07 febrero 2009

Simulador de vuelo


Javier Asiáin.
Simulador de vuelo.
Celya. Salamanca, 2008.


Como un educador de la mirada concibe al poeta Javier Asiáin (Pamplona, 1970), que hace en su cuarto libro, Simulador de vuelo, un homenaje a los autores que han contribuido a formar su visión del mundo y le han mostrado la realidad con otros ojos.

De esa importancia que tiene la mirada en la poesía de Asiáin da cuenta el espléndido poema inicial, Homilía del perdón, inspirado en un cuadro de Rembrandt, El regreso del hijo pródigo.

El vuelo simulado e intenso de estos poemas recorre espacios tan diversos como el Cantar de los Cantares, Joaquín Sabina o Eluard, pasando por otros referentes como García Lorca o Cervantes, al que dedica La rebelión de las hipérboles.

Ese y el resto de los poemas del libro son un elogio del asombro, un tributo agradecido a los autores que da lugar a los collages titulados Manual de desarme y Estados febriles, dos textos que evocan a algunos de esos maestros que han modelado la mirada de Asiáin y su forma de entender la vida y la literatura, porque como señala en su Antología de afectos para Ángel Urrutia: Ahora sabemos que siempre nos quedarán sonetos para no morir en la costumbre.

Esa lección de intensidad, de afectos y emociones hechas palabras es la que dan los poemas de este Simulador de vuelo, del que dice Antonio Colinas en el prólogo:

Vemos así cómo este aparente “simulador de vuelo” que pretende ser este libro se convierte en una realidad sin simulaciones, en un camino seguro, en una dirección cierta, hacia un conocer nuevo y ambicioso.


Santos Domínguez

06 febrero 2009

Un alma en incandescencia


José Ángel Mañas.
Un alma en incandescencia.
Pensando en torno a Franciam Charlot .
(Aforismos sobre pintura).
Editorial Buscarini. Logroño, 2008.


Decía Maupassant que quince versos bastan para garantizar la inmortalidad de un autor. Lo mismo, referido a pensamientos, estima cualquier escritor de aforismos. Esa es su aspiración. La concentración máxima en un puñado de reflexiones originales, sugerentes y, a ser posible, profundamente iluminadoras.

Así comienza el prólogo con el que José Ángel Mañas presenta Un alma en incandescencia, una incursión en las relaciones entre arte y literatura a través de 72 aforismos que toman como referencia la obra inquietante del artista francés Franciam Charlot. Con referentes como Nieztsche y Joubert, el prólogo define el objeto y el método del aforismo, que debe ser un dardo certero que penetre en el fondo de las cosas o que vaya a su centro. Es el primer libro en el que Mañas abandona el terreno de la ficción narrativa y lo publica Editorial Buscarini en su colección La imprenta de Armando.

Estos aforismos son el resultado de una crisis creativa de José Ángel Mañas, de la que le sacó el encuentro con la pintura de Franciam Charlot, que ilustra esta edición. La contemplación insistente y demorada de sus cuadros dio lugar a estas reflexiones que surgen del punto donde se encuentran la mirada de un escritor con la obra plástica de un pintor. Es un proceso paciente, como el de la creación, que se describe en uno de los aforismos:

Cortesía de espectador: plantarse ante la obra y esperar a que nos interpele.

No es una actitud pasiva. De la contemplación se pasa a la creación, como se explica poco después en otro aforismo sobre la capacidad creativa del espectador:

La mirada crea tanto como el artista.

Y así - explica Mañas- la intensidad incandescente que define la pintura de Franciam Charlot procede de la pureza emocional de quien “ha escrutado fijamente a la muerte antes de mirar a su alrededor” y sólo ve fantasmas.

Porque esa experiencia de límites que es el arte requiere estar emocionalmente en la otra orilla, del otro lado de las cosas:

Hay que estar muerto en vida antes de saltar a la arena del arte.


Santos Domínguez

04 febrero 2009

El soldado Svejk


Jaroslav Hasek.
Las aventuras del valeroso soldado Schvejk.

Ilustrado por Josef Lada.
Traducción de Monika Zgustova.
Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores.
Barcelona, 2008.

Las aventuras del bravo soldado Svejk –escribía Milan Kundera en El arte de la novela- es probablemente la última gran novela popular. ¿No es asombroso que esa novela cómica sea al mismo tiempo una novela de guerra cuya acción se desarrolla en el ejército y en el frente? ¿Qué ha ocurrido con la guerra y sus horrores para que se hayan convertido en motivo de risa?

El 28 de junio de 1914, el mismo día que matan en Sarajevo al archiduque de Austria y se enciende la mecha de la Primera Guerra Mundial, empieza la acción de Las aventuras del bravo soldado Svejk, de Jaroslav Hasek, la obra más conocida de la literatura checa, que edita Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores con traducción de Monika Zgustova, la primera que se publica en castellano directamente desde el checo. Una espléndida traducción, por cierto, que permite que sus centenares de páginas se lean con sorprendente fluidez.

El señor Svejk comenta con la señora Müllerova, su ama, el asesinato del archiduque Fernando. Y el narrador hace la primera caracterización del antihéroe que protagoniza la novela:

-Así que nos han matado a Fernando –dijo el ama al señor Svejk que, una vez declarado idiota por la comisión médica militar, había abandonado el servicio y vivía de la venta de perros, unos horribles monstruos híbridos para los cuales inventaba falsas genealogías.

Tras esa primera presentación se irán sucediendo una serie de peripecias extravagantes que llevarán al personaje de una taberna a la jefatura de policía, de allí al manicomio, a la cárcel y al ejército y finalmente al frente de Galitzia. En su recorrido por esos ambientes y en su ir y venir por distintos tribunales, Svejk se comporta con una inocencia irreductible y una torpeza llena de buena voluntad y de un optimismo que pone patas arriba todas las estructuras del sistema y colapsa la maquinaria social de la autoridad.

Manicomios, comisarías, iglesias, cárceles y ejércitos, jueces, policías y militares quedan en evidencia o se desesperan ante la ingenuidad impasible de un personaje mitad Quijote, mitad Sancho, con una mezcla explosiva de lucidez, sentido común y patosería ante la que el lector se pregunta constantemente: ¿Es tonto o se hace el tonto?

Como en la novela de Cervantes, Hasek no juzga y la ambigüedad de su texto, la mezcla de crueldad y comicidad y el tratamiento del personaje nos muestran a un Svejk que a veces parece un estúpido y otras un farsante a la defensiva o un cínico al ataque.

Alegato antibelicista en el que el humor demuestra toda su potencia destructiva, denuncia de la degeneración de la sociedad austro-húngara, la novela muestra que la actitud de Hasek, lo explicaba también Kundera, es semejante a la de Kafka. Cuando la guerra del 14 cambió el mundo, Musil, Kafka, Broch y Hasek expusieron en sus novelas el fin de una época, las paradojas con las que terminaba la modernidad y empezaba de verdad el siglo XX. Desde esa perspectiva, la necedad de los burócratas de Kafka es la misma de los burócratas del ejército de Hasek, que escribió este texto con una evidente intención satírica contra las instituciones del agonizante imperio austrohúngaro.

Las aventuras del bravo soldado Svejk se fueron publicando por entregas en 1921 y 1922 a medida que las iba escribiendo Hasek con una técnica de relato acumulativo, de narración en sarta que quedó truncada por su muerte en 1923. De las seis partes que tenía el proyecto, sólo escribió cuatro, que aparecieron en forma de libro en una edición póstuma con las ya imprescindibles ilustraciones de Josef Lada.



Santos Domínguez

02 febrero 2009

Colores



Colores.
Texto de Remy de Gourmont.
Color de Odilon Redon.
Traducción de Juan Diego Martín.
Ediciones Barataria. Sevilla, 2008.



Si yo tuviese que escribir la vida de Cleopatra, la escribiría en verde, en verde Nilo, como es natural, y no creo que nadie se atreviera a contradecirme. Escribir vidas o cuentos en tal o cual color es lo que he intentado aquí.

De esa manera explicaba Remy de Gourmont el papel determinante que tienen los colores en la vida. Es parte del prólogo de un libro exquisito, Colores, que reúne a Remy de Gourmont (1858-1915) y a Odilon Redon (1840-1916). Lo publica Barataria en su colección Uno más uno.

La primera edición francesa (Couleurs, suivi de Choses anciennes) apareció en 1908 y en 1921 ya hubo una traducción española de Julio Gómez de la Serna en Biblioteca Nueva.

Entre colores fríos y calientes, entre el relato corto y las escenas de un diálogo teatral, en la primera parte del libro hay trece textos sobre trece colores, sobre trece mujeres y trece caracteres definidos por cada color, sobre trece maneras de vivir el erotismo. Subrayados por trece imágenes de Odilon Redon, un pintor contemporáneo de Remy de Gourmont, están aquí el amarillo de la moneda de oro, el negro inolvidable de una dalia en jardín normando, el alma azul de dos amantes adúlteros, el violeta de las solteras o la triste desazón del cinzolín, entre el violeta y el rojo.

Y es que –explica Remy de Gourmont- hay mujeres azules, las hay rosas, malvas o rojas. Es decir, que no puede uno representárselas más que asociadas a uno de los siete colores o a una de esas tonalidades.

El libro se completa en una segunda parte –Antigüedades- , con dieciocho cuentos cortos que están muy cerca en su técnica y en su tensión expresiva del poema en prosa. Frente al cromatismo intenso de las ilustraciones de la primera parte, predominan en estas Antigüedades los negros y los grises en una técnica expresionista que culmina en un Dibujo a lo Goya y en un magnífico texto, Iter ad Luxuriam.

Rubén Darío, que matizó el simbolismo cromático como nadie hasta entonces en español, habló de ambos, el escritor y el pintor, con fervor de discípulo y reconoció siempre en Gourmont un maestro del refinamiento que le enseñó a mirar la realidad y en Odilon Redon un ejemplo de pureza y ensoñación visionaria.

Al evidente acierto de reunirlos en un libro se anticipaba Remy de Gourmont cuando escribió estas líneas:

no pretendía con este entretenimiento reformar la estética ni revolucionar las normas del arte de escribir. Jugué, sencillamente, con una caja de lápices de pastel; me gustaban los colores por ellos mismos, uno por uno, como al singular y gran artista Odilon Redon, cuyas flores resultan tan vivas que quiere uno respirarlas.

Santos Domínguez

31 enero 2009

Viaje al amor de William Carlos Williams


William Carlos Williams.
Viaje al amor.
Traducción y prólogo de Juan Antonio Montiel.
Poesía Lumen. Barcelona, 2009.


A la vez que Wallace Stevens hacía seguros en Hartford para el ganado, William Carlos Williams (1883-1963) atendía a diario su consulta de médico en Rutherford, otra ciudad industrial del nordeste.

Los dos fueron amigos y tuvieron tiempo para renovar la poesía norteamericana contemporánea desde presupuestos estéticos parecidos que hundían sus raíces en Emerson y Whitman y enriquecían esa herencia autóctona con la influencia de los románticos ingleses, los simbolistas franceses y la pintura.

Con traducción y prólogo de Juan Antonio Montiel, Lumen edita uno de los libros que contribuyeron a esa renovación. El Viaje al amor (1955) de William Carlos Williams es, junto con los Cuadros de Brueghel que aparecieron recientemente en esta misma colección, una de las obras imprescindibles de la poesía del siglo XX.

Nieto de Emily Dickinson, amigo de Hilda Doolittle y Ezra Pound y precursor de Ginsberg y Kerouac, William Carlos Williams buscó la precisión de la palabra poética, la exactitud de lo concreto, la transcendencia de lo cotidiano, la fuerza conceptual del habla coloquial.

No ideas but in things - no hay ideas sino en las cosas- fue la frase en la que cifró su poética, su idea de la poesía como exploración y descubrimiento, como resultado de la observación de la vida y la mirada detenida en el objeto, como expresión del interés por la realidad inmediata de las cosas.

Williams parte de la sensación, de la sensibilidad ante lo concreto para transformar la realidad en objeto verbal a través de la imaginación y la sintaxis. En su poesía convergen la vista y el oído en unos textos que escuchan las cosas, pintan con palabras los objetos cotidianos y nombran lo próximo. El ojo y el oído se proyectan en una palabra hecha ritmo e imagen, para dibujar un paisaje detallado con la fluidez del coloquio, con el ritmo interno de la lengua hablada sobre la base métrica del pie variable.

En la poesía de Williams conviven objetivismo y objetualismo, dos palabras que resumen no sólo la postura del que mira, sino la importancia de lo que se mira, los temas corrientes de la vida diaria que el autor elige para representar fragmentos de realidad, para describir una fotografía en color o para rendir homenaje a la pintura europea en su Tributo a los pintores.

Esa mirada, carente de didactismo y de todo propósito moralizador, huye de lo abstracto en unos poemas que no juzgan, en unos textos que captan el instante detenido y buscan la concentración depurada de la palabra para trascender lo concreto, para ir más allá del aquí y el ahora, para convertir lo ordinario en extraordinario.

Es lo que ocurre en el espléndido Una negra:

lleva un ramo de caléndulas
envuelto
en un periódico viejo:

las lleva en alto, medio
descubiertas,
la mole
de sus muslos
la
hace ir

bamboleándose
mientras pasa
frente al aparador de
una tienda
que se cruza en su camino.

Qué es
sino una embajadora
de otro mundo
un mundo de bellas caléndulas
de dos tonos
que ella ofrece
sin pensar nada más
sólo

yendo por ahí
con las
flores en alto
como una antorcha
muy
temprano en la mañana.


En ese texto, que Williams elige para abrir el libro, están algunas de las claves de su poesía: su tono celebratorio y afirmativo, la afirmación de la vida más allá de la anécdota trivial que suscita el poema, la radicalidad respiratoria del verso libre y el pie variable.

Es una poesía que convoca a los sentidos, no a la inteligencia, evita el tono meditativo y explora las sensaciones, no los conceptos, y por tanto usa como material poético la inmediatez tangible de lo concreto, no las abstracciones para ofrecernos unos textos que desde su mirada fotográfica o pictórica se convierten en poesía de la afirmación y la presencia. Ese tono afirmativo se vuelca sobre el pasado de la memoria y sobre la experiencia del presente en unos poemas en los que lo vegetal, lo que rebrota y renace, ocupa un lugar central.

A medida que avanza el libro va teniendo una presencia cada vez mayor el tema de la muerte o la vejez antes de culminar en el extenso Asfódelo, esa flor verdosa, un largo poema amoroso, también un descenso a los infiernos, como señala Juan Antonio Montiel en su certero prólogo, y en todo caso un texto cenital en el Viaje al amor y en la obra madura de William Carlos Williams.

Santos Domínguez

28 enero 2009

Chesil Beach


Ian McEwan.
Chesil Beach.
Traducción de Jaime Zulaika.
Compactos Anagrama. Barcelona, 2009.


Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible. Pero nunca es fácil.

Con ese párrafo ejemplar comienza Chesil Beach, la última novela de Ian McEwan. La primera edición en español, con traducción de Jaime Zulaika, la publicó Anagrama en su colección Panorama de narrativas. Fue elegida por parte de la crítica como mejor libro de 2008 y ahora aparece en formato de bolsillo.

Muy distinta en su ritmo narrativo de su obra mayor, la famosa Expiación, en su enfoque -más limitado- y en su asunto -más nimio-, Chesil Beach es el reflejo de un época residual de la sociedad inglesa y por eso su anécdota trivial – la noche de bodas de Edward y Florence- se ambienta en julio de 1962, unos años antes de los cambios sociales e ideológicos de finales de los sesenta. Aún no se había producido el relevo entre quienes habían quedado marcados por la Segunda Guerra Mundial y la generación siguiente, que alteraría notablemente los comportamientos sociales en Inglaterra. Una convivencia visible en el hotel entre los clientes mayores de cuarenta años y quienes entraban en la vida adulta en aquella década prodigiosa, o en la distinta manera que tienen Edward y el padre de Florence de afrontar un intranscendente partido de tenis:

Era todavía la época - concluiría más adelante, en aquel famoso decenio- en que ser joven era un obstáculo social.

Construida sabiamente, con una técnica de contrapunto que pasa con naturalidad del presente al pasado, su estructura alterna los capítulos centrados en esa noche y sus consecuencias y los que rememoran la historia personal y familiar de Edward y Florence, en los que están las claves de la conducta conflictiva del presente y el desenlace de la historia.

No se trata sólo de las fuertes diferencias sociales entre ambos, sino de diferencias educativas que afectan a la distinta manera de encarar las relaciones individuales y sexuales, sometidas a las convenciones represivas del puritanismo:

¿Y qué se interponía entre ellos? Su personalidad y su pasado respectivos, su ignorancia y temor, su timidez, su aprensión, la falta de un derecho o de experiencia o de desenvoltura, la parte final de una prohibición religiosa, su condición de ingleses y su clase social, y la historia misma.

El conflicto sexual es en Chesil Beach la manifestación más radical de un problema de comunicación y una parte significativa del retrato de la sociedad inglesa de la época. Un Edward onanista y preocupado por la probabilidad de la eyaculación precoz y una Florence frígida y progresista a la que le repugnan los genitales y los besos con lengua, son los protagonistas de una penosa noche de bodas que transcurre con cautelas variadas entre el asco y el júbilo, entre el deseo y el temor, entre el miedo del muchacho a “llegar demasiado pronto” y el sentido sacrificial y culpable que tiene el sexo para la joven virgen y violinista.

Las relaciones problemáticas de Florence con su madre y el incesto sugerido con su padre parecen encubrir un secreto que marca su presente y su futuro y en todo caso esas relaciones son dignas de un análisis con los métodos de la crítica psicoanalítica:

-Quizá debería psicoanalizarme. Quizá lo que necesito de verdad es matar a mi madre y casarme con mi padre.

En esa clave interpretativa, la carrera musical de Florence podría entenderse sin mucho esfuerzo como un ejemplo de sublimación del deseo sexual. Por eso cuando ejecuta una pieza al violín su expresión revela un gran conocimiento del camino hacia el placer.

Ian McEwan ha optado por concentrar en una novela corta un argumento que podría haber sido desarrollado en trescientas o cuatrocientas páginas. Esa concentración y la aceleración temporal del último capítulo, combinados con las demoradas descripciones de un beso o de un intento de relación sexual, hacen que el relato gane en intensidad, en dinamismo y en fuerza narrativa.

Santos Domínguez

26 enero 2009

Las fosas de Franco


Emilio Silva y Santiago Macías.
Las fosas de Franco.
Temas de Hoy. Madrid, 2009.


Con el subtítulo Los republicanos que el dictador dejó en las cunetas, Temas de Hoy recupera un libro que apareció por primera vez en marzo de 2003. Las fosas de Franco, de Emilio Silva y Santiago Macías, fue uno de los primeros libros que reflejaron el creciente fenómeno de la recuperación de la memoria histórica, silenciada por los pactos que sellaron la transición con el aparato del estado franquista prácticamente intacto.

¿Puede un país democrático permitir -se preguntaba Isaías Lafuente en el prólogo de 2003 titulado Llegó la hora- que miles de ciudadanos asesinados como animales por un régimen dictatorial permanezcan enterrados al borde de las cunetas? ¿Puede soportar que eso suceda mientras quien amparó y propició la matanza descansa bajo el altar mayor de una basílica cristiana? La respuesta es tan evidente que casi ofende hacer la pregunta.

Los autores de este libro -actualizado en esta nueva edición con una introducción de 2009 y con el texto de la Ley de memoria histórica de 2007 y el auto del juez Garzón de 16 de octubre de 2008- fundaron la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica a raíz de la exhumación que está en el origen de la obra.

Era el año 2000 y estaba en sus inicios el debate social sobre las consecuencias de la represión brutal en la guerra civil y en la dictadura franquista, pero aquí se daban los primeros pasos para reivindicar la memoria y la dignidad de centenares de personas desaparecidas o enterradas en fosas comunes.

El rastreo que hicieron los autores de este libro de los miles de republicanos españoles asesinados y abandonados en las cunetas por los falangistas comenzó con el hallazgo en la fosa de Priaranza, en el Bierzo, de los restos de Emilio Silva Faba, asesinado por la Falange en octubre de 1936. Empezaron a exhumarse el 27 de octubre de 2000 y de esa historia familiar surgió no sólo la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, sino una investigación más amplia que refleja los trabajos de búsqueda, localización y exhumación de restos en toda España.

Porque, como explica Emilio Silva en su presentación, El final de la insignificancia, "cuando los arqueólogos agujerearon la tierra de una fosa común en un pueblo de El Bierzo en octubre del año 2000, estaban abriendo un agujero en la niebla bajo la que durante tres décadas de democracia las víctimas del franquismo habían permanecido ocultas, ajenas a los debates públicos, a las medidas políticas, al conocimiento de su larga y tortuosa tragedia y a la acción de la justicia."

Los pormenores de cada historia y el resultado global de su trabajo se recogen en Las fosas de Franco, que refleja la magnitud de la tragedia y deja entrever el amplísimo censo de desaparecidos a lo largo del territorio español.

La obra está organizada en dos partes. En la primera –Crónica de un desagravio- Emilio Silva relata la peripecia en torno a la recuperación de los restos de su abuelo y a la repercusión nacional en la gran fosa que es España. Del Bierzo al Congreso y a las Naciones Unidas en el camino de restablecimiento de la justicia histórica.

Santiago Macías ha escrito la segunda parte del libro, Las fosas de la memoria, en la que resume el resultado de las investigaciones que se han ido realizando en las distintas comunidades autónomas para localizar los lugares en los que se encuentran los restos de republicanos desaparecidos.

Porque, como escriben los autores del libro, "las fosas son un secreto a voces, sobre las que recae un pesado y miedoso silencio. Estas fosas deben dejar de representar la conciencia vergonzante de una transición que, mientras siga echando tierra en ellas, no habrá pasado esa espantosa página de nuestra historia: deben ser catalogadas y protegidas, e incluso convertidas en monumentos conmemorativos contra la intolerancia y la barbarie."

Luis E. Aldave