03 julio 2019

Pablo d'Ors. El amigo del desierto


Pablo d'Ors.
El amigo del desierto.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019.

“Pocos lugares hay en el mundo que sean tan metafóricos como el desierto, como prueba el hecho de que cuando se dice la palabra 'desierto' suele pensarse casi tanto en el desierto físico o externo como en el mental o interior”, explica el narrador protagonista de El amigo del desierto, la novela de Pablo d'Ors que recupera Galaxia Gutenberg diez años después de su primera edición, en la que figuraba como subtítulo -ahora suprimido- Relato de una vocación.

Una novela alegórica sobre el desierto y sobre la transformación espiritual de Pavel, el protagonista, que tras su integración en una sociedad secreta, los Amigos del Desierto, y después de sus viajes al Sahara acaba identificándose cada vez más, hasta diluirse en él, con el desierto, “metáfora del infinito”, de la desposesión y el vaciamiento, de la renuncia y el silencio. Ese es el sentido de la búsqueda que vertebra la novela:

Iba tras ese silencio -único e inconfundible- en que resuena lo esencial.

Lo anunciaba ya una de las citas iniciales, el proverbio árabe que dice “Quien no conoce el desierto, no sabe qué es el silencio.”

Lo que refleja el desarrollo del relato es el ascético camino de perfección de un personaje que proyecta su interioridad en el paisaje y acaba reflejándose en la contemplación de un desierto que -como en Jabès, como en Valente- terminará  identificando con la escritura y la búsqueda interior, con una poética del vacío que está en San Juan de la Cruz, en el Maestro Eckhart o en Charles de Foucauld, un precursor que “hizo el camino inverso al que suelen seguir los demás: el mundo busca el poder y la gloria (...); él, en cambio, el anonimato y la oscuridad.”

En esa poética del vacío y el silencio, el desierto es el no-lugar, un espacio que está también fuera del tiempo, de manera que Pavel acaba transformado en dibujante del desierto, en calígrafo de una escritura rota que es también su forma de diluirse en el desierto, de identificarse radicalmente con él: 

Sí, lo deseo; deseo ser como el desierto.

Santos Domínguez

28 junio 2019

Fugitivos


Fugitivos.
Antología de la poesía española contemporánea.
Edición de Jesús Aguado.
Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2016.


Publicada hace tres años, la antología de poetas españoles contemporáneos que Jesús Aguado reunió en Fugitivos bajo el sello editorial del Fondo de Cultura Económica es una obra de referencia ineludible para quien quiera orientarse en el confuso bosque de la última poesía española.

De José Ángel Cilleruelo a Elena Medel, pasando por Carlos Marzal, Aurora Luque, Vicente Valero, Vicente Gallego. Juan Antonio González Iglesias, Ada Salas, Álvaro García o José Luis Rey, se reúne aquí una muestra significativa que traza un panorama de conjunto de veintidós poetas que reflejan la diversidad de tendencias y la variedad de voces de la poesía española actual.

Y eso es quizá lo más significativo de esta muestra: que las voces individuales se han impuesto sobre las tendencias gregarias en las que se han refugiado tantas voces irrelevantes. Voces irrelevantes que no podían acreditar más mérito poético que su pertenencia a un rótulo sectario o a una pancarta de grupo que ha servido a tantos para cubrir sus vergüenzas poéticas.

Y es que si hay una conclusión definitiva tras leer una antología como esta -con presencias y ausencias discutibles, claro: eso es connatural a las antologías-, es la percepción de que por encima de agrupaciones sectarias y de etiquetas generales, cada uno de estos poetas busca, con mayor o menor acierto, su propio camino y su propia voz.

Porque, como señala Jesús Aguado en el prólogo a su selección, “la poesía es el trabajo de quienes no tienen otro trabajo que librarse de los barrotes, de los visibles y de los invisibles, que nuestro modelo de civilización alza alrededor de todos nosotros hagamos lo que hagamos, vivamos donde vivamos y seamos como seamos. La poesía es un arte de fugitivos, el arte por antonomasia de la fuga.”

Y por eso en esta antología, generosa en páginas y en su mirada abarcadora, se recoge “un puñado de poemas que le pueden servir para vivir en alguna de las afueras todavía posibles.”

Santos Domínguez

26 junio 2019

Martin Buber. Confesiones extáticas


Martin Buber.
Confesiones extáticas.
Traducción de José Rafael Hernández Arias.
Hermida Editores. Madrid, 2019.

Con traducción de José Rafael Hernández Arias, Hermida Editores publica la primera edición en español de las Confesiones extáticas, de Martin Buber (1878 –1965), un recorrido por los textos que reflejan el éxtasis místico en las distintas tradiciones, de la oriental a la occidental, del sufismo al hinduismo o al cristianismo. 

La experiencia del éxtasis se encuentra con las limitaciones expresivas propias de lo inefable, de la difícil y limitada traducción en palabras de una vivencia irracional y emocional. 

Se trata de la casi imposible tarea de hacer, si no inteligible sí al menos comunicable, una experiencia visionaria, lo que ha otorgado tradicionalmente a los textos místicos unos valores poéticos que los hacen particularmente ricos. Con el símbolo y la metáfora como bases de su lenguaje, el texto que reconstruye la experiencia mística con la voluntad de expresar lo inexpresable.

Por eso en estos textos “la fuerza de la experiencia, el querer decir lo indecible, la voz humana han creado una unidad memorable”, porque “aquello que se experimenta en el éxtasis es la unidad del yo.” 

Es en ese momento cuando el místico choca con los límites del lenguaje racional para dar cuenta de una experiencia visionaria que no es conocimiento, sino vivencia que se traduce en imágenes, sueños y visiones.

Y es que el místico -escribe Buber- “dice las formas y los sonidos y advierte que no dice la vivencia, no el fundamento, no la unidad, y quisiera detenerse y no puede, y siente lo indecible como una puerta con siete cerrojos que él manipula sabiendo que no va a abrirse, pero no puede dejarlo. Pues la Palabra arde en su interior. El éxtasis ha muerto, asesinado a tradición por el tiempo, que no quiere que se burlen de él; pero, muriendo, ha arrojado la palabra en él, y la palabra arde en su interior. Y él habla, habla, no puede callar, le impulsa la llama en la palabra, él sabe que no la puede decir y, no obstante, lo intenta, una y otra vez, hasta que su alma queda mortalmente extenuada y la palabra le abandona.”

Y para dar testimonio de esa experiencia desgarrada, de esa separación entre el lenguaje y la vivencia, Buber propone un amplio recorrido por una significativa cantidad de autores que desde la tradición oriental a la occidental, del hinduismo al misticismo cristiano, del Mahabarata al sufismo, de Plotino a Lao-Tsé o de Hildegard a Santa Teresa completa una antología de textos místicos en los que “la voluntad de decir del extático no es meramente impotencia y balbuceo: también es poder y melodía.”

Santos Domínguez

24 junio 2019

Alfonso Alegre Heitzmann. Días como aquellos


Alfonso Alegre Heitzmann.
Días como aquellos.
Granada 1924.
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2019.

En agua el alma se pierde
y el cuerpo baja sin alma,
sin llanto el cuerpo se va
que lo deja con el agua
llorando hablando cantando
con las almas, con las lágrimas
del laberinto de pena,
entre las adelfas blancas,
entre las adelfas rosas
de la tarde parda y plata,
con el arrayán ya negro,
bajo las fuentes cerradas.

Así termina Generalife, uno de los textos que escribió Juan Ramón Jiménez bajo la impresión de su viaje a Granada entre el 24 de junio y el 3 de julio de 1924 invitado por la familia García Lorca.

Casi a la vez que Lorca componía su Romance sonámbulo, uno de los poemas seminales del futuro Romancero gitano, Juan Ramón terminaba a las pocas semanas ese romance largo, que dedicó a Isabel García Lorca, “hadilla del Generalife” y que ocuparía un lugar central en sus Olvidos de Granada, el libro al que Alfonso Alegre Heitzmann dedica la mayor parte de su espléndido Días como aquellos. Granada 1924, el libro que recrea los días compartidos en Granada a finales de junio de 1924 por Juan Ramón y Lorca, con el que obtuvo el Premio Antonio Domínguez Ortiz de biografías 2019 que publica la Fundación José Manuel Lara.

El volumen se abre con la evocación de la tarde del 24 de junio, tal día como hoy, en la que Juan Ramón y Zenobia llegan a Granada en tren desde Madrid acompañados por Federico García Lorca y su hermano Francisco. Comenzaba así una duradera relación de amistad con los García Lorca que se volvió a manifestar en la protección que Juan Ramón Jiménez y Zenobia ofrecieron a la familia en el exilio. 

Más de veinte años después de aquel viaje, el 30 de diciembre de 1945, Juan Ramón lo recordaba vivamente desde Washington en su carta de pésame por la muerte del padre de Federico García Lorca. Al final de este párrafo aparece la frase que ha servido como título del volumen:

“Nosotros no hemos olvidado nunca aquellos días de Granada, en que ustedes nos acompañaron tanto, haciéndonos un doble paraíso de su ciudad maravillosa. Cuando estábamos en Madrid mirábamos con frecuencia aquellas fotografías que nos hicimos juntos en tanto sitio hermoso. Días como aquellos se viven pocas veces en la vida.”

Pero si aquel viaje a Granada fue un episodio “verdaderamente decisivo” en la relación amistosa entre Juan Ramón Jiménez y Lorca –“un espacio tiempo que gravitaría ya para siempre en sus vidas”-, la segunda parte del libro evoca el primer encuentro en Madrid en 1919 entre Juan Ramón y Lorca, del que Juan Ramón decía en una carta: “me hizo una excelentísima impresión.” 

Además de un estupendo análisis de Generalife, la tercera parte ofrece una luminosa interpretación de dos prosas esenciales de Olvidos de Granada, especialmente de El ladrón de agua -“uno de los textos más intensos y secretos que Juan Ramón escribió a raíz de su viaje a Granada”- y de El cielo bajo, con el que Juan Ramón se refiere a “la vista desde diferentes zonas altas de la ciudad.”

Completan esa tercera parte las referencias a algunos personajes que conoció Juan Ramón en ese viaje: Emilia Llanos, Hermenegildo Lanz, el cónsul inglés y sobre todo Manuel de Falla, el tercer personaje al que se presta más atención en el libro.

En Españoles de tres mundos, escrito en América durante la guerra civil, Juan Ramón volvería a hablar de aquel viaje en la evocación de un sueño: 

Sueño profundo con Granada en un tren llegando a Granada. Rumores en la sombra, agua, aire.
Por la mañana, con Federico, Isabelita, Paco, Conchita, a la Alhambra, al Generalife. 

Santos Domínguez


21 junio 2019

Rosa Lentini. Hermosa nada


Rosa Lentini.
Hermosa nada.
Bartleby Editores. Madrid, 2019.

A la cita de Katherine Anne Porter que cierra el libro debe su título Hermosa nada, el último libro de Rosa Lentini que publica Bartleby Editores. Esa cita final  (“Nada. Nada es mío, solamente tengo nada, pero es suficiente, es hermosa y es sólo mía”) no sólo explica el título, sino que ilumina gran parte del sentido de un libro que había abierto otra cita de Tess Gallagher sobre la esperanza. 

Entre esos dos paratextos se enmarcan los poemas de Hermosa nada, cuyo contenido se mueve entre la celebración y la elegía, entre dos poemas, el primero y el último, en los que sopla el diablo en la noche, mientras “un cielo de nubes dispersas /deja ver un halo de estrellas ingrávidas / casi virginales / en su oscuro universo.” 

Esas estrellas reaparecen en el poema final como “plomadas luminosas / En ninguna hay emoción / solo abismo /peso / y el mensaje / de todo lo que vivió”. 

La fragilidad de la existencia, el tiempo y el espacio, la memoria y la desposesión, el  nacimiento y la muerte, los recuerdos familiares de la niñez, las apariciones y las ausencias son algunos de los elementos en torno a los que giran estos poemas que son también la purga de un corazón en claroscuro que, entre la vigilia y sueño, proyecta su autobiografía en los cuentos infantiles, en los viajes al otro lado, en la pintura o en la literatura, como en este Gigantes 5:

No me llamo Alicia. No caí 
              por el tronco hueco de un árbol
siguiendo al conejo que llegaba tarde
               a su cita con la reina de corazones
No atravesé el cristal
Las flores no me hablaron 
Ninguna sonrisa dibujada predijo mi futuro 
Pero cuando mordisqueé aquella seta
crecí crecí llené todo el espacio
             la cabeza traspasó el agujero de la chimenea 
             el cuello encallado
             los brazos saliendo por las ventanas
hasta que toda la casa se convirtió en mi vestido
lo llevé puesto durante semanas que fueron meses
             durante meses que fueron años

Hay un brillo que me pertenece 
cuando el sol da sobre los tejados
Un vacío tentador cuando se despide
tras las lomas
Los enanos rondan a mis pies 
              Me he convertido en un santuario
                            para la falsa esperanza de sus noches
Volver a mi tamaño es imposible 
                            sin vaciar los recuerdos
anudada a una grandiosidad 
dure lo que dure este exceso 
mientras el sombrerero me ofrece 
                                            una diminuta taza de té
               que nunca consigo beber


Santos Domínguez


19 junio 2019

El amor en los tiempos del cólera


Gabriel García Márquez.
El amor en los tiempos del cólera.
Ilustrado por Luisa Rivera.
Literatura Random House. Barcelona, 2019.

Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro.

Así comienza El amor en los tiempos del cólera, una de las novelas imprescindibles de Gabriel García Márquez, que Literatura Random House publica en una magnífica edición con espléndidas ilustraciones a doble página de Luisa Rivera.

Tras ese memorable comienzo, se desarrolla una novela que el propio García Márquez resumía como “la historia de un hombre y una mujer que se aman desesperadamente y que no pueden casarse a los veinte porque son demasiado jóvenes, y no pueden casarse a los ochenta, después de todas las vueltas de la vida, porque son demasiado viejos.” 

Con elementos melodramáticos procedentes de folletines, boleros o culebrones, con una asimilación creativa de la tradición novelesca decimonónica, García Márquez hizo alta literatura en torno a una historia de amor y vejez ambientada en una ciudad caribeña reconocible como Cartagena de Indias.

Organizada en seis partes, la acción de El amor en los tiempos del cólera se desarrolla en las tres décadas finales del XIX y las tres iniciales del XX. Sesenta años de un triángulo amoroso diferido y protagonizado por el doctor Juvenal Urbino, el empleado de correos Florentino Ariza y la bella Fermina Daza. 

Y en esos sesenta años, episodios imborrables como el suicidio del fotógrafo y refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, la muerte de Juvenal Urbino al caer de una escalera cuando intentaba rescatar al loro familiar de las alturas de un árbol o las brasas reavivadas en Florentino Ariza, las cartas cruzadas entre Florentino y Fermina y el también memorable final, en esa emocionada y alegórica navegación por el río Magdalena:

El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites. 
-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le preguntó. 
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
-Toda la vida –dijo.

Santos Domínguez

17 junio 2019

Georg Simmel. Goethe


Georg Simmel.
Goethe.
Traducción de José Rovira Armengol.
Renacimiento. Sevilla, 2019. 

“No es intención de esta obra hacer una biografía, ni tampoco dar una interpretación y valoración de la creación poética de Goethe. No, mi pregunta dice: ¿cuál es el sentido espiritual de la propia existencia de Goethe? Entiendo por sentido espiritual las relaciones del modo de existencia de Goethe y sus manifestaciones frente a las grandes categorías de arte e intelecto, práctica y metafísica, naturaleza y alma, y los desarrollos que gracias a él experimentaron esas categorías”, explica Georg Simmel en el prefacio de su Goethe, que publica Renacimiento con traducción de José Rovira Armengol.

Completado con el apéndice Kant y Goethe para la historia de la concepción moderna del mundo, este ensayo -que se publicó originalmente en 1913 y no se había editado hasta ahora en España- aborda algunos elementos fundamentales relativos a Goethe y a su relación entre vida y creación, a su búsqueda de la verdad o a su afán de comprensión del funcionamiento del mundo.

Con el rigor y la solidez intelectual de Simmel para indagar en la personalidad espiritual y en la concepción de la vida de Goethe, “que siempre calificó de gran confesión todo cuanto él creó”, el ensayo aborda los conceptos goethianos de verdad, belleza y conocimiento, arte o naturaleza, esenciales en la interpretación del mundo. Una interpretación que se produce en el lugar donde se cruzan la subjetividad y la objetividad para reunir obra y vida interior en la intersección de ideas y biografía y en la objetivación de la existencia individual.

No se trata de una biografía convencional, sino de un ensayo hondo y riguroso, de un ejercicio de aproximación al mundo intelectual de Goethe, porque lo que pretende Simmel es “proyectar sobre el plano del pensamiento de significación intemporal la vida de Goethe, ese afán incesante de autodesarrollo y productividad, para lo cual es obvio que importa prolongar por todas partes las líneas más allá de los límites de su propia pensamiento y creación, puesto que solo así será posible aquilatar su significación en tipo y amplitud.”

Santos Domínguez

14 junio 2019

Memoria de la nieve


Julio Llamazares.
Memoria de la nieve.
Ilustraciones de Adolfo Serra.
Nórdica. Madrid, 2019.

¿Qué espero aún de la espiral del tiempo, de esos cuernos epílogos que suenan en los bosques?

¿Quién atardece junto a mi corazón helado?

Por el paisaje gris de mi memoria, cruzan arrieros sin retorno, pastores y alfareros olvidados, bardos ahogados en el miedo lacustre de sus propias leyendas.

Solo estoy, en esta noche última, coronado de cierzo y flores muertas.

Solo estoy, en esta noche última, como un toro de nieve que brama a las estrellas.

Con ese poema cerraba en 1982 Julio Llamazares su Memoria de la nieve, que acaba de reeditar Nórdica en una bellísima edición ilustrada por Adolfo Serra, que ha sabido captar y resumir plásticamente el universo de temas y símbolos del libro y la temperatura emocional de una poesía narrativa y de tono épico, articulada con el ritmo salmódico de sus largos y solemnes versículos en torno al tiempo, el olvido, la soledad, el desarraigo y la muerte.

La emoción y las pérdidas, la escritura y el paisaje, la memoria colectiva y la personal se dan cita en un conjunto de treinta intensos poemas que, en palabras del autor, “resume muy bien no sólo la poesía sino toda mi obra. [...] La memoria es como la nieve, escribes sobre ella y mientras escribes se va derritiendo. Es como si siempre escribiera sobre la nieve, no sobre el papel.”

“La nieve está en mi corazón como la hiedra de la muerte en las habitaciones donde nacimos”, escribe Llamazares en uno de los poemas del libro. Y, desde ahí, desde el frío y la melancolía, Memoria de la nieve se levanta sobre la escarcha y la tristeza, sobre el olvido y la herrumbre, sobre el silencio y el invierno para dejar fijada esa realidad desaparecida y recrearla con la palabra

Como si todo fuera igual. Como si no hubieran pasado tantos años. 

Santos Domínguez

12 junio 2019

El arpa y la cámara


Owen Barfield.
El arpa y la cámara.
Traducción de María Tabuyo y Agustín López.
Atalanta. Gerona, 2019.


Del segundo de los seis ensayos breves de Owen Barfield (1898-1997) que contiene el volumen toma su título El arpa y la cámara, que publica Atalanta con traducción de María Tabuyo y Agustín López.

Este ensayo tiene su origen en una conferencia que Barfield pronunció en el Wheaton College de Illinois y en ese texto se unen dos ingenios de Athanasius Kircher, un jesuita alemán del XVII: el arpa de viento y la cámara oscura, que se convierten aquí en emblemas del pensamiento romántico y del hombre posrenacentista respectivamente y que son también -explica Barfield- “tipificaciones del proceso de la percepción” del mundo convertido en experiencia propia.

Es el aire de la inspiración y la luz como base de la imagen y de la imaginación, uno de los ejes de interés de este ensayo que aborda también los procesos metafóricos que conectan la palabra con la realidad y el pensamiento, porque Barfield presenta “la historia de la mente occidental como una especie de guerra entre el arpa y la cámara” en la que finalmente se ha impuesto esta última, porque -afirma- “vivimos en la civilización de la cámara.” 

“Entre todos los signos amenazantes que nos rodean a mediados del siglo XX -afirma- tal vez lo que genera mayor desasosiego en las personas reflexivas sea la creciente y difundida sensación de una ausencia de sentido” como resultado de la crisis del positivismo y el materialismo tras la revelación de sus limitaciones y el alejamiento de la naturaleza.

Y para redescubrir el sentido de la vida, Barfield reivindica la metáfora y el símbolo, el sueño y el mito como manifestaciones de la conciencia extraordinaria del inconsciente o la relación especial que establece la imaginación con la materia y el espíritu para tender puentes que salven el vacío que existe entre los dos, porque “vivimos en ese hueco, en esa brecha abierta entre la materia y el espíritu; existimos en virtud de ello como espíritus individuales autónomos y autoconscientes, como seres libres.” 

En la raíz de estos seis ensayos hay una reivindicación del espíritu, que “no es lo que podemos percibir, sino lo que somos; y la experiencia del espíritu no depende de lo que vemos, sino de la manera en que miramos.”

Santos Domínguez

10 junio 2019

Rayuela. Edición conmemorativa


Julio Cortázar.
Rayuela. 
Edición conmemorativa.
Real Academia Española.
Asociación de Academias de la Lengua Española. 
Alfaguara. Madrid, 2019.


En el marco del VII Congreso internacional de la Lengua Española que se celebró en la ciudad argentina de Córdoba la Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española y la Academia Argentina de las Letras publican una edición conmemorativa de Rayuela, la novela de Julio Cortázar que marcó una frontera en el desarrollo de la narrativa hispanoamericana del siglo XX y provocó un efecto sísmico, como señala Mario Vargas Llosa en 'La trompeta de Deyá', uno de los cinco textos de novelistas latinoamericanos que aparecen como preámbulo del texto en esta magnífica edición.

Además de 'La trompeta de Deyá', 'El argentino que se hizo querer de todos' (Gabriel García Márquez), una 'Semblanza' de Bioy Casares, 'Julio Cortázar y la sonrisa de Erasmo' (Carlos Fuentes) y 'El que nunca deja de crecer', de Sergio Ramírez.

Se reproduce en esta edición monumental no solo la integridad de la obra sino el facsímil del manuscrito autógrafo del Cuaderno de bitácora que refleja el proceso de composición de Rayuela, "jugarreta novelesca, jugada metafísica, juguete lírico", en palabras de Saúl Yurkievich, que destacó su carácter órfico y su comercio con el misterio.

Rayuela es una ruptura con la novela tradicional, una alteración de los roles clásicos del autor y el lector, una negación de la realidad cotidiana, un texto transgresor que lleva al límite las posibilidades expresivas de la lengua, traza una frontera definitiva en la literatura en español entre lo viejo y lo nuevo. Tal vez por eso, lo que asombraba al propio Cortázar, un autor siempre joven, sus mejores lectores eran y siguen siendo los jóvenes de todas las edades. 

Cortázar, como Oliveira, como Morelli, como Johnny Carter, ve el otro lado de las cosas y abre nuevos caminos para la novela, crea un artefacto que permite la optatividad, le pide al lector otra mirada y le incita a un papel activo en la narración a través de los 56 capítulos del lado de allá y de acá y los 99 restantes y prescindibles de otros lados. 

Completan la edición las lecturas englobadas en el apartado Otros lugares para Rayuela en las que Julio Ortega habla de la actualidad de la novela; Andrés Amorós de su vigencia como clásico moderno; Eduardo Romano de 'Todos los juegos el juego'; Graciela Montaldo la califica como una enciclopedia para rebeldes y María Alejandra Atadía elabora una biobibliografía de Cortázar y su obra.

Cierran el volumen una bibliografía básica, un glosario y un índice onomástico sobre una obra que más de cincuenta años después de su aparición “continúa siendo un hito fundamental en la narrativa contemporánea, una verdadera revolución para la literatura en español”, como se señala en el texto de la presentación.

No hacen falta excusas para incurrir en ella, para reincidir en Oliveira y en Morelli, en su magia y en su Maga, pero si se presentan ocasiones como esta, aunque sólo sean meros recordatorios, conviene aprovecharlas y volver a un libro que es además de muchas otras cosas un libro portátil, un libro al que, como en el juego que le da título, se vuelve una y otra vez. Rayuela es siempre una novedad para quien la relee, siempre aporta sorpresas esa obra que más que un libro es toda una literatura y aún más: todo un universo.

Santos Domínguez