Mostrando las entradas para la consulta Leopardi ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Leopardi ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

24 septiembre 2014

Leopardi. Poesías


Giacomo Leopardi.
Poesías.
Traducción de Miguel Romero Martínez. 
Introducción de Gabriele Morelli.
Renacimiento. Sevilla, 2013.

Una famosa foto del primer invierno de la guerra civil muestra a Luis Cernuda leyendo a Leopardi bajo la luz madrileña mientras al fondo sonaban las bombas que caían sobre la Ciudad Universitaria.

La traducción que leía Cernuda es la que Miguel Romero Martínez había publicado en 1928 con veinticinco de los cuarenta y un poemas que forman la poesía completa de Leopardi.

Esa vrsión es la que recupera Renacimiento precedida de una Introducción en la que Gabriele Morelli repasa las traducciones y la recepción de Leopardi en España y explora su influencia en el Cernuda de Las nubes.

Como Schubert en música, Giacomo Leopardi (Recanati, 1798-Nápoles, 1837) representa en poesía la síntesis de lo clásico y lo moderno en un estilo nuevo. Sus personalidades, atormentadas y complejas, propensas a la huida, crearon obras de asombrosa modernidad de lenguaje y de tono.

Leopardi está en la frontera contradictoria e integradora que separa la actitud del hombre moderno de los comportamientos y la mirada del hombre antiguo. Él, que no se siente moderno y sabe que sus modelos son anacrónicos, vive apartado del mundo y busca refugio en la biblioteca familiar y consuelo en el arte y la belleza en una actitud evasiva muy característicamente romántica que en su caso se intensifica por sus problemas físicos y su deformidad dolorosa.

Romántico a su pesar y poeta imprescindible, Leopardi fue, junto con Shelley, el más lucreciano de los poetas románticos. Y lejos del patetismo o la desmesura de Byron, encontró su voz más personal y duradera en los Cantos, especialmente en algunos de sus poemas centrales, como El infinito, La noche del día de fiesta (Dolce e chiara è la notte e senza vento...), La vida solitaria, A Silvia o Los recuerdos (Passo gli anni, abbandonato, occulto).

En esos Cantos que escribió en Recanati y en Florencia entre 1819 y 1831 Leopardi fundió sentimiento y pensamiento en una armonía dolorosa, unió la contemplación y el recuerdo en una mirada reflexiva con la que la emoción se proyecta en la naturaleza y el paisaje se convierte en espacio de meditación.

En la cima de un monte al que se apartaba en sus días desolados o cuando la vista cansada no le dejaba leer, concibió en septiembre de 1819 esa otra cima poética que es El infinito, que culmina en la plena fusión en la nada de los últimos versos, llenos de contención y fuerza:

Cosí tra questa 
inmensità s’annega il pensier mio:
e il naufragar m’è dolce in questo mare.

Esa es la parte central de su obra. Los últimos años, que también se reflejan en los cantos finales, escritos ya en Nápoles, fueron tiempos autodestructivos y feroces, años de ruina física y desorden vital, en los que se impuso la desesperación sobre la serenidad y la extravagancia pudo más que la reflexión.

Fueron años que dieron lugar a una poesía distinta, la que culmina en el espléndido contracanto que tituló La retama o La flor del desierto, al pie del Vesubio, uno de sus poemas más portentosos, una desolada y extensa composición sobre la ruina y la fugacidad simbolizada en esa retama que brota en la ceniza volcánica para acabar muriendo en un destino que comparte con el poeta (Soccomberai del sotterraneo foco).

El de Leopardi es el Romanticismo más profundo y por eso mismo el menos efímero, el que hace de él un clásico y por tanto un contemporáneo, un poeta en  quien el pesimismo y la angustia encuentran un doble consuelo en la serenidad contemplativa y en la armonía de su palabra poética, que inauguró la modernidad poética en la literatura europea.

Santos Domínguez


22 junio 2013

Leopardi. Las pasiones


Giacomo Leopardi.
Las pasiones.
Edición e introducción de
Fabiana Cacciapuoti.
Traducción del italiano 
y epílogo de Antonio Colinas. 
Siruela. Madrid, 2013.


El sentimiento de la venganza es tan grato que, con frecuencia, uno desea ser injuriado para poderse vengar, escribe Giacomo Leopardi en una de las notas del Zibaldone di pensieri, el monumental diario que escribió el poeta de Recanati entre 1817 y 1832.

Como Schubert en música, Leopardi (Recanati, 1798-Nápoles, 1837) representa en poesía la síntesis de lo clásico y lo moderno en un estilo nuevo. Sus personalidades, atormentadas y complejas, propensas a la huida, crearon obras de asombrosa modernidad de lenguaje y de tono.

En 1827 Leopardi redactó una nota que tituló Tratado de las pasiones. Era un índice temático en el que señalaba los 164 fragmentos del Zibaldone que debían constituir esa unidad temática.

Esos fragmentos, ordenados según la nota autógrafa del poeta, son los que acaba de publicar Siruela en una espléndida edición preparada y prologada por Fabiana Cacciapuoti y traducida por Antonio Colinas, que ha escrito un breve epílogo para la ocasión.

Las pasiones eran un proyecto de libro porque sus temas son uno de los centros de interés del pensamiento y la obra de Leopardi, uno de los ejes vertebrales de las miles de páginas del Zibaldone. En estos fragmentos está el escritor sensible y lúcido, amargo y sutil que escribió algunos de los poemas más memorables del siglo XIX a la luz de una vela en sus noches de insomnio.

La idea central en la que insiste Leopardi es que el hombre moderno es indiferente a las pasiones o las vive con baja intensidad y contención frente al desbordamiento apasionado del hombre natural o a la armonía con la naturaleza del hombre antiguo.

Como en tantas otras zonas de su vida y su obra, Leopardi está en la frontera contradictoria e integradora que separa la actitud del hombre moderno de los comportamientos del hombre antiguo. Él, que no se siente moderno y sabe que sus modelos son anacrónicos, vive apartado del mundo en la biblioteca familiar en una actitud evasiva muy característicamente romántica que en su caso se intensifica por sus problemas físicos y su deformidad

Y desde esa tierra de nadie Leopardi analiza, antes que nada, sus propias pasiones y recorre la literatura y los modelos clásicos para ejemplificar o analizar el amor, el odio, la tristeza o la envidia ( Yo no he probado nunca la envidia en lo que atañe a asuntos  en los que me he creído hábil, como en la literatura, donde,  es más, he sido inclinadísimo a alabar), el miedo, la compasión (la única cualidad y pasión humanas que no posee en  absoluto mezcla alguna de amor propio), el valor o la gloria:

La gloria no es una pasión propia, en absoluto, del hombre primitivo y solitario. Sin embargo, la primera vez que un grupo de hombres se unió para matar a alguna fiera o por cualquier otro motivo en el que hubiese sido necesario un intercambio  de ayuda, aquel que mostró más valor se sintió llamado valiente  de manera sincera, y sin adulación por parte de aquella gente que aún no conocía este defecto. Dicha palabra le complació,  y así él, como cualquier otro espíritu magnánimo que hubiese estado presente, sintió por vez primera el deseo de alabanza. Y así nació el amor por la gloria. 

El de Leopardi, no solo en sus Cantos, también en su prosa, de la que este volumen es una inmejorable muestra, es el Romanticismo más profundo y por eso mismo el menos efímero y el más integrador, el que hace de él un clásico en el que el pesimismo y la angustia encuentran un doble consuelo en la serenidad contemplativa y en la armonía de la palabra. 

Santos Domínguez



27 diciembre 2019

Leopardi. Dulce y clara es la noche


Giacomo Leopardi.
Dulce y clara es la noche.
Antología esencial. 
Traducción y selección de Antonio Colinas.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019.


Siempre caro me fue este yermo cerro
y este seto, que priva a la mirada
de tanto espacio del último horizonte.
Mas, sentado y contemplando, interminables
espacios más allá de aquellos, y sobrehumanos
silencios, y una quietud hondísima
en mi mente imagino. Tanta, que casi
el corazón se estremece. Y como oigo
el viento susurrar en la espesura,
voy comparando ese infinito silencio
con esta voz. Y me acuerdo de lo eterno,
y de las estaciones muertas, y de la presente
y viva, y de su música. Así que, entre esta
inmensidad, mi pensamiento anego,
y naufragar me es dulce en este mar.

Esa traducción de L’infinito, de Giacomo Leopardi, forma parte de la antología esencial que Antonio Colinas publica en la colección de poesía de bolsillo de Galaxia Gutenberg.

Una “antología reducida” en la que Colinas reúne los poemas centrales en los que “la poesía de Leopardi brilla con luz propia”, “aquellos cantos que yo considero esenciales, no solo por su valor intrínseco, sino por poseer esas cuatro características que atrás ya he recogido: emoción, pureza, claridad, intensidad.”

Como Schubert en música, Giacomo Leopardi (Recanati, 1798-Nápoles, 1837) representa en poesía la síntesis de lo clásico y lo moderno en un estilo nuevo. Sus personalidades, atormentadas y complejas, propensas a la huida, crearon obras de asombrosa modernidad de lenguaje y de tono.

Leopardi está en la frontera contradictoria e integradora que separa la actitud del hombre moderno de los comportamientos y la mirada del hombre antiguo. Él, que no se siente moderno y sabe que sus modelos son anacrónicos, vive apartado del mundo y busca refugio en la biblioteca familiar y consuelo en el arte y la belleza en una actitud evasiva muy característicamente romántica que en su caso se intensifica por sus problemas físicos y su deformidad dolorosa.

Romántico a su pesar y poeta imprescindible, Leopardi fue, junto con Shelley, el más lucreciano de los poetas románticos. Y lejos del patetismo o la desmesura de Byron, encontró su voz más personal y duradera en los Cantos, especialmente en algunos de sus poemas centrales, como El infinito, La noche del día de fiesta ('Dolce e chiara è la notte e senza vento...'), La vida solitaria, A Silvia o Los recuerdos ('Passo gli anni, abbandonato, occulto').

En esos Cantos que escribió en Recanati y en Florencia entre 1819 y 1831 Leopardi fundió sentimiento y pensamiento en una armonía dolorosa, unió la contemplación y el recuerdo en una mirada reflexiva con la que la emoción se proyecta en la naturaleza y el paisaje se convierte en espacio de meditación.

En la cima de un monte al que se apartaba en sus días desolados o cuando la vista cansada no le dejaba leer, concibió en septiembre de 1819 esa cima poética que es El infinito, que culmina en la plena fusión en la nada de los últimos versos, llenos de contención y fuerza:

Cosí tra questa
inmensità s’annega il pensier mio:
e il naufragar m’è dolce in questo mare.

Esa es la parte central de su obra. Los últimos años, que también se reflejan en los cantos finales, escritos ya en Nápoles, fueron tiempos autodestructivos y feroces, años de ruina física y desorden vital, en los que se impuso la desesperación sobre la serenidad y la extravagancia pudo más que la reflexión.

Fueron años que dieron lugar a una poesía distinta, la que culmina en el espléndido contracanto que tituló La retama o La flor del desierto, al pie del Vesubio, uno de sus poemas más portentosos, una desolada y extensa composición sobre la ruina y la fugacidad simbolizada en esa retama que brota en la ceniza volcánica para acabar muriendo en un destino que comparte con el poeta ('Soccomberai del sotterraneo foco').

El de Leopardi es el Romanticismo más profundo y por eso mismo el menos efímero, el que hace de él un clásico y por tanto un contemporáneo, un poeta en  quien el pesimismo y la angustia encuentran un doble consuelo en la serenidad contemplativa y en la armonía de su palabra poética, que inauguró la modernidad poética en la literatura europea.

El título de la antología, Dulce y clara es la noche, es parte del primer verso de La noche del día de fiesta ('Dulce y clara es la noche, y sin viento'), uno de los poemas leopardianos imprescindibles, porque, en palabras de Colinas, “resume muy bien su especial sensibilidad, pero a la vez esa noche del ser que fue su vida  en busca de más luz.”

Santos Domínguez

26 febrero 2025

Leopardi. El desierto, la retama y el volcán

 



Giacomo Leopardi.
El desierto, la retama y el volcán.
Antología.
Edición de Cristina Coriasso Martín-Posadillo.
Alianza Editorial. Madrid, 2025.

Qué dolor oír, en la madrugada siguiente a un día de fiesta, el canto nocturno de los pueblerinos pasando. La infinitud del pasado me venía a la mente al pensar en los romanos, caídos después de tanto estruendo, y en tantos sucesos, ahora pasados, que yo comparaba dolorosamente con aquella profunda quietud y silencio de la noche, del que me hacía darme cuenta el relieve de aquella voz o canto pueblerino.

Ese párrafo del Zibaldone abre El desierto, la retama y el volcán, la estupenda antología de la obra en prosa y verso de Giacomo Leopardi (Recanati, 1798-Nápoles, 1837), que publica Alianza Editorial con edición, traducción, introducción y notas de Cristina Coriasso Martín-Posadillo.

Ese fragmento en prosa explica la génesis de La noche del día de fiesta (“Dolce e chiara é la notte e senza vento”), uno de los poemas esenciales de Leopardi. Aunque no recogido en esta selección, sus versos evocan un canto que interrumpe la calma nocturna y suscita en el poeta una meditación sobre el tiempo y la caducidad con versos como estos, que dejo en la traducción de los Cantos que publicó María de las Nieves Muñiz en Cátedra

                   Ay, por la calle
oigo no lejos el solitario canto 
del artesano, que de noche vuelve,
tras los solaces, a su pobre albergue;
y duramente se me oprime el pecho,
al ver que por la tierra todo pasa
sin casi dejar huella. Así ya ha huido 
este día de fiesta, y al festivo
le sigue el día vulgar, y borra el tiempo
todo humano accidente. ¿Dónde el eco
de las gentes famosas, y el imperio  
de antigua Roma, y el fragor, las armas
que cruzaron los mares y la tierra?
Todo es paz y silencio; todo posa
en el mundo y nadie los recuerda.

Esa vinculación entre la obra en prosa de Leopardi, especialmente el Zibaldone di pensieri, y su poesía justifica que cada uno de los seis apartados temáticos en que se organiza la estructura de esta antología se abra con fragmentos del Zibaldone y de los Opúsculos morales para dar paso a poemas canónicos del poeta de Recanati como El infinito, A la luna, A la primavera o de las fábulas antigua, Canto nocturno de un pastor errante de Asia y La retama o la flor del desierto. Una antología rematada por una pormenorizada ecronología leopardiana y una bibliografía primaria y secundaria sobre su vida y su obra.

‘Teoría del placer: lo infinito, la nada, el tedio, el recuerdo’, ‘Naturaleza y razón’, ‘Naturaleza y arte’, ‘Poesía y filosofía’, ‘Ilusiones y realidad’ y ‘El desierto, la retama y el volcán’, que da título al volumen, son las seis partes en las que se organiza una antología vertebrada -señala la editora- “a partir de sus principales líneas de pensamiento. El lector encontrará aquí, por tanto, textos de la primera etapa de su diario Zibaldone, un auténtico ejercicio de «escritura en movimiento»; una selección poética de sus Cantos, así como de sus cuentos y diálogos filosóficos conocidos como Operette morali.

Como Schubert en música, Leopardi representa en poesía la síntesis de lo clásico y lo moderno en un estilo nuevo. Sus personalidades, atormentadas y complejas, propensas a la huida, crearon obras de asombrosa modernidad de lenguaje y de tono.

“La grandeza de su poesía -afirma Cristina Coriasso en su Introducción- se debe a su exacerbada sensibilidad, así como al hecho de que se trata de una poesía filosófica, que se nutre de un dominio filológico y de un conocimiento enciclopédico, de los que dan cuenta también sus otras dos grandes obras, el diario Zibaldone y los Opúsculos morales, también presentes en esta antología.”

Leopardi está en la frontera contradictoria e integradora que separa la actitud del hombre moderno de los comportamientos y la mirada del hombre antiguo. Él, que no se siente moderno y sabe que sus modelos son anacrónicos, vive apartado del mundo y busca refugio en la biblioteca familiar y consuelo en el arte y la belleza en una actitud evasiva muy característicamente romántica que en su caso se intensifica por sus problemas físicos y su deformidad dolorosa.

Romántico a su pesar y poeta imprescindible, Leopardi fue, junto con Shelley, el más lucreciano de los poetas románticos. Y lejos del patetismo o la desmesura de Byron, encontró su voz más personal y duradera en los Cantos, especialmente en algunos de sus poemas centrales, como El infinito, La noche del día de fiesta (“Dolce e chiara è la notte e senza vento...”), La vida solitaria y A Silvia o Los recuerdos (Passo gli anni, abbandonato, occulto).

En esos Cantos que escribió en Recanati y en Florencia entre 1819 y 1831 Leopardi fundió sentimiento y pensamiento en una armonía dolorosa, unió la contemplación y el recuerdo en una mirada reflexiva con la que la emoción se proyecta en la naturaleza y el paisaje se convierte en espacio de meditación.

En la cima de un monte al que se apartaba en sus días desolados o cuando la vista cansada no le dejaba leer, concibió en septiembre de 1819 esa otra cima poética que es El infinito, que culmina en la plena fusión en la nada de los últimos versos, llenos de contención y fuerza:

Así, en esta inmensidad anega el pensamiento: 
y el naufragar me es dulce en este mar.

Esa es la parte central de su obra. Los últimos años, que también se reflejan en los cantos finales, escritos ya en Nápoles, fueron tiempos autodestructivos y feroces, años de ruina física y desorden vital, en los que se impuso la desesperación sobre la serenidad y la extravagancia pudo más que la reflexión.

Fueron años que dieron lugar a una poesía distinta, la que culmina en el espléndido contracanto que tituló La retama o La flor del desierto, al pie del Vesubio, uno de sus poemas más portentosos, una desolada y extensa composición sobre la ruina y la fugacidad simbolizada en esa retama que brota en la ceniza volcánica para acabar muriendo en un destino que comparte con el poeta (“Soccomberai del sotterraneo foco”):

Y tú, mansa retama, 
que de odorantes tallos
estos campos estériles adornas, 
también tú, pronto a la cruel potencia 
sucumbirás del subterráneo fuego

El Romanticismo de Leopardi, no solo en sus Cantos, también en su prosa, de la que este volumen es una inmejorable muestra, es el Romanticismo más profundo y por eso mismo el menos efímero, el que hace de él un clásico y por tanto un contemporáneo, un poeta en  quien el pesimismo y la angustia encuentran un doble consuelo en la serenidad contemplativa y en la armonía de su palabra poética, que inauguró la modernidad poética en la literatura europea.

Esta antología -concluye Cristina Coriasso- ofrece al lector “un primer mapa ideal para una inmersión en una de las mentes más brillantes, profundas y portentosas del pensamiento europeo del siglo XIX: un autor fundamental para comprender el mundo actual.”

Santos Domínguez

 

20 diciembre 2019

Navidades de libro. Poesía


Giacomo Leopardi.
Dulce y clara es la noche.
Antología esencial.
Traducción y selección de Antonio Colinas.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019.


Galaxia Gutenberg publica en su colección de poesía de bolsillo Dulce y clara es la noche, una Antología esencial de Giacomo Leopardi preparada por Antonio Colinas.

Una “antología reducida” en la que Colinas reúne los poemas centrales en los que “la poesía de Leopardi brilla con luz propia”, “aquellos cantos que yo considero esenciales, no solo por su valor intrínseco, sino por poseer esas cuatro características que atrás ya he recogido: emoción, pureza, claridad, intensidad.”

Como Schubert en música, Giacomo Leopardi (Recanati, 1798-Nápoles, 1837) representa en poesía la síntesis de lo clásico y lo moderno en un estilo nuevo. Sus personalidades, atormentadas y complejas, propensas a la huida, crearon obras de asombrosa modernidad de lenguaje y de tono.

Leopardi está en la frontera contradictoria e integradora que separa la actitud del hombre moderno de los comportamientos y la mirada del hombre antiguo. Él, que no se siente moderno y sabe que sus modelos son anacrónicos, vive apartado del mundo y busca refugio en la biblioteca familiar y consuelo en el arte y la belleza en una actitud evasiva muy característicamente romántica que en su caso se intensifica por sus problemas físicos y su deformidad dolorosa.

Romántico a su pesar y poeta imprescindible, Leopardi fue, junto con Shelley, el más lucreciano de los poetas románticos. Y lejos del patetismo o la desmesura de Byron, encontró su voz más personal y duradera en los Cantos, especialmente en algunos de sus poemas centrales, como El infinito, La noche del día de fiesta ('Dolce e chiara è la notte e senza vento...'), La vida solitaria, A Silvia o Los recuerdos ('Passo gli anni, abbandonato, occulto').




Charles Simic.
El señor de las máscaras.
Traducción de Nieves García Prados.
Valparaíso Ediciones. Granada, 2018.

Con traducción de Nieves García Prados Valparaíso publica El señor de las máscaras, el libro que el poeta serbio-estadounidense Charles Simic (Belgrado, 1938) publicó en 2010.

Organizado en cinco secciones, es una muestra de la poesía directa, de línea clara, pero rica en matices en sugerencias y en connotaciones de la escritura de Simic.

Exploración en la memoria y voluntad interrogativa, reflexión e imaginación se combinan en estos poemas que indagan en los secretos de la identidad, en la soledad y la incomunicación, en el enigma de lo cotidiano.

La simplicidad engañosa de su estilo narrativo y su tono conversacional persigue la movilización de los sentidos a través de imágenes visionarias y metáforas inesperadas que revelan su estirpe surrealista en el cruce de lo interior y lo exterior, de lo real y lo irreal que anticipa la cita inicial de Wallace Stevens: “Todo lo irreal puede ser real.”




Ernesto Cardenal.
Poesía completa.
Edición y estudio preliminar
de María Ángeles Pérez López.
Editorial Trotta. Madrid, 2019.

“La obra de Cardenal es extraordinariamente fecunda y ha tenido gran influencia en la poesía contemporánea  [...] Su Poesía completa va modulando diversos acentos y tonalidades que brindan, de modo muy original y en riquísimo diálogo con la tradición (las tantas tradiciones a las que interpela) una visión integral de lo humano que no excluye ninguno de sus perfiles: junto al poeta hallamos al historiador, al antropólogo, al místico, al revolucionario, al que, en conjunto, aspira a nombrar una verdad individual y colectiva cuya raíz es el amor. Cuando en 2012 recibió el Premio Reina Sofía, afirmaba la unión de poesía y amor como absolutos.

Por otro lado, su Poesía completa permite advertir la evolución del autor, que va abriendo paso en los últimos años a cuestiones científicas y cosmológicas frente a los grandes proyectos históricos y políticos de los sesenta y setenta con los que se sintió identificado, que revisa críticamente en tanto su carga totalitaria y hegemónica ha sido padecida con rigor. Y en el presente, abre hacia el espacio del cosmos el abrazo que su obra ha deseado brindar desde el comienzo”, escribe María Ángeles Pérez López en el magnífico estudio preliminar que abre su edición de la Poesía completa con que la Editorial Trotta culmina la publicación de la Biblioteca Ernesto Cardenal, en la que ha ido apareciendo la obra completa del poeta nicaragüense (Granada, 1925).

Este espléndido volumen refleja, en edición supervisada por el autor, la evolución de siete décadas de escritura poética que transcurre desde la indagación en la historia y la reivindicación política a la preocupación por la ciencia y el impulso místico que culminan en 1993 en Telescopio en la noche oscura, donde “Cardenal explora la fusión amorosa que vincula física y mística a través de nuevos tonos y un registro de gran desnudez expresiva.”

En conjunto, Ernesto Cardenal ha ido construyendo una obra torrencial desde la búsqueda incesante: desde la formación vanguardista al prosaísmo coloquial y antirretórico, a la voluntad narrativa que recorre sus libros de poesía.

Desde los Epigramas iniciales hasta el más reciente Hijos de las estrellas, su trayectoria poética está jalonada por libros como Salmos, Oración por Marilyn Monroe y otros poemas, Coplas a la muerte de Merton o Cántico cósmico, que cumple ahora treinta años y que en palabras de la editora es “sin duda el proyecto más ambicioso de la obra cardenaliana.”




Pablo Neruda.
Poesía completa.
Tomo I. 1915-1947.
Seix Barral. Barcelona, 2019.


Seix Barral publica el primero de los cinco tomos en los que se organiza la Poesía completa de Pablo Neruda en una edición preparada por Darío Oses y Mario Verdugo, que han fijado los textos según las primeras ediciones y las que el propio autor consideró definitivas, junto con el cotejo de manuscritos y mecanoscritos corregidos de puño y letra por el poeta.

“Entregar al lector del siglo XXI una edición cuidado de la obra de uno de los más grandes poetas del siglo XX” es el propósito declarado por los editores en la nota preliminar de este primer volumen que recoge la poesía y la prosa poética que Neruda escribió entre 1915 y 1947, entre Crepusculario y Tercera Residencia.

Organizado en dos partes, la primera reúne las obras que Neruda organizó el libro cerrado sanitarios, mientras que la segunda recoge la abundante poesía dispersa o inédita de ese mismo periodo: los poemas del Álbum Terusa, de Los cuadernos del poeta adolescente o los que aparecieron en revistas de Santiago o de Temuco, lo que completa un amplio repertorio de su poesía inicial que Matilde Urrutia y Jorge Edwards recopilaron parcialmente en 1980 en El río invisible.

Desde el periodo de formación en el que está germinando la poesía posterior de Neruda hasta cimas de su obra y de la poesía del siglo XX como Residencia en la tierra, se ofrece en este volumen la poesía inicial -y epigonal a la vez- de Neruda, heredera del simbolismo y el modernismo y proyectada en el ritual amoroso de Crepusculario; la explosión del erotismo adolescente de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada; la transición de Tentativa del hombre infinito y El hondero entusiasta, las prosas poéticas de Anillos y la nueva modernidad vanguardista del surrealismo, con la que aparecen en su poesía el conflicto, la incertidumbre y la búsqueda, la desintegración del mundo y la muerte para levantar esa cumbre poética que es Residencia en la tierra, uno de los libros imprescindibles de la poesía del siglo XX en español.




Manuel Alcántara.
Mar de fondo. 
Poesía reunida 1955-2018.
Edición e Introducción de Francisco Ruiz Noguera.
Ciudad del Paraíso. Ayuntamiento de Málaga, 2019.


En su magnífica colección Ciudad del Paraíso el Ayuntamiento de Málaga publica la poesía completa de Manuel Alcántara con el título Mar de fondo. Poesía reunida 1955-2018en una edición preparada por Francisco Ruiz Noguera.

La memoria y el olvido, el amor y el tiempo, la identidad y el sentido de la vida son los temas que atraviesan una poesía existencial emparentada con José Luis Hidalgo y Blas de Otero en la que coinciden el personaje poético y el escritor, reunidos en la primera persona confesional que recorre toda la obra poética de Manuel Alcántara, un poeta que se mueve entre el registro clásico del soneto y el tono neopopularista del arte menor y la soleá pasando por algunos ejercicios de series libres de versos asonantados. 


Y por encima de esa variedad métrica, el ritmo cuidado, ligero o solemne, de los versos, un extraordinario cuidado formal, una conciencia aguda del lenguaje -“yo sé que las palabras son una cosa muy seria”- y una concepción de la  poesía como forma de conocimiento de sí mismo y del mundo, como una manera de afrontar el vértigo del tiempo y de “escribir las memorias de mi olvido.”

Una poesía cuyos rasgos esenciales ya estaban prefigurados en el segundo de los textos de Manera de silencio, titulado Biografía. Es uno de los mejores poemas de Manuel Alcántara y termina con estos versos:

Unas pocas palabras me mantienen:
duda, esperanza, amor... Siempre me pierdo...
Amor, duda, esperanza... Siempre vienen...
La ilusión, si la he visto, no me acuerdo.

Lo mejor del recuerdo es el olvido...

Málaga naufragaba y emergía...

Manuel, junto a la mar, desentendido;
hubo una vez un niño en la bahía.

Y hay un hombre de pie sobre mis huellas
indefenso y sonoro, a ras del suelo,
que se irá mientras hacen las estrellas 

propaganda de Dios allá en el cielo.





Emily Dickinson. 
Palabras como espadas.
Antología bilingüe. 
Selección y traducción de Amalia Rodríguez Monroy. 
Alianza Editorial. Madrid, 2019.


“Si la obra de arte se resiste siempre a la interpretación, en el caso peculiarisimo de Emily Dickinson (1830-1886) esa resistencia al sentido -sobre todo al sentido común- se presenta al lector como clave central de lectura”, escribe Amalia Rodriguez Monroy en la nota intensa y profunda que cierra su traducción de la antología bilingüe Palabras como espadas de la irrepetible poeta de Amherst que publica Alianza Editorial, que toma su título de estos versos:

Ella manejaba sus bellas palabras como Espadas- 
Qué brillo desprendían 

Es una espléndida muestra del mundo poético de Emily Dickinson, un acercamiento al poema como abismo y como enigma, a su palabra ensimismada y misteriosa, una incursión en el espacio prohibido de la excepción y el margen en el que se instaló aquella mujer desolada que decidió un día encerrarse en una habitación en la que la acompañaron la angustia y la soledad, mientras veía por la ventana esa cosa con plumas que se llama esperanza: 

Luego el Espacio -comenzó a tocar a muerto, 
Y todos los Cielos eran una Campana. 

Tan extraña y opaca como su poesía, Emily Dickinson se aisló del mundo en una clausura progresiva y física como la ceguera que sufrió en sus últimos años. Atravesó episodios sucesivos de exaltación desmesurada y profundo desánimo que se reflejan en los poemas que mantuvo a resguardo del mundo y de los que publicó sólo cinco en vida. 

Desde 1861, se había parapetado detrás de lo que ella misma llamaba mi blanca elección. A partir de entonces llevó un luto particular de color blanco. Se recluyó tras los muros íntimos de la casa familiar, ajena a la atmósfera asfixiante de una ciudad pequeña. Entre el entusiasmo creativo y las horas de plomo, Emily Dickinson quiso hacer de la poesía una casa embrujada semejante a la naturaleza. Hasta que murió en esa mítica penumbra en 1886, casi nadie la vio y de ella sólo se conserva esa diáfana imagen de una blanca mariposa de la luz.

Pese a ese carácter secreto y privado de su poesía, pese al conocimiento tardío y al aún más tardío reconocimiento de su obra, su influencia es comparable a la de Baudelaire, Hölderlin, Withman o Rimbaud. Su personalidad escindida entre el encierro físico y la huida espiritual proyectó en su obra las renuncias y los desengaños, las sublimaciones y las represiones de un ambiente puritano y calvinista como el de la Nueva Inglaterra de la que procedían los Dickinson. 

Entre la distante frialdad y la emoción contenida y expresada con una inusual intensidad verbal, con una constante ambigüedad, con una enigmática retórica de la elipsis y el silencio y una radical concentración expresiva que satura de sentido las palabras, la poesía fue la vía de escape de su personalidad atormentada, la forma de expresión de su mundo ensimismado y ciclotímico en el que la muerte es a la vez liberación y aniquilación.

Poesía tan hermética e inquietante, tan clara y oscura como el mundo pequeño en el que se encerró su autora, retirada de la vida y confinada en los límites de su cuarto y un jardín que veía desde la ventana, con una discreta rebeldía ante la sociedad puritana de la que fue no sólo víctima, sino una de sus flores más pálidas y tristes.




Marin Sorescu.
Alma, que sirves para todo.
Antología poética.
Traducción e introducción 
de Catalina Iliescu Gheorghiu,
Linteo Poesía. Orense, 2019. 


“Sorescu es por encima de todo un poeta. Un poeta con un universo original e identificable a primera vista. Su especificidad proviene de su espíritu crítico, lucidez, impresión de presente continuo, ostentación de lo prosaico, desmitificación deliberada de lo sagrado”, escribe Catalina Iliescu Gheorghiu en la introducción con la que presenta su edición de Alma, que sirves para todo, la antología bilingüe que reúne en un volumen editado por Linteo Poesía una muestra representativa de la poesía del rumano Marin Sorescu (1936-1996).


Lo abre uno de sus poemas más conocidos, uno de esos raros poemas en los que se representa la totalidad del mundo, entre lo cómico y lo trágico, como en Shakespeare, a quien está dedicado.


Leer los poemas de esta antología es una buena manera de conocer la mirada incisiva de una poesía clara en la que coexisten lo lúdico y lo profundo, el humor y la seriedad en un estilo narrativo sencillo y alusivo que habla de la simplicidad de lo cotidiano y de la condición humana desde la parodia desmitificadora y la fabulación, desde la ética existencial y la paradójica conciencia del absurdo, desde la busca del sentido de la vida y a veces su celebración, porque


a pesar de todo,

en la tierra hay vida 
que está siendo aprovechada al máximo.

La de Sorescu es una poesía realista que se instala en la cercanía del lector y busca su complicidad con su tono ligero, su desnudez expresiva y su honda capacidad de penetración en la complejidad de lo real mediante la reflexión y el ingenio, la ironía o la emoción.





Wallace Stevens.
Harmonium. 
Edición bilingüe.
Traducción de José Luis Rey.
Reino de Cordelia. Madrid, 2019.

“Bienvenidos al reino de la imaginación. Wallace Stevens (1879-1955) es un poeta, si no el poeta, central en el canon de la poesía anglosajona del siglo XX. Harmonium, publicado en 1923 (con añadido posterior de algunos poemas) es su primer libro. Tenemos, pues, a un poeta que debuta tardíamente (con 44 años), pero de una forma rotunda y originalísima”, escribe José Luis Rey en el prólogo de su traducción de Harmonium, el primer libro de Wallace Stevens – “un místico de la estética, un esteticista trascendente que ha hecho de la poesía su religión y su fe”-, que publica en una magnífica edición bilingüe Reino de Cordelia.


Era ya un hombre maduro cuando publicó ese primer libro, que lo revelaba como dueño de un mundo poético propio y una voz lírica personal que había ido construyendo durante los años en los que mantuvo inéditos sus tanteos poéticos.


Porque en Harmonium se percibe ya el tono característico de su poesía, construida desde una mirada que está contenida en la alusión musical del título y en poemas memorables como Domingo por la mañana, un texto central no sólo de este libro, sino de toda su poesía, cuyas ocho secciones son una celebración de la plenitud de la vida y de la fusión con la naturaleza.


Así termina la primera parte:


El día es agua extensa, muy silenciosamente, 

Calmada para el paso de sus pies soñadores 
Más allá de los mares, hacia una callada Palestina, 
El reino de la sangre y de la tumba.

La armonía del mundo que refleja este poema en el que la muerte es la madre de la belleza se revela como uno de los signos característicos de la poesía de Wallace Stevens. Y como en el resto de su obra, compleja y cautivadora, el poeta se convierte ya en ese texto, por decirlo con las palabras que le dedicó Harold Bloom, en “un sacerdote no de lo invisible sino de eso visible que él se afana por hacer un poco más difícil de ver.”



Santos Domínguez




18 mayo 2009

Leopardi. Diario del primer amor

Giacomo Leopardi.
Diario del primer amor.
Traducción de César Palma.
Prólogo de Rafael Argullol.
Errata naturae. Madrid, 2009.

Errata naturae inaugura nueva colección, La mujer cíclope, que se acoge a un apócrifo de Pausanias, el geógrafo siciliano que añadía a la trinidad de Hesiodo la figura de un cuarto cíclope “con los senos y la belleza propios de una hembra” y cuyo culto, por razones desconocidas, fue prohibido hasta entre aquellos impíos corintios a los que San Pablo escribió una muy comentada carta.

Bajo el auspicio de ese patronazgo apócrifo, femenino y verbal, la colección se inaugura con una delicadeza literaria, el Diario del primer amor, que Leopardi escribió en unos pocos días de fiebre amorosa provocada por la dama adriática de Pésaro. Es el Leopardi juvenil -¿dejó de serlo alguna vez?- que a los diecinueve años se enamora de una mujer casada, casi diez años mayor y prima de su padre. Fue una experiencia efímera que sin embargo marcó decisivamente la educación sentimental del poeta.

Las noches en vela para poner en orden los sentimientos y los pensamientos ante un amor imposible buscado como novedad y experiencia de amargura, el "querido dolor" son las claves que poco después concretaría poéticamente en su Canto del primer amor.

En ese diálogo interior, afrontado con sutileza introspectiva y con la contención expresiva característica de la reflexión leopardiana, el pensamiento analítico se impone a la melancolía.

Traducido por César Palma y prologado por Rafael Argullol, que escribe sobre la ironía melancólica del solitario de Recanati, el volumen – cuidado con el mimo que merece la fragilidad de Leopardi- se completa con los Recuerdos de infancia y de adolescencia, las notas introspectivas que escribió dos años después, en 1819, como preludio del Zibaldone dei pensieri.

Santos Domínguez

26 febrero 2010

Leopardi. Cantos


Giacomo Leopardi.
Cantos.
Edición bilingüe de
María de las Nieves Muñiz.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2009.

Como Schubert en música, Giacomo Leopardi (Recanati, 1798-Nápoles, 1837) representa en poesía la síntesis de lo clásico y lo moderno en un estilo nuevo. Sus personalidades, atormentadas y complejas, propensas a la huida, crearon obras de asombrosa modernidad de lenguaje y de tono.

Lejos del patetismo o la desmesura de Byron, Leopardi encontró su voz más personal y duradera en los Cantos, especialmente en algunos de los poemas centrales como El infinito, La noche del día de fiesta (Dolce e chiara è la notte e senza vento...), La vida solitaria, A Silvia o Los recuerdos (passo gli anni, abbandonato, occulto).

Son los Cantos que escribió en Recanati y en Florencia entre 1819 y 1831, en los que fundió sentimiento y pensamiento en una armonía dolorosa, contemplación y recuerdo en una mirada reflexiva con la que la emoción se proyecta en la naturaleza y el paisaje se convierte en espacio de meditación.

En la cima de un monte al que se apartaba en sus días desolados o cuando la vista cansada no le dejaba leer, concibió en septiembre de 1819 esa otra cima poética que es El infinito, que culmina en la plena fusión en la nada de los últimos versos, llenos de contención y fuerza (Cosí tra questa / inmensità s’annega il pensier mio:/e il naufragar m’è dolce in questo mare).

El de Leopardi es el Romanticismo más profundo y por eso mismo el menos efímero, el que hace de él un clásico en el que el pesimismo y la angustia encuentran un doble consuelo en la serenidad contemplativa y en la armonía de la palabra poética.

Es la parte central de su obra. Los últimos años, que también se reflejan en los Cantos finales, escritos ya en Nápoles, fueron años autodestructivos y feroces, años de ruina física y desorden vital, en los que se impuso la desesperación sobre la serenidad y la extravagancia pudo más que la reflexión.

Fueron años que dieron lugar a una poesía distinta, la que culmina en el espléndido contracanto que tituló La retama o La flor del desierto, al pie del Vesubio, una desolada y extensa composición sobre la ruina y la fugacidad simbolizada en esa retama que brota en la ceniza volcánica para acabar muriendo en un destino que comparte con el poeta (soccomberai del sotterraneo foco).

La edición de los Cantos que acaba de publicar Mª de las Nieves Muñiz en Cátedra revisa la que apareció en esta misma colección en 1998.


Santos Domínguez

02 marzo 2026

John Berger. El sentido de la vista

  


John Berger.
El sentido de la vista.
Traducción de Pilar Vázquez.
Alianza Editorial. Madrid, 2026.

En el año del centenario de John Berger (Londres, 1926-Antony, Francia, 2017), Alianza recupera en edición ilustrada en su colección de ensayo El sentido de la vista, una recopilación antológica de cuarenta y tres textos, (poemas, artículos y ensayos breves, de carácter autobiográfico o de crítica de arte) que, con traducción de Pilar Vázquez, resumen el mundo literario de Berger a través de sus temas esenciales, como subraya en la introducción del volumen Lloyd Spencer, responsable de la selección de textos y de la edición:  “Este es su quinto volumen de la colección de ensayos y es el que abarca el período más extenso, el de mayor variedad en los tipos de escritura y en los asuntos que trata. Inscrito en las preocupaciones de su obra más reciente, permite que uno tenga una percepción de la evolución de sus escritos. Representativo del John Berger ensayista, arroja luz sobre los impulsos que subyacen a gran parte de su obra en otros medios expresivos y en otros géneros. El amor y la pasión, la muerte, el poder, el trabajo, la experiencia del tiempo y la naturaleza de nuestra historia actual: no solo los numerosos temas que se encuentran en este libro son importantes como focos que iluminan la obra de John Berger, sino que también constituyen urgentes preocupaciones contemporáneas. Seleccionar y ordenar el material fue relativamente sencillo. Presentarlo no lo es tanto.”

“Con John Berger -añade Spencer- ver es realmente lo primero. Y a pesar de la carrera literaria que ha desarrollado, y de los niveles de complejidad y abstracción presentes en su obra escrita, hay un sentido en el que ver, percibir e imaginar han conservado su primacía como forma de comprender el mundo.” Porque “explorar las relaciones entre el significado visual y el verbal, entre las palabras y las imágenes, ha sido una preocupación recurrente en la obra de John Berger”, que compaginó la práctica literaria con el ejercicio de la pintura y el dibujo y escribió a menudo y de manera profesional como crítico de arte, con lo cual -como señala Spencer- “la escritura se convirtió en su principal vehículo, su propio medio de comunicación, pero en cierto sentido su realidad fundamental y sus intereses más constantes eran visuales.”

Esa relación entre la literatura y la pintura, entre la imagen y la palabra, que es el eje central de la escritura de Berger -no sólo de su obra ensayística, también de su narrativa-, tuvo su mejor exponente en Modos de ver, resultado de un guion para una serie televisiva que se emitió en la BBC en 1972 e influyó mucho en los cambios sobre la teoría de la recepción del arte, pero dejó también otras muestras admirables de su reflexión sobre la pintura en ensayos como Fama y soledad de Picasso, El último retrato de Goya o Sobre el dibujo.

En cuanto a los escritos seleccionados en esta antología, articulados en ocho partes, “se organizaron ellos solos -explica Spencer- de forma bastante clara en un sencillo orden bajo un puñado de encabezamientos: el viaje y la emigración, los sueños, el amor y la pasión, la muerte, el arte como actividad y artefacto, y la relación entre el trabajo con el lenguaje y la labor física que produce y reproduce el mundo.”

Con esa secuencia temática, los cuarenta y tres textos de El sentido de la vista exploran la red de relaciones entre el arte y la memoria, la palabra y el tiempo, la cultura y la política. La mirada del pintor y la voz del poeta, el narrador y el ensayista se funden en estos textos de variada temática, unificados por una misma mirada que intenta descifrar el sentido último de la existencia y aspira a hacer comprensibles las claves de nuestro mundo a partir de temas como el viaje, el exilio y la emigración, la literatura, las obras de arte o la muerte.

Son textos breves e intensos en los que Berger escribe esencialmente sobre el lugar y el tiempo de la pintura y los pintores: sobre El jinete polaco o la Betsabé de Rembrandt y las mujeres en la pintura de Bonnard, sobre la densidad de la mirada de Vermeer y las majas de Goya, sobre “el infinito anhelo de realidad” de Van Gogh y los dos autorretratos de Durero, sobre el alfabeto del amor y lo infinito en Modigliani y el misterio de un desnudo de Franz Hals, sobre la bailarina de Degas y los ojos de Monet o sobre la revolución artística del cubismo, el movimiento que “cambió la naturaleza de la relación entre la imagen pintada y la realidad” y al que dedica el ensayo más largo y minucioso del libro.

Es el arte de la mirada el que se ve concernido en todos esos ensayos: la mirada que se fija en la pintura y la mirada que se proyecta sobre el mundo y elige una perspectiva crítica y creativa para elaborar la interpretación de su sentido.

Porque igual que para el artista dibujar es descubrir, como escribió en Dibujo del natural, también la escritura es un método de conocimiento para Berger, un escritor excepcional que pinta con palabras el mundo y dibuja con el sentido de la vista el sentido de la vida.

Como en estos dos párrafos que cierran su ensayo de 1983 sobre Leopardi:

Quiero volver ahora a la paradoja: ¿por qué siguen dando ánimos las negras páginas de Leopardi? Cuando decía que la vida de Leopardi era la de un espectador pasivo, dejaba deliberadamente de lado un hecho notable: la producción solitaria y heroica de sus escritos. Si estos escritos inspiran pese a toda su desolación es porque, a su manera, participan en la producción del mundo. Y a estas alturas debería estar claro que este término ha de abarcar no solo el sentido clásico de la producción que le asigna la economía, sino también el estado de la existencia, nunca finalizada y siempre en vías de producción: la producción del mundo como realidad. Es de lo más significativo que en las Operette Morali Leopardi especule continuamente sobre la creación del universo y las fuerzas, nunca del todo omnipotentes, que lo sustentan.
¿Que lo sustentan o que lo socavan? Sus preocupaciones no eran retrospectivas, sino reales. La producción de la realidad nunca ha quedado finalizada, su resultado nunca ha sido decisivo. Siempre hay algo en juego. La realidad siempre está necesitada. Incluso de nosotros, por malditos y marginados que seamos. Por eso, lo que Leopardi llamaba «Intensidad» y lo que Schopenhauer denominaba «La Voluntad» -tal como el hombre las experimenta- forman parte del continuo acto de creación, de la producción interminable de significado frente a la «nulidad de las cosas». Y por eso también el pesimismo de Leopardi se trasciende a sí mismo.


Santos Domínguez 

22 marzo 2008

El sentido primero de la palabra poética


Antonio Colinas.
El sentido primero de la palabra poética.
Siruela. Madrid, 2008.


Antonio Colinas reedita en la Biblioteca de Ensayo de Siruela El sentido primero de la palabra poética, una amplia colección de ensayos que completan una poética basada en el equilibrio armónico entre la reflexión y el sentimiento, entre la razón y la emoción.

De ese planteamiento arranca el ensayo que abre el volumen y le da título. Sobre la interrelación entre pensamiento y poesía se pregunta Colinas:

¿No será posible un punto intermedio? Y digamos ya nombres: ¿no ha sido posible esa fusión, ese entramado de pensamiento y de ensueño poético en Parménides, en Juan de la Cruz, en Novalis, en Antonio Machado, por citar sólo cuatro ejemplos, lo más dispares y lo más alejados entre sí en el tiempo? En los versos de Parménides, en el Cántico sanjuanista –comentados sus versos o no–, en los versos y prosas de Novalis, en los de Machado –apoyados o no en las disquisiciones de sus heterónimos–, ¿no hay ese fondo unificador, esa armonía de la palabra musical, esa fidelidad a verdades últimas? En el tiempo existe una base de obras suficientes para afirmar que esa fusión se ha logrado. En ciertos hitos de la literatura universal se ha conseguido una palabra creadora que no sólo está definida por su carga de reflexión y de ensoñación. Disponemos de obras esenciales que vienen, ante todo, definidas por su verdad inmanente. Pero, con razón, uno podría preguntarse: pero, ¿qué es la verdad?, ¿qué es lo verdadero? ¿La verdad es el sentir o la verdad es el pensar? ¿No será, quizá, la verdad el revelar?

Ese texto inicial gira -como todo el libro- alrededor de cuatro épocas fundamentales en la historia del arte, la cultura y la poesía. Entre Hesíodo y Rilke, entre Virgilio y Ezra Pound, Colinas visita sus afinidades. De los clásicos mediterráneos grecolatinos al Renacimiento, de Manrique a Leopardi, y del Romanticismo a contemporáneos como Machado, Cernuda o Paz, los ensayos que forman los capítulos del libro se organizan en cuatro partes y un epílogo con tres entrevistas en las que el autor dialoga en presencia con Montale, Neruda o María Zambrano.

En realidad el resto del volumen es en buena medida un diálogo con la gran poesía de todos los tiempos, con aquellas tradiciones que más han influido en su escritura y educado su mirada y con los poetas que han marcado su visión de la naturaleza o su pensamiento estético o filosófico.

La mayor parte de estos ensayos los plantea Antonio Colinas como una poética, como una manera de buscarse a través de los poetas desde la tradición clásica al mundo contemporáneo. Y es que Antonio Colinas fija su poética en estos textos a través de sus lecturas y la reflexión sobre la poesía de los otros traza el diseño de su propia poética, su idea de una literatura en la que confluyen vida y obra en la voz personal de cada autor.

Virgilio, Dante, Manrique, Goethe, Leopardi, Rilke, Pound, Pasternak, Juan Ramón, Machado, Pessoa/Caeiro, Neruda, Montale, Cernuda, Aleixandre, Torga, Paz o María Zambrano son algunos de esos nombres en los que están las raíces literarias y las afinidades intelectuales y vitales de Antonio Colinas, que ofrece en esta recopilación su obra teórica más importante.

Se completa en ellos un entramado de relaciones entre poesía, música y pintura, o entre la naturaleza y ciudades que como Florencia o Venecia son también lugares del canto, ámbitos donde aparece el sentido primero y originario, y la palabra o la poesía surgen de la experiencia del ser.

Un excelente ensayo sobre el infinito en Leopardi es el eje de un libro en el que la contemplación se convierte en una de las fuentes del conocimiento y la poesía. La mística, el Romanticismo o María Zambrano son ejemplos de esa aspiración de absoluto y de conocimiento que está en el impulso de la poesía, de su soledad sonora, de su viaje hacia dentro.

Está aquí, insistente y luminoso, el paisaje mediterráneo - el mar, las ruinas- como clave de una teoría lírica, la palabra temporal de un Antonio Machado simbolista, la soledad fecunda de Rilke en Capri o en Toledo, los Poemas mágicos y dolientes de Juan Ramón como un libro de límites, el alto voltaje verbal de un Pound evocado en sus silencios venecianos, la lección de las ruinas en Luis Cernuda o la poética de la tierra del noroeste en Miguel Torga, el pensamiento inspirado de los ensayos de Octavio Paz, la reivindicación del sur en la poesía del 27 y el grupo Cántico, la evocación de María Zambrano y su magisterio filosófico y poético, sus iluminaciones y sus viajes interiores

En cada uno de estos ensayos Colinas se busca en los otros y reivindica el compromiso del escritor con su soledad, para escucharse a sí mismo y proyectar en su poesía esa experiencia interior de la palabra permanente e intemporal en la que se conjuran razón y misterio, palabra inspirada y conocimiento.

La primera versión de este libro se publicó en el Fondo de Cultura Económica hace veinte años. Esta nueva edición ampliada en Siruela de El sentido primero de la palabra poética incorpora nuevos ensayos sobre Juan Ramón Jiménez, Miguel Torga o Fernando Pessoa y añade toda una sección, la cuarta, que está dedicada al pensamiento de María Zambrano y a sus vinculaciones con la poesía.

De esa manera se cierra el círculo que abría el primer ensayo y que engloba textos de poética explícita como las Nuevas notas para una Poética, en las que se plantea la confluencia de pensamiento y poesía.


Santos Domínguez

08 febrero 2012

Harold Bloom. Anatomía de la influencia



Harold Bloom.
Anatomía de la influencia.
La literatura como modo de vida.
Traducción de Damià Alou.
Taurus. Madrid, 2011.

La crítica literaria, tal como yo pretendo practicarla, es en primer lugar literaria, es decir, personal y apasionada. No es filosofía, política ni religión institucionalizada. En sus autores más poderosos se trata de un tipo de literatura sapiencial y, por tanto, de una meditación sobre la vida.

Esa declaración de principios que figura en Anatomía de la influencia, el testamento crítico de Harold Bloom que publica Taurus, podría figurar en cualquiera de las otras obras de quien seguramente es el crítico más importante de las últimas décadas.

Anatomía de la influencia, el extenso ensayo que Bloom estuvo elaborando durante seis años, es su summa literaria, un amplio panorama de autores, obras, géneros y épocas que tiene como eje la reflexión sobre el concepto de influencia, sobre sus procesos y sus mecanismos, sobre la red de relaciones –a veces explícitas, a veces secretas y subterráneas- que une a unos escritores con otros.

Organizado cronológicamente en cuatro secciones que avanzan desde el siglo XVI hasta el XXI, tiene como puntos de partida a Shakespeare, el fundador, el escritor de los escritores, a cuya influencia –de Milton a Joyce, pasando por Shelley o por Leopardi- se dedica la tercera parte del libro, y a Walt Whitman, el más influyente de los escritores americanos, el poeta que representa la respuesta de la Tierra del Ocaso a la vieja Europa.

En torno a esas dos figuras centrales e ineludibles, Bloom vuelve a practicar una lúcida y apasionada forma de crítica literaria en una obra que se resume en el subtítulo La literatura como modo de vida. Porque, como señala él mismo, cualquier distinción entre vida y literatura es engañosa. Para mí la literatura no es solo la mejor parte de la vida; es en sí misma la forma de la vida, y esta no tiene ninguna otra forma.

Y en esa clave es memorable el análisis que Bloom hace de Edgar –el otro protagonista de Rey Lear-, el estudio de las elipsis en Hamlet y en La tempestad, la confluencia de voces en los sonetos, o la pervivencia del príncipe danés, que contiene en su figura a todos los hombres y mujeres, en el Satán de Milton, que pertenece a la misma estirpe visionaria de Hamlet, Yago o Macbeth, o su propuesta de entender la obra de Shakespeare como un vasto sueño, semejante a la Divina Comedia o a Finnegan’s Wake.

Porque para un escritor poderoso –escribe Bloom-, la extrañeza es la ansiedad de la influencia. La ineludible condición de lo sublime o de la alta literatura es el agón: Píndaro, las tragedias atenienses, y Platón enfrentándose a Homero, que siempre gana. La gran literatura comienza de nuevo con Dante, y prosigue con Shakespeare, Cervantes, Milton y Pope. Implícita en la famosa celebración de lo sublime de Longino –“Llenos de placer y de orgullo creemos haber creado aquello que solo hemos oído”- estaba la ansiedad de la infleuncia. ¿Qué parte es creación mía y qué parte he oído antes? La ansiedad es una cuestión de identidad personal y literaria. ¿Qué es mi yo y qué es mi no yo? ¿Dónde acaban las voces de otros y empieza la mía? Lo sublime transmite poder y debilidad imaginativos al mismo tiempo. Nos transporta más allá de nosotros mismos, provoca el misterioso reconocimiento de que uno nunca es completamente el autor de su propia obra o de su propio yo.

La ansiedad de la influencia es especialmente intensa en el campo de la poesía, porque –dice Bloom- los poetas más grandes suelen ser los más alusivos y en ellos resuenan las voces y los ecos de poetas anteriores, resucitados y modulados en una nueva voz.

Y así rastrea la presencia de Epicuro y Lucrecio en Leopardi y Shelley, en Walt Withman o Wallace Stevens, estudia la herencia de Shelley en Browning y en Yeats o califica a Ashbery, Merwin y Strand como hijos pródigos de Withman.

Una obra maestra que confirma que la función de la crítica literaria, como quería Samuel Johnson, cuya sombra benéfica flota sobre muchas de las páginas de este libro, es transformar la opinión en conocimiento y que leer, releer, describir, evaluar, apreciar deben ser la base de la crítica literaria.


Santos Domínguez


07 noviembre 2017

Tumbas de poetas y pensadores

Cees Nooteboom.
Tumbas de poetas y pensadores. 
Fotografías de Simone Sassen.
Traducción de María Condor.
Siruela. Madrid, 2017. 

¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido en absoluto? Porque aún nos dice algo, algo que sigue resonando en nuestros oídos, que hemos retenido e incluso no hemos olvidado, que nos sabemos de memoria y de vez en cuando repetimos, en voz baja o en voz alta. 
 (...)
Los poetas cuyas tumbas he visitado sabían todo esto. Yo no revelo aquí ningún secreto. Las he visitado porque forman parte de mi vida. Porque han acompañado dicha vida de las maneras más diversas y en los momentos más variados. Unas veces eran lisa y llanamente poetas, poetas en sentido amplio: versificadores y pensadores, escritores y filósofos, es decir, junto a Celan y Dante estaban también Descartes y Wittgenstein, Mann y Kafka; y otras, como en el caso de Borges o Joyce, una combinación de ambos. Para mí son voces vivas. Ni siquiera entre miles de lápidas funerarias he tenido jamás la sensación de haber ido a visitar a un muerto. La relación es siempre personal, incluso cuando se trata de poetas que murieron hace tanto tiempo como Virgilio, Hölderlin o Leopardi. 

Esas líneas pertenecen a Tumbas de poetas y pensadores, el libro de Cees Nooteboom que publica Siruela con traducción de María Condor.

Ilustrado con las espléndidas fotografías en blanco y negro que hizo Simone Sassen, es un libro espectacular que propone no sólo un itinerario por decenas de tumbas de escritores. Es también y sobre todo un diálogo con esos autores y una lúcida aproximación a sus obras, porque “cada visita a la tumba de un poeta es una conversación en la cual la respuesta ya está ahí mucho antes que todo lo que nosotros mismos pudiéramos decir.”

Las tumbas de Proust, Vallejo y Wilde en el cementerio Père Lachaise de París;  el Monte Vaea de Samoa donde está enterrado Stevenson en medio de un silencio vivo sobre la selva virgen; la lápida de Yeats en la niebla de la costa irlandesa; las tumbas nevadas de Canetti, Thomas Mann y Joyce cerca de Zúrich; la de Valéry en su cementerio marino y la de Chateaubriand entre las rocas de St. Malo contra un fondo de olas en la abrupta costa de Bretaña; las tumbas de Keats y Shelley en el Cementerio Acattolico de Roma; las de Beckett, Cortázar y Baudelaire en Montparnasse; la de Borges en Ginebra bajo una inscripción en anglosajón –Y nada temas- tan lejana de la de Bioy Casares en La Recoleta bonaerense; las tumbas vienesas de Bernhard y Auden, a la sombra de una pequeña iglesia blanca; la de Italo Calvino en la Toscana y la de René Char en la Provenza; la de T. S. Eliot en East Coker -in my beginning is my end / in my end  is my beginning- las de Goethe y Schiller,vecinos en su cripta de Weimar; las tumbas costeras de Robert Graves en Deià y de Neruda en Isla Negra; las de Hölderlin en Tubinga y Leopardi en Nápoles; la de Machado en Collioure; las tumbas venecianas de Pound y Brodsky...

Una viva evocación de los autores y de sus obras, porque “visitamos a unos muertos a los que conocemos mejor que a la mayoría de los vivos.”

Y porque en gran medida la literatura es una conversación con los muertos, Cees Nooteboom visitó durante años decenas de tumbas de poetas y pensadores. De esa experiencia surgió este libro, un viaje inducido por la lectura y que invita a la relectura, porque “el que visita la tumba de un poeta emprende una peregrinación a sus obras completas.”

Santos Domínguez