10 enero 2008

Mientras gira el viento


Jorge Omar Viera.
Mientras gira el viento.
Funambulista. Madrid, 2007.

Cuando suenan los tiros, se encienden algunas luces en el Barrio Limão, ladran los perros de variopintas razas, huyen los gatos de albañal y se esconden bajo los coches, hacen una pausa los gallos, para saber si ha llegado la hora de sus cacareos, andan con la cola entre las patas los perros vagabundos que merodean la calle donde ha sido abatido Baltasar, y ya sangra sobre el pavimento.

Han matado al menino Baltasar. Y desde ese momento, el final de su vida, la narración se remonta al origen, a otra madrugada, la de su nacimiento dieciocho años antes. Otra madrugada en la que su hermano mayor, Nelson, también corrió en su ayuda.

Es sólo el comienzo de Mientras gira el viento, la novela de Jorge Omar Viera que ahora publica Funambulista. A partir de entonces la narración, ambientada en el Barrio Limão de São Paulo y desarrollada con una eficiente técnica de documental y narración testimonial, va a ir reconstruyendo en flashback las circunstancias de la vida de Baltasar, su carácter y su entorno.

Con esa superposición de tiempos y enfoques, la novela acaba centrándose en la historia amorosa con Lua Dos Santos y en una deuda pendiente que acabará solventando su hermano Nelson, el primero que llegó al lugar del crimen para cerrarle el párpado al Pesseguinho.

Una historia soñada en portugués y escrita en español, ha explicado su autor, que con esta novela fue finalista del Premio de Novela Mario Lacruz en su edición de 2006.

Mayra Vela Muzot

09 enero 2008

Microgramas III


Robert Walser.
Escrito a lápiz. Microgramas III (1925-1932).
Edición de Bernhard Echte y Werner Morlang.
Traducción de Rosa Pilar Blanco.
Siruela. Libros del Tiempo. Madrid, 2007.


Susan Sontag lo definía como un escritor fundamental, dotado de las virtudes del arte más maduro y civilizado. El día de Navidad de 1956, hace poco más de medio siglo, durante un paseo por la nieve, moría Robert Walser. Unos niños encontraron su cadáver cerca del manicomio de Herisau, donde había pasado los últimos años de su vida.

Siruela acaba de publicar el tercer y último volumen de los Microgramas en prosa, con los que completa su edición de las 526 hojas y papeles de distinto formato, cubiertos de una minúscula caligrafía Sütterlin que descifraron rasgo a rasgo Werner Morlang y Bernhard Echte. Dedicaron diecisiete años a transcribir en una labor minuciosa esos textos casi ilegibles que Walser escribió a lápiz entre 1924 y 1932. De esa manera pusieron al descubierto una colección de textos breves, poemas y dramas en verso. Textos de enorme valor literario enterrado bajo lo que en principio parecían los garabatos de un loco. Los publicaron en Alemania en seis volúmenes entre 1985 y 2000 y Siruela los ha venido editando en España desde 2005.

Walser confesaba en una carta de 1927 que había empezado a utilizar el lápiz para librarse del tedio de la pluma, de un cansancio que lo había llevado a un desajuste y al bloqueo estilístico. De esa crisis, de ese desencuentro con la pluma y con un determinado ritmo de escritura, surgen los microgramas, la miniaturización cada vez más intensa de su caligrafía, que llega en los textos de este tercer volumen a una pequeñez extrema con letras de un milímetro.

Quien pasó parte de su vida deambulando de un lado para otro de forma compulsiva acabó convirtiendo su literatura en una cháchara monologante y espiral sin plan premeditado, atento al detalle fragmentario, a una realidad dispersa en el detalle que se ve de paso, en un ir y venir dentro de la página sin rumbo, como sus gustos de paseante:

No es en el camino recto -le dice Walser a una muchacha-, sino en los rodeos donde se encuentra la vida.

Y las palabras fluyen, van y vienen con el paso rápido del dromómano frenético que fue Walser, que el 23 de abril de 1939 resumía así la misión del escritor: El artista tiene que extasiar o atormentar a su público.

Esas dos posibilidades del arte conviven en estos microgramas, una literatura envolvente que, una vez desencriptada, atrapa al lector y le lleva a mirar el mundo desde una perspectiva inédita, humilde y orgullosa a la vez, marginal siempre.

Los textos recogidos en este tercer volumen los escribió Walser en Waldau, entre 1925 y 1932. Son seguramente los últimos que escribió y constituyen su testamento literario. La minuciosa labor de Werner Morlang y Bernhard Echte permite acceder a estas piezas menores, algunas excelentes como las que empiezan Mencionaré un jardín o Hay tigres y obras teatrales.

Está en esos textos el universo literario de Walser y su deseo de no ser nadie, de no llegar a ninguna parte, de perderse, como en sus paseos, entre los objetos sin propósito definido, de borrar el yo y destruir la propia identidad. Porque en Walser la realidad, como la escritura, está en un proceso de desintegración constante, de disolución en lo mínimo, como en estas líneas finales:

Oh, qué hermoso es por una parte olvidar y por otra ser olvidado. Seguro que la gente piensa con mucha frecuencia en fulano y mengano, en esto y aquello. Ahora me siento muy a gusto.


Santos Domínguez

07 enero 2008

Guía del observador de nubes




Gavin Pretor-Pinney.

Guía del observador de nubes.
Traducción de Patricia Antón de Vez.
Salamandra. Barcelona, 2007.

Variadas, dramáticas y caprichosas, la belleza efímera de las nubes merece una contemplación que las rehabilite de su mala fama, de su imagen negativa vinculada a los malos agüeros.

Gavin Pretor-Pinney fundó en 2004 la Sociedad de Observación de Nubes para defenderlas y reivindicarlas como la poesía de la naturaleza, como el más igualitario y universal de sus despliegues. Ese mismo propósito tiene este libro fascinante, esta Guía del observador de nubes que publica en España Salamandra.

Nada en la naturaleza –escribe el especialista en nubes- puede competir con la variedad y el dramatismo de las nubes; nada está a la altura de su belleza sublime y efímera.

Tal vez por eso, por su espectacularidad sin fronteras, las nubes tienen tanta importancia en la literatura, en la mitología y en la iconografía religiosa. Con un enfoque que combina el dato científico, la referencia literaria o pictórica y la experiencia primaria e irrepetible del que las observa, esta guía insólita para aprender a mirar las nubes reivindica la celebración de un pasatiempo que en muchas culturas es una imagen de la despreocupación relajada.

Porque las nubes son para soñadores y su contemplación beneficia al alma-como declara el Manifiesto fundacional de esta Sociedad de Observación de Nubes-, reflejan los cambios de humor de la atmósfera y pueden interpretarse como las expresiones del rostro de una persona, el estudio de sus variedades, su reflejo en la pintura o la poesía, la simbología escondida en el espíritu de un cúmulo o en la personificación de un nimbo son algunos de los aspectos abordados en este libro generosamente ilustrado, que incluye en sus páginas centrales un examen práctico con fotografías a todo color para obtener el diploma de observador de nubes.

Santos Domínguez

05 enero 2008

Un día de cólera


Arturo Pérez Reverte.
Un día de cólera.
Alfaguara. Madrid, 2007.

Como un día de cólera, no como un movimiento patriótico, presenta Pérez Reverte la explosión popular del 2 de mayo de 1808 que fue el inicio de la Guerra de la Independencia. Galdós lo contó de manera inolvidable y esta novela vuelve a narrar con tono documental aquellos hechos desde dentro, desde el punto de vista de quienes agitaron la calles de Madrid aquel día vergonzoso y fascinante.

Ahora aquellas caras anónimas que pintó Goya en sus lienzos y sus grabados tienen no sólo los nombres recogidos en documentos y partes de bajas, sino una vida individual, un pasado no siempre ejemplar y razones viscerales o depredadoras para echarse a la calle a matar franceses.

Escrita en tono de documental distante y contada desde dentro por un narrador imparcial curtido como reportero de guerra antes que como novelista, Un día de cólera (Alfaguara) arrastra al lector con la vorágine furiosa de una masa que le lleva de un lado a otro de aquel Madrid amotinado con ritmo de galopes y persecuciones.

Más que de una novela, se trata de un reportaje que sigue casi al minuto, desde las siete de la mañana, los acontecimientos de un 2 de mayo goyesco y bronco, de aquella espiral de violencia que Pérez Reverte reconstruye de forma detallada y verosímil y con información de primera mano.

Entre la Puerta del Sol y la de Toledo, entre Puerta Cerrada y el parque de artillería de Monteleón, con los capitanes Daoiz y Velarde, que crecen en la novela a medida que sus resistencia es más inútil, se trazó aquella jornada una topografía radial de la furia que se puede seguir al detalle con el plano que incorpora el libro.

Como en El pintor de batallas, en Un día de cólera Pérez Reverte explica un cuadro. O varios: La carga de los mamelucos, Los fusilamientos del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío o Malasaña y su hija, que se ha utilizado como motivo de cubierta.

Un día de cólera es una novela muy visual, una novela que se lee y se ve, pero que también se oye: suenan en ella las voces de los amotinados, las descargas de la fusilería, los relinchos de los caballos, el ruido que hacen las navajas de dos palmos y siete muelles al abrirse, o el trote de los escuadrones franceses. Y luego el silencio posterior a las matanzas.

El caos de aquella masa en movimiento desordenado, el humo de las descargas, los gritos de los atacantes y los heridos, la sangre y el griterío de la manolería por las calles de Madrid son los sonidos y las imágenes del furor desatado el dos de mayo. Y es que para reflejar aquel estallido de violencia y brutalidad no bastan las palabras, ni las descripciones visuales o la sonoridad de las onomatopeyas, sino una conjunción de todos esos factores en un relato que va del individuo al grupo y de los interiores de palacios o cuarteles a los espacios abiertos de las plazas y los callejones.

No fueron muchos los que protagonizaron aquel día de cólera, no se levantó la nación en armas: fue un motín callejero, un estallido de ira española que duró un día y luego se manipuló como símbolo patriótico. Lo llamativo es que aquella algarada tuviera consecuencias tan duraderas en la historia de España y secuelas dolorosas para ilustrados como Moratín, Blanco White o Goya, que siguieron horrorizados los excesos de ambos bandos y tuvieron que elegir entre el progreso que significaban las ideas francesas y la vuelta al oscurantismo reaccionario y clerical que se agazapaba detrás de la chusma de menestrales alzados en armas.

Las consecuencias, aún hoy, doscientos años después de aquel desgraciado día de cólera, siguen siendo visibles. Las dos Españas, la de la cólera y la de la idea, también:

José Blanco White es hombre atormentado, y a partir de hoy lo será más. Hasta hace poco, mientras las tropas francesas se aproximaban a Madrid, llegó a imaginar, como otros de ideas afines, una dulce liberación de las cadenas con las que una monarquía corrupta y una Iglesia todopoderosa maniatan al pueblo supersticioso e ignorante. Hoy ese sueño se desvanece y Blanco White no sabe qué temer más de las fuerzas que ha visto chocar en las calles: las bayonetas napoleónicas o el cerril fanatismo de sus compatriotas. El sevillano sabe que Francia tiene entre sus partidarios algunos de los más capaces e ilustres españoles, y que sólo la rancia educación de las clases media y alta, su necia indolencia y su desinterés por la cosa pública, impiden a éstas abrazar la causa de quien pretende borrar del mapa a los reyes viejos y a su turbio hijo Fernando. Sin embargo, en un Madrid desgarrado por la barbarie de unos y otros, la fina inteligencia de Blanco White sospecha que una oportunidad histórica acaba de perderse entre el fragor de las descargas francesas y los navajazos del pueblo inculto. Él mismo, hombre lúcido, ilustrado, más anglófilo que francófilo, en todo caso partidario de la razón libre y el progreso, se debate entre dos sentimientos que serán el drama amargo de su generación: unirse a los enemigos del papa, de la Inquisición y de la familia real más vil y despreciable de Europa, o seguir la simple y recta línea de conducta que, dejando aparte lo demás, permite a un hombre honrado elegir entre un ejército extranjero y sus compatriotas naturales.

Santos Domínguez

03 enero 2008

La fuga de Atalanta


Michael Maier.
La fuga de Atalanta.
Prólogo de Joscelyn Godwin.
Traducción de María Tabuyo y Agustín López.
Atalanta. Gerona, 2007.


Michael Maier (1568-1622), alquimista y médico de la corte del emperador Rodolfo II de Praga, compuso la que está considerada por los expertos en emblemática la obra más bella del género: Atalanta Fugiens.

Libro ilustrado, composición musical y tratado alquímico, la publicó en 1617, en pleno auge del movimiento rosacruz en los principados alemanes. Y tanto el autor como el editor, Theodor de Bry, y el grabador, Merian, pertenecían a aquella tendencia ocultista emparentada con los viejos cultos herméticos.

Los editores de esta primera traducción completa al español de Atalanta en Atalanta han querido subrayar su triple naturaleza -visual, musical y literaria-, su carácter de obra total. Y para ello, además del material puramente literario del texto, y junto con los grabados de cincuenta emblemas y las cincuenta partituras que acompañan a las imágenes, han editado en un CD las interpretaciones musicales, dirigidas por Michael Noone, de las cincuenta fugas, que se pueden escuchar mientras se contemplan sus grabados y se leen sus epigramas o sus comentarios alquímicos.

La fuga de Atalanta es por tanto un libro para ver, oír y leer, el primer libro multimedia de la historia, como afirma el editor. La casualidad ha querido que su aparición en España coincida con las noticias del lanzamiento comercial de Kindle, un nuevo dispositivo de almacenamiento y lectura que permite la integración de imágenes, música y palabras.

Un artefacto electrónico como ese respondería a la triple naturaleza visual, musical y textual de esta obra que incluye por primera vez en castellano el texto íntegro de Maier, traducido por María Tabuyo y Agustín López y precedido de un prólogo de Joscelyn Godwin, que destaca el carácter misterioso y sugestivo de estos emblemas enigmáticos para la vista, el oído y la mente.

Alquimia y ciencia hermética, epigramas mitológicos e imágenes encauzan los cincuenta mensajes cifrados en un laberinto para iniciados y una obra de fantasía que desde el punto de vista literario responde a un reto lingüístico semejante al de la mística o la poesía: la necesidad de expresar lo inexpresable, traducir a palabras saberes o experiencias inefables e irracionales. Eso obliga a recurrir constantemente a las metáforas y a construir con ellas alegorías que remitan a la realidad y asedien el sentido.

Por eso precisan, como los textos místicos, del comentario que elabore esos símbolos en un sistema coherente y en una lectura del epigrama y del emblema, del texto y la imagen y los organice en torno a unas claves de las que depende su sentido: la exploración de los secretos de la naturaleza, la fuente de la eterna juventud y el incesto, las manzanas de oro de la mitología y el bronce del saber filosófico, la autofagia y el vómito, el equilibrio de los cuatro elementos, el fuego y el oro y la piedra filosofal, las resurrecciones con fuego y Vulcano, Isis y Osiris, el sol y la luna y el árbol de la vida, la rosaleda de la sabiduría y la salamandra inmune al corazón del fuego, Mercurio y Venus son algunos de los temas y de sus protagonistas.

El lenguaje de los lemas, los epigramas y los comentarios, elusivo y alusivo, abundante en imágenes ensaya aquí la aventura de descifrar el jeroglífico, de expresar lo inefable. El material gráfico de los emblemas o su argumentario mitológico no son más que variantes de esos asedios que intenta la imagen verbal, una conjunción de arte y sabiduría, de poesía y filosofía para indagar el secreto del mundo y de la vida o para iluminarlo.

Mucho después de que nosotros seamos ya historia -leemos en el prólogo-, Atalanta Fugiens, libro de emblemas y de música de Michael Maier, seguirá fascinando a las generaciones venideras. Este libro es portador del espíritu de su tiempo: lleva los vahos y los olores del laboratorio del alquimista, los ecos de los coros del Renacimiento, la absorta atención del grabador en su plancha de cobre.


Santos Domínguez

01 enero 2008

Juan Ramón de viva voz



Juan Guerrero Ruiz.
Juan Ramón de viva voz.
I. 1913-1931. II. 1932-1936.
Prólogo y notas de
Manuel Ruiz-Funes Fernández.
Pre-Textos. Valencia, 1998.


Seguramente nadie haya sido tan determinante como él en la poesía española del siglo XX. Y no sólo porque abriera el camino al primer 27 con su neopopularismo temprano o con su poesía pura, sino porque algunos de los libros esenciales de la poesía española contemporánea, desde Marinero en tierra a Poeta en Nueva York pasando por Cántico, están ya previstos en la obra de Juan Ramón Jiménez, especialmente en ese libro seminal que es el Diario de un poeta reciencasado, en el que están anunciadas con diez o quince años de anticipación algunas de las claves de la poesía posterior.

Este año se conmemora el medio siglo de la desaparición de Juan Ramón. Y una de las maneras posibles de acercarse a su figura es la lectura de otro diario, el diario indirecto que su amigo Juan Guerrero Ruiz (Cónsul general de la poesía lo llamó Lorca en una dedicatoria) escribió para dar cuenta de sus encuentros y sus conversaciones desde el 27 de mayo de 1913 hasta el 29 de junio de 1936.

Juan Ramón de viva voz se titula ese espléndido y raro libro que tuvo una primera edición mutilada en 1961, muertos ya los interlocutores. Se publicó en Insula, con prólogo de Ricardo Gullón, y en aquella edición un texto sin firma advertía:

El mejor homenaje a ambos amigos es dar a luz las pulcras cuartillas de Juan Guerrero sin intervenir en ellas. Es decir, sin otra intervención que omitir alguna alusión directa o algún comentario que fuera de su momento es inapropiado y el propio Juan Ramón habría suprimido.

La nota –como se ve- no tiene desperdicio. No es muy aventurado señalar a José Luis Cano y a Enrique Canito –los responsables de Insula por entonces- de la mutilación, de la inexplicable coartada y de imperdonables errores como traspapelar las cuartillas de finales de marzo del 31 con las de principios de mes. Es sólo una parte de la triple censura de aquella edición insular

Cuando hace diez años Pre-Textospublicaba en dos tomos la versión íntegra de las 1.144 cuartillas de Juan Guerrero pudo comprobarse la extensión del material censurado. Me limito a dar un dato: los dos volúmenes de Pre-Textos están equilibrados con una extensión similar, unas cuatrocientas páginas. El primero abarca desde 1913 hasta 1931 y el segundo desde 1932 hasta 1936. La desproporción en la edición parcial (menos de cuarenta páginas entre 1913 y 1931) indica claramente que la tijera se aplicó en la parte en la que Juan Ramón habla de sus relaciones y sus desencuentros con los poetas del 27.

Y es que si Juan Ramón es el más influyente de los poetas españoles contemporáneos, también fue el de trato más problemático. Lo demuestra este libro, que es el diario de una amistad y está escrito con una admiración sin límites, pero que refleja también –quizá involuntariamente- las zonas de sombra del poeta.

Está aquí consignado el día a día del creador que hace y deshace su obra en marcha, del urdidor de proyectos literarios, sus patologías reales e imaginarias, sus celos, su vanidad y sus incomprensiones del 27 ("poetas del limbo o de música celestial, de antro y dianche" es lo más suave que les dice), la dedicación intensa y a tiempo completo a sí mismo y a su poesía, su neurastenia egocéntrica ("No, no es La voz a ti debida, sino la voz a mí debida", decía de Salinas) que le hacía proclive a elogiar al mediocre inofensivo y le incapacitaba para ver la altura de Sobre los ángeles (“un libro sin importancia”, dice), o de Lorca o Cernuda.

Pese a todo fue un altísimo poeta que, ya en el exilio y después del tiempo consignado en estas conversaciones, escribiría Espacio, quizá el mejor poema de la literatura española del XX, con el que siguió ejerciendo una influencia enorme en los poetas españoles de la segunda mitad del siglo.

Por eso no se equivocaba Ricardo Gullón al destacar que este libro era, además de un documento sobre los trabajos y los días de Juan Ramón durante casi un cuarto de siglo crucial en su vida y en su obra, una obra capital para el conocimiento de la literatura española contemporánea.

Santos Domínguez

30 diciembre 2007

Cuarto creciente


José Antonio Ramírez Lozano.
Cuarto creciente.
Renacimiento. Sevilla, 2007.


Luna llena, y no Cuarto creciente, debería haberse titulado esta segunda antología poética de José Antonio Ramírez Lozano que publica Renacimiento con prólogo de Enrique Baltanás y selección del propio poeta.

Es la segunda edición de la antología que publicó Libertarias en 1989, revisada y ampliada ahora con los doce libros que Ramírez Lozano ha publicado desde 1987 -el año que cerraba la primera entrega de Cuarto creciente con Teluria y Bolero-, hasta Corambo, que aparecía este mismo año.

De ese nuevo material se nutre este libro, que fija sus límites entre 1980 y 2007, pero se centra preferentemente en estos últimos veinte años en los que la voz poética de Ramírez Lozano se ha ido haciendo más ronca y oscura, más quevedesca en el lamento del estrago y más densa y profunda en la consideración del tiempo.

Y es que este Cuarto creciente, pese a la identidad del título, es otro libro: un libro menos narrativo y más proclive a la meditación. Porque toda antología –dice su autor- es un propósito de enmienda. Y en esta nueva selección, aunque sin dolor de corazón ni voluntad penitente, se expresa un Ramírez Lozano quizá menos brillante, con una poesía menos dada al destello espejeante de la superficie del río y más anclada en su profundidad transparente.

Imaginativa e ingeniosa, sí, pero con más fuego que juego y menos pirotécnica que minera, la poesía de Ramírez Lozano ha pasado, como señala Enrique Baltanás en su prólogo, del retablo barroco al telegrama conceptista. Y en esa evolución, más visible en una selección amplia y extensa como esta, una lucha doble, con la creación y con la facilidad de la palabra, articula cada vez con más intensidad sus últimos libros.

Lo explica el poeta en este Almuédano, de Razón de la impostura:

IGUAL que la plegaria
remota del almuédano,
hay mañanas que das
con el mismo poema
y tratas de evitarlo
esquivando su burda,
su torpe reincidencia.

—Mis poemas son todos
el mismo -te consuelas—.
Lo dijo Juan Ramón.

Y te dejas llevar
por los versos de siempre,
por las palabras mismas,
como un dios aburrido
—dijo también Cernuda—
que para convencerse
de que existe tuviera
que escucharse su voz.

Dioses que son palabras,
sólo apenas palabras
y para ser obligan
a rezar a los hombres.

La voz inconfundible de Ramírez Lozano ha levantado –en su poesía y en su narrativa- un mundo propio que no es el resultado de la repetición amanerada de una fórmula, sino el fruto de un crecimiento orgánico y radial, de un ir y venir como el de la tela de una araña.

Insistente y sólida como ella, llena de brillos en el trasluz y de avisos graves en su simbología de premoniciones, su obra ha ido creciendo desde el tono de salmodia y misterio de Sybila Famiana, un texto con un cuarto de siglo a cuestas en el que no ha envejecido, hasta la expresión depurada y meditativa de Corambo, su último libro.

Quedan en medio la narratividad de Bestiario de cabildo, con sus espléndidas miniaturas, sus hormigas y sus difuntos; el tono sombrío que se insinúa ya claramente en Teluria y Memento, con Mañara al fondo; la claridad del Agua de Sevilla, donde la ironía convive con la emoción como el azahar con la bosta en las calles sevillanas; el Azogue impuro de la palabra del poeta, angustiada en la noche oscura de la incertidumbre creadora; la muerte y la memoria de Oscura trashumancia; y sobre todo a partir de El arquero ciego, en Gata sola y en Corambo, la clave de arco cada vez más visible de sus últimos libros, en los que la palabra es un antídoto contra el tiempo y el poema se plantea como una forma de aplazar la muerte:

Los poemas
son todos en el fondo una manera

de aplazar el destino
terrible del abismo.

Esos dos temas, la muerte y la palabra, se funden y se cruzan de manera cada vez más explícita en los últimos libros de Ramírez Lozano, para culminar en el último verso de Corambo:

Lo que importa es, al cabo, derrotar a la Muerte.

Santos Domínguez