22 marzo 2007

Soldaditos de Pavía



Manuel Longares.
Soldaditos de Pavía.
Punto de Lectura. Barcelona, 2007


Punto de Lectura reedita en formato de bolsillo Soldaditos de Pavía, la segunda novela de Manuel Longares. Forma parte, con La novela del corsé (1979) y con Operación Primavera, del ciclo La vida de la letra y es una versión revisada en 1999 de la edición original que se publicó en 1984.

Si en La novela del corsé los modelos objetos de parodia eran los de la novela sicalíptica de comienzos del XX, Soldaditos de Pavía se centra en el mundo de la zarzuela, en el género chico, para reflejar el sainete que es la historia de España desde Felipe V hasta la posguerra.

En un asilo para actores, un grupo de cómicos jubilados, viejos actores de zarzuela, convocan en sus mentes seniles los títulos de un repertorio
que en su cerebro senil se adulteran y confunden: la verbena de la reina, los cadetes de la paloma, la dogaresa blanca, la garita revoltosa, moros y gavilanes, molinos y cristianos, el dominó de viento, el anillo azul, gigantes de hierro, bohemios y cabezudos, la canción mora, los diamantes de la guardia, el barquillero de Lavapiés, el barberillo de la huerta, la alegría de Damasco, el rey pasado por agua, azucarillos y aguardiente, el asombro que rabió, doña Fernanda, la villana del parral, el último payaso, Black el romántico, el dúo judío, el niño de La Africana, el huésped de faraón, la corte de granaderos, el tambor de la generala, el puñao del sevillano, el canastillo de fuego, jugar con fresas, la del manojo montes, la dolorosa del puerto, la reina clásica, música mora, Chateau Valbuena, la linda Margaux, el pobre Melquíades, el bateo de Subiza, la tempranera, las golondrinas de la Rioja, Maruska, Katiuxa, el cantar del azafrán, alma de arriero, la tabernera del beso, don Gil de Luis Alonso, la chulanera, la marchupona, el caserío de Alcalá, la boda del tartanero, el baile de Goyescas, la fama de los soldados, colegialas y claveles, la leyenda del primero o el cabo de la Isidra.

A través de diversos libretos y de distintos tonos ( desde el goyesco al costumbrista pasando por el romántico), la excepcional potencia estilística e imaginativa de Manuel Longares da voz a una crítica de la realidad histórica y social que, a pesar de los casi veinticinco años pasados desde su primera edición, mantiene su actualidad y su vigor expresivo.

Una estética de la parodia y el desgarro que tiene su origen en el humor amargo de Quevedo, en el esperpentismo de Valle y en la pintura de Goya, una de las miradas superiores y distantes que contemplan a los personajes como marionetas en esta novela organizada en cuatro partes de diecinueve capítulos cada una.

Bolero, Pasacalle, Jota y Habanera son los títulos de esas secciones en las que se suceden la zarzuela autobiográfica, Hurgar con ruego, que compone Venancio en una España ilustrada por la que asoma un Jovellanos poco favorecido, partidario de la música italiana y enfrentado a los raciales Joteros de Amposta; el pasacalle romántico con libreto de Andrés Niporesas; la jota castiza en los días del desastre del 98 o la habanera con Dora, retrechera y juncal.

El disparate expresionista de las situaciones refleja la vida española con una mirada cenital y distante, similar a la del esperpento, única estética posible para reflejar con su matemática de espejo cóncavo la deformada realidad carpetovetónica.

Santos Domínguez

21 marzo 2007

El natural desorden de las cosas



Andrea Canobbio.
El natural desorden de las cosas.
Traducción de Nieves López Burell.
Salamandra. Barcelona, 2007.

Claudio Fratta, un constructor de paisajes, un arquitecto solitario que diseña jardines. Elisabetta Renal, una cliente de voz hipnótica.

Un perro atropellado a conciencia y, cinco meses antes, otro atropello del que fue testigo el narrador-protagonista. Un Ford Ka y una mujer, la misma voz hipnótica a la que persigue y alcanza tras un accidente.

Un jardín zen inconcluso y una mujer de rojo, un asesinato sin aclarar y un hemipléjico en una silla de ruedas. Witold, la mano derecha del arquitecto, y Carlo, su hermano. Y el misterio de la realidad y su desorden.

Todos esos ingredientes forman parte de El natural desorden de las cosas, la novela de Andrea Canobbio que publica Salamandra. Narrada por el arquitecto con el ritmo trepidante de un thriller cinematográfico, son en ella muy frecuentes las retrospectivas en flashback hacia el pasado que le atormenta: el recuerdo constante y doloroso, el remordimiento y la culpa, la muerte de otro hermano drogadicto, la relación con el padre, las palabras y los silencios.

Como en un sueño dantesco, hay aquí también una bajada a los infiernos. Y un terreno que es para Claudio un interlocutor y un proyecto para el jardín de su vida.

Y el reto de un terreno difícil para construir el jardín, porque de los terrenos fáciles sólo nacen jardines banales.

Tampoco era fácil el terreno elegido por el novelista para elaborar una trama en el sentido literal de la expresión: a base de idas y venidas como las de los tejedores de tapices o las arañas.

El resultado no es banal. En una línea que le emparenta con la novela negra americana y con el trhiller sicológico, El natural desorden de las cosas es una narración que atrapa al lector y al narrador con la misma intensidad y con una astuta dosificación de materiales que permiten llegar en cada capítulo a finales intensos.


Santos Domínguez

La falsa palabra




Armand Robin.
La falsa palabra.
Ensayos sobre la instrumentalización del lenguaje.

Selección de textos, traducción y nota final de Carlos García Velasco.
Prólogo de Jean Bescond.
Pepitas de calabaza. Logroño, 2007.


Igual que una película de Isabel Coixet, Mi vida sin mí se titulaba la primera recopilación de poemas de Armand Robin. Apareció en 1940 y era la presentación como poeta de un raro que sembró ese año alguna de las claves de su aislamiento: su matrimonio precipitado y sobre todo su postura ante la ocupación alemana. Su actitud ante la Resistencia provocó sospechas de colaboracionismo y una prohibición de publicar durante algún tiempo.

Marginal, anarquista, francotirador, son adjetivos que intentan delimitar una obra inclasificable y una personalidad indefinible.

La falsa palabra, que publicó en 1953, y cuya traducción acaba de aparecer en la editorial Pepitas de calabaza, es un conjunto de ensayos en los que Armand Robin denuncia y desmonta los mecanismos de la propaganda radiofónica de la posguerra.

Son el fruto maduro de las escuchas diarias del autor y diario de una experiencia periodística y mantienen un alto nivel de calidad expresiva. La prosa de estos textos es la del poeta exigente consigo mismo y con su estilo, la prosa de quien reivindica el verdadero valor de la palabra y la reinventa contra el uso manipulador e instrumental del poder.

El volumen se abre con un prólogo magnífico de Jean Bescond y lo cierra un epílogo de Carlos García Velasco, el traductor del libro, con algunos apuntes esclarecedores a propósito de Armand Robin y su obra, que completa un análisis de la disidencia y el singular malditismo de uno de los escritores más lúcidos y originales, que escribió en uno de estos artículos:

Me propongo de antemano como candidato de todas las listas negras. Una lista negra en la que yo no estuviese me ofendería.

Luis E. Aldave

20 marzo 2007

Sandro Penna


Sandro Penna.
Cruz y delicia. Extrañezas.
Traducción y prólogo de Edgardo Dobry.
Lumen Poesía. Barcelona, 2007.

El más grande, el más alegre de los poetas italianos vivos
llamó Pasolini a Sandro Penna (1906-1977) en los años cincuenta, cuando casi era un autor desconocido.

Homoerótico en sus obsesiones, intuitivo y espontáneo, poeta maldito comparado alguna vez con Cavafis, con el que tiene algunas afinidades, su obra se resiste a las etiquetas. Vivió siempre en el margen, en lo excéntrico como escritor y como persona. Frecuentemente estuvo al borde de la indigencia económica que llevaba con un porte aristocrático y gongorino. Cesare Garboli, compilador y comentarista de Penna, cuenta que en los setenta, en medio de la mayor pobreza tenía contratado a un chófer que lo llevaba a respirar la brisa del sudoeste a las afueras de Roma.

A partir de 1958 con Cruz y delicia empezó a ser reconocido como poeta importante pero eso no evitó que se siguiera resistiendo a la publicación. Casi veinte años tarda en aparecer su libro siguiente, Extrañezas.

Ahora aparecen por primera vez íntegros y en edición bilingüe los dos libros, Cruz y delicia (1927-1957) y Extrañezas (1957-1976). Los publica Lumen en su colección de poesía con traducción de Edgardo Dobry, que ha escrito un prólogo certero, Indicios de Sandro Penna, como introducción a esta poesía.

Son cincuenta años de escritura los que recoge este volumen, medio siglo de producción dispersa, pero coherente, episódica pero unitaria que resume la historia ardiente de un solitario que rodea la ciudad con el asedio del deseo transgresor.

Con una gramática seca que hace más hermético el poema breve e intenso, conviven en el poeta comunión y soledad, sexualidad y marginación y una carnalidad más poderosa que la culpa. Cruz y delicia:

Al otro lado del río un canto de muchachos
ebrios, en la noche de julio.
Oscuro yo, sentado y vacuo.
Fui una vez Hölderlin... Rimbaud...

Sin angustia enfocan estos poemas el tema amoroso, predominante hasta Extrañezas, en que Penna decide evitar ese encasillamiento y escribe un libro más conceptual que completa el autorretrato del poeta, escindido entre el placer y la tortura del deseo:

«Poeta exclusivo del amor»
me llamaron. Y acaso era verdad.
Pero el viento aquí sobre la hierba
y los ruidos de la ciudad lejana,
¿acaso no son también amores?
Bajo las nubes calientes,
¿no duran todavía los sonidos
de un amor que arde
y que no se alejará?

Sandro Penna crea un mundo poético que recuerda la literatura y el cine neorrealista, con muchachos como de película de Pasolini:

Esta noche de junio,
muchachos, nunca volverá.
Debéis saber tales cosas.
Pero cómo decir, cómo deciros
aquello que sois ahora, en esta noche.

Vuestras compañeras,
¡oh, ellas no os admiran!
Pero eso a vosotros
os tiene sin cuidado.
Dais un largo paseo juntos (¿dos mellizos?).
Os abrazáis y fingís
aquello que en verdad
alguna vez sucede.


Santos Domínguez

19 marzo 2007

Cuentos filosóficos




Eugenio d´Ors.
Cuentos filosóficos.
Edición de Carlos d´Ors.
Gadir Ficción. Madrid, 2007.


Probablemente en ningún otro novecentista se cumple como en Eugenio d’Ors el equilibrio entre rigor intelectual y exigencia estilística. No eran los del 14 buenos momentos para la lírica, pero la prosa de aquellos años intermedios entre el 98 y el 27 es una de las más brillantes del siglo XX.

No fue la única síntesis que hizo en su literatura quien firmaba Xénius con indisimulado orgullo. Hubo otras: el tradicionalismo y la modernidad, el ideal ilustrado y europeísta o el catolicismo romano, el conservadurismo y la vanguardia o la armonización de narratividad y reflexión.

Los ideales clasicistas le llevaron a equilibrar en su obra el pensamiento y la creación, el ensayo y el relato. El resultado de esa actitud integradora fue un nuevo género, la glosa, que encauza el pensamiento figurativo, aquel pensar con los ojos tan característico de d’Ors, en una difícil armonía entre lo racional y la intuición.

Esa es una de las claves de la edición de los Cuentos filosóficos que acaba de publicar la editorial Gadir. Una interesante antología de cuentos, algunos de ellos inéditos, que recoge glosas, historias breves y materiales dispersos de distintas etapas creativas de d’Ors. Se ha ocupado de su rescate y de su selección Carlos d’Ors.

Esteticismo parnasiano y racionalismo ilustrado, armonía clasicista y preciosismo barroco se armonizan en unos textos ambiciosos y brillantes que se mueven siempre entre lo narrativo y lo ensayístico y van de lo particular a lo general, de lo concreto y anecdótico a lo abstracto, encauzados siempre en una prosa depurada, intelectual y sensitiva a la vez, exacta y medida siempre.

Porque como Josep Pla, otro novecentista catalán, otro prosista excepcional, d’Ors sabía que la literatura – y su fracaso también- está en el adjetivo.

Santos Domínguez

18 marzo 2007

Cuatro poetas en guerra


Ian Gibson.
Cuatro poetas en guerra.
Planeta. Barcelona, 2007.


La figura olvidada del periodista argentino Pablo Suero, amigo de Lorca que llegó a España en 1936 en pleno ambiente preelectoral, entrevistó a los poetas de los años treinta y recogió aquel material en el volumen España levanta el puño, es el hilo conductor que ha utilizado Ian Gibson para escribir Cuatro poetas en guerra, que acaba de publicar Planeta en su serie España Escrita.

Tomando como punto de partida la epifanía del Frente Popular en febrero de 1936, se habla en este libro de la actitud ética y la lealtad a la causa republicana de cuatro poetas, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca y Miguel Hernández, que pagaron con su vida o con el exilio su defensa de la legalidad y su compromiso con la Segunda República frente a la España más negra que los hizo víctimas de su barbarie.

Gibson ha advertido de que este es un libro que no contiene nuevas revelaciones, sino una recopilación de abundantes materiales gráficos y documentos muy variados, procedentes de sus estudios anteriores, como Pasión y muerte de Federico García Lorca o Ligero de equipaje, y de nuevas investigaciones sobre Juan Ramón Jiménez, de quien desmiente el sambenito de escritor encerrado en su torre de marfil y ajeno a la realidad política que le rodeaba y destaca la dignidad con la que sobrellevó el exilio y sus dificultades y el orgullo con que se negó a poner los pies en la España de Franco.

Aparte de la conocida denuncia de Lorca sobre una ciudad, la suya, en la que se agitaba la peor burguesía de España, Gibson incorpora en el libro nuevos datos sacados a la luz por el reciente estudio de Manuel Titos Martínez, Verano del 36 en Granada, que permiten relacionar el asesinato del mayor poeta español del XX con viejas rencillas familiares de terratenientes y caciques.

Junto con esos episodios, sigue impresionando en el lector la actitud de Antonio Machado en la guerra, su Mairena póstumo en Hora de España, sus últimas horas o las circunstancias de su entierro en Colliure.

O la muerte de Miguel Hernández, este mes de marzo hace 65 años, en la prisión de Alicante, poco después de que su mujer le oyera hablar con la ronquera de la muerte.

Unos días después, el padre de Miguel Hernández comentó cuando fueron a darle el pésame: "Él se lo ha buscado".

Quizá no haya un testimonio más definitivo de la degradación moral que provoca el odio. O el terror de aquel régimen de sotanas, correajes y uniformes.

Santos Domínguez

17 marzo 2007

Fiesta en la oscuridad


Diego Jesús Jiménez.
Fiesta en la oscuridad.
Lectura de Pedro Luis Casanova.
Bartleby Editores. Madrid, 2007.


De toda la poesía española de posguerra, probablemente ninguna tan perturbadora y tan honda a la vez como la de Diego Jesús Jiménez. Telúrica y abismal, visionaria y meditativa, alcanza su cima en Bajorrelieve y sobre todo en Itinerario para náufragos, etapas sucesivas en un camino de perfección que, después de algunos tanteos marcados por la influencia evidente de Claudio Rodríguez, encuentra su voz propia en Fiesta en la oscuridad (1976).

Inencontrable desde hace tiempo, treinta años después de su primera edición lo reedita Bartleby en su colección Lecturas 21, en la que está rescatando libros descatalogados de autores como Ángel González, Antonio Gamoneda o Félix Grande. De este último se ha publicado Puedo escribir los versos más tristes esta noche, en edición exenta por primera vez, y se anuncia la inminente recuperación de Blues castellano, de Gamoneda, y de Descrédito del héroe, de Caballero Bonald.

Recuperaciones y actualizaciones, pues cada libro incorpora la lectura de poetas jóvenes. La lectura de Fiesta en la oscuridad la ha hecho Pedro Luis Casanova, que la interpreta como una contestación a la religiosidad de la iglesia franquista, en el contexto de la transición política en que apareció.

Fiesta en la oscuridad es, además de eso, la respuesta a una realidad caótica y opaca, en un territorio incierto y nocturno que sólo puede explorarse con una poética irracionalista y visionaria. Una poesía que intentará iluminar la realidad y revelarla a través de la sensorialidad y la sugerencia.

La postura del poeta es aquí la del asceta en la depuración de la oscuridad, en un proceso que recuerda la noche secreta sanjuanista, irracional, emocionada y oscura como esta. Lo explicó el autor hace tiempo con estas palabras:

Para mí, la poesía no es tanto el arte de decir cosas, sino el de sugerirlas. Porque para decir cosa existen otros géneros literarios como el ensayo, o incluso la novela, pero lo que hace que algo se transforme en poesía es precisamente el misterio. El hecho de plantear lo desconocido a través de un poema y con una carga emotiva personal, es estar haciendo poesía.

Pero la secreta escala ascendente de San Juan de la Cruz es aquí bajada a los infiernos, a la ruina y al subsuelo. Frágil y clandestina, es la voz del misterio la que habla en este libro a través de una imaginería visionaria y de la larga respiración de sus versículos:

¡Ah la pureza del mundo sin el hombre, su soledad
es nuestra compañía, nuestro amparo sin nadie, nuestra comparsa que
chupa en la sangre, besa o escupe a nuestro dolor, nos lame y pule y se arrodilla y piensa
la heredad de las cosas!

Poeta y profesor de Física y Química, Pedro Luis Casanova explica el carácter impenetrable de estos textos con un símil de su especialidad:

El lector puede conocer lo que dice, pero no apropiarse del poema. Abre con él parecida relación a aquella en que la ciencia, si se me permite el símil, se ha topado con un límite que no sabe explicar: la imposibilidad de conocer con exactitud en un electrón, en una partícula en movimiento, a la vez su velocidad y su posición: no es posible: o lo uno o lo otro: si sabemos con certeza de su posición, la velocidad escapa de los cálculos: si conocemos, por el contrario, el valor exacto de su velocidad, jamás podremos asegurar su posición sin desechar una incertidumbre o error. Son -reducidas, eso sí, a una interpretación nada rigurosa— las conclusiones de Heisemberg. Pues algo parecido sucede con el misterio de estos poemas.

En Fiesta en la oscuridad sigue visible la huella expresiva de Claudio Rodríguez, aunque aquí la claridad no viene ya del cielo y el mundo es otro, un mundo que se mira en los poemas de la primera parte desde el fondo del ojo de un animal que ha muerto, un mundo que se salva en la segunda parte por la mirada de la pintura, que revela la realidad y redime al poeta en su emoción:

A través del lenguaje poético - es otra vez Diego Jesús Jiménez quien habla- asistimos antes a una revelación que a un descubrimiento. Durante el acto de la creación poética sucede algo verdaderamente insólito: aquello que se nos ocurre, antes de comprenderlo –el poema, además, puede tener infinidad de lecturas e incluso negarse a su comprensión– nos emociona. No ponemos nosotros la emoción en el poema sino que, muy al contrario, es el verso que aparece de pronto, la imagen que transcribimos, algo en verdad incalculable, lo que nos emociona y empuja a continuar en la escritura del poema.

Santos Domínguez