09 mayo 2014

Antonio Colinas. Canciones para una música silente


Antonio Colinas.
Canciones para una música silente.
Siruela. Madrid, 2014.

¿Y si fuese la música el silencio?
Dejad hablar a la silente música.

Esos dos versos, de la sección que cierra el último libro de Antonio Colinas, resumen un proceso poético que encuentra ahí su meta y su sentido, en esa música callada que es la que oyeron también San Juan o María Zambrano.

Canciones para una música silente, que acaba de publicar Siruela, es un libro de búsquedas y preguntas, un viaje a la semilla, a lo esencial, el reflejo de un proceso de depuración espiritual y formal, el mapa de un camino poético hacia el centro y el conocimiento.

¿Qué es la verdad?, ¿qué es lo verdadero? ¿La verdad es el sentir o la verdad es el pensar? ¿No será, quizá, la verdad el revelar?, se preguntaba Antonio Colinas en El sentido primero de la palabra poética, en donde la mística, el Romanticismo o María Zambrano aparecían como ejemplos de la aspiración de absoluto y de conocimiento que está en el impulso de la poesía, de su soledad sonora, de su viaje hacia dentro.

Tras una primera etapa marcada por un culturalismo vivido y una intensa sentimentalidad neorromántica, por un lirismo telúrico y una pureza formal que tienen su eje en Sepulcro en Tarquinia, la escritura de Antonio Colinas crece en su impulso órfico en la etapa ibicenca que se desarrolla entre Astrolabio y Jardín de Orfeo. Una fase que tiene su centro en Noche más allá de la noche, donde el equilibrio entre el sentir y el pensar, la emoción y la reflexión da lugar a un largo poema en el que la poesía de Colinas alcanza una de sus cimas de profundidad y de transcendencia de la palabra inspirada.

La culminación de ese largo viaje hacia la armonía y la luz, hacia la desnudez expresiva y la depuración de un lenguaje esencial, hacia el conocimiento a través de la razón poética se produce en una tercera etapa a la que pertenecen obras esenciales como el Libro de la mansedumbre, Desiertos de la luz o Tiempo y abismo, libros en los que se resuelve en síntesis poética la armonía de sentimiento y pensamiento, de tradición oriental y humanismo, de filosofía y mística a través de un diálogo cada vez más resuelto con lo sagrado a través de la depuración formal y de la intensidad y con ese alto voltaje emocional que Pound le exigía a la palabra poética.

Ese es un viaje orientado hacia un centro y atravesado por una concepción unitaria en la que la poesía –suma de intensidad emocional, de hondo conocimiento y elaboración verbal- es un medio para sentir, interpretar y valorar la realidad y nuestra propia experiencia humana. Pero no sólo esa realidad aparente que los ojos ven, sino la que yo he llamado en otros momentos una realidad transcendida o transcendente.

En esa línea coherente que culmina su trayectoria poética hay que situar estas Canciones para una música silente, un amplio conjunto de poemas organizados en ocho partes, con distintos temas y con enfoques que van del irracionalismo de las Semblanzas sonámbulas al realismo de los Siete poemas civiles pasando por una intensa elaboración simbólica, resueltos en distintas tonalidades de voz y con músicas diversas que van desde la solemnidad endecasilábica al verso de arte menor más propio de la canción. 

Y es que desde la primera parte, El laberinto invisible, que ya apareció parcialmente en la edición de su obra poética completa hace tres años en esta misma editorial, hasta la última, de la que toma título el volumen, las ocho secciones del libro describen un itinerario poético hacia dentro y hacia el silencio, lo que se refleja también en el trazado de los textos, que van abreviando no solo su tamaño, sino su ritmo con una presencia cada vez más fuerte del arte menor. 

Pero en su buscada diversidad este es un libro unitario, recorrido por una serie de temas que cifran el mundo poético de Antonio Colinas: el viaje, el arte, la música, la búsqueda de la plenitud, de la luz, el amor y la armonía construyen su esqueleto y sus articulaciones en una constante y creativa lucha de contrarios de la que surge la propuesta de una vida más alta.

Escritura y vida, emoción y conocimiento, música y mirada, misterio y armonía se funden en unos textos que aspiran a la revelación –sentir y pensar a un tiempo- de una realidad superior a la que solo puede llegarse con el impulso órfico que ha inspirado la mejor poesía, la que transciende la realidad y la ilumina.

Es la palabra poética como vía de acceso a un conocimiento más alto, a una realidad más honda y más plena. No es por eso una casualidad que la última sección del libro se titule significativamente Llamas en la morada, en alusión a la lírica nocturna sanjuanista y a la mística teresiana. 

El poema que cierra esa sección y el libro es casi una declaración poética que resume el sentido de toda la trayectoria literaria de Antonio Colinas:

Solo quisiera
escribir mis palabras con silencios: 
escribir el poema sin palabras.

Solo quisiera 
musitar el poema
como plegaria de silencio
en el silencio.

Santos Domínguez

07 mayo 2014

Chantal Maillard. India



Chantal Maillard.
India.
Pre-Textos. Valencia, 2014.

¿Qué fuiste a buscar a India y qué encontraste?, se pregunta Chantal Maillard en el texto preliminar de India, el amplio volumen que acaba de publicar Pre-Textos, una obra reunida en torno a la India con materiales inéditos o revisados de sus diarios, poemas, ensayos y textos críticos elaborados durante un cuarto de siglo, entre 1987 y 2012.

La hondura de los centenares de páginas que Chantal Maillard ha dedicado a la India es la mejor contestación a esa pregunta inicial. Una contestación abierta, porque hay en estos textos más búsquedas y aproximaciones que respuestas.

Búsquedas y aproximaciones que con esas cuatro formas complementarias de escritura –autobiográfica, poética, ensayística, crítica- y con el espléndido cuaderno de imágenes que cierra el volumen exploran más que otro espacio y otra cultura otra forma de estar en el mundo, de tomar conciencia de la identidad y del sentido de la vida y de la muerte. 

Porque este no es un libro de crónicas de viaje o de impresiones de un turista, sino una reunión de esas cuatro perspectivas que describen un viaje hacia el conocimiento. Cuatro perspectivas que se complementan porque, como explica la autora, cada una de ellas responde a una manera de dialogar con la realidad, de provocarla, recibirla y expresarla, por lo que reunirlas permite ofrecer ángulos y derivas que podrán ayudar a imaginar la complejidad del mundo que describen.

El conjunto traza el mapa de un itinerario interior, de un viaje que no es espacial ni externo, sino intelectual y hacia dentro con el telón de fondo de Benarés, el Ganges o Calcuta, en un mundo en el que la mirada de los búfalos llega a convertirse en un estado interior o en una metáfora del tiempo lento. 

Un viaje interior y difícil –Es difícil llegar a uno mismo, escribe Chantal Maillard en el primero de sus Diarios indios- que aspira al olvido de sí, al despojamiento, a un “desnacer” desde el que reconstruirse para aprender a mirar.

Tras los poemas de La otra orilla o El río, un amplio conjunto de textos ensayísticos aborda ese viaje interior desde una perspectiva analítica que indaga de manera sistemática los aspectos filosóficos, morales o existenciales del hinduismo.

Uno de esos textos, el brevísimo ¿Quién ve cuando no hay quién?, apéndice de 2012 a Schopenhauer y las doctrinas indias, resume significativamente las líneas fundamentales del pensamiento tentativo de Chantal Maillard en este volumen:

Si ser consciente implica conocimiento y el conocer implica la existencia de esa escisión entre el que ve y lo que es vista, entonces, ¿qué ve esa conciencia? ¿O es que no ve nada? (...) ¿Por qué no podemos salirnos del lenguaje para hablar de lo que no pertenece al mundo de la experiencia?

El apartado Palabras mercenarias reúne textos críticos publicados entre 1998 y 2011. Y finalmente, a manera de epílogo, se ha incluido el reciente ensayo La India globalizada. ¿Quién gana y quién pierde?, sobre la trivialización de lo oriental y los peligros de la occidentalización de la India, con una conclusión tan lúcida como esta:

Extraer un rasgo cultural de su contexto y recontextualizarlo en el propio supone apropiarse de él. Es, entre otras cosas, la mejor manera de que lo extraño, o lo diferente, deje de ser una amenaza, y esto, por supuesto, lo tienen muy claro los poderes de la globalización. Folklorizar significa reducir una cultura a producto turístico: lo suficientemente exótico como para atraer, pero lo suficientemente común como para no inquietar. El folklore es una de las manifestaciones del kitsch: una forma de devaluación, de degradación de los elementos culturales para su consumo masivo.

Santos Domínguez

05 mayo 2014

Blake. Libros proféticos II


William Blake. 
Libros proféticos II. 
Edición de Bernardo Santano Moreno. 
Imaginatio Vera. Atalanta. Vilaür, 2014.


Milton, poema en dos libros (1804) y Jerusalén: la Emanación del Gigante Albion (1804-1820) son los dos poemas portentosos con los que William Blake coronó su obra profética y con los que Atalanta culmina la espectacular primera edición completa y bilingüe de sus Libros proféticos con traducciones y prefacios de Bernardo Santano.

William Blake (1757-1827) es uno de los poetas más enigmáticos y asombrosos de la tradición occidental. Inclasificable e irrepetible, su intensa poesía fue una isla deslumbrante en el racionalismo del siglo XVIII, una profecía del irracionalismo romántico y de la actitud visionaria del superrealismo. 

Grabador y poeta, místico y pintor, visionario y filósofo, excéntrico y astuto, Blake fue un artista total que fundió la palabra y la imagen en una doble actividad que nunca concibió por separado y que dio lugar a libros tan desasosegantes como El matrimonio del cielo y del infierno o los Cantos de experiencia y de inocencia.  

Aquel poeta iconoclasta y profético, en cuyos versos conviven en raro equilibrio las luces y las sombras, fundó una cosmogonía prometeica propia sobre el hombre anterior a la caída en los Cantos de inocencia y sobre el conocimiento del dolor en los Cantos de experiencia, creó una obra de enorme potencia imaginativa, murió cantando y -como explicó Antonio Rivero Taravillo- dejó una huella importante en Yeats o en el Graves de La diosa blanca, en Cirlot o en Borges, o en el Neruda más visionario de las Residencias. 

Hace casi ochenta años, en noviembre de 1934, la revista Cruz y Raya publicaba Visiones de las hijas de Albión y El viajero mental, dos poemas de William Blake traducidos por Pablo Neruda, que estaba escribiendo por entonces la segunda entrega de su Residencia en la tierra. 

En ese año central en la escritura de Neruda quizá ninguna voz como la suya podía plasmar mejor en español la potencia visionaria, el irracionalismo sensorial y la ambición verbal de William Blake, el eslabón que conecta la actitud pasional del Romanticismo con la intelectualización simbolista. No es una casualidad que por aquelllos años Neruda tradujera parcialmente Las flores del mal de Baudelaire, ni que, a caballo entre la Residencia de 1933 y la de 1935, el poeta chileno escribiese esa cima o sima del superrealismo. 

Entre el mito y el delirio, entre la visión sagrada del mundo y la reivindicación social emparentada con el fervor revolucionario de 1789, esos dos poemas de Blake proponen un mundo de imágenes, sinestesias y metáforas deslumbrantes que aspiran a resumir el universo y a contener –como quería Blake- la eternidad en una hora. 

Las cincuenta planchas de Milton ilustran las dos visiones que articulan sus dos partes: la del meteoro –Milton- que entra en el cuerpo de Blake y la de la niña que acude a su jardín para reintegrar a Milton a los espacios siderales tras una sucesión torrencial de visiones simbólicas y apocalípticas.

Las cien planchas del más extenso Jerusalén, el último gran poema épico y visionario de Blake, son la representación plástica de las revelaciones y automatismos de un largo poema que en su método de construcción anticipa la escritura automática del superrealismo o evoca la recepción al dictado de la inspiración divina de los antiguos textos proféticos.

Es la primera vez que se hace una edición en español con todos los grabados originales del artista, en un proceso cuidado hasta el más mínimo detalle para reflejar la obra del artista complejo que fue Blake, la convivencia en ella de lo oscuro y lo deslumbrante a la vez, de la inspiración y el caos, de lo disparatado y lo convencional, de un raro equilibrio, de la inusual coexistencia de lucidez y locura que recorre sus textos. 

“Para Blake –explicó Kathleen Raine, que iluminó las claves espirituales y artísticas de una obra tan opaca y de tanta fuerza expresiva y en la que las luces y las sombras conviven con tanta naturalidad- vivir según la Imaginación es el secreto de la vida.”

Por eso la obra de Blake, con su fusión de lo plástico y lo verbal, encuentra un espacio propio en el que se conjuntan el tiempo histórico y el tiempo mitológico, la poesía y la pintura, en el territorio común de la imagen, compartida por dos artes que Blake entiende, igual que las civilizaciones orientales, como una forma de meditación. 

El glosario final de conceptos, nombres y referencias, con casi un centenar de páginas, traza un atlas utilísimo para orientarse en el universo visionario de Blake, complejo y laberíntico, deslumbrante y simbólico, exuberante y frondoso como una selva de revelaciones que toman cuerpo en las palabras y los grabados asombrosos de aquel irrepetible bardo profético.

Un escritor tan irrepetible como Blake se merecía dos volúmenes tan excepcionales como estos. 

Santos Domínguez



02 mayo 2014

Derek Walcott. Pleno verano


Derek Walcott.
Pleno verano. 
Poesía selecta (1948-2004).
Edición bilingüe.
Traducción de José Luis Rivas.
Vaso Roto Esenciales Poesía. Madrid, 2012.


La mitad de mis amigos están muertos.
Te daré otros nuevos, dijo la tierra.
No, en vez de eso, devuélvemelos como eran,
con defectos y todo, grité.

Robar puedo esta noche sus palabras
al confuso rumor del oleaje
entre los juncos, pero no andar a solas

sobre las hojas del océano que la luna baña
por aquel blanco camino,
ni cernirme en el vuelo, propio de un sueño,

de los búhos ya libres del peso de la tierra.
Los amigos que guardas, oh tierra,
son más que aquellos que dejaste para amar.

Al pie del farallón brillan los juncos, verdes, plateados;
fueron lanzas seráficas de mi fe,
pero de eso que está perdido crece algo más fuerte

que irradia el resplandor racional de la piedra,
tenaz claro de luna, más allá de la desesperación,
resuelto como el viento, que entre divisores juncos

trae delante de nosotros a los que amamos, como eran,
con defectos y todo, no más nobles, pero aquí.

Ese magnífico Juncos de mar, de Derek Walcott, es uno de los poemas antológicos de Pleno verano, una amplia selección de su poesía que publica Vaso Roto en una cuidada edición bilingüe en tapa dura y con una espléndida traducción de José Luis Rivas.

Una selección de poemas que entre En una noche verde y El hijo pródigo reúne una muestra significativa de libros como El náufrago y otros poemas, Otra vida, Uvas de la playa, El reino del caimito, Dichoso el viajero, A mitad del verano o esa cima de la poesía contemporánea que es el poema épico Omeros, traducido memorablemente también por José Luis Rivas hace veinte años.

Solares y marítimos, estos textos recorren los temas característicos del universo poético de Derek Walcott, un poeta total dueño de un mundo literario que anula el tiempo y el espacio para reunir en sus páginas los días mediterráneos de Ulises con la luz caribeña de una playa antillana.

Un mundo poético ubicuo e intemporal, clásico y mestizo, y una poesía de la imagen y la mirada en que se funden la insularidad y el viaje, la mitología griega y el paisaje del Caribe, el presente y la nostalgia, la memoria del paraíso y el mar, entre una orilla y otra, bajo las nubes cambiantes y sobre las olas insistentes, bajo la luz del tiempo y sobre el mar de la historia en esta actualización del tópico elegíaco Ubi sunt?:

¿Dónde están sus monumentos, sus batallas, sus mártires?
¿Dónde su memoria tribal? Están, señores, 
en esa bóveda gris. La mar. La mar 
los puso bajo llave. La mar es la Historia.

Con la exuberancia formal que parece ser un rasgo estilístico común a los poetas caribeños, a su paisaje natural y a su mundo multicultural –ahí estuvieron  antes Saint John Perse en francés y Lezama Lima en castellano-, la potencia verbal y metafórica de Walcott construye una poesía de los sentidos y de la inteligencia en la que conversan las razas, las épocas y los espacios.

Una poesía que evoca naufragios memorables y derivas ancestrales de mitos eternos en un mar sin tiempo, en las aguas antillanas donde confluyen las herencias europeas, orientales o africanas con la presencia siempre renovada de lo americano como encrucijada de tradiciones y culturas, como en este magnífico Mapa del Nuevo Mundo:

Archipiélagos

Al final de esta frase, comenzará la lluvia.
Al filo de la lluvia, un velero.

Poco a poco el velero perderá de vista las islas;
se desvanecerá en la bruma
la fe en los puertos de una raza entera.

La guerra de diez años ha terminado.
La cabellera de Helena: una nube gris.
Troya: un foso blanco de ceniza
a orillas de la mar donde llovizna.

La llovizna se tensa como las cuerdas de un arpa.
Un hombre con la vista empañada presiente la lluvia
y tañe el primer verso de la Odisea.

Más de medio siglo de escritura potente y vital, marítima y terrestre, poblada de luminosas metáforas que hacen el milagro de aniquilar las edades y las fronteras para convertir lo fugaz en eterno y lo local en universal, en unos poemas en los que las olas de ahora crepitan en la cultura que viene de Ovidio, una camarera desprecia a Helena bajo la música disco mientras el poeta espera la cuenta sentado en la terraza y Aquiles cambia su arpón por un machete bajo la mirada de este Homero antillano que nació en Santa Lucía en 1930.

De la estirpe de Homero, al que consagró su libro más conocido, épico y lírico, hímnico y elegiaco, narrativo y elíptico, Walcott resume en sus versos de largo aliento una mirada mestiza unitaria sobre la vida y la muerte, sobre la naturaleza y el hombre, como en Un mapa de Europa:

La luz crea su propia calma. En su anillo
todo ES. Una quebrada taza de café,
una hogaza partida, un ánfora abollada,
llegan a ser ellos mismos, como en Chardin,
o en el brillo color cerveza de Vermeer,
y no objetos que nos muevan a compasión.

En esto no hay lacrimae rerum,
ni arte. Solo el don de ver las cosas
como son, demediadas por una oscuridad
de la que no pueden librarse.


Santos Domínguez

30 abril 2014

Heaney. Conferencias de Oxford


Seamus Heaney.
La reparación de la poesía.
Conferencias de Oxford.
Traducción de Jaime Blasco.
Vaso Roto Fisuras. Madrid, 2014.

Con una más que meritoria traducción de Jaime Blasco, Vaso Roto publica en su colección Fisuras diez de las conferencias que el poeta irlandés Seamus Heaney (Derry, Irlanda del Norte, 1939-Dublín, 2013) impartió en Oxford entre 1989 y 1994, en los años en que desempeñó en aquella universidad la cátedra de Poesía.

Enmarcadas entre dos ensayos que abordan desde una perspectiva general el sentido de la poesía en el mundo contemporáneo, el título de la primera es el que Heaney eligió para reunir estas conferencias que afrontan la función reparadora de la poesía en una serie de autores y textos representativos de la poesía inglesa, irlandesa o estadounidense, de Marlowe a Elizabeth Bishop pasando por Wilde, Dylan Thomas, Yeats o Larkin.

Así explica Heaney esa reparación de la realidad que produce la poesía: si consideramos que nuestra experiencia del mundo es un laberinto, su naturaleza infranqueable puede sin embargo contrarrestarse si el poeta imagina un equivalente a ese laberinto y se regala (y nos regala) una experiencia intensa de ese sustituto. Un acto de estas características sólo puede intervenir en la realidad al ofrecer a la conciencia la oportunidad de reconocer el propio sufrimiento, de prever sus capacidades y de ensayar sus réplicas ante todo tipo de situaciones arriesgadas, algo que resulta en un acontecimiento beneficioso, tanto para el poeta como para los lectores. Ofrece una respuesta a la realidad que posee un efecto liberador y verificador sobre el espíritu individual.

Al frente del volumen, Heaney colocó una introducción en la que habla de la frontera de la escritura: no solo de la más obvia, la que distingue el lenguaje convencional del lenguaje poético, sino sobre todo de la línea que separa el mundo cotidiano de su representación poética, la realidad palpable de la que solo se hace visible con la poesía. En definitiva, la expresión figurada como cauce de representación de la realidad transfigurada por la poesía. 

Esa exploración del otro lado de la frontera fue también el eje de su última conferencia, con la que se despidió de Oxford y que cierra también el libro con la necesidad de que la poesía dé, con su propio lenguaje, no con el convencional, una respuesta responsable a la realidad. 

Esos dos centros temáticos –la reparación de la poesía y la frontera de la escritura- vertebran un conjunto que aborda la poesía como una forma de conocimiento más hondo de la realidad, el compromiso político y su utilidad social, puesta en cuestión desde la República de Platón. 

Y hay un punto donde confluyen esas dos líneas centrales y convergentes, la reparación y la frontera, la conciencia individual y la colectiva: en la propuesta de Heaney acerca del necesario equilibrio entre la capacidad inventiva de la poesía y la representación de la realidad, de manera que la obra mantenga su integridad artística sin renunciar a su relación con el mundo:

En estas circunstancias, es natural que se exija a la poesía que preste su voz para expresar un sinfín de cuestiones étnicas, sociales y políticas que hasta ahora no han podido manifestarse. Lo cual significa que se apela constantemente a su capacidad reparadora en la primera acepción que hemos atribuido a esta expresión: como vehículo capaz de denunciar y corregir injusticias. Pero al desempeñar esta función, los poetas corren el riesgo de despreciar otro imperativo, a saber, el de reparar la poesía en cuanto poesía, el de entenderla como una categoría por sí misma, un prestigio que se alcanza y una presión que se ejerce a través de medios específicamente lingüísticos.

Un equilibrio difícil entre forma y fondo, entre ambición expresiva y voluntad representativa que cuando se produce, como en Dante o en Yeats, hace de la poesía una composición equilibrada, o en palabras de Heaney un modelo activo de conciencia integradora que explica la poesía de George Herbert como una tercera vía alternativa.

La poesía transgresora de Marlowe, la sencillez aparente del genio monolingüe que fue John Care, la Balada de la cárcel de Reading, el poema wildeano de la solidaridad humana /.../ que suena como los violines de Mantovani, la potencia genuina de la poesía de Dylan Thomas en textos como “No entres dócilmente en la noche callada,” la actitud ante la muerte de Yeats y Larkin, son algunos de los temas que aborda Seamus Heaney en estas espléndidas conferencias que resumen y desarrollan su idea de la poesía como fuente de verdad y a la vez vehículo de la armonía.

Unas conferencias que vuelven a mostrarnos a un Heaney que además de poeta imprescindible fue un lector equilibrado, sin prejuicios y sin complejos y un crítico de una lucidez admirable que nunca mira de reojo porque desconoce la envidia.

Santos Domínguez

28 abril 2014

Méndez Ferrín. Arraianos



Xosé Luís Méndez Ferrín.
Arraianos.
Traducción de Luisa Castro.
Hoja de Lata Editorial. Gijón, 2013.

Como otros escritores del noroeste, desde Cunqueiro a Antonio Pereira, pasando por Celso Emilio Ferreiro, Luis Mateo Díez o José María Merino, Xosé Luís Méndez Ferrín es además de un espléndido poeta un narrador portentoso.

De esa capacidad narrativa da buena muestra Arraianos, un conjunto de diez relatos que recupera Hoja de Lata Editorial con una estupenda traducción de Luisa Castro, poeta también, que ha sabido poner en español la calidad y la potencia de la prosa de Méndez Ferrín.

Diez textos cuya clave explica Méndez Ferrín en la presentación de un volumen que está poblado de gentes transgresoras que se mueven entre montañas y por navas y eriales en las que el poder político pusiera un día una Raya imaginaria que nunca logró separar totalmente al pueblo que llamamos portugués de su Norte gallego, y viceversa. Los hombres y las mujeres de La Raya fueron llamados arraianos, y lo siguen siendo a su paso por los cuentos aquí reunidos.

En ese territorio de frontera, no sólo geográfica o administrativa, sino sobre todo vital, transcurren estos relatos que se mueven en los límites de la realidad y la imaginación, entre la historia y el mito, entre lo cotidiano y lo misterioso.

Ese es el territorio del realismo mágico, que tuvo en Valle-Inclán su profeta y en Castelao, Cela o Torrente Ballester algunos de los nombres que se suman a ese irrepetible terreno de la literatura occidental peninsular.

Ambientados en el mismo espacio geográfico y cultural, en esa raya seca entre Galicia y Portugal en la que el tiempo se ha encapsulado en un eterno presente mítico e invariable que tiene como referencia constante la mole del monte Penagache y el entorno mágico de Celanova, los diez cuentos de Arraianos ocurren en distintas épocas, desde el XIX de las guerras carlistas hasta la posguerra franquista, pero están unidos por un mismo tono y por una continuidad temática que aseguran su homogeneidad por encima de las superficiales diferencias temporales.

En la frontera de la normalidad en la que lo mágico irrumpe en lo cotidiano, en un mundo que está fuera del mundo, en un espacio literario que se sitúa entre la superstición y el mito, entre la realidad y el sueño, entre el amor y el horror, entre el pasado y el futuro, en una tierra antigua habitada por personajes raros y transgresores, por cuerpos abiertos, encamados con una rara vida muerta dentro en Lobosandaus, por personajes que viven en aldeas de un trasmundo de niebla que está en la frontera entre la vida y la muerte.

Un mundo de poseídos y males de ojo, como el de Medias azules, con dos que van a mozas y dan con dos meigas jóvenes y gemelas y una maldición circular en las que los devora una noche de niebla, en unas tierras dedicadas al lino, entre la última carta frustrada de un conspirador decimonónico condenado a muerte,  la denuncia de la barbarie de la represión fascista en la guerra en Ellos, la clandestinidad y el miedo de la posguerra en Botas de elástico, la venganza en Un castillo en los Páramos, la fantasía de un vencido echado al monte o la Quinta Velha do Arranhão, que da título al cuento que cierra el volumen y que reúne en su atmósfera fantasmal y en su trama secreta muchas de las características temáticas, ambientales y estilísticas de estos diez relatos excepcionales, escritos con una variedad de técnicas, voces y perspectivas narrativas que delata al magnífico escritor que es Méndez Ferrín.

Traducido a distintas lenguas y reeditado varias veces desde su primera edición en 1991, Arraianos es ya un clásico de la literatura gallega contemporánea. Hace veinte años que se tradujo al castellano, pero esta edición es una nueva oportunidad para que este libro irrepetible tenga la repercusión que no tuvo hace dos décadas y que merece su calidad de clásico contemporáneo.

Santos Domínguez

25 abril 2014

Baudelaire. El esplín de París


Charles Baudelaire.
El esplín de París.
Traducción e introducción 
de Francisco Torres Monreal.
El libro de bolsillo. Alianza Editorial. Madrid, 2014.

Multitud, soledad: términos equivalentes, y equiparables para el poeta activo y fecundo. Quien no sabe poblar su soledad, tampoco entiende de andar solo en medio de una muchedumbre ajetreada.

El poeta goza del incomparable privilegio de poder ser, a su antojo, él mismo y otro. Al modo de esas almas errantes en búsqueda de un cuerpo, el poeta entra, cuando bien le parece, en la persona de cada cual. (...)

El paseante solitario y pensativo extrae una singular borrachera de esta universal comunión. Aquel que con facilidad se desposa con la muchedumbre  experimenta  goces febriles de los que por siempre se verán privados el egoísta, aherrojado como caja de caudales, y el perezoso, recluido cual molusco. El paseante solitario adopta como suyas todas las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias que las circunstancias le deparan.

Esos párrafos, de Las muchedumbres, uno de los poemas en prosa de El esplín de París, de Charles Baudelaire, que publica Alianza Editorial con traducción y prólogo de Francisco Torres Monreal,  forman parte –igual que otros textos memorables del libro, como Invitación al viaje o Las ventanas- del canon del que surge la poesía contemporánea a partir de Las flores del mal.

Cuando Baudelaire dio por terminadas esas flores malsanas que acercaban la vida a la literatura y suponían la desacralización del arte y el artista, empezó a escribir con una discontinuidad que ocupó los diez últimos años de su vida, los poemas en prosa del Esplín de París, el contrapunto de Las flores del mal, su réplica en prosa. 

La relación entre ambas obras es evidente: Spleen e ideal se titulaba la primera parte de Las flores del mal; Cuadros parisienses la segunda, con la misma incursión en la ciudad como fondo y como tema, pero hay además un mismo tono moral, un punto de vista parecido, una tonalidad lírica semejante que a veces se convierte en una reescritura. Las viudas, por ejemplo, es una réplica explícita de Las viejecitas, un poema de Las flores del mal. 

En las dos obras, el caos movedizo de la gran ciudad se convierte en el paisaje literario y vital que sirve de fondo a la exaltación del presente y a la conciencia de sí mismo del artista, relegado al anonimato de las multitudes y la vida moderna, habitante de los márgenes sociales -como el mendigo, el loco o el viejo saltimbanqui que aparecen en estos textos- y con una capacidad crítica que siglo y medio después siguen mostrando una voz asombrosamente contemporánea.

Baudelaire vivió entre 1821, el mismo año que murió Napoleón, y 1867, el año en que Marx publicaba El capital. Entre esas dos fechas transcurrió la vida de uno de los fundadores de la modernidad y el autor que más ha influido en la poesía contemporánea, no sólo por haber creado el género del poema en prosa, una de las formas características de la modernidad, sino por haber incorporado en estos textos alguno de sus temas fundamentales como el reflejo de una identidad borrosa y desvanecida, la obsesión por el paso del tiempo o el tedio que aparece en el título.

Lo resumió en el comienzo de Las muchedumbres:  

No a todos es dado tomar un baño de multitud; gozar de la muchedumbre es un arte; y únicamente puede, a expensas del género humano, permitirse un exceso de vitalidad aquel a quien un hada insufló ya en su cuna el gusto por el disfraz y por la máscara, el odio al domicilio y la pasión por el viaje.

Aunque algunos de ellos habían ido apareciendo desperdigados en revistas de la época, los cincuenta textos que forman la arquitectura definitiva del libro se publicaron póstumos y son el reflejo de un hastío heredero del mal du siècle de los románticos. 

Un hastío que explora la distancia entre la realidad y el deseo y se convierte a la vez en impulso autodestructivo y en motor de una creatividad que –como señala Francisco Torres Monreal en su introducción- es la expresión lírica, egocéntrica, del propio autor. En el poema en prosa (...) Baudelaire se dice a sí mismo.”

Santos Domínguez

23 abril 2014

El marqués y la esvástica


Rosa Sala Rose.
Plácid García-Planas.
El marqués y la esvástica.
César González-Ruano 
y los judíos en el París ocupado.
Anagrama. Barcelona, 2014.

En una entrevista en ABC, su casa de toda la vida, el 14 de octubre de 1965, le preguntaba el reportero devoto a César González-Ruano: ¿Puede el escritor ayudar al hombre? ¿Cómo? A lo que contestaba el maestro de periodistas: -Con su sinceridad. Sirviendo de ejemplo bueno o malo, pero de ejemplo, de punto de comparación y de comprobación.

Quien desconoció la sinceridad estaba dando sin saberlo la clave de lectura de El marqués y la esvástica, un excelente ensayo que publica Anagrama y que es el resultado de una ardua labor de investigación de Rosa Sala Rose y Plácid García-Planas.

Sablista profesional y desahogado, Yago en versión ibérica, González-Ruano vivió como un marqués sin serlo, instalado en la impostura de un título –marqués de Cagigal- que no tenía y de una lejana relación bastarda con Alfonso XIII – cuñado por la parte izquierda-, puso su pluma mercenaria al servicio de la propaganda nazi, redujo su literatura a calderilla, como ha explicado hace poco Eduardo Moga, y escribía artículos venales que cobraba dos veces. Su vida y su obra son un ejemplo de cómo el talento puede llegar a ser una cuestión menor si cae en manos de un personaje sin escrúpulos.

El suyo fue un mal ejemplo continuo que tiene su punto más alto en los años de corresponsalía en el Berlín del III Reich, en la Roma de Mussolini y en el París ocupado. En esos años en el corazón de la infamia y del crimen se fraguó la leyenda negra andorrana, que ni es negra ni es leyenda, sino siniestra realidad cuyos detalles en torno a la N-20 exploran minuciosamente Rosa Sala Rose y Plácid García-Planas, que dibujan el perfil completo de un estafador sin escrúpulos que enviaba a una muerte segura a decenas de personas a las que previamente había saqueado a cambio de unos papelitos en clave que no eran más que una variante de otros timos.

“Vivía del trapicheo en el mercado negro, del proxenetismo y del tráfico de salvoconductos”, decía de él un informe alemán en París. Inmunizado frente a la verdad  -La verdad, la verdad pura, apenas sirve para nada- y activista siniestro de ladelación, González-Ruano solía atribuir sus vilezas a terceros, pero hasta los alemanes se alarmaron de sus chanchullos en el París colaboracionista. 

Detenido en junio de 1942 como sospechoso de traición –había hecho de ello su hábito-, los alemanes le tuvieron encerrado en la prisión de Cherche-Midi durante dos meses y medio y le dejaron libre tras  servirse de las delaciones contra sus compañeros de cárcel y después de un interrogatorio de la Gestapo que vuelve a dar la talla del cinismo del personaje:

-Entonces usted no ha querido favorecer a los judíos, usted solo ha querido estafarlos. 
-Sí. 
-Usted no es un agente de los judíos, usted solo es un sinvergüenza.
-Exacto.

De su biografía vergonzosa ya se conocían muchos de los datos en los que ahora profundiza este libro. La novedad fundamental de El marqués y la esvástica es el descubrimiento en los archivos franceses de la Gestapo del proceso contra González-Ruano y la condena a veinte años de trabajos forzados en 1948, ya en la Francia liberada, por colaboracionista.

Alguna vez definió González-Ruano su oficio de periodista como una forma de tocarles los cojones a los ángeles, pero no pasó de tocarle los pies al diablo, su pariente cercano.

Llamarle pícaro, además de una falsedad edulcorante, es un rasgo de piedad que el personaje no merece ni hubiera comprendido. 

Santos Domínguez

22 abril 2014

Dos novedades de Ardicia




António Patrício.
Vigilia inquieta.
Traducción de Julio Reija.
Ardicia Editorial. Madrid, 2014.



Alexandr Herzen.
Doctor Krupov.
Traducción de Sara Gutiérrez.
Prólogo de Enrique López Viejo.
Ardicia Editorial. Madrid, 2014.

Dos novedades de Ardicia. Dos cuidadas ediciones. Dos raros exquisitos.

Por un lado los cinco cuentos que António Patrício (Oporto, 1878-Macao, 1930) reunió en 1910 en Vigilia inquieta, el único libro de relatos, traducido ahora al español por Julio Reija, de un poeta simbolista, decadente e irracionalista de fin de siglo, marcado por el nihilismo de Nieztsche, una referencia explícita en la cita que eligió para abrir el volumen.

Nocturnos y desasosegantes, tramados en un lugar intermedio entre el sueño y la vigilia y situados en una zona de frontera entre la razón y la locura, Pessoa definió el conjunto de estos cinco relatos como el más perfecto de los libros de cuentos escritos en Portugal. 

Protagonizados por seres raros y marginales como el mendigo Veiga, insomne y desolado, por un niño moribundo y lúcido junto a su madre, por un hombre de las fuentes, estos cuentos se asoman a esa “ojiva de misterio” que aparece en uno de ellos. Cinco relatos atravesados por la presencia continua de la muerte y escritos con la calidad de la prosa estilizada y precisa de quien fue poeta antes y después que narrador.

El otro volumen reúne, traducidas por Sara Gutiérrez y prologadas por Enrique López Viejo, dos novelas cortas -Doctor Krupov (1847) y La urraca ladrona (1848)- de Alexandr Herzen (Moscú (1812)-París(1870). 

Sutileza, ironía y pesimismo recorren los dos relatos que sitúan al individuo sometido al sistema social: una indagación del psiquiatra Krupov sobre la locura como hecho social y sobre la fragilidad de los límites de la cordura y un precoz alegato feminista en el contexto de la servidumbre institucionalizada en la Rusia zarista de Nicolás I. 


Santos Domínguez

21 abril 2014

Manual de filosofía portátil



Juan Arnau.
Manual de filosofía portátil.
Atalanta. Memoria mundi. Gerona, 2014.

Una frase de Kierkegaard –“Hay que tomar las aguas desde más arriba”- orienta el sentido de la ruta narrativa por la historia de la Filosofía que traza Juan Arnau en el Manual de filosofía portátil que acaba de publicar Atalanta.

La razón es muy simple – explica Arnau en  la introducción-. Hay que empezar con lo que está vivo, con el ahora donde respira el hábito, con el presente de la percepción y la conciencia. Esta nueva perspectiva ofrece interesantes paisajes. Desde ella puede verse un repliegue en lugar de un despliegue, porque –añade- el hombre moderno es incapaz de enfrentarse a la experiencia antigua, queda demasiado lejos, pero quizá sea posible marchar hacia ella.

Con ese talante narrativo, del que Juan Arnau dio muestras ya en El cristal Spinoza, se aborda este viaje inverso que en diecinueve etapas remonta desde Lévi-Strauss aguas arriba la corriente del conocimiento para llegar al río irrepetible de Heráclito.

Así resume su hoja de ruta el piloto de esta nave:

Al portátil no le resulta difícil ni artificioso invertir la flecha del tiempo, sintoniza con facilidad con la vieja idea del eterno retorno, para la cual todo pasado es futuro y toda reminiscencia profecía. La historia viva de la filosofía portátil se inicia así en un momento preciso del siglo XX (no importa mucho el que elijamos) y culmina en las colinas de Éfeso (allá por el siglo V antes de nuestra era). Empezaremos con la espantada de Lévi-Strauss, que huye de la filosofía profesional de la Sorbona y se refugia en el pensamiento salvaje de Brasil. Seguiremos con Wittgenstein, quizá el filósofo más influyente del siglo pasado, un siglo de guerras en cuyas trincheras redacta el Tractatus. A partir de ahí remontaremos la corriente hasta el corazón de las tinieblas, donde Heráclito asegura que «el orden es siempre reversible».

Los capítulos de esta espléndida y cercana historia de la filosofía se centran en un episodio significativo de la biografía de cada autor y combinan el rigor con una tonalidad narrativa. De esa manera se articula un volumen en el que se conjuntan la filosofía y la vida para hallar un punto de encuentro entre narración y conocimiento, entre pensamiento y biografía a través de escenas en las que se suceden como actores los protagonistas de distintos momentos esenciales de la búsqueda filosófica.

Una búsqueda en la que no falta un poeta como Novalis, que –como Homero, los presocráticos o Platón- habita un territorio de asombro, búsqueda y conocimiento compartido por la filosofía y la poesía.

Cínicos algunos, joviales los menos, astutos los más -que esas son las tres categorías de filósofos que distingue Arnau-, por estas páginas de filosofía portátil navegan Lévi-Strauss en busca de una verdad caminera y lejana en las estructuras narrativas de los mitos bajo las palmeras salvajes; Wittgenstein y su nuevo pensamiento analítico en las trincheras en vanguardia de la Gran Guerra; la aventura espiritual, el genio y la demencia de un Nietzsche iconoclasta y ditirámbico; las etapas del pensamiento de Kierkegaard y su salto hacia la desesperación lastrado por los grilletes de la melancolía; la imaginación mineral de Novalis, que exploró la relación entre el yo y el universo sin salir de su ámbito doméstico y habló del tiempo como espacio interior y del espacio como tiempo exterior; la filosofía de la sospecha en Kant, que trazó en Königsberg una transcendental línea crítica de consecuencias que no pudo sospechar su moderada prudencia, o la simpatía de Hume y su concepción de la causalidad, equidistante de la metafísica y del racionalismo.

Y así, con paradas en la emoción geométrica de Spinoza, en el genio de Leibniz en torno a la armonía de las mónadas y a la continuidad de los universales, Arnau escribe sobre la relación estrecha entre vida y ensayo de Montaigne en su torre, evoca el itinerario geográfico e intelectual de Tomás de Aquino, la pelea entre espíritu y carne en el pensamiento y en la vida apasionada y activa de Agustín de Hipona, que clausura una época e inaugura otra era filosófica; recuerda a Aristóteles en su itinerancia peripatética; se fija en la equiparación platónica de conocimiento y reminiscencia órfica; sitúa a Empédocles entre el materialismo naturalista y el misticismo, los versos de Parménides en el camino de la verdad y a Heráclito como filósofo del devenir y de la unidad del ser.

Un espléndido libro que cumple el designio de su autor, que se lo planteó como un esfuerzo por sacar el pensamiento de la solemne reclusión a la que ha sido sometido por escolásticos y académicos. Un modo de conjurar esa manía erudita de hablar únicamente para aquellos que comparten cátedra o facultad. Para ello no es necesario volver la espalda a la metafísica o a la filosofía como sistema, sólo hace falta abandonar presuntuosas vanidades y hacer que la claridad y el diálogo se abran paso para que tengan una utilidad más allá de la mera información y puedan así tonificar el espíritu.

Santos Domínguez