20 junio 2007

Ensayos literarios de Amos Oz



Amos Oz.
La historia comienza.
Ensayos sobre literatura.

Traducción de María Condor.
Siruela. Madrid, 2007.

¿Qué hay que contar en el primer capítulo? ¿Y en el primer párrafo? ¿ Cuánto debe revelar la primera frase? ¿Qué deben ocultar esos comienzos?

Esas son algunas de las preguntas esenciales que están en el origen de este libro que reúne un conjunto de ensayos y conferencias del narrador israelí.

Sobre los buenos principios, sobre los comienzos de diez novelas y relatos cortos y sobre la página en blanco trata La historia comienza de Amos Oz, que acaba de publicar Siruela en El ojo del tiempo.

¿Cuántos borradores se escribieron, se tacharon, se reescribieron antes de un comienzo eficiente, de un párrafo definitivo?

Con su agudeza habitual, Amos Oz aporta las claves de ese pacto secreto entre autor y lector y hace una exploración de las dudas, de los comienzos flojos o banales, o de los que fijan el terreno en el que el autor atrapa al lector desde el principio de la novela o el relato.

El comienzo turbio de La nariz, de Gogol; el dilema que plantea Kafka en el inicio de El médico rural; el comienzo conclusivo de El otoño del patriarca, donde el principio es el final, o la incitación a imaginar y a llenar huecos que es Nadie decía nada, de Carver.

Es ahí, en los comienzos, donde la narración se juega la vida y se firma el pacto secreto entre el autor y el lector. Y sobre esos materiales narrativos, Amos Oz dicta su lección de sutileza interpretativa y de inteligencia creadora, su propuesta de lectura sin anteojeras críticas, como un puro placer.

Y al final una llamativa reivindicación del lector:

Érase una vez, en una playa nudista, un hombre desnudo al que vi allí sentado, gozosamente absorto en un número de Playboy.
Como aquel hombre, es en el interior, no en el exterior, donde debe estar el buen lector cuando lee.

Santos Domínguez

19 junio 2007

Conversaciones con Pepín Bello


David Castillo y Marc Sardá.
Conversaciones con José “Pepín” Bello.
Anagrama. Barcelona, 2007.



No sé si el más recalcitrante, como decía Vila-Matas, pero sí es seguramente el ágrafo más famoso de la historia de la literatura española contemporánea. Y desde luego el más curioso y el más raro.

Estas Conversaciones con Pepín Bello de David Castillo y Marc Sardá que publica Anagrama recogen la memoria viva de un hombre al que con 103 años a cuestas se le sigue llamando Pepín. Otra rareza. Y otra, no menor, que hace poco se le concediera la medalla a las Bellas Artes.

Memoria que no es sólo la de su palabra oral, es también la memoria gráfica recogida en las 65 fotografías incorporadas al libro. Entre ellas, la famosa foto del homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla. Esa foto la hizo Pepín Bello, que ingresó en la Residencia de Estudiantes a los 11 años y conoció allí a Emilio Prados. Así de sosas son las cosas.

Memoria que es a veces la memoria prodigiosa de un centenario y otras veces la memoria simple de un chismoso. El memorial de afectos y lealtades de un Pepín Bello que, como un abuelo Cebolleta, ha contado mil veces la misma batalla, salpicada a veces de abundantes errores como los relativos a la situación académica de Lorca cuando entró en la Resi. Y otros, ya no sé si errores o caprichos, como adscribir a Guillén o Salinas al Novecentismo sólo porque le parecen mucho más viejos que Lorca.

Memoria de la indisimulada antipatía hacia Luis Cernuda, del desprecio de un superrrealismo que a Bello le parece la más intranscendente de las vanguardias, es también la memoria del hombre contradictorio que se atribuye el invento de los carnuzos y los putrefactos, de quien se siente menospreciado porque Buñuel no lo incluyera en los títulos de crédito de Un chien andalou y a la vez reconoce una y otra vez que él no era nadie.

Un ágrafo, ya lo decíamos, que tampoco fue muy lector. Lo que sabe, lo que cuenta Pepín Bello, viene de la tradición oral de la anécdota, la facecia, la conferencia o el teatro de una época en la que coincidieron escritores de tres momentos generacionales: el 98 de Unamuno y Baroja, el grupo del 14, con Juan Ramón Jiménez y Azaña, o el 27 de Buñuel, Dalí o Lorca.

Considerarle icono o protagonista del 27 es una hipérbole sin sentido. Incluso tomarle por miembro del grupo no deja de ser un exceso que no admite el menor filtro razonable.


Santos Domínguez

18 junio 2007

Elena de la Souchère



Elena Ribera de la Souchère.
Lo que han visto mis ojos.
Crónicas de la España republicana.

Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores.
Barcelona, 2007.



Con una Celebración de Elena de la Souchère abre Juan Goytisolo Lo que han visto mis ojos, el volumen en el que Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores reúne por primera vez los escritos sobre la guerra civil de la hispanista francesa.

A ese texto celebratorio y reivindicativo de la obra de una mujer que fue punto de referencia del exilio en Francia en los años cincuenta, cuando Goytisolo la conoció, pertenecen estos párrafos:

En enero de 1955, en el curso de mi segunda escapada a París, contacté a través de mi amigo Palau Fabre, exiliado desde hacía casi una década en Francia, con la periodista Elena de la Souchère. Ningún español joven conoce hoy su nombre. No obstante, para un puñado de universitarios de comienzos de los cincuenta, lectores furtivos de los semanarios y revistas franceses de izquierda, era un punto de referencia poco menos que obligado. Nadie sino ella prestaba atención a una España sumida en el silencio de la dictadura ni atendía el lábil murmullo de quienes lo intentaban romper. (...) En Coto vedado la describo como "una mujer de una cuarentena de años, pálida, delgada, angulosa, con un sobrio pero elegante perfil de medalla, vestida con un ajustado y adusto traje sastre con camisa y corbata". (...) ¿Quién es, se preguntará el lector, esta mujer excepcional, mezcla de Colombine, Victoria Kent y Constancia de la Mora? ¿Por qué esa entrega total y desinteresada suya a la recuperación de la libertad y democracia en España? Algunos datos y elementos biográficos despejan en parte estas incógnitas. Su padre, Romualdo Ribera de la Souchère, arqueólogo y fundador del Museo Picasso de Antibes, fue amigo personal del pintor y del ex ministro de la República Manuel Irujo. Al producirse el golpe militar del 18 de julio de 1936, la jovencísima Elena trabajaba en la Delegación del Gobierno vasco en París y se alistó voluntariamente en el Ejército republicano, con una acreditación del periódico cristiano demócrata L'Eveil des Peuples. Estuvo en las trincheras del frente en Carabanchel y fue testigo de la valentía de los defensores de la capital frente a un enemigo superior en armas y recursos. Tras la victoria franquista, se refugió primero en Francia y luego en Inglaterra, en donde documentó las conversaciones extraoficiales entre el entorno de De Gaulle y Manuel Irujo con miras a crear un batallón de gudaris integrado por las fuerzas de la Francia Libre. (...) una personalidad tan singular como la de Elena de la Souchère, que tanto hizo por la causa republicana y por la libertad de nuestro país, permanece en un vergonzoso olvido. Es hora de que todos aquellos por quienes desinteresadamente luchó reconozcamos el valor de su ejemplo en el nonagésimo aniversario de su fértil y asendereada vida.

Elena Ribera de la Souchère, nacida en la frontera franco-española en 1920, inició su carrrera periodística a los 17 años, como testigo de la Guerra Civil española en varios frentes y al terminar la Segunda Guerra Mundial, fue articulista en periódicos y revistas franceses y defendió siempre el retorno de la democracia a España.

Para rescatarla de ese vergonzoso olvido nada mejor que editar esta obra que es el testamento moral de quien luchó incansablemente por la libertad y la causa republicana. Con prólogo de José Mª Ridao (Las convicciones de Elena de la Souchère) y traducción de Noemí Sobregués, estas Crónicas de la España republicana se inician en los orígenes de la guerra civil para hacer un agudo análisis de primera mano de algunos de los hechos más conflictivos que acaban frustrando aquel proyecto de convivencia que fue la segunda República.

Proyecto que fracasó por la presión de la reacción y del ejército y por los errores que cometió la República: el federalismo, la lentitud de la reforma agraria, la timidez del combate contra las conspiraciones militares. A esos factores se añadieron otros como el fortalecimiento de los partidos de derecha, el triunfo electoral de los católicos en 1933, la actitud combativa y antidemocrática de la Iglesia desde los púlpitos y el anticlericalismo violento de los liberales, todo lo que condujo a la abstención de las masas pulverizadas en distintos intereses.

En definitiva, el federalismo, la reforma agraria, las tensiones golpistas, el problema religioso, la revolución de Asturias, fueron las piezas de un mecanismo de violencia que engrasó adecuadamente todo un engranaje de conspiraciones.

Guernica como bombardeo experimental, 1938, el año decisivo de la guerra visto por la autora desde la Barcelona bombardeada y desde el frente de Madrid, en las trincheras de Carabanchel, son otros asuntos que se ofrecen al juicio minucioso y lúcido de Elena Ribera de la Souchère.

Cierra el libro un panorama general del conflicto en el que se analizan la muerte del Estado, los enfrentamientos en el País Vasco, las luchas por el poder en ambos bandos o las duraderas secuelas de la guerra civil. Esas son algunas de las claves de unos textos que combinan el testimonio personal con la reflexión, el compromiso y la solidaridad con aquella democracia derrotada.

Alejada de maniqueísmos y de simplificaciones, su interpretación huye del dogmatismo y, sin renunciar a su convicción militante y democrática, se centra en un análisis exigente y riguroso de aquellas circunstancias sangrientas que fueron el prólogo de la Segunda Guerra Mundial.

Un útil índice onomástico permite acceder de manera rápida a las referencias a quienes protagonizaron aquellos hechos o los sufrieron, como millones de españoles anónimos.

En el final de su prólogo, escribe José María Ridao estas palabras que fijan con claridad la importancia de este libro:

La voz serena de Elena de la Souchère recuerda una sencilla verdad: la historia muestra, sobre todo, las convicciones más arraigadas de quien la escribe. Son esas convicciones las que hacen de este libro una obra singular.

Luis E. Aldave

Mágica tribu



Claribel Alegría.

Mágica tribu.
Berenice. Córdoba, 2007.


Rulfo y Cortázar, Juan Ramón y Monterroso, Graves y Asturias pasean por las páginas de esta Mágica tribu que publica Berenice. Diez nombres convocados por la pluma amiga de Claribel Alegría, diez semblanzas y un homenaje escrito por quien compartió con ellos amistad y pasión literaria.

El mexicano José Vasconcelos, místico y sensual, de la estirpe de Plotino; un Juan Rulfo, arisco y nocturno, y leyendo en voz baja, conmovedoramente, No oyes ladrar los perros.

Miguel Ángel Asturias, con su rostro de ídolo maya junto a un Monterroso, ocurrente y de estatura aspirante a embajador de los Países Bajos.

Roque Dalton, en la alta hora de su noche, y Salarrué, fundador del cuento regional centroamericano junto a Coronel Urtecho, octogenario y viudo, con su rostro de ardilla.

Un Juan Ramón Jiménez protector de la joven poetisa en Washington y Maryland, disgustado cuando se entera de que Claribel se va a casar. O Robert Graves, vecino de Claribel en Deyá bajo la Diosa Blanca.

Y por encima de todos, desde su altura insuperable, un Cortázar jovial y divertido del que se evocan recuerdos como este:

A Julio le encantaban las anécdotas divertidas. Nos contó que una vez, revisando fichas de algunas muchachas que aspiraban a ser traductoras en la UNESCO, se encontró una que decía: "Nombre: Fulana de tal, fecha de nacimiento: junio de 1943, sexo: una vez en Nebraska". Nos hacía reír mucho con algunos de sus chistes, que resultaban más divertidos con sus erres francesas.

El libro lo enriquece un jugoso apéndice fotográfico y una serie abundante de reproducciones facsímiles de cartas dirigidas a la autora por sus amigos.

Santos Domínguez

17 junio 2007

Perro




Susan McHugh.
Perro.
Traducción de Marta Alcaraz.
Melusina. Serie Animal. Barcelona, 2007.

De Argos a Goofy, de la pintura de Veronese al cómic, de las gárgolas al animal semihundido de la pintura de Goya, el perro es el objeto de esta nueva entrega de la Serie Animal que ha empezado a publicar Melusina. La firma Susan McHugh, profesora de filología inglesa en la Universidad de Nueva Inglaterra.

Como icono o como animal de compañía, el perro forma parte de cultura de la humanidad. Símbolo de la fidelidad o la lujuria, de la pereza o el valor, sumiso y obediente, leal y perro, permite dividir a los humanos en cinófilos y cinófobos.

Criado para la coexistencia o para la subsistencia, comestible o mitológico, tuvo ciudades consagradas a su nombre, eso era Cinópolis en Egipto, y con tres cabezas guardó las puertas del infierno antes de reencarnarse en otras advocaciones como el perro Paco y Rin Tin Tin.

Agente redentor en el Mahabarata o filósofo verdadero en la Odisea, el diablo adopta a veces su forma, es el símbolo de la desgracia en la novela homónima de Coetzee, y la voz de su amo en los discos antiguos.

Un centenar largo de estupendas ilustraciones acreditan su potencia icónica, su presencia constante, su vecindad doméstica.

Santos Domínguez

16 junio 2007

Los señores del límite


W. H. Auden.
Los señores del límite.
Seleccion de poemas y ensayos (1927-1973).
Edición bilingüe de Jordi Doce.
Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores.
Barcelona, 2007.


De una mezcla tan explosiva como la de un padre devoto del psicoanálisis y una madre aspirante a misionera y redimida por el amor, seguramente sólo podía salir alguien como Auden.

Poliédrico en su escritura, en sus intereses y en sus influencias, Auden es uno de los poetas de obra más transcendente en el sentido literal del término, porque su poesía va siempre más allá de su pura voz personal y su influencia ha marcado a las generaciones sucesivas. Brodsky, Gil de Biedma o Ashbery son ejemplos cimeros de ese influjo. También como crítico su importancia es incuestionable. Auden ha sido uno de los más lúcidos del siglo XX y ha dejado su huella en el ensayo literario en el ámbito anglosajón y fuera de él. Brodsky y Gil de Biedma vuelven a ejemplificar la fuerza de esa influencia.

De ambas líneas, la creadora y la crítica, convergentes en tantos momentos de su obra, da cumplida cuenta Los señores del límite, la selección de poesía y ensayo de Auden que ha traducido y prologado Jordi Doce para la imprescindible colección de poesía de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.

Una amplia antología que llena parcialmenta algunas lagunas editoriales. Y es que si como poeta a Auden se le edita con saludable frecuencia (Lumen, Visor, Pre-Textos), un libro esencial como La mano del teñidor no se ha reeditado en España desde que en 1974 lo publicó Seix-Barral y a algunos de los ensayos que lo integran (Leer, Escribir...) sólo podía accederse a través de un mercado de segunda mano no siempre asequible ni barato y en una traducción en ocasiones tan deplorable que sostenía que Proust se comía una torta en lugar de la famosa madalena.

Auden definió alguna vez sus poemas como anteproyectos verbales de vida personal. Por eso, la relación del poeta con su obra es una relación problemática y en revisión constante. Escritor en conflicto consigo mismo y con sus textos, sometidos a un constante proceso de corrección o de impugnación. Confuso y perplejo, en el filo de la navaja que corta el terreno de lo racional y lo irracional, la religión y el sicoanálisis, el marxismo y el cristianismo, Auden resolvió parte de esas tensiones, y otras más subrepticias, menos emergentes, a través del proceso de escritura.

De esa provisionalidad habla Jordi Doce en su introducción: Esta obra, más que ninguna otra en la poesía europea del siglo XX, es un ejercicio de exploración intelectual y de interrogación moral; procede por ensayo y error, responde a sus dudas y preguntas con más poemas y trata en lo posible de no fijarse a ningún dogma ni prejuicio.

Ante la tumba de Henry James, Elogio de la caliza, Calibán al público, El escudo de Aquiles, Hablando conmigo mismo o Un poema no escrito son algunos de los poemas memorables que nos dejó Auden.

En cuanto a sus ensayos, además del excelente El poeta y la ciudad, hay dos, Leer y Escribir, que uno tiene por especialmente significativos. Figuraban como prólogo de La mano del teñidor y resumen ejemplarmente las dos facetas de Auden, la del poeta y la del crítico. Dos facetas inseparables en su labor literaria, porque su crítica es la del poeta y su poesía está sometida a una autocrítica constante.

Crítica que es una exploración del sentido, impropia de dioses menores que premian a los buenos y castigan a los malos, de porteras del Parnaso o de reseñistas con vocación de guardias de la circulación.

Lleva este lugar, desde su creación, un lema de Auden que resume su forma de entender la crítica. Forma parte de Leer, y en la traducción de Jordi Doce dice:

Atacar un mal libro no es sólo una pérdida de tiempo, sino también nocivo para el carácter. Si un libro me parece malo, el único interés que puedo obtener de comentarlo debe provenir de mí mismo, del despliegue de inteligencia, ingenio y malicia que sea capaz de ofrecer. No se puede reseñar un mal libro sin caer en la presunción.

Santos Domínguez

Epistolario inédito de Ridruejo



Gracia, Jordi (ed.)
El valor de la disidencia.
Epistolario inédito de Dionisio Ridruejo.

Planeta. Barcelona, 2007.



Entre una carta de José Antonio Primo de Rivera (Querido amigo y camarada) en la que acusa recibo de Plural y otra, cuarenta años después, de Néstor Luján (Querido Dionisio) en la que le urge el envío de una colaboración que se retrasa, pocos meses antes de su muerte, Jordi Gracia ha reunido en El valor de la disidencia un amplio epistolario inédito de Dionisio Ridruejo. Lo publica Planeta, en su colección España escrita.

En ese itinerario epistolar se refleja el viaje político y moral de un Ridruejo que pasó del fascismo militante y radical a la oposición al franquismo y a planteamientos políticos socialdemócratas. Con ese objetivo, el de subrayar las claves de su evolución, ha seleccionado Jordi Gracia, que está preparando una biografía de Ridruejo, un buen puñado de cartas agrupadas en seis capítulos que marcan las seis fases de su trayectoria.

De las fiestas fascistas (1933-1942) a la víspera del gozo (1970-1975) pasando por los sueños frustrados (1942-1951) o las conspiraciones (1962-1970)
. De Giménez Caballero, Tovar o Laín a los exiliados Rodolfo Llopis, Guillén o Sánchez Albornoz. Del acoso sentimental de la hermana del Fundador a la renuncia a los cargos. Del frente ruso al confinamiento en Ronda y en el Maresme. De la preparación de Escorial a las cartas de recomendación que recibe Ridruejo de quienes buscan canonjías o acomodo y hacen declaración de lealtades azules y adhesiones humillantes.

Tontos y pillos parasitaban aquella Falange de la que acabó apartándose Ridruejo, ni tonto ni pillo, pero aún devoto del Caudillo en el 54, antes de sus decepciones definitivas y sus conspiraciones y contubernios.

Cada uno de los capítulos va precedido de una introducción que sitúa las cartas en su contexto biográfico, cultural y político, lo que permite ir siguiendo el hilo de una evolución integral desde la política o la ética a la literatura. Esas introducciones son avances elaborados de una biografía de Ridruejo que Jordi Gracia viene preparando desde hace algún tiempo y dan cuenta de la dimensión política y literaria del epistolario, reflejo de una vida en la que alternan de manera problemática lo privado y lo público, según las épocas.

Este epistolario es el resultado de una intensa dedicación de Jordi Gracia a Dionisio Ridruejo, entre Materiales para una biografía y esa biografía que promete su autor. Ridruejo es uno de los intelectuales más citados en Estado y cultura. El despertar de una conciencia crítica bajo el franquismo.

Un disidente que acabó convertido en uno de los símbolos de la resistencia contra el franquismo, en abierto contraste con otros nombres que aparecen en esta correspondencia:

De DR a Manuel Fraga Iribarne
Mecanografiada
Madrid, 13 de noviembre de 1964

Excmo. Sr. D. Manuel Fraga Iribarne

Ministro de Información y Editor de La Estafeta Literaria
Madrid

Señor Editor:
Ha terminado, según veo, con respecto a mí la etapa del silencio represivo para entrar en la de la publicidad malintencionada. En la anterior mi nombre no pudo ser citado en las publicaciones españolas. Se censuró incluso la escueta noticia de la aparición de los tres libros que publiqué en esa época. Ahora cambiamos de modos. Se empezó por las injurias y las reticencias calumniosas cuando “lo de Munich” o con ocasión de algún artículo mío publicado fuera de España, sin dar conocimiento de mis textos. Se me cerró la vía judicial en tres ocasiones sucesivas. Se me negó el derecho de réplica. Temo, por lo que a la defensa legal se refiere, que sucedería ahora lo mismo. La Estafeta ha cometido el abuso de publicar un trabajo mío sin mi autorización, pero pienso que lo que se me negó para defender mi buen nombre no se me concedería para defender mi propiedad que es derecho, a mi juicio, algo menos importante. ¿Pasará lo mismo con el de la respuesta? Por mí que no quede, y ahí van estas líneas.

Ahora, por supuesto, se trabaja más finamente que en la fase injuriante. El “estilo fino” fue iniciado por el Sr. [Carlos] Robles Piquer en Valencia hace más o menos un año. Este joven “valor” de la política española “descubrió” ante los valencianos cómo en el año 1940 el joven falangista y servidor del régimen autoritario que yo era, recitaba en público los slogans más obvios del falangismo, el fascismo, o la dictadura nacionalista. Cosa escandalosa para las personas que, al servicio del mismísimo sistema, hablan como liberales o demócratas. Cierto es que yo también hablo hoy como demócrata o socialista liberal, pero tengo la desvergüenza de hacerlo desde la calle, después de abandonar mis puestos y mi carnet de militante (1942), de sufrir cinco años de confinamiento (hasta 1947), de haber experimentado la inutilidad de las instancias a la autorreforma del sistema (1951–54) en que ahora andan los de esa casa, cuidándome entonces de subrayar la condicionalidad de mi actitud con la negativa a aceptar cargos públicos, después, en fin, de haber sufrido cuatro procesos, haber pasado varias veces por la cárcel y haber estado dos años expulsado del país. Comprendo que todo esto moleste, escandalice, irrite, porque ¿a quién se le ocurre dar el mal ejemplo de “democratizar” sin sueldo oficial ni puesto de poder y sin disponer de los instrumentos de publicidad o influencia de ese mismo régimen, sustancialmente invariado y posiblemente invariable, con cuyas carencias se vive a disgusto?

Si la decencia - escribe Jordi Gracia a propósito de este episodio, tan revelador de las distintas cataduras morales- sigue siendo palabra de curso legal, es posible que esta carta sonroje a algunos todavía activos políticos de la democracia, como Carlos Robles Piquer. En todo caso, Vicente Aleixandre confiaba a la discreción de José Luis Cano en octubre de 1964 su indignación con Robles Piquer «por su conducta hipócrita haciendo figura de liberal en el exterior y manteniendo la censura en el interior: "es nuestra bestia negra" —me dice Vicente— y desde luego peor que Fraga, su ministro.

Hay diversas maneras de leer un libro como este: como una biografía, como espejo de una España en marcha, como un libro de consulta. Para este último objetivo y para que el lector vea la red de relaciones que establece Ridruejo, el minucioso índice onomástico es muy útil.
Y porque muchas veces hay que ponerle una cara a cada carta, es muy apreciable el material gráfico que se intercala con generosidad en las páginas de este epistolario.
Santos Domínguez