04 octubre 2016

Paul Virilio. La administración del miedo


Paul Virilio.
La administración del miedo.
Traducción de Salvador Pernas Riaño.
Pasos Perdidos. Madrid, 2016.

Como un diálogo socrático con Bertrand Richard más que como una entrevista se plantea La administración del miedo, el libro de Paul Virilio que publica Pasos Perdidos con traducción de Salvador Pernas Riaño.

Con unos planteamientos que recuerdan a los que exploró narrativamente Isaac Rosa en El país del miedo, Virilio aborda en estas conversaciones la gestión del miedo como instrumento de control por parte del Estado y la importancia de la velocidad y de la inmediatez, porque el terror consagra la ley del movimiento y evita el pensamiento crítico en un mundo globalizado.

Un mundo sometido al hiperdesarrollo de la tecnología que nos conecta a una pantalla para observar la realidad, sustituye el mundo real por su simulación y suplanta la vida individual por la vida virtual en una sociedad cada vez más inmadura e infantil, “pues – escribe en el Prefacio Bertrand Richard- en una época no tan lejana hacerse mayor, llegar a ser adulto, significaba precisamente superar los miedos para entrar con más o menos valor y lucidez, o al menos aparentándolo, en el difícil periodo en que uno se convertía en un hombre. Para ser adulto había que liberarse de los miedos imaginarios, de las angustias que provienen de una confusa concepción del mundo, y dirigir la propia vida e incluso, en ocasiones, participar también en la elaboración del destino colectivo.
Por decirlo en pocas palabras, el miedo estaba mal visto. Era señal de un temperamento débil y de una falta de consistencia personal.”

Una sociedad hipermoderna que ha abolido las distancias espaciales y temporales y nos ha impuesto la velocidad de lo inmediato y la ansiedad de la actualidad permanente, porque así como la velocidad de los transportes achica las distancias y empequeñece el espacio, la velocidad con que se transmite la información anula el tiempo y nos sitúa en un presente irreflexivo, en un flujo simultáneo e ininterrumpido de imágenes que representan el presente.

Paul Virilio lo resume demoledoramente cuando afirma que la pérdida de realidad es un resultado del progreso y que el miedo es uno de los derivados de la velocidad.

Santos Domínguez

03 octubre 2016

Perro. Vida de Rainer María Rilke


Albert Roig.
Perro. 
Vida de Rainer María Rilke
Traducción de Antoni Cardona Castellà. 
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2016. 


¿Puedes calibrar conmigo la maravilla de “comprender” así a un perro que pasa (...), penetrar en el mismísimo centro del perro, en ese centro que lo ha hecho tal, en ese lugar de su interior en donde Dios habría podido sentarse, una vez terminado el perro, para descubrir sus primeras perplejidades, sus primeros hallazgos, asegurarse de que lo ha logrado, de que no le falta nada, de que no se podría haber hecho mejor... Podemos permanecer un momento en el centro del perro, a condición de estar en guardia y de saltar afuera antes de que su mundo no se vuelva a cerrar sobre nosotros; en caso contrario seríamos un perro en el perro, desaprovechados para todo lo demás, escribía Rilke el 17 de febrero de 1914 en una carta desde París a Magda von Hattinberg.

En esas palabras residen algunas claves fundamentales de la obra de Rilke y de la mirada del poeta al mundo. Y de ellas toma su título chocante la peculiar biografía de Rilke, tan intensa como inusual en su nada complaciente perspectiva crítica, que Albert Roig ha construido en Perro. Vida de Rainer María Rilke, que publica Galaxia Gutenberg con traducción de Antoni Cardona Castellà. 

Esa carta y la actitud sumisa que el poeta tuvo ante los poderosos y las mujeres que lo protegieron explican la persistencia de ese símbolo zoológico y doméstico en la vida y la obra de Rilke hasta convertirse en un emblema  porque la riqueza le interesaba y no le interesaba. Y la nobleza, la veneraba, para él la práctica de la poesía era una transfusión de sangre azul. Pretendía, así, ennoblecer su destino, de poeta y para Rilke amar a una mujer era escribirle cartas y más cartas y enviarle ramos y más ramos de rosas. Nadie ha escrito tantas cartas sobre la poesía y la vida y sobre el amor y la rosa y tantos inocuos cantos de amor, de antes del amor, como Rainer Maria Rilke. Fue rico en promesas. Y tal vez fuera el amante más fraudulento, acorazado tras la mentira del amor «heroico» de la mujer, el amor no posesivo /.../ Seguía por las calles a las mujeres bonitas con un ramo de rosas blancas en las manos, tierno y tembloroso como una hoja joven, y ellas reían, sabían que aquel hombre era el poeta Rainer Maria Rilke y que era dulce e indefenso, como un perrito sin collar, y se hacían amigas suyas, amigas blancas.

Y además, y eso explica la elección de la fotografía de portada, fue un niño desgraciado, hijo único, delgado, y muy nervioso, se consumía encerrado a solas en un piso triste. Su infancia no fue una infancia vivida sino soñada. En un retrato, es una criatura de cuatro años, viste falda, faralaes y cintas, a su lado hay un perrito faldero, dulce. Él decía que se adentraba en aquel perrito, es el niño solitario y enfermizo que vive enterrado en las bestias y en las cosas.

Esa mirada hacia el interior del personaje orienta esta biografía arriesgada y profunda que integra una variada documentación de fuentes primarias (poesía, relatos, cartas, fotografías) e imaginación creadora en un relato que convoca voces diversas y miradas cruzadas en torno a la figura de Rilke y al lugar donde se cruzan su vida y su poesía.

Una construcción crítica en la que Roig combina la interpretación y la  integración  de materiales muy diversos para articular una biografía heterodoxa e intensa, sorprendente y arriesgada de quien era dulce e indefenso como un perrito sin collar.

A pesar de que en ellas a veces el sarcasmo demoledor puede más que la ironía distante, estas páginas transmiten una sensación de realidad verosímil más aceptable en el fondo que alguna biografía hagiográfica de tan admirativa.

Perro traza la imagen en claroscuro de un letraherido pulcrisimo que siempre está despidiéndose de las mujeres a las que no puede amar: Ahora publican que todas lo veneraban; las mataba a todas, a las telefonistas de los hoteles, a las pintoras, a las actrices más bonitas, a las baronesas más picantes. Sólo una mujer sufrida y con carencias, como su esposa, Clara, o desesperada e histérica, como madame Albert o madame Klossowska, o una tuberculosa ucraniana que erraba por el mundo sin un céntimo en el bolsillo, o la veneciana más ingenua podían desear y podían soportar a este hombre caprichoso y volátil, deprimente y huraño, tacaño y vil. Lou Andreas-Salomé y Magda von Hattingberg se libraron de él a la primera ocasión.

Escrita con la fluidez narrativa de una novela, Perro ahonda, con un rastreo minucioso de la biografía de Rilke, en las luces y las sombras del personaje y en su plan calculado para construir su leyenda patética y su aura de misterio con máscaras que apuntan a un mismo centro y ocultan el núcleo vacío de quien va siempre en huida: de Múnich a un París angustioso, del Toledo del Greco a Capri, a la Selva Negra, a Venecia o a la torre de Muzot.

A partir de sus hospedajes frecuentes, de su relación peculiar con las mujeres, de las enfermedades y la búsqueda de protección de hombres poderosos o de laristócratas adineradas que lo admiran tanto como Marie von Thurn und Taxis, Roig propone también una antología esencial con muestras de algunos de los textos fundamentales de Rilke en sus distintas versiones al español. 

Santos Domínguez

30 septiembre 2016

Marta López Vilar. En las aguas de octubre

Marta López Vilar. 
En las aguas de octubre. 
Bartleby Editores. Madrid, 2016.

"Canta la muerte y es distinta su música", escribe Marta López Vilar al comienzo de Rito, el poema que abre su último libro En las aguas de octubre, que publica Bartleby Editores.

El mundo clásico y la geografía mediterránea del mito son los espacios reales y culturales en los que la autora proyecta su intimidad y su memoria a través de su mirada y su palabra. Una palabra poética que se convierte en medio de conocimiento de uno mismo y en una forma de consuelo y de iluminación en lo oscuro ante todo lo que huye.

Poesía como exploración, como búsqueda y recuento de las pérdidas, como indagación en la memoria y como salvación de esa primera persona que atraviesa el libro en busca de la revelación de sí misma en el otro y en lo otro: los misterios de Eleusis y los ritos órficos, Ovidio y Espriu, Orfeo y Píndaro, Calímaco y Marco Aurelio, Sophia de Mello y María Poliduri.

Entre el nunca y el después, esos son algunos de los referentes que articulan En las aguas de octubre, un libro que responde a una concepción sagrada y oracular de la poesía como iluminación y como expresión de los adioses, porque “escribir es despedirse”, como escribe en Las huellas.

Y por eso en este diálogo con el mito, con la literatura y el paisaje como espejos en busca de respuestas tienen una enorme importancia las figuras femeninas marcadas por la muerte o el abandono: Eurídice y Perséfone, Níobe y Nausicaa, Dido y Calipso, que se reflejan en el espejo de las aguas discursivas y temporales de estos poemas.

Unos poemas en los que la sabia matización del adjetivo marca el rumbo de un viaje a la luz desde la sombra y buscan en la levedad y el silencio un ámbito habitable, una lectura del mundo que aspira a ir más allá del desierto o del destierro que son los lugares del poeta. 

Entre una isla griega o el Etna, un efímero conjuro para eludir la muerte con el temblor del instante en la delicada tela de la vida o para fijar la arena del tiempo o del camino como en este espléndido Eurídice:

Quédate así un instante,
que esta luz que ahora me cubre
la memoria –ese paraje inhóspito y helado-
nunca convertirá en final lo que ahora brilla
como una lluvia débil cayendo de los árboles.

Es la prueba más hermosa
de estar vivos para siempre.
La única, tal vez.


Santos Domínguez


29 septiembre 2016

La mente participativa


Henryk Skolimowski.
La mente participativa.
Prólogo de Jordi Pigem.
Traducción de Juan Arnau y Su Lleó. 
Atalanta. Gerona, 2016.

Como el destello repentino de un relámpago en la oscuridad define Jordi Pigem la trayectoria de Henryk Skolimowski en el prólogo con el que presenta La mente participativa. Una nueva teoría del universo y del conocimiento, el volumen que publica Atalanta con traducción de Juan Arnau y Su Lleó. 

Escribe Jordi Pigem en ese prólogo: “Las viejas narrativas se derrumbaron y todavía no ha emergido una nueva. La ciencia explica muchas cosas, pero no nos da una visión del mundo completa y coherente que contribuya a dar sentido a nuestras vidas. La ciencia del siglo XX presuponía que somos el mero resultado de combinaciones accidentales de átomos en un universo sin sentido. Algo que, intuitivamente, casi todos sabemos que es falso. Lo sabemos intuitivamente y lo vamos corroborando a medida que emerge un nuevo paradigma científico, holístico y posmaterialista. Pero este nuevo paradigma todavía no ha generado una nueva narrativa suficientemente completa, capaz de orientarnos acerca de quiénes somos y qué hacemos aquí, en el mundo.Porque esa tarea no corresponde a la ciencia sino la filosofía. 
Pero la filosofía contemporánea parece que se ha resignado a la ausencia de visión global y de sentido. Buena parte de la filosofía del último medio siglo ha sido un chapotear en la ciénaga del nihilismo.”

Y este libro de Henryk Skolimowski (Varsovia, 1930) es una respuesta a esa crisis en forma de nuevo proyecto intelectual que tiene como centro el impulso integrador de la mente participativa. 

Un proyecto que explora los vínculos entre la filosofía y la ciencia, que fueron inseparables entre los presocráticos antes de un proceso emancipador en el que la ciencia siguió vinculada a la filosofía como filosofía natural antes de convertirse en una disciplina diferenciada a partir del racionalismo y el positivismo.

Se empieza a perfilar así una nueva propuesta, la filosofía ecológica, que sería el tercero de los proyectos del pensamiento occidental. Tras la filosofía griega y su carácter iluminador y prometeico; tras el fracaso del proyecto fáustico de la ciencia y la tecnología que se imponen en el pensamiento occidental a partir del siglo XVII y de Newton, la filosofía ecológica se alza como una tercera propuesta basada en la visión de la mente participativa, con una mirada global y abarcadora que construye el mundo a medida que lo conoce  y con una concepción del conocimiento como construcción cultural constituyente de la realidad. 

Frente a la mirada materialista y a la crisis del pensamiento objetivista y tecnológico, la propuesta de Skolimowski es la expresión de un renacimiento espiritual, una respuesta a la idea de la realidad como algo objetivo que existe independientemente de nosotros y una negación de las teorías que conciben la mente humana como una realidad individual y aislada.

Porque la idea de la mente participativa pone en cuestión la concepción moderna del mundo y de nuestra relación con él: no somos espectadores sino coautores y partícipes de un universo de relaciones en el que todo está interconectado en una realidad en la que nada existe sin la participación de la mente. De esa manera, el mundo no es el resultado de una mera suma de objetos y fenómenos sino un entramado complejo de relaciones que conectan la realidad, no algo preexistente o independiente de nosotros, sino el resultado del diálogo que establecemos con ella.

Parménides lo intuyó con lucidez cuando escribió “sin mente no hay mundo” y en el prólogo que ha escrito para la edición española de este libro, Skolimowski concluye: “Nuestra vida es la creación de nuestra mente. Debemos reconocer que esa vida es la creación de una mente participativa, que habita y actúa en un universo participativo.” 

Ante la crisis del conocimiento absoluto con el que soñó la ciencia moderna desde Newton, esta propuesta de una nueva teoría del conocimiento tiene tanto de epistemología como de cosmología, pues recompone las relaciones entre la mente y la realidad y propone una nueva representación del mundo.

Una teoría cosmológica que cierra el círculo que abrieron los presocráticos y conecta con ese espíritu integrador de lo objetivo y lo subjetivo, de la ciencia y la filosofía, de lo material y lo espiritual en su exploración unitaria de las relaciones de la conciencia con la realidad. 

Esta propuesta integradora hace una síntesis de la iluminación y el análisis a través de esa filosofía participativa que “supone darse cuenta de que creamos el universo a nuestra imagen: somos la imagen del universo que, al crearnos, quiere reflejarse a sí mismo en aquello que ha creado.”

Santos Domínguez

28 septiembre 2016

Roberto Bolaño. 2666


Roberto Bolaño.
2666.
Alfaguara. Barcelona, 2016.

Con la publicación de la póstuma y monumental 2666, la mejor novela de Roberto Bolaño y la más radicalmente comprometida con la realidad y el rigor estilístico, inaugura la editorial Alfaguara la Biblioteca Roberto Bolaño, en la que se recogerá la obra completa del escritor chileno, incluidos tres inéditos: la novela El espíritu de la ciencia ficción, un libro de cuentos y otro que recopilará la totalidad de su poesía.

Para una parte importante de la crítica, 2666 es la novela que ha ejercido una influencia más decisiva en el panorama de la novela reciente en español. Es, desde luego, una de las novelas más ambiciosas y logradas de las últimas décadas. Su transcendencia va más allá de las fronteras del idioma y en Estados Unidos ha obtenido abundantes reconocimientos de la crítica dessde su traducción en 2008.

Como en todo relato canónico, en el principio eran la palabra, el viaje y la búsqueda del misterioso Benno von Archimboldi, aspirante al Nobel. Al fondo de la trama, los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, el desierto de Sonora y un repaso a la historia de un siglo XX fecundo en desastres.

La parte de los críticos, La parte de Amalfitano, La parte de Fate, La parte de los crímenes y La parte de Archimboldi son las cinco secciones que integran esta novela de novelas, porque Bolaño planeaba editar sus cinco partes en cinco libros, a razón de uno por año. Finalmente, los herederos y el editor consideraron preferible la edición en un solo volumen, al que en esta reedición se añade un apéndice con la reproducción facsímil de los apuntes de Roberto Bolaño para la escritura de 2666.

Desde su aparición en 2004, esta ambiciosa novela.    traza una ineludible línea fronteriza en los modos de narrar, porque cierra el ciclo de la novela del siglo XX mediante la condensación de sus características, y abre el camino de la novela del siglo XXI.

Literatura en estado puro, ejercicio de virtuosismo narrativo y alegoría del horror contemporáneo, 2666 es una de esas obras torrenciales que, como dice Amalfitano, uno de los personajes fundamentales, “abren caminos en lo desconocido.”

Una obra monumental, una catedral inabarcable, llena de luz y de misterio, de presencias y ausencias, de silencios y sombras. 

Y hay que entrar en ella para asombrarse de la altura de las bóvedas de esta cima literaria y bajar a su criptas y descender a las simas de la crueldad, a ese oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento que evocó Baudelaire y que invoca la cita inicial de esta novela impresionante por tantas razones.

No es la menor de ellas que este sea el testamento literario y vital de Roberto Bolaño.

Santos Domínguez

26 septiembre 2016

José María Arguedas. El Sexto


José María Arguedas.
El Sexto.
Prólogo de Fernando Iwasaki.
Edición de Elena Buterini y Gastón Segura.
Drácena. Madrid, 2016.


Entre 1937 y 1938 José María Arguedas estuvo preso ocho meses como consecuencia de las protestas estudiantiles en apoyo de la II República española y contra la visita de un representante de la Italia fascista a la universidad peruana.

De esa experiencia carcelaria en El Sexto, el penal limeño del que tomaría título más de veinte años después, surgiría en 1961 su cuarta novela, que acaba de recuperar Drácena con edición de Elena Buterini y Gastón Segura.

“Comencé a redactar esta novela en 1957; decidí escribirla en 1939”, escribe Arguedas en el pórtico de esta novela que publicó entre Los ríos profundos y Todas las sangres, quizá su mejor novela. 

Y justamente esa distancia de veinte años entre la experiencia carcelaria y su reconstrucción novelística le permite a Arguedas distanciarse y abrir el objetivo de manera que el valor autobiográfico, incluso el propósito testimonial o la voluntad de denuncia no ocupan el primer plano de su significado. Hay, sí, una potente base autobiográfica y hay análisis políticos, pero además recorre toda la obra una reflexión sobre la condición humana.

Porque El Sexto tiene en su condición de novela corta una intensidad que permite una lectura simultánea en tres niveles cuyo centro es el recinto carcelario, un microcosmos conflictivo que representa metafóricamente la situación de Perú durante la dictadura del general Benavides, como señala Fernando Iwasaki en el prólogo –“Poder y ternura en El Sexto”- que ha escrito para esta plausible recuperación de la novela de Arguedas.

Narrada en primera persona por Gabriel, alter ego de Arguedas, El Sexto refleja desde la perspectiva de un estudiante idealista sin militancia la conflictiva relación entre apristas y comunistas, presos políticos de partidos prohibidos en el Perú de la época. 

Con un enfoque más emocional que ideológico, más inclinado a lo ancestral que a lo político, y a través de la relación y las conversaciones con su compañero de celda el minero indio Cámac, se aborda no sólo ese conflicto entre los opositores a la dictadura, sino una interpretación del hombre y de la sociedad, desde un reducido espacio interior que es reflejo de la realidad exterior.

Y al hilo de ese enfrentamiento, emergen otras relaciones conflictivas: entre lo indígena y lo criollo, entre la cultura quechua y la castellana, entre lo interior y lo exterior, entre  los presos comunes y los presos políticos, entre la brutalidad animal y el sentimiento, con la prosa consistente de un narrador eficaz y con unos diálogos creíbles y vivos, como los personajes que pueblan esta novela.

Santos Domínguez

23 septiembre 2016

Bonnefoy. La larga cadena del ancla. La hora presente



Yves Bonnefoy. 
La larga cadena del ancla.
La hora presente.
Edición bilingüe.
Traducción y prólogo de Enrique Moreno Castillo.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2016.


¿Qué son esos peñascos, esa arena? Son Ítaca.
Sabes que están allí la abeja y el olivo,
y la esposa leal y el viejo perro,
pero mira, el agua brilla negra bajo tu proa.

¡No, no mires más esta ribera! 
Sólo es tu pobre reino. Tú no vas 
a tender la mano a ese hombre que eres,
tú, que no tienes ya tristeza ni esperanza.

Pasa, defrauda. ¡Que huya por tu izquierda! 
Mira que para ti se ahonda ese otro mar, 
la memoria que asedia al que quiere morir.

¡Sigue! Mantén el rumbo hacia la otra 
ribera baja, allá. Donde, en la espuma, 
juega aún el niño que tú fuiste aquí.

Ese texto, Ulises pasa ante Ítaca, es uno de los Casi diecinueve sonetos –casi diecinueve y casi sonetos- que forman parte de La larga cadena del ancla, el libro de poesía de Ives Bonnefoy que publica en edición bilingüe, junto con La hora presente, Galaxia Gutenberg con traducción y prólogo de Enrique Moreno Castillo.

Sobrevuelan ese poema dos de los temas vertebrales de la poesía de Bonnefoy: el mar y la noción de límite, a los que aludía así en El territorio interior:

Es verdad que el mar favorece mi ensoñación, porque asegura la distancia, y significa, para los sentidos, la plenitud vacante; pero ocurre de una forma no específica, y veo que los grandes desiertos, o la trama, desierta también, de las rutas de un continente, pueden ocupar la misma función, que es la de permitirnos errar, aplazando por mucho tiempo la mirada que a todo abraza, y renuncia. /.../ Pero es así como olvidamos los límites, que son la potencia, sin embargo, de nuestro ser en el mundo.

Bonnefoy es un poeta fundamental de la poesía europea del último medio siglo, cuya obra la recorre una mirada integradora, al paisaje y al interior de sí mismo, en busca de la armonía y de un territorio verbal luminoso que se convierte en eje y meta de su escritura.

Publicados en 2008 y 2011, La larga cadena del ancla y La hora presente son, en palabras de Enrique Moreno Castillo en su prólogo, “frutos de una fecunda ancianidad” y “constituyen el tramo final de una aventura poética que se halla entre las más importantes de nuestra época.”

En La larga cadena del ancla se unen en un conjunto amplio y armónico la meditación existencial y la materia biográfica, las referencias culturales del arte y la literatura, los viajes y la música o los mitos para expresar la relación del poeta y el hombre con el mundo.

En cuanto a La hora presente, más breve y más urgente, más directa y más intensa, refleja la experiencia diaria del poeta y la funde con los recuerdos que iluminan la realidad bajo una luz desconocida. A ese libro pertenece este espléndido poema, Desciende del caballo:

Desciende del caballo y le ofrece la copa 
del adiós. Y le pregunta a ella adónde va 
y por qué debe hacerlo. Leo este poema ajeno, 
lo reescribo, lo transformo. “Amigo mío, 

la dicha ajena me ha sonreído en esta tierra. 
¿Adónde voy? Busco en estas montañas 
el silencio, la paz del corazón. Esta es mi patria, 
nunca más vagaré lejos de ella. 

¿Va tranquilo mi corazón hacia su hora? 
Pero mira, esta tierra que amamos ha vuelto a florecer, 
es primavera, está otra vez como nueva,

alrededor las cimas vuelven a ser azules. 
¿Voy a decirte adiós? ¡No, que por siempre, 
por siempre susurre el agua, reflorezca la hierba!”

La poesía se convierte así, como en toda la obra madura de Bonnefoy, en revelación y refundación del mundo por medio del lenguaje. Así lo resume en el texto que cierra el volumen: Y palabras, todo eso, palabras, pues en verdad, compañeros, ¿qué otra cosa poseemos? Palabras que se encorvan bajo nuestra pluma, como insectos aniquilados en masa, palabras con grandes espinas que nos despellejan, palabras que arden bruscamente, y tenemos que aplastar ese fuego con nuestras manos desnudas, no es fácil.

La de Bonnefoy es poesía en busca de sentido, de ordenación del mundo en el encuentro con el otro y consigo mismo, poesía como territorio de encrucijada y de incertidumbre, poesía atravesada por una interrogación persistente sobre el tiempo y la memoria, a través de la mirada y la palabra y desde la afirmación de la vida y la conciencia de finitud que recorre la obra de Bonnefoy.

Y a esas claves responden también estos dos libros, que en más de un sentido representan la cima, el punto de llegada de un escritor que mantiene en ellos la esperanza en la lengua y la poesía como elementos de transformación de la realidad, porque la poesía –como ha dicho alguna vez- hace que pasemos del espíritu de posesión, impulsor de equívocos y guerra, al deseo de participación simple y directa en el mundo.

Santos Domínguez

21 septiembre 2016

Los últimos días de Adelaida García Morales


Elvira Navarro.
Los últimos días 
de Adelaida García Morales.
Literatura Random House. Barcelona, 2016.

“Adelaida arrastraba una leyenda de mujer muy rara, complicada, misteriosa, secreta, hipertímida, delicadísima, melancólica, depresiva, autodestructiva, escurridiza y un montón de cosas más, y había muchas zonas oscuras en su biografía.”

Con ese torrente de adjetivos explicaba Luis Alegre en un podcast –“La necrológica de Adelaida García Morales”- la personalidad opaca de la autora de El Sur o El laberinto de las sirenas, a los pocos días de su muerte.

Ese texto se reproduce en el epílogo de Los últimos días de Adelaida García Morales, el libro de Elvira Navarro que publica Literatura Random House cuando se cumplen dos años de su desaparición.

En ese podcast se cuenta por primera vez la anécdota de la que surge este libro: Adelaida García Morales va a solicitar a una delegación municipal una ayuda de 50 euros para poder ir en autobús a Madrid a visitar a su hijo y para quedarse una noche en una pensión.

Justamente con esa visita comienza la novela: 

Una mujer se presenta en el despacho de la concejala. Es un cuarto desabrido, con tres ceniceros sobre una repisa de obra y varias estanterías atiborradas de cartapacios y libros cuyo tema es el propio municipio, hoy convertido en una ciudad dormitorio. Hay desde publicaciones del cronista local hasta un volumen de leyendas comarcales, pasando por un poemario infantil de una maestra jubilada que cuenta cómo los Reyes Magos llegan al pueblo para alegrar el árbol de Navidad de los hogares humildes.
La mujer que tiene ahora delante parece una pobre. No va sucia, pero algo en ella luce largamente descuidado, como la fachada de un edificio cuya pintura se deja caer. Se adivina que los moradores de esa finca aún tratan de convertir su interior en un hogar, aunque también puede colegirse, por el temblor de las luces que vierten las ventanas, que alguno se mete en la cama sin calefacción y sin cena.
A la concejala, en su mesa sobria y pintada muchas veces del mismo color marrón (las capas de pintura desprendida trazan discretas gargantas en cuyos pliegues va acumulándose el polvo), le abruman las pilas de papeles colocadas a su izquierda y derecha. Se lleva una mano a la frente antes de dirigirse a esa señora de aspecto descompuesto.
—¿Qué desea?
—Soy Adelaida García Morales.

Las cosas no fueron exactamente así, aunque el fondo del asunto no varió mucho. Convertida casi en uno de esos personajes aislados y misteriosos que habitan sus novelas, aquella mujer descuidada y obesa, irreconocible si se la compara con las delicadas formas de su juventud, moriría unos días después, el 22 de septiembre de 2014, en Dos Hermanas, sin poder haber hecho ese viaje para el que solicitaba aquella ayuda.

En torno a su figura misteriosa y desquiciada se organizan Los últimos días de Adelaida García Morales, una obra de ficción eficaz y verosímil, no una crónica biográfica, que Elvira Navarro articula narrativamente en torno a dos ejes: la concejala que la recibe en su despacho y la realizadora de un documental que convoca a tres personajes -tres testigos no cercanos,  sino periféricos- que la conocieron: la madre de un compañero de colegio de su hijo, el psiquiatra que la atendió en su centro de salud y una amiga de la infancia.

Santos Domínguez

19 septiembre 2016

Antonio Cabrera. El desapercibido


Antonio Cabrera.
El desapercibido.
Pepitas de calabaza. Logroño, 2016.

"El contemplador aspira, de entrada, a constatar que sigue dándose el contraste primario entre el interior de su mente y el mundo. Quien mira es movido por la esperanza de un afuera. Sin la certeza o la suposición de que la vista se dirige más allá de uno mismo y alcanza realidad, el hecho de sostener voluntariamente la mirada no se habría convertido en uno de nuestros rasgos esenciales. Ahí está el mundo y aquí yo. Si mirar implicara de inicio un mirar dentro ¿cómo podríamos soportarnos?", escribe Antonio Cabrera en Antes del horizonte, uno de los textos en prosa que forman parte de El desapercibido, el libro con el que obtuvo el XXII Premio Literario Café Bretón & Bodegas Olarra. 

Lo publica Pepitas de Calabaza y es una nueva muestra, al margen de las prescripciones genéricas, de esa peculiar mirada reflexiva sobre la que Antonio Cabrera ha construido su obra poética.

Literatura del fragmento emparentada con los presocráticos en su mirada a los cuatro elementos, microensayos o poemas en prosa, greguerías de verano o microcuentos, prosas breves unidas por una constante: la reflexión a partir de la observación, el espacio de escritura donde se conjuntan el paisaje exterior y el interior, lo que es y lo que somos a través de la mirada desde fuera de un yo ensimismado en diálogo con el mundo.

Una voz y un territorio familiares para quienes conozcan la poesía de Antonio Cabrera, que como en el resto de su obra reúne en sus textos lo de dentro y lo de fuera, el yo y lo otro en un viaje de ida y vuelta cuya meta final es comprenderse mejor a sí mismo, el conocimiento de lo propio en lo ajeno, la expresión del sentimiento personal de lo vivido y lo contemplado.

Desde esa vocación reflexiva y observadora que tiene toda su obra, Antonio Cabrera convoca una serie de temas unidos por hilos temáticos como el tiempo, la memoria y la mirada a una naturaleza animada: la muerte que rumia como una vaca en el cementerio de Peliceira, la pálida luz que irradia un níscalo o la desorientación de una libélula, la elegía del sílex mate como metáfora del futuro o el olor de la noche, la sutileza cromática de un pájaro o la fronda invisible de los bosques, el pregón de muertos a través de la megafonía urbana, la torpe inteligencia de los mirlos o la memoria parada en una fotografía de la infancia o en un trastero de azotea.

Con la actitud consciente de quien está “solo pero sin dejar de oír las voces de este mundo”, Antonio Cabrera reivindica el tacto como el sentido que mejor entra en contacto con el mundo, evoca la fuerza simbólica de un episodio trivial con Keith Richards o se reencuentra con palabras imprevistas almacenadas desde la infancia, hace el elogio del color granate de los objetos de plástico o defiende la dignidad moral del cascarrabias, revive la milagrosa presencia de una oropéndola de colores inimaginables o los ladridos de todos los perros matinales a su paso intruso y  el olor de la primera claridad del día.
  
Porque “gracias al mundo nos salvamos” desde una sensibilidad como la de Antonio Cabrera, "volcada a la luz y a las cosas en la luz.”

Santos Domínguez

16 septiembre 2016

Stefan George. Poesía completa


Stefan George.
Poesía completa.
Traducción e introducción
de José Luis Reina Palazón.
Linteo Poesía. Orense, 2016.



Triste aprendí la renuncia que canta: / nada es, si la palabra se quebranta.

Con esos versos se cierra La palabra, uno de los poemas más emblemáticos de Stefan George, en la traducción que José Luis Reina Palazón acaba de publicar en la monumental edición bilingüe que ha preparado para Linteo de la Poesía completa del autor que introdujo la poesía alemana en la modernidad.

Heredero de Novalis y Hölderlin, Stefan George (1868-1933) representa en la poesía alemana lo que significó Baudelaire para la poesía francesa, lo que Rubén Darío para la poesía en español: un cambio general que afecta a todos los niveles del texto poético, desde los temas al estilo, desde el tono hasta la mirada.

Muy influido por el simbolismo francés, por Mallarmé y Poe, interiorizó los postulados del arte por el arte y asumió la crisis finisecular como una crisis de la capacidad del lenguaje como instrumento de representación de la realidad.

Pero evoluciona desde ese simbolismo esteticista a la defensa de la poesía como experiencia religiosa, a una concepción sagrada de la poesía como búsqueda y como iluminación de la realidad, a una actitud visionaria en la que el poeta tiene una consideración sacerdotal, casi mesiánica: como el iniciado en la exploración de lo inefable.

La impresión y la subjetividad, la sugerencia y la intuición, el ritmo y la sonoridad son algunas de las claves de una poesía que ocupa el ámbito de lo sagrado y lo profético, una poesía intermediaria de la divinidad en un proceso de fusión con la naturaleza y de expresión de lo misterioso.

Santos Domínguez