15 junio 2008

Crónicas cosmopolitas de Rubén Darío

Rubén Darío.
¿Va a arder París...?
Selección, introducción y notas
de Günther Schmigalle.
Veintisiete Letras. Madrid, 2008.

Veintisiete Letras recoge en una edición muy cuidada un conjunto de crónicas que Rubén Darío escribió entre 1892 y 1912. El volumen, preparado por Günther Schmigalle, lleva como subtítulo Crónicas cosmopolitas y reúne lo mejor de la obra periodística del nicaragüense.

Fue en la prosa del periódico, en la escritura a sueldo, donde Rubén desarrolló las dos terceras partes de su obra total. Sus artículos y crónicas para la prensa, y en especial
sus colaboraciones en La Nación, le permitieron dedicarse a la poesía, pero más allá de su función alimenticia supo proyectar en ellas, con la alta calidad de su prosa eficaz y profesional, las actitudes, los temas y las preocupaciones del fin de siglo hispánico.

Como ocurre con otras manifestaciones de la época, coinciden aquí literatura y periodismo, vida y cultura, lirismo y actualidad. Rubén se convierte en espectador de su tiempo a través de crónicas filosóficas que arrancan de un suceso para llegar a una conclusión general que lo transcienda; con crónicas impresionistas, de tono conversacional, efímeras y con sabor de época; con semblanzas de autores como Poe, Verlaine o Marinetti, a través de una prosa fluida y precisa como la de este El faunida, un artículo que publicó La Nación el 3 de septiembre de 1910:

¿Es casado? ¿Es soltero? No me ha interesado averiguarlo. De todas maneras, debe portarse correctamente y cumplir con sus obligaciones. Creerá en los beneficios de la república, tendrá su mira puesta en un ascenso y obtendrá quizá pronto las palmas académicas. Todos los años, en una fecha fija, sabe que es obligación suya reunirse en un café de barrio, con unos cuantos hombres y mujeres que dicen discursos y versos a la memoria de su padre, y que comen por tres o cuatro francos, en fraternal ágape con la locuacidad de los hombres de letras. Él llena su misión sin comprender muy bien lo que se dice. Vagamente sabe que hay algo que le debe dar cierto orgullo y algo que le debe dar cierta vergüenza. Lo que es un hecho es que es un buen empleado, que merece el elogio de sus superiores y que nadie tiene que hacerle el menor reproche en su conducta. Es un hombre relativamente feliz. Ignora las angustias del ajenjo, de la lujuria y de la gloria. Es el faunida, es el hijo de Paul Verlaine.

Rubén fue cronista de un tiempo y de un espacio: el París que simboliza la unión de arte y vida, de poesía y realidad, y ante el que Darío pasa del entusiasmo a la desilusión, como pasó frente a la España del desastre y la bohemia desde la crítica del atraso a la nostalgia. De un espacio que es el de las crónicas que recogen impresiones del viajero por el Rhin, Londres o Tánger.

Entre la urgencia del cronista y la intemporalidad del poeta, Rubén tuvo un sostenido aprecio por estos artículos, que
recopiló parcialmente en libros como Los raros o España contemporánea. La lectura de los textos de esta selección justifica su juicio y completa la imagen compleja de aquel escritor poderoso y total que fue Rubén Darío, menos ensimismado en su torre de marfil de lo que le atribuye la imagen tópica del Modernismo.

Santos Domínguez

13 junio 2008

Cuentos completos de Haroldo Conti




Haroldo Conti.
Cuentos completos.
Narrativa Bartleby. Madrid, 2008.


Pocas veces el término desaparición es tan dolorosamente ambiguo como en el caso de Haroldo Conti (1925-1976), uno de los más importantes narradores argentinos de la segunda mitad del siglo XX.

Poco después de publicar su Balada del álamo carolina, en mayo de 1976, lo secuestró la dictadura militar. Y sobre las trágicas circunstancias que rodearon su detención y su muerte, Gabriel García Márquez escribió un intenso artículo (La última y mala noticia sobre Haroldo Conti), que apareció en El País en 1981 y que Bartleby ha recuperado como prólogo a su edición de los Cuentos completos de Conti.

Un total de diecinueve cuentos ordenados cronológicamente y cuatro textos que integran la sección Homenajes, dispersos en revistas y libros (Todos los veranos, Con otra gente, La balada del álamo carolina), dan testimonio del doble compromiso, político y literario, de Haroldo Conti, cercano en ocasiones al realismo crítico, como en el excelente Todos los veranos, y seguidor aventajado de Hemingway en cuentos como Cinegética.

En sus cuentos fluviales o en los que denuncian la injusticia o el terrorismo de Estado, Conti ejerce ese doble compromiso desde un impulso de totalidad en el que hace compatibles el humor y la amargura, la atención al personaje y al ambiente, el lirismo y la denuncia, el asombro o la indignación ante la realidad.

El campo y la ciudad, la realidad y el misterio, lo individual y lo colectivo conviven en unos cuentos en los que la actitud testimonial predominante no cierra las puertas al descubrimiento de las zonas oscuras de la realidad. Eso es lo que ocurre en un texto lleno de presentimientos funestos, Tristezas de la otra banda, premonitorio y turbador.

Algunos de estos relatos, como el mencionado Todos los veranos o el que se titula La causa, están más cerca técnicamente de la novela corta, a un paso del género novelístico en el que brilló Conti, como brilla su prosa, flexible, coloquial o poética, en fragmentos como este, con el que comienza La balada del álamo carolina:

Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.

Conti se sabía en peligro desde 1975. Sabía que estaba en una lista negra por la valentía reivindicativa de su literatura y sus artículos en la prensa. El día que lo secuestraron terminó su último cuento, A la diestra.

Lo mataron semanas después. Lo que no pudieron eliminar quienes ordenaron la detención y el asesinato de Conti es su obra, sus cuentos memorables, su coraje civil, la calidad narrativa de estos relatos en los que proyectó su compromiso intenso con la vida y con la literatura.


Santos Domínguez

11 junio 2008

Hopper visto por Mark Strand





Mark Strand.
Hopper.
Traducción y prólogo de
Juan Antonio Montiel.
Lumen. Barcelona, 2008.


Un poeta frente a un pintor. Mark Strand explora con su palabra y su mirada las historias inquietantes que viven en los cuadros de Edward Hopper. En una cuidada edición ilustrada Lumen publica un asombroso ejercicio de hondura, estilo y sensibilidad de uno de los mejores poetas norteamericanos contemporáneos sobre las escenas de Hopper, tan sugerentes, tan susceptibles de desarrollos narrativos o poéticos.

Como en Rafael Alberti, al que ha traducido al inglés, en Strand la vocación pictórica es anterior al ejercicio poético. Es un nuevo ejemplo de las relaciones entre pintura y poesía, especialmente estrechas desde el Renacimiento.

Los cuadros de Hopper -escribe Strand- transcienden el mero parecido con la realidad de una época y transportan al espectador a un espacio virtual en el que la influencia de los sentimientos y la disposición de entregarse a ellos predominan. Mi lectura de ese espacio es el tema de este libro.

Un libro en el que el poeta traduce el misterio de la pintura de Hopper a palabras, se aproxima a las claves de lectura de unos cuadros con una clara voluntad narrativa en los que Strand reconoce su propio pasado e invita al lector a entrar en la atmósfera de la escena, a implicarse visualmente en esa pintura y a situarse, con el pintor y el poeta, en la frontera que marca el límite del yo y el mundo exterior.

Piglia ha sido uno de los últimos en recordar que todo relato contiene dos historias, una superficial y otra oculta. Y algo muy parecido ocurre en los cuadros de Hopper. A adentrarse en el fondo oscuro y misterioso de esas profundidades plásticas se dedica la mirada de Mark Strand, que busca su sentido simbólico y universal más allá de la anécdota.

La soledad de Aves nocturnas, la siniestra premonición de Gasolina, la serenidad paradójica de Mar de fondo o las formas intemporales de la luz detenida en la memoria en Habitaciones junto al mar son algunos de los ejes temáticos de esta pintura en la que conviven los interiores y el espacio abierto, el campo y la ciudad, la tristeza y el humor, la atmósfera sombría o la luminosidad más intensa.

Y el misterio. Ese algo más que parece ocultarse en cada cuadro de Hopper y en cada uno de sus personajes, sumidos en una mirada introspectiva abismada en el secreto, como la de la acomodadora del espléndido Cine de Nueva York.

Una mirada tan profunda y matizada como la de Strand es la mejor iluminación de ese misterio en un libro que es el lugar de reunión de la palabra y la mirada del pintor y el poeta, del lector y el espectador.

Santos Domínguez



08 junio 2008

Ondulaciones


José-Miguel Ullán.
Ondulaciones.
Poesía reunida (1968-2007).

Prólogo de Miguel Casado.
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2008.



Como aerolitos dispersos, como aventuras fugaces que nacen y mueren ha definido sus libros de poesía José-Miguel Ullán.

Ondulaciones,
el volumen en el que Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores la ha agrupado, es el resultado de casi cuarenta años de rigurosa labor creativa, un recorrido por la libertad y la audacia que resaltaba Julio Cortázar como claves de la escritura de Ullán, de una poesía que -como destaca en su prólogo Miguel Casado- está en mutación constante, en continua actitud de experimentación expresiva. Y es que de tener la poesía un territorio, sería el de la duda, ha explicado el autor.

Esa concepción de la escritura, aplicable al resto de las artes, la resume en un verso memorable dedicado a Chillida:

Golpea para que el dado incluya un laberinto.

Quince años después de la antología Ardicia, al preparar esta reunión de su obra, el autor ha eliminado sus primeros libros, que aparecieron en los sesenta, de manera que Ondulaciones comienza con la sección final de Mortaja (1970), Ficciones, que empieza así:

Un belga clavó un cuchillo
en la cabeza de un español...

Esos textos se convierten desde esta recopilación en el punto de partida reconocido de una larga trayectoria poética a la que se añaden ahora cuarenta inéditos, unos textos que Ullán ha venido escribiendo en los últimos quince años y que por diversas razones no se habían publicado en sus libros.

Y pese a esa depuración, el volumen es amplísimo en páginas y sobre todo heterogéneo en temas, en formas y en registros. El título elegido, Ondulaciones, es una alusión a su concepción de la poesía como proceso cambiante, como la aventura de una obra en marcha, como fluctuación, inestabilidad y evanescencia.

De Manchas nombradas a Amo de llaves, de Visto y no visto a Razón de nadie, tan diversos en temas como plurales en técnicas y tonos, en la poesía de Ullán los elementos gráficos conviven con los verbales. Lo plástico y lo fónico, el ritmo y la imagen, lo rural y lo urbano, lo culto y lo coloquial se complementan en la construcción de unos textos complejos en cuyo lenguaje híbrido conviven la materia verbal y la propuesta visual de los agrafismos.

La diversidad de esta poesía inclasificable y proteica, la continuidad de la búsqueda es la que otorga unidad a la obra poética de Ullán. De esa búsqueda y de la permanente insatisfacción que la origina surge lo que Miguel Casado ha llamado nihilismo deseante, una actitud con la que se aspira a integrar la totalidad de lo real.

Un verso como este, de Maniluvios, podría tomarse como cifra temprana de esa integración de materiales heterogéneos en el resultado complejo del poema:

gargajo arcilla brasa

girasol de voces



Santos Domínguez

06 junio 2008

José Tomás. Un torero de leyenda



Carlos Abella.
José Tomás. Un torero de leyenda.
Alianza Editorial. Madrid, 2008.



Casi a la vez que Carlos Abella publica en Alianza Editorial José Tomás. Un torero de leyenda, su protagonista sale por la puerta grande de las Ventas después de cortar cuatro orejas en una tarde memorable en la que ha compaginado una valentía extrema y una calidad estética excepcional.

No ha podido, pues, aparecer más oportunamente un libro como este en el que Carlos Abella hace un recorrido por la trayectoria profesional y biográfica del último mito de la tauromaquia. José Tomás posee en grado de excelencia todos los rasgos que distinguen a un mito (misterio, distancia, altura o grandeza dramática). Además pisa en los ruedos un terreno que nadie hasta ahora había podido pisar, con la consiguiente revisión de los cánones que estaban pensados para otra forma de estar delante de la cara de un toro. Ya es casi un tópico decir que José Tomás pone el cuerpo en donde otros colocan la muleta. Es cuestión de medio metro, pero en esos centímetros está la línea que separa la superficialidad de la hondura, el aliviarse del arriesgarse, la mentira y la verdad.

En esa rectificación de terrenos y cánones, José Tomás da un paso más sobre lo que había hecho Juan Belmonte, con quien el toreo se hizo quietud, o sobre la tauromaquia de Manolete, vertical pero carente de hondura. José Tomás une lo esencial de uno y de otro, renuncia a las ventajas y torea como hubiera toreado Manolete de haber conocido a Antonio Ordóñez o a Curro Romero.

La tauromaquia de José Tomás (la purísima concepción, la llamó un revistero) pone en cuestión las ideas admitidas hasta ahora sobre terrenos y cánones clásicos. Y no porque los niegue o los desprecie, sino porque los ha superado y ha dado un paso más, hacia adelante y hacia abajo, en una doble demostración de valentía y hondura.

No son los únicos esquemas que ha roto este torero. La distinción tópica que hacía incompatibles el toreo de pellizco y el de valor, no sirve ya y a partir de él no es más que una disculpa de carencias técnicas o artísticas.

Y para que no falte nada, es un torero que genera envidias y odios africanos. Porque esta es una constante en la carrera de José Tomás. La reunión a la misma hora del triunfo y de la envidia, de los que ensalzarán su toreo y los que le inventarán defectos. En gran medida esas dos claves resumen este libro de Carlos Abella, que hace un recorrido generosamente ilustrado por las faenas más importantes del torero y por las reflexiones de la persona que explica su concepto del toreo y de la vida.

Claro que a estas alturas este torero no tiene ya más rival que él mismo y ha rebajado a sus enemigos a la mera condición de envidiosos.

Entre las muchas reseñas que ha recopilado Abella, quizá ninguna más lúcida y tajante que una de Joaquín Vidal sobre una tarde en la que no toreaba José Tomás, sino El Juli, del que decía al final:

Sólo falta que venga con mejores toros, que no se amanere, que no esté obsesionado con José Tomás. Pues en muchos trances -cites juntas las zapatillas, ostentosas verticalidades- quería parecerse a José Tomás. Y no se podría parecer ni de lejos. Para empezar, José Tomás es alto y delgado como su madre, mientras El Juli tira a chaparrete. Y ya lo tiene dicho la sabiduría popular: aleluya, aleluya, cada cual con la suya.

Santos Domínguez



05 junio 2008

El Madrid de Juan Ramón Jiménez



Rocío Fernández Berrocal.
Guía del Madrid de Juan Ramón Jiménez.
Biblioteca Madrileña de Bolsillo.
Consejería de Educación. Comunidad de Madrid, 2007.



Aunque su figura y su poesía se suelen identificar con los paisajes de Moguer, gran parte de la obra y los años fundamentales de la biografía y la actividad literaria de Juan Ramón Jiménez tienen como escenario el paisaje de Madrid y sus alrededores. El poeta se sintió el paseante mejor de la ciudad donde tuvo azotea abierta a sus aires, sus árboles y su horizonte, el observador de su paisaje humano y natural.

Tras algunas interrupciones convalecientes, Juan Ramón vivió en Madrid un cuarto de siglo, entre 1911 y 1936, los años centrales de su actividad literaria: en pensiones cercanas a algún sanatorio que tranquilizara sus aprensiones, en la clínica del Rosario, en la Colina de los chopos, en las muchas casas que habitó y desalojó en busca de silencio hasta instalarse definitivamente en la calle Padilla antes de salir de España.

Esos espacios, tan ligados a la vida y la obra de Juan Ramón, son los que recorren las palabras y las imágenes de esta Guía del Madrid de Juan Ramón Jiménez que ha elaborado Rocío Fernández Berrocal y publica la Comunidad de Madrid.

Elaborada guía, muy volcada en lo visual, que va más allá de la mera labor de selección de fragmentos juanramonianos y de la redacción del texto y recopila un abundante material gráfico para explicar las alusiones literarias. Entre la palabra constante de Juan Ramón y el acopio ingente de textos organizados por la autora con inteligencia y conocimiento se intercalan las ilustraciones, elegidas con tino para subrayarlos.

Y es que Madrid no es sólo el ambiente en que Juan Ramón crea gran parte de su obra, sino el tema y el objeto de muchos de sus textos. Madrid es el punto de partida y de llegada del itinerario poético y personal del Diario de un poeta recién casado, el centro de los Libros de Madrid, y –con esta guía- Madrid es también una excusa razonable para releerle y recorrer con él itinerarios como el que había previsto para la visita frustrada de Tagore en 1918:

Paseo por Madrid: Ritz, Prado, Alcalá, Retiro (un rato a pie), Alfonso XII, Velázquez, Hipódromo, Castellana, Alcalá, Arenal, Oriente, Ferraz, Rosales, Bulevar.

Ese es el Madrid esencial de Juan Ramón, el Madrid posible que se imponía ya a un Madrid imposible y decimonónico que recordaba a Galdós o a Baroja. Del Madrid modernista del 98 al del 27 y la Segunda República, Juan Ramón ve crecer en todos los sentidos a una ciudad en la que estaba empezando a escribirse una parte fundamental de la literatura europea del siglo XX.


Santos Domínguez

03 junio 2008

Entre perro y lobo


Julio Llamazares.
Entre perro y lobo.
Alfaguara. Madrid, 2008.


Entre chien et loup (entre perro y lobo) es como llaman los franceses a esa luz indecisa del atardecer que se produce cuando el sol ya se ha ocultado pero la noche no se ha adueñado todavía de la tierra.

Después de En Babia y Nadie escucha, Julio Llamazares ofrece en Alfaguara una nueva recopilación, la tercera, de sus artículos. Organizados cronológicamente y publicados entre 1986 y 2007, son el resultado de una mirada que se proyecta sobre la actualidad inmediata, sobre la sociedad o sobre la literatura: el cine, la memoria de la nieve, la reconversión industrial, una espléndida Balada de Portugal, el antitaurinismo, la muerte de un tren hullero o un anochecer en Nador son algunos de los ejes de estos textos variados que se alimentan no sólo del presente, sino de la memoria de un viajero en el tiempo y en el espacio.

Llamazares deja en este volumen textos memorables como El arzobispo de Manila, un retrato inmisericorde de Cela, el elogio de Antonio Pereira y Gamoneda y un paisaje al fondo, el de un noroeste tan persistente como la memoria de la infancia.

A medio camino entre el artículo periodístico y el relato y desde una sostenida perspectiva ética, los textos de Entre perro y lobo perfilan con claridad la imagen del consistente prosista que es Julio Llamazares, en el filo de la ficción y la realidad:

Después de revisar uno por uno, después de releer todos los artículos que he escrito en distintos medios a lo largo de veinticinco años (que son más, evidentemente, que los que he recogido aquí), una parte de los cuales apareció publicada ya en dos compilaciones anteriores, las tituladas En Babia y Nadie escucha, me reafirmo en mi opinión de mi condición ambigua, de persona que no es ni perro ni lobo, de escritor que escribe a caballo, tanto cuando lo hace en prensa como cuando lo hace en una novela, entre la imaginación y la realidad, de viajero, en fin, que mira la vida desde la ventanilla de un tren que cruza el paisaje envuelto en una luz que no es real ni irreal del todo. Esa luz que hace que el mundo no sea blanco ni negro, pese a que aparezca así en los periódicos.


Santos Domínguez