de naturaleza narrativa en Los cosacos, una novela corta que apareció en 1863 y que acaba de editar Atalanta con traducción de Fernando Otero.

No es todavía el Tolstói de Guerra y paz, el libro portentoso que empezó a escribir ese mismo año, pero en este relato espléndido y potente están en germen algunas de las constantes de su literatura. Aunque aún lastrada, como sus primeros relatos, de un romanticismo residual y de un exceso de elementos autobiográficos, la narración plantea ya una épica del paisaje, una mezcla de acción y reflexión moral, un equilibrio entre el individuo y la colectividad que habrían de alcanzar su cima narrativa en Guerra y paz.

El relato absorbe la atención del lector desde su espléndido comienzo con tres señoritos trasnochadores que despiden en una madrugada moscovita a uno de ellos. Su vida trivial ha sido un error hasta entonces. Es el protagonista, Dmitri Olenin, un joven ocioso y desorientado que marcha como cadete al Cáucaso. Tiene 24 años y es una indisimulada contrafigura de Tolstói, que tuvo la misma experiencia a la misma edad.

Ese es el punto de partida de un texto que opone el refinamiento decadente de los salones moscovitas a la naturaleza y la libertad, la superficialidad abúlica de los jóvenes aristócratas a la vida elemental y feliz de los cosacos, encarnación del ideal nieztscheano de la felicidad y la plenitud de la vida de acción.

Como Tolstói, consciente de que a partir de entonces le espera otra vida, Olenin es un joven en busca de sí mismo y de la libertad, que encuentra entre los cosacos:

Cuanto más toscos eran aquellos individuos, cuantos menos signos de civilización exhibían, más libre se sentía Olenin.

Libertad, mística y épica de la estepa y de un paisaje montañoso que tiene mucho de revelación y de epifanía:

"¡Aquí es donde empieza todo!", se decía Olenin, esperando impaciente la visión de las montañas nevadas de las que todo el mundo le había hablado.

La fuerza descriptiva para transmitir el impresionante paisaje de las montañas del Cáucaso, la mezcla de reflexión moral, autobiografía y análisis antropológico, la presencia de personajes inolvidables (Marianka, Lukasha, el tío Yeroshka), la búsqueda del sentido de la existencia son algunas de las notas más destacables de Los cosacos, una de las novelas más intensas del más legible Tolstói.


Santos Domínguez