07 noviembre 2006

El tiempo de los emperadores extraños

Ignacio del Valle.
El tiempo de los emperadores extraños.
Alfaguara. Madrid, 2006.


—Si aquí ya no importan los vivos, imagínese los muertos.

La frase sin esperanza que le había dirigido meses atrás un oficial retumbó en la cabeza del sargento Espinosa como si hubiera sido pronunciada en el interior de una catedral. Minutos antes, su asombrada orden había hecho que, en un acto reflejo, el grupo de soldados se pusiera en pie cambiando precipitadamente las latas de carne y los cubiertos del condumio por máusers. Vistos desde lejos sobre la congelada superficie del río Sslavianka, envueltos en sus pesados uniformes de invierno, semejaban un grupo de desorientados pingüinos. Al cabo, sus ojos siguieron la línea imaginaria de la mirada del sargento, y cuando toparon con la causa de su voz, la mayoría adoptaron una actitud de recién despertados, de quien no ha entendido aún los límites entre aquello que están viendo y lo que veían en sueños. En una visión dadaísta, un conjunto de unas veinte cabezas de caballo sobresalían esparcidas sobre el lago helado como un ajedrez monotemático. Las ijadas abiertas, la tensión de sus cuellos, los ojos extraviados, todo indicaba que habían sido capturados por el frío en plena carrera. Pero no era el fantástico cuadro lo que mantenía su atención en suspenso, sino el hombre enterrado en el hielo hasta el torso que se hallaba pegado a una de ellas. El sargento Espinosa se adelantó y fue esquivando en zigzag cabezas equinas hasta quedar a la altura del cuerpo. Hasta ese momento habían utilizado las cabezas como improvisados asientos donde tomar la comida del día, y sólo cuando se levantó la niebla que, como un muro, les venía acompañando desde por la mañana, pudo el sargento descubrir al hombre. Se agachó con dificultad y observó su uniforme y el rostro helado. A continuación limpió la escarcha de las mangas y comprobó en la izquierda el águila del emblema nacional alemán y en la derecha el distintivo con los colores rojo y gualda y la leyenda «España». El muerto pertenecía a su división, pero su cara no le sonaba. Claro que no resultaba extraño: había más de dieciocho mil que recordar.


Invierno de 1943 en el frente de Leningrado. El sargento Espinosa, voluntario de la División Azul y en la vida civil ayudante de la cátedra de Química en la Universidad de Madrid, con un carácter marcado por la úlcera de estómago que padece, y el soldado Arturo Andrade, inteligente y opaco exteniente, tienen que investigar una serie de crímenes de los que son víctimas los soldados de la 250 División.

Con ese comienzo llamativo e intrigante que he copiado arriba, el lector se puede hacer idea de dos de las características más notables de esta novela: es una narración muy visual y de estilo cuidado.

No se trata solamente, aunque también es eso y lo es muy dignamente, de un
thriller, de una novela policiaca en la que unos improvisados investigadores tienen que desentrañar las claves de unas muertes rituales aún más inesperadas. Es también una denuncia de los horrores de la guerra, de la degradación de la condición humana en circunstancias (bélicas y ambientales) extremas. Como Lucifer en el último canto del Infierno de Dante, ese primer cadáver aparece con medio cuerpo enterrado en el hielo. Y es que esta novela tiene algo de bajada a los infiernos de la nieve en la estepa rusa, un espacio propicio para la maldad, para el conocimiento de la realidad y de uno mismo. Esa es la función que cumple ese episodio narrativo que está presente en todas las mitologías, religiosas o literarias.

Y es además una novela que reúne interés y exigencia literaria y que confirma la progresión de Ignacio del Valle, del que ya conocíamos
El arte de matar dragones (Premio Felipe Trigo) que editó Algaida en 2004, en la que el entonces teniente de los servicios secretos Arturo Andrade tenía que investigar el robo de una tabla renacentista. En esta peripecia el mismo protagonista, degradado a soldado raso, purga su pasado alistándose en la División Azul y asumiendo esta investigación desoladora.

El tiempo de los emperadores extraños,
que publica Alfaguara, forma parte, con El arte de matar dragones, con la que comparte protagonista y de la que que en buena medida es consecuencia, de una trilogía ambientada en los años 30 y 40 en la que se combinan historia y novela para construir un relato que mantiene constante el interés del lector con habilidad narrativa y bien aprendido oficio en el manejo de los diálogos. Un relato que funciona bien porque tiene su base más sólida en una verosímil recreación de aquel tiempo inverosímil.


Santos Domínguez

06 noviembre 2006

El abrecartas



Vicente Molina Foix.
El abrecartas.
Anagrama. Barcelona, 2006.


Cuando Vicente Molina Foix publicaba hace pocas semanas El abrecartas seguramente sabía mejor que nadie que había completado su obra más ambiciosa y más arriesgada. Es posible también que, pese a la inseguridad que acompaña a los actos creativos, estuviera razonablemente satisfecho de haber coronado el empeño con brillantez.

Con El abrecartas, que edita Anagrama en su serie Narrativas hispánicas, Molina Foix no afrontaba sólo el reto de escribir una novela epistolar, sino la dificultad de internarse en ese territorio oscuro, opaco y secreto que es la correspondencia privada, un ámbito en el que los personajes hablan en primera persona con libertad y sin inhibiciones.

Entre 1926 y 1999 se fechan esas cartas por las que circula la vida y la literatura, la imaginación y el cine, la política y el miedo. Y personas reales como Aleixandre y Miguel Hernández, Lorca y Alberti, Bousoño y Eugenio D'Ors junto con personajes inventados (con el excelente trazado de un triángulo amoroso lleno de sorpresas) o disimulados, como Cela, bajo la máscara de Trinidad López Douce, que a su vez usa la máscara de Ramiro Fonseca, poeta en agraz, delator con pujos literarios que contaminan sus informes de soplón de enfadosa retórica imperial.

La novela se encomienda a una cita de Balzac (Nunca inventamos más que la verdad) que orienta su sentido en este espacio común a la realidad y la ficción que crea la novela a través de las cartas en las que lo personajes cruzan sus vidas, sus experiencias, sus deseos o sus miedos. La novela puede así prescindir de un narrador para convertirse en una narración polifónica en la que personajes reales y ficticios completan una crónica coral de la España contemporánea.

Cada carta es el eslabón de una historia, y cada una de esas historias adquiere su sentido al integrarse en un conjunto en el que Sanahuja escribe a García Lorca, habla de Miguel Hernández y desde ahí se pasa a Aleixandre.

Para que ese material aparentemente disperso se integrase, era imprescindible establecer una serie de vínculos que conectaran a los personajes en una red de relaciones, a veces evidente, otras veces inesperadas. Y ese tejido debía contar además con algunos ejes temáticos en torno a los que articularse: la guerra civil es uno de esos ejes que recorren la novela como un río, a ratos subterráneo; como una experiencia que cambió decisivamente todas estas vidas, las ficticias y las reales.

Los informes de Douce/Fonseca, la literatura y el cine, las relaciones amorosas, con más de una sorpresa, son los otros ejes en torno a los que giran estas vidas y se conectan unas con otras para mostrarnos un fresco de la posguerra y las cárceles, de las revueltas universitarias del 56 o de las curiosas fiestas paganas de D'Ors y sus eugénicas idólatras.

De esa manera se pasa del simple cruce de cartas, de su mera yuxtaposición, a un entramado general que integra a los personajes y los sitúa en el conjunto de un bien pensado diseño novelístico.

Hay en El abrecartas, como en la vida, una evidente desproporción entre personajes inolvidables como Andrés Acero o Maenza, y otras existencias triviales, al menos en lo epistolar. Esa desigualdad de vidas, de experiencias e incluso de interés humano o narrativo, no es un desajuste ni un defecto, sino el reflejo de una realidad en la que no todas las vidas tienen el mismo relieve, ni la misma intensidad.

Pero todas ellas son imprescindibles en este bien engrasado mecanismo en el que conviven lo público y lo privado, el amor y la política, la literatura y el cine, el idealismo y la bajeza para completar una obra con la que Molina Foix alcanza su más alta madurez artística.

Con perdón de las fieras.

Santos Domínguez





04 noviembre 2006

Una educación sentimental






Murasaki Shikibu.
La historia de Genji. Tomos I y II. 
Edición Royall Tyler. 
Traducción de Jordi Fibla. 
Atalanta. Gerona, 2006.


En uno de sus ensayos más conocidos, Tres momentos de la literatura japonesa, incluido luego en Las peras del olmo, Octavio Paz habla con llamativo entusiasmo de La historia de Genji, un libro escrito en Japón a principios del siglo XI por una mujer que firmaba con el apodo Murasaki Shikibu. La primera traducción de ese clásico japonés a una lengua occidental apareció en Inglaterra en 1925 y desde entonces su fama no ha dejado de crecer hasta el punto de fundar una creciente legión de incondicionales y de convertirse en un fenómeno cultural que va más allá de los límites del libro. Incluso en España, donde hasta hace un año no se disponía de ninguna traducción, conozco a algunos de esos entusiastas que habían llegado a plantearse realizar una versión en castellano de La historia de Genji. En otoño de 2005 coincidieron en las librerías las dos primeras traducciones al español. Hubo que esperar mil años, reales, no hiperbólicos, para que al final se produjera esa coincidencia de dos ediciones: la de Destino, con los 33 capítulos de la primera parte, y la de Atalanta con los 41 de la primera y la segunda. Esa edición de Atalanta acaba de completarse con la publicación de los trece capítulos restantes en un segundo tomo que viene avalado por el éxito editorial del primer volumen, que alcanza ya la tercera edición. Ninguna de esas dos ediciones en español es traducción directa del original japonés. La versión de Destino traduce la adaptación inglesa de Arthur Waley, que tiene un cierto regusto de época, suena un poco, incluso después de traducida, a James y a Proust. La de Jordi Fibla para Atalanta se ha basado en la edición más reciente en inglés, la que Royall Tyler hizo en 2001 para Penguin, que hoy está aceptada como la más completa y seria, como la más fiel al original. De esa edición anotada y profusamente ilustrada se han traducido el prólogo, el glosario y las abundantes e imprescindibles notas de Tyler que la acompañaban. Organizada en dos tomos, el primero contenía los 41 capítulos que narran la historia del príncipe Genji. Son dos de las tres partes en las que se estructura la obra. El segundo, con los trece capítulos restantes, acaba de aparecer en las librerías y se centra, ocho años después de la muerte de Genji, en su hijo y su segundo nieto. Son los relatos de Uji, un título que hace referencia al río y a la ciudad en que transcurren. Ambos tomos completan la historia de una familia que abarca más de setenta y cinco años narrados desde puntos de vista distintos en una obra que se suele considerar la primera novela moderna y uno de los grandes clásicos de la literatura universal. De su autora no se sabe casi nada. Ni siquiera su nombre real, aunque ocupa en la literatura japonesa el papel relevante que la cultura occidental reserva a Homero, a Shakespeare o a Cervantes. En el ensayo que citábamos al comienzo, Octavio Paz hablaba del nivel de esta novela, equiparable a los grandes clásicos occidentales: a Cervantes, a Shakespeare, a Balzac, a Proust. Y en esa misma línea se desarrolla toda una vertiente crítica que relaciona a su autora, Murasaki Shikibu, con Proust: por su refinamiento, por los ambientes sociales, por su demorada profundidad en el análisis psicológico de los personajes, por su meditación sobre el tiempo. Hay en este libro monumental un despliegue de argumentos paralelos que parecen anticipar las técnicas caleidoscópicas de la novela contemporánea, los relatos se superponen integrados según el modelo de las cajas chinas y son frecuentes las variaciones de perspectiva y punto de vista. Como todos los clásicos, esta novela tiene la virtud de ser inmune al tiempo. Parecerá un tópico, pero los personajes que la pueblan podrían ser nuestros contemporáneos, no gente de hace mil años, y podrían vivir cerca de nosotros, no en montañas lejanas ni en países remotos si se me permite la ya inmortal frase. Se podrá pensar que la lectura que se propone en esta reseña es anacrónica porque trae a la contemporaneidad una narración tan lejana en el espacio y con tantos siglos a cuestas. Puede que eso sea verdad, pero más innegable es que esa es la única manera de leer un libro, actualizándolo en el acto de la lectura y haciendo una lectura contemporánea de los clásicos, que interesan no por la superstición del rótulo o la costumbre, sino en la medida en que su voz sigue siendo actual y nos sigue hablando del presente. Esa es la prueba del nueve de la literatura y los autores clásicos: que permitan esa lectura o que la repelan. Y esta Historia de Genji no sólo la admite, sino que la exige, la reclama del lector antes de provocar en él un sostenido entusiasmo que muy pocas obras suscitan. "Nada se ha escrito mejor que esto en ninguna literatura”, decía Marguerite Yourcenar, una de las más brillantes portavoces del entusiasmo lector que suscita esta historia. A esa fascinación del texto se refería no hace mucho Clara Janés cuando decía que este libro, aunque los merezca, no necesita elogios previos. El lector sólo tiene que empezar a leerlo y algo inasible le empujará a seguir mirando ese mundo espacioso por una ventana desde la que contempla la ambición y el secreto, el amor, el resentimiento y el orgullo. Al fondo de la historia personal y de la educación sentimental del príncipe, que tiene como eje una serie de decisivos personajes femeninos, está siempre la naturaleza. Una naturaleza animada que en su exuberancia vegetal sirve de contrapunto melancólico y titula muchos capítulos del libro con sus hojas tiernas y sus brotes de primavera, sus campánulas, sus ríos de bambú, sus nudos de trébol y sus helechos, hasta el último capítulo, El puente flotante de los sueños, que deja flotando también la historia en la ambigüedad abierta de un final desconcertante y enigmático como la doncella del puente que se evoca en este tanka:
¡Qué gotas mojan estas mangas, cuando el remo del barquero, al rozar los bajíos, sondea el misterioso corazón de la Doncella del Puente!
Llena de belleza serena y melancólica, de un sutil sentimiento del tiempo, de inteligencia y de sensibilidad, la obra cuenta no sólo la historia de una educación sentimental. La historia de Genji es también y sobre todo una historia del deseo, que ocupa aquí el mismo papel capital que tiene en otras novelas modernas que plantean ese asunto como un concepto vertebral de la narración. Una historia trazada con sutileza de calígrafo por otra de esas mujeres contadoras de historias, como la hija de Homero, como Sherezade, casi contemporánea de Murasaki, en quien la delicadeza no es sólo una forma de actuar o de escribir, sino una postura sentimental ante el mundo y un método para lograr la matización psicológica y emocional de los personajes. Es este un libro para lectores con tiempo libre, porque no se trata solamente de una obra larga, sino de una obra tranquila que hay que saborear con la lentitud del degustador de la poesía. La delicadeza estilística del texto y de su universo sentimental hace que la poesía encaje de modo natural en el cuerpo de la obra, muchas veces como resumen, anticipo o clave de la acción narrada, como en este tanka sobre el árbol de la retama, que tenía la reputación poética de ser visible desde lejos y desaparecer cuando uno se aproximaba:
Yo, que jamás supe lo que significaba el árbol de retama, ahora me asombro al descubrir que el camino a Sonohara me ha alejado mucho de mi ruta.
Los casi ochocientos tankas que aparecen en La historia de Genji hacen que este sea también un corpus de referencia para la poesía clásica de Japón. Las ilustraciones, realizadas por un artista contemporáneo que se ha basado en modelos medievales ya que las originales se perdieron, son un valor añadido a un texto que, como en toda la literatura oriental, funde la palabra, la caligrafía y el dibujo en una voluntad artística unitaria. Lo sorprendente es que el lector entra en este libro sin extrañeza y siente que ni los paisajes naturales exteriores ni los otros paisajes interiores de la emoción le son ajenos. Quizá todo esto tenga que ver mucho con la modernidad de una concepción de la escritura como desafío al tiempo y al olvido. Una modernidad que procede de esa conciencia del tiempo que destacaba Octavio Paz como el valor más característico de esta obra, como el verdadero tema de esta historia inolvidable.
Santos Domínguez

03 noviembre 2006

Represalia



Gert Ledig.
Represalia.
Traducción de Rosa Pilar Blanco.
Editorial Minúscula. Barcelona, 2006



En el otoño de 1957, cuando el desprecio de la novela entre los contemporáneos era evidente desde hacía tiempo, Gert Ledig escribió, altanero, a la editorial Fischer: «Represalia fue un libro muy fuerte, y de un modo u otro recorrerá su camino. Como mínimo tiene asegurada una nueva edición después de la Tercera Guerra Mundial.» Había que anticiparse necesariamente a esta, y será interesante observar si en adelante Represalia, medio siglo después de la última guerra mundial, tiene por fin una posibilidad de convertirse en una obra fundamental de la literatura alemana.


Así termina el posfacio que Volker Hage escribió para la reedición en 1999 de Represalia (1956), de Gert Ledig. Una crónica novelada del horror de los bombardeos sobre las ciudades en la segunda guerra mundial. 69 minutos en el infierno de los refugios antiaéreos y en el interior de los aviones.

Cincuenta años después de la primera edición alemana de Represalia, que fue rechazada por un público y una crítica que tenían aún abiertas las heridas de la guerra, Minúscula publica en su colección Alexanderplatz la primera traducción al español de esta novela.

Gert Ledig (1921-1999) fue la gran esperanza de la literatura alemana de mediados del siglo XX y en octubre de 1998, cuando lo visitó Hage, había renunciado desde hacía muchos años a su actividad literaria y vivía olvidado en compañía de su gato, intentando conjurar los recuerdos y olvidar la incomprensión de la crítica hacia una novela como esta Represalia, que hoy se tiene en alta consideración, como una de los mejores relatos testimoniales sobre la Segunda Guerra Mundial. Ledig no llegó a ver ni esta reedición ni su buena acogida en Alemania cuando ya se había distanciado lo suficiente de aquellas dolorosas circunstancias bélicas de las que surge este relato estremecedor.

Brutal desde la primera línea hasta la última, como los hechos de los que habla, la novela es una narración de las represalias aéreas, de los bombardeos de la aviación aliada un día de julio de 1944 sobre una ciudad alemana. Los cuenta un narrador impávido y preciso como las bombas que caen entre las 13,01 :

Dejad que los niños se acerquen a mí.
Cuando explotó la primera bomba, la onda explosiva arrojó a los niños muertos contra el muro. Se habían asfixiado el día anterior en un sótano. Habían depositado sus cuerpos en el cementerio porque sus padres combatían en el frente y había que buscar primero a las madres. Sólo hallaron una, pero yacía aplastada bajo los escombros. Así era la represalia.


y las 14,10:

La represalia se cumplía.
Era incontenible.
Pero no era el Juicio Final.

Y en medio, la vida era un simple despojo.

Con una técnica constructiva que utiliza el montaje de secuencias breves, Ledig va levantando la novela a base de la superposición de planos, de estratos verticales y de personajes. Desde el plano superior en el que los aviones aliados lanzan bombas y paracaidistas y realizan vuelos rasantes, hasta los refugios subterráneos donde queda enterrada en vida la población civil, pasando por planos intermedios como los de las torretas defensivas, las casas y las calles, se mezclan los personajes en un mismo caos, en un siniestro collage del terror.

Es la destrucción implacable que mezcla espacios y personajes, víctimas y verdugos, vidas y muertes en esta novela que deja en el lector una impresión imborrable, tan devastadora como los hechos que denuncia con una mirada como la de Ledig, tan desnuda como la parquedad de sus frases.

Esa mirada inmisericorde hacia el horror que viene del cielo y hace que las madres dejen en mitad de la calle el cochecito con el niño para refugiarse junto a una tapia de cementerio es lo que provocó un rechazo que sólo el tiempo pudo suavizar.

La recuperación de esta Represalia tuvo mucho que ver con las conferencias de W. G. Sebald en Zürich (1998) sobre Guerra aérea y literatura que editó Anagrama en Sobre la historia natural de la destrucción.
Escribía allí Sebald estas líneas, antes de hablar de esta novela:
Es difícil hacerse hoy una idea medianamente adecuada de las dimensiones que alcanzó la destrucción de las ciudades alemanas en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, y más dificil aún reflexionar sobre los horrores que acompañaron a esa devastación. Es verdad que de los Strategic Bombing Surveys de los Aliados, de las encuestas de la Oficina Federal de Estadística y de otras fuentes oficiales se desprende que sólo la Royal Air Force arrojó un millón de toneladas de bombas sobre el territorio enemigo, que de las 131 ciudades atacadas, en parte sólo una vez y en parte repetidas veces, algunas quedaron casi totalmente arrasadas, que unos 600.000 civiles fueron víctimas de la guerra aérea en Alemania, que tres millones y medio de viviendas fueron destruidas, que al terminar la guerra había siete millones y medio de personas sin hogar, que a cada habitante de Colonia le correspondieron 31,4 metros cúbicos de escombros, y a cada uno de Dresde 42,8..., pero qué significaba realmente todo ello no lo sabemos. Aquella aniquilación hasta entonces sin precedente en la Historia pasó a los anales de la nueva nación que se reconstruía sólo en forma de vagas generalizaciones y parece haber dejado únicamente un rastro de dolor en la conciencia colectiva; quedó excluida en gran parte de la experiencia retrospectiva de los afectados y no ha desempeñado nunca un papel digno de mención en los debates sobre la constitución interna de nuestro país.


Santos Domínguez.

02 noviembre 2006

Breviario del vino




José Manuel Caballero Bonald.
Breviario del vino.
Seix Barral. Barcelona, 2006



Seix Barral
acaba de recuperar Breviario del vino, un ensayo del poeta y novelista José Manuel Caballero Bonald, un magnífico y raro libro editado por José Esteban en 1980, en la colección Breviarios del árbol, y que aunque reeditado luego en 1988 por Mondadori, no había dejado de ser una exquisitez minoritaria.

El Breviario del vino está dedicado a sus compañeros de generación literaria, la del medio siglo, que han bebido lo suyo y es un brillante repaso de la historia y de la mitología del vino, un recorrido histórico por la memoria del vino en las distintas culturas. Es muy significativo que hayan sido muchas las civilizaciones que reclaman el mérito de haber vinificado la uva. De la mitología a la historia, de las raíces legendarias y la prehistoria del vino por las murallas chinas y los anales egipcios hasta llegar a la importancia del vino en la civilización, la vida y la religión o la literatura de la antigua Grecia, con el crédito y descrédito del vino entre los romanos y fomento paleocristiano de la vinicultura.

Capítulo aparte y completo merece la memoria bíblica del vino, de presencia constante en el libro de libros, para regar muchos textos del Antiguo Testamento, de Noé y Lot al Cantar de los cantares, sin olvidar la importancia esencial que tiene en episodios neotestamentarios como las bodas de Caná o la última cena.

Porque ese es uno de los datos fundamentales del libro: la presencia constante en muchas mitologías y religiones. En todas ellas hay una divinidad del vino: Osiris o Dionisos (de borrachera pareja a la de Noé), Baco o Xiutros el caldeo. En Grecia, ese itinerario del vino transciende de la mitología al teatro a través de los ditirambos y las danzas dionisiacas y desde la épica a la lírica para demostrar que el vino es bebida, mito y metáfora.

Pasando de la historia a la literatura, Caballero Bonald se centra en la imagen de los vinos españoles en la literatura extranjera. En Shakespeare, el primer propagandista del vino de Jerez a través de Falstaff; en las memorias de Casanova el libertino; en los viajeros románticos europeos.

Pero el vino es también la base de una importante industria, por lo que en una segunda parte el libro atiende al proceso de crianza del vino, de la viña a la botella, con explicaciones sobre la tierra y la cepa, la vendimia y el mosto, la vinificación, el envejecimiento y la conservación o la cata y las rectificaciones.

Hay en relación con su consumo toda una serie de usos, ceremonias y rituales del vino. Las copas y los vasos, la temperatura y el rito del descorche. Y no sólo de los usos del vino, sino también de sus abusos, que provocan borracheras y resacas, y de sus alivios y neutralizaciones, se habla en este Breviario.

El libro aborda también la geografía del vino: los caudales y los afluentes de las distintas zonas y denominaciones de origen para finalizar con las artes y las partes de los vinos y las comidas, con los deleites y provechos del vino.

La embriagadora prosa de Caballero Bonald, que demuestra que el vino puede perjudicar a la salud o a la solvencia del hígado, pero desde luego no a la prosa del jerezano, tan limpia, tan brillante como la manzanilla de Sanlúcar.


Luis E. Aldave

01 noviembre 2006

Enciclopedia del español en el mundo


Instituto Cervantes.
Enciclopedia del español en el mundo.
Círculo de Lectores. Plaza&Janés.
Barcelona, 2006.


En la actualidad son 14 los millones de estudiantes de español. Y la cifra crecerá con enorme rapidez, cuando sólo en Brasil aumente en diez millones el número de estudiantes de español al entrar en vigor la reforma educativa que lo hace obligatorio en la enseñanza media.

De los millones de personas que estudian el español como lengua extranjera en todo el mundo, del español en cifras, por continentes y por países, de su futuro como lengua de comunicación y de cultura trata La enciclopedia del español en el mundo, el minucioso y pormenorizado estudio que acomete en sus más de 900 páginas el anuario 2006-2007 del Instituto Cervantes.

Lo coeditan Círculo de Lectores y Plaza&Janés con motivo de los 15 años de la creación del Instituto y constituye el compendio más riguroso que se ha publicado hasta ahora sobre la situación del español como lengua de comunicación internacional y sobre el estado actual y las perspectivas de la cultura en lengua española en el mundo, en Internet y en los medios de comunicación.

Ninguna otra lengua, ninguna otra cultura había sido objeto de un estudio tan completo y tan documentado en el que doscientos veinte especialistas de las más variadas disciplinas completan un panorama global de la presencia internacional del español y de la cultura en español.

Escritores, artistas, investigadores y periodistas españoles e hispanoamericanos reflexionan sobre el terreno acerca de la vitalidad y la demanda creciente del español, que se ha convertido ya, después del inglés, en la segunda lengua extranjera más estudiada en el mundo.

La proyección exterior de las lenguas cooficiales de España, el papel de las comunidades autónomas en la enseñanza del español como lengua extranjera para los inmigrantes, el presente y el futuro del hispanismo en el mundo completan el apartado que estudia la lengua.

Son muchos y muy diversos los enfoques que abordan la importancia del español en los distintos ámbitos de la cultura internacional: la literatura, la ciencia, las artes escénicas o el cine.

Hay, y no lo olvida esta Enciclopedia del español en el mundo, un aspecto fundamental en este panorama de creciente influencia de los medios de comunicación, de la información y de Internet: el valor de los iconos culturales, el uso del español en la red y el papel de las Academias en la fijación de una norma uniforme: la del español del futuro, un español internacional y neutro para un mundo globalizado.

Una obra que debe servir, como ha señalado César Antonio Molina, director del Instituto Cervantes “para tomar conciencia del lugar privilegiado en el que estamos en el mundo pero también para trabajar aún más por esa difusión de nuestra lengua y nuestra cultura.”

Por ejemplo en la red, la vía fundamental de transmisión de información en la actualidad, por encima de los medios de comunicación tradicionales. Sobre el valor de los iconos culturales en Internet han escrito Luis Cueto, Javier Noya y Chimo Soler un interesante capítulo en el que la principal conclusión es que la oferta de iconos españoles e hispanoamericanos en Internet es muy inferior a la demanda existente, a lo que habría que responder con la creación de más contenidos culturales que den respuesta a esa creciente demanda.

Pues en eso estamos.

Santos Domínguez

31 octubre 2006

Prosas dispersas de Antonio Machado




Antonio Machado.
Prosas dispersas (1893-1936).
Edición anotada de Jordi Doménech.
Páginas de Espuma. Madrid, 2001


Mientras leía esta primavera Ligero de equipaje, la biografía de Antonio Machado escrita por Ian Gibson, me llamaba la atención una y otra vez la insistente referencia a estas Prosas dispersas (1893-1936) que reunió Jordi Doménech en un voluminoso tomo publicado por Páginas de Espuma.

No se trataba de una declaración gratuita ni ligera. El lector de la más reciente y amplia biografía de Antonio Machado se encuentra con constantes apoyos documentales en este libro, que Gibson definía como "una aportación de valor incalculable al conocimiento de Machado."

El volumen se abre con una amplia y profunda introducción de Rafael Alarcón Sierra, un estudio que sitúa estos textos en su contexto público o privado. Las tres cuartas partes de estas prosas dispersas las constituye el epistolario, una escritura oculta de la que muchas veces surge el escrito público o el poema. Porque incluso en esas cartas se puede ir siguiendo con fluidez la doble dimensión ética y estética, cívica y literaria del pensamiento y la obra de Antonio Machado.

Es muy interesante comprobar por ejemplo cómo se desdobla el poeta en su correspondencia en diversos sujetos epistolares. No es el mismo Machado el que escribe cartas reverentes a Unamuno que el que se intercambia con Juan Ramón cartas breves sobre temas literarios, ni el Machado admirativo que se cartea con Ortega es el que escribe correspondencia amorosa con Pilar Valderrama. Ni estos se parecen mucho al que aconseja y regaña con afecto a Gerardo Diego.

El detenido y agudo estudio que hace Rafael Alarcón de esas relaciones epistolares arroja mucha luz intrahistórica, como las notas de Jordi Doménech, sobre la producción poética y el pensamiento estético y filosófico de Machado en cada uno de esos momentos.

Y lo mismo ocurre con las notas, las reseñas y los prólogos que contienen implícitas o explícitas las ideas de Antonio Machado sobre literatura, teatro, arte, política o educación.

Jordi Doménech ha reunido todo este material disperso en cinco apartados que, anticipando el criterio de organización de la biografía de Gibson, combinan lo geográfico y lo cronológico, unen espacio y tiempo para situar estas prosas en su marco existencial, en su circunstancia biográfica, de manera que en cierta medida constituyen un diario que fija cronológicamente el sentido de la obra de Antonio Machado y la evolución de sus preocupaciones y su pensamiento poético, filosófico o político. Se trata en ese sentido, como subraya Doménech, de una especie de diario intelectual de Machado.

Un diario intelectual que tiene, además del epistolario, estas estaciones de paso:

I Madrid (1893-1907), con las colaboraciones de Machado en La Caricatura, en Electra y en la sección «Glosario» de Renacimiento.

II Soria (1907-1912), donde se recogen colaboraciones sin firmar en El Porvenir Castellano, el texto de alguna conferencia o el informe remitido a la Junta para Ampliación de Estudios con motivo de su beca en París.

III Baeza (1912-1919), que comienza con una carta a José María Palacio que anticipa el tono de algunos poemas de la segunda edición de Campos de Castilla. La impresión negativa que le ha causado Baeza queda resumida en esa carta en la que dice: "Soria es Atenas comparada con esta ciudad donde ni aun periódicos se leen."

IV Segovia (1919-1932), con el texto que Machado escribió para presentar a Ortega, Marañón y Pérez de Ayala en el mitin de la Agrupación al Servicio de la República, en el teatro Juan Bravo de Segovia.

V Madrid (1932-1936), donde se recoge la entrevista que le hizo Rosario del Olmo con el título "Los intelectuales contra la guerra."

Las más de 1.600 notas a pie de página, tan exhaustivas como interesantes, sitúan cada texto en la circunstancia de la que surge, la aclaran y contribuyen a situar a Machado en el tiempo que lo explica.

Se recoge aquí todo el material disperso que Antonio Machado no reunió en libros: sus artículos en periódicos y revistas, los prólogos para su obra o para libros ajenos, cartas, discursos, conferencias y entrevistas hasta el inicio de la guerra civil: un conjunto de 265 textos, 72 de los cuales no habían sido recogidos en ediciones anteriores de la obra de Machado.

Quedan fuera por tanto el Juan de Mairena, que se había ido publicando por entregas entre 1934 y 1936, pero fue reunido por Machado en un volumen poco antes de la guerra.

Tampoco se incluyen los cuadernos de apuntes manuscritos de Machado, tanto Los complementarios (1912-1926) como los cuadernos de Burgos que han sido editados recientemente por la Institución Fernán González.

Unos y otros, en opinión de Doménech y dadas sus características, debían publicarse en un tomo conjunto y exento.

Esta recopliación llega hasta poco antes de la guerra civil. El último texto es un carta a Enestina de Champourcin del diez de mayo de 1936.

Habrá, pues, un segundo volumen. La edición de esta prosa dispersa se completará en el futuro con los escritos de Machado en los años de la guerra, años en los que intensificó la producción de este tipo de textos misceláneos, pese a las penosas circunstancias de la guerra y a las limitaciones físicas de su mala salud. Ante eso se puede esperar que ese segundo volumen sea incluso más extenso que éste.

Y sin embargo, aunque esta sea la recopilación más extensa hasta la fecha, parece cada vez más claro que estas Prosas dispersas no pueden considerarse las prosas completas, como se anunciaba la edición crítica de Oreste Macrí que con motivo del cincuentenario de la muerte de Machado, publicaron Espasa Calpe y la Fundación Antonio Machado en 1989.

Y aunque en estos últimos años se han publicado materiales como los cuadernos de Burgos o los de Sevilla, parece que sigue habiendo muchas cartas de Antonio Machado en manos de particulares y se desconoce el paradero del manuscrito de algunos textos como su discurso de ingreso en la Academia.

A Machado lo han perseguido las erratas como si fueran animales silvestres. Y eso ha ocurrido no sólo en el descuido de los periódicos de comienzos del siglo pasado. Incluso en ediciones pretendidamente exigentes como la citada de Macrí se deslizaba un intolerable número de erratas que se han eliminado en este volumen, así como los frecuentes errores de lectura que provocaba en los tipógrafos una caligrafía confusa como la de Machado, que hasta los últimos años de su vida no utilizó la máquina de escribir.

Santos Domínguez