15 octubre 2015

Ítaca ilustrada


C. P. Cavafis. 
Ítaca.
Traducción de Vicente Fernández González.
Ilustrado por Federico Delicado.
Nórdica. Madrid, 2015.

"Cavafis vuelve al texto homérico, a los elementos nucleares del relato: Ítaca, la travesía, los peligros y las riquezas del camino, las aguas y las costas ignotas, la aventura y la experiencia… Vuelve al texto homérico, pero su poema no es un trasunto de la Odisea; Itaca es definitivamente otra cosa/… /, el viaje de Ítaca no es el viaje del regreso, no es un viaje de vuelta, es un viaje de ida, el primer viaje, el viaje”, escribe Vicente Fernández González en el prólogo de su traducción de Ítaca ilustrada por Federico Delicado y editada por Nórdica.

Cuando la travesía emprendas hacia Ítaca, 
pide que sea largo tu camino, 
lleno de aventuras, pleno de saberes. 

Con esos versos comienza uno de los poemas imprescindibles de la historia de la literatura, un viaje a la libertad y al conocimiento, pero sobre todo un viaje al fondo de uno mismo a través de mares tranquilos o agitados, porque en este viaje los peligros están más dentro que fuera.

Como todos los grandes textos clásicos, Ítaca es, además de un poema memorable, un texto lleno de matices, abierto a las interpretaciones y que conserva inaccesible una parte de su sentido. Uno de sus secretos, sin duda, es el tono de voz: ese tono inconfundible de Cavafis del que Auden decía que no puede ser descrito, sólo imitado o parodiado.

Metáfora de la vida, invitación al viaje, pero también texto de despedida, su ambigüedad nace en el primer verso con el uso de una segunda persona que puede ser la de Ulises, la conciencia del propio poeta o la del lector. Esa ambigüedad, que permite el funcionamiento simultáneo de esos tres niveles de significación, acaba enriqueciendo el contenido del poema.

Las espléndidas ilustraciones de Federico Delicado proponen una interpretación plástica del texto con diversidad de rostros y edades sobre el fondo del mapa de las islas del Egeo, del Mar de Mirtos y del Mar Jónico, donde está Ítaca, a donde se llega sin temor y sin prisa.

Una Ítaca que, además de la patria de Ulises, es el destino en un doble sentido –destino geográfico y destino individual–, pero es también el motor de un viaje hacia el conocimiento y hacia el fondo de uno mismo:

Con la sabiduría que has alcanzado, con tu experiencia, 
ya habrás comprendido qué significan las Ítacas.

14 octubre 2015

Valle-Inclán. Genial, antiguo y moderno



Joaquín del Valle-Inclán.
Ramón del Valle-Inclán.
Genial, antiguo y moderno.
Espasa. Barcelona, 2015.

Genial, antiguo y moderno. Con esos tres adjetivos subtitula Joaquín del Valle-Inclán la biografía que ha escrito de su abuelo y que acaba de publicar Espasa en un volumen minuciosamente anotado que acerca al lector a través de diecisiete capítulos a una dimensión más cercana y cotidiana de uno de los autores imprescindibles de la lengua española.

Desde la nebulosa de la infancia y la adolescencia propensa a las fabulaciones porque apenas hay información de esa época de Valle-Inclán, hasta 1935, el último año marcado por la enfermedad que le llevó a la muerte; desde los tiempos difíciles a las ganancias editoriales; desde la enfermedad, la droga y el misticismo a los cargos públicos; desde Pontevedra a Madrid con escala en Veracruz y México, donde descubre en 1892 el modernismo hispanoamericano; entre la literatura del fin de siglo y la creación del esperpento, este libro es un recorrido riguroso y documentado por la vida y la obra de Valle, cercano ya el ochenta aniversario de su muerte.

Con abundantes ilustraciones que reproducen manuscritos, portadas de primeras ediciones, caricaturas, fotografías poco conocidas de un Valle cercano y secreto o el certificado médico de la amputación del brazo, Joaquín del Valle-Inclán ha completado una biografía rigurosa y documentada que desmiente tópicos como el de la pobreza o la bohemia.

Una biografía que refleja los constantes problemas de Valle-Inclán con la censura -desde la mutilación de las Sonatas hasta  los problemas de última hora con El trueno dorado- o la forma de editar y distribuir sus obras, pero que –basada siempre en datos comprobados- evita el anecdotario tópico y a menudo apócrifo que rodea al personaje y renuncia al análisis psicológico de un escritor que no proyectó en su obra su biografía y que fue siempre muy reservado para hablar de sí mismo y para expresar sus sentimientos en la literatura.

Un volumen que es el resultado de los más de treinta años que Joaquín del Valle-Inclán lleva investigando la figura de su antepasado para poder reconstruir el día a día, público y privado, de un escritor irrepetible, exigente y renovador, independiente y alejado del gran público, pero indispensable.

Santos Domínguez

13 octubre 2015

Los desayunos del Café Borenes


Luis Mateo Díez.
Los desayunos del Café Borenes.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015.

Un opúsculo que da título al volumen -Los desayunos del Café Borenes- y un recuento -Un callejón de gente desconocida- forman las dos partes del último libro de Luis Mateo Díez que publica Galaxia Gutenberg.

Construido como un juego de espejos que tiene como centro el papel de la ficción, a través del contraste entre el enfoque narrativo del primer texto y la reflexión ensayística del segundo, el relato inicial se centra en un grupo de desayunadores de lengua desatada y espíritu crítico que se reúnen a diario en el Café Borenes en torno a Angel Ganizo, un novelista al que se le va la olla y se le escapan los personajes.  

En medio de “una libertad matutina sorprendente”, el desánimo extraviado del novelista encuentra consuelo entre un grupo de personajes que concurren en el rito laico del desayuno con café y churros: “El desayuno marcaba una regla de comportamiento y confianza muy eficaz, aunque de una regla poco duradera se tratase, pero tenía a su favor el carácter repentino de la misma, la importancia de su necesidad incipiente”

Y así se suceden las voces de aquellos cofrades: Cremades –“el menos locuaz de los contertulios”-; Vericio, “el más lacónico”; Silvia, atenta y silenciosa, la más juerguista de la reunión, y Lezama, “el cerebro de aquellas reuniones” con su “pajillerismo intelectual” y su lucidez de lector avezado.

Forman parte de un grupo de lectores replegados, de lectores abatidos ante la materia trivial de las mesas de novedades. Lectores que ya no van a las librerías y que se reúnen en el Café para desahogarse en la crítica de la novela comercial, de una literatura rebajada a la condición de mercancía o puro bien de consumo, o para defender los derechos del lector y analizar sus deberes.

“A veces tenemos la impresión –sostiene Ganizo- de que cada día abundan más las novelas que no son novelas, y que están escritas por novelistas que no son novelistas para lectores que no leen.”

De todas esas voces, la de Lezama es la más radical, pero también la más lúcida:

“La ficción en su esencia, como fruto fundamental de la imaginación, es una conquista en lo ajeno /.../ ya que no se puede inventar lo propio en igual sentido: uno se inventa, se cuenta, a sí mismo, con otro grado de imaginación y compromiso y con mayor preponderancia de la memoria, de los bienes de la memoria. 
El Gran Relato atañe a lo que no nos pertenece, a las conquistas de lo que no somos, que siempre provienen de lo que inventamos sin soñarnos a nosotros mismos, aunque el camino de desprendimiento comienza en nuestro interior. 
La gran tradición novelesca irradia en la ficción que inventa el mundo que el novelista observa, reconvierte, constata, revela, fantasea. El mundo que está más allá de él, que no deriva de su yo, que alcanza a otros, a los demás.”

Y añade poco después esta crítica de la autoficción:

“Ficción autista y complaciente. La complacencia contribuye al descrédito, dijo Lezama con cierta impostada solemnidad. Todo lo que no suponga una cerrada defensa de la ficción, desde el único frente en que el narrador sabe batirse, que no es otro que el de la ficción misma, es un desvío y una renuncia, por muy fácilmente justificables que sean esa renuncia y ese desvío. Por enriquecedores que resulten, también, esos caminos desviados.”

El segundo texto -Un callejón de gente desconocida- es un complemento del primero desde otra óptica: un recuento de reflexiones sobre novela y literatura, una serie de retazos que dibujan un mosaico que resume la poética narrativa de Luis Mateo Díez, que es el resultado de la suma de tres elementos fundamentales: imaginación, memoria y palabra.

La atmósfera y los personajes, el tono y el proceso de composición o la escritura como obsesión creadora, los lenguajes de la ficción y la ética de los héroes del fracaso, el humor y la lucidez, la ironía y el punto de vista son cuestiones que se abordan en una reflexión sistemática que podría resumirse en este párrafo:

“A veces me siento como el escribano que da cuenta por escrito no de unos sucesos sino de su sentido, y este lo constituye lo que los personajes son por cómo actúan y hablan, por cómo parecen generar atmósferas físicas o bien se ven atrapados por ellas, en geografías de la imaginación formadas sobre los estratos arqueológicos de la memoria individual y colectiva: mi memoria, la suya, la nuestra, en el ancho mar de los Sargazos o sobre la extensa y compleja provincia del hombre." 

Un opúsculo y un recuento: dos textos complementarios que confluyen en ese callejón de gente desconocida que es la novela como descubrimiento de los otros y del mundo, porque “lo ajeno se descubre, lo propio hay que figurárselo.”

Santos Domínguez

12 octubre 2015

Permanencia de Octavio Paz


Fabienne Bradu. 
Permanencia de Octavio Paz.
Vaso Roto Cardinales. Madrid, 2015.

Cuando leía un poema, al tiempo que mantenía la hoja de papel muy cerca de sus ojos por coquetería -no se resignaba a llevar lentes- Paz parecía descubrir sus propias palabras como si se tratara de la partitura de otro músico. En su voz se filtraba el asombro de haber escrito ese poema, pero también vibraba la duda de si era realmente un buen poema y buscaba con intermitentes miradas hacia el público un asentimiento que sólo podía percibirse en el silencio de los presentes. Su voz caía levemente enfática sobre las palabras que encarnaban las tensiones entre los contrarios que lo obsesionaban y constituían los polos entre los cuales oscilaba su búsqueda poética. Carente de tonos excesivamente coloridos, su voz imprimía los sentimientos que aspiraba despertar con una leve aceleración del ritmo y una subida de volumen, como un preludio de la asfixia, pero sin perder la clara cadencia de la cascada verbal.

Esa evocación de la voz del poeta aparece en “Palabra que busca unos labios que la digan”, uno de los once artículos que Fabienne Bradu ha reunido en el volumen Permanencia de Octavio Paz, que publica Vaso Roto en su colección Cardinales.

Con una densa trayectoria investigadora que ha desarrollado en México desde 1979, Fabienne Bradu fue durante más de quince años colaboradora de Vuelta, la revista que dirigía Paz, y miembro de su consejo de redacción entre 1988 y 1998.

Esta reunión de textos en torno a la figura y la obra de Octavio Paz es, como señala la autora en la Nota previa, una manera de proseguir la inagotable conversación con su obra /.../ Estos cuantos textos de distintas épocas y de índole diversa, son algunas muestras de la conversación que mantengo con él hasta la fecha.

Una conversación que evoca la voz del poeta recitando, cuyo recuerdo sonoro provoca  una emoción más fuerte y más cercana que la de la imagen, una intimidad mucho más estrecha y misteriosa que la visual.

Una conversación con la obra y figura de Octavio Paz -a un tiempo familiar y ya desprendida de la realidad cotidiana- que propone un recorrido por otros motivos vertebrales en su obra como poeta, ensayista o traductor, otra faceta de su labor creativa que se concretó en Versiones y diversiones.

Motivos como la mujer, en quien encontró su espejo espiritual; la relación con el surrealismo - un punto de partida y mucho menos un punto de llegada, una vía de salida hacia la propia voz-; la persistencia de la India como referente vital, como un segundo nacimiento que transformó su visión del mundo y su escritura; su concepción del amor como guerra secreta contra el tiempo en La llama doble; su mirada crítica a la historia del siglo XX; su alejamiento personal y poético de Neruda que pese a todo -y así lo dejó escrito- le parecía el poeta más amplio, hondo y humano de su generación en América y en España /… / Un poeta inmenso.

Con estas líneas resumía Fabienne Bradu la permanencia de Octavio Paz, de su ejemplo y su desobediencia, en uno de los artículos de este volumen, un texto publicado cuando se cumplían los veinte años de la concesión del Nobel:

Es verdad es que, sobre todo hacia el final de su vida, cuando los años exasperan la impaciencia y la irritabilidad, la rebeldía de Paz llegó a adoptar el cariz de la cólera y a cautivarlo en las trampas de la sinrazón. De todas maneras, su legado no está únicamente en los gruesos volúmenes de su obra completa. Si algo fundamental nos enseñó Octavio Paz es la virtud y la salud de la rebeldía.

Santos Domínguez


10 octubre 2015

Víctor Jiménez. La mesa italiana


Víctor Jiménez.
La mesa italiana.
Renacimiento. Sevilla, 2015.

Los otros todos que nosotros somos es un verso de Octavio Paz que Juan Lamillar evoca en el  estupendo prólogo que abre La mesa italiana, el último libro de Víctor Jiménez, que publica Renacimiento en su colección mayor, Calle del Aire.

Con la difícil naturalidad del tono cercano y confesional que recorre estos textos, con su acostumbrada maestría en el uso de estrofas clásicas o de ritmos populares, Víctor Jiménez reúne en torno a esa mesa italiana a aquellos seres sucesivos que ha ido siendo en un ejercicio admirable de contención expresiva y de expansión sentimental, sístole y diástole de la palpitación poética de un autor que a lo largo de su ya amplia trayectoria vuelve a acreditar eso que muy pocos logran: ser un poeta con animal de fondo, alguien que tiene algo que contar, un poeta que conoce el secreto del final intenso de los poemas y hace contagiosa la emoción dolorosa de versos como estos: porque hay vidas que duran lo que quiere la muerte /y muertes hay que duran lo que quiere la vida.

Y así como a veces nos reconocemos en lo que han escrito otros o en los paisajes que dibujaron los maestros, Víctor Jiménez se reconoce y se reconstruye mirándose en el espejo de su memoria cinematográfica, “para desplegar – como señala Lamillar- una geografía (una cinematografía) personal de circunstancias y sentimientos” a través de la evocación de unos títulos –El viajero del tiempo, Senderos de gloria o La sombra de una duda- que podrían cifrar su vida y la memoria de su infancia, su juventud perdida o su presente en las desoladas secuencias de esta efímera / cartelera, tal vez, de incertidumbres. 

Santos Domínguez

09 octubre 2015

Clara Janés. Movimientos insomnes



Clara Janés.
Movimientos insomnes.
Antología poética 1964-2014.
Selección e introducción de Jaime Siles.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015.



El poeta está siempre aprendiendo y debe estar atento a las resonancias misteriosas que le asaltan, lleguen de donde lleguen. Poesía es, sí, un saber del “no saber” y, en último término, una forma de humildad, porque exige un total despojamiento. De eso se trata, de una disposición entregada. Por ello, creo con Cioran que “equivale a desaparición”: la desaparición del poeta en el poema, escribe Clara Janés en el epílogo Enséñame a hablar, hierba que ha escrito para cerrar la reunión de medio siglo de su escritura poética en la espléndida y amplia antología Movimientos insomnes, un volumen que edita Galaxia Gutenberg en su imprescindible colección de poesía.

Una antología preparada por el poeta y crítico Jaime Siles, que resalta la dificultad de hacer la selección de textos de una obra tan unitaria como la de Clara Janés, porque como recuerda Jaime Siles en su introducción "el verdadero poeta por mucho que evolucione es siempre uno y el mismo /.../ Por eso insistimos en que la poesía de Clara Janés no puede ser vista desde ni a través de sus partes, sino como lo que es: una totalidad. /.../ La lectura de Clara Janés es toda una experiencia que pone al límite nuestra comprensión y que exige el máximo de nuestro conocimiento. Pocas obras se parecen tanto a su autor y pocos autores se parecen tanto a su obra. "

Emparentada con la razón poética de María Zambrano, la de Clara Janés es una poesía de la búsqueda, un viaje al infinito y al no ser, una inmersión en el no saber sabiendo sanjuanista, una forma de conocimiento que a través de la conjunción de música y palabra enlaza con el impulso creador de Orfeo. 

Palabra interior que se proyecta en una poesía que busca la transcendencia y la revelación en lo oscuro, la construcción de lo que Siles define como “un puente hacia el absoluto que pone en comunicación el cosmos con el yo.”

Palabra que levanta el vuelo hacia un más allá invisible e intuido, hacia la transparencia y lo inefable, hacia una belleza que, desde lo inaccesible del misterio, nos sostiene todavía.

Palabra que convoca lo oculto y se yergue como testigo: 

Muda voz 
que todo lo dijiste en tu silencio
hasta el silencio tuyo
y eres perfume ahora
que a mi desmayo acude,
con un nimbo de luz 
aviva la flor blanca
que habla del misterio.

Santos Domínguez

07 octubre 2015

Joseph Campbell. Diosas



Joseph Campbell.
Diosas. 
Misterios de lo divino femenino.
Traducción de Cristina Serna.
Atalanta. Gerona, 2015.

En 2013  la mitóloga Safron Rossi recopiló las diversas conferencias que Joseph Campbell pronunció entre 1972 y 1986 sobre lo divino femenino y las editó en un volumen que ahora publica en español Atalanta con traducción de Cristina Serna.

Se cubre así una laguna llamativa en la bibliografía de Campbell, que escribió decisivamente sobre los arquetipos masculinos en la mitología y las religiones, pero que no llegó a componer una obra sobre las divinidades femeninas, aunque en más de veinte conferencias abordó las figuras, la simbología, los temas y la iconografía de la Gran Diosa –la Diosa Blanca de la que escribió memorablemente Graves– como metáfora de la transformación y el universo, de la vida y la muerte, exploró su evolución histórica en distintas épocas y culturas y sus variantes en diversos lugares y mitologías –incluidas esas "mitologías prosaicas" que son las teologías.

Ese es el hilo conductor de este volumen organizado cronológicamente desde el Paleolítico, en que la diosa se identifica con la naturaleza, hasta la cultura medieval europea, cuando se transmuta en la figura de la Virgen María o se proyecta en la idealización del amor cortés y en los arquetipos neoplatónicos del Renacimiento.

Entre esos límites cronológicos, Campbell sigue la evolución de la Diosa Madre creadora en el Neolítico y en Creta, de las divinidades  sumerias y egipcias –Ishtar e Isis-, analiza su presencia en el panteón griego y en la Odisea, o la reconoce en la Diosa del pasado y del futuro de los cultos mistéricos de Eleusis o en los ritos dionisíacos y órficos.

Ilustrado con más de ciento cincuenta imágenes que reflejan la figura y subrayan la presencia de lo divino femenino, Diosas rastrea, en palabras de Campbell, "el florecimiento de una Gran Diosa en las muchas diosas de la imaginación mítica" desde la Gran Diosa neolítica, esencial en la primera concepción mítica del mundo -esa es la raíz más antigua de la mitología-, a través de su creciente importancia desde el nacimiento de la civilización en Mesopotamia y Egipto, desde los valles del Tigris, el Éufrates y el Nilo en donde se generan una serie de concepciones míticas que representan la fecundidad, la transformación y el crecimiento:

"Las mitologías de la naturaleza y las centradas en lo social se hallan en conflicto entre sí: las mitologías del Dios ponen el acento en lo social, mientras que las de la Diosa lo ponen en los aspectos del mundo natural."

Arquetipos míticos que son una personificación femenina de la naturaleza cósmica, representación del universo que es Tierra y Cielo a la vez, en sus distintas variantes como metáforas de la fecundidad y del triunfo de la vida sobre la muerte: las Venus paleolíticas, Isis, la diosa madre de Osiris, Madre de Dios como Cibeles, como la diosa Kali de la India, como la Virgen María. 

Afrodita, Hera, Atenea, Ártemis, Astarté, Deméter, Perséfone, centros simbólicos de la energía cósmica o madres protectoras, diosas de la vida y de la muerte, de la fertilidad y la venganza, preludios de la mitología básica del cristianismo, manifestaciones variables de la naturaleza esencialmente única de esa divinidad femenina pese a las transformaciones históricas y culturales que sufre lo mitológico, lo religioso y lo cultural desde que "en una época muy tardía de la historia de la humanidad se desarrolló el arte de la agricultura y la domesticación de los animales, lo que produjo un cambio de autoridad: la ecuación biológica pasó de lo masculino a lo femenino. Las grandes preocupaciones ya no eran la caza y la matanza de animales, sino la siembra y la recolección; y puesto que la magia de la Tierra y la de las mujeres son la misma-pues ambas dan la vida y la alimentan-, no sólo el papel de la Diosa pasó a ser de capital interés para la mitología, sino que también aumentó el predicamento de las mujeres en los poblados."

Y así, frente a las mitologías de la divinidad masculina, que inciden sobre todo en lo social, las mitologías de la Diosa hacen hincapié en el mundo natural, porque "los dioses representan los principios místicos, las posibilidades de la experiencia humana, y asumen formas diferentes como reflejos de la vida espiritual en las diversas culturas según su entorno, historia e idiosincrasia. Con el mito, que representa la gama invisible de los reflejos de la psique, ocurre lo mismo que con la forma humana, que se proyecta de diferentes maneras en las diversas partes del mundo. 
(...)
Cuando se trata de la mitología de la Diosa, de lo que se habla es de la Madre Naturaleza, y esta mitología de la Madre Naturaleza es profunda, es universal."

Santos Domínguez

05 octubre 2015

Mujica Láinez. De milagros y de melancolías


Manuel Mujica Láinez. 
De milagros y de melancolías.
Prólogo de Luis Antonio de Villena.
Drácena. Madrid, 2015.


Publicada por primera vez en 1968 e inexplicablemente inédita hasta ahora en España, De milagros y de melancolías, la novela de Manuel Mujica Láinez que acaba de editar Drácena con prólogo de Luis Antonio de Villena, forma parte, junto con Crónicas reales y El viaje de los siete demonios, de un ciclo narrativo irónico que Mujica Láinez compuso después de sus novelas más conocidas y exigentes, Bomarzo y El unicornio. 

En esa trilogía burlesca, el humor desatado, la ironía, la libertad creativa y la actitud distante ante la Historia y la realidad contrastan con las anteriores Bomarzo y El unicornio, en las que la documentación y el rigor histórico se ponían al servicio de la narración. Frente a la Historia se impone ahora la antihistoria, el enfoque humorístico que muestra la realidad bajo una luz satírica y la parodia de la literatura hispanoamericana desde sus orígenes en las crónicas de Indias hasta la narrativa del realismo mágico. 

Desenfadada, escéptica y burlona, De milagros y de melancolías comienza como una contracrónica de Indias con la fundación de una ciudad imaginaria –San Francisco de Apricotina del Milagro- que es todas las ciudades porque no es ninguna en concreto, sino una metáfora utópica del mundo americano:

La historia de esta ciudad es un rosario de milagros y de melancolías; el final se abre al inquieto presentimiento de que siempre ocurrirá asi, de que este habrá de ser el destino de nuestra pobre América.

A partir de ese momento fundacional, impulsado por Don Nufrio de Bracamonte e inmortalizado por el cronista Diego Cintillo, se narran seis momentos a través de seis personajes arquetípicos –el fundador, los gobernadores, el liberador, el caudillo, el civilizador y el líder- que resumen las claves de su evolución histórica antes de un Epílogo espiritista y una divertida Bibliografía apócrifa. 

Ese enfoque humorístico desdibuja los límites entre la realidad y la invención en un tiempo ucrónico y con una actitud paródica que se proyecta no solo en el argumento sino también en el tratamiento del tiempo, en el que abundan los anacronismos deliberados, o en el sesgo con que se contempla a los personajes. Basta fijarse en los nombres de los gobernadores -don Íñigo Zamudio Zubizarreta y Zumalacárregui, don Laín Láinez y Veintelibros, don Pánfilo Espesura de los Alcornoques o don Florindo Bergamota y Solvente-, el poeta Octaviano Panida Sistro, el enano Bravaverga, el profesor Jamaisplus o los generales que protagonizan los episodios de inestabilidad, caudillajes y guerras civiles tan característicos de la inestabilidad política latinoamericana:

Durante los años que comprende la Negra Anarquía, el general Loredán Conchilla Vitimoco derrotó al general Melchor Adastra, en Tucla, y el general Melchor Adastra derrotó al general Loredán Conchilla Vitimoco, en Miraflor de los Batuques; el general licenciado Ramsés Otero Otero (Teruteru) derrotó al general Cupertino Perásper, en Santa Fe la Nueva, y el general Cupertino Perásper derrotó al general licenciado Ramsés Otero Otero (Teruteru) en Santa Isabel de Ávila; el general Manlio Perlones derrotó al general Loredán Conchilla Vitimoco, en Los Burros, y el general Loredán Conchilla Vitimoco derrotó al general Manlio Perlones, en Fraile Comido; el general Melchor Adastra derrotó al general licenciado Ramsés Otero Otero (Teruteru), en Santa Ana de la Buena Coca, y el general licenciado Ramsés Otero Otero (Teruteru) derrotó al general Melchor Adastra, en Pucahuaca. Y así sucesivamente. Las combinaciones matemáticas posibles son veinte, y se cumplieron todas. Cada uno de los generales derrotó a sus cuatro camaradas enemigos y fue derrotado por ellos. Hubo, en consecuencia, mientras se desarrollaban los oscuros años mencionados, igual número de vencedores y de vencidos.

Una novela –escribe Luis Antonio de Villena en el prólogo- “muy de su autor, pero asimismo algo extraterritorial.”

Y como en manos de un maestro ningún material es menor, esta es una obra que no desmerece del conjunto de la narrativa de Mujica. La continua diversión del lector a través de sus casi quinientas páginas es un reflejo de la actitud relajada y divertida con que su autor acometió este De milagros y de melancolías, una de las novelas imprescindibles de esta temporada.

Santos Domínguez

02 octubre 2015

Narcís Comadira. El arte de la fuga


Narcís Comadira.
El arte de la fuga.
Antología del autor.
Edición bilingüe de Jaume Subirana.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2015.



Todo yo era de plomo, la estancia se encogía,
Yo, de plomo, corría; tú, Muerte, te acercabas,
de plomo, aterradora, para aplastarlo todo.
Pero yo de pronto te decía: tú no vencerás nunca:
te venceré con palabras.

Así termina El sueño, uno de los poemas que Narcís Comadira (Gerona, 1942) ha seleccionado para El arte de la fuga, la antología bilingüe que publica Cátedra Letras Hispánicas con edición de Jaume Subirana, que define a Comadira como “un poeta transcendido. Le transciende la lengua /.../, le trasciende el sentido, o la búsqueda del sentido. Le trasciende el inmortal resplandor de las cosas que viven en su poesía. Le trasciende, en fin, por mediación de sus versos, la vida.”

Organizada por el propio autor con un criterio temático, no cronológico, esta antología que toma su título de uno de los libros más significativos de su autor, resume el mundo poético de Comadira a través de sus motivos centrales: lugares, hechos, emblemas o poéticas.

Traducidos la mayor parte de ellos por José María Micó, el volumen contiene también versiones de sus poemas firmadas por José Agustín Goytisolo, Corredor-Matheos, Jordi Virallonga o Vicente Molina Fox, autor de un breve prólogo -Clara sombra- en el que resalta la mezcla que hay en esta poesía entre la predominante línea clara y otra más sombría que asoma en ciertas zonas.

Pintor además de poeta, la poesía de Comadira tiene un alto componente figurativo. Poesía del lenguaje y de la mirada que se resume en un texto como Misterio, que en dos únicos versos define toda una concepción poética:

El Lenguaje se ha hecho carne:
y se le han hecho ojos las metáforas.

Expresada con variedad de ritmos, de registros lingüísticos, de tonos y de temas -el arte y la ciudad, el mar y la memoria, el paisaje y la escritura- la de Comadira es una poesía de la forma más que de la idea, poesía de la mirada hacia fuera -la contemplación- y de la mirada hacia dentro -la reflexión-, poesía del presente y poesía elegíaca.

Mirada y memoria, contemplación y reflexión, experiencia y conciencia atraviesan estos textos y articulan, con una difícil suma de sutileza y densidad, una poesía interrogativa en busca de respuestas entre la duda y la ironía, la experiencia y el sentimiento del tiempo, entre la libertad y el terror como tituló significativamente uno de sus libros.

Una poesía que tiene sus señas de identidad, como explica Dolors Oller en su epílogo sobre la poética de Comadira, en “la pertinaz dedicación a una lengua y a la escritura como reserva de memoria.”

“Desde la luz solar mediterránea –añade-, la poesía de Comadira, clásica en sus figuraciones corpóreas y posmoderna en la recuperación de temas y motivos vigentes en su tópica, llega a una intersección expresionista de la emoción y de la forma, de la forma con la idea, y de la idea con el pensamiento poético que acompaña todo el ámbito de su escritura: el deseo, la memoria, la naturaleza y la forma.”

Así ocurre en Lastre, uno de los textos de esta antología:

Soy uno que nació
en el invierno de 1942,
en pleno corazón de una ciudad de pórticos.
De la lluvia y del sol eran refugio
y de nuestra timidez adolescente.
Había un río fangoso
lleno de carpas negruzcas
y un ritmo de campanas
inexorable y lento.
La lluvia del otoño resbalaba
por el adoquinado
de los enfermos callejones;
se helaban los charcos en invierno,
pues los inviernos eran fríos. Y oscuros.
Éramos un rebaño de niños friolentos
junto a humosas estufas de agrios aserrines.
Temblábamos de miedo tras los cristales sucios
mientras nos educaban en una lengua extraña.

(...)

Después, ya todo fue convencional,
hogar y patria. Nunca jamás volvió
la ilusión perdida. Ya todos para siempre
fantasmas errabundos por la vida,
emasculados de Dios, aferrados al secreto.

Santos Domínguez

30 septiembre 2015

Carlos Fidalgo. La sombra blanca


Carlos Fidalgo.
La sombra blanca.
Reino de Cordelia. Madrid, 2015.

En los campos de Flandes las amapolas se mecen
entre las cruces, fila sobre fila,
que marcan nuestro sitio; y en el cielo 
las alondras, aún cantando embravecidas,
vuelan sin oírse apenas entre los cañones.

Somos los Muertos. Hace pocos días 
vivimos, sentimos el amanecer, vimos el brillo del ocaso,
amamos y fuimos amados, y ahora aquí yacemos 
en los campos de Flandes. 

Retomad la disputa que fue nuestra: 
estas débiles manos os entregan 
la antorcha; levantadla ben alto.
Y si falla esta fe que compartimos
no podremos dormir, aunque crezcan las amapolas
en los campos de Flandes.

Ese poema de John McCrae, que aparece aquí en la versión de Borja Aguiló y Ben Clark, prefigura el tono y la voz narrativa que recorren La sombra blanca, una espléndida novela corta que Carlos Fidalgo publica en Reino de Cordelia.

Una novela de fantasmas ambientada, como ese poema, en la Primera Guerra Mundial y atravesada por una realidad invisible que, entre el misterio, la fantasmagoría y el terror, recuerda al mejor Henry James, el de la distancia corta de los relatos y las novelas breves.

Con un título alusivo al legendario espectro femenino que avisaba del peligro o de la proximidad de la muerte y a la ceguera provocada por los gases tóxicos o los bombardeos que abrasaban los ojos de los soldados y los aislaba y los hacía más vulnerables o los colocaba en un territorio de frontera entre la vida y la muerte, La sombra blanca es una novela coral en la que se suceden varias voces narrativas que se superponen o se disuelven en la niebla.

Entre esas voces plurales en situaciones límite que hablaban en el poema del canadiense McCrae, hay dos que adquieren una especial relevancia y acaban confluyendo: la del soldado escocés Elgin Gairloch, el hilo conductor de la narración, y la del Teniente Kilbride.

Unas voces que se construyen en capítulos breves y se expresan con una intensidad de lenguaje que se hace presente desde el Preludio:

Ahora sé que soñé contigo. Soñé que caminabas sobre la playa, como un ángel, y que la resaca no te mojaba los pies.
Soñé que eras una sombra blanca. Ligera como la niebla.
Soñé que nada te tocaba el alma, porque estabas muerta.
(...)
Y yo cierro los ojos. Me sumerjo otra vez en el sueño. Y te veo.
Estás envuelta en una mortaja. El agua no te moja los pies. El mar no se atreve a tocarte.

Una intensidad expresiva que se manifiesta a lo largo del juego de voces que vertebra el relato y lo recorre de principio a fin para culminar en la última línea del Epílogo:

Y me doblo como una arruga del tiempo.

Un ejército de voces espectrales de soldados desorientados y muertos en el asalto a sus trincheras o bajo los bombardeos alemanes. Unas voces que acaban habitando esa arruga del tiempo, que se dobla sobre sí mismo y dejan en el suelo o en el aire un rastro de pétalos antes de llegar a la orilla de un lago donde una sombra blanca que sale de la niebla –esa  muerte blanca- los envuelve en un sudario.

Una novela que confirma a Carlos Fidalgo como un narrador maduro, consciente de la importancia que tienen en la narración breve el manejo del tiempo y la tensión del lenguaje para producir aquel efecto único del que hablaba Poe como condición esencial del relato. 

Santos Domínguez