23 marzo 2012

Espacios en fuga


Alejandro Oliveros.
Espacios en fuga.
(Poesía reunida 1974-2010).
Edición de Antonio López Ortega.
Pre-Textos. Valencia, 2012.

En su último libro publicado hasta ahora, Poemas del cuerpo (2005), incluía Alejandro Oliveros (Valencia, Venezuela, 1948) este texto que delimita su concepto de la poesía, el último sentido de su mundo poético:

Sobre la poesía

Siempre he creído que la poesía
es un don mezquino. No hay mayores razones
para sentirse orgulloso. No se trata
de los estigmas de San Francisco,
esa prueba irrefutable de la condición
de elegidos. Deberíamos ser humildes
pero nuestro castigo es la vanidad.

Una vez escribí que nuestro oficio
era sólo aproximativo y nunca alcanzaríamos
la fijeza de las estrellas. Quería decir,
me parece, que no llegamos a lo que sentimos.
Lo que sentimos es un círculo y el poema
es otro, más pequeño y hambriento.
La distancia entre ellos es el naufragio.

Treinta años más tarde, sigo pensando
que no es la poesía el mayor de los dones.
Pero, después de tantas líneas y borrones,
y las resmas de papel que han alimentado
mis cestos de basura, puedo decir
que ha servido para registrar las noches
y los días, Constanza y mi paisaje. No más.

Coetáneo del malogrado José Barroeta y posterior a la brillante generación de poetas a la que pertenecen Rafael Cadenas y Eugenio Montejo, Oliveros es una isla en el mapa de la poesía venezolana actual.

Lo destaca Antonio López Ortega en el prólogo -Fragmentos de un discurso terrenal- a la edición que ha preparado de la poesía reunida de Alejandro Oliveros. Un prólogo que sitúa su obra poética en un contexto que resalta la excepcionalidad de su voz, tanto por la tendencia a la narratividad como por la asimilación explícita de una serie de influencias literarias –de la poesía clásica grecolatina de Tristia o Magna Grecia a la anglosajona de El sonido de la casa- inusuales en una tradición poética venezolana que bebió fundamentalmente en fuentes francesas.

Oliveros es en ese sentido un raro ajeno al canon, una voz personal que construye un mundo propio con el potente paisaje vegetal de Venezuela, con la ciudad evocada –Valencia- o vivida –Nueva York-, con la noche y la sonoridad del lenguaje poético, con el homenaje a los escritores que han marcado su escritura y con el paso del tiempo.

Porque la mirada de Oliveros no se queda en el paisaje ni en el acontecimiento, sino en su rastro, en la huella que dejan. Por eso, en su poesía, de profunda raíz elegiaca, los espacios –íntimos o públicos- contienen siempre una alusión al tiempo en que se contemplan o se evocan.

Eliot y Tibulo, Pound y Ausonio, H.D. y Virgilio, Esquilo y Robert Lowell, Ovidio y John Donne conviven y reviven en los textos de Espacios en fuga, el título que reúne toda la obra poética de Alejandro Oliveros escrita o publicada entre 1974 y 2010.

Dejo aquí un ejemplo, el poema Ars, que abría El sonido de la casa, un libro que está a punto de cumplir treinta años:

Con los mismos pronombres y adjetivos,
todos los poemas deben estar escritos
en alguna parte. Tal vez nuestra derrota
sea lo puramente aproximativo, la cercanía
máxima del ave a la rareza de los cuerpos fijos.

A menos que el círculo cuadre y se encierre
en el techo convexo de su doble, que la palabra
resista y se reconozca en el horizonte.
Reconocer los confines del canto, su extensión,
no frente a la muerte en la rama del árbol
sino ante el mismo centro que nos evade.

Esta edición de Espacios en fuga, revisada y autorizada por el autor, incorpora dos secciones, una de poemas dispersos y otra de textos inéditos. Desde Espacios hasta Poemas del cuerpo, pasando por dos libros centrales como Tristia y Magna Grecia, esta edición en Pre-Textos de la poesía de Oliveros, poco conocida en España, debería consolidar y difundir una obra de enorme calidad y de inusual fuerza expresiva.

Santos Domínguez

22 marzo 2012

El XIX en el XXI


Christopher Domínguez Michael.
El XIX en el XXI.
Universidad del Claustro de Sor Juana.
Sexto Piso. México, 2010.


El XIX en el XXI recopila treinta y cinco artículos de Christopher Domínguez Michael sobre algunos de los autores esenciales del ochocientos.

Escritos y publicados a lo largo de veinte años, el volumen que edita Sexto Piso los organiza en cuatro apartados cronológicos (Románticos, Reformadores, Decadentes y Casi contemporáneos) que en conjunto constituyen una mirada a la persistencia de lo decimonónico en la actualidad: desde autores representativos del pensamiento reaccionario como De Maistre o Chateaubriand hasta casi contemporáneos como Poe, pasando por Balzac y Chejov, por Sainte-Beuve y Dostoievski, o por Tolstói y Galdós.

Algunos de los artículos de este volumen aparecieron ya hace casi veinte años en el libro La utopía de la hospitalidad o fueron publicados originariamente en Letras Libres o en el suplemento de Reforma, como reseñas o notas de lectura, de manera que a veces son críticas directas de una obra como las Memorias de Ultratumba –“un vasto epígrafe” escrito desde la otra orilla- a propósito de una nueva traducción al español, pero en muchas otras el acercamiento al autor es indirecto.

Y así se habla de Víctor Hugo desde el ensayo que le dedicó Vargas Llosa; a Galdós se accede a través de la biografía de Ortiz Armengol; a Chejov, a partir de la biografía que escribió Irene Nemirovsky; a Rilke, desde la edición en Losada de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge; a Henry James, a través de dos novelistas -Tóibin y Lodge- que lo convirtieron en protagonista de sendas obras; o en relación con Poe se analiza su acogida crítica más que su mundo literario.

En todo caso, y pese a su indisimulado carácter circunstancial, estas páginas contienen abundantes iluminaciones, aunque su luz sea indirecta, y constituyen en conjunto un buen mapa para orientarse en la literatura del XIX.

No faltan aquí momentos brillantes como este, a propósito de De Quincey y su Memoria de los poetas de los lagos:

La adolorida delicadeza con la que Thomas de Quincey analizó sus sueños, sus alucinaciones y sus experiencias, dejan en el misterio si su vida entre los poetas de los lagos formó parte o no de ese infierno de donde Carlyle lo creyó fugado, como una chispa que salta del fuego.

Santos Domínguez

21 marzo 2012

Schwob. La cruzada de los niños


Marcel Schwob.
La cruzada de los niños.
Traducción de Luis Alberto de Cuenca.
Ilustraciones de Jean-Gabriel Daragnès.
Reino de Cordelia. Madrid, 2012.

Por aquel tiempo niños sin rector y sin guía alguno acudieron corriendo con ávidos pasos desde villas y ciudades de todas las regiones hasta lugares transmarinos, y cuando se les preguntaba que hacia dónde se dirigían con tanta prisa, respondían: hacia Jerusalén, a buscar Tierra Santa... No sabían hasta dónde tenían que llegar. Pero la mayor parte volvió, y cuando se les preguntaba por el motivo de su viaje, respondían que no lo sabían. También por aquel mismo tiempo mujeres desnudas que no hablaban corrieron por villas y ciudades...

Con esa cita de los Anales de Alberto Estadense se abre La cruzada de los niños, uno de los libros más intensos y conmovedores de la historia de la literatura contemporánea. José María Anguita Jaén la localizó, porque Schwob no declaró la fuente latina que ofrezco en la traducción de Francisco García Jurado de esa "cita inquietante" (Marcel Schwob, antiguos imaginarios).

Marcel Schwob compuso La cruzada de los niños, una de esas obras milagrosas que un autor excepcional escribe en un estado de gracia irrepetible, con un envidiable temple poético y una altura verbal y emocional que hacen que probablemente este breve texto, un poco anterior a sus Vidas imaginarias, sea la cima de Schwob, lo que es tanto como hablar de una altura literaria casi inaccesible.

Ahora se cumplen ochocientos años justos del episodio que inspiró esta obra: la cruzada que iniciaron, en 1212, 30.000 niños alemanes y franceses para conquistar Jerusalén. En un estado intermedio entre la alucinación y la histeria, entre el fanatismo y la manipulación irresponsable de quienes los azuzaron, aquellas desorientadas masas infantiles sin guía ni orden, aquellos pueri sine rectore probablemente desconocían que debían atravesar el mar.

No se sabe hasta dónde llegaron en aquella peregrinación ingenua y visionaria hacia la catástrofe. Muchos murieron, otros acabaron en manos de traficantes norteafricanos de esclavos, que los vendieron en mercados de Alejandría.

Como en el resto de su obra, Marcel Schwob presenta el mundo con una mezcla de terror y piedad, las dos pasiones extremas que debía equilibrar el alma humana. Se trata, una vez más, como dijo a propósito de su Corazón doble, de llevar, por los caminos del corazón y de la historia, del terror a la piedad.

Schwob sumó al potente patetismo de aquellos hechos terribles la fuerza añadida de una larga obsesión que le permitió coronar, con lenguaje de alto voltaje poético, un retablo de ocho cuerpos con ocho breves monólogos cuya técnica aprendió en Browning y con los que presenta aquel itinerario disparatado desde distintas perspectivas: el goliardo, el leproso, dos Papas, tres niños, un clérigo...

Escribió Borges en un prólogo memorable a esta obra memorable:

A fines del siglo XIX, Marcel Schwob -creador, actor y espectador de este sueño- trata de volver a soñar lo que había soñado hace muchos siglos, en soledades africanas y asiáticas: la historia de los niños que anhelaron rescatar el sepulcro. No ensayó, estoy seguro, la ansiosa arqueología de Flaubert; prefirió saturarse de viejas páginas de Jacques de Vitry o de Ernoul y entregarse después a los ejercicios de imaginar y de elegir. Soñó así ser el papa, ser el goliardo, ser los tres niños, ser el clérigo.

Reino de Cordelia
acaba de reeditar La Cruzada de los niños con una espléndida traducción de Luis Alberto de Cuenca y con las bellísimas ilustraciones a dos tintas de Jean-Gabriel Daragnès, unos grabados que tienen la consistencia de las esculturas románicas de madera o de piedra.

O las de las pequeñas osamentas blancas devueltas por el mar, tendidas en la noche, con las que se cierra el último monólogo.

Santos Domínguez

20 marzo 2012

Bloom. Novelas y novelistas


Harold Bloom.
Novelas y novelistas.
El canon de la novela.
Traducción de Eduardo Berti
Páginas de Espuma. Madrid, 2012.

Novelas y novelistas, que forma parte de un proyecto más amplio en seis volúmenes de los que Páginas de Espuma ha publicado ya los dedicados al cuento y al ensayo, propone un canon desequilibrado, amplio y discutible, elaborado también por la mano sabia y caprichosa de Harold Bloom.

Discutible no sólo por los narradores elegidos, sino por la elección de sus títulos canónicos. Unas cien novelas y cincuenta y seis novelistas, casi todos de lengua inglesa, con algunos inevitables autores franceses o algún ruso del XIX, no sirven para evitar el excesivo sabor local de este panorama, algo que en principio contradice por su alcance limitado la misma esencia del canon.

Porque llama mucho la atención que a Cervantes Bloom le reconozca un papel central en la configuración de la novela y apenas le dedique página y media de ejercicio comparatista con Shakespeare –brillante, eso sí, como en el mejor Bloom-, mientras que se extiende en la obra de nombres decididamente menores como Kate Chopin o Upton Sinclair.

He dado esos dos nombres prescindibles para cualquier lector que no sea Bloom, pero podría haber dado catorce o quince más, hasta completar la tercera parte más discutible y arbitraria de la nómina.

En todo caso, es la propuesta personal de un lector menos dogmático y seguro de lo que aparenta. Porque Bloom es un lector sabio y magistral, pródigo en iluminaciones y en arbitrariedades, y es habitual que en sus ensayos nos conduzca a espacios luminosos o a callejones sin salida, a laberintos absurdos o a bosques numerosos.

Al ojear el superpoblado índice de este volumen choca en principio que sus casi novecientas páginas dejen fuera el Ulises de Joyce, el ciclo del tiempo perdido de Proust o Moby Dick. Para tranquilidad del lector, en el prólogo ya se le avisa de que esos textos se estudian en otro de los tomos de la serie, el dedicado a la épica. Aunque no se le menciona, supongo que es ese también el caso de Thomas Mann y La montaña mágica.

Y aunque es probable que la tercera parte de estos nombres sobren, la mayoría son imprescindibles en cualquier recorrido por la novela: desde Defoe y Swift, padres de la novela inglesa y practicantes de la distancia narrativa, o el subversivo sutil que fue Sterne, hasta Philip Roth, Cormac McCarthy, DeLillo o Pynchon.

Y en medio, Balzac –un inductor a la lectura-, Dickens –una fiesta interminable-, al que se dedica el mayor despliegue, con casi cuarenta páginas, Dostoievski y su horror visionario; Kafka –un gnóstico moderno-, Faulkner y su visión del abismo o García Márquez y sus Cien años de soledad como un milagro irrepetible porque es menos una novela que una Escritura.

Y en medio, también, un estupendo trabajo de traducción de Eduardo Berti, que ha contado con la ayuda de Salvador Biedma para localizar las mejores ediciones en español de las citas literales que usaba Bloom en el original.

En conjunto este es un estudio lleno de pasión y de lucidez, la propuesta de un sabio con sentido del humor y con una divertida inclinación a lo estrafalario que aprendió de su maestro, el excéntrico doctor Samuel Johnson, otro sabio que de vez en cuando hacía unas apuestas literarias estrambóticas.

Porque cuando un genio hace afirmaciones caprichosas o infantiles sigue siendo un genio, mientras que un tonto a la violeta, por más que se empine sobre los talones de su modestia y su pedantería, sólo conseguirá ser un tonto. Estupendo y a la violeta, pero un tonto.

Santos Domínguez

19 marzo 2012

Ritos de paso de Paul Auster



Paul Auster.
Diario de invierno.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.
Anagrama. Barcelona, 2012.




Paul Auster.
La invención de la soledad.
Traducción de Mª Eugenia Ciocchini.
Anagrama. Barcelona, 2012.

Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro.

Treinta años justos, casi el tiempo exacto que separa a dos generaciones, han pasado también entre La invención de la soledad y el reciente Diario de invierno, dos obras de Paul Auster que acaba de publicar Anagrama.

Diario de invierno es una novedad absoluta que aparece en España con traducción de Benito Gómez Ibáñez casi a la vez que la edición original de Henry Holt and Company en Nueva York.

La invención de la soledad es una recuperación en la colección Otra vuelta de tuerca de una obra fundamental que Auster publicó en 1982.

En estas tres décadas Auster ha ido creando un potente mundo literario, desarrollando una literatura que él mismo ha definido como un espacio de colaboración entre el escritor y el lector, como “el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad.”

Y de eso se trata especialmente en estos dos libros: de revelar la intimidad más personal del escritor y sus fantasmas a través de un diálogo con el lector, pero sobre todo del diálogo de Auster consigo mismo, con su memoria y con ese lugar oculto y profundo del que, más allá de la segunda persona, surgen los recuerdos, los personajes y las palabras.

Hay en Diario de invierno una frase que justifica no solo esta obra, sino la totalidad de su literatura: Te gustaría saber quién eres.

Pero Diario de invierno es también, y quizá antes que otra cosa, un libro sobre el cuerpo en el espacio abierto de la ciudad o en los espacios cerrados de las casas; un inventario de los veintiún domicilios sucesivos de Auster, entre New Jersey y París, entre Manhattan y Brooklyn, con el Sena o el Hudson al fondo.

Ese inventario de domicilio, además de reflejar las distintas etapas y situaciones económicas del escritor o el estudiante, refleja un itinerario vital y sentimental por interiores con personajes triviales o extravagantes, por incidentes diversos evocados con la mirada maestra y aguda de un novelista experto.

La frecuencia de esos cambios de domicilio revela que Auster no ha permanecido quieto mucho tiempo seguido y da lugar a que este sea también un libro sobre el cuerpo en el pasado o en el presente:

así es como te ves a ti mismo siempre que te paras a pensar quién eres: un hombre que camina, un hombre que se ha pasado la vida andando por las calles de la ciudad.

La memoria personal y la conciencia del tiempo -a través de la muerte del padre, de la madre o con las primeras señales de la propia vejez- unen estos dos libros en que la escritura genera un vaivén constante entre el presente y el pasado o se convierte en motor del recuerdo para mirar a la infancia o para repasar un inventario de cicatrices que se superponen a la herida interior que el escritor sobrelleva como un pecado original, porque se siente un hombre que lleva una herida en su interior desde el principio mismo, ¿por qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo palabras como sangre en una hoja de papel?

Para subrayar ese vínculo entre las dos obras se ha elegido como fotografía de portada de Diario de invierno la imagen de un Auster contemporáneo de La invención de la soledad.

La muerte del padre en 1979 conecta estas dos obras: provocó la escritura de La invención de la soledad, que no es una novela, pero contiene la semilla de toda su narrativa y abre la puerta a su ficción posterior, y se evoca intensamente en Diario de invierno, que Auster ha escrito cuando tiene casi la misma edad con la que murió su padre, con una perspectiva muy distinta de la que aparecía en La invención de la soledad:

Que ya no eres joven es un hecho indiscutible. Dentro de un mes cumplirás sesenta y cuatro años, y aunque eso no es ser demasiado viejo, no lo que todo el mundo consideraría una edad provecta, no puedes dejar de pensar en todos los que no han logrado llegar tan lejos.

Desde esa mirada ya cercana a la vejez, en un mes de enero pródigo en tormentas y en hielo, un Auster frágil y autobiográfico, seguramente previsible, pero emocionado y contundente, construye un autorretrato evocando sus ritos de paso y recuerda aquella noche de invierno mientras ve caer la nieve en Brooklyn treinta años después:

Tienes sesenta y cuatro años. Afuera, la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas: ¿Cuántas mañanas quedan?

Santos Domínguez

18 marzo 2012

Isabel González. Casi tan salvaje


Isabel González.
Casi tan salvaje.
Páginas de Espuma. Madrid, 2012.


Isabel González es una joven escritora que acaba de sacar a la luz su primer libro, Casi tan salvaje, en Páginas de Espuma. Se trata de un volumen que recoge veintiún relatos que narran diferentes situaciones cotidianas llevadas a un terreno adverso y hostil, y trazadas con pinceladas de surrealismo. Historias humanas que perturban, incomodan la conciencia y nos hacen mirar en derredor en busca de secretos disimulados.

Isabel González creció en un pueblo de Zaragoza, de ahí que lo agreste y montaraz esté tan presente en sus páginas. Los protagonistas de estos relatos son fuertes, endurecidos; se enfrentan a la realidad tomando las riendas y entrando en combate sin el miedo del que tiene algo que perder. A pesar de esa contienda diaria e íntima, los suyos son personajes que aman y sufren, que padecen por un poco de afecto, de ternura y de dignidad. Quizás sea este el hilo conductor de todos los cuentos, el de la lucha por alcanzar este sentimiento y así hacer más llevadera la supervivencia en esta selva llena de fieras que es la vida.

La mirada ácida de esta escritora, los toques de humor negro y la demora en las coloristas imágenes y detalles minuciosos, hacen muy recomendable la lectura de este libro.

NO TE AMO. Pero cómo puedo estar segura si vienes y te sientas a mi lado y acariciándome la mano dices: “ treinta años juntos”.

Alba Pavón

17 marzo 2012

Cabrera Infante. El cronista de cine


Guillermo Cabrera Infante.
Obras completas I.
El cronista de cine.
Edición y prólogo de Antoni Munné.
Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores.
Barcelona, 2012.

Un espléndido prólogo de Antoni Munné –Retrato del crítico como ente de ficción- presenta El cronista de cine, el volumen que abre la edición de las obras completas de Guillermo Cabrera Infante en Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.

Es un impresionante volumen de más de mil quinientas páginas que recogen la ingente producción de Cabrera Infante como crítico de cine en un tomo que tiene como eje Un oficio del siglo XX, el libro que recopiló una selección de las críticas que firmó con su acrónimo G. Caín y organizó en seis secciones: desde el Retrato del crítico cuando Caín hasta el Requiem por un alter ego.

Acrónimo y alter ego en el que se desdobla el novelista cubano, que une en estos textos vida y ficción, cine y literatura en un juego de espejos que constituye uno de los momentos más altos de su creación literaria.

Unos textos que hablan de películas, actores y directores, pero además trazan la autobiografía vital, sentimental e intelectual de quien tuvo su primera experiencia del cine con menos de un mes, y dibujan el autorretrato estético y ético de quien empezó firmando sus críticas cinematográficas impersonales como el cronista, porque se sentía más cronista que crítico, y declaraba que entre los libros y la vida siempre he escogido el cine, al que dedicó libros como Un oficio del siglo XX, Cine o sardina y Arcadia todas las noches.

Críticas, reportajes, crónicas y entrevistas son las modalidades genéricas a las que responden los artículos de El cronista de cine. Varios centenares de ellos, escritos entre 1954 y 1960 para Carteles, no habían sido recogidos en libro y permanecían desperdigados e inencontrables. Son dos tercios del volumen, más de mil páginas que agrupan ahora –entre el blanco y negro y el technicolor- en la sección El cine según G. Caín reseñas brillantes como El día de Laughton, Kafka y Hitchcock o Freud y Wagner van al oeste; crónicas y reportajes sobre Hemingway, obituarios como el dedicado a Bogart (Un actor hace mutis) y entrevistas impagables como las que hizo a Brando, a Cantinflas o a Buñuel.

Dos utilísimos índices, uno de películas citadas y otro onomástico, completan con brillantez este inmejorable comienzo de la recuperación de quien es ya un clásico contemporáneo, un maestro de la lengua y un genio de la narrativa que nos prestó su mirada y nos dejó textos memorables sobre La Habana, la vida, la literatura y el cine.

Santos Domínguez

16 marzo 2012

William-Olsson. Una ciudad sin muros


Magnus William-Olsson.
Una ciudad sin muros.
Poesía escogida 1989-2011.
Traducción y prólogo de
Ángela Inés García.
Libros del Aire. Madrid, 2012.

En su colección Jardín Cerrado, Libros del Aire publica en edición bilingüe Una ciudad sin muros, una antología que recoge casi veinticinco años de escritura de Magnus William-Olsson (Estocolmo, 1960) con traducción y prólogo de Ángela García.

La muestra incluye una decena de poemas no recogidos en libro hasta ahora. En el primero de ellos se lee este verso, que da título a la antología:

Ante la muerte poblamos todos una ciudad sin muros, dice Epicuro.

Es la primera vez que se publica en español la poesía de Magnus William-Olsson, una poesía corporal que explora a la vez los límites de la expresión, los del placer y la temporalidad; una poesía que propone una imagen del mundo y se convierte en su espejo sonoro a través de un pensamiento analógico articulado en metáforas que traducen una experiencia del cuerpo, el verdadero escenario de la escritura de William-Olsson.

La lírica coral griega, los arquetipos clásicos o bíblicos, Píndaro y Calímaco, los iconos ortodoxos y el Louvre, Héctor y Antinoo, Platón y Heidegger son referentes de unos textos que alcanzan su expresión más intensa en un libro de 2006, El instante es para Píndaro un pequeño espacio en el tiempo, donde llaman mucho la atención las presencias de La niña de los peines y de Antonio Machado, de Granada o de María Zambrano.

En ese libro, y probablemente en la poesía toda de William-Olsson, ocupa un lugar central el poema Analogía, al que pertenecen estos versos:

En la séptima oda nemeica de Píndaro la canción se iguala al espejo. El de la memoria.

El rostro. Un espejo sonoro. El poema. Un espejo de sonido. ¿Podemos llamar a esto una analogía?

No es, como en la Biblia, la palabra hecha carne. Es la carne hecha palabra. Igual de reveladora.


Santos Domínguez

15 marzo 2012

Vidas del Renacimiento


Robert Davis y Beth Lindsmith.
Vidas del Renacimiento.
Traducción de Ramón Sala Gili.
Lunwerg. Madrid, 2012.

Contar la vida, retratar la individualidad reivindicada, mirar al interior de la persona desde su fisonomía, su gesto o su indumentaria.

Esos fueron los intereses y las ambiciones de la pintura renacentista, en la que se proyectó ejemplarmente el vitalismo humanista, el redescubrimiento del cuerpo, el interés por el paisaje natural o urbano, la perspectiva civilizada del cortesano refinado y culto.

Para demostrarlo una vez más, vida y cultura, mirada y palabra, pintura e historia cultural, literatura y biografía se reúnen en Vidas del Renacimiento, un volumen espectacular que acaba de publicar Lunwerg.

A lo largo de las siete secuencias cronológicas en las que se organiza la obra se recorre un periodo crucial en la historia de Europa: desde el cruce prerrenacentista de las viejas tradiciones tardomedievales y las nuevas ideas del Humanismo –Nebrija, Boticelli, Leonardo, Aldo Manuccio- hasta la fundación de la modernidad que culmina en los ensayos de Montaigne, la pintura de Brueghel o la música de Palestrina.

Y en medio las cimas renacentistas que se llamaron Colón, Erasmo, Copérnico, Rafael, Tiziano, Rabelais o Carlos V, personajes que cambiaron el pensamiento occidental desde todos los ámbitos y en un proyecto global coherente aunque heterogéneo en los matices.

Entre 1400 y 1600, casi un centenar de retratos plásticos y literarios, noventa y cuatro semblanzas en primeros planos que se recortan sobre el fondo del paisaje histórico, de la mentalidad social y de la nueva sensibilidad individual.

Los espléndidos textos de Robert Davis y Beth Lindsmith sitúan en su contexto significativo a cada uno de los personajes que fundaron o iluminaron la Edad Moderna y resaltan cada vida con un conjunto de más de doscientas ilustraciones que refuerzan los textos o subrayan su sentido.

Porque nunca como en el Renacimiento vida y arte fueron tan equivalentes, nunca como entonces la representación de la vida interna y del mundo exterior se fundieron de una manera tan correlativa para cambiar la historia de la cultura y de las mentalidades, conviven en estas páginas artistas e inquisidores, arquitectos y precursoras del feminismo, reyes y maestros de coro, impresores y blasfemos, predicadores incendiarios y conquistadores, corsarios y papas, escritoras y bufones, relojeros y médicos, teóricos de la cortesanía y acróbatas palaciegos.

Un conjunto de nombres y rostros que reflejan que el Renacimiento fue, además de una época fundamental en la creación de la modernidad, una forma de vivir y un estado de ánimo.

Santos Domínguez

14 marzo 2012

El libro negro


Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg.
El libro negro.
Traducción de Jorge Ferrer.
Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores. Barcelona, 2011.


Mi padre fue sacado de casa a culatazos. Mientras mi hermana Roza se vestía apresuradamente alcanzó a ver que uno de los policías avanzaba hacia mi madre empuñando un puñal. Mi hermana hizo ademán de correr en socorro de nuestra madre, pero una lluvia de culatazos cayó sobre su cabeza y la empujó hacia la calle descalza y a medio vestir. Roza cayó al suelo; mi padre consiguió levantarla a duras penas y la ayudó a llegar hasta el punto de reunión, ubicado frente a la iglesia que se alza en la Plaza del mercado.

Así se iniciaba una macabra peregrinación a una muerte anunciada. Así se lo habían contado a él, oficial del ejército rojo que volvía a Bráilov, su pueblo, tras la liberación de la ocupación nazi.

Y así lo contaba en El libro negro, en el que Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg organizaban un ingente material con el que completaron un memorial de crímenes del ejército alemán en los territorios ocupados de la Unión Soviética y en los campos de concentración de Polonia.

Entre 1943 y 1946, Grossman y Ehrenburg, por encargo del Comité Judío Antifascista y a instancias de Albert Einstein, recogieron testimonios del genocidio en conversaciones con supervivientes, en diarios y cartas personales, en relatos de testigos directos del exterminio.

Todo ese material documental de primera mano, que ocupó casi treinta tomos y que fue utilizado parcialmente en el juicio de Nuremberg, se iba a publicar en 1947, aunque Stalin impidió su impresión a última hora y no se editó hasta 1988 en Jerusalén por el Museo de la Shoá.

Ahora acaba de aparecer en español en Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores con traducción de Jorge Ferrer y con introducciones de Irina Ehrenburg e Ilyá Altman.

Poco después de la invasión alemana en junio de 1941, un grupo de escritores soviéticos se alistó en el ejército rojo para luchar contra el nazismo y la ocupación extranjera. Uno de esos voluntarios era Vasili Grossman, que por problemas de salud tuvo que limitarse a acompañar a las tropas como corresponsal de guerra.

Y desde esa posición –privilegiada o desgraciada, según se mire- esos escritores fueron testigos de las masacres y portavoces de las víctimas de la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, de una maquinaria destructiva y perfecta al servicio de un calculado plan de exterminio de la población judía de esos territorios.

De todas esas masacres que habían ido perpetrando las tropas alemanas ninguna impresionó tanto a Grossman como el holocausto de la población judía en Ucrania, Bielorrusia, Lituania o Polonia.

Cuando las tropas soviéticas liberaron Berdíchev, su ciudad natal, Grossman se enteró del asesinato de treinta mil judíos, entre ellos su madre. Poco después, en Odessa y en Kiev, comprobó que las matanzas habían sido sistemáticas y habían triplicado aquella cifra.

Y al avanzar por territorios polacos como Maidanek o Treblinka, conoció los campos de exterminio y fue el primero en entrevistar a los supervivientes. De esa experiencia y de aquellos testimonios surgió su informe El infierno de Treblinka, que se aportó como prueba documental en el juicio de Nuremberg.

El libro negro contiene, además de esas aportaciones testimoniales de las víctimas y los testigos de las masacres, las crónicas y los reportajes de los escritores soviéticos sobre aquella realidad diabólica y criminal y las confesiones de los verdugos y de sus instigadores ideológicos.

La brutalidad de los alemanes y los rumanos, los refugios y los huérfanos, los guetos y la resistencia, las complicidades colaboracionistas de parte de la población ucraniana, la clandestinidad, las muchachas y los ancianos, las imprentas y los bosques, las fugas y las ejecuciones masivas, los campos de concentración y de exterminio, Auschwitz y los médicos asesinos, los saqueos y el levantamiento del gueto de Varsovia, las declaraciones de los nazis... recorren las mil doscientas intensas páginas de una obra que refleja uno de los momentos más negros de la historia.

Santos Domínguez