30 enero 2008

Los futuros del libro


Joaquín Rodríguez.
Edición 2.0. Los futuros del libro.
Prólogo de Sergio Vila-Sanjuán.
Melusina Circular. Barcelona, 2007.


Joaquín Rodríguez, sociólogo y director de la revista Archipiélago, acaba de recopilar gran parte de los artículos que componen su blog Los futuros del libro en un volumen, Edición 2.0. Los futuros del libro, que publica Melusina con prólogo de Sergio Vila-Sanjuán.

Su blog, dedicado a la reflexión editorial, tiene como punto de partida esta declaración inicial:

El libro no es una realidad inmutable, un objeto imperturbable. La historia de los soportes de la escritura, de los modos de producción y de su uso y consumo nos muestran que esa realidad es, al contrario, mutable y cambiante. Este blog tratará de reflexionar sobre la naturaleza móvil y versátil de ese soporte y de la industria que lo rodea.

Los viejos mecanismos de edición, difusión y distribución de la cultura y el conocimiento se han visto alterados de manera sustancial por los nuevos soportes y las nuevas redes de comunicación. La relación que unía en la edición tradicional al autor con el lector a través del editor se está modificando de manera radical e irreversible para dejar de supeditarse a los intereses del intermediario.

A propósito de esas novedades, Joaquín Rodríguez escribió en su página:

Es muy posible que el debate sobre el futuro del libro tenga que plantearse no como el de una unidad inseparable -el futuro del libro, a secas- sino como el de destinos y futuros paralelos en función del tipo de contenidos que se comuniquen, las ventajas que se obtengan transmitiéndolos de una u otra forma y el tipo de público al que vayan dirigidos. En suma, para avanzar en este debate deberíamos comenzar a hablar, comenzar a pensar, en términos de "los futuros del libro", idea de la que este blog toma el nombre.

Se trata de un proceso que no afecta sólo a los tres lados de ese triángulo, sino también a otros elementos de intermediación como el librero o a la crítica literaria de las publicaciones periódicas y los suplementos de cultura. A través de las nuevas maneras de difusión de la obra, el autor está en condiciones de ponerla en circulación y a disposición del lector.

En ese contexto y con esos presupuestos se aborda una reflexión sobre factores como los siguientes: los retos de las editoriales independientes, el debate decepcionante, insuficiente, tendencioso, interesado y trasnochado –los calificativos son de Joaquín Rodríguez- sobre el futuro del libro, una historia del libro electrónico, la transformación del papel de los editores y los libreros en la tormenta digital que se aproxima, la imparable digitalización de las bibliotecas, el biblioburro en tiempos de Internet, las bibliotecas paquidérmicas y unguladas, el futuro del libro sin tapas, la increíble historia de los libros crecientes, estrategias de supervivencia para editores en la era digital, el futuro de la edición y de la propiedad intelectual, la poesía visual y los caligramas digitales, los mapas de contenidos, la impresión digital y la autoedición, el imparable ascenso de las librerías virtuales o el acceso libre al conocimiento científico que implican las nuevas maneras de edición, la edición 2.0.

Son algunos de los aspectos y apartados en los que se articula una reflexión sobre el futuro del libro. Es la reflexión de un observador optimista que cree en una democratización de la cultura, como señala Vila-Sanjuán en el prólogo a esta obra que explora la relación entre Amazon y Juan de la Cuesta, el parecido entre los libreros virtuales y los del XVII o la creciente importancia de la crítica literaria en los blogs frente a los medios tradicionales que servían de soporte a unos modelos críticos que también están llamados a reconvertirse.

Y para dar ejemplo, la mayor parte de los materiales que integran este libro se pueden descargar en versión digital en la página de la editorial Melusina.

Debería ser durante unos meses lectura de cabecera de editores, autores y lectores, es decir, de quienes tienen algún interés en este complejo mundo de la creación, la transmisión del conocimiento y la recepción de la cultura.

Santos Domínguez

29 enero 2008

Historia del corazón


Ole Martin Høystad.
Historia del corazón.
Traducción de Cristina Gómez Baggethun.
Lengua de Trapo. Madrid, 2007.



La colección Fuera de serie, que Lengua de Trapo puso en marcha hace algo más de un año con el propósito de ofrecer libros singulares y merecedores de una edición especial, llega a su segunda entrega. Cuidada hasta el menor detalle para deleite de la inteligencia y los sentidos, acaba de incorporar a su catálogo un excelente libro: una Historia del corazón desde la Antigüedad hasta hoy, escrita por el noruego Ole Martin Høystad, profesor de Estudios Culturales y de Historia en la Universidad del Sur de Dinamarca, Odense.

Con un enfoque multicultural e interdisciplinar y desde una perspectiva en la que se conjuntan filosofía y literatura, el profesor Martin Høystad ha elaborado un estudio de antropología cultural en el que se abordan la historia y el significado del corazón como símbolo fundamental de lo humano.

Escribir una historia del corazón es trazar una historia de la cultura, del pensamiento y del sentimiento. Y por eso donde comienza la historia de la cultura empieza también la historia del corazón. En Mesopotamia, hace 5000 años las primeras fuentes escritas ya tratan de ese órgano vital y de lo que representa. De Gilgamesh, el primer corazón inquieto de la historia, al egipcio Libro de los Muertos, de la Grecia homérica a Odín, del pensamiento bíblico a los aztecas, el corazón tiene un papel fundamental en la configuración de la idea del mundo, como sede de la conciencia como metáfora, personificación o metonimia de los sentimientos creadores o destructivos, de diferentes pasiones en contextos diversos: la indiferenciación homérica entre lo emocional y lo racional; las metáforas de la patología en la mentalidad cristiana; la importancia del corazón como símbolo sentimental, intelectual y espiritual en el Islam, la última de las culturas del corazón; el corazón como objeto de los sacrificios aztecas o las raíces gordas del corazón entre los antiguos nórdicos.

Ese es el objeto de la primera parte de este ensayo que se centra en su segunda mitad en la lucha por el corazón en el pensamiento europeo. Desde el giro emocional que se produjo en la Alta Edad Media con los trovadores y el amor cortés hasta la configuración del sujeto en la modernidad con los Ensayos de Montaigne o en El Rey Lear de Shakespeare.

De ahí en adelante, las aportaciones de Rousseau, un filósofo del corazón, o de un Goethe fáustico abren el camino de la renovación de las conquistas cordiales en Niezstche y Freud, que marcan una nueva correlación de fuerzas entre lo sentimental y lo racional.

Aunque para renovación de los corazones, ninguna tan literal como la que se produce hace cuarenta años con las técnicas de transplantes coronarios, que culminan ese largo proceso de lucha por el corazón.

Este no es, pese al rigor de su enfoque, un ensayo sesudo o árido, dirigido a especialistas, sino un libro muy legible, escrito con excelente estilo y capacidad narrativa sobre la gramática histórica del sentimiento.

Un regalo para la inteligencia, por el espléndido texto, y para los sentidos, por las cuidadas ilustraciones que lo subrayan.

Luis E. Aldave

28 enero 2008

La verdad sobre Miguel Mañara



Manuel Barrios Gutiérrez.
La verdad sobre Miguel Mañara.
Almuzara. Córdoba, 2007.


Un día cualquiera, la camarilla de "la clase" se planteó que tenían mucho, pero no todo, y fue entonces cuando, muerto el caballero Mañara, aquellos biempensantes, en juerga mística entre las cuentas del rosario, la copa de oloroso, los versos de algún poeta primaveral y la cita para enterrar a los ajusticiados, acordaron la gracia de tener un santo.

Todo empieza con un héroe popular de Sevilla, un arquetipo desgarrado del barroco español, lleno de contrastes y tergiversado por el pintoresquismo, y con una sevillanía interesada en tener un santo.

Frente a la historia convencional del Mañara indigente y disoluto que vio su propio entierro en la calle del Ataúd, Manuel Barrios ha escrito con buena prosa una dilucidación de Mañara el Venerable, de su verdad y su secreto, en este libro que publica la editorial Almuzara.

Un libro escrito con inteligencia e ironía, con sabiduría y distancia de aquel que se creyó mensajero de la muerte y plantó unos rosales que llevan floreciendo más de trescientos años en el hospital de la Caridad:

El autor de la presente crónica -que nunca ha tenido nada en contra de la Religión ni de don Miguel Mañara- intenta esclarecer por qué el caballerro calatravo sólo ha alcanzado el título de Venerable, y no de Santo, aunque el mejor día (para "la clase") en contra del dictamen suscrito por el Abogado del Diablo, el cónclave de los impolutos vea coronado -como les prometió Juan Pablo II- el anhelo de hacer Santo a don Miguel Mañara Vicentelo de Leca.

La Sevilla que era la capital del mundo en el siglo XVII fue el caldo de cultivo de tradiciones orales fomentadas por panegiristas y detractores, comunes en milagrerías diversas que ensalzaron los que participaban en una conjura de testigos que le atribuían actuaciones sobrenaturales y portentos varios.

Los linajes, los perdularios y las tapadas, el necrómano y su conversión, las obsesiones de un paranoico y otras truculencias con reliquias y cuerpos muertos fueron algunos de los ingredientes con los que se ejecutó un psicodrama que tuvo en Mañara a su protagonista.

En un apéndice documental se incluyen, entre la partida de nacimiento del Venerable y su testamento, una serie de textos, entre ellos un fragmento del Discurso de la verdad, las 38 páginas en octavo que escribió el crápula arrepentido para contagiar al lector devoto su enfermiza obsesión por la muerte.

Un Mañara no enteramente dilucidado, dueño de un secreto que parece conocer ese niño que, sentado a la izquierda del retrato que le hizo Valdés Leal, reclama silencio al espectador.

Y es que, como en todo el Barroco, hubo en Mañara y en torno a su figura mucho de representación teatral, incluso en la risa final de su gesto agonizante. Una risa ambigua, propia de aquella época de luces y sombras y de aquella figura en la que convivieron extrañamente la humildad y el orgullo, la galantería y el misticismo, el exceso y el recogimiento.

A descubrir los trucos del montaje y a ventilar las tumbas y los osarios contribuye la valentía y la lucidez de Manuel Barrios, que no ha podido o no ha querido evitar el tránsito de la ironía al sarcasmo en párrafos como este:

Don Miguel /.../ se queda nuevamente viudo. Ahora de un caballo.


Santos Domínguez

27 enero 2008

Ifigenia en Caracas


Teresa de la Parra.
Ifigenia.
Del Taller de Mario Muchnik.
Madrid, 2007.


El Taller de Mario Muchnik reedita Ifigenia, la novela de la venezolana Teresa de la Parra (1890-1936) , la obra maestra de la literatura popular latinoamericana.

Subtitulada y planteada como el Diario de una señorita que escribió porque se aburría, cumple ahora los ochenta años de su edición definitiva y del escándalo que provocó su planteamiento feminista. Porque el eje de la obra es el desajuste entre la realidad y el deseo, el conflicto entre la nueva mujer latinoamericana, a quien las lecturas y los viajes a Europa les descubrieron otro mundo, y una realidad que la tenía atada a los prejuicios y sometida a la autoridad familiar, paterna, materna o matrimonial.

Lo paradójico de la situación es que esta novela sirvió más de consuelo que de revulsivo a las mujeres que la leían, muchas veces de forma clandestina: se identificaban con la heroína de la novela y se consolaban en el ensueño de aquella identificación.

Retrato crítico de la alta sociedad caraqueña en los comienzos del XX, su planteamiento es más irónico que combativo y su humor desenfadado a veces se convierte en sarcasmo, pero por su prosa elegante ha pasado el tiempo sin hacer estragos.

Con un más que probable componente autobiográfico, Ifigenia arranca con una carta muy larga, casi una novela epistolar, que Mª Eugenia Alonso le escribe a su amiga Cristina de Iturbe para entretenerse y porque no puede callar más y necesita un desahogo para su vida tapiada. Soñadora, viajera y lectora de novelas, ha decidido salir de la timidez y entrar en el mundo con el convencimiento de que ella vale mucho más que las heroínas de sus novelas. Ha viajado por Europa, ha descubierto el cuerpo, se ha educado en París, pero a su vuelta a Venezuela aquella sociedad cerrada y patriarcal no le permite más expansiones que las de una biblioteca circulante. Aquellos libros prohibidos que frecuenta en secreto son su único consuelo en el huerto cerrado de su existencia, porque la monotonía y el aburrimiento han vuelto a su vida.

Después de esa primera parte empieza propiamente el diario de Mª Eugenia Alonso, una mujer que espera y espera no sabe bien qué, una contemplativa proclive a la verbosidad desde el balcón de Julieta que acaba conversando con las ramas de las acacias, una compañía que prefiere a las obras completas de Shakespeare. O habla con el río y- lo que es más prodigioso- este no sólo le contesta, sino que le da consejos en esta novela de formación frustrada, en esta narración de amores imposibles:

Como en la tragedia antigua soy Ifigenia; navegando estamos en plenos vientos adversos, y para salvar este barco del mundo que tripulado por no sé quién corre a saciar sus odios no sé adónde, es necesario que entregue en holocausto mi dócil cuerpo de esclava marcado con los hierros de muchos siglos de servidumbre. Sólo él puede apagar las iras de ese dios de todos los hombres en el cual yo no creo y del cual nada espero. Deidad terrible y ancestral; dios milenario de siete cabezas que llaman sociedad, familia, honor, religión, moral, deber, convenciones, principios. ¡Divinidad omnipotente que tiene por cuerpo el egoísmo feroz de los hombres; insaciable Moloch, sediento de sangre virgen en cuyo sagrado altar se inmolan a miles las doncellas...! Y dócil y blanca y bella como Ifigenia, ¡aquí estoy ya dispuesta para el martirio!


Mayra Vela Muzot

26 enero 2008

Santuario de Edith Wharton


Edith Wharton.
Santuario.

Traducción de Pilar Adón.

Introducción de Marta Sanz.
Impedimenta. Madrid, 2007.

Fue amiga de Henry James, pero renegó de que la identificasen con la literatura de aquel inglés nacido en Boston. A pesar del comprensible enfado de Edith Wharton ante una comparación que parecía rebajarla a la categoría de una secuela epigonal, la relación es más que evidente en La edad de la inocencia o en La casa de la alegría, una novela que escribió a la vez que este Santuario que publica por primera vez en castellano la editorial Impedimenta, con una impecable traducción de Pilar Adón.

La relación va más allá de las tendencias europeístas de ambos o de la común vocación introspectiva. Es una cuestión de tono y de mirada. Y si ese es el rasgo esencial de la literatura de Edith Wharton, transmitir esa mirada es el reto mayor para quien la traduce a otra lengua. Una labor nada fácil, desde luego.

Posiblemente no exista una literatura femenina, ni siquiera una forma femenina de mirar el detalle.
Lo demuestra el propio James, cuyo ejemplo podría utilizarse para negar el argumento o para afirmarlo. Así pues, en el caso de que esa mirada no sea peculiar, habrá que admitir al menos que existe una manera de reflejarla en la obra, de devolvernos la realidad filtrada, si no por la mirada, por la forma de contarla. Una mirada que estaba no sólo en James, sino en Proust o en Azorín, por poner dos ejemplos muy distintos.

Entre esa mirada penetrante que desciende a lo subterráneo y la palabra precisa que transmite el detalle se mueve la literatura de Edith Wharton. En este a ratos inquietante Santuario, una novela corta que no llega a las ciento cincuenta páginas, se agudiza la tensión de su prosa, de concentrada precisión, y la capacidad penetrante de su mirada.

De esas claves habla Marta Sanz en un prólogo en el que aborda la mirada y la construcción de la obra a partir de su primera frase, que deja fijado el tono, marcado el territorio y la distancia narrativa:

Resulta poco frecuente que la juventud se permita una felicidad perfecta.

Como en otras novelas de
Edith Wharton, también aquí, a través de la protagonista, Kathe Orme, la autora está tomando distancia para reescribirse a sí misma y contarnos cosas propias, está reelaborando su biografía e indagando en la conciencia con una fuerza inusual. Por eso, una historia como la que aborda Santuario, que con otra mirada y otra voz no hubiera pasado de ser un folletín barato, es en sus manos alta literatura, llena de sutileza y de hondura psicológica. También en eso la semejanza con Henry James es evidente.

Traigo aquí como cierre la autoridad de Harold Bloom, que escribió a propósito de la literatura de Edith Wharton estas líneas terminantes:

No me gusta lo que Wharton ve ni cómo lo ve, pero me enseña a ver lo que no podría contemplar sin ella. En estos duros años de George W. Bush II, Wharton es una guía privilegiada al advenimiento de una nueva Edad Dorada.
Santos Domínguez


25 enero 2008

Asombro y búsqueda de Rafael Barrett


Gregorio Morán.
Asombro y búsqueda de Rafael Barrett.
Anagrama. Barcelona, 2007.


Las putas gallinas tuvieron la culpa.

Así comienza
Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, la semblanza biográfica que publica Gregorio Morán en la espléndida Biblioteca de la Memoria de Anagrama.

Una reivindicación apasionada y polémica de aquel escritor malogrado, un radical subversivo que antes de serlo fue un señorito adinerado calavera y pendenciero en el Madrid bohemio de fines del XIX y comienzos del XX.

Las pobres gallinas, con su mala fama de promiscuidades y lascivias, son las de
un artículo que Barret publicó en Paraguay y que arranca con estos dos párrafos:

Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.
La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Como al personaje de ese texto, a Gregorio Morán también le cambiaron la vida esas perturbadoras gallinas que en 300 palabras trazaban una parábola en la que el hombre degenera en propietario.

A partir de ese artículo, el biógrafo se interesa por el escritor desconocido:

¿Quién es Barrett? ¿Nadie sabía quién había sido Rafael Barrett? Una referencia malévola de Baroja, unas páginas excéntricas de Maeztu, un retrato póstumo de Manuel Bueno, un apunte cariñoso de Cansinos y una leyenda de intenciones atribuida a Valle-Inclán. Con eso no basta para existir. Se podría decir que está su obra. Pero su obra es tan efímera como la flor de un día porque se fijó en algo tan ligero como el papel de periódico y ahí quedó, pasados los primeros años de emoción ante su prematura desaparición.

Fue uno de aquellos seres excéntricos que se movieron con naturalidad entre lo ridículo y lo admirable, entre la brillantez y la mangancia siempre cuesta abajo, a menudo al filo del abismo. Un Baroja despectivo lo mencionó en sus memorias, aunque lo conoció menos que un Cansinos que lo recuerda con respeto. Pudo haber sido uno de los figurantes de Las máscaras del héroe, una de aquellas criaturas marginales y desahuciadas que el mismo
Prada reunió en Desgarrados y excéntricos.

Un personaje impulsivo y estrafalario que tuvo su primera muerte -muerte civil- una tarde en el circo. Fue el 24 de abril de 1902 y revistió la forma de un escándalo que, junto con una exploración anal que certificaba su virginidad, sirvió para defender su hombría puesta en entredicho.

La muerte civil se disfrazó en la prensa de presunto suicidio. Y el presunto suicida, expulsado de la alta sociedad, en vez de irse al otro mundo, se fue a América para recomponer su fortuna. No salió de la ruina, pero primero en Argentina y luego en Paraguay y Uruguay, desarrolló su actividad literaria como articulista.

Buenos Aires fue una ciudad determinante en su vida y en su obra, como luego lo sería Asunción (un jardín desolado y más tarde un rincón maldito). Allí, un Barrett arrogante y todavía seguro de sí mismo radicaliza su pensamiento libertario, ejerce como agrimensor o funda la revista Germinal antes de sufrir la transformación que supuso en su vida la travesía del río Paraguay camino del destierro.

Volvió desde Montevideo, clandestino, enfermo y abandonado, para morir en Europa, en Arcachon, a mediados de diciembre de 1910.

La fotografía de la portada, la última que se le hizo -en Montevideo, un 6 de septiembre de 1910-, resume su existencia “en pendiente hacia el abismo”, su conciencia del fracaso y le muestra ya casi como un póstumo de sí mismo.

Un autor de breve y brillante producción literaria, que se concretó en artículos y aforismos y en un libro que se publicó muy poco antes de su muerte. Lo elogió un Borges adolescente que lo tomó por argentino y genial, y Roa Bastos, con más temple, escribió sobre su importancia estas líneas:

Barrett nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy; nos introdujo vertiginosamente en la luz rasante y al mismo tiempo nebulosa, casi fantasmagórica, de la "realidad que delira" de sus mitos y contramitos históricos, sociales y culturales.

Vuelven a encenderse con este libro las luces tristes de bohemia para iluminar la vida y la obra de un maldito olvidado y recuperado ahora en la prosa de Gregorio Morán.


Santos Domínguez

23 enero 2008

Poesía completa de Kapuściński

Ryszard Kapuściński.
Poesía completa.
Traducción y prólogo de Abel A. Murcia Soriano.
Bartleby. Madrid, 2008.

Otro Kapuściński titula Abel Murcia Soriano, poeta y director del Instituto Cervantes de Varsovia, el prólogo de su edición bilingüe de la poesía completa en Bartleby Editores del escritor polaco, de cuya muerte se cumple hoy un año justo.

Es la zona más desconocida -pero no la menos importante- de la obra del prosista viajero, autor de memorables reportajes y por eso Abel Murcia ha planteado su introducción a la Poesía completa de Kapuściński como una conversación imaginaria en la que el escritor explica, con declaraciones tomadas de aquí y de allá, qué sentido tiene para él escribir poesía:

Uno escribe poesía porque hay cosas que no se pueden decir de otra manera. La poesía es el único camino.

O manifiesta su interés por la lengua:

Escribir poemas permite tocar la lengua viva, explorar sus límites, valorar el significado de las propias palabras y de las metáforas.

Su juventud literaria fue la de un poeta que luego se dedicó al periodismo y a principios de los ochenta se refugió en la poesía, en la búsqueda de sentido a través de una forma de expresión que él consideraba la más personal: De profesión reportero; de vocación, poeta, según se definió a sí mismo.

Y si la poesía exige, según Kapuściński, entrar en otro lenguaje, en otra forma de ver, en otra atmósfera, en otro tipo de recogimiento, de concentración, la mirada profunda e indagadora del periodista que va más allá de la superficie de las situaciones y los acontecimientos es la misma mirada, hacia dentro y hacia fuera, que excava en la realidad y en el interior de sí mismo a través de la palabra.

Aunque publicó dos libros de poemas, Bloc de notas (1986) y Leyes naturales (2006), Kapuściński sigue siendo un poeta casi secreto que se sitúa en la tradición de los grandes autores polacos del siglo XX como Milosz o Symborska.

Los veinte años que pasan entre ambos libros explican algunos cambios de temas y tono. En Bloc de notas, más volcado hacia el exterior, la destrucción de la guerra confunde en el recuerdo los rastrojos secos y los huesos en un paisaje de alambradas en el que dialogan el yo y el tú, el interior y el exterior:

Alambrada

Tú escribes sobre el hombre en el campo de concentración
yo sobre el campo de concentración en el hombre
en tu caso las alambradas están en el exterior
en el mío anidan en el interior de cada uno de nosotros

–¿Crees que es una diferencia tan grande?
Son dos caras de un mismo sufrimiento

Frente a la realidad sombría, frente a los desastres y la situación de su país, emerge sin embargo la esperanza:

Nieve

al andar oyes el canto de los zapatos
un repentino rayo de sol
huido de las nubes
se convierte en pájaro

En esa abundancia de pájaros de muchos de estos finales, hay siempre una mirada que se levanta sobre el dolor:

la vida sigue
existimos

Leyes naturales
es un libro más meditativa y ensimismada. En él, un Kapuściński más intimista y existencial, convoca al sueño y a la memoria y habla de la muerte y del fuego de la poesía en un diálogo contenido del poeta consigo mismo más que con la realidad.

Es una poesía más intensa y confesional, más melancólica en su lamento de la fugacidad:

Estos lugares grises estas casas grises ventanas tras las que no sucede nada
Por este paraje de paralizadas luces apagadas que nunca han dado luz pasa un autobús
De ninguna parte
A ninguna parte

Esa misma línea temática, con un estética más despojada, se manifiesta en los siete inéditos de 2006 que se ha incorporado a esta edición:

El día que has perdido
ya no lo recuperarás,
el mundo ha seguido adelante
te has quedado atrás –
tienes las manos vacías
y los ojos vacíos

sentado en el parque
en un banco
observas una hormiga
pero también está ocupada y se va
te has quedado solo
no hay nadie a tu alrededor

Santos Domínguez