28 marzo 2012

En huelga

Todo Sherlock Holmes


Arthur Conan Doyle.
Todo Sherlock Holmes.
Edición y prólogo de Jesús Urceloy.
Bibliotheca AVREA Cátedra. Madrid, 2012.

La historia de la literatura traza a veces relaciones secretas y azarosas entre los textos, sus autores y los personajes que imaginaron alguna vez de forma esporádica o persistente.

Es evidente la afinidad de la pareja Don Quijote-Sancho y Holmes-Watson, personajes persistentes en la imaginación de Cervantes y de Conan Doyle. Pero más allá de esa relación evidente y de otras afinidades que los convierten en seres complementarios, hay entre ellos un vínculo que los une caprichosamente en el territorio de lo apócrifo.

Igual que don Quijote nunca pronuncia ese “ladran, luego cabalgamos” que la ignorancia iletrada le atribuye, Holmes nunca le dice a su ayudante esa manida frase “Elemental, querido Watson”. Tan llena de suficiencia como falsa, la crearon los guionistas que adaptaron al cine algunos de los relatos más famosos del inquilino del 221 B de Baker Street.

Pero es lo que pasa con los clásicos, que están en boca de quien no los leen y llegan a imaginarse a Hamlet diciendo ese Ser o no ser que nunca declama ante la calavera de Yorick.

Para que no todo sean inconvenientes, los clásicos tienen la virtud de seguir vivos, cumpliendo años sin daño y con un vigor que en el caso de Sherlock Holmes alimenta el inconsciente colectivo más allá de la literatura.

Por eso, porque Holmes cumple 125 años desde aquel 1887 en que se publicó Estudio en escarlata, Cátedra recupera la imprescindible edición de todas las aventuras del detective que ha quedado como símbolo de la capacidad deductiva y de la lógica de la observación de los detalles.

Jesús Urceloy explicaba en el prólogo de 2003 la particularidad de esta edición:

“Se trata de la exposición íntegra en un solo libro de todas las aventuras de Sherlock Holmes, y al mismo tiempo ordenadas éstas según la edad del protagonista.”

Entre Estudio en escarlata y El último saludo, sesenta historias -cuatro novelas y cincuenta y seis relatos- que permiten comprobar la inteligencia implacable y el ingenio del detective creado por Conan Doyle.

Detective y caballero llama a Holmes el magnífico microensayo anónimo que incluye siempre en sus solapas esta espléndida colección. Se leen allí observaciones como esta:

Si don Quijote tuvo su narrador —algún tanto oscurecido por obra de intérpretes y traductores—, también Sherlock Holmes tuvo el suyo, y tanto el doctor Watson como Mycroft y el propio Holmes se mostraron casi siempre por encima de las posibilidades de sir Arthur. En ambos casos hubo crítica interna. Desde el momento en que don Quijote se supo en letras de imprenta, se vio «pensativo» e inquieto, imaginando cómo lo habría tratado su historiador, y ya desde el principio lamentó que el autor se valiera «de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir» de los suyos (II,3). También Holmes vapuleó con cierta displicencia a su cronista, que tan orgulloso se sentía del "Estudio en escarlata":

«—Lo miré por encima —dijo [Holmes]—. Sinceramente, no puedo felicitarle por ello. La investigación es, o debería ser, una ciencia exacta, y se la debe tratar del mismo modo… Algunos hechos hay que suprimirlos o, al menos, hay que mantener cierto sentido de la proporción al tratarlos. El único aspecto del caso que merecía ser mencionado era el curioso razonamiento analítico, de los efectos a las causas, que me permitió desentrañarlo» (SC, 1)

El volumen añade seis apéndices: la relación completa de las aventuras de Sherlock Holmes y de todos los casos conocidos, tanto narrados como citados y no narrados en detalle; comentarios notas finales y curiosidades sobre los textos narrados; una addenda con tres poemas semiapócrifos; un epílogo con dos textos preliminares; y un índice alfabético descriptivo de los personajes que aparecen en las distintas historias.

Santos Domínguez

27 marzo 2012

Dickens. La Casa lúgubre


Charles Dickens.
La Casa lúgubre.
Traducción de Alberto Reyes.
Debolsillo. Barcelona, 2012.

Habitualmente traducida al español como Casa desolada, Bleak House es para la crítica contemporánea la mejor novela de Dickens, su empresa más compleja y memorable, como indicó Harold Bloom cuando la destacó como una novela imprescindible en El canon occidental.

La espléndida traducción de Alberto Reyes que acaba de publicar Debolsillo se ha titulado –a última hora, con la portada ya diseñada-, seguramente por algún problema de derechos, La Casa lúgubre, y va precedida de un agudo prólogo de Chesterton, que hace un profundo análisis de su trama, sus ambientes y sus personajes.

No es el único novelista que se ha acercado a esta obra de Dickens. Nabokov le dedicó un estupendo ensayo que forma parte de su Curso de Literatura Europea en el que exploró la red de relaciones que conecta los temas y los personajes de la novela.

Y sin embargo, La Casa lúgubre, que Dickens publicó en veinte entregas de 1852 a 1853, no tuvo una buena acogida entre sus contemporáneos, seguramente porque utilizaba unos planteamientos técnicos avanzados para su época, porque –como señaló W. J. Harvey- su doble sistema de narradores proponía “un elaborado experimento de narración y de composición argumental, único en Dickens.”

Si fue la peor valorada en su momento quizá fuese también por su complejidad argumental y por un radical cambio de tono narrativo. Porque esta es su obra central, pero también la más sombría de sus novelas desde su arranque en un noviembre lluvioso en el que la niebla, el barro y el humo se adueñan del panorama de un Londres fantasmagórico.

Ese comienzo memorable y simbólico marca el mundo narrativo de la novela, centrada en el mundo de los tribunales de justicia. Marcada por una niebla que no levanta en toda la obra y que acaba por invadir los espacios interiores, La Casa lúgubre es una sátira de la burocracia que contiene una trama policiaca.

Dickens es aquí un maestro del claroscuro que se mueve entre el humor y la denuncia y abandona la narración en sarta que había caracterizado sus anteriores entregas para utilizar una estructura cíclica.

No es la única novedad: además prescinde de personajes errantes o erráticos y asume Londres como eje ambiental de una concentrada unidad de lugar y un eje temático de referencia: el prolongado pleito en torno al que se organizan las tramas y los personajes.

Pero La Casa lúgubre es mucho más que un mero recorrido por el mundo de los niños pobres, de la Cancillería y de la maraña detectivesca y judicial que la envuelve como la niebla. Un Dickens poderoso, en su plenitud estilística y en su obra más intensa, crea aquí uno de sus personajes más acabados: Esther Summerson, cuya rememoración del porvenir la conecta con Kierkegaard y la convierte en un personaje prekafkiano.

No es el único personaje consistente y perdurable de los muchos que recorren esta obra maestra: el abogado Tulkinhorn, Harold Skimpole, Mr. Bouythorn, el detective Bucket o John Jarndyce completan una obra en la que el lector encontrará una representación global del mundo y de la vida.

En sus páginas hay intriga y enredos, personajes despreciables y criaturas deslumbrantes, acciones ruines y admirables, altura literaria y ritmo narrativo. De todo menos tedio.

Santos Domínguez

26 marzo 2012

Jacques el fatalista


Denis Diderot.
Jacques el fatalista.
Traducción de
María Fortunata Prieto Barral.
BackList Clásicos. Barcelona, 2012.

¿CÓMO se habían encontrado? Por casualidad, como todo el mundo. ¿Cómo se llamaban? ¿Qué os importa eso? ¿De dónde venían? Del lugar más cercano. ¿Adónde iban? ¿Acaso sabe nadie dónde va? ¿Qué decían? El amo no decía nada; y Jacques decía que su capitán decía que todo cuanto nos acontece de bueno y malo aquí abajo está escrito allá arriba, en el cielo.

AMO
Mucho decir es eso...

JACQUES
Mi capitán añadía aun que cada bala disparada de un fusil sale con su billete de destino.
AMO
¡Y cuánta razón tenía!

Con esa declaración de principios que explica la clave del título comienza Jacques el fatalista, una de las más deslumbrantes piezas de ficción jamás escritas, en palabras de Félix de Azúa que define esta novela como el artificio más moderno del siglo XVIII y ve en su protagonista un precedente del agrimensor kafkiano.

Diderot trabajó en ella durante veinte años, pero no se publicó hasta 1796, doce años después de su muerte.

Satírica y filosófica, delirante y transgresora, de estructura compleja y trama divertida, Jacques el fatalista, heredera de la ironía de Cervantes y del buen humor de Sterne, es un soplo de libertad en el reglado y racional siglo de las luces.

Desde su comienzo es una provocación, una ruptura con las convenciones del género, con la noción misma de realidad, pero también una afirmación de la libertad que caracteriza a la novela moderna desde su fundación.

La ambigüedad de lo real que estaba en la base del Quijote es también fundamental en Jacques el fatalista. Porque hasta lo único que parecía claro desde el principio, quién era el amo y quién el criado, se convierte en algo dudoso pocas páginas después.

La relación de dependencia entre el amo y Jacques sugiere una inversión de papeles semejante a la que se produce en la segunda parte del Quijote entre el caballero y Sancho también por efecto del valor dialéctico de la conversación.

Una influencia evidente que se completa con la relación episódica, constructiva y tonal con el Tristram Shandy de Sterne.

Crítica del relato, celebración de la ironía, la paradoja y la imaginación, esta novela itinerante y conversacional crea su propia realidad a través de cinco narradores y de una reunión de historias y de personajes extravagantes en una estructura de cajas chinas con la que unos relatos se encajan en otros mediante un sabio uso del diálogo.

Una conversación en voz alta y una explosión de impertinente libertad escribía Milan Kundera de esta novela que definía como un festín de la inteligencia, el humor y la fantasía /.../ sin el que la historia de la novela estaría incompleta.

BackList la ha recuperado en una espléndida traducción de María Fortunata Prieto con una sabia presentación de Barbara K. Toumarkine.

Santos Domínguez

25 marzo 2012

Europa al borde del abismo


Economistas aterrados.
Europa al borde del abismo.
Barataria. Barcelona, 2012.


Aunque hay quien prefiere seguir creyendo que la crisis mundial que comenzó en 2008 se debió a los derroches del último gobierno de Zapatero, todo parece indicar que, en realidad, la causa fue la acción conjunta de un grupo de banqueros, políticos y burócratas que se aprovecharon de la desregulación neoliberal de los mercados financieros internacionales para crear extraños y casi incomprensibles productos financieros con el único objetivo de acumular lucros escandalosos.

Que los países que más están sufriendo las consecuencias de esta crisis tengan hoy como ministros de economía o presidentes de gobierno a algunos de estos genios que desde sus altas poltronas de burócratas o banqueros obtuvieron ganancias pasmosas y no supieron prever la recesión que se avecinaba, va más allá de la ironía y el sarcasmo. Porque quienes crearon el problema con su avaricia y mostraron su incompetencia, hoy nos dicen que conocen la solución para el problema: austeridad. Pero, eso sí, antes recomendaron a los estados conceder ayudas cuantiosas a los bancos con deudas, que mágicamente se transformaron de privadas en públicas. Y de esta manera los estados, tras salvar a los ricos, son ya incapaces de atender a los pobres. Por eso necesitamos austeridad en forma de recortes. Si es fácil de entender.

Conforta saber que otros economistas, como los autores de este libro que acaba de publicar en España Barataria, que ya editó antes su manifiesto fundacional, proclaman no estar de acuerdo ni con el diagnóstico ni mucho menos con la terapia. Y que les sorprende que países más endeudados que Grecia y Portugal puedan financiar sus deudas a tipos de interés de auténtico saldo, mientras los antes citados, más Irlanda, Italia y España, son puestos al borde del abismo por una Unión Europea indolente, cerril y encorsetada por normas internas que impiden acudir al rescate de países en problemas. Una Europa que además, con sus propuestas de austeridad condena a nuestro continente a una recesión prolongada, y con sus recortes amenaza un modelo social que ha permitido vivir en paz a tres generaciones de europeos.

También anima la lectura del capítulo dedicado a Islandia, país cuyo gobierno preparaba el rescate de sus bancos (peligrosamente endeudados tras años volcados en la especulación financiera) con dinero público, cuando una serie de manifestaciones (en las que participó una quinta parte de los islandeses) seguidas de un referéndum, consiguieron algo tan sorprendente como obvio: obligar al gobierno a proclamar que las deudas privadas de estos bancos debían ser pagadas por sus propietarios y no por el estado.

Aunque deprimente, es también obligatoria la lectura del capítulo dedicado a nuestro país (España, doce años de ceguera) en el que se analiza en veinte magníficas páginas nuestro modelo económico, al que se califica de insostenible por estar basado en una burbuja inmobiliaria hinchada con dinero procedente del extranjero, y que sirvió para acabar con el paro a base de crear empleos de baja cualificación. Mientras gastábamos nuestro dinero (y el que nos prestaban) en comprar casas y destrozar lo que quedaba de nuestro litoral mientras la productividad del país bajaba de modo incesante, desatendíamos aspectos tan importantes como la formación y la investigación.

Hoy un panorama de casas vacías, parados sin formación y deudas impagables, ensombrece nuestro futuro. Y quienes nos gobiernan sólo nos ofrecen recortes y paro, porque aunque hasta el país más pobre y desgraciado puede recurrir a su Banco Central para que alivie sus deudas, nosotros, a causa del privilegio que supone estar bajo el control del Banco Central Europeo y protegidos por la fortaleza del euro y el virtuosismo del gobierno alemán, estamos a los pies de los mercados. Si es fácil de entender.


Jesús Tapia

24 marzo 2012

Camba. Playas, ciudades y montañas


Julio Camba.
Playas, ciudades y montañas.
Prólogo de Francisco Fuster.
Reino de Cordelia. Madrid, 2012.

Para conmemorar el cincuentenario de la muerte de Julio Camba, uno de los mejores prosistas de la primera mitad del siglo XX, Reino de Cordelia recupera Playas, ciudades y montañas, un libro de juventud que apareció en 1916 y recoge artículos de 1907 y 1908 sobre las experiencias de Camba en tres escenarios muy distintos –Galicia, Francia y Suiza.

Recorridos por la misma mirada personal del autor y por una prosa que une la agilidad y la precisión del periodismo a una alta calidad estilística, los textos de Playas, ciudades y montañas muestran a un Camba que está entrando en la madurez literaria y que se revela ya dueño de un mundo propio en el que caben la seriedad y el humor, el campo y la ciudad, el pasado y el presente, la provocación y la crítica, la reflexión y el ingenio.

Playas, ciudades y montañas, que no se publicaba en un volumen exento desde 1934, refleja ya de manera completa el universo de aquel coleccionista de viajes que fue Camba, de aquel articulista profesional en la prensa diaria obligado a la urgencia y a la síntesis, lo que le daba oficio y sustento, pero limitaba la extensión de su escritura –una superficie literaria de 150 centímetros cuadrados- y su capacidad para disfrutar del mundo:

El articulista –había escrito Camba- no puede gozar de nada, porque todo, en su organismo, se vuelve literatura, así como esos enfermos que no gozan de ninguna comida porque todas ellas se les convierten en azúcar. Esos enfermos son fábricas de azúcar, y nosotros somos fábricas de artículos.

Está en estos textos, escritos antes de la Primera Guerra Mundial, el mejor Camba, el que funde en la calidad de su prosa irónica y novecentista la neurastenia y la literatura, el bucolismo y el agua bicarbonatada, Constantinopla y la provincia de Pontevedra, Virgilio y las carreteras, la lírica cabeza del mirlo con la libertad de pensamiento y el arte de tirar bolitas de pan con la diligencia de Cambados.

Desde la isla de Arosa hasta Ginebra pasando por Compostela o el Barrio Latino de París, un Camba agudo y humorístico, irónico y cáustico mira la realidad con distancia crítica y emocional, con una perspectiva semejante a la que quería aquel Don Estrafalario de su paisano Valle-Inclán.

Una perspectiva que es la del extranjero extrañado, no la del turista, una de las bestias negras de Camba:

El inglés es turista por naturaleza. Yo he conocido en París ingleses que llevaban allí doce años y que seguían de turistas, hablando inglés, llamando la atención y haciendo el primo como si acabaran de llegar.

Un escritor todoterreno titula Francisco Fuster el prólogo que introduce esta cuidada reedición de Playas, ciudades y montañas, un escritor todoterreno -concluye el prologuista- que supo dominar como nadie el difícil arte de la brevedad, conciliando mar y montaña de la única forma que podía hacerse: en el espacio justo de una cuartilla.

Santos Domínguez

23 marzo 2012

Espacios en fuga


Alejandro Oliveros.
Espacios en fuga.
(Poesía reunida 1974-2010).
Edición de Antonio López Ortega.
Pre-Textos. Valencia, 2012.

En su último libro publicado hasta ahora, Poemas del cuerpo (2005), incluía Alejandro Oliveros (Valencia, Venezuela, 1948) este texto que delimita su concepto de la poesía, el último sentido de su mundo poético:

Sobre la poesía

Siempre he creído que la poesía
es un don mezquino. No hay mayores razones
para sentirse orgulloso. No se trata
de los estigmas de San Francisco,
esa prueba irrefutable de la condición
de elegidos. Deberíamos ser humildes
pero nuestro castigo es la vanidad.

Una vez escribí que nuestro oficio
era sólo aproximativo y nunca alcanzaríamos
la fijeza de las estrellas. Quería decir,
me parece, que no llegamos a lo que sentimos.
Lo que sentimos es un círculo y el poema
es otro, más pequeño y hambriento.
La distancia entre ellos es el naufragio.

Treinta años más tarde, sigo pensando
que no es la poesía el mayor de los dones.
Pero, después de tantas líneas y borrones,
y las resmas de papel que han alimentado
mis cestos de basura, puedo decir
que ha servido para registrar las noches
y los días, Constanza y mi paisaje. No más.

Coetáneo del malogrado José Barroeta y posterior a la brillante generación de poetas a la que pertenecen Rafael Cadenas y Eugenio Montejo, Oliveros es una isla en el mapa de la poesía venezolana actual.

Lo destaca Antonio López Ortega en el prólogo -Fragmentos de un discurso terrenal- a la edición que ha preparado de la poesía reunida de Alejandro Oliveros. Un prólogo que sitúa su obra poética en un contexto que resalta la excepcionalidad de su voz, tanto por la tendencia a la narratividad como por la asimilación explícita de una serie de influencias literarias –de la poesía clásica grecolatina de Tristia o Magna Grecia a la anglosajona de El sonido de la casa- inusuales en una tradición poética venezolana que bebió fundamentalmente en fuentes francesas.

Oliveros es en ese sentido un raro ajeno al canon, una voz personal que construye un mundo propio con el potente paisaje vegetal de Venezuela, con la ciudad evocada –Valencia- o vivida –Nueva York-, con la noche y la sonoridad del lenguaje poético, con el homenaje a los escritores que han marcado su escritura y con el paso del tiempo.

Porque la mirada de Oliveros no se queda en el paisaje ni en el acontecimiento, sino en su rastro, en la huella que dejan. Por eso, en su poesía, de profunda raíz elegiaca, los espacios –íntimos o públicos- contienen siempre una alusión al tiempo en que se contemplan o se evocan.

Eliot y Tibulo, Pound y Ausonio, H.D. y Virgilio, Esquilo y Robert Lowell, Ovidio y John Donne conviven y reviven en los textos de Espacios en fuga, el título que reúne toda la obra poética de Alejandro Oliveros escrita o publicada entre 1974 y 2010.

Dejo aquí un ejemplo, el poema Ars, que abría El sonido de la casa, un libro que está a punto de cumplir treinta años:

Con los mismos pronombres y adjetivos,
todos los poemas deben estar escritos
en alguna parte. Tal vez nuestra derrota
sea lo puramente aproximativo, la cercanía
máxima del ave a la rareza de los cuerpos fijos.

A menos que el círculo cuadre y se encierre
en el techo convexo de su doble, que la palabra
resista y se reconozca en el horizonte.
Reconocer los confines del canto, su extensión,
no frente a la muerte en la rama del árbol
sino ante el mismo centro que nos evade.

Esta edición de Espacios en fuga, revisada y autorizada por el autor, incorpora dos secciones, una de poemas dispersos y otra de textos inéditos. Desde Espacios hasta Poemas del cuerpo, pasando por dos libros centrales como Tristia y Magna Grecia, esta edición en Pre-Textos de la poesía de Oliveros, poco conocida en España, debería consolidar y difundir una obra de enorme calidad y de inusual fuerza expresiva.

Santos Domínguez

22 marzo 2012

El XIX en el XXI


Christopher Domínguez Michael.
El XIX en el XXI.
Universidad del Claustro de Sor Juana.
Sexto Piso. México, 2010.


El XIX en el XXI recopila treinta y cinco artículos de Christopher Domínguez Michael sobre algunos de los autores esenciales del ochocientos.

Escritos y publicados a lo largo de veinte años, el volumen que edita Sexto Piso los organiza en cuatro apartados cronológicos (Románticos, Reformadores, Decadentes y Casi contemporáneos) que en conjunto constituyen una mirada a la persistencia de lo decimonónico en la actualidad: desde autores representativos del pensamiento reaccionario como De Maistre o Chateaubriand hasta casi contemporáneos como Poe, pasando por Balzac y Chejov, por Sainte-Beuve y Dostoievski, o por Tolstói y Galdós.

Algunos de los artículos de este volumen aparecieron ya hace casi veinte años en el libro La utopía de la hospitalidad o fueron publicados originariamente en Letras Libres o en el suplemento de Reforma, como reseñas o notas de lectura, de manera que a veces son críticas directas de una obra como las Memorias de Ultratumba –“un vasto epígrafe” escrito desde la otra orilla- a propósito de una nueva traducción al español, pero en muchas otras el acercamiento al autor es indirecto.

Y así se habla de Víctor Hugo desde el ensayo que le dedicó Vargas Llosa; a Galdós se accede a través de la biografía de Ortiz Armengol; a Chejov, a partir de la biografía que escribió Irene Nemirovsky; a Rilke, desde la edición en Losada de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge; a Henry James, a través de dos novelistas -Tóibin y Lodge- que lo convirtieron en protagonista de sendas obras; o en relación con Poe se analiza su acogida crítica más que su mundo literario.

En todo caso, y pese a su indisimulado carácter circunstancial, estas páginas contienen abundantes iluminaciones, aunque su luz sea indirecta, y constituyen en conjunto un buen mapa para orientarse en la literatura del XIX.

No faltan aquí momentos brillantes como este, a propósito de De Quincey y su Memoria de los poetas de los lagos:

La adolorida delicadeza con la que Thomas de Quincey analizó sus sueños, sus alucinaciones y sus experiencias, dejan en el misterio si su vida entre los poetas de los lagos formó parte o no de ese infierno de donde Carlyle lo creyó fugado, como una chispa que salta del fuego.

Santos Domínguez

21 marzo 2012

Schwob. La cruzada de los niños


Marcel Schwob.
La cruzada de los niños.
Traducción de Luis Alberto de Cuenca.
Ilustraciones de Jean-Gabriel Daragnès.
Reino de Cordelia. Madrid, 2012.

Por aquel tiempo niños sin rector y sin guía alguno acudieron corriendo con ávidos pasos desde villas y ciudades de todas las regiones hasta lugares transmarinos, y cuando se les preguntaba que hacia dónde se dirigían con tanta prisa, respondían: hacia Jerusalén, a buscar Tierra Santa... No sabían hasta dónde tenían que llegar. Pero la mayor parte volvió, y cuando se les preguntaba por el motivo de su viaje, respondían que no lo sabían. También por aquel mismo tiempo mujeres desnudas que no hablaban corrieron por villas y ciudades...

Con esa cita de los Anales de Alberto Estadense se abre La cruzada de los niños, uno de los libros más intensos y conmovedores de la historia de la literatura contemporánea. José María Anguita Jaén la localizó, porque Schwob no declaró la fuente latina que ofrezco en la traducción de Francisco García Jurado de esa "cita inquietante" (Marcel Schwob, antiguos imaginarios).

Marcel Schwob compuso La cruzada de los niños, una de esas obras milagrosas que un autor excepcional escribe en un estado de gracia irrepetible, con un envidiable temple poético y una altura verbal y emocional que hacen que probablemente este breve texto, un poco anterior a sus Vidas imaginarias, sea la cima de Schwob, lo que es tanto como hablar de una altura literaria casi inaccesible.

Ahora se cumplen ochocientos años justos del episodio que inspiró esta obra: la cruzada que iniciaron, en 1212, 30.000 niños alemanes y franceses para conquistar Jerusalén. En un estado intermedio entre la alucinación y la histeria, entre el fanatismo y la manipulación irresponsable de quienes los azuzaron, aquellas desorientadas masas infantiles sin guía ni orden, aquellos pueri sine rectore probablemente desconocían que debían atravesar el mar.

No se sabe hasta dónde llegaron en aquella peregrinación ingenua y visionaria hacia la catástrofe. Muchos murieron, otros acabaron en manos de traficantes norteafricanos de esclavos, que los vendieron en mercados de Alejandría.

Como en el resto de su obra, Marcel Schwob presenta el mundo con una mezcla de terror y piedad, las dos pasiones extremas que debía equilibrar el alma humana. Se trata, una vez más, como dijo a propósito de su Corazón doble, de llevar, por los caminos del corazón y de la historia, del terror a la piedad.

Schwob sumó al potente patetismo de aquellos hechos terribles la fuerza añadida de una larga obsesión que le permitió coronar, con lenguaje de alto voltaje poético, un retablo de ocho cuerpos con ocho breves monólogos cuya técnica aprendió en Browning y con los que presenta aquel itinerario disparatado desde distintas perspectivas: el goliardo, el leproso, dos Papas, tres niños, un clérigo...

Escribió Borges en un prólogo memorable a esta obra memorable:

A fines del siglo XIX, Marcel Schwob -creador, actor y espectador de este sueño- trata de volver a soñar lo que había soñado hace muchos siglos, en soledades africanas y asiáticas: la historia de los niños que anhelaron rescatar el sepulcro. No ensayó, estoy seguro, la ansiosa arqueología de Flaubert; prefirió saturarse de viejas páginas de Jacques de Vitry o de Ernoul y entregarse después a los ejercicios de imaginar y de elegir. Soñó así ser el papa, ser el goliardo, ser los tres niños, ser el clérigo.

Reino de Cordelia
acaba de reeditar La Cruzada de los niños con una espléndida traducción de Luis Alberto de Cuenca y con las bellísimas ilustraciones a dos tintas de Jean-Gabriel Daragnès, unos grabados que tienen la consistencia de las esculturas románicas de madera o de piedra.

O las de las pequeñas osamentas blancas devueltas por el mar, tendidas en la noche, con las que se cierra el último monólogo.

Santos Domínguez

20 marzo 2012

Bloom. Novelas y novelistas


Harold Bloom.
Novelas y novelistas.
El canon de la novela.
Traducción de Eduardo Berti
Páginas de Espuma. Madrid, 2012.

Novelas y novelistas, que forma parte de un proyecto más amplio en seis volúmenes de los que Páginas de Espuma ha publicado ya los dedicados al cuento y al ensayo, propone un canon desequilibrado, amplio y discutible, elaborado también por la mano sabia y caprichosa de Harold Bloom.

Discutible no sólo por los narradores elegidos, sino por la elección de sus títulos canónicos. Unas cien novelas y cincuenta y seis novelistas, casi todos de lengua inglesa, con algunos inevitables autores franceses o algún ruso del XIX, no sirven para evitar el excesivo sabor local de este panorama, algo que en principio contradice por su alcance limitado la misma esencia del canon.

Porque llama mucho la atención que a Cervantes Bloom le reconozca un papel central en la configuración de la novela y apenas le dedique página y media de ejercicio comparatista con Shakespeare –brillante, eso sí, como en el mejor Bloom-, mientras que se extiende en la obra de nombres decididamente menores como Kate Chopin o Upton Sinclair.

He dado esos dos nombres prescindibles para cualquier lector que no sea Bloom, pero podría haber dado catorce o quince más, hasta completar la tercera parte más discutible y arbitraria de la nómina.

En todo caso, es la propuesta personal de un lector menos dogmático y seguro de lo que aparenta. Porque Bloom es un lector sabio y magistral, pródigo en iluminaciones y en arbitrariedades, y es habitual que en sus ensayos nos conduzca a espacios luminosos o a callejones sin salida, a laberintos absurdos o a bosques numerosos.

Al ojear el superpoblado índice de este volumen choca en principio que sus casi novecientas páginas dejen fuera el Ulises de Joyce, el ciclo del tiempo perdido de Proust o Moby Dick. Para tranquilidad del lector, en el prólogo ya se le avisa de que esos textos se estudian en otro de los tomos de la serie, el dedicado a la épica. Aunque no se le menciona, supongo que es ese también el caso de Thomas Mann y La montaña mágica.

Y aunque es probable que la tercera parte de estos nombres sobren, la mayoría son imprescindibles en cualquier recorrido por la novela: desde Defoe y Swift, padres de la novela inglesa y practicantes de la distancia narrativa, o el subversivo sutil que fue Sterne, hasta Philip Roth, Cormac McCarthy, DeLillo o Pynchon.

Y en medio, Balzac –un inductor a la lectura-, Dickens –una fiesta interminable-, al que se dedica el mayor despliegue, con casi cuarenta páginas, Dostoievski y su horror visionario; Kafka –un gnóstico moderno-, Faulkner y su visión del abismo o García Márquez y sus Cien años de soledad como un milagro irrepetible porque es menos una novela que una Escritura.

Y en medio, también, un estupendo trabajo de traducción de Eduardo Berti, que ha contado con la ayuda de Salvador Biedma para localizar las mejores ediciones en español de las citas literales que usaba Bloom en el original.

En conjunto este es un estudio lleno de pasión y de lucidez, la propuesta de un sabio con sentido del humor y con una divertida inclinación a lo estrafalario que aprendió de su maestro, el excéntrico doctor Samuel Johnson, otro sabio que de vez en cuando hacía unas apuestas literarias estrambóticas.

Porque cuando un genio hace afirmaciones caprichosas o infantiles sigue siendo un genio, mientras que un tonto a la violeta, por más que se empine sobre los talones de su modestia y su pedantería, sólo conseguirá ser un tonto. Estupendo y a la violeta, pero un tonto.

Santos Domínguez