01 febrero 2007

Las pequeñas memorias de Saramago



José Saramago. Las pequeñas memorias.
Traducción de Pilar del Río.
Alfaguara. Madrid, 2007

Emparentadas con su discurso de recepción del Nobel y con algunas de sus novelas iniciales, sobre todo con el Manual de pintura y caligrafía y con Levantado del suelo, tienen Las pequeñas memorias, que José Saramago acaba de publicar en Alfaguara con traducción de Pilar del Río, una unidad de tono y una tensión estilística inusual. Las dos cualidades, tono y tensión, levantan al libro y lo sostienen en la altura de una difícil naturalidad. Esos datos de estilo y el diseño de un mundo completo permiten situar estas memorias entre las obras mayores de Saramago.

No se deje engañar el lector por la modestia aparente del título. Esta memoria pequeña de cuando fue pequeño empieza a crecer en la evocación de un río, en la memoria líquida y luego vegetal, el recuerdo de las raíces de un niño que no mira el paisaje porque forma parte de él.

Es la memoria personal y familiar de los espacios más que de un tiempo que no existía para aquel niño frágil de mirada melancólica, para el adolescente contemplativo entre Azinhaga y Lisboa. La memoria viva del Casalinho, la casa pobre de los abuelos maternos, donde en las vacaciones se formó la personalidad de aquel muchacho triste que aparece en las fotos del libro. En ellas y en los pies de foto que las comentan confluyen de manera ejemplar las dos claves, mirada y palabra, sobre las que se levanta la memoria.

Una memoria salvadora que reconstruye lo que el tiempo arrasa:

Esta pérdida, sin embargo, hace mucho tiempo que dejó de causarme sufrimiento porque, por el poder reconstructor de la memoria, puedo levantar en cualquier momento sus paredes blancas, plantar el olivo que daba sombra a la entrada, abrir y cerrar el postigo de la puerta y la verja del huerto donde un día vi una pequeña culebra enroscada, entrar en las pocilgas para ver mamar a los lechones, ir a la cocina y echar del cántaro a la jícara de latón esmaltado el agua que por milésima vez me matará la sed de aquel verano.

Con la emoción que ilumina el pasado, con el trabajo compenetrado de la mirada y la palabra, con una prosa magistral y fluida se evoca aquí la materia líquida que alimenta el recuerdo y nutre sus raíces y lo ahonda en la tierra y lo hace crecer.

Así se van sucediendo fragmentos y teselas que completan el mosaico de Las pequeñas memorias: los celos del tío Francisco Dinís, la Pezuda y los Barata, las primeras novias y los primeros estudios, las arengas de Queipo en Radio Sevilla, las salas de cine, los compañeros de clase en el Instituto Gil Vicente y en la Escuela Industrial, sus episodios de pescador lamentable en el Tajo...

Y sobre todo las cicatrices. Porque Las pequeñas memorias son también eso, un recuento de cicatrices en la piel y más dentro, como en este conmovedor recuerdo iniciático:

Junto a una de las puertas de los Almacenes Grandella un hombre vendía globos, y ya fuera porque lo había pedido (lo que dudo mucho, porque sólo quien espera que se le dé se arriesga a pedir), o quizá porque mi madre hubiera querido, cosa excepcional, hacerme un cariño público, uno de aquellos globos pasó a mis manos. No me acuerdo si era verde o rojo, amarillo o azul, o simplemente blanco. Lo que después pasó borraría de mi memoria el color que debería habérseme quedado pegado a los ojos para siempre, dado que era nada más y nada menos que el primer globo que tenía en todos los seis o siete años que contaba de vida, íbamos al Rossio, ya de regreso a casa, yo orgulloso como si condujera por los aires, atado con un cordel, el mundo entero, cuando de repente oí que alguien se reía a mis espaldas. Miré y vi. El globo se había vaciado, iba arrastrándolo por el suelo sin darme cuenta, era una cosa sucia, arrugada, informe, y los dos hombres que venían detrás se reían y me señalaban con el dedo, a mí, en esa ocasión el más ridículo de los especímenes humanos. Ni siquiera lloré. Solté la cuerda, agarré a mi madre por el brazo como si fuese una tabla de salvación y seguí andando. Aquella cosa sucia, arrugada e informe era realmente el mundo.

Bastaría ese fragmento para desmentir la adscripción fácil de este libro al territorio literario de lo pequeño. En un libro pequeño no cabe un texto como ese.

Es la primera vez que Saramago entra en el terreno de la memoria. Era un viejo proyecto aplazado, la urgencia de las novelas lo iba posponiendo. Quizá sea mejor así, quizá la prosa de su autor nunca ha mostrado un equilibrio mayor, un dominio más poderoso y una contención más brillante, porque podría haber escrito una novela de cuatrocientas o quinientas páginas con este material y ha preferido condensarlo en menos de la mitad.

Es la primera vez y ya ha anunciado Saramago que esta será también su última incursión en el género. No hace falta decir que el resto de su vida está en el resto de su obra.

Santos Domínguez


31 enero 2007

Don Juan contado por él mismo


Peter Handke.
Don Juan (Contado por él mismo).
Traducción de Eustaquio Barjau.
Alianza. Madrid, 2006.


Las opiniones políticas de Peter Handke han contaminado últimamente las reseñas relativas a su obra. De otra manera no se pueden comprender unas críticas tan injustas y superficiales a su última novela, Don Juan (Contado por él mismo). Alguna de esas críticas, tan negativas como infundadas, ponen en cuestión más al sujeto que al objeto, más al crítico que al criticado, aunque inevitablemente predisponen el ánimo del lector, que tiene que hacer un esfuerzo suplementario para quitarse de encima la losa de los prejuicios.

Handke hace en este Don Juan (Contado por él mismo) que publica Alianza Literaria una reinterpretación del mito. Ni más ni menos que lo que han hecho desde diversas perspectivas y en distintas épocas escritores tan distantes como Zorrilla, Byron, Marañón o Torrente Ballester. Más aún, la revisión que hace Handke del mito de Don Juan supera en profundidad intelectual y en brillantez estilística las interpretaciones más triviales, que no suelen pasar de la cáscara de aquel personaje de Tirso que ignoraba el tiempo y la fugacidad y que acabó en los infiernos por exceso de confianza.

El Don Juan que visita Handke es un Don Juan interior, recogido e íntimo, un mito actualizado que está cerca del de Marañón en complejidad psíquica, del de Azorín en sensibilidad y conciencia del tiempo y del de Torrente Ballester en afinado diseño narrativo .

Es un personaje de intenso lirismo, un amigo de las mujeres que tiene poco que ver con el personaje negativo y libertino de Tirso, de Molière o de Byron, que proponen al lector actual un arquetipo menos profundo del que sugieren las otras interpretaciones.

Un cocinero fracasado que se refugia cerca de las ruinas del monasterio de Port-Royal para dedicarse a leer, es el narrador de un texto en el que se relatan siete aventuras amorosas de Don Juan en diferentes lugares del mundo, Tiflis, Damasco, Ceuta, Noruega, Holanda...

También Don Juan se ha refugiado allí durante una semana. Una semana en el jardín para contar siete episodios de la mirada, episodios que no narra directamente, sino a través de ese narrador interpuesto. Ha llegado a aquella hospedería huyendo tras una experiencia de voyeur. Es ya un espectro que huye y vaga como una sombra triste entre la niebla, un don Juan fraternal que basa su poder en la fuerza de la mirada, no en su genitalidad.

La fuga y la mirada se convierten así desde el principio en las claves del relato y de la existencia del mito en una obra que es también una reflexión sobre la fugacidad y sobre lo pasajero, porque el tiempo es el verdadero problema de ese Don Juan en fuga. La huida es su esencia, su forma de ser y de estar.

En esa otra clave de Don Juan que es la mirada no cabe lo sensual ni el detalle lúbrico. Frente a la sexualidad elementalmente animal de su criado, con el olfato como método de exploración y la palabra como medio de seducción, la mirada de Don Juan representa la humanización, la elevación intelectualizada del deseo. No hay en sus relaciones sonidos ni palabras, no hay diálogo, ni presunciones ni recuentos de conquista en este texto que a menudo se mueve por el territorio introspectivo de la lírica y la imagen y cada vez necesita menos de la realidad exterior. De ahí que, en esa sucesión de siete episodios, cada vez se cuente con menos detalle lo que sucede a medida que transcurren.

Lo que ocurrió después no se puede contar hasta el final, no puede contarlo el mismo Don Juan ni yo ni ningún otro, sea éste el que fuere. La historia de Don Juan no puede tener final, y esto, lo digo y lo escribo, es la definitiva y verdadera historia de Don Juan.

Vuelvo al principio. Si la mayoría de las críticas negativas que citaba reducen su ejercicio a una valoración displicente y despectiva de una novela como esta, entraré en ese terreno valorativo para señalar que este Don Juan de Handke me parece un libro admirable por su inteligencia narrativa y su sensibilidad en el acercamiento al personaje. Aunque quizá lo más certero sea decir que no estamos aquí ante un Don Juan según Handke, sino ante un Handke según Don Juan.

Naturalmente que puedo equivocarme, que puede ser también cuestión o defecto de mi mirada, de una determinada lectura. Me tranquiliza saber que mi juicio procede de esa lectura. De otros juicios ya tengo muchas dudas de que se pueda decir lo mismo.

Podría ser también que en la memoria de algún comentarista Don Juan no sea más que un recuerdo asociado a la visita anual al cementerio, a las castañas asadas en la calle, a la función de aficionados en provincias. Y este Don Juan tiene que ver poco, afortunadamente, con esas variantes elementales de lo putrefacto.

Santos Domínguez

29 enero 2007

Tiberio o el resentimiento


Gregorio Marañón.
Tiberio.
Espasa Fórum. Madrid, 2006.


El alma resentida, después de su primera inoculación, se sensibiliza ante las nuevas agresiones. Bastará ya, en adelante, para que la llama de su pasión se avive, no la contrariedad ponderable, sino una simple palabra o un vago gesto despectivo; quizá sólo una distracción de los demás. Todo, para él, alcanza el valor de una ofensa o la categoría de una injusticia. Es más: el resentido llega a experimentar la viciosa necesidad de estos motivos que alimentan su pasión; una suerte de sed masoquista le hace buscarlos o inventarlos si no los encuentra.


El párrafo, con la prosa limpia y exacta de Gregorio Marañón, forma parte del estudio que publicó en 1939 sobre la figura del emperador Tiberio. Condenado como un monstruo de crueldad comparable a la de Nerón o Calígula, la figura de Tiberio, el emperador contemporáneo de Cristo y de Pilatos, empezó a ser rehabilitada en el siglo XVIII por Voltaire.

Le tocó vivir y gobernar en una época crítica y conflictiva. Entre un mundo pagano que se desmorona y la pujante mentalidad cristiana, Tiberio es uno de esos hombres que vivió en un terreno de nadie, en una época confusa y desolada.

Marañón le dedicó uno de sus libros más interesantes, una teoría del resentimiento y un estudio biográfico e histórico que profundiza en las raíces de su conducta en el contexto problemático de una crisis generalizada del imperio. Años de devastación evocados por Marañón en años de devastaciones, los de la guera civil española, que inevitablemente está pesando al fondo de este magnífico libro, de un ensayo ejemplar entre la biografía, la psicología y el estudio histórico.

Lo reedita Espasa en su colección Forum, en la que está recuperando las obras más emblemáticas del médico, humanista y escritor del Novecentismo.

Porque la historia no se hace sólo con datos sino con interpretaciones, el esfuerzo de Marañón es ese: un esfuerzo interpretativo, el acercamiento a la mentalidad de un hombre y al contexto familiar y político de una época que modela su carácter, la aproximación a una figura contradictoria y poliédrica maltratada por una leyenda negra. Cambiante de carácter y de costumbres, triste y austero, severo y cruel, Tiberio es el prototipo del hombre resentido.

Lo que pretende Marañón no es tanto contar la vida de Tiberio como trazar la historia y desenterrar las raíces de su resentimiento y, sobre todo, elaborar una teoría general del resentimiento como pasión, como enfermedad de espíritus mediocres a los que afecta también la hipocresía, el deseo compulsivo de venganza y la vecindad de la paranoia.

Un defecto que suele acompañar a quien está afectado de complejo de inferioridad. Y a veces a quien, todo lo contrario, se siente superior (como político, como poeta incomprendido) más virtuoso que los demás. Todo eso los convierte en crueles y vengativos si llegan al poder.

Él es el objeto del estudio de este libro en el que Marañón encuentra las raíces del resentimiento en las relaciones familiares con su madre Livia y su padrastro Octavio, en su agitada vida amorosa y su timidez sexual cercana a la impotencia que parece degenerar luego en incontinencia erótica.

Otros factores añadidos, como las luchas de castas entre los julios y los claudios, las relaciones con Germánico, su sobrino, un héroe popular muerto tempranamente, y con su viuda Agripina (“un marimacho”), alimentaron el resentimiento de Tiberio

El análisis psicológico se completa con la exploración del físico de Tiberio. Y a sí se pasa desde su miopía y sus úlceras a su sobriedad, su timidez, su antipatía, su escepticismo, de su rectitud sin cordialidad a su impopularidad, a sus años de anormalidad y locura en Capri, los más crueles y angustiados que completan la doble personalidad ante la historia de un Tiberio que estalla al final de sus días en una crueldad inusitada y en una soledad enorme.

Lo resume, certero y escueto, Marañón:

Hay dos frases suyas que definen su infinita soledad espiritual, sin amarras con el pasado ni con el porvenir. Las dos las refiere Séneca. Una vez, un hombre cualquiera se dirigió a Tiberio y comenzó a hablarle, diciéndole: "¿Te acuerdas, César...?"; y el César le atajó sombríamente: "No, yo no me acuerdo de nada de lo que he sido." La otra frase es un versículo griego que Tiberio repetía muchas veces y que dice su renunciación a toda esperanza: “¡Después de mí, que el fuego haga desaparecer la tierra!”

Así fue Tiberio.

Santos Domínguez

28 enero 2007

Andrew Marvell. Poemas


Andrew Marvell.
Poemas.
Edición al cuidado de Carlos Pujol.
La Cruz del Sur.
Pre-Textos. Valencia, 2006.


Fue uno de los poetas metafísicos ingleses, emparentado literariamente con Donne y con Milton, y uno de los más destacados poetas de esa lengua. Lo reivindicó T. S. Eliot en 1921 y Cernuda habló de él por primera vez en español. Andrew Marvell (1621-1678) vivió como un hombre prudente y pragmático en una época convulsa, la de Cromwell, y buscó y halló en la poesía una serenidad que el mundo le negaba.

La cruz del Sur, la magnífica colección de la editorial Pre-Textos, publicó hace unos meses una edición de la poesía de Marvell preparada por Carlos Pujol, que hizo la selección y la traducción de los textos y redactó la introducción y las notas.

La prudencia burguesa de Marvell le invitó a nadar y a guardar la ropa. No se casó, pero fue previsor hasta el punto de dejar una viuda de hecho que se encargó de editar algunos poemas póstumos. Siempre estuvo en el justo medio del equilibrio en política, en literatura, en su forma de vivir, entre lo pagano y lo religioso, entre la frialdad intelectual del concepto y el vuelo imaginativo de la emoción.

Y su poesía es como él, interesada, adulona y pragmática a veces. En estas ocasiones ni siquiera resiste esa definitiva prueba del nueve de la traducción y entonces sus versos se deshacen como una rosa barroca hecha cenizas o como se estropea el vino cuando cambia de altura o latitud.

Pero en otras ocasiones, que son las que engrandecen su obra, se deja llevar por intereses puramente poéticos. Entonces surgen los momentos más altos de su poesía, llenos de hallazgos luminosos, de imágenes deslumbrantes y de un sentimiento del paisaje que presagia a Wordsworth.

No escribió mucho, sesenta poemas, casi todos en inglés, con alguna incursión artificiosa y mimética en latín y griego. Los modelos de las églogas de Virgilio y la influencia persistente de Catulo son la base de casi toda su producción poética.

Y con el telón de fondo de la naturaleza domesticada del jardín, Marvell combina ingenio y abstracción, emoción fría, inteligencia y profundidad. Preciso y refinado, para él, como decía Eliot, la imagen es la decoración estructural de una idea seria.

Su poema más conocido, A su recatada amante, recopilado en muchas antologías, contiene muchas de sus claves. Es una exploración del Collige, virgo, rosas de Ausonio, con su aderezo barroco de gusanos y su añadido regodeo en la descomposición de la carne. Arte suasoria para persuadir a aquella muchacha un poco estrecha.

El libro le reserva al lector muchas sorpresas agradables, un puñado abundante de versos memorables escondidos entre la hojarasca decorativa y mitológica. Allí brillan momentos indecibles de confusión de quien, tan sensato habitualmente, se abandona a la emoción y

duda
si lo que ve está dentro o está fuera.


La traducción de Carlos Pujol, autor también de un preciso repertorio de notas, ha sabido captar la música equilibrada de Marvell y ponerla en castellano. El bellísimo Diálogo entre el alma decidida y el placer creado o las ochenta octavas prerrománticas que forman Sobre Appleton House son algunas de sus más claras demostraciones. Así empieza esta última:

Bajo este aspecto sobrio no esperéis
de arquitecto extranjero algún trabajo

que convierte canteras en cavernas
y talando hace prados de los bosques...


Santos Domínguez

27 enero 2007

Memoria del flamenco

Félix Grande.
Memoria del flamenco.
Punto de lectura. Barcelona, 2007

No sé si es porque he ido viendo crecer este libro en sucesivas oleadas editoriales desde hace casi treinta años, pero desde la anterior en Alianza, se me van los ojos al epílogo de 1995, que, si no fuera por el de Caballero Bonald, debería ser el verdadero prólogo de la Memoria del flamenco de Félix Grande que reedita ahora en formato de bolsillo Punto de lectura.

En ese epílogo están las claves que explican la génesis del libro como resultado de una larga culpa y orientan su lectura en la forma concreta de una acción de gracias. Y siempre acabo buscando las últimas frases:

Sin prisa —con la rumia de la angustia social y la angustia ontológica—, con la intensidad de la paciencia, con la sabiduría del conocimiento de que la vida es dura, breve y única, un lenguaje magnífico que comenzó a nacer hace ahora dos siglos en forma de sonidos desgarradores surgidos desde el fondo de la pobreza y la pena andaluzas, ha acabado convirtiéndose en un arte aclamado internacionalmente, y en una prueba más de que en el fondo de la especie, junto al estrago de sus miserias y de su finitud, deambula, como una emoción mitológica, el estupor de lo sagrado.

Al final, todo esto no es más que una rara manera de releer una vez más, ya es la tercera y no me pesa, esta Memoria del flamenco, un libro arrebatador como un torbellino, como el objeto del que trata, esa música abismal que viene del tronco mineral y negro de la fragua.

No es el único imán. Hay otros igual de poderosos: la calidad de la prosa de Félix Grande, la hondura de un conocimiento adquirido en la profundidad de las bibliotecas y de las cavas y las cuevas, la hombría delicada y compasiva de una sensibilidad templada en el dolor del yunque y el compás del martillo.

Este es un libro del que salen chispas, como del hierro candente en la fragua, como del amor y la rabia, como de algunos cantes oscuros, orientales y mineros. O de una soleá como esta, tan del gusto del autor del libro:

La noche del aguacero
dime dónde te metiste
que no te mojaste el pelo.


Su reedición en formato de bolsillo, en edición cuidada, con letra generosa y a un precio asequible, es una excelente noticia.

Porque este es un libro sabio y emocionado, sobrio y enciclopédico. Un libro torrencial que desborda sus propios límites y se convierte en muchos libros a la vez: en un compendio de geografía que va desde la India a Alcalá de Guadaira y hasta más allá de Sanlúcar; en un recorrido por nuestra incalificable historia moderna y contemporánea; en una reivindicación literaria del cancionero anónimo flamenco con una reunión de textos poéticos sobre esa temática; en una explicación física del espectro del sonido y del color, de la química de la combustión y el óxido y los minerales y las fermentaciones; en la lección de álgebra que hay en el compás de la bulería o en la geometría del espacio explicada por quien conoce el tamaño exacto de su desventura y el área de sombra negra que proyecta sobre el plano; en un tratado sobre la fonética y la prosodia rítmica del lamento y del duende o sobre la sintaxis de la rebeldía; en una exploración de la genética de la desolación y en la botánica de las raíces hondas del árbol de los cantes; en la geología áspera y fluvial de los palos; en la educación moral y cívica de estas letras o en el dibujo secreto de sus sonidos negros...

Ahora que ya sabe todo eso, repasa el lector el índice onomástico y se da cuenta de que en esos nombres está convocado también, como en el resto del libro, el universo. Un universo en el que coexisten Diego Corrientes y Ziryab, Manuel Torre y Dvorak, Shakespeare y Juan Pedro Domecq, Dostoievski y la Niña de los Peines.

Todo eso y más reside en esta Memoria del flamenco, que es una reunión de vidas y también una reunión de géneros. Hay aquí expansiones líricas, desahogos trágicos y episodios narrativos. Y mucha autobiografía escondida o flotando sobre estas páginas de alta literatura, que son también las de la memoria personal y su claroscuro, entre los cantes oscuros de fragua, de mina o de celda y la claridad salinera del camino estrecho y jalonado de ventas entre San Fernando y Cádiz.

En un texto memorable y cobrizo dedicado a Manolo Caracol, escribía Félix Grande:

Es la calamidad lo que este hombre examina.

Quizá no haya una frase mejor para resumir este libro imprescindible.

Santos Domínguez

26 enero 2007

Todos los relatos de Svevo



Italo Svevo.
Todos los relatos.
Traducción de Carlos Manzano.
Gadir. Madrid, 2006.

En estos días he descubierto en mi vida algo importante o, mejor dicho, la única cosa importante que me ha ocurrido: la descripción hecha por mí de una parte de ella. Se trata de ciertas descripciones apiladas y dejadas de lado por el médico que las prescribió. Las leo y releo y me resulta fácil completarlas, poner todas las cosas en el lugar que les corresponde y que mi impericia no supo encontrar. ¡Qué viva está esa vida y qué definitivamente muerta está la parte que conté! Voy a buscarla a veces con ansia, al sentirme incompleto, pero no la encuentro. Y, además, sé que la parte que conté no es la más importante. Lo pareció porque la fijé. Y ahora ¿quién soy? No el que la vivió, sino el que la describió. ¡Oh! La única parte importante de la vida es el recogimiento. Cuando todo el mundo comprenda con la misma claridad con la que lo veo yo, todo el mundo escribirá. La vida resultará literaturizada. La mitad de la Humanidad estará dedicada a leer y estudiar lo que la otra mitad habrá consignado por escrito y el recogimiento ocupará la mayor parte del tiempo, substraído así a la hórrida vida de verdad. Y, si una parte de la Humanidad se rebela y se niega a leer las elucubraciones de la otra, tanto mejor. Cada cual se leerá a sí mismo y su vida le resultará más clara o más oscura, pero se repetirá, se corregirá, se cristalizará. Al menos no quedará así, carente de relieve, sepultada nada más nacer, con esos días que pasan y se acumulan, uno igual a otro, formando años, decenios, esa vida tan vacía, apta sólo para figurar como un cuadro de estadísticas demográficas. Yo quiero seguir escribiendo. En estos papeles revelaré enteramente mi historia.

Pero no fue así. Quizá fue el primer escritor que murió como consecuencia de un accidente de tráfico. En cualquier caso, la muerte inesperada de Italo Svevo (Trieste, 1861-Motta di Livenza, 1928), a la que contribuyó de manera determinante su tabaquismo crónico, interrumpió, además de otras cosas más importantes, Las confesiones de un anciano, que iba a ser la continuación de La conciencia de Zeno, su mejor novela.

Murió en septiembre, un día trece, y aquel verano había estado trabajando con creciente intensidad en su cuarta novela, a la que pertenece el párrafo de arriba. Una novela frustrada que quería ser la continuación de su obra más emblemática.

Los esbozos y apuntes de aquel proyecto malogrado se incluyen en la tercera parte de Todos los relatos de Svevo que acaba de publicar Gadir con traducción de Carlos Manzano, lo que es toda una garantía de rigor y calidad. Las otras dos secciones del libro, organizadas en orden cronológico, son los Relatos completos y los Relatos incompletos.

Algunos de estos textos, que se editan ahora por primera vez en español reunidos en libro, son una muestra del mejor Svevo, introspectivo y pesimista, escrutador irónico de los pozos oscuros de la conciencia y los comportamientos, un Svevo especialmente brillante en narraciones como la Historia del buen viejo y la muchacha hermosa o el Corto viaje sentimental que se aproximan en ritmo y técnica a la novela corta.

Bastaría leer algunos de estos relatos para darse cuenta de que estamos ante un escritor importante. En la Historia del buen viejo y la muchacha hermosa, por ejemplo, está en esencia todo el mundo narrativo de Svevo, su fuerza amarga, su ironía crítica y su pericia. Y un párrafo final en el que parece condensarse su desengaño:

Volvió a guardar las viejas y las nuevas cuartillas en la carpeta en la que estaba escrita la pregunta a la que no sabía responder. Después, debajo y angustiosamente, escribió varias veces esta palabra: "¡Nada!"

Y es que Svevo nos deja en este libro su lección magistral, su curso superior de narrativa en torno a la zona de sombra de la culpa, el amor, el tiempo o la muerte, las claves de toda su obra.

Quizá nada mejor para terminar esta reseña que recordar lo que decía Eugenio Montale:

Svevo es un escritor siempre abierto. Nos acompaña, nos guía hasta cierto punto, pero no nos da nunca la impresión de haberlo dicho todo: es amplio y no saca conclusiones, como la vida. Por eso, cuando nos preguntamos qué se debe leer de él, la respuesta sólo puede ser una: leed todo, si podéis, pero no invirtáis el orden de lectura, recorred con él un camino que en su caso no es nunca reversible y dejaos conducir hasta donde le sea posible a él y a vosotros. Más allá estaréis solos, pero no lamentéis el tiempo perdido: os quedará el sentimiento de haber realizado una experiencia necesaria, de haber aumentado vuestra comprensión de la vida.

Santos Domínguez

24 enero 2007

Prosas apátridas




Julio Ramón Ribeyro.

Prosas apátridas.
Seix Barral. Barcelona, 2007

Sin clasificación.

Así figuraban hace poco los restos editoriales de estas excelentes Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro (1929 -1994) que acaba de recuperar Seix Barral. Una recuperación feliz e imprescindible por la calidad de sus textos y porque la edición parcial de 1975 y la definitiva de 1986 andaban ya descatalogadas.

Obviamente la caracterización que hizo el librero de ese volumen sin clasificar estaba más cerca de la comodidad rutinaria que de un juicio de valor. Pero, por paradójico que parezca a primera vista, probablemente no haya una definición más exacta para un libro como este, inclasificable, y de ahí el título, según los esquemas clásicos de los géneros literarios.

Sus doscientos fragmentos, entre el dietario confesional, el apunte reflexivo o el microcuento, tienen una serie de ejes temáticos (la reflexión sobre la escritura, el caos y la vida doméstica, el sexo y el paso del tiempo, los niños, la ciudad, la calle, los transeúntes, la vida en suma) que evitan la dispersión y le dan una evidente coherencia, reforzada por la unidad del tono y por la continuidad de la mirada aguda y desengañada. (No somos más que un punto de vista, una mirada, escribe Ribeyro en estas páginas.)

Hay, además, otro mecanismo de unión, el más importante: la constante calidad de una prosa intensa y cuidada, dotada de altura estilística y hondura reflexiva. Es esta una verdadera teoría y práctica del fragmento. Sus notas de lectura, sus expansiones líricas, sus aforismos pesimistas trazan la autobiografía espiritual de quien es uno de los grandes prosistas de la literatura hispánica contemporánea.

En una de estos textos dice Ribeyro que cada escritor tiene la cara de su obra. Así será, porque las fotografías nos han dejado la imagen de un Ribeyro exageradamente delgado, con un cuerpo metafísico, alargado y elegante. Y así es su obra, magra como su rostro escuálido, aguda e intensa como su mirada. Y en especial estas apenas ciento cuarenta páginas que no tienen desperdicio y se leen con la intensidad de la lectura poética.

De estas prosas, apátridas si tomamos como referencia los moldes aristotélicos, pero enraizadas en la más alta patria si se utiliza el baremo mucho más fiable de la calidad literaria y la inteligencia con la que se aborda incluso lo más trivial:

El advenimiento de un niño a un hogar es como la irrupción de los bárbaros en el viejo imperio romano. Mi hijo ha destrozado en veinte meses de vida todos los signos exteriores y ostentatorios de nuestra cultura doméstica: la estatuilla de porcelana que heredé de mi padre, reproducciones de esculturas famosas, ceniceros raros hurtados con tanta astucia en restaurantes, copas de cristal encargadas a Polonia, libros con grabados preciosos, el tocadiscos portátil, etc. El niño se siente frente a estos objetos, cuya utilidad desconoce, como el bárbaro frente a los productos enigmáticos de una civilización que no es la suya. Y como a pesar de su ignorancia y sinrazón, él representa la fuerza, la supervivencia, es decir, el porvenir, los destruye. Destruye los signos de una cultura ya para él caduca porque sabe que podrá reemplazarlos, desde que él encarna, potencialmente, una nueva cultura.

Peruano instalado en Francia desde 1960, alguna vez he escrito de él que es uno de nuestros contemporáneos más sombríos y autodestructivos. Sería injusto si no añadiese que es también uno de los más lúcidos. Y desagradecido si no dijera que me ha regalado horas de lectura y relectura de agradabilísima hondura.

Santos Domínguez