16 marzo 2009

Els colors del blanc


Lluís Ribas. Santiago Montobbio.
Els colors del blanc.
Barcelona, 2008.


Con motivo de la exposición de Lluís Ribas Els colors del blanc, que se inauguró a principios de febrero en Sant Cugat del Vallès y viajará luego a Los Ángeles y Nueva York, el pintor y el poeta Santiago Montobbio han preparado un espléndido libro en el que se unen ejemplarmente la palabra y la imagen, la poesía y la pintura, la voz y la mirada en una convocatoria común a la inteligencia, a las emociones y a los sentidos.

La poesía es convertirse en mirada, anotaba memorablemente en uno de sus cuadernos de notas Tomás Segovia. Quizá la causa sea que la vista privilegia por igual pintura y poesía, porque es el más literario de los sentidos y de él se alimentan la imagen y la imaginación. Visuales, poéticas, pictóricas y mentales ambas, como los ojos mentales que reclamaba Guillén para su Tablero de la mesa.

Es la pintura que canta en Venecia, que vuela en Velázquez y declara con Leonardo su pupilaje de espejos y su lenguaje de espejismos, porque –lo decía Goethe- lo que está dentro también está fuera.

Y es que la pintura depurada y esencial de Lluís Ribas, en la que se funden pasión, intensidad y verdad –lo destacaba Montobbio en su presentación- resulta ahora más mental y también más espiritual, ya que proviene de las profundidades del ser: ahora nos encontramos siempre en interiores, y sus cuadros son paisajes mentales, paisajes del alma.

Cuadros luminosos, blancos y morenos, con cuerpos sin rostro, anónimos y universales, en los que Ribas pinta el espíritu y en los que Santiago Montobbio proyecta un texto brillante y apasionado que surge del encuentro entre el objeto y la mirada, de una emoción inefable. Una emoción ante la explosión del blanco, ante la luz y el aire transparente y nuestro que difícilmente expresan las palabras, pese a la brillante potencia de su asedio a las formas, a los colores, a los volúmenes, las líneas, los símbolos y las sensaciones, porque como escribe Santiago Montobbio

Los colores del blanco son los impredecibles y misteriosos caminos del arte, su pálpito, su latido, su aventura.

Palabra, imagen y mirada forman de esa manera una trinidad luminosa y enigmática, iguales en su deslumbramiento, en sus revelaciones, en su belleza. Y los textos de Montobbio no son meros comentarios que intentan acotar su objeto de referencia, definir la claridad del vuelo de estos cuadros. Son un despliegue continuo de calidad verbal y refinamiento del gusto, de hondura conceptual, sugerencias de lectura y talento poético.

Textos que constituyen una honda reflexión sobre la esencia profunda y misteriosa de la creación artística, una indagación en la hermandad analógica de la poesía y la pintura, una exploración del camino creativo que va de la sombra a la luz, del misterio a la revelación.

Una reflexión sinestésica que convoca a todos los sentidos para desvelar el sentido de los cuadros de Lluís Ribas en la luz morena y mediterránea de sus cuerpos femeninos y en los pliegues de las sábanas que los envuelven. Textura plástica del lienzo y la palabra en la explosión de luz y aire en los cuerpos y en los textos. Alas e ideas, cuerpos en soledad y expuestos al tiempo como las flores fugaces que los subrayan o los metaforizan. Gozos de la vista y la palabra, la inteligencia y la sensibilidad, la imagen y la literatura en un magnífico libro.

Santos Domínguez

14 marzo 2009

Locus amoenus



Locus amoenus.
Antología de la lírica medieval de la Península Ibérica.
Edición bilingüe de Carlos Alvar y Jenaro Talens.
Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores. Barcelona, 2009.


Probablemente se trata de la antología más completa y ambiciosa de la lírica medieval peninsular. Se titula Locus amoenus, la han preparado Jenaro Talens y Carlos Alvar, la publica Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores y ofrece en edición bilingüe una generosa muestra de la poesía lírica que se compuso y se cantó en las ocho lenguas que convivieron a lo largo de casi siete siglos en la Edad Media en la Península Ibérica, un espacio fragmentado desde el punto de vista político, cultural, religioso y lingüístico: latín, árabe, hebreo, mozárabe, provenzal, galaico-portugués, castellano y catalán.

Como en el resto de Europa, en la lírica medieval peninsular coexisten tres tendencias: la lírica tradicional que cantaba el pueblo en lengua vernácula, la lírica culta, escrita en latín, y la lírica cortés, culta también, pero escrita en lengua romance.

Y puesto que -como escriben los editores en su introducción acerca de la poesía y la interculturalidad- toda aproximación a la poesía hispánica medieval debe asumir que las varias e irreductibles líneas de fuerza que la atraviesan no pueden ser integradas en un universo unitario, este amplio volumen refleja esa convivencia de lenguas y tradiciones, de escrituras y canciones en la Península.

Están aquí ampliamente representados los poemas goliardescos en latín recogidos en el Cancionero de Ripoll del siglo XII, con sus sueños eróticos, su invocación a la primavera y su evocación de la amiga; la delicadeza nocturna y lunar de la poesía arábigo-andaluza; el desengaño amoroso y los jardines con fuentes de la poesía en hebreo; la poesía femenina de las jarchas mozárabes, tan semejantes a las frauenlieder, las chanson de toile o las cantigas de amigo; el refinamiento de los grandes trovadores catalanes como Guillem de Berguedà o de Guillem de Cervera; la poesía galaico-portuguesa de Pero Meogo o el rey Don Denis de Portugal, siempre entre la corte y las romerías; la lírica castellana de los cancioneros cortesanos prerrenacentistas, desde los anónimos castellanos a la poesía que firman Jorge Manrique y Juan del Encina; la que escribieron los catalanes Ramon Llull y Ausias March, que independizó la lírica catalana del provenzal.

Síntesis de tradiciones populares y cultas, de la lírica masculina de los goliardos o el amor cortés y el complejo metafórico que expresa su ritual amoroso, y de la lírica femenina de las jarchas, las cantigas de amigo y los villancicos, los poemas recogidos en Locus amoenus completan un mosaico de tradiciones poéticas y de individualidades líricas que destacan sobre el fondo de una realidad lingüística y cultural compleja y plural.

Una realidad compleja en la que no siempre se corresponde un territorio con una lengua, pues el prestigio poético del provenzal hizo que los trovadores catalanes compusieran en la lengua d'oc, de la misma manera que entre los poetas líricos de Castilla fue frecuente el uso del gallego, una moda que aún refleja en el siglo XV el Cancionero de Baena.

Santos Domínguez


13 marzo 2009

Mario Benedetti. Un mito discretísimo



Hortensia Campanella.
Mario Benedetti.
Un mito discretísimo.

Alfaguara. Madrid, 2009.

Yo en cambio la recuerdo aunque me ignore
a través de la bruma la distingo
y a pesar de acechanzas y recelos
la recupero cálida y soleada
única como un mito discretísimo.


De esos versos, que pertenecen a Ciudad en que no existo, un largo poema sobre Montevideo que escribió Mario Benedetti durante los años setenta en uno de sus exilios y que apareció en La casa y el ladrillo, toma su título la biografía que sobre el escritor uruguayo ha escrito Hortensia Campanella.

Desde el paraíso perdido de la infancia hasta la vitalidad creativa de su vejez, la vida de Mario Benedetti es una muestra constante de conciencia ética, generosidad y discreción. Y esas características que definen al escritor uruguayo son algunos de los rasgos que más destaca la autora en la biografía de Mario Benedetti que acaba de publicar Alfaguara.

Subrayada por abundante material gráfico, esta indagación en el mito discretísimo no se limita a la mera descripción biográfica o al seguimiento de su agitada peripecia vital. Es, además de eso, un acercamiento completo a su obra, a sus claves estéticas, personales e ideológicas, un mapa de que explica sus relaciones personales y sus miedos, su coraje y su constancia, su evolución y su coherencia.

Porque en pocos escritores se comunican tan naturalmente en su pluralidad vida y literatura, contexto político y trayectoria vital, experiencia y escritura como en Benedetti. Lo explica Hortensia Campanella en el prólogo:

Después de tantos años de leer y oír los textos de este escritor peculiar, lo que queda es la convicción de que vida y obra de Mario Benedetti conservan una armonía especial que recae, como un influjo, como una fuerza, como un regalo, sobre los lectores. Y, más allá de los vaivenes de esa obra, tan amplia, tan variada, tan arriesgada, por encima de los desniveles inevitables, de los gustos y disgustos que depara, la coherencia y la honestidad son de agradecer.

Por ese motivo cada uno de los capítulos se remata con un texto alusivo extraído de su obra, con lo que se va proponiendo también un recorrido temático que acaba constituyendo una antología coherente y significativa de la amplísima producción como poeta y narrador de Benedetti, recorrida siempre por la mirada compasiva que entiende al otro:

Ese sentido de fraternidad - explica Hortensia Campanella-, de preocupación por el igual, por el ser humano cercano, aparecerá prácticamente a lo largo de toda su obra y en especial es visible en sus poemas.

El estudio de Hortensia Campanella, exhaustivo e intenso, se nutre de la lectura admirativa de sus más de ochenta libros, pero también de abundantes materiales procedentes de muchas entrevistas personales de la autora con Benedetti. A eso hay que añadir las cartas, artículos y recuerdos de amigos cuyo testimonio contribuye también decisivamente a dejar constancia de una vida creativa y homenajear su actitud resistente, a la vez entusiasta y pesimista, entre el exilio y la rebeldía, entre ausencias y persecuciones, entre Montevideo y Buenos Aires, entre Madrid y La Habana, entre la prosa y el verso.

Santos Domínguez

11 marzo 2009

La gran trilogía


Gregor Von Rezzori.
La gran trilogía.
Introducción de Claudio Magris.
Traducciones de Daniel Najmías,
Juan Villoro y Joan Parra Contreras
Anagrama. Barcelona, 2009.


Austríaco, rumano, apátrida y políglota como sus personajes, Gregor von Rezzori (1914-1998) nació en Chernovitz, en la Bukovina, una región del imperio austrohúngaro, una Babel fecunda y ambigua en la que convivían rusos, judíos, alemanes, rumanos y comunidades de gitanos.

Tengo la Babel de esta fabulosa tierra en mis oídos: rumano, ucraniano, alemán, yídish, polaco, magiar, armenio..., diría Von Rezzori de aquella ciudad que inspiró la Chernopol en la que situó la primera de las tres novelas que forman La gran trilogía, una obra monumental integrada por Un armiño en Chernopol (1958), Memorias de un antisemita (1979) y Flores en la nieve (1979).

Acaba de publicarla Anagrama con una introducción espléndida de Claudio Magris, que ya había hablado del autor y su mundo en El Danubio.

Como un extranjero profesional define Magris a Von Rezzori, epígono y precursor que evoca y recrea un mundo que había desaparecido con el nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Con una enorme calidad en su prosa, con una mezcla magistral de tensión narrativa y fuerza documental, a medio camino entre la nostalgia y la ironía crítica, la ambivalencia del autor se proyecta en un género como la novela, que entiende y practica como perfección de la autobiografía. El narrador, distante y cercano, escribe desde la ambigüedad de una voz impostada que es también la voz de la memoria personal de su autor, matizada por el tiempo y afectada por la fabulación. De ahí la peculiar mezcla de estilos y enfoques, de épica y lírica, de objetividad y subjetividad, de mirada interior y exterior que recorre la trilogía.

Un armiño en Chernopol, una novela magrebina dedicada a la memoria de su padre, es una reconstrucción de su infancia y adolescencia en Chernovitz, un rincón del sudeste de Europa dejado de la mano de Dios. La fenomenología de esa ciudad, la materia y el espíritu de su paisaje y sus habitantes, el transcurso y el cruce de sus vidas vulgares e irrepetibles son el centro y la periferia de una panorámica de Chernopol con personajes como la señora Morar y su vocación narrativa, el prefecto Tarangolian, indolente y melancólico, o Ephraim Perko, políglota y vividor, las palomas urbanas, estables y burguesas, los Feuer o el viejo Pashkano, figuras de un caleidoscopio narrativo complejo y deslumbrante.

Intensas e inolvidables, las dos primeras páginas fijan el tono de la novela. Esa obertura termina con estos párrafos en los que ningún adjetivo es superfluo:

Nadie hace jamás otra cosa que ir al encuentro de la propia muerte. Y por eso tampoco oye el reclamo quejumbroso y nostálgico de los trenes lejanos que abandonan Chernopol para lanzarse, en una tierra perdida, hacia otra realidad, perdida y solitaria también, soberana y anhelante. Pues todos están perdidos en su soledad, los hombres y las ciudades.

Chernovitz, Viena y Roma son los espacios urbanos en los que transcurren las Memorias de un antisemita, atribuidas a un narrador afectado de skuchno, una palabra rusa difícil de traducir. Significa algo más que un intenso aburrimiento: un vacío espiritual, un anhelo que atrae como una vorágine imprecisa y vehemente.

Obsesionado con la caza y el sexo, ese narrador dibuja en cinco cuadros un panorama del Tercer Reich antes de la Segunda Guerra Mundial, un régimen marcado por un antisemitismo rutinario y doméstico:

Mi padre odiaba a todos los judíos, incluidos los ancianos humildes. Era un odio antiquísimo, tradicional, inveterado, para el que ya no necesitaba hallar una causa. Cualquier motivación, aun la más absurda, lo justificaba. Ya nadie creía que los judíos trataban de conquistar el mundo que les había sido prometido por sus profetas, a pesar de que cada vez fueran más ricos y poderosos, sobre todo en América, según se decía. De cualquier forma, las historias de una conspiración maligna (como la que supuestamente se describía en Los protocolos de los sabios de Sión) eran tomadas como meras habladurías, lo mismo que las historias de robos de hostias y asesinatos rituales de niños inocentes, por más que siguiera siendo inexplicable la desaparición de la pequeña Esther Solymossian. Estos eran embustes que se contaba a las sirvientas cada vez que decían que ya no soportaban estar con nosotros y amenazaban con irse con una familia judía que las trataría mejor y les pagaría más.

Flores en la nieve lleva como subtítulo Retratos para una autobiografía que nunca escribiré. Y de eso se trata, de retratos domésticos que completan un mosaico breve e intenso de personajes del entorno de su infancia. La melancolía recorre estas páginas introducidas por imágenes del álbum familiar: Kassandra, la nodriza primitiva y turbadora, el padre antisemita y cazador, burlón y vitalista; la hermana, muerta a los 22 años y evocada cincuenta y seis años después, o Strausserl, la vieja institutriz familiar, sabia y clarividente.

Esta última novela de la trilogía se cierra con un Epílogo en el que Von Rezzori resume las claves de la obra: desde el papel esencial de la ciudad a la arbitrariedad de la memoria selectiva. Termina así:

Mi Chernopol, la imagen irreal de la realidad de Chernovitz, pertenecía al reino de lo increíble, al país fabuloso de las imaginaciones quiméricas. La realidad que había encontrado en Chernovtsi amenazaba con destruir incluso eso. Tenía que marcharme de allí lo antes posible. No hay que entregarse a la búsqueda del tiempo perdido con espíritu de turismo nostálgico.

Santos Domínguez

09 marzo 2009

Las mil y una historias de Pericón de Cádiz


José Luis Ortiz Nuevo.
Las mil y una historias
de Pericón de Cádiz.

Barataria. Sevilla, 2008.


Viste siempre de negro -todos los cantaores visten igual- como vestía la nobleza española en tiempo de los Austrias. Lleva camisa con chorreras y zapatos de tacón alto. En su atuendo muestra arcaísmo, señorío y un cierto dejo sacerdotal. Se mueve lento y parsimonioso y, al moverse, deja ver sus asomos de camisa en los puños. No hay compostura como la suya. No hay gravedad como la suya. Tanto es su señorío que únicamente al sentarse advertimos que es grueso. El señorío creo que estiliza un poco la figura. Tiene los ojos claros, impasibles, semientornados, y aunque le llaman -'Arsa, Pericón'- no mueve la cabeza, no gira el cuerpo; mueve los ojos solamente. Parece un Buda. Canta hierático, quietísimo y garboso, como si no moviera un solo músculo de la cara. Aun en su mismo silencio hay sorna y, desde luego, gracia. Tiene algo ritual pero condescendiente, y mueve las manos de una manera tan precisa, que nos encanta, y casi nos alegra, verle sacar el pañuelo. Quien hace ante nosotros un gesto delicado, parece regalarnos algo. Habría que darle las gracias. Luego cuando se sienta, se sienta completamente bien igual que el agua llena el vaso. 'Arsa, Pericón' y entonces, al levantar la mano para cantar, deja la mano quieta y alta, como si le doliera. Tiene un brillo perlado en la piel, y el sudor, no sabemos por qué razón, no le moja la cara. Canta magistralmente los cantes de Cádiz. De cante en cante, pestañea. Éste es su único movimiento. Al sentir que le aplauden, va quedándose cada vez más cabal, más apretado con el silencio. No se calla, se ajusta. Es como si el silencio lo fuera torneando. Si le llamas, no mueve la cabeza: mira hacia ti girando el cuerpo. No abre los ojos mucho. No mira demasiado. Dentro del mundo en que vivimos no existe compostura como la suya.


Luis Rosales dedicó esa espléndida semblanza a
Juan Martínez Vílchez, (Cádiz 1901-1980), que así se llamaba civilmente Pericón de Cádiz, protagonista y testigo de la evolución del flamenco y de la flamenquería, de los cambios en los cantes antiguos y en la consideración social de los cantaores.

Pericón, heredero de los cantes de Enrique el Mellizo, conoció el hambre y la época de los cantaores contratados por los señoritos para sus juergas en los reservados de las ventas y los cafés cantantes, participó luego en giras con Las calles de Cádiz,
llegó a oír a los viejos maestros y enriqueció esa herencia con aportaciones y matices personales, con un excepcional sentido de la medida y el compás. Dejó testimonio de ello en numerosas muestras grabadas en pizarra y vinilo. Pero eso forma parte de la discografía y la crítica musical.

Pericón representa también la memoria oral de una época brillante del flamenco y de los cantes de Cádiz. Y a perpetuar esa memoria hablada dedicó José Luis Ortiz Nuevo un libro,
Las mil y una historias de Pericón de Cádiz, que se publicó en 1975 y llevaba tiempo agotado, pese a que se ha convertido en uno de los títulos de referencia sobre la memoria contemporánea del flamenco.

Un título que es el resultado de muchas tardes de conversación y refleja directamente,
sin correcciones ni interpretaciones, la imagen de Pericón, dueño de un talento narrativo y una mezcla de memoria prodigiosa y capacidad de fabulación propia de Ignacio Ezpeleta.

Una muestra: un recuerdo de 1512, sobre un extraño cargamento que llegó al puerto de Cádiz. Lo cuenta Pericón como si hubiera sido testigo:

Y entonces fueron y rajaron el fardo y vieron que eran partituras flamencas. Alegres y sorprendidos, fueron cogiendo del fardo lo mejorcito, que se quedó en Cádiz. El resto lo volvieron a empaquetar y lo mandaron para Jerez. Y en Jerez pasó lo mismo, y lo que quedó lo mandaron para Sevilla. Y de Sevilla fue para arriba.
Por esto –decía Pericón- es por lo que en Cádiz se canta mejor que en ningún sitio de España y los mejores cantaores han salido de la Bahía.

Esa tendencia constante de Pericón a mezclar fantasía y realidad de forma natural la explicaba así Fernando Quiñones, que lo definió en De Cádiz y sus cantes como un tenor jondo:

Hay que aclarar con toda urgencia que, en un hombre como el que nos ocupa, imaginar no es nunca o casi nunca mentir. Jorge Luis Borges ha sugerido más de una vez la imposibilidad de diferenciar tajantemente la literatura realista de la literatura fantástica, ya que nada puede haber más fantástico, inesperado e inesperable que la vida misma, y que todo cuanto nos transita por la cabeza, el corazón o el sentimiento también forma parte de la vida, puesto que lo forma de la nuestra. La caudalosa, más bien torrencial, fantasía de Pericón, proveerá al lector de este libro, en numerosas ocasiones, de lances y pasajes más o menos difíciles de creer según los cánones –por otra parte, falibilísimos, como a diario podemos comprobar– que rigen nuestros razonamientos cotidianos. Pero no hay que olvidar que, así como en las leyendas más inverosímiles existe un fondo de realidad ocurrida y transformada por el tiempo, en los relatos y memorias de Pericón se mezclan indisolublemente lo que fue y lo que pudo ser, lo que para él fue así.

Lo acaba de reeditar Barataria en una cuidada edición ilustrada con viñetas para las letras capitulares que reproduce también el excelente prólogo (Pericón a dos vertientes) que escribió Fernando Quiñones y un epílogo (De la afición y del cante) en el que Pericón reflexiona sobre el flamenco y su mundo.

Santos Domínguez

07 marzo 2009

Sonetos de Shakespeare


William Shakespeare.
Sonetos.
Traducción y prólogo de
Christian Law Palacín.
Bartleby. Madrid, 2009.


Bartleby publica en edición bilingüe una nueva traducción de los Sonetos de Shakespeare, que cumplen este año cuatro siglos de controversias y enigmas. Son 154 textos de una belleza turbulenta, como explica el traductor de unos textos que tienen una estructura muy distinta de la estrofa que crearon los poetas napolitanos del Trecento. El soneto isabelino inglés no tiene dos cuartetos y dos tercetos, sino tres serventesios y un pareado cuya autonomía formal sirve para introducir un comentario, para resaltar una variación, un contraste de tono, un contrapunto o un anticlímax.

Y ahí siguen, tan frescos después de tanto tiempo, tan desafiantes, tan resistentes al asedio crítico. Como todos los clásicos de verdad, son el mapa de un terreno minado, de un territorio propicio a la conjetura. Todo es aquí indicio e incertidumbre: desde la dedicatoria de la primera edición de 1609 a un misterioso Mr. W. H. a la ambigüedad sexual a la que alude la voz lírica que habla en ellos, alusiva y elusiva, de secretas complicidades y connotaciones

Amor y temporalidad, espiritualidad y grosería, y una variedad de tonos que van de lo retórico a lo coloquial conviven en estos textos que provocan constantes perplejidades en torno a un triángulo amoroso rodeado de misterio.

Los 126 primeros sonetos se dirigen a un desconocido y opaco Fair Youth, un amor platónico del que no sabemos nada, salvo que ese muchacho responde al ideal de belleza femenina inaccesible del petrarquismo, al que compara en el delicado soneto 18 con un día de verano:

Shall I compare thee to a summer's day?
Thou art more lovely and more temperate:
Rough winds do shake the darling buds of May,
And summer's lease hath all too short a date.

Como ignoramos todo acerca de la Dark Lady, la dama oscura que inspira los textos numerados entre el 127 y el 152 -los que describen una sexualidad explícita- o los que aluden al Rival Poet (¿Marlowe?, ¿Chapman?, ¿ninguno de los dos?).

No es raro, pues, que estos Sonetos hayan provocado una diversidad de enfoques que van desde el estructuralismo a la crítica biográfica o psicoanalítica, pasando por la social o la feminista, sin que ninguna de esas direcciones los explique en todos sus matices.

La traducción de Christian Law Palacín tiene que enfrentarse -como siempre con estos textos- al problema del monosilabismo del inglés y lo resuelve con un endecasílabo blanco que sacrifica algo del sentido, pero mantiene la ligereza del ritmo original de los pentámetros yámbicos frente a la solución del alejandrino por el que optan otros traductores. Es una opción arriesgada que facilita la lectura y lo agradece el lector. Quienes los traducían en prosa se evitaban pasar por este trance, pero el resultado es hoy directamente ilegible.

Santos Domínguez

06 marzo 2009

De Gabo a Mario

Ángel Esteban. Ana Gallego Cuiñas. 
De Gabo a Mario. 
Espasa. Madrid, 2009.


Como Lope y Cervantes, como Nabokov y Edmund Wilson, fueron amigos y acabaron a palos. Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, que fueron – y siguen siendo- dos de los mejores novelistas que ha dado la lengua española, compartieron amistad, vecindad en Barcelona, relaciones casi familiares y protagonismo en el desarrollo de la novela del boom, son el eje de un completo estudio de Ángel Esteban y Ana Gallego que publica Espasa

  De Gabo a Mario es un ensayo escrito con agilidad y cercanía, un ensayo que elude el peligro evidente de caer en el fácil morbo amarillista de todo lo que rodeó la famosa agresión física de Mario a Gabo en una proyección cinematográfica en México, para centrarse en una década prodigiosa en la que el boom demostró que el sur también existe. 

 Gabo y Mario fueron el poeta y el arquitecto, el corazón y la cabeza de aquel movimiento y el libro alterna y reúne sus dos itinerarios vitales y literarios, sus dos trayectorias marcadas por distinta evolución ideológica, distintas lecturas y relaciones. 

 Trayectorias divergentes y convergentes en años cruciales como 1967. Ese año La casa verde gana el Rómulo Gallegos casi a la vez que aparece en Sudamericana la primera edición de Cien años de soledad, que obtendría ese mismo premio –entonces quinquenal- en 1972, cuando las divergencias ideológicas sobre la revolución cubana y el caso Padilla habían abierto entre los dos novelistas una brecha insalvable. 

Desde aquellos años celebratorios y amistosos a la ruptura definitiva y violenta en febrero de 1976, el resultado más fecundo y perdurable de la relación entre García Márquez y Vargas Llosa fue la Historia de un deicidio, el estudio definitivo de Cien años de soledad que Vargas Llosa leyó como tesis doctoral, un monumental ensayo reeditado hace poco, después de llevar muchos años descatalogado. 

 Por encima de lo personal, De Gabo a Mario es un recorrido por unos años cruciales para la novela hispanoamericana. Además del seguimiento de unas relaciones personales a través del epistolario, las entrevistas o las declaraciones de los novelistas y sus allegados, el libro es un estudio de la poética y el método de trabajo, sobre el universo narrativo y los planteamientos ideológicos de dos autores imprescindibles en la literatura de los últimos cincuenta años.

Santos Domínguez